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Democracia siglo XXI

mes

octubre 2012

La realidad y la ficción en la democracia: “La mentira os hará libres”

 

Por Francisco Vélez Nieto

 

Libros: “La mentira os hará libres” de Fernando Vallespín

Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores

Si como decía D´Israeli la política es el “arte de gobernar a la humanidad mediante el engaño”, no le cabe la menor duda a la mayoría de la ciudadanía de este país, todavía conocido como España, ya que se encuentra, por desgracia desencantada de nuestra clase política. Esta en la “realidad y la ficción en la democracia” nacional, que plantea Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid desde 1992, en la que ha ejercido casi toda su carrera académica, y donde ha ocupado cargos como el de vicerrector de Cultura, la dirección del Departamento de Ciencia Política o del Centro de Teoría Política de dicha universidad. También ha sido presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas de 2004 a 2008, y en la actualidad ostenta el cargo de director académico de la Fundación Ortega-Marañón.

Ha publicado varios libros y más de un centenar de artículos académicos y capítulos de libros de ciencia y teoría política en revistas españolas y extranjeras, con especial predilección por la teoría política contemporánea. Colabora habitualmente en el diario El País y en la Cadena SER, expone con estilo, claridad y mesura, pero sin que le tiemble la escritura expresada con sencillez dirigida a un “público general, no a sus colegas”.

El autor a considerado advertir antes de entrar en materia que, aunque “el libro está escrito por un académico” no va dirigido a sus colegas”, ha tratado de “evitar los excesos retóricos, las muchas citas y la “pedantería” casi tanto como caer en la banalidad o la presentación frívola de un tema que considero de la máxima importancia para la calidad de la democracia” Justa medida ya que la situación política y democrática en que nos vemos obligados a vivir, las castas políticas de unos y otros partidos nos la ha situado en mal lugar dejando mucho que desear, porque “La veracidad nunca se ha contado entre las virtudes políticas, y las mentiras se han visto siempre como instrumentos justificados en las transacciones políticas” Una dolorosa y triste realidad que para la ciudadanía no es una mera sospecha o capricho, pues está mayoritariamente descontenta y en algunos términos colérica porque “Hoy más que nunca comienza a extenderse la sospecha de que vivimos en la mentira, en la esfera de las medias verdades, de la simulación de las realidades aparentes”. La hipocresía lo domina todo hasta convertirse en el “tributo que el vicio paga a la virtud”, contando, previo pago, con “los medios de comunicación los que se convierten en algo inevitable e incluso la incentivan”, por lo que hemos llegado a algo que en 1521 ya expresó Maquiavelo: “Desde hace ya algún tiempo nunca digo lo que creo y nunca creo lo que digo, y así alguna vez resulta que digo la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil de encontrar”

La claridad de Vallespín exponiendo sólidos ejemplos y por tanto contundentes, en cuanto a crítica objetiva del enmarañado estado de nuestra política nacional e internacional, insiste en que soportamos “Un mundo huérfano de verdad donde la textura de lo real se nos abre a una ilimitada gama de interpretaciones es un suelo fértil para edificar sobre él casi cuanto nos venga en gana” Y prosigue: “Y puede que en ese “casi” es donde esté la diferencia que hace que la diferencia, donde nos jugamos el ser o no ser de la democracia” Un panorama que a estas alturas a pocos ciudadanos coge de sorpresa, pues el asco reboza toda tolerancia hacia lo político, alcanzando niveles preocupante, peligrosos, para nuestra joven y endeble democracia, donde las libertades empiezan a recortarse y la ineficacia política aumenta hasta obligar la pregunta más insistentes de la sociedad española, porque “No es nada seguro que baste con la libertad, con gozar de espacio, prácticas y estructuras democráticas pasara combatir el engaño mediante el ejercicio de la crítica” Con la crisis la sociedad ante el miedo a perderlo todo busca la forma de poder salvar algo convirtiendo el diario vivir en una lucha por la supervivencia, por salvar lo posible de no perderlo todo, quien algo tenga, Esto crea, por imperativo, una ocupación total absorbente y en gran medida alienadora, siendo todos concientes de que “Los políticos ya no representan a los ciudadanos y sus supuestos intereses y expectativas, se limitan a administrar los imperativos, casi siempre técnicos, de un sistema económico-aunque no sólo sea esté- sobre el que han perdido la capacidad de iniciativa”.

Un libro reflexivo y transparente, recomendable por su lectura fluida y agradecida por la sinceridad del contenido y muestra de compromiso que todo intelectual, así como el ciudadano corriente, debe mostrar con solidez, realismo y tolerancia, los muchos males que padece nuestra incompleta democracia poseída del virus de la degeneración y desmemoria de las ideas, suplantadas por el disfraz de los esperpénticos por ambiguas y mediocres cuadrillas de voceros del bostezo y el miedo.

 

 

 

La definición del futuro

Audio de Teódulo López Meléndez

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China acecha a Colombia y reta a Estados Unidos

Por MICHAEL SHIFTER *

 

Son innegables el crecimiento de China como potencia, el desafío para Estados Unidos y el reto para Colombia: practicar una diplomacia inteligente.

Un importante relato de política exterior en el siglo XXI se ha basado en el rápido ascenso de grandes países en desarrollo -sobresale China en particular- como un contrapeso o un desafío a la hegemonía de Estados Unidos. ]

Claro está que hablar sobre la caída de la influencia americana se viene comentando por décadas. Pero en años recientes, la presencia de China en las esferas tradicionales de influencia estadounidense se ha convertido en algo cada vez más visible.

En ningún lugar es tan claro este cambio como en América Latina, por mucho tiempo considerada el “patio trasero” de los Estados Unidos. Cada vez más, los líderes de la región están mirando hacia el oriente en lugar de hacia el norte a la hora de desarrollar políticas para competir en la economía global actual.  Este cambio trae tanto oportunidades significativas como retos para la región.

China ya es el mayor socio comercial de Brasil, Chile y Perú, y pronto será el segundo más grande de Colombia (hace diez años era el decimocuarto).

La presencia creciente del país en la región es en gran parte una función de su tremendo apetito por las materias primas, abundantes en América del Sur, lo que ha alimentado su espectacular desarrollo. China ha hecho esfuerzos agresivos por aprovechar las oportunidades en la región en que los Estados Unidos han mostrado poco interés.

Aunque Colombia se ha quedado atrás con respecto a algunos de sus vecinos en el proceso de involucrarse de lleno con China, rápidamente los está alcanzando. Un tratado de libre comercio entre Colombia y China podría expandir el comercio bilateral aún más.

Pero el comercio está sesgado fuertemente hacia la extracción de recursos, con el 84 porciento concentrado en el sector minero colombiano.

Hay algo de preocupación en cuanto a volverse demasiado dependiente de la exportación de materia prima, lo que podría tener implicaciones como lograr un crecimiento equilibrado a largo plazo. Sin embargo, más allá del comercio, el papel económico de China en Colombia ha sido modesto. No hay más de 40 compañías chinas operando en el país actualmente y China apenas ha invertido 32 millones de dólares en Colombia en los últimos diez años.

Aunque el sector privado de los Estados Unidos está entusiasmado con la idea de invertir en Colombia (y otros países de A.L.), el clima político de Washington ha afectado la relación entre E.U.  y Colombia en general.

China, en cambio, está lista para hacer negocios. En desarrollo de infraestructura, los colombianos están mirando hacia China para conseguir capital necesario y sin condiciones para financiar proyectos como el oleoducto en Venezuela y el proyecto hidroeléctrico en el Río Magdalena.

Pero sería un error ignorar las ventajas que traen la geografía, la historia y la cultura.

E.U. y Colombia disfrutan de una larga relación en gran parte positiva, marcada por un grado de confianza mutua que, como lo destacaron Hu Jintao y el presidente Juan Manuel Santos recientemente en Beijing, es un reto en las incipientes relaciones entre Colombia y China.

Los vínculos de larga data con los Estados Unidos y la relativa extranjería de la cultura china y sus prácticas comerciales sugieren que, si Colombia practica diplomacia inteligente, será capaz de mantener a ambas potencias como socios productivos en el futuro previsible.

En el hemisferio occidental, Estados Unidos no ve a China como una amenaza, sino más bien como parte central de una realidad del siglo XXI caracterizada por nuevas y crecientes potencias globales.

La pregunta es si Washington va a presenciar este cambio pasivamente, o si se va a mostrar más enérgico, con sentido estratégico para aprovechar las oportunidades de crecimiento en Colombia y gran parte de América Latina.

* Presidente del Diálogo Interamericano

 

Las correcciones a la historia

Audio de Teódulo López Meléndez

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El ideal del hombre democrático

 

 

Por José Manuel Pérez Rivera

 

La crisis multidimensional en la que estamos inmersos está propiciando un profundo debate sobre la actual forma de organización social, económica y política. El vigente modelo ha dado claras muestras de su incompatibilidad con la justicia, la equidad y el pleno desarrollo de la persona. Ha llegado el momento de dar un salto cualitativo en la condición humana e iniciar la definitiva transformación del hombre. En estas circunstancias necesitamos un modelo que nos sirva de guía para este ansiado cambio en el modo de organizarnos en sociedad. Pero antes de cambiar la sociedad, debemos cambiarnos a nosotros mismos. Necesitamos producir una especie más completa de hombre de la que hasta ahora ha revelado la historia. En esta larga evolución de la humanidad ha habido momentos en el que los hombres dedicaron un gran esfuerzo por alcanzar la totalidad, el equilibrio y la universalidad. El ejemplo más conocido fue el de la cultura griega entre los siglos VI y IV a.C. Pocas culturas, como la Grecia clásica, han sido capaces de representar lo verdadero y plenamente humano. Estos hombres totales, como Solón, Sócrates y Sófocles, sobresalientes pero no únicos entre los suyos, son la prueba de las posibilidades reales del hombre para dotarse de un modo ideal de vida que permita el desarrollo de una personalidad completa y una comunidad equilibrada. En lo político idearon un sistema basado en la distribución equitativa del poder, la isonomía (la igualdad de todos los ciudadanos) y la isegoría (el poder de la palabra). La combinación de estos tres principios fue lo que hizo posible la democracia. Y si queremos recuperarla debemos conocer mejor cómo eran y cómo pensaban las personas que la hicieron posible.

Para hacer este breve comentario sobre el pensamiento griego voy a basarme en la síntesis que sobre este particular realizó Lewis Mumford en su obra, recientemente reeditada en España, “La ciudad en la historia” (Editorial Pepitas de Calabaza, 2011). Según Mumford, el ciudadano griego tenía como principales ideales la armonía, la moderación, el aplomo, la integridad, el equilibrio, la simetría y la autodisciplina. Además contaban con un espíritu personal que hacía alarde de flexibilidad, falta de prejuicios, libertad y coraje solitario. Este último aspecto fue subrayado por Mumford en esta obra y en muchas otras en la que analiza la condición humana y, en especial, la forma de ser de los griegos en la época clásica. Este coraje solitario del que habla Mumford se resume en una frase que figura en el antiguo juramento efébico de Atenas, “en solitario o con el apoyo de todos”.

Los griegos ahorraban en los niveles inferiores del ser (necesidades puramente físicas) y gastaban en lo más elevado (espíritu, pensamiento y creación). Ambas necesidades, las físicas y las espirituales, estaban en interacción rítmica, el trabajo y ocio, la teoría y la práctica, la vida privada y la vida pública, por tanto, no eran entendidas como esferas separadas del ser humano. La aludida despreocupación por la parte material de la existencia se traducía en un modo austero de vida. El ciudadano griego era pobre en comodidades. No estaban oprimidos por muchos requisitos de lo que hoy en día entendemos como civilización, entre ellos la rutina de comprar y gastar. De modo que la pobreza no era un estorbo, ni la pequeñez era un símbolo de inferioridad, si de algo se sospechaba era de la riqueza.

Las ciudades helenas no tenían grandes excedentes de productos, sino que disponían de un excedente de tiempo libre que dedicaban a la conversación, la pasión sexual, la reflexión intelectual y el deleite estético. La belleza era barata y las mejores cosas de esta vida, sobre todo la ciudad misma, estaban allí, al alcance de quien las pidiera. Esto no quita que, siguiendo el principio clásico de “mens sana in corpore sano”, dedicaran parte de su tiempo al cuidado de su estado físico. Llevaban una vida atlética y no eran dados a la gula y al exceso en el consumo de vino.

En el apartado más político, la vida pública del ciudadano griego exigía su atención y participación constantes. El propio Pericles llegó a decir: “…Consideramos al hombre que no se interesa en los asuntos públicos, no un ser inofensivo, sino un carácter inútil; y aunque pocos de nosotros somos creadores, todos somos jueces dignos de la política” (Oración Fúnebre, en Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 40-41). Los griegos acuñaron incluso un término para referirse a quienes rehuían de la acción cívica, idiotis, que quiere decir individuo limitado a lo privado, de aquí procede el término moderna de idiota. Como bien comentó en cierta ocasión Cornelius Castoriadis, “para los antiguos griegos era un imbécil aquel que no era capaz de ocuparse de otra cosa que no fueran sus asuntos privados”. Esta separación de la esfera pública es una característica fundamental de la sociedad actual, lo que ha llevado a acentuar el individualismo, la apatía política, la privatización de los individuos y un superlativo grado de cinismo de la gente con respecto a lo político. Un sentimiento alentado por la clase política que recelan de quienes se implican en la vida pública, desde la crítica activa y vigilante, -siempre que no lo hagan en el estrecho margen de los partidos políticos- y al mismo tiempo alaban, como hizo el Sr. Rayoy, a los “idiotas”, -con perdón-, que se quedan en sus casas y conforman la “mayoría silenciosa” de este país.

Otro rasgo característico de la vida pública en Grecia era el respeto por las leyes. Según Rostovtzeff, citado por Karl Polanyi en “El sustento del hombre”: “en Grecia, las leyes están hechas por hombres. Si una ley ofende a la conciencia de la mayoría, puede y debe cambiarse; pero mientras esté en vigor, todos están obligados a obedecerla, porque hay algo divino en ella y en la idea misma de ley”. Un apartado que merece la pena subrayarse es que esta estricta regla de la ley en la ciudad procedía de la toma de conciencia general de que era una “ley creada por todo el cuerpo de ciudadanos”. Esta diferencia es básica para comprender lo que diferencia la concepción de las leyes por los antiguos helenos de la nuestra. Las leyes en la Grecia clásica eran promovidas y propuestas por la Boulé (asamblea restringida de ciudadanos, elegidos por sorteo de carácter rotatorio), pero eran aprobadas por la Ekklesía o Asamblea de ciudadanos. Una diferencia notable con el modelo vigente en España y en el resto de los países que se rigen por la llamada “democracia representativa”, que, como tuvimos ocasión de tratar en una ocasión anterior, no son otra cosa que regímenes oligárquicos liberales.

Como resultado de esta tergiversación de la idea de democracia, nos vemos obligados a acatar una serie de leyes promovidas por estas oligarquías políticas, en el que participan, como enumeró Castoriadis, “la burocracia de los partidos políticos, la cima del aparato del Estado, los dirigentes económicos y los grandes propietarios, el managment de las grandes firmas y, cada vez más, los dirigentes de los medios de comunicación e información”. Los integrantes de esta oligarquía, como era previsible, redactan y aprueban leyes que en muchas ocasiones atienden exclusivamente a su interés. Pero la cosa no queda ahí. En los últimos tiempos estamos asistiendo a un proceso en el que esta capacidad legislativa está siendo utilizada para socavar los principios básicos de la verdadera democracia como es el derecho de reunión, manifestación y libre expresión de la palabra (isegoría).

Hemos llegado a un punto en el que hasta la resistencia pacífica está siendo criminalizada en nuestro país por un partido político de claro signo autoritario. Hoy, más que nunca, cobran sentido las palabras de Henry Thoreau, contenidas en su conocida obra “La desobediencia civil”, en la que proclamaba “que lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo…Y para ser (la ley) estrictamente justa habrá de contar con la aprobación y consenso de los gobernados”.

Como todo ideal, y el del hombre democrático no deja de ser uno de ellos, necesita un camino para convertirlo en realidad. Este camino, -el que siguieron los griegos que hicieron posible la democracia-, es el de paideia o la educación. Tal y como nos recuerda Werner Jaeger en su estudio “Paideia: los ideales de la cultura griega”, “la democracia, con su apreciación optimista de la capacidad del hombre para gobernarse a sí mismo, presuponía un alto nivel de cultura. Esto sugería la idea de hacer de la educación el punto de Arquímedes en que era necesario apoyarse para mover el mundo político”. Las ideas de Jaeger sobre la paideia fueron resumidas por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”. Según la lectura que hace Mumford de este término, lapaideia, -tarea que debe de convertirse en la principal de la vida del hombre democrático-, “es la educación mirada como una transformación de la personalidad humana que dura toda la vida, y en la cual todos los aspectos de ella desempeñan un papel. A diferencia de la educación en el sentido tradicional, la paideia no se limita a procesos de aprendizaje consciente, ni a iniciar a los jóvenes en la herencia social de la comunidad. La paideia es más bien la tarea de dar forma al acto mismo de vivir, tratando toda ocasión de la vida como un medio para hacerse a sí mismo, y como parte de un proceso más amplio de conversión de hechos en valores, procesos en finalidades, esperanzas y planes en consumaciones y realizaciones. La paideia no es únicamente un aprendizaje: es un hacer y un formar, y la obra de arte perseguida por la paideia es el hombre mismo”: el hombre democrático.

http://www.rebelion.org

La dignidad es el motivo adecuado

 

Por Alberto Medina Méndez

En épocas como estas, de crecimiento económico inercial impulsado, principalmente, por condiciones internacionales más que favorables, cierto populismo avanza despiadadamente sobre las libertades, amparado en las bondades que recibe sin méritos propios suficientes.

Sin embargo, estos líderes demagógicos han trabajado duro para construir su propio relato y poder así explicar cómo han conseguido los logros de los que se ufanan, pero sobre los cuales poco hicieron.

El despliegue económico generalizado en estas naciones, derivado de los excelentes precios de los comodities, afirmación fácilmente verificable con múltiples cifras disponibles, permitieron al populismo, primero llegar al poder y luego sostenerse en él pese a sus impericias, negligencias e inclusive a su ya indiscutible corrupción sistemática.

En este contexto más que propicio, en el que muchos individuos pudieron prosperar, el descaro, la ineficiencia y fundamentalmente los profundos errores conceptuales de quienes gobiernan, han provocado fenómenos absolutamente innecesarios como la inflación, la destrucción de la cultura del trabajo y un despilfarro de oportunidades de magnitudes impensadas.

Una soberbia que solo se corresponde con seres inseguros, han contribuido a dar paso a la inseguridad como matriz cotidiana, un discurso grandilocuente sin autocrítica, y una escala de valores de gran pobreza moral, que se ha convertido en el ámbito ideal para una corrupción que parece no encontrar límites.

Ese escenario que mezcla progreso con degradación, es un coctel que, al menos por ahora, les ha permitido permanecer en el poder y contar con el apoyo popular. Y no es que los ciudadanos no se den cuenta de la presencia de la inseguridad, la corrupción, el deterioro moral o la inflación. Cada uno de estos padecimientos se viven a diario, y sus consecuencias son evidentes para cualquiera que quiera darse cuenta.

Lo que parece suceder es que a la hora de poner todo en la balanza, estas comunidades se siguen rigiendo por aquel viejo principio universal en el que la economía es la que manda, y determina las preferencias electorales. Probablemente, en algún momento la humanidad, mayoritariamente comprenderá que son más importantes las libertades, la dignidad.

El populismo plantea una permanente extorsión por la cual se amenaza a la ciudadanía con dejar de gozar de los privilegios que graciosamente les concede su exitosa gestión, si se renuncia a esos liderazgos mesiánicos

Una ciudadanía que viene de malas experiencias, de ciclos inestables, de idas y vueltas, donde el progreso siempre parece prestado, teme que las historias se repitan y termina jugando, muchas veces a regañadientes, ese perverso juego en el que resigna sus valores, acepta lo inaceptable, claudica en sus convicciones, por lo que entiende, el único camino posible para sostener su situación actual y no tropezar como tantas otras veces.

Tal vez sea esta la ocasión para replantearse todo esto que sucede desde los valores. La libertad nunca puede ser moneda de cambio, ni pieza de negociación, y mucho menos aún se puede aceptar esta modalidad extorsiva, por la cual para garantizar progreso, deben perderse libertades.

La inseguridad creciente que amenaza con la vida, la integridad física y los bienes de los individuos, una inflación que se queda con una parte importante del poder adquisitivo y del esfuerzo de los que menos tienen,  una corrupción que pretende ser aceptada como parte del paisaje, no puede ser JAMÁS el precio a pagar por cierto progreso.

Estas condiciones inmejorables que propone el presente, y sobre el que se tiene escaso mérito, debería ser mucho mejor, sin inseguridad, corrupción, pérdida de libertades, inflación y tanto deterioro moral.

Es tiempo de despertarse. No es justo ni razonable, que una banda de inmorales dirigentes, que han hecho una profesión de este modo de manipular a la sociedad, se termine saliendo con la suya.

La libertad, los valores, los principios y creencias, no pueden ser parte de una transacción donde se debe resignar cada una de estas cuestiones para acceder a otras tan banales como cierto progreso económico.

En algún momento se debe poder reflexionar sobre esta cuestión de fondo que ha tomado de rehén a los habitantes de esta sociedad. Lo económico es importante, muy trascendente, pero jamás se puede aceptar como argumento central para ceder un centímetro en materia de libertades.

El continente seguirá creciendo económicamente porque las condiciones son más que saludables para que ello suceda. Algunos ciudadanos preferirán seguir comportándose como hasta ahora, privilegiando lo estrictamente económico. Otros apostarán con convicción a no dejarse amedrentar por lo superficial y secundario.

No se necesita mucho más que poner las cosas en su lugar, recuperar las convicciones, darle prioridad a lo que vale la pena, y entender que lo económico es esencial, siempre que no nos hayan humillado previamente para permitirnos lograr el progreso que tiene que ver con esforzarse y obtener lo que se desea después de esmerarse para ello. Es tiempo de hacer lo correcto y dar vuelta la página. La dignidad es el motivo adecuado.

albertomedinamendez@gmail.com

 

skype: amedinamendez

 

www.albertomedinamendez.com

 

El político mexicano

Por Antonio Limón López

A Samuel Ramos debemos el primer texto específico sobre el carácter del mexicano, que adicionado al pensamiento nacionalista de Vasconcelos, formaron los cimientos sobre los cuales Octavio Paz edificó una obra imperecedera: “El laberinto de la soledad”. Pero a diferencia de Vasconcelos y de Ramos, Octavio Paz era en la época en que publicó su libro, no un pensador, ni un educador, ni un filósofo, ni siquiera un sociólogo, era un poeta. El éxito extraordinario de este libro, se debe a que como poeta Paz, veía al entorno con una mirada realista, pero su poesía liberaba a la realidad de sus miserias, le ponía alas para que escapara a lo ordinario y eso precisamente fue lo que ocurrió con la visión de nuestro Nobel sobre el mexicano, pues a pesar de que nos juzgó severamente, al mismo tiempo la belleza de su poesía, en prosa, hizo que el libro fuera aceptado y admirado por todos los mexicanos.

 

“El Laberinto de la soledad” a pesar de ser la obra de un poeta, fascinó e inspiró a intelectuales desde su publicación y hasta la fecha lo sigue haciendo. Entre los continuadores de la obra analítica de Paz, están Jorge Castañeda, Roger Bartra, Agustín Basave, Denise Dresser entre otros otros más, pero al igual que Octavio Paz, omitieron caracterizar a un par de tipos mexicanos: El primero de ellos es el “Mexicano político” que nos guste o no, lo somos todos por acción o por omisión, y el “Político mexicano” quién también fue ignorado no solo por el bardo sino por todos. El Político en México, sin embargo es recordado a diario por el pueblo llano, que lo recuerda con insultos y vilipendios de todo tipo y tamaño, pero a fin de cuentas también lo envidia, por la fortuna que lo envuelve y el Poder que en ciertos casos encarna o dimana.

 

Dejando de lado a Paz, a Castañeda y a Dresser ¿Qué podemos decir del “Político mexicano”? ..Lo primero, hablando de su extracción, es que este espécimen proviene de nosotros los mexicanos, es tan ignorante como lo somos todos, no debemos extrañarnos de que nuestros políticos no puedan citar a tres libros y a sus autores, puesto que nosotros tampoco podemos hacerlo, en la casa de nuestros políticos lo que se lee son las revistas de sociales o de chismes de artistas y frivolidades de la televisión, pero eso es lo que se lee o se ve en todos los hogares mexicanos.

 

Nuestros gobernantes carecen, por su incultura, del discernimiento apropiado para seleccionar adecuadamente a sus colaboradores, por ello los gabinetes mexicanos se empantanan con técnicos mediocres y esto solo en el mejor de los casos, porque generalmente es el lugar reservado a los amigos y a los cómplices vulgares. Dicen que ni la belleza, ni el dinero se pueden ocultar, pero es más visible la ignorancia, la cerrazón de miras. La pobreza intelectual resplandece en los discursos que escuchamos tanto en la oposición, como en la facción gobernante, en la minoría política o en la mayoría y hasta en los  discursos pronunciados por nuestros presidentes de la República.

 

Pero ¿Por qué la mediocridad intelectual de nuestra élite gubernamental no es criticada por nuestros intelectuales? La respuesta es más triste que obvia, simplemente porque nuestra clase intelectual claudicó, lo que sobrevive de ella lo hace alimentándose de lo que le arroja el poder. México navega en un mar de pobreza  intelectual porque no exigimos que el  político y el intelectual sean excelentes y vayan unidos, porque no existe un público que lea y compre libros, es decir porque no existe un público ilustrado, menos uno intelectual, incluso lo que mas se le parece es nuestro periodismo, que sobrevive vendiendo su independencia y mancillando su integridad. Es lamentable comprobar que el interés que suscitaron intelectuales como Jean Paul Sartre en la juventud francesa, nunca se haya visto en México, pero en cambio creamos especies de  pseudo intelectuales o más bien técnicos o asesores especializados, que laboran bajo contrato con las diferentes facciones políticas o con el mismo gobierno.

 

Nuestra clase política actúa reclutando a sus militantes en un sistema que erróneamente se le denomina “clientelar”, pero que no lo es, por principio el “cliente” es difícil de convencer y de conservar, es independiente, esquivo e impone sus condiciones, por el contrario, el sistema político mexicano no tiene ningún interés en reclutar a ningún cliente político, pues el sistema no se basa en el convencimiento, sino en la satisfacción de las necesidades del reclutado, del militante, es decir en la pastura que deben recibir los borregos-militantes, esto es mas sencillo que convencer a un “cliente” basta, para muchos casos,  una despensa repleta con “galletas de animalitos”, para los mas exigentes puede ser suficiente un paquete de construcción, otros exigen un permiso de taxista o un local en el mercado municipal, otros un permiso de licorería, y otros nada menos que un puesto en el Consejo de la Judicatura o un sillón en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, otros con una notaría pública se dan por bien servidos o una diputación plurinominal, una agencia aduanal, una estación de radio, un permiso de telefonía, un terrenito junto al mar, en fin este es nuestro sistema, donde el convencimiento político se hace lanzando fardos de heno o pacas de dinero a los nuevos adeptos.

 

Por estas razones es lógico que nuestros políticos rehúyan al debate ideológico, simplemente porque no tienen nada que argumentar, porque no tienen nada que impugnar, porque no tienen nada que debatir. El político como cualquier otro mexicano, rehúye confrontar sus ideas y cuando esto ocurre se siente ofendido en lo personal. Nuestros políticos no pueden aceptar que otros piensen, lo que desean de sus camaradas es sometimiento, obediencia, asentimiento y nada menos que eso. Nuestros políticos no descalifican a las ideas -porque no las entienden- descalifican a las personas, en particular si piensan; Por ello nuestro sistema garantiza que el político que actúa en conciencia, que sea justo consigo mismo y hasta con sus adversarios, que sea un político ilustrado, cultivado en los libros y que no repita estribillos, no prospere, que se encuentre en el vacío total, en la nada, pero eso no solo es deseado por nuestros políticos, sino también es lo que desea el pueblo, que le avienten mendrugos, monedas, chambas, lo que sea que suene.

 

En el mundo y a lo largo de la Historia los profesionales del Poder, es decir los políticos, han tenido ideas claras de lo que pretenden, algunos han buscado cambios revolucionarios y otros simples reformas necesarias a su sociedad, pero todos han sabido perfectamente por qué participan en la política. En el caso de México nuestros políticos ni pretenden cambios revolucionarios, ni se plantean programas reformistas de la sociedad, es falso suponer que busquen el “Bien común”, pero si saben lo que quieren: lo único que cada uno de nuestros políticos ansía con toda su alma -suponiendo que la tengan- es su “Bienestar personal” es decir, su acomodo en el reparto del botín, ya sea siendo electos o designados directamente a un cargo de “elección popular amarrado” o enchufado a una buena “chamba”, por ello no tienen inconveniente alguno en “saltar” de Secretario de Salud a Secretario de Educación, de diputado a cónsul de cualquier pueblo en California, a fin de cuentas todo el gobierno es botín y premio y cada puesto, cada función pública es un redondo y sabroso “hueso”; Bien dice la más añosa sabiduría política, hoy por hoy plenamente vigente: “Vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error” .

 

¿Pero que es lo que hacen nuestros políticos para conseguir su “Bienestar personal”? ¿Acaso salen a la calle a hablar con los transeúntes o se lanzan en una campaña permanente para convencer al “La Ciudadanía”? No, bien sabemos que no. El político mexicano esta desconectado del ciudadano, no le interesa, pues no es éste quien le proporcionará la prosperidad, la designación ansiada, la candidatura o el puesto añorado; No, no es el ciudadano quien le otorgará nada de eso, son los dirigentes de su partido, el Presidente de la República si su partido se encuentra en el Poder, o alguno de sus allegados, por eso nuestros políticos saben que el Poder se dispensa en las cúpulas partidistas, que tienen todo el poder para realizar los mas locos sueños de gloria de nuestros políticos, pero entonces ¿Que debe hacer el político si como ya se expresó, no puede salir a la calle a hacer proselitismo y menos aun a divulgar ideas que no tiene? La respuesta es sencilla, el Político mexicano debe actuar y practicar las virtudes de un “cortesano”, es decir de un experto en satisfacer los deseos de quien detenta el poder; Las modernas “cortes” similares a las del siglo XVIII están en los pasillos de la mansión presidencial, en las oficinas de los dirigentes nacionales, y también en algunas cantinas donde los poderosos despachan, así nuestros políticos perdieron -si alguna vez la tuvieron- dignidad, ahora solo practican la obsequiosidad, la simpatía, el acomodo, la fraseología glorificante o la repetitiva de las consignas, la sumisión, las apariencias, la insidia y son expertos en intrigas.

 

Cuando nuestros jóvenes, descubren que los políticos son tan exitosos cuanto más degradados lo sean, primero se asombran, pero pronto comprenden que si desean hacer “carrera política”  estarán obligados a seguir los pasos y malos ejemplos de nuestros cortesanos-políticos, pues solo obedeciendo, acatando consignas, alimentándose de los despojos que les arrojen sus amos mostrándose siempre felices, solo entonces podrán hacer “carreras brillantes” y escalar hasta la cumbre, coronada no por heladas nieves, sino por apetitosas diputaciones, regidurías, gubernaturas, comisiones, secretarías de estado y hasta la presidencia de la república se encuentra en el menú, al precio de vivir intensamente, abyectamente, en el rastrerismo más absoluto, simulando una vida recta y de dignidad.

 

A la postre, la resplandeciente ruindad de nuestra política como carrera hacia el bienestar personal, apoyada en la pandilla, siguiendo el modelo del cortesano, se convierte en una carrera hacia el infierno, pues nos empobrece a todos, condenando a México a la condición de nación de cuarta categoría, con un sistema educativo lastimero, con un sistema de justicia abominable y con un sistema político que debiera abochornar a cualquier persona que se precie de asumir una vida y conducta fundada en los mejores valores humanos.

 

Es cierto que todos los pueblos del mundo, aun los más desarrollados han sufrido clases gobernantes que los han hundido en la desgracia, es cierto que potencias mundiales como Alemania, Japón, China o Rusia, han vivido en desgracia y ningún pueblo puede estar exento de ella, pero sí la padecen es por algún infortunio pero no porque la merezcan, pues al cabo de un tiempo desaparecen las desgracias y el pueblo se fortalece. En nuestro caso, al tener y tolerar al tipo político que tenemos, que nos gobierna o al que se apresta a substituirlo, siendo idéntico el uno al otro, debemos concluir que nuestras desgracias las tenemos bien merecidas. Que nada es de gratis, que no es un designio que se impone desde afuera, que no es un capricho impuesto por un espíritu chocarrero, sino que somos nosotros, quienes desde lo más profundo de nuestro ser esculpimos al político mexicano a nuestra imagen y semejanza.

La lucha contra la incertidumbre

Audio de Teódulo López Meléndez

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Opción diferente, se busca

 

Por Alberto Medina Méndez

Algunos suelen enfadarse cuando se critica a la política. Sostienen que esas afirmaciones contra el sistema, dañan la esencia democrática. Es posible que el debate no haya sido suficientemente profundizado y se confundan, como tantas otras veces, consecuencias con causas.

La política no goza de buena reputación, y esto está lejos de ser una suposición, sino en todo caso la conclusión a la que arriban muchos estudios serios en buena parte del planeta. La política, sin duda alguna, genera más rechazo que adhesión.

Cuando la opinión ciudadana afirma detestar esa palabra y todo lo que simboliza, se deberían buscar las razones que explican esa visión.

Si se hiciera un intento sensato, mas desapasionado, tal vez se podría comprender, que mucha gente, y con buenos argumentos por cierto, relaciona la política a la mentira, a la corrupción y a la hipocresía.

No se puede esperar otra cosa de la sociedad, cuando se le pide opinión sobre la política, que cierto desprecio, una importante dosis de desconfianza y poca esperanza respecto del futuro de esa actividad.

Es inevitable que cuando se consulta a cualquiera por estas cuestiones, automáticamente la relacionen con la figura de los gobernantes de turno, de los que acceden al poder, de quienes realmente lo ejercen.

Lo que sigue sin quedar claro, es porque los que pretenden reemplazar a los que gobiernan, los supuestos opositores, se parecen tanto a sus contrincantes y no ofrecen una verdadera alternativa de cambio, ni se mueven con una modalidad distinta o plantean un discurso absolutamente diferente.

La sociedad, mayoritariamente, piensa lo que piensa, porque las evidencias lo demuestran y están a la vista, porque ese desprecio encuentra fundamento a cada paso en lo que se observa a diario, y en lo que las revelaciones que siempre se filtran, terminan confirmando todo.

La sociedad, se ha convertido finalmente, en prisionera de los “sistemas” que ella misma ha avalado y posibilitado construir. Los que pretenden el poder, y mucho más aun los que lo detentan, se ocupan permanentemente de generar condiciones que les garanticen el mejor margen de maniobra para el ocultamiento, el manejo discrecional y la escasa transparencia, todas cuestiones que claramente no podrían contar con anuencia social alguna.

Pero algún día llegará lo que la mayoría dice buscar, es decir un espacio político capaz de satisfacer las condiciones más elementales de demanda de la sociedad. Y surgirán desde allí algunos líderes capaces de representar lo que la gente desea, hombres y mujeres dispuestos a ofrecer transparencia en la administración de los recursos públicos, honestidad como valor central de la gestión, integridad en la forma de hacer las cosas, inclusive hasta el aval de la comunidad para decir lo políticamente incorrecto.

Pero buena parte de la tarea no es que esos líderes surjan espontáneamente como producto de la casualidad, o de alguna cuestión mágica del destino, sino como la inevitable y esperable consecuencia de una acción sistemática de los individuos.

Los ciudadanos reclaman justicia. La idea es terminar con la corrupción, para que esos políticos no se salgan con la suya, llevándose el fruto del esfuerzo de todos, financiando sus aventuras políticas y alimentando su crónica ambición por enriquecerse con dinero ajeno.

Reclamarle a la política, honestidad intelectual no debería ser un despropósito y exigirle un verdadero culto a la verdad, aunque muchas veces no sea el paraíso que se desea escuchar y conocer, tampoco tendría que suponer demasiado.

Los ciudadanos tienen, en estos tiempos, la responsabilidad de establecer nuevas reglas de juego, otros estándares de mayor calidad. Si los corruptos no son juzgados jamás, es en buena medida porque se tiene con ellos una actitud que conjuga resignación y falta de perseverancia, aceptando con displicencia, el olvido como medio de superar etapas históricas.

Tal vez haya que comprender que, en la medida, que los incentivos sociales, sigan mostrando que los corruptos triunfan, que se salen con la suya, que nunca pagan el precio de sus delitos, que se les tolera cualquier decisión, este tipo de personajes, seguirán pululando y proponiéndose al electorado.

Es el turno de los ciudadanos, es el momento de generar condiciones con altos umbrales, con requisitos adaptados a las nuevas demandas, que descarten de plano a los hipócritas, que expulsen a los delincuentes, a los manipuladores de la verdad y a los inmorales.

Si el piso de exigencia deja fuera a los que no tienen integridad para gobernar, se podrá disponer de la posibilidad de elegir entre los mejores y no entre los más pícaros. Mientras se siga seleccionando entre mediocres y deshonestos, el resultado será idéntico al que muestra la rutina cotidiana.

Es imprescindible revisar muy pronto los paradigmas, para entender la relación causa efecto. Tal vez así se pueda descubrir que gobiernan los que obtienen cierta aprobación social, suficiente tolerancia de los votantes, y consiguen hacer de las suyas porque los ciudadanos permiten que esta historia se repita cíclica e indefinidamente.

Una decisión ciudadana debe emerger pronto, con contundencia y determinación, para que todo cambie en el sentido declamado. Habrá que alinear discurso y acción a nivel individual. Y cuando eso suceda, solo en ese momento, aparecerá la alternativa concreta, esa que afirmen con consistencia, “opción diferente, se busca”.

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