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Democracia siglo XXI

mes

octubre 2012

La realidad y la ficción en la democracia: “La mentira os hará libres”

 

Por Francisco Vélez Nieto

 

Libros: “La mentira os hará libres” de Fernando Vallespín

Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores

Si como decía D´Israeli la política es el “arte de gobernar a la humanidad mediante el engaño”, no le cabe la menor duda a la mayoría de la ciudadanía de este país, todavía conocido como España, ya que se encuentra, por desgracia desencantada de nuestra clase política. Esta en la “realidad y la ficción en la democracia” nacional, que plantea Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid desde 1992, en la que ha ejercido casi toda su carrera académica, y donde ha ocupado cargos como el de vicerrector de Cultura, la dirección del Departamento de Ciencia Política o del Centro de Teoría Política de dicha universidad. También ha sido presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas de 2004 a 2008, y en la actualidad ostenta el cargo de director académico de la Fundación Ortega-Marañón.

Ha publicado varios libros y más de un centenar de artículos académicos y capítulos de libros de ciencia y teoría política en revistas españolas y extranjeras, con especial predilección por la teoría política contemporánea. Colabora habitualmente en el diario El País y en la Cadena SER, expone con estilo, claridad y mesura, pero sin que le tiemble la escritura expresada con sencillez dirigida a un “público general, no a sus colegas”.

El autor a considerado advertir antes de entrar en materia que, aunque “el libro está escrito por un académico” no va dirigido a sus colegas”, ha tratado de “evitar los excesos retóricos, las muchas citas y la “pedantería” casi tanto como caer en la banalidad o la presentación frívola de un tema que considero de la máxima importancia para la calidad de la democracia” Justa medida ya que la situación política y democrática en que nos vemos obligados a vivir, las castas políticas de unos y otros partidos nos la ha situado en mal lugar dejando mucho que desear, porque “La veracidad nunca se ha contado entre las virtudes políticas, y las mentiras se han visto siempre como instrumentos justificados en las transacciones políticas” Una dolorosa y triste realidad que para la ciudadanía no es una mera sospecha o capricho, pues está mayoritariamente descontenta y en algunos términos colérica porque “Hoy más que nunca comienza a extenderse la sospecha de que vivimos en la mentira, en la esfera de las medias verdades, de la simulación de las realidades aparentes”. La hipocresía lo domina todo hasta convertirse en el “tributo que el vicio paga a la virtud”, contando, previo pago, con “los medios de comunicación los que se convierten en algo inevitable e incluso la incentivan”, por lo que hemos llegado a algo que en 1521 ya expresó Maquiavelo: “Desde hace ya algún tiempo nunca digo lo que creo y nunca creo lo que digo, y así alguna vez resulta que digo la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil de encontrar”

La claridad de Vallespín exponiendo sólidos ejemplos y por tanto contundentes, en cuanto a crítica objetiva del enmarañado estado de nuestra política nacional e internacional, insiste en que soportamos “Un mundo huérfano de verdad donde la textura de lo real se nos abre a una ilimitada gama de interpretaciones es un suelo fértil para edificar sobre él casi cuanto nos venga en gana” Y prosigue: “Y puede que en ese “casi” es donde esté la diferencia que hace que la diferencia, donde nos jugamos el ser o no ser de la democracia” Un panorama que a estas alturas a pocos ciudadanos coge de sorpresa, pues el asco reboza toda tolerancia hacia lo político, alcanzando niveles preocupante, peligrosos, para nuestra joven y endeble democracia, donde las libertades empiezan a recortarse y la ineficacia política aumenta hasta obligar la pregunta más insistentes de la sociedad española, porque “No es nada seguro que baste con la libertad, con gozar de espacio, prácticas y estructuras democráticas pasara combatir el engaño mediante el ejercicio de la crítica” Con la crisis la sociedad ante el miedo a perderlo todo busca la forma de poder salvar algo convirtiendo el diario vivir en una lucha por la supervivencia, por salvar lo posible de no perderlo todo, quien algo tenga, Esto crea, por imperativo, una ocupación total absorbente y en gran medida alienadora, siendo todos concientes de que “Los políticos ya no representan a los ciudadanos y sus supuestos intereses y expectativas, se limitan a administrar los imperativos, casi siempre técnicos, de un sistema económico-aunque no sólo sea esté- sobre el que han perdido la capacidad de iniciativa”.

Un libro reflexivo y transparente, recomendable por su lectura fluida y agradecida por la sinceridad del contenido y muestra de compromiso que todo intelectual, así como el ciudadano corriente, debe mostrar con solidez, realismo y tolerancia, los muchos males que padece nuestra incompleta democracia poseída del virus de la degeneración y desmemoria de las ideas, suplantadas por el disfraz de los esperpénticos por ambiguas y mediocres cuadrillas de voceros del bostezo y el miedo.

 

 

 

La definición del futuro

Audio de Teódulo López Meléndez

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China acecha a Colombia y reta a Estados Unidos

Por MICHAEL SHIFTER *

 

Son innegables el crecimiento de China como potencia, el desafío para Estados Unidos y el reto para Colombia: practicar una diplomacia inteligente.

Un importante relato de política exterior en el siglo XXI se ha basado en el rápido ascenso de grandes países en desarrollo -sobresale China en particular- como un contrapeso o un desafío a la hegemonía de Estados Unidos. ]

Claro está que hablar sobre la caída de la influencia americana se viene comentando por décadas. Pero en años recientes, la presencia de China en las esferas tradicionales de influencia estadounidense se ha convertido en algo cada vez más visible.

En ningún lugar es tan claro este cambio como en América Latina, por mucho tiempo considerada el “patio trasero” de los Estados Unidos. Cada vez más, los líderes de la región están mirando hacia el oriente en lugar de hacia el norte a la hora de desarrollar políticas para competir en la economía global actual.  Este cambio trae tanto oportunidades significativas como retos para la región.

China ya es el mayor socio comercial de Brasil, Chile y Perú, y pronto será el segundo más grande de Colombia (hace diez años era el decimocuarto).

La presencia creciente del país en la región es en gran parte una función de su tremendo apetito por las materias primas, abundantes en América del Sur, lo que ha alimentado su espectacular desarrollo. China ha hecho esfuerzos agresivos por aprovechar las oportunidades en la región en que los Estados Unidos han mostrado poco interés.

Aunque Colombia se ha quedado atrás con respecto a algunos de sus vecinos en el proceso de involucrarse de lleno con China, rápidamente los está alcanzando. Un tratado de libre comercio entre Colombia y China podría expandir el comercio bilateral aún más.

Pero el comercio está sesgado fuertemente hacia la extracción de recursos, con el 84 porciento concentrado en el sector minero colombiano.

Hay algo de preocupación en cuanto a volverse demasiado dependiente de la exportación de materia prima, lo que podría tener implicaciones como lograr un crecimiento equilibrado a largo plazo. Sin embargo, más allá del comercio, el papel económico de China en Colombia ha sido modesto. No hay más de 40 compañías chinas operando en el país actualmente y China apenas ha invertido 32 millones de dólares en Colombia en los últimos diez años.

Aunque el sector privado de los Estados Unidos está entusiasmado con la idea de invertir en Colombia (y otros países de A.L.), el clima político de Washington ha afectado la relación entre E.U.  y Colombia en general.

China, en cambio, está lista para hacer negocios. En desarrollo de infraestructura, los colombianos están mirando hacia China para conseguir capital necesario y sin condiciones para financiar proyectos como el oleoducto en Venezuela y el proyecto hidroeléctrico en el Río Magdalena.

Pero sería un error ignorar las ventajas que traen la geografía, la historia y la cultura.

E.U. y Colombia disfrutan de una larga relación en gran parte positiva, marcada por un grado de confianza mutua que, como lo destacaron Hu Jintao y el presidente Juan Manuel Santos recientemente en Beijing, es un reto en las incipientes relaciones entre Colombia y China.

Los vínculos de larga data con los Estados Unidos y la relativa extranjería de la cultura china y sus prácticas comerciales sugieren que, si Colombia practica diplomacia inteligente, será capaz de mantener a ambas potencias como socios productivos en el futuro previsible.

En el hemisferio occidental, Estados Unidos no ve a China como una amenaza, sino más bien como parte central de una realidad del siglo XXI caracterizada por nuevas y crecientes potencias globales.

La pregunta es si Washington va a presenciar este cambio pasivamente, o si se va a mostrar más enérgico, con sentido estratégico para aprovechar las oportunidades de crecimiento en Colombia y gran parte de América Latina.

* Presidente del Diálogo Interamericano

 

Las correcciones a la historia

Audio de Teódulo López Meléndez

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El ideal del hombre democrático

 

 

Por José Manuel Pérez Rivera

 

La crisis multidimensional en la que estamos inmersos está propiciando un profundo debate sobre la actual forma de organización social, económica y política. El vigente modelo ha dado claras muestras de su incompatibilidad con la justicia, la equidad y el pleno desarrollo de la persona. Ha llegado el momento de dar un salto cualitativo en la condición humana e iniciar la definitiva transformación del hombre. En estas circunstancias necesitamos un modelo que nos sirva de guía para este ansiado cambio en el modo de organizarnos en sociedad. Pero antes de cambiar la sociedad, debemos cambiarnos a nosotros mismos. Necesitamos producir una especie más completa de hombre de la que hasta ahora ha revelado la historia. En esta larga evolución de la humanidad ha habido momentos en el que los hombres dedicaron un gran esfuerzo por alcanzar la totalidad, el equilibrio y la universalidad. El ejemplo más conocido fue el de la cultura griega entre los siglos VI y IV a.C. Pocas culturas, como la Grecia clásica, han sido capaces de representar lo verdadero y plenamente humano. Estos hombres totales, como Solón, Sócrates y Sófocles, sobresalientes pero no únicos entre los suyos, son la prueba de las posibilidades reales del hombre para dotarse de un modo ideal de vida que permita el desarrollo de una personalidad completa y una comunidad equilibrada. En lo político idearon un sistema basado en la distribución equitativa del poder, la isonomía (la igualdad de todos los ciudadanos) y la isegoría (el poder de la palabra). La combinación de estos tres principios fue lo que hizo posible la democracia. Y si queremos recuperarla debemos conocer mejor cómo eran y cómo pensaban las personas que la hicieron posible.

Para hacer este breve comentario sobre el pensamiento griego voy a basarme en la síntesis que sobre este particular realizó Lewis Mumford en su obra, recientemente reeditada en España, “La ciudad en la historia” (Editorial Pepitas de Calabaza, 2011). Según Mumford, el ciudadano griego tenía como principales ideales la armonía, la moderación, el aplomo, la integridad, el equilibrio, la simetría y la autodisciplina. Además contaban con un espíritu personal que hacía alarde de flexibilidad, falta de prejuicios, libertad y coraje solitario. Este último aspecto fue subrayado por Mumford en esta obra y en muchas otras en la que analiza la condición humana y, en especial, la forma de ser de los griegos en la época clásica. Este coraje solitario del que habla Mumford se resume en una frase que figura en el antiguo juramento efébico de Atenas, “en solitario o con el apoyo de todos”.

Los griegos ahorraban en los niveles inferiores del ser (necesidades puramente físicas) y gastaban en lo más elevado (espíritu, pensamiento y creación). Ambas necesidades, las físicas y las espirituales, estaban en interacción rítmica, el trabajo y ocio, la teoría y la práctica, la vida privada y la vida pública, por tanto, no eran entendidas como esferas separadas del ser humano. La aludida despreocupación por la parte material de la existencia se traducía en un modo austero de vida. El ciudadano griego era pobre en comodidades. No estaban oprimidos por muchos requisitos de lo que hoy en día entendemos como civilización, entre ellos la rutina de comprar y gastar. De modo que la pobreza no era un estorbo, ni la pequeñez era un símbolo de inferioridad, si de algo se sospechaba era de la riqueza.

Las ciudades helenas no tenían grandes excedentes de productos, sino que disponían de un excedente de tiempo libre que dedicaban a la conversación, la pasión sexual, la reflexión intelectual y el deleite estético. La belleza era barata y las mejores cosas de esta vida, sobre todo la ciudad misma, estaban allí, al alcance de quien las pidiera. Esto no quita que, siguiendo el principio clásico de “mens sana in corpore sano”, dedicaran parte de su tiempo al cuidado de su estado físico. Llevaban una vida atlética y no eran dados a la gula y al exceso en el consumo de vino.

En el apartado más político, la vida pública del ciudadano griego exigía su atención y participación constantes. El propio Pericles llegó a decir: “…Consideramos al hombre que no se interesa en los asuntos públicos, no un ser inofensivo, sino un carácter inútil; y aunque pocos de nosotros somos creadores, todos somos jueces dignos de la política” (Oración Fúnebre, en Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 40-41). Los griegos acuñaron incluso un término para referirse a quienes rehuían de la acción cívica, idiotis, que quiere decir individuo limitado a lo privado, de aquí procede el término moderna de idiota. Como bien comentó en cierta ocasión Cornelius Castoriadis, “para los antiguos griegos era un imbécil aquel que no era capaz de ocuparse de otra cosa que no fueran sus asuntos privados”. Esta separación de la esfera pública es una característica fundamental de la sociedad actual, lo que ha llevado a acentuar el individualismo, la apatía política, la privatización de los individuos y un superlativo grado de cinismo de la gente con respecto a lo político. Un sentimiento alentado por la clase política que recelan de quienes se implican en la vida pública, desde la crítica activa y vigilante, -siempre que no lo hagan en el estrecho margen de los partidos políticos- y al mismo tiempo alaban, como hizo el Sr. Rayoy, a los “idiotas”, -con perdón-, que se quedan en sus casas y conforman la “mayoría silenciosa” de este país.

Otro rasgo característico de la vida pública en Grecia era el respeto por las leyes. Según Rostovtzeff, citado por Karl Polanyi en “El sustento del hombre”: “en Grecia, las leyes están hechas por hombres. Si una ley ofende a la conciencia de la mayoría, puede y debe cambiarse; pero mientras esté en vigor, todos están obligados a obedecerla, porque hay algo divino en ella y en la idea misma de ley”. Un apartado que merece la pena subrayarse es que esta estricta regla de la ley en la ciudad procedía de la toma de conciencia general de que era una “ley creada por todo el cuerpo de ciudadanos”. Esta diferencia es básica para comprender lo que diferencia la concepción de las leyes por los antiguos helenos de la nuestra. Las leyes en la Grecia clásica eran promovidas y propuestas por la Boulé (asamblea restringida de ciudadanos, elegidos por sorteo de carácter rotatorio), pero eran aprobadas por la Ekklesía o Asamblea de ciudadanos. Una diferencia notable con el modelo vigente en España y en el resto de los países que se rigen por la llamada “democracia representativa”, que, como tuvimos ocasión de tratar en una ocasión anterior, no son otra cosa que regímenes oligárquicos liberales.

Como resultado de esta tergiversación de la idea de democracia, nos vemos obligados a acatar una serie de leyes promovidas por estas oligarquías políticas, en el que participan, como enumeró Castoriadis, “la burocracia de los partidos políticos, la cima del aparato del Estado, los dirigentes económicos y los grandes propietarios, el managment de las grandes firmas y, cada vez más, los dirigentes de los medios de comunicación e información”. Los integrantes de esta oligarquía, como era previsible, redactan y aprueban leyes que en muchas ocasiones atienden exclusivamente a su interés. Pero la cosa no queda ahí. En los últimos tiempos estamos asistiendo a un proceso en el que esta capacidad legislativa está siendo utilizada para socavar los principios básicos de la verdadera democracia como es el derecho de reunión, manifestación y libre expresión de la palabra (isegoría).

Hemos llegado a un punto en el que hasta la resistencia pacífica está siendo criminalizada en nuestro país por un partido político de claro signo autoritario. Hoy, más que nunca, cobran sentido las palabras de Henry Thoreau, contenidas en su conocida obra “La desobediencia civil”, en la que proclamaba “que lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo…Y para ser (la ley) estrictamente justa habrá de contar con la aprobación y consenso de los gobernados”.

Como todo ideal, y el del hombre democrático no deja de ser uno de ellos, necesita un camino para convertirlo en realidad. Este camino, -el que siguieron los griegos que hicieron posible la democracia-, es el de paideia o la educación. Tal y como nos recuerda Werner Jaeger en su estudio “Paideia: los ideales de la cultura griega”, “la democracia, con su apreciación optimista de la capacidad del hombre para gobernarse a sí mismo, presuponía un alto nivel de cultura. Esto sugería la idea de hacer de la educación el punto de Arquímedes en que era necesario apoyarse para mover el mundo político”. Las ideas de Jaeger sobre la paideia fueron resumidas por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”. Según la lectura que hace Mumford de este término, lapaideia, -tarea que debe de convertirse en la principal de la vida del hombre democrático-, “es la educación mirada como una transformación de la personalidad humana que dura toda la vida, y en la cual todos los aspectos de ella desempeñan un papel. A diferencia de la educación en el sentido tradicional, la paideia no se limita a procesos de aprendizaje consciente, ni a iniciar a los jóvenes en la herencia social de la comunidad. La paideia es más bien la tarea de dar forma al acto mismo de vivir, tratando toda ocasión de la vida como un medio para hacerse a sí mismo, y como parte de un proceso más amplio de conversión de hechos en valores, procesos en finalidades, esperanzas y planes en consumaciones y realizaciones. La paideia no es únicamente un aprendizaje: es un hacer y un formar, y la obra de arte perseguida por la paideia es el hombre mismo”: el hombre democrático.

http://www.rebelion.org

La dignidad es el motivo adecuado

 

Por Alberto Medina Méndez

En épocas como estas, de crecimiento económico inercial impulsado, principalmente, por condiciones internacionales más que favorables, cierto populismo avanza despiadadamente sobre las libertades, amparado en las bondades que recibe sin méritos propios suficientes.

Sin embargo, estos líderes demagógicos han trabajado duro para construir su propio relato y poder así explicar cómo han conseguido los logros de los que se ufanan, pero sobre los cuales poco hicieron.

El despliegue económico generalizado en estas naciones, derivado de los excelentes precios de los comodities, afirmación fácilmente verificable con múltiples cifras disponibles, permitieron al populismo, primero llegar al poder y luego sostenerse en él pese a sus impericias, negligencias e inclusive a su ya indiscutible corrupción sistemática.

En este contexto más que propicio, en el que muchos individuos pudieron prosperar, el descaro, la ineficiencia y fundamentalmente los profundos errores conceptuales de quienes gobiernan, han provocado fenómenos absolutamente innecesarios como la inflación, la destrucción de la cultura del trabajo y un despilfarro de oportunidades de magnitudes impensadas.

Una soberbia que solo se corresponde con seres inseguros, han contribuido a dar paso a la inseguridad como matriz cotidiana, un discurso grandilocuente sin autocrítica, y una escala de valores de gran pobreza moral, que se ha convertido en el ámbito ideal para una corrupción que parece no encontrar límites.

Ese escenario que mezcla progreso con degradación, es un coctel que, al menos por ahora, les ha permitido permanecer en el poder y contar con el apoyo popular. Y no es que los ciudadanos no se den cuenta de la presencia de la inseguridad, la corrupción, el deterioro moral o la inflación. Cada uno de estos padecimientos se viven a diario, y sus consecuencias son evidentes para cualquiera que quiera darse cuenta.

Lo que parece suceder es que a la hora de poner todo en la balanza, estas comunidades se siguen rigiendo por aquel viejo principio universal en el que la economía es la que manda, y determina las preferencias electorales. Probablemente, en algún momento la humanidad, mayoritariamente comprenderá que son más importantes las libertades, la dignidad.

El populismo plantea una permanente extorsión por la cual se amenaza a la ciudadanía con dejar de gozar de los privilegios que graciosamente les concede su exitosa gestión, si se renuncia a esos liderazgos mesiánicos

Una ciudadanía que viene de malas experiencias, de ciclos inestables, de idas y vueltas, donde el progreso siempre parece prestado, teme que las historias se repitan y termina jugando, muchas veces a regañadientes, ese perverso juego en el que resigna sus valores, acepta lo inaceptable, claudica en sus convicciones, por lo que entiende, el único camino posible para sostener su situación actual y no tropezar como tantas otras veces.

Tal vez sea esta la ocasión para replantearse todo esto que sucede desde los valores. La libertad nunca puede ser moneda de cambio, ni pieza de negociación, y mucho menos aún se puede aceptar esta modalidad extorsiva, por la cual para garantizar progreso, deben perderse libertades.

La inseguridad creciente que amenaza con la vida, la integridad física y los bienes de los individuos, una inflación que se queda con una parte importante del poder adquisitivo y del esfuerzo de los que menos tienen,  una corrupción que pretende ser aceptada como parte del paisaje, no puede ser JAMÁS el precio a pagar por cierto progreso.

Estas condiciones inmejorables que propone el presente, y sobre el que se tiene escaso mérito, debería ser mucho mejor, sin inseguridad, corrupción, pérdida de libertades, inflación y tanto deterioro moral.

Es tiempo de despertarse. No es justo ni razonable, que una banda de inmorales dirigentes, que han hecho una profesión de este modo de manipular a la sociedad, se termine saliendo con la suya.

La libertad, los valores, los principios y creencias, no pueden ser parte de una transacción donde se debe resignar cada una de estas cuestiones para acceder a otras tan banales como cierto progreso económico.

En algún momento se debe poder reflexionar sobre esta cuestión de fondo que ha tomado de rehén a los habitantes de esta sociedad. Lo económico es importante, muy trascendente, pero jamás se puede aceptar como argumento central para ceder un centímetro en materia de libertades.

El continente seguirá creciendo económicamente porque las condiciones son más que saludables para que ello suceda. Algunos ciudadanos preferirán seguir comportándose como hasta ahora, privilegiando lo estrictamente económico. Otros apostarán con convicción a no dejarse amedrentar por lo superficial y secundario.

No se necesita mucho más que poner las cosas en su lugar, recuperar las convicciones, darle prioridad a lo que vale la pena, y entender que lo económico es esencial, siempre que no nos hayan humillado previamente para permitirnos lograr el progreso que tiene que ver con esforzarse y obtener lo que se desea después de esmerarse para ello. Es tiempo de hacer lo correcto y dar vuelta la página. La dignidad es el motivo adecuado.

albertomedinamendez@gmail.com

 

skype: amedinamendez

 

www.albertomedinamendez.com

 

El político mexicano

Por Antonio Limón López

A Samuel Ramos debemos el primer texto específico sobre el carácter del mexicano, que adicionado al pensamiento nacionalista de Vasconcelos, formaron los cimientos sobre los cuales Octavio Paz edificó una obra imperecedera: “El laberinto de la soledad”. Pero a diferencia de Vasconcelos y de Ramos, Octavio Paz era en la época en que publicó su libro, no un pensador, ni un educador, ni un filósofo, ni siquiera un sociólogo, era un poeta. El éxito extraordinario de este libro, se debe a que como poeta Paz, veía al entorno con una mirada realista, pero su poesía liberaba a la realidad de sus miserias, le ponía alas para que escapara a lo ordinario y eso precisamente fue lo que ocurrió con la visión de nuestro Nobel sobre el mexicano, pues a pesar de que nos juzgó severamente, al mismo tiempo la belleza de su poesía, en prosa, hizo que el libro fuera aceptado y admirado por todos los mexicanos.

 

“El Laberinto de la soledad” a pesar de ser la obra de un poeta, fascinó e inspiró a intelectuales desde su publicación y hasta la fecha lo sigue haciendo. Entre los continuadores de la obra analítica de Paz, están Jorge Castañeda, Roger Bartra, Agustín Basave, Denise Dresser entre otros otros más, pero al igual que Octavio Paz, omitieron caracterizar a un par de tipos mexicanos: El primero de ellos es el “Mexicano político” que nos guste o no, lo somos todos por acción o por omisión, y el “Político mexicano” quién también fue ignorado no solo por el bardo sino por todos. El Político en México, sin embargo es recordado a diario por el pueblo llano, que lo recuerda con insultos y vilipendios de todo tipo y tamaño, pero a fin de cuentas también lo envidia, por la fortuna que lo envuelve y el Poder que en ciertos casos encarna o dimana.

 

Dejando de lado a Paz, a Castañeda y a Dresser ¿Qué podemos decir del “Político mexicano”? ..Lo primero, hablando de su extracción, es que este espécimen proviene de nosotros los mexicanos, es tan ignorante como lo somos todos, no debemos extrañarnos de que nuestros políticos no puedan citar a tres libros y a sus autores, puesto que nosotros tampoco podemos hacerlo, en la casa de nuestros políticos lo que se lee son las revistas de sociales o de chismes de artistas y frivolidades de la televisión, pero eso es lo que se lee o se ve en todos los hogares mexicanos.

 

Nuestros gobernantes carecen, por su incultura, del discernimiento apropiado para seleccionar adecuadamente a sus colaboradores, por ello los gabinetes mexicanos se empantanan con técnicos mediocres y esto solo en el mejor de los casos, porque generalmente es el lugar reservado a los amigos y a los cómplices vulgares. Dicen que ni la belleza, ni el dinero se pueden ocultar, pero es más visible la ignorancia, la cerrazón de miras. La pobreza intelectual resplandece en los discursos que escuchamos tanto en la oposición, como en la facción gobernante, en la minoría política o en la mayoría y hasta en los  discursos pronunciados por nuestros presidentes de la República.

 

Pero ¿Por qué la mediocridad intelectual de nuestra élite gubernamental no es criticada por nuestros intelectuales? La respuesta es más triste que obvia, simplemente porque nuestra clase intelectual claudicó, lo que sobrevive de ella lo hace alimentándose de lo que le arroja el poder. México navega en un mar de pobreza  intelectual porque no exigimos que el  político y el intelectual sean excelentes y vayan unidos, porque no existe un público que lea y compre libros, es decir porque no existe un público ilustrado, menos uno intelectual, incluso lo que mas se le parece es nuestro periodismo, que sobrevive vendiendo su independencia y mancillando su integridad. Es lamentable comprobar que el interés que suscitaron intelectuales como Jean Paul Sartre en la juventud francesa, nunca se haya visto en México, pero en cambio creamos especies de  pseudo intelectuales o más bien técnicos o asesores especializados, que laboran bajo contrato con las diferentes facciones políticas o con el mismo gobierno.

 

Nuestra clase política actúa reclutando a sus militantes en un sistema que erróneamente se le denomina “clientelar”, pero que no lo es, por principio el “cliente” es difícil de convencer y de conservar, es independiente, esquivo e impone sus condiciones, por el contrario, el sistema político mexicano no tiene ningún interés en reclutar a ningún cliente político, pues el sistema no se basa en el convencimiento, sino en la satisfacción de las necesidades del reclutado, del militante, es decir en la pastura que deben recibir los borregos-militantes, esto es mas sencillo que convencer a un “cliente” basta, para muchos casos,  una despensa repleta con “galletas de animalitos”, para los mas exigentes puede ser suficiente un paquete de construcción, otros exigen un permiso de taxista o un local en el mercado municipal, otros un permiso de licorería, y otros nada menos que un puesto en el Consejo de la Judicatura o un sillón en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, otros con una notaría pública se dan por bien servidos o una diputación plurinominal, una agencia aduanal, una estación de radio, un permiso de telefonía, un terrenito junto al mar, en fin este es nuestro sistema, donde el convencimiento político se hace lanzando fardos de heno o pacas de dinero a los nuevos adeptos.

 

Por estas razones es lógico que nuestros políticos rehúyan al debate ideológico, simplemente porque no tienen nada que argumentar, porque no tienen nada que impugnar, porque no tienen nada que debatir. El político como cualquier otro mexicano, rehúye confrontar sus ideas y cuando esto ocurre se siente ofendido en lo personal. Nuestros políticos no pueden aceptar que otros piensen, lo que desean de sus camaradas es sometimiento, obediencia, asentimiento y nada menos que eso. Nuestros políticos no descalifican a las ideas -porque no las entienden- descalifican a las personas, en particular si piensan; Por ello nuestro sistema garantiza que el político que actúa en conciencia, que sea justo consigo mismo y hasta con sus adversarios, que sea un político ilustrado, cultivado en los libros y que no repita estribillos, no prospere, que se encuentre en el vacío total, en la nada, pero eso no solo es deseado por nuestros políticos, sino también es lo que desea el pueblo, que le avienten mendrugos, monedas, chambas, lo que sea que suene.

 

En el mundo y a lo largo de la Historia los profesionales del Poder, es decir los políticos, han tenido ideas claras de lo que pretenden, algunos han buscado cambios revolucionarios y otros simples reformas necesarias a su sociedad, pero todos han sabido perfectamente por qué participan en la política. En el caso de México nuestros políticos ni pretenden cambios revolucionarios, ni se plantean programas reformistas de la sociedad, es falso suponer que busquen el “Bien común”, pero si saben lo que quieren: lo único que cada uno de nuestros políticos ansía con toda su alma -suponiendo que la tengan- es su “Bienestar personal” es decir, su acomodo en el reparto del botín, ya sea siendo electos o designados directamente a un cargo de “elección popular amarrado” o enchufado a una buena “chamba”, por ello no tienen inconveniente alguno en “saltar” de Secretario de Salud a Secretario de Educación, de diputado a cónsul de cualquier pueblo en California, a fin de cuentas todo el gobierno es botín y premio y cada puesto, cada función pública es un redondo y sabroso “hueso”; Bien dice la más añosa sabiduría política, hoy por hoy plenamente vigente: “Vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error” .

 

¿Pero que es lo que hacen nuestros políticos para conseguir su “Bienestar personal”? ¿Acaso salen a la calle a hablar con los transeúntes o se lanzan en una campaña permanente para convencer al “La Ciudadanía”? No, bien sabemos que no. El político mexicano esta desconectado del ciudadano, no le interesa, pues no es éste quien le proporcionará la prosperidad, la designación ansiada, la candidatura o el puesto añorado; No, no es el ciudadano quien le otorgará nada de eso, son los dirigentes de su partido, el Presidente de la República si su partido se encuentra en el Poder, o alguno de sus allegados, por eso nuestros políticos saben que el Poder se dispensa en las cúpulas partidistas, que tienen todo el poder para realizar los mas locos sueños de gloria de nuestros políticos, pero entonces ¿Que debe hacer el político si como ya se expresó, no puede salir a la calle a hacer proselitismo y menos aun a divulgar ideas que no tiene? La respuesta es sencilla, el Político mexicano debe actuar y practicar las virtudes de un “cortesano”, es decir de un experto en satisfacer los deseos de quien detenta el poder; Las modernas “cortes” similares a las del siglo XVIII están en los pasillos de la mansión presidencial, en las oficinas de los dirigentes nacionales, y también en algunas cantinas donde los poderosos despachan, así nuestros políticos perdieron -si alguna vez la tuvieron- dignidad, ahora solo practican la obsequiosidad, la simpatía, el acomodo, la fraseología glorificante o la repetitiva de las consignas, la sumisión, las apariencias, la insidia y son expertos en intrigas.

 

Cuando nuestros jóvenes, descubren que los políticos son tan exitosos cuanto más degradados lo sean, primero se asombran, pero pronto comprenden que si desean hacer “carrera política”  estarán obligados a seguir los pasos y malos ejemplos de nuestros cortesanos-políticos, pues solo obedeciendo, acatando consignas, alimentándose de los despojos que les arrojen sus amos mostrándose siempre felices, solo entonces podrán hacer “carreras brillantes” y escalar hasta la cumbre, coronada no por heladas nieves, sino por apetitosas diputaciones, regidurías, gubernaturas, comisiones, secretarías de estado y hasta la presidencia de la república se encuentra en el menú, al precio de vivir intensamente, abyectamente, en el rastrerismo más absoluto, simulando una vida recta y de dignidad.

 

A la postre, la resplandeciente ruindad de nuestra política como carrera hacia el bienestar personal, apoyada en la pandilla, siguiendo el modelo del cortesano, se convierte en una carrera hacia el infierno, pues nos empobrece a todos, condenando a México a la condición de nación de cuarta categoría, con un sistema educativo lastimero, con un sistema de justicia abominable y con un sistema político que debiera abochornar a cualquier persona que se precie de asumir una vida y conducta fundada en los mejores valores humanos.

 

Es cierto que todos los pueblos del mundo, aun los más desarrollados han sufrido clases gobernantes que los han hundido en la desgracia, es cierto que potencias mundiales como Alemania, Japón, China o Rusia, han vivido en desgracia y ningún pueblo puede estar exento de ella, pero sí la padecen es por algún infortunio pero no porque la merezcan, pues al cabo de un tiempo desaparecen las desgracias y el pueblo se fortalece. En nuestro caso, al tener y tolerar al tipo político que tenemos, que nos gobierna o al que se apresta a substituirlo, siendo idéntico el uno al otro, debemos concluir que nuestras desgracias las tenemos bien merecidas. Que nada es de gratis, que no es un designio que se impone desde afuera, que no es un capricho impuesto por un espíritu chocarrero, sino que somos nosotros, quienes desde lo más profundo de nuestro ser esculpimos al político mexicano a nuestra imagen y semejanza.

La lucha contra la incertidumbre

Audio de Teódulo López Meléndez

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Opción diferente, se busca

 

Por Alberto Medina Méndez

Algunos suelen enfadarse cuando se critica a la política. Sostienen que esas afirmaciones contra el sistema, dañan la esencia democrática. Es posible que el debate no haya sido suficientemente profundizado y se confundan, como tantas otras veces, consecuencias con causas.

La política no goza de buena reputación, y esto está lejos de ser una suposición, sino en todo caso la conclusión a la que arriban muchos estudios serios en buena parte del planeta. La política, sin duda alguna, genera más rechazo que adhesión.

Cuando la opinión ciudadana afirma detestar esa palabra y todo lo que simboliza, se deberían buscar las razones que explican esa visión.

Si se hiciera un intento sensato, mas desapasionado, tal vez se podría comprender, que mucha gente, y con buenos argumentos por cierto, relaciona la política a la mentira, a la corrupción y a la hipocresía.

No se puede esperar otra cosa de la sociedad, cuando se le pide opinión sobre la política, que cierto desprecio, una importante dosis de desconfianza y poca esperanza respecto del futuro de esa actividad.

Es inevitable que cuando se consulta a cualquiera por estas cuestiones, automáticamente la relacionen con la figura de los gobernantes de turno, de los que acceden al poder, de quienes realmente lo ejercen.

Lo que sigue sin quedar claro, es porque los que pretenden reemplazar a los que gobiernan, los supuestos opositores, se parecen tanto a sus contrincantes y no ofrecen una verdadera alternativa de cambio, ni se mueven con una modalidad distinta o plantean un discurso absolutamente diferente.

La sociedad, mayoritariamente, piensa lo que piensa, porque las evidencias lo demuestran y están a la vista, porque ese desprecio encuentra fundamento a cada paso en lo que se observa a diario, y en lo que las revelaciones que siempre se filtran, terminan confirmando todo.

La sociedad, se ha convertido finalmente, en prisionera de los “sistemas” que ella misma ha avalado y posibilitado construir. Los que pretenden el poder, y mucho más aun los que lo detentan, se ocupan permanentemente de generar condiciones que les garanticen el mejor margen de maniobra para el ocultamiento, el manejo discrecional y la escasa transparencia, todas cuestiones que claramente no podrían contar con anuencia social alguna.

Pero algún día llegará lo que la mayoría dice buscar, es decir un espacio político capaz de satisfacer las condiciones más elementales de demanda de la sociedad. Y surgirán desde allí algunos líderes capaces de representar lo que la gente desea, hombres y mujeres dispuestos a ofrecer transparencia en la administración de los recursos públicos, honestidad como valor central de la gestión, integridad en la forma de hacer las cosas, inclusive hasta el aval de la comunidad para decir lo políticamente incorrecto.

Pero buena parte de la tarea no es que esos líderes surjan espontáneamente como producto de la casualidad, o de alguna cuestión mágica del destino, sino como la inevitable y esperable consecuencia de una acción sistemática de los individuos.

Los ciudadanos reclaman justicia. La idea es terminar con la corrupción, para que esos políticos no se salgan con la suya, llevándose el fruto del esfuerzo de todos, financiando sus aventuras políticas y alimentando su crónica ambición por enriquecerse con dinero ajeno.

Reclamarle a la política, honestidad intelectual no debería ser un despropósito y exigirle un verdadero culto a la verdad, aunque muchas veces no sea el paraíso que se desea escuchar y conocer, tampoco tendría que suponer demasiado.

Los ciudadanos tienen, en estos tiempos, la responsabilidad de establecer nuevas reglas de juego, otros estándares de mayor calidad. Si los corruptos no son juzgados jamás, es en buena medida porque se tiene con ellos una actitud que conjuga resignación y falta de perseverancia, aceptando con displicencia, el olvido como medio de superar etapas históricas.

Tal vez haya que comprender que, en la medida, que los incentivos sociales, sigan mostrando que los corruptos triunfan, que se salen con la suya, que nunca pagan el precio de sus delitos, que se les tolera cualquier decisión, este tipo de personajes, seguirán pululando y proponiéndose al electorado.

Es el turno de los ciudadanos, es el momento de generar condiciones con altos umbrales, con requisitos adaptados a las nuevas demandas, que descarten de plano a los hipócritas, que expulsen a los delincuentes, a los manipuladores de la verdad y a los inmorales.

Si el piso de exigencia deja fuera a los que no tienen integridad para gobernar, se podrá disponer de la posibilidad de elegir entre los mejores y no entre los más pícaros. Mientras se siga seleccionando entre mediocres y deshonestos, el resultado será idéntico al que muestra la rutina cotidiana.

Es imprescindible revisar muy pronto los paradigmas, para entender la relación causa efecto. Tal vez así se pueda descubrir que gobiernan los que obtienen cierta aprobación social, suficiente tolerancia de los votantes, y consiguen hacer de las suyas porque los ciudadanos permiten que esta historia se repita cíclica e indefinidamente.

Una decisión ciudadana debe emerger pronto, con contundencia y determinación, para que todo cambie en el sentido declamado. Habrá que alinear discurso y acción a nivel individual. Y cuando eso suceda, solo en ese momento, aparecerá la alternativa concreta, esa que afirmen con consistencia, “opción diferente, se busca”.

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Honoris Causa a Mujica: la petición de autonomía

Por Ricardo Viscardi

La extensión de la expresión “petición de principio” a la expresión “petición de autonomía” conllevaría, ante todo desde un criterio autónomo, es decir conceptual, un paralogismo, para retomar la expresión kantiana que desarrolla Vaz Ferreira. Ante el alcance que adquiere ese “efecto Münchaussen” de sostenerse en los aires tirándose por los cabellos, tal paralogismo de autonomía parece expresar la artificialidad tecnológica de nuestra actualidad (ante todo porque la tecnología consagra su virtud propia a través de la actualidad), hasta llegar a constituir una paradoja inducida por la racionalidad moderna: intentar dar por fundamento aquello que se desea lograr[1]. La autonomía universitaria representaría, en tal perspectiva, la forma cognitiva propia de esa paradoja: pretender que un mero declarar los principios autonómicos de cara a la realidad los estampa en los rostros interpelados.

En efecto, si genera perplejidad que el presidente Mujica acuda a recibir una distinción que se le otorga desde un ámbito que ha vituperado, no parece menos sorprendente que una universidad autónoma le discierna un galardón honoris causa, sobre todo si expresa como fundamento de tal decisión los principios de la reforma universitaria de Córdoba[2]. Podría entenderse que tan inmerecida distinción emerge de una secuencia de reconocimientos dirigidos a mandatarios en condiciones análogas[3]. Tal obligación ante todo diplomática podría explicar, como efecto de una política universitaria militante ante el presente, que el mismo Mujica sea reconocido, más allá de su persona, como representante de un anhelo, incluso por sobre el rumbo que haya terminado por tomar su mandato.

Sin embargo, en este caso es el propio galardonado quien irradia un cariz escandaloso sobre la distinción, en cuanto la misma deposita en su persona los fundamentos que el propio Mujica ha transgredido, no sólo declarativamente, sino distintivamente a través de las medidas de gobierno que ha impulsado[4].

Por consiguiente, la cuestión de “perplejidad” que sostiene la petición iniciada por “ciudadanos uruguayos” y abierta universalmente a firmas solidarias, no significa tan sólo un cuestionamiento a la actitud de Mujica ante la universidad, por encima y más allá de esta circunstancia de una distinción errada, sino que además plantea la cuestión de la condición universitaria en el presente[5].

En La universidad sin condición Derrida sostiene que por su mismo afán de incondicionalidad, es decir, tanto por no aceptar condicionamientos, como por arrostrar todas las condiciones a sus efectos, la universidad puede convertirse en la ciudadela más expuesta[6]. En cuanto se pone de cara al presente, con virtud que no admite que se le dicte ningún sentido, la universidad imbuida de autonomía puede confirmar, bajo su propio sello, el lugar que le asignan sus adversarios. Al igualar un dictado de conciencia con cualquier consecuencia ulterior a su enunciado, la transparencia moral termina por convalidar un rasgo que se le impone, antes que trasuntar la huella de un sí propio.

En efecto, de la lectura de la información que proporciona la Universidad Nacional de La Plata acerca de la resolución que distingue con el doctorado honoris causa al actual presidente uruguayo, surge el sentimiento de una expresión de deseos antes que de una información actualizada, sobre todo para quien posee esta última y se encuentra, por consiguiente, instruido por el contexto para interpretar con amplitud el sentido que reviste.

Conviene por lo tanto preguntarse respecto a esta resolución, si un impulso de intervención universitaria en el presente internacional, por mejor inspirada que se encuentre en las mayores tradiciones universitarias, puede alcanzar legitimidad al margen de una estricta consideración de las circunstancias. Al mismo tiempo, este requisito de la coyuntura universitaria parece alejarse de cierta percepción del pasado acerca, asumida en tanto racionalidad propia de la autonomía universitaria, que depositaba entera confianza en la índole estatal de la autonomía universitaria. En efecto, por más que la estatalidad le otorgue a las universidades que reivindican un carácter nacional una inscripción emblemática, pareciera que la característica propia de la globalización tecnológica pone en tensión, de forma contradictoria, la inscripción estatal con la condición autonómica[7]. Tal marca de actualidad que surge de la misma actualización tecnológica del saber –verbigracia “globalización”, sugiere una cautela singular, ante los efectos que genera por sus propios fueros la política universitaria.

Quizás una clave de tal exposición que induce la condición tecnológica de la globalización, tanto en la estatalidad partidaria como en la universitaria, anima la interrogación que Derrida dirige a la incondicionalidad universitaria, singularmente inspirada por la propia incidencia profesional de la virtualidad[8]. En efecto, si se entiende en clave de virtualidad la integridad que la universidad (y particularmente la Universidad Nacional de La Plata) no ha dejado de reivindicar como su misma virtud autonómica,  es decir su incondicionalidad de cara a la fuerza de actualización del saber, entonces el gobierno de tal virtud de virtualidad no puede ejercerse sino de cara a sí propio.

Tal recato autonómico conlleva, asimismo, cierta discreción institucional, en cuanto todo lugar que pretenda legitimarse en una condición virtual por sí misma (por ejemplo la de una universidad autónoma, o la de un Estado independiente, o la de una identidad por antonomasia), se encuentra expuesta a la malversación de aquello mismo que pretende consolidar. Es decir, al intentar consignarlo como su propia estampa, lo desvirtúa al dirigirlo virtualmente a un destino impropio.

Derrida pauta la interrogación acerca de la incondicionalidad universitaria del presente, en sus aspectos más notorios, a través de una interrogación sobre la virtualidad. Esta cuestiona a la profesión (y particularmente del profesor, aunque también la de todo aquel que profesa), pero asimismo al trabajo, en razón ante todo, de la virtud del saber, si se lo considera en tanto fuerza de la virtualidad. Términos cuyo círculo a partir del prefijo latino “vir” se deshace, como efecto contradictorio de la actualidad tecnológica, ante un hacer  que “arriesga lo que salva”[9]. Tal salvar, como “guardar”[10], no parece ajeno a una guardia que el hombre encontraba por cometido ante la “casa del ser” que procuraba el lenguaje. Sin embargo, tal preservación suponía cierta prosternación del guardián ante un pensar propio del lenguaje, que no podía provenir sino del ser, por encima del ser propio del hombre-guardián[11]. Encomendándose a la salvación, lo humano puede perderse de sí mismo, es decir de su autonomía, mientras cree salvar, llegar a perderse.

Quizás en el intento de salvar los principios de la reforma de Córdoba y la educación pública libre y gratuita, la distinción que la UNLP discierne a Mujica los arriesga, al galardonar a quien no cesa de menoscabarlos de palabra y combatirlos presidencialmente. Por esa razón, preguntarse por la perplejidad que suscita el gesto que le cumple a un rector dirigir, no deja de salvar el riesgo de un equívoco,  en particular, al vincularlo con el presente de un riesgo universitario.

[1] Ver al respecto la entrada “petición de principio” en el Diccionario RAE http://lema.rae.es/drae/?val=principio (acceso el 15/10/12).

[2] “José Mujica Doctor Honoris Causa de la UNLP” en Universidad Nacional de La Plata http://www.unlp.edu.ar/articulo/2012/10/12/doctor_honoris_causa_jose_mujica (acceso el 15/10/12)

[3] “Universidad de La Plata distingue a presidente de Uruguay” en El Comercial http://www.elcomercial.com.ar/index.php?option=com_telam&view=deauno&idnota=241239&Itemid=116 (acceso el 15/10/12)

[4] Ver en este blog, entre otras, las dos últimas actualizaciones “UTU: Uruguay Trabaja en la Universidad” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/09/utu-1-uruguay-trabaja-en-la-universidad_14.html y “La educación es un asunto demasiado político para dejarlo en manos de la política partidaria” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/09/laeducacion-es-un-asunto-demasiado.html

[5] “Ante el título universitario a otorgarse al presidente José Mujica” http://www.change.org/es/peticiones/ante-el-t%C3%ADtulo-universitario-a-otorgarse-al-presidente-jos%C3%A9-mujica#description (ver asimismo link en la imagen superior de la columna izquierda de este blog)

[6] Derrida, J. (2001) L’université sans condition, Galilée, Paris, pp.18-19. La traducción del texto se encuentra en el sitio Derrida en castellano http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 15/10/12)

[7] Viscardi, R. “Autonomía universitaria y crisis de soberanía” Rev. Fermentario Nº 5, sept. 2011, http://www.fermentario.fhuce.edu.uy/index.php/fermentario/article/view/83/20 (acceso el 15/10/12)

[8] Derrida, J. (2001) L’université sans condition, Galilée, Paris, pp.25-26.

[9] Derrida,J. (1997) Mal de archivo, Trotta, Madrid, pp.19-20.

[10] Derrida se refiere en el pasaje antedicho al sentido informático de “guardar” un archivo, que lo asimila a “salvar” (de la pérdida por olvido, descarte o destrucción).

[11] Heidegger, M. “Carta sobre el humanismo” en Heidegger en castellano http://www.heideggeriana.com.ar/textos/carta_humanismo.htm  (acceso el 28/09/12).

El papel redefinidor de la inteligencia aún difusa

Audio de Teódulo López Meléndez

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Hobsbawm, la disperazione dello storico che non può vedere il futuro

 

 

David Bidussa*

 

Alla fine l’idea è che non si prospettava un futuro e che dunque davanti ciò che si prospettava era una linea piatta. Interrogato da Wlodlek Goldkorn, solo alcuni mesi (l’intervista è uscita su L’Espresso e giustamente è stata riproposta qui “a caldo!” immediatamente avuta la notizia della sua morte), Hobsbawm dunque non forniva molte speranze a quelli di tre generazioni meno di lui e che a lui guardavano come lo storico “contro il sistema”. Uno che alla fine ancora guardava a Marx non come un profeta con lo sguardo rivolto al passato, ma come il pensatore inaspettatamente rimesso in gioco proprio dal suo avversario apparentemente vincitore incontrastato e di chi ha creduto ancora fino a ora “nelle scelte razionali e nei meccanismi auto correttivi del libero mercato” (Hobsbawm, Come cambiare il mondo, Rizzoli 2011, p. 397).

Questo dice due cose: che Hobsbawm non ha mai cessato di essere critico del presente, ma anche che era sufficientemente “razionale” da spiegare il presente e cercare di comprenderne le coordinate, prima di avventurarsi nella descrizione degli scenari possibili o di quelli per lui auspicabili. In breve che la testa andava prima e oltre le “ragioni del cuore”. Che il cuore di Hobsbawm, (nato nel 1917 a Alessandria d’Egitto) si collocasse a sinistra, vicino all’esperienza storica del movimento comunista, non è stato mai un segreto per nessuno. Questo tuttavia non gli ha mai fatto velo a guardare nella quotidianità delle classi sociali, ad avere una curiosità non solo per quell’area politica che sentiva più vicina, ma per il vasto cosmo sociale e politico dell’altra società Di quella segnata dalle forme più disperate di protesta, anche quelle lontane opposte alla sua sensibilità.

In quell’altra società, Hobsbawm collocava molte figure, non solo i sindacalizzati, gli operai specializzati o le figure canoniche del ciclo industriale. C’era il cosmo dei banditi dove stavano molte figure marginali della protesta sociale dentro le società industriali, i ribelli, dove colloca le figure della protesta religiosa caratterizzate da una profonda ansia di giustizia sociale, e i rivoluzionari dove un ruolo non indifferente spettava alla riflessione politica e culturale di Antonio Gramsci. Ma insieme Hobsbawn non ha mai abbandonato l’analisi di figure che in funzioni diverse hanno accompagnato la nascita del movimento operaio organizzato in Inghilterra e anche negli Stati Uniti, figure che all’inizio avevano un carattere radicale. E, insieme, non aveva trascurato di soffermarsi sulle culture del mondo del lavoro, oltre il tempo di lavoro e il cui oggetto erano le immagini che hanno accompagnato il sogno di un’altra società dalla seconda metà dell’Ottocento. Un cosmo sociale e culturale dove si formano le immagini della patria, la passione per lo sport, la raffigurazione della forza maschile e dell’idealizzazione femminile nelle culture operaie, perché convinto che la cultura operaia non è solo e nemmeno prevalentemente studio dell’economia o della fabbrica, ma canzoni, poesia popolare, una pratica religiosa f0on data sul principio di giustizia.

Ciò che lo affascinava in quegli anni era studiare la società degli infiniti mestieri legati al mondo del lavoro, dove si mantenevano e si ricomponevano sogni, racconti popolari, desideri, ma anche la quotidianità. Un cosmo in cui ciò che conta è contemporaneamente la convinzione di essere i continuatori di una tradizione che si eredita dal passato – e che dunque dà la sensazione di essere gli eredi di qualcosa – ma anche di reinventarla, di non essere dei puri continuatori. Di rivendicare una tradizione e allo stesso tempo di reinventarla.

Solo un profondo conoscitore del vissuto sociale dell’età industriale e delle classi subalterne (ma senza dimenticare che Hobsbawm è stato anche uno storico economico dello sviluppo industriale e dell’Inghilterra imperiale) poteva essere in grado all’età di 65 anni, quando la consuetudine vuole che gran parte dei suoi colleghi diano sistematicità definitiva alle proprie ricerche iniziate almeno quaranta anni rima, di aprire nuovi settori di ricerca e soprattutto di esprimere una visione della storia rinnovata.

Hobsbawm lo ha fatto con due libri fondamentali. Il primo che edita all’inizio degli anni Ottanta con Terence Ranger dove coordina un gruppo di ricerca sull’invenzione della tradizione (il libro si intitola proprio così, L’invenzione della tradizione, e in Italia lo pubblica Einaudi nel 1987) e che ha il merito di riaprire la partita sulla mentalità indagando non tanto i prodotti dell’immaginario, ma soprattutto meccanismi del pensiero.

Gran parte di ciò che chiamiamo tradizionale e dunque crediamo abbia dietro di sé una lunga storia, non lo è, ma è il risultato di un’invenzione recente e di una ritualizzazione che è il meccanismo che ci fa apparire le cose come cariche di una lunga storia passata. Gran parte dei giochi tradizionali, delle sfilate, delle sagre dei pali, ama anche degli oggetti – prima di tutto il kilt scozzese, sono oggetti inventati, che non corrispondono a una tradizione centenaria, ma sono invenzioni recenti. E lo sono perché il bisogno che soddisfano è proprio quello di dare al soggetto che ne rivendica la lunga storia, la sensazione di essere la testimonianza di una lunga storia. Una procedura che è particolarmente diffusa quando le società si “muovono in fretta”, e hanno l’ansia di essere prive di storia perché non fondate su un passato “immobile”. Quando questa ansia monta allora si inventano le tradizioni. Un processo che riguarda le società industriali avanzate, i paesi ex coloniali in cerca d’identità, i movimenti sociali che rivendicano un a continuità con il passato lontano (per esempio in Italia la Lega è un ottimo esempio di “invenzione della tradizione”).

In quel decennio – gli anni Ottanta che significativamente si aprono con l’autunno dell’Unione sovietica e il centenario della morte di Marx – la riflessione che Hobsbawm propone su Marx e sugli intellettuali europei e il concetto di impegno nella Storia del marxismo che dirige per Einaudi sembra preludere a un bilancio di un lungo impegno culturale, che lo vede protagonista dalla fine degli anni Quaranta dapprima sulle agitazioni sociali del XVII e del XVII secolo o sulle vicende del primo movimento democratico in Inghilterra, il cartismo – su cui lavora con Asa Briggs e con John Saville – e che forse attende un bilancio.

La storia reale tuttavia fa uno scarto e lo obbliga a misurarsi sul presente, ma anche sulle radici lunghe che il presente evoca. Il crollo dell’Urss e del Muro di Berlino, la sensazione che Sarajevo sia l’inizio e la fine del secolo (a monte il 28 giugno 1914 con gli spari che uccidono l’arciduca Ferdinando d’Austria dando l’avvio alla Prima guerra mondiale e poi 78 anni dopo il 28 l giugno 1992 con la visita di Mitterand che chiede la pace, mentre la realtà del conflitto dice che siamo solo all’inizio) è l’immagine che Hobsbawm usa come pretesto per ripercorrere il Novecento in un testo che ancora oggi costituisce forse il saggio storico più letto a livello mondiale negli ultimi venti anni, per non dire forse il vero e proprio long seller del dopo Muro.

Hobsbawm pubblica nel 1994 quello che in Italia viene tradotto l’anno seguente da Rizzoli con il titolo Il secolo breve (ma originariamente in inglese il titolo, certamente più aderente al contenuto del libro, è L’età degli estremi), un libro che rivede l’idea di secolo che ci siamo raccontati fino a quel momento. Nel 1994, in anticipo sulla fine cronologica del Novecento, Hobsbawm ci ha costretto a fare i conti con un secolo ancora non formalmente chiuso. Eppure per molti già consegnato alla storia. Era la forza di uno storico che è stato capace di far sognare molte generazioni di lettori, ma anche era la risposta più significativa a chi già allora pensava che il libro fosse un prodotto finito.

Non era così. Se quel libro e la sue parole hanno avuto fortuna, tanto da essere un libro collettivo, forse l’ultimo grande libro collettivo nell’epoca del tablet, era perché dietro c’era, più che la dichiarazione felice della nuova liberazione, il senso di un vuoto di prospettiva di cui ancora siamo orfani o da cui siamo ancora più spaventati. Quella possibilità di futuro non ce la potrà raccontare Hobsbawm, comunque la sua non sarà una delle voci per cercare di fuoriuscire da questa ansia. Auspicabilmente senza inventarsi tradizioni.
http://www.linkiesta.it/eric-hobsbawm-secolo-breve


David Bidussa (Livorno 1955) storico sociale delle idee. Lavora presso la Fondazione Giangiacomo Feltrinelli. Il suo ultimo libro è Dopo l’ultimo testimone (Einaudi 2009). Ha curato Goffredo Mameli, Fratelli d’Italia (Feltrinelli 2010) e Antonio Gramsci, Odio gli indifferenti (Chiarelettere 2011).

Invitados a un falso dilema

Por Alberto Medina Méndez

 

Los que obtienen mayorías circunstanciales en los procesos electorales creen en aquella dinámica por la que los que más votos suman, siempre tienen razón.

En realidad, la democracia, es el modo menos imperfecto que las sociedades han encontrado para vivir en armonía, pero queda claro que una interpretación inadecuada de su espíritu, una tergiversación de su esencia, la convierte en un perverso sistema por el que las mayorías someten a las minorías a su antojo, imponiéndoles una forma de vida, quitándole derechos e inclusive acallando a los que piensan diferente, solo por ser menos.

En ese esquema, los mas han desarrollado una idea que los moviliza y orienta, una muletilla, un lugar común, una frase hecha, que los hace reaccionar cuando en sus discusiones no consiguen aportar argumentos suficientes que expliquen su posición con solvencia y demuestre sus razones.

En esos debates, cuando las explicaciones ya no pueden sostenerse, plantean una invitación poco amistosa, bastante agresiva pero fundamentalmente falaz, diciendo “ si no estás de acuerdo con lo que se está haciendo, organiza un partido político, preséntate a la próxima elección y obtiene la mayoría para que esa idea reemplace a la actual”.

Esta proposición, además de surgir de la impotencia intelectual de no poder mantener un intercambio de ideas civilizado, también nace de una lógica casi deportiva por el cual uno gana y otro pierde, y si quiere revancha debe triunfar en el próximo encuentro.

No se entiende la esencia de la democracia y mucho menos de la república. Las personas que se eligen en un proceso electoral son “mandatarios”, es decir personas que aceptan del mandante su representación. Son delegados de los ciudadanos y no más que eso.

No se trata ni de jefes, ni de amos, menos aun de reyes. Son eso, empleados de la ciudadanía, de hecho cobran una remuneración por esa tarea, y los recursos que pagan esa compensación son los que los habitantes de una comunidad aportan para financiar esa modalidad.

Cuando un mandatario no encarna acabadamente la visión de sus representados, los ciudadanos pueden sentir que han dejado de ser interpretados como corresponde.

Pero lo más importante, es que los ciudadanos  en democracia, en este deambular, no pierden sus derechos, es decir que la libertad de expresión, de conciencia, la posibilidad de peticionar y exigir a los representantes elegidos no se ve vulnerada entre un turno electoral y el siguiente.

Como ciudadano no tienen porque “esperar” a los próximos comicios para decir lo que se piensa, para quejarse y plantear lo que no parece correcto.

Tampoco los ciudadanos debemos conformar un partido opositor, ni sumarnos a él, ni ocuparnos de reunir votos suficientes para superar en número al oficialismo circunstancial.

Los políticos que compiten en una elección, son personas que se sienten en condiciones de representar a otros y entienden que pueden ofrecer posibles soluciones a la comunidad.

Los ciudadanos no están obligados a tener propuestas, ni a organizarse como partido político para triunfar en una elección. Pueden opinar, pensar, expresarse y quejarse, sin todo lo anterior.

Las obligaciones cívicas de un ciudadano pasan por ser parte de su sociedad, y si bien puede ser deseable que participe activamente de la vida en comunidad, lejos está de ser su obligación legal, y mucho menos moral, presentarse a una elección, ser candidato o tener propuestas.

Los oficialismos suelen molestarse con las críticas, algunos inclusive más de la cuenta, y esa crispación los hace reaccionar desmedidamente ante la impotencia que les genera no poder sostener una discusión con altura, por eso apelan a imponer su razón por el hecho de que son mas, sin comprender que la verdad no sigue una lógica matemática, de hecho los grandes descubrimientos de la humanidad, los cambios de paradigmas del progreso, fueron precedidos por un rechazo masivo de quienes no comprendían la virtud de lo nuevo.

Los gobernantes no llegaron hasta ahí en contra su voluntad, tomaron la decisión personal de ser parte del sistema, se postularon en sus propios partidos, se presentaron a la elección y consiguieron el apoyo suficiente para ocupar esas posiciones de representación.

Otros ciudadanos han elegido dedicar sus vidas a otras cuestiones, y esa es una decisión legítima e incuestionable. Pero por ello no pierden su calidad de ciudadanos, de “mandantes” y por lo tanto pueden opinar cuando lo deseen y decir lo que les parezca, inclusive sin proponer solución alguna.

Esa deformación democrática que utilizan con manipulación dialéctica los poderosos de turno es un signo de impericia y sobre todo de incapacidad para comprender que en una democracia, lo importante es la vigencia de las libertades y los derechos de los ciudadanos por sobre toda otra cuestión.

El poder de la gente está en el uso de su libertad, en el ejercicio de sus derechos, y no en el circunstancial resultado electoral. La historia de la humanidad muestra como las mayorías se mueven de un lado a otro y como los “poderosos” siempre dejan de serlo en algún momento. El centro del sistema es el individuo y no los políticos.

Se trata en realidad de una perversa idea que tienen algunos, de querer proponer un juego que sin sentido alguno, pretende que los ciudadanos claudiquen en sus derechos y elecciones personales.

Los que se postularon para manejar la cosa pública, para gobernar, pues que hagan su tarea y que rindan cuentas de ello, no solo a los que los votaron sino a todos. No son el gobierno de una parte de la sociedad, sino de la sociedad en su conjunto y su deber no es representar a algunos sino a cada uno de los ciudadanos.

Mientras tanto, tendrán que acostumbrarse a tolerar la crítica, a aceptar el disenso, el pensamiento diferente y sobre todo a entender cómo funciona la democracia. Tal vez, un buen primer paso sea diferenciarla de una monarquía, porque no son reyes, solo mandatarios, por un plazo, por un tiempo, a préstamo. Tienen la oportunidad de gobernar con inteligencia, de hacerlo bien, de pasar a la historia y dejar un legado. Queda claro que muchos otros ya eligieron el camino del autoritarismo, del despotismo, la discrecionalidad y la corrupción. Así quedarán en la historia. No habrá premios para ellos.

Algunos, aun no comprenden cómo funciona una sociedad civilizada, con ganas de vivir en armonía y siguen proponiendo silencio ciudadano o disputar la mayoría en un acto electoral. Están invitando a un falso dilema.

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