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Democracia siglo XXI

mes

julio 2008

Nota del editor: Dos ejemplos a seguir en Venezuela (Aragua y Los Palos Grandes)

(Este caso que presentamos es ejemplar, como ejemplar lo fueron las elecciones primarias para elegir candidato a gobernador del estado venezolano de Aragua. El documento de la urbanización caraqueña de Los Palos Grandes lo tomamos de la “Carta Semanal” de Doctor Político que dirige Luis Enrique Alcalá. Como queda claro, la acción ciudadana es fundamental para delinear una Democracia del siglo XXI).

Los vecinos de la urbanización caraqueña de Los Palos Grandes, reunidos en Asamblea de Ciudadanos, formularon una carta-compromiso que hicieron firmar a todos y cada uno de los aspirantes a la Alcaldía de Chacao en las próximas elecciones del 23 de noviembre. La iniciativa y el documento son, por supuesto, un acto político importante, pero también una lección de pedagogía ciudadana. En vez de resignarse al habitual rol pasivo de los electores, hicieron saber a los precandidatos que al resultar electo uno de ellos quedará sujeto al compromiso contraído y a la vigilancia y contraloría vecinal.

Ni uno solo de los pretendientes pudo sustraerse a la firma. Como es natural, está en su interés cortejar el voto de los habitantes del municipio, y haberse negado podría representarles el fracaso. Al estampar su firma, claro, no sólo procuran congraciarse con los electores, sino que quedan sujetos a un pacto que les obliga. La sociología considera que es la base de la vida social la norma tácita que recoge un adagio del Derecho Romano: pacta sunt servanda. (Los pactos deben ser cumplidos). Sin ella, sin la confianza básica que descansa en ella, serían imposibles la vida en sociedad y su progreso. Los vecinos de Los Palos Grandes, por otra parte, mostraron el tramojo a los concursantes: “Esta es una carta vinculante con lo moral, con la ética y, además de lo anterior, con su futuro político. Aquello que de aquí incumpliereis, afectará el futuro político de sus carreras”.

El documento, por tanto, es una muestra de madurez política. No puede negarse que los cambios ocurridos en los últimos diez años no son todos negativos. En particular es grandemente positiva la apertura de nuevos canales de expresión de la voluntad ciudadana, ejemplificados en los Consejos Comunales y las Asambleas de Ciudadanos. Esto corresponde a la noción jurídica inglesa de devolution: la concesión estatutaria de poderes del gobierno central de un Estado a gobiernos de los niveles regional o local. En nuestro caso, la figura de las asambleas de ciudadanos tiene rango constitucional, mientras que una ley ha creado la de los consejos comunales.

Es sabio acoger estas nuevas vías de participación popular y llenarlas de presencia ciudadana, en lugar de replegarse y declararlas sospechosas. Los habitantes de Los Palos Grandes han hecho precisamente eso, y lo han hecho para comprometer al próximo Alcalde del Municipio Chacao y fijar su responsabilidad. La Ficha Semanal #205 de doctorpolítico recoge el texto completo de la carta-compromiso firmada por los aspirantes a su alcaldía la que, como ponen sus redactores, aspira a ser reproducida por entidades similares en todo el país. Es la Carta Magna de los vecinos.

Compromiso electoral

Señores precandidatos a la Alcaldía de Chacao

14 de julio 2008

Compromiso de gestión de gobierno de los precandidatos a la Alcaldía de Chacao con los vecinos de Los Palos Grandes. Responsabilidad con la moral y la ética.

Estimados precandidatos a la Alcaldía de Chacao:

Bienvenidos a Los Palos Grandes.

Los tiempos de la contienda electoral dejaron de ser meras consignas vistosas, rosario de promesas entusiastas de ustedes y pasiva aceptación de ofertas por parte nuestra.

Esta comunidad de vecinos ha asumido, vigorosamente, su condición participativa y la ejerce con toda propiedad.

Es por ello que al convocarlos, más que escucharlos, queremos oigan las necesidades, aspiraciones y exigencias de esta comunidad, para que las incorporen a su gestión de gobierno cuando uno de ustedes resulte electo.

Ustedes aspiran, legítimamente, a obtener nuestros votos y con ellos el cargo.

Conviene entonces recordarles qué significa nuestro voto.

Nuestro voto incluye contraloría a su gestión. No es promesa de silencio, ni complicidad. El voto de Los Palos Grandes, no es renuncia a la crítica, sino compromiso a hacerla constructiva. Nuestro voto no implica incondicionalidad, porque si se la diéramos, ambos, alcalde y vecinos, saldríamos perjudicados como ha demostrado la historia reciente del país.

El voto que vamos a depositar el 23 de noviembre no nos compromete con ninguno de ustedes, nos compromete con nuestra comunidad, que espera de ustedes servicio, transparencia, eficiencia, probidad, inclusión y lealtad con quienes les hemos dado el mandato de dirigirnos. Nada menos que eso.

A tal fin, algunos de los vecinos que participamos en las diversas fuerzas vivas de LPG, quisimos establecer este encuentro que aspiramos sea replicado en todo el país. Presentamos a ustedes esta carta-compromiso que recoge una buena parte de las inquietudes y aspiraciones de esta comunidad y en la que su firma se constituye en un pacto con todos los vecinos a cuyo voto aspiran.

Esta es una carta vinculante con lo moral, con la ética y, además de lo anterior, con su futuro político. Aquello que de aquí incumpliereis, afectará el futuro político de sus carreras. El endoso de Chacao es emblemático.

Lo saben ustedes y lo sabemos nosotros.

Actuemos todos en consecuencia.

Lo siguiente es el trabajo de un equipo de vecinos cuyo compromiso ciudadano es de larga data, y – cuyo manejo de la problemática vecinal está fundado en el conocimiento, como reflejan los puntos expuestos:

Compromiso de los precandidatos a la Alcaldía de Chacao con los vecinos de Los Palos Grandes.

1. Respetaré la continuidad de los programas de Salud, Seguridad, Deportes, Iluminación, Juventud Prolongada, Atención a los Vecinos, Culturales, Ambientales (entre otras cosas, los relacionados con la recolección de la basura).

2. Me abocaré a la elaboración del Plan de Desarrollo Urbano Local – PDUL – como la herramienta de planificación que es, el cual es una deuda con el municipio y la ciudad.

3. Haré efectiva la letra de la LEY ORGÁNICA PARA LA PLANIFICACIÓN Y GESTIÓN DE LA ORDENACIÓN DEL TERRITORIO, en sus disposiciones de derechos ciudadanos.

4. Promoveré e incorporaré la Designación del Representante Comunitario como se describe en el artículo 169 de la Ley Orgánica vigente.

5. Daré continuidad, con celeridad y eficiencia, a los procedimientos administrativos, en materia urbana, ya abiertos.

6. Ofreceré acompañamiento, asesoría y seguimiento a los procesos judiciales que dañen la calidad de vida de los vecinos de todo el municipio.

7. Me abocaré a eliminar la discrecionalidad de la Administración Tributaria y de Ingeniería Municipal que han fomentado el conflicto entre residentes y comerciantes, y buscaré fórmulas conjuntas que favorezcan a ambas partes y no a una sola.

8. Me comprometo a rescatar y hacer cumplir las leyes que regulan la convivencia y que fueron confiscadas por decisiones tribunalicias que han perjudicado a los vecinos.

9. La mía será una Alcaldía abierta a los vecinos. Las comisiones de trabajo tanto las promovidas por la Alcaldía así como las llevadas adelante por los vecinos, contarán con el apoyo y estimulo de todo el equipo que me acompañe.

10. Me comprometo a mantener una administración transparente y las cuentas estarán a disposición de los vecinos en todo lo relativo al presupuesto de gastos de la Alcaldía y a la ejecución de proyectos.

Si así lo hiciereis que Dios y la Patria os lo premien, si no que os lo demanden.

Liliana Hernández, Carlos Vecchio Ramón Muchacho, Emilio Graterón, Samantha Quintero, Luis Sandoval, William Torres y Guetón Rodríguez.

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El viejo muerto no puede resucitar

por Teódulo López Meléndez

Frente a la crisis de la democracia han surgido infinidad de movimientos sociales de base. Se trata, aquí y allá, de un ensayo general de alternativas a la relación jerárquica. La solución, parecen decir, no dependerá más de la promesa de los políticos, sino que debe ser aquí y ahora. Sólo que, en la práctica, reaparece, en lugar de desaparecer, el Estado Providencia, como en el caso venezolano, con numerosas “misiones” que son reparto de dinero como parche tranquilizador; es decir, el Estado asume la manifestación “anárquica” de la base financiando un nuevo populismo.

El asunto de fondo es determinar como esta nueva forma de organización podrá servir a los tejidos democráticos. Debemos constatar que estos movimientos son minoritarios por esencia y son tan poco atractivos como los partidos tradicionales. Los teóricos comienzan a llamar “tribus” a estas formas que la muerte de los partidos ha ocasionado. Así los llaman, porque pareciera que los individuos que se asocian quieren, en el fondo, redimirse de la individualidad. Se trata de una especie de sociabilidad primaria. Estamos ante un caso de reingeniería social de alta complejidad que pasaría, necesariamente, por redefinir lo político de una manera muy distinta de cómo la modernidad la entendió, esto es, organización jerárquica (partidos, sindicatos, etc).

Por todas partes brotan invectivas contra la jerarquía y un insistente llamado a la acción de las “bases”, sin que eso implique voluntad alguna de reestructurar lo político. Esto parece indicar un vuelco hacia sí mismas, por parte de estas organizaciones sociales que se asoman como los sustitutos de los viejos partidos. Se trata de un planteamiento radical de sustitución de lo representativo y, en consecuencia, de uno que rompe las bases de la democracia como la hemos conocido.

El peligro del brote anárquico de organización y destinos propios es el de la aparición del líder totalitario, mientras sus ventajas están en la pérdida de dependencia de la “promesa” y, teóricamente, del estado dadivoso, pues hemos visto que insurge una nueva forma de populismo amoroso que dice comprender la nueva realidad y la usurpa. Aclaremos que entendemos por anarquía en este texto simplemente la organización que se produce sin órdenes superiores. Han caído los metarrelatos políticos de legitimación y los metarrelatos teóricos y el líder providencial se convierte en sustituto.

En la práctica se ven pocos esfuerzos por hacer un replanteo de las condiciones básicas de la nueva posible convivencia social. Los partidos siguen funcionando, si es que funcionan, como si aquí no hubiese pasado nada. En el documento final de la asamblea anual de Fedecámaras se puede encontrar un tibio intento de replantear la función gremial empresarial. El movimiento sindical carece de cualquier asomo innovador. Los intelectuales –los pocos que aún mantienen contacto público- se dedican a una especie de pelea callejera, mientras la mayoría guarda un silencio atronador. Entretanto algunas de las nuevas formas de organización se desgastan en tareas de ingeniería política mal concebidas. El régimen –como queda dicho- financia el nuevo populismo sobre la premisa exclusiva de su propia estabilidad y de combate futuro a cualquier disidencia peligrosa. Los que podríamos llamar contemporáneos siguen comportándose como microorganismos a la deriva, encontrando en la pequeña “tribu” la redención parcial a su individualismo. Es así, pues, como lo que podríamos llamar “instituciones tradicionales” de la “sociedad civil” quedan en evidencia, ya no son capaces de cumplir el rol de intermediación que alguna vez ejercieron.

Hay que partir de lo cotidiano para reencontrar lo social. Hay que innovar en las actitudes y comportamientos y en las bases teóricas que los sustentan. Hay que entender las posibilidades del nuevo tejido social para fijar objetivos compartidos que puedan convertirse en propósitos y objetivos de la lucha. He dicho y repetido que la democracia marchaba junto a la sociedad industrial y que esta terminó. Estamos en un nuevo tiempo y la democracia debe entenderlo. En cualquier caso toda oposición exitosa hacia este peligroso fenómeno dictatorial nacido del rompimiento de la jerarquía organizada-sustituida por la obediencia al líder único- y de la representatividad, vendrá de quienes lo hagan desde la óptica del cambio, del avance, y nunca de quienes quieran restituir el viejo orden muerto. O aprendemos las nuevas formas de los pactos sociales o nos quedaremos en un velorio interminable de un viejo orden que no resucitará.

teodulolopezm@yahoo.com

El día del supermarcado



Por Ricardo Viscardi
La celebración de una efemérides rotulada con figuras del núcleo familiar asciende en popularidad, difusión e incorporación en las costumbres. Esta popularidad creciente contrasta con el declive aparentemente irrefrenable de la familia nuclear que debiera cristalizar, de forma indeleble, esos sentimientos tan ampliamente compartidos. Algunos de los índices estadísticos anuales han destacado la relación negativa del matrimonio, relación clave de la estructura familiar nuclear, con relación a su contrario, el divorcio. Más divorcios que matrimonios por año[1], al menos en algunos años, nos dice que la celebración de las sempiternas figuras familiares está lejos de corresponder a una eternidad de los lugares que ocupan, efectivamente existentes, en las relaciones familiares.

Se impone entonces contrario sensu de la costumbre, pero en consonancia con la lucidez, presentar la hipótesis adversa al sentido común: el declive de ciertos roles en el registro de las costumbres gobierna el apego a las figuras tradicionales de la estampa familiar. Sin embargo, orientadora en mayor medida que la obviedad de una celebración popular, esta hipótesis entra en contradicción con la tendencia del propio acontecimiento. Esta efemérides sui generis presenta una curiosa asimetría. Mientras se celebran las figuras adultas de padres y abuelos, no tienen lugar las infantiles de hijos e hijas. La vaga sospecha de un día del niño, de impronta borrosa, se asocia inmediatamente con la ONU o una ong especializada[2]. Queda cerca del día de la secretaria, con recordatorio de agenda y sospecha de seducción interesada.

Por otro lado, la figura del esposo y de la esposa, roles intrínsecos a la condición familiar que supuestamente se consagra con fechas puntuales, brillan por su ausencia. Hay roles supermarcados y roles faltantes, en esa efemérides familiar que tampoco tiene antecedentes en nuestras costumbres, a no ser los que se afianzan de algunos años a esta parte. No se trata por cierto, de festividades milenarias, sino de una promoción que cunde a través del marketing. Es de sospechar que el mercado, con su pantalla y red encuestadora, en tanto “test perpetuo de la presencia del sujeto a sus objetos”[3], esté constatando las preferencias de índole familiar.

Tal sospecha se confirma si tenemos en cuenta que esta efemérides inscripta subrepticiamente entre las fechas religiosas y nacionales no ha sido instalada ni propiciada por estas últimas, sino por los medios de comunicación comerciales y las firmas que los financian. ¿Debiéramos entonces esperar del marketing que nos ilustre con relación a nuestras inclinaciones familiares contemporáneas? Recuerdo respecto a tal criterio de conocimiento por el marketing, una luminosa frase de mi recordado amigo Pablo Astiazarán, en clase de Teoría de la Comunicación Social, que repito de memoria y bajo forma de aproximación: “Se piensa que por el marketing se puede llegar a medir adonde va el mercado, el problema es que el mercado no está hecho para saber”. El saber, como el interés, tienen su ámbito y su orientación, por más que lo uno y lo otro no sean estáticos ni estereotipados. Fuera de un equilibrio que la caracteriza, cualquier actividad pierde su condición propia. Ninguno de nosotros va a un supermercado para ganar sabiduría conceptual. Nadie va a un centro de estudios a satisfacer las necesidades hogareñas. Sin embargo, el marketing sabe más sobre nuestras necesidades familiares, por lo que se ve, que las religiones y el Estado-nación, ya que el mercado guía, por encima de las instituciones magistrales, la efemérides correspondiente.

Lo anterior no supone que las figuras familiares sean objetos de consumo, sino que el mercado las marca según su propia ley del valor: la circulación mercantil generalizada. No está de más recordar que el valor de una mercancía se establece, en el criterio marxista, por el régimen de su equivalencia general en el mercado, es decir, aquellas cantidades de otras mercancías por las que podemos cambiarla en un régimen de circulación generalizada de bienes. Para ese criterio del valor, no cuenta cuanto vale cada mercancía en sí misma (valor de uso), sino por cuanto valor equivalente de otras puede cambiarla (valor de cambio). Por consiguiente, lo que el marketing quiere marcar es cuánto se puede mercar en el quantum del mercado.

El supermarcado de las preferencias por el aparato estadístico da amplio pábulo a la preeminencia del pasado familiar, sólidamente anclado en la memoria individual, por sobre el azaroso porvenir de sentimientos y descendencia. El supermarcado y los faltantes se vinculan de forma sugestiva con el supermercado, en tanto éste último culmina la fatalidad de una necesidad imperiosa y generalizada: hay personas sin hijos y sin cónyuge o pareja, no los hay sin padres ni abuelos. Todos tenemos un origen, pero no sabemos que nos deparará el destino.

Por consiguiente, las figuras familiares supermarcadas son un efecto del supermercado, en cuanto éste exhibe la capacidad de recoger y transmitir las informaciones relativas a su propia reproducción, vinculada ante todo a las preferencias de los consumidores. Los consumidores no saben lo que quieren, pero el marketing está dispuesto a darles una razón generalizada: la del mayor número.

Sin embargo, ésta ya existía desde la generalización del mercado capitalista, de forma que lo que constituye la nota característica de la efemérides mercadocrática es que ésta corresponde a la posibilidad de totalización informativa de la opinión, en términos de oferta y demanda. El mercado que es compulsado a distancia por un procedimiento de medición supone el supermarcado, el perfil de una figura de sumatoria. Esta figura a distancia dista, ante todo, de estar ausente, corresponde al vínculo artificialmente creado en aras de configurar una composición de lugar total del mercado, un no-lugar[4], un supermarcado del supermercado.

Este supermarcado viene incorporado en el ticket de caja, con un saludo de la cajera a su nombre de pila. Podríamos apilar esos nombres en montoncitos concienzudamente clasificados “Mirna”, “Clara”, “Eloísa”, que ninguno de ellos nos daría ejemplo de otra cosa que el “ahora y aquí” del cobro/pago. No podríamos seguir la huella de esos nombres más allá del carro al que vuelven las bolsas de plástico, destinadas, como los nombres, a ser recicladas por “clasificadores”, subsidiarios, bajo estirpe humana, de la máquina que es, en sí misma, efecto de la suposición humana. El marcado le ha ganado al mercado, pero no por un plus de plusvalía, sino por un hiper de hipermarcado. Ese Súper, super de los súperes, es la virtualidad, que nunca quiso decir otra cosa que “gran potencialidad”[5].

Ahora, esa “gran potencialidad” parece merecer un día propio, bajo la figura del “día del padre”. ¿Es este “padre” el titular de tal virtud de realidad, o por el contrario, el fantasma inevitable del consumidor compulsivo? ¿Homenajeamos al hacedor de supermercados o al supermarcado de caja, que confía su código de tarjeta al más allá telemático del cartelito “sonría, lo estamos filmando”? ¿Nos inclinamos ante un gran poder de procreación o ante un gran medio de pago? ¿Tal medio de pago no se habrá independizado para siempre del pagador y éste no significará, desde ahora, sino un mero dato del Todomercado-Todomarcado, ante el cual el Super-yo freudiano da para llorar de ternura? ¿El Padre Eterno no será el único símil, aunque atávico y descaecido, de tal Hiperreal que se sitúa por encima y por afuera de todo y todos, al tiempo de un imponderable impulso que, a lo Leibniz, “inclina sin necesitar”?

Si el Supermarcado fuera tal Padre Eterno, no se entiende porqué adolece de nula posteridad. ¿No era por el contrario el día del Hijo la celebración principal de nuestro calendario tradicional? ¿Porqué esa Navidad con misa de gallo (después del nacimiento), con un pesebre que contenía lo natural y los sobrenatural, Reyes y estrella-guía incluidos, tiende a ser suplantada por un viejo venido del frío, que parece cada vez más encarnado por el vino del marginal entre cartones? ¿No se tratará ante todo de una trivialidad que se resuelve a fin de cuentas en un estado de cuenta, que no tiene festividades ni feriados a lo largo del tiempo, como no sea la propaganda que viene ensobrada aprovechando el Más Allá de la fecha de vencimiento?

La Sagrada Familia, con su Buey Labrador (el símbolo de José, el padre humano) era el acaecimiento humano de un orden mediador, con relación a un único principio en el Más Allá. Para que hubiera lo uno (la mediación) y lo otro (su Sujeto-Objeto de tal mediación), era necesario que la mediación tuviera un límite infranqueable, que constituía, por encima del sentido humano posible, la propia razón de ser de este último (interpretar el Más Allá). La mediación, obra de un intento de equilibrio con el principio supérstite, vino a ser suplantada por el Medio Total (Mc Luhan), que necesita para llegar a la liquidez absoluta (sistema monético-generalizado del valor de cambio), liquidar al Creador. Luego, con éste, liquida a su faz visible en la tierra, el bueno de José labrador.

Nos queda por lo tanto, un padre de ocasión. Un remedo de intérprete (del designio superior) bajo forma de buen pagador. Difícilmente tal conciencia financiera tenga un verdadero impulso genitor, una irradiación fecunda. Su posición de padre, protética y de segunda mano, no da para un “día del Hijo”, porque hasta su posteridad no llegará, de su legado, sino una gran colección de estados de cuenta.

[1]« La cantidad de divorcios supera a los casamientos en Uruguay », Clarín http://www.clarin.com/diario/2005/01/17/um/m-905736.htm
[2] La búsqueda al respecto rindió frutos desde el primer sitio que visitamos : http://homepages.mty.itesm.mx/al783486/Diadelninio2.html
[3] Baudrillard, J. (1988) El otro por sí mismo, Anagrama, Barcelona, p.9.
[4] En el sentido estricto que le da Augé de transacción a distancia (inclusive consigo mismo), ver Augé, M. (1994) Los « no lugares». Espacios del anonimato, Gedisa, Barcelona, pp.84-85.
[5] La misma raíz latina ilustra a « viril », « virtud » y « virtual », ver Corominas, J. (1987) Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Gredos, Madrid, p.608.

http://ricardoviscardi.blogspot.com/

Cuando la política desaparece viene la policía

por Teódulo López Meléndez

En alguna ocasión Lacan implementó la palabra-concepto “yocracia”. Podríamos decir etimológicamente que es el gobierno de sí mismo. Uno ilusorio, claro está, dado que el hombre contemporáneo no se gobierna a sí mismo y está perdiendo aceleradamente la capacidad de gobernarse en sociedad. La “yocracia”, pensamos nosotros, es el producto de la sociedad del bienestar. El goce es el nuevo alimento posible y en él el hombre se solaza. El bienestar conduce al rompimiento del lazo social. Por lo demás, ese goce se homogeneiza, se hacen universales las maneras. La “yocracia”, paradójicamente, está inserta en una homogénea subjetividad absoluta prefabricada e impuesta. De manera que podemos traducir “yocracia” como individualismo autista.

La democracia implica el interés por lo colectivo y es, en el fondo, incompatible con el egoísmo. Si el interés colectivo, en esta forma de gobierno, está por encima del interés particular, podemos comenzar a entender porqué la democracia presenta resquebrajaduras. La “realidad real” de lo social ha sido sustituida por la “realidad fantasmagórica” de la imagen. El mundo del hombre que se satisface, el “yócrata”, está representado por la imagen, mientras cada vez más gruesas masas empobrecidas no tienen expresión política. Para seguir utilizando, seguramente de manera distinta al original, palabras lacanianas, la gran masa de la población está “forcluida”.

El hombre dominado por el afán de bienestar carece de significado. Ha ido largando el sentido de lo eterno. Se ha convertido en un “dividuo”. La cultura y el pensamiento son estorbos que impiden el acceso al bienestar. De esta manera la organización política sufre las consecuencias. Se hace indispensable la sepultura de la política. Sin política el cuerpo social no puede funcionar. Queda abierto el camino hacia la aparición de las nuevas formas de totalitarismo.

Quizás Nelson Mandela haya sido el último de los héroes. Pertenece a un lejano siglo XX que no reproducirá en el XXI las manifestaciones de heroísmo, sino las consecuencias totalitarias. El “yócrata” es el antihéroe. El político no tiene ya ninguna similitud con el héroe, es, más bien, una especie en vías de extinción. Surge, entonces, la antipolítica a llenar el vacío. El dedo acusador contra la degeneración de los partidos y de la democracia se alza como el nuevo héroe. Es el hombre fuerte, el aspirante a la nueva forma dictatorial del siglo XXI que ya no llena estadios con prisioneros sino que utiliza el arma fundamental del viejo sistema: el poder massmediático. El eros que ha sido derrotado, abandonado y lanzado a la cesta del olvido por la “yocracia” es sustituido por el “amor” que el dictador emergente ofrece: “amor al pueblo”, “amor a las pobres”, “amor a los desposeídos”, “amor a los débiles” y lo que quizás sea peor, “amor a la patria”, pues ello implica el resurgimiento de una enfermedad del siglo XX: el nacionalismo.

No hay duda del resquebrajamiento del lazo social impulsado por la “yocracia”, como no hay duda de la mediocridad de nuestro tiempo. El mundo se ha hecho estéril y con él la forma ideal de organización política, la democracia, sólo que tal declive parece no angustiar al común, sólo a una minoría alerta. Es que en este mundo mediatizado sólo se está disponible para la trama comunicacional y la democracia ha pasado a ser parte de ella. La cohesión viene ahora desde allí, no de las instituciones políticas que pasaron a ser enredadoras de la libre velocidad con que el mercado y la comunicación deben desarrollarse. La política está obligada a desdibujarse, no puede haber instituciones de ella derivadas que se mantengan pues automáticamente se convertirían en escollos. Esta es la era de la velocidad impuesta por lo técnico-mediático y las viejas ideas que inspiraron a la democracia no son compatibles con la velocidad.

Démonos cuenta de que estamos perdiendo la memoria. El totalitarismo de nuevo cuño lo primero que intenta es desterrarla, signándola como dañina. Sin memoria la política carece de sentido. Los políticos se han hecho la rutina, los administradores del aburrimiento, se han hecho innecesarios. Las nuevas formas de organización social no los necesitan.

Lo que vemos en el mundo actual nos indica la crisis del Estado-nación, pero también el de nación. La complejidad social (recuérdese el grado extremo de pobreza de alrededor del 80 por ciento de nuestras poblaciones) ha acabado con el lema de “identidad nacional” como elemento de cohesión y pertenencia; en este sentido se pone en duda que tal complejidad pueda reducirse a una sola voluntad colectiva. La segunda es que el viejo asunto de la mayoría decidiendo en democracia con el acatamiento de la minoría ha pasado a ser una entelequia y, en consecuencia, la idea misma de representatividad válida se diluye. En otras palabras, no hay nadie que represente lo que podríamos denominar “intereses generales”. Eso hace saltar por los aires infinidad de conceptos sobre los cuales se ha basado la democracia. Más claro aún: se está tornando imposible definir una “identidad social”. Antes pertenecer a un partido, por ejemplo, nos dotaba de una identidad. Ahora no, y cada uno construye su propia “yocracia”. Vivimos en lo que Lipovetsky llamó “la era del vacío”.

Para Gauchet estaríamos entrando en lo colectivo sin colectivo, esto es vamos hacia una democracia contra sí misma y lo explica arguyendo que antes se conjugaban en la ciudadanía lo general y lo particular, o lo que es lo mismo, cada uno asumía el punto de vista del común desde su propio punto de vista. En lo que ahora tenemos prevalece la disyunción: cada uno hace valer su particularidad. La despolitización se alimenta con la actitud, por parte de la sociedad, de no querer hablar de política y con lo que él llama ejercicio profesional de la política basado en la “demagogia de la diversidad”.

Jacques Rancière se centra en la relación entre política y filosofía, una que se torna vital analizar en esta hora de rebrote totalitario. Rancière nos propone rescatar la política como “fenómeno pensable”, en su “operatividad como acontecimiento”. Es decir, liberarla del sentido centrado en una filosofía de la historia y de su carácter superestructural. Acontecimiento es lo que detiene la mera sucesión de los hechos y exige una interpretación, es lo que intuye el conflicto y da lugar al desacuerdo necesario; es evidente que sin desacuerdo no hay política pues integra la racionalidad misma de la interacción. Estigmatizar al desacuerdo es el acoso que vivimos las víctimas del nuevo totalitarismo. Rancière no vacila: cuando la política desaparece viene la policía.

teodulolopezm@yahoo.com

Conceptualizar la autonomía, instituir en un lugar

por Jens Kastner

(Traducción de Marcelo Expósito, revisada por Joaquín              Barriendos)

Refiriéndose a Cornelius Castoriadis, Helmut Draxler escribe en su examen de la tradición artística de la crítica institucional: “la crítica de las instituciones sociales siempre tiene, en sí misma, un efecto instituyente”[1]. Draxler infiere de esto que la institución y lo instituyente existen como opuestos aunque se mantienen relacionados entre sí “como un espacio social que está constantemente en formación, que nunca está sencillamente ahí, sino que siempre se realiza entre la crítica y el instalarse en un lugar”[2]. Respecto a la acción política emancipadora, sin embargo, siguen sin aclararse del todo las consecuencias que se derivan de una de las proposiciones básicas del constructivismo, esto es, la que se deriva de la idea de que el espacio social está en constante formación. Para Castoriadis, habría que hacer algo más que limitarse a declarar los efectos instituyentes de la crítica. Tras describir dicho proceso, Castoriadis afirmó también que tanto los cambios políticos como el cambio social ocurrían cuando “la sociedad instituyente irrumpe en la sociedad instituida, en cada ocasión la sociedad en tanto sociedad instituida se autodestruye en tanto sociedad instituyente, lo que quiere decir que en cada ocasión otra sociedad instituida se autocrea”[3]. Pero no nos queda duda de que, para él, “otra” significa en efecto otra sociedad capitalista, ya que, al fin y al cabo, es a tal fin al que se avoca la política. Creada originalmente y aplicada en la polis griega, la política es, citando a Castoriadis, “la actividad colectiva (reflexiva y deliberativa) que se lleva a cabo […] y cuyo objeto es la institución de la sociedad en cuanto tal”[4]. Para él, la política surge cuando y donde “la institución establecida de la sociedad se pone en cuestión en cuanto tal en sus varios aspectos y dimensiones”[5]. De acuerdo con Jürgen Habermas, Castoriadis desarrolla entonces “el caso tipo de lo político a partir del caso límite del acto de fundación de una institución; y lo interpreta además desde la perspectiva de la experiencia estética, como el momento extático que salta del continuo temporal cuando algo absolutamente nuevo se funda”[6]. Habermas critica la manera en que Castoriadis comprende la institución de cualquier mundo como una creación ex nihilo[7]. Pero Castoriadis enfatiza que toda actividad instituyente mantiene como referencia lo instituido. Toda actividad instituyente, aunque sea la revolución más radical, tendría lugar siempre en el marco de una historia “ya dada”[8].

Con la creación de la política, el bosquejo preliminar de una autonomía tanto individual como colectiva aparece también por primera vez en el curso de la historia: auto-nomos, darse una ley a sí mismo. Diferenciando su posición del concepto kantiano de “autonomía”, Castoriadis enfatiza que la autonomía “no consiste en actuar de acuerdo con una ley que es descubierta por una razón inmutable y que está ya dada para siempre. Es el cuestionamiento ilimitado de la ley y sus fundamentos por parte de uno mismo, y la capacidad, a la luz de esta interrogación, de hacer y de instituir (y por tanto también de decir)”[9]. Para Habermas, empero, dados los supuestos ontológicos básicos de Castoriadis, éste “no es capaz de localizar la lucha política por una forma de vida autónoma, que es propiamente la praxis emancipadora y proyectivo-creativa que en última instancia incumbe a Castoriadis”[10].

Tomando literalmente esta supuesta falta de localización, discutiré a continuación un breve repertorio de varias versiones de “autonomía” acontecidas en los últimos veinte años. No puedo garantizar, empero, que mi análisis se incline a proceder en un sentido habermasiano. Al contrario, el decurso de los acontecimientos históricos en el periodo que trataré podría proporcionarnos alguna información sobre cuándo, dónde y en qué circunstancias una “política de la autonomía”, tal y como propone Castoriadis, podría cumplirse con éxito en un sentido emancipador. A lo largo de este recorrido, a través de la puesta en acción de algunas autonomías, asimismo, quizá podamos deducir algunos de los criterios con los cuales valorar el éxito de tales políticas, teniendo en cuenta que las formas colectivas de autonomía deben situarse, siempre, en relación al Estado nación[11].

Barcelona, septiembre de 2000 (la autonomía como nación)

Se dice que hay 6’8 millones de catalanes que se sienten parte de una “nación” independiente. Poco menos de tres cuartas partes de quienes votaron en referéndum sancionaron en junio de 2006 el nuevo Estatuto de autonomía. Habiendo pasado el control previo del Parlamento español en Madrid, esta ley garantiza a la región más rica del Estado español aún más independencia política y financiera frente al gobierno central que cuando se estableció el Estado de las Autonomías con la Constitución Española de 1979, tras la muerte de Franco. Un logro que todavía se discute pero que no deja de ser celebrado. El 11 de septiembre no es sólo el aniversario del golpe militar chileno en 1973 y del ataque al Pentágono y al World Trade Center en 2001, sino también la Diada Nacional de Catalunya. Ese día, en 1714, tras un sitio que duró catorce meses, las tropas de Felipe V invadieron Barcelona; la captura de la ciudad constituye uno de los elementos de la construcción y el mantenimiento de la identidad catalana. Fuera de Cataluña, se sueldan desde entonces las piezas de un Estado español cada vez más represivo, bajo cuya bandera mantuvo unidos a los oprimidos. Pero ¿de qué manera se ejerce esa opresión? Cataluña y el País Vasco son las regiones más ricas del Estado español. El deseo de autonomía[12] se conforma, sin embargo, con independencia de sus estructuras económicas. Por lo general, la succión económica que se aplica a una región viene acompañada de la exclusión simbólica y la opresión política de sus habitantes. También por regla general cualquiera de estos mecanismos de exclusión y opresión es suficiente para despertar, provocar o desencadenar la demanda de autonomía. La prohibición que la dictadura franquista (1939-1975) impuso sobre el uso de la lengua catalana constituyó uno de los principales indicativos de exclusión cultural. La lucha contra esa exclusión era también una lucha contra la autodeterminación colectiva por la autonomía. En el modelo catalán y vasco de “autonomía como nación (diferente de la otra nación)” la idea de una comunidad reunida en torno a una lengua es inconcebible sin la idea de una “cultura separada”. Se entiende que la lengua es componente y expresión concreta de esta separación. Es por tanto esencial proteger, fomentar y preservar esta peculiaridad cultural. (En las reuniones preparatorias de las protestas antiglobalización en Praga, dos semanas antes de la Diada catalana de 2000, a pesar de la numerosa presencia de extranjeros de habla castellana, quienes provenían de Cataluña hablaban en catalán.) Sin embargo, esta concepción de la cultura no está más al resguardo del racismo que el concepto de Estado nación basado en una cultura nacional homogénea. La autonomía, cuando se entiende como independencia nacional, presupone una idea de “cultura” como suma de valores, mecanismos y normas propias de un grupo que se percibe a sí mismo como relativamente homogéneo. Cualquier anomalía, en ambos casos, debe ser excluida; frente a la diferencia se deben cerrar filas.

En la víspera de la fiesta nacional, la banda punk hardcore KOP apareció en un concierto en Barcelona entre gritos inequívocos de “¡Gora ETA!”. El público que ocupaba la sala cantaba como una sola voz. Para Castoriadis, “la posibilidad de establecerse, de manifestarse al máximo en el imaginario instituido, es parte integral del éxito de una ‘política de autonomía’”. Pocos días antes, un grupo de separatistas vascos había asesinado a tiros a otro político socialdemócrata en la propia puerta de su casa. En tanto que medio para aumentar la presión de la lucha por la autonomía, no puede decirse tal acción fuese una acción emancipadora; los punks catalanes, empero, la aplaudieron. Durante la jornada siguiente, algún distrito de Barcelona apareció cubierto con signos de orgullo nacional que expresaban el deseo de independencia de un pueblo para el cual el Estatuto de Autonomía catalán, aun habiendo sido ampliado en el marco de la Constitución Española, resultaba todavía insuficiente. Los símbolos nacionalistas y de extrema izquierda son con frecuencia, en estos casos, los mismos. No hay más que fijarse en los producidos por Endavant (Organització Socialista d’Alliberament Nacional), la cual había organizado el concierto de la noche anterior. Los carteles que distribuyeron en el barrio de Gràcia reproducían un motivo proveniente de la Guerra Civil española: un trabajador cortando madera frente a la bandera de la F.A.I., la federación anarquista. Pero la bandera, en esta nueva versión, no es roja y negra como en el original; en su lugar mostraba las cuatro franjas rojas sobre un fondo amarillo de la senyera. Lo que la bandera catalana oculta aquí es que la lucha histórica por la revolución y contra el fascismo durante la Guerra Civil española (1936-1939) no se restringió de ninguna manera a Cataluña; en esta versión, por lo tanto, parece que Cataluña toma el lugar de la anarquía. La mercadotecnia utilizada por Endavant incluye también pegatinas con las efigies del Subcomandante Marcos y de Fidel Castro sobre el fondo de los colores nacionales catalanes. El activista que vendía estos productos rechazó la crítica que se le hacía en torno al hecho contradictorio de situar en un mismo nivel esas imágenes y de hacerlo de una manera simplista o incluso históricamente falaz. El día después del concierto, en una manifestación en la que participaron unas 15 mil personas, muchas banderas catalanas y vascas ondeaban entre banderas de feministas y de grupos de extrema izquierda. La subcultura y el establishment, punks ascéticos y políticos corruptos confluyen en el mismo lado de la barricada simbólica convocados por una concepción compartida de autonomía, de manera que casi no puede decirse que sean enemigos irreconciliables en términos de extracción de clase o estilos de vida. El nacionalismo reúne a la gente. Pero una “política de autonomía” instituyente, según Castoriadis, sólo alcanza el éxito cuando, de manera paralela a una manifestación como la mencionada, considera que “es igualmente importante introducir el mayor grado de autorreflexión posible en la actividad explícitamente instituyente, así como en el ejercicio explícito del poder”[13]. Claramente, el modelo de “autonomía como nación diferente de la otra nación” está por ello condenado al fracaso.

Chiapas/México, otoño de 2004 (autonomía en la nación)

La fiesta nacional mexicana también cae en septiembre. Es la fecha en la que México se independizó de España tras el “grito” del sacerdote liberal Hidalgo el 16 de septiembre de 1810, llamando a la lucha armada contra el poder colonial. El movimiento zapatista (EZLN), el cual declaró su guerra al Estado mexicano en 1994, también celebra ese acontecimiento. Todos los alcaldes, sea cual sea su adscripción política, repiten ese día el llamamiento desde el balcón de sus sedes oficiales la víspera de la fiesta nacional, mezclándolo con el unificador grito patriótico de “¡Viva México!”. En el acontecimiento original se las arreglaron sin esta última parte, puesto que por aquellos días lo que la gente gritaba era “¡Que vivan las Américas!” y “¡Abajo el mal gobierno!”. En el caracol Oventic, una de las cinco nuevas sedes zapatistas que existen desde 2003, los zapatistas también llaman a recordar la opresión sufrida por los y las indígenas y la necesidad de una rebelión armada, buscando ser abrazados por la nación mexicana. Las Juntas de Buen Gobierno, surgidas a su vez en 2003, además de constituirse en oposición al equipo de gobierno del presidente Vicente Fox (2000-2006), perteneciente al conservador Partido de Acción Nacional (PAN), también recuperan el grito de Hidalgo por la independencia mexicana. De la misma manera que lo ha hecho el Subcomandante Marcos, los intelectuales prozapatistas han tenido que esforzarse durante años para probar que la autonomía exigida por los zapatistas, ya impuesta en algunos lugares, no daña la integridad del Estado nacional. Empero, la práctica zapatista funciona con frecuencia sin la necesidad de partir de una identidad colectiva absolutamente coherente. Mientras que la exigencia de autonomía dirigida a lograr la independencia nacional necesita con urgencia una identidad colectiva en su base, una concepción menos secesionista (la “autonomía en la nación”) no depende tanto de ese tipo de identidad. También en la “autonomía en la nación” se convoca a la Historia como un conglomerado de exclusiones simbólicas y culturales y de explotación económica. También es cierto que hay un sujeto de la lucha, en su mayor parte indígena; pero la población indígena habla varias lenguas (tzotzil, tzeltal y muchas más) y permite, al menos potencialmente, la incorporación de otras. Los zapatistas luchan por “un mundo en el que quepan muchos mundos”; en el que tal vez haya lugar para el pequeño mundo turístico-revolucionario de los independentistas catalanes o de los okupas berlineses.

Desde que comenzó el alzamiento se han establecido 38 distritos autónomos en incontables comunidades zapatistas, las cuales comprenden su autonomía, de una manera pragmática, como étnicamente indígena. Los derechos colectivos sobre la tierra que sobre esta base se exigen, no se confrontan solamente con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, en inglés); también la patronal mexicana y los terratenientes locales ven esa exigencia como una amenaza. La institución de las Juntas de Buen Gobierno fue consecuencia, entre otras cosas, de la falta de voluntad negociadora del gobierno central. Consistía en la afirmación del control de la guerrilla sobre sus propias comunidades. La educación, la salud, los negocios y la agricultura se organizan ahora de manera autónoma e independiente respecto al gobierno central. Fuertemente influenciados por los reclamos universalistas de justicia, democracia, libertad y dignidad, los zapatistas no sólo han sometido sus estructuras a procesos de democratización continua sino que, por medio de la celebración de encuentros internacionales y consultas nacionales que van más allá de las áreas que están bajo su control, han logrado desencadenar efectos, retar a las instituciones y someter a la crítica sus prácticas, comprometiéndose con procesos de reflexión. De acuerdo con Castoriadis, “el momento en que nace la democracia, al igual que la política, no es el reino de la ley o del derecho, ni el de los ‘derechos del Hombre’ y ni siquiera el de la igualdad de los ciudadanos, sino el momento en que emerge el cuestionamiento de la ley en y mediante la propia actividad de la comunidad”[14]. Una de las bases de la concepción zapatista de la política es su lema “preguntando caminamos”.

Más allá de los círculos especializados, el discurso zapatista resulta productivo de diferentes maneras. No es por azar que, entre los muchos entusiasmos internacionales que confluyen en Chiapas, también vascos y catalanes se hayan venido a reunir aquí durante más de diez años. Los intentos de declarar compatible la autonomía zapatista con las leyes mexicanas que intelectuales como el antiguo diputado socialdemócrata del Partido de la Revolución Democrática (PRD) Gilberto López y Rivas han llevado a cabo, no es sino una de las posibilidades. Se corre siempre el riesgo de que se clausure, efectivamente, un espacio étnico al promover que la “población indígena” se establezca en “su cultura”. Otra posibilidad sería formular la autonomía como una empresa transnacional, relativamente independiente de los actuales sistemas políticos, sociales y legales nacionales, entendida en relación con la actualidad de los movimientos sociales de todo el mundo más que con la bandera nacional mexicana[15]. En efecto, las muchas formas de activismo en las que los movimientos de todo el mundo se han comprometido siguiendo el modelo del zapatismo, como es el caso del llamado “zapatismo urbano”, sugieren que esta opción es más que una simple fantasía.

Berlín, Semana Santa de 1995 (autonomía desde la nación)

Por razones históricas, los círculos de la izquierda radical alemana han discutido desde sus orígenes cómo construir una relación positiva entre la nación alemana y el área centroeuropea de habla alemana. Este tipo de discusiones se han desarrollado de una manera no dogmática en particular desde los acontecimientos de 1968 (en los que se produjo en Alemania una ruptura con la generación de los padres, más que una rebelión unitaria transgeneracional como sucedió por ejemplo en México), los cuales tenían como base una “subjetividad en rebelión” marcusiana contra la inmovilidad unidimensional[16]. Para los movimientos autónomos surgidos a comienzos de los años ochenta era obvio que la independencia no era posible a partir de las condiciones dominantes. En la conferencia sobre la autonomía (Autonomiekongress) que tuvo lugar en Berlín en 1995, jóvenes y viejos autonomistas se reunieron bajo el eslogan “La autonomía es la dependencia autodeterminada”, en un “encuentro entre generaciones” que buscaba abrir una nueva etapa cuando, en realidad, acabó por constituir más bien un balance final. Los aproximadamente 2.500 sujetos en lucha en la Universidad Técnica de Berlín y el barrio en el que se sitúa habían adoptado para entonces tanto la estética tecno como el punk, integrando el posmodernismo y el anarquismo con los enfoques teóricos neomarxistas. En los años anteriores, el movimiento (que las fuerzas de seguridad del Estado estimaban compuesto por entre cinco y diez mil personas) había okupado casas, espacios públicos y otros espacios sociales, implicándose en debates sobre temas como las políticas del uso de energías nucleares o la inmigración. Este modelo histórico se podría describir como una “autonomía desde la nación”, en la medida en que era un movimiento que se había establecido al hacer referencias, claramente negativas, a la historia de la nación alemana.

Cinco años antes de la conferencia, la manifestación contra la reunificación llamada Nie wieder Deutschland! (¡Nunca más Alemania!) había atraído a 20 mil participantes en Francfort, con una considerable participación de autonomistas. La “escena” autónoma (mucho más comprometida en aquel momento con las luchas vascas o kurdas de liberación) había establecido una relación inequívoca de confrontación con su propia nación. Aún así, el concepto de autonomía que tenían los autonomistas es vulnerable a ser apropiado por un discurso político nacionalista o de algún otro tipo no previsto. La autonomía de los autonomistas estaba mucho más determinada por una subcultura que las dos concepciones que previamente hemos esbozado. La producción de símbolos también estaba muy extendida en este caso, aunque la unidad que transmitían las rastas, la vida en comunidad y la asistencia a conciertos es difícilmente equiparable a la que crean las banderas nacionales. En esta forma de autonomía, la cultura es menos un canon específico que una mezcla de rituales, símbolos y prácticas que provienen y se desarrollan a partir de otros movimientos, corrientes y escuelas, con una orientación transnacional antes que limitada al marco de “una” nación. No obstante, había y todavía hay muchas cosas por criticar en la autonomía de los autónomos, de la misma manera que las hay en la autonomía del independentismo o en la versión zapatista: desde sus tácticas de confrontación con otros hasta la opacidad de sus propias estructuras, y la dificultad (por no decir falta de democracia) a la hora de admitir en su club a quienes no piensan igual. Más aún, la autonomía de los autonomistas post 68 es también sospechosa de haber renovado el espíritu del capitalismo más que destruirlo, tal como lo han planteado Luc Boltanski y Eve Chiapello, quienes caracterizan la demanda de autonomía como parte de la “crítica artista” dirigida contra la estandarización y la pérdida de individualidad de la era fordista. En lugar de reconocer los efectos anticapitalistas de tal crítica, Boltanski y Chiapello detectan “una semejanza de forma entre los nuevos movimientos de protesta y las estructuras el capitalismo”, basada en indicadores como los modos de organización reticular, la movilidad y la flexibilidad. En contraste con la “crítica social”, que apunta a la seguridad y a la estabilidad, la “crítica artista”, de acuerdo con ellos, ha fracasado en su lucha contra el capitalismo ya que no toma en cuenta hasta qué punto “la libertad es parte del régimen del capital, y cuán ligado está este sistema capitalista al deseo, en el cual basa la mayor parte de sus dinámicas”[17]. Mientras que el modelo de “autonomía como nación” se nos muestra problemático dado que no desafía la(s) institución(es) de la nación, el concepto de “autonomía desde la nación”, si estamos de acuerdo con Boltanski y Chiapello, parece más bien ensimismado en luchar contra el “hacer e instituir” (Castoriadis), negándose a pensar el problema de una institucionalización “alternativa”.

El anterior celo por no mezclar el Estado con la nación se ha convertido en fanatismo. Las antiguas y seguras (aunque monótonas) condiciones de trabajo se han convertido en precariedad; la vieja rutina gris cotidiana de la fábrica se ha convertido en la colorida “fábrica social” (Antonio Negri) en donde se optimizan las condiciones de valorización. Pero aunque la crítica de las instituciones no se salve de ejercer un efecto instituyente en el mal sentido de la expresión (y, a este respecto, hay ciertamente algunas coincidencias entre los movimientos de protesta mencionados por Boltanski y Chiapello y los artistas de la crítica institucional de quienes habla Helmut Draxler), no tenemos otra alternativa. En efecto, “la negación y el encubrimiento de la dimensión instituyente de la sociedad”[18] ha sido uno de los pilares centrales del statu quo hasta donde la memoria alcanza[19]. Desplaza tanto las bases como los orígenes de las instituciones a un “antes” o a un “afuera”, como demuestra paradigmáticamente la ideología naturalizadora del capitalismo neoliberal con sus “límites materiales”, sus “necesidades de localización” y sus “oportunidades de inversión”.

Las prácticas instituyentes, en el sentido de “anteproyecto de autonomía”, tendrían por tanto que atacar este proceso mediante el cual, de acuerdo con Castoriadis, se hace irreconocible la dimensión instituyente de la sociedad, pero sin quedar fijadas en una posición crítica tal. Las formas de autonomía son en sí relacionales y ambivalentes; están siempre en peligro de acabar operando como si fueran nacionales, plegándose sobre sí mismas, o adaptándose a imperativos neoliberales como el de la “responsabilidad personal”. Lo que necesitamos por tanto son prácticas mucho más autorreflexivas, pero sin ser víctimas, en el proceso, de una autohipnosis colectiva.

[1] Helmut Draxler: “Loos lassen: Institutionskritik und Design”, en Alexander Alberro y Sabeth Buchmann (eds.), Art After Conceptual Art, Verlag der Buchhandlung Walther König y Generali Foundation, Colonia y Viena, 2006, pág. 178.

[2] Ibídem, pág. 179.

[3] Cornelius Castoriadis, The Imaginary Institution of Society, MIT Press, Cambridge, 1998 (http://www.korotonomedya2.googlepages.com/CorneliusCastoriadisTheImaginaryIns.doc) [versión castellana: La institución imaginaria de la sociedad, Tusquets, Barcelona, 1983 y 1989; nuestra traducción (NdT)].

[4] Cornelius Castoriadis, “Power, Politics, Autonomy”, en Axel Honneth, Thomas McCarthy, Claus Offe, Albrecht Wellmer (eds.), Zwischenbetrachtungen, Suhrkamp, Francfort, 1989, págs. 468 y ss. [nuestra traducción (NdT)].

[5] Ibídem, pág. 469.

[6] Jürgen Habermas, The Philosophical Discourse of Modernity, Polity Press, Londres, 1990, pág. 329 [nuestra traducción (NdT)].

[7] Ibídem, pág. 332.

[8] Cornelius Castoriadis, The Imaginary Institution of Society, op. cit., pág. 478.

[9] Ibídem, págs. 472 y ss.

[10] Jürgen Habermas, The Philosophical Discourse of Modernity, op. cit., págs. 332 y ss.

[11] El examen de uno de los proyectos autónomos más importantes de la historia reciente, el operaísmo italiano, excede con creces la ambición de este texto y está fuera además del arco histórico que nos hemos marcado. Véase sobre este tema [en alemán] Martin Birkner y Robert Foltin, (Post-)Operaismus. Von der Arbeiterautonomie zue Multitude. Geschichte und Gegenwart, Theorie und Praxis. Eine Einführung, Schmetterling Verlag, Stuttgart, 2006 [y varias referencias en castellano, entre las cuales: La horda de oro. La gran ola creativa y existencial, política y revolucionaria (1968-1977), Traficantes de Sueños, Madrid, 2007; accesible en <http://www.traficantes.net>%5D.

[12] Aunque parece obvio, quizá no está de más subrayar la necesidad de tener en cuenta el solapamiento de significados del término “autonomía” que se produce en este pasaje de la versión castellana del texto, y que nos obliga a diferenciar conceptualmente entre la “autonomía” legal de la que goza Cataluña en el seno del Estado español y el sentido de la “autonomía” buscada por el independentismo catalán que el autor valora aquí en relación con la concepción de Castoriadis. De ahí que el autor especula con la manera en que el independentismo busca la “autonomía” superando el marco legal “autonómico” (NdT).

[13] Cornelius Castoriadis, The Imaginary Institution of Society, op. cit., pág. 480.

[14] Ibídem, pág. 472.

[15] Sobre las varias concepciones de la autonomía modeladas en las discusiones sobre el zapatismo, véase [en alemán] Jens Kastner, “Wille zue Freiheit. Autonomie in der entwecklungspolitischen Diskussion”, en iz3w, nº 294, Freiburgo, julio-agosto de 2006, págs. 16-19 [y en castellano, del mismo autor, “¡Para todos todo! Diferencia cultural, igualdad social y política zapatista”, en transversal: universalismo, junio de 2007 (http://translate.eipcp.net/transversal/0607/kastner/es)%5D.

[16] La continuidad del nacionalismo alemán que evocan algunos veteranos del 68 como el anterior dirigente del Sozialistische Deutsche Studentenbund (SDS) (Alianza de Estudiantes Socialistas Alemanes) Bernd Rabehl, actualmente ultraconservador, o Horst Mahler, el antiguo abogado de la Fracción del Ejército Rojo, que hoy representa posiciones fascistas, no concierne a la mayor parte de los movimientos del 68, que eran de carácter transnacional, ni a su contenido ideológico. Los argumentos de Rabehl y Mahler se dirigen contra los sectores que llaman “antialemanes” para desacreditarlos y, con ello, al conjunto del movimiento de izquierdas radical.

[17] Luc Boltanski y Eve Chiapello, Der neue Geist des Kapitalismus, UVK Verlagsgesellschaft, Constanza, 2003, pág. 506 [versión castellana: El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Colección Cuestiones de Antagonismo, Madrid, 2002; nuestra traducción (NdT)]. Aunque son los veteranos del 68 en Francia, por supuesto, y no los autonomistas de la zona de habla alemana, el sujeto del análisis de Boltanski y Chiapello, los autonomistas son también en último término uno de los movimientos post 68 cuya retórica sobre la libertad ha sido con frecuencia trasladada a las “jerarquías suaves” de las nuevas estructuras organizativas del capitalismo.

[18] Cornelius Castoriadis, The Imaginary Institution of Society, op. cit., pág. 462.

[19] El enfoque polarizador de Boltanski y Chiapello pasa totalmente por alto el hecho de que uno de los conceptos centrales de la demanda de autonomía del 68 era, siguiento a Marx, enfatizar que la Historia la hacen los hombres y las mujeres y que por tanto “puede ser hecha” (Rudy Dutschke). La dicotomía mutuamente excluyente implícita en la confrontación entre “buena” crítica social y “mala” crítica artista debe ser rechazada, dado que no logra aclarar la diferencia entre estos dos conceptos. [Véase también en este sentido la crítica de Maurizio Lazzarato, “Las desdichas de la ‘crítica artista’ y del empleo cultural”, en transversal: creativity hypes, febrero de 2007 (http://transform.eipcp.net/transversal/0207/lazzarato/es)%5D.

Fuente: eipcp european institute for progressive cultural policies

Libros: “Principia iuris” de Luigi Ferrajoli

Está por salir la traducción al español (Editorial Trotta, España) de Principia iuris. Teoria del diritto e della democrazia, la obra más reciente del profesor de la Universidad de Roma III, Luigi Ferrajoli, uno de los más importante teóricos y filósofos del Derecho.. Serán tres volúmenes (tres libros que teorizarán y filosofarán sobre el Derecho y la democracia). Si obras como Derecho y razón. Teoría del garantismo penal, Derechos y garantías. La ley del más débil o Garantismo. Una discusión sobre Derecho y democracia, ya constituyeron un esfuerzo avanzado, sobre la democracia constitucional y los derechos fundamentales,

Principia iuris se estructura en tres voluminosos tratados: Teoria del diritto, Teoria della democrazia y La sintassi del diritto; el primero brinda una visión contemporánea de la teoría y la filosofía del Derecho del mundo contemporáneo; el segundo ofrece un acertado estudio analítico de la democracia; el tercero es un original punto de vista lógico y simbólico sobre ambos temas. En más de tres mil páginas, Ferrajoli ha estructurado una obra monumental que algunos críticos comparan con obras como la Teoría pura del Derecho de Hans Kelsen o el Leviathan de Thomas Hobbes.

“Un arte que pretende hacer visible lo invisible”

Por Noelia Sueiro

(Conversación con Karin Ohlenschläger, Comisaria de Banquete_nodos y redes, exposición producida por Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior de España, SEACEX, Fundación Telefónica y LABoral Centro de Arte y Creación Industria)l

En la década de los sesenta Edgar Morín comenzó una serie de investigaciones experimentales en el campo de lo social bajo las cuales vislumbró la incipiente idea de la necesidad de un nuevo paradigma transversal que involucrara los más diversos campos del conocimiento para lograr un abordaje multidisciplinar que diera cuenta de la complejidad de la realidad en sus múltiples dimensiones. En la sociedad actual globalizada, la vertiginosa transformación tecnocientífica, cultural, social y política, ha configurado una nueva cartografía, precisamente perfilada por Manuel Castells, tanto en la complejidad de las múltiples realidades en las que operamos simultáneamente, como en la interconexión entre procesos y acontecimientos considerados inconexos o marginales.

Si a finales del siglo XIX el propio cerebro fue capaz de observarse a sí mismo contemplando, por primera vez, sus neuronas y sus redes nerviosas en un ejercicio de reflexividad sin precedentes, es ahora cuando la sociedad global afronta la necesidad de pensarse y de construirse a sí misma desde este nuevo paradigma, explica Karin Ohlenschläger, comisaria de la exposición, “la pregunta que plantea Banquete _nodos y redes, es cuáles son los patrones y cuáles son las estructuras que se están estableciendo sobre esta nueva condición, la de una sociedad cada vez más definida y organizada en torno a las redes tecnológicas”. Artistas que tratan de explorar, investigar y de desarrollar, nuevos mundos, nuevas herramientas y nuevas formas y dinámicas de comunicación “porque hoy en día la creación es más que nada una forma de comunicación, y por lo tanto, el tipo de obras que se establecen en esta exposición están articulando estos nuevos espacios de comunicación con nuestro entorno urbano, con las redes sociales, tanto en Internet como en el espacio físico”.

Banquete_nodos y redes se encuentra estructurada en cuatro ejes o áreas interconectadas: las conexiones emergentes entre los espacios físicos y digitales, las relaciones entre las dinámicas urbanas y sociales, las redes informacionales y las conexiones entre biosfera e infosfera, y propone una cartografía en torno a grupos de artistas que están trabajando con expertos desde los más diversos campos del conocimiento -como la arquitectura, la antropología, sociología, pedagogía, biología, genética, ingeniería, informática y biopolítica- para plantear las relaciones del espacio vital en la era de la información y de la comunicación global.

A través de los 34 proyectos de arte digital e interactivo presentados en Banquete_nodos y redes, se investiga cómo se da la conexión, como se produce la relación, la creación de lazos y la auto organización (BCC; Platoniq) o como se subvierte la exclusión mediante la producción de nuevas prácticas que reducen el impacto de la brecha digital desde las propias redes informacionales (NeokinokTV); propuestas concretas en relación a la cultura del software libre, artistas que trabajan con Flicker y con Skype (Social Synthesizer_Prototype; Aetherbits), o con Google (Googlegramas Ozono y Prestige; Joan Fontcuberta), en tanto archivos colectivos de información global a partir de los cuales desarrollan sus obras, y artistas que comparten su creación (Todas las historias; Dora García), su código (Blanca sobre negra; Pedro Ortuño), su planteamiento estético y formal, para que otros lo usen y lo desarrollen (Tecura 4.0; Evru). Estamos hablando de artistas que ya no sólo (o no más) generan sus propios recursos sino que trabajan con imágenes y sonidos provenientes de estos bancos de datos libres, abiertos y colectivos, conscientes de las implicaciones políticas, sociales, económicas y culturales que entraña este modo de creación basado en la sinergia colectiva y la cooperación social en el contexto material e inmaterial de producción, como es el caso de X-devian. Technologies To The People, de Daniel Andújar.

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Artistas que están explorando nuevos usos sobre Internet y la telefonía móvil (zexe.net, Antoni Abad) y en general, que están experimentando nuevos usos sobre los dispositivos tecnológicos más allá de su función establecida por el mercado (Evolutional Machines; Ricardo Iglesias), “en concordancia con la tesis de Manuel Castells en la que afirma que no es la tecnología la que hace al hombre sino a la inversa, que el hombre es quien da un uso y un sentido a las tecnologías, y esta controversia de quién influye o marca a quién, es uno de los temas de esta exposición. Lo que plantean los artistas que trabajan en el campo del arte digital se encuentra en la dirección de la interacción, la obra se toca, se experimenta, se requiere de la relación participativa de los visitantes en obras que no consisten en ser objetos sino procesos” (Mur.muros/distopía; Kònic Thtr). Procesos dinámicos que invitan a participar de determinadas experiencias en el espacio público (Wikiplaza; Hackitectura), que instauran un lugar desde la las prácticas colectivas de construcción significante en la apropiación simbólica de determinados espacios de la ciudad (Aire, Sonido y Poder; Escoitar), proponiendo una reflexión sobre las relaciones que existen entre nuestro entorno físico y real (Luci. Sin nombre y sin memoria. José Manuel Berenger) y nuestros mundos efímeros, virtuales, pero por ello no menos reales (Observatorio; Clara Boj y Diego Díaz). “Nuestro entorno hoy en día son las pantallas y esto cambia de manera considerable nuestra relación con el medio, con los otros, nuestra relación con el espacio y con nuestras vidas, es decir, con nosotros mismos” (La intención; Marta de Gonzalo y Publio Pérez Prieto).

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El emplazamiento expositivo se ha organizado conceptualmente por áreas en relación a los diversos órdenes de redes que articulan lo social, biológico, lo público y lo virtual. En la Sala 1 se agrupan un conjunto de proyectos que exploran las relaciones urbanas, las redes sociales, las redes informaciones y las redes de software libre (Joan Leandre; Alfredo Colunga; Influenza; Concha Jerez y José Iges), mientras que en la Sala 2 se desciende hacia el espacio interior de los nanos mundos, en el campo de lo biológico y en límite de la organización de la vida misma. “En primer lugar, nuestra biosfera es también una infosfera: la vida se construye a través de la información genética, celular, en un constante proceso de retroalimentación de códigos y lenguajes que se desarrollan a muy distintos niveles” Desde el código de software libre hasta el código genético (Secuencias 24; Pablo Armesto), los trabajos están relacionados con redes neuronales (Refecting JCC Brain Research II; Águeda Simó), complejos celulares (POEtic Cubres; Raquel Paricio y J. Manuel Moreno), con una arquitectura informacional que ha desarrollado el artista para, por ejemplo, poder visualizar redes neuronales que se autoconstruyen y evolucionan a partir de un programa de software de vida artificial (Vacuum Virtual Machine; Álvaro Castro).

Estamos viviendo en una sociedad con una movilidad y una capacidad de conexión que nos permite estar presentes aquí y, virtualmente, a miles de kilómetros de distancia simultáneamente en tiempo real, y por otra parte estamos físicamente cada vez más inmóviles. En ese sentido Tangle, de Daniel Canogar, continua en la línea conceptual de una crítica en relación al sujeto tecnológico, continuando la reflexión sobre cómo las tecnologías establecen complejas conexiones emocionales capaces de estrangular al ser contemporáneo, al tiempo que plantea el problema de la imposible sostenibilidad de los desechos tecnológicos, cables, ordenadores y demás chatarra electrónica (Nuevas Geologías).

“Hoy en día conocemos, sabemos, que nuestra naturaleza y nuestro entorno físico es información. Estamos viviendo, dinamizando y catalizando constantemente en un sistema metabólico global, la transformación de materia, energía e información. Partiendo de esta idea de que nuestra biosfera es una infosfera y viceversa, en la planta inferior de Banquete_nodos y redes, encontramos proyectos donde los artistas están trabajando con ADN, con redes neuronales y están planteando la relación hombre-máquina (Protomembrana; Marcel.lí Antúnez), la prolongación de la condición humana a través de los dispositivos tecnológicos (Marina Núñez), con las respectivas implicancias en cuanto a la experiencia, en cuanto a la percepción y que estamos constantemente viviendo a diferentes escalas en la vida humana. Estamos conectados y conviviendo con lo lejano y lo cercano, viviendo dentro de nuestro entorno con los micromundos bacterianos tanto como las macroestructuras económico globales que nos incluyen” (Crédulos; Eugenio Ampurdia).

La vigente complejidad de lo social modulada por los procesos de desterritorialización y descentralización, simultaneidad y ubicuidad, hiperconectividad y fluidez, reconfiguran el mapa de lo social, tanto en lo público como en lo privado, desde una perspectiva global. La progresiva sustitución del unidireccional modelo brodcasting por el horizontal peer to peer, da cuenta de la actual dinámica en la producción, circulación y distribución del conocimiento, de la información y de un conjunto de saberes que emergen en tanto nuevas prácticas y nuevos modos de auto organización colectiva dando paso a la actual estructura de múltiples nodos y redes.

Los proyectos que conforman la tercera edición de Banquete, exploran, visualizan o generan estos nodos y redes de relaciones en las zonas fronterizas entre arte, ciencia, tecnología y sociedad, no ya como una apuesta en el sentido de la novedad sino en tanto plataforma que pretende dar visibilidad al emergente sistema de creación y difusión cultural del siglo XXI. Un sistema móvil y mutable, multicéntrico, dinámico y horizontal, que funciona de modo interdependiente, generando redes autónomas, produciendo territorios existenciales alternativos, inaugurando nuevas modalidades de valorización y nuevos agenciamientos colectivos de subjetividad, porque “todos somos nodos de esta red de relaciones, en la que nuestros conocimientos y nuestros dispositivos tecnológicos pueden hacernos visibles y debemos ser conscientes de ello”, explica Karin Ohlenschläger. Estos nuevos modos de significar la producción artística eclosionan el propio espacio expositivo produciendo nuevos símbolos que reconfiguran su propia historia institucional, al tiempo que encuentran legitimidad en su estructura. Dar visibilidad en este contexto, hacer visible la actual fuerza de invención diseminada globalmente para producir lo nuevo, significa entonces asumir la nueva lógica social de producción promoviendo su integración con los espacios tradicionales y generando nuevos territorios para el desarrollo de la ingente fuerza física y política del trabajo en Red.

Fuente:www.enfocarte.com

La estructura y el funcionamiento del poder

por Teódulo López Meléndez

El desarrollo del concepto de alienación echó en el olvido al de fetichismo. Ambos han sufrido períodos de esplendor y de olvido, remodelaciones y cambios. Marx está en el origen de ambos, sólo que la interpretación de “fetichismo de la mercancía” se fue reduciendo a una falsa valoración de las cosas lo que le daba una implicación ideológica, cuando hoy en día la sociedad del espectáculo ha convertido a esa mercancía en la creadora del mundo que habitamos.

Es evidente que ambos conceptos se entrelazan. El objeto es un fetiche (hoy el símbolo a citar sería el teléfono celular) y estamos alienados en el sentido de que nuestra creación escapó de nosotros y nos domina. Hoy decimos en relación a ambos conceptos que se han modificado sustancialmente los medios de dominación. Es evidente que insistimos en lo tecno-mediático porque vivimos en la civilización de la imagen, pero ella tiene relación directa con la mercancía “fuera de sí”. Este “rebaño normalizado” lo es ahora por vías distintas, las cuales han sido afinadas en su efectividad por la tecnología.

La precisión del cambio la definió Gilles Deleuze como el paso de una sociedad disciplinal a una sociedad de control. En la primera existen instituciones que funcionan como la columna vertebral y definen el especio social, esto es, la llamada sociedad civil (otro concepto en riesgo) define al cuerpo social todo. Si a ver vamos la casi totalidad de las instituciones que sirven de estructura a esa sociedad civil están derruidas trayendo como consecuencia lo que este pensador llama “vacío social”. La llamada sociedad civil, en algunos casos, sigue conservando las instituciones y características que alguna vez la definieron, pero estas han sido anegadas por las nuevas formas de control hasta llegar a una de las condiciones esenciales de este, la hipersegmentación de la sociedad. Aquí, y en todas partes, deberíamos comenzar a hablar más bien de una sociedad poscivil.

Está claro que para la existencia de una democracia la sociedad civil resulta indispensable. Es ella el campo donde lógicamente se producen las mediaciones esenciales al espíritu democrático. Fue Hegel el mayor estudioso de este tema, aunque, claro está, el concepto nació para oponerlo al de sociedad natural. Lo civil en los pensadores anteriores implicaba la organización social, con el Derecho incluido como gran ordenador, mientras Hegel parece referirse más bien a “sociedad burguesa”.

Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo social. La democracia, por ejemplo, parece alejarse de su marco de drenaje y composición, para elevarse por encima de las fuerzas conflictivas que se mueven en su seno. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total. En el campo del sistema político la democracia comienza a ser mirada como un impedimento, como un estorbo.

Ya no estamos, pues, y a veces mucha gente no se da cuenta, en una sociedad industrial. En consecuencia las formas de poder son otras. Las que corresponden a una sociedad panóptica* si aceptamos el término, o, simplemente a una sociedad de control. En consecuencia, las viejas formas (sindicatos, partidos políticos, asociaciones empresariales y todas aquellas “instituciones” de la sociedad civil) se derrumban, al igual que los sistemas de valores tradicionales, la familia, los sistemas de poder (la democracia en peligro). No se trata, como repite tanta gente en mi país, de que los partidos se regeneren o se hagan diferentes. Lo que pasa es que la forma de expresión política de este tiempo ya no pasa por ellos. Hay nuevas formas de poder y también nuevas formas de política, sólo que la tendencia es a la eliminación de esta última, es decir, a un neo-totalitarismo. Si vemos, por ejemplo, la inutilidad de los sindicatos y la impotencia absoluta de los partidos para unir en torno a ideologías, debemos admitir que la nueva estructura política pasará por un entramado de redes de acción y presión política. Lo que hay que entender es que la política dejó de ser un espacio de acción individual o uni-organizativo para convertirse en una gran red de redes de transmisión de información, creación de coaliciones y alianzas y en articulación de presión política.

En su postdata sobre “Las sociedades de control”, Gilles Deleuze nos recuerda el proceso, con Foucault, de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, en plenitud en los principios del siglo XX, donde el hombre pasa de espacio cerrado a espacio cerrado, esto es, la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica y, eventualmente, la prisión, que sería el perfecto modelo analógico. Este modelo sería breve, apenas sustitutivo de las llamadas sociedades de soberanía, donde más se organiza la muerte que la vida. Deleuze considera el fin de la II Guerra Mundial como el punto de precipitación de las nuevas fuerzas y el inicio de la crisis de lo que llamamos sociedad civil. Entran en crisis la familia, la escuela, el hospital, el ejército, la prisión. En otras palabras, entran con fuerza las sociedades de control que sustituyen a las sociedades disciplinarias. Virilio habla así de control al aire libre por oposición a los viejos espacios cerrados. El gran diagnóstico sobre este proceso lo hace, qué duda cabe, Foucault, pero es a Deleuze a quien debemos recurrir para entender el cambio de los viejos moldes a lo que él denomina modulaciones. La modulación cambia constantemente, se adapta, se hace flexible. La clave está en que en las sociedades disciplinarias siempre se empezaba algo, mientras que en las de control nunca se termina nada, lo importante no es ni siquiera la masa, sino la cifra. Es decir, hemos dejado de ser individuos para convertirnos en “dividuos”. No hay duda de la mutación: estamos en la era de los servicios, la vieja forma capitalista de producción desapareció. He definido esta era como la de la velocidad, pues bien, el control es rápido, cambiante, continuo, ilimitado. Si algunos terroristas colocan collares explosivos a sus víctimas, la sociedad de control nos coloca un collar electrónico.

Y como siempre que diagnosticamos en este tema debemos regresar a Michael Foucault (“Microfísica del poder”, “Vigilar y castigar (Nacimiento de la prisión)”, “La arqueología del saber”, “Los anormales”, “Estrategias de poder”). Siempre ha existido algún tipo de vigilancia hacia los individuos o grupos sociales, pero una que pueda llamarse de “rango institucional centralizado” corresponde a este tiempo del nacimiento y progreso de las nuevas tecnologías. Así, la sociedad de control tiene mayor intensidad y sistematización en su vigilancia, alzándose esta última como sustituta de la coerción física. Esta pérdida de libertad es aceptada gustosamente. Foucault distingue así entre sociedad de espectáculo y sociedad de vigilancia, diferenciación que no encuentro correcta, pues como he dicho más arriba, el espectáculo es una forma vigilante. En cualquier caso podemos aceptar el término acuñado, el de sociedad panóptica, que no es otra que aquélla que reproduce la estructura y funcionamiento del poder. En otras palabras, se homogeniza el comportamiento. El preso no puede observar a quien lo observa, mientras que el panóptico no hace otra cosa, está fijo frente al carcelero, mirándole, aprendiendo de él, haciéndose él. Para decirlo con palabras propias de una dictadura, el que se sabe vigilado procura “comportarse bien”. La vigilancia se introyecta, se hace parte integral del “dividuo”. Nos hemos convertido en autómatas consumidores de imágenes. Y volvemos a lo que he llamado la plaga neo-totalitaria que puede avizorarse en el horizonte: ya no habrá dictaduras con estadios llenos, no hará falta, la sumisión estará en el interior del hombre, pues el “dividuo” no verá al poder, ni hará falta, y al no verlo le parecerá ausente, inaccesible, y eso hará del poder el amoroso dictador cuya eficacia está garantizada.

*Panóptico: Dicho de un edificio. Construido de modo que toda su parte interior se pueda ver desde un solo punto. DRAE),

tlopezmelendez@cantv.net

Tensiones y fragmentación en la Bolivia contemporánea: La polarización en tiempos de globalización.


Roberto Vila De Prado*

(Publicado en Antroposmoderno el 08/06/08)

I – MARCO INTRODUCTORIO

En todas las sociedades humanas hay relaciones sociales conflictivas, aunque no todos los conflictos son manifiestos y abiertos: algunos permanecen ocultos y otros se desarrollan siguiendo los carriles institucionales.

Los conflictos no son una esencia, sino el resultado de las interacciones grupales y de las condiciones donde se producen estas interacciones. Ellos pueden ser recurrentes o aflorar en determinadas coyunturas. Según Mouffe, hasta en sociedades que pretenden haber alcanzado altos grados de consenso, el conflicto se hace inevitable, porque en una sociedad global existen diferentes formas de entender la ciudadanía (Bello, 2004: 26).

Los conflictos son producidos y mediados por relaciones de poder y expresan la correlación de fuerzas de los actores políticos. Esto los convierte en importantes registros para leer los problemas sociales e indagar su naturaleza. Por otra parte, no siempre son perjudiciales, porque en muchos casos han sido agentes de importantes transformaciones económicas y sociales.

1. El conflicto en situaciones de polarización

La polarización implica la lucha sin mediaciones y pone de manifiesto la quiebra de los mecanismos para la institucionalización del conflicto. Ella puede tener su origen en la existencia de grandes diferencias en lo socioeconómico o en lo étnico-religioso, situaciones que transforman los conflictos en una lucha violenta e irreconciliable.

También la polarización puede ser algo planeado por uno, o por los dos grupos enfrentados, generalmente conducidos por líderes extremistas opuestos al pluralismo político y al multiculturalismo racial, en definitiva a la aceptación de las reglas del juego democrático.

De acuerdo con Reseneau, la turbulencia política contiene ciertas características definitorias:

a. “menor estabilidad y predictibilidad; mayor incertidumbre de los actores políticos sobre las motivaciones y el comportamiento de los otros grupos;

b. fluctuación más rápida y frecuente de las interrelaciones o interconexiones diplomáticas e internacionales;

c. la necesidad de adaptación y aprendizaje permanente sitúa a los actores bajo una presión muy incrementada, de modo que es necesario el desarrollo de unas potentes capacidades de liderazgo, negociación, autoridad y compromiso;

d. la interdependencia entre los actores es tan grande que cualquier evento puede provocar una conmoción que reverbere en todo el entorno por caminos inesperados” (Prats, 2000).

Cuando la polarización alcanza un alto grado de intensidad, puede ocurrir que el conflicto se resuelva dentro de los marcos constitucionales, o bien que se intensifique hasta desarrollarse alcanzando el nivel de las cuestiones de soberanía.

La definición de Clausewitz, K. (1972: 38), según la cual, la guerra es un acto de fuerza para obligar al enemigo a obedecer nuestra voluntad, tiene hoy plena vigencia en los sistemas políticos caracterizados por la polarización de fuerzas.

Según el polemólogo David Galula, en el campo de la política, cualquiera fuere la causa, “existirá una minoría activa a favor de la causa, una mayoría neutral y otra minoría activa que se opone a la causa” (Claessen, 2007: 90).

Sin caer en explicaciones basadas en teorías conspirativas (como las llamadas guerras de cuarta generación) se puede adoptar el modelo anterior para representar la forma en que las minorías activas intentan instalar sus imaginarios en una ciudadanía agobiada por el trabajo cotidiano, y que no puede ejercer su derecho a la información sin grandes costos económicos y de energía. La citada instalación se efectúa a través de los medios masivos de comunicación (Véase fig. 1)

Desde luego que la mayoría no permanece neutral, de acuerdo con lo acumulado en su memoria colectiva, y con las circunstancias sociales y culturales, sus miembros se orientarán hacia uno de los dos polos.

Las estrategias basadas en la acción psicológica tratan de obtener el poder político (o conservarlo) creando un clima de miedo. Esto se consigue a través de rumores, filtraciones de información, censura y propaganda. El miedo inmoviliza, bloquea tanto la capacidad de análisis como los esfuerzos para dialogar. La guerra mediática obedece a una socialización del miedo (Sierra Caballero, 2003: 261).

En aquellas sociedades, donde hay un empate de fuerzas, es importante el paso del tiempo. Dice Kriele (1980: 37), refiriéndose a una determinada fase de la Revolución Francesa:

“El tiempo tiene un efecto curativo y pacificador. Uno se acostumbra a la nueva situación, se adapta a las nuevas condiciones, disminuye el miedo frente al adversario; cuando no se produce el ataque esperado, con lo cual disminuye también el odio, uno comienza a ver los lados positivos de la nueva situación y, finalmente, crece una nueva generación para la cual la validez de la constitución es algo obvio y que sólo conoce, por los libros de historia, las antiguas relaciones de legitimidad”.

Al igual que en la guerra fría, en situaciones de polarización, se hace necesario mantener el secreto de Estado para que el enemigo no se aproveche de aquella información que puede beneficiarlo. Luego, sólo pueden tener acceso a la información importante los altos dirigentes; y, la posesión del secreto, les otorga un gran poder. La actividad política se convierte en algo oculto que puede quedar bajo el control de sectas, mafias y cofradías (Mires, 1996: 124).

Como corolario, tenemos el predomino de la democracia delegativa sobre la democracia deliberativa, lo que hace que los altos funcionarios sólo consulten a sus colaboradores inmediatos, y que la deliberación se reserve para asuntos menores (Mires, 1996: 125).

2. La función de la ideología

Los seres humanos – dice Zavaleta (1986: 45) – no pueden vivir las cosas sin representarlas. Es decir, sin traducirlas mediante un discurso que exprese a través de conceptos una visión del mundo, y nadie está dispuesto a sacrificar su visión sino es por la fuerza de algo importante e imponente.

Esta visión suele tomar la forma de una ideología interior y de una ideología de emisión. La primera permanece oculta, reservada al diálogo con los propios, la segunda busca la hegemonía y para ello se transmite hacia el exterior integrando el mundo de las formaciones aparentes (Zavaleta, 1986: 185). La misma clasificación la encontramos en Gouldner cuando dice que la primera “se basa en un conjunto específico y concreto de experiencias” y sólo se puede hablar de ella con quienes las han compartido; mientras que la segunda, en cambio, “implica proyectos legitimados que reclaman el apoyo de otros” (Gouldner; 1976: 276).

Una ideología siempre está referida al “otro”, ella hace posible:

– justificar las acciones de quienes la emiten, y

– movilizar a otros ganando su apoyo, o bien su tolerancia

La ideología expresa un conflicto entre la “autopreocupación egoísta de la parte y su deseo de proyectar una imagen de sí misma como altruista preocupada del grupo como un todo”, y esto se consigue ocultando su adhesión a sus intereses más privados y acentuando su responsabilidad con respecto al grupo (Gouldner, 1976: 351).

Sin embargo, a pesar de que presentan los intereses privados como si fueran bienes públicos para lograr poder de persuasión, no estamos frente a un simple engaño, “también son una tácita y genuina oferta de apoyo para diferentes grupos” (Gouldner, 1976: 278). Cuando la ideología de una clase es hegemónica, esto significa que ella ejerce la dirección intelectual y moral de la sociedad. Estamos frente a una síntesis más elevada que una simple alianza de clases. Se trata de un cemento que une a los distintos sectores sociales forjando una voluntad colectiva que funcionará como sujeto. Para ello, la ideología debe expresar no sólo los intereses corporativos de la clase hegemónica, sino también, y al menos parcialmente, los de las otras clases.

La ideología constituye a los individuos en sujetos mediante la llamada interpelación. Laclau señala que la elite dominante no sólo interpela a sus miembros, sino también a los grupos subalternos para lograr la dirección intelectual y moral, es decir la hegemonía:

“Una clase es hegemónica no tanto en cuanto logra imponer una concepción uniforme del mundo al resto de la sociedad, sino en cuanto logra articular diferentes visiones del mundo en forma tal que el antagonismo potencial de las mismas resulte neutralizado” (Laclau, 1980: 188).

Se trata de una autovisión que alude deliberadamente a los caracteres de una colectividad, los que son tratados como factores metafísicos que conforman la esencia inmutable de una comunidad, en suma un conjunto de prejuicios colectivos que suministran un soporte a la mentalidad prevaleciente (Mansilla, 2007: 80); pero que, al mismo tiempo, lleva a los sujetos del discurso a un estado de reflexión sobre fronteras (reales o imaginarias) que los diferencian de otros.

Las instituciones son sistemas de normas formales e informales, conjuntos de pautas que establecen el marco de restricciones e incentivos a las acciones humanas, y que hacen previsibles los comportamientos. El verdadero cambio institucional sólo puede ser el resultado de un proceso de aprendizaje social.

No obstante, el núcleo duro de la cultura son los hábitos y, cuando se trata de “hábitos”, los cambios son muy lentos. Aquí se pone de relieve el papel de la educación, pero no de cualquier forma de educación. El término “educación” es una bolsa donde se agitan gatos de todo pelaje y, para colmo, en la oscuridad, todos parecen ser de color negro. Todo indica que es necesario un sistema educativo que incentive la competencia y la eficiencia adaptativa, lo que supone un cambio de valores, creencias y conductas.

3. Los medios en el mundo globalizado

Tanto el derecho a la libre expresión como el derecho a la información están en peligro debido a la concentración de los medios de comunicación, cuya propiedad está cada vez más en manos de unos pocos y poderosos grupos económicos (Ramonet, 2002).

Por otra parte, no son sólo los periodistas los que informan, porque no hay organización (ya sea económica, política, militar, religiosa, etc.) que no tenga un servicio de comunicación que emita sobre ella misma un discurso ampliamente favorable.

Además de las funciones de informar, educar y entretener, la acción de los medios masivos está orientada hacia la creación de ideologías y pautas de consumo. Hay casos que ilustran la puesta de los medios al servicio de los grupos económicos: El director de TF1, uno de los grandes canales de televisión de Francia, dijo:

“La función de TF1 es ayudar a Coca-Cola a vender sus productos. Lo que nosotros le vendemos a Coca-Cola es tiempo disponible de cerebro humano”. Serge Dassault, dirigente de la fábrica de armamento Dassault-Aviation, explicó que adquirió el semanario L’Express y el cotidiano Le Figaro “para difundir ideas sanas […] Hoy en día nos estamos arruinando a causa de la persistencia de ideas de izquierda” (Ramonet, 2005: 31).

La mezcla de actividades económicas con las labores de prensa, en un mismo grupo empresario, resulta contradictoria. Walter Wells (del grupo New York Times), citado por Ramonet (2005: 31), expresó que los directores de diarios reciben permanentemente directivas de los propietarios acerca de la repercusión que tendrá tal o cual noticia en el valor de las acciones del periódico.

Las nuevas técnicas permiten a los oligopolios transnacionales transmitir imágenes y sonido de alta calidad y desde sitios insospechados con contenidos que crean en el público satisfacción y sensaciones de cierta libertad, con la excusa de educar y entretener; cuando lo que en realidad buscan es que “la mayoría de la gente sienta, piense y se comporte como lo pautan las instituciones” (Herrera, 2004).

Por lo expuesto, los apocalípticos (Sartori, 1998: 135) vaticinan que la “hipermediación” nos privará de experiencias de primera mano y nos dejará a merced de las de segunda mano, sin tener en cuenta que el hombre sólo comprende de verdad aquellas cosas de las que tiene una experiencia directa.

Estos fenómenos acentúan lo que Walter Lippman llama la “fabricación del consenso”. Un hecho no es verdadero porque su formulación haya sido efectuada siguiendo criterios rigurosos y verificados, sino porque otros medios los repiten: “Si la televisión (a partir de una noticia o una imagen de agencia) emite una información y si la prensa escrita, y la radio, la retoman, es suficiente para acreditarla como verdadera”. La repetición en diversos medios produce como efecto la “confirmación” de la noticia (Ramonet, 1995).

Si bien los acontecimientos no son sistemáticamente codificados por los medios en una sola dirección, ellos son extraídos de un limitadísimo repertorio ideológico o representativo; y la elaboración de la información sigue una tendencia que coloca al hecho de manera que las cosas “signifiquen” en el marco de la ideología dominante.

Esta elaboración de la información se realizará a partir de “puntos de significación” que dan credibilidad y fuerzan a la lectura de los acontecimientos que el emisor desea promover. Aunque la transmisión no sea perfecta con relación al marco de referencia hegemónico, tenderá a producir “negociaciones” intrapersonales que reduzcan la posible disonancia cognoscitiva y eviten la decodificación de un modo contrahegemónico (Hall, 1981).

“A su vez, consumidores y opinión pública, enfrentan el desafío de tecno-burocracias privadas y estatales: los medios de comunicación y entretenimiento masivos que están modelando los desarrollos culturales; la publicidad que domina las opciones de consumo; la propaganda política que organiza las opciones políticas; y las tecno-burocracias estatales que controlan la coacción y amenazan la actividad privada” (Varas, 1995: 13).

Si bien a mayor concentración de la propiedad, más se estandarizan los signos, los medios deben tomar en cuenta los gustos de distintos públicos para llegar a audiencias cada vez más segmentadas. Las TIC han posibilitado un gran crecimiento de medios (como la radio y la televisión por cable) dedicados a lo local y regional, con contenidos adaptados a públicos específicos, apartándose de las opiniones estandarizadas de los medios masivos .

A medida que las organizaciones populares van tomando conciencia de la estructura de propiedad, el control y los contenidos de los medios masivos, van surgiendo diferentes formas de comunicación alternativa. Internet permite la generación de proyectos de esta clase Por su bajo costo, y por el hecho de que el Estado sólo puede ejercer un control mínimo sobre estos mensajes.

Es cierto que el computador conectado a la red escapa al control estatal y que esto ha sido visto como un elemento que refuerza la democracia, pero también escapan a dicho control flujos con información no recomendable, como los dedicados a la pornografía infantil o la emisión de mensajes racistas o sexistas .

Espacio público o esfera pública son conceptos que surgen en los albores de la Modernidad, cuando la humanidad tenía gran confianza en la razón. Hoy, el argumento racional es necesario, pero no suficiente. La opinión pública se “construye”, el “consentimiento” se fabrica, entran en juego la correlación de fuerzas, la negociación, la seducción. Desde gabinetes (War Rooms) integrados por especialistas, se conciben y se dirigen las campañas mediáticas.

El concepto “espacio público”, que en lengua inglesa se expresa public sphere, tiene como referencia a esos lugares donde se difundían las noticias de interés general y se llevaban a cabo debates: salones literarios, tabernas, parlamentos, clubes, en suma foros de ciudades y pueblos.

La noción “esfera pública” se refiere a la divulgación de información que en la época de las monarquías absolutas permanecía en secreto. Y, aun hoy, el periodismo pone ante la mirada pública asuntos que el poder preferiría mantener en reserva, que sólo fueran conocidos por círculos más limitados.

¿Ahora bien, es el espacio público algo único? Lo cierto es que la información circula por diferentes canales y se dirige a distintos sectores (o segmentos), por lo que se podría hablar de la existencia de una pluralidad de espacios públicos. Desde luego que esta dispersión de la información tiene su origen en el tamaño de las sociedades democráticas contemporáneas, en la complejidad de la estructura social y en la multiplicidad de intereses.

La exposición selectiva a los medios por parte del público, según su orientación ideológica y por ende según sus valores, contribuye al enclaustramiento de las opiniones y de los espacios físicos sociales en los que dichas opiniones se elaboran.

En el caso de Internet, cabe preguntarse si los ciudadanos estarán dispuestos a escuchar opiniones distintas a las que ellos sustentan, para así contribuir a la formación de una democracia plural. Según Gaëtan Tremblay, los segmentos de la esfera pública no se comunican necesariamente los unos con los otros.

“Cada ciudadano no participa más que en algunas de estas redes, en algunas de estas tribunas en las que se debaten cuestiones de interés general. El sindicalista se informa principalmente a través de los medios de su movimiento ideológico, frecuenta sobre todo las páginas web y los foros de discusión idóneos, participa en las asambleas sindicales y se expresa en los grupos de discusión de su entorno. El patrón, el cargo directivo, o el agricultor hacen lo correspondiente con su propio entorno, siguiendo las líneas de su pertenencia social” (Tremblay, 2006: 229).

Las organizaciones que disponen del dinero suficiente contratan a los mejores expertos para que hagan sondeos y elaboren estrategias de comunicación; y, como dice Tremblay (2006: 235, jamás dan explicaciones públicas.

Las TIC y las formas avanzadas de inteligencia artificial han transformado las pautas convencionales de interacción social y las formas de representación, así como los discursos, la organización de la producción y la cultura, y también los medios de dominación y control social.

No hay que olvidar las recomendaciones del Diagnóstico ETIC Bolivia (2006)::

“Las TIC así como generan una gran cantidad de oportunidades también requieren de una libertad de prensa responsable, donde el uso de las mismas no genere o promueva intolerancia, resentimiento y odio, por el contrario, debemos preservar valores como el diálogo y el respeto en la sociedad”.

No hay esfera pública sin esfera privada. El principio de la libertad de expresión se ve limitado por normas que intentan proteger la vida privada de las personas y la reputación de los ciudadanos. En lo que hace a las redes digitales, hay nuevas leyes que intentan regular la enorme cantidad de datos personales contenidos en los bancos informáticos de organizaciones públicas y privadas. Pese a ello, y especialmente después del atentado del 11 S, han aumentado las medidas de control y vigilancia que pueden legitimar las intromisiones del Estado en la vida privada por motivos de seguridad pública.

La expansión de las redes de Internet acarrea grandes ventajas muy fáciles de apreciar (Tremblay, 2006: 237):

– “la multiplicación de los foros de discusión ofrece posibilidades de expresión a una multitud de individuos y de grupos sobre los temas más variados;

– dicha multiplicación autoriza y facilita la creación de lugares semi-públicos, que en una difusión de ondas concéntricas de diversas amplitudes, en múltiples etapas, hace más permeable la frontera entre privado y público;

– el circuito de los medios de masas es sin embargo siempre necesario para asegurar un gran impacto sobre la opinión pública;

– Internet se revela como un instrumento eficaz de organización para la movilización tanto de los militantes y de los movimientos sociales, como de los partidos políticos tradicionales;

– es evidentemente una fuente cada vez más importante de información de todo género, pero de valor variable y no siempre verificable.”

En la medida en que los gobiernos no pueden censurar o impedir estos mensajes, se abren nuevas oportunidades para luchar por la libertad humana. “Los disidentes de regímenes opresivos, los campesinos sin tierra de Centroamérica, los activistas contra las minas antipersonas o la deuda global, incluso los fundamentalistas religiosos, pueden comunicarse con grupos similares en todo el planeta y coordinar sus acciones no sólo ante sus gobiernos, sino ante organismos internacionales” (Kaldor, 2005).

Pero, al mismo tiempo, la globalización informática facilita la interacción entre terroristas, narcotraficantes y delincuentes organizados, en un mundo complejo, difícil de controlar por el aparato informativo de las fuerzas de seguridad (Sierra Caballero, 2003: 262).

En la escena internacional, junto a los Estados nacionales, “hay una gran variedad de otros protagonistas del conflicto como son las organizaciones internacionales, las no gubernamentales y una pléyade de entidades transnacionales como empresas, organizaciones mediáticas, grupos religiosos, organizaciones terroristas o criminales, así como entidades subnacionales” (Fojón, 2006). Como consecuencia, se han debilitado las relaciones entre los ciudadanos y las comunidades políticas a las que pertenecen y se han estrechado los vínculos entre ellos y los entes transnacionales.

Por lo expuesto, los sistemas de seguridad se consideraron obligados a desarrollar programas de detección, control, prevención, y estrategias de acción psicológica y control de la opinión pública. Se habla entonces de una guerra por el control de las mentes y los corazones. La actual coyuntura política internacional y el surgimiento de las nuevas tecnologías han contribuido al desarrollo de estos programas, que necesitan incorporar también a los medios masivos de comunicación.

La actual organización de la producción basada en el uso intensivo de las modernas tecnologías deja fuera del tejido social una parte importante de la población y, en consecuencia, de la participación política. La inclusión es una condición básica para que exista democracia real. Los gobiernos tratan de responder a las demandas por mayor inclusión a través del consumo; pero, en la medida en que no se puede alcanzar estas promesas, el Estado pierde legitimidad.

El control del desarrollo y del uso de la tecnología tiende a concentrar poder fuera de las instituciones de la democracia representativa:

“Las agencias tecno-burocráticas gubernamentales controlan la coerción y las privadas influyen de manera determinante en la cultura de masas, el consumo y las opciones electorales. Todas ellas operando a través de burocracias tecnologizadas dirigidas por elites difícilmente responsabilizables” (Varas, 1995: 18).

La mundialización no elimina las diversidades locales y regionales. Sin embargo, debilita la soberanía del Estado nacional y las promesas de progreso social, provocando cierta desorganización en términos socioculturales.

La presión globalizadora produce un imaginario de lo próximo y al mismo tiempo favorece el encuentro de personas ubicadas en lugares físicos alejados. Paul Virilio (1995) dice que lo que se está globalizando es el tiempo. Todo se mueve en función del tiempo real como en astronomía. Sin embargo, el ciudadano es siempre ciudadano de “alguna parte”. La privación de los derechos humanos se manifiesta fundamentalmente en la privación de un lugar en el mundo donde sea posible la pertenencia, la interacción con el otro, en suma donde se tornan significativas las opiniones y se hacen efectivas las acciones (Jelin, 1996).

La situación se complica en países con gran diversidad cultural, como Bolivia. La diversidad implica diferentes tiempos históricos:

– las sociedades locales no capitalistas siguen los ciclos de la naturaleza dada su condición de civilizaciones agrarias;

– los núcleos modernos tienen una organización “más abstracta y burocrática del tiempo político y del gobierno” (Tapia, 2002b: 96).

La nueva percepción del tiempo y el espacio no sólo provocan la desestructuración y la reestructuación de las economías, sino que debilita la cohesión social y altera los patrones de vida de las personas.

II – LOS EJES DEL CONFLICTO EN BOLIVIA (CLIVAJES ENTRECRUZADOS)

Al igual que otras naciones latinoamericanas, Bolivia se caracteriza por la existencia de factores que dificultan la institucionalización del conflicto, acentuando la debilidad de las prácticas de coexistencia institucional:

– la dominación extranjera;

– la heterogeneidad cultural;

– la mala distribución del ingreso;

– la debilidad de las organizaciones populares;

– la existencia de ideologías rígidamente contrapuestas con visiones exclusivistas del mundo; y

– la transición relativamente reciente de regímenes autoritarios hacia formas más pluralistas, con la consiguiente dificultad para internalizar los nuevos principios, así como la presencia de residuos heredados de la situación anterior.

El PNUD, en su último informe sobre desarrollo humano, afirma que “tanto la relación entre el Estado y la sociedad como, en este caso, la edificación de una democracia para el cambio son el resultado de ‘jaloneos’, disputas, pactos y tensiones entre un conjunto de actores e intereses con arreglo a diferentes clivajes”; y entre dichos conflictos se enfatizan tres: el regional, el étnico y el socioeconómico (Gray Molina y otros, 2007: 480).

Tanto la estructura de poder del Estado como el aparato estatal han contribuido a la generación de conflictos:

– El monoculturalismo de las instituciones públicas es incapaz de gobernar en una realidad pluralista.

– La falta de eficacia de dichas instituciones ha tenido como respuesta las demandas de soluciones rápidas, que suelen ser el origen de futuros conflictos.

– La debilidad de los gobiernos favorece la proliferación de protestas de distintos sectores de la población y muy especialmente de grupos de presión oportunistas .

Es indudable que la polarización extrema del espectro ideológico (en correspondencia con los toscos mapas políticos donde sólo se divisan correligionarios y enemigos) minimiza las posiciones intermedias y elimina los espacios abiertos al diálogo.

“… una polarización regional-cultural-racial que alentó la división del territorio y la población en dos seudos bloques: el ‘occidental’ de carácter nacionalista y ligado a los movimientos sociales (campesinos, indígenas y sindicales), y el ‘oriental’, más bien de naturaleza liberal y vinculado a los movimientos urbanos (cívicos y empresariales)” (Torrico Villanueva, 2007).

Los principales ejes del conflicto son tres: el socioeconómico, el étnico-cultural y el regional. Estos ejes se entrecruzan y superponen, combinándose en diversas formas.

1. El conflicto socioeconómico

El deterioro del sistema institucional se expresa en una dicotomización del espacio social: mientras en uno de los polos se concentran grandes sectores con demandas insatisfechas, cuyos dirigentes tratan de implantar innovaciones en materia institucional a través de la reforma constitucional; en el otro, la elites interpelan a la población de sus respectivas regiones, apelando al patriotismo local, intentando transformar el conflicto para que se mantenga dentro de ciertos límites.

Los conflictos, al igual que la población y la actividad económica, se concentran en el eje La Paz-Cochabamba-Santa Cruz.

Los expertos del Banco Mundial encuentran las causas de la pobreza boliviana en tres factores (Arias y Bendini, 2006: 1-2):

– la concentración de las exportaciones en pocos rubros que demandan poca mano de obra no calificada;

– la baja productividad de las empresas, especialmente las del sector informal, que son mano de obra intensivas; y

– las bajas oportunidades de los pobres para mejorar su capital humano.

Los países que basan su desarrollo en la explotación y exportación de recursos naturales, suelen presentar una mayor desigualdad en el ingreso y menores tasas de crecimiento a largo plazo. Esto obedece a la falta de articulación de estos sectores con el resto de la economía, por la abundancia de recursos naturales o la falta de incentivos para invertir en otros sectores. Sólo exportan la mitad de las grandes empresas y el 20% de las PYME.

Los costos para registrar una empresa son altos, al igual que los costos de información y transacción. El acceso al crédito exige costosas garantías. Los trámites aduaneros son engorrosos, el transporte es lento y caro. Las leyes laborales aumentan considerablemente el costo de la mano de obra, y todo esto incentiva la informalidad.

La sociedad boliviana se caracteriza por un alto grado de desigualdad y fragmentación. Los pobres difícilmente pueden acceder a una educación de alta calidad. Las familias pobres no pueden mantener a sus niños en la escuela secundaria porque los necesitan para trabajar. En el campo, sólo los que poseen una educación post-secundaria pueden obtener un aumento en el ingreso.

Los índices de pobreza han mejorado en los últimos años triplicando el gasto social:

“La pobreza se redujo del 52% en 1993 al 46% en 1999. Al mismo tiempo, las mejores condiciones de vida y educación en el área rural sugieren que la pobreza allí también pudo haber disminuido” (Arias, 2006: 280).

Sin embargo,

“la reducción de la pobreza habría sido mayor si el crecimiento hubiese sido sostenido, de base más amplia y más intensivo en generación de empleo” (Arias, 2006: 280).

La distancia entre ricos y pobres es grande, y es difícil encontrar medidas para cerrar la brecha. Los logros de los individuos están condicionados por su herencia social, el esfuerzo propio no cuenta demasiado. La baja movilidad social condena a los mismos hogares a la pobreza, de una generación a otra. La igualdad de oportunidades no existe, lo que se manifiesta por ejemplo en el acceso a la educación (Mercado Salazar y otros, 2007).

Además de los factores citados, existen otros que constituyen barreras que se oponen a la igualdad de oportunidades. No sólo se debe tener en cuenta el acceso a los bienes de consumo, sino también la incorporación de la población a la ciudadanía social y política, aspecto que es fundamental para apuntalar los avances económicos, dado que las situaciones de desigualdad dependen en gran parte de las relaciones de poder (Gugler y otros, 2006).

Se pueden agregar, entonces, otras causas que generan inequidad:

– La distribución de la tierra. “El 20% de las unidades agropecuarias posee 97% de tierras cultivables, mientras que el 80% restante dispone solamente del 3%” (Gugler y otros, 2006).

– La discriminación por origen étnico y por género. Los indígenas de las áreas rurales tienen ingresos considerablemente inferiores (aproximadamente la mitad) con respecto a los no indígenas (Tuchsneider, 2006: 301).

Cuadro N° 1. Incidencia de la pobreza en la población indígena de Bolivia

Población Incidencia de Pobreza (%) Incidencia Extrema Pobreza (%)

Total Indígena No Indígena Total Indígena No Indígena

Urbana 51.5 59.1 47.3 23.9 29.9 20.6

Rural 82.8 86.3 73.6 66.2 71.6 52.1

Nacional 63.1 73.9 52.5 39.5 52.5 26.9

Fuente: Jiménez y otros. Hall y Patrinos (2006) en Tuchsneider (2006).

En el cuadro anterior, se puede apreciar que los índices de pobreza son considerablemente mayores en la población indígena; por lo cual los tres ejes del conflicto se entrecruzan y superponen.

La mayor parte de la población rural del país vive en condiciones de pobreza, aunque también hay bolsones de pobreza en las áreas urbanas. El 40% de la población del departamento de Santa Cruz es pobre, pero en la ciudad sólo lo es el 20%.

2. El conflicto intercultural

En las últimas décadas, la economía boliviana ha sido afectada por profundos cambios estructurales: se pasó de un modelo minero estatal a una economía de mercado con un alto componente de informalidad urbana. Estos cambios también afectaron a las fuerzas sociales que dominaban el escenario político, las que fueron desplazadas por otras nuevas cuando surgen los cocaleros, los trabajadores urbanos y los movimientos indígenas.

En el año 2000, decía Bedregal:

“En el ámbito rural o campesino, las estructuras organizacionales, no tienen fuerza decisoria para obtener bienes, servicios y para satisfacer necesidades vitales sino a través del mayor o menor acceso que puedan tener a los poderes sociales y estatales de tipo urbano. El racismo, la marginalidad y las discriminaciones hacen de estos conglomerados los menos cercanos a los factores decisorios reales del pluralismo” (Bedregal, 2000: 90).

Al igual que en otras naciones, las demandas indígenas están modificando las formas de convivencia social y política características del Estado-nación. Con la Modernidad, surge el principio de la igualdad individual. Si la condición de “ciudadano” implica igualdad, cómo se explica la inequidad económica y de clase ¿Cómo resolver estos valores contradictorios?

La ciudadanía indígena es una laboriosa construcción basada en la lucha por el reconocimiento de derechos específicos a través de una dinámica cultural que se constituye en el motor de la acción política, de las negociaciones con el gobierno y como medio de “visibilización” del actor-indígena en la sociedad.

Para buena parte del periodismo (y para el sentido común), el conflicto indígena sería la acción de un sujeto obstinado, reaccionario, refractario al progreso. Para otros, los indígenas son conflictivos en tanto presionan por demandas imposibles de alcanzar. Finalmente, los movimientos indígenas se encontrarían buscando la diferencia en contra del principio de igualdad propio de la Modernidad.

De esta manera, los objetivos de los indígenas conducirían a la fragmentación del Estado. Sin embargo, la presencia de organizaciones indígenas que luchan por el reconocimiento de su identidad y por el ejercicio de sus derechos es una importante fortaleza para la práctica democrática y la consolidación de la ciudadanía.

No se puede negar que hay organizaciones radicales cuya ideología les impide llegar a cualquier forma de negociación o acuerdo político, aunque éste no parece ser el comportamiento de la mayoría de los movimientos indígenas de los países latinoamericanos.

En Bolivia existen dos idiomas, distintos del castellano, que son la lengua materna de más del 35% de la población, además de una treintena de dialectos regionales. Ahora bien, cada comunidad lingüística posee una diferente visión del mundo, así como diferentes formas de organización, saberes y prácticas culturales.

Más allá de las declaraciones constitucionales y algunas normas legales, en la realidad hay una suerte de monolingüismo estatal que determina las formas de acceso a los cargos públicos y, en general, a los canales de ascenso social; y además que la condición de “blanco”, tanto desde los somático como desde lo cultural, sea un bien codiciado por las posibilidades que otorga en los procesos de movilidad vertical.

Cuadro N° 2.Relación entre las variables “auto-identificación” y “pertenencia” en las ciudades capitales de Bolivia más El Alto (en %).

Autoidentificación /

Pertenencia Indígena Mestizo Blanco Total (apoxim.)

No indígenas (34.5%) 0.0 76.4 20.7 100.0

Aymaras (30.4%) 40.8 56.2 2.1 100.0

Quechua (27.2%) 14.8 76.1 8.5 100.0

Chiquitano (2.7%) 0.3 79.2 16.5 100.0

Guraraní (1.8%) 19.1 71.8 9.1 100.0

Fuente: Fundación Unir Bolivia (2006).

Nota: La variable “identificación” corresponde a la pregunta “¿Usted se siente perteneciente a algún pueblo indígena?”. La variable “pertenencia” se mide con las respuestas a la pregunta: “¿Usted se siente perteneciente a algún pueblo indígena?”.

Curiosamente, el 76.1 % de los que se consideran pertenecientes a la etnia quechua, se identificaron al mismo tiempo como mestizos, y el 79.2% de los pertenecientes al pueblo chiquitano, también se identificaron como mestizos.

La diferencia entre el sentido de “autoidentificación” y el sentido de “pertenencia” fue explicada por los investigadores de la organización internacional LAPOP diciendo que los bolivianos prefieren identificarse como mestizos, utilizando una categoría identitaria comodín, aunque al mismo tiempo reconocen su pertenencia al pueblo aymara, quechua o guaraní, pero sin considerarse indígenas u originarios (UNIR, 2007).

Por lo expuesto, mientras en las sociedades homogéneas, la descentralización político-administrativa se hace partiendo de una base territorial (municipio, departamento, región); en las sociedades complejas y heterogéneas, donde se sobreponen distintas culturas o nacionalidades, la constitución de un ente público que sirva de base a la descentralización depende de la ubicación geográfica de las comunidades culturales, por lo que requiere una ingeniería constitucional más complicada.

3. El conflicto regional

El conflicto regional gira principalmente en torno a tres temas: las tierras, los recursos naturales, y la asignación de competencias para la toma de decisiones.

Hablar de la cuestión regional es hablar de los comités cívicos y, como han señalado diversos autores, la cuestión regional no es una sino que abarca diferentes tipos de conflictos. Ella surge cuando los intereses y lealtades de los actores sociales están espacial y estructuralmente diferenciados (Balán, 1978: 1).

Un movimiento regional es una acción colectiva en la que distintos sectores de una región ejercen presión sobre las autoridades para obtener ciertas metas en materia de desarrollo y autonomía de gestión (Flores, 1985: 253-254). Desde luego que un movimiento es algo más complejo que cualquiera de sus partes, pero la unidad de acción colectiva sólo es posible si hay una organización que, de manera consciente, trata de establecer objetivos y canalizar la actuación del conjunto hacia dichos objetivos, de acuerdo con las condiciones cambiantes del medio (Heller, 1968: 103). Este proceso es precisamente el que permite pasar de la deliberación a la acción, y es en este sentido que la organización asume la condición de mediadora entre la teoría y la práctica, según la célebre frase acuñada por Lukacs (1969: 312). He aquí el rol del CPSC.

El III Congreso Nacional de Comités Cívicos (La Paz, 1986) aprobó un documento que acerca del centralismo decía:

“El centralista sistema vigente desde la fundación de la República, se ha convertido en un obstáculo permanente, al pleno ejercicio de la soberanía popular y el buen desenvolvimiento de las capacidades productivas de las regiones y por ende del país… Algunas de las manifestaciones visibles del ocaso del Estado centralista, se expresan en el excesivo crecimiento de la burocracia estatal, el encarecimiento y la morosidad de los trámites administrativos, la impunidad de los funcionarios, la facilidad con que malversan y derrochan los escasos recursos fiscales y de la forma arbitraria e inequitativa, con que se distribuyen los recursos nacionales” (Peláez, 1997: 9).

Esta situación tiene su origen en épocas anteriores y se manifestaron de diferentes formas en las jóvenes naciones latinoamericanas. Cuando las economías latinoamericanas se insertan en el mercado internacional, en algunos países se consolida un sector exportador con la suficiente fuerza como para monopolizar las relaciones exteriores, controlar las aduanas y constituir un sistema financiero. En esta situación, dicho sector impone su predominio al resto de la clase dominante.

En otros casos, ninguno de las fracciones de la clase dominante consigue ocupar la cúpula del sistema de dominación y controlar los mecanismos centrales de poder. Ante la falta de un sector claramente hegemónico, se forma una suerte de confederación de oligarquías, donde se resguarda la autonomía de los centros regionales y hay una participación más activa de los latifundistas, así como de los sectores burocráticos y militares. Tal fue el caso de Bolivia:

“A lo largo del siglo XIX Bolivia nunca pudo construirse con la hegemonía aplastante de una región o ciudad como sucedió, por ejemplo, con Lima en Perú e incluso Buenos Aires en la Argentina” (Barragán, 2005: 51).

Malloy ha estudiado la importancia de las regiones como focos de lealtades. La nación estaba organizada en nueve departamentos, cada uno con su propia capital desde donde se controlaba su área de influencia. A pesar de que la estructura administrativa había sido diseñada siguiendo el modelo napoleónico, los gobiernos municipales eran elegidos localmente y tenían más importancia que las débiles autoridades departamentales designadas por el gobierno nacional.

“Las capitales regionales, controladas por gobiernos municipales fuertes, fueron para muchos eje de la identidad pública y el límite de la lealtad” (Malloy, 1989:321).

Las capitales de departamento dependían de los desembolsos del gobierno central para sostener sus principales instituciones: universidades, obispados y cortes superiores de justicia (Barragán, 2005: 55-58).

“Había una enérgica competencia regional en torno a los fondos centrales, al mismo tiempo que un profundo resentimiento cuando se producía un evidente avance en una región a costa de otra” (Malloy, 1989:321).

Como señala Rodríguez Ostria (1991: 25), “era irrisorio y formal hablar de un poder centralista [en Bolivia] allí donde la fuerza muda de los hechos sólo arrojaba la imagen nítida e inconstrastable de su fraccionamiento”.

En Bolivia, recién a partir de principios del siglo XX, cuando por obra de los magnates del estaño la economía nacional se integra al mercado mundial bajo la hegemonía británica, es cuando se conforma una estructura de poder que articula a las regiones, aunque sin poder sentar soberanía en todo el territorio de la nación.

A partir de ahí se va estructurando el centralismo como manifestación de “una localización anómala de los ‘intereses generales’ y por lo tanto de una visión parcial de la nación”, tal como lo expresara Ramiro Velazco (1983: 88).

Muchas son las causas que originan este tipo de conflictos, aún en países desarrollados, regiones densamente pobladas están condenadas al estancamiento. Tal es lo que tradicionalmente ocurre con el N. E. de Inglaterra, Irlanda del Norte, el Macizo Central, la Italia Meridional, Valonia, Kentucky, etc. (Blackburn, 1977: 201).

Sin embargo, en Santa Cruz y en la época actual, la situación guarda cierta analogía con los casos estudiados por Schwartzman (1972: 5-18) en Brasil y España, donde las regiones relativamente más desarrolladas sienten con mayor intensidad los efectos del centralismo y la privación del poder político.

Los movimientos regionales suelen desarrollarse en períodos democráticos y allí donde el centro declina y se acentúa el dinamismo económico en una o varias regiones periféricas culturalmente diferentes. En esos casos, los dirigentes intentan movilizar a las masas regionales apelando a la cultura común de los habitantes de la región.

Las críticas en contra del centralismo se pueden resumir en cuatro puntos principales .

– la índole de los procesos administrativos

– las desventajas originadas por la concentración de las decisiones políticas; y

– la necesidad de contar con regulaciones que contemplen la especificidad de las características regionales.

– La distribución de los ingresos fiscales.

Cuando se trata de trámites rutinarios, la magnitud del problema es menor; pero cuando la decisión implica la asignación imperativa de valores, según el decisor esté ubicado en el centro o en la periferia se encontrará más expuesto al tráfico de influencias de uno u otro grupo de poder.

Un argumento importante se refiere a la desventaja en que se encuentran los ciudadanos de las regiones en el juego inteorganizacional o corporativo. En las regiones subdesarrolladas, con mayor intensidad que en las otras, la capacidad de influir en las decisiones políticas es un elemento indispensable para competir por el beneficio económico. Al igual que en otros países, tanto los ciudadanos como las organizaciones ubicados en las sedes de los gobiernos pueden acceder a posiciones desde las cuales se deciden importantes políticas sectoriales y nacionales.

Esta cuestión es mejor estudiada cuando se acude a las herramientas que nos proporcionan las escuelas sociológicas que se basan en el análisis de las redes sociales y los flujos de información.

Las personalidades ubicadas en la cúpula de las organizaciones públicas y privadas necesitan celebrar reuniones formales e informales para concertar acuerdos. La toma de decisiones supone, entre otras cosas, la disposición de información estratégica; y, dicha información, converge hacia aquellas ciudades (capitales o no) donde tiene su asiento el gobierno. Allí están (además de las oficinas ministeriales) las embajadas, los representantes de los organismos internacionales y de las empresas transnacionales; allí es donde se encuentran las casas matrices de los bancos y los organismos financieros más importantes.

A partir de esta constatación, se podría suponer que hay una contradicción fundamental entre La Paz y el resto de los departamentos, y que todos los habitantes de la sede del gobierno se benefician del centralismo. Este razonamiento se basa en una visión que corresponde al “espacio de los lugares”. El enfoque desde el ángulo de lectura del “espacio de las redes” (o de los flujos) nos lleva a otras conclusiones.

“Un lugar es una localidad, cuya forma, función y significado se contienen dentro de las fronteras de contigüidad física” (Castells, 1999: 457).

El ángulo de lectura desde el espacio de los flujos dirige la atención hacia la existencia de microrredes personales que proyectan sus intereses atravesando las líneas de la división política de los departamentos y aún de los países ; aunque las elites todavía no aprovechen todos los beneficios de la interactividad que le proporcionan las TIC.

Utilizando el modelo de Schmidt (1999) se puede mostrar las influencias verticales y horizontales en el proceso de toma de decisiones. Dirigentes que representan intereses regionales en determinadas coyunturas se conectan (y hasta se integran) a las elites “nacionales”, y lo mismo ocurre con los líderes a nivel local en relación a las elites regionales (Véase fig. 2).

Los principales beneficiarios del centralismo no son todos los habitantes de La Paz, sino los que están en la red de las elites de poder, en cualquier parte del país donde vivan, aunque los habitantes de la ciudad que es la sede del gobierno puedan tener algunos beneficios originados por los bienes y servicios que demandan las reparticiones públicas, el mayor número de empleos en la administración pública, y el más fácil acceso a las oficinas donde se aprueban los trámites.

Las medidas gubernamentales afectan a toda la nación y no quedan totalmente ajenas a su adopción las elites regionales. Hay quien dice que la elite “nacional” está más ligada y tiene más alianzas, negocios e intereses compartidos con las elites regionales, que estas últimas con el pueblo de su departamento y las provincias (Buitendijk, 2004: 47).

Es evidente que hay redes que vinculan a las distintas elites de la formación social boliviana, pero también es cierto que las elites regionales suelen estar en desventaja con respecto a la elite “nacional”.

Las investigaciones sobre la historia contemporánea muestran los esfuerzos de la elite regional para comprometer a los gobiernos nacionales con los intereses locales. Sus acciones tendentes a lograr la penetración de las esferas gubernamentales tuvieron más éxito en algunos períodos que en otros. En el último gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, los cruceños ocupaban seis ministerios, algunos vice-ministerios y la presidencia de las cámaras legislativas . En términos generales, es importante que las elites regionales estén integradas en el sistema de elites nacional, porque esto previene el desafío a la estructura de poder establecida.

Cuando en los gobiernos posteriores las redes locales quedan desconectadas de las esferas gubernamentales resurgen los planteos en pro de las autonomías. En este discurso, la “autonomía” es presentada como un concepto unívoco . De manera que, quien es partidario de la autonomía es partidario de la posición cívico-regional. Al mismo tiempo, quien no apoya dicha posición estaría en contra de la autonomía y es simpatizante o miembro del MAS .

Por otra parte, las propuestas de los comités cívicos regionales aunque en lo básico muestran profundas coincidencias, también presentan importantes discrepancias en algunos puntos: el reconocimiento de las diferentes nacionalidades (Tarija), la regionalización del país (Sucre), el derecho a la doble nacionalidad (Norte de Potosí), las que se acentúan en los comités provinciales y las microrregiones (Zegada y otros, 2007: 74).

También es necesario mencionar algunas iniciativas en torno a la creación de un nuevo departamento que abarcaría la provincia de Gran Chaco (Tarija), el municipio de Camiri (Santa Cruz) y otras provincias, algunas de ellas de Chuquisaca, zona donde se encuentran grandes reservas de gas y petróleo. En general se trata de provincias que intentan evitar que impuestos y regalías se concentren en las capitales de departamento (Zegada y otros, 2007: 136). Se piensa siempre la concentración en términos de espacios y no en términos de redes, pero en ciertos casos no es tan importante si se invierte en la capital o en las provincias; sino si las decisiones están concentradas en elites domiciliadas en la capital, que pueden tener también intereses en las áreas rurales.

III – LOS ACTORES POLITICOS Y SOCIALES

Pese al alto grado de densidad institucional, que hay en algunas de las regiones, existen sectores que están poco organizados y débilmente representados, de ahí el desfase entre sociedad civil y “pueblo” que, según Bresser Pereira (2006: 126), es característico de América Latina.

1. Los partidos tradicionales

La mayoría de los partidos tradicionales han abandonado sus ideologías de origen, aquellas reflejadas en sus denominaciones (nacionalista, izquierda, etc.), para ir convergiendo hacia un conservatismo con retórica liberal, pero sin abandonar la orientación hacia el rentismo, acicateada por la elevación de los precios de los hidrocarburos . Muchos de sus políticos se han incorporados en nuevas organizaciones cuyas denominaciones (Podemos, Unidad Nacional) acentúan la forma “recipiente ideológicamente vacío”. Vistas así las cosas, es evidente que el transfuguismo no es una traición al partido de procedencia del tránsfuga; aunque podría haber deslealtad hacia sus antiguos jefes.

La situación en que se encuentran los partidos es el resultado de prácticas prebendalistas y clientelistas que, entre otras cosas, impidieron la formación de una administración pública eficiente. Hasta hace poco se alternaban en el gobierno partidos (o alianzas de partidos) distintos, pero con la misma ideología y propuestas similares. Se hacían encuestas para medir la popularidad del candidato, pero poco importaban las expectativas y necesidades de la población. Cuando los ciudadanos advierten la falta de feedback entre ellos y los partidos, decae el interés por “la política”, pero no la preocupación por los asuntos de la polis.

Si a esta crisis de representación y credibilidad agregamos el juego corporativo, se puede apreciar que hay un considerable encogimiento de los derechos de los ciudadanos. Esta reducción de los márgenes de la ciudadanía ocurre cuando los sujetos sociales que la han conquistado se encuentran debilitados, desarticulados o han desaparecido. “La ciudadanía es ampliable y también reductible” (Tapia, 2002: 40). Una de las muchas consecuencias, es que una gran parte de los sectores medios urbanos manifestaron su deseo de “un cambio”, aunque cada grupo quizás lo imaginaba de diferente forma .

La mala imagen de los partidos ante la opinión pública tiene como resultado que el rol que cumplían antes los partidos conservadores ha pasado a ser desempeñado por los comités cívicos y los medios masivos de comunicación (Ortiz, 2006).

2. Los movimientos indígenas

El análisis de las visiones aymaras de las autonomías pone de manifiesto la contradicción que existe entre el Estado boliviano (basado en la Modernidad, con sus tres poderes, la acumulación de capital y la propiedad privada) y el Estado del Kollasuyu, asentado en la propiedad comunal, la reciprocidad, la redistribución y la ayuda mutua. Al utilizar la palabra “Estado”, en este último caso, estamos recibiendo un préstamo semántico, porque dicho término no existe en la lengua aymara, lo más aproximado es el vocablo suyo que se refiere a una gran región territorial y política (Zibechi, 2006: 199).

En el mundo aymara tampoco existe el término “ciudadano”, por lo que hay que buscar palabras que se le asemejen por su significado. Sólo a partir de la formación de la pareja hombre-mujer (chacha-warmi), las personas pueden elegir y ser elegidos para los cargos públicos de menor jerarquía. En algunos casos, la pareja puede estar formada por madre e hijo, por lo que el chacha-warmi se refiere a la complementariedad de los opuestos y no necesariamente a la pareja reproductora. (Galindo y otros, 2007: 201)

Teniendo en cuenta lo hasta aquí expuesto, es fácil comprender que el movimiento aymara no puede dejar de estar afectado por una fuerte ambigüedad estratégica:

– acceder al poder del Estado

– oponerse al Estado; o bien

– ganar espacios más o menos autónomos dentro del Estado

Esta ambigüedad está relacionada con múltiples factores:

“Aunque el ayllu afirme en su vida cotidiana su autonomía, su autoorganización y autogobierno, esa misma cotidianeidad está impregnada por relaciones clientelares y de sumisión con el Estado o sus caudillos, que cubren necesidades o expectativas que el ayllu no puede o no quiere perder de vista” (Zibechi, 2006: 219).

Siguiendo a Galindo y otros (2007), podemos sintetizar en dos posiciones las ideas sobre autonomía del movimiento aymara, tal como son expresadas por boca de sus intelectuales:

“Los que postulan el discurso autonómico como un fin en sí mismo: reconocimiento de ciertas facultades especiales, como el autogobierno, pero sin acceder a la independencia estatal (Galindo y otros, 2007: 255)

“Los que postulan el discurso de autonomías regionales (regionalización/reterritorialización) como medio para transitar hacia una nueva sociedad comunitaria que sustituya al paradigma liberal (Galindo y otros, 2007: 263).

Quechuas y aymaras no comparten en todas las cuestiones la misma visión. El campesinado quechua experimentó un acelerado proceso de mestizaje a partir de la revolución del 52, y se integró al aparato sindical que el Estado controlaba. El pueblo aymara, por el contrario, se apartó de las instituciones estatales para refugiarse en su vida comunitaria y preservar sus tradicionales prácticas de convivencia social (Sanjinés, 2005: 170).

La visión guaraní de la autonomía fue expuesta por intelectuales de esa etnia, como Guido Chumiray y Enrique Camargo Manuel. Los elementos centrales de la visión indígena son el territorio y la autodeterminación; elementos que consideran asociados a la dignidad de las personas, a la calidad de las familias y de la comunidad. La comunidad es considerada el único espacio que puede asegurar la libertad individual y colectiva de las personas. El principal problema es la falta de correspondencia entre la identidad étnico-cultural y las estructuras territoriales del Estado boliviano. El pueblo guaraní se halla repartido en departamentos, provincias y cantones cuya delimitación es poco funcional para el mundo guaraní. Se da el caso de comunidades unidas bajo una sola capitanía, pero divididas en dos municipios, lo que impide a sus miembros desempeñarse con más eficiencia, y aún en espacios extracomunitarios (Camargo Manuel, 2005).

3. EL MAS.

El MAS (Movimiento al Socialismo) es un partido político que tiene un discurso que reconoce la diversidad cultural existente en el país, y un proyecto político nacional. A través de él, hay organizaciones de la sociedad civil que intentan su inclusión en el sistema de partidos, en su representación parlamentaria y la ocupación de espacios en el poder ejecutivo de la nación.

En sus inicios, el MAS fue el instrumento político de los cocaleros del Chapare que intentaban tener representación en los municipios y en el parlamento. Más tarde se organiza como un frente amplio de izquierda “compuesto por intelectuales y organizaciones indígenas (principalmente del departamento de Santa Cruz) y campesinas, casi todas las organizaciones de colonizadores o colonos (mineros y campesinos andinos asentados en las Tierras Bajas) y una parte numerosa de la clase media urbana” (Lacroix, 2007: 21).

En grandes líneas, se puede decir que la estructura orgánica del MAS se basa en dos pilares: el movimiento cocalero y una coalición de movimientos sociales independientes. En la cima de ambos componentes se encuentra la dirección de Evo Morales.

Pese a los esfuerzos que el partido hizo para conformar cuadros políticos profesionales, ordenados en base a la división política y administrativa de la República, “se puede decir que el MAS es una organización política de masas, carente de sólidos cuadros políticos intermedios y donde la vinculación entre líderes y seguidores está mediada por las estructuras organizativas de los movimientos sociales y sindicatos agrarios” (Orozco Ramírez, 2005: 20).

Este tipo de organización recuerda al modelo denominado partido modular: un espacio donde convergen movimientos y asociaciones, donde se discute, confronta y acuerda acciones conjuntas para atacar problemas comunes a todas ellas. De manera que el partido pretende ser una extensión de dichas asociaciones, dejando de lado la lógica organizativa de los tradicionales partidos de izquierda que distinguía entre vanguardia y masa, entre partido y sindicato.

En los procesos de toma de decisiones, el líder es el árbitro que se apoya alternativamente en coaliciones coyunturales e inestables, donde los MS se transforman en grupos de presión informales actuando en un ámbito donde junto con los campesinos-indígenas están izquierdistas procedentes de los distintos partidos marxistas y elementos de las clases medias urbanas.

Si bien las identidades múltiples no son un obstáculo para este tipo de partidos, los dirigentes intermedios (donde los hay) y los de base deben permanentemente gestionar acuerdos, destrabar tensiones y corregir fallas (Salazar, 2003).

Cuando se trata de tomar posiciones políticas o decidir la participación en acciones tales como los bloqueos, el líder participa de congresos y asambleas, comportándose como si fuera uno más. Stefanoni, que ha estudiado este tipo de situaciones, comenta:

“La elección del candidato a la vicepresidencia de la República, en febrero de 2002, ilustra acerca de la inorganicidad de los vínculos entre el MAS y los intelectuales urbanos de clase media que lo apoyan; observándose, al mismo tiempo, una fuerte ‘dependencia discursiva’ con respecto a asesores y ONGs junto con una débil atracción de la intelectualidad quechua y aymara. Un pequeño grupo de esos ‘asesores’ –sin compromiso partidario orgánico con el MAS – ocupa un lugar destacado como complemento del tipo de liderazgo de Evo Morales – que no deja de reproducir características caudillistas presentes en la historia política boliviana –reforzando relaciones instrumentales con los intelectuales, en detrimento del intelectual orgánico o colectivo” (Stefanoni, 2003.a).

Estamos frente a una estructura que es flexible pero no estable, por lo que es un importante factor de cohesión la concentración del poder en la persona de su principal dirigente, bajo la forma de un liderazgo de corte carismático.

El núcleo del discurso del MAS ha sido bien definido por F. Mayorga (2006: 161) en un párrafo donde se expresan los aspectos estratégicos del proyecto político de este partido:

“En suma, el gobierno de Evo Morales combina un discurso radical con decisiones moderadas y esta combinación le permite ocupar el espacio de discursividad política sin adversarios importantes, puesto que la retórica radical despoja de argumentos a la oposición de izquierda y a los sectores sindicales más polarizados, así como, las decisiones centristas evitan que los partidos de centro-derecha y los sectores empresariales esgriman cuestionamiento antigubernamentales”.

Sin embargo, la ideología de este vasto movimiento intenta sustentarse sobre dos ejes que contienen elementos que son en parte contradictorios: un nacionalismo que reafirma la soberanía del Estado nacional; y una postura indigenista que demanda el reconocimiento de la diversidad étnica de la sociedad boliviana, cuestionando la representatividad de dicho Estado..

Es evidente que la práctica de los miembros de base de los partidos modulares no se puede limitar a participar en actos, marchas, manifestaciones y bloqueos de caminos como señales de protesta. Cuando de alguna manera está garantizado el juego democrático, a sus dirigentes les debería interesar contar entre sus filas a ciudadanos que, buscando soluciones, debatan y dialoguen en los espacios públicos ejercitando sus derechos y obligando a la sociedad a evolucionar para que las instituciones acompañen los cambios. Esto supone, entre otras cosas, la vigilancia de los actos de gobierno por parte de los ciudadanos. Hasta ahora no se ha podido observar este tipo de comportamiento en el MAS, que sin duda le permitiría representar de mejor manera a los grupos y sectores más débiles.

4. Movimientos regionalistas

Ante la decadencia de los partidos, el rol de la oposición lo desempeñan los comités cívicos y los medios de comunicación.

4.1. Los comités cívicos

Los comités fueron las únicas organizaciones representativas de la sociedad aceptadas por los gobiernos militares. A partir de 1970, con el alto grado de influencia del Comité Pro Santa Cruz (CPSC), surgieron entes similares en los demás departamentos y también a nivel provincial; si bien la capacidad de movilización de estas organizaciones varía de un departamento a otro (Lavaud, 1998: 272).

La presencia de los comités introduce el elemento territorial en la visión de la nación y de la reforma del Estado, y los conflictos por la distribución del poder político entre el gobierno nacional y las elites regionales.

Los dirigentes cívicos suelen predicar que la democracia se caracteriza por el principio “un hombre, un voto”. Sin embargo, la estructura de los comités es de tipo corporativa y en ella empresarios, profesionales y miembros de las familias tradicionales organizados en múltiples asociaciones poseen múltiples representaciones, lo que no ocurre con los componentes de los sectores populares . Debe quedar claro, que es un derecho de los entes cívicos darse los estatutos y la organización que prefieran en el marco de la legislación vigente, pero no parece legítimo que asuman la representación del conjunto de los habitantes de ciertos espacios territoriales (departamentos, provincias), con una estructura interna corporativista y sin que la afiliación en las organizaciones de base sea, en todos los casos, totalmente voluntaria.

Los discursos de los dirigentes cívicos son amplificados y reproducidos con gran resonancia por los medios masivos de comunicación. Su posición es autodefinida como apolítica, o a veces antipolítica, vale decir que apelan a una forma no partidista de hacer política que se apartaría de las ideologías para expresar la “realidad”, aquello que “piensa la gente”, el sentido común. La condición de actores políticos, que siempre tuvieron, se pone de manifiesto, cuando emergen abiertamente como tales en los medios de comunicación .

Las grandes concentraciones denominadas cabildos se han convertido en uno de sus principales mecanismos de expresión. No obstante la enorme importancia que revisten los mismos como manifestaciones de apoyo a los dirigentes, ellos no pueden considerarse una forma de democracia directa, porque no hay debate y sólo se aprueban por aclamación cuestiones cargadas de contenido emocional y fuertemente asociadas al patriotismo local.

Como es sabido, la democracia directa sólo puede funcionar en grupos pequeños. Más allá del sufragio universal, una característica definitoria de la democracia es la discusión pública abierta, donde cada una de las partes tenga la misma libertad de expresarse.

Para comprender el funcionamiento de una organización es necesario estudiar su contexto y el tipo de intercambios que mantiene con él. Las organizaciones, si quieren sobrevivir, deben definir sus objetivos y sus estrategias en función de algunas necesidades del contexto, necesidades que se convierten en “demandas” después de haber adquirido cierto grado de estructuración. Las organizaciones adquieren, entonces, legitimidad por el hecho de cumplir determinadas funciones y esto les permite obtener recursos de la comunidad a la cual pertenecen (Parsons, 1966: 191-194).

Los elementos componentes del CPSC están organizados en más de un centenar de instituciones representadas por grupos funcionales. De manera que el CPSC integra organizaciones de diferente naturaleza, reduciendo el número de decisores en la cúpula, lo que contribuye a incrementar la eficacia de su accionar, al facilitar la interacción social. Como señala G. Flores (1986: 208), su conformación no sólo es el producto de acuerdos formales, sino el resultado de la concertación de distintas fuerzas sociales, así como el efecto de articulaciones intersticiales que ligan a los miembros de la elite . Dichas fuerzas sociales van desde grupos de poder y de presión, hasta simples grupos de opinión.

4.2. El discurso hegemónico.

Según Laserna (2007), “las elites [en Bolivia] no han logrado construir una hegemonía en base al liderazgo intelectual y moral de la sociedad civil”. Esta afirmación no es aplicable a la elite cruceña en relación al pueblo de la región.

La clave de la hegemonía de la elite regional es lo que Easton (1976) denomina “apoyo difuso”. Este consiste en la presencia de ciertos elementos, en el sistema político, que contribuyen a su sobrevivencia. Este apoyo se basa en fuertes lazos de lealtad y afecto hacia ciertas organizaciones, o hacia la comunidad en su conjunto, que son independientes de las ventajas específicas que los miembros puedan recibir por su pertenencia al sistema.

Este apoyo es originado por sentimientos profundos de comunidad y/o por la creencia de que es necesaria la aceptación del sistema por tratarse de un bien común que está por encima del bien particular de cualquier individuo o grupo (Easton, 1976: 171).

El carácter “difuso” del apoyo no significa que éste sea débil, sino todo lo contrario. Es más fuerte que los apoyos específicos que se manifiestan como respuesta a decisiones puntuales que benefician a una parte de la sociedad.

4.3. Los prefectos de la “media luna” y el CONALDE

La Constitución Política del Estado establece que es atribución del presidente de la nación el nombramiento de los prefectos de los distintos departamentos. Una ley obtenida por la presión de los movimientos regionalistas, en los gobiernos anteriores, señala que el presidente deberá “seleccionar” como prefecto al candidato más votado en las elecciones departamentales. De esta manera, se introduce en la estructura orgánica del poder ejecutivo un cargo cuyas atribuciones, así como su aparato administrativo, no han sido reformulados, manteniéndose el diseño establecido para un estado unitario parcialmente descentralizado. De esta elección surgieron nueve prefectos, algunos procedentes de los partidos nacionales y otros de agrupaciones ciudadanas locales.

Junto con la elección del prefecto se llevó a cabo un referéndum acerca de la autonomía que tiene carácter departamentalmente vinculante, triunfando el SI en cinco departamentos (Beni, Cochabamba, Pando, Santa Cruz y Tarija) denominados la “media luna” por su configuración geográfica.

Dada la situación de debilidad de los partidos políticos, los prefectos de la “media luna”, opositores al gobierno, han fundado el Consejo Nacional Democrático (CONALDE) y se han constituido en los principales líderes departamentales, contando con el apoyo de los comités cívicos departamentales y gran parte de los sectores medios urbanos.

En diversas oportunidades, los prefectos del CONALDE han cuestionado y desacatado disposiciones del gobierno nacional, recurriendo a la realización de marchas, cabildos y bloqueos, “legitimados” por interpretaciones jurídicas avaladas por los colegios de abogados y los jurisconsultos de cada departamento.

5. Los medios de comunicación de masas como actores políticos

El control social en el seguimiento de las políticas públicas es imposible sin la creación y difusión de información. El control social necesita la información pertinente, es decir aquella que es de interés de la gente. En este campo, los medios de comunicación tienen un papel protagónico.

Al igual que otras ramas de la economía, y siguiendo una tendencia que también es observable en muchos países, los medios están sufriendo un proceso de oligopolización que se manifiesta especialmente en las cadenas multimedias que articulan los medios escritos con las estaciones de televisión y las emisoras de radio.

5.1. La concentración de la propiedad de los medios

La concentración adopta la forma de una red “que consiste en la fusión empresarial de unidades insertas en mercados diferentes pero que en algún momento pueden articularse” y que, por lo general, brindan apoyo a otros negocios de la firma propietaria, a las reivindicaciones regionales y a los proyectos políticos de los partidos tradicionales (Bolaño, 2006).

“… sobre todo desde 1998, los medios bolivianos se han organizado en grandes redes, que si bien siguen actuando eficazmente en el plano local, coordinan además acciones nacionales de una manera estrecha y planificada. Han surgido en el país grandes grupos empresariales multimedia que enlazan redes de periódicos con cadenas de televisión, mientras una serie de emisoras radiales comunitarias y no gubernamentales se ha asociado para competir con aquellas desde sus potencialidades locales” (Calderón Gutiérrez y otros, 2004: 127).

Si bien en los medios, como ocurre en cualquier empresa, es necesaria la aplicación del principio de autoridad para asegurar la eficiencia de la organización, no siempre los comunicadores encuentran en ellos espacios de libertad que les permitan disentir o expresar libremente sus ideas. Según Vania Sandoval, hay situaciones extremas, donde “para entrar a un medio hay que estar alineado con su posición; de ahí también la autocensura” (IMS, 2007).

Existe un viejo imaginario acerca de la libertad de prensa, según el cual ésta se basa en los principios de la libre competencia en el mercado y contra el intervencionismo no deseado del Estado. Sobre esto dice Juan Bonilla (2007: 11) que “evoca una época de panfletos hechos a mano, periódicos baratos, tratados científicos y morales de edición limitada y una creencia extendida en la competencia descentralizada como principal antídoto contra el despotismo político”. Esta visión del problema ignora los peligros originados por la concentración de la propiedad de los medios.

5.2. Los medios de propiedad estatal

El Estado boliviano posee tres grandes medios, el Canal 7, la Agencia Boliviana de Información (ABI) y la Radio Patria Nueva (ex Illimani).

Se ha elaborado un proyecto que prevé la creación de una Red de los Pueblos Originarios que integrará a 30 emisoras de distintos puntos del país y un nuevo canal de televisión con el apoyo de países latinoamericanos, entre ellos Venezuela, así como asiáticos y europeos (IMS, 2007). El catedrático José Ross considera acertada la media, si las nuevas emisoras tienen programación propia y se expresan en las lenguas originarias, pero no acepta que se las llame “radios comunitarias”; porque este término es el que utiliza una organización mundial, creada en Canadá en 1983, que no tiene ninguna relación de dependencia con los Estados, y porque las radios comunitarias deben ser creadas por las bases y no por los gobiernos (Aguirre Durán, 2007).

La politóloga Hargirakis considera normal que el gobierno utilice los medios para su promoción institucional, pero que es necesario controlar los contenidos de la programación para evitar que la misma degenere en propaganda política. El control debe realizarlo la sociedad, porque es peligroso que quede en manos del gobierno o de los grupos de poder privados (Aguirre Durán, 2007).

No se trata poner a los medios a favor o en contra del gobierno, sino de garantizar la libertad de expresión e instituir una forma de periodismo al servicio del ciudadano, sin ningún tipo de supeditación a los grupos de poder o las reparticiones ministeriales.

5.3. Los principales medios de las organizaciones sin fines de lucro

La mayor concentración de medios corresponde a la Iglesia Católica, aunque no todos ellos tienen la misma política editorial. Las principales radios son FIDES y la cadena ERBOL (Educación Radiofónica de Bolivia), esta última dedicada a la atención de los problemas que afectan a los sectores sociales marginales y empobrecidos del país.

Las radios sindicales se han debilitado debido a la privatización, la relocalización de los trabajadores y la declinación de la actividad minera. En cambio, las radios comunitarias han alcanzado a casi la totalidad de las localidades del país, ellas poseen vínculos especiales con las ONGs y los movimientos sociales. A estos medios se debe agregar los institucionales (militares y universitarios).

6. Los “actores-países”

De acuerdo con T. Di Tella (1985: 140), al realizar un análisis del sistema político, en la mayoría de los casos, será necesario incluir actores que simbolicen los intereses de los países extranjeros que tienen suficiente influencia como para convertirse participantes del sistema político. De manera que “el actor ‘país extranjero’ representa el conjunto de intereses económicos, estratégicos y de política internacional de esa nación, usualmente expresados en sus gobiernos” (Véase fig. 3).

Una entidad decisiva en materia de políticas estatales es la embajada de los EEUU, “toda ella con derechos tácticamente adquiridos, reconocidos y temidos. ‘¿Qué dirá la Embajada?’ es una pregunta que siempre sale a relucir sotto voce en labios de altos tecnoburócratas…” (Bedregal, 2000: 22).

A lo que hay que agregar la influencia de algunos gobiernos latinoamericanos considerados aliados estratégicos.

Los efectos de la política de Hugo Chávez sobre los países de Latinoamérica, y especialmente sobre Bolivia, son difíciles de prever. Para políticos experimentados como Teodoro Petkoff, el proyecto político en cuestión es demasiado burdo para que sea imitado en democracias más sólidas como la brasileña, la chilena o la uruguaya (Mires, 2007: 154) Para otros, la retórica oculta una política acomodaticia cuyo discurso manifiesta una tensión entre la palabra y la realidad. La principal base de apoyo del proyecto venezolano es un modelo de producción petrolera basado en empresas mixtas. El discurso presidencial bloquea la discusión con el gobierno de los EEUU, país que ha aumentado tanto sus compras de petróleo como sus inversiones. Sin embargo, este discurso tiene efectos performativos, en tanto ha elevado la autoestima de los sectores populares (Coronil, 2007: 205).

IV. LOS NUEVOS ACTORES POLITICOS Y SUS ESTRATEGIAS

1. Los movimientos indígenas

Los estudios practicados en el continente muestran que las acciones colectivas indígenas se expresan en diversas formas, que van desde el estallido social hasta la negociación y la participación a través de las estructuras establecidas.

Las estrategias de las luchas étnicas suelen adoptar cinco modalidades (Bello, 2004: 122):

– el aislamiento, es la característica de las comunidades pequeñas y la más utilizada en el pasado;

– la acomodación, consiste en una forma de adaptación a la sociedad por la cual los miembros del grupo étnico participan en la vida económica y social;

– la estrategia comunalista combina la acomodación con el control de los asuntos comunales allí donde los grupos étnicos son mayoría;

– la autonomía cultural y política, que implica el control de todos los aspectos de la vida cultural: educación, medios de comunicación, etc., y las autoridades locales;

– los irredentismos, cuando comunidades étnicas divididas o fragmentadas en Estados separados, se proponen reunificar el territorio que antiguamente ocupaban.

En Bolivia, los movimientos étnicos tomaron por distintos caminos. En la revolución del 52, los quechuas que habían experimentado un largo proceso de mestizaje desde la época colonial, se incorporaron a los sindicatos oficiales, quedando el movimiento campesino bajo la tutela del MNR. Según Broke Larson, los campesinos quechuas pusieron en práctica diversas tácticas discursivas y alianzas políticas que les permitieron superar la fragmentación étnica y la polarización económica (Pajuelo Teves, 2004).

Con los aymaras no ocurrió lo mismo, grandes sectores étnicos disidentes se apartaron del Estado del 52 para “promover el desarrollo de su propia vida comunitaria, e impidieron la pérdida de sus parcelas de tierra y de sus formas sociales de convivencia social” (Sanjinés, 2005: 170). Dentro del comunitarismo aymara hay fracturas internas: Mientras el katarismo moderado de Víctor Hugo Cárdenas intentó combinar el modelo occidental con la naturaleza multicultural y plurilingüe, Felipe Quispe intenta desplazar al mestizo y subvertir las relaciones de poder (Sanjínes, 2005: 171-172).

Un problema vital para los movimientos campesinos es la relación entre el microcosmos social (la comunidad) y el macrocosmos (la sociedad). Por un lado un mundo pequeño, donde todas las relaciones sociales están personalizadas, que se pone en contacto con otros grupos pequeños; por el otro las relaciones entre ese mundo pequeño y el sistema social global (Hobsbawm, 1978: 35).

Por lo general, cuando los campesinos se organizan a nivel nacional, esto se debe a organizaciones exteriores al campesinado que articulan movimientos locales. Ellos suelen tener capacidad para juzgar la política local, pero tienen dificultad para comprender movimientos más amplios. Aquí se produce un fenómeno que está relacionado con lo que Goldmann denomina “estructuras significativas”, configuraciones que hacen que determinados mensajes puedan ser aceptados o no (Goldmann, 1965: 33-35). Por eso, tiene importancia el relacionamiento de las comunidades con partidos de tipo modular.

Sin embargo, el relativo aislamiento de las comunidades está siendo superado tanto por las transformaciones sociales que originan modificaciones en la estructura de los grupos, como por la acción de los medios masivos de comunicación.

A medida que el Estado se vuelve permeable a las demandas étnicas, que se van consolidando a través de conquistas concretas, van surgiendo nuevas dirigencias cuya cooptación termina debilitando al movimiento. (Zibechi, 2006: 212).

Levantando como bandera a las tradiciones, los movimientos indígenas adoptan distintas posiciones que van desde la pretensión de generalizar las estructuras del ayllu hasta la lucha por medidas más pragmáticas como el acceso a la tierra, a los mercados, los caminos, la salud y la educación. Es evidente que toda política destinada a la mejora de las oportunidades de los pueblos étnicos, y de los aymaras en particular, debe plasmarse en políticas diferenciadas que contemplen las estrategias de vida propias de los campesinos e indígenas.

Atravesando los pueblos indígenas también existen redes, algunas públicas y otras subyacentes, que ligan a ONG ambientalistas con organizaciones campesinas, movimientos indígenas de otros países, sindicatos y partidos políticos europeos. Estas redes se reproducen mediante vínculos forjados por intereses mutuos, conciencia y coyuntura política. Hay también redes de consultores, expertos y asesores quienes, sin ser indígenas, simpatizan con sus causas. De esta manera, las redes indígenas se articulan con otras, tejiendo alianzas, vinculándose con agencias estatales y recibiendo recursos de redes solidarias (Gustafson, 2004). Cada uno de estos nodos tiene diferentes proyectos políticos, los que no pueden meterse en un mismo cajón, por lo que coexisten formando parte de una trama compleja. Sin tener en cuenta este tipo de relaciones, es casi imposible comprender las prácticas políticas de los movimientos indígenas.

Los estados contemporáneos ya no responden con el etnocidio a las luchas indias para superar la exclusión. Por el contrario, ponen en práctica nuevas formas mediante las cuales asumen el respeto a la diferencia, tratando de que sean los propios indígenas los que se conviertan en agentes de integración. Ahora bien, esta política exige la formación de una capa de dirigentes separada de las comunidades que actúen como agentes de la integración (Zibechi, 2006: 213).

Una investigación llevada a cabo en el Ecuador puso al descubierto la relación que existe entre las ONGs y la proliferación de organizaciones de segundo grado (asociaciones, federaciones), ligadas a programas de desarrollo para los cuales gestionan la ayuda internacional. Se forma así una elite indígena de carácter tecnocrático, relativamente separada de sus bases y que compiten entre ellas por los beneficios de la cooperación. Las elites indígenas tradicionales, en cambio, tenían un carácter militante y un perfil político-reivindicativo (Zibechi, 2006: 214).

Se busca – en definitiva – que la asunción de la pluriculturalidad y el plurilingüismo no atenten contra la lógica de acumulación neoliberal (Zibechi, 2006: 214-215). En Bolivia puede ocurrir lo mismo, ya que los patrocinadores de la ayuda internacional son los mismos en todo el mundo.

Un claro ejemplo de paralelismo institucional es la Dirección de Educación Intercultural (DEIB) del Ministerio de Educación. En esa repartición, para encarar una nueva política educativa fueron convocados dirigentes de base del magisterio rural. Al ser interrogados acerca de su posición en el Ministerio, respondieron que ellos no rendían cuentas a las reparticiones ministeriales, sino a las distintas instancias de su organización, dado su carácter de “indígenas en funciones de gobierno” o “funcionarios indígenas” (Gray Molina, coord., y otros, 2007). A partir de las reformas municipales de los años 90, el país ha experimentado un lento proceso de “etnicización” de las instituciones locales. Las causas de este proceso son de dos tipos:

– la instauración de los distritos municipales indígenas y de las OTB, por parte del Estado; y

– las acciones de las organizaciones indígenas (especialmente las movilizaciones) que han posibilitado que sus miembros accedan a los concejos municipales y comités de vigilancia (Lacroix, 2007: 21).

En las esferas del gobierno nacional y del parlamento han ingresado representantes indígenas y campesinos, especialmente a partir de 1993. De manera que la presencia de estos sectores no ha cesado de aumentar a partir de ese año, incrementándose considerablemente luego de la fundación del MAS y del MIP.

La etnicización ha llegado al punto de que los políticos son calificados o descalificados, de acuerdo con la etiqueta étnica con la que han sido identificados. El discurso de las reivindicaciones indigenistas suele ocultar situaciones socioculturales intermedias en una sociedad muy móvil. La implementación de la Ley de Participación Popular ha abierto canales de ascenso social a través de los cuales los representantes de los indígenas han accedido a puestos electivos en los municipios y en el parlamento, y también a cargos ministeriales. Muchos de estos representantes son trabajadores intelectuales (maestros, abogados, etc.), y no precisamente campesinos.

Las luchas de las comunidades indígenas son el resultado de su historia y sus circunstancias. Ellas plantean un desafío a la sociedad que no puede ser resuelto recurriendo simplemente a la retórica. Sin embargo, no hay que olvidar que en esas comunidades, como en cualquier otra, hay conflictos internos, luchas por poder y por el control de los recursos. En éste, como en otros campos, no es conveniente tomar posiciones maniqueas a favor o en contra sin analizar cuidadosamente los hechos.

En lo que respecta a los movimientos indígenas del Oriente, además del fortalecimiento de la identidad de los indígenas, se intenta crear un instrumento para llegar a las altas autoridades y discutir de igual a igual con ellas. Por esa razón, pese a los conflictos internos, la CIDOB conserva su unidad.

La causa principal de la lucha es la tierra. Hay cuatro actores involucrados en este conflicto: los indígenas del Oriente, los colonizadores (quechuas o aymaras), los campesinos y pequeños empresarios, y las unidades empresariales de mayor dimensión.

Investigadores de la Organización Internacional del Trabajo han recomendado la adopción de un plan para erradicar el trabajo forzoso en todas sus formas. Este plan debería tener como centro a las poblaciones guaraníes del Chaco, en las actividades de la zafra de la castaña y el azúcar, pero se recomienda también la incorporación al plan de cualquier actividad económica en la que se compruebe la existencia de trabajo forzoso (Bedoya Garland & Bedoya Silva, 2005).

Cuadro N° 3. Percepción de aliados y adversarios por parte del movimiento indígena del Oriente.

Aliados: Adversarios

Iglesia Católica

ONGs

Medios de comunicación al servicio de las comunidades. Empresarios

Políticos

Administración Pública

La Iglesia es uno de los principales aliados del movimiento. Las ONGs son aliadas frente al gobierno y los empresarios, pero es cuestionado su papel de intermediarios en las relaciones con las financiadoras internacionales. Se ve con temor que ellas puedan terminar con sus oficinas bien montadas, en detrimento del dinero que necesita el movimiento para su funcionamiento (Suárez, 2002: 83).

En la disputa por la posesión de la tierra, los empresarios aprovechan sus contactos con los políticos y la burocracia pública (Suárez, 2002: 84).

En algunas comunidades (Urubichá, Gutiérrez), los indígenas tuvieron que acudir a la intermediación de los partidos para poder participar en las elecciones. Eligen, entonces, a sus mejores hombres en asambleas para luego negociar con los partidos su inclusión en las listas. Como resultado, las personas que fueron electas tuvieron que guardar una triple lealtad: a la comunidad, al partido y al electorado que los había votado. Esto no dejó de provocar tensiones (Lema y otros, 2000).

La gestión municipal se encuentra bajo una doble influencia: Una influencia vertical que refleja la dependencia de lo local con respecto a lo regional y lo nacional; y una influencia horizontal ejercida en el ámbito local por los actores políticos y sociales (Iglesia, empresas privadas, partidos políticos, ONGs, etc.).

La influencia vertical se traduce en las metas enunciadas por los líderes políticos y establecidas en la legislación, o bien encapsuladas en planes y programas específicos. En lo que respecta al proceso de planificación,

“…el planificador no presenta los resultados de la PP [Planificación Popular], sino su interpretación de ellos. Ello, por supuesto, no quiere decir que sea incoherente con la negociación que hubo con la población campesina. Sin negociaciones no hubiera habido interpretación del plan, pero significa, por definición, que […] la relación entre el equipo técnico y las familias campesinas, es entre desiguales, y que la influencia que puede ejercer el campesino sobre el texto del Plan está muy reducida” (Goudsmit & Blackburn, 2000: 44)

La influencia horizontal es generada por terceros actores.

“Líderes locales, distritales o regionales (funcionarios del partido, líderes tribales) cuyas bases de apoyo caen dentro de la jurisdicción [del municipio] y que esperan que los beneficios del programa estén dirigidos hacia ellos mismos o hacia sus grupos de apoyo. Elites locales (comerciantes, hombres de negocios, el clero, intermediarios comerciales) son otros actores con los que [el municipio] debe tratar cuando consideran amenazados sus intereses” (Grindle 1980; Citado por Campero & Gray, 2001).

El manejo de abundantes recursos naturales por parte de los indígenas está postergado debido a la lucha por lograr la titulación colectiva de sus TCO (tierras comunitarias de origen). Además, la superposición de “áreas protegidas”, concesiones forestales y TCO son un asunto que pone a prueba la capacidad de los gobiernos municipales.

“Existen serios conflictos de superposición de derechos de uso entre algunas TCO y determinadas concesiones forestales” (Urioste, 2000; 91).

También hay superposición entre las áreas protegidas, las TCO, concesionarios forestales, estancias ganaderas y empresas mineras (Ibisch y otros, 2002; 59).

Las demandas de nuevas TCO han creado conflictos entre los indígenas y el resto de los actores sociales.

“En general, la superficie en tenencia y en demanda de las propiedades privadas y familiares es mucho mayor a la de las comunidades y asociaciones”.

“Las organizaciones locales tienen un fuerte accionar reivindicativo pero su capacidad de colaboración interinstitucional es débil. También se ha podido observar una cierta separación entre los representantes y sus bases” (Ibisch y otros, 2002; 59).

Pese a la persistencia de prácticas patrimonialistas y clientelares, se han realizado esfuerzos para mantener prácticas de coexistencia:

“Tanto pueblos indígenas como hacendados ganaderos y en menor medida empresarios agricultores, madereros e inclusive barraqueros, se esfuerzan por mantener normas pacíficas de convivencia y de mutua tolerancia. Saben que tienen que convivir y compartir espacios territoriales y recursos naturales. Obviamente esta visión tolerante entra rápidamente en conflicto cuando los recursos se hacen escasos y la correlación de poder se altera. Particularmente cuando los pueblos indígenas hacen valer su derecho preferente al uso de los recursos naturales de la tierra y bosques de su territorio” (Urioste, 2000; 82).

Los indígenas son conscientes de la importancia de tener los títulos de propiedad de sus TCO, pero no parecen advertir las dificultades que supone la administración de esos territorios, “la práctica de ese derecho en la vida cotidiana del uso familiar y grupal de esos recursos y la interacción con actores sociales y económicos externos” (Urioste, 2000; 82); aunque esta preocupación está muy presente en algunos dirigentes..

2. Los medios de comunicación

Sartori (1998: 71-72) afirma que la gente cree en lo que ve. La fuerza de la imagen es tal que pasa a ser autoridad con la televisión, pero puede estar descontextualizada o bien ser el resultado de un montaje. La imagen depende siempre de la interpretación. La televisión desplaza a los líderes de opinión, y esto reviste cierta gravedad, porque los miembros de las capas populares, en su inmensa mayoría no compran periódicos aunque están expuestos a la televisión y a la radiofonía.

Los expertos advierten con preocupación que en Bolivia “algunos canales de televisión asumen posturas alineadas a determinadas corrientes y estructuran las noticias desde una perspectiva que refleja intereses políticos y económicos específicos, hasta llegar a ser premeditadamente distorsionadores […] Los medios ponen ‘gasolina al fuego’ a través de coberturas desequilibradas con desviaciones evidentes en la interpretación de los acontecimientos” (IMS, 2007); aunque a los medios impresos se les reconoce una gestión más responsable de la tarea informativa.

La manipulación de la información se efectúa mediante el sobredimensionamiento de ciertos temas y, en otros casos, mediante el registro de parcelas de una situación o la concentración en unas pocas fuentes de información. En la medida en que una noticia o una opinión es publicada en distintos medios, queda en el ciudadano la idea de que no puede dejar de ser verdadera si todos dicen lo mismo.

Los noticieros mezclan la información con la opinión sin mayores miramientos. Los programas de opinión son invadidos por ex-ministros, ex-rectores, políticos, abogados, médicos y psiquiatras que pontifican sobre los más diversos temas. Con frecuencia, “ese conjunto de personajes se dedica todos los días a crear un clima de confrontación e incertidumbre, porque lo que dicen es violento, es negativo [creen] que ellos tienen la verdad y fuera de sus intervenciones nada sirve” .

Los periodistas agremiados sugieren que dichos espacios deben ser recuperados por periodistas comprometidos con su misión, aunque no falta quienes afirman que a los periodistas les faltan conocimientos para analizar y valorar los hechos . Sin embargo, lo más preocupante es la gravitación de factores extra-periodísticos que se traducen en argumentos del tipo “si los hago discutir vendo o gano más” o “mi patrón quiere que se caiga el gobierno” (Aré, cit. por IMS, 2007).

No se puede seguir pensando que los medios son simples intermediarios entre los acontecimientos y los actores de la vida política; ubicados en el centro de la conflictividad, ellos son actores de la dinámica del poder. Sus narraciones implican decisiones de inclusión/exclusión de sucesos y protagonistas; y también sobre el orden jerárquico de los temas, el enfoque y la intensidad con que serán presentados al público (Torrico Villanueva, 2007).

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en su 63ª Asamblea, denunció la existencia de un “clima antagónico y agresivo” contra la libertad de prensa, debido principalmente a tres causas:

– Las expresiones del Presidente de la Nación contra la prensa boliviana ;

– Los ataques de partidarios del gobierno, que se encontraban formando parte de manifestaciones contra periodistas que trabajan en determinados medios de prensa; y

– La acusación del Ministro de la Presidencia contra columnistas de los periódicos, tildándolos de recibir pagos de una agencia norteamericana (SIP, 2007).

En cambio, la organización Reporteros sin Frontera (2007) en la clasificación mundial de la libertad de prensa, para el año 2007, ubica a Bolivia en el puesto 68, antes que Argentina (82), Brasil (84) y Paraguay (90), por ejemplo. No obstante, la organización aclara:

“El año pasado Bolivia (68) experimentó una repuntada espectacular. Desgraciadamente parece que se trató de un simple reporte coyuntural, y este año ha vuelto a perder muchos puestos a causa de serias violaciones de la libertad de prensa”.

Como se puede apreciar, no hay una total coincidencia en las evaluaciones.

Con la concentración de la prensa, la libertad de expresión se redujo en el derecho de los grandes editores a manipular la formación de la opinión pública. El Tribunal Constitucional de la República Federal Alemana considera que la libertad de prensa no sólo protege la libertad empresarial, sino también la libertad de opinión:

“Los argumentos se aclaran cuando se habla y se contesta, adquieren contornos nítidos y facilitan al ciudadano la formación del juicio y la decisión. En la democracia representativa, la prensa es el órgano de control y de conexión entre el pueblo y sus representantes en el parlamento y en el gobierno…” (Cit. Por Kriele, 1980: 477).

En aquellos países donde las leyes impiden la concentración de la prensa o impiden que ésta caiga en pocas manos, limitan la libertad del editor, pero lo hacen para mantener la libertad y la democracia (Kriele, 1980: 477).

Los expertos opinan que, si la sociedad no desea que el Estado ejerza la vigilancia sobre los medios, es aconsejable la creación de un Consejo Nacional de Televisión y un Consejo de Ética Publicitaria; aunque éstas son soluciones factibles, no son suficientes. Los medios, en forma individual, tendrían que adoptar sus propios códigos de ética, para que queden asegurados el pluralismo, la imparcialidad y la protección de lo menores. Al mismo tiempo, quedaría protegida la vida privada de las personas y se darían normas acerca de un tratamiento adecuado a los temas de sexo y violencia (Grebe, s/f).

Afortunadamente, en Bolivia, se han puesto en práctica algunas iniciativas: la Asociación Nacional de la Prensa (ANP) decidió crear un Tribunal de Ética, en calidad de mecanismo de regulación, para precautelar el cumplimiento de los principios éticos y aumentar la credibilidad y confiabilidad de la sociedad en la prensa. Entre otros puntos, el nuevo código de ética de la institución establece que, para publicar una noticia,

“ésta debe estar exenta de la opinión de los periodistas y que deben estar claramente diferenciados los sectores editorial, de opinión, de información y de publicidad en los medios escritos”.

Al mismo tiempo, los veintiocho miembros de la ANP se comprometieron a crear un tribunal de ética de primera instancia en cada una de sus organizaciones. Otra medida de importancia es la fundación del ONADEM (Observatorio Nacional de Medios), integrado por funcionarios de las facultades de comunicación de las universidades del país, con el auspicio de la Fundación UNIR.

3. El CONALDE

La Constitución Política del Estado vigente establece que es atribución del presidente de la nación el nombramiento de los prefectos de los distintos departamentos. Una ley obtenida por la presión de los movimientos regionalistas, en los gobiernos anteriores, señala que el presidente deberá “seleccionar” como prefecto al candidato más votado, por simple mayoría, en las elecciones departamentales. De esta manera, se introduce en la estructura orgánica del poder ejecutivo un cargo cuyas atribuciones, así como su aparato administrativo, no han sido rediseñados, manteniéndose las atribuciones establecidas para un estado unitario parcialmente descentralizado. De esta elección surgieron nueve prefectos, algunos procedentes de los partidos nacionales y otros de agrupaciones ciudadanas locales.

Junto con la elección del prefecto se llevó a cabo un referéndum acerca de la autonomía con carácter vinculante a nivel departamental, triunfando el SI en cinco departamentos (Beni, Cochabamba, Pando, Santa Cruz y Tarija) denominados la “media luna” por su configuración geográfica.

Dada la situación de debilidad de la clase política, los prefectos de la “media luna”, opositores al gobierno, han asumido un rol protagónico y han fundado el Consejo Nacional Democrático (CONALDE), constituyéndose en los principales líderes de los movimientos regionalistas, contando con el apoyo de los comités cívicos departamentales y gran parte de los sectores medios urbanos. A ellos se unen los prefectos de Cochabamba y La Paz (departamentos donde el electorado votó por el NO a la autonomía).

En momentos en que se escriben estas líneas, los prefectos han convocado a referendos para someter sus proyectos de estatuto al electorado. Acto que es considerado ilegal por la Corte Nacional Electoral, pero respaldado por las cortes electorales con el apoyo de los respectivos colegios departamentales de abogados.

El estatuto elaborado por la dirigencia del movimiento regionalista cruceño le atribuye al futuro gobierno departamental 53 competencias exclusivas, “en las que nadie tendrá ningún poder de intervenir, menos de fiscalizar o vetar, y en caso de iniciarse un proceso ante la justicia, no existirá otra instancia judicial que no sea la departamental, porque todo nace y muere en el gobierno central autonomista” .

Un grupo de intelectuales independientes, puestos al margen de la polarización, han realizado propuestas para modificar los “excesos e incongruencias” del proyecto de constitución elaborado por la Asamblea constituyente, y también para modificar el proyecto de estatuto autonómico e impedir la concentración de la mayoría de las decisiones en el futuro gobierno departamental .

También se han realizado esfuerzos para lograr la compatibilización de los estatutos autonómicos con el proyecto de la Asamblea Constituyente, a través de un estudio comparativo en el cual se exhorta a las partes que realicen los máximos esfuerzos en procura de un gran acuerdo nacional (Börth y otros, 2008).

4. Una muy peligrosa confrontación

En este tipo de escenarios, toda reivindicación (cualquiera fueren los demandantes) es el resultado de un sistema de fuerzas, y los actores intransigentes dispuestos a llegar “hasta las últimas consecuencias” se revisten de mayor prestigio. El diálogo es buscado para hablar, pero no para escuchar, y se practica una forma de negociación forzada, en la que se ejerce la máxima presión para obligar al adversario a firmar un acuerdo que muchas veces no se puede cumplir. Luego, el actor demandante podrá hablar de incumplimiento o de doble moral, para debilitar a su adversario (Laserna y otros, 2006: 34).

Hay momentos en los que se practica más la negociación entre corporaciones; mientras que, en otros, los conflictos se manifiestan con huelgas, paros, bloqueos de caminos y toma de reparticiones públicas.

Los distintos grupos ganan su derecho de acceso a las rentas originadas en los recursos naturales, y en general medidas gubernamentales favorables, mediante las presiones callejeras; cuyas acciones se consideran más heroicas, cuanto más violencia se emplee en ellas y aunque no se le oponga resistencia alguna.

Existe la idea de que cada sector o región puede desacatar las medidas de gobierno o imponer sus propios proyectos políticos. A lo que se agrega el presunto derecho de agredir a la comunidad (a terceros no involucrados en la disputa) mediante bloqueos, paros y otras medidas de fuerza. Con la excusa de que el presidente debe gobernar para todos, se supone que el gobierno debe “concertar” sus resoluciones con los sectores afectados por sus políticas; lo que implicaría una suerte de cogobierno que impide cualquier reforma. Se va imponiendo, entonces, la idea de que las leyes no se cumplen sino que se negocian.

Se disfrazan las demandas particulares como si fueran generales y altruistas. Se presume que las manifestaciones callejeras expresan la voz del pueblo y no la expresión de grupos y sectores. Mussolini reunía a doscientas mil personas en la Plaza Venezia, representando el papel del pueblo. Desde luego que estas concentraciones no eran discutibles porque fueran masivas, sino porque no se permitían manifestaciones de signo opuesto (Eco, 2007: 170).

Sin embargo, es necesario señalar que no todas las protestas merecen el mismo amparo jurídico (Gargarella, 2008). Se debe examinar, en cada caso, qué alternativas razonables tiene el grupo que protesta para hacer conocer a los demás –especialmente al gobierno- la situación que padece y el derecho que da razón a sus demanda. Todos los grupos y sectores tienen derecho a protestar.

Las reglas de juego de una democracia implican el derecho a la manifestación del descontento, las huelgas sectoriales y el recurso a la justicia, pero no sabotear mediante mecanismos no institucionales una política pública de un gobierno legítimo (Etechemendy y Klisberg, 2008).

Pese a ello, muchos ciudadanos aceptan los perjuicios que les causan las medidas de presión, soportando marchas amenazantes y violentas o la pérdida de los bienes que transportan, por considerar que el objetivo perseguido por los manifestantes es justo y legítimo. La mayoría silenciosa es, en gran medida, una mayoría condescendiente, que al callar otorga razón (Laserna y otros, 2006: 99).

Hay situaciones donde la oposición, incluidos los medios, parecen alegrarse ante el desgaste gubernamental, aunque esto ponga en duda la viabilidad del Estado. Es preferible que se hunda el barco antes de que gane puntos el adversario . Es necesario que ambas partes tengan en cuenta que el futuro del país depende de la resolución pacífica de las grandes contradicciones que han generado el subdesarrollo y la pobreza; y que lo que está en juego es la suerte del país, y no el triunfo o la derrota del actual gobierno nacional.

La política del gobierno se dirigió hacia tres aspectos principales: recuperar para el Estado el control de las empresas petroleras; proponer una nueva Constitución Política del Estado, para terminar con la discriminación social y cultural, y asegurar la propiedad estatal de los recursos naturales no renovables; y además profundizar la reforma agraria tratando de eliminar los latifundios improductivos para facilitar el acceso a la tierra a los campesinos. La eficiencia administrativa y la estrategia con la que se llevan a cabo estos procesos es harina de otro costal.

Una de las estrategias más usadas por el gobierno fue la donación directa a los municipios de dinero procedente del gobierno venezolano con destino a la financiación de obras públicas. También se efectuaron campañas de alfabetización y de atención médica gratuita con la ayuda de profesionales cubanos y venezolanos.

Cuando la oposición trató de restar quórum para frenar las decisiones parlamentarias (como en el caso de la reconducción de la reforma agraria), el partido mayoritario convocó a los parlamentarios suplentes de la oposición. En otras circunstancias, miembros de los movimientos sociales rodearon el edificio del Congreso impidiendo el acceso a algunos parlamentarios de la oposición, para evitar su participación en las decisiones.

En la Asamblea Constituyente, la oposición intentó bloquear todas las iniciativas de la mayoría. Su único interés era la aprobación de las autonomías departamentales. Cuando abogó por el tratamiento del tema del traslado de la sede de los poderes ejecutivo y legislativo a la ciudad de Sucre, algunos de los representantes del MAS se aliaron con ella y e gran parte de la población de esta ciudad marchó contra la Constituyente, obligándola a sesionar en instalaciones del liceo militar.

En diversas oportunidades, los prefectos del CONALDE han cuestionado y desacatado disposiciones del gobierno nacional, recurriendo a la realización de marchas, cabildos y bloqueos, “legitimados” por interpretaciones jurídicas de los colegios de abogados y connotados jurisconsultos de cada departamento.

Alegando fallas procedimentales, la oposición desconoce el proyecto elaborado por la Asamblea Constituyente, y se considera con facultades para elaborar sus estatutos autonómicos (de acuerdo con sus propias reglas procedimentales), conformándose proyectos que no se ajustan ni a la Constitución vigente, ni al proyecto de la Asamblea Constituyente.

La oposición cuenta con el apoyo de la mayoría de los medios de comunicación, especialmente, la televisión. El gobierno carece de una estrategia fuerte en esta materia, utilizando más el spot que planteamientos discursivos.

Cada uno de los polos posee la hegemonía en determinadas áreas geográficas donde tienen capacidad de movilización mayor a la de sus adversarios, así como grupos de choque con armas contundentes y, en algunos casos, con armas de fuego.

En su área de influencia, la oposición utilizó movilizaciones con gente procedente –principalmente, pero no exclusivamente- de los sectores medios urbanos, con gran repercusión mediática, tratando de impedir (por diversos medios) la movilización de los sectores populares favorables al gobierno. El gobierno cuenta con el apoyo de los denominados movimientos sociales

El conflicto en Bolivia se encuentra en una etapa donde las partes se han distanciado: La comunicación se limita a la emisión de amenazas. Cada parte se percibe a sí misma como los buenos y al adversario como los malos, lo que puede utilizarse como justificación de acciones violentas. El conflicto es visto como un juego de suma cero, donde lo que uno gana es lo que pierde el otro. Las relaciones expresan la mutua desconfianza y los rígidos estereotipos con los que cada contendiente ha estigmatizado al adversario.

Las fuerzas sociales están orientadas hacia dos polos: el MAS y la prefectura de Santa Cruz. Sin embargo, ni los movimientos regionalistas ni los movimientos sociales son homogéneos y en el interior de ambos pueden encontrarse diversas posiciones

Un sociólogo boliviano realiza una descripción que, aunque un tanto “impresionista”, describe una situación que se aproxima al modelo de Galula:

“Considero que una buena parte la población está tomando simpatía por un bando o por el otro, ya sea por el que representa a la ‘media luna’ o al gobierno, pero todavía no estamos participando de manera activa y por iniciativa propia. Obviamente, vemos manifestaciones y marchas, pero tanto el gobierno como los cívicos organizan a determinada gente para que se movilice, no es el conjunto de la sociedad. Sin embargo, es cierto que en la medida en que la polarización se profundiza, estos conflictos sociales penetran los hogares e influyen en las libertades individuales y el hogar deja de ser un espacio privado y se convierte en lugar de pugna” (Carlos Soria, “La gente hace su vida”, En diario El Deber (16-12-07).

Cuadro N° 4 Encuesta sobre la intención de voto en los referendos sobre la Constitución Política del Estado (CPE) y el estatuto autonómico en el departamento de Santa Cruz (N= 603)

Resultados %

Han leído el proyecto de CPE 9

Rechazan la CPE 48

Votarían por SI a la CPE 16

Votarán por el SI al estatuto autonómico 73

Han leído el estatuto autonómico 15

Conocen la pregunta sobre el estatuto autonómico 40

Fuente: Captura Consulting. El Deber (14-04-08)

Notas: Cabe señalar que el 15 % aprueba el proyecto de CPE y sólo el 48% lo rechaza, mientras el 35 % declara que votará en blanco o bien que No sabe/ No responde.

En el cuadro N° 4, se puede apreciar que el alto porcentaje que votará por el estatuto autonómico (73%), y el bajo porcentaje de quienes lo han leído (15%). Esto supone que los encuestados votan por la autonomía frente al centralismo, sin considerar los contenidos del estatuto. También se puede apreciar la diferencia entre quienes conocen el contenido del proyecto de CPE (9%) y de quienes lo rechazan (48%).

La falta de debate y el hecho de que las lógicas de los polos apelan a sentimientos fundamentalistas han dado como resultado el que estemos frente a votos más emocionales que racionales.

La propaganda política que se basa en alimentar los sentimientos fundamentalistas es la clave del éxito de movilizaciones políticas que se basan en la construcción de entidades monolíticas:

“Todos los q’aras son perversos, explotadores y dominantes, y que por su culpa estamos donde estamos, mientras que los indígenas son los explotados, los buenos, los no corruptos, las víctimas. Ese mismos esquema se repite en la dinámica regional: el centralismo en algunos caso, y la población colla y norteña en otros, convertida en la causa de todos los males históricos del país” (Barragán, 2005: 10).

El victimismo es una forma utilizada para mantener la cohesión del propio bando, de esta manera se denuncia una y otra vez que los otros nos odian y que quieren perjudicarnos por todos los medios. Las dos posiciones se perciben en blanco y negro, todo lo malo viene de afuera y todo lo bueno de adentro. En situaciones de este tipo, “hay una serie de pasos en pos de la polarización: demonizar al adversario, transformarlo en enemigo con el cual no es posible transacción alguna y debilitar los espacios institucionales en los que se podrían negociar intereses encontrados. En última instancia, se busca enfilar a los bandos divididos, así como a sus sectores de apoyo, hacia una prueba definitiva de fuerzas, y que ello culmine con un ganador y un perdedor netos” .

La situación es descrita con dramatismo en un periódico paceño:

“Camiri, Oruro, San Julián, Cochabamba, Sucre, Santa Cruz, Huanuni, linchamientos, coerción armada (huelgas de policías), contrabando, narcotráfico, corrupción, tomas de tierras, ocupación de concesiones, instigación oficial a la violencia, intromisión política de las Fuerzas Armadas, violación de soberanía aérea, inseguridad ciudadana, especulación de precios, coerción policial, huelgas, bloqueos, cabildos, censuras municipales, procesos eleccionarios, tomas violentas de entidades públicas, y otras formas de expresión de la anomia estatal se encuentran presentes cada día en la mayor parte de las noticias nacionales, regionales o locales” .

El gobierno ha pedido la mediación de la Iglesia, la OEA y los gobiernos de los países vecinos, sin que hasta ahora las partes hayan aceptado iniciar el diálogo.

V – CONCLUSIONES

Acerca de los países que intentan realizar transformaciones sociales en democracia, dice Ernesto Laclau:

“Toda política tiene que girar dentro de dos polos: el de la movilización, que es el populista, y el de la institucionalización, que es el de la estabilidad. Si un régimen se mueve exclusivamente en el […] instituticionalismo, ignorando la movilización de masas, eso lleva a un régimen anquilosado, que tarde o temprano, tendrá consecuencias autoritarias. Por otro lado, si se producen sólo movilizaciones y agitaciones, sin que se considere la aplicación institucional, tampoco producirá una situación estable. En síntesis, hay que buscar el equilibrio. La democracia es eso, el equilibrio que se debe mantener entre esas dos políticas” (Laclau, 2008: 32).

En el mundo contemporáneo, las fuerzas sociales se expresan a través de grandes organizaciones. En las modernas poliarquías, el poder de una organización se contrapesa con el poder de otra u otras, en tanto éstas no tienen siempre los mismos intereses. Claro que, en casos extremos, las organizaciones pueden recurrir a su poder de veto . Estos contrapesos permiten que se abran fisuras, las cuales hacen posible que los ciudadanos de a pie puedan moverse en libertad y hacer valer sus derechos. De manera que, estas expresiones de neocorporativismo, complementan el modelo republicano institucional establecido en la constitución (Dahl, 1974).

En Bolivia, la concentración del ingreso, de la tierra y de los medios de comunicación no es funcional para el establecimiento de una política tendente a reducir la desigualdad y eliminar la exclusión social.

El alto grado de polarización política – característico de la coyuntura actual – contribuye al mantenimiento de los mecanismos delegativos, las interconsultas reservadas a la cúpula dirigencial y el “secreto de estado”.

La tabla N° 5 contiene un conjunto de indicadores que señalan la posibilidad de que un país sufra conflictos violentos. Los nueve ítems están presentes en Bolivia.

Cuadro N° 5. Indicadores de riesgo de conflictos violentos

(Conflict Analysis Framework)

Indicadores

Definición

N° Nombre

1 Historia del conflicto Si un país ha experimentado conflictos violentos en los últimos 10 años, la posibilidad de repetición del conflicto es alta

2 Ingreso per capita Los países con bajo per capita tienen una mayor probabilidad de sufrir conflictos violentos.

3 Exportación de materias primas Los países que exportan materias primas con una alta dependencia de las mismas, tiene un riesgo más alto de experimentar conflictos.

4 Inestabilidad política Cuando el gobierno no puede controlar determinadas zonas del país y hay frecuentes reestructuraciones del Estado, se incrementa la posibilidad de conflicto armado.

5 Negación de los derechos civiles y políticos Si los derechos políticos y civiles son negados o sistemáticamente violados, aumenta la posibilidad de que los grupos

Expresen sus opiniones recurriendo a la violencia.

6 Militarización Si hay altos grados de defensa en proporción a la población y si existen grupos civiles armados, pueden surgir conflictos violentos.

7 Dominación étnica Cuando un grupo étnico controla las instituciones políticas y económicas, hay un alto riesgo de que exista un conflicto armado.

8 Conflictos regionales activos Los conflictos regionales activos pueden tener un efecto “en cascada”, la inestabilidad política aumenta y también la probabilidad de que estalle un conflicto violento

9 Desempleo juvenil El desempleo juvenil, especialmente de los varones, aumenta la frustración social haciendo que los desempleados respondan a las organizaciones militantes.

Fuente: “The Conflict Prevention and Reconstruction Unit has developed a Conflict Analysis Framework (CAF)” [lnweb18.worldbank.org/…/$FILE/CPRNotes5-web.pdf ].

Los sectores populares permanecen fragmentados y débilmente organizados. La adquisición del ejercicio pleno de sus derechos como ciudadanos requiere que sus miembros ingresen en un proceso donde se aprende participando, y donde se participa mejor cuánto más se aprende. En esto consiste precisamente el desfase entre el “pueblo” y la “sociedad civil”.

Las protestas callejeras son eficaces para que los movimientos sociales se hagan escuchar, pero para promover los intereses de la gente es necesario fortalecer y renovar las instituciones.

Hay una estrecha relación entre medios de comunicación y democracia. Estos pueden obstaculizar o facilitar el paso de una democracia delegativa a una democracia participativa y comunitaria. La guerra mediática para ganar el corazón y la mente de la gente termina confundiendo al espectador e impide la construcción de la esfera pública.

La adopción de nuevas leyes, incluso el cambio de la constitución y hasta la misma rebelión social, no es suficiente para que se produzcan las transformaciones necesarias para profundizar la democracia. Un registro de suma importancia es la falta de una cultura democrática.

La implementación de mecanismos de participación eficaces no será viable si la acción política partidista continúa teñida de clientelismo y prebendalismo, y mientras la política sea vivida bajo la lógica amigo-enemigo.

El conflicto se manifiesta a través de tensiones acerca de la concentración del poder (entre los diferentes polos en pugna) o en la distribución del mismo en diferentes instancias institucionales. De la manera en que se resuelva este conflicto, dependerá la futura relación entre Estado y Sociedad.

La transformación de la situación bipolar exige el refuerzo del Estado de Derecho, la ampliación de los espacios de deliberación, fomentar la participación política y la convivencia ciudadana, evitar el oportunismo y buscar políticas factibles de justicia social.

Estas tareas difícilmente serán impulsadas por las elites, aunque podrían ser promovidas por algunas personas o grupos emprendedores salidos de ellas, que se sumarían a otros procedentes de las diversas capas de la sociedad. Aquí hay que hablar – como dice J. Prats– de liderazgos y no de líderes, pues no se trata de personas con carisma sino de liderazgos transformadores.

La democratización de la sociedad tiene como pre-condiciones (aunque no son las únicas) la capacidad ciudadana para fiscalizar las actividades gubernamentales, y el incremento del poder ciudadano para responsabilizar a funcionarios e instituciones públicas.

Hay tres conceptos que son clave para fortalecer el control del ciudadano sobre la gestión gubernamental:

– El término transparencia señala el deber del funcionario de exponer y someter a escrutinio la información relativa a su gestión: manejo de recursos, criterios de decisión, conducta de los subalternos, etc.

– El concepto apertura (openes) se refiere a garantizar al ciudadano su derecho a participar en los procesos decisorios relativos al interés público.

– El término accountability es traducido como “responsabilidad”, pero se refiere al deber del funcionario de no causar perjuicios al patrimonio que le ha sido confiado (Vila De Prado, 2002: 57-58).

La forma particular que va adquiriendo el conflicto coloca a las TIC, al igual que a los medios de comunicación masiva convencionales, en el rol de instrumentos al servicio de las causas que sostienen las partes involucradas, perjudicando al derecho a la información. Desde luego que hay excepciones, pero el ciudadano que soporta sobre sus espaldas la pesada de carga de la lucha por la vida, debe invertir tiempo (y a veces dinero) para acceder a la información que le interesa. Por otra parte, el descrédito de los partidos y de los mismos medios, así como la complejidad técnica de algunas de las cuestiones en debate, contribuye a crear una suerte de desafección hacia la política, característica de nuestro tiempo.

En estas condiciones, es poco lo que pueden hacer las TIC para transparentar la situación política, y hacer viable la participación del pueblo en las decisiones públicas y la fiscalización; pues se torna imposible la deliberación, la transparencia y la generación de procesos de ciudadanización.

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(Publicado en Antroposmoderno el 08/06/08)

Líquido de frenos para Europa

por Valentí Puig

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Comenzó el siglo XXI con la pretensión de que la Unión Europea iba a liderar el mundo. Ahora sospechamos que el pelotón irá encabezado por Asia. Seguramente, ni lo uno ni lo otro, sino más bien un mundo multipolar -o a-polar-. Al ‘no’ de la República de Irlanda se le dará alguna salida, como ha ocurrido anteriormente con otros referéndum pero no será fácil borrar del mapa que el Tratado de Lisboa ya era un resumen del Tratado Constitucional que fue eliminado por el ‘no’ de Francia y Holanda. Europa es un enano geopolítico, dice Kishore Mahbubani, profesor de la Universidad Nacional de Singapur. En Singapur saben de estas cosas. De hecho, lo que piensan es que la Unión Europea es a la vez un gigante y un enano. Desde luego, dejó de ser el sueño del europeísmo. Es un espacio privilegiado de civilización que avanzó increíblemente después de la Segunda Guerra Mundial pero ahora mismo no da respuestas para su contexto geopolítico. Potencia económica sin poder militar: ‘soft power’ sin un sistema de de seguridad. La Unión Europea manda poco aunque Sarkozy vuelve a hablar de una defensa europea.

Una Europa ampliada requería de un marco institucional adecuado y eso tenía que ser el Tratado Constitucional pero se les fue de las manos a sus redactores mientras que la Europa real pasaba por graves problemas energéticos, necesitaba una reforma de los mercados laborales y tenía que encauzar el problema de la inmigración, por no hablar del Euro-Islam o de la crisis trasatlántica. A la hora de votar el Tratado Constitucional, en la clave del voto interior coincidieron todos los electorados de una Europa que ha pasado por el gran miedo de la posguerra, por la caída del muro de Berlín y por el alud de incertidumbres: crisis del atlantismo, inmigración, terrorismo islamista, envejecimiento de la población, anquilosamiento económico Cualquiera de aquellos referéndum pudo paralizar la ratificación del Tratado. Fueron los de Francia y Holanda, países no marginales en la llamada construcción europea. Las carencias del liderazgo europeo pueden llevarnos a una fragilidad y desconcierto del todo inoportunos.

Desde luego, el mundo no va a acabar ahí. Pero pronto veremos hasta que porcentajes de abstención se llega en las elecciones al Parlamento Europeo.

Una Europa más vieja y con menos niños: la gravísima crisis demográfica envuelve como un pastel milhojas el debilitamiento económico y la impersonalidad política de la Unión Europea. La idea del ‘soft power’ europeo o incluso la noción de gigante económico y enano político están en dique seco. Indudablemente, la realidad productiva de todos los días es enorme y el potencial no tiene fin pero estamos ante un vacío de la voluntad y una ausencia de destino. Desde el Acta Única (1986) y Maastricht (1992) la UE dio pequeños pasos sin dejar de empeñarse en las grandes palabras: un exceso de fiebre culminó en la propuesta constitucional pero los problemas siguen siendo los recursos energéticos, la flexibilización de los mercados de trabajo, la inmigración, el déficit democrático, la opacidad institucional, el dilema turco. En general, son los problemas del crecimiento económico y las consecuencias morales de la sociedad de la abundancia. La retórica prometeica del europeísmo ha generado europesimismo en la Europa del colesterol y de las dos horas de pilates por semana. El pragmatismo de la mejor política europea contrasta a veces con las decepciones de la noción intelectual de europeidad. Por ejemplo: la integración de España en el proceso que va de la Comunidad a la Unión Europea ha sido una tarea de generaciones, de paciencia diplomática, de resistir una y otra vez desplantes y argucias, de voluntad plenamente consensuada. Las nuevas generaciones pueden permitirse dar por sentado lo que en realidad ha sido una labor aproximadamente titánica, sin flaquezas ni abandonos. El tropezón de Irlanda sería incluso provechoso si incitase a un mayor pragmatismo.

Fuente: El Diario Montañez. Cantabria

El imperativo de la sostenibilidad

por Eduardo de Santiago Rodríguez, Francisco Javier González González, Ana Pérez Minuelo

La sostenibilidad – o el camino hacia ella- será un imperativo del siglo XXI. En un planeta que, desde el punto de vista físico, es un “sistema cerrado” en términos de recursos materiales y que sólo puede considerarse como un “sistema abierto” en términos energéticos, gracias al aporte de la energía procedente del sol, resulta ineludible abordar la finitud de los recursos materiales y energéticos, reconduciendo los procesos humanos hacia las fuentes renovables y el consumo material mínimo.

Como es sabido, la construcción y el gasto doméstico son responsables del 50% de la energía consumida en el planeta, el transporte de otro 25% y la industria del 25% restante. De modo que el diseño del hábitat humano, desde la ciudad hasta la vivienda, resultan ser transcendentales para reconducir los ineficientes patrones de nuestras sociedades hacia el camino de la sostenibilidad.

La cuestión bioclimática en la arquitectura, desde la Revolución Industrial hasta el Eco-tech

La Revolución Industrial introdujo la idea de que el hombre podría liberarse, a través de la tecnología, de las limitaciones impuestas por la naturaleza, de las penalidades del mundo físico. En términos urbanísticos y arquitectónicos ésto supuso que las ciudades perdieran su tradicional equilibrio e integración con el entorno –abasteciéndose de recursos y desplazando sus vertidos a otros territorios, todo ello posibilitado por el desarrollo de nuevos medios de transporte y almacenamiento de materiales y energía- y que los edificios se encerrasen en sí mismos buscando el acondicionamiento climático perfecto ofrecido por la tecnología, para superar definitivamente las inclemencias climatológicas, la adversidad del medio exterior. Para ello, los edificios se volvieron máquinas herméticas y aisladas de un medio externo que se entendía sistemáticamente como hostil, y se centraron en la creación de un clima interior regulado artificialmente, lo cual sólo fue posible a costa de un elevado consumo energético.

El Movimiento Moderno genuino propuso –además de la racionalización, el funcionalismo y la estandarización/industrialización de los procesos constructivos- un modelo de arquitectura fuertemente abstracta, en el sentido en que no hacía referencia –como tradicionalmente venía siendo habitual- al lugar donde se instalaba, sino que se limitaba a plantear un juego formal de volúmenes prismáticos con una importante voluntad de inmaterialidad en su configuración exterior (planos exteriores tersos, blancos, frente al material inmaterial por excelencia: el vidrio, esquinas desmaterializadas, etc.) representando así su alejamiento figurativo del mundo físico. Como máximo, el afán higienista llevó a buscar el soleamiento en las viviendas, produciendo ese alineamiento heliotrópico característico de los bloques lineales que hoy resulta un tanto ingenuo. A este modelo se le denominó “estilo internacional” y se difundió, como su nombre indica, a escala planetaria, obviando e imponiéndose sobre las formas de habitar autóctonas que estaban soportadas por siglos de evolución adaptativa al medio en que se asentaban.

Porque si volvemos la vista atrás, a la historia de la arquitectura previa a la Revolución Industrial y a la arquitectura popular tradicional, encontraremos numerosos ejemplos en los que la sostenibilidad está presente, ya que la integración en el medio y el consumo eficiente de materiales y energía eran entonces cuestiones ineludibles ligadas a la mera supervivencia humana.

No obstante, también dentro de la arquitectura de vanguardia del siglo XX pueden encontrarse ejemplos de sensibilidad hacia el medio y de integración en éste. Más allá de ese Movimiento Moderno ortodoxo y heróico –por su voluntad rupturista con la historia- propio de los primeros tiempos, la segunda generación de los años 50 y 60 demostró una sensibilidad mucho mayor hacia el lugar y el medio en que se implantaban los edificios. La evolución del mismo Le Corbusier es muy ilustrativa a este respecto: si en el comienzo de su carrera se interesó (de la mano de Carrier, padre del aire acondicionado) por la “respiración exacta” de los edificios y por el “muro neutralizante” (junto al fabricante de vidrio Saint Gobain), tras el fracaso del gran muro cristalino de la fachada de la Ciudad del Refugio de París (1936) se replanteó la cuestión de la piel de los edificios, desarrollando la idea del “brise soleil”, para terminar con una aproximación al lugar y al clima mucho más apropiada en sus últimos proyectos de la India (villas Shodhan y Sarabhai, Chandigarh), gracias a una fructífera reinterpretación de la arquitectura vernácula. Entre las obras de casi todos los grandes maestros –quizá con la excepción de Mies van der Rohe- pueden encontrarse ejemplos que demuestran una cierta sensibilidad ambiental, tales como el Solar Hemicycle (casa Jacobs) de Frank Lloyd Wright, los edificios de Louis Kahn en Dacca o el proyecto de Lusaka, la mayor parte de la obra de Alvar Aalto, etc. Todavía fueron más sensibles aquellos arquitectos que desarrollaron su estilo personal mediante la síntesis de algunos principios del Movimiento Moderno (funcionalismo, racionalismo, etc.) con la adaptación al contexto donde trabajaron, separándose del “estilo internacional” para hacerlo regional –y por tanto más adaptado a las condiciones climáticas y a su contexto natural y cultural-: Luis Barragán en México, Sverre Fehn en Noruega, Ralph Erskine en Suecia, Hassan Fathy en Egipto, etc.

El objetivo de estos arquitectos, como el de los constructores anónimos de la arquitectura popular, no fue ya liberarse de la naturaleza, sino integrarse en ella, incorporarse a sus procesos sin alterar sus equilibrios. El medio exterior dejó de ser entendido no como un adversario, y pasó a considerarse como un aliado; incluso en condiciones climáticas extremas como en las que trabajó Erskine en el círculo polar o en los proyectos del desierto de Hassan Fathy, tal y como también han hecho en circunstancias similares los esquimales o los pueblos trogloditas de Túnez.

En los años 60 se publicaron los primeros textos que incidían en la integración de la arquitectura en el medio -como los de Ian MacHarg (1967), Victor Olgyay (1963), Baruch Givoni (1969) o Edward Mazria (1979)- sentando las bases teóricas y científicas de todos los aspectos técnicos relacionados con el confort humano y de lo que se denominaría arquitectura bioclimática. En los 70, la crisis del petróleo volvió a despertar el interés por la energía, y aparecieron las primeras generaciones de edificios que se autoproclamaban bioclimáticos. La principal preocupación de estas arquitecturas era la de conseguir un eficiente comportamiento térmico, por medio del cual desarrollaron un lenguaje que explotaba los recursos de los dispositivos de acondicionamiento ambiental pasivo o de captación solar, con una estética “militantemente bioclimática”. Más allá de esta militancia y de su eficiencia energética, desde el punto de vista arquitectónico, la mayor parte de los edificios de esta época (por ejemplo, los de Thomas Herzog) no habían encontrado todavía un lenguaje arquitectónico capaz de incorporar los dispositivos bioclimáticos, de tal manera que su imagen oscilaba entre la de un extraño artefacto tecnológico y la del invernadero, y se quedaban, en muchas ocasiones, en el injerto o yuxtaposición de una serie de dispositivos ingeniosos para el control climático sobre una estructura figurativa previa, que nada tenía que ver con aquellos dispositivos.

El caso del automóvil

Algo similar había ocurrido, por ejemplo, cuando se inventó el automóvil; cuyos primeros prototipos simplemente injertaban el motor sobre la forma del carruaje, que era una estructura formal sobradamente conocida en aquel momento y cuya función podía asimilarse a la que estaba proponiendo el nuevo invento del automóvil; no fue hasta tiempo mucho después que se desarrolló un esquema figurativo propio y exclusivo para el automóvil, ya bien diferenciado del carruaje. La eficiencia de las prestaciones ligadas a la velocidad, la seguridad, la aerodinámica, etc., los avances tecnológicos y las condiciones de comercialización masiva han ido modelando, desde entonces, aquellos diseños iniciales hacia las bellas formas funcionales que hoy conocemos, produciendo un fructífero repertorio tipológico. Así, también los primeros edificios que se proclamaron bioclimáticos tenían aún algo de arquitectura convencional en la que se adosaban, injertaban o empotraban aparatos ecoeficientes o gadchets tecnológicos, metafóricamente análogos a los carromatos con motor.

A finales de los setenta y principios de los ochenta se produjo una nueva revolución tecnológica –para algunos tan importante como la revolución industrial- y con ella surgió la arquitectura high tech, que pronto se aliaría con esta línea bioclimática para producir el estilo híbrido del eco-tech, representado por Norman Foster, Richard Rogers, Renzo Piano, Michael Hopkins, etc. De modo que una parte de la cultura arquitectónica de vanguardia actual ha retomado como uno de sus ingredientes, de forma más o menos rigurosa, el diseño con criterios ambientales, sobre todo centrados en la eficiencia energética –es decir, en cuestiones bioclimáticas-. En todos estos arquitectos está presente de nuevo la fe optimista en la tecnología, que retoma las ideas de algunos pioneros como R. Buckminster Fuller o Jean Prouvé. Para Buckminster Fuller la tecnología era el medio para conseguir más con menos, lo que significaba la búsqueda de una eficacia profunda en la utilización de menos materiales, menos energía y menos tiempo. Esta noción es central en la mayoría de los arquitectos high o eco-tech, y supuestamente constituye el principal argumento expresivo de la arquitectura que producen, porque a diferencia de lo que ocurriera en los años 70, ya se ha encontrado un lenguaje arquitectónico con expresión propia capaz de incorporar eficazmente los dispositivos bioclimáticos o, en el mejor de los casos, cuyas primeras concepciones formales se derivan directamente de requerimientos relacionados con la sostenibilidad, tras haber sometido al proyecto arquitectónico a nuevas exigencias, tales como la eficiencia energética, el tratamiento de los materiales, la utilización del agua, etc. De este modo, puede decirse que las vanguardias eco-tech y high-tech han abierto una línea de experimentación formal ciertamente sugerente, partiendo de una transformación verdadera y completa de las reglas compositivas de formalización hasta ahora utilizadas y no de la mera superposición de una serie de gadgets tecnológicos sobre estructuras formales preconcebidas o tradicionales

Volviendo al concepto de tecnología de Buckminster Fuller, como idea, es difícil no compartirla. Incluso podemos encontrar también esta eficiencia en la arquitectura popular, ejemplar en el desarrollo de modelos óptimos con rendimientos máximos y mínimo consumo de materiales o energía. Sin embargo, en la mayoría de los edificios adscritos al eco-tech la supuesta eficiencia profunda no es tal, por más que las formas y la vistosidad de los diseños arquitectónicos se empeñen en destacar su supuesta optimización del consumo de recursos. En efecto, si –desde el punto de la eficiencia- se considera y contabiliza toda la energía y los materiales consumidos en todo el ciclo constructivo (desde la extracción de los materiales, su fabricación, puesta en obra, etc.), la vida del edificio (consumo energético para el acondicionamiento climático, mantenimiento, etc) y los residuos que éste genera, la mayoría de las arquitecturas eco-tech, o las que hoy se presentan como sostenibles, son muy poco eficaces según los parámetros de Buckminster Fuller. Posiblemente, el consumo energético para la fabricación de determinados materiales, el transporte de los mismos, los residuos futuros que generarán, etc. no compensen el ahorro energético que seguramente consigan en el aspecto del acondicionamiento térmico: en lugar de conseguir más con menos, consiguen más con más, lo cual nos aleja bastante de esa optimización buscada. De modo que, en pos de la verdadera eficiencia profunda, debe ampliarse la mirada desde la simple consideración de los aspectos bioclimáticos a las relaciones e interacciones complejas que forman parte del concepto mucho más amplio de la sostenibilidad.

Por otra parte, esta vía de innovación tiene serias limitaciones en sus planteamientos. La experimentación formal de vanguardia tiene como objeto, en la mayor parte de los casos, edificios de carácter singular, donde es habitual que se aplique la lógica del “prototipo construido”, de la obra única e irrepetible, y por lo tanto difícilmente extrapolable como solución generalizable para resolver un problema que ha adquirido una dimensión global, pues tal y como indicábamos al principio la mayor parte del consumo energético mundial está actualmente relacionado con la vivienda y los asentamientos urbanos.

Así pues, este tipo de propuestas suponen un paso más; pero aún muy insuficiente. La insostenibilidad de nuestros asentamientos se encuentra en el modo en que se produce masivamente la edificación residencial, en el modelo urbano que sirve de patrón a esta producción y en los hábitos de consumo asociados. En definitiva, si la vanguardia arquitectónica quiere contribuir en el esfuerzo de habitar de un modo más sostenible ha de entender que sus experiencias deben dotarse de un cauce para transvasar conocimiento y tecnología a la producción masiva de edificios.

Lecciones de sostenibilidad de la arquitectura popular

Si una parte fundamental del problema se encuentra en la insostenibilidad de nuestros asentamientos, revisemos por un momento otras etapas históricas en las que éstos tenían metabolismos con equilibrios duraderos.

Como nos recuerda Chombart de Lauwe, el sentido inicial de la ciudad fue la demarcación de un límite que separara el universo de lo humano del resto del Cosmos. En los actos fundacionales de la ciudad romana el arado marcaba un límite sagrado en el que la tierra que se levantaba había de verterse hacia el interior del recinto delimitado. La muralla medieval límite jurídico, fiscal, pero sobre todo social, permitía que floreciera una forma de vida con rasgos de autonomía y anonimato, algo que sólo es posible con una cierta masa crítica de intercambios, todos ellos clarificados por la existencia de un límite. La ciudad como forma de vida, como diría Wirth, históricamente ha sido posible porque ha existido un límite.

Este límite iba acompañado de la conciencia de que había un territorio finito y cercano (el alfoz de la ciudad medieval) servidor de su metabolismo urbano. Los recursos eran locales y la capacidad de transformarlos fue relativamente escasa hasta la incorporación de la Revolución Industrial y sus modos productivos al ámbito de lo urbano. Hasta ese momento, la producción del caserío estaba basada en la autoconstrucción, por lo que las soluciones de diseño y las técnicas constructivas debían estar muy ajustadas a los recursos accesibles en ese territorio local, y estos recursos debían de ser tratados de modo que no se agotaran unos mínimos para asegurar la reproducción social.

De este sistema organizativo aún quedan muestras en el mundo rural español. Por ejemplo, en la Sierra de Ayllón en la provincia de Segovia, al norte de Madrid, el sistema de asentamientos conformado por los núcleos pertenecientes a los municipios de Riaza y Ayllón están situados con separaciones que son proporcionales a la cantidad de pastos necesarios para mantener las cabezas de ganado que hay en cada pueblo. El control social sobre este sistema era muy alto ya que la salida del ganado al monte estaba colectivizada, las familias se turnaban en pastorear todas las reses del pueblo, con lo que el tamaño de la ganadería para que fuese operativo este mecanismo había de ser necesariamente limitada.

El control del territorio y conciencia del límite del crecimiento es llevado también a la construcción de las viviendas y por tanto, de forma extensiva, al sistema de producción del caserío. Veamos otro ejemplo. No muy lejos de la comarca de Ayllón, en la Sierra de Francia, también en el Sistema Central que divide en dos la meseta de la Península Ibérica, se encuentran pueblos con tipos edificatorios más elaborados en cuanto a su tecnología constructiva y por tanto formalmente distintos, pero que comparten con los de la Sierra de Ayllón esta lógica de austeridad e inteligencia en la explotación de los recursos. Los habitantes de esta comarca, cuando querían construir una casa cortaban un castaño de los montes comunales para prepara la “viga madre”, elemento estructural que simbólicamente aguantaba las dos plantas vivideras de la casa sobre la cuadra de la planta baja. El árbol del que se sacaba esta viga era repuesto por otro castaño para permitir que la siguiente generación pudiera a su vez construirse su casa. Este es sólo un ejemplo, pero nos permite afirmar que el funcionamiento de los asentamientos preindustriales se ajustaba bastante bien a la lógica de lo que hoy denominamos sostenibilidad, pues estaba perfectamente asumida la idea que los recursos son limitados y por tanto, si se utilizan, hay que reponerlos.

El ejemplo de La Alberca, Salamanca

Dentro de este marco hay un aspecto que queremos resaltar. El aprovechamiento de los recursos locales incluye el modelado formal de las viviendas para conseguir el mayor confort térmico posible con los medios técnicos disponibles. En definitiva la arquitectura tradicional incorporaba de forma eficiente recursos bioclimáticos. Lo que nos interesa de este enfoque es constatar que la mayor parte de las soluciones formales que presenta la arquitectura tradicional o están motivadas directamente por una estrategia de carácter pasivo, para alcanzar el confort térmico, o son compatible con otras motivaciones de tipo económico, cultural, etc. Esto era así porque, para conseguir condiciones térmicas de habitabilidad, no se disponía de recursos tecnológicos sofisticados. Ante la inexistencia de una técnica capaz de resolver toda una serie de cuestiones –entre ellas, el acondicionamiento climático- aquellas arquitecturas no pudieron abstraerse del medio en que se localizaban, de modo que tuvieron otra alternativa que dialogar con él, entendiéndolo primero y aprovechando después las posibilidades que éste ofrecía. Este diálogo fue sostenido durante generaciones y generaciones, en las que el método de ensayo “prueba y error” y las tradiciones constructivas heredadas fueron destilando toda una serie de tipologías llenas de sabiduría adaptativa e integración en el entorno, muy cercanas también al concepto actual de sostenibilidad.

De las lecciones de la arquitectura tradicional al proyecto contemporáneo

La edificación como proceso sostenible puede tener en la arquitectura tradicional un referente claro para modificar la producción de vivienda convencional, que abre una vía en paralelo y complementaria de acumulación de conocimiento y experiencias que proceden de la experimentación formal de la arquitectura de vanguardia realizada con criterios ambientales. Como señalaba B. Rudofsky en Architecture without architects: “la filosofía y el conocimiento de los constructores anónimos es la mayor fuente no aprovechada de la inspiración arquitectónica del hombre industrial”.

La cuestión es cómo enfocar el aprendizaje que se puede desprender del análisis de la arquitectura tradicional. Y la respuesta tiene incluso algún que otro precedente. En los años 20 y 30 el Movimiento Moderno puso también su mirada en la arquitectura tradicional como ejemplo de definición formal a través de la optimización funcional del espacio doméstico. El problema al que se enfrentaba Europa en esos momentos era en definir una arquitectura eficaz en la reconstrucción de post-guerra, que simplificara los procesos de producción masiva de vivienda2. En ese contexto las referencias de los arquitectos más destacados hacia la arquitectura popular como ejemplo de matrimonio perfecto entre forma y función, condujo a un cierto interés en el estudio de la arquitectura tradicional, que en España tuvo uno de sus ejemplos más destacados en los trabajos de García Mercadal y el GATEPAC, ambos formando a la vez parte de las expresiones visibles de la vanguardia del Movimiento Moderno anterior a la Guerra Civil.

El intento de explicar la forma desde la función óptima podría tener, hoy en día, un paralelismo posible en la lectura de la arquitectura tradicional desde la ecoeficiencia. En definitiva se trata de poner en valor los mecanismos que ligan criterios de sostenibilidad (los bioclimatismos entre ellos), modos de producción y el binomio forma-función en los edificios. La arquitectura tradicional generó sus formas en un proceso de depuración a lo largo de periodos muy largos de tiempo, con modificaciones continuas, realizadas por generaciones de habitantes, hasta decantar un espacio doméstico y productivo que aprovechaba al máximo técnica y culturalmente los límites ecológicos del ecosistema local. Hoy en día las modificaciones de ajuste han de ser, en su mayor parte, sustituidas por un diseño a priori de la vivienda, articulado con un sistema de producción que ha de contar con la intermediación de un sistema promocional, ya sea público o privado y de una industria de la construcción, con posibilidades técnicas que en muchos casos fuerzan los recursos no sólo de los ecosistemas locales sino de ecosistemas lejanos. Con estos mimbres el arquitecto actual ha de recuperar formas de pensar análogas a las que se han demostrado como sostenibles en la arquitectura tradicional y recomponerlas en las condiciones de producción existentes para conseguir formas que respondan a las exigencias ecológicas y sociales de hoy en día. No se trata de copiar formas, ni soluciones tecnológicas, sino de copiar metodologías.

En realidad lo importante sería entender cómo se plantean y resuelven los problemas, relacionado y valorando los objetivos o fines con los medios para conseguirlos. A modo de ejemplo vamos a analizar un problema mucho más sencillo que el acondicionamiento de un edificio: el enfriamiento del agua potable en un ambiente caluroso. La tecnología moderna ha resuelto este problema mediante la compleja máquina que denominamos refrigerador, con unos resultados muy eficaces si consideramos sólo la temperatura del agua, pero bastante cuestionables si consideramos el alto consumo de recursos materiales (aluminio, gases refrigerantes, etc.) y energía que se consume para ello. Por el contrario, la sabiduría popular ha desarrollado en España un simple artilugio denominado botijo que consiste en una vasija de barro en la cual el agua del interior se filtra hacia el exterior gracias a la porosidad del material, evaporándose en su superficie por el calor exterior y por tanto enfriando (además en relación proporcional al calor externo) en este cambio de estado el agua que permanece dentro del botijo. La optimización entre medios y fines no puede ser mayor: se trata de un simple dispositivo de barro con un consumo mínimo, mantenimiento nulo y perfectamente reciclable. Lo ique planteamos no sería simplemente la adaptación a la estética contemporánea del botijo, o la búsqueda de nuevas formas y diseños a partir del modelo original3, sino el desarrollo de nuevos artilugios que resuelven problemas distintos utilizando razonamientos similares: es el caso de la cantimplora, cuyo funcionamiento térmico es análogo al del botijo, si bien responde también a otras cuestiones como la de ser fácilmente transportable, irrompible, etc.

Si tomamos como ejemplo el caso de La Alberca, (pueblo de la Sierra de Francia en la provincia de Salamanca), podemos comprobar que las estrategias bioclimáticas pasan por la protección de las abundantes lluvias. Estas casas constan de tres plantas, la planta baja está construida con muros de carga de piedra y las dos superiores en entramado de madera con forjado de lajas de granito de la zona y posterior encalado. Este sistema permite volar una planta sobre otra, de modo que la sección de la calle se convierte en un falso soportal que protege de la lluvia al viandante. La disposición del programa dentro de la vivienda también es coherente con esta estrategia de adaptación un clima lluvioso y frío. Los animales se guardan en la planta baja de piedra alejando las partes vivideras de la casa, (situadas en las plantas primera y segunda), de las zonas húmedas del suelo. La zona de noche se encuentra en primera planta, a la que rara vez llega el sol y que se puede recalentar con las ganancias internas que aporta el ganado y las reacciones exotérmicas de la oxidación de sus excrementos. En la planta segunda se alojan la cocina y la sala, a la que da un balcón de significativo nombre, la “Solana” siempre orientado a Sur y si no es posible a Este, protegido de los vientos húmedos del Oeste. Sobre esta planta se ubica el bajocubierta o “sobrado” conectado directamente con el hogar por medio del “sequero”, entramado de madera situado horizontalmente sobre el forjado de la cocina donde se ahuman los productos de la matanza del cerdo. El sobrado al acumular aire caliente se convierte en una magnífica cámara aislante en la superficie de la casa que está más expuesta a la intemperie.

El desarrollo Torralba de Calatrava

En esta línea, y para ejemplificar con qué ojos se puede mirar a la arquitectura tradicional a la hora de proyectar, hemos elegido la experiencia de un conjunto de viviendas desarrolladas en Torralba de Calatrava, provincia de Ciudad Real, (al Sur de Madrid) que podrían ser representativas de la promoción pública de vivienda protegida que se está construyendo en España4.

El caserío tradicional de la zona está formado por viviendas con patio y dependencias de uso agropecuario ocupando parcelas de mil o mil quinientos metros cuadrados de media con edificaciones de dos plantas máximo. La entrada a cada propiedad se realiza por un portalón (que puede tener algún tipo de habitación auxiliar por encima de él) dando acceso a un patio de proporciones generosas. En general la edificación destinada a vivienda se encuentra a Sur ocupando el resto del perímetro de la parcela los edificios de servicio cuyo uso es agropecuario. Las condiciones climáticas de la zona son las típicas de un clima continental mediterráneo: inviernos fríos y relativamente secos y veranos secos y calurosos, con varios días seguidos por encima de los 40 ºC. En este caso las estrategias bioclimáticas de las que echa mano la arquitectura del lugar son:

- En los meses fríos, la exposición a Sur y en mayor medida el uso de los cerramientos con alta masa térmica para conseguir el doble efecto de acumulador del calor de la cocina y de otras formas de calefacción convencional (braseros de carbón de encina, por ejemplo) y el aislamiento frente a las condiciones exteriores; todo en un mismo elemento constructivo.

- En los meses calurosos, la utilización del patio como espacio amortiguador en el que se genera un microclima con valores que marcan menor temperatura y mayor humedad relativa que los que existen en el ambiente exterior; esto es debido a la capacidad de sombrear su recinto y a la existencia de vegetación en él. Con aire de este patio se ventilan las dependencias de la vivienda gracias a las diferencias de presión entre fachadas.

Adaptar estas estrategias es lo que se ha pretendido en el proceso de proyectación de las 14 viviendas de Torralba. Las formas son diferentes a las de una casa tradicional, la tecnología utilizada también, pero el funcionamiento bioclimático del conjunto es semejante.

Para empezar la parcela destinada a las 14 viviendas unifamiliares es de superficie parecida a la de una sola vivienda tradicional, por lo que la distribución del espacio llevó a tener que utilizar orientaciones para la mayoría de las viviendas que no presentaban fachadas a Sur, tan solo tres de ellas estaban correctamente ubicadas conforme a los cánones tradicionales. Este problema se pretendió solventar sacando los huecos de las fachadas y girándolos para conseguir orientaciones con la mayor componente Sur posible, con lo que mejoraba la protección del hueco en los momentos calurosos y se ganaban horas de radiación en el interior de las habitaciones en los meses fríos. Para mejorar las condiciones de captación aparece un lucernario en cubierta orientado a Sur que permite radiar en la caja de la escalera de la vivienda, de tal modo que esta se convierte en un elemento de acumulación que amortigua las variaciones de temperatura día-noche en los meses fríos. Desde luego este sistema es posible con la tecnología actual de cubierta plana de doble hoja ventilada y permite no depender tanto de la generación interior de calor dentro de la vivienda, que es una de las deficiencias más claras que presentaba el modelo tradicional.

La estrategia de poder contar con un patio con el que acondicionar el aire en los meses de verano pasaba, en nuestro caso, por mancomunar las parcelas de cada vivienda unifamiliar, de tal modo que se asegure el acceso a alguna de ellas a través de este patio, para que no se produjeran posteriores vallados del mismo. Una vez propuesto este elemento arquitectónico, se le formalizó de tal modo que tuviera la mayor sombra posible por obstrucción de la propia edificación, se le dotó de vegetación que su vez protege los huecos expuestos de las viviendas, pretendiendo generar espacios intermedios entre casa y patio que animen a los habitantes del conjunto a colonizar estos umbrales delante de la puerta de sus viviendas, como ocurre con las calles de los pueblos de la zona. Por último se previó la captación de la lluvia de invierno por las cubiertas, para ser almacenada en un aljibe enterrado bajo dicho patio con el que regar la vegetación, dispositivo este que no se encuentra en las viviendas tradicionales de la zona y que de nuevo es fruto de la utilización de la tecnología moderna disponible.

Conclusión

En definitiva esta experiencia demuestra que es posible, utilizando referentes culturales propios de la arquitectura contemporánea, interpretar los métodos de adaptación climática (en particular y las estrategias de sostenibilidad en general) de la arquitectura tradicional para generar una arquitectura con criterios de sostenibilidad que se pueda incorporar a las condiciones de producción con las que se desenvuelve el sector en España.

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MC HARG, Ian, Design with nature. NY: Doubleday, Natural History Press, 1967.

RUDOFSKY, Bernard, Breve introducción a la arquitectura sin genealogía. Buenos Aires: Eudeba, 1973.

Fuente: Revista UNAM http://www.revista.unam.mx/vol.8/num7/art53/int53.htm

Las necesidades de la arquitectura del siglo XXI

Por Alan Fox

Se dice que la inteligencia de las especies se mide principalmente en virtud de su capacidad de adaptación al medio. Pero, ¿está el hombre contemporáneo preparado para su propia adaptación a los fenómenos desencadenados por el calentamiento global, que según los científicos genera los actuales y cada vez más imprevisibles cambios climáticos? ¿Estamos actuando con inteligencia y visión de ante este poco auspicioso escenario de convivencia con nuestro propio entorno? Nuestro bienestar depende en gran medida de la relación de la luz solar y los espacios que habitamos y más temprano que tarde tendremos que adoptar cambios cada vez más radicales en nuestros hábitos, especialmente los relacionados con el confort térmico. En países desarrollados ya se habla que la vestimenta, en un futuro cercano, deberá considerar materiales con certificación de resistencia a los rayos ultra violeta.

Asimismo, la arquitectura y la ciudad deben concebirse en un diálogo con el clima, la geografía y las características socioculturales, económicas y tecnológicas del país, ya que sus efectos se reflejarán de todas maneras en la calidad y estándar de confort del espacio habitable, el uso eficiente de la energía, y, consecuentemente, el impacto ambiental. En tanto en materia ambiental, la tendencia mundial exige normas y patrones que responden a políticas energéticas cada vez más restrictivas, con lo que se persigue una disminución de las emisiones de gases contaminantes del planeta. A pesar de ese esfuerzo normativo y de gestión, se hace imprescindible una respuesta y acción orientadas a, si no evitar, al menos paliar los efectos nocivos de agentes como la energía solar, y, estudiar alternativas de aprovechamiento sustentable de ella. Cualquier arquitecto o diseñador que proyecte un hábitat o intervenga uno, deberá considerar las condiciones de la contribución de luz solar para proponer espacios sustentables en cuanto a ahorro energético, y eficientes en cuanto a sus prestaciones. Haciendo una autocrítica honesta, son pocos los profesionales del área que involucran en sus proyectos estas preocupaciones tan importantes en la actualidad. Los arquitectos de hoy deben hacerse cargo de proyectar los espacios considerando una ecuación armónica luz solar/ luz artificial, y así aportar al ahorro de electricidad en virtud de una optimización de la iluminación natural de los recintos en lugar del derroche energético generalizado en el país. Proyectar con “conciencia solar”, tiene que ver con aportar directamente calidad de vida al ser humano moderno.

Alan Fox. Docente Facultad de Arquitectura y Diseño. Universidad Andrés Bello. Escritor de artículos para el Portal http://www.arqhys.com Santo Domingo, Rep. Dom.

Globalización: el planeta redondo

por Teódulo López Meléndez

La globalización significa la

particularización de lo universal

y la universalización de lo particular.

Roland Robertson

Allí, en la Academia, fuera de los límites de Atenas, comenzó un proceso matemático llamado globalización. La advertencia sobre la necesaria condición de geómetra para entrar implicaba una conexión con la ontología que hacía de filósofos y cosmólogos hacedores de un globo, el del cielo. Cuando los marineros europeos, alrededor de 1500, abandonaron la tierra para hacer del mar la nueva vía y junto a ellos los geógrafos comenzaron a trazar los mapas de los descubrimientos se inició la globalización terrestre. Había un interés económico, se usufructuaban las riquezas del nuevo mundo en beneficio de los monarcas europeos que habían hecho una inversión en procura de un retorno a sus inversiones. Desde entonces dinero y globo terráqueo van juntos. Hoy asistimos a un factum político-económico-cultural iniciado con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tenemos, así, un tránsito que va desde la mera especulación meditativa hasta la praxis de registro de un globo. Así, el mundo se des-aleja, se eliminan las distancias ocultantes, se convierte en una red de circulación y de rutinas telecomunicativas. La técnica ha implantado en los grandes centros de poder y consumo la eliminación de la lejanía. Quienes se oponen genéricamente a la “globalización” son unos extravagantes. Está aquí de hecho, tiene un ritmo indetenible, la preside el dinero porque este es la nueva barca capaz de girar el planeta y regresar. No es, por supuesto, un mero proceso económico, pero sí un hecho consumado, uno donde consumación sustituye a legitimación, uno que se hace insustituible a la hora de analizar la era presente de la humanidad. Como bien lo dice Peter Sloterdijk “ahora somos una comunidad de problemas”. Ya hemos apuntado que con el acontecimiento globalizador se deshacen las concepciones políticas, se afectan las autounidades nacionales, cambian los actores tradicionales que pierden competencias, el multiculturalismo irrumpe, sobre Europa se produce el “regreso” por la entrada de grandes masas de población a un estado de movilidad, lo que a su vez afecta el concepto de sociedad de masas y, claro está, viene la protesta de los antiglobalizadores que lleva a Roland Robertson (Globalization. Social Theory and Global Cultura) a definir el acontecimiento de la globalización como “un proceso acompañado de protesta” (a basically contested process), lo que hace que Sloterdijk señale que la protesta contra la globalización es también la globalización misma, pues no es otra cosa que la reacción de los organismos localizados frente a las infecciones del formato superior del mundo.

Algunos hablamos de posmodernidad, otros de una nueva modernidad, aunque si aceptásemos por un momento esta respuesta cabría preguntar como puede llamarse así sin utopía. Las contrarespuestas abundan, desde llamarla “sociedad de riesgo” hasta “incertidumbre fabricada”. Pero los fabricantes de definiciones deben aceptar las características de lo que acontece, como la formación de un habitus globalizado, desterritorialización de los procesos socio-económicos, cambios en las formas de producción y el interesante multiculturalismo. Como respuesta a los viajes de los marineros de 1500 ahora se está produciendo un viaje de regreso con la consecuente presencia de grandes masas desprovistas en el Occidente descubridor. Desde este punto de vista no se puede acusar a la globalización de homogeneizadora puesto que produce heterogeneización. Esto conlleva a la ruptura de viejos afianzamientos “tribales” y a la convivencia de formas culturales distintas. Como vemos, la globalización abarca mucho más que el simple proceso económico y, en ningún caso, puede reducirse a la acusación de un avance demoledor de un neo-liberalismo salvaje. Claro que se produce una consecuencia económica inmediata. Las estadísticas reflejan un avance de la pobreza y un aumento de la diferencia entre países ricos y pobres. Por ello, se han empleado otros términos como globalismo, para hablar del mercado como sustituto del quehacer político, o globalidad para insistir en la inexistencia de lo cerrado y en la consecuencia lógica de que nadie puede ya vivir sin los demás, dejando globalización para el juego de los Estados. Son juegos de sociólogos. Quedémonos con globalización y entendámosla, eso sí, como un acontecimiento pluridimensional, no como dicen los trasnochados “anti”, un proceso de resistencia contra el avance del neoliberalismo. Ciertamente es irreversible y con ella deberemos vernos las caras. Para enfrentarla lo primero que debemos hacer es dejar de considerarla sólo desde el punto de vista económico, puesto que si produce efectos en el Tercer Mundo también los tiene sobre el primero, puesto que la competencia obliga a reajustes, pero también a la búsqueda de centros de negociación sobre el comercio. He aquí una de las características que hay que comprender de esta era: hay que aprender a negociar. Si el neoliberalismo avanza lo hace porque es evidente que uno de los efectos de la globalización es el de la reducción de los Estados. Por otra parte, enfrentar lo local a lo globalizado como fenómenos contrarios es un absurdo, puesto que son caras de la misma moneda. Los filósofos procuran explicarlo como una reacción de protección local frente al abordaje del exterior. Los sociólogos se plantean el asunto de la uniformización cultural partiendo de los MacDonalds o del incompatible asunto de si es la identidad la que se enfrenta a la globalización, mientras otros preferimos hablar de la entrada en la nueva identidad, que no es otra que el acrecentamiento del individualismo frente a los temores de una capa de protección tan grande.

Sin duda, Roland Robertson, a quien he nombrado más arriba, es uno de los mayores estudiosos del acontecimiento globalización. Él resolvió ese supuesto problema de enfrentamiento entre globalización y localización inventando una palabra, glocalization. Hay que recordar que estamos asistiendo a una interpenetración de civilizaciones, lo que hace también superfluo otro debate que mencionamos arriba: el supuesto enfrentamiento entre homogenización y heterogeneización, para entrar a analizar como estas dos tendencias se implican mutuamente. Robertson recuerda como hay una discusión global sobre lo local, la comunidad y el hogar lo que le lleva a pensar en la cultura global como una interconexión de culturas locales. En otras palabras, la acusación gira sobre una imposición cultural norteamericana (Hollywood, CNN, por ejemplo) que no es otra cosa que el ejercicio del poder tecnológico, tal como otro tipo de poder fue impuesto a los pueblos “descubiertos” por los navegantes europeos que consideraban tomar posesión de las nuevas tierras como legal y legítimo. Quizás deberíamos recordar que, como consecuencia, Europa cambió para siempre y se dio origen a lo que llamamos Modernidad. Aún no sabemos con precisión cuales serán las consecuencias culturales de este acontecimiento llamado globalización, pero podría asomarse que encontraremos una hibridación. Si lo vemos desde este ángulo, podríamos decir que estamos ante muy llamativo proceso de mestizaje. Llamémoslo, de una vez por todas, multiculturalismo, lo que implica respeto hacia una “fertilización cruzada”. Si se plantea un desarrollo incontaminado de las culturas estaríamos cayendo en formas de racismo o de nacionalismo excluyente.

Ahora bien, debemos abordar el problema desde un ángulo estrictamente económico que, repetimos, es apenas uno entre los varios aspectos del acontecimiento globalización. Aquí entran al juego privatización, anulación de controles, eliminación del déficit, inflación, etc. Políticas económicas, en suma, marcadas efectivamente por una concepción neoliberal. Ello, por la presión de las poderosas transnacionales y por la conformación misma de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, pero, también, es necesario decirlo, por la permeabilidad de gobernantes ahogados incapaces o impotentes para resistir. Identificar este proceso de manera excluyente con globalización es lo que ha hecho daño a la palabra que describe el proceso en que estamos inmersos. Se suma el elemento político: la acusación de ineficacia contra la democracia, lo que conlleva a peligros que ya hemos analizado prolijamente en otra parte. Para mí el problema es el renacimiento de una vieja enfermedad llamada economicismo, renacida con tal potencia que ha doblegado la política a su servicio. En primer lugar, el Estado jamás debe renunciar a su función reguladora confiando en las llamadas fuerzas del mercado, las que, en sociedades empobrecidas, son fuente de desigualdades e injusticias. El Estado está obligado a cumplir un rol de reductor de desigualdades. En segundo lugar, la política debe renacer de sus cenizas e imponerse sobre la economía. Creo que la gran enfermedad de nuestro tiempo es la reducción de la política a categoría de mal.

El asunto cultural se manifiesta de muchas formas, como la mercantilización del arte, la putrefacción del mundo editorial, la imposición de modos de conducta. Sobre esto último creo que el ejemplo más vivo sigue siendo el caso de Irán bajo el Sha. Bajo una supuesta modernización se llegó a producir una catástrofe que podríamos designar como materialización del fundamentalismo. Ahora bien, el planteamiento radical nos asegura que todos usaremos jeans y comeremos hamburguesas, es decir, se nos impondrá una cultura americanizada que borrará nuestras particularidades culturales. A menos que la imposición cultural se produzca por el uso de las armas (y aún así), cabe decir que las culturas del sur, por llamarlas con términos geográficos, no van a reaccionar con una adaptación automática. La asunción técnica de los llamados Tigres Asiáticos significa simplemente que esa tecnología ya no es propiedad exclusiva de Occidente. Acertadamente se ha dicho que el programa de liberalización de los mercados y el libre intercambio de bienes y servicios no es un programa cultural. El capital que vuela de un sitio a otro no es una expresión de cultura. Ahora bien, claro que tiene incidencia, por lo que anotábamos del poder del dinero sobre los mercados culturales, como por ejemplo la adquisición de editoriales por parte de los holdings y la imposición de una ganancia de 15 por ciento lograda a costo de la reducción de la calidad de lo que se imprime. Todo eso es verdad, tendrá efectos perniciosos, pero la posibilidad de defensa sobrevive y hay que ejercerla. La cultura no es la Coca Cola en todas partes ni la presencia de teléfonos celulares en todas partes. Las sociedades emergentes adaptarán lo que haya que adaptar y si se considerara la globalización cultural como una acción imperialista hay que recordar que el capital no tiene corazón, lo que se dice como expresión despectiva, pero que podríamos transformar en positiva, pues si no tiene corazón es incapaz de crear lazos afectivos en los lugares donde llega. El capital no es la cultura, es un distorsionador de procesos y efectos culturales.

Si uno lee a los pensadores actuales encuentra cada vez más la palabra ecumenismo, antiguamente usada para indicar la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas, pero si vamos a su origen griego podemos detectar que más bien se refiere al espacio apto para la vida humana. Ecúmeno, con todas las implicaciones de respeto, amplitud y garantías que implica, debe ser el nuevo espacio humano. Ya no podemos hablar de culturas como segmentos colocados unos al lado de los otros. Ahora constituyen un tejido, como una red de Internet. Debemos enfocarnos en el nacimiento de un nuevo pluralismo: variedad y experimentación cultural, tolerancia y desarrollo, la consideración de la heterogeneidad cultural como recurso para el futuro social, fomento del dinamismo transformador de la cultura. El aislamiento en “enclaves del olvido” no conduce a ninguna parte. Si a ver bien vamos el objetivo del desarrollo es la cultura, como condición indispensable al desarrollo es la cultura, culebra que se muerde la cola. Sabemos perfectamente que de la pobreza podemos salir. Por lo demás, veamos esta aparente paradoja: sin multiplicidad el capitalismo no puede sobrevivir, pues perdería la capacidad de innovar y, con ella, la de competir.

Los que se desgañitan clamando por un mundo multipolar en contra del imperio desconocen que ya estamos en un mundo policéntrico, sólo que el poder no pertenece exclusivamente a los Estados sino que está repartido entre una pluralidad de actores transnacionales. Es lo que se ha denominado el mundo de la subpolítica transnacional. Es falso que el capital tenga todo el poder, como es obvio que los Estados nacionales perdieron tal control. Así, otro concepto en desuso es el de soberanía, puesto que los Estados están limitados hasta en su quehacer interno. No puede haber soberanía en una pluralidad inmanente. Las culturas globales, porque varias son, no están en ningún lugar ni en ningún tiempo. Las culturas globales están en el espacio, mientras las sociedades pobres siguen en el tiempo, lo que conlleva a una pérdida de la solidaridad. Es obvio que este desajuste conlleva a la pérdida de fe en la democracia y a la reaparición de viejas tendencias totalitarias, viejas, aunque traten de disfrazarse como nuevas versiones del siglo XXI.

Algunos recurren a las cifras para demostrar como la globalización es, en grado menor, y proporcionalmente hablando, no tanto un asunto económico. Se menciona que lo que ha sucedido es simplemente que las tecnologías de la comunicación han aumentado la velocidad en la circulación y, consecuentemente, aumentos en las ganancias debido a la mayor rotación del capital.

Está claro que hay una relación entre economía y cultura más allá de las operaciones de los holdings imponiendo la mediocridad para generar ganancias. Una de las consecuencias es convertir cultura en objetos, considerando al pensamiento como desechable. He obviado el asunto tecno-mediático puesto que ya lo he tratado en otras partes. No obstante, cabe decir que aquí se encuentra uno de los elementos más peligrosos de un eventual monoculturalismo puesto que impulsa el consumo de objetos estandarizados. No obstante, originado en la tecnología militar, ha producido Internet que, bien utilizado, como sucede ya en numerosas partes y por infinidad de escritores, fotógrafos y artistas en general, permite lo que Paul Virilio llamó en su momento “la deslocalización del arte” y también “el fin de la geografía”, permitiendo, al fin y al cabo, un escape a la censura o a las exclusiones de los grandes medios de comunicación. Es complejo estudiar la cultura en el nuevo contexto. Ciertamente nacionalismos y fundamentalismos son un regreso. Estudiar, en general, el acontecimiento globalización requiere de un pensamiento complejo, por encima de los berrinches histéricos de los manifestantes. Especialmente en sus implicaciones políticas. La apertura china demuestra como el capitalismo parece compatible con viejas tradiciones religiosas de todo signo. El problema es que el dinero se ha impuesto a la política, porque opera más rápidamente, es un medio abstracto homogeneizante que atraviesa espacio y culturas a gran velocidad. Hay maneras de defenderse: hay que recurrir al pensamiento complejo para construir un modelo humano de configuración del nuevo orden mundial. La política debe servir para esto, para buscar nuevas redes de sentido, para diseñar un proyecto civilizatorio democrático. Como vemos, alzarse cual Júpiter tronante frente a la globalización es una estupidez. Empeñémonos en darle la orientación correcta y no nos dejemos confundir por la orientación económica que ahora tiene.

Ciertamente ya nos estamos des-cobijando de la vieja “patria”. Es lo que Sloterdjik (Esferas) llama el tambaleo de “la construcción inmunológica de la identidad político-étnica” y el juego de las dos posiciones, la de un sí-mismo sin espacio y la de un espacio sin sí-mismo y la búsqueda de un modus vivendi entre los dos polos que implicará, seguramente, la creación de “comunidades imaginarias” sin lo nacional y la participación, también imaginaria, en otras culturas. El hombre puede tornar a “envolverse” en protección en la era globalizada, lejos del feroz individualismo que en el tiempo presente parece ser la única caparazón que le resulta reconfortante. Especial cuidado hay que poner en los efectos políticos, puesto que ya el colectivo no representa nada para el individualista. Hay que crear nuevas formas de tejido social-político que impidan a un hombre que ha hecho de su piel el nuevo resguardo un agente potencial del totalitarismo o un desconcertado frente al planeta redondo.

tlopezmelendez@cantv.net

LA PARTICIPACIÓN INSTITUYENTE EN EL MARCO DE LA SOCIEDAD GLOBALIZADA: UN ACERCAMIENTO DESDE EL CONCEPTO DE “EMPODERAMIENTO

LA PARTICIPACIÓN INSTITUYENTE EN EL MARCO DE LA SOCIEDAD GLOBALIZADA: UN ACERCAMIENTO DESDE EL CONCEPTO DE “EMPODERAMIENTO

por Francisco José Francés García (1) y José Tomás García García (2)

“…de la misma manera que el mal menor resulta ser un bien, así el bien menor resulta ser un mal…”

ANÓNIMO LATINO (3)

“ Los sociólogos montan guardia en la guarnición e informan a sus jefes de los movimientos de la población sitiada. Los más intrépidos se ponen el disfraz del pueblo y van a mezclarse con el paisano en el ‘terreno’, para retornar a los libros y artículos que rompen con el secreto protector en que se envuelve la población oprimida, y la hacen más accesible a la manipulación y el control”

EZEQUIEL ANDER-EGG

INTRODUCCIÓN: LA LÓGICA (NECESIDAD) DE LO COTIDIANO Y LA LÓGICA GLOBALIZANTE

Siempre que nos enfrentamos a un problema, una de las estrategias de acercamiento que podemos adoptar es la ingenuidad, la asunción del discurso ya instituido, la actitud conversa de creernos que aquello que se repite mucho es porque debe ser verdad. Pues bien, en el fastuoso tema de la globalización también podremos partir de ese discurso dominante, y lo que nos viene a contar este posicionamiento es que desde diversas ópticas se ha ido desarrollando una concepción de la globalización como fenómeno que tiene como medio y fin en sí mismo la integración, ya sea de individuos, comunidades, territorios o naciones (la ya clásica noción de “aldea global”), una idea de integración que por supuesto parece que marca una nueva fase de la economía mundial. Es decir, se profundiza la interdependencia de las economías nacionales, se profundiza en la integración de los mercados y se articula la fuerza de trabajo a través de los fenómenos de deslocalización de un sistema productivo transnacionalizado.

Sin embargo, los procesos de integración, tal como los conocemos, presentan ahora otra cara indisoluble de desintegración. La libre circulación de capitales y tecnología tiene tanto poder de privilegiar un espacio como desarticular otro, anteriormente desarrollado. Parece más adecuado hablar que, bajo la forma de globalización neoliberal, se desarrolla una superestructura con capacidad de actuar en proceso sincrónico de integración y desintegración sobre los territorios-nación.

Además, la plasmación del concepto de globalización como un nuevo fenómeno con capacidad de actuar en tiempo real a escala planetaria conlleva una visión simplificadora que en poco nos puede ayudar para comprender los procesos de los que tratamos en este ensayo. Lejos de rendir pleitesía a esta forma de entender la mundialización, entendemos que no todo lo nuevo integrado en esta nebulosa de la globalización es innovador, como no todo lo mundial es globalizado, como también no todo lo que se extiende profundiza a escala micro.

Lo que sí parece claro es que, en tanto que la “globalización” está presidida por el modelo de desarrollo neoliberal, las posibilidades de que aumente la desestructuración social en el juego global-local son muy altas.

No es este el lugar para profundizar en la génesis y el desarrollo del fenómeno de la mundialización, pero sí es nuestra intención acercarnos a cómo, desde el ámbito de la participación y el desarrollo local es posible construir nuevas estructuras que permitan el afrontamiento del problema desde abajo, desde las redes con-vivenciales ciudadanas.

Por ello frente a la amenaza de esta forma de desestructuración globalizante, la escala local está recuperando en muchos espacios su función integradora entre las personas, entre las comunidades y entre éstas y la naturaleza. De esta manera, en cada comunidad se empieza a construir, desde lo local, nuevas formas de desarrollo fundamentado en las necesidades de sus individuos, combatiendo o mitigando las inercias desestructuradoras devenidas del proceso de globalización. El resultado en muchos espacios se cristaliza en el desarrollo de formas alternativas de relación, recuperando y creando nuevos valores, diversos estilos de vida, nuevas y formas particulares de producción, intercambio y consumo.

El discurso de la globalización como amenaza de las identidades grupales, como mecanismo homogeneizador de formas y estilos de vida (que en muchos casos hace referencia únicamente a la dimensión del consumo) queda así en entredicho. Más bien parece que el proceso es inverso, se refuerzan y se crean nuevas referencias identitarias inmediatas. Bien parece también que la emergencia de nuevas formas de identidad se da en muchos espacios al abrigo de los procesos desestructurtadores (sobre todo en la esfera del trabajo) que han transformado la clásica marginación social en un fenómeno mucho más duro: la exclusión. Por primera vez aparecen colectivos, grupos sociales, (¿países?), que no son necesarios para el funcionamiento del sistema, que son “prescindibles”.

La frustración y la conflictividad que genera la mutilación de la satisfacción de necesidades de cada vez más colectivos de población provoca una fragmentación social consecuencia de nuevas formas de violencia estructural. Y esta fragmentación está estrechamente ligada al campo de la participación ciudadana, que tradicionalmente se asienta sobre comunidades culturalmente homogéneas. En estos momentos la participación se enfrenta a ciudadanías cada vez más diferenciadas y segmentadas, no solo por factores subjetivos, sino por diferencias socioeconómicas cada vez más crecientes.

Estas amenazas, sin embargo, pueden tornarse en desafíos como ahora veremos. Las tendencias que provocan la globalización y la creciente crisis del estado-nación como elemento integrador tanto en materia de bienestar como de identidad en los individuos han colaborado en la emergente importancia de las particularidades territoriales para desarrollar una capacidad estratégica en la resolución de problemas. La definición de actores sociales se caracterizan cada vez más por su relación con el territorio. Pero esto no implica prescindir del espacio global; más bien, como proponen Castells y Borja (4) este enfoque supone avanzar y profundizar en la comprensión de las diferentes lógicas espaciales: la lógica espacial de los lugares frente a la lógica de los flujos. La primera es la que nos va a vincular con el ámbito de lo inmediato, lo vivencial; la segunda con el mundo globalizado y las redes de decisión e influencia.

Hablamos pues de un desbordamiento de la dicotomía global-local en favor de la adopción de una óptica mucho más procesual, donde los flujos y los espacios van conformando diversas estructuras que permiten articular la acción de los grupos sociales en los distintos niveles.

La esfera de lo local, por su capacidad de adaptación e innovación ante todos estos tipos de cambios constituye el marco idóneo para la construcción de nuevos modelos instituyentes que generen nuevas lógicas, y el motor de este proceso no puede ser otro que la propia ciudadanía; los individuos constituidos como actor social con capacidad para participar en el desarrollo de su entorno. Distintas formas de participar construyen distintas realidades, y comienzan a emerger en muchos lugares (algunos de ellos estratégicos) modelos concretos de participación instituyente de la población que van introduciendo nuevos cauces de relación entre los distintos actores que entran en escena en el juego de la participación. Nuevas formas, nuevas redes que tienen la capacidad de articular los procesos particulares de lo local con los procesos transversales de la lógica global; redes que han adquirido la capacidad de aprovechar el imparable aumento de los flujos de información para construir nuevas formas de relación dentro del ámbito con-vivencial pero con capacidad de establecer puentes con los aspectos globalizados por el modelo económico.

Participación o ¿la vieja milonga tocada con la lira de Nerón? Se van oponiendo cada vez más dos modelos de desarrollo, que en el nivel local va a determinar en gran medida cómo se van a posicionar los actores y cuál va a ser la capacidad de la comunidad para evitar estas nuevas inercias desestructuradoras que acompañan el proceso globalizador (5).

MODELOS INSTITUIDOS MODELOS INSTITUYENTES

Lógica de petición.

De rutinas, normas y procedimientos.

Legalismo.

Lógica de participación comunitaria.

De eficacia con ritmos variables.

Evaluación y monitoreo.

Principios Centralismo, verticalidad,

Jerárquico, sectorialización, Descompromiso.

Descentralización, trabajo en equipos, horizontalidad, flexibilidad, implicación de los actores.

Estilo político Clientelismo, liderazgo tradicional, discrecionalidad.

Acumulación vía eficacia en la gestión, nueva articulación público / privado, descentralización.

Control Escasa cultura de control y evaluación Nuevos roles activos de auditoría y control.

Instrumentos Planificación tecnocrática.

Financiamiento de la oferta.

Planificación estratégica.

Financiamiento de la demanda.

Estos modelos instituyentes que comienzan a tomar cuerpo ya en muchos lugares y además con éxitos relevantes, poseen la característica común de que en mayor o menor medida se han basado en un concepto que los define claramente frente a otras estrategias o modelos de participación, y que en definitiva constituye su razón de ser: el

empoderamiento.

EL “EMPODERAMIENTO”

El elemento elegido como aglutinador y guía es la noción “empoderamiento”, no como realidad abstracta sino como objetivo participativo con manifestaciones concretas, abordables y viables, alejado de la pasividad y de la indolencia sociales que aparecen representadas en el imaginario colectivo participativo. La noción, traducción literal del

término inglés empowerment, se emplea para expresar el ejercicio real del poder por parte de la ciudadanía. Grandes palabras, pronunciadas sobre en un profundo vacío.

Se trata de un concepto cada vez más utilizado (con las ventajas e inconvenientes que esto implica) que relaciona las nociones de poder, política y participación, en general, pero que ha surgido de experiencias realmente concretas, con aterrizaje, locales, circunscritas a lo próximo, a lo cotidiano, a las necesidades sociales que requieren de satisfacción social. Aparece ante la necesidad de apertura de líneas de acción, desde la reclamación de poder y voz para poder desarrollar planes, programas o proyectos específicos con el horizonte de la promoción de la plena integración de las comunidades locales y la participación social práctica. En consecuencia, la noción de “empoderamiento” implica formas muy diversas de entender el mundo y las relaciones de poder (desde reformistas hasta revolucionarias). El común denominador entre todas ellas es la idea de compartir poder y tomar decisiones a todos los niveles, “poder” en todos los ámbitos de la sociedad, perteneciente a todo individuo y a todo grupo. Para su

concreción, precisa de sujetos activos, convencidos de ser capaces de convertirse en motores de su propio “empoderamiento” a través de las o no. Además, entronca con las nociones de poder vinculadas a los movimientos sociales, a las ideas de participación acciones colectivas que contrarresten las relaciones de poder hacia las mayorías por parte de unas elites minoritarias, electas y diálogo, desde una perspectiva marcadamente transformadora y “desestabilizadora” en sus planteamientos originales, planteamientos que han ido evolucionando hacia posiciones como

El seguimiento participativo de proyectos

De hecho la monitorización desempeña un papel destacado en esta alternativa participativa. Las prácticas de empoderamiento se oponen, son el elemento inverso, a las relaciones verticales de poder vertido desde arriba. La autoestima, el desarrollo personal, la dignidad o la toma de conciencia son elementos constitutivos que enriquecen el enfoque, persiguiendo el objetivo de aumentar la participación individual y colectiva en movimientos o redes sociales activas. No está reñido, antes al contrario, con un contexto estructural o institucional en la medida en que busca reforzar a los actores sociales como sujetos activos que se convierten en objetivos de estructuras, de instituciones y de organizaciones, en el marco de los cambios en las relaciones políticas y con un carácter ineludiblemente político de reequilibrio del poder. El empoderamiento no surge por extracción o sustitución de las instituciones, sino en relación con ellas, perfeccionando y recreando sus cauces participativos.

El antónimo de empoderamiento es alienación o explotación, exógenas, heterónomas, dependientes, en definitiva, una concepción de los ciudadanos como instrumentos fácilmente socializables, como cuerdas dóciles de una lira que se deja acariciar. No es una cuestión menor, no en vano la cuestión de la correlación de fuerzas en el contexto social global (internacional o mundial), regional (europeo) y el local (nacional, autonómico, municipal, provincial) no es ajeno a situaciones de polarización social, por la fragmentación y por el crecimiento de las desigualdades económicas, culturales, étnicas, espaciales, habitacionales, y un largo etcétera que incluye categorías sociológicas como edad, sexo y tantas otras.

LO INSTITUIDO NUESTRO DE CADA DÍA; “participación” CON MINÚSCULAS

El empoderamiento podría ser considerado como la estación provisional de destino de los ferrocarriles que circulan por las vías de la participación, pero ¿de qué estamos tratando cuando nos volcamos en el término “participación”? Una aproximación seria a la realidad de la participación, que haga gala de una interpretación realista, está prácticamente obligada a desarrollar un argumento crítico, concentrado en las debilidades y amenazas de los vínculos de relacionamiento participativos y ciudadanos, que trate de tocar fondo, de poner sobre la mesa las amenazas actuales y su potencial agravamiento, pero también las potencialidades y fortalezas que pueden constituirse en sustrato de alternativas futuras de cambio.

Existe una unanimidad básica acerca de la crisis de los mecanismos efectivos de participación ciudadana en las democracias representativas. Llega a hablarse incluso de muerte de la política, se cuestiona la legitimidad de los cauces de participación formal, estandarizada, reglada, se critica la relación administración / administrados y toda una serie de atribuciones en la misma dirección.

Podemos tipificar los problemas de las democracias en torno a tres variables, expresados en términos de crisis:

1) crisis de identidad en las democracias, que institucionaliza la diferenciación, las polarizaciones, la parcelación de intereses, las correlaciones desequilibradas de fuerzas (en términos de poder), que crecen y se convierten en moneda de cambio, en lugar de disminuir al amparo de procesos participativos y redistributivos democráticos;

2) crisis de moralidad: la ética y la deontología democrática no se han consolidado por completo en la cotidianidad de la vida social entre la clase política, entre los ciudadanos, en las cuestiones relacionadas con los servicios públicos, etc.

3) crisis de instrumentalidad: los medios particulares priman, en un número no aislado de casos, sobre los fines colectivos;

En términos más concretos se habla de la crisis del gobierno local y de lo local en general, de una parte, y de la crisis de actores ciudadanos y de los objetivos de actuación colectiva, de otra.

Claroscuros en el mundo de la participación

Queramos o no, por muy amplia y sincera que sea la voluntad de quienes utilizamos el término, la participación es un comodín que, con el paso del tiempo y con la evolución de las democracias representativas, resulta “sospechoso” o, como mínimo, pierde credibilidad, porque los actores en presencia no perciben que se substancien en la práctica, no llegan a consolidarse en prácticas de participación real. Por tanto, de partida, no podemos obviar en que terreno nos movemos (una vez más el lector expresará en el modo en que quiera si se ve representado o no, si está o no de acuerdo, en qué medida sí o no y por qué) cuando transitamos con dificultad sobre el bacheado empedrado por el que se mueve la participación, por tratarse de caminos poco practicados, habría que quitar toda la maleza, rehacer caminos, ampliar travesías, nuevas alternativas de desplazamiento, de ida y vuelta…

Las sospechas de utilización sesgada e interesada de la participación son indisociables de la concepción peyorativa de la política, desafortunada pero realmente tan extendida. Es necesario para todos los actores, transcender, reinventar, dignificar socialmente la imagen y los contenidos prácticos de la política. A día de hoy parecen funcionar inexorable e impermeablemente “fronteras de protección” y “zonas de seguridad” entre los ciudadanos en general y la política (y las elites de funcionarios anexas). Esas fronteras resuelven el extrañamiento, el discernimiento, el alejamiento, en definitiva el distanciamiento entre la participación real y la ciudadanía y el establecimiento de divisiones dicotómicas (los buenos-los malos, los feos-los guapos…)

La lejanía propicia un retorno hacia lo privado, hacia el individualismo, hacia las concepciones competitivas concretadas en la Sociedad del Bienestar (6), por oposición al Estado del Bienestar (7).

Actores en principio poco sospechosos de actuar en perjuicio de la participación ciudadana, como grandes ONG y organizaciones dedicadas al voluntariado, se expresan y actúan frecuentemente en términos economicistas, de competitividad, de calidad total, de excelencia organizativa, al estilo de cualquier gran empresa transnacional que busca

la maximización de beneficios y la minimización de los costes. Legislaciones sobre voluntariado y el celo de muchos especialistas en la materia contribuyen a consagrar esas directrices en un campo de acción asociativo/ciudadana que, al menos en origen, debe responder a lógicas y claves contextuales alejadas de la lógica económica-empresarial.

Estos discursos y las prácticas que llevan emparejadas no ayudan lo más mínimo a crear, recrear o recobrar un clima de confianza en las instituciones formalmente democráticas y en los representantes de los ciudadanos. Al contrario, consolidan una especie de matrimonio de conveniencia basado en la desconfianza, en la aceptación de la convivencia democrática como el menor de los males posibles.

Este tipo de concepciones ideológico-culturales son susceptibles de provocar desmovilización y de legitimar y justificar hechos consumados que se compadecen mal con las necesidades y demandas culturales y que sufren el riesgo de ser consideradas manifestaciones de corrupción política generalidad.

Los analistas más críticos manejan entre su vocabulario conceptos como la “corrupción política”, “la connivencia cooperativa entre sectores de la clase política y el mercado”, han sido estudiadas desde numerosos enfoques y desde una perspectiva diacrónica muy amplia. Se habla de la corrupción política (bajo ciertos límites de extensión (8)) como el

aceite que necesita el engranaje de la máquina del mercado. Los parlamentos como meras cámaras de registro, los desequilibrios en la distribución de fuerzas políticas (las mayorías absolutas), o determinados giros legislativos que consolidan principios contrarios al interés general (9) y que desequilibran la correlación de fuerzas, siempre en perjuicio de los ciudadanos, sufridores pasivos.

Aunque estos procesos denunciados no constituyan prácticas masivas o mayoritarias si que aparecen frecuentemente entre los discursos de actores no institucionales, como explicación o como coartada para la falta de participación.

La única forma cotidiana de oposición ante las “políticas de hechos consumados” son las protestas mediáticas (10) o las manifestaciones de ciudadanos o colectivos afectados autorizadas si se siguen los trámites y plazos legales. Si a esto añadimos como rasgos de algunas respuestas institucionales la generosa presencia de fuerzas de orden público y seguridad, la dificultad para que los manifestantes se entrevisten con los responsables con competencias públicas en las materias que en cada momento sean objeto de reivindicación (la relación entre ambas partes puede llegar a limitarse a entregar por escrito y siguiendo los cauces reglamentarios las interpelaciones de los manifestantes) el escenario de participación e intercambio comunicativo es frecuentemente contraproducente y consolida las distancias.

Las consecuencias se confirman o se exacerban aún más si la respuesta institucional también es exclusivamente mediática (utiliza ese cauce, exclusivamente) y además en un sentido que tiende a minusvalorar las protestas y a vincular a los manifestantes de haber sido manipulados por grupos políticos de oposición (11), por organizaciones, etc., en forma de metonimia, tomando la parte por el todo.

El problema añadido a este intercambio de discursos es que afianza las desconfianzas mutuas y refuerza el autismo político encerrado en su burbuja de cristal y en atribuciones externas de responsabilidad.

Los grupos ciudadanos aumentan en su indignación y se piensa en prácticas con más resonancia política, son aquellas en las que los gobernantes se sienten en cierta forma presionados.

Con estos presupuestos, cada vez más, el replanteamiento de la participación irá adquiriendo el carácter de necesidad social, cuyo afrontamiento, no podrá diferirse indeterminadamente, sine dia. El papel que se reserva a una mayoría de ciudadanos es el de “víctimas” de las decisiones, “paganos”, instrumentos (unos coartadas de otros) no se

adivina como el nutriente más saludable sobre el que afirmar nuevas alternativas de participación, aunque probablemente sí como detonante para el desenlace, para llegar a tocar fondo.

El clima resultante no está lejos de la desmoralización ciudadana que es necesario remover y desenmascarar, en pos de un pragmatismo participativo que abra ventanas a la participación, a la utilización de otros modos de las instituciones democráticas.

Bajo esta lógica, la participación no pasa de ser, en la mayoría de los casos un eslogan (como ocurre con la excusa o coartada de “lo alternativo”, por ejemplo) frecuentemente ligado a otras coletillas como la participación ciudadana, las necesidades básicas, para mujer (género), para jóvenes, para el medio ambiente, para el desarrollo sostenible. Tanto los eslóganes como las “coletillas”, a pesar de ser moneda de cambio entre los interlocutores que tienen en boca la cuestión de la participación, suelen estar vacíos de contenido, no se plasman en las prácticas, el orden del decir no compromete, simplemente presupone el orden del hacer. Manoseamos el término y en consecuencia resulta sospechoso, “culpable” hasta que no se demuestre lo contrario, en unaconcepción cínica de la participación que trata a los ciudadanos como instrumentos.

La democracia realmente practicada, la existente, aquella con la que convivimos o en la que nos aislamos, no oculta la “verdad”, como ocurre en el caso de los regímenes dictatoriales, pero los ciudadanos (incentivados por la realidad proyectada desde los medios de comunicación de masas) pueden interpretar, fruto de las actuaciones relativamente cotidianas de responsables políticos, que en nuestras democracias esa“verdad”, se prorroga, sólo se comparte transcurridos unos meses o incluso unos años después de ocurridos los hechos.

Este fenómeno ha sido conceptualizado por autores como J. Ibáñez en su explicación del proceso de inyección de neguentropía. Con dicho proceso describe teóricamente la situación de intercambio de “flujos de información” entre las bases sociales en cualquier organización social y la cúspide en la que habitan las elites dirigentes (gobernantes / gobernados o representantes / representados, en la terminología que venimos manejando). En la cúspide resulta interesante e imprescindible acumular la mayor cantidad de información posible extraída desde la base (frecuentemente recopilada a través de encuestas de opinión). Una vez conseguida e interpretada, no se devuelve información sobre las bases de potenciales informantes, no se devuelve la flecha del proceso de comunicación, antes al contrario se inyecta neguentropía (en términos de sistema informacional), datos desestructurados, inconexos, diferidos en el tiempo, parciales que inhiben la perspectiva integral.

Como ejemplo cercano a nosotros, el discurso publicitario se convierte en el discurso comunicativo más pragmático y efectivo, recurrente, utilizando los criterios que elsujeto percibe como propios a modo coartada (sin descuidar el que la publicidad también es en parte responsable en la creación de esos criterios, valores u opiniones).

En el diagnóstico de Ibáñez, la sofisticación de las técnicas de comunicación contribuye de modo relevante a la pérdida progresiva de cotas de autonomía; el silenciamiento de la crítica y de la autocrítica en la “democracia del ruido (12)” nos conducen a la sobredosis de información sin sentido personal. Se consigue de este modo reproducir y reforzar la

dirección y el sentido de las relaciones de poder, con el apoyo inestimable de la estadística y de la investigación sociológica. El mito de la información perfecta es cada vez más insostenible, especialmente conforme aumenta el desarrollo tecnológico y la revolución de la información. La tecnología no elimina, aunque potencialmente podría hacerlo, las barreras sociales. Los monopolios y los controles sobre la información limitan la introducción de estructuras participativas igualitarias, y provocan grandes críticas y sospechas acerca de los mecanismos de manipulación que encierran. La información, la propaganda, la publicidad (13) son variables que intervienen en cualquier aproximación teórica a los conceptos de manipulación o el control social, tan cercanos a los claroscuros a la participación que hemos identificado.

Tengan o no base real, las sospechas y las presunciones son un ingrediente más que espesa el caldo de cultivo para la desmovilización, el desinterés y la pasividad de las mayorías. Los conceptos de opinión pública y de sociedad civil, en una utilización marcadamente politizada e ideologizada, conducen a la incomunicación social, entre las elites políticas y los ciudadanos, pero también entre los ciudadanos entre sí.

La lejanía percibida entre extremos conduce a la oposición irresponsable, indiferenciada, a la crítica destructiva, a la estigmatización de aquellos percibidos como adversarios en intereses. La sensación negativa de autosuficiencia, por oposición, impide la más mínima relación constructiva, en el seno de un proceso de ping-pong de estigmas altamente peyorativos.

Provenga de donde provenga, la pasividad es respetable pero no puede hacerse militancia de ella. Igual que es duramente criticable la actitud y la responsabilidad de la clase política en la crisis de las democracias, lo es el desinterés ciudadanos, por más justos o argumentables que sean los motivos. La violencia de la calma, de la pasividad, en un campo de actuación e implicación tan importante para la vida en comunidad, son fiel indicador de violencia cultural (14) alimentada desde la base social.

Aprovechando esa pasividad indolente, se presenta una realidad compuesta por valores absolutos inalterables e indiscutibles, que insisten machaconamente en la mentalidad dicotómica de superación de las crisis, en sentido amplio, y que nos impide analiza la complejidad de la realidad social.

Esos discursos repetitivos empobrecen la capacidad colectiva de ampliar lasperspectivas, perpetúan procesos psicosociales de rutinización, procesos claramente rebasados por el mundo social real, cotidiano.

No se puede silenciar la responsabilidad de los medios, entendidos como actores sociales, en la desactivación de determinadas formas de organización social y de participación en la resolución de los problemas de los sistemas sociales, en la reproducción de relaciones de poder, de correlaciones de fuerzas totalmente alejadas de cualquier ideal participativo.

Los medios de comunicación de masas se han convertido, en apariencia, en los únicos actores capacitados para comprender y explicarnos la realidad en todos sus aspectos, y hacérnoslas llegar; adquieren el carácter de instrumento normativo que domina y controla usos y costumbres de grupos sociales y de modos de vida.

Se empobrece la concepción del mundo, la cultura del espectáculo lo impregna todo, resultan minimizados los valores culturales y sociales autónomos… La democratización y la participación en la producción, difusión y utilización de la información, constituyen otros de los desafíos a abordar.

Desestabilización de las democracias representativas

Es cotidiano escuchar constantes cantos de sirena sobre este particular, no únicamente por la actuación de la clase política y por el alejamiento ciudadano respecto de la política, sino por los intereses de la “oligarquía del dinero”, profundamente concentrada en reafirmar el desequilibrio en la correlación de fuerzas para la participación en la definición y ejecución de alternativas. Los procesos de desestabilización cobraron especial fortaleza en los 80, especialmente en la sociedad norteamericana, y han ido reproduciéndose en cada vez más contextos democráticos.

Argumentos como estos ya fueron expresados desde la Teoría Crítica; autores de la Escuela de Frankfurt como Fromm y Marcuse ya caracterizaron con amplitud en su crítica radical al concepto de cultura, su perspectiva acerca de los “ciudadanos unidimensionales” (15) (autistas, volcados hacia el ámbito privado, “mutilados” en términos participativos y de cooperación en la transformación de las realidades que les afectan) y el miedo a la libertad. En el contexto actual, su diagnóstico volvería a reproducir los auténticos obstáculos a la construcción de alternativas participativas que estos y otros argumentos plantean. En palabras de Fromm: “El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que supone socialmente que ha de desear” (Fromm).

Estos hechos sociales, los argumentos, si efectivamente concluimos que tienen base real en nuestra sociedad y en las sociedades de nuestro entorno, constituyen clarísimos obstáculos que van socavando constantemente las alternativas de participación ciudadana y cualquier iniciativa social activa con voluntad de introducir cambios. Esa

extensión global, ha sido comparada con una enfermedad, de modo que se ha hablado incluso del “Sida de la democracia representativa”. Hay alternativas y se puede actuar participativamente para frenar y revertir la expansión del virus.

Ordenemos las ideas. Las desigualdades empiezan a manifestarse a través del dinero, de la polarización social, de las desigualdades con origen socioeconómico. Continúan con la intervención de los medios de comunicación de masas. Intereses económicos y mediáticos hacen un flaco favor a las democracias representativas y a su fondo participativo. Si no se pone coto a esta tendencia, está empíricamente analizado y difundido en la literatura especializada, las democracias se oligarquizan.

Cuando se desdibujan las formas de participación, también lo hacen las alternativas, como auténticos vasos comunicantes, al igual que lo hacen las formas de militancia y otras formas de ver la sociedad. Únicamente se hacen perceptibles las diferencias individuales por el dinero que se posee. Ese tipo de diferenciaciones individualizan de manera altamente peligrosa las sociedades y dibujan escenarios de futuro muy poco halagüeños.

Ahí se encuentra el núcleo de la muerte de la política, entendida como la intervención activa de los ciudadanos, de los grandes colectivos, de la res publica. Instituciones hacia abajo hay un precipicio imposible de escalar desde las bases, el precipicio es tal que, mezclado con la comodidad y la pasividad, diagnostican males crónicos de altura y de bajura (respectivamente). Esa muerte de la política corre paralela e interrelacionada con una participación enferma, en crisis (en el sentido occidental, lo que hace más difícil crear las alternativas para salir de ella), manoseada, que vegeta, moribunda. Las desconfianzas cruzadas se instalan, percolan en la sociedad, se enquistan en ella.

Ámbitos importantes de la vida política, formalmente participativos (definidos como tales por la acción participativa) son coto vedado de “caza”, en el cual los ciudadanos son los agentes pacientes pero no los sujetos activos. Lo que ocurre es que este tipo de dificultades no son “problemáticas sentidas”, no constituyen interrogantes que importen, las atribuciones de responsabilidad siempre son externas, alejadas, siempre ese tipo de cuestiones competen a otros. El vicio de la gobernación mediática hace el resto.

Relación micro (contexto local) macro (contexto global). Extensión de la crisis de la democracia y de la política

Si transcendemos nuestro ámbito más cercano, más próximo, el local (cuestión intelectual y materialmente cada vez más dificultosa), observamos cómo las democracias de corte occidental, y más concretamente las europeas, parecen estar atrapadas en una profunda contradicción.

Los ciudadanos “representados” no dejamos de pedir al Estado (en sus distintas manifestaciones territoriales y competenciales), pero simultáneamente, prejuzgamos y condenamos de modo sumarísimo a sus agentes o representantes.

Lamentablemente, esa contradicción responde a la concepción estrictamente occidental del término, por contraposición a la idea china de contradicción. Para la civilización china (16), las contradicciones, las crisis no son sino los puntos culminantes de un proceso de replanteamiento radical (que va a la raíz) de cual que se extraerá un estadio muy por encima del que estuvo en el origen de la crisis.

Para nosotros, alejados de la concepción china de las crisis, las contradicciones son el final del trayecto, la estación término, el corte definitivo de las vías, el precipicio al final del camino. La influencia del paradigma científico cartesiano y de las formas de pensamiento que se derivan, nos lleva al atolladero de, una vez diagnosticada una contradicción seria, termina el proceso, se empieza desde cero, descartando todos los ingredientes o variables que llevaron a la contradicción. El pensamiento dicotómico o sectario es una manifestación intelectual más de ese estilo de afrontar las crisis, las dificultades, las contradicciones.

Dicho esto, es un secreto a voces que el fenómeno del aumento de la abstención en las consultas electorales (por sufragio), deja patente la crítica, el malestar generalizado hacia los dispositivos institucionalizados en las democracias representativas, cuya utilización e implementación se interpreta como vergonzante, en la medida en que pervierte la democracia misma.

En las condiciones actuales de profundización en las inercias y bloqueos, en las “servidumbres, déficits, clientelismos y miserias” de determinadas formas de participación reglada, parecería como si el “fenómeno” se tornara irreversible ante nuestros ojos y ante nuestras manos, a menos que se sienten progresivamente las bases para revertir y transformar esa realidad bloqueada, en la que malvive la participación.

En cualquiera de los ámbitos territoriales o jurisdiccionales, la abstención electoral es el común denominador, incluso alcanza su cima en contextos internacionales (incluso en la democracia estadounidense). Se vincula cada vez más a la aparición de una clase política modelada al amparo de los vientos de la regionalización del sistema mundial, de

la tripolaridad EE.UU., Unión Europea y Japón (con sus respectivas áreas deinfluencia), vientos que han ampliado sus límites.

Determinados analistas internacionales consideran que esa clase política se refuerza y se estructura siguiendo estructuras dinásticas, pseudoprofesionales, “familias hereditarias de intereses”. Ese tipo de consideraciones no son exclusivas de estos intérpretes, no son extrañas para munícipes o ciudadanos en cualquier ámbito territorial europeo.

Es innegable que existe una falla crecientemente pronunciada, la disociación entre los ciudadanos y sus representantes, falla que nos conduce hasta un diagnóstico preocupante pero realista, que no es otro que la definición de los regímenes políticos occidentales como representativos, parlamentarios o plenarios (en el ámbito local) pero no democráticos.

En el seno de esta dinámica “viciada” y poco edificante de funcionamiento, no son esporádicos los discursos en los cuales los representantes de los ciudadanos emplean, en momentos puntuales, argumentos que priorizan la legitimidad democrática de su representatividad por encima de los derechos y necesidades de los ciudadanos, de manera que sólo la siguiente contienda electoral otorgará a los electores (que no al conjunto de la ciudadanía) la capacidad para aprobar o desaprobar sus gestiones. La esencia democrática queda reducida a los diez minutos dedicados a las elecciones cada cuatro años, mientras que las prácticas e interacciones de naturaleza participativa son subsidiarias, cuando no, carne de cañón para utilizaciones pseudopublicitarias y sesgadas.

Por supuesto que esa esencia es mucho más democrática que las propias de regímenes que soslayan y socavan sistemáticamente y de raíz (sea cual sea su derivación ideológica) los derechos más elementales de la ciudadanía, rechazando cualquier mínimo resquicio de democracia representativa.

Pero eso no es suficiente, no responde a los interrogantes:

¿Por qué las elecciones, por sí solas, no son propiamente democracia?

¿Por qué las formas de democracia desarrolladas son ajenas a la participación real y efectiva de los representados? ¿Por qué no hay “pueblo”, ciudadanía o participación popular, propiamente dichos?

¿Podemos construir, buscar nuevas formas de expresión, otras formas de participación en la vida social cotidiana?

La disociación que venimos caracterizando, la falla, sólo es inteligible como una vivencia, en cierta forma, alienada, conformista. Y aquí aparece otra vertiente a analizar dentro de la misma contradicción; la falla se ensancha en un tiempo histórico en el que la radio, la prensa escrita, la televisión y las nuevas tecnologías de transmisión de datos e informaciones en tiempo real, permitirían informar a los ciudadanos y “democratizar” el conocimiento, como paso previo a la participación ciudadana efectiva.

Los dirigentes de los partidos políticos (manifiestamente no muy preocupados), en un clima desfavorable, a contracorriente, minoritario y socialmente desprestigiado, parecen no ser más que simples “forofos” en el sentido norteamericano del término, festivos, de “telemaratón”. En esa realidad con rasgos autistas, proliferan parte de los militantes políticos que quieren dedicarse a la carrera política, de modo análogo a como representantes de la clase burguesa de antaño, del siglo XVII, querían entrar a formar parte de la nobleza más distinguida.

Ante estas coordenadas, los ciudadanos, víctimas (17) de la frustración y de la desmoralización (siempre destacando la cara inversa, las posturas acomodaticias, indiferentes convencidos, irresponsables o impotentes) acaban por perder o dejar alejarse las más mínimas referencias ideológicas y, no sólo eso, se sienten sin recursos,

menospreciados y minusvalorados.

En sus manifestaciones más reactivas, la frustración provoca un activismo participativo (participacionista en términos sociológicos) que trata de recobrar la vitalidad (sí es que alguna vez a existido como tal) y de hacer rebrotar espacios para la aparición de instancias o contra-poderes pretendidamente democráticos, pero con escasa capacidad. Sea como fuere, estas instancias son testimonio de o indicador imparable del alejamiento de los ciudadanos de las formas o cauces tradicionales (tradición que en el caso español tiene el agravante de contar con tan solo veinticinco años de prevalencia) de la vida política representativa y de la voluntad de participación y el encauzamiento de las actividades que afecta a la comunidad local.

Un indicador más de debilidad de las democracias representativas, en principio sorprendente, tiene que ver con la cercanía a la clase política “profesional” y a su área de influencia (que simula la figura de los círculos concéntricos, en términos arquitectónicos) de aquellos que hablan de modernizar la política. Esa proximidad, al menos por el momento, aborda la consecución de los objetivos, por poco ambiciosos que estos sean, en la medida en que reproduce discursos, tendencias y tics que están en el origen de la degradación del modelo, siempre en términos participativos.

Las formas tradicionales del sistema representativo son, en principio, indiscutibles (que no inflexiblemente inmutables), pero el horizonte de posibilidades que ha generado es estrecho y pobre. Y lo es porque, no podemos perder de vista el bagaje histórico, las coordenadas sociopolíticas en las que aparecieron los dispositivos políticos antecedentes de nuestra herencia democrática formal.

Estos antecedentes nos remontan hasta finales del siglo XVIII en lo temporal, y a las revoluciones americana (1778) y francesa (1789) en lo territorial y en lo sociopolítico. Con ellos se originó la construcción de un nuevo orden político y un proyecto social acorde al análisis de las sociedades de aquella época y su contextualización.

Los principios en los cuales se apoyaba la construcción, es decir, los derechos humanos y la separación de poderes, siguen vigentes. Pero no es menos cierto e intelectualmente asumible que desde que se forjó el “modelo republicano y democrático”, las coordenadas han girado, han aparecido nuevas y muy potentes fuerzas (como en el caso de la organización capitalista de las sociedades, en el de la capacidad científica y en el desarrollo y extensión de los medios de comunicación de masas).

En cualquier caso, ningún proyecto institucional o estatutario las ha tenido presentes (a esas nuevas fuerzas) con objetivos participativos o de profundización en la democracia real; lo que sí se ha tenido muy en cuenta, en todos los planos, global y local, y de espaldas a los ciudadanos, ha sido el orden económico que, de manera solapada e ideologizada (subterfugios propagandísticos) ha ido adquiriendo poco a poco rango de ley, imponiendo sus criterios y sus juicios. Además, aquello que no goza del soporte de legal, se consigue vía ilegalidad permitida, vaguedad legal o justificación política, o incumplimiento de la ley por el propio legislador.

Las preguntas que inmediatamente acuden son… ¿qué queda de la capacidad de la democracia política para oír su voz?; ¿preocupa realmente a los responsables y representantes políticos?

APUNTES FINALES

Hemos denominado a este último epígrafe apuntes finales y no conclusiones porque, como fácilmente se entenderá, presentar una batería de conclusiones cerradas contravendría la coherencia de la comunicación. No ha sido nuestro objetivo presentar certezas, certidumbres absolutas, sino centrar las claves de los discursos, de las realidades sociales intervinientes, de las variables y de las alternativas, no como ideas conclusas sino como substrato para instituir y construir nuevos escenarios y nuevas formas de participación.

La participación, como tantas otras variables psicosociales, se empobrece teóricamente y en la praxis cuando se interpreta en términos dicotómicos, excluyentes o extremos. Nos parece más útil recuperar la idea china de contradicción, la transcendencia de los problemas, la superación dialéctica de las líneas de falla. Para la civilización china, las contradicciones, las crisis no son sino los puntos culminantes de un proceso de replanteamiento radical (que va a la raíz), del cual se extraerá un estadio muy por encima del que estuvo en el origen de la crisis. Dicotomizar empobrece los discursos y las alternativas, y contribuye a la profundización en las inercias y en los bloqueos que están en el origen de las crisis a largo plazo.

En esa misma dirección, cualquier tipo de sugerencias de actuación o de afrontamiento de los procesos participativos tiene mucho que aportar si se concibe, y además se practica, bebiendo de un concepto de socialización distinto al tradicional, alejado de las relaciones causa-acción (socialización) efecto-reacción (resultados socializadores sobre los sujetos).

Según la ‘teoría de la socialización’ tradicionalmente manejada, los individuos asumen la normativa social a través de un proceso de socialización siguiendo un mecanismo o dinámica circular: la estructura normativa es asumida por los agentes del proceso de socialización. Una y otra están vinculadas por una relación de causación recíproca y por

eso se reproducen mutuamente. Vendría a simplificarse en “definamos unas normas y socialicemos a los actores en ellas”.

La libertad se hace posible con las distintas formas de actuar de diferentes personas, no consiste sólo en elegir entre las posibilidades dadas, sino también y sobre todo, en producir nuevas posibilidades. La democracia debe trascender la escasa participación en la producción de alternativas, no imponerlas o darlas por supuestas. Cosificar el sistema social como un sistema mecánico para poder provocar los efectos deseados consiguiendo el control sobre las causas es una entelequia participativa.

Concretando más, podemos hablar de esa realidad como la diferencia entre participar o ser participado (18). El sistema social pervive a los individuos pero, para perdurar depende de nuevos individuos que, a su vez, sufren o disfrutan de unas formas de vida en el contexto social, en las que mucho tuvieron que decir las generaciones anteriores. Permítasenos la comparación; la humanidad no es un gran supermercado de la última ola tecnológica en la que individuos indiferenciados -generación tras generación- hacen cola para comprar a precios monopolistas e invariables productos que otros han convertido en necesarios; es, por el contrario, un zoco donde los compradores tienen la

posibilidad del regateo, de la interacción, de definir sus necesidades, de modificarlas (19).

El mecanismo de la socialización hace posible la constitución ‘objetiva’ del objeto social -la libertad social “ahí fuera”, externa, ajena, otorgada- por medio de su constitución ‘subjetiva’ -la presencia de esa realidad en el sujeto individual, en cada uno de nosotros. Y al contrario, la normativa social hace posible la constitución ‘subjetiva’ del objeto social a través de su propia constitución objetiva- sólo cuando es asumida por los agentes de socialización. Se trata, por tanto, de trabajar sobre claves para la socialización activa en la participación, en proceso, constructiva, hologramática, de los ciudadanos, de los “participantes”. Pero, Los sujetos socializables no son tablas rasas o pizarras en blanco; una vez diagnosticada la situación y vislumbradas las alternativas de acción, es necesaria la implicación activa y creativa de los actores, evitando la reproducción de prácticas y recetas neguentrópicas, orientadas verticalmente desde arriba, y las posturas acomodaticias e insolidarias de esos mismos actores hacia la realidad de su entorno, de manera primaria, el más inmediato.

Con este enfoque, hemos pretendido transcender en las recomendaciones y sugerencias la teoría estándar de la socialización, que reproduce la división tradicional ciencia básica (investigador omnipotente que lanza unas recetas) ciencia aplicada (participación, relación sujeto-objeto). Se trata de construir un concepto de socialización empoderada.

La teoría de la socialización como mera interiorización ha sido crecientemente cuestionada en los últimos tiempos. Cada vez más, los estudios sobre el tema prefieren hablar de “Desarrollo Social”, de “emergencia de la competencia cultural”, de “construcción de la realidad por los niños”, etc. Son nuevas fórmulas que expresan una

perspectiva distinta de la tradicional, de un empirismo y un ambientalismo extremos. Navarro lo expresa… “Por lo que hace al trabajo sobre socialización, [en los años setenta] se abría paso la impresión de que el niño debía considerarse como algo más que un ‘recipiente cultural’, que se llena pasivamente con lo que los adultos le presentan como realidad social. La investigación realizada en muchos campos de la psicología del desarrollo indican que los niños se hallan involucrados activamente en la construcción de una cierta visión de la realidad; no adoptan simplemente de manera pasiva lo que los adultos les suministran”. (M. Bennet, 1993, pp.8).

Si la teoría estándar de la socialización fuese capaz de explicar por sí sola la constitución del individuo como sujeto social y, por ende, el mecanismo de reproducción de la realidad social, bastaría con sencillas estrategias de comunicación socializadora para conseguir la internalización en la dirección buscada (participativa, activa…). Afortunadamente no es tan fácil. Algunas experiencias de coeducación, la retroalimentación de los modelos simbólicos de identidad, dinámicos, autocontruidos, requieren de procesos a largo plazo, incluso de generaciones, que transciendan otros modelos sociales y se substancien en un desarrollo de una identidad simbólica que moviliza hacia determinados tipos de acción participativa.

Este ideal, no irrealizable, tiende hacia ciudadanos activos, no meros recipientes socioculturales de alternativas definidas externamente sino involucrados activamente en la construcción de una visión de la sociedad, próxima a elementos simbólicos, a la identidad como necesidad básica. Lo mismo ocurre en el caso de las instituciones que en el de los expertos, los científicos externos que reproducen la verticalidad hacia abajo, que está en el origen, entre otros factores, de los obstáculos y la crisis de la democracia formal.

La analogía con la tarea de crear alternativas participativas en un contexto social delimitado es casi instantánea. Los fenómenos de cambio social -de surgimiento de nuevas formas de ‘orden social’- no sólo explicables, son posibles.

Todo lo que constituye al individuo como sujeto social competente e integrado no le viene dado desde fuera -por socialización-, por que en caso contrario, ese individuo jamás estaría en condiciones de cambiar esa realidad que se le vendría impuesta desde el exterior y de la cual sería mero receptor (20). Pero es evidente que los individuos sociales no sólo son capaces de cambiar la realidad social (no podemos caer en el pesimismo que puede emanar del diagnóstico de la situación participativa ciudadana), sino que pueden y suelen hacerlo en el sentido de regenerarla con formas más y más complejas. La teoría misma de la socialización debe resultar cuestionada, y en ese proceso, nuevas formas de participación pueden verse muy favorecidas, construidas, buscadas como parte constitutiva del individuo social, como una necesidad básica satisfecha autónomamente, no como una realidad de hecho impuesta desde fuera por entes que superan al individuo, o por actores particulares privilegiados en el ámbito de las correlaciones de fuerzas y los ámbitos de poder.

La responsabilidad de la investigación social y de sus productos no es colateral. Con frecuencia, el discurso más contaminante simbólicamente es el científico. Una teoría científica tiende a devenir un sistema cerrado, en la medida en la que la teorización del saber cumple una función para el sistema, es esencial para la coherencia de las instituciones, a las que proporciona un metalenguaje común, pero también la cumple para el sujeto, cicatriza la palabra, la expresión bajo una lógica implacable.

“Nadie como el científico (es decir, el que amputa todas las demás dimensiones de su existencia) está tan alejado a la vez de lo real y de lo imaginario”. (Navarro)

Siguiendo la analogía, algo se puede aprender del concepto económico -en relación con la vida social- de Economía Budista (21) que considera el trabajo como la fuente que da al hombre una posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades, le ayuda a liberarse de su egocentrismo, uniéndose a otras personas en una tarea común. Nunca debe llegar a ser algo aburrido, sin sentido, que idiotice y enerve al hombre. La preocupación debe ser por la gente, no por las mercancías.

Tiempo atrás, el orden social generaba pocas necesidades que podían ser satisfechas para todos. En la sociedad de consumo se asiste a un cambio radical, las necesidades siempre exceden los bienes y servicios disponibles para su satisfacción, por el efecto de la publicidad que “produce”, “crea necesidades”. Ni siquiera aquellos “privilegiados” en posición preponderante ante el consumo pueden ni soñar con disponer de toda la gama de productos existentes.

Ante esta realidad (22), a modo de punto y a parte, son escasos pero crecientes los grupos de ciudadanos, en EE.UU. y en algunos países europeos que han reaccionado ante lo que consideran la esquilmación silenciosa del entorno, fruto de la acción individual y grupal, y de una idea vehemente de desarrollismo a cualquier precio. Frente al productivismo en el territorio proponen el ahorro energético, una política de infraestructuras a escala humana y de las necesidades locales, la política de suelo y, en general, unos modelos de consumo responsable que reequilibre la desigual relación entre los ciudadanos y el productivismo. Son movimientos filosófica y prácticamente muy bien documentados, formados y estructurados (simbólicamente, identitario) cuyas aportaciones no pueden ser silenciadas o menospreciadas por mucho más tiempo.

Sea como fuere no se debería apreciar todo este tipo de cuestiones desde un punto de vista bipolar, dicotómico como la lucha de contrarios; con frecuencia, aquellos elementos que parecen más contrapuestos y desligados resultan más explicativos como complementarios que como elementos dialécticamente distanciados.

El diagnóstico que compone el cuerpo de esta comunicación, puede ser traducido en términos de violencia cultural, con responsabilidades cruzadas y múltiples (como ha quedado patente) fruto de la insatisfacción de la necesidad básica de participación. Esa insatisfacción, las limitaciones de los satisfactores que efectivamente actúan y la reproducción en situaciones de violencia cultural colectiva apuntan hacia nuevas formas participativas que reviertan la definición de la situación.

Galtung define violencia cultural como: “Aquellos aspectos de la cultura, de la esfera simbólica de nuestra existencia -ejemplificada por la religión y la ideología, el lenguaje y el arte, la ciencia empírica y formal (lógica, matemáticas)- que pueden utilizarse para justificar o legitimar la violencia directa o estructural. Reflejan aspectos de la cultura, no culturas completas.” (Galtung: 1990)

Cualquier parecido con la realidad que hemos pretendido caracterizar no es mera coincidencia.

Nuestras “conclusiones” apuntan hacia un claro escenario de obstáculos que inhiben la participación. En consecuencia y siendo coherentes, concluimos que para que la participación social, en sentido amplio, recupere el peso social deseable, para ser satisfecha socialmente, como necesidad social básica individual, grupal y para las democracias mismas, precisa de una refundación no sólo reforzando su carácter de necesidad de libertad, sino también y especialmente (23) (una vez irreversibles y no amenazadas ciertas cotas de libertad) profundizando en la participación como necesidad social de identidad.

Para que la participación deje de estar vacía de contenido, para que se vaya nutriendo, abonando, se ha de alimentar desde el plano material, práctico, de recursos, pero especialmente desde el plano simbólico, cultural, ideológico, identitario, a largo plazo (incluso de generaciones), que contrarrestre las situaciones de insatisfacción y violencia cultural, que afiance situaciones de empoderamiento real.

La lógica economicista-mercantil, está parcialmente (24) en el origen y en el fondo de las carencias participativas de las sociedades modernas, y en buena lógica (apoyada por las realidades empíricas) no puede ser el nutriente, no puede fijar en exclusiva la ideología simbólica que substancie nuevos escenarios y formas de participación.

La réplica ante la progresiva eliminación de instrumentos culturales como la planificación o la participación ciudadana, el cooperativismo, incapaz de contrarrestar, muchas veces ni aparece para interferir en la libre actuación del mercado, no cuestiona la hegemonía de los agentes económicos; los ciudadanos, los sectores activos ciudadanos y especialmente los legisladores y gestores públicos deben replantearse estas cuestiones tan importantes.

Una “nueva (25)” ideología de la participación se ha convertido cada vez más, en el contexto de la crisis urbana y la crisis de las democracias, en necesidad básica, en factor limitante para reencontrar, recuperar y hacer rebrotar (como si de un manantial cultural se tratase) el discurso ciudadano, la práctica ciudadana extraviada, apagada, de lo urbano, de los ciudadanos; el gobierno, en definitiva, de nuestras ciudades y de su vida social. El empoderamiento requiere de convicciones ideológicas, de internalizaciones simbólicas, no sólo de acciones más o menos aisladas y voluntaristas.

El eje de la participación está en un origen desde abajo, horizontal, autofinanciada, guiada no por reglamentos municipales ni con financiación pública como única finalidad (conseguir recursos públicos). Ahora bien, la madurez participativa cruzada (representantes/representados) requiere de flexibilidad reglamentar, de un perfeccionamiento adaptativo de las estructuras y de los recursos, que aproveche el potencial ciudadano (las denominadas bases potenciales) y que esté dispuesta a asumir el empoderamiento, el reequilibrio de fuerzas y la pérdida relativa de cotas de poder por parte de la clase política y del funcionariado.

Este tipo de cambios sociales cualitativos pueden producirse con la transformación de ciertas estructuras y procedimientos de las instituciones ya existentes, con una transformación más profunda y, difícilmente sin el contexto de las instituciones públicas.

Sin ese rearme simbólico, la reproducción del débil modelo de participación perdurará, sujeto a vicisitudes y cambios más o menos llamativos, según sea la vehemencia coyuntural de las reivindicaciones, de sectores activos ciudadanos, o de la base ciudadana potencial.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

FROMM, Erich (1993): El miedo a la libertad, (1941), Barcelona, Planeta.

GALTUNG, J. (1990): “Cultural Violence”. Journal of Peace Research, vol. 27, 3, 291-305.

GARRIGÓS, Alfons (1994): “Los dioses de la escritura: los textos de I. Illich sobre los textos”, Archipiélago, XVIII-XIX,

169-173.

IBÁÑEZ, Jesús (1997): A contracorriente, Madrid, Editorial Fundamentos.

IBÁÑEZ, Jesús (1992): “Residuos imaginarios y simbólicos”, Archipiélago nº 10/11, 173-182.

IBÁÑEZ, Jesús (1979): Mas allá de la sociología. El grupo de discusión: técnica y crítica, Madrid, Siglo XXI.

TSE, Lao (1989): Tao Te King, Madrid, ed. Libros Río Nuevo.

MARCUSE, Herbert (1993): El hombre unidimensional (1954), Barcelona, Planeta.

MENDIS, Patrick (1994): “Buddist Economics and Community Development Strategies”, Community Development

Journal, vol XXIX, july, 195-202.

VILLASANTE, Tomás R. (1984): Comunidades locales: análisis, movimientos sociales y alternativas, Madrid,

IEAL, 46.

Notas:

(1) Profesor Asociado, Dpto. Sociología II, Psicología, Comunicación y Didáctica, Facultad CC.EE., Universidad de Alicante.

(2) Profesor Asociado, Dpto. Sociología II, Psicología, Comunicación y Didáctica, Facultad CC.EE., Universidad de Alicante.

(3) Esta comunicación está inspirada en la investigación (2001) “Nuevas formas de participación y escenarios de futuro: Construcción de realidades instituyentes a partir de las instituidas” de la que también son coautores Liberto Carratalà Puertas y Javier Casanova Rodríguez, miembros del Grupo Investigador AJAES.

(4) Borja, J. Y Castells, M. Local y Global, La gestión de las ciudades en la era de la información. Taurus, Madrid, 1998.

(5) Cuadro elaborado a partir de: García Delgado, D. “Hacia un Nuevo Modelo de Gestión Local”. Oficina Publicaciones CBC U.B.A. 1997

(6). Cada ciudadano debe, por iniciativa individual, co-responsabilizarse de la satisfacción de necesidades de personas en situación de privación e insatisfacción de necesidades, en servicio de la comunidad.

(7) Estado paternalista, voluntarista, en la línea de los sectores públicos nórdicos.

(8) No hay que convertir a cualquier responsable político en presunto culpable de corrupción, no se puede tomar una parte por el todo, y no queremos caer, por acción u omisión en ese error, en esa sinécdoque intelectual.

(9). Legislación inmobiliaria y de suelo, incumplimiento de normativas ambientales, funcionamientos “arbitrarios” de la justicia, etc.

(10). En medios con una línea editorial determinada.

(11) Sin prejuzgar la certeza o no de esas acusaciones.

(12)Alfons Garrigós, “Los dioses de la escritura: los textos de I. Illich sobre los textos”, Archipiélago, XVIII-XIX, (1994), 169-173.

(13)Jesús Ibáñez, “Residuos imaginarios y simbólicos”, Archipiélago nº 10/11, 1992, 173-182.

(14) Galtung, 1990

(15)Herbert Marcuse, El hombre unidimensional (1954), Planeta, Barcelona 1993.

(16) No es nuestra intención caer en el mito del buen salvaje o en el sesgo de atribución desfavorable al yo o al nosotros.

(18)Tomás R. Villasante, Comunidades locales: análisis, movimientos sociales y alternativas, Madrid, IEAL, 1984, 46.

(19) La Investigación Acción Participativa sobre la juventud alicantina, que conforma gran parte del referente empírico de este ensayo, mostró las posibilidades y dificultades para definir y satisfacer necesidades.

(20) Concepción estándar de la participación heterónoma, fuente de obstáculos, de incompatibilidad.

(21)Patrick Mendis, “Buddist Economics and Community Development Strategies”, Community Development Journal, vol XXIX, july 1994, 195-202.

(22) Se estima que el 20% de la población mundial consume alrededor del 80% de los recursos.

(23) Aquí reside el factor de innovación más importante.

(24) Los ciudadanos en general, las bases potenciales, el modelo de asociacionismo no son ajenos a en términos de responsabilidad.

(25) No en contenidos sino en cuanto a que pueda realmente ser llevada a la práctica.

Globalización, democracia y ciencia

Globalización, democracia y ciencia

por Sergio Ricardo Quiroga

“Lo que llamamos conocimiento es el significado social de símbolos construidos por los hombres, tales como palabras o figuras, dotados con capacidad para proporcionar a los humanos medios de orientación. En oposición a la mayoría de las criaturas, los seres humanos no poseen medios innatos o instintivos de orientación, tienen que adquirir durante su desarrollo los conjuntos de símbolos sociales de conocimiento, los cuales tienen a su vez la función de medios de comunicación y orientación. Sin el aprendizaje de los símbolos sociales dotados de esta doble función, no podemos convertirnos en seres humanos”.

Norbert Elías (1897-1990)

En una época caracterizada como de naturaleza global en los ámbitos de investigación la interpretación entre lo local y lo global, ha dado lugar a distintos estudios que tratan de comprender las formas mediante las que la globalización desde arriba penetra y reestructura las culturas y las economías locales. Al mismo tiempo se resalta que esas culturas y prácticas locales ejercen un efecto sobre las características de nuestra condición global, que se ve alterada a través de procesos de hibridación y mestizaje de significados, prácticas y símbolos que producen una amalgama.

Junto con el fenómeno del cambio económico global, del creciente poder de las empresas transnacionales y del sistema financiero internacional estamos viviendo en tiempos caracterizados por crecientes señales de fragmentación y de fuerzas sociales centrífugas. Vivimos en una época signada por la combinación de tendencias que conducen a un mundo sin fronteras, junto con otras tendencias contrapuestas que erigen nuevos límites y fronteras.

Según J. Joaquín Brunner (1998) el esquema de globalización cultural es la expresión de cuatro fenómenos de base interrelacionados:

* El avance del capitalismo postindustrial y la universalización de los mercados

* La difusión del modelo democrático como forma ideal de la organización de las polis

* La revolución de las comunicaciones que lleva a la sociedad de la información y

* La creación de un clima cultural de época, usualmente llamado postmodernidad.

La Naturaleza cambiante del conocimiento

En un estimulante trabajo denominado “La Nueva producción del Conocimiento” Michael Gibbons, Camille Limoges, Helga Nowotny, Simón Schartzman, Peter Scott y Martín Trow argumentan que estamos asistiendo a relevantes cambios en la forma de producir conocimiento científico, social y cultural. Los autores muestran cómo esta tendencia marca un cambio fundamental hacia un nuevo modo de producción del conocimiento que sustituye, reforma o modifica a las instituciones, disciplinas, prácticas y políticas establecidas, al tiempo que coexiste con el modo tradicional.

Este nuevo modo de producción del conocimiento afecta no sólo a que conocimiento se produce, sino a la forma en que esta organizado, a cómo se produce, los sistemas de recompensa que utiliza y los mecanismos que controlan la calidad de lo que se produce.

El nuevo modo tiene un ámbito de aplicación en que las dificultades planteadas ya no vienen determinadas dentro de una estructura disciplinar, sino que poseen características transdisciplinares. Los autores identifican una serie de características que están asociadas a esta nueva forma de producción del conocimiento (la reflexividad, la transdisciplinaridad, la heterogeneidad), exponen las conexiones existentes entre esos rasgos y el papel cambiante del conocimiento en las relaciones sociales y examinan las relaciones entre la producción y su diseminación a través de la educación.

Subdesarrollo y Latinoamérica

Subdesarrollo significa desarticulación económica interna, desigualdades enormes en la productividad y el ingreso de los diversos sectores de las economías nacionales. Significa además dependencia comercial, tecnológica y política del exterior. El costo del subdesarrollo para América Latina representa más de 600 mil millones de dólares de deuda externa. La región sufrió grandes dificultades durante los años 80, período en el cual el crecimiento descendió a menos de la mitad y fue negativa en términos per capita.

A partir de 1990 se ha experimentado un breve repunte en los indicadores económicos, pero al concluir el decenio todos los países experimentaron una caída en su crecimiento con relación a 1998. Esta mejoría se da en el contexto de una continuada pérdida de participación relativa de América Latina en el comercio mundial.

En investigación y desarrollo se ha estancado en los últimos en el contexto global. La región gasta un promedio del 0.47% del PIB en investigación y desarrollo, valor insuficiente para salir del estancamiento. Su producción científica es insignificante. Participa del 2% del total mundial en materia de publicaciones.

Democracia

Hoy reconocemos que existe una doble sinergia entre ciencia y democracia y democracia y ciencia. Fayar (1990) ha hablado de “democracia tecnológica” y Petrucci (1990) de “democratización del conocimiento”. Cierto es que una democracia no será completa si los ciudadanos continúan careciendo de los conocimientos y la información que las sociedades modernas exigen para participar de modo inteligente y reflexivo en la conducción de la sociedad.

En una sociedad democrática los ciudadanos deben tener información de las cuestiones científicas que tomar decisiones conscientes y no depender de los científicos. Una opinión pública ignorante, atrasada, desinformada no puede influir en el objetivo de la carrera hacia lo desconocido que la ciencia impone y que esta cambiando velozmente el mundo que creíamos conocer.

Resulta conveniente tener en cuenta la dimensión política del acontecer científico. Como toda actividad humana, la ciencia y la tecnología están en relación con el devenir de grupos humanos.

La divulgación científica comprende toda tarea de explicación y difusión de los conocimientos, del pensamiento científico y técnico. Manuel Calvo Hernando (1999) señala que debe darse este proceso bajo dos condiciones:

* Que la actividad se desarrolle fuera del marco de la enseñanza oficial o equivalente.

* Que las explicaciones extraescolares no tengan como objetivo formar especialistas o perfeccionarlos en su propio campo, ya que lo que se pretende es completar la cultura de los especialistas fuera de su especialidad (F Le Lionnais)

La comunicación científica debería ser el instrumento para democratizar el conocimiento introduciendo la ciencia en la sociedad, contribuyendo a que el hombre medio pueda participar en la toma de decisiones sobre aspectos relacionados con el progreso científico y tecnológico, estimulando el análisis crítico que exponga los límites de la ciencia más que sus logros más sugerentes por un lado y la esencia de importantes decisiones políticas por otro.

El reto actual es lograr que los temas científicos abunden en los medios de comunicación y que la sociedad toda se interese por la acción. Es entrar y abrir un proceso de comunicación más que de difusión del conocimiento.

También debe advertir sobre las amenazas a la democracia de las nuevas tecnologías y en particular aquellas que atentan contra la intimidad del ser humano y contra la libertad individual (nuevas tecnologías de la información y avances en la biología), combatiendo la perpetuación de los sistemas de desigualdad y de los desequilibrios. El saber no debe ser un factor de desigualdad.

Junto con estas acciones se debería iniciar:

* Una campaña de concientización hacia la clase política en especial y hacia toda la sociedad en general que exponga claramente que sin desarrollo científico y tecnológico no habrá jamás desarrollo económico, político y social en los países latinoamericanos.

* Una abierta campaña de vinculación Estado-Universidad es estratégica como fuente alternativa de recursos para la investigación y para una relación más estrecha con el entorno.

* Un nuevo esquema de Cooperación Internacional.

* Una actividad coordinada de cooperación horizontal con una política internacional impregnada por nuevas estrategias en el ámbito regional. Organismos y redes subregionales como UANAMAZ, CRISCOS, AUGM, programas ALFA y otras iniciativas que han comenzado a desarrollarse.

* Un nuevo esfuerzo en la formación de recursos humanos de postgrado es crucial, imprescindible y estratégico para poder competir en el mundo.

América Latina debe reconocer, como lo hacen los países desarrollados o industrializados de Occidente hace mucho tiempo, el rol determinante de la ciencia y la tecnología en el crecimiento económico y social. Deberíamos pensar que para construir una nueva sociedad, con una economía vigorosa y próspera y un sistema social avanzado y digno se necesita de cuadros numerosos preparados en una diversidad de disciplinas y profesiones, no sólo para absorber los últimos adelantos de la ciencia y la técnica mundiales, sino también para contribuir con producciones propias al acervo de conocimientos científicos en el mundo. No es una tarea simple, ni sencilla, pero que a todos nos convoca.

(*). Universidad Nacional de San Luis.

Humanismo personificado

por Alejo Urdaneta Fuenmayor

El personalismo ha sido el fundamento de la civilización occidental desde el Renacimiento, pero desde mucho antes el Cristianismo, concebido como conjunto de principios de civilización y no como filosofía o religión, fue el creador de efectos perdurables en todos los sectores de la vida. Quiero decir con esto que se trata de un complejo unitario de civilización y cultura, nacido de la doctrina recogida en los evangelios por los seguidores de Jesucristo, sin considerar los aspectos religiosos que luego surgieron de sus acciones y parábolas.

Es, pues, la persona humana, el individuo el que constituye el centro de interés de todos los sistemas sociales y políticos desde la instauración del Cristianismo, y que asume carácter determinante en el Renacimiento. Se plantea así la valoración de la persona, para que sea la conciencia individual la que dicte modos de conducta conciliables con principios de razón. Aunque el idealismo ya no tenga el mismo peso, permanece como verdad que mi conciencia es el centro de la realidad. Conciencia significa que el concepto de universo nace de la percepción individual: El universo es mi universo, y a esa visión intransferible se vincula el correlato del yo: El mundo, pero no en su aparición física, mundanal, sino como mi visión inmediata en la realidad, porque si desaparezco yo, conmigo también desaparece mi mundo. Seguirá para los demás, sin duda, pero el único mío es el que me ha rodeado y en el que he existido y al que he valorizado, y el sentido de valoración está en todo el ámbito humano. Cuando el valor se quiere apreciar como elemento intrínseco de los objetos (los corpóreos y los incorpóreos: Materia y Espíritu en el dualismo filosófico), aceptamos que el mundo está valorizado: “Si por mundo entendemos la ordenación unitaria de los objetos, tenemos dos mundos: el mundo del ser y el mundo del valer”, afirmó José Ortega y Gasset. La vida es coexistencia del yo y de los objetos, ocuparse del conjunto que componen la existencia: seres humanos, forzosamente juntos, y las cosas de las que nos servimos.

Si todo lo que está fuera de mí o más allá de mí, no se manifiesta ni tiene expresión sino en mi propia vida; es decir si todas las demás entidades del mundo: seres humanos y objetos mundanales, se dan únicamente en mi realidad radical, a esa mi vida corresponde el primado en el concepto del universo. De allí que la realización de los valores sólo tiene sentido para mí, que es vida individual.

Volviendo al Cristianismo como fuente del concepto de la individualidad, anotamos los caracteres que distinguen a la civilización cristiana, tomados de estudios filosóficos: 1.- Superioridad de la persona individual sobre el grupo; 2.- Igualdad fundamental de todos los hombres; y 3.- Fraternidad. Tales principios conducen a la secularización de la vida social, puesto que en la medida en que se realicen en un individuo aquellos valores, trascenderán al mundo colectivo. La persona es la finalidad del grupo, y éste un instrumento al servicio de los individuos, para que puedan cumplirse de ese modo los valores más altos en beneficio de la totalidad.

Erasmo de Rotterdam ha sido, quizás, el ejemplo del individualismo mejor realizado. El pensador holandés concedía a todas las ideas sus derechos, y no le espantaba la diversidad del mundo ni sus contradicciones. El espíritu humanista no valora las contradicciones como elementos hostiles, y busca una unidad superior. Erasmo sabía conciliar el Cristianismo y la Antigüedad, libertad de fe y teología escolástica, Renacimiento y Reforma. Y la vía del humanismo para lograr ese acuerdo fue para él la cultura, el cosmos vivo en la sociedad, porque se requiere de orden y armonía para que pueda hablarse de cosmos.

Es claro que hay mucho de optimismo en estos planteamientos, porque el hombre es la unión de la virtud y de las pasiones irracionales, y nunca en la historia ha habido tregua en estas oposiciones. Si vemos la presencia continua de la guerra, llegamos a un callejón cerrado: habrá guerra mientras exista el hombre. Hasta los cristianos de doctrina la practicaron. “Se ha llegado a tal punto, que pasa por bestial, necio y anticristiano el que se abra la boca en contra de la guerra”, admitió Erasmo, para decir luego: “Todo derecho tiene dos aspectos, todas las cosas están teñidas y descompuestas por el partidismo”.

Las religiones pregonan la paz pero muchas veces la han olvidado. Un connotado médico psiquiatra venezolano atendió una pregunta que le hizo el periodista: ¿Por qué usted que tiene una formación tan sólida y cuenta con talento y valores humanos, por qué no ha intervenido en la política?

El médico sabio dio esta respuesta: “Aprendí de mis maestros religiosos que deben promoverse las procesiones, pero no concurrir a ellas…”

Dios es Unidad, Dios es Colectividad, pero en cada hombre Dios es el de cada uno. Lo ejemplarizó don Miguel de Unamuno en estas palabras de su ensayo: DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA:

“El Dios racional es la proyección al infinito de fuera del hombre por definición, es decir, del hombre abstracto, el hombre no hombre; y el otro Dios, el Dios sentimental o volitivo, es la proyección al infinito de dentro del hombre por vida, del hombre concreto, de carne y hueso” .

No podemos comprender el mundo y el acto de existir sino desde y para el individuo libre en el mundo; el hombre vive en libertad existencial, y ella consiste en que debe elegir sus propios actos y omisiones y es responsable del ejercicio de esa libertad ontológica. Que lo haga con sentido humanista en el concepto primigenio del Cristianismo, más allá de dogmas y prácticas eclesiásticas.

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