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Democracia siglo XXI

fecha

octubre 23, 2012

El ideal del hombre democrático

 

 

Por José Manuel Pérez Rivera

 

La crisis multidimensional en la que estamos inmersos está propiciando un profundo debate sobre la actual forma de organización social, económica y política. El vigente modelo ha dado claras muestras de su incompatibilidad con la justicia, la equidad y el pleno desarrollo de la persona. Ha llegado el momento de dar un salto cualitativo en la condición humana e iniciar la definitiva transformación del hombre. En estas circunstancias necesitamos un modelo que nos sirva de guía para este ansiado cambio en el modo de organizarnos en sociedad. Pero antes de cambiar la sociedad, debemos cambiarnos a nosotros mismos. Necesitamos producir una especie más completa de hombre de la que hasta ahora ha revelado la historia. En esta larga evolución de la humanidad ha habido momentos en el que los hombres dedicaron un gran esfuerzo por alcanzar la totalidad, el equilibrio y la universalidad. El ejemplo más conocido fue el de la cultura griega entre los siglos VI y IV a.C. Pocas culturas, como la Grecia clásica, han sido capaces de representar lo verdadero y plenamente humano. Estos hombres totales, como Solón, Sócrates y Sófocles, sobresalientes pero no únicos entre los suyos, son la prueba de las posibilidades reales del hombre para dotarse de un modo ideal de vida que permita el desarrollo de una personalidad completa y una comunidad equilibrada. En lo político idearon un sistema basado en la distribución equitativa del poder, la isonomía (la igualdad de todos los ciudadanos) y la isegoría (el poder de la palabra). La combinación de estos tres principios fue lo que hizo posible la democracia. Y si queremos recuperarla debemos conocer mejor cómo eran y cómo pensaban las personas que la hicieron posible.

Para hacer este breve comentario sobre el pensamiento griego voy a basarme en la síntesis que sobre este particular realizó Lewis Mumford en su obra, recientemente reeditada en España, “La ciudad en la historia” (Editorial Pepitas de Calabaza, 2011). Según Mumford, el ciudadano griego tenía como principales ideales la armonía, la moderación, el aplomo, la integridad, el equilibrio, la simetría y la autodisciplina. Además contaban con un espíritu personal que hacía alarde de flexibilidad, falta de prejuicios, libertad y coraje solitario. Este último aspecto fue subrayado por Mumford en esta obra y en muchas otras en la que analiza la condición humana y, en especial, la forma de ser de los griegos en la época clásica. Este coraje solitario del que habla Mumford se resume en una frase que figura en el antiguo juramento efébico de Atenas, “en solitario o con el apoyo de todos”.

Los griegos ahorraban en los niveles inferiores del ser (necesidades puramente físicas) y gastaban en lo más elevado (espíritu, pensamiento y creación). Ambas necesidades, las físicas y las espirituales, estaban en interacción rítmica, el trabajo y ocio, la teoría y la práctica, la vida privada y la vida pública, por tanto, no eran entendidas como esferas separadas del ser humano. La aludida despreocupación por la parte material de la existencia se traducía en un modo austero de vida. El ciudadano griego era pobre en comodidades. No estaban oprimidos por muchos requisitos de lo que hoy en día entendemos como civilización, entre ellos la rutina de comprar y gastar. De modo que la pobreza no era un estorbo, ni la pequeñez era un símbolo de inferioridad, si de algo se sospechaba era de la riqueza.

Las ciudades helenas no tenían grandes excedentes de productos, sino que disponían de un excedente de tiempo libre que dedicaban a la conversación, la pasión sexual, la reflexión intelectual y el deleite estético. La belleza era barata y las mejores cosas de esta vida, sobre todo la ciudad misma, estaban allí, al alcance de quien las pidiera. Esto no quita que, siguiendo el principio clásico de “mens sana in corpore sano”, dedicaran parte de su tiempo al cuidado de su estado físico. Llevaban una vida atlética y no eran dados a la gula y al exceso en el consumo de vino.

En el apartado más político, la vida pública del ciudadano griego exigía su atención y participación constantes. El propio Pericles llegó a decir: “…Consideramos al hombre que no se interesa en los asuntos públicos, no un ser inofensivo, sino un carácter inútil; y aunque pocos de nosotros somos creadores, todos somos jueces dignos de la política” (Oración Fúnebre, en Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 40-41). Los griegos acuñaron incluso un término para referirse a quienes rehuían de la acción cívica, idiotis, que quiere decir individuo limitado a lo privado, de aquí procede el término moderna de idiota. Como bien comentó en cierta ocasión Cornelius Castoriadis, “para los antiguos griegos era un imbécil aquel que no era capaz de ocuparse de otra cosa que no fueran sus asuntos privados”. Esta separación de la esfera pública es una característica fundamental de la sociedad actual, lo que ha llevado a acentuar el individualismo, la apatía política, la privatización de los individuos y un superlativo grado de cinismo de la gente con respecto a lo político. Un sentimiento alentado por la clase política que recelan de quienes se implican en la vida pública, desde la crítica activa y vigilante, -siempre que no lo hagan en el estrecho margen de los partidos políticos- y al mismo tiempo alaban, como hizo el Sr. Rayoy, a los “idiotas”, -con perdón-, que se quedan en sus casas y conforman la “mayoría silenciosa” de este país.

Otro rasgo característico de la vida pública en Grecia era el respeto por las leyes. Según Rostovtzeff, citado por Karl Polanyi en “El sustento del hombre”: “en Grecia, las leyes están hechas por hombres. Si una ley ofende a la conciencia de la mayoría, puede y debe cambiarse; pero mientras esté en vigor, todos están obligados a obedecerla, porque hay algo divino en ella y en la idea misma de ley”. Un apartado que merece la pena subrayarse es que esta estricta regla de la ley en la ciudad procedía de la toma de conciencia general de que era una “ley creada por todo el cuerpo de ciudadanos”. Esta diferencia es básica para comprender lo que diferencia la concepción de las leyes por los antiguos helenos de la nuestra. Las leyes en la Grecia clásica eran promovidas y propuestas por la Boulé (asamblea restringida de ciudadanos, elegidos por sorteo de carácter rotatorio), pero eran aprobadas por la Ekklesía o Asamblea de ciudadanos. Una diferencia notable con el modelo vigente en España y en el resto de los países que se rigen por la llamada “democracia representativa”, que, como tuvimos ocasión de tratar en una ocasión anterior, no son otra cosa que regímenes oligárquicos liberales.

Como resultado de esta tergiversación de la idea de democracia, nos vemos obligados a acatar una serie de leyes promovidas por estas oligarquías políticas, en el que participan, como enumeró Castoriadis, “la burocracia de los partidos políticos, la cima del aparato del Estado, los dirigentes económicos y los grandes propietarios, el managment de las grandes firmas y, cada vez más, los dirigentes de los medios de comunicación e información”. Los integrantes de esta oligarquía, como era previsible, redactan y aprueban leyes que en muchas ocasiones atienden exclusivamente a su interés. Pero la cosa no queda ahí. En los últimos tiempos estamos asistiendo a un proceso en el que esta capacidad legislativa está siendo utilizada para socavar los principios básicos de la verdadera democracia como es el derecho de reunión, manifestación y libre expresión de la palabra (isegoría).

Hemos llegado a un punto en el que hasta la resistencia pacífica está siendo criminalizada en nuestro país por un partido político de claro signo autoritario. Hoy, más que nunca, cobran sentido las palabras de Henry Thoreau, contenidas en su conocida obra “La desobediencia civil”, en la que proclamaba “que lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo…Y para ser (la ley) estrictamente justa habrá de contar con la aprobación y consenso de los gobernados”.

Como todo ideal, y el del hombre democrático no deja de ser uno de ellos, necesita un camino para convertirlo en realidad. Este camino, -el que siguieron los griegos que hicieron posible la democracia-, es el de paideia o la educación. Tal y como nos recuerda Werner Jaeger en su estudio “Paideia: los ideales de la cultura griega”, “la democracia, con su apreciación optimista de la capacidad del hombre para gobernarse a sí mismo, presuponía un alto nivel de cultura. Esto sugería la idea de hacer de la educación el punto de Arquímedes en que era necesario apoyarse para mover el mundo político”. Las ideas de Jaeger sobre la paideia fueron resumidas por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”. Según la lectura que hace Mumford de este término, lapaideia, -tarea que debe de convertirse en la principal de la vida del hombre democrático-, “es la educación mirada como una transformación de la personalidad humana que dura toda la vida, y en la cual todos los aspectos de ella desempeñan un papel. A diferencia de la educación en el sentido tradicional, la paideia no se limita a procesos de aprendizaje consciente, ni a iniciar a los jóvenes en la herencia social de la comunidad. La paideia es más bien la tarea de dar forma al acto mismo de vivir, tratando toda ocasión de la vida como un medio para hacerse a sí mismo, y como parte de un proceso más amplio de conversión de hechos en valores, procesos en finalidades, esperanzas y planes en consumaciones y realizaciones. La paideia no es únicamente un aprendizaje: es un hacer y un formar, y la obra de arte perseguida por la paideia es el hombre mismo”: el hombre democrático.

http://www.rebelion.org

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La dignidad es el motivo adecuado

 

Por Alberto Medina Méndez

En épocas como estas, de crecimiento económico inercial impulsado, principalmente, por condiciones internacionales más que favorables, cierto populismo avanza despiadadamente sobre las libertades, amparado en las bondades que recibe sin méritos propios suficientes.

Sin embargo, estos líderes demagógicos han trabajado duro para construir su propio relato y poder así explicar cómo han conseguido los logros de los que se ufanan, pero sobre los cuales poco hicieron.

El despliegue económico generalizado en estas naciones, derivado de los excelentes precios de los comodities, afirmación fácilmente verificable con múltiples cifras disponibles, permitieron al populismo, primero llegar al poder y luego sostenerse en él pese a sus impericias, negligencias e inclusive a su ya indiscutible corrupción sistemática.

En este contexto más que propicio, en el que muchos individuos pudieron prosperar, el descaro, la ineficiencia y fundamentalmente los profundos errores conceptuales de quienes gobiernan, han provocado fenómenos absolutamente innecesarios como la inflación, la destrucción de la cultura del trabajo y un despilfarro de oportunidades de magnitudes impensadas.

Una soberbia que solo se corresponde con seres inseguros, han contribuido a dar paso a la inseguridad como matriz cotidiana, un discurso grandilocuente sin autocrítica, y una escala de valores de gran pobreza moral, que se ha convertido en el ámbito ideal para una corrupción que parece no encontrar límites.

Ese escenario que mezcla progreso con degradación, es un coctel que, al menos por ahora, les ha permitido permanecer en el poder y contar con el apoyo popular. Y no es que los ciudadanos no se den cuenta de la presencia de la inseguridad, la corrupción, el deterioro moral o la inflación. Cada uno de estos padecimientos se viven a diario, y sus consecuencias son evidentes para cualquiera que quiera darse cuenta.

Lo que parece suceder es que a la hora de poner todo en la balanza, estas comunidades se siguen rigiendo por aquel viejo principio universal en el que la economía es la que manda, y determina las preferencias electorales. Probablemente, en algún momento la humanidad, mayoritariamente comprenderá que son más importantes las libertades, la dignidad.

El populismo plantea una permanente extorsión por la cual se amenaza a la ciudadanía con dejar de gozar de los privilegios que graciosamente les concede su exitosa gestión, si se renuncia a esos liderazgos mesiánicos

Una ciudadanía que viene de malas experiencias, de ciclos inestables, de idas y vueltas, donde el progreso siempre parece prestado, teme que las historias se repitan y termina jugando, muchas veces a regañadientes, ese perverso juego en el que resigna sus valores, acepta lo inaceptable, claudica en sus convicciones, por lo que entiende, el único camino posible para sostener su situación actual y no tropezar como tantas otras veces.

Tal vez sea esta la ocasión para replantearse todo esto que sucede desde los valores. La libertad nunca puede ser moneda de cambio, ni pieza de negociación, y mucho menos aún se puede aceptar esta modalidad extorsiva, por la cual para garantizar progreso, deben perderse libertades.

La inseguridad creciente que amenaza con la vida, la integridad física y los bienes de los individuos, una inflación que se queda con una parte importante del poder adquisitivo y del esfuerzo de los que menos tienen,  una corrupción que pretende ser aceptada como parte del paisaje, no puede ser JAMÁS el precio a pagar por cierto progreso.

Estas condiciones inmejorables que propone el presente, y sobre el que se tiene escaso mérito, debería ser mucho mejor, sin inseguridad, corrupción, pérdida de libertades, inflación y tanto deterioro moral.

Es tiempo de despertarse. No es justo ni razonable, que una banda de inmorales dirigentes, que han hecho una profesión de este modo de manipular a la sociedad, se termine saliendo con la suya.

La libertad, los valores, los principios y creencias, no pueden ser parte de una transacción donde se debe resignar cada una de estas cuestiones para acceder a otras tan banales como cierto progreso económico.

En algún momento se debe poder reflexionar sobre esta cuestión de fondo que ha tomado de rehén a los habitantes de esta sociedad. Lo económico es importante, muy trascendente, pero jamás se puede aceptar como argumento central para ceder un centímetro en materia de libertades.

El continente seguirá creciendo económicamente porque las condiciones son más que saludables para que ello suceda. Algunos ciudadanos preferirán seguir comportándose como hasta ahora, privilegiando lo estrictamente económico. Otros apostarán con convicción a no dejarse amedrentar por lo superficial y secundario.

No se necesita mucho más que poner las cosas en su lugar, recuperar las convicciones, darle prioridad a lo que vale la pena, y entender que lo económico es esencial, siempre que no nos hayan humillado previamente para permitirnos lograr el progreso que tiene que ver con esforzarse y obtener lo que se desea después de esmerarse para ello. Es tiempo de hacer lo correcto y dar vuelta la página. La dignidad es el motivo adecuado.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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