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Democracia siglo XXI

mes

abril 2010

El espejismo de los dátiles amargos


Teódulo López Meléndez

No estamos en tiempos normales. Esta que viene no es una elección normal. No podemos comportarnos como si este fuese un paseo democrático. He advertido que cuando se va a elecciones bajo estas condiciones hay que tener elementos de juicio muy distintos.

En una elección normal se asegura a los electores que se va a ganar, que la victoria depende exclusivamente del mensaje y del trabajo de campo a realizar. Cuando se va bajo un régimen opresor lo mejor es advertirle claramente a los electores lo que se busca o, al menos, asomar la estrategia de fondo. En estos casos o se procura forzar al régimen a un fraude o se cuenta con fuerzas lo suficientemente poderosas para hacer respetar los resultados o se persigue lanzar al régimen hacia una radicalización que lo aleje definitivamente de sus apariencias democráticas.

Los antecedentes son los peores: deshilacharon la fuerza opositora en “marchas” sin sentido, reducidas a la entrega de cartitas respetuosas y solicitantes ante los órganos del poder confiscado. Se hicieron los extraterrestres con la Ley Orgánica de Procesos Electorales permitiendo la modificación de circuitos a capricho. Miraron hacia otro lado cuando dos connotadas militantes del PSUV fueron encumbradas a rectoras del organismo comicial. Aceptaron al CNE en la organización de sus primarias y mientras proferían críticas a las Fuerzas Armadas estas desarrollaban un pequeño Plan República para proteger sus actos de votación. Se negaron a abandonar un lenguaje complaciente y evasivo frente al régimen, limitándose a declaraciones formales y a la protesta inocua. No, los antecedentes no son buenos.

La realidad del 25 de abril fue numéricamente aceptable, dado el bajo número de circuitos donde se permitieron primarias, pero el gran interés se centró en el gran circuito donde se agrupan las clases medias y alta de la gran Caracas y en un circuito de Valencia donde un señor Cocchiola, duramente golpeado en las anteriores elecciones regionales, demostró su fuerza. Hay que admitir la baja votación en los sectores populares. La realidad del 25 de abril es que los dos focos donde se centró la atención estaba protagonizada por candidatos sin partido, lo que de por sí constituyó una advertencia. El 25 de abril se creo un espejismo, una falsa visión de un país volteado a respaldar el pequeño y estrecho intersticio que la llamada Mesa de la Unidad abrió a la participación. Lo que vimos fue un gran número de ciudadanos dejando claro que quiere decidir, que quiere participar, que quiere tomar las riendas de su destino, y ello es lo más importante. Observé que deberíamos dejar de ser una sociedad de resignados y avanzar hacia una sociedad de ciudadanos.

Las condiciones que en este comienzo de mayo vemos no serán las que estén vigentes para la fecha electoral de septiembre. Ahora vendrá la gran acometida, consistente en ventajismo, en gasto masivo de los dineros públicos, en el ejercicio impúdico de todas las presiones y de todos los abusos. Mientras, veremos los efectos de los errores cometidos en el gran encierro de la “oposición” formal, con sus listas que superan grandemente el episódico hecho de los dos circuitos que he mencionado como creadores del espejismo lleno de dátiles y de abundante agua del 25 de abril.

Nos lograron meter en el callejón único, el que conduce a septiembre. Aquí nos colocaron sin tomar ninguna medida de salvaguarda, de protección. Para ello sacrificaron todo lo sacrificable, usaron anteojos de suela ante la intensa actividad parlamentaria de la Asamblea Nacional sumisa y se esmeraron en reducir al país a la inacción. Estamos ahora en el callejón, en uno tan estrecho que no veo factible moverse como para cambiar su anchura o para estirar un poco las paredes.

En estos casos se debe jugar con la verdad. El argumento de una Asamblea Nacional plural se hace agua entre los dedos. Es obvio que en una democracia en el parlamento están todos los que obtuvieron votos suficientes para llegar allí. Hay que recordar que el país impuso la abstención en las pasadas legislativas, hecho considerado por algunos un error, cuando, en mi opinión, el error consistió en participar en las presidenciales subsiguientes. Había que dejarlo solo, ir a esa confrontación luego de haber abandonado el hemiciclo carecía absolutamente de sentido, pero pulularon los aspirantes convirtiendo el anterior paso en un error del país, porque los errores que los cuadros partidistas tradicionales cometen deben ser olvidados, según su óptica, pero las líneas trazadas cuando la sociedad asume su decisión son calificadas de inmediato como trágicas, dado que fueron asumidas contra la voluntad de las partidocracias.

De manera que la pluralidad parlamentaria es tan obvia que se convierte también en dátil en el espejismo. La verdad no es “vamos a ganar”, la verdad es “vamos a elecciones como una manera de aprovechar un resquicio y todos deben estar contestes de las pésimas condiciones en que vamos”. No soy pronosticador electoral, pero todo apunta a la reproducción de una Asamblea Nacional muy parecida a la que vivimos años atrás y donde había una buena suma de opositores al régimen. Basta recordar lo sucedido allí, con oradores parlamentarios de excepción como el caso de Juan José Caldera que terminó ordenando la renuncia de los parlamentarios de Convergencia incluyendo la suya propia. Quizás, sólo quizás, se pueda lograr, en el caso de un éxito grandilocuente, la ruptura de la mayoría calificada.

Entiendo perfectamente que se puede utiliza contra mí el calificativo de aguafiestas, pero parto de lo políticamente correcto que en este caso es decir lo que consideramos la verdad. Lo políticamente correcto no se ve por ningún lado en el que se supone es nuestro lado. No voy a introducirme en los entretelones de los arreglos internos de la llama Mesa de la Unidad Democrática, pues sus resultados están a la vista: reparto partidista con pequeño trozo de carne a la voluntad ciudadana. Me voy a referir a las declaraciones de esos dirigentes después de haber anunciado el arreglo y de haber anunciado los resultados de las primarias. Se han centrado en no volver atrás, en no corregir, en no enmendar. Hay un caso específico en el estado Miranda que va a tener consecuencias nefastas. Hay una exigencia ciudadana sobre quien llegó de segundo en el  famoso circuito de las clases medias y alta y los oídos sordos manifiestan que ni con aparatos auditivos son capaces de oír.

Estamos en el callejón descrito y los dátiles delante llaman a ser mordidos, aunque son un espejismo. El día 27 de septiembre suponemos un despertar de esta embrionaria sociedad de ciudadanos. Los tiempos políticos que nos esperan serán de grandes sacudidas, inclusive en el plano de movilización de grandes sectores hacia otras posiciones. El tiempo cobra. Las realidades pasan facturas. Lo políticamente correcto es escribir este texto y ponérselo frente a los ojos a mis conciudadanos.

teodulolopezm@yahoo.com

En el jardín de la (futura) república


Por Manuel Luis Rodríguez Uribe
En aquel lejano tiempo futuro, las democracias habían desaparecido: esas viejas estructuras políticas y sociales  representativas, con ciudadanos manipulados por el dinero, los medios y las oligarquías, con autoridades sumergidas en el juego entrecruzado de intereses, de retóricas alambicadas, de conflictos de intereses y de disputas de poder, habían desaparecido, barridas por las multitudes inteligentes de nuevos ciudadanos, por la marea implacable de nuevas formas de ciudadanía y de poder.

Esas viejas democracias del siglo XX y de principios del siglo XXI (herederas de la tradición liberal o socialista de los siglos XVIII y XIX), y que funcionaban sobre la base de la igualdad teórica y la desigualdad práctica de los individuos y los ciudadanos (desigualdad social, política, material, cultural y tecnológica), se vinieron abajo ante el peso de sus propias debilidades estructurales.

En algún momento de la historia futura/pasada, las multitudes ciudadanas tomaron conciencia que la política es un asunto demasiado serio como para dejarla sola en manos de los políticos, y se decidieron a reapropiarse del poder y de la soberanía largamente conculcada y maltratada.

Nuevos vientos soplaron a través de los intersticios del viejo edificio y las ventanas se abrieron.

El viejo Estado (burgués, oligárquico) fue derribado por la nueva Nación y así floreció nuevamente el jardin de la República.

Ahora son los tiempos de las post-democracias.

En este siglo futuro, las post-democracias operan como sistemas políticos horizontales, donde pluralismo, diversidad socio-cultural y un activo protagonismo ciudadano, genera autoridades y líderes políticos revocables, gobiernos regionales y locales dotados de diversas modalidades y niveles de autonomía, donde el Estado es un aparato político socializado por la intervención ciudadana, por la acción pública servicial, por una administración pública que -desechados los conceptos ideológicos del mercado en lo público, la subsidiariedad y la eficiencia cuantitativa- busca ahora realizar la gestión pública sobre la base del nuevo paradigma de la calidad socialmente satisfactoria, y por códigos éticos insospechadamente exigentes con y para los servidores públicos.

A la democracia de las instituciones verticales y centralizadas, se ha sustituído la democracia de los consejos, de la regionalización y de la descentralización.

Ahora, hemos descentrado el poder.

No solamente intentamos regionalizar la democracia, sino también democratizar la regionalización, otorgando poder de decisión y recursos financieros a las colectividades regionales y locales.

Las post-democracias de este tiempo futuro no son secuencias interminables de elecciones y votaciones, sino que funcionan como regímenes políticos abiertos, donde los ciudadanos, las asambleas y los concejos colectivos, construyen ciudadanía y hacen nación, interviniendo en el proceso de elaboración de las leyes y de las normas, en los procesos de toma de decisiones institucionales y en el desarrollo progresivo de una conciencia cívica que no ahoga las identidades individuales, grupales, sociales y culturales, sino que las potencia y empodera para que se manifiesten como nuevas formas  y dimensiones de la ciudadanía.

En las post-democracias, la politización de la ciudadanía no es mas que una dimensión de la ciudadanización de la política y de la socialización del quehacer público.

La (re) conquista de los espacios públicos comenzó en medio de aquellas fragorosas revoluciones ciudadanas que hicieron saltar los goznes del sistema de dominación capitalista-oligarquico, cuando los ciudadanos organizados apagaron masivamente los televisores y sus alienaciones programadas, se negaron a pagar los impuestos con que se financiaba impunemente a quienes los reprimían, victimizaban, sujetaban, dominaban, discriminaban y excluían.  El viejo orden del desorden injusto se desordenó, al tiempo que las multitudes construyeron su nuevo orden.

El reino de la plusvalía se hundió ante el nuevo gobierno de la utilidad social.

La vieja ética individualista de la ganancia y del exitismo a todo precio,  fué barrida y reemplazada por la nueva moral de la solidaridad, del esfuerzo y del trabajo: entonces el paradigma neoliberal del “emprendedor” (todos pueden llegar a ser emprendedores), fue reemplazado por el paradigma social del “creador y trabajador” (todos son creadores e innovadores).

Las nuevas democracias post-democráticas no son, sin embargo,  idílicos lugares de  tranquila convivencia, sino espacios dinámicos, permanentemente tensionados por el dialogo plural, por la controversia de ideas, por el intenso debate político, social y cultural que atraviesa toda la comunidad, por la activa implicación de los ciudadanos organizados y las organizaciones de la sociedad civil, por partidos políticos y nuevos actores políticos que actúan como mediadores ciudadanos y protagonistas del debate de ideas, proyectos y visiones.

La lejana democracia

Por Guillermo Pareja Herrera

Como sabemos bien, la democracia es una forma de organización social y política donde impera el gobierno de la mayoría o que la mayoría ejerce el poder de nombrar a sus gobernantes que son ,teóricamente, sus servidores a sueldo, para el desempeño de las labores de conducción del vehículo social llamado patria,nación,estado. Una democracia fue la diseñada por los griegos y otra muy diferente la que vivimos en el siglo XXI con sus matices particulares en los 5 continentes de nuestro planeta. Hay democracias operantes e inoperantes, escenográficas y reales, participativas y de cúpulas o élite. Hoy notamos que después de caído el socialismo soviético hace 25 años, las democracias occidentales no han experimentado una mejoría y un bienestar generalizado para los cientos de millones de ciudadanos sino, todo lo contrario. Hay un desencanto con las llamadas tele democracias. Ahora, las tensiones estructurales en las democracias modernas no son tanto entre izquierda y derecha, sino entre pueblo y élite. Las elecciones están perdiendo su significado de opción entre alternativas y se transforman en procesos de confrontación del pueblo con las élites. Los ciudadanos se alejan masivamente desencantados de sus líderes que instalados en el poder, se dedican a cumplir los compromisos con sus patrocinadores -que pagaron sus campañas-  y no a velar por el cumplimiento de la agenda que beneficie cualitativamente a la comunidad humana que los eligió. Esta reflexión viene a mi mente por la noticia que muestra el descenso del número de democracias en el mundo que ahora son 116. Pese a todo algo bueno queda en claro:el poder y la responsabilidad de que el mundo cambie para bien está en los ciudadanos y somos la mayoría.Que no nos de miedo emplear ese buen poder.
http://www.guillermoparejaherrera.com/

“LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE REALIDAD” DE PETER BERGER Y THOMAS LUCKMANN

Por CARLOS GARCIA MANZANO
La realidad se establece como consecuencia de un proceso dialéctico entre relaciones sociales, hábitos tipificados y estructuras sociales, por un lado, e interpretaciones simbólicas, internalización de roles y formación de identidades individuales, por otro; el sentido y carácter de esta realidad es comprendido y explicado por medio del conocimiento

1. La sociedad como realidad objetiva

Para Berger y Luckmann, la sociología del conocimiento debe ocuparse en cómo ese conocimiento interpreta y construye la realidad, fundamentalmente la realidad de los procesos de vida cotidiana. En primer lugar, comienzan este trabajo desde una perspectiva filosófica, a través de un análisis fenomenológico de la vida cotidiana.
Los autores destacan cinco elementos fundamentales que estructuran la tríada realidad interpretada/significado subjetivo/mundo coherente:
a) la conciencia, que define la intención y la búsqueda de objetos;
b) el mundo intersubjetivo, que se comparte con los demás;
c) la temporalidad, como carácter básico de la conciencia (orden temporal);
d) la interacción social, que crea esquemas tipificadores;
e) el lenguaje, como elemento clave objetivo (externo al individuo) que facilita la estructuración del conocimiento en términos de relevancia.

A continuación, los autores entran en el análisis del proceso de construcción de la sociedad como realidad objetiva, del cual destacan dos momentos básicos: la institucionalización y la legitimación.

Berger y Luckmann se confiesan en diversos momentos deudores de las teorías de Mead, y en especial de la formación del yo humano. El ser humano se forma en interacción con su ambiente cultural y el orden cultural y social.

El orden social, sin embargo, no es considerado como externo e impuesto al individuo, sino que aparece a través de una relación dialéctica con éste, como producto humano. La realidad institucionalizada tiene su origen, por tanto, en la tendencia a la habituación del ser humano, tendencia que, por una parte, le facilita estabilidad y, por otra, innovación constante, pues le evita dedicar su esfuerzo a tareas triviales y repetitivas.
Esta institucionalización conlleva la tipificación recíproca de acciones entre los actores, hasta llegar a convertirse en una forma de control social. Posteriormente, este comportamiento institucionalizado se reifica, es decir, se experimenta como una realidad objetiva, externa a la voluntad del individuo.

En síntesis, los autores destacan tres momentos básicos en este proceso:
la sociedad es un producto humano;
la sociedad es una realidad objetiva;
el hombre es un producto social.

Pero para que esta institucionalización se haga efectiva, es indispensable la existencia del lenguaje, es cual “sedimenta y objetiva las experiencias compartidas y las hace accesibles a todos los que pertenecen a la comunidad lingüística”; el lenguaje, por tanto, constituye la base más estable del conocimiento y del medio por el que el mismo se distribuye colectivamente: facilita su comprensión y asimilación.

El conocimiento, desde esta perspectiva, determina el nivel de integración existente en un orden institucional dado: “constituye la dinámica motivadora del comportamiento institucionalizado, define las áreas institucionalizadas del comportamiento y designa todas las situaciones que en ellas caben”.

En este sentido, los roles aparecen como modos de conducta tipificados y, lo que quizá es más importante, como “realización de la distribución social del conocimiento”, al concentrarse en determinado tipo de roles el acceso a cierta clase de conocimiento especializado.

El conocimiento institucionalizado, pues, no se impone de igual forma sobre el conjunto de individuos; además, existe una relación dialéctica entre conocimiento y base social, lo que a menudo da lugar a diversos subuniversos de significado dentro del conjunto social. A este respecto, es muy importante el segundo de los elementos básicos que Berger y Luckmann señalan en la construcción de la realidad objetiva: la legitimación.
También aquí el lenguaje cumple una función imprescindible: como forma de extender la comprensión y el sentido de la realidad de una manera consistente y coherente con la realidad subjetiva de los individuos, y eso tiene lugar, fundamentalmente, a través de la creación de universos simbólicos.

La institucionalización antes citada, para tener visos de permanencia, debe tener sentido, es decir poseer coherencia en sí misma ; pero, además, debe tener sentido subjetivo. La legitimación alcanza entonces cuatro niveles distintos, que los autores categorizan así:
1) un sistema de objetivaciones lingüísticas;
2) proposiciones teóricas en forma rudimentaria;
3) teorías explícitas del orden institucional:
4) universos simbólicos.

Estos últimos son los que organizan coherentemente la posición que ocupa cada uno en el conjunto social, los roles a desempeñar, su propia identidad y el total de relaciones que constituyen la vida cotidiana.

Los universos simbólicos construyen, además, determinados mecanismos que garantizan su permanencia: la mitología, la teología, la filosofía y la ciencia son algunos de los más importantes, y han jugado su papel en determinados períodos históricos.
El poder en sí mismo, su capacidad para imponerse constituye otro mecanismo de mantenimiento; en este sentido, la ideología es para Berger y Luckmann un medio de mantenimiento que sirve a un interés de poder concreto.

2. La sociedad como realidad subjetiva

El segundo gran apartado del libro se centra en la sociedad como realidad subjetiva, comenzando por el modo en que esta realidad reificada es asumida por los individuos, lo que nos lleva inevitablemente al terreno de la socialización.
Berger y Luckmann diferencian dos procesos de socialización distintos, los cuales denominan primario y secundario.

El primario, que tiene lugar durante los primeros años de vida, sirve de base para la comprensión del mundo como un todo compacto e invariable, así como para la comprensión de la vida como un sistema donde uno existe en relación con otros, donde el yo cobra sentido como yo social: asimismo, es una socialización filtrada, es decir, el individuo ocupa un espacio social concreto y en función del mismo y de las relaciones que conlleva se produce una identificación propia, una identidad.

Durante la socialización secundaria, el individuo internaliza submundos diferentes, tiene acceso al conocimiento de una realidad compleja y segmentada. Asimismo, no accede a todo el conocimiento, sino a una parte en función de su rol y posición social: el conocimiento también se segmenta. Esto último ocurre porque los medios de acceso al conocimiento se institucionalizan: es necesario aprender a través de cauces y procesos adecuados.

Esta segunda socialización corre el riesgo de convertir las internalizaciones anteriores en algo vulnerable, situación que se ve minimizada por la existencia de determinados medios de mantenimiento de la realidad, entre los cuales destaca la rutina diaria como afirmación del conocimiento de la vida cotidiana; no obstante, un cambio profundo en la realidad subjetiva puede tener lugar si se produce una reinterpretación radical de los hechos, lo que los autores denominan alternación, mediante un nuevo proceso socializador y legitimador.

La identidad del individuo, como conclusión, se perfila dentro de una realidad objetiva que, aunque es percibida por éste como algo externo, es en realidad un producto humano; surge de la relación dialéctica entre individuo y sociedad: “se forma por procesos sociales (…), es mantenida, modificada o aun reformada por las relaciones sociales”.

3. Comentario personal

Peter Berger y Thomas Luckmann, tal como indican en la introducción, pretender sentar las bases de lo que, a su juicio, debe conformar el objeto de investigación de la sociología del conocimiento.

Todos los anteriores estudios no han sido sino aproximaciones a aspectos concretos y parciales del mismo; no es hasta ahora cuando se inicia la auténtica dimensión propia del objeto de la disciplina: el análisis de la construcción social de la realidad.
Sin embargo, bajo mi punto de vista, la visión fenomenológica de Berger y Luckmann complementa otros trabajos realizados sobre el tema, a los que en modo alguno sustituye.

Y cabe decir eso, fundamentalmente, de la obra de Mannheim Ideología y Utopía, que además de dar el primer gran impulso a la sociología del conocimiento, muestra un interés epistemológico (yo diría que el centro sobre el que gira la obra) que no se observa en ningún momento en el libro presente. Igualmente, el concepto de ideología trazado por Marx (concepto que Berger y Luckmann tratan muy de pasada, supuestamente integrado en las demás formas de conocimiento) es un elemento indispensable a considerar en cualquier aproximación a la disciplina en cuestión.
Por ello, creo que esta obra, La construcción social de la realidad, toma su verdadero sentido cuando se la inserta en el conjunto de aproximaciones que, desde posiciones y perspectivas distintas pero complementarias, ha tratado de abordar el complejo problema del conocimiento.

Tras el apartado que trata la sociedad como un producto específicamente humano, creado a partir de las distintas interrelaciones entre los individuos y de las diversas necesidades que de ello surgen (la sociedad como construcción de los individuos, para los que posteriormente ésta aparecerá reificada y les afectará directamente), aspecto que Marx ya desarrolló en alguna medida a través de sus conceptos de estructura y superestructura, pasan a centrarse en un punto más específico de la sociología del conocimiento: cómo los individuos internalizan, comprenden y organizan todos los aspectos que constituyen la realidad.

Y aquí cabría, a mi juicio, completar y matizar las ideas de Berger y Luckmann sobre socialización, internalización e identidad con el concepto total de ideología Mannheimiano (que trata de abarcar la estructura total del espíritu de un grupo o de una época y que comprende el pensamiento como producto de la vida colectiva en que el individuo participa), la falsa conciencia de Marx (la ideología burguesa y su interpretación interesada y legitimadora del status quo socioestructural) e incluso el concepto de verdad como mentira colectiva de Nietszche (la vida en sociedad hace necesaria la conversión de lo que no son sino meras abstracciones, reducciones metonímicas de una realidad compleja e inaprehensible para el lenguaje, en verdades para todos). A este respecto, y a diferencia de la obra cita de Mannheim, Berger y Luckmann de ninguna manera pretender aproximarse al contenido de verdad o de mentira del pensamiento, y es que para ellos “el interés sociológico en materia de realidad y conocimiento se justifica así inicialmente por el hecho de su relatividad social”.

Sin embargo, a mi entender, resulta mucho más sugerente el término relacional que Mannheim utiliza para comprender el pensamiento con respecto al período histórico en el que surge y al substrato social del que emerge, y que va mucho más allá de la mera relatividad.

En resumen, la aproximación fenomenológica de Berger y Luckmann, aunque de interés por sí misma, precisaría ser complementada con otras proposiciones teóricas que concretan aspectos muy sutilmente esbozados en este trabajo, que deja de lado temas tan atractivos como el conocimiento científico (al que los autores aluden como conocimiento especializado, pero de cuyo fundamento nada hablan) y el carácter ideológico (y su correspondiente base material) de gran parte del pensamiento, aunque su propósito fundamental se centre en el conocimiento de la vida cotidiana.

BIBLIOGRAFÍA:


BERGER, P. y LUCKMANN, T (1968): La construcción social de la realidad. Amorrortu, Buenos Aires.
MARX, Karl (1971): El Capital. F.C.E. México
MARX, Karl (1974): La ideología alemana. Grijalbo, Barcelona
MANNHEIM, Karl (1941): Ideología y utopía. F.C.E. México
NIETZSCHE, Friedrich (1990): Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos, Madrid

Dos reflexiones para una pedagogía en el siglo XXI (en Facultad de Humanidades, USAC, Guatemala)

Por Carlos Aldana Mendoza

LA ACADEMIA ANTE LA CRISIS y LA AGENDA EDUCATIVA INTERNACIONAL: Dos propuestas reflexivas para una pedagogía inserta en el siglo XXI

PRESENTACIÓN

La pedagogía, como una ciencia social, no puede ni debe quedar al margen de las reflexiones, estudios y propuestas que son necesarias y urgentes para que la humanidad pueda alcanzar niveles de comprensión y sabiduría frente a las exigencias del siglo XXI.

La Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos tiene frente a sí una tarea y un desafío de altas  exigencias: Reflexionar sobre el papel de la educación en el siglo XXI. Sin embargo, este esfuerzo intelectual  no es posible en la medida que no se realicen aproximaciones, miradas, reflexiones, estudios y propuestas sobre la realidad de crisis y sobre las distintas expresiones que el mundo internacional ofrece en el campo educativo, como parte y como factor de esa misma crisis.

En este contexto se sitúan las siguientes reflexiones académicas que, aunque son realizadas de manera separada, presentan una interdependencia en cuanto a ese esfuerzo que las y los pedagogos debemos realizar. La primera reflexión presenta el sentido de necesaria reacción, de necesaria resignificación de la academia en general, principalmente en el contexto global de crisis que se manifiesta contemporáneamente. La segunda reflexión, pretende ser una revisión rápida y aproximativa a la temática que internacionalmente se ha venido imponiendo y que constituye la base del discurso, la visión y la práctica que se asume sin ningún sentido de alternativa o de búsqueda de otros significados.

El sentido crítico de ambos es crucial porque suficiente es ya el discurso dominante, de carácter tecnócrata y adormecedor de  conciencias que hegemoniza las reflexiones, discusiones y espacios de investigación y propuesta sobre la realidad en general, y la educativa en particular.

Carlos Aldana Mendoza.

Doctor en Educación (Universidad de La Salle, Costa Rica), Licenciado y Máster en Pedagogía (USAC, Guatemala; UNAM, México). Profesor de la Facultad de Humanidades de la USAC y Jefe del Área de Educación del Instituto de Análisis e Investigación de los Problemas Nacionales de la USAC. Autor de una treintena de libros sobre educación, pedagogía, derechos humanos, filosofía. Premio a la Excelencia Universitaria al Profesor Universitario, USAC, 2004.

EL PAPEL DE LA ACADEMIA

ANTE LA CRISIS

Carlos Aldana Mendoza

Introducción

El concepto “crisis” se ha instalado en el imaginario social global. Eso significa que la humanidad de estos principios de siglo, empieza a resentirse de sus propias acciones. Empezamos a vivir las consecuencias de la exclusión y del escandaloso orden económico internacional, que en sus distintas fases, ha pretendido agudizar las desigualdades económicas, sociales y culturales en las distintas sociedades. Es más que evidente, casi nadie puede negarlo u ocultarlo, que los grandes poderes que han pretendido globalizar un capitalismo con distintas expresiones (neoliberalismo es una de las recientes), con efectos en el empobrecimiento de la mayoría de habitantes de los distintos países, en el serio y grave deterioro ambiental, en la profundización del hambre, de la inseguridad y la violencia.

La crisis que vive la humanidad, con expresiones propias para nuestro país, no es sólo una crisis financiera. Se funda en una concepción de la vida y del mundo de explotación (de la naturaleza, pero también del ser humano hacia sí mismo), de exclusiones de pueblos y culturas enteras, de enriquecimiento absurdo de unas minorías, de abuso de los recursos naturales con las consiguientes negaciones de alternativas energéticas. Tiene que ver con una cultura de violencia y muerte que se acompaña de otra cultura que afecta  nuestras posibilidades para el desarrollo integral: la cultura de sobrevivencia. El escenario global, nacional y comunitario, ¿quién puede negarlo?, necesita ser reflexionado para posibles esfuerzos en los que ningún sector, ningún tipo de disciplina o actividad humana puede negarse a participar.

¿Podremos seguir las y los académicos seguir encerrados en nuestros laboratorios, aulas y salones universitarios, sin acaso darnos cuenta de una crisis que arrasa con el mundo?  Algunas aproximaciones –a esta realidad crítica- se nos presentan como necesarias y urgentes. En un nivel muy inicial y preliminar, las siguientes reflexiones pueden ser útiles para estas aproximaciones.

1.   Hay un mundo en crisis, del que nuestro país y nuestra academia no pueden sustraerse. En este contexto, tres pueden ser las llamadas de atención que contribuyan a establecer ciertas reflexiones:

–  La academia ante la crisis.

v  ¿Qué esfuerzos extraordinarios y novedosos, realizan las estructuras académicas, principalmente universitarias, para comprender estas crisis?

v  ¿Qué aprendizajes se crean y producen para comprender y enfrentar las crisis?

v  ¿Qué aportes surgen desde la academia universitaria con incidencia o capacidad de constituir contrapesos a las visiones hegemónicas?

–  La crisis de la academia.

v  ¿Ha podido la academia universitaria “verse a sí misma” para descubrir sus grandes carencias o debilidades frente a un mundo cambiante?

v  ¿Pueden las estructuras institucionales universitarias realizar adecuaciones y cambios necesarios y urgentes para no mantener el camino tradicional de sus esfuerzos’

v  ¿Constituye la academia un espacio para la transformación de paradigmas, o es el “mejor” lugar para mantener los paradigmas dominantes?

–  Los académicos en crisis.

v  ¿Hemos realizado esfuerzos personales y colectivos para profundizar en la comprensión de nuestro mundo, de nuestra propia realidad social e institucional?

v  ¿Estamos en condiciones de descubrir y evidenciar las realidades actuales y nuestro papel para reproducirlas? ¿Estamos en condiciones para aportar en su comprensión crítica y alternativa, así como en los esfuerzos para transformarlas?

v  ¿Evidenciamos la humildad, la sabiduría necesaria, para comprender nuestras ignorancias políticas, culturales, técnicas y sociales frente a un mundo excesivamente cambiante y excluyente?

v  ¿Vamos a esforzarnos por transformaciones reales y profundas en nuestros esquemas mentales, espirituales y políticos, para asumir nuevos paradigmas  en nuestra aportación académica?

1. El mundo, y nuestro país obviamente, han ido entrando y saliendo de distintas crisis,  como la actual, pero manteniendo escenarios dramáticos  con rasgos que no podemos ni obviar, ni dejar de atender y entender. Un mundo del que podemos mencionar:

2.1              Procesos de  globalización y  neoliberalismo, como un intento de control e imposición de una sociedad global:

– Homogénea en valores y prácticas económicas (el consumo, por ej.), prácticas políticas y visiones y prácticas culturales. Con el vano intento de imponer una Cultura mediante la destrucción de las distintas culturas.

– Fragmentada y polarizada en sus distintas interrelaciones.

2.2             Es un mundo empobrecido, mientras presencia las crisis y escándalos financieros y económicos (con sus matices y expresiones nacionales y locales).

2.3             Es un mundo maravillado ante la emergencia de una sociovirtualidad con todas sus impresionantes muestras tecnológicas, pero reacio al encuentro con la vida natural (y powerpointizado de manera casi absoluta).

2.4             Es un mundo hiperinformado pero menos sabio que nunca (porque comprende menos su propia realidad y su propio destino). Creyendo ciegamente en aquello de que “una imagen habla más que mil palabras”, pero quedándose irreflexivo y mudo para expresarse, para hacerse comprender y hacerse sentir.

2.5

¿Cómo se refleja en nuestro país la ausencia de investigación científica favorable a los pueblos, desde las 3 revoluciones científicas de Michio Kaku:

* R. Cuántica (materia)

* R. Informática (mente)

* R. Biomolecular (vida)

KAKU, M. Visiones. Cómo la ciencia revolucionará la materia, la vida y la mente en el siglo XXI. Madrid, Debate, 1998, 483 p.

Es un mundo que presencia cómo la investigación científica alcanza su tercer nivel histórico (ya no sólo concentrada en la racionalidad y la acción empírica tradicionales), sino llegando a la simulación virtual. Pero concentrada en países, y monopolizada por las transnacionales, que aún nos recuerdan lo expresado por el científico egipcio Samir Amín (los 5 monopolios: tecnológico, mercados financieros globales, acceso a recursos naturales, medios de comunicación, armas de destrucción masiva). Secuestrada la investigación científica por las estructuras e intereses de sectores minoritarios, ¿cómo puede, por ejemplo, esperarse que contribuya con el uso de nuevas fuentes de energía que no sólo abaraten la vida de la población planetaria, sino que  alarguen la vida misma del planeta?, ¿o que contribuya con los aportes de la medicina biomolecular al servicio de quienes no pueden pagar costosos servicios?

LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA EN EL MUNDO (2008):

–          USA y Canadá: 39% de la inversión en investigación y desarrollo (I+D) en el mundo

–          UE: 31%

–          Asia: 26% (Japón: 16%)

–          A.L: 2%

* Entre Europa, Norteamérica y Japón generan más del 80% de las publicaciones científicas y más del 90% de las patentes (Canciller de Cuba, Inauguración del Mov. De Países No alineados , UNESCO, 2007).

* Entre Brasil (54%) y México (26%) ocupan el 80% de la inversión científica en AL.

* GUATEMALA:

o Invierte el 0.03% de su PIB en investigación y desarrollo  (aprox. $9.5 millones). Otros países: Usa: 2.6%; Japón: 2.4%; UE: 1.8% en I+D.

o Fuentes: Gobierno (55%) y Educación Superior (45%).

* COEFICIENTE DE INVENCIÓN (relación entre patentes de ciudadanos residentes y población total):

o Guatemala: 0.14

o Panamá: 0.6

o Nicaragua: 0.05

o Honduras: 0.18

o El Salvador: 0.48

+ Brasil: 5.99

+ USA: 4.5

+ Japón: 27.7

http://www.bbc.co.uk/spanish/specials/635_datos_ciencia/page7.shtml

http://www.bbc.co.uk/spanish/specials/635_datos_ciencia/index.shtml

Carlos Aldana Mendoza. Doctor en Educación (Universidad de La Salle, Costa Rica), Licenciado y Máster en Pedagogía (USAC, Guatemala; UNAM, México). Profesor de la Facultad de Humanidades de la USAC y Jefe del Área de Educación del Instituto de Análisis e Investigación de los Problemas Nacionales de la USAC. Autor de una treintena de libros sobre educación, pedagogía, derechos humanos, filosofía. Premio a la Excelencia Universitaria al Profesor Universitario, USAC, 2004.

La ausencia de desafíos emocionantes


Teódulo López Meléndez

El país venezolano ha dejado atrás los grandes proyectos ahora mirados con una sonrisa picaresca que expresa aturdimiento, desolación y hasta burla por haberlos concebido.

La respuesta es el pragmatismo, uno que no puede ser leído como negación de lo utópico, más bien como el desatar de una imaginación sin carriles, entubamiento o corsés de ortodoxia. El pragmatismo con ideas que reclamo como motor alterno al movimiento venezolano lo concibo como un desafío novedoso al hombre como sujeto y actor de la cultura, como aquel –como tantas veces se ha dicho- que se empeña en dejar huella.

En la política conseguimos el factor clave de la incertidumbre. La política se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia, dejando el vacío presente. El poder se ha hecho vacuo, es decir, inútil, arrastrando consigo a las luchas por obtenerlo, como es lógico en todo proceso de degradación. Ya  no miramos a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar. Parece carecer del envoltorio de las ideas convirtiéndose en praxis realizada. Hemos vivido de espasmos o de convulsiones sin conseguir un nuevo envoltorio protector. Hay una  ausencia de desafíos emocionantes. El venezolano vive las consecuencias atormentadoras de la falta.

Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente atrayente. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del venezolano, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora.

El peligro inminente es este poder totalitario que se aprovecha de la incertidumbre. El peligro inminente es la pérdida de la voluntad de un venezolano que preferiría dejarse dirigir antes que desafiar de nuevo al pensamiento

El deterioro de lo social-político refuerza pues al venezolano en la incertidumbre. El depositario mismo y real del poder se ha hecho indefinible. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de autoescondite. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. El hampa desatada –también un  fenómeno global, aunque en algunas partes cohacedora del necesario temor para el desarrollo de una revolución- incrementa de manera notable la inseguridad general que hemos llamado incertidumbre. Asistimos, entonces y como parte de la ruleta, con factores que siembran incertidumbre en procura de una legitimación falsa. Las acciones colectivas se tornan cada día más difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en los meses recientes.

Seguimos viviendo sembrados en la trayectoria de lo pasado, una que conduce a ninguna parte. Hasta la forma de pensar sigue siendo la misma, en una especie de parálisis cerebral que nos impide comprender que debemos generar nuevos paradigmas que puedan producir una transformación de la realidad inmediata.

El hombre se queda sin los amarres del pasado y sin una definición del porvenir. Es una auténtica contracción del futuro indefinido. Ante la intemperie el venezolano está tendiendo a sumirse en la simplicidad. Es necesario producir un desgajamiento de los viejos paradigmas, o para decirlo en otras palabras, se hace indispensable el brote de una nueva cultura, pues han terminado las formas políticas democráticas ancladas en los viejos paradigmas.

Las sacudidas se suceden unas tras otras. Las anteriores convicciones lucen desgastadas, perdida toda su capacidad explicativa y de protección. La expresión sobre el deterioro de las instituciones se ha hecho lugar común, pero las que muestran debilidad extrema son las políticas, incluidas las llamadas intermedias que cumplían el rol de puente entre el poder y la comunidad. De manera que las viejas formas jurídicas se han deshilachado y los intermediarios han perdido toda capacidad de dar excitabilidad y coherencia, así como han perdido los viejos instrumentos de coercibilidad, lo que ha llevado a los medios a procurar alzarse como los nuevos controladores.

Las llamadas instituciones muestran una incapacidad manifiesta para transformarse, más aún, no es transformación lo que requieren. Frente a un nuevo paradigma cultural, aún en pañales, su rompimiento con la realidad es visible, pues pertenecen a paradigmas superados, parten de la base de una inmovilidad que les es consubstancial. El hombre regido por la institución desaparece, se ha aislado de ella.

Al futuro no se le pueden dar formas inmóviles. Al futuro se le da forma ejerciendo el pensamiento bajo la convicción de una voluntad instituyente en permanente movimiento. Es mediante el pensamiento que se puede afrontar el laberinto propio del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el cabalgar fuera de dogmatismos.

teodulolopezm@yahoo.com

La disfunción comunicacional


Teódulo López Meléndez

Así como tenemos políticos del pasado, tenemos también “comunicadores estrellas” del pasado. Así como tenemos gente practicando estalinismo y convocando tribunales disciplinarios partidistas, podemos encontrar vedettes disfuncionales en materia de información.

Leer periódicos ante el micrófono es a lo máximo que arriban y, sin embargo, la sociedad los mantiene en una estima que asombra. Si uno se detiene a mirarlos los percibe ubicados en otro tiempo, en uno del pasado, en uno que  no tiene nada que ver con la realidad venezolana de hoy. Si uno los toca un poco no encuentra nada, a no ser en la pantalla donde es más fácil percibir la vacuidad.

Así como la política anda en restos de eslabones perdidos la asunción del “estrellato informativo” se asemeja al telón raído de un viejo teatro donde la obra a presentar no refleja otra cosa que las intimidades publicitarias de los patrocinantes.

Se trata de “vivir de eso” y de algo todos tenemos que vivir, por supuesto, pero en el campo de la información hay un terreno delicado y el que oteamos es el del producto anunciado como protagonista y esencia de la tarea que se cumple. Desde el estilo de la voz aterciopelada o de la voz histérica la información se ejerce como una disfunción, no como la tarea primordial.

En el ejercicio informativo se percibe claramente un desarreglo en el funcionamiento, una alteración cualitativa de su función, un desacomodo espacio-temporal. Se sigue ejerciendo de manera tal que uno oye o ve y siente la ruptura, la separación entre lo que se emite y los tiempos que corren.

La voz unidireccional está allí procurando audiencia y consiguiéndola en un público amorfo que a falta de otros íconos la asume como una especie de representación de un sueño acabado. Es una voz del pasado, en contenido y forma, lo que esta sociedad diferida asume como lo que podríamos denominar “comunication pop”.

Hace tiempo que no aparece un ídolo de la canción. Hace tiempo que no surge una estrella televisiva. La disfunción comunicacional ha ido tomando su lugar, ahora la imagen a la que se presta atención es a esta imagen alterada, a este nuevo “animador” que hace el show de la mañana u ocupa el tiempo de los ancianos por la tarde. Una suave observación es tomada como el camino a seguir. O la rudeza aparente de una frase repetitiva, pero de simulada contundencia, se asume como mensaje subliminal con que llenar las cabezas de una sociedad en desbandada.

Todo es apariencia. La información un producto con que rellenar el formato. El medio sigue lanzándolos a un “estrellato” sustitutivo. Navegan sobre las ondas con placidez y distensión. Los consumidores creen encontrar respuestas, los hacen Lady Gagá o Beyoncé  criollos, las nuevas luminarias pop de un entramado sin contenido, sin fondo, sin creación de conciencia.

Los “invitados predilectos” (analistas, encuestadores, políticos partidistas, gente que repite lo que de ellos se quiere oír) integran el formato, cumplen con su cuota de política de micrófono, se exhiben y se adaptan. Siempre son los mismos porque tienen el libreto introyectado.

No hay una pluralidad de criterios en un país donde somos prisioneros de dos minorías. La inmensa mayoría del país no accede allí porque no se ajusta a las necesidades del productor de la expresión lineal anticuada. El país mayoritario no cuadra con la disfunción comunicacional. La expresión múltiple rompería este proceso unidireccional estático, impediría “vivir” de lo que el amo del poder dispara en sus cadenas y discursos cotidianos. Procurar el rompimiento de esa palabra detestable llamada “polarización” conduciría a encontrarse frente a un desafío innovador que dejaría al libreto hecho añicos.

teódulopezm@yahoo.com

La política vista desde la ciudadanía: ¿es posible otra Ciencia Política?

Por Manuel Luis Rodriguez Uribe

El edificio teórico y conceptual de la Ciencia Política, ha sido construído principalmente entre los siglos xix y xx a partir de una suma de visiones y lecturas cada vez más estructuradas e institucionalizadas del orden político.  La política es, ya lo sabemos, a la vez, arquitectural y agonal: por un lado, estudia las instituciones y estructuras del sistema político, y por otro lado, apunta al estudio de la dinámica de las prácticas, las nfuerzas y los procesos políticos.

Ambas dimensiones se intersectan, se entrecruzan en el tópico de la ciudadanía, es decir, en el campo de fuerzas que constituye el fundamento del orden político en todo sistema político moderno, ese conjunto de individuos dotados de ciertos deberes y derechos, de ciertos atributos que le permiten asumir la soberanía de la nación y en el Estado.

En el siglo xx, diversas escuelas teóricas han acometido la tarea de presentar una interpretación de la política y de la Ciencia Política, como respondiendo a los imperativos de las estructuras y sistemas que dan coherencia y que articulan el orden político en la sociedad.

Nuestro punto de partida teórico-conceptual es la escuela del realismo político que, desde Maquiavelo a Morgenthau, sugiere estudiar, analizar, contextualizar y comprender los hechos políticos como hechos sociales, como acontecimientos efectivamente ocurridos, distintos en su entidad de las intenciones, intereses, retóricas y significados comunicacionales que se les pueda dar  esos mismos eventos.

¿DONDE ESTÁ HOY LA CIUDADANÍA EN LA CIENCIA POLÍTICA?

Las crisis políticas, las sucesivas oleadas de democratización,  la constatación de los grandes ciclos históricos de dictaduras y democracias, y la crisis de las formas tradicionales de la representación en los Estados y democracias modernas, han llevado a la Ciencia Política a interrogarse acerca de las nuevas formas emergentes de ciudadanía.

La ciudadanía y la representación política son algunos de los tópicos más actuales y acuciantes de la Ciencia Política.  Pero seguimos percibiendo que los ciudadanos -en cuanto objetos de estudio- son descuidados como sujetos del orden político, porque la Ciencia Política los sigue tratando como destinatarios finales de las decisiones, las leyes y las estructuras.

Pero para que se produzca un cambio copernicano en la lectura politológica de la política del siglo xxi, es la propia Ciencia Política la que tiene que afirmar la centralidad del ciudadano y de la ciudadanía en todo el orden político, rompiendo  con esa “relación piramidal” que subordina al individuo-ciudadano a un orden político que le es impuesto.

Porque, en la política realmente existente ¿dónde está el ciudadano, dónde están los ciudadanos?  ¿Cuál es el lugar de la  ciudadanía en la Ciencia Política de hoy?  No tendría sentido interrogarnos si los ciudadanos son un componente teórico de la reflexión política o de la disciplina politológica, toda vez que la Ciencia Política reviste la categoría de ciencia social y de ciencia humana, de manera que el saber elaborado por esta disciplina hace conexión con la “ciudadanía” como topico de estudio desde diversas perspectivas y enfoques.

Nuestro argumento apunta a reclamar por la centralidad del ciudadano y la ciudadanía en el orden político.

Sería invertir todos los paradigmas institucionales y sistémicos de la Ciencia Política, de manera de intentar una profunda  revolución teórica que significaría volver a poner  la disciplina sobre sus pies y con la cabeza arriba, en terminos tales que el ciudadano y la ciudadanía sean el problema central, el tópico crucial, el cruce conceptual y teórico fundamental del estudio de los sistemas, estructuras e instituciones.

ALGUNAS APROXIMACIONES CONCEPTUALES Y TEÓRICAS

Dos conceptos analizaremos en esta nueva aproximación politológica: el problema del poder y el problema de las políticas públicas.

Entendemos clásicamente que el poder es una condición y una relación en la que intervienen dosis variables de fuerza o cohersión, información, recursos materiales e influencia.  Desde una perspectiva ciudadana, hemos de entender el poder como una relación asimétrica entre los ciudadanos y las estructuras políticas que se resuelve en procesos de toma de decisiones y en una provisión desigual de recursos e influencia.

¿Cuánto intervienen los ciudadanos en los procesos de toma de decisiones políticas?    Si el corazón de las instituciones políticas son sus procesos de toma de decisiones, ¿dónde, cómo, cuándo y en qué condiciones los ciudadanos forman parte, intervienen y protagonizan esos procesos decisionales?

Este enfoque del problema del poder, pone en tensión los conceptos tradicionales de representación, de democracia representativa y de participación, en la medida en que las instituciones de la democracia representativa, diseñadas originalmente  como expresión supletoria de la soberanía popular, puede terminar reemplazando a la ciudadanía en el ejercicio del poder, sobre todo cuando los intereses ciudadanos, el llamado interés común o el interés general, termina siendo reemplazado por los intereses grupales y corporativos que gobiernan y dominan las democracias representativas modernas.

De esta aproximación emana el tópico de las políticas públicas.

Si las políticas públicas son una expresión formal del funcionamiento de las instituciones políticas, en orden a dar cuenta de los problemas colectivos o sociales y de intentar resolverlos, cabe preguntarse ¿en qué lugar, en qué momento del proceso de toma de decisiones de las políticas públicas intervienen los ciudadanos cuyos problemas ess políticas debieran resolver o solucionar?

La lógica de las políticas públicas -desde su fundador Harold Laswell- está atravesada por la impronta institucional, es decir por el enfoque sistémico que establece y determina la trayectoria que siguen las políticas, desde que son concebidas hasta que son implementadas en la realidad social.

Pero, si observamos ese proceso, percibimos que el ciudadano apenas es un individuo objeto de los datos diagnósticos de la decisión de las políticas y un objeto respecto del cual se miden impactos de las políticas aplicadas, de donde se desprende que la ciudadanía termina siendo un objeto-dato de los procesos político-técnicos de realización de las políticas públicas.

Las políticas públicas entonces pueden reconceptualizarse como formulaciones y prescripciones de la acción del Estado,  en cuanto expresión sistematizada de los intereses y aspiraciones ciudadanas, mediante los recursos de la administración.

En esta concepción, la ciudadanía adquiere así la posición central en el proceso de las políticas públicas, no solo porque éstas reflejan sus intereses y urgencias -lo que se encuentra en la definición misma- sino porque interviene en el proceso de toma de decisiones de las que son un resultado.

Una tal visión del poder y de las políticas públicas ciertamente contiene implícita una nueva visión del sistema político y de la democracia.

Manuel Luis Rodríguez U.

La legitimidad democrática

|Rosanvallon, Pierre [2010]

|ISBN:978-84-493-2362-1

|Páginas:290

El pueblo es la fuente de todo poder democrático. Sin embargo, las elecciones no garantizan que un gobierno esté al servicio del interés general ni que vaya a estarlo en el futuro. Por tanto, nos dice Rosanvallon, el veredicto de las urnas no puede ser el único parámetro de la legitimidad de los gobiernos, y los ciudadanos, a menudo defraudados, son cada vez más conscientes de que el poder democrático debe someterse a unos mecanismos de control y validación que contribuyan a hacer realidad la voluntad mayoritaria. Para lograr este objetivo el autor nos explica que el gobierno debe atenerse a un triple imperativo, que consiste en distanciarse de las posiciones partidistas y de los intereses particulares (legitimidad de imparcialidad); tener en cuenta las expresiones plurales del bien común (legitimidad de reflexividad), y reconocer todas las singularidades (legitimidad de proximidad). De ello se deriva el desarrollo de instituciones como las autoridades independientes y los tribunales constitucionales, así como la implantación de una forma de gobernar cada más atenta a los individuos y a las situaciones particulares.

Esta obra nos proporciona las claves para comprender los problemas y las consecuencias de las mutaciones de la democracia en el siglo XXI, planteando los elementos necesarios para mejorar la democracia representativa y proponiéndonos una historia y una teoría de esta necesaria revolución de la legitimidad.

Pierre Rosanvallon nació en Blois, Francia, en 1948. Historiador e intelectual francés, sus estudios se centran principalmente en la historia de la democracia, el papel del estado y la cuestión de la justicia social en las sociedades contemporáneas.

En la actualidad es profesor en el Collège de France, donde ostenta la Cátedra de Historia moderna y contemporánea de la política. Es el director del sitio web laviedesidees.fr y, además, colabora en La République des idées.

Un mundo virtual


Por Alberto Medina Méndez

Muchos problemas de la cotidianeidad resultan, para la inmensa mayoría de los mortales, una obviedad. No parecen precisarse demasiadas evidencias adicionales para confirmar lo que muchos ciudadanos visualizan como parte del presente.

La nómina de inconvenientes es interminable. Muchos de esos problemas son olvidados por la clase dirigente. En algunos casos, lo hacen en conocimiento de su existencia, explicitando una decisión premeditada de abandonar a su suerte al asunto.

En otros casos, ni siquiera son percibidos por la política. Directamente ignoran el tema y cuando alguien se los muestra, encuentran convenientes argumentos para relativizar su importancia, minimizar su impacto o incluso refutarlo de modo absoluto.

Les sucede algo similar a lo de tantos científicos. No descubren los problemas porque no están predispuestos a verlos. Sus conclusiones resultan intocables, inmutables y no aceptan someterlas a revisión. Cualquier dato que se desajuste de esa mirada, se descarta y no pasa el filtro. Sus premisas se seleccionan para que concuerden con una conclusión que ha sido decidida en forma anticipada y que se ajusta a sus creencias.

Es por esa razón por la que las puertas de las oficinas públicas permanecen cerradas a los reclamos de la gente. También eso explica porque aborrecen de lo que se dice en los medios de comunicación o lo que opinan sus circunstanciales opositores. Para los que gobiernan, ningún asunto por si mismo amerita ser considerado “grave”. En todo caso se trata de un eventual tropiezo que será evaluado y considerado oportunamente.

Quienes lo describan al problema como tal, serán opositores recalcitrantes, crónicos desestabilizadores, funcionales instrumentos de una operación de prensa o perversos voceros de poderosos intereses ocultos, preferentemente internacionales.

Para ellos, el país REAL es ese que se encargan de difundir por los medios de comunicación estatales, esos que pagamos todos, pero que enaltecen la ideología gobernante con exclusividad, sin tapujos, sin sonrojarse y con la convicción de que hacen lo moralmente correcto al propalar sus ideas y aplastar las ajenas.

En esas imágenes, en esos relatos, pululan miles de ciudadanos sonrientes, felices, conformes y satisfechos. Un verdadero cuento de hadas en el que solo habitan soluciones y todos los escollos han sido superados o son simples nimiedades.

Se trata, claro está, de una fantasía, de algo irreal, de un mundo virtual, que no existe y que solo puede sustentarse en el tradicional microclima que los mas de los políticos se construyen para si mismos, en el que se habla solo de los temas que se seleccionan minuciosamente, en el contexto de una agenda hecha a su medida.

Y no es que el mundo real, sea un mar de lágrimas, poblado de gente infeliz, fracasada, resentida y desconsolada. Ese TAMPOCO es el mundo real. Esa es otra ficción.

Si hay algo que el ser humano ha aprendido como especie, a lo largo de su historia, es a desarrollar una, cada vez más elogiable, capacidad de adaptación, que evoluciona generación tras generación.

En ese contexto, el mundo real es complejo, difícil de comprender y cualquier simplificación cae en el riesgo de pecar de extrema inexactitud. Nuestra sociedad no es la que nos describen los circunstanciales oficialistas de turno. Tampoco es la que tan dramáticamente intentan mostrarnos los opositores.

Somos parte de una comunidad que intenta desarrollar lo que la naturaleza misma del hombre indica, la búsqueda de la felicidad. Se trata de hacer el intento por encontrar esa utopía con la que nos topamos cada tanto, no con la frecuencia que todos desearíamos, pero que constituye nuestro norte, nuestra brújula, nuestra meta a alcanzar.

Con esa motivación, cada ser humano, inicia su jornada cada día. Y así debe ser. Conviven entonces permanentemente en la misma persona, en la misma familia, en esa sociedad, esas luces y sombras que caracterizan la vida humana. Intentar dibujarnos un mundo de rosas, o sus antípodas, una nube negra en el horizonte, es desconocer la propia esencia de la especie humana.

Bajo esas premisas, y considerando, que en esa búsqueda de la felicidad individual, se les ha delegado a los gobiernos una porción de esa tarea, quienes tienen la responsabilidad de conducir, deben bregar por hacer las cosas lo mejor posible, cumpliendo con sus mandantes y logrando que sus razonables expectativas sean satisfechas. No se trata de pintar un arco iris o una tormenta. Ambos escenarios son cíclicos y alternarán invariablemente a lo largo del tiempo, sucediéndose unos a otros.

Escuchar discursos políticos altisonantes, intentando convencernos de que vivimos en un país soñado, digno, orgulloso de si mismo, con problemas insignificantes, que está dando la gran batalla contra sus enemigos, es ofrecernos una caricatura de la realidad. Nada de eso se parece a lo que todos los días percibimos. No somos una Nación sonriente. Esas caras rozagantes, exultantes, llenas de júbilo y euforia no se ajustan a nuestro sentir permanente. Tampoco encajamos en la lúgubre descripción del pueblo destrozado, desbastado, resignado, aplastado y apesadumbrado que otros intentan imponer como el rostro del presente.

Somos esa sana mezcla que disfruta de lo que tiene, y sueña con algo mucho mejor. Pertenecemos a la especie humana, y somos por tanto, capaces de arreglarnos con lo que hay, sin perder las esperanzas de algo mejor.

Esto explica buena parte del desencuentro entre la política y la sociedad. Dos idiomas distintos. Tal vez la política debería dejar de preocuparse por retratarnos en esa ficción y ponerse a trabajar por sus propias responsabilidades, esas que la sociedad les ha asignado para contribuir a la construcción de una comunidad mejor. Los ciudadanos  persistiremos en el intento de nuestra interminable “búsqueda de la felicidad”, para que sean más las luces que las sombras. Porque vivimos en un mundo real. No precisamos escucharlos con sus discursos cegados para que nos sigan contando acerca de SU mundo virtual.

Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

Skype: amedinamendez

http://www.albertomedinamendez.com

03783 – 15602694

Educación para la democracia

Orlando Alcívar Santos

orlando@alcivar.ec

La semana pasada, en un seminario realizado en Panamá sobre Derecho Constitucional y organizado por la Federación Interamericana de Abogados y el Colegio de Abogados de Panamá, con el tema central de “Los Desafíos del Estado de Derecho en las Américas del siglo XXI”, una de las coordenadas que atravesó el tenor de casi todas las exposiciones y de la participación de los asistentes, fue el problema educativo en nuestro continente, responsable de que la democracia flaquee y se torne en un fallido ejercicio cívico y en una práctica diaria poco satisfactoria, pues el Estado de Derecho no tiene una vigencia plena.

Se citaron varios casos de injerencia del Ejecutivo en las otras Funciones del Estado y hasta de episodios que van más allá del simple alineamiento con las ideas gubernamentales por parte de tribunales, fiscalías y legisladores hasta llegar a vergonzosos episodios de sumisión y servilismo.

Las deficiencias en la formación cultural y cívica de gran parte de la población latinoamericana, la falta de compromiso de los ciudadanos con su país, la no conciencia acerca de lo que es la Constitución y su contenido (al hombre común no le importa que los funcionarios cumplan o no con sus altas obligaciones pues no saben que las tienen ni cuándo las vulneran) hacen que la democracia tenga profundas grietas que deben ser llenadas con paciencia y prolijidad a través de un trabajo largo y elaborado.

El remedio para mejorar la salud de la democracia, que malvive en varios Estados de nuestro continente, es darle al ciudadano dosis permanentes, continuamente incrementadas (sin llegar a la intoxicación) de educación para el civismo, que implica conocimiento e información, capaz de que cultive y haga crecer su conciencia sobre el ejercicio cívico y político responsable, desde el parvulario hasta la adultez mayor, pues de otra manera los electores seguirán siendo víctimas de los hechiceros, malabaristas, ventrílocuos, cuenteros y prestidigitadores que rondan los escenarios donde se desarrolla nuestra tempestuosa vida política.

Sin embargo, es necesario decir, para no caer en el análisis parcial e injusto, que no siempre el pueblo ha cometido errores a pesar de su carencia de formación porque eso equivaldría a decir que nunca ha habido un gobierno de aceptable desempeño en América Latina, lo cual no es cierto si queremos ser fieles a la historia. La mayoría han sido malos pero también ha habido buenos. Lo que ha ocurrido es una de estas dos cosas o ambas a la vez: 1) que el acierto al elegir buenos gobernantes (las veces que ha sucedido) ha sido el resultado de una especie de lotería democrática pues el pueblo se la jugó por un candidato que dio la talla y satisfizo las expectativas, 2) Que no ha existido una oferta calificada de candidatos por lo que ha sido imposible elegir uno óptimo si todos eran regulares o malos. Por ejemplo, y solo para clarificar la idea, en la tan cuestionada y reciente designación de los miembros del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, ¿hubo una copiosa oferta de candidatos aptos y capaces para la función o daba lo mismo escoger a cualquiera?

A veces la responsabilidad no es solo del pueblo, también de quienes están encargados de designar a los candidatos, operación que todavía no se perfecciona ni se democratiza al interior de los partidos y movimientos políticos que siguen practicando el ejercicio de escoger a dedo.

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