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Democracia siglo XXI

mes

enero 2014

La acción de la paciencia

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Teódulo López Meléndez

Pedir paciencia a los venezolanos puede resultar una de las empresas más temerarias, dado que argumentan han pasado 15 años y ante la voracidad que se come la calidad de vida, y ante la desorientación general, todavía claman por acciones que no ven materializarse. Manejamos el término paciencia tal como lo entiende la tradición filosófica, esto es, como constancia valerosa, como un sinónimo de entereza.

 La paciencia ha sido considerada siempre una virtud, pero acompañada siempre de la sombra del conformismo, lo que hace probable  que los pueblos no logren ver el exacto momento histórico de un salto cualitativo, de uno que no tenga nada que ver con el vacío.

 Es difícil entender el tiempo de paciencia como uno de reflexión y de cultivo, de organización y de producción de ideas, de visualización del futuro. Más aún lo es percibir que desde la definición del futuro se está incidiendo de manera determinante en el cambio del presente. Tener el camino delineado es la única posibilidad de saber a dónde ir cuando llegue el instante que los procesos sociopolíticos suelen ofrecer.

 

Ese instante no llueve como maná, es también producto de la paciencia creadora y del estado mental de alerta, del cultivo de la verdad y de la superación de las falsificaciones, entre las cuales muchas veces se coloca una simulada pacificación como simple estratagema táctica de reducción de las resistencias.

 La impotencia, denominador común de quienes no ven salida y, sin embargo, están conscientes del agravamiento progresivo que asfixia, sólo puede superarse mediante el crecimiento constante de un personalismo social que avance en la construcción de un cuerpo común que los impotentes no visualizan como condición esencial.

 

Jamás un cambio histórico se ha dado para restaurar y los ejemplos que podamos conseguir sólo indican inestabilidad, provisionalidad e ilusión momentánea que será seguida de otro sacudón. Los saltos nunca deben olvidar el estadio anterior, uno que debe ser entendido y asimilado libre de fango y distorsiones. Los pueblos también exigen, aunque no se den cuenta con precisión y el ánimo de salir de lo que quieren salir valga en su psiquis aparentemente más que la oferta sustitutiva, el ofrecimiento emocionante, el desafío que permita la conformación de la voluntad colectiva.

 Hay razones objetivas que determinan el instante, como puede serlo una gran crisis económica -ejemplos a granel hay-, pero las verdaderas causas del instante vienen de una decisión colectiva, del previo engranaje de un corpus claro de lo que se quiere y que deberá sustituir a lo que no se quiere. Podríamos definirlo como la creación de una conciencia, lo que también podríamos plantear como una paciencia creativa, una que logre evitar con inteligencia la peligrosa sombra de la resignación. Paciencia no es error repetido, no lo es incurrir en estrategias equivocadas o en omisiones vergonzosas o en entendimientos por debajo de la mesa. La paciencia es acción penetrante y acertada. La verdadera paciencia es una acción que no ceja un instante de construir lo sustitutivo y de preparar para su final lo que hay que sustituir.

 

La mentira en la que se vive, y que a ratos conduce o a la exigencia de acciones descabelladas o a la entrega en brazos de la abulia, debe ser sustituida por la creación del mecanismo alterno y por la convicción del poder colectivo consciente. El instante, producido por las condiciones objetivas, pero creado en lo profundo de la psiquis, permitirá la transformación del sentido de sumisión en uno de creación sustitutiva. Es así como la paciencia deja de ser defecto u omisión, para convertirse en el punto nodal del gran salto cualitativo en procura de la justicia social, de nuevas formas de protagonismo no excluyente, de nuevas formas democráticas adaptadas al futuro y no al pasado, de lo que he llamado un pragmatismo pleno de ideas sobre una organización social en que un nuevo concepto de poder y de ejercicio político tome las riendas del propio destino.    

 

La “realidad” se alimenta de apariencias. La falsificación es su nutriente preferido. La existencia del mismo hecho de conocer y de tener la “imagen” es condición indispensable para que algo se convierta en real. El punto clave es la sustitución de la apariencia, lo que no pueden lograr los pueblos que nadan en ella. Vivimos en un presente donde se ha hecho de la apariencia el “cambiante” de cada día. La paciencia creativa conseguirá el instante de luz, a la manera en que lo hemos definido, cuando pase la escoba sobre las apariencias y se haga sustitución. Creo es de Susan Sontag esta frase: “Las ideas conceden permiso”

 tlopezmelendez@cantv.net

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Dictaduras del siglo XXI: Más de 2.000 millones de personas sufren este yugo

 

dictaduras

Por Rocío Linares

 

Alrededor del 34% de la población mundial, unos 2.377 millones de habitantes, viven bajo el yugo de dictaduras en la actualidad, según el informe de 2013 sobre la libertad en el mundo realizado por Freedom House. Hay que tener en cuenta que más de la mitad de ese total vive en un solo país: China. La primavera árabe derrocó con efecto dominó a algunos de los mayores tiranos del siglo XXI pero en el mundo todavía hay 47 dictadores en el poder repartidos por el planeta.

El informe recoge que un 23% de los habitantes del mundo vive en un régimen parcialmente libre, repartidos en 58 países que se encuentran en esta categoría. Como dato positivo, el número de países libres aumentó en tres desde 2012. Ahora se sitúa en 90 -que representa un 46% de los 195 sistemas políticos actuales- con el 43% de la población mundial, más de 3.000 millones de personas.

Asia, con 19 dictaduras, y África, con 16, son los continentes que concentran mayor número de regímenes autoritarios. El profesor y experto en Relaciones Internacionales, Isidoro Jiménez, explica a este respecto que “muchos países asiáticos y la mayoría de África son estados con décadas de vida, que estuvieron sometidos a metrópolis con un objetivo económico pero sin contemplar las libertades”. “Con la descolonización, una élite dirigente tomó el poder que hoy conserva. Bien distinto es el caso de China, o Corea del Norte, regímenes resultantes de un status quo que se remonta a la Guerra Fría del siglo XX”.

La caída del corrupto Ben Alí en Túnez, del faraón Mubarak en Egipto y de Gadafi en Libia, tras el inicio de las revueltas populares de la primavera árabe, prometió liberación para miles de personas pero dio lugar a que se “recrudecieran las reacciones” de los tiranos gobernantes en el Medio Oriente, con importantes perjudicados como Irak, Jordania, Kuwait, Líbano o Siria, entre otros, donde se registraron retrocesos en cuanto a libertad. Al menos, así lo pone de manifiesto el informe.

Lo que empezó con entusiasmo, visto como un proceso democratizador, no ha conseguido el propósito final que se anhelaba. “La transición, una vez derrocado el dictador, no está siendo buena y la inestabilidad social, los intereses propios más que del conjunto y los disturbios están minando los avances”, afirma Isaac Á. Calvo, analista de Internacional del periódico LaSemana.es. “En algunas dictaduras hay una especie de pacto de coexistencia y tolerancia entre poder y población. Muchos habitantes se han acomodado a tener ciertas libertades y sus necesidades principales cubiertas, aunque no puedan elegir a quien les gobierna”. Esta situación demuestra que el sistema de libertades de Occidente no tiene que exportarse a todo el mundo obligatoriamente.

 

OCCIDENTE MIRA DESDE LEJOS

Las potencias occidentales aplaudieron los levantamientos populares contra los dictadores y sintieron, en parte, el triunfo de su sistema democrático en el continente africano. No obstante, con los resultados a la vista: del caos de Libia a la incógnita de la nueva transición en Egipto, los problemas del terrorismo y de enfrentamiento entre musulmanes en el norte, o las tensiones entre pueblos y países del África subsahariana, las pretensiones democráticas quedan en segundo plano, mientras los conflictos masacran poblaciones y convierten los países en territorios ingobernables.

Desde antes del estallido de la primavera árabe, el profesor Isidoro Jiménez comenta que “la comunidad internacional ha actuado tarde y mal cuando se ha permitido que líderes regionales, con contactos y formación en Europa y EE UU, han hecho en sus países lo que han querido”. “O cuando se ha consentido, e incluso impulsado, que algunos países, por ejemplo en el norte de África, hayan mantenido sistemas dictatoriales a cambio de ayudas económicas sin importar la situación de los pueblos”.

Por su parte, el periodista Isaac Á. Calvo señala que “aunque tanto Estados Unidos como la UE aboguen por la democracia en el mundo, no dejan de ser pragmáticos. Es decir que, si hay interés, no tendrán reparos en mantener y fomentar relaciones con dictaduras”.

www.lasemana.es

En “Toque de queda” con Mingo

TLM en Toque de QuedaPrograma transmitido por http://www.eutv.net el viernes 17 de enero de 2014

En dos vídeos :

http://www.eutv.net/toque-de-queda/teodulo_lopez_melendez_1701s1

http://www.eutv.net/mientras-tanto/teodulo_lopez_melendez_1701s3

Sólo resta saber cómo y cuándo

 

como y cuando

 Alberto Medina Méndez

Argentina recorre un sendero sin retorno. La farsa está llegando a su fin. Lo que hace meses se ponía en dudas, hoy ya es una realidad. Se vive una etapa de incertidumbre. Nadie tiene precisiones de cómo y cuándo ocurrirá el desenlace de este gran sainete que lleva muchos años.

Una vez más, se ha demostrado que las tropelías y los dislates solo conducen hacia el desastre. En esta ocasión, el país, que fue siempre bendecido por su suerte y sus condiciones naturales privilegiadas, pudo sostener este engaño por un tiempo más prolongado que el razonable.

El “viento de cola”, las circunstancias internacionales altamente favorables, determinados eventos sin méritos propios, hicieron  que los planetas se alinearan mejorando las posibilidades de una nación que supo ser potencia, pero que se ha especializado en desperdiciar oportunidades. Lamentablemente, esta vez, no ha sido la excepción.

El derrumbe progresivo se hace cada vez más indisimulable. Las reservas del Banco Central en caída permanente, un cepo cambiario que muestra una debilidad absoluta, el inocultable deterioro institucional, el poder centralizado en pocas manos, las libertades que desaparecen una a una, una moneda devaluada, un prestigio internacional de gran fragilidad, una economía cerrada por una actitud de aislamiento, la inflación y su triste podio mundial, y la lista continua con innumerables cuestiones que demuestran el desgaste que evoluciona semana a semana sin detenerse.

Hasta hace poco, algunos ardides permitían dejar el abordaje de los temas de fondo y sus soluciones para más adelante. Esas medidas se han agotado. Como sucede con la medicación, ciertas formulas ya no generan el efecto deseado. La credibilidad del gobierno pasa por su peor momento y su legitimidad es cuestionada sin mostrar señales de recuperación.

Frente a ese escenario, el resultado es evidente. La discusión ya no pasa por lo que inexorablemente ocurrirá, sino más bien por estar a tiempo de elegir el cómo y el cuándo. El estado de situación actual permite, por ahora, cierta elección de caminos. Todavía admite la chance de definir de qué manera se quiere concluir esta etapa, para empezar la siguiente, y hasta es probable que se pueda optar por el momento más adecuado. Pronto, ya ni siquiera será posible elegir ni el instante ni las formas.

No es deseable que el gobierno tenga que huir anticipadamente como ya ha ocurrido tristemente en el pasado, con todo lo que ello implica. Ese contexto dejaría a la sociedad a la deriva, complicando aun más la compleja situación real, agregando una crisis política institucional absolutamente innecesaria.

Lo esperable es que el gobierno se haga cargo de sus disparates e imprudencias y vuelva sobre sus pasos, dejando su orgullo político de lado y su fundamentalismo ideológico sobreactuado, aunque este tipo de actitudes de razonabilidad y madurez no son atributos habituales del oficialismo.

Aun sin asumir sus compromisos y continuando con su desacreditado relato, es de esperar que el gobierno intente concluir el mandato constitucional, a cualquier costo, aunque ello signifique hacerle pagar a los ciudadanos un costo exagerado, no por ello menos merecido. Después de todo, el hecho de apoyar a determinados dirigentes respaldando sus políticas, debe tener consecuencias y nada se aprende evadiendo responsabilidades.

La oposición, al menos por ahora, solo recita diagnósticos y a veces solo narra la crónica de los hechos, como si fuera una simple espectadora. No parece tener un programa de acción serio, ni siquiera para proponerle al oficialismo ciertas variantes a sus equivocadas políticas.

En definitiva, con gobernantes necios y claramente desorientados, será difícil que el final del camino no sea el imaginado. Pero también es cierto que con opositores sin soluciones, que privilegian las disputas por sobre su rol como alternativa política, es imposible ser optimistas.

Siendo que el itinerario parece inevitable, habrá que poner energías en elegir el momento y la manera de transcurrir la situación con el menor daño posible. Tal vez aun se pueda elegir el modo de aterrizar “el avión” y hasta la oportunidad. Puede que luego sea demasiado tarde y no sea factible decidir nada para solo aceptar el colapso sin margen de maniobra.

Es importante asumir responsabilidades. Las tienen los que gobiernan, pero también los que cumplen el rol de opositores. La gente que al votar, apoya políticas equivocadas porque cree en la magia de que todo es gratis y nadie paga la fiesta es tan responsable como los que decidieron dejar que todo suceda, cruzarse de brazos y hacerse los distraídos. Se trata de un final anunciado. Solo resta saber cómo y cuándo.

albertomedinamendez@gmail.com

El desafío del pragmatismo con ideas

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Teódulo López Meléndez

El país gira sobre un planteamiento ideológico trasnochado que implica el abandono de todo pragmatismo. No se informa sobre cifras o sobre logros o sobre lo hecho o lo que quedó aplazado. Se le habla de una ideología que, como tal, debería contener en su seno todas las respuestas o, al menos,  sustentar una vía donde lo inédito se iría resolviendo en base a la imaginación improvisada.

La ideología es un  bloque cerrado del cual es imposible apartarse porque, aún en las dudas, su magia interna dará las respuestas, es lo que se nos dice. Contrariamente a la realidad del pensamiento, a las exigencias del siglo XXI, a la apertura mental que exige el tiempo presente, se nos pone, en las narices de un país en crisis, una ideología supuestamente omnímoda, una que recurre a citas de una ortodoxia pasmosa matizada con los relámpagos mentales del militar que la trajo a colación.

Mientras el mundo se mueve sobre los cadáveres de las ideologías, en Venezuela el cadáver de una ideología se convierte en el anuncio fundamental que se le hace al país. Los corsés ideológicos cayeron y sus restos desmenuzados por la acción implacable de la naturaleza no son más que detritus, viejos textos clásicos de los cuales nutrir la historia del pensamiento o viejos principios conceptuales útiles apenas para derivar un pensamiento absolutamente distinto sobre los viejos temas de lo humano y de lo social.

Nadie habla de dejar de pensar. Una cosa es pensar y otra mantenerse aferrado a una evidente falsa ideologización. La falsa ideologización impide atacar los problemas puntuales, entre los cuales cabe anotar la indispensable armonización de los factores sociales en procura del bien común. Más que nunca se requiere pensar. Más que nunca se requiere tener meridianamente claro un proyecto de país y he aquí que nos encontramos con uno de los dramas fundamentales del presente venezolano: quienes están en el poder mastican ideología y quienes se le oponen carecen de ideas sobre el futuro, limitándose apenas a un proyecto de restauración de los términos clásicos de la obsoleta democracia representativa.

Ideologizar en la segunda década del siglo XXI equivale a un proceso de corrosión del verdadero sentido del pensamiento, a uno tan grave como encerrarse en el pragmatismo de una acción política que sólo mira a la obtención del poder. Si se unen ambos, ideologización para conservar el poder, no veremos otra cosa que un neototalitarismo caracterizado por una vergonzosa incapacidad  de resolver las necesidades fundamentales de la población.

El pensamiento no procura el establecimiento de fronteras rígidas, una especie de altas murallas dentro de las cuales se encierra una verdad incontrastable. El pensamiento es apertura, motivación al desafío, procura de hacer ciudadanos en el sentido de vigilancia sobre el poder y de facultad crecida de decisión sobre los caminos comunes a tomar. Las ideas son para evitar la caída en una acción política determinada por la banalidad, por la inmersión oscura en una cotidianeidad oprobiosa, en un desgarramiento cotidiano sobre lo intrascendente.

Pragmatismo es hacer en su momento lo que conviene a los intereses colectivos, no el propósito determinado de recurrir a las habituales triquiñuelas para obtener el poder o para conservarlo. Y ese pragmatismo se ejerce dentro de un corpus abierto de ideas absolutamente claras del país que se desea. El requerimiento de los tiempos es, pues, la de un pragmatismo con ideas, no la del encierro en las manos de restauradores de viejos cuadros deteriorados. Si se quiere invertir los términos, la ecuación lo soporta perfectamente: ideas con pragmatismo.

Es imposible gobernar hoy desde el encierro ideológico como es imposible para quienes pretendan constituirse en alternativa hacer oposición sin ideas. Siempre vencerá el que presenta el tinglado ideológico. En este cuadro de inmovilidad el poder seguirá siendo poder y la población inerme se debatirá a diario sobre las banalidades, en una incapacidad de alzarse sobre el juego macabro de los aparentes polos opuestos que conjuntamente, uno desde su fatídica ideologización y el otro desde un reclamo de restauración, construyen a diario gruesas murallas que impidan la salvación de las ideas que sitian.

Lo hemos vivido a plenitud hace pocos días. El discurso del presidente en funciones Nicolás Maduro no fue ni “memoria” ni “cuenta”. No fue más que un compendio ideológico, uno que da una patada en el trasero al pragmatismo requerido y que, en consecuencia, no puede conducir a nada más que a un fracaso de la acción de gobierno. Una vez más reclamamos y replanteamos, como única posibilidad de superar el presente, una alternativa basada sobre un pragmatismo con ideas o, si se quiere, de ideas con pragmatismo.

tlopezmelendez@cantv.net

  

   

 

 

La voracidad como común denominador

 

Voracidad

Alberto Medina Méndez

La creatividad de los recaudadores no descansa en el arte de buscar novedosas variantes, innovadores impuestos y curiosos ardides para embolsar una mayor porción del fruto del esfuerzo de todos.

No es un fenómeno solo local. A estas alturas ya es una epidemia mundial. Es que los poderosos, los políticos de turno, la corporación de partidos gobernantes, esos que rotan, pero que forman parte de lo mismo, ya han convencido a demasiados ciudadanos sobre la necesidad de que el Estado se ocupe de muchas funciones y cada tanto de otras nuevas. Esas múltiples tareas son las que justifican la existencia de un Estado grande y por lo tanto al que hay que alimentar de modo permanente con mucho dinero.

Nadie repara en que el Estado ya demostró su inoperancia crónica, ineficiencia serial y corrupción estructural. Pese a las innumerables evidencias, una importante cantidad de personas cree que el Estado dispone de soluciones, sin comprender que el problema ES el Estado.

Bajo esa dinámica, los políticos, sin importar el territorio, la jurisdicción o el color partidario, solo se concentran en RECAUDAR, poniendo todo el empeño necesario, las energías y la imaginación al servicio de la voracidad.

Solo les preocupa reunir recursos para poder disponer de más. Nadie se detiene en explorar minuciosamente por donde se diluyen recursos, aunque resulte obvia la dilapidación de dineros públicos, lo que cualquier contribuyente verifica en el notorio comportamiento de los funcionarios.

Podrían poner especial énfasis en eliminar la corrupción o al menos mitigarla, en disminuir costos operativos e instaurar una administración austera como regla. Eso no importa demasiado, lo relevante es recaudar.

Hoy existe una vigorosa ingeniería dedicada a la creación de nuevos impuestos, tasas, tarifas, tributos, lo que sea que posibilite reunir una creciente cantidad de dinero que provenga de esos ciudadanos que deberán trabajar horas adicionales para generar menos para sí mismos, mientras el Estado se llevará una tajada cada vez más grande, sin modificar su ineficiencia habitual, vergonzosa burocracia e indisimulable falta de pudor al momento de responder con responsabilidad por sus propios disparates.

Es un círculo vicioso difícil de interrumpir. A los gobernantes no les interesa que el Estado sea eficiente. Intentarlo significaría un esfuerzo desproporcionado en eso de ajustar incómodos resortes. Eso traería consigo un elevado costo político que no están dispuestos a enfrentar. Reducir la planta de personal estatal, ser cautos en el esquema salarial lineal en el que prima la antigüedad y no los méritos como valor o implementar mediciones de resultados de satisfacción ciudadana, son cuestiones que solo implican conflictos gremiales, con la corporación de empleados convirtiéndose entonces un sacrificio que no vale la pena transitar.

Es más fácil aumentar la presión impositiva y esquilmar a los trabajadores del sector privado, a los emprendedores y, en general, a los individuos que pagan impuestos todo el tiempo, obligándolos a acomodarse a su nueva realidad para hacer frente al renovado embate de los saqueadores.

Es importante comprender que esta postura no es la del gobierno de turno, ni la de un color partidario determinado. No es ya el producto del gesto miserable de los que están. Se trata de la característica universal, de los de ahora, pero también de los que estuvieron y los que estarán; de los que son oficialismo y además de esos opositores que sueñan con gobernar. Ellos son depredadores insaciables. Saben que su caja cotidiana depende de lo que consigan quitarles a los demás y de su dedicado esmero en ello.

Para poder validar moralmente su pérfida y cuestionable conducta, han puesto mucha perseverancia en instalar la idea de que el que no tributa impuestos es un ciudadano indecente. Preocupa que hayan conseguido que el despojado, el empobrecido, el que tiene que trabajar durante varios meses del año para financiar la irresponsable fiesta de los insensatos de siempre, se sienta un delincuente cada vez que consigue sortear el ataque.

Han instalado la culpa en los ciudadanos, cuando los responsables del desmadre son los que han construido el monstruo estatal, ese defectuoso engendro que resuelve casi nada a un costo elevadísimo mientras sus operadores disfrutan de los beneficios y privilegios de ser parte del poder.

Interrumpir este abuso cotidiano depende de muchos factores. El primero de ellos es entender realmente lo que ocurre, comprender los mecanismos, para luego identificar a los “malos de la película”, sin caer en la perversa trampa de asumir pecados imaginarios. Son los funcionarios estatales, los que se postulan para serlo, los que aceptan ser convocados sin que nadie los obligue a ello, los que en realidad deberían revisar sus actitudes.

Su obscena posición ya es indisimulable. Son ellos los que malgastan, los que derrochan recursos estatales. Es en ese Estado ineficiente donde reside la corrupción, que se hace cada vez más burda. Ocurre porque algunos se aprovechan mientras otros se hacen los distraídos por comodidad o cobardía, siendo funcionales a lo incorrecto y convirtiéndose en participes necesarios de delitos evidentes que merecen ser denunciados y reprobados.

A no engañarse, en este juego no hay oficialistas y opositores, no existe tal cosa como los que gobernaron antes y los que lo hacen ahora, solo se trata de la voracidad como denominador común.

albertomedinamendez@gmail.com

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La sustitución de las élites

 

élites 3

 

Teódulo López Meléndez

   El país está descompuesto. El asesinato que nos aflige sólo encuentra parangón en las declaraciones que ocasiona. El hecho en sí y las reacciones ante él nos muestran a un país descompuesto. El país está descompuesto y no se trata sólo de la evidente ruptura del pacto social que una Constitución invocada por todos los sectores no remedia porque se convirtió no más que en un librillo a mostrar en público.

   El país está descompuesto por el relajo de todas las normas, desde la más elemental de convivencia social hasta las esenciales de una acción que merezca el calificativo de política, desde un interés mínimo que indique la superación del egoísmo que nos agobia hasta una acción gubernamental de eficacia o de una acción opositora que demuestre que tan difícil y complejo es gobernar como hacer oposición.

   El país está descompuesto porque sus élites dirigentes, en todos los órdenes están agotadas y no desaprovechan ocasión para demostrarlo. Podría argumentarse sobre la mediocridad evidente de los políticos, pero ello lleva de inmediato a considerar los dirigentes en todas las áreas de la vida nacional, desde la Iglesia hasta los gremios o las universidades.

   El país está descompuesto por una razón que no logramos dilucidar: o se quedó sin inteligencia o la que existe sólo la usa para refocilarse en el tedio. Sin una respuesta de la inteligencia será imposible reconstruir a este país, pero la inteligencia o se marchó con la joven generación que se fue o el país no le interesa mientras conserve su pequeño feudo personal al margen posible de intemperies.

   Hay que cambiar a las élites dirigentes, no sin olvidar al momento de decirlo que no se puede hacer sin trauma. Al preguntarse si hay con quien sustituirlas se puede entrar en el territorio de la duda, en un país con especial desprecio por las ideas y con muy malas costumbres de pasividad, a no ser la del uso de las redes sociales para la realización de inútiles terapias de grupo.

   El país está descompuesto. Es posible recomponerlo, pero para ello se requiere sobre todo voluntad, y lo que se encuentra es una población encerrada en la pequeñez del día a día, en el llantén y en el reclamo dirigido a todos y a todo, cuando debería entender que debería dirigirlos a sí misma.

   El país está descompuesto. La transformación del país no pasa por retrocesos o restauraciones. Pasa por el futuro, uno que imaginado pueda permitirnos cambiar el presente porque el presente se cambia desde el futuro y porque existen las realidades para ser sustituidas por otras realidades.

   El país está descompuesto. No hay dirigentes. El cuerpo social los produce desde su seno y este está descompuesto, amén de no entender de su necesario empoderamiento de ciudadanía y determinación y de la necesidad de horizontalizar las decisiones.

   El país está descompuesto. Hay que recomponerlo y no hablamos de esfuerzos morales. Hablamos de una eficaz acción política.

   El encuentro en palacio no fue más que una movida de piezas sobre el tablero del ajedrez. Uno encontró la manera de retractarse de su desconocimiento del presidente y otro una fórmula para diluir el impacto, aunque tuviese que admitir que hay gobiernos de otros signos y que la situación escapa a sus fracasados planes de seguridad, entre otras razones por la exclusión de competencias y por los esfuerzos constantes de minimizarlos.

   El país requiere una sustitución de las élites. Encontramos federaciones de profesionales con los mismos directivos de mucho tiempo atrás o partidos políticos donde no se realizan elecciones internas o voceros que ya nos hartan con sus reapariciones sobre algún hecho puntual en procura de reposicionarse. El país está anquilosado. El país está dirigido, en todos los órdenes, por lo que podríamos denominar “la misma gente”. El gobierno mismo, a pesar de las incorporaciones realizadas por Maduro, sigue en los puntos claves con los mismos determinando los puntos álgidos de la economía y el petróleo como si de una herencia irrenunciable se tratase.

  El país está descompuesto y anquilosado. Los mismos “opinadores” influyendo a la misma catarsis colectiva, las mismas líneas editoriales, los mismos entrevistados. Este país se ha convertido en una “mismidad”. Este país requiere un sacudón traumático, una transición de la “mismidad” hacia el pensamiento activo con consecuencias organizadas y caminos de futuro trazados.

   Este país no se mueve por el anquilosamiento de sus figurones públicos. Este país vive en un charco porque sus voceros son “más de lo mismo”. El cuerpo social asiste plácido a la “mismidad”.

 tlopezmelendez@cantv.net

El silencioso deterioro de la sociedad

 

deterioro

por Alberto Medina Méndez

El análisis político empuja invariablemente a revisar la coyuntura y detenerse para visualizar el contexto, pero siempre con la mirada en el próximo turno electoral, en los candidatos y los partidos y, pocas veces, en las soluciones que pueden venir de la mano del recambio institucional.

Pero otro fenómeno más relevante subyace, que proviene del humor social, de las conductas cotidianas y las expectativas particulares de sus miembros. El ritmo de los acontecimientos y la vorágine de los sucesos, consumen demasiada atención, dejando atrás otras posibles lecturas, tan o más importantes, como las que se derivan de la actitud de las personas.

La política mal concebida y la democracia mal entendida, se han ocupado de colocar al corto plazo como prioridad y, bajo esa perspectiva, los sueños parecen diluirse, achicándose en su trascendencia hasta casi desaparecer.

El gran motor de la humanidad ha sido siempre la capacidad individual de proyectarse. Cuando una comunidad tiene porvenir, la natural esencia de la especie, convoca a dejar volar la imaginación, potenciándolo todo.

Los que han logrado progresar de forma sostenida, no viven preocupados por lo que sucederá el mes entrante o el año en curso. Ellos presupuestan y planifican creando en sus mentes escenarios favorables, positivos, plagados de confianza en lo que viene, y es por eso que apuestan con convicción.

No los alarma una repentina modificación de los códigos universales de convivencia. Saben que el actual y el próximo gobernante, de cualquier signo político, no se atreverá a replantear lo medular del sistema vigente.

Cuando las pautas generales son inmutables, todo se planea con otros horizontes, períodos más ambiciosos y desafiantes, pero fundamentalmente bajo el paradigma de animarse a construir utopías.

Si los ciudadanos creen que existe un futuro, que los gobiernos acatarán las reglas de juego garantizando la seguridad jurídica necesaria, que los políticos renunciarán a la habitual voracidad de quedarse con el esfuerzo ajeno y, que se respetarán las libertades y la propiedad privada, pues entonces, los individuos actúan positivamente y de forma predecible.

Es en ese contexto que nacen los gran emprendimientos, los proyectos de largo aliento y son esas aventuras empresarias, de riesgo, las que generan empleo genuino, oportunidades para todos, mejoras salariales legítimas y el deseable y ansiado desarrollo que trae consigo calidad de vida para todos.

Con proyectos pequeños, mezquinos, que ponen foco en la inmediatez que propone la consigna del “sálvese quien pueda”, nadie invierte su capital, ni se endeuda para emprender, porque no sabe si muy pronto será la próxima víctima del Estado depredador y sus manipuladores circunstanciales. Es en ese marco en el que todos consumen para evitar que los ahorros sean aniquilados por la inflación o por los saqueadores de siempre, invitando a la perversa lógica de que el mañana no existe y solo importa el presente.

Así, descaradamente, se induce a vivir el hoy, a gastar en lo que sea, bajo la falacia económica de que el consumo genera crecimiento, siendo que la pieza clave del rompecabezas es el ahorro y la inversión que es lo que efectivamente asegura una prosperidad sustentable en el tiempo.

Los individuos son naturalmente racionales, en todo caso son los políticos vulgares los que operan disparatadamente provocando estos dislates. Los hábitos sociales no se modificarán por mero voluntarismo. Los actores precisan para ello, vislumbrar un verosímil cambio de rumbo, una renovación en el comportamiento político, un entorno amigable con el capital, con las inversiones y con la propiedad privada. Sin esas reglas elementales, se continuará en el sendero  de lo inminente y perentorio.

Casi sin que nadie se de cuenta, en un proceso paulatino pero disimulado, la sociedad se va degradando, incentivada por una cultura destructiva del valor trabajo, en la que ganarse la vida es solo sobrevivir para solo subsistir sin crecer, para ofrecer a los hijos y las familias algo de  sustento y no la posibilidad de un mañana considerablemente superior.

Los que han logrado mejorar su estándar de vida, son los que se permitieron soñar, los que disfrutan de la movilidad social que admite la chance de que alguien que nace sin nada pueda aspirar a ser millonaria en poco tiempo, pero que también posibilita que quien no administra bien su vida, sus energías y recursos, se desplome a la misma velocidad.

Esas son las sociedades que incitan a trabajar, a no dormirse, a estudiar y capacitarse siempre, para estar a tono con lo que cada comunidad demanda. Son ámbitos que premian a los mejores y castigan a los abúlicos, a los delincuentes y a los aprovechadores del sacrificio de todos.

Lamentablemente, en estas latitudes, son demasiadas las naciones que han elegido el camino inadecuado, fomentando la holgazanería, estimulando a los cautelosos y desalentando a los más audaces, esos que pueden constituirse en la locomotora del progreso.

Es patético, pero los políticos contemporáneos no tienen intenciones de alterar ese derrotero. Pero es igualmente grave que una innumerable cantidad de ciudadanos mediocres prefieran descansar sobre el esmero de otros sin hacerse cargo de las oportunidades que les podría brindar una comunidad con otras reglas. Mientras tanto, casi sin darse cuenta, se asiste al silencioso deterioro de esta sociedad.


albertomedinamendez@gmail.com

 

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