Buscar

Democracia siglo XXI

mes

septiembre 2010

El espacio transnacional

Teódulo López Meléndez

Comencé a leer el nuevo milenio con la entrada del año 2000, una invención massmediática de muestra de una “humanidad feliz” que comenzó con el toque de tambores ante el asomo del sol en una perdida isla del Pacífico. Observé entonces que se exterminaban lo husos horarios, que moría lo geográfico y desaparecía la extensión. De inmediato una compañía relojera suiza anunciaba que ya no mediría más el tiempo con el viejo método del día y de la noche, esto es, aparecía el tiempo universal donde la hora sería la misma en cualquier lugar de este pobre planeta reducido.

Me limité al tiempo en las primeras lecturas, pero ya estaba asomado lo geográfico y la extensión. La expulsión de los gitanos rumanos de Francia me replantea el tema, aunque ya haya abordado los fenómenos migratorios en otros textos. Si a ver bien vamos millones de indocumentados viven en Estados Unidos, hay ciudades con conflictos propios como Marsella, en Alemania se aposenta la comunidad turca más grande del mundo después de la existente en su propio territorio, las pateras se hunden con los africanos que tratan de llegar a las costas europeas. La población se mueve y las teorías economicistas lo explican con las desigualdades sociales, con la falta de oportunidades, con la simple búsqueda de una vida mejor. Se explayan los analistas en decisiones individuales o en emigraciones de talento por razones políticas o en la necesidad de enviar remesas en monedas fuertes para una familia desfalleciente.

Pero la magnitud del escándalo producido por la expulsión de los gitanos rumanos contrariando las normas y principios de la Unión Europea me ha indicado que estamos llegando a un punto de conflictividad y de ruptura que excede la magnitud del hecho en sí para convertirse en un pequeño síntoma de una profunda nueva realidad. Es obvio que los países europeos pagan sus aventuras coloniales con el regreso de las poblaciones que alguna vez ocuparon, dado que los emigrantes no conocen otra lengua o cultura alternas. No es el caso de los gitanos, obviamente, pero el conjunto de situaciones nos llevó en su momento a analizar la transculturización que Europa enfrentaba, obligada, a mi manera de ver, a convertirse en sociedades multirraciales lo que a su vez planteaba el tema peliagudo de la imposición de una cultura sobre otra o de la posibilidad de un intercambio creador.

Una cosa es cierta: los procesos globalizadores, la irrupción de la instantaneidad, la presencia de Internet acabó con el sedentarismo. Cada día apreciamos como se pertenece cada vez menos a un lugar concreto. Yo aquí nací, aquí crecí y aquí morí, es cosa del pasado. Tras la ruptura del tiempo ahora hemos arribado a la ruptura del espacio. Ayuda la crisis del Estado-nación, el surgimiento de un mundo nuevo guiado por principios universales sobre derechos humanos, las nuevas formas políticas que emergen y las viejas de signo totalitario que reaparecen, todo es cierto, pero la verdad es que la tecnología nos está permitiendo conocer al otro, nos está forzando a salir un tanto del aislamiento cínico. El concepto mismo de vivir la vida está cambiando aceleradamente; hemos llegado al punto de considerar a la vida como transnacional y, por supuesto, el espacio se rompe, viejos conceptos como geopolítica se van a la tumba y henos aquí llegando al concepto de un espacio transnacional que no tiene nada que ver con las viejas limitaciones de fronteras, idiomas, documentaciones legales y demás pergaminos de la antigua organización planetaria.

El antiguo espacio territorial se ve ahora afectado por un abandono de la intromisión militar, como se desprende de los empeños del presidente Obama frente a las guerras que heredó en Irak y Afganistán. Ahora se recurre a los métodos comerciales. La lógica del conflicto ha sido cambiada por la gramática del comercio. El verdadero espacio ahora es la electrónica. Los viejos razonamientos de un espacio suficiente para atender a una población han sido sustituidos por un concepto de distribución de tiempo. En infinidad de ciudades hay mercados locales, desde alimentos hasta animales o flores, pero el verdadero mercado es ahora el momento del contacto. Espacio es ahora velocidad. Es lo que Castell denomina “espacio de los flujos”, esto es, una nueva organización de las prácticas sociales en tiempo compartido, lo que se está convirtiendo en territorio compartido.

El mundo ha dejado de ser un recinto con límites. Nos estamos aproximando a un fenómeno social equivalente a la mudanza de las poblaciones rurales hacia los grandes conglomerados urbanos. Partes importantes de la población están sumidas en lo disfuncional, ya no pueden estudiarse los movimientos poblacionales con geografía descriptiva y la causalidad de los sucesos políticos ha emigrado con la vieja noción de geopolítica.

El concepto de espacio fue objeto de estudio en primer lugar por la filosofía y después por la física. Las conclusiones que uno va encontrando parecen adecuarse al presente momento, si pensamos, por ejemplo, en Einstein describiéndolo como el continente de todos los objetos materiales. En el campo filosófico Aristóteles implantó el concepto original, al definirlo como un límite inmóvil y Platón identificó espacio con materia, lo que nos lleva a concluir que para él no existía espacio sin materia. Descartes no llevaba su diferenciación de tiempo y espacio más que a lo nominal, pero Leibniz señaló que el espacio era algo simplemente relativo. O Kant o Heidegger. No pretendemos un resumen de las concepciones filosóficas sobre el espacio, simplemente apuntamos algunas porque algo nos dicen sobre este espacio transnacional que ahora se asoma en los fenómenos migratorios.

Occidente siempre ha parecido manejar el concepto de lleno como lo opuesto a lo vacío. Espacio se está convirtiendo en algo similar a un intervalo. La tecnología nos permite estar en dos o más  lugares a la vez, y de lo virtual se pasa a lo real. La resistencia al movimiento de los cuerpos es cada vez más difícil, de modo que la continuidad de los pasos es lo que se hace extensión. Si volvemos a la física tal vez podamos hablar de mecánica ondulatoria como conjunto. El espacio parece hacerse uno solo. Las viejas formas de oponerse se resquebrajan. El espacio se ha hecho transnacional.

teodulolopezm@yahoo.com

En Twitter: @teodulolopezm

Anuncios

La inteligencia organizada

Teódulo López Meléndez

 Como ves, aquí requiere que ahora corras tan rápido

como puedas para permanecer en el mismo lugar. Si

quieres ir a otra parte, debes correr al menos el doble de

rápido que antes.

Lewis Carroll

La ciencia-ficción en gran medida ha dejado de ser una actividad de los escritores de ciencia-ficción. La ciencia-ficción ha pasado a convertirse en ficción realizable-ciencia, obviamente de manos de los investigadores y de los científicos, incluidos los sociales.

Steven Johnson nos plantea en Sistemas emergentes o qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software el proceso que siguen las células del moho de fango que se organizan desde abajo, como una metáfora que niega la ausencia de líderes como causa de la inacción o la pasividad. Es el clásico ejemplo de una conducta ascendente o “bottom-up”. Ya no existe un pensamiento centralizado sino una conjunción que destierra el descenso de una línea para ser sustituido por una generación de inteligencia que sube.

Marvin Minsky en La sociedad de la mente va sobre la construcción de inteligencia artificial. Ya se habla de la web inteligente, una que revolucionaría la búsqueda de información y que nos haría ver al Google de hoy de la misma manera que hoy vemos a una vieja Remington. Pero lo que nos interesa es su visión del cerebro como una sociedad de agentes autónomos subinteligentes que al cooperar exhiben un comportamiento global inteligente. La metáfora se aplica a una asociación de seres humanos porque al producirse entre ellos una cooperación o interrelación puede observarse de inmediato la producción de conclusiones de complejidad creciente. Podríamos tomarle prestada al mejor alumno de MacLuhan, Derrick de Kerckhove, su expresión “segunda piel” para hablar de un sensorium humano que apenas ahora comenzamos a vislumbrar como un tejido de inteligencia desaprovechada por el efecto individualista que pervive en esta transición de un mundo a otro. Me atrevería a agregar a la teoría de la “modernidad líquida” de Zigmunt Bauman –que explica la falta de cambio por la existencia de una modernidad sólida incapaz de fluir- una expresión que se me ocurre del latín y definir a la sociedad venezolana de hoy como un  corpus callosum sobre el cual debe aplicarse una buena dosis de comprensión.

La idea de una inteligencia colectiva es uno de los temas predominantes en la investigación no ficticia de nuestro mundo. Desde Steven Johnson hasta Howard Rheingold, desde Francis Heylighein hasta Pierre Lévy, desde Marvin Minsk hasta el mencionado Kerckhove.

La idea que los abarca a todos es que los sesgos cognitivos individuales puede ser llevada al pensamiento de grupo para alcanzar un rendimiento intelectual mejorado. Es lo que se ha dado en llamar la inteligencia colectiva. Podríamos también explicar argumentando que se puede llevar a las comunidades humanas hacia un orden de complejidad mayor, lo que, obviamente, conllevaría a otro tipo de comportamiento sobre la realidad.

La inteligencia colectiva está en todas partes, está repartida. Debe ser valorada y coordinada para llevarnos hacia la construcción de las bases de una sociedad del conocimiento, lo que implica, de entrada, el enriquecimiento mutuo de las personas. Si la inteligencia está repartida, como realmente lo está, se modifican los conceptos de élite y de poder, y se rompen los paradigmas del liderazgo, más aún, los de la soberbia, pues reconocerlo implica desde ya una manifestación de humildad.

Ahora esa inteligencia repartida debe ser sometida a una acción para que comencemos a conseguir la inteligencia colectiva. Teilhard de Chardin, buen definidor de la persona por diferenciación de individuo – y quien por cierto vislumbró la red informática con 50 años de anticipación- habló de noosfera (conjunción de los seres inteligentes con el medio en que viven) y lo extendió más allá al vislumbrar lo que los pensadores de hoy llamarían el cerebro global.

Pues bien, la clave está, quizás, en crear numerosas y pequeñas noosferas. Ello pasa por ver con menos individualismo y en un contexto ético de alteridad. Es lo que en el humanismo cristiano se denomina como la sustitución del yo por un nosotros. Hay, sin embargo, una razón más práctica que escapa a lo teórico-moral para insertarse en la brutal realidad real: hacia adonde va el mundo o se sabe o se perece, o se coopera o se fracasa, o se respeta o se es condenado.

Una buena manera de lograrlo es ajustando los mecanismos de comunicación. La web inteligente que aparecerá en cualquier momento podrá, por ejemplo, organizar la información que le interesa exclusivamente a la comunidad de un barrio. La tecnología está al servicio de la intereacción. Los problemas de una comunidad específica seguramente son los de muchas lo que conllevará a un contexto compartido. En este plano de intercambio conseguiremos un mundo de significaciones lo que llevará a la movilización de las capacidades. Ello pasa por identificarlas y reconocer la diversidad. El primer paso es la aceptación de que estamos en la era del conocimiento y que en consecuencia debemos actuar dentro de ese marco. La potenciación de las capacidades  parte de la conformación de un estado positivo que le permita a la persona actuar con otros y conseguir la apertura. Y resultaría innecesario agregar que el pensamiento que se genera de esta manera es libre y no sometido a manipulaciones. Y también que no se trata de fusionar inteligencias individuales en masa, sino de activar un nuevo modo de identificación. Esta es precisamente la idea de la inteligencia colectiva.

Otros hablan de inteligencia conectiva, para poner el énfasis en la conservación de la personalidad de cada quien, de las ideas y del yo de cada quien. Esto es, la gente no piensa junta para llegar a determinadas conclusiones sino que piensa junta para obtener el valor de la conexión y de la confrontación de ideas. George Siemens plantea la discusión en Connectivism Blog: “Collective or Connective Intelligence.

Es admisible pensar que los científicos sociales inventan palabras para distinguir sus tesis o inscribir sus nombres, pero en este caso la distinción preventiva entre inteligencia colectiva e inteligencia conectiva parece tener un sentido mayor. En cualquier caso, Siemens nos envuelve la suya en aspectos de neurociencia, ciencia cognitiva, teoría de redes y en la teoría del caos, con sistemas adaptativos complejos. Si bien podemos afiliarlo al constructivismo, no podemos dejar de admitir algunos de sus principios básicos: la tecnología está alterando nuestros cerebros, ya no es posible adquirir personalmente el aprendizaje que necesitamos y necesitamos de la formación de conexiones. Así, las otras personas pasan a ser “sustitutos del conocimiento”. Por otra parte la diferencia entre real y virtual se hace cada vez más tenue. E insiste en la necesidad de evitar el efecto dañino de los controles, que es al fin y al cabo la premisa básica de su libro Knowing Knowledge. Qué Siemens cuestiones a los educadores y a la educación que actualmente se imparte es importante porque, sin duda, habrá que cambiar los métodos tradicionales. Así lo podemos resumir: enseñar es conectar personas con oportunidades, experiencias con conocimientos, es ayudar a que se establezcan una o más conexiones, conectar experiencias, conectarse a una experiencia, conectar para que otros aprendan a conectarse, conectar personas con contenido, conectar personas, es enseñar a des-conectar.

Inteligencia colectiva o inteligencia conectiva, pero inteligencia organizada. Nunca está de más recordar la famosa expresión de Teilhard de Chardin: “Nada hay en el mundo capaz de resistir el empuje convergente de un grupo de inteligencias organizadas”.

II

“El pensamiento tiene cada vez más efecto sobre la realidad”.

 Derrick de Kerckhove

Efectivamente, la realidad es sustituible siempre y cuando se tenga clara la nueva realidad. Para ello es menester el diseño colectivo de un proyecto que pasa por una inteligencia colectiva o conectiva, en cualquier caso organizada. Los medios tradicionales, como las monarquías mediáticas y las tecnologías del tiempo real, no lo permiten. Quizás este proceso de paso a las nuevas tecnologías y a su uso en la construcción de redes de redes pueda denominarse uno del homo sapiens a un homo ciberneticus. Lo que debe quedar claro es que el lugar de esta mutación antropológica es el lugar político. Si no reinventamos la democracia no habrá futuro y para ello es menester que el cuerpo social genere, mediante su constitución en colectivo inteligente,  las herramientas necesarias para lograrlo.

El espacio de esas herramientas es el conocimiento, el poder de pensamiento, de un espacio dinámico y vivo donde se transforman cualidades del ser y maneras de actuar en sociedad. Pierre Lévy, quien sin molestarse mucho por los nombres sigue hablando de La inteligencia colectiva,  nos recuerda que ahora se trata de un espacio moviente y paradójico que nos llega también del futuro, uno donde, donde no podemos limitarnos a los problemas de la supervivencia y del poder como ha acecido hasta ahora con la  extinción y división de las inteligencias.

Hay un cosmos en mutación y debemos ponerle nuestras rúbricas, firmarlo abajo mediante nuestra reinvención colectiva como especie. Apenas tenemos esbozos, pero el camino se hizo para ir hacia adelante y lo lograremos si nos mostramos los unos a los otros y vamos así logrando los instrumentos técnicos y conceptuales. Lévy nos dice que “…el proyecto arquitectural mayor del siglo XXI será imaginar, construir y acondicionar el espacio interactivo y moviente del ciberespacio”. Para precisarnos luego que inteligencia no es meramente conocimiento sino un trabajar en conjunto que conlleve al reconocimiento y enriquecimiento de las personas.

Es, fundamentalmente,  un asunto político y un asunto de la democracia.

teodulolopezm@yahoo.com

La cobardía de lo políticamente correcto

Alberto Medina Méndez

Para generar cambios desde la sociedad civil hace falta una imprescindible cuota de coraje. No es simple, ni gratis, ni fácil. Supone un esfuerzo enorme, perseverante, imaginativo e inteligente.

Participar ya es, en si mismo, un hecho que conlleva cierta importante dosis de determinación para acotar las urgencias individuales que nos consumen a diario. Tener el tiempo, disponer de él y asignarlo bien para intentar cambiar el metro cuadrado en el que vivimos, supone bastante mas que el mero voluntarismo.

Pero no menos trascendente, es tomar la decisión de enfrentar los grandes temas para no quedarse en la periferia, en lo secundario, en lo superficial. Meterse para hacer mas de lo mismo, tiene poco sentido. En todo caso, para eso ya están los que están y así nos va.

El aspecto central que explica la ausencia de participación ciudadana pasa por una cobardía estructural de una sociedad que no se atreve a discutir las grandes verdades que gobiernan estos tiempos. Aceptar mansamente la corriente general, sin cuestionarla solo por no quedar mal, y estar descolgados de las supuestas mayorías, nos hace demasiado parecidos al populismo demagógico que solemos criticar con tanta vehemencia.

Lo políticamente correcto se ha instalado entre nosotros y parece que para quedarse por largo tiempo. Una extensa nómina de verdades reveladas que no pueden ser cuestionadas, a veces siquiera mencionadas, forman parte del arsenal del presente.

No solo las sostenemos como comunidad, sino que siquiera aceptamos discutirlas, revisarlas, proponer algún mínimo cuestionamiento a su nudo central. La lista es interminable y no alcanzarían los espacios de la edición de ningún medio de comunicación para abordarlas en forma completa.

Por solo citar unos pocos ejemplos, todos hemos escuchado infinidad de veces aquello del elogio al altruismo. Habrá que decir que la generosidad, el desprendimiento, tiene algún valor cuando se hace de modo voluntario. Las herramientas confiscatorias, que hacen de la solidaridad un gesto obligatorio, derivado de la expropiación pública tienen poco o nulo significado moral. Sin embargo muchos “donan” porque es lo políticamente correcto, lo que la tribuna les pide, pero en realidad no lo sienten. Se dejan llevar por la mayoría aplastante y se inmolan por una causa que ni siquiera sienten como propia.

Aun hoy siguen sonando esos discursos de gente que dice que proviene “orgullosamente de la educación pública”. Lo dicen porque parece que la defensa de la educación estatal fuera un valor nacional que hay que defender. Sin embargo esa aparente convicción no les impide enviar a sus hijos a escuelas privadas, no sin antes aclarar que lo hicieron forzados por las circunstancias. Tal vez haya que decir que el sistema educativo actual merece una revisión profunda, y que la famosa escuela publica es una experiencia que de ningún modo resulta intocable. No es un dogma, ni un concepto inmaculado.

Ganar dinero parece, en estos tiempos, un pecado. El lucro tiene mala prensa. El que lo gana lo esconde, simulando situaciones negativas o amplificándolas para que no parezca que le va bien. El que no consigue reunir mucho dinero reniega contra los que lo logran, en tanto no lo obtiene. Los individuos que avanzan en sus carreras profesionales, aquellos que logran que sus servicios o productos sean valorados por el mercado recibiendo buena compensación por ellos, son vistos como los culpables de que a otros les vaya mal. Y así, repetimos el círculo. Ese inadecuado discurso esconde una vieja contradicción. Todos trabajan para obtener una rentabilidad, y lo hacen tratando de pagar lo menos posible por lo que consumen y obtener lo máximo posible por lo que ofrecen, sin embargo la sociedad sigue despotricando contra el lucro…….de los otros.

Existe una especie de subcultura del fracaso. El exitoso es un crápula, y el pobre un desafortunado. El que consigue recursos es una lacra y el que no los obtiene solo un individuo con mala suerte. Decir lo contrario es caer en lo políticamente incorrecto.

Los planes sociales han logrado una aceptación popular total. Los que los reciben, claramente lo celebran. Los que lo pagan vía impuestos, también los aplauden convalidando la confiscación. Cuando se refieren al tema de las políticas sociales, todos los sectores parecen coincidir en que fue necesario en tiempos de crisis, que hay que ir retirándolos progresivamente. Justamente esa figura de lo gradual, tiene que ver con lo que “hay que decir”. Afirmar otra cosa sería “inadecuado”.

La dinámica de los planes sociales de estos tiempos esta aceptada casi mundialmente. Parece existir un aval infinito y nadie se anima a retirarlos, ni siquiera progresivamente, mucho menos a discutirlos. Sin embargo, todos se dicen preocupados por la cultura del trabajo y su deterioro progresivo.

Ningún sector de la política en nuestro país habla de reducir el gasto público, mucho menos afirmar que sobran empleados estatales o que muchos de ellos ineficientes. Decirlo, seria peligroso parece…..…aunque se corresponde con lo que piensan.

Todos creen que es moralmente correcto pagar impuestos, y no se atreverían a confesar públicamente que evaden alguno, aunque íntimamente estén convencidos que es injusto que otros se queden con el fruto de su trabajo, que lo esquilmen para darle a los que no trabajan ni se esfuerzan, que se queden con su dinero para usarlo en la política, dilapidarlos en proyectos ridículos o solo para robárselos desde la gestión publica.

Vivimos en el reino de la hipocresía, porque no nos queremos mirar en el espejo. Seguimos siendo una comunidad que no se decide a decir lo que piensa, por temor a ser juzgada por lo que cree, una sociedad que sigue escondiendo su visión por vergüenza.

Ese recorrido no nos puede llevar a ninguna parte. Necesitamos discutir todo, animarnos a revisarlo todo, aunque luego lleguemos a la conclusión de que algunas cosas quedarán en el mismo lugar y otras tendrán que ser, al menos, parcialmente modificadas. Pero no podemos aceptar como un dogma esto de que hay cosas que no se pueden discutir.

Somos una sociedad civilizada, debemos tener el coraje necesario para discutirlo todo, porque de lo contrario seguiremos encerrados en el círculo vicioso de esta cobardía de lo políticamente correcto.

amedinamendez@gmail.com

Skype: amedinamendez

www.albertomedinamendez.com

03783 – 15602694

LA TRANSICIÓN HACIA UNA SOCIEDAD BASADA EN EL CONOCIMIENTO

Jorge Katz y Vivianne Ventura-Dias

En los últimos años, ha habido una verdadera revolución en la organización económica y social de las naciones, la evolución del empleo, en el que se emplee parte de su tiempo libre y en el contenido de las expresiones de las culturas diferentes, todos promovidos por tecnologías de información y comunicaciones (TIC).

Para muchos, estos están asociados con las TIC escenarios optimistas a la información donde se espera un mayor acceso a conducir a las sociedades de relaciones abiertas y una mayor democracia. La aplicación de las TIC a la telemedicina, educación a distancia-tiempo, las bibliotecas digitales, entre otros, puede mejorar los niveles de salud, la educación y la formación en los países en desarrollo. Los servicios de red pueden contribuir a la transparencia de la toma de decisiones y acciones en las instituciones del Estado y los mercados.

Para otros, sin embargo, estas nuevas tendencias tienden a reafirmar la dinámica de la desigualdad y la exclusión social.  Lo mismo ocurre dentro de cada país, entre grupos de bajos ingresos y alto. América Latina y el Caribe tienen el 8% de la población mundial, pero sólo el 3,5% de usuarios de Internet, y menos del 1% del comercio electrónico mundial. Sin embargo, en 1999, el número de computadoras en la región conectado a Internet ha aumentado más deprisa que en cualquier otra región del mundo, con 14 veces mayor cantidad de usuarios en 1999 como en 1995.

Como ocurre con otros aspectos de la transición a la modernidad, la profundidad de la transformación de la región en términos de las TIC ha estado marcada por la desigualdad de distribución de forma espectacular, tanto entre países como dentro de ellos.  En América Latina y el Caribe hay una enorme variedad en términos de costo y la cobertura de las telecomunicaciones, la formación de recursos humanos, y la disposición de negocio para la economía digital.

Sin embargo, muchos de los gobiernos de la región han promovido el acceso a Internet, creación de terminales públicos y centros comunitarios. La Red Científica Peruana (Red Científica Peruana, RCP) instalado casi un millar de centros públicos de cumplir casi 40% de la red, el programa “argentina@internet.todos” se compone de alrededor de mil telecentros para, las comunidades de ingresos bajos a distancia, en Barbados y Belice, hay proyectos gratis para escuelas; en Chile, el Fondo para el Desarrollo de las Telecomunicaciones (Fondo PARA EL Desarrollo de las Telecomunicaciones) está creando centros que beneficiarán a todas las áreas municipales (comuna) en 2006, y en Colombia, todos los pobres urbanos áreas tienen acceso gratuito a Internet; en Uruguay, el Tercer Proyecto del Milenio (Proyecto Tercer Milenio) que pertenecen a los sectores de telecomunicaciones ANTEL está instalando la compañía estatal de los Centros Comunitarios Digitales (Centros Comunitarios Digitales), los bancos brasileños están comenzando a ofrecer acceso gratuito a Internet. Costa Rica es uno de los primeros países del mundo para ofrecer correo electrónico gratuito a todos sus ciudadanos, a través de empresas estatales.

Para América Latina y el Caribe para hacer la transición hacia sociedades basadas en el conocimiento de la eficiencia y la equidad, las nuevas formas de intervención estatal y público y las acciones privadas de forma explícita el objetivo de garantizar una asignación óptima de los recursos están justificadas, porque las reglas de mercado por sí solo no logrará los la mayoría de los objetivos deseables.

 Entre otros desafíos, la región debe encontrar financiación para reducir el atraso tecnológico; determinar el, reglamentarias e institucionales marco legal que reducir las barreras de acceso, y garantizar la competencia entre proveedores que ofrecen conexiones a las redes de transporte, reducir la distribución heterogénea de las TIC, lograr mayor participación en el contenido de la información y los conocimientos transmitidos a través de las redes digitales; contrarrestar la fuerte concentración de poder que la rápida integración en redes de información pone en manos de los países industrializados y las compañías transnacionales, y obtener una mayor cooperación internacional.

Todas estas cuestiones se abordan en el marco de la CEPAL propuestas a favor de mejorar la protección del consumidor, el fortalecimiento de la competencia y el desarrollo de sinergias y externalidades en el aparato productivo, aprobadas por los Estados miembros en la Ciudad de México, durante su reciente período de sesiones, celebrado en abril de 2000.

The authors are directors of the Division of Production, Productivity and Management, and International Trade, respectively. Los autores son directores de la División de Desarrollo Productivo y Empresarial, y Comercio Internacional, respectivamente. (CEPAL).

En la época de la barbarie

por Álvaro Mata Guillé

Cinco cabezas tiradas en la pista de baile de un burdel, hace ya un par de años, inauguraron una nueva época de violencia en México, que llega hasta la explosión, hace unos días, de un coche bomba en una calle de Juárez. Gélido bestialismo, que se convierte en el motivo propicio para indagar los entretelones de la convivencia contemporánea, de nuestras sociedades latinoamericanas, donde los hechos diarios dejan al descubierto las taras que aún prevalecen que, al contrario de lo que se supone, se acentúan constituyendo un síntoma que estigmatiza el presente, en el cual la barbarie se adhiere a la cultura como un ancla que atosiga, como una constante que no nos deja avanzar, que junto a la indiferencia y el escepticismo, unidos a la desconfianza y la insatisfacción, nos condena a la soledad y al aislamiento, transformados en nuevos métodos de sobrevivencia, en un “sálvese quién pueda, que nos somete a estar encerrados en las casas”, convertidos en la condición común que se asienta en lo cotidiano: el hacinamiento.

Pero la soledad del presente es de signo distinto a la que conocemos, la mencionada en tantos poemas e historias que se refieren a los conflictos de la existencia, al desamor o al abandono, la soledad que nuestros días es resultado de la incomunicación, la desconfianza o de las taras que señalamos y que aparecen retratadas en las crónicas diarias de los periódicos, que obtiene su verdadero sustento en la impotencia, la cual sentimos al no saber qué hacer ante la barbarie que amordaza lo cotidiano y la impunidad que se hace costumbre, también resultado de la derrota y el silencio que nos embarga, el mucho silencio que mutila los lenguajes.

Desde ahí, desde ese lugar de la reclusión, observamos inertes la paulatina destrucción del orden social, de sus instituciones, de la comunidad que se disgrega y pierde sus vínculos, alejándonos de todo y de todos, socavando la idea de humanidad, de cultura, de hombre, carcomidos por el miedo, que es la condición que alimenta junto a la impotencia, el hacinamiento instituido como el proceder cotidiano del presente.

Ajusticiamientos, cinismo, impunidad, tortura, corrupción, hechos que se instauran en el diario vivir (desde Venezuela a México, pasando por Colombia y Costa Rica) estableciéndose como nuevo orden, un nuevo estatus de “normalidad”, a la que estamos obligados a acudir y permanecer, dejando al descubierto el horror que se impone en el entorno y la incapacidad que tenemos para hacerle frente, más que con violencia, censura, amenazas y más muerte.

Hay que decirlo: nuestros males no son sólo económicos como tontamente se nos hace creer y se insiste en ello, tampoco militares, nuestros males son culturales, tienen que ver con el sentido de las cosas, con nuestra razón de ser. Podríamos señalar muchos factores y culpables de por qué hemos llegado a estas condiciones o del por qué estamos sometidos a estas coyunturas, para qué, el desgaste de las instituciones, de las promesas y las palabras es evidente, la ausencia de políticas públicas, de inversión social que ataquen estos males con otros insumos es notoria, el deterioro del orden social, la decadencia en todos los estratos y todas las investiduras es más que palpable y no hay mucho que decir haciéndonos llegar a una conclusión simple: condenados al hacinamiento, aceptamos la nueva realidad como una condición del presente y nos sometemos a ella, una realidad orientada desde los fundamentalismos que se imponen como gobierno: el del pistolero, el de los mercenarios, el los mentirosos y los mercaderes.

Habla Teódulo López Meléndez

De sociedad a comunidad: la teoría de la transición

Teódulo López Meléndez

Las palabras no existen por casualidad y muchos menos los sentidos que envuelven. A veces no tenemos conciencia que el lenguaje es simple expresión exterior de previos procesos cognitivos y damos por establecido que –dado los conceptos vigentes- algo ha existido siempre.

Escuchamos, por ejemplo,  hablar de “sociedad” con toda naturalidad, sin darnos cuenta que este concepto llegó tarde al mundo occidental. “Sociedad” es un producto de la edad de la razón, de la necesidad de un fundamento laico para el análisis de las instituciones políticas, de manera que algunos pensadores se plantearon la necesidad de separar sociedad y Estado. En este proceso andan entremezclados ilustres nombres, como el de Locke, que comenzaron a distinguir entre la ley de la naturaleza y ese contrato social que había dado origen al Estado y, por supuesto, por allí se coló también la necesidad de separación entre Iglesia y Estado.

Pero como el pensamiento no se detiene, contrariamente a lo que piensan muchos que consideran algunos conceptos como montañas rocosas inmodificables, pronto comenzaron a aparecer dudas de este concepto de sociedad. El argumento era que había sido establecido sobre el concepto de razón. En el período posterior a la revolución francesa la sociedad pasó a ser considerada como un todo orgánico. Es lo que en la historia de las ideas se llama la “concepción organicista”, una que introduce la tradición cultural como parte clave de la sociedad. Otro ilustre, Augusto Comte, fue el que la definió al asegurar que una sociedad presume un sistema de opiniones comunes sobre la naturaleza y el hombre. Esta concepción de orden institucional está también en el origen de lo que llamamos “idealismo”.

Veamos: había un orden de la sociedad basado en la religión, llegaron los filósofos de la ilustración y al acabar con él sembraron la anarquía en el mundo de manera que tuvo que aparecer Comte a poner su grano de conservadurismo organicista para salvar a la pobre raza humana. Pero más atrás apareció Marx con su concepción económica de la sociedad dado que afirmó que ella no era más que las relaciones entre los grupos sociales, esto es, la sociedad no es otra cosa que las relaciones económicas entre los hombres. El hombre, al cooperar con otro para satisfacer sus necesidades, establece relaciones de producción. De allí Marx comienza a hablar de superestructuras y subestructuras.

Vinieron después los denominados defensores de la “teoría del conflicto” (aunque el marxismo se puede inscribir también aquí) que dice que los hombres deben competir por el acceso a los recursos de la vida y que la sociedad es un dispositivo de organización para poner en relación a esta población de organismos. En el siglo XIX la teoría evolutiva se puso a elaborar secuencias de desarrollo para los ámbitos institucionales de la sociedad. Era por supuesto, el inicio de la revolución industrial. Luego Durkheim, con su criterio de que la sociedad no puede ser considerada una mera suma de las voluntades de los individuos sino que es una entidad. Apareció la psicología-social y con ellas ideas como interacción, símbolos, persona social. Y siguieron: la sociedad en proceso, las unidades de relaciones sociales.

Y apareció en el escenario la palabra “comunidad”. Y por supuesto un proceso evolutivo de la palabra-concepto parecido al narrado. Es una base local para las unidades de sociedad, son aspectos de la sociedad tales como los relativos a solidaridad (concepto comunal) y otros más.

El concepto de comunidad ha invadido muchas de las presentes discusiones sobre la organización política. Se sostiene, por ejemplo, que comunidad viene de tener algo en común. Y una definición que tenía anotada en alguna vieja libreta y cuya fuente no anexé y que me gusta en especial: “Las comunidades son una forma de solicitud”. Lo cierto es que indago y la palabra comunidad está ya en los textos de Aristóteles, pero de tan rancio abolengo  paso a los conceptos que está manejando el gobierno de James Cameron en Gran Bretaña, un gobierno Tory como se sabe. Allí se habla de empoderamiento de la comunidad como un paso de la acción del Estado a la acción social. Al parecer Cameron rompe con Margaret Thatcher y se lanza a buscar la energía de los ciudadanos de las comunidades.  Se asoma otro concepto que invade por todas partes, el de transición. En el caso que nos referimos se dice de una “iniciativa comunitaria de transición”. Y una nueva expresión, “transición de ciudades”. Todo parece indicar que el pensamiento traducido al lenguaje no se detiene y menos las acciones correspondientes. Un tory como Cameron no gusta mucho del Estado, sólo que este interesante conservador lo maneja desde ángulos muy diferentes: hacer retroceder al Estado para permitir a este concepto comunitario de sociedad avanzar rápido a posesionarse. ¿Cómo lograrlo? Reforma de planificación de barrios, formación de una nueva generación de organizadores comunitarios, cooperativas, empresas sociales y el marco constituido por la idea de que el encogimiento del Estado debe conducir no a la atrofia de la comunidad sino a su desarrollo. Descentralización de responsabilidades, poder a los individuos, a las comunidades y a las instituciones cívicas. Veamos en contexto latinoamericano:”A mí el gobierno no me ha dado nada”. Veámoslo en contexto inglés: “Todos necesitan al gobierno… pero la acción es a través de la familia, la comunidad y la empresa social”. Quizás mis citas de Cameron y de lo que se ventila por Londres sea buscando no se vea comunismo hasta en la sopa. Está bien, sé de los problemas económicos  internos y de la necesidad de los recortes de gastos masivos, pero lo interesante está en las soluciones que se buscan, unas de avanzada, qué duda cabe. Los recortes van a producir duros efectos sobre los más pobres, se sabe, pero lo interesante es ver como una crisis económica conlleva a la búsqueda de lo común, de la comunidad. De manera que ante la emergencia se apela a la democracia participativa, al fomento y al encuentro de las propiedades emergentes de los ciudadanos. Para ello: construcción de la inclusión social, fortalecimiento de la capacidad, construcción de la organización, construcción de la información y comunicación, construcción de recursos, construcción de la estrategia.

Comunitario, comunitarismo, palabras que suenan ahora como soluciones. Quizás en esta frontera aún indefinida entre sociedad y comunidad –obviando ahora la evolución de ambos términos- es que se está asociando sociedad a suma de fraccionamiento en individuos y a comunidad con solidaridad y acción compartida. Pero como la tecnología hace de las suyas –es interesante ver como nada se detiene- ahora se introducen conceptos como comunidades personales, inteligencia colectiva y redes sociales. Es decir, se dice de la transmutación de comunidad en red social. Hay analistas de redes sociales (Wellman y Berkowitz), asuntos como emergentes de inteligencia (Steven Johnson) y colectivos inteligentes (Howard Rheingold), “Cerebro global” (Heylighen), “la sociedad de la mente” (Marvin Minsk), “inteligencia colectiva” (Derrick de Kerckhove, 1997), “intelligent networks” (Albert Barábasi, 2002), and “collective intelligence” (Pierre Lévy, 2002)Kerckhove), “las redes inteligentes” (Albert Barabasi), y la “inteligencia colectiva” (Pierre Lévy).  Esto se torna interesante. Parece que las viejas concepciones ideológicas no nos sirven. Da la impresión de que estamos en el siglo XXI.

No hay duda que los conceptos cambian, incluido el de comunidad. Y mirando a  Zygmunt Baumann (De la comunidad: la búsqueda de la seguridad en un mundo inseguro) diera la impresión que también ha cambiado el concepto de libertad. Es así, porque fuera de especulaciones teóricas comunidad implica la fraternidad, esto es, compartir las ventajas entre los miembros de la comunidad, los egoístas nada tienen que obtener de ella y en consecuencia tendrían que pagar un precio por su inserción. 

Otros citan las imágenes de lo que somos hoy, con colas, empujones, las calles llenas, mientras otros estamos en soledad frente a nuestra computadora. Sabemos muy bien como son nuestras ciudades y el individualismo feroz de nuestra época lo hemos analizado en varios libros. Es precisamente por ello que se produce la reaparición de comunidad-solidaridad y la tecnología ha puesto el tema de las redes sociales. Y de nuevo sobre la mesa el tema del capital social. ¿Y porqué utilizar la palabra “capital”? Porque el crecimiento económico no está ya determinado sólo por los recursos naturales, infraestructura y bienes de consumo y  capital financiero, sino por la forma como interactúan y se organizan los actores. Esto es, que información, comunicación, ideas y apoyo tenemos a nuestra disposición. Pareciera que los viejos trazados económicos cambian y quienes hablamos de economía solidaria nos estamos sustentando sobre un presente claro. No discutamos si el hombre es egoísta o no, lo que debemos mirar es que las posibilidades de ser egoístas puede que se estén terminando. En resumen, pareciera que sociedad es una serie de limitaciones a los egoísmos y comunidad un sistema positivo inventando. Quizás deberíamos hablar de inducción de comportamientos solidarios.

Pareciera que puede generarse una inteligencia colectiva y ello pasa por una transición a un modelo de auto-organización dirigido por la comunidad, para que la gente actúe colectivamente. Ello también en el aspecto económico, por lo que se habla ya de una “economía sostenible de colaboración”. Lo es obvio en el campo político, pues se genera un nuevo modelo de democracia. Ya los hemos dicho. La hemos llamado democracia del siglo XXI.

teodulolopezm@yahoo.com  

 

La osadía del primer paso

 

Alberto Medina Méndez

Nuestras sociedades contemporáneas están plagadas de personajes timoratos, carentes de principios y repletos de prejuicios que se especializan en esgrimir un concierto de excusas para explicar porque no hacen lo que dicen, y saben, que hay que hacer.

Cada vez que algo genera temor, afloran este tipo de actitudes que nos dejan a mitad de camino entre lo que suponemos que debemos hacer, y lo que finalmente resulta de nuestro obrar cotidiano. La inacción le gana al discurso y allí aparece la pregunta de rigor ¿ para cuándo el primer paso?

Muchos problemas de la vida actual, resultan complejos. Sus abordajes implican la necesidad de un diagnostico profundo, que nos lleva a recorrer largos caminos, inundados de imprecisiones, preguntas sin respuestas y teorías sin confirmar.

En ese escenario, que sucede en la gran política pero también en lo doméstico y personal, los seres humanos hemos desarrollado a lo largo de nuestro zigzagueante recorrido, un extraño mecanismo de “defensa”.

Se trata de ese que nos invita a NO DAR EL PRIMER PASO. Sabemos que los problemas que enfrentamos requieren de soluciones que conllevan un gran esfuerzo, una perseverancia a prueba de cualquier claudicación y profundas convicciones que funcionen como motor.

Sin embargo, todos, en mayor o en menor medida, preferimos encarar temas menores, de jerarquía inferior, con una expectativa de resultados más rápidos y frustraciones más breves. Por eso vivimos en esta permanente situación de coyuntura, de corto plazo.

El mundo está gobernado por la ansiedad de lo circunstancial. Por eso las agendas de los gobiernos no incluyen los asuntos más importantes, sino solo los urgentes. Los grandes temas, los que realmente implican significativas reformas, no pueden exhibir resultados en la inmediatez y sus consecuencias positivas solo aparecerán como consecuencia de la continuidad en las políticas y de cierta tenacidad en la aplicación de estrategias. Pero esa dinámica está en clara discordancia con lo electoral. Los gobiernos precisan mostrar gestiones que resuelvan problemas ahora y no después de los procesos electorales. En ese contexto, las agendas de políticas públicas están inundadas de cuestiones de cabotaje, de vuelo corto.

Todas las energías están puestas al servicio de lo que se pueda mostrar pronto. Por eso no abundan proyectos de largo plazo, esos que realmente cambiarán las fisonomías de nuestras sociedades, porque el que pone la piedra fundacional, desarrolla la idea y proyecta sus sueños, seguramente no será el que disfrute de los beneficios de esa visión.

Los grandes saltos de calidad en la historia de las comunidades, se dieron cuando ese grupo de individuos, con más de generosidad que de mezquindad, se animaron a dar un primer paso. Fueron los osados, los audaces, los capaces de ver mas allá de sus narices, los que pudieron dejar un legado a las generaciones futuras.

Los cambios trascendentes, las revoluciones en serio, llevan años, a veces décadas, y pocos pudieron ver en vida el impacto real de su pensamiento. Repasando solo tramos de nuestro devenir, se puede visualizar con claridad que los hombres y mujeres que cambiaron el mundo no siempre tuvieron la chance de ver el resultado de sus actos, de sus ideas, de sus audaces convicciones.

Ellos creyeron en algo, soñaron con ello, y se animaron a dar el primer paso. Sabían que se exponían a críticas, muchos de ellos arriesgaron sus vidas en el intento, y algunos las perdieron en ese deambular, justamente por jugarse por esa mirada.

Cuando hacemos una aproximación al mundo actual, no podemos menos que preocuparnos al ver como a nuestro alrededor reina el corto plazo, lo coyuntural, lo circunstancial, lo efímero. Algunos pocos se permiten soñar. Pero a poco de andar, los más de ellos, terminan abortando antes de empezar o son vencidos por el sistema que solo parece priorizar el reino de la inminente.

Muchos ciudadanos del mundo repiten a diario, diagnósticos acerca de lo que nos pasa. Y hasta es probable que esas miradas encuentren gran adhesión en muchos sectores de la comunidad. Se acuerda fácilmente en relación a la gravedad del problema, como también de la necesidad de abordarlo con premura, y hasta se coincide en una nómina de acciones que habría que poner en marcha para empezar a recorrer ese camino.

Sin embargo, allí queda. Solo en intenciones. Lo grave, es que al no poner esas ideas en práctica solo consiguen generar impotencia, desazón y una secuencia interminable de pensamientos que solo nos consumen, restándonos energías para enfrentar los desafíos.

Sin duda alguna, nos faltan lideres con coraje, con cierto costado heroico, con grandeza, sin mezquindades, con la mirada larga y dispuestos a inmolarse por lo que le dejarán como legado a las generaciones futuras, lo que incluye a sus hijos y a sus nietos.

Tal vez haya que decir que esa valentía necesaria, esa capaz de resistir la critica del presente para ganarse un lugar en el futuro de cada comunidad, sigue sin aparecer, probablemente por falta de amor. Solo así se puede explicar que todos los días elijamos en nuestra matriz de decisiones, priorizar lo inmediato, eso que nos toca de cerca, que nos impactará en lo inmediato, dejando de lado todo aquello que es trascendente y que permitirá a nuestros seres queridos, disfrutar de un mundo mejor.

Sobran ejemplos. Abundan ideas. Pero nos falta el coraje de dar el primer paso, dejar de buscar excusas que justifiquen porque no nos enfocamos en los grandes problemas que nos aquejan, esos que merecen nuestro esfuerzo, que son difíciles y a los que superarlos será tarea de generaciones, con resultados que no veremos porque no nos alcanzará la vida terrenal para ello.

La agenda del presente es rica en problemáticas complejas que merecen ser encaradas con ideas nuevas, profundidad, perseverancia y convicción. Pero para ello, aun nos queda la desafiante labor de encontrar a esos atrevidos que viven en cada uno de nosotros mismos, para luego juntar fuerzas y espíritu para tener la osadía del primer paso.

amedinamendez@gmail.com

Skype: amedinamendez

www.albertomedinamendez.com

03783 – 15602694

Democracia o fundamentalismo: relaciones de convivencia entre personas del mismo sexo

 

 

Álvaro Mata Guillé

La convivencia requiere, para que sea posible, de un “contrato” que instituya los derechos individuales a partir de las diferencias, basando su funcionamiento en la tolerancia, que al dejarse de lado, violase o destruirse, se impondrá la arbitrariedad o la tiranía. Este “contrato” de la convivencia, llamado democracia, establece los parámetros para coexistir, pues al tomar como base la equidad, la libertad o la igualdad, es decir, los denominados derechos humanos, permite que subsista lo diverso, que cohabite lo diferente, siendo ese reconocimiento esencial, lo que posibilita ser lo que somos, nuestra individualidad.

El fundamento de una democracia —lo que hace que a la convivencia le encontremos un sentido— es la confirmación diaria de ese pacto, de esa apuesta que enlaza el coexistir, con la posibilidad que cada uno pueda ser, es así como la libertad, la igualdad, la equidad, constituyen el fundamento, los pilares del orden democrático, puesto que permiten sentirnos parte de ese sistema cultural nacido de la pluralidad, que se materializa en posibilidades para los individuos, que son los que finalmente hacen que la convivencia sea convivencia, que las personas sean personas y no espectros o nulidades.

Hay que decirlo, los derechos humanos, que finalmente son los que permiten la manifestación de la individualidad, encuentran su sentido en lo plural, en lo diverso, no en lo monolítico, en la equidad no en el abuso o la imposición, puesto que la democracia nace de la inclusión, no de la exclusión, pues es en lo plural que se fortalecen sus instituciones, que se enriquece el orden cultural: en lo plural está el fundamento y el principio de la democracia, siendo ahí -en lo diverso, en lo disidente- donde encuentra su razón de ser. Por ello la democracia es una manifestación de la existencia, no de los tratados o códigos, que protege la individualidad, es decir, protege la posibilidad de que cada uno pueda pensar, sentir y ser diferente.
Sin lo plural, sin lo disidente, no hay democracia, hay exclusión e intolerancia, tiranía, oscurantismo, barbarie, es por eso que la aceptación del Tribunal Supremo de Elecciones de realizar un referéndum que pretende decidir sobre derechos individuales, legitima la arbitrariedad no al derecho, que se traduce en imponer una voluntad que censura el sentir del otro. Porque censurar ese sentir es censurar la individualidad, es negarla imponiendo una conducta que quita a esas personas el derecho de ser personas, el derecho a disponer sobre su subjetividad, visión de lo arbitrario y lo limitado, que no pertenece a la democracia, ni a la libertad, sino al totalitarismo. La postura de los proponentes del referéndum como la aceptación del Tribunal, deja al descubierto un pensamiento oscurantista basado en una verdad única y monolítica, que excluye aquel que no es -ni siente, ni piensa- como nosotros, debiendo conformarse estos excluidos, con el patíbulo o la invisibilidad. Basta con echar una mirada a la historia para darnos cuenta que en su momento, esta concepción que moldeaba un tipo de sociedad, calificaba a las mujeres de brujas, haciendo que cuerpo no fuera su cuerpo, era objeto del uso diario de los hombres; a los negros e indios de esclavos, de animales de carga o de bestias; a los que tenían una subjetividad diferente, un pensamiento, un gusto o un sentir distinto, de parias, anormales o condenados.
La discusión que enfrentamos, no se restringe entonces a un asunto de derecho o legalidad, de votar o no votar en un referéndum, sino la definición de nosotros mismos, de dilucidar el sentido profundo de la convivencia, el sentido profundo de la libertad, el sentido profundo de la individualidad y la tolerancia, una definición que obliga dilucidar entre una sociedad libre o una censurada, entre lo unilateral que se impone sin más y el ágora donde todos participan y son parte, entre lo plural o una sociedad mutilada y represiva; significa esa definición finalmente enfrentar el miedo o la censura al cuerpo o asumir la diversidad que habita en cada uno.

Ser de izquierda en el siglo XXI

 

Por Luis Cifuentes Seves 

 

El ocaso del siglo XX ha proclamado un cambio en la izquierda; toda forma de militancia carente de capacidad autocrítica, estructurada con mando vertical o basada en una ética relativa pierde poder de convocatoria y se convierte en cosa del pasado.

Empero, la naturaleza humana no ha cambiado. Los intentos por crear un “hombre nuevo” fracasaron de la manera más contundente.  Al cabo de 40 ó 75 años de socialismo leninista, al colapsar los regímenes en Europa Oriental y la URSS rebrotaron de inmediato el chauvinismo, el racismo y el fascismo. La tendencia a la formación de camarillas de poder, de grupos de privilegio, control, manipulación y exclusión, abiertos o solapados, sigue presente en todo el mundo, en toda institución, en todo organismo social.

Tampoco ha cambiado la naturaleza del sistema. Ante el dominio hoy incontestado del capitalismo tardío, que demuestra su total incapacidad de resolver los mayores problemas de la humanidad, las antiguas tendencias mencionadas se potencian.

El desafío de la izquierda en el siglo XXI consistirá en saber enfrentar problemas sociales, culturales y políticos en condiciones rápida e impredeciblemente cambiantes. Urge redefinir el concepto de “izquierda” para liberarlo de visiones dogmáticas, sectarias y autoritarias enterradas por la historia. Si ayer “ser de izquierda” era cuestionar el dominio de los poderosos, en un mundo en que las certezas se derrumban “ser de izquierda” significa cuestionarlo todo, incluidas las propias convicciones, las propias obsesiones, las propias tribalidades.

EL OCASO DE LA DISCIPLINA PARTIDARIA

La disciplina partidaria nació como consecuencia de una convicción: la uniformidad de pensamiento y de acción de la izquierda eran necesarias para cambiar el mundo. Esta regimentación de las orgánicas izquierdistas llegó a su cumbre trágica e irracional con el terror del estalinismo, con la dificultad adicional de que la izquierda nunca pudo convivir plenamente con los grandes iconoclastas. Russell, Sartre, Trotsky, Gramsci, Lukacs, Koestler, Djilas, Marcuse, Dubcek, Althusser, Garaudy y tantos otros debieron, durante una parte o la totalidad de su vida pública, vivir en los márgenes de la izquierda institucional, apenas tolerados o en abierta confrontación con ella. El mejor pensamiento progresista se vio así separado de los grandes movimientos partidistas y sindicales.

Un golpeante resultado del siglo XX es la creciente prescindibilidad que las mayorías demuestran hoy ante la disciplina partidaria. Hasta los partidos comunistas sobrevivientes deben aceptar un grado creciente de autonomía de sus bases. El centralismo democrático agoniza; las viejas y férreas estructuras se han ido transformando lenta y casi imperceptiblemente en redes de comunicación; las comunidades obreras, mineras, campesinas, poblacionales e intelectuales que por decenios se identificaron con la tradición orgánico-ideológica del izquierdismo, se mueven hoy aparentemente al azar, explorando caminos de esperanza al margen del bien hollado sendero de las fidelidades partidarias. La rapidez del cambio ha sido sorprendente e impredecible. Aunque en un marco adverso, las posibilidades abiertas al progresismo de hoy son inmensas y aún impredecibles.

Al desaparecer o perder importancia los aparatos orgánicos regimentados, con su tendencia al protagonismo público, al autoritarismo y al secretismo, el mundo contestatario se transforma en un ente deslocalizado pero ubicuo; incontenible e inconspicuo, pero multisensible y multicomunicado; desuniforme en ideología pero, hoy más que ayer, poderosamente diferenciado ante las estructuras y mecanismos de dominación.

Como contraparte pragmática a la disgregación de las orgánicas, aparecen partidos progresistas de naturaleza cupular, que aspiran a formar parte permanente de coaliciones gobernantes, procurando entenderse con el electorado a través de los medios de comunicación. Pero el poderoso y rígido molde político-económico global en que actúan tiende a hacerlos acríticos de una buena parte de las reglas del juego político y social, abandonando aspiraciones tradicionales del izquierdismo. Un programa de gobierno de izquierda, en Chile y otros países, parece cada vez más irrealizable por los canales electorales abiertos a la ciudadanía.

Por su parte, la globalización de las comunicaciones y de numerosas formas culturales tiende a generar una abundancia de información que, a pesar de ser fragmentada, falsificada y mañosamente interpretada, entrega datos para un proceso continuo de integración de percepciones, conocimientos, intuiciones y subculturas. Al igual que el socialismo soviético, el bárbaro liberalismo mercantil contemporáneo genera sus propias formas de lo que el teórico alemán Rudolf Bahro, en su fase marxista, llamó Mehrbewusstsein (plusconciencia). Tal como es más difícil alinear a la gente, también es más difícil engañarla. Tal como es más difícil sacarla a la calle a desfilar, también es más difícil venderle sumisión y acriticismo. Crece el grado de diversidad de las respuestas civiles a los problemas del presente.

A mayor desarrollo de la productividad en la sociedad moderna, mayor el grado de deshumanización, sobre todo en las grandes ciudades; como consecuencia de este hecho y de la disgregación de las identidades masivas crece el aislamiento y  soledad de muchos individuos, así como  la conciencia de la enorme desigualdad e injusticia que se agiganta en el mundo de los “tigres” y “jaguares” y de las magras posibilidades de superarlas en el corto o mediano plazo. Acaso una frontera definitoria del izquierdismo en el siglo XXI será la decisión de resistir las tendencias autodestructivas generadas por el capitalismo tardío.

LA UTOPÍA COMO IMAGINARIO COLECTIVO

En estas circunstancias, cuando las ideologías revolucionarias parecen impotentes y la diversidad en el pensamiento y en la acción comienzan a abrirse paso, en mi opinión, lo más factible y convocante es un llamado a generar nuevas utopías.

¿Qué es una utopía? Esencialmente, una visión deseable del futuro, una convocatoria a desatar el imaginario colectivo, un llamado a los sueños y una búsqueda de caminos para su realización. A diferencia de la ideología, la utopía no tiene por qué incluir una visión compartida del pasado ni tampoco una noción de inevitabilidad de un futuro predefinido. La ideología es una estructura de certezas adoptadas, mientras la utopía está hecha de aspiraciones. La búsqueda utópica es abierta, fundamentada sobre la diversidad y la complejidad del presente; no exige contenidos consensuados; caben en ella todo el rango de aspiraciones de comunidades e individuos, todas ellas, igualmente legítimas.

Cabe la pregunta ¿es contradictoria la construcción de utopías con la generación de ideología? A mi juicio, no. La producción de elementos ideológicos es un resultado inevitable de un llamado a los sueños y de la acción política, sin embargo, pienso que la convocatoria a reflexionar críticamente, a conjurar el imaginario colectivo y a generar movimiento social es un camino más fructífero que el intento por elaborar verdades históricas absolutas. Un movimiento capaz de convocar a discutir el mundo que queremos gatillaría, indudablemente, una explosión de críticas al mundo actual y una avalancha de coincidencias.

Obviamente, en este terreno no habrá respuestas homogéneas, sino una amplísima diversidad. Cada camino concebido podría ser puesto en práctica por diversos destacamentos del mundo alternativo. Sería un error esperar consecuencias políticas tangibles inmediatas, pero tal búsqueda iría generando afinidades y experiencias, sembrando las semillas del mundo del futuro, cuya construcción estaría condicionada por las aspiraciones de cientos o miles de millones de personas, la casi totalidad de las cuales es gravemente vulnerada tanto por el capitalismo como por el neoliberalismo.

Dado que las nuevas utopías aún no existen, quisiera proponer algunos ingredientes que pueden ayudar a su construcción:

1) Continuidad doctrinaria. El izquierdismo de hoy es la puesta al día de la antigua posición contestataria, iconoclasta o anticonformista. Esta cuestiona  las estructuras y mecanismos del poder; se opone a los privilegios de minoría; se niega a inclinarse ante “principios de autoridad”; rechaza moldes impuestos de pensamiento o comportamiento; impulsa el debate igualitario, libre y plural; condena la discriminación, dominación y marginación; exige procedimientos transparentes de gestión y convoca a la participación de todos en el proceso político. La posición en pro de la diversidad cultural – en todos sus aspectos – y la defensa del medio ambiente son una consecuencia lógica de esa tradición.

2) Prescindencia de paradigmas universales. Ya no es necesario adherir a una ideología particular, a un sistema social ni a un tipo definido de orgánica partidaria para ser izquierdista. El izquierdismo es hoy un compromiso que permite o exige asociación con personas de convicciones similares, pero esta asociación debe existir en la diversidad.

3) Acción basal. Los mecanismos del poder están fuertemente sobredeterminados por poderosos intereses globales. Por los canales existentes, parte de la izquierda puede llegar al gobierno, pero no a un gobierno de izquierda. La alternativa es la movilización, fortalecimiento y catalización de la sociedad civil con un intenso trabajo a nivel de base, que genere nuevos canales y abra nuevas grietas en la estructura del sistema dominante.

4) Diversidad y libertad. La izquierda deberá desarrollar movimientos en torno a células de nuevo tipo, autónomas, abiertas hacia la sociedad civil, de accionar transparente, sin carácter conspiratorio ni verticalidad de mando, multiconectadas por redes locales, nacionales y globales. Tal reingeniería del izquierdismo alentaría la asociación libre y deliberante a nivel de base, el debate sin precondiciones, que permitiría tanto la acción común como la disidencia, fundamentado en la más absoluta voluntariedad y pluralismo, sin lazos permanentes sino periódicos y mutantes, generando hábitos sociales flexibles, permitiendo espacios para una gama de formas de expresión y movilización y para el desarrollo de variados proyectos de vida, tanto en lo individual como en lo comunitario.

5) Cambio Cultural. Para generar cambios sociales perdurables, será necesario un cambio en las formas de convivencia y expresión. El cambio cultural pasa por atrevernos a pensar con cabeza propia, atrevernos a cuestionar lo establecido, atrevernos a vencer la autocensura para eliminar la censura, atrevernos a expresar, de todas las formas imaginables, nuestros sueños, ideales, amores, odios, temores, iras y pasiones. Pasa por dar rienda suelta a nuestra afectividad y a nuestra imaginación aprovechando todos los canales existentes de comunicación. Pasa por crear instancias de participación y expresión ciudadana, formas masivas de autocapacitación popular, redes locales, nacionales y globales de contacto propositivo que conciban y elaboren visiones de una convivencia libertaria, igualitaria, solidaria y creativa, posibilitando, así, su advenimiento.

6) La cotidianeidad como criterio de consecuencia. Ante la ausencia de disciplina impuesta, los izquierdistas deben ganar ascendiente por el convencimiento y guiar con su ejemplo. Hablar contra la discriminación y los prejuicios sólo tiene sentido si quien lo hace practica tales principios en su vida diaria. Junto con exigir transparencia en la gestión estatal, la izquierda debe hacer transparente la gestión de sus propias orgánicas; junto con protestar contra la dominación, la izquierda debe erradicarla de su propia cotidianeidad. Esta profunda y radical transformación parte de la armonía en el desarrollo personal de los individuos y en el enriquecimiento de las relaciones interpersonales. Una pregunta que crece en importancia es: ¿cómo está tu metro cuadrado?, es decir, ¿cómo se manifiestan los principios que afirmas profesar en tu relación con tu familia, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de ideales?

7)  Las armas de la izquierda. El capitalismo tardío es un sistema de inmenso poder militar, poder corruptor y poder manipulativo; la izquierda no tiene posibilidad alguna de derrotarlo en su propio terreno. Tal como hizo la burguesía siglos antes de conquistar el poder, la izquierda debe apropiarse de las más poderosas herramientas transformadoras del presente; estas son, a mi modesto entender, el conocimiento, la ternura y la imaginación. Utilizando estas armas, los iconoclastas continuaremos nuestra difícil y onerosa carrera de relevos.

EL PODER DE LOS SUEÑOS

En un mundo donde todos los canales oficiales llaman a la resignación y venden un modelo de sociedad que, se afirma, carece de alternativa, los izquierdistas son aquellos que cuestionan tales “realismos”, los que saben que el futuro depende de la magnitud y trascendencia de los sueños de las mayorías. Y hay razones para creer que eso es así. La vida de un destacado izquierdista, Nelson Mandela, el último gran héroe del siglo XX, es un ejemplo aleccionador. Por 27 años permaneció en prisión aferrado a un gran sueño y con una demanda inmutable; el mundo terminó por escucharlo. En su último año de prisión, el Presidente de Estado de la poderosa Sudáfrica, país que controlaba sin contrapeso el juego político y militar en el Africa meridional, se vio obligado por la presión internacional a negociar con Mandela. Empero, el líder africano jamás colocó entre sus demandas su propia libertad; el tema fue más amplio: de manera casi inconcebible, un estadista y un anciano presidiario, tratando de igual a igual,  decidieron el destino de su país. La lección de Mandela es tan profunda como para causar una sensación de vértigo: después de él, nadie podrá ignorar que todo  -literalmente todo- es posible cuando los sueños se afirman en la justicia, en una ética absoluta y en una consecuencia inquebrantable y vitalicia.

No hay garantía alguna de que el futuro previsible presencie históricos triunfos de la izquierda; no hay, tampoco, certeza de que se cumplan los presagios apocalípticos, pero estoy totalmente seguro de que seguirán naciendo las mujeres y hombres dispuestos al sacrificio de la propia vida en defensa de los más altos principios: la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos humanos y civiles, la justicia y la verdad.

 

Izquierda y mercado: la condición doméstica del poder

 

Ricardo Viscardi

En ocasión de ciertas coyunturas críticas[1] que marcaron el gobierno de Tabaré Vázquez, se hizo hincapié en la desactivación estratégica del Frente Amplio. El partido de gobierno se habría transformado en una polea de transmisión del Estado, anulado en su papel de vanguardia orientadora de la movilización de izquierda por una obediencia gubernamental al Ejecutivo. La foto de familia sigue siendo la misma, aunque relativamente descolorida por el paso monocorde de un tiempo de éxitos proclamados y de desencantos electorales[2].

Sin embargo otras expresiones de la izquierda en el país han sufrido avatares análogos y no corresponde dejarlas al margen del análisis en una perspectiva de conjunto. Quizás el caso de la Universidad de la República sea el más significativo. Esta institución estatal dotada de autonomía institucional, absoluta en el plano académico y administrativo, no logra una movilización reformista que sin embargo se convoca desde el mismo rectorado[3].

En cuanto al movimiento sindical, su crecimiento como consecuencia de una pax romana entre empresarios y sindicalistas, instalada por el advenimiento de la izquierda al poder, no ha dejado de anidar una diferenciación con relación al gobierno. En el ámbito gremial se plantea una situación que sintetiza el déficit de movilización universitaria y el dirigismo gubernamental sobre el Frente Amplio: el movimiento sindical presenta una línea de conducción proclive a la movilización reivindicativa, mientras otra orientación descarta una diferenciación estratégica con el gobierno[4].

Los movimientos sociales, en particular los que revisten mayor notoriedad, como el movimiento por los derechos de la mujer o por los derechos humanos, presentan una situación estratégica más favorable, en cuanto la mayor distancia con el Estado permite la reversión entre la reivindicación y el reclamo institucional. Sin embargo, también se distingue con claridad una distancia relativa con el elenco gubernamental y parlamentario, particularmente motivada por la contraposición de sectores frenteamplistas al referéndum contra la Ley de Caducidad, así como por el propio veto presidencial de Vázquez al proyecto de género que incluía la interrupción del embarazo.

Sin embargo, este escenario encuentra en el par gobierno-de-izquierda/fuerza-política-frenteamplista su condición ejemplar, bajo la forma de una paradoja cargada de fatalidad política: ¿porqué el gobierno moviliza socialmente mientras la organización política no concita la participación popular? Tal formulación contradictoria en sus propios términos manifiesta un puente indebido que une lo que debiera estar separado (el gobierno y la población) y separa lo que debiera estar unido (la sociedad y la organización política). Esta disociación con los supuestos teóricos de la organización política y esa vinculación contrapuesta con el marco institucional de la sociedad, permite asimismo formalizar la comprensión de los otros dramas públicos de la izquierda: la desmovilización relativa de los universitarios, la oposición interna de los sindicalistas, el descreimiento de los movimientos sociales.

La clave de fatalidad que se cierne sobre la izquierda surge desde el momento en que alcanza el predominio institucional del Estado, se vincula a una evacuación del problema del poder -considerado tanto una cuestión diferida estratégicamente como una urgencia perentoria del gobierno, ancla finalmente en el paradigma del gobierno en tanto ámbito estatal. Allí llegamos y allí nos topamos con que ni siquiera con mayoría absoluta en el parlamento logramos que el poder articule la base social con el vértice gubernamental. La razón quizás esté, para cierta lectura que gana terreno en tiempos de globalización secular del poder, en que la supremacía política abandonó la cúspide del Estado, para pasar a circular por los meandros de una civilidad.

La cuestión que birla el poder haciéndole burla al Estado es la más característica de los tiempos que corren, bastante más allá del Uruguay. Recordemos el drama del desfondamiento financiero del “primer mundo” en 2008. En cuanto los estados socorrieron con fondos públicos al aparato financiero desplomado tras su bacanal, muchos espíritus altruistas creyeron ver, en el remolque estatal de los bancos, el anuncio de un retorno a las políticas de regulación gubernamental de los mercados. Sin embargo, una vez superada la amenaza coyuntural de una bancarrota generalizada, los gobiernos democrático-representativos volvieron a ceder las riendas de la conducción pública convencidos, en buenos pagadores, de la neutralidad de un mercado instruido por intereses tan infalibles como particulares[5].

En efecto, si la conducción pública es ante todo un asunto económico ¿quién podría conducirla mejor que el mercado? Esta creencia en la fatalidad económica de la res pública puede incluso ser leída como una república del poder ciudadano. En cuanto tal ciudadanía identifica su poder en el espejo del valor de cambio, subordina las distintas figuras de la socialidad a ese reflejo supremo, de forma que termina por convertir toda escala humana en una subcontratación utilitarista.

Esa versión mercantilista de la ideología manifiesta, por su misma verosimilitud, el error que encierra la concepción que vincula el poder con la soberanía de Estado, como si esta supusiera una esencia inalterable y exclusiva, por fuera y por encima de la existencia pública. La concepción foucaldiana del poder, ya desde el planteo del cuerpo social como un todo normativo es la contraria: el poder existe como efecto de un campo sostenido por la actividad de los particulares. Contrapuestos entre sí por sus intereses, los miembros del cuerpo social comparten una red de relaciones de fuerza, a partir de intervenir en tanto elementos heterogéneos y de sostener asimismo un juego estratégico[6].

El punto que siguió a esa discriminación del poder como una red o dispositivo, que se articula en el propio cuerpo social en tanto campo sostenido por la actividad de particulares, consistió en explicar, desde el punto de vista de Foucault, cómo se desarrolla e inscribe, con relación a los cuerpos particulares, el poder constituido como un todo en el cuerpo social. La explicación de esa articulación es capital, porque de ella depende, para el análisis foucaldiano, la posibilidad de discriminar la circulación y fluctuación del poder como tal, independientemente de la voluntad que moldea en los individuos, pero también como efecto de la contraposición activa de los mismos individuos entre sí.

Ahora, Foucault va a encontrar esa articulación en el homo economicus que determina las estrategias de reforma de la penalidad a fines del siglo XVIII[7]. El punto central del análisis, es que el homo economicus no se constituye en medida común de la norma y la pena por su entidad productiva y orgánica, sino por el contrario, en cuanto habilita la medición del delito en términos relativos a costos y ganancias. Se fundamenta en un análisis económico la conveniencia de vincular al delincuente con la norma que lo penaliza y no con el suplicio o el confinamiento, criterio que separa el castigo ejemplar por un lado y la norma jurídica por el otro[8]. En cuanto la crueldad del suplicio infamante implica costos relativos (de los castigos infligidos, de la reincidencia delictiva, del ejercicio de la fuerza pública) mayores que la norma penal que rige una conducta pública, la resolución de los conflictos particulares se vincula económicamente a la norma jurídica y no al poder físico del soberano.

Desde este punto de vista, no sólo el gobierno es una junta de burgueses que oculta sus intereses bajo la máscara del Estado sino que, ante todo, una junta de burgueses postuló que el poder se instrumentaba con mayor eficacia bajo la forma civil del derecho, Estado y gobierno mediante, que bajo la máscara ostensible del monarca. Para esa estrategia de homologación civil del poder, la entidad de los conflictos dentro de una misma sociedad encuentra, con base en la formalización económica, un rasero universal del poder relativo de cada parte. Tal formalización no es eficaz porque sea económica, sino que la economía habilita la formalización eficaz de los conflictos, porque permite monetizar el signo conflictivo del poder, signo monetario mediante.

La racionalidad neoliberal anida, desde este punto de vista, en una génesis política del liberalismo en tanto control público del poder del Estado, por consiguiente, la junta de burgueses en el gobierno no muestra sino la punta del iceberg del golpe de Estado permanente de los poderosos contra los débiles. En tanto síntesis estatal de la res pública, ningún gobierno del cuerpo social puede disolver el dispositivo doméstico que lo sustenta, aunque pretenda mistificarlo en tanto ecuación social del conflicto. Más vale entonces partir del campo social en que se genera efectivamente el poder y desde allí dirimir su entidad en toda su latitud y proyección, ya que ese control del poder de unos por otros ha sido, en definitiva, la moneda misma del poder, que no conviene confundir con el signo monetario.

Razón de más para desconfiar de los gobernantes cuando con actitud hipócrata[9] dicen infundir desde arriba el poder de los de abajo.

[1] En particular las manifestaciones contra el Tratado de Libre Comercio y la huelga del transporte de carga.

[2] Bustamante, M. « El FA comenzó análisis interno » La República (12/09/10) Montevideo http://www.larepublica.com.uy/politica/423649-el-fa-comenzo-analisis-interno

[3] Informe del rectorado Nº 132 http://www.universidadur.edu.uy/blog/?p=806#more-806

[4] « Moderados del Pit-Cnt acusan de « error táctico » al paro general » Observa (12/09/10) http://www.observa.com.uy/actualidad/nota.aspx?id=101941&ex=25&ar=1&fi=23&sec=8

[5] En este blog Viendo pasar el cadáver del neoliberalismo actualización de la 2ª quincena de octubre 2008.

[6] Gabilondo, A. (1990) El discurso en acción, Anthropos, Barcelona, p.170.

[7] « Se trataba de calcular económicamente, o en todo caso de criticar en nombre de una lógica y de una racionalidad económica, el funcionamiento de la justicia penal tal como se la podía constatar y observar en el siglo XVIII »(trad.R.Viscardi) Foucault, M. Naissance de la bio-politique (Leçon du 21 mars 1979) http://www.cip-idf.org/article.php3?id_article=3302

[8] « Dicho de otra forma, el código penal no da ninguna defición substancial, ninguna definición cualitativa, ninguna definición moral del crimen. El crimen, es punido por la ley, punto y aparte. Por lo tanto, ustedes ven que la definición de los neoliberales es casi la misma : es lo que hace correr a un individuo el riesgo de ser condenado a una pena » (trad.R.Viscardi) Foucault, M. Naissance de la bio-politique (Leçon du 21 mars 1979) http://www.cip-idf.org/article.php3?id_article=3302

[9] Viscardi, R. « Hipocrasía : la impostura moral del poder » Democracia del siglo XXI (15/02/10) https://teodulolopezmelendez.wordpress.com/2010/02/15/hipocrasia-la-impostura-moral-del-poder/

Sobre el paradigma o la transformación de la mirada

Teódulo López Meléndez

Cada uno de nosotros tiene una percepción individual de la realidad que lo dirige en el momento de interpretar lo cotidiano que lo envuelve. Ese conjunto de valores y percepciones nos conducen a nuestras afirmaciones sobre el entorno, a nuestras afirmaciones sobre lo que vemos y percibimos. Esta especie de mapa mental nos guía en la conformación de nuestra visión de lo que sucede, ha sucedido y sucederá. Podríamos decir, entonces, con la palabra que nos ocupa, que cada uno de nosotros tiene su propio paradigma. Cuando muchos tienen uno igual hablamos de paradigma general o de paradigma social, uno que marca y determina el comportamiento del colectivo frente a la visión global de su mundo y frente a las circunstancias.

Fue el filósofo y físico norteamericano Tomas Kuhn el que sacó el concepto de paradigma de los diccionarios para introducirlo desde el mundo de las ciencias puras en el campo de las ciencias sociales con su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962). La palabra es, no obstante antigua y su etimología se encuentra en el griego: “para” (junto) y “deigma” (modelo, ejemplo). La psicología ha hecho su aporte diciéndonos que nuestros cerebros actúan sobre la experiencia, formada esta por suposiciones y conceptos con los cuales miramos la realidad e interpretamos.

Mientras interpretamos se acumulan las paradojas, esto es, percibimos que nuestra manera de ver el mundo nos devuelve resultados contradictorios que parecen negar lo que pensamos. Esta contradicción nos sume en un estado de intranquilidad que llamaremos acumulación de dilemas, entre otras razones porque podemos llegar a la conclusión de que mientras más trabajamos para cambiar lo que nos molesta menos resultados obtenemos. A veces se producen grandes y dramáticos cambios como el paso de una sociedad tradicional a una sociedad industrial lo que rompe todos los paradigmas anteriores relacionados con prácticamente cada esencia, desde el sitio donde vivimos hasta el concepto de familia, desde nuestra vida tradicional hasta las creencias religiosas. Así, la sociedad industrial introdujo otros frentes de atención, como el salario, las relaciones laborales, el interés personal, la acumulación de dinero y a un teórico llamado Marx, cuyo pensamiento hay que analizar en estas precisas circunstancias. Pero no siempre hay cambios tan radicales que destrocen los viejos paradigmas e introduzcan nuevos. Ahora vivimos un deslizamiento gradual que va desde comunidad a sociedad, de sociedad a individuo aislado, de alienación social global a alienación personal, desde la soledad a una especie de reencuentro producido por los medios que la tecnología ha puesto a nuestro alcance y por el irreversible proceso de globalización. Es lo que en otra parte he denominado la resurrección de la palabra ecumenismo, reecumenización basada sobre el re-descubrimiento del otro.

Ahora bien, cuando hay naciones en graves procesos, como los políticos que implican un creciente mecanismo totalitario de control, la gente desahoga su malestar sin darse cuenta que está enfrentando el peligro desde paradigmas inservibles. El dilema en que se sume no le suministra suficientes elementos para el darse cuenta, para determinar qué precio está dispuesto a pagar, para entender que debe cambiar de mirada sobre la realidad si quiere superar su impotencia que le permite concretar el cambio.

Tomemos, pues, a un conglomerado humano con sus creencias para decirle que un paradigma nuevo se instaura cuando los vigentes no pueden resolver los enigmas. Y para decirle que suele suceder una incapacidad para ver fuera de los límites marcados por el paradigma ya inservible. Para salir del círculo vicioso hay que aprender a pensar de otra manera, lo que es más difícil que dividir a un átomo, según la expresión de Einstein. Por ello, Edgar Morin comenzó por hablarnos de la necesidad de un pensamiento complejo que abarque la dinámica del todo.

Ciertamente todo paradigma es temporal, de allí la evolución social. Ahora bien, para un cambio de paradigma es obvio que se requiere pensar. Cuando una sociedad deja de hacerlo y señala con el dedo del desprecio a quien lo hace se estrellará inevitablemente contra un muro inmodificable. Pensar comienza por dejar de lado los caminos lineales, porque la carretera recta nos llevará siempre al mismo lugar, generalmente el fracaso. Si pensamos establecemos conexiones, creamos una red de interacciones, miramos nuestras particulares circunstancias desde todos los ángulos. Ello podría llevarnos a dejar de lado un reduccionismo que sólo percibe la fachada de un proceso histórico-social, lo que a su vez nos conduce a la desesperación –visto fracaso tras fracaso- que podemos traducir como el convencimiento de la irreversibilidad de aquello que enfrentamos. Lo contrario de lineal es circular. Lo contrario del paradigma que no sirve es un pensamiento que rechace las separaciones, lo que en un momento concreto podemos llamar polarización. Podríamos traducirlo como abandono de tomas fotográficas instantáneas y su sustitución por una idea de permanente flujo. Tal vez deberíamos aprender que nuestro paradigma vigente nos lleva a mirar de manera simplificada. Por ello he dicho, en numerosas ocasiones, que las realidades se construyen. Esto es, la realidad puede ser ni más que nuestra interpretación de ella. Es posible que así aprendamos que la realidad no tiene una sola causa y qué causas podemos introducir para cambiarla. Y es por ello también que he insistido sobre lo determinante del lenguaje. El paradigma inservible produce uno y el sustitutivo corresponde obviamente a uno nuevo, uno que comienza por individuos aislados pero que bien se puede transformar en común e identitario para el salto cualitativo hacia la nueva realidad.

Cuando se hace obvio de toda obviedad que se requiere ese salto cualitativo llamado cambio hay que mirar con atención los paradigmas específicos con que hemos mirado la realidad política y la realidad real que hemos contribuido a forjar con nuestra propia mirada. Tal vez si miramos las razones del otro podremos comenzar  a abandonar el gueto y dentro del gueto nuestra propia existencia fraccional. Es decir, un proceso de reencuentro con el todo. Si queremos llamarlo de otra manera hagámoslo con la palabra unidad, sólo que ella no se circunscribe al terreno de los partidos, menos aún cuando están absolutamente debilitados y se conforman simplemente en una amontonamiento de siglas. Estos, conformados sobre antiguos y superados exorcismos ideológicos y ahora sobre un pragmatismo sin ideas, no podrán comprehender nunca la totalidad porque son partidos. Una coalición de ellos se formula sobre la base de un enemigo, lo que anula toda posibilidad de unidad.

El ejercicio político ha trascendido de largo a los marcos llamados partidos. Paternalismo de dirigentes partidistas, inadmisible. La salida, la superación de la crisis de ciudadanía. Por ello alguna vez escribí “la unidad es nociva para la salud”, para referirme a lo que nunca puede ser una unidad. Tal unidad no puede ser lograda por una sociedad que reclama paz y condena la violencia, pero expresa su odio a través de todos los medios, en especial a través de las redes sociales. Es decir, la unidad se logra mediante una oferta sustitutiva basada sobre nuevos paradigmas que nos permitan obtener una visión de futuro compartido.

II

Edgar Morin nos indica que unir, por ejemplo, orden y desorden, genera organización y complejidad. Nos habla de romper la idea lineal de causa-efecto. Y nos recuerda que el todo está en la parte.

Permítasenos, no obstante, una breve digresión hacia el terreno de la física cuántica. Se ha demostrado el proceso que convierte en realidad los estados probabilísticos, en el cual la conciencia del observador es parte fundamental, dado que los observadores son necesarios para dar existencia al mundo puesto que vivimos en un universo de participación. La cuántica ve objetos que están simultáneamente en varios sitios a la vez. Lo que dudan los científicos es como esos estados superpuestos se hacen concretos para nuestros sentidos. En cualquier caso es el observador y sus instrumentos de medida los verdaderos factores de la realidad. Los físicos hablan de decoherencia para definir el enredo de los sistemas físicos. Y agregan que un sistema se desintegra cuando pierde la capacidad para mantener las interconexiones específicas. Lo que hay que hacer es liberarse de las restricciones para que los elementos se encuentren disponibles para nuevas formas organizacionales.

Si extrapolamos de la física cuántica hacia los procesos sociales podemos llegar a idénticos resultados. La mirada de los observadores determina la realidad y su forma de mirarla la fortalece o provoca su agotamiento para posibilitar el nacimiento de formas distintas. Sólo que cambiar la mirada implica un cambio de paradigmas que sólo puede sucederse mediante la adquisición de otra forma de pensar que transforme la mirada. 

Si se mira desde la complejidad comienza por aceptarse la contradicción, esto es, termina la obligación cognitiva de silenciarla o mirarla linealmente. Cuando conforme al viejo paradigma que estamos utilizando para mirar la realidad vemos una única dimensión, estamos propensos al error. En otras palabras, permaneceremos anestesiados e impotentes. El pensamiento complejo permite ver lo que está debajo de la lógica aristotélica. Sin embargo, el viejo paradigma nos obliga a una supuesta racionalidad que conlleva a rechazar todo lo que parezca especulación. Sin duda que la vía para cambiar la realidad es someternos a lo que en otros ensayos he denominado “una interrogación ilimitada” que pasa por revisar lo que hasta ahora hemos considerado verdad. Podríamos hablar así de la reflexibilidad indispensable a la que tiene que someterse un cuerpo social que le facilite la obtención de nuevas posiciones frente a la emergencia que enfrenta. Lo contrario es aquello en lo que estamos, duelo, frustraciones y patologías, situación que también he mencionado más gráficamente como el lloriqueo a posteriori.

Partamos de una base: las simplezas no tienen cabida en este siglo. El que parta de ellas concluirá en el fracaso. He dicho en repetidas ocasiones que un verdadero político es el que hace inteligible el mundo para el pueblo. Una vez comprendido el mundo es recreable.

De allí Morin: Toda entidad está abierta y hay una relación energética-entrópica permanente. Al mismo tiempo es cerrada porque ofrece fronteras, pero ese límite no es absoluto. No podemos ser lineales, hay que recurrir a la circularidad o recursividad. Toda entidad, para mantenerse, da apariencia de finalidad. El mundo inteligible nace de la interacción entre la realidad que se quiere cambiar y el sujeto. La realidad no es un elemento básico simple, la complejidad nos la revela la conciencia.

Ahora bien, nos planteará el lector anónimo, ¿cómo aplico estas concepciones a la liberación inmediata o progresiva de mi propio drama que ahora vivo? Evidentemente no estamos planteando una conversión moral de la población o la aparición súbita de un rayo que ilumine a un pueblo hacia el cambio de paradigmas. Basta por iniciar la comprensión de una realidad múltiple, contradictoria y complementaria e interrogarnos si nuestras creencias nos han conducido a algún resultado concreto. Si la respuesta es negativa ya estará abierta la espita para el abandono de los paradigmas inservibles y su sustitución por otros. El proceso en su final sólo puede ser medido en largo tiempo, pero la decisión de cambiar la mirada o simplemente de interrogarse sobre ella tiene consecuencias a corto plazo.

teodulolopezm@yahoo.com

Democracia abierta

Periodistas 21

El derecho a saber es clave para evitar la corrupción, aumentar la eficacia de la administración y proteger los derechos individuales. El Gobierno anuncia al fin una ley para garantizar el derecho de los ciudadanos a conocer todo lo que los políticos y la Administración saben. La información es poder, pero ese poder es de los ciudadanos, no de quienes retienen y controlan la información en su propio beneficio o para no rendir cuentas. Es una ley largamente esperada para hacer la democracia más transparente, responsable e informada. Pero en pleno siglo XXI la transparencia debe ser activa y no esperar a las demandas de los ciudadanos. Las herramientas digitales permiten publicar los datos y la información pública de forma accesible, facilitar su reutilización para lograr un gobierno abierto y una democracia aumentada con la vinculación de los datos con la realidad a través de diversas herramientas como los teléfonos móviles.

Después de tanto esperar (somos el último gran país de la Unión Europea en adoptarla), la ley debe ser ambiciosa y no conformarse con trasladar el Convenio del Consejo de Europa para el Acceso a Documentos Oficiales. El borrador conocido es todavía más restrictivo. Una ley de acceso a la información debe ser hoy una ley de gobierno abierto y democracia transparente. Eso significa garantizar el mayor acceso a la información, cambiar la cultura política y de la función pública para hacer que administraciones y poderes sean activos para publicar y ofrecer la información pública en tiempo real o lo más actualizada posible; con datos en formatos abiertos y reutilizables, sin excepciones ni opacidades, y excluyendo sólo la información que afecta a los derechos de terceros, como los datos personales, de seguridad o los que puedan perjudicar intereses fundamentales.

La norma debe obligar a todos los poderes y administraciones, sin excusas. Es un cambio en la cultura política y democrática que culmina el pluralismo de la Transición y la descentralización democrática. Un proyecto para no arredrarse y ser ambiciosos.

http://periodistas21.blogspot.com/2010/08/democracia-abierta.html

Diccionario de Infamia Parlamentaria

 

Ricardo Viscardi

Infame genealogía de este diccionario. Contrariamente a la visión predominante de la Enciclopedia, los diccionarios no se hacen, sino que se encuentran. Suponen determinada organización previa de la experiencia bajo forma de memoria instruida de costumbre (“consuetudinaria”, según la acepción que corresponde al concepto en el diccionario). Esta sedimentación que organiza la estratificación del sentido, según un transitar que subraya la huella, ha ocupado a quienes se preguntaron cómo hacer para saber: Husserl (El origen de la geometría) Benveniste (Categorías de pensamiento y categorías de lengua) Foucault (La arqueología del saber). Por consiguiente, acceder a la versión del diccionario supone percibir la condición alfabética de una cultura, es decir, el orden sucesivo de las partículas dotadas de doble (o más) articulación. La principal dificultad para percibir este “orden” consiste en entender que todo orden también obedece a una doble articulación: El/La Orden[1]. En cuanto forzado por la fuerza de la razón, que se deshonra al margen de la divisoria razón/fuerza, desde ya nuestro Diccionario de infamia parlamentaria incluye una entrada que formara parte de un antecedente jocundo, que a través del Diccionario de Papelera se aproxima al significado “Frente Amplio”[2]. Puede ser, en la escritura que redacta estas líneas, que El/La Orden me indiquen la necesidad de incluir alguna otra entrada de aquel Diccionario de Papelera que fungía en tanto verborrágico espejo de la impoluta moral jurídico-político uruguaya (condenada en el Tribunal de La Haya). Desde aquel paraíso jurídico al que no parecía tan afecto, Lord Ponsomby debe quedarse contemplándonos con aire de reprobación paternal.

Descrédito de la democracia representativa.- Se supone que los militares usaron un acerbo difamatorio acuñado por los subversivos que atacaban a los políticos tradicionales (blancos y colorados), como si estos fueran responsables de la iniquidad representativa del Uruguay en los años 60. Luego los mismos políticos tradicionales protagonizaron en el año 2002 el mayor accidente económico del país, no como producto de la corrupción moral, sino de la idiotez intelectual encarnada en el apotegma “no hay almuerzos gratis” (doctrina neoliberal). Lo cual por cierto no impide que la alimentación sea paga por otros, como lo probó el quiebre y vaciamiento en cadena del sistema financiero uruguayo. En esa circunstancia el Frente Amplio rehusó iniciar el juicio político al entonces presidente Jorge Batlle, presagiando que el desorden que incluiría la acefalía republicana sería contrario a su desideratum de pronta victoria electoral. Luego, aquel favor entre partes partidarias y parlamentarias parece ahora la antesala de la misma resolución de sobreseimiento a favor de los así llamados “delicuentes de cuello blanco”, cuyo ejemplo incluiría una estirpe encarnada en la familia Peirano.

Frente Amplio[3].- No es lo que era. Coalición con carácter de Frente Popular en su origen, que se convierte en Frente Electoral tras la desistencia de la guerrilla y la caída del Muro de Berlín. La disolución del sistema político en el sistema de medios conlleva, a través de la conversión de los partidos de masas en partidos de concentración a distancia, la mediatización por los medios de los vectores partidarios de la coalición de izquierdas. La variación de los sucesivos porcentajes electorales de los sectores que componen el frenteamplismo traduce, desde los 90’, el rating mediático de algunos líderes de opinión entre sus filas. La reciente integración de los distintos partidos frenteamplistas en una única fuerza política consagra ese proceso de disolución mediática, de manera que trasunta lo amplio no sólo en el frente, sino ante todo en el trasfondo de un “eterno retorno” de la Ley de Lemas en la política uruguaya. Ejemplo: Espacio 609.

La renuncia imposible.- Desde la renuncia de Guillermo Chiflet, la especie de la renuncia se ha vuelto, como ya por entonces se preveía, particularmente escasa. Se sabe que el crimen perfecto existe, desde que alguien puede borrar la sombra de sus propios pasos sólo con decir que los ha dado. Sucede que la renuncia imposible requiere que todo lo que pueda ser dicho de los acontecimientos ya haya ocurrido. Tanto los socialismos reales como las socialdemocracias fantásticas o las sagas del “hombre nuevo” demostraron, en su catástrofe, que la izquierda entendida como tradición estatal es imposible. Integrar una fuerza político-partidaria que reclama multipartitamente una genealogía perforada por la “historia reciente” supone, por lo tanto, ponerse al margen de todos los derrumbes (de la misma soberanía democrático representativa) del Estado-nación, que a su vez la alberga (por ejemplo, vía derogación por presión internacional de la Ley de Caducidad o de crisis entre estados vecinos prohijada por una mutinacional finesa). Por consiguiente, quienes integran instituciones democrático-representativas en tanto representantes públicos no pueden renunciar más que a la resignación, ni resignar otra cosa que la renuncia. Renuncian cuando asumen, asumen cuando renuncian: da igual, aunque la diputación no siempre se ve recompensada con la reputación.

La vigilancia democrática del electorado.- Esta entrada es el reverso de la anterior “El descrédito de la demoracia representativa”. Mirado del reverso ese descrédito supone que alguien deja de creer. Pero también por reversión el que deja de creer debiera dejar de votar. Sin embargo todos los parlamentarios han sido hasta ahora votados por quienes supuestamente descreen, incluso con reiteración real. Los blancos y colorados fueron reelectos después de la salida de la dictadura, los frenteamplistas fueron reelectos tras una acerba campaña interna, cuyo encarnizamiento sólo se vuelve racional en pos de la irracional creencia en un electorado de izquierda cautivo del Frente Amplio, sueño de la reelección eterna cruelmente desmentido votos en blanco y anulados mediante. Tan sólo el voto con papeletas (pero sin hoja de votación partidaria) por los plebiscitos en octubre de 2009 y los votos anulados y en blanco en las municipales de 2010 suponen un gesto que manifiesta descrédito ante la representación pública. Sin embargo aquí no hay vigilancia de lo que debiera ser, porque se deniega el acto electoral positivo, sino vigilia del por-venir, en cuanto posibilidad sin sistema.

Los hombres del presidente.- Tabaré Vázquez no sólo ejerció durante su mandato presidencial la medicina en una empresa privada, sino que incluso autorizó a su ministro Gonzalo Fernández a hacer lo propio en tanto ejercicio de la abogacía paralelo al cargo público de gobierno. Detrás de este relieve que adquiere la figura del particular, en cuanto transita entre lo público y lo privado en andas de la excelencia, se configura un lugar que no es público ni privado, sino egolátrico. La idea moral como pocas, frunce el ceño desde el escaño pero se mira a sí misma desde las barras, mientras la asiste el fundamento común de la mayestática: es más que lo otro desde que es lo mismo pero mejor. En este sentido los hombres del presidente forman parte de la galería de la presidencia del “hombre”, sobre todo cuando tan sólo debe cumplir un mandato obvio que proclama “más de lo mismo” (Mujica dixit). Desde ese punto de vista, los dos gobiernos frenteamplistas (en un sentido particularmente amplio del término) han estado atravesados por “el hombre” (no necesariamente en un sentido machista) que es un sentido figurado de “el ejemplo que nos gobierna a todos”. Aunque la izquierda uruguaya no haya sido la única en consignar tales vidas ejemplares para la Humanidad, desde ahora conviene considerar que algunos murieron en la cama, otros no.


[1]Derrida,J. (1996) Apories, Galilée, Paris, p86.

[2] Viscardi, R. “Diccionario de Papelera” (4/04/06) Compañero, http://www.pvp.org.uy/viscardi4.htm

[3] Ver nota 2.

La trivialidad del panfleto

 Alberto Medina Méndez

 

Es llamativo observar como, cada vez con mas frecuencia, lo superficial le gana espacio a lo profundo, lo irrelevante a lo significativo, lo anecdótico a lo sustancial.

 

El vaciamiento en las ideas, la debilidad argumental, la justificación simplista, todo  ello, forma parte de esa larga lista de recursos que solo se enfocan en salir del paso, como si fuera una conversación de café, de esas absolutamente intrascendentes.

 

Si eso sucediera en lo cotidiano, en la charla de amigos, tal vez no sería tan grave. Después de todo, los ciudadanos no estamos obligados a saberlo todo, y mucho menos aún, tenemos el deber de acceder al conocimiento especializado, técnico, de fondo.

 

Pero los dirigentes, y ya no solo los que militan en los partidos políticos ocupando posiciones relevantes en la conducción de los poderes del Estado, sino en todos los niveles de responsabilidad, en las organizaciones empresarias, sindicales, profesionales, de la sociedad civil en general, han caído también en el juego de vulgarizar sus alegatos y de quitarles contenido para apoyarse en la dialéctica del mensaje de barricada.

 

Esa dinámica hace del discurso emitido, de la opinión expresada, un recorrido plagado de una notable pobreza intelectual, cargado de rimbombantes afirmaciones, colmado de prejuicios, y hasta de terminología obsoleta que roza lo nostálgico.

 

Ese proceso de degradación en los argumentos, que prioriza la utilización de palabras fuertes y términos audaces, descartando la posibilidad de explicar lo que se piensa, ha tomado la posta para apropiarse de los diálogos, y fundamentalmente de los monólogos. Así, se recurre insistentemente a las “frases hechas” a los “lugares comunes” y los slogans lineales, como si se tratara de un anuncio publicitario, de un lema comercial, de una consigna de campaña.

 

En este mundo tan complejo, repleto de dificultades tan sofisticadas, donde abundan los problemas con claros rasgos de multicausalidad, lamentablemente gana lugar la ambigüedad y la retórica panfletaria.

 

Ante la primera objeción, frente al más elemental cuestionamiento, se derriban las supuestas murallas. Los mediocres del presente no resisten ningún intercambio, sucumben frente a cualquier interlocutor mínimamente informado.

 

Y como todo discurso superficial, impreciso y falaz, cada vez que se ve acorralado, apela a los mas básicos recursos; tirar la pelota afuera, cambiar el eje de la discusión, descalificar al interlocutor, endilgarle errores conceptuales que poco tienen que ver con lo que se discute y hasta responsabilizarlo del pasado y el presente.

 

Cualquier ardid le sirve. Entiende que todo le ayuda a disimular su inconsistencia. Sus talentos tienen que ver con escabullirse sin argumentar, pero nunca con fortalecer los motivos que sostienen la visión que exterioriza, y en la que aparentemente cree.

 

Lo trágico de todo esto no es quien tiene razón, tampoco quien triunfa en la pulseada intelectual. Lo patético, lo lamentable, es que las comunidades que han ingresado a este esquema, al parecer sin retorno, se privan de la oportunidad de entender lo que les pasa, de profundizar en la multiplicidad de explicaciones que cada fenómeno social supone.

 

Esa linealidad del panfleto, esa trivialidad que propone el debate anodino, nos aleja de la chance de comprender porque estamos como estamos. Si pudiéramos entender lo que nos pasa, intentaríamos investigar alternativas que nos ayuden a superar los problemas que hoy nos preocupan. Lamentablemente, hoy todo se reduce a infantiles disputas y a la compulsión de imponerse por la fuerza bruta o por la más moderna herramienta institucional, la del respaldo de las mayorías circunstanciales.

 

Los desafíos del mundo contemporáneo son abundantes, y merecen ser abordados con inteligencia. Eso implica derribar paradigmas, abandonar viejos prejuicios, superar la tentación del autoritarismo y trabajar los consensos, esos que surgen de discutir argumentos, exponer razones y sostenerlo todo, con los pilares que aporta el estudio, la lectura, la experiencia y la sabiduría que brinda la exacta combinación entre el sentido común, el conocimiento técnico y un pormenorizado estudio de la situación.

 

Esta inercia que nos propone el presente, es tremendamente peligrosa. Nos aleja de la posibilidad de resolver profundos problemas que no son precisamente los que asoman a la superficie mas como consecuencia que como causas. No se trata de analizar la mejor o peor gestión gubernamental, mucho menos aun de observar los temas económicos, esos que impactan en casi todo. También merece ser atendida la discusión filosófica, la de los valores, la del orden moral, condicionante de todo lo anterior. Resulta imprescindible un gran repaso, para encontrar los acuerdos que precisamos recuperar como sociedad. La política necesita convertirse en ese instrumento que fue, ese que nos posibilite aceptar nuestras diferencias, convivir con ellas y al mismo tiempo diseñar los caminos allí donde encontremos los trazos gruesos sobre los cuales podamos transitar.

 

Precisamos retomar la sana discusión, el debate inteligente, aprender a escuchar y no solo a monologar, asimilar lo que dicen los demás y no solo aspirar a dar cátedra, sino a enriquecer nuestra visión y tener la hidalguía de reconocer cuando algo de lo que dice el otro, nos ayuda a entender mejor nuestro presente.

 

Necesitamos asumir que no sabemos de todo, que algunos temas nos exceden, que ciertas circunstancias nos quedan grandes y que no tenemos la obligación de disponer de respuestas para cada interrogante. Siempre tendremos más por aprender que por enseñar. Los humanos somos seres imperfectos en búsqueda de la felicidad. Eso que nos hace falibles, nos debería enseñar que es improbable que alguno de nosotros tenga todas las soluciones a mano, y que debemos aprender de propios y extraños, de los que creemos que piensan parecido, e inclusive de los que están en las antípodas.

 

Desde este lugar en el que nos encontramos, desde el espejo en el que nos estamos mirando, habrá que decir que tal vez sea tiempo de abandonar la trivialidad del panfleto.

Skype: amedinamendez

www.albertomedinamendez.com

 

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

democraciasiempre

Just another WordPress.com site

Mesopotamia

Este sitio WordPress.com es la caña

ladireccioneticaenlaadmpublica

LA ÉTICA EN LA ADMINISTRACIÓN PUBLICA MUNICIPAL

Entre letras y números

Porque lo escrito, escrito está entre letras y números

Blogs Of The Day

Just another WordPress.com weblog

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.

The WordPress.com Blog

The latest news on WordPress.com and the WordPress community.

A %d blogueros les gusta esto: