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Democracia siglo XXI

mes

junio 2010

El efecto fútbol


Teódulo López Meléndez

Una especie de patología masoquista se ha apoderado de buen número de venezolanos, a diferencia de la alegría que parece ocupar a una parte importante del planeta. En las redes sociales puede encontrarse una queja sobre lo que sucede mientras vemos el Mundial de Sudáfrica. Se alega que tal cosa ha sucedido mientras veíamos tal partido, en una constante de autoflagelación que me ha llevado a preguntar en más de una ocasión que cosa veían los compatriotas antes de que comenzara el gran evento deportivo mundial.

Se alega que el régimen se aprovecha de nuestra distracción con el fútbol para hacer carambolas y maniobras, pases y corte de salami, avances y rebanadas de lo que va quedando, como si antes el régimen hubiese estado en la quietud, en la inercia, en una especie de inacción patética.

Esta sensación de culpa pudiera responderse, de igual manera, preguntando qué diablos deberíamos estar haciendo en lugar de sufrir por la derrota alemana o por el hundimiento de España en su primer partido. Como antes del Mundial, al igual que antes del Mundial, no estaríamos haciendo otra que lamentarnos, porque lo que sucede no se le debe a él, se le debe a que aquí tenemos un equipo sin director técnico, sin atacantes y sin defensas.

No somos más que un grupo dedicado a llorar los goles del adversario, a buscar escondrijos donde justificar la propia impotencia. La psicología de buena parte de los venezolanos va a refugiarse en la autoacusación, en la pretendida culpabilidad por sentarnos frente a una pantalla a ver las hazañas y fallos de los jugadores que pueblan Sudáfrica y el planeta todo.

Es más, tal distorsión encuentra otros canales, como referirse a Maradona como Maradroga o simplemente drogadicto o extrapolar la intimidad del gobierno argentino con el régimen de aquí para desatar una fobia contra la oncena albiceleste. Patología, es la única palabra posible, puesto que quien sale de las drogas tiene méritos enormes y en el caso de Maradona puede afirmarse que la inmensa responsabilidad que le pusieron sobre los hombros lo ha hecho madurar aceleradamente. Maradona no es un drogadicto, es un exdrogadicto y quien se levanta debe ser reconocido. Es más, esto puede emparentarse con la pérdida de las más esenciales condiciones humanas. El hombre serio que está dirigiendo a la perfección a su equipo merece respeto y colocarlo en la picota por sus desplantes políticos, como el de la vecindad con el régimen venezolano, parece una muestra de una seria enfermedad de odio, de una enfermedad disociadora, distorsionante, de una que puede llamarse con exactitud alienación.

He dicho que los venezolanos exigen acción, pero no quieren que nadie actúe. De allí comienza la explicación del fenómeno masoquista del que somos testigos. El pueblo venezolano, como cualquier pueblo de la tierra, tiene derecho a disfrutar del evento sudafricano sin descuidar nuestra preocupación de la atenazadora y peligrosa realidad que nos envuelve, pero la impotencia aprovecha el evento para encontrar causes, como el que todo sucede porque miramos los partidos. No, todo sucede porque el régimen se mantiene en su proyecto y el mundial le va a durar hasta septiembre y mientras tanto este equipo sin atacantes ni defensa ni director técnico recibirá goles a montón, como los seguirá recibiendo después de la fecha mágica de la supuesta llegada del rey sobre el caballo blanco, posterioridad para el cual habrá otro evento que les permita seguir haciendo goles a la población que se da golpes de pecho quizás en busca de su propia absolución, pues la culpa no está en mirar el mundial, la culpa está en el abandono de toda resistencia al régimen opresor.

El efecto fútbol ha servido para mostrar a un país en sus falencias, en sus contradicciones, en sus complejos, en su impotencia. Como el náufrago mira a quien lo acompaña en la isla desierta como su espejo y en la imagen quiere depositar todas sus frustraciones y culpas. Por supuesto él no tiene la culpa, es que sus compatriotas están mirando el fútbol en lugar de hacer algo, aunque nadie sabe qué deberían estar haciendo; es más, si alguien propusiera hacer algo sería rechazado de inmediato, dado que existe la fecha mágica en que el rey llegará sobre su caballo blanco a restituir el viejo orden perdido.

Se desviven contra la MUD porque no habla y menos hace, lo que es cierto, mientras afirman que tal país será el campeón, para momentos más tarde asegurar que durante el partido tal PDVSA gastó tanto en comida podrida, mientra nosotros, pueblo distraído, miraba el fútbol. ¿Entonces? ¿Dónde va a ir a parar esta opinión pública descompuesta, desarmada, este equipo que no es tal, sin director técnico, sin atacantes y sin defensas?

Este equipo que no es tal carece de criterio político, carece de cultura política, es uno a la desbandada que sólo parece podrá tal vez adquirir la experiencia necesaria para esta competición arriesgada y peligrosa en una serie de revolcones interminables, en el encaje de gol tras gol.

He dicho muchas veces que estamos en el callejón sin salida donde nos metieron a la fuerza obviando todo acto de resistencia. La protesta brota de la boca o de las redes sociales a manera de desahogo quizás contra sí mismos, en una especie de catarsis devoradora que busca explicar la indefensión. Cuando ya no exista espejo que devuelva imagen a quien culpar, cuando por efecto avasallante de la propia dinámica dictatorial nos introduzcamos en el espejo, entonces se decidirán a conformar su propia “vino tinto”, con despido incluido de todos los técnicos acomodaticios, con la escogencia de una nueva oncena que poner en la cancha, con atacantes aguerridos y con defensores impenetrables.

teodulolopezm@yahoo.com

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LA ANTORCHA DEL SIGLO XXI


Andrés Sorel

Estamos implantando un sistema de comunicación a escala mundial, sustentado en raquíticas líneas de pensamiento. K. Krauss

Cuando Karl Kraus publicó el primer número de su revista Die Fackel, La Antorcha, declaró que intentaba ser una luz en medio de un destino sombrío.

Kraus había nacido en 1874. Desde 1899 hasta su muerte, 1936, editó 912 números, algo más de 30.000 páginas impresas. Dejó inédito su libro La tercera noche de Walpurgis escrito en el verano de 1933, meses después de que Hitler ascendiera al poder. La obra vería la luz en 1952. Era una denuncia implacable, literaria y política, del nazismo.
En su revista, Kraus, en entregas que duraron varios años, publicó su extraordinaria creación Los últimos días de la Humanidad, alegato contra el desarrollo y decadencia de la sociedad humana y la posibilidad de alcanzar un mundo más justo y feliz. Se centraba en el terrorismo y genocidio provocado por la primera guerra mundial que tantos estragos causó a los seres humanos y a la naturaleza, denunciando a los poderes políticos, económicos, militares, religiosos y al propio periodismo, aliado de ellos, y causantes de la tragedia. En sus primeros diez años de existencia, La Antorcha dio cabida, entre otros autores, a trabajos de Theodor W. Adorno, Walter Benjamín, Alban Berg, Bertold Brecht, Elías Canetti, Sigmund Freud, Max Horkheimer, Oskar Kokoscha, Adolf Loos, Heinrich Mann, Arnold Schönberg, August Strindberg, George Trakl. A partir de 1911 y hasta su muerte fue Kraus el que se hizo cargo, en total soledad, de la mayoría de los trabajos publicados en la revista, con su humor corrosivo, su cultura expansiva, su lenguaje depurado, su violencia crítica. En ellos denunció la corrupción económica, la brutalidad policial, la miseria de la prensa, el pangermanismo, la moral pública, la explotación de la mujer, la civilización basada en una ciencia, técnica, comunicación, organización económica – la bolsa- entendidas como progreso que en vez de emancipar conducían a la destrucción. La prensa era en su inmensa mayoría para él una triple alianza de tinta, técnica y muerte, por eso invitaba a colaborar con él en la denuncia de la “canalla periodística”.

En 2010 nos encontramos inmersos en una guerra no declarada, menos cruenta, pero de terribles consecuencias para la libertad, el progreso de la sociedad, la propia existencia del ser humano. Hablamos de los conflictos locales que no dejan de sucederse en distintos escenarios del mundo, de las hambrunas que arrancan la vida a millones de personas, de la agresión constante a la naturaleza, de la devastación del pensamiento sometido por los medios de comunicación a una auténtica destrucción masiva de la inteligencia, de la diferencia, de las culturas del ocio dominadas por los oligopolios internacionales. Un mundo unificado en lo terrible, la obediencia ciega, la impotencia, la esclerosis de las organizaciones de izquierda, el terrorismo económico impuesto por las multinacionales de la explotación y el crimen. Nuestra Antorcha pretende ser uno de esos gritos de rebelión que surgen, individuales o colectivos, en la red. Invitamos a participar en ella a colaboradores que deseen expresar con sus opiniones, sugerencias, breves trabajos, críticas, denuncias, planteamientos utópicos el más profundo sentido del periodismo: el de la bala que estalla en el conformismo del lector. Irán siendo recogidas en los números que aparezcan en este periódico-blog. Pueden dirigir esas colaboraciones a mi correo particular: andres@andressorel.com

No olvidó Kraus la perversión del lenguaje, el lenguaje que hoy ha vaciado de contenido palabras y conceptos como democracia, justicia, libertad, estado de derecho, cultura, derechos humanos. Por eso su inseparable amigo Walter Benjamín escribió de él:
“Recorre de noche las construcciones lingüísticas de los diarios y, tras la rígida fachada de las frases hechas espía en los interiores, descubre en las orgías de la “magia negra” el estupro y mentira de las palabras”

Kraus se preguntó hace un siglo, nos pregunta a nosotros mismos hoy:
¿es posible la literatura mientras impera el más absoluto de los horrores?
Esa es pregunta que brindamos a todos aquellos que quieran colaborar en esta nueva Antorcha.

Este trabajo se escribió en los primeros días de junio de 2010. En un lugar del valle de Zeberio. Se inició una mañana, al amanecer. Salí de la casa sumergiéndome en la profundidad del bosque. La niebla le había devorado. Solo en la lejanía, emergiendo del abismo de la nada, se vislumbraban los picachos de las montañas. Bajo ellas todo era una profunda, densa, ininterrumpida y espesa mancha blancuzca de la que emergían los cánticos de cientos de aves abismados en la ceguera. Al lado del sendero en el que mis pies flotaban vigilaban las más altas y descubiertas ramas de los pinos, abetos, fresnos, alisios. Poco a poco la niebla se fue levantando, despejada por el impulso ascendente del sol y del océano de brumas comenzaron a surgir las siluetas difuminadas de la casa quemada, de la ermita que en recientes siglos congregaba a oficios religiosos y celebraciones paganas a las gentes diseminadas por el valle. Cuando el sol acribilló con su luz la naturaleza descubriendo sus múltiples tonalidades, tomé consciencia de las repetitivas noticias que daban cuenta rutinaria de algunos sucesos acaecidos en las últimas horas en el mundo: un taxista había asesinado en Londres, antes de él mismo suicidarse, a diez personas; no se podía precisar si eran nueve, quizás algunos más, los componentes de la flotilla turca que se dirigía a Gaza y habían perdido la vida ametrallados por las fuerzas del ejército israelí; los burócratas sindicales y políticos españoles, ante las carcajadas de la patronal y los fascistas del partido de la oposición continuaban su huera melopea sobre el tema de la reforma laboral y la paz social –así denominaban estas entelequias concebidas a la mayor gloria de los dominadores del capital-; ya se repetían cansinas y reiteradas las otras noticias, del deporte a los sucesos, de las previsiones metereológicas a las escenas de alcoba y más o menos celebradas o acongojadas historias relacionadas con el sexo… Todo era luz, montañas y valles cuajadas de plantas y árboles despertando a mi alrededor. Flotaban bajo la atenta vigilancia del cielo azul y el sol, viajero de un espacio infinito, onduladas cordilleras de puntiagudas cimas, restando en los abismos, bajo la niebla más honda y no del todo despejada, espesas islas de frondoso verdor. Ah, quedaba por subrayar la pactada huelga de funcionarios del día 8. Los sindicatos neoverticales, vulgares funcionarios de yantar agradecido, cumplirían su pacto con el Gobierno y los dirigentes empresariales, de más refinado y costoso gusto por la pitanza, y por una jornada realizarían su virtual huelga ante el jocoso agradecimiento y aplauso de la ultraderecha, en su seguro caminar hacia la coyunda del poder absoluto. Por unos momentos me costó trabajo situarme en el tiempo en que vivía. Kraus permaneció en silencio al enterarse, en alguna montaña o valle de los Alpes suizos, que había estallado –esa era la palabra utilizada por los periódicos- la guerra europea. Su mirada vagaba por un paisaje similar al que yo ahora contemplaba. Casi cien años atrás en la convencional medición del tiempo. Cuando desplegó ante su mirada el periódico y contempló sus grandes titulares, sonrió ante el expresivo llamamiento al sacrificio de la nación. Preciso era defender la Patria y sacrificar a sus más preclaros hijos. Y el Emperador, y el fabricante de armas, y el cardenal y el director del periódico, en el curso de un banquete se dirigían al pueblo, porque “como sabe todo el mundo” ellos le representan.

Mi público y yo nos entendemos de maravilla: él no escucha lo que yo digo y yo no digo lo que él quiere oír

K. Kraus

Confusión monárquica


Alberto Medina Méndez

Mayoritariamente, la humanidad ha elegido como sistema imperante a la democracia, que con sus matices y tradiciones locales, ha tomado diversas formas, pero intentando conservar su esencia. Los partidos políticos parecen ser el instrumento mas apto para ese despliegue electoral con la que se alimenta este estilo de vida.

El sistema representativo agrega esa posibilidad de tomar decisiones a través de personas a las que delegamos ciertos derechos, por algún tiempo, para que ejerzan nuestro poder ciudadano bajo determinados parámetros. En este esquema, los ciudadanos somos convocados, cada tanto, para indicar en elecciones populares, a quienes nos suplantarán a la hora de resolver sobre la administración del Estado.

No existe dirigente político alguno, que se precie de tal, que no reitere hasta el cansancio, en cada ocasión, frente a diferentes tribunas, su profunda vocación democrática y su irrevocable respeto por las instituciones republicanas. Eso no debería extrañar demasiado. Es el discurso políticamente correcto, lo que todos esperan que se diga, y por lo tanto lo que hace cualquier candidato para tener mayores oportunidades y atraer los votos que precisa para acceder al poder.

Hasta aquí todo parece lógico y normal. Sin embargo, a poco que el político asume la función para la cual se postuló, parece tirar por tierra todo lo recitado y empezar a recorrer el camino de desconocer, de modo concreto, en cada acto, la esencia misma del sistema democrático. Existe un proceso casi automático, por el cual el “elegido” se apropia de lo público, asume que fue ungido como un monarca y que, por lo tanto, es propietario de la vida y el patrimonio de sus mandantes.

Inicia, de ese modo, una espiral en la que se establece a si mismo ciertos privilegios personales que, por otro lado, los replica entre sus colaboradores como si fueran parte de una misma casta. Se trata de un fenómeno reiterado, cíclico y casi universal, que no reconoce fronteras étnicas, ideológicas, ni de niveles de educación o desarrollo. Con más o menos obscenidad, se presenta a diario de un modo ostentoso y procaz.

Es que tal vez el caudillo “ ocasional” no entendió que fue elegido como mandatario, como representante, para actuar por los ciudadanos y bajo determinadas consignas que no dependen de la ley, sino de la formación moral del que le toca en suerte ejercer la labor. Fue seleccionado entre tantos otros, por sus propuestas, por sus ideas, por su visión. Está para eso, para llevar adelante la misión que le fue encomendada y no otra.

Muchos no entienden que ese dirigente, desde el momento mismo en que obtuvo la preferencia de su sociedad, dejó de representar a un partido político, a una facción, a una parte de su comunidad. Ahora se ha integrado a la estructura estatal por el periodo que le toca, pero para trabajar por el conjunto y no por su sector ideológico.

El electorado optó por sus ideas frente a otras, pero debe hacer esa tarea con la mayor austeridad posible, sin lujos, ni privilegios, con el sentido común y el respeto de quien, está “de paso”, circunstancialmente ocupando una función para la que ha sido elegido por un tiempo establecido, y no mas que eso.

Está de paso, a préstamo, provisoriamente, por lo tanto no puede comportarse como dueño de casa, debería hacerlo, a lo sumo, como inquilino, como mero visitante, a la que se le han asignado determinadas responsabilidades durante su estadía. Vale esto para él y para cada uno de sus colaboradores, sin distinción de rango.

Sin embargo, resulta recurrente ver, como el sufragio parece convertir a mansas versiones sonrientes y celebridades amigables, en autoritarios y discrecionales personajes que se apropian del poder como si fuera eterno, con la soberbia, la impunidad y el desparpajo de quien ha venido para quedarse.

En su despliegue cotidiano, el funcionario opera casi como por cuenta propia, hace la suya, decide a su arbitrio, y asume que el poder delegado por los ciudadanos fue, en realidad, transferido. Habrá que decir que la democracia representativa supone una delegación transitoria y no definitiva de atribuciones, que la sociedad puede reclamar, y hasta retirar, en ese ejercicio ciudadano.

Esta confusión que aparece como denominador común en tantos, al punto de marearlos y aturdirlos, y hasta hacerles meter en una coctelera a conceptos tales como Gobierno, E Estado, Partido y hasta a ellos mismos, tiene el resultado que ya conocemos. Un conjunto de hombres y mujeres, probablemente decentes los mas de ellos, que no sabe bien cuando habla por si, cuando lo hace en representación del partido, en que momento defendiendo los intereses del Estado y cuando en función de gobierno.

Ante semejante alboroto que tanto agobia, aparece el funcionario utilizando recursos públicos, de todos los ciudadanos, para actividades partidarias, políticas y personales, sin entender donde está la verdadera línea divisoria que separa esto de aquello.

Tal vez muchos, deban repasar lo que significa una democracia representativa. Tanta naturalización de lo incorrecto, tanta prerrogativa convertida en tradición cultural, y tantos “pícaros” personajes de la política, han logrado hacer una gran ensalada para que muchos ciudadanos no podamos visualizar a diario las cosas con claridad frente a este conveniente y funcional desorden que se ha instalado entre nosotros.

La próxima vez que veamos en escena a un funcionario público, no importa el rango ni la jurisdicción, no resulta relevante su carisma o su preferencia partidaria, prestemos suficiente atención. Cuando los ciudadanos aprendamos a diferenciar que no es lo mismo actuar para sí, que para el partido en el que se milita, para la función institucional que se ejerce, que para la tarea de empleado estatal que implican los cargos públicos, podremos estar en condiciones de poner las cosas en su lugar.

Cuando se actúa dentro del marco democrático, en los ámbitos públicos, resulta prudente recordar que se está haciendo uso de recursos públicos, de dinero de todos, ese que se origina en el cobro de los impuestos, en el endeudamiento irresponsable de los gobiernos de turno y en la inconveniente emisión de moneda.

En sociedades como las nuestras, la inmensa mayoría de las democracias del planeta, se convive con perversos regímenes impositivos que hacen que sean los más pobres quienes terminen siendo los principales financiadores de la creciente voracidad estatal de la partidocracia reinante.

Vivimos tiempos de un oportuno aturdimiento, ese que posibilita a los ciudadanos ser protagonistas estelares de esta apropiación de lo público por parte de quienes se sirven de los más nobles atributos de la democracia para complacer sus propios objetivos.

Lo peor de la política pretende adueñarse de todo, aprovechando el enredo conceptual del que somos cómplices, abonando, como siempre, a esta funcional “confusión monárquica”.

amedinamendez@gmail.com

Skype: amedinamendez

http://www.albertomedinamendez.com03783 – 15602694

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La democracia en el siglo XXI

Alberto Zelada Castedo

El premio de la Fundación Príncipe de Asturias, fue otorgado al conocido intelectual francés Alain Touraine. Este merecido reconocimiento es un buen pretexto para recordar algunas de las más celebradas contribuciones de este autor al pensamiento social.

Entre ellas, un lugar destacado ocupa la actualización del concepto de democracia. Para Touraine, los cambios sociales ocurridos a lo largo de los siglos XIX y XX exigen un ajuste en la concepción de esta forma de sistema político surgido, con su configuración moderna, en el Siglo de la Ilustración. (¿Qué es la democracia?, 2000)

La democracia actual puede ser concebida como un modelo de organización y gestión de la sociedad política asentado sobre tres principios: la representatividad, la ciudadanía y la limitación del poder del Estado. Estos elementos se diferencian con claridad, pero son interdependientes.

El primer principio exige la existencia de ‘actores sociales’ de los que los ‘agentes políticos’ son representantes. Como la sociedad civil está hecha de una pluralidad de actores sociales, la “democracia no puede ser representativa sino siendo pluralista”.

La segunda característica de la democracia es que “los electores son y se consideran ciudadanos”. Es decir, “se sienten pertenecer a una sociedad política” y, de la misma manera, a una familia, una etnia, una categoría profesional o una confesión religiosa. La pertenencia a aquella sociedad mayor y la pertenencia a las comunidades menores no son contradictorias ni excluyentes.

El tercer principio se refiere a la necesaria limitación del poder del Estado, de acuerdo con las leyes y en resguardo de los derechos fundamentales de las personas. No puede existir –dice el autor– la “libre elección” si el “poder de los gobernantes no está limitado”.

La presencia de estos tres elementos no basta para constituir la democracia. También es necesaria una clara separación entre el Estado, el sistema político (o sociedad política) y la sociedad civil. La democracia concierne a la sociedad política, pero se define por su “papel de mediación entre el Estado y la sociedad civil”.

Según explica Touraine, el Estado está constituido por los “poderes que elaboran y defienden la unidad de la sociedad nacional frentes a las amenazas” exteriores e interiores. La sociedad civil es el dominio de los ‘actores sociales’ que se orientan por intereses económicos, “valores culturales y relaciones sociales a menudo conflictivas”.

La “condición primera de la democracia” es la autonomía de estos espacios de la acción pública. Cuando se confunden o sobreponen, la democracia peligra y hasta puede llegar a desaparecer.
En sentido estricto, la democracia no significa el ‘poder del pueblo’, expresión confusa que se interpreta de varias formas y hasta sirve para legitimar regímenes autoritarios. Lo que en verdad significa es que “la lógica que desciende del Estado hacia el sistema político y luego hacia la sociedad civil” es reemplazada por la lógica que “va de abajo hacia arriba, de la sociedad civil al sistema político y de allí al Estado”.

* Profesor universitario

Hegemonías y emancipaciones en el siglo XXI

Ana Esther Ceceña

La Tierra ha vuelto a poblarse con sus muertos más antiguos. Han resucitado de sus
huesos, utensilios y pinturas rupestres y viven en nuestra imaginación como los egipcios y cartagineses vivían en la de los hombres del siglo pasado.

Elías Canetti, 1981

LOS HISTORIADORES señalan los cambios de siglo como importantes momentos de reajuste en el funcionamiento de las sociedades. Si eso fuera así, contribuiría a entender las profundas transformaciones que han acompañado al cambio de milenio. En todo caso, la historia de los últimos treinta años efectivamente está marcada por una simultaneidad de procesos que en conjunto parecen abrir caminos a una serie de bifurcaciones civilizatorias, como las llama Immanuel Wallerstein1. En la perspectiva histórica de los modos de organización social, o de los modos de producción-, el capitalismo, a pesar de sus incesantes logros, parece estar entrando en el ocaso; las culturas supuestamente muertas o sistemáticamente arrasadas emergen con una fuerza moral equiparable a la deslegitimación de la sociedad del progreso (Berger, 1979).
Teniendo en mente las experiencias del pasado, particularmente el doloroso nacimiento de la sociedad burguesa, es probable que el ocaso capitalista no sólo siga siendo escenario de episodios violentos de la mayor crueldad, sino también de momentos de renovado esplendor y reconstrucción relativa de una legitimidad que, no obstante, cada vez tiene menos sustancia. De cualquier manera, la temporalidad de este ocaso es incierta y está relacionada con la acción de los sujetos o, como dice Foucault, con el azar de la lucha.

Si la lucha de clases es el motor de la historia como indicaba Marx, no hay determinismos. Las condiciones objetivas son sólo el marco de posibilidad inmediato de los sujetos que, voluntariamente o no, han contribuido a crearlas2. Así, las condiciones para el mantenimiento de un sistema de dominación como el actual no sólo derivan de la concentración de medios que permiten organizar a modo la reproducción colectiva sino sobre todo del convencimiento de que esos medios son ajenos y sustentan un poder inapelable, además de la consecuente naturalización del modo de organización social. El poder y la dominación son expresiones particulares de un cierto tipo de relación intersubjetiva, evidentemente despareja, que tiene que ser resuelta en el terreno de la interlocución. Mientras haya dominados seguirá habiendo dominadores o, en palabras de Ret Marut/Bruno Traven:

El capitalista se ríe de tus huelgas. Pero el día que tú envuelvas tus pies con viejos harapos en vez de comprar zapatos y calcetines, sus orgullosos miembros temblarán de miedo (Marut/Traven 2000: 126).

El tema nodal en el terreno de las hegemonías y emancipaciones no es sólo la dominación, no es sólo ni siempre la fuerza física -que finalmente puede ser enfrentada en su mismo terreno- sino, como indicaba Gramsci, la capacidad de generar una concepción universal del mundo a partir de la propia, de dominar a través del consenso y de reproducir las formas de dominación en los espacios de los dominados. Esto es lo que hace decir a Foucault:…el poder, si se lo mira de cerca, no es algo que se divide entre los que lo detentan como propiedad exclusiva y los que no lo tienen y lo sufren. El poder es, y debe ser analizado, como algo que circula y funciona –por así decirlo- en cadena (Foucault, 1996: 31).

El poder funciona y se ejerce a través de una organización reticular. Y en sus mallas los individuos no sólo circulan, sino que están puestos en la condición de sufrirlo y ejercerlo; nunca son el blanco inerte o cómplice del poder, son siempre sus elementos de recomposición (Foucault, 1996: 32).

Dominación, hegemonía, legitimidad, sistema de poder, imperio, imperialismo, contrahegemonía, emancipación, son referentes teóricos que es necesario resignificar, precisar, enriquecer o acotar para enfrentarnos a la realidad de la conflictiva social en el milenio que comienza tanto con la irrupción del movimiento zapatista en Chiapas -uno de los más sureños lugares del Sur metafórico que Boaventura de Sousa ubica como “el sufrimiento que ha padecido el ser humano bajo el sistema capitalista globalizado” (de Sousa, 2003: 36)-, como con el ataque a las torres gemelas de Nueva York o las invasiones a Afganistán, Irak, Timor Oriental o Haití.

Una de las preocupaciones centrales del Grupo de Trabajo Hegemonías y emancipaciones del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO -y de este libro- es justamente contribuir a la reapropiación conceptual, que al tiempo que resignifica viejas categorías, crea otras nuevas o nuevos modos de entender e interpelar la realidad. Según John Berger “El acto de escribir [o de investigar, decimos nosotros] no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe” (Berger, 2001: 23).

Si partimos del reconocimiento de este fin de milenio como universal concreto en el que se emparejan, se cruzan y se disocian procesos, es decir, en calidad de punto crítico de síntesis de una realidad caótica y compleja, en la que se gestan los nuevos caminos de una historia de historias en la que los sujetos en acción introducen sus propias pautas y epistemologías, ¿cuál es la pertinencia de trabajar con conceptos como hegemonía y estrategia? ¿Qué contenido específico otorgamos a la hegemonía? ¿Cuál es la relación entre hegemonía y estrategia? ¿Cómo manejar las temporalidades históricas en el análisis de la hegemonía? ¿Cuáles son los criterios de evaluación del estado de la hegemonía? ¿Cuáles son sus soportes? ¿Cuál es la territorialidad de la hegemonía y cómo se construye? ¿Cuáles son sus mecanismos privilegiados? ¿Se puede hablar de proyecto hegemónico? ¿Qué lugar ocupa lo económico en la construcción de hegemonía? ¿Y lo militar? ¿Son creadores de concepción del mundo?
En una sociedad inestable de origen como la capitalista, ¿es posible hablar de hegemonía o tenemos que introducir la competencia y el conflicto recuperando los procesos de disputa por el poder y de construcción de hegemonías alternativas? ¿Son éstas disputas internas o disrupciones civilizatorias? ¿Qué estatuto teórico tiene cada una de ellas? ¿Qué sentido y pertinencia analítica y política tienen los estudios sobre hegemonía? ¿Qué virtudes tiene el enfoque geoestratégico para la aprehensión del capitalismo contemporáneo? ¿Qué tanto la transformación de lo real apela a una subversión del pensamiento, de los esquemas conceptuales y de las perspectivas situacionales?

Es decir, correr el centro del análisis de las relaciones de explotación a las relaciones de dominación implica incorporar todas las dimensiones de la vida social y trascender la esfera del trabajo. Esto evidentemente tiene fuertes repercusiones en el terreno del análisis, pues exige la construcción de conceptos transdisciplinarios (Morin: 1990) con una capacidad explicativa de amplio espectro. El Grupo de Trabajo Hegemonías y emancipaciones concibe las relaciones sociales como relaciones entre sujetos y busca delimitar en su propio ámbito sus expresiones capitalistas objetivadas: capital, fuerza de trabajo, etcétera. Esto obliga a poner en primer plano la construcción de subjetividades y la reproducción y/o subversión de las relaciones sociales: los límites de la dominación capitalista están marcados por la potencia creativa y liberadora de los sujetos en un cierto contexto que, por lo demás, se modifica con su acción.

De ahí que estudiar la hegemonía tiene un propósito más que académico que nos permite coincidir con una perspectiva emancipadora como la de Foucault: La historia, genealógicamente dirigida, no tiene como finalidad reconstruir las raíces de nuestra identidad, sino por el contrario encarnizarse en disiparlas; no busca reconstruir el centro único del que provenimos, esa primera patria donde los metafísicos nos prometen que volveremos; intenta hacer aparecer todas las discontinuidades que nos atraviesan (…) (Foucault, 1977: 27).

Esto nos ubica en un nuevo terreno problemático. Si el eje de reflexión es el espacio de interacción de los sujetos, el espacio de construcción y deconstrucción de intersubjetividades, es necesario desarrollar conceptos que permitan aprehender las síntesis dominación-resistencia, hegemonía-emancipación, poder-democracia o individuo-comunidad. Es decir, que hagan posible plantear esta unidad contradictoria por su esencia unificadora y no por la disociación de sus componentes.

Un primer esfuerzo en ese sentido consiste en trabajar simultáneamente los conceptos hegemonía y emancipación, como abstracciones interpretativas y como experiencias históricas. Es indispensable para este propósito revisar y reformular el contenido teórico concreto de la emancipación: ¿cómo se entiende en el mundo del siglo XXI? ¿Ha variado su contenido con el devenir de las luchas?; ¿Cómo manejar sus temporalidades?; ¿Requiere una institucionalidad propia?; ¿Se puede hablar de emancipación en un solo campo? por ejemplo hablar de emancipación política pero no necesariamente económica o cultural, etcétera. ¿Hay diferencia entre lo que se llama comúnmente movimientos sociales y movimientos políticos? ¿Hay algún movimiento social que no sea político? ¿Hegemonía y emancipación son dos líneas diferentes? ¿Cuáles son los lugares de la hegemonía y de la emancipación? ¿Cuál es el terreno de construcción de las concepciones del mundo? ¿Toda concepción del mundo conlleva un proceso de dominación? Es decir, ¿no puede haber concepción del mundo de dimensiones universales que no implique dominación-sometimiento? ¿No puede haber una concepción del mundo desde la emancipación general, que responda a lo que alude Ret Marut cuando afirma “mi libertad sólo está asegurada si todas las personas en mi entorno son libres”? (Marut/Traven, 2000: 50)

Trabajar la emancipación -o las emancipaciones- nos conduce a replantear la concepción de la política y del supuesto clivaje entre sociedad civil y sociedad política (o entre Estado y sociedad), así como la delimitación de sus ámbitos, formas y modalidades. Exige, asimismo, trabajar en la resignificación de los conceptos de poder, revolución y democracia. Resolver teóricamente si efectivamente estamos hoy en presencia de nuevas formas y contenidos de la lucha como plantean los estudiosos de “los nuevos movimientos” y si éstos implican algún tipo de desmarcamiento epistemológico con respecto al pasado de las luchas y a la legalidad capitalista. Replantear también el carácter de lo público como espacio de ejercicio político cotidiano y muchas otras cuestiones que necesariamente devienen del cuestionamiento epistemológico general que esto supone. Pero sobre todo implica repensar la sociedad como ámbito de la intersubjetividad, y las relaciones intersubjetivas como espacio de la comunidad democrática.

El análisis crítico de lo que existe reposa sobre el presupuesto de que los hechos de la realidad no agotan las posibilidades de la existencia (…) (de Sousa, 2003: 26).
El análisis del mundo contemporáneo desde esta perspectiva nos conduce al reconocimiento de que la única posibilidad de prever el futuro consiste en el trazado de escenarios y la identificación de estrategias, ya sean éstas relativas a la dominación hegemónica o a los procesos de emancipación. En esta visión se inscriben los trabajos incluidos en este volumen, algunos relacionados con el análisis crítico del discurso hegemónico y de la construcción de sentidos desde la objetividad y subjetividad del sistema de dominación (Ceceña), o de planes de rediseño territorial y control espacial de las condiciones de reproducción estratégica de este sistema (Estay, Caycedo, Ramírez López), y otros relacionados con diferentes discursos y experiencias de emancipación o de rechazo a los proyectos hegemónicos (Bartra, Ornelas, Sader, Gómez, Lander).
La complejidad del mundo actual ha hecho a Berger afirmar que “tanto vemos todo que no distinguimos nada” (Berger, 2002: 26-27). Nosotros, modestamente, estamos intentando ver sólo algunos fenómenos, pero desde nuestra propia perspectiva.

La méthode n’est pas séparable du contenu, et leur unité, c’est-à-dire la théorie, n’est pas à son tour séparable des éxigences d’une action révolutionnaire…
Castoriadis, 1975: 21


Bibliografía

Berger, John 2001 Puerca tierra (España: Punto de lectura).
Berger, John 2002 La forma de un bolsillo (México: ERA).
Canetti, Elías 1981 La conciencia de las palabras (México: FCE).
Castoriadis, Cornelius 1975 L’institution imaginaire de la société (Paris: Seuil).
de Sousa Santos, Boaventura 2003 La caída del Ángelus novus: ensayos para una nueva teoría social y una nueva práctica política (Colombia: ILSA-Universidad Nacional de Colombia).
Foucault, Michel 1992 (1977) La microfísica del poder (Madrid: La Piqueta).
Foucault, Michel 1996 Genealogía del racismo (Argentina: Altamira).
Huntington, Samuel P. 1997 El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Buenos Aires: Paidos).
Marut, Ret/Traven Bruno 2000 En el estado más libre del mundo (Barcelona: AliKornio).
Morin, Edgar 1990 Introducción al pensamiento complejo (España: Gedisa
)

Notas

1 Huntington, ideólogo del Pentágono, ya había percibido el cambio cuando habló del “choque de civilizaciones” desde mediados de la última década del siglo XX. En respuesta a la visión reduccionista con que pretende “resolver” los conflictos del mundo contemporáneo, Tariq Alí corrige su ambigua fórmula para ubicarla en términos más adecuados: no se trata de un “choque de civilizaciones” que en todo caso tendría una connotación muy diferente a la que Huntington pretende, sino de un “choque de fundamentalismos” (Huntington, 1997).
2 “El conocimiento totalizador es el conocimiento del orden sobre el caos. Al respecto, lo que distingue a la sociología funcionalista de la sociología marxista es que la primera se encuentra orientada al orden de la regulación social, mientras que la segunda dirige su atención al orden de la emancipación social. Al comienzo del siglo xxi tenemos que afrontar una realidad de desorden, tanto en la regulación social como en la emancipación social. Hacemos parte de sociedades que son autoritarias y libertarias al mismo tiempo” (de Sousa, 2003: 29).

El efecto Robin Hood

Teódulo López Meléndez

Leyenda o mito pertenece al primer Medioevo, al bosque, a la inexistencia de legalidad. El príncipe Juan Sin Tierra parecía querer cambiar de nombre, despojarse de una condición determinada por su apellido y derivaba su poder hacia el sheriff. La villa de Nottingham era su aposento y lo que podríamos denominar, quizás con un exceso, la “autoridad civil”, ejecutaba su mandato con eficiencia y con saña.

El príncipe robaba a los nobles que se le oponían, pero de la invención colectiva, o de la transformación imaginaria de algún personaje hacia la mitificación, apareció Robin Hood, la oposición al ejercicio despótico, la encarnación romántica del justiciero, el hábil arquero que devolvía a ricos y pobres robados el dominio de los bienes usurpados y ejercía desde el bosque de Sherwood una justicia redistributiva a la espera de que apareciese en el horizonte el caballo blanco con el rey encarnado, mito transportado incluso hasta la literatura portuguesa. Según se cuenta, especialmente por los cineastas entre los que aún no está incluido Oliver Stone, el rey sí apareció y era nada menos que Ricardo, quien entre sus primeras actuaciones sacó a Robin del bandidaje y lo restituyó a la nobleza.

Quizás debamos recurrir a este incidente apto para la filmación en momentos en que Juan Sin Tierra las quiere todas, en momentos en que desde su poder usurpado e ilegítimo, expropia a voluntad y ofrece maíz a algún noble que se le resiste. La expropiación de las cosechas, lo sabía bien el príncipe, era condición natural a su poder, al control irrestricto y al ejercicio abusivo de su denominación.

Lo hacemos en momentos en que Jorge Luis Borges se nos aparece de nuevo, pero desde un ángulo distinto. El llamado escritor “derechista” se nos asemeja más bien a un pensador complejo y de mirada lateral y profunda, a un actuante en la realidad de su tiempo por encima de las convenciones y de los parámetros en que la sociedad que lo contemplaba vivía. Este ángulo de mirada sobre Borges nos sobreviene por los planteamientos innovadores y peor entendidos que han surgido en algún país de esta América y que son la aplicación real de un trastoque total de la forma de mirar.

El bosque de Sherwood quedaba en las narices del palacio de Juan Sin Tierra, pero nunca intentó una redada sobre el perturbador que allí se escondía. Esperaba sus travesuras o riesgos para recurrir a la defensa y el sheriff encarcelaba a alguno que otro que caía más por su impericia que por su concepción clara de lo que se proponía. Juan tenía una corte, como era lo indicado, y su séquito aprovechaba las rentas mal habidas. La “autoridad civil”, vamos a llamarla los Poderes, dependían absolutamente de su voluntad y, claro está, corrían con las arbitrariedades para mantener sobre ellos los favores y continuar disfrutando de la riqueza.

Robin Hood era propiamente un guerrillero que no se proponía derrocar a Juan Sin Tierra. Era un asaltante sin pretensiones de poder y el cambio de régimen sólo lo acariciaba con el sueño de que apareciese el caballo blanco con el rey encima. Como no había elecciones no le quedaba otra que esperar la restitución de la monarquía de voluntad divina.

Los films nos lo muestran ya encontrado de manera definitiva con su amada Mariana y envuelto en los trapos que a su condición de noble le eran apropiados, despojado ya de su carcaj y de su arco y de la vestimenta apropiada al clima húmedo y boscoso. Se había hecho justicia, Juan Sin Tierra castigado y restituido el orden sobrenatural que emanaba del Derecho Divino.

Las leyendas medievales sólo pueden ser recordadas como tales, porque la historia ha vivido numerosas etapas y porque en el siglo XXI no se puede esperar a Robin Hood aunque la imaginación colectiva descocada y desquiciada pretenda endosarle todas las acciones de resistencia a las que ella no se atreve. Eran otros tiempos aquellos en los cuales hasta los nobles miraban con simpatía al romántico que robaba a los ladrones. Lo que es también menester recordar es que Juan Sin Tierra de tanto expropiar se fue quedando sin contribuyentes a quienes cobrarle los impuestos y el almacenamiento en los conteiners de las cosechas dejaron a la población sin comida lo que no hacía otra cosa que provocar la colaboración velada y hasta alguna participación activa de la población en la protección del romántico del bosque.

El efecto Robin Hood parece caminar por las calles de un lejano país donde ahora se vive el Medioevo. Juan Sin Tierra tiene su sheriff pero multiplicado. La población vive en las contradicciones: se queja de falta de acción, pero no quiere ninguna; se queja de inmovilidad pero desecha cualquiera que se le proponga; se pregunta por qué nadie actúa pero se opone a que alguien actúe; se apega a que el rey sobre el caballo blanco llegará en la  precisa fecha del 26 de septiembre, pero no quiere admitir la improbabilidad. No hay Robin Hood que distraiga, que ejerza su resistencia más bien motivada por la ausencia de Mariana que por un afán de justicia. Y se quejan de que no existe Robin Hood, cuando la verdad es que no hace falta; más bien una voz dura de moral y de principios pronunciando la verdad, pero la población arruinada no quiere oír voces duras cuando espera en fecha precisa la llegada del rey sobre el caballo blanco.

Han convertido un momento a utilizar para la resistencia y el desarrollo de una estrategia en un efecto Robin Hood. Uno se interna en el bosque de Sherwood a la búsqueda de una explicación medieval para una situación política de finales de la primera década del siglo XXI. Uno recuerda que en verdad gobierna Juan Sin Tierra.

teodulolopezm@yahoo.com

 

El efecto Alka Seltzer

 

 

Teódulo López Meléndez

De repente el hombre de la transición parece observar los destellos del futuro y como en un proceso de acrecentamiento recibe los materiales de su expansión. Aplico algunos términos propios de la astrofísica para describir el crecimiento del hombre contemporáneo hacia nuevas formas políticas. En efecto, vivimos momentos muy similares a los de la formación de los planetas, en el sentido de la atracción y encaje de diversas piezas flotantes.  En el campo de la política parece existir el convencimiento del cansancio, pero también el de la zona del limbo, uno en que el viejo procedimiento y la manera de concebir no desaparece y no termina de cuajar la claridad del mundo nuevo.

Se produce el relámpago del alerta y el hombre de la transición siente el atractivo de ver manifestada en fórmulas concretas sus ansias, las que le ofrecen nuevas formas de respuestas en el modo de conducir la organización social, especialmente en lo que se refiere a las manifestaciones político-estructurales. La primera reacción es la de la alegría, la de la celebración de ver ante sus ojos la nueva forma de entender la política, la nueva manera de concebir al liderazgo y el planteamiento real y efectivo de las nuevas ideas.

Los estudios de opinión comienzan a mostrar el entusiasmo y la esperanza, especialmente en los sectores jóvenes de la población, aburridos y cansados de las viejas prácticas, los mismos que alegan su desinterés por el destino colectivo por la repetición, la perversión y de los desvíos de todo orden ético. Efervece la alegría del descubrimiento, los ideales vuelven a brillar como motor de la vida, por momentos se tiene la certeza de la novedad, la emoción del descubrimiento, la sacudida del letargo y los jóvenes se identifican de nuevo con la política, con la posibilidad de un mundo regido por parámetros distintos y por paradigmas novedosos que disuelven el pasado en una nueva posibilidad latente.

El entusiasmo dura poco, para que los sabelotodos comiencen a hablar de efecto massmediático,  de emociones de Facebook y de Twitter, de encuestas realizadas en la vida de Internet y no de la realidad real. Esa emoción, en efecto, se apaga; quienes esperanzados miraron el planteamiento transformador lo dejan en el camino y vuelven a sus hábitos de indiferencia. En otras palabras, no concretan los sentimientos que los animaron, no van a votar, no ejecutan el cambio, se diluyen en lo que en este texto he dado en llamar el efecto Alka Seltzer.

Se trata ahora de unas encuestas que reflejan literalmente lo que no ha de suceder. Esto es, no se trata de que estén amañadas o de que sean realizadas sin el habitual rigor. Se trata de que el momento de evaporación de las burbujas de la pastilla para la digestión es tan efímero que casi estamos llegando al momento de hablar de la imposibilidad de medición real y efectiva de la intención electoral de una población dada. Si bien se acepta que una encuesta refleja un momento específico, no es ese el argumento válido para reflejar lo que está sucediendo. Uno llega a plantearse si se requieren elementos sociopsicológicos incorporados a las viejas maneras de determinar la intención de voto o si la complejidad de los tiempos de transición convierte en misión imposible el adelantarse a los resultados de una consulta electoral.

No obstante, el futuro económico de las encuestadoras o su adaptación a un tiempo movedizo será problema de los interesados y de los planificadores de campañas electorales y de quienes quieran saber los entresijos de los electores para adaptar a ellos la procura de apoyo. El asunto del fondo de este período de transición y la llegada definitiva del futuro es el que nos interesa. Es el porqué sucede, especialmente entre los jóvenes, el efecto Alka Seltzer, el problema de fondo. Se distraen rápidamente del objetivo de sus ilusiones políticas, pero debemos comenzar por advertir que son así en todos los aspectos de la vida. La quema de adrenalina parece exigirles nuevos estímulos a cada instante, no sin admitir la existencia de excepciones en aquellos que permanecen sobre el atractivo nuevo planteamiento. La necesidad de estímulos exteriores pasa por una concepción de la existencia misma producida seguramente por nosotros los adultos en nuestros fracasos de haberles entregado un mundo más adecuado a sus sueños. A pesar del éxito que individualmente hayamos podido alcanzar hemos incurrido en la manía positiva de atosigarlos de deportes, de alternativas educativas de todo tipo, de necesidad de adrenalina. En los sectores más pobres de la población este requerimiento viene obviamente de otras causas pero es muy similar, como la necesidad imperiosa de producir ingresos o de asumir tempranamente responsabilidades familiares pesantes.

Lo efímero se siembra en la mentalidad de estos tiempos de intemezzo o de interregno. Hay que vivir con tal prisa y obtener las satisfacciones a tal velocidad que el condicionamiento propio de los procesos sociales parece gozar de una lentitud no atractiva. Abandonan rápidamente, se disuelven en el vaso de agua cual Alka Seltzer, duran un segundo en su consistencia. En otros casos, es también obvio, son atrapados por los viejos modelos, por las antiguas concepciones y un pragmatismo devorador y sin ideas los lleva directamente a entregarse de cuerpo y alma a lo conocido y a lo aparentemente práctico. Es el caso de los líderes del primer gran movimiento estudiantil contra el presente régimen venezolano, idos casi todos a militar en los partidos tradicionales porque “sin partido no se puede hacer carrera política”. Terminaron devorados por las partidocracias en sus ilusiones de utilizar el aire de la rebelión juvenil como instrumento para ocupar cargos de elección popular.

Abandonan el desafío con rapidez o porque se distraen con la inmediatez de la vida que los reclama al benessere o a la satisfacción personal o por el convencimiento de que la ilusión era vana, que fue simplemente un espejismo y no puede ser verdad lo que los llenó momentáneamente de interés, de manera que sirvió sólo y simplemente para un momento de renacer de un autoengaño. Son los más, sin que falten los que “reflexionan” sobre la supuesta practicidad de la vida y regresen de inmediato a lo “seguro”, a lo conocido, a lo establecido donde se mantienen las generaciones anteriores.

El asunto no es, entonces, un mero problema de las encuestadoras y de sus dueños, transformados, por la ausencia de políticos verdaderos, en una suerte de profetas u oráculos que dicen lo que hay que hacer. El asunto es la invención del pegante, del fijador, del elemento que amalgame y mantenga la ilusión despertada en una verdadera fuerza del cambio que arribe a la materialización real y efectiva del futuro encarnado en las nuevas formas de pensar y ejecutar la política. Quizás de este descubrimiento dependerá que el nuevo mundo nazca o que se prolongue el limbo del interregno y veamos a la juventud disolverse una y otra vez como un Alka Seltzer lanzado en un pequeño pozo de agua remanente de un pasado que nos frustra y envilece.

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