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Democracia siglo XXI

mes

junio 2009

La incertidumbre sobre Atlas

atlas 1

Teódulo López Meléndez

El hombre de inicios del siglo XXI está sembrado en la incertidumbre.  El paso de la primera década ha sembrado, aún más, la incredulidad, la perplejidad y la ausencia. No tiene que ver sólo con que hemos vivido la primera gran crisis económica, si bien admitamos que la fractura sistémica de lo económico ha contribuido grandemente con su secuela de aumento de la pobreza, del hambre, del desempleo y de la insolidaridad.

La incertidumbre se hunde más adentro en la medida en que la vida como repetición limita la posibilidad de otras maneras. Las luchas hacia una nueva realidad –admitámoslo- parecen convertirse en una rueda trancada por objetos lanzados a su paso. El hombre parece no encontrar mundo, esto es, siente el agotamiento de la posibilidad de decisión, lo que significa la ausencia de la capacidad de reordenar, de autoconcretarse, de llegar a alguna parte, más cuando el lugar de arribo al que pudiera aspirarse se ve como sumergido en nebulosas y cada día se limita más a la supervivencia cotidiana, o en lo primitivo de las carencias o en el hedonismo adormecedor.

Si bien la incertidumbre ontológica o la incertidumbre social o la incertidumbre económica pueden ser citadas como permanentes compañeras de viaje, ahora, en el fin de esta primera década de un nuevo milenio, como hacía muchísimo tiempo no sucedía, nos encontramos frente a un hombre herido de ausencia de perspectivas y sin estímulos para enfrentar su desnudez. La soledad frente al futuro parece maniatarlo.

Los grandes proyectos quedaron atrás y son mirados con una sonrisa picaresca que expresa aturdimiento, desolación y hasta burla por haberlos concebido. Algunos analistas hablan de un “miedo a la vida”. La globalización encuentra su legitimidad en la simple existencia del proceso, mientras vemos a una Europa vacilante incapaz de darse las formas más avanzadas de su unión. Mientras tanto el Estado-nación vive su crisis y los viejos factores de cohesión se desmoronan. Tanto como los hechos históricos puntuales que nos tocó vivir  a finales del siglo XX, la evaporación de los supuestamente homogéneos cuerpos de doctrinas (ideologías) ha lanzado al vacío a importantes grupos carentes ahora del envoltorio protector, sin que un sano pragmatismo con ideas o de ideas termine por involucrarse en la conducción hacia una meta. La verdad se ha hecho, cada vez más, el viejo concepto nietzscheano.

El pragmatismo no puede ser leído como negación de lo utópico, más bien como el desatar de una imaginación sin carriles, entubamiento o corsés de ortodoxia. El pragmatismo con ideas que reclamo como motor alterno al movimiento humano lo concibo como un desafío novedoso al hombre como sujeto y actor de la cultura, como aquel –como tantas veces se ha dicho- que se empeña en dejar huella. La nanotecnología y la robótica en general, el apoltronamiento frente a la pantalla, la inmovilidad del trayecto pueden conducirnos a grandes cambios físicos, es cierto, pero en lo humano sigue sembrándose el único interés posible.

En la política conseguimos uno de los factores claves de la incertidumbre del hombre posmoderno. La política de la modernidad se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia, dejando el vacío presente que no logra llenar la globalización ni sus manifestaciones parciales de integraciones regionales. El poder, por su parte, se ha hecho vacuo, es decir, inútil arrastrando consigo a las luchas por obtenerlo, como es lógico en todo proceso de degradación. Ya el hombre no mira a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar. Si bien la globalización presenta un salto –uno como el tránsito de las sociedades agrícolas a las urbanas-  carece del envoltorio de las ideas convirtiéndose en praxis realizada. El hombre de esta primera década del nuevo milenio ha vivido de espasmos o de convulsiones sin conseguir un nuevo envoltorio protector, a pesar del resurgimiento de lo local como nuevo ámbito que suministra un mínimo de preservación. Aún así, la destrucción de los viejos hábitats cuidadores de envoltorio contribuye a la incertidumbre, tanto la ausencia de protector envolvente como la ausencia de desafíos emocionantes. Ya he dicho de la ruptura del tiempo-espacio y de la desaparición de la distancia como elementos inmovilizadores a la par que suministradores de soledad y aislamiento y el hombre solo vive las consecuencias atormentadoras de la falta de los enlaces sociales, ahora reducidos al mínimo, como el pequeño grupo de amigos o la pequeña red de intereses comunes compartidos.

Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente, todo bajo la paradoja de un futuro que nos alcanzó con sus innovaciones tecnológicas de comunicación que hoy se han convertido en nuevos símbolos de status. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del hombre, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora. La globalización presenta el desafío también como global, como uno que excede a razas, geografías, pobreza o riqueza, nacionalidades o religiones. Una unión paradójica –podemos admitirlo- o una unión desigual o una unión de grandes contradicciones y de conflictos a los cuales no debemos temer.

Los envoltorios protectores se diluyeron cual bolsas de plástico biodegradable. Las soluciones a las interrogantes se evaporaron. El hombre perplejo e incierto ahora ha descubierto que lo creado no era un eternum sino una contingencia histórica, un momento –tanto como puede concebirse un momento en la historia humana- y que en consecuencia se traslada al pasado. El peligro inminente es un nuevo poder totalitario que se aproveche de la incertidumbre. El peligro inminente es la pérdida de la voluntad de un hombre que preferiría dejarse dirigir antes que desafiar de nuevo al pensamiento.

El deterioro de lo social-político refuerza pues al hombre posmoderno en la incertidumbre. El depositario mismo y real del poder se ha hecho indefinible. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de autoescondite. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. El hampa desatada –también un  fenómeno global, aunque en algunas partes cohacedora del necesario temor para el desarrollo de una revolución- incrementa de manera notable la inseguridad general que hemos llamado incertidumbre. Asistimos, entonces y como parte de la ruleta, con factores que siembran incertidumbre en procura de una legitimación falsa. Las acciones colectivas se tornan cada día más difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en los meses recientes.

Las fábricas de incertidumbre son las nuevas grandes industrias sin chimeneas del mundo posmoderno del siglo XXI y que, en esta primera década, se nos han mostrado tan contaminantes como las peores que aún están con vida y produciendo el calentamiento global. Estas fábricas de incertidumbre son las responsables del enfriamiento global del hombre.

teodulolopezm@yahoo.com

ANARQUÍA, Primer disparador del Caos Social

anarquía

Por Andrés Moreno Arreche

El anarquismo ha penetrado de forma difusa en amplios movimientos sociales informales, implícitamente libertarios, y por otra parte ha marcado con su sello numerosos cambios sociales pero, para cada una de las transformaciones de carácter libertario en las que podamos pensar es fácil citar decenas de micro- evoluciones que van en un sentido explícita o implícitamente totalitario, la sociedad parece desplazarse más bien en dirección a una reducción que hacia un incremento de las libertades y de las autonomías básicas.

Para que la anarquía evolucione desde la instancia de ‘disparador’ del caos social hacia la de ‘reconstructor’ de la sociedad (que es lo que, en esencia  han planteado los anarquistas a lo largo de la historia) es imperativo re-contextualizar un conjunto de temas, que son pre identificados como tabúes y  cuya carga ideológica y emocional bloquea cualquier posibilidad de reflexión. Este exorcismo conceptual es tanto más necesario cuanto que se trata precisamente de temas constitutivos y fundamentales del pensamiento anarquista.

¿Qué relación tiene la anarquía con el concepto de poder social? Para muchos sólo se puede formular en términos de negación, de exclusión, de rechazo, de oposición, o incluso de antinomia.

En este ensayo nos proponemos examinar qué es y en qué consiste la anarquía como ‘disparador’ de caos social; la forma en que las crisis económicas y políticas instrumentalizan la anarquía en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial del caos social: ¿Dinamiza o frena a las sociedades?  También nos  adentraremos en el marco histórico para identificar los ‘disparadores caóticos’ más comunes y recurrentes de la anarquía en la evolución de las sociedades.

4.- Un comienzo totalmente anárquico

Nada como un ejemplo para graficar un concepto. Por eso comienzo por el final (el epígrafe 4), y no por el principio que usted se esperaba, el de las definiciones y el repaso histórico. Eso, lamentablemente no lo va a conseguir en este epígrafe. Si quiere, diríjase al último de este Capítulo, que es el A o el III, no estoy seguro, o evítese la molestia y el tiempo de buscarlo y quédese en este mal-ubicado epígrafe 4, o cierre el libro (o la pantalla, o la página) y dedíquese a leer otra cosa, o… tal vez usted sea tan anárquico como yo y prefiera ir en contra del anarquismo endógeno y subjetivo y prosiga con la lectura de este comienzo totalmente anárquico.

Así es, exageraciones aparte, la graficación más común de lo que es ser un ‘anárquico’. Yo suelo explicitarlo en mis conferencias con este otro ejemplo: Imagínese que yo lo reto a usted y a sus amigos a confrontar nuestras diferencias (cualquiera, escoja usted alguna) con un encuentro deportivo el próximo fin de semana. Suponga que en la confrontación de las ideas hayamos quedado ‘empatados’ (duce’ dicen en el Tenis… safe en beisbol… ‘igualados a x tantos manifiestan los fanáticos del fútbol) y acordemos dirimir nuestras diferencias con un juego. Asumamos que es de fútbol (balompié o soccer), y no es porque yo sea fanático de ese deporte (honor a la verdad, el único deporte que me apasiona es la lectura) pero lo tomo como ejemplo porque, aseguran los cronistas especializados en el tema, es el deporte de mayor popularidad en el mundo y al seleccionarlo aumento las probabilidades de que usted se sienta ‘identificado’ con el ejemplo y motivado a seguirme con el planteamiento.

Llega el ansiado domingo. Son las 9:30 de la mañana y hace más o menos media hora que usted y sus compañeros de juego están practicando con una pelota ‘de estreno’, a la espera de nuestra llegada. Hoy también estrenan uniforme pues la ocasión, alegó usted, lo ameritaba. No todos los días uno se enfrenta deportivamente, dijo usted, con el escritor de un libro, su editor y los impresores. Y allá lo encontramos a usted con sus amigos, frente a una de las dos porterías, practicando ‘chuts’ al arco y a un costado del bien cuidado gramado del campo de fútbol, un entrenador amigo suyo con dos sus de sus mejores jugadores, a quienes está recordando jugadas y movimientos tácticos para infringirnos una descomunal derrota. Nuestra llegada interrumpe la práctica y produce un desconcierto en ustedes:

Dos de nosotros venimos ataviados con los uniformes y los implementos para jugar Hockey sobre grama. Tres vienen elegantemente vestidos para un torneo de golf (con sus respectivos ‘caddies’) y los restantes nueve (Si, somos numéricamente más que ustedes) llegan luciendo con orgullo el uniforme y los implementos ‘originales’ de Los Leones del Caracas, una de las franquicias  de béisbol de mayor abolengo en Venezuela. Nos acompañan los cuatro árbitros que dirigirán el enfrentamiento: Un linier de fútbol, un ‘coach-ball’ de hockey, un Chief-Umpire de las ligas menores de Los Criollitos de Venezuela y un árbitro de boxeo internacional, colegiado por la Asociación Mundial de Boxeo Amateur.

De inmediato yo lo conmino a discutir conmigo las ‘reglas’ del enfrentamiento deportivo bajo la supervisión (y aprobación tácita) de los cuatro árbitros, mientras mis compañeros de juego ‘calientan’ el cuerpo con jugadas e intercambio de pelotas propias de cada una de las tres disciplinas deportivas. ¿Cuál, cree usted, que sería su primera reacción? ¿Y la de sus compañeros de equipo? Y si después de la sorpresa y las risas iniciales yo le insisto, muy seriamente, en que debemos discutir ‘las reglas’ para un enfrentamiento de sólo ‘tres innings’ y máximo de cinco goles, en los que estará ‘prohibido-por-regla’ la aproximación por un ‘berdie’ y que un ‘hoyo-en-uno’ equivale a dos carreras… ¿Qué me diría? ¿Cuál sería su reacción?  ¿Aceptarían jugar o…?

Si, tiene razón: Ese juego sería una anarquía total. Una anarquía pero no un desorden; tal vez un desconcierto que plantea desde sus inicios una crisis: ¿Jugarán? ¿Es esto ‘un chiste’ o una competencia seria? ¿Nos burlamos de ustedes, o es que ustedes desconocen la potencialidad de cualquier crisis –como ésta- para provocar un caos? Pero esa crisis anuncia otra, profundamente conceptual: ¿La crisis antecede a la anarquía o es la anarquía el detonante de la crisis? Dejemos de un lado lo significante del juego, que al final de cuentas, ustedes jamás iban a jugar por tratarse de un evento ‘caótico’ (por lo anárquico de su planteamiento) y vayamos hacia el análisis del significado: El rol de la anarquía en los procesos deconstructivos y reconstructivos de las sociedades humanas, y su papel estelar como generador del caos social y como producto del caos.

Deconstrucción social

Por definición, por acción y por objetivos, toda anarquía, entendida como conducta que refleja un proceso ideológico, es en esencia deconstructiva. La definición operativa de anarquismo comúnmente aceptada, precisa que el anarquismo es…”una expresión política antagónica con cualquier sistema de dominación”, una definición que de entrada deconstruye a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas (con referencias a los conceptos ‘nihilismo’ y ‘acracia’), mostrando que lo claro y evidente dista de serlo.  La deconstrucción, concepto introducido por el filósofo postestructuralista francés Jacques Derridá[1],  surge del método implícito en los análisis del pensador alemán Martin Heidegger[2], fundamentalmente en sus análisis etimológicos de la historia de la filosofía.

El término desconstrucción es la traducción que propone Derridá del término alemán Destruktion, que Heidegger emplea en su libro Ser y tiempo. Derridá estima esta traducción como más pertinente que la traducción clásica de ‘destrucción’ en la medida en que no se trata tanto, dentro de la deconstrucción de la metafísica, de la reducción a la nada, como de mostrar cómo ella se ha abatido. En Heidegger la destruktion conduce al concepto de tiempo; ella debe velar por algunas etapas sucesivas la experiencia del tiempo que ha sido recubierta por la metafísica haciendo olvidar el sentido originario del ser como ser temporal. Las tres etapas de esta deconstrucción se siguen en busca de la historia:

La doctrina kantiana del esquematismo y el tiempo como etapa prealable de una problemática de la temporalidad;

El fundamento ontológico del cogito ergo sum de Descartes y la retoma de la ontología medieval dentro de la problemática de la res cogitans;

El tratado de Aristóteles sobre el tiempo como discrimen de la base fenoménica y de los límites de la ontología antigua.

La deconstrucción no debe ser considerada como una teoría de crítica literaria ni mucho menos como una filosofía. La deconstrucción es en realidad una estrategia, una nueva práctica de lectura, un archipiélago de actitudes ante el texto. Investiga las condiciones de posibilidad de los sistemas conceptuales de la filosofía pero no debe ser confundida con una búsqueda de las condiciones trascendentales de la posibilidad del conocimiento. La deconstrucción revisa y disuelve el canon en una negación absoluta de significado pero no propone un modelo orgánico alternativo.

La mayoría de los anarquistas y algunos autores de la Escuela de Frankfurt[3] consideran que los modelos de comunicación de masas contribuyen a bloquear la dinámica de los cambios sociales, al convertirse en poderosos instrumentos de manipulación, a partir de los cuales las ‘clases dominantes’ imponen su ideología a las clases dominadas, en una especie de ‘industria masificada’ de la conciencia. En este contexto, tanto los anarquistas como estos representantes de la Escuela alemana aludida, creen necesario elaborar un discurso alternativo al dominante, como paso necesario para deconstruir los estigmas de la sociedad y reconstruirla a partir de las subjetividades individuales.

Pero la más importante –y profunda- definición de la deconstrucción social la encontramos en la conferencia “Antagonistas en busca del último Imperio del milenio”, dictada por Omar Villota Hurtado en la Vicepresidencia de la República Bolivia – La paz / 28 mayo 2009:

“La vida en el siglo XXI asume como característica la reconstrucción y la deconstrucción social incesante, ocasionada por el aprendizaje continuo y la inestabilidad laboral. Si esa misma concepción filosófica la inmersamos en la tecnología, entonces se hablará ya de ciudadano global y sus ciudades -otrora polis- se habrán convertido en comunidades virtuales. Esto es, personas interesadas en desarrollar intereses comunes utilizando Internet. Se abre, por lo tanto, el espacio desde antagonistas en busca del último Imperio del milenio”.

La revolución de las sexualidades, la integración de ritmos musicales y la arquitectura como corriente de expresión monumental son algunas de las vías más obvias a partir de las que se manifiesta la deconstrucción social; sin embargo, ellas y otras manifestaciones del comportamiento social menos globalizadas  -aunque no menos importantes-  tienen sus orígenes en los mismos fundamentos epistemológicos de la anarquía y un epicentro común: el caos como generador de nuevas e impensables realidades.

A.- La maravillosa anarquía del caos

Iniciamos con una apreciación desconcertante, no tanto por lo que engendra en sí misma, cuanto por quien la profiere: Tomás Ibáñez[4] en la página 33 de su ‘Actualidad del Anarquismo’:

El caos es agobiante e inquietante. Pero también puede ser seductor y excitante. Sin embargo, siempre se nos presenta como inacabado, transitorio; algo que está a la espera de otra cosa. ¿De qué? Pues sencillamente de que aparezca, por fin, un Orden. La calma después de la tormenta. El caos puede ser agradable durante unos instantes, puede ser útil para romper rigideces y para abrir horizontes. Pero el caos permanente es una pesadilla. Frente al caos, el Orden. Cualquier Orden. Frente al tumulto, la tranquila y precisa ordenación de todas las cosas en torno de un claro punto de referencia, de un principio, de una estabilidad… de un Centro”.

El concepto poder y, más concretamente, el concepto poder político es uno de los primeros que no han podido desacralizar los anarquistas y que aún bloquean las oportunidades y las condiciones de una renovación del anarquismo. Es usual observar que ellos recurren a posicionamientos sobre la cuestión del poder como uno de los principales criterios que permiten discriminar entre las posturas libertarias y las que no lo son, porque  el poder constituye el principal elemento diferenciador entre los grados de liberalismo anárquico que presentan los distintos pensamientos socio-ideológicos, así como de las muchas y diferenciadas actitudes sociopolíticas, tanto individuales como colectivas.

Aunque hay aproximaciones entre anarquismo y poder político que parecerían una incongruencia conceptual, pero que desde el fondo rescata las raíces de la participación popular, al mismo tiempo que valida las teorías sobre la liberalidad horizontal del anarquismo. Es la simbiosis anarquismo – poder popular. En efecto, el anarquismo que quiere socializar los medios de producción, también quiere socializar el poder y evitar que éste se convierta en el privilegio de unos pocos. Por eso este movimiento pretende construir un poder colectivo que surja de las relaciones sociales libres y que sólo se conciba en horizontalidad y diversidad.

En principio, la osadía de asociar anarquismo con poder para incluirlos en el mismo título, parece una contradicción irresoluble o una broma de mal gusto hacia cualquier anarquista. Esto, porque el poder es usualmente sinónimo de dominio y el anarquismo sociopolítico, aquel que aboga por una sociedad sin gobierno, rechaza toda forma de autoridad, objeta la imposición de la voluntad propia sobre la de los otros. Sin embargo, ¿Debe el poder ser entendido únicamente como una imposición autoritaria, como un “poder sobre”? ¿No se puede comprender el poder de otra forma, es decir, como un “poder-hacer colectivo”, un “poder-construir en conjunto”?

Anarquía y sociedad participativa:

El término anarquismo abarca una gran cantidad de ideas políticas, aunque quizás la mejor manera de definirla es concibiéndola como “la izquierda de todo movimiento libertario”, visto como una especie de socialismo voluntario, en el que podemos incluir al anarcosindicalismo, y al anarquismo comunista, para no contradecir los postulados de Bakunin[5], ni los de Kropotkin[6], dos grandes pensadores que proponían una forma de sociedad altamente organizada sobre la base de unidades orgánicas o de comunidades orgánicamente anárquicas, cuya manifestación obvia elemental serían el taller y el barrio, y a partir de este par de unidades orgánicas derivar mediante convenios federales una organización social más integrada que podría tener alcances nacionales e internacionales. En esta sociedad participativa, nacida o más bien ‘surgida’ desde los postulados anarquistas  las decisiones a cualquier nivel, habrían de ser tomadas por mayoría y sus delegados representantes tendrían que provenir de su seno, a la cual han de volver y en la que de hecho desarrollan todas sus actividades.

Tradicionalmente, el anarquismo se ha preocupado de las relaciones de poder, explotación y opresión por la economía, dios y el estado. El anarquismo, reducido a su forma más básica, trata de los diferenciales de poder en todas las esferas de la vida y es por ello que una sociedad anarquista pretende buscar valores para la emancipación, instituciones y resultados que eliminen la totalidad de las opresiones. Éste es precisamente el objetivo anarquista de una sociedad participativa: producir la liberación en todas las esferas de la vida. Esta visión de una sociedad fundamentada en la coparticipación está firmemente enraizada en la tradición anarquista.

Han existido sociedades cuantitativamente pequeñas que han logrado realizar el ideal anarquista. El ejemplo tal vez más dramático es el de los kibbutzim israelíes, que durante un largo periodo estuvieron regidos por principios anarquistas, como la  autogestión, el control directo de los trabajadores en toda la gestión de la empresa,  la integración de la agricultura, la industria y los servicios, así como la participación y prestación personales en el autogobierno. Estas estructuras sociales que tuvieron un éxito extraordinario.
Para alcanzar las cotas de éxito de los kibbutzim, los valores societales deben basarse en la solidaridad, la autogestión, la igualdad, y la diversidad. Solidaridad significa preocupación y compasión por los demás. Igualdad significa que la remuneración es equivalente al esfuerzo y al sacrificio. Autogestión es la toma de decisiones en proporción al grado en que afectan al colectivo. Diversidad significa para el anarquista diferentes formas de vivir para poder elegir.
El boceto de una sociedad anarquista y participativa está basado en los anteriores valores de solidaridad, autogestión, diversidad e igualdad. Abarca varias características e instituciones para todas las esferas de la vida como parentescos, cultura, política y economía. Algunas de estas visiones están basadas en bocetos preliminares. Otras, como el modelo de Economía Participativa, están más desarrolladas, con libros escritos sobre el modelo, y también ampliamente expresadas en debates e intercambios; incluso existen organizaciones de activistas e instituciones que son experimentos de  este modelo económico.

¿Todo lo anterior  -me refiero al concepto de sociedad participativa-  tiene un único origen, y este es la anarquía? ¿Puede el comunismo  -como teoría económica y como fundamento político-  propiciar una participación societal más equilibrada y justa sin necesidad de la cosmovisión anarquista? Vamos a realizar algunas aproximaciones conceptuales para destrenzar la madeja que envuelve objetivos con principios e ideales. Más adelante, en el epígrafe III (“Un repaso conceptual e histórico”) volveremos sobre estos conceptos para ponerlos en perspectiva respecto a la anarquía, y a ésta como disparador del caos social.

Hacia fines del siglo XIX, la revolución industrial dejaba sus huellas en la sociedad: el capitalismo en crisis y las masas obreras sumidas en la miseria. La consecuencia ideológica de este contexto se tradujo en la rápida difusión de corrientes de pensamiento tales como el socialismo y el anarquismo. El movimiento obrero, en efecto, se identificaría con tales tendencias.  Históricamente, el socialismo surgió a principios del siglo XIX, como consecuencia de los eventos desencadenados por la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Este período fue conocido como socialismo utópico y en esta etapa se realizaron agudas críticas a las contradicciones estructurales del capitalismo.

El período utópico finalizaría con los aportes teóricos de Marx[7] y Engels[8] y su transformación en movimiento político de masas a partir del desarrollo del proletariado. El socialismo científico buscó comprender los hechos sociales y económicos postulando como tesis central que el socialismo nacería en el seno de la sociedad capitalista, dado que su desarrollo era consecuencia espontánea de las contradicciones mismas del proceso económico social.  En esta nueva fase, el objetivo sería la conquista del poder por parte del proletariado organizado en partidos y la instauración de un nuevo Estado, la dictadura del proletariado, concebida por Marx como la forma parlamentaria similar a la Comuna de París, basada en el pluralismo político, que realizaría la transformación socialista de la sociedad. Según la concepción marxista, el socialismo se corresponde a la primera etapa del comunismo, en que sólo son de propiedad colectiva los medios de producción y cada uno trabaja según su capacidad o aptitud y recibe consume según su trabajo. Durante la fase comunista, en cambio, esta concepción sería modificada: cada uno recibirá según sus necesidades.

El comunismo refiere a un estado social en el cual los medios de producción no pueden pertenecer a propietarios privados. Se trata pues, de una sociedad sin clases en donde ningún grupo humano podría explotar a otro, ni tampoco los individuos pueden hacerlo entre sí. El comunismo es así, un sistema político, económico y social basado en la comunidad de bienes en el que se haya abolida toda propiedad privada.

El anarquismo, es una doctrina que sostiene que toda autoridad política es innecesaria e incluso nociva. Cuestiona además otras formas de autoridad como la jurídica y la religiosa, porque sostiene que una sociedad justa solo podría lograrse a través de una abolición de la autoridad; abolición que daría paso a la bondad innata del hombre para cooperar solidariamente con los demás.  De esta forma, para la anarquía es posible una forma utópica de organización social que excluya al Estado de modo que este puede mantiene sin coacción. Se basa en las libertades individuales y promueve la absoluta libertad del individuo. El anarquismo fue postulado por primera vez por W. Godwin[9] y su obra continuada por Bakunin, Kropotkin, Malatesta[10] y otros.  Fue en 1872, durante la 1ra. Internacional, cuando se produce un cisma entre los partidarios de Marx y los de Bakunin, y los anarquistas decidieron utilizar el terrorismo como método de lucha.

¿La anarquía es caos, o el caos antecede a la anarquía?

Unos asumen que la anarquía es la máxima expresión del orden; niegan de plano que sea una utopía y antes bien la consideran una realidad de vida. Son los que afirman que la anarquía implica el mayor orden e igualdad social posible, pues es una sociedad libertaria en la que todos son iguales y tienen el mismo derecho básico, el de la libertad: Libertad de pensamiento y de acción, pero sin perder de vista que una persona deja de ser libre en el momento en que priva a otra de su libertad, por eso en una comunidad anarquista, los habitantes ejercen un derecho básico, un deber indispensable: ser altamente auto-responsables.

Como dentro de lo anárquico se ha hablado bastante del caos, (la mayoría de las veces oponiendo el caos frente a la anarquía) intentemos ver al caos como estructura consecuencial de la anarquía, abriendo aún más sus posibilidades en la lucha por la transformación de la realidad y no desde el punto de vista adormilado o disfuncional.  La no-linealidad del tiempo incluye e involucra a la anarquía (bien como proposición personal… bien como filosofía social) en especial la no-linealidad del tiempo social como recurrencia cíclica y determinista, como avatar inevitable. Frente a esta circunstancia, anarquía y caos tienen una misma posición frente a la linealidad, aunque por motivos no compartidos, si por objetivos comunes: la linealidad es un control, un poder que se proyecta en el espacio-tiempo y del que únicamente pueden liberarse las sociedades a partir del caos que se deriva de las entropías sociales, entropías que sólo pueden surgir desde el seno de una visión anárquica, liberadora y contestataria.

Los anarquistas temen cualquier aproximación, o referencia, o vinculación directa con el caos porque, al igual que la mayoría, están adiestrados para buscar certezas. Los anarquistas buscan acabar con el orden existente aspirando a construir “el nuevo mundo que llevamos en los corazones”, pero con iguales parámetros de ese viejo mundo que pretenden suplantar. No atinan a ver en el caos, ese ‘otro orden’ no lineal que se manifiesta a través de las incongruencias aparentes, pero que surge de una realidad, irregular y discontinua, y que se manifiesta hasta en los eventos más simples y comunes, como los múltiples procesos auto organizados que conforman la naturaleza, por ejemplo un río, el agua hirviendo, una bandada de pájaros volando, nuestro cerebro, o el torrente sanguíneo.

Mala costumbre esa de confundir, y muchas veces asociar caos con desorden. Lo percibimos en la cotidianidad de los eventos que se vuelven noticias: “Hubo un accidente en la Autopista ‘X’, y el tránsito es un caos” narra el reportero de sucesos, mientras la cámara percibe, desde el helicóptero de la estación televisiva, efectivamente un accidente de tránsito que tranca el flujo vehicular, mientras largas ‘y ordenadas’ líneas de vehículos se proyectan por kilómetros. El accidente ‘caotizó’ el tránsito, pero no lo desordenó; simplemente produjo otro orden, en este caso la fila ininterrumpida de vehículos, que bien visto resultó ser un orden muy conveniente si, en vez de promover la productividad de todas esas personas varadas en las filas, usted quisiera realizar el trabajo de campo de una investigación social.

Otros acostumbran adjetivar ese ‘otro orden’ con anarquía. “El tránsito sobre la Autopista ‘X’ se ha vuelto anárquico’ anuncia el locutor desde el helicóptero, mientras observa cómo los conductores que se aproximan a la cola del ‘tapón vehicular’ intentan regresarse en retroceso, o traspasar la cota de separación para acceder a la contravía que los retorne. Todas las acciones subjetivas e independientes que cada conductor ejecuta para no caer en el atasco, son acciones de ‘acracia’ que inevitablemente producen una situación confusa. ¿Es un ‘caos’? ¿Es una conducta ‘anárquica’? Ninguna de las dos preguntas nos llevará a la respuesta correcta, porque lo que se produce ahí es un ‘Vórtice’, un reacomodo de indefiniciones momentáneas y circunstanciales que genera un reordenamiento, independientemente del tipo y la calidad del ‘orden nuevo’ que se produzca.

Pero iniciamos este epígrafe con un par de preguntas fundamentales que deben ser respondidas a satisfacción. Vamos hacia eso. ¿Es la anarquía, caos? Como muchas cosas en la vida, la respuesta no sólo es compleja pues involucra más de una respuesta posible y cierta. Empecemos: Si consideramos al caos, no como desorden, sino como un tipo de orden desconocido, o bizarro, o diferente  -pero ‘orden’ al fin de cuentas-  podríamos afirmar sin lugar a dudas que la anarquía genera un nuevo o distinto orden que puede asumirse como ‘caos’ si se le conceptúa a partir del orden que trasgrede la anarquía.

Decimos entonces que la anarquía produjo un caos. Un caos ‘allá’, en el otro orden. En el orden subvertido. En el status quo’ que transgredió. Es, por tanto, un caos que se auto organiza y produce patrones ordenados[11]. Pero los anarquistas insisten en que anarquía no es caos. Definen al caos como ‘desorden’ y por lo tanto, no hay aproximación conceptual posible. Pero ¿Y si redefiniéramos a la anarquía desde sus orígenes? ¿Cuál es el disparador de la crisis que conduce hacia la anarquía? ¿Cuál es el resultado perceptual de la ruptura entre el orden del poder y la irrupción de los valores anárquicos? La respuesta es una sola: Un caos. Un caos conceptual para quien subvierte el orden establecido, desde el orden nuevo de sus valores, que por cierto genera un ‘desorden’ en quienes no comparten ‘ese’ nuevo orden del ‘sin-gobierno’, que es la anarquía.

Pero también la anarquía es, tanto en sus inicios como irruptor del orden, como en la prosecución de sus valores, un caos operativo, que equivale al desconcierto que produce un ‘otro – orden’ desconocido y muchas veces inesperado… pero orden, al fin y al cabo. Un caos que no sólo es operativo (como vamos a demostrar en los párrafos subsiguientes) sino permanente. Una ‘caotización’ crítica que en las nuevas estructuras sociales surgen a propósito de la concepción anárquica de la sociedad. En tal visión del proceso, existe una relación de causa- efecto mutua y cíclica entre la caotización de las estructuras sociales (concebida como requisito para la ‘negentropía’ o ‘epifanía’ de nuevos estadios sociales) y la anarquía necesaria para generar y luego asumir los cambios que conduzcan hacia estructuras societales redefinidas sobre un nuevo andamiaje moral y ético, producto esa actitud y conducta intrasubjetiva y revalorativa que se identifica como anarquía.

Haz y envés de una misma moneda; origen y consecuencia del mismo producto social, la anarquía y el caos constituyen la dupla que genera la chispa necesaria para la reorganización de las sociedades donde nadie es el depositario absoluto del poder y por tanto nadie oprime a nadie por ser la autoridad representante de ese poder; una sociedad donde la libertad y la igualdad de todos son respetadas; allí donde la solidaridad y la cooperación conducen a relaciones más sinceras, y en la que cada quien puede expresarse libremente, llevando una vida digna sin que esté sometida a la voluntad de un poder constituido o sea a costa de otros.

Pero ¿Qué puede suceder cuando algunos ciudadanos que viven en esas estructuras sociales, soportadas sobre valores anárquicos, irrumpen contra el natural y humano ‘enquistamiento’ de la estructura? ¿Qué pasa si alguien pone en tela de juicio los ‘niveles’ o los ‘procesos’ que dan vida a una sociedad basada en los valores anárquicos? Surge un vórtice social. Y surge espontáneamente, porque por muy ‘anarcocentrada’ que esté una agrupación humana, siempre existirá el disenso, la inconformidad (así sea parcial) o tal vez una visión más novedosa (y por lo tanto, más anárquica) todo lo cual producirá irreversiblemente el vórtice necesario para la consolidación de un caos.  Un caos que, vale recordar, es la manifestación de ‘otro orden’, ni más ni menos anárquico, pero distinto.

Podríamos definir al caos como ‘el libre albedrío’ de las disidencias, el resultado, totalmente anárquico  -que conduce hacia un orden superior y más justo- de los vórtices caóticos que produce el caos. De hecho, podríamos afirmar que el caos es la piedra fundacional de la anarquía, porque tal como lo sostiene Bakunin…

“… La libertad no es, pues, un hecho de aislamiento, sino de reflexión mutua”… (y toda reflexión ‘caotiza’ los conceptos)… “; no de exclusión, sino, al contrario, de alianza, (las alianzas propician el nacimientos de las entropías)… pues la libertad de todo individuo no es otra cosa que el reflejo de su humanidad o de su derecho humano en la conciencia de todos los hombres libres, sus hermanos, sus iguales”.

Las 7 Leyes del Caos Social en los procesos anárquicos:

Aunque tendemos a aborrecer el caos y a evitarlo siempre que nos sea posible, la naturaleza lo utiliza como medio adecuado para crear nuevas entidades, conformar acontecimientos y mantener la cohesión del Universo. Las sociedades también, en tanto que universo social que busca permanentemente equilibrio y cohesión.  Pero el caos social resulta ser una realidad bastante más sutil que la idea común de una confusión ocurrida al azar; los científicos se refieren al caos como a una interconexión subyacente que se manifiesta en acontecimientos aparentemente aleatorios. La ciencia del caos se centra en los modelos ocultos, en los matices, en la sensibilidad de las cosas y en las reglas sobre cómo lo impredecible conduce a lo nuevo.

Se puede deducir, entonces, que el caos es de manera simultánea, nacimiento, destrucción y creación. La historia del universo nos lo reconfirma. Fuera del caos de los gases primigenios, se desarrollaron muchas clases de órdenes estables, incluyendo probablemente las órbitas predecibles de sistemas planetarios similares al nuestro. Las partículas subatómicas que generó el big bang, dieron nacimiento a un cosmos que también se encuentran dentro de nuestros cuerpos en formas ordenadas. Cuando morimos, esas formas energéticas ordenadas que llamamos cuerpo, soma o residencia tempo-tridimensional retornan al flujo del caos, que sigue trabajando tanto en la explosión galáctica, como en la implosión de las asociaciones societarias.

El orden paradójico del caos no sólo yace oculto dentro de los confines de la lógica en la matemática pura.  También reside en nuestro pensamiento y en todo lo que nos rodea, pues fluye alrededor y a través de nosotros, impactándonos y ejerciendo fuerte influjo en las organizaciones sociales, pues vivimos dentro de movimientos que afectan a los demás, del mismo modo como los de los demás nos afectan a nosotros.  Todo ello crea un caos sutil e imprevisible a muchos niveles, pero es dentro de ese mismo caos que han nacido todos los órdenes psicológicos y físicos que conocemos.

La metáfora de la teoría del Caos Social nos ayuda a entender la interacción dinámica y dialéctica entre ‘caos’ y ‘anarquía’, a partir del conocimiento explicativo de un corpus de Leyes que no sólo transgreden la linealidad copernicana de la ciencia, sino que envuelven y se adentran en las estructuras sociales… En sus principios originarios… En sus procesos reconstructivos… La anarquía, en tanto que producto sociopolítico de la humanidad, tiene una vinculación estrecha con las Leyes fundamentales del Caos Social, como veremos a continuación.

  • La primera Ley del Caos Social es la ley del vórtice creador.

Esta es la ley de la creatividad y de la renovación colectiva. Según esta ley, toda actividad en la sociedad y en la naturaleza es vórtice creador colectivo, pues en el caos los individuos son parte indivisible del todo, idea cercana a la relación microcosmos/macrocosmos de los griegos.

La teoría del caos desmonta la ilusión tecnológica del control, tanto de la naturaleza como de la vida humana. La imprevisibilidad de los sistemas caóticos expresa que el control social es un espejismo y propone a los individuos que, en vez de resistirse a las incertidumbres de la sociedad, las acepte como un ejemplo endógeno de la ilusión de control social con la que las organizaciones humanas pretenden subsumir a los individuos que manifiesten esa ‘rebeldía consciente y auto gestionada’  – llamada ‘anarquía’ – que nace de esa energía cinética que lo impulsa a cuestionar estructuras, reglas y autoridades, de igual modo los principios fundacionales, la ética y la visión de una sociedad que les resulta de algún modo hostil o castrante.

Como respuesta al caos social aparece la creatividad individual como la manifestación palpable de la energía cinética del vórtice social. Una energía que nace y permanece desde y en el individuo. La vida de las sociedades es una paradoja constante pues reside tanto en la controlentropía que generan sus estructuras, como en el cambio creativo que producen los individuos. Un  cambio creativo que es producto del dinamismo interno de los sistemas que en determinados momentos, introduce el caos. Hablamos de situaciones de desequilibrio social que precisan de una respuesta más allá del orden interior y ese nuevo orden dinámico es la solución creativa que brota desde una cosmovisión anárquica. La pervivencia de la vida social precisa del caos y éste mana de la creatividad como un subproducto de la anarquía.

El vórtice es la clave para entender la estructura múltiple y compleja de las sociedades y de cómo se halla contenida una energía socialmente cinética dentro de ella, que apunta permanentemente hacia el cambio, hacia la entropía de las estructuras. La partícula elemental de la sociedad  – el individuo-  es un vórtice de energía en sí mismo y el vórtice que resuelve el enigma fundamental de la sociología moderna, pues muestra por primera vez cómo es que esta energía de cambio, individual y anárquica, está “encerrada” en la estructura social.

Los estudios sobre el comportamiento del hombre en sociedad, desde Durkeim a Rodrígues, pasando por Luis Recasens Siches, describen al individuo como ‘sujeto’ de la sociedad. El vórtice nos brinda una imagen mucho más clara: el movimiento dinámico de las ideas es el fundamento mismo del hombre y no hay nada en él que esté sujeto o encerrado. Ahora podemos verdaderamente apreciar lo que Einstein quería significar cuando hablaba de que la masa es equivalente a la energía. Y aquí nos referimos, no a ‘la masa’ de irracionales sumisos y ‘aglomerados’ que describiera José Ortega y Gasset en ‘La rebelión de Las Masas’, sino a masa entendida como indiferenciación dispersa de sujetos pensantes y ubicables en un espacio geográfico predeterminado. El gran logro del La Ley del Vórtice consiste en la representación de la materia social  – el hombre pensante-  como energía vital de la sociedad. La concepción ‘relativa’ de Einstein volvió a la energía del cambio en un concepto inteligible y aplicable a la sociología moderna, al describir la forma en que la energía  -vale decir, el individuo como vórtice de energía en sí mismo-  adopta roles de cambio y de transformación dentro de las organizaciones sociales.

Ahora bien, esta ‘energía social’ es inmaterial. No hay un océano de ‘energía social’ parecido al de éter. No es alguna sustancia o un fluido que flota alrededor de nosotros. La ‘energía social’ es dinámica endoactiva, es acción emprendedora, es cambio social y podemos representarla como un movimiento, como aquellos movimientos excéntricos y particulares que ‘dibujan’ una elipse irregular alrededor de un ‘atractor extraño’, al cual hicimos profusa referencia en el Capítulo Nº 1. Del mismo modo que el movimiento no pude existir sin una dirección determinada, la ‘energía social’ no existe sin un objetivo definido. No es que la ‘energía social’ forme un vórtice entrópico o una onda de cambio. El individuo, en tanto que energía de ese vórtice, es la partícula generadora del cambio.

El vórtice de ‘energía social’ es una imagen simple, aunque poderosa. Nos muestra cómo es que algo tan dinámico como el individuo subyace a algo tan controlador de cambios como la estructura social. El movimiento de los individuos dentro de la sociedad crea estabilidad aunque sus actividades sean flexibles y puedan aparentar estabilidad social, bajo la figura de rutinas sociales, o comportamientos preestablecidos. Este modelo en particular nos permite entender cómo es que la ‘materia social’  -el individuo socializado’- puede convertirse en energía social. ¿Que ocurriría si desenrollamos la madeja de la desobediencia civil? Que la organización social sucumbiría, el sustrato que le da soporte y consistencia a las instituciones sociales desaparecería, y con ellas la estructura misma de la sociedad. De la misma manera, si pudiéramos desatar la energía de cambios y de transformación social que está en cada individuo como vórtice de ‘energía social’, la cantidad de cambio liberada sería enorme, pues al igual que la madeja de la desobediencia civil, estaríamos frente a un concepto abstracto e invisible, una partícula de vórtice social que es en sí misma un potencial de transformaciones, una forma muy concentrada de ‘energía social’ capaz de evolucionar las instituciones sociales.
El ‘vórtice social’ nos permite explicar de manera muy simple muchas de las propiedades que se atribuyen a la sociedad moderna. Una faceta desconcertante de la sociedad actual consiste en las fuerzas misteriosas que parecen aflorar de ella, con las que todos estamos familiarizados. Considérese por ejemplo, la cohesión corporativa. Todos sabemos que las personas se socializan identificando su proyecto de vida con la visión y las misiones de las corporaciones. Literalmente se adhieren a un imán social y forjan su destino a partir de la corporación. Estableciendo un paralelismo, podríamos afirmar que la carga de atracción de ese imán es, junto a la atracción concéntrica que generan otras estructuras sociales a las que pertenece o se afilian las personas, una fuerza esencial de la naturaleza grupal y asociativa de las sociedades. Se trata de una fuerza muy real y potente, pero la sociología tradicional no ha conseguido jamás explicarla cabalmente.

El vórtice social nos brinda una explicación refinada de tales fuerzas, porque los vórtices de energía social son intrínsecamente dinámicos. En caso de superponerse entre sí, es evidente que habrán de interactuar. De este modo, el vórtice social se sitúa en la base de la sociedad y nos muestra el por qué de las propiedades que se le atribuyen.  El vórtice social no cuestiona los hallazgos de la sociología moderna, más bien establece nuevos fundamentos para ellos, porque ayuda a entender la naturaleza íntima de la estructura de las sociedades y las fuerzas misteriosamente individualistas que suelen ir asociadas a ella. La ciencia social ha explorado en el ámbito de la sociología y la psicología social, las leyes que rigen la interacción de los individuos y las organizaciones sociales en el seno de la sociedad. La idea de que la partícula elemental – el individuo-  es un vórtice de energía no modifica estos hechos de carácter macro social. En lugar de ello, el nuevo modelo sociológico que concibe las potencialidades del individuo como las de ‘vórtice social’ podría servirnos para reforzar y unificar las leyes de la naturaleza social y del comportamiento humano en sociedad descubiertas hasta el presente, al apuntar hacia un nuevo enfoque.

¿Cómo explicitar, no sólo la naturaleza de ese vórtice individualista y energético que subyace en las sociedades humanas, sino su desarrollo en medio de las controlentropías que anteponen los sistemas sociales a los cambios potenciales o reales? La única respuesta posible es la anarquía. La anarquía como válvula liberadora del individualismo, y paradójicamente liberadora de la sociedad misma, pues la transforma. Como el momento creativo verdadero precisa de las sensaciones paradójicas del saber, pero no saber, de lo conveniente con lo inadecuado, de la certeza y la incertidumbre, de lo ergonómico con lo incómodo, de la alegría y del horror, y hasta del descontrol; es decir, todas las facetas del caos, lo que produce la anarquía es un aumento del grado de libertad. La libertad así entendida pierde su categoría moral básica y puede atribuirse a cualquier sistema social dinámico porque pierde su aspecto juicioso en la medida en que se desvincula de la autoconciencia humana, de la posibilidad de decidir una u otra acción. Esta expresión alude al orden anterior: Cuanto más rígido, menos dinámico será, menos posibilidad de cambio y en ese sentido menos grado de libertad. La libertad que se genera desde la anarquía es definida desde la Teoría del Caos Social como la potencialidad para el cambio y de ella depende el dinamismo liberador o la enquistación progresiva del sistema social.

Pero la gran mayoría de sociólogos y de anarquistas se desalientan ante la posibilidad de concebir a la primera Ley del Caos Social, la ley del vórtice creador, como la esencia creativa del anarquismo desde los inicios de las sociedades, porque les resulta difícil aprehenderla y mucho menos aceptarla. Sin embargo con esta renovada comprensión que aporta el vórtice como embudo turbulento de creatividad social individualista, la complejidad del tema desaparece. El ‘vórtice social’ convierte al estudio del caos social en una fuente de comprensión del comportamiento grupal; en un universo de instituciones, organizaciones, agrupaciones, formas de gobierno y estructuras societales que entienden aunque no aceptan, la importancia trascendental del individualismo (y de su manifestación más pura: el anarquismo) para la búsqueda transgresora hacia un nuevo orden, más humano y más eco-integrado.  A pesar de su simplicidad consubstancial, el ‘vórtice social’ puede comenzar a resolver los enigmas de la psicología social que conceptúan a las actitudes y a los comportamientos ‘de disonancia y desequilibrio social’, como elementos perturbadores y no como lo que en realidad son: energía social de cambio.

  • La Segunda Ley del Caos Social es la influencia sutil del ‘efecto mariposa’.

En relación con ‘el efecto mariposa’ rescatemos algunos postulados que ya abordamos en capítulos anteriores, para ponerlos acá en la perspectiva de su interrelación con los postulados operativos del anarquismo. El “efecto mariposa” es un concepto que hace referencia a la noción de sensibilidad en las condiciones iniciales dentro del marco de la teoría del caos. La idea es que, dadas unas circunstancias preliminares de un determinado sistema, una mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en formas completamente diferentes. Sucede entonces que una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación o de reducción, puede generar un efecto considerablemente grande. Un ejemplo claro sobre el ‘efecto mariposa’ consiste en soltar una pelota justo sobre la arista del tejado de una casa, varias veces.  Pequeñas desviaciones en la posición inicial pueden hacer que la pelota caiga por uno de los lados del tejado o por el otro, conduciendo a trayectorias de caída y posiciones de reposo final completamente diferentes; asó los cambios minúsculos conducen a resultados totalmente divergentes.

El ‘efecto mariposa’ aplicado a la Teoría del Caos Social es particularmente útil y conveniente para ejemplificar, no sólo el proceso caótico en la dinámica de las organizaciones humanas, sino también el ‘origen anárquico’ de tal efecto. Esta ley del caos ofrece una explicación para la mayoría de los fenómenos naturales, desde el origen del Universo a la propagación de un incendio o a la evolución de una especie, pero  también arroja luces esclarecedoras sobre los fenómenos sociales aparentemente inexplicables. En el estudio del comportamiento humano y del consecuencial ‘orden social’, el problema parte del concepto clásico de ciencia social, que exige la capacidad para predecir de forma certera y precisa la evolución de las estructuras y hasta del comportamiento masivo en un conglomerado, desde las más elementales agrupaciones humanas como la familia y el dintorno social, hasta las más etéreas pero complejas organizaciones sociales como las vecinales, las municipales, el país y el Estado.

Todo proceso social recorre un ciclo más bien caótico, que en algunas sociedades se manifiesta en forma de yuxtaposición y en otras de sucesión, pero en ambas abarca cuatro momentos, los cuales se enfocan en mantener bajo su control los procesos entropizadores, pero existe una regla básica y fundamental para la existencia de ese ciclo: No hay reglas. Así de simple… No hay reglas deterministas ni de ningún otro género. La espontaneidad y la ‘anarco-inducción’ son los únicos disparadores de la influencia del cambio. Un cambio sutil pero profundo y muestra resultados impredecibles que brotan en la aparente espontaneidad de un inicio anárquico.

Para entender cómo el ‘efecto mariposa’ es la evidencia de un cambio provocado por la anarquía, es necesaria la amplificación de las pequeñas incidencias anárquicas que provocan un máximo de modificaciones en la sociedad. El cambio sutil que genera una postura anárquica puede identificarse como un comportamiento errático en un sistema social, que constantemente se balancea entre las presiones para mantener el equilibrio (procesos controlentrópicos) y los efectos desestabilizadores de los cambios y las modificaciones que surgen de su seno (vórtice social).  Las organizaciones sociales intentan (y usualmente logran) mantener ese equilibrio pero al no conseguirlo, se hace imposible cualquier predicción sobre el desempeño de los individuos dentro de ese colectivo, cuando el cambio va más allá de un determinado punto en el que, inducido por la presión social que genera la anarquía, se convierte en conducta social transgresora y desestabiliza.

Esto tiene unas repercusiones muy importantes en el enfoque anárquico de ver el mundo. Como dijo Robert Musil[12] en El hombre sin atributos:

“La suma social total de los pequeños esfuerzos cotidianos de todo el mundo, especialmente cuando se aúnan, libera indudablemente bastante más energía en el mundo que las hazañas heroicas singulares. Ese total incluso logra que el esfuerzo heroico individual parezca algo minúsculo, como un grano de arena en la cima de una montaña con un sentido megalomaníaco de su propia importancia”.

La influencia sutil es aquello que el anarquista afirma, para bien o para mal, de acuerdo con su percepción ética de la vida. Cuando la persona anarquista es negativa o deshonesta, ejerce una sutil influencia sobre los demás, al margen de cualquier impacto directo que pueda tener su conducta. El ser y la actitud anarquista conforman el clima en el que otros viven, la atmósfera que respiran. Aporta los nutrientes de una vida libre donde ‘la otredad’ se reconoce y crece. Si el anarquista es genuinamente feliz, positivo, reflexivo, colaborador y honesto, su actitud y su conducta influye sutilmente en aquellos que le rodean porque todos nos sentimos profunda y sutilmente afectados por cómo son los demás.

La influencia sutil, en su sentido negativo -la connivencia- mantiene cohesionados los ciclos de límite restrictivo; pero en su sentido positivo es vital para mantener los sistemas abiertos renovados y vibrantes. La metáfora del caos nos proporciona un nuevo y etéreo modo de pensar en la diferencia entre la influencia maligna y la benigna.  La sutileza comienza con el hecho de que el poder del ‘efecto mariposa’ es, por su propia naturaleza, impredeciblemente anárquico. La influencia sutil de la anarquía en la sociedad tiene formas tan diversas que es excepcionalmente difícil adivinar los efectos a largo plazo de sus acciones, como lo sería el predecir el tiempo atmosférico de los próximos meses. Quizás por esa razón muchas de las más sabias tradiciones anárquicas enseñan que cualquier acción que propenda hacia la libertad no sólo debe mirar por el bienestar de los otros para el futuro, sino que deben basarse en la autenticidad del individuo, ser verdadera en sí misma y ejercitar los valores de la compasión, el amor y la amabilidad básica. El poder sutil de la anarquía está en el reconocimiento de que cada individuo es un ser esencialmente libre aunque indivisible del todo que es la sociedad, y que cada momento caótico que la anarquía genera en el presente de las sociedades regidas por el poder (en cualquiera de sus manifestaciones sociales)  es un espejo del caos social del futuro, caos presente que conducirá indefectiblemente, a la instauración de la libertad individual como forma de vida superior.

Ser anárquicamente sutil es ‘darse cuenta’ de que la sociedad del dominio del hombre sobre el hombre es el más deleznable de los muchos ‘mundos fractales’ y de que es necesaria una mirada microscópica para poder distinguir la diversidad de lo que hay y la diversidad de lo que puede haber, pues todo depende de las acciones de los individuos y su interconexión. El libre albedrío que impulsa la anarquía es la gestión genuina realizada por un individuo que conecta con las acciones individuales auténticas de otros, de forma que puedan generar cambios o sostener la dinámica social en un marco de libertad.

  • La Tercera Ley del Caos Social afirma la creatividad y la renovación colectivas.

La creatividad, como experiencia anárquica, apunta la paradoja de que los sistemas auto-organizados son individualidades pero que ‘sienten’, en el momento creativo, tanto nuestra presencia en el mundo como algo único, como la conexión con la totalidad a la que pertenecemos.

La tercera Ley del Caos afirma la permanente renovación colectiva a partir del aporte inter individual. Se trata de un postulado que sintoniza perfectamente con la anarquía, pues se refiere a la capacidad que tiene el ser humano de trabajar y participar espontánea y libremente en la resolución de situaciones o problemas de la comunidad.  Esto es posible porque el pensamiento y la filosofía anárquicas está en sintonía operativa con los sistemas abiertos, con los no lineales, con aquellos procesos sociales creativos y caóticos, en los que no se requiere  que alguna autoridad tenga el poder de decidir por los demás, sino de un sistema social exento de control central pero con altísimas dosis de creatividad colectiva, para que dentro del caos que genera la anarquía, sucedan cosas ordenadas y productivas, que son más que la suma de partes mecánicas que aportó cada quien, pues se trata de formas adaptables y resistentes del colectivo.

Esta ley nos conecta, desde la perspectiva del caos con la actividad en la sociedad y nos muestra que toda la acción en la naturaleza es colectiva; en el caos, los individuos son parte indivisible del todo. El caos ofrece muchas sugerencias sobre las formas curiosas y paradójicas de relacionarse las personas entre sí y los grupos con sus miembros y con otras agrupaciones. El caos nos demuestra que cuando diversos individuos se auto organizan libre y espontáneamente (es decir, cuando asumen un comportamiento anárquico) son capaces de crear formas sociales adaptables a las nuevas mutaciones del complexo social, pero suficientemente resistentes como para enfrentar con relativo éxito la fase entrópica inevitable en toda forma organizativa, hasta que se produzca, inevitablemente, una chispa de anarquía que cuestione ese ordenamiento societal y un nuevo caos produzca la vorágine de cambios sociales en el modelo, tal como lo hemos explicado en la Ley del Vórtice.

  • La Cuarta Ley del Caos Social es la anarquía que explora el holismo entre lo simple y lo complejo.

Otro factor de importancia capital es observar la forma como lo aleatorio irrumpe en el orden de la anarquía y no es controlable, ni predecible. También en los sistemas ordenados, como por ejemplo los interruptores de los superconductores, en las cotizaciones de bolsa, en las señales nerviosas, o en las redes computarizadas, ocurren repentinos estallidos de conducta aleatoria que ‘anarquizan’ sus procesos; es decir, que ‘individualizan’ un orden nuevo que no se sujeta al ‘poder preestablecido con anterioridad. Algo muy similar también ocurre en los sistemas holísticos de la anarquía. Lo más propio de un estilo de vida anarco-holístico es la coherencia de vida, que integra relación total de pensamiento-sentimiento-palabra-acción, pero aún en estos estadios de encadenamiento anárquico, surge el caos cuando se explora entre lo simple de los planteamientos y lo complejo de las ejecuciones.  Los planteamientos de una espiritualidad holística están firmemente relacionados con el  Neo-Anarquismo en cuatro aspectos:

1.- En la autogestión, que es uno de los aspectos fundamentales, posiblemente el que más. Significa ante todo una filosofía y una metodología que parten de dentro-afuera, de abajo-arriba, de micro-macro. Significa que cualquier organismo social, en la dimensión en que esté vivo, tiene condiciones para resolver sus propios problemas con la metodología de abajo-hacia-arriba. Es decir, que en principio cualquier persona o grupo está capacitado para, por su propio dinamismo interno, encontrar soluciones para los obstáculos que se presenten. Y no sólo obstáculos, sino para crear desde sí mismos otras posibilidades de llevar adelante cualquier proyecto.

2.- En la acción directa, que implica no delegar las cosas, sino experimentarlas personal o grupalmente. Inicialmente, es una postura anti-parlamentaria, porque se desconfía profundamente en que los Parlamentos pudieran solucionar los problemas sociales, ya que los diputados representan sus propios intereses partidarios y divagan en un ambiente de corrupción. En el mejor de los casos, desconocen los problemas como la pobreza, la marginación, la exclusión, la opresión, porque no la viven. Por tanto, se debe actuar desde abajo, con los medios que sean más propios y directos, sin delegar o relegar los intereses colectivos. Con cierta “espontaneidad organizada”, es decir, colectivamente, pero con cierta inmediatez y espontaneidad. Esto permite mayor fluidez y adaptabilidad, frente a posturas fijas y esquemáticas.

3.- En la Asamblea, que ha sido una constante en la praxis, tanto holística como anarquista. Si bien para las tendencias individualistas del Anarquismo esto ha parecido otro dominio sobre el individuo, en la asamblea espera hallar el anarquista un espacio libre y de concepción holística para encontrarse, opinar, tomar decisiones sobre los temas que le atañen y planificar su ejecución. Todos están llamados a participar, sin exclusiones, porque los problemas son de afectación común y deben, en consecuencia, resolverlos. La manera de hacer anarquista busca en esto la unanimidad o el consenso. Sin duda, eso retrasa las discusiones y las hace más amplias, pero con el consenso se tiene la garantía de que no hay exclusiones y que lo decidido es de aceptación común, como en las sociedades holísticas.

4.- En el Espíritu Libertario e Igualitario. Es la gran propuesta del Anarquismo: la libertad. Pero no como la entiende la derecha o los conservadores, que sospechan siempre de la libertad y, en todo caso, piensan en una libertad con desigualdad, donde “Todos somos iguales, pero unos son más iguales que otros…” (La rebelión en la granja, de G. Orwell (1945)  En el Anarquismo se piensa que la libertad es presupuesto imprescindible para una relación humana. Sin libertad no hay posibilidad de crecimiento, de profundización, de “humanidad”. Por eso el Anarquismo siempre ha sido muy crítico del Socialismo de Estado (que en mucho casos terminó siendo un capitalismo de Estado), en cuanto que ha sido autoritario, verticalista, “dirigista” y prostituyó la participación al reducirla a mera ejecución de órdenes tomadas arriba, no discutidas por la base, y que tienen que ser ejecutadas porque supuestamente son en beneficio ‘de las masas’.

Holismo y Neo-Anarquismo van de la mano. El Holismo es el marco teórico-espiritual. El Neo-Anarquismo es la estrategia de acción y vida. De esta simbiosis brotarán muchas prácticas en el futuro próximo pero ahí están las coordenadas básicas de referencia que bien podrían denominarse Anarco holística.

  • La Quinta Ley del Caos Social, ley de los fractales y la razón.

El caos que plantea la danza dinámica entre la simplicidad y la complejidad, presenta la forma más evidente de representar esta relación entre lo simple y lo complejo: está en los gráficos fractales. En esta relación, también llamada la geometría de las formas irregulares y de los sistemas caóticos, los fractales son el resultado de repetir formas simples ad infinitum, formas que son observables en la naturaleza de las cosas, como por ejemplo, en los helechos o la formación de los cúmulos nubosos. Se afirma que la sociedad es una forma fractal relativamente simple, que emerge de los sueños, deseos, y contribuciones complejas de sus miembros, y como tal, ciertos cambios en un individuo llevados a grandes escalas pueden producir cambios no predecibles. Si se lleva la complejidad demasiado lejos deviene pura casualidad, se comprime lo simple y estalla la complejidad.

La anarquía es ‘fractal’ porque es un modelo que hace referencia a las huellas, las pistas, las marcas y las formas realizadas por la acción de los sistemas sociales dinámicos que de alguna manera ‘caotizan’ el dintorno y provocan, desde estadios de libertad anárquica, el surgimiento de organizaciones sociales horizontales que se ubican a medio camino entre la simplicidad operativa y la complejidad estructural.  Al replicar estas estructuras sociales, la anarquía no hace otra cosa distinta que ‘fractalizar’ un sistema social, horizontalizándolo, simplificándolo, transformándolo en un sistema más humano y eco-sostenible.

La anarquía fractal opera como una estructura disipativa de todo orden de jerarquía humana o de poder preestablecido. Es generadora, por sí misma, de sistemas sociales inestables que se originan en la inter-subjetividad de los individuos y que proyectan su efecto disipativo hacia todos los niveles jerárquicos, hasta provocar en la estructura vertical de las sociedades subsumidas por cualquier forma de poder y control, su efecto entrópico. Esta metáfora múltiple de lo no lineal hace mapas de la realidad social, que se asemejan a lo rizomático, y explora el territorio gris entre lo simple y lo complejo, entre lo denso y lo sutil, para asentarse precisamente allí.

Entonces, el caos comienza a ser visto en los procesos anárquicos como un locus de máxima información y complejidad. La complejidad y la casualidad se transforman en una puerta que conduce hacia el orden anárquico.   Cuando estamos frente a sistemas muy complejos (por ejemplo los números irracionales) y su complejidad se vuelve infinita, termina pareciendo un sistema casual y aleatorio. La casualidad es utilizada por personas que desarrollan tareas creativas como detonantes de nuevas creaciones, como la pintura derramada que se transforma en una obra de arte; como una palabra dicha que da origen a un verso magnífico, un gesto que antecede a una coreografía; un error ecuacional simple en la programación de computadora que provoca un fractal…

Cuando todo parece complicarse, “aparece” el orden de lo simple y viceversa: Cuando todo se simplifica no tarda en aparecer el ordenamiento de lo complejo  Esto sucede porque estas cualidades no están en los objetos o las situaciones, están en las interacciones que hay entre ellas y de nosotros con ellas. Al ser humano lo cautiva la simplificación y esto conduce a estereotipos que categorizan a las  personas y a los sentimientos. Se cae en la dicotomía de lo bueno y lo malo. Entonces, desde el poder social preestablecido, vertical y controlador se producen pautas y se generan modelos, pero la anarquía puede romper ese ciclo perverso aplicando el arte de la simplicidad en la paradoja de la complejidad.

  • La Sexta Ley del Caos Social, o cómo vivir anárquicamente dentro del tiempo.

En la Teoría del Caos, esta ley se refiere a los modelos recurrentes e incesantes de la naturaleza. Un fractal es una figura plana o espacial, compuesta de infinitos elementos, que tiene la propiedad de que su aspecto y distribución estadística no cambian cualquiera que sea la escala con la que se observe. En la sociedad, las estructuras que se replican a sí mismas hacia adentro y hacia afuera de sus límites, se denominan ‘estructuras fractales’ y para comprender su realidad hay que observarla con mirada estética, o lo que es lo mismo, vivirla dentro de su espacio-tiempo.

Esta sexta ley se refiere a la dificultad de utilizar adecuadamente el tiempo en el mundo “moderno”.  Se cuestiona la desaparición de sus cualidades e invita a reconectarnos con él, a vivir el tiempo de manera creativa y no con el tic-tac del reloj.  Para lograrlo tenemos de dejar atrás la creencia de que el tiempo es una línea recta y reconocerla como una línea fractal, con giros, curvas y arabescos. ¿No es cierto que el tiempo parece detenerse cuando estamos enamorados o tenemos un accidente? ¿No es cierto también que se ha mercantilizado el tiempo? Se dice “gasté, ahorré, perdí” tiempo, como si fuera dinero.

El tiempo se transforma en un rizo que sólo tiene significación a partir del espacio que ocupa en la mente de quienes lo perciben. ¿Cuánto dura un beso? Depende de cómo y desde dónde usted lo observa variará en intensidad y en significación. Si usted es quien besa o es besado/a, la acción en ese tiempo tendrá una significación y una duración muy distinta entre usted… ¡Y su cónyuge que le observa desde la otra acera! El tiempo de cada sistema, de cada situación, de cada ser humano es anárquico (lo que equivale a decir que es auto-simbólico… subjetivo) y como cada sistema posee su espacio-tiempo, vivir anárquicamente dentro de esos lapsos permitirá mayor creatividad y auto organización.

  • La Séptima y última Ley del Caos Social, es ley de la nueva percepción. Volver a unirse con el todo.

La unidad del cosmos envuelve a los seres humanos al igual que a la naturaleza y a todos los fenómenos que ocurren en él.  Esta séptima ley reconoce que cada partícula del universo tiene su propia historia, trabaja a partir de ello y tiene una evolución autónoma, sin embargo, de manera ‘anárquica’ todo se unifica para formar una entidad global interdependiente.  Participar en el mundo es pensar, actuar y vivir en concordancia con todos los sistemas que lo conforman, atendiendo a la vez, sus necesidades y las humanas. El ser humano que habita la tierra es quien la ha fraccionado marcando fronteras, arrasando con las selvas, agotando el agua, exterminado especies…  Es necesario un cambio sutil, un cambio anárquico, que nos regrese a la percepción real del mundo como algo orgánico, completo, holístico, al mundo que instintivamente pertenecemos como un elemento más en armonía con el resto, en la caótica armonía anarco organizada que permite un sistema dentro de otro sistema.    Los procesos de La Tierra son indivisibles y constituyen un holismo que hay que mantenerlo y alimentarlo para que no se rompa porque el mundo no es una máquina, las sociedades no funcionan mecánicamente, ni las personas tampoco. Todos somos una unidad caótica auto organizada.

III.- Ahora, un repaso conceptual e histórico

¿Se vino directamente desde el epígrafe ‘4’, con el que se inició el presente Capítulo? No lo culpo. ¿Llegó hasta acá luego de una lectura ‘ordenada’ del epígrafe ‘A’? Felicitaciones.  Sea cual fuere el camino que lo condujo hasta aquí, vamos a satisfacer dos premisas fundamentales, como proposiciones de un razonamiento:

1.- La anarquía propugna la abolición de cualquier forma de dominación de un ser humano sobre otro.

2.-  La anarquía es una forma de autogobierno que ha estado presente en el desarrollo social de la humanidad.

Una pregunta adicional ¿Tiene absolutamente claro cómo y por qué la anarquía es un disparador del caos social? Si su respuesta es SI, adelante, satisfaga su curiosidad ‘histórica’. ¿No lo tiene claro aun? Le recomiendo que se devuelva por donde llegó… Algo, muy importante, pasó de largo o no lo pudo capturar.

Gnoseología fundamental:

Recapitulemos… Anarquía es una palabra griega compuesta: αναρχια anarchia, de αναρχος anarchos ‘no amo’, que tiene el prefijo griego αν [no], y la raíz del verbo arkho, [jefe] cuyo significado latino es sin gobierno. Desde sus inicios se definió como una corriente filosófica, una ideología y un movimiento político que promueve la autonomía e igualdad de cada persona y su organización social directa, y por lo tanto propugna la autonomía individual y la anulación de  todo poder público o forzado, por lo que quienes se asumen como ‘anarquistas’ llaman a la abolición de todas las relaciones de dominación del ser humano por parte de sus congéneres, como  los gobiernos, la noción instrumental de patria, estado e inclusive rechaza la idea de un Dios protector, controlador y paternalista, pero aceptan la democracia directa, personal o algún sistema donde claramente el poder sea de todos al mismo tiempo pero de ningún grupo particular, al considerar que las normas grupales son indeseables, innecesarias y nocivas.

Visto así, el anarquismo es la doctrina de un movimiento radical que promueve la acracia, teoría contraria al gobierno o autoridad obligatoria del Estado, y propone el autogobierno de las personas y las asociaciones libres, independientes y sin normativas impuestas por un tercero.  Un anarquista lo es por convicción, pues la anarquía es, a decir de ellos mismos, el último recurso y una vía posible para reencauzar un país en desgobierno. El anarquista  -afirman los seguidores de esta corriente filosófica-

…”elige el difícil camino de la pobreza, no acepta patrones ni ataduras a bienes materiales, está en el mundo para destruir lo establecido, crear reglas nuevas y equitativas entre todos los seres humanos, está dispuesto a dar peleas perdidas y a estallar por los aires en pos de un sueño”.

Se afirma que el verdadero anarquista no tiene rostro, su identidad se diluye en la de todos los marginados. Es un soñador que no tiene nada que perder, aquel que considera que el pueblo se debe gobernar a sí mismo y en resumen, es una ideología política de origen ético que busca generar un orden voluntario como consecuencia de dos axiomas éticos y lógicos: la autopropiedad (soberanía individual) y la no coacción (acción voluntaria), axiomas que deben ser coherentes con instituciones, derechos y obligaciones cuyo origen sea resultado de contratos libres o pactos voluntarios entre individuos soberanos. Los conceptos ácratas elementales, (contrato libre, asociación voluntaria, igual libertad, apoyo mutuo, autogobierno, ley policéntrica, ética de acción o acción directa) se deducen de ambos principios que son el fundamento operativo y funcional del anarquismo. Esto genera en los anarquistas un profundo rechazo al estatismo en particular y al autoritarismo en general.

Como doctrina política, el anarquismo se opone a cualquier clase de jerarquía, para combatir al Estado como entidad que reprime la auténtica libertad económica y personal de todos los ciudadanos y se convierte en una necesidad inmediata. La desaparición del Estado se considera un objetivo revolucionario a corto plazo y la única limitación de la doctrina anarquista es la prohibición de causar perjuicio a otros seres humanos, y de esta limitación nace otro presupuesto ideológico básico: si cualquier humano intenta hacer daño a otros, todos los individuos bienintencionados tienen derecho a organizarse contra él.

Breve repaso histórico

En el período anterior a la historia escrita, en las formas más primitivas de organización, la sociedad humana vivía principalmente en enormes grupos familiares, y aunque una familia, ya sea patriarcal o matriarcal supone alguna forma de jerarquía, allí no existía un Estado institucional rigiendo a una sociedad con alguna acumulación de riqueza o división del trabajo, ni tampoco leyes o reglas decretadas. Esto supondría un primitivo estado de anarquía.

Algunos anarquistas tienen al Taoísmo[13], el cual se desarrolló en la antigua China, como una fuente de actitudes anarquistas, aunque posteriormente, ya a fines del siglo XIX y luego en el siglo XX, los taoístas adoptaron al marxismo como ideología política, ya que esta concuerda en muchos aspectos de la filosofía del Tao. Un ejemplo de esto es la similitud existente entre El Principio de la Mutación Perpetua de Lao-Tsé y la Teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky. y tal sea por esa similitud que los grupos revolucionarios I Ho Chuan (“Boxers”) taoístas que se rebelaron contra la emperatriz Xi Yi, utilizaban las enseñanzas de Marx en sus luchas contra el régimen imperial y contra el imperialismo británico. De igual modo, las tendencias anarquistas pueden ser proyectadas a filósofos de la antigua Grecia, como Zenón, el fundador del Estoicismo, y Aristippus, quien afirmó:

“El sabio no debería rendir su libertad al Estado”.

Los movimientos posteriores, tales como los levellers[14], los diggers[15] y los protestantes inconformistas[16] también expusieron ideas que han sido relacionadas con los anarquistas convirtiéndolos en precursores de este movimiento en América y Europa. Además, es conveniente anotar que en muchas de las estructuras tribales y en las prácticas de resistencia de los amerindios, de tribus africanas, maoríes, etc. se ha percibido cierta compatibilidad con la práctica libertaria. Los gremios artesanales europeos de la edad media también son considerados a menudo precursores de las tendencias modernas del anarquismo.

Anarjían en la antigua Grecia

El primer uso conocido de la palabra “anarquía” aparece en la obra Los siete contra Tebas[17] (467 a. C.) de Esquilo. En ese texto, Antígona rechaza abiertamente aceptar el decreto de los gobernantes que ordena dejar al cuerpo de su hermano Polyneices sin enterrar, como castigo por su participación en el ataque a Tebas, y el rechazo lo expresa de la siguiente manera:

Incluso si nadie más estuviese deseoso de compartir el entierro de él, yo lo enterraré sola y tomaré el riesgo que significa enterrar a mi propio hermano. Ni estoy yo avergonzada de actuar desafiante en oposición a los gobernadores de la ciudad (ejous apiston ténd anarjían polei)“.

La antigua Grecia fue el primer Estado de la Antigüedad que concibió al anarquismo como un ideal filosófico. Este ideal se puede hallar en las ideas del filósofo Zenón de Citio[18], quien de acuerdo con Piotr Kropotkin fue…

“… el mejor exponente de la filosofía anarquista en la antigua Grecia“. (que)…”repudiaba la omnipotencia del Estado, su intervención y regimiento, y proclamó la soberanía de la ley moral del individuo“.

Dentro de la filosofía griega, la visión de Zenón de una comunidad libre sin gobierno es opuesta a la utopía de Estado de Platón expuesta en La República, un texto que ya hemos analizado y citado con anterioridad. Zenón argumentaba que aunque el instinto necesario de la propia conservación conlleva al humano al egoísmo, la naturaleza ha suministrado un remedio para este mal por medio de otro instinto: la sociabilidad. Como algunos anarquistas modernos, Zenón creía que si las personas seguían sus instintos no necesitarían de leyes, cortes de justicia, policía, dinero, templos ni actos de fe. Este pensamiento de Zenón ha llegado a nuestros días sólo por las citas que de él han hecho otros filósofos.  Pero también en el conjunto de concepciones filosóficas de Sócrates, Heráclito, Demócrito, Epicuro, Epicteto, Diógenes, y, Aristóteles aparecen ideas sobre el hombre, la vida, las pasiones, la sociedad, en las que hay atisbos de crítica común a lo que más tarde debía ser pensamiento anarquista.

Anarquía en la Europa renacentista

Los anabaptistas del siglo XVI en Europa son considerados por algunos historiadores sociales como los precursores religiosos del anarquismo moderno. Bertrand Russell[19], en su Historia de la filosofía occidental, escribe que los anabaptistas “repudiaron toda ley, dado que ellos sostenían que el hombre bueno será guiado en cada situación por el Sagrado Espíritu… Desde esta premisa llegaron al comunismo“.

La novela Q suministró un retrato de este movimiento y su revolucionaria ideología. En 1548 Étienne de La Boétie[20] escribió Las políticas de la obediencia: el discurso de la servidumbre voluntaria, un ensayo que exploró la pregunta de por qué las personas obedecían las reglas.

Otro precursor del anarquismo moderno fue Gerard Winstanley[21], de los Diggers (ver nota 3). Publicó un panfleto llamando a la propiedad comunal y social y a desarrollar una organización económica forjada a partir de pequeñas comunidades agrícolas en el siglo XVII. También Rabelais, Montaigne y Restif de la Bretonne aportaron ideas más concretas y más ‘anárquicas’ como El Haz lo que quieras rabelesiano, inscrito en el pórtico de la abadía de Thelème.

A pesar de estas manifestaciones de orden teórico-filosófico, es en las obras literarias del Renacimiento italiano, y sobre todo en las personas de algunos de sus hombres más notables, como Vanini, Leonardo da Vinci, Giordano Bruno; y en los representantes del Renacimiento español como Miguel Servet, Luis Vives, San Juan de la Cruz donde se muestran más claramente las aspiraciones a la libertad, la concepción de un hombre en plena posesión de sus derechos individuales. Para reafirmar la importancia del Renacimiento español en la conceptualización del anarquismo, está la tesis de Murray Rothbard[22] de que la Escuela de Salamanca en el Siglo de Oro es un precedente filosófico, jurídico y económico de algunas tesis libertarias de mercado, en especial anarquistas.

Los inicios del anarquismo en la modernidad

Para la gran mayoría de los historiadores del anarquismo, el socialista utópico Charles Fourier[23] es asumido como el precursor del anarquismo moderno por sus ideas de sociedades armoniosas viviendo en los falansterios, el ideal de las comunidades rurales autosuficientes, que serían la base de la transformación social. Los falansterios se crearían por acción voluntaria de sus miembros y nunca deberían estar compuestos por más de 1.000 personas, que vivirían juntas en un edificio con todos los servicios colectivos. Todos serían libres de elegir su trabajo y lo podría cambiar cuando quisiera, pero los salarios no serían iguales para todos.

Charles Fourier, más que ningún otro socialista utópico, trató de resolver todos los problemas de la sociedad mediante la construcción de este elaborado sistema de organización social. Fourier partía de la creencia de que el ser humano es intrínsecamente bueno, porque es depositario de una armonía natural que refleja la armonía del universo. El problema estaba en la sociedad existente, que impedía el desarrollo completamente libre de las cualidades del ser humano y para resolverlo planteó incongruentemente con sus preceptos de libertad, la construcción de esta rígida comunidad liberadora como unidad social mínima y en la que se dispondría de tierras para agricultura y para diversas actividades económicas, para viviendas y para una gran casa común. Insólitamente, todo estaba reglado y debía seguir un orden muy particular, incluso el amor y el sexo. Como en los falansterios todo estaba pensado para una vida cómoda y con el mayor placer, las personas trabajarían en función de su capacidad, y recibirían en retribución a sus necesidades. En virtud de este enfoque, una persona joven trabajaría más que las personas anciana y éstos recibirían más porque tendría un mayor número de necesidades que la persona joven.  Este fue, a no dudar, el modelo de las futuras comunas hippies.

Pero el fundamento político del pensamiento anarquista moderno proviene de muy variados criterios acerca de cómo debería ser una sociedad sin ninguna autoridad impuesta; el más relevante de todos es el humanismo del siglo XVI y el derecho humano de resistencia a la opresión, consecuencia de todos los demás derechos que apareció en la Constitución jacobina de 1793. Como ya hemos mencionado con anterioridad, las raíces filosóficas del anarquismo se hunden en el Renacimiento y la Ilustración. En el Renacimiento, con ocasión de la Reforma se desarrollaron las bases de libre examen y el pensamiento crítico, además de surgir el humanismo con características como el antropocentrismo frente al teocentrismo de la época anterior, el pacifismo y el optimismo. Con la Ilustración, llegaron los conceptos del racionalismo y el idealismo, así como la búsqueda de un sistema social y político basado en las ideas de la libertad, la igualdad y la fraternidad, lemas constitucionales de La Revolución Francesa.

En los tres finales años de influencia de la Revolución Francesa se escribe y se pronuncia por primera vez en el mundo moderno la palabra “anarquistas”, como sinónimo de hombres con un pensamiento social y político revolucionario. El grupo de “Les Égaux” (Los Iguales) de François Noël Babeuf[24] y sus amigos, fueron calificados de “anarquistas”, pero es a finales del siglo XVIII, con la subversión cultural y el regreso a la imaginación como facultad primordial del ser humano, que se desarrolla el socialismo utópico y el entorno filosófico de los primeros teóricos anarquistas propiamente modernos, que sin embargo continúa influenciado por los románticos. En 1793, William Godwin[25] publica “Una pregunta acerca de la justicia política”, en el que presenta una visión de sociedad libre y además plantea serias críticas del gobierno; es por este escrito que algunos consideran a este texto como el primer tratado precursor del anarquista, y por el que Godwin el considerado el auténtico fundador del anarquismo filosófico. En el terreno de la economía, el precursor del anarquismo es, sin dudas, Gustave de Molinari[26], economista belga y discípulo de Bastiat que en 1849 publica dos obras fundamentales: “La producción de seguridad” y “Les Soriées de la Rue Saint-Lazare” “, que describe cómo un mercado libre en la justicia y la protección podría sustituir ventajosamente al Estado.

A finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX surgió la corriente de pensadores conocida como los socialistas utópicos, que sostenía que si se dejaba que los individuos realizaren libremente sus inclinaciones naturales, se organizarían espontáneamente en forma armoniosa. Los socialistas utópicos pensaban que era posible transformar la sociedad a través de la educación y el convencimiento, así como formas radicalizadas del liberalismo por su énfasis en las libertades civiles han sido considerados precursores del anarquismo moderno. De toda esa serie de elementos se deriva el postulado anarquista de que los medios han de ser concordantes con los fines, de tal manera que a la anarquía no se puede llegar a través de la autoridad porque para ello es fundamental la asociación voluntaria.   Visto así, el anarquismo se caracteriza por identificar los medios como similares a los fines (ética de acción, política pre figurativa); por empezar desde la pequeña escala (de lo particular y lo local a lo general); y por intentar la integración de la libertad individual a todos los aspectos de la vida humana, no sólo en lo político y lo económico.

Desarrollo del anarquismo

El francés Pierre-Joseph Proudhon[27], autor de ¿Qué es la propiedad? en 1840 fue el primer individuo en llamarse a sí mismo un “anarquista”. Proudhon aboga por una economía de mercado no opresiva donde los individuos intercambian los productos de sus propios trabajos. El valor de intercambio de los bienes dentro de tal economía sería determinado por la cantidad de trabajo invertido en su producción. Ha sido considerado desde una perspectiva histórica el padre del sistema denominado anarquismo filosófico. Según Proudhon y sus partidarios, el anarquismo excluiría la autoridad como criterio rector de la sociedad, estableciendo el individualismo en su grado máximo. Los anarquistas filosóficos, sin embargo, repudian los métodos violentos y esperaban que la sociedad evolucionara hacia una organización anárquica. Los anarquistas que rechazan las teorías de Proudhon mantienen que el desarrollo humano progresa mediante la cooperación social, y que ésta no puede ser nunca voluntaria por entero.

Proudhon no usaba el término “propiedad” de una forma consistente pues es famoso por haber dicho que “la propiedad es un robo” en sus primeros escritos. En ese tiempo él definía la propiedad como cualquier cosa que no fuese el producto del trabajo (por ejemplo, la tierra sin uso) que era mantenida por los individuos y protegida por las fuerzas del gobierno. Los títulos concesionados de tierras que no estaban en uso por el propietario permitían a los individuos cobrar renta sobre otros quienes desearan usarla, a lo cual Proudhon se oponía. Más tarde, él comenzó a usar el término “propiedad” para referirse a la propiedad del producto del trabajo, lo cual él fuertemente apoyó.  Proudhon mantuvo que la propiedad era un elemento esencial de la libertad:

¿Dónde encontraremos un poder capaz de hacer el contrapeso del Estado? Allí no hay más que la propiedad. […] El derecho absoluto del Estado está en conflicto con el derecho absoluto del dueño de la propiedad. La propiedad es la más grande y revolucionara fuerza que existe

(P. J. Proudhon / “Teoría de la propiedad”)

También se opuso al beneficio de cualquier transacción económica, viéndola como un pago extra sin trabajar, siendo el trabajo la fuente principal de la legítima propiedad. Acuñó el término mutualismo, como el sistema económico donde los bienes y servicios serían intercambiados sin ningún beneficio adicional a la permuta, y prefería la abolición del gobierno, pero como no creía que fuese posible una eliminación total, abogaba por su reducción.

Francisco Pi y Margall[28], que, sin ser específicamente anarquista, expresó tantas ideas libertarias en su obra, tradujo en la década de 1860 las principales obras de Proudhon al español, y definió los límites únicos que tiene el ejercicio de la libertad individual, tal como conciben los anarquistas: “La libertad de uno termina donde empieza la libertad de otro“. Esta concepción de la libertad es frecuentemente contrapuesta a aquella planteada por Bakunin: “(…) Yo entiendo esta libertad como algo que, lejos de ser un límite para la libertad del otro, encuentra, por el contrario, en esa libertad del otro su confirmación y su extensión al infinito“. Algunos anarquistas inclusive consideran a la primera una concepción burguesa de la libertad en oposición a la expresada en la cita, de un carácter más “social” o “verdaderamente libertario”.

Hacia mediados del siglo XIX los principios anarquistas se expandieron de una forma significativa, provocando las primeras grandes discusiones en la Primera Internacional entre Karl Marx y Mijaíl Bakunin, uno de los teóricos y militantes anarquistas más representativos.

No es posible este repaso breve sin citar la aportación al anarquismo de los individualistas estadounidenses, sobre todo de Henry David Thoreau[29], Mackay[30], Benjamin Tucker[31] y Josiah Warren[32], que tanto contribuyeron a la evolución de la literatura y del pensamiento estadounidense. Ello explica el auge obtenido en Estados Unidos por el movimiento libertario, que llevó a la burguesía a buscar el pretexto para destruir la serie de organizaciones de grupos y de periódicos que existían en Estados Unidos en la década de los años 1880. El pretexto fue la huelga en la fábrica MacCormick de Chicago, la bomba arrojada contra la policía, obra probablemente de un agente provocador, el arresto y condena a muerte de los mártires de Chicago que dio origen al 1º de Mayo en 1886.

Hay que mencionar en este repaso a la filosofía del iusnaturalismo o derecho natural y además a la filosofía antiautoritaria y el principio de la no violencia de Henry David Thoreau, el anarquismo utilitarista de William Godwin, el anarquismo privatista de Gustave de Molinari, el mutualismo de Pierre-Joseph Proudhon, (quien participó activamente en uno de los ensayos antiautoritarios más significativos, la Comuna de París), el anarcocolectivismo de Mijaíl Bakunin, el comunismo libertario de Pedro Kropotkin, o el individualismo anarquista de Benjamin Tucker, el anarquismo voluntarista de Errico Malatesta, el anarcosindicalismo de Rudolf Rocker y Diego Abad de Santillán, o el capitalismo libertario de Murray Rothbard y David Friedman.

Contemporaneidad

A los largo del siglo XX el anarquismo recibió aportes de varias movimientos y tendencias filosóficas, políticas, culturales radicales y contemporáneas, tanto desde el anarcosocialismo como desde el anarquismo de mercado. Desde inicios del siglo XXI, las ideas anarquistas han tenido cierto renacer.   Con una base filosófica individualista-racionalista y asociativa, el anarquismo se desarrolla en la edad contemporánea (siglos XIX y XX) como un movimiento permanentemente involucrado en asuntos contemporáneos, y en el siglo XXI se presenta como una opción actual para una evolución radical de la vida humana. Veamos este último repaso histórico:

En la Reforma se desarrollan las bases del libre examen y del pensamiento crítico; y con la Ilustración y el Romanticismo con base en la razón y la libertad respectivamente, servirán de fundamento para el anarquismo. Luego surgen los liberales radicales, que junto a los socialistas utópicos han sido considerados dos precursores cercanos del anarquismo moderno. Con pensadores y activistas previos como William Godwin o Gustave de Molinari, el anarquismo se desarrolla ya en el siglo 19 primero con la obra de Pierre-Joseph Proudhon, para luego expandirse y fortalecerse llegando las primeras discusiones en la Primera Internacional especialmente con la militancia y el pensamiento de Mijail Bakunin, entre otros. En Europa se dan a conocer las escuelas clásicas del anarquismo: mutualismo, anarcocolectivismo y anarcocomunismo. En el continente americano el anarquismo tiene precursores nativos como Henry David Thoreau o Josiah Warren, que formarán una tradición individualista de mercado que luego hará contacto con las ideas europeas; posteriormente y relacionada con la migración europea anarcosocialista se da en Norteamérica el evento del 1 de mayo de 1886, y en Latinoamérica el anarcosindicalismo llega a ser el primer movimiento obrero organizado de la región, ejemplo notorio fue la FORA argentina.

El siglo 20 conoció varias rebeliones anarquistas, como el mayo francés, movimientos emancipadores, cuyo ejemplo más notable es. escuela modelo y algunas revoluciones de influjo anarquista como la zapatista, la majnovista o la catalana. En esta última se formaron, de la mano de la CNT, multitud de colectividades que luego fueron suprimidas por la República Española  En ese mismo siglo, si bien su influencia decrece, se desarrollan nuevas escuelas dentro del anarquismo socialista y del anarquismo de mercado, que además reciben aportes de movimientos y corrientes radicales paralelas.  En los últimos años del siglo XX y primeros años del XXI, fenómenos como las pymes y la economía asociativa, el crecimiento del arbitraje y la seguridad privada, y otros relacionados a la globalización y la era de la información, son considerados sucesos en que encuentran acogida en las ideas ácratas de un sistema social  donde el sector privado y el sector voluntario desplazan y eliminan al sector público.


[1] Jacques Derrida (El-Biar 15 de julio de 1930 — París 8 de octubre de 2004), ciudadano francés nacido en Argelia, es considerado uno de los más influyentes pensadores y filósofos contemporáneos. Su trabajo ha sido conocido popularmente como pensamiento de la deconstrucción, aunque dicho término no ocupaba en su obra un lugar excepcional. “Lo revolucionario de su trabajo ha hecho que sea considerado como el Nuevo Emmanuel Kant por el pensador Emmanuel Lévinas y el Nuevo Friedrich Nietzsche según Richard Rorty”. Es, acaso, el pensador de finales del siglo XX que más polémica ha levantado y que más se ha hecho acreedor al concepto de Iconoclasta.

[2] Martin Heidegger (Messkirch, 26 de septiembre de 1889 – Friburgo de Brisgovia (Freiburg im Breisgau), 26 de mayo de 1976) Filósofo alemán que introdujo los textos de Friedrich Nietzche en la filosofía académica. Es una de la figuras protagónicas de la filosofía contemporánea que influyó en  la filosofía del existencialismo del siglo XX, y  uno de los primeros pensadores en apuntar hacia la «destrucción de la metafísica» (movimiento que sigue siendo repetido), en «quebrar las estructuras del pensamiento erigidas por la Metafísica (que domina al hombre occidental)», y que planteó que «el problema de la filosofía no es la verdad sino el lenguaje», con lo que hizo un aporte decisivo al denominado giro lingüístico, problema que ha revolucionado la filosofía.

[3] Bajo el rótulo de Escuela de Frankfurt se engloban las investigaciones de varios filósofos, psicólogos, economistas y sociólogos neo-marxista perteneciente o cercano al Instituto de Investigaciones Sociales fundado por Felix Weil que, a su vez, estaba asociado a la Universidad de Fráncfort. El rótulo Escuela de Frankfurt se hizo famoso en la década de 1960, tanto en Alemania como en el resto de países que, de alguna manera, siguieron las discusiones teóricas y políticas que pretendían una teoría social y política crítica y de izquierdas, siendo a la vez distante de la ortodoxia del “socialismo realmente existente” (URSS). Sin embargo no existió, como tal, una “escuela”. El carácter publicístico del rótulo ha provocado dos consecuencias: 1) unificar teorías distantes e, incluso, contradictorias bajo el mismo concepto, 2) minimizar las diferencias teóricas entre los diferentes autores. Una consecuencia de esto último ha sido establecer algo así como una línea ininterrumpida de progreso teórico que va desde las primeras formulaciones (Max Horkheimer, Teoría tradicional y teoría crítica, 1938) hasta Jürgen Habermas y su Teoría de la acción comunicativa (1981).

[4] Tomas Ibáñez (Zaragoza 1944) es un conocido militante libertario que inicio su andadura política en tanto en Francia como en España desde principios de los años 1960 hasta los inicios de 1980. dentro de los grupos juveniles anarquistas franceses y de jóvenes exiliados españoles.

[5] Mijaíl Alexándrovich Bakunin (Михаил Александрович Бакунин en ruso) (30 de mayo de 1814 – 1 de julio de 1876), Anarquista ruso contemporáneo de Karl Marx. Es posiblemente el más conocido de la primera generación de filósofos anarquistas, y considerado uno de los “padres del anarquismo”, dentro del cual defendió la tesis colectivista. Además también perteneció a la francmasonería, con la intención de inclinarla hacia postulados anarquistas.

[6] Piotr Alekséyevich Kropotkin (En ruso: Пётр Алексе́евич Кропо́ткин) (9 de diciembre de 1842 – 8 de febrero de 1921) fue geógrafo, aparte de pensador político ruso, siendo considerado uno de los principales teóricos del movimiento anarquista, dentro del cual fundó la escuela del anarco comunismo. El tema central de los numerosos trabajos de Kropotkin fue la abolición de toda forma de gobierno en favor de una sociedad que se rigiera exclusivamente por el principio de la ayuda mutua (título de uno de sus libros) y la cooperación, sin necesidad de instituciones estatales. Esa sociedad ideal (comunismo anarquista o anarco comunismo) sería el último paso de un proceso revolucionario que pasaría antes por una fase de colectivismo (el anarco colectivismo, teoría en ciertos aspectos cercana al tipo de comunismo planteado aquí). Su ideario anarco-comunista se basaba en principios como el de “a cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad”, en contra de lo que pensaba Bakunin. Probablemente su libro más importante para el pensamiento anarquista sea La Conquista del Pan (1888).

[7] Karl Heinrich Marx (Tréveris, Renania-Palatinado, 5 de mayo de 1818 – Londres, 14 de marzo de 1883) fue un filósofo, historiador, sociólogo, economista, escritor y pensador socialista alemán. Padre teórico del socialismo científico y del comunismo, junto a Friedrich Engels, es considerado una figura histórica clave para entender la sociedad y la política.

[8] Friedrich Engels (Barmen – Elberfeld, actualmente Wuppertal, Renania, entonces parte de Prusia, 28 de noviembre de 1820 – Londres, 5 de agosto de 1895) Filósofo y revolucionario alemán, amigo y colaborador de Karl Marx. Coautor con él de obras fundamentales para el nacimiento de los movimientos socialista, comunista y sindical, y dirigente político de la Primera y de la Segunda Internacional Socialista.

[9] William Godwin  (1756-1836). Escritor, ensayista, filósofo, político y pensador inglés, nacido en Wisbech, Cambridgeshire, donde su padre era un misionero disidente. Fue educado en Hoxton. Ingresó al ministerio religioso en 1778. En 1783 tuvo una crisis existencialista que le apartó de la religión y le hizo asumir la literatura como opción de vida. Ganó gran renombre como periodista político sobre todo. Su obra fundamental se llamó “Investigación sobre justicia política” (1793) es considerada a veces como una de las pioneras en la formulación de los ideales anarquistas. Godwin se oponía a toda forma de organización política y veía con auténtico horror toda forma de gobierno y, en especial, la del gobierno de la violencia y de las masas, fácilmente manipulable. Para Godwin «la historia de la humanidad apenas es otra cosa que un registro de crímenes» y el culpable de la corrupción es la organización política de la sociedad que, necesariamente, corrompe.

[10] Errico Malatesta (* 14 de diciembre de 1853 Santa Maria Maggiore, Campania, Italia — 22 de julio de 1932, Roma) Uno de los grandes teóricos del anarquismo moderno pues con él se cierra la etapa de los clásicos anarquistas, junto a Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin, Benjamin Tucker y Piotr Kropotkin. Su pensamiento post-materialista abre una corriente, hasta el momento inexistente en la teoría anarquista, hecho que le llevará a un conflicto ideológico con el mismo Kropotkin al que considerará cercano al positivismo. Sus teorías influirán en las nuevas corrientes filosóficas que surgen a fines del siglo XIX y comienzos del XX en torno al neokantismo y neo idealismo.

[11] Ver definición de Caos en el Capítulo 1 “Venezuela y las leyes del caos Social” Capítulo 2: La Ley del Vórtice

[12] Robert Musil (Klagenfurt, 6 de noviembre de 1880 – Ginebra, 15 de abril de 1942) fue un escritor austríaco. En El hombre sin atributos (1930–1943) examina la existencia sin objetivos de su personaje principal, Ulrich, un antihéroe, sobre el fondo de una minuciosa recreación de la sociedad austriaca anterior a 1914 en plena crisis. El hombre sin atributos constituye una de las obras narrativas más ambiciosas del siglo XX y consagró póstumamente a su autor, como un escritor que en sus obras combinó de una manera excepcional la ironía con la utopía, para analizar la gran crisis espiritual de su época y la descomposición del Imperio austro-húngaro.

[13] El taoísmo, palabra derivada de un carácter del idioma chino que debería entenderse como “intuición, sensibilidad, espontaneidad, vida” o de manera más abstracta como “sentido”. El Taoísmo se desarrolló a partir de las escrituras de Lao Tzu, el Tao Te King cuya esencia se encuentra en El Clásico de la Vía y su Poder, o camino de la vida su Virtud, entendiendo a ésta como “naturaleza propia”.

[14] Niveladores (Levellers en inglés) fue la forma en que se le llamó a una alianza informal de folletistas y agitadores políticos que surgió en Inglaterra cuando se desató el conflicto entre el rey y el Parlamento, en la década de 1640. Eran privatistas y democráticos a partir de principios más o menos afines a la libertad individual.

[15] Los Cavadores, o Diggers eran una facción cristiana que luchó en la guerra civil inglesa y fue fundada en 1649 por Gerrard Winstanley. En un principio se hicieron llamar “Verdaderos Niveladores” (True Levellers), por contraposición a los Levellers o Niveladores.

[16] Los Disidentes ingleses, también llamados inconformistas, fueron reformadores que se opusieron en Inglaterra a la interferencia del estado en los asuntos religiosos, incluso en asuntos no religiosos, y fundaron sus propias comunidades autónomas del poder episcopal y político.

[17] Los siete contra Tebas (en griego antiguo Ἑπτὰ ἐπὶ Θήϐας: Heptá epi Thēbas) es uno de los episodios más dramáticos de la mitología griega, siendo por ello uno de los preferidos por los dramaturgos clásicos, que incluyeron fragmentos de esta historia en sus obras, y en especial Sófocles con su serie de Edipo y Esquilo, que recogió la historia de los siete contra Tebas en una obra titulada de la misma forma.

[18] Zenón de Citio (en griego Ζήνων ο Κιτιεύς) (el Estoico) (333 – 264 a. C.), filósofo de Citio, Chipre, en aquel tiempo colonia griega. discípulo de Crates de Tebas y de Estilpón de Megara, comerciante, como lo fuera su padre, hasta los 42 años, momento en el que funda su escuela. Sus enseñanzas dieron lugar al nacimiento de la doctrina del estoicismo. Su pensamiento toma elementos de Heráclito y Platón, y algunos de Aristóteles, y combate sobre todo la escuela contrincante de su tiempo: la de Epicuro.

[19] Bertrand Arthur William Russell, 3er Conde de Russell, (18 de mayo de 1872 – 2 de febrero de 1970) Filósofo, matemático y escritor británico. Pacifista y prominente racionalista. En filosofía contribuyó alertando acerca de las trampas del lenguaje, sentando así el método y las motivaciones de la filosofía analítica. Sus contribuciones de contenido incluyen su innegable artículo maestro Sobre el Denotar y una serie de libros y artículos en problemas desde la filosofía de las matemáticas, la metafísica, la epistemología, la inferencia científica y la ética a una serie de enfoques interesantes y fértiles al problema mente-cuerpo, enfoques discutidos hoy en día por variedad de filósofos importantes como David Chalmers, Michael Lockwood, Thomas Nagel, Grover Maxwell y Mario Bunge.

[20] Étienne de La Boétie Escritor y político francés nacido en Sarlat el 1 de noviembre de 1530. A los 16 años escribió “Discours de la servitude volontaire ou Contr’un” (Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno), publicado en 1576, lo que le valió el respeto de Michel de Montaigne. A partir de 1560 participa junto a Michel de l’Hospital en diversas negociaciones para lograr la paz civil -predicando la tolerancia- en las guerras de religión que oponían a católicos y protestantes. El Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno es una corta requisitoria contra el Absolutismo que sorprende por su erudición y solidez ya que quien lo escribió sólo tenía 16 años de edad. El texto de La Boétie plantea la cuestión de la legitimidad de cualquier autoridad sobre un pueblo y analiza las razones de la sumisión (relación dominación/ servidumbre). De esta manera el Discurso prefigura la teoría del contrato social e invita al lector a una minuciosa vigilancia siempre con la libertad como punto de mira. Murió por la peste en Germignan el 18 de agosto de 1563 a los 33 años

[21] Gerard Winstanley (1609 – 1676) Comunista utópico, revolucionario y cristiano inglés del siglo XVII. Ideólogo de las corrientes de extrema izquierda en la revolución burguesa inglesa. Su comunismo nivelador aboga por la colectivización de la tierra y de todos los recursos naturales como bienes fundamentales de todo el pueblo. El régimen ideal debe basarse en la reducida economía de los pequeños campesinos y artesanos y la producción y las mejoras técnicas están llamadas a proporcionar abundancia de bienes materiales al pueblo para ayudarle a emanciparse de las fuerzas de la naturaleza, a ser autónomo respecto a ella, sin despreciar su valor en la creación.

[22] Murray Newton Rothbard (2 de marzo de 1926 – 7 de enero de 1995) Economista, historiador, teórico político, y anarquista estadounidense perteneciente a la escuela austríaca de economía, que ayudó a dar forma al liberalismo libertario. A partir de las tesis austríacas del orden espontáneo y del rechazo a la planificación central llegó a las conclusiones de los anarcoindividualistas del siglo XIX junto con aportaciones propias, a lo que denominó anarcocapitalismo. Sostenía que “cualquier servicio que verdaderamente preste el gobierno podría ser suministrado en forma mucho más eficiente y moral por la empresa privada y cooperativa”. Según Rothbard las actuales funciones del Estado se dividen en dos: aquéllas que es preciso eliminar, y aquéllas que es preciso privatizar.

[23] François Marie Charles Fourier (Besanzón, 7 de abril de 1772 – París, 10 de octubre de 1837) Socialista francés de mediados del siglo XIX y uno de los padres del cooperativismo. Adversario de la industrialización y de la civilización urbana, respaldó el liberalismo , a la la familia basada en el matrimonio y la monogamia.

[24] François-Noël Babeuf, (Saint Quentin, 23 de noviembre de 1760 – París, 27 de mayo de 1797), político, teórico y revolucionario francés, también conocido como Gracchus o Gracus. Edita Le Correspondant picard en París y en febrero de 1793 es encarcelado. A partir de 1794, Babeuf publica el Journal de la Liberté, que se convierte el 5 de octubre en Le Tribun du peuple, que alcanza gran difusión. Encarcelado de nuevo el 7 de febrero de 1795 y liberado el 18 de octubre de 1795, relanza rápidamente la publicación de Le Tribun du peuple. Postulaba la organización de la sociedad sobre la base del trabajo en común y una revolución social que debía completar la revolución realizada desde 1789, defendiendo, incluso, el empleo de la violencia y la necesidad de un periodo de dictadura. Firme defensor de la abolición de la propiedad privada y del derecho de herencia así como de la colectivización de la tierra ha sido considerado como uno de los primeros teóricos del socialismo y, a través de esa ideología, tanto un predecesor del comunismo como un pre-anarquista.

[25] William Godwin (3 de marzo de 1756 – 7 de abril de 1836) fue un político y escritor británico, considerado uno de los más importantes precursores liberales del pensamiento anarquista y del utilitarismo. Es también famoso por las mujeres con las cuales estuvo vinculado durante su vida: se casó con la escritora feminista Mary Wollstonecraft en 1797 y junto a ella tuvo una hija, también llamada Mary, que ha pasado a la posteridad como la compañera del poeta Shelley y autora de la novela gótica Frankenstein. En 1793, con la revolución francesa en pleno apogeo, Godwin publicó su obra magna sobre ciencias políticas: The Inquiry concerning Political Justice, and its Influence on General Virtue and Happiness (“Disquisición sobre la justicia política y su influencia en la virtud y felicidad de la gente”). Aunque, hoy día, este trabajo es poco conocido y menos leído, supuso un hito en el pensamiento inglés. Godwin nunca había sido un obrero en ningún momento de su vida, pero no obstante era un motor para los obreros: un motor con efectos políticos. Justicia Política se convirtió en una obra al mismo nivel de la Areopagitica de Milton, el Ensayo sobre la educación de Locke y el Emilio de Rousseau.

[26] Gustave de Molinari (3 de marzo de 1819 – 28 de enero de 1912) Economista belga nacido en el extinto Reino Unido de los Países Bajos, asociado a la escuela del laissez-faire de los economistas liberales franceses, como Frédéric Bastiat y Hippolyte Castilla. Exponente del pacifismo y precursor del anarcocapitalismo.

[27] Pierre-Joseph Proudhon (15 de enero de 1809 / 19 de enero de 1865), filósofo político y revolucionario francés, y padre del pensamiento anarquista y de su primera tendencia económica, el mutualismo. En 1843 escribió dos obras importantes: “La creación del orden en la humanidad” y “El sistema de las contradicciones económicas o la Filosofía de la miseria”. Esta última dio lugar a una dura respuesta de Marx, quien escribió su “Miseria de la filosofía”, precisamente un año después de publicada “Filosofía de la miseria” (1844). El pensamiento de Proudhon parte, ante todo, de la filosofía de la Ilustración. Los empiristas ingleses (Locke, David Hume, etc.) y los enciclopedistas franceses, como Voltaire, Helvetius, y particularmente Diderot, son con frecuencia el presupuesto tácito o explícito de sus desarrollos doctrinales. Ataca duramente a Rousseau (como antes Godwin y después Bakunin), pero toma de éste algunas de sus ideas básicas. También influyen sobre Proudhon las agudas críticas de los socialistas utópicos, como Saint-Simon y Fourier, aunque nadie más renuente que él a las construcciones ideales y al trazado de brillantes cuadros futurísticos.

[28] Francisco Pi y Margall (n. 20 de abril de 1824, Barcelona; † 29 de noviembre de 1901, Madrid) Político, pensador y escritor español, Presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española entre el 11 de junio y el 18 de julio de 1873. Partidario de un modelo federalista para la Primera República, supo unir las influencias de Proudhon para llevar a cabo la política del Estado.

[29] Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817 – 6 de mayo de 1862). Escritor, trascendentalista, y filósofo anarquista estadounidense famoso por Walden y su tratado La desobediencia civil.

[30] John Henry Mackay (Greenock, Escocia; 6 de febrero de 1864 – Berlín, Alemania; 16 de mayo de 1933), pensador y escritor anarcoindividualista. Entabló amistad con el anarcoindividualista estadounidense Benjamin Tucker, llegando a publicar varios artículos en la revista de éste, Liberty.

[31] Benjamin R. Tucker (17 de abril de 1854 – 22 de junio de 1939) fue un teórico estadounidense del anarcoindividualismo filosófico y de la economía mutualista en el siglo XIX. Tucker, compartió las ideas con los simpatizantes del amor libre y del libre pensamiento, acerca del rechazo en contra de la  legislación de carácter religiosa, pero vio, además, la pobre condición de los trabajadores americanos como un resultado de cuatro monopolios capitalistas: Dinero, terratenientes, aranceles y patentes.

[32] Josiah Warren (1798-1874), anarquista estadounidense del siglo XIX.   Se le considera el padre de los anarcoindividualistas estadounidenses y uno de los primeros teóricos del anarquismo de mercado, cercano en cierto modo al mutualismo por su principio del costo. También es considerado el primer anarquista moderno.

Libros: “Periodistas sometidos”

Periodistas sometidos

por Juan Leiva

Acaba de aparecer un libro con el título de Periodistas sometidos y el subtítulo de Los perros del poder. Ambos titulares desvelan lo que quiere manifestar la obra, pero lo supera con creces el contenido. Su autor es Francisco Rubiales Moreno (1948), doctor en Periodismo, corresponsal de guerra (Ramadán 1973, Nicaragua 1979 y El Salvador 1980), director de las delegaciones de la Agencia EFE en Cuba, Centroamérica e Italia y director de Comunicación de Expo’92. Actualmente es profesor de postgrado en las universidades de Sevilla y Cádiz, presidente del grupo Euromedia Comunicación y director de revistas y foros especializados. Autor de varias obras, entre otras, Democracia Secuestrada y Políticos, los nuevos amos, cuya trilogía culmina ahora con Periodistas sometidos.

Paco Rubiales es gaditano por naturaleza y sevillano por afincamiento y ejercicio de la Información. Su análisis exhaustivo, realizado con una integridad profesional y una honradez científica incuestionables, es el mejor aval para clarificar nuestro pasado, iluminar nuestro presente y prever el futuro de nuestro periodismo. Un libro destinado a periodistas y a ciudadanos preocupados por la democracia. Con este libro, la Editorial Almuzara intenta llenar una gran laguna de la Información del siglo XX y lo que está sucediendo en Occidente en esta primera década del siglo XXI.

El sistema democrático es el más reconocido del mundo y todos los países se lo apropian, desde los más liberales hasta los más totalitarios. Pero, en la actualidad, plantea interrogantes que cuestionan seriamente su idoneidad para hacer frente a las exigencias de representatividad de la ciudadanía y para conseguir su cohesión social. Un balance de los logros de la democracia en nuestra época resulta de un pesimismo demoledor: los poderes mediáticos, los periodistas cómplices, las verdades y las mentiras a medias, las alianzas entre periodistas y ciudadanos, los esclavos y servidores del poder y los periodistas manchados por el oprobio son otros tantos temas que se tratan en profundidad a través de sus 9 capítulos.

Rubiales denuncia que las democracias occidentales quieren un periodismo servil, por parte de los profesionales, y una aceptación pasiva, por parte de los ciudadanos, más que un periodismo independiente y un consentimiento positivo de la ciudadanía. Y lo justifica con la siguiente metáfora: “La democracia es el único sistema que ha conseguido encerrar a los grandes poderes, sobre todo al insaciable poder del Estado, en una jaula con siete cerrojos. La prensa libre es el séptimo sello que cierra esa jaula”.

El libro es un formidable zamarreón para los que somos periodistas y queremos ejercer la profesión con independencia y honestidad. Me atrevo a recomendarlo a los profesionales en la seguridad de que colmará los análisis más exigentes. Pero, al mismo tiempo, a los ciudadanos, porque se verán continuamente interpelados como el fundamento de una democracia activa. Es más, comprenderán por qué la democracia hoy se ha convertido en una burla de la ciudadanía, en una concepción elitista, en una mercantilización y en la privatización del poder político. Como consecuencia, las instituciones democráticas son compatibles con la desigualdad social, con la manipulación y con el control de la información por parte de las oligarquías consolidadas. Algo que todos debemos conocer.

Andalucía Información – Jerez de la Frontera,Andalucía,Spain

BRIC, la comunidad fantasma

BRIC

por Jorge Majfud

En el 2001 el británico Jim O’Neil inventó el nombre y quizás el concepto del grupo de algunos países emergentes, BRIC. A juzgar por el incremento anual del PBI promedio solo dos países destacan por arriba del promedio mundial: China e India (hasta hace un año Rusia también, pero la recensión ha contraído su economía más que a la brasileña). La inclusión de otros dos países con grandes extensiones de tierra hacía al grupo más visible.  Siguiendo el juego, algunos propusieron el nombre de RICH por las iniciales de Rusia, India y China. No obstante, en términos de ingleso per capita, los países del BRIC se sitúan por debajo de otros cincuenta países y las proyecciones más optimistas para el 2050 no mejoran mucho este ranking, aun cuando China supere en veinte años el volumen bruto del PBI de Estados Unidos. Sin mencionar el abismo que separa ricos de pobres en cualquiera de los cuatro países, característica que puede soportar un país rico y hasta un país poderoso pero nunca un país verdaderamente desarrollado.

Pero ¿por qué el éxito mediático de esta comunidad fantasma? La idea de BRIC combina una percepción de grandes manchas territoriales en el mapa mundial; sus PBIs son semejantes a cuatro países europeos pero sin una moneda común como la del Euro y con el Dólar como moneda enemiga en el discurso pero que ninguno quiere reemplazar en la práctica. La unidad del brick no va más allá de estos intereses puntuales pero se presenta a sí mismo como algo excepcional. Brasil, Rusia e India poseen democracias muy diferentes. Me atrevería a decir que la brasileña es la mejor de los tres, dentro de un casi obsoleto sistema representativo que impera en el mundo. China ni siquiera tiene un sistema representativo sino una especie de comunismo de mercado. Los cuatro países poseen formas políticas y sociedades en las antípodas. Brasil, un país afroamericano. La mayor comunidad africana fuera de África vive allí e impregna casi todos los rincones de su cultura, excepto en las clases altas del sur industrializado. Rusia es una sociedad hecha en el rigor invernal de zares y moldeada por un siglo de experimentos comunistas seguido de un capitalismo abiertamente salvaje. India, una sociedad subtropical sobre una cultura milenaria que en algunas provincias aun distingue por su nacimiento a intocables, los hombres excremento que limpian las letrinas, y a castas un poco más blanquitas que se consideran el aliento de Brama. Y China, un país en proceso rápido de industrialización pero cuya cultura es en mayor parte rural, todavía obediente, todavía laboriosa, todavía populosa pero cada vez menos austera.

Entonces, ¿qué une al ladrillo? Dos cosas y poco más: (1) su interés por jugar un rol más importante en la geopolítica y (2) confirmar el éxito de sus originales proyectos pareciéndose cada vez más a la sociedad norteamericana, la que sigue siendo el demonio en los discursos, el mal ejemplo a evitar pero el modelo imitado sin tregua. En palabras orgullosas del ministro de Asuntos Estratégicos brasileño —profesor de Harvard y de Obama— Roberto Unger, “Brasil es el país del mundo más parecido a Estados Unidos”. El concepto mismo de “países emergentes” se define según los estándares impuestos por la idea de “éxito” de Estados Unidos: los índices en las bolsas de valores, la automovilizacion de la vida, la nuevayorkización de las ciudades, la expansión de las autopistas, de los shopping centers, el aumento del consumo a través del consumismo, etc. Hasta la adopción de las sectas religiosas procedentes de Estados Unidos es consecuente con esta imposición de una forma de ser, de pensar, de sentir y de medirse a sí mismo.

Si a Estados Unidos e Inglaterra los unían los intereses económicos e imperiales, también los unía una cultura en común y sociedades muy parecidas. Poco y nada une a los BRICs. Es decir, estamos ante una asociación muy útil que dará resultados interesantes a corto plazo. Pero se partirá apenas un mínimo interés entre en conflicto, apenas Estados Unidos, el socioenemigo en común, mengue su poder relativo sobre el planeta; apenas se reemplace al dólar, que empezando por China pocos  tienen interés en reemplazar por un papel nuevo. O antes.

Todas las proyecciones se realizan considerando un escenario presente y sosteniéndolo. Sin embargo, el sostenimiento de un escenario genera condiciones que acumuladas suelen producir resultados imprevistos. Es decir, mantener significa postergar una crisis. En los años 60 se preveía el fin del petróleo para el 2000. Pero siempre hay alguien inventando algo nuevo que cambia cualquier escenario.

Un escenario que nadie considera en cada uno de estos modelos de desarrollo es la alta posibilidad de una gran crisis en China. Es difícil sostener un indefinido incremento anual del 12 por ciento del PBI, realizar una industrialización en la era post industrial en un país mayoritariamente rural sin un profundo cambio en la educación y en la cultura. Inevitablemente la nueva sociedad china reclamará una progresiva democratización del sistema político. Una democratización al estilo de las viejas democracias representativas que antes de la mitad de este siglo se revelarán obsoletas ante una masa mundial que reclamará una participación más directa. Y esa crisis político-económica quizás llegue cuando el mundo alcance un límite de saturación entre el exceso de gasto de recursos naturales y la incapacidad de seguir absorbiendo tantas toneladas de baratijas y basura de exportación.

En el caso de Brasil es difícil reprocharle a Lula no haber hecho las cosas bien. Por lo menos no lo hizo mal. Si bien su slogan preelectoral de “fome zero” está muy lejos de ser algo parecido a la realidad, no son pocos los brasileños han pasado de una pobreza crónica a una clase media con mayores posibilidades. No obstante, mientras la economía de China sigue creciendo un exagerado 8 por ciento anual en plena recensión mundial, Brasil apenas sale de su recensión. Cuando Lula escribe en El País de Madrid que “hoy generamos el 65% del crecimiento mundial”, refiriéndose al BRIC, omite que el BRIC al día de hoy representa solo el 15 % de la economía mundial (la mitad de EEUU) y que solo China produce lo que producen los otros tres países juntos. A pesar de los progresos realizados, el crecimiento del PBI brasileño ha estado muy por debajo de muchos otros países emergentes con menos visibilidad. Sin mencionar que, si excluimos este último año de recesiones, México no ha estado lejos de Brasil en crecimiento porcentual y absoluto. Es más, con la mitad de población, con menos recursos naturales y con un territorio mucho menor, su PBI es algo más de un trillón de dólares, mientras que el de Brasil es 1.5 trillones. Lula omite también que en el último año solo el 2 % del comercio de China fue con su vecino, Rusia.

Pero más allá de las distintas percepciones sobre estos datos declarados y omitidos, se sigue confundiendo riqueza con desarrollo. Y lo que es peor, se termina de liquidar cualquier otra opción para imaginar un mundo que no se mida exclusivamente en términos de fuerza y de éxito, de capital y de “investment grade”, de consumo y de competencia. Todo eso que nos hace tan parecido a las vacas que pastan todo el día en el campo y rumian mientras descansan. Vacas consumidoras, vacas para la exportación de carne; ni siquiera vacas sagradas.

De justicia social, de igual-libertad, de infancia desviolentada, de pueblos desoprimidos, de trabajo desesclavizado, de países y de ciudades desamuradas… hablamos el siglo que viene.

Lincoln University, junio 2009

EL DESPOTISMO ELECTORAL

despotismo

Por Pedro Corzo

El despotismo electoral parece ser la formula política a usar en el siglo XXI por aquellos gobernantes que tienen una clara vocación autoritaria,  pero que gustan vestir su liderazgo  con la legitimidad que confiere el voto.

En el Siglo XX,  cuando todavía la tecnología de la información estaba en pañales, la práctica para aparentar que el Jefe de Gobierno era un demócrata respetuoso de las leyes, pasaba por la compra de votos, el robo de las urnas electorales o simplemente un conteo fraudulento que favorecía el candidato que amparaba el gobierno.

Aunque en la actualidad esa fórmula no se ha erradicado por completo, también se utilizan otros métodos más sofisticados que permiten encubrir con más eficiencia los verdaderos fines de aquellos que a la vez que buscan el poder absoluto,  intentan perpetuarse en el poder.

Uno de los métodos  usado es la modificación  a conveniencia de los padrones electorales, conceder a extranjeros partidarios del proyecto documentos que lo acrediten como nacionales o reprogramar las computadoras para que alteren el voto emitido por el elector.

Por supuesto que otro avance hacia el control político es la reestructuración de los poderes públicos, en una palabra, establecer lo que algunos denominan  dictadura institucional. Juntos a las promesas de reformas, de cambios urgentes se suma la vulgar compra de favores  y la no menos prosaica corrupción.

El primer paso es una Asamblea Legislativa, preferiblemente unicameral, en la que la facción despótica  pueda actuar como aplanadora de una eventual oposición,  y así legislar con la legitimidad que confiere el voto, contra el propio pueblo que la favoreció.

El control del poder Judicial es de suma importancia para que el Gobernante pueda actuar en el  marco legal. La capacidad de nombrar nuevos magistrados incondicionales, la posibilidad de desacreditar y posteriormente relevar a los sediciosos es determinante. Jueces incondicionales al Proyecto que encuadren en la legalidad vigente las pretensiones del Conductor, son aspectos que permiten conservar el matiz democrático del gobierno.

Una estructura que merece una atención especial son las fuerzas armadas. El discurso debe ser en extremo nacionalista. Refundacional. Glorificador del rol de los militares en la sociedad. Ofrecimientos de reformas institucionales y modernización de la técnica de combate, junto a la sensibilización del cuerpo armado con los históricos problemas que padece la sociedad de la que proceden. Prebendas, favores, privilegios y honores también integran el cóctel.

El cuerpo electoral es importante. Deben interpretar la reglamentación electoral de forma que favorezca al Mentor, e implementar las nuevas legislaciones  y disposiciones según convenga a este.

La sociedad civil, hoy tan compleja y rica en expresiones,  también exige una atención y cuidado especial,  aunque deben utilizarse  otros métodos y tener una mayor flexibilidad. En los primeros tiempos no se puede ser brusco, acosar y menos reprimir, si se quiere aparentar legitimidad y lo que es más importante, sembrar el desconcierto y la duda  en aquellos sectores y personalidades que por diferentes motivos pueden estar identificados o inclinados al Proyecto.

Cada entidad ajena al gobierno merece un trato único.

Los sindicatos y colegios profesionales deben ser reinventados. El primer paso es captar sus líderes y ajustar sus fines, pero de no ser posible hay que desacreditarlos, destruirlos moralmente. Han de constituirse  instituciones parálelas devotas del gobierno que estén listas para servir como instrumento   y base de la nueva sociedad.

Estos nuevos déspotas no tienden a la falsa austeridad de sus predecesores del socialismo real, ni sufren del fanatismo doctrinal de aquellos. Gustan del lujo y del confort y por eso prefieren crear una clase empresarial parásita y dependiente del estado, que cuando llegue el momento puedan enfrentar las corporaciones  empresariales y gremios del ramo, que chocan con el proyecto económico gubernamental.

Por supuesto que esto no impide la confiscación y estatización de aquellos sectores de la economía que el Poder pueda valorar como estratégicos, pero por lo regular, habrán excepciones, no buscan el control económico total, salvo en la medida que les permita mantenerse en el poder. Esa es una de las diferencias claves entre el  Socialismo Real y al que denominan del Siglo XXI.

Los medios de comunicación ejercen sobre ellos una atracción que es fatal para los profesionales de la comunicación. Son a la vez el personaje de la noticia, y su intérprete.  Reproducen aquel viejo dicho de que el individuo era tan protagonista que en el funeral quería ser el muerto, pero también el que despidiera el duelo. Les place ser tratados como estrellas de espectáculos y actuar como tales.  En su definición del poder la comunicación directa y masiva con la población es vital, y por eso conducir sus propios programas de radio y televisión es de gran urgencia.

Controlar los medios de comunicación es un objetivo clave en la práctica del poder. La confiscación de los medios es un recurso, pero el preferido es incorporarlos al Proyecto. La prensa “viste” de democracia,  y un periodismo cipayo es el traje de gala de la dominación.

Libros: “Iberoamérica 2020: Retos ante la crisis”

retos

La directora de la Fundación Carolina, Rosa Conde, considera que América Latina, una región que ha experimentado un gran avance en el terreno económico y democrático en la última década, debe centrarse en fortalecer sus instituciones para dar el salto al futuro.

Conde, socióloga y quien ocupó el cargo de ministra portavoz con el ex presidente del Gobierno español Felipe González, ha coordinado el libro “Iberoamérica 2020: Retos ante la crisis”, en el que el ex gobernante español actúa como editor, que será presentado este jueves en Madrid.

Un texto en el que líderes políticos, expertos económicos e intelectuales han unido sus esfuerzos para hacer un diagnóstico de los riesgos y oportunidades que afronta la región.

En una entrevista con Efe, Conde explicó hoy que en todos los análisis que ofrece el ensayo hay una “apuesta clarísima por las reformas institucionales”.

Porque “sólo con instituciones solidas, con una mayor calidad de la democracia, América Latina pueda dar el salto definitivo”, agregó.

El texto comienza con una introducción de Felipe González, nombrado embajador plenipotenciario y extraordinario para la Conmemoración del Bicentenario de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas.

“América Latina: la crisis y el futuro” es el título del artículo firmado por el ex presidente del Gobierno español y que da paso a siete capítulos en los que “subyace”, precisó Conde, otra idea común: la “importancia de la educación como elemento central del desarrollo” en la región.

El primer capítulo del texto está dedicado a los riesgos y las oportunidades que la globalización conlleva para América Latina.

Un análisis que cuenta con la contribución de los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, Ricardo Lagos, Julio María Sanguinetti y Ernesto Zedillo, junto al escritor mexicano Carlos Fuentes.

“Tras este primer brochazo general del impacto de la globalización en América Latina”, dijo Conde, se examina la situación económica de la región y el efecto de la crisis tras un lustro de crecimiento.

En este apartado, los expertos también coinciden, indicó la directora de la Fundación Carolina, en la necesidad de implementar “políticas macroeconómicas sanas relacionándolas con la cohesión social”.

A este epígrafe contribuyeron Enrique Iglesias, secretario general iberoamericano; José Luis Machinea, quien fue Secretario Ejecutivo de la CEPAL, y Carlos Solchaga, ex ministro español de Economía.

El texto examina la potencialidad de la región en el terreno energético, con la visión de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y de la política brasileña Dilma Rousseff, entre otras personalidades.

Y para mostrar como se hace frente a las profundas raíces históricas de la desigualdad social, se requirió la colaboración de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, que firma un capítulo titulado “Crecer para incluir e incluir para crecer: desarrollo económico y cohesión social en América latina”.

Apartado que también da acogida a la opinión del presidente de Brasil, Luis Inácio da Silva, y a la experta Rebeca Grynspan.

Los efectos de los flujos migratorios, con la participación de los mandatarios de Ecuador y Perú, Rafael Correa y Alan García, respectivamente; la inseguridad en la región y las necesarias reformas institucionales, son otros asuntos abordados.

La idea de reunir en un texto la visión de prestigiosas voces surgió, explicó Conde, a raíz del proyecto de Felipe González de crear un grupo de personalidades cuyas opiniones permitan analizar los distintos aspectos de la sociedad latinoamericana.

Un planteamiento que la directora de la Fundación Carolina propuso a González -actual presidente del “comité de sabios” de la Unión Europea (UE)- trasladar a este ensayo.

El libro (editado por Siglo XXI), que será publicado esta semana en Latinoamérica, quiere ser un aporte más desde España a las conmemoraciones de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas, concluyó Rosa Conde.

¿Y AHORA QUÉ? DE FERNÁNDEZ BOGADO, UNA MIRADA CRÍTICA HACIA LAS DEMOCRACIAS LATINOAMERICANAS

Uno de los principales méritos de Benjamín Fernández Bogado con su nueva obra ¿Y ahora qué? Itinerario de la eterna desilusión política en América Latina, es recordarnos que “una democracia sin ciudadanía es imposible; que una verdadera ciudadanía es responsable al escoger y al vigilar, al exigir, al defender el cumplimiento de lo ofrecido en los procesos electorales”, afirmó Eleael Acevedo, presidente del Instituto Morelense de Información Pública y Estadística.

Pero también Benjamín nos explica en su obra por qué somos tan asiduos a repetir el mismo error de entregar la responsabilidad pública y después desentendernos de ella, agregó Acevedo durante la presentación realizada el pasado jueves en la Casa de la Cultura Jurídica de Cuernavaca.

Incluso hoy en México se debate por qué “es más fácil no participar para no ser responsables, pues es siempre más cómodo ver que participar. Pero al hacernos ajenos de la vida pública dejamos que el gobierno sea conducido por voluntarismos torpes, demagogias infamantes y una ineficacia corrupta”, afirma Acevedo.

Certero, añade entonces: “Por eso la conclusión es inevitable: ‘detrás de ésta frustración colectiva que lleva a muchos a buscar soluciones mesiánicas, autoritarias o populistas, se esconden cuestiones básicas de entender el poder y el gobierno. América ha sido un continente de electores incapaces de presionar para lograr resultados favorables’”.

Y todo porque este es un problema histórico, un conflicto por el que atravesamos los ciudadanos de todos los países latinoamericanos: “El sistema colonial español nos enseñó a dejar en otro las decisiones públicas, desentendernos del poder, desvincularnos de cualquier responsabilidad pública, asumir la cosa pública como algo ajeno, impropio. Por lo mismo nos cuesta mucho trabajo ser activos después de una elección. Entregamos la representación política y abandonamos el proceso democrático, dejamos que otro sea el responsable para echarle la culpa al final de su mandato”.

De eso nos habla la obra, afirma Acevedo, quien destaca: “Coincido totalmente con Benjamín cuando comenta que la vieja ideología no es suficiente para explicar la complejidad de los cambios, menos aún para hacerla funcionar desde el poder. Por eso hemos visto emerger en los últimos años ‘socialistas humanistas’, izquierdistas pragmáticos, conservadores aggionados, fascistas disfrazados de demócratas, grupos étnicos montados en antiguas reivindicaciones postergadas, exguerrileros administrando la nostalgia y el pasado… y yo agregaría que alguno que otro chapulín experto en brincar de un partido a otro, o de una demagogia a otra”.

El presentador describió a la obra literaria como “prolífica, exhaustiva, puntillosa y martillante, sobre las múltiples conductas perniciosas que definen el perfil de los gobernantes y la clase política de nuestro subcontinente. Es una obra inteligente, atrevida y necesaria en estos tiempos, para quienes teniendo el intelecto suficiente no son víctimas de la demagogia, ni de la propaganda electoral”.

México vive en estos mementos un período electoral que culminará el 5 de julio próximo. Tanto el libro como la presentación tuvieron frases contundentes en torno al proceso democrático del que las elecciones son sólo una parte del mismo.

El libro fue prologado por el periodista, historiador y ex presidente boliviano Carlos Mesa Gisbert, quien comenta que Fernández Bogado “reflexiona sobre cuestiones de fondo, a propósito de las respuestas necesarias más allá de esta rueda de la fortuna. ¿Qué es gobernar? ¿Por qué nos gobernamos mal? No basta con mirar al pasado, sino, como él hace, hay que diseccionar el presente. Benjamín Fernández Bogado retrata de modo certero y válido los problemas que atraviesan buena parte de nuestras naciones”.

Fernández Bogado, abogado, periodista y escritor paraguayo, se encuentra viviendo en la Ciudad de México desde hace 9 meses, tiempo que utilizó para reflexionar en torno a las democracias en el continente y el nivel de malestar que existe en la población por sus resultados.

En este provocante, duro y certero libro publicado por la Editora Libre, la Fundación para la Libertad de Expresión y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el autor mira la realidad con ojos críticos, lo que llevó a Eleael Acevedo a calificarlo como un excelente ensayo, adecuado a nuestros tiempos y con las palabras exactas para describir momentos, situaciones y problemas políticos por los cuales estuvieron y están atravesando los países latinoamericanos.

El libro formula soluciones y respuestas lapidarias a nuestra pregunta diaria de ¿Y ahora qué?

El autor, refiriéndose al mensaje que desea transmitir su obra, reflexiona diciendo “si queremos mejores gobiernos, seamos mejores ciudadanos. Tenemos democracias con hambre, pobreza, problemas mayores y soluciones más difíciles. Debemos entender el presente, pero plantear fórmulas de solución para el futuro, no nos creamos incapaces de enfrentar a los problemas que se nos presentan”.

Concluyó diciendo que “estamos atravesando por tres grandes crisis, la crisis de identidad, la de valores y la de destino”.

Fernández Bogado, desea con esta obra provocar nuestra rebelión interior, como personas y ciudadanos habitantes de tierras latinoamericanas.

La obra tiene la facilidad de poder ser adaptada a cualquier situación política de cualquier país de América Latina.

Fernández Bogado nos reta a apostar por una democracia de ciudadanos libres y activos que modelen instituciones que sirven a sus propósitos de crear oportunidades de desarrollo y que tengan la capacidad de controlar los excesos del poder.

La conclusión sería que seamos pues, capaces de rebelarnos y aceptar el reto que el autor nos propone.

El libro lanzado oficialmente en Cuernavaca recorrerá con el autor otras ciudades de México. Así el viernes 19 será presentado en Pachuca, junto al resto de la colección de libros de la Fundación para la Libertad de Expresión, entre ellos Autorregulación periodística y Defensoría del lector, de Ernesto Villanueva. El día 26 será presentado en Tlaxcala y en la primera semana de julio en Guatemala y Costa Rica.

El texto de ensayos también será impreso en Venezuela próximamente, antes de ser presentado en Paraguay en octubre próximo.

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PROVOCA ¿Y AHORA QUÉ? DE FERNÁNDEZ BOGADO, UNA

MIRADA CRÍTICA HACIA LAS DEMOCRACIAS LATINOAMERICANAS

* Este libro actual para el caso de México, será presentado el próximo viernes en Pachuca, junto con el de Ernesto Villanueva, en la Universidad Interamericana para el Desarrollo (Unid)

Uno de los principales méritos de Benjamín Fernández Bogado con su nueva obra ¿Y ahora qué? Itinerario de la eterna desilusión política en América Latina, es recordarnos que “una democracia sin ciudadanía es imposible; que una verdadera ciudadanía es responsable al escoger y al vigilar, al exigir, al defender el cumplimiento de lo ofrecido en los procesos electorales”, afirmó Eleael Acevedo, presidente del Instituto Morelense de Información Pública y Estadística.

Pero también Benjamín nos explica en su obra por qué somos tan asiduos a repetir el mismo error de entregar la responsabilidad pública y después desentendernos de ella, agregó Acevedo durante la presentación realizada el pasado jueves en la Casa de la Cultura Jurídica de Cuernavaca.

Incluso hoy en México se debate por qué “es más fácil no participar para no ser responsables, pues es siempre más cómodo ver que participar. Pero al hacernos ajenos de la vida pública dejamos que el gobierno sea conducido por voluntarismos torpes, demagogias infamantes y una ineficacia corrupta”, afirma Acevedo.

Certero, añade entonces: “Por eso la conclusión es inevitable: ‘detrás de ésta frustración colectiva que lleva a muchos a buscar soluciones mesiánicas, autoritarias o populistas, se esconden cuestiones básicas de entender el poder y el gobierno. América ha sido un continente de electores incapaces de presionar para lograr resultados favorables’”.

Y todo porque este es un problema histórico, un conflicto por el que atravesamos los ciudadanos de todos los países latinoamericanos: “El sistema colonial español nos enseñó a dejar en otro las decisiones públicas, desentendernos del poder, desvincularnos de cualquier responsabilidad pública, asumir la cosa pública como algo ajeno, impropio. Por lo mismo nos cuesta mucho trabajo ser activos después de una elección. Entregamos la representación política y abandonamos el proceso democrático, dejamos que otro sea el responsable para echarle la culpa al final de su mandato”.

De eso nos habla la obra, afirma Acevedo, quien destaca: “Coincido totalmente con Benjamín cuando comenta que la vieja ideología no es suficiente para explicar la complejidad de los cambios, menos aún para hacerla funcionar desde el poder. Por eso hemos visto emerger en los últimos años ‘socialistas humanistas’, izquierdistas pragmáticos, conservadores aggionados, fascistas disfrazados de demócratas, grupos étnicos montados en antiguas reivindicaciones postergadas, exguerrileros administrando la nostalgia y el pasado… y yo agregaría que alguno que otro chapulín experto en brincar de un partido a otro, o de una demagogia a otra”.

El presentador describió a la obra literaria como “prolífica, exhaustiva, puntillosa y martillante, sobre las múltiples conductas perniciosas que definen el perfil de los gobernantes y la clase política de nuestro subcontinente. Es una obra inteligente, atrevida y necesaria en estos tiempos, para quienes teniendo el intelecto suficiente no son víctimas de la demagogia, ni de la propaganda electoral”.

México vive en estos mementos un período electoral que culminará el 5 de julio próximo. Tanto el libro como la presentación tuvieron frases contundentes en torno al proceso democrático del que las elecciones son sólo una parte del mismo.

El libro fue prologado por el periodista, historiador y ex presidente boliviano Carlos Mesa Gisbert, quien comenta que Fernández Bogado “reflexiona sobre cuestiones de fondo, a propósito de las respuestas necesarias más allá de esta rueda de la fortuna. ¿Qué es gobernar? ¿Por qué nos gobernamos mal? No basta con mirar al pasado, sino, como él hace, hay que diseccionar el presente. Benjamín Fernández Bogado retrata de modo certero y válido los problemas que atraviesan buena parte de nuestras naciones”.

Fernández Bogado, abogado, periodista y escritor paraguayo, se encuentra viviendo en la Ciudad de México desde hace 9 meses, tiempo que utilizó para reflexionar en torno a las democracias en el continente y el nivel de malestar que existe en la población por sus resultados.

En este provocante, duro y certero libro publicado por la Editora Libre, la Fundación para la Libertad de Expresión y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el autor mira la realidad con ojos críticos, lo que llevó a Eleael Acevedo a calificarlo como un excelente ensayo, adecuado a nuestros tiempos y con las palabras exactas para describir momentos, situaciones y problemas políticos por los cuales estuvieron y están atravesando los países latinoamericanos.

El libro formula soluciones y respuestas lapidarias a nuestra pregunta diaria de ¿Y ahora qué?

El autor, refiriéndose al mensaje que desea transmitir su obra, reflexiona diciendo “si queremos mejores gobiernos, seamos mejores ciudadanos. Tenemos democracias con hambre, pobreza, problemas mayores y soluciones más difíciles. Debemos entender el presente, pero plantear fórmulas de solución para el futuro, no nos creamos incapaces de enfrentar a los problemas que se nos presentan”.

Concluyó diciendo que “estamos atravesando por tres grandes crisis, la crisis de identidad, la de valores y la de destino”.

Fernández Bogado, desea con esta obra provocar nuestra rebelión interior, como personas y ciudadanos habitantes de tierras latinoamericanas.

La obra tiene la facilidad de poder ser adaptada a cualquier situación política de cualquier país de América Latina.

Fernández Bogado nos reta a apostar por una democracia de ciudadanos libres y activos que modelen instituciones que sirven a sus propósitos de crear oportunidades de desarrollo y que tengan la capacidad de controlar los excesos del poder.

La conclusión sería que seamos pues, capaces de rebelarnos y aceptar el reto que el autor nos propone.

El libro lanzado oficialmente en Cuernavaca recorrerá con el autor otras ciudades de México. Así el viernes 19 será presentado en Pachuca, junto al resto de la colección de libros de la Fundación para la Libertad de Expresión, entre ellos Autorregulación periodística y Defensoría del lector, de Ernesto Villanueva. El día 26 será presentado en Tlaxcala y en la primera semana de julio en Guatemala y Costa Rica.

El texto de ensayos también será impreso en Venezuela próximamente, antes de ser presentado en Paraguay en octubre próximo.

CONTACTO: Renato Consuegra

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El juego y las paradojas

Teódulo López Meléndez

El establecimiento de una nueva realidad

Gracias por los favores recibidos

favores

Teódulo López Meléndez

No tengo informantes privilegiados ni participo en reuniones políticas. Sin embargo, se atan cabos, se analiza la escasa información disponible y se recurre a procesos deductivos. No hay lugar a dudas, por ejemplo, que estuvimos ante una crisis militar en ciernes. De allí las noticias sobre arrestos, sobre solicitudes de baja, sobre denuncias estereofónicas de magnicidios y conspiraciones. Las causas del malestar no es necesario reproducirlas. De allí la repentina “mesa de la unidad democrática”, presentada con lenguaje suave, casi acariciante. La primera paradoja es que los “malos aires” en el sector militar ejercen mayor influencia sobre la llamada “oposición” que sobre el mismo gobierno. Debemos, pues, a la crisis militar abortada, a la “oposición” en planes de proclamar a la “unidad” como la panacea que garantiza el paraíso. No voy a calificar ni a adjetivar las causas ni los efectos del anuncio “unitario” logrado “después de largos meses de conversaciones”. Creo que le corresponde a cada lector sacar conclusiones con los hechos sobre la mesa. Lo cierto es que nadie puede poner en duda el llamado compromiso democrático del chiripero de siglas.

He dicho muchas veces que comparo la situación venezolana con un gráfico donde la flecha sube. En alguna ocasión he agregado que cuando estudio porqué baja siempre me encuentro a Globovisión, a Ledezma y al chiripero. Esta vez el chiripero ha dado su contribución sin mucha asistencia externa. Esto es, volvemos a la situación antes de la crisis, lo que indica que el régimen seguirá adelante con la Ley de Procedimientos Electorales y podrá darnos con tranquilidad  lecciones sobre la comuna. Todo es ahora normalidad aparente, con la flecha fláccida, hasta que vuelva a subir y los factores encargados de bajarla vuelvan a actuar.

Algunos han reclamado a la “unidad” que está bien que nombren algunas mesas de disquisición sobre lo que bien los reclamantes podrán considerar “teoría insustancial”, pero que no olviden la “maquinaria electoral”. Si bien estamos muy lejos de unas elecciones es conveniente -no otra cosa piensan- que se dediquen a discutir si van con esa absurda idea de la “tarjeta única” o que se pasen los meses discutiendo como van a hacer para repartirse los curules en la Asamblea Nacional. Esto es lo que se ha denominado electoralismo, uno que pone en segundo plano la resistencia contra la dictadura bajo el argumento de que votar es ver a Dios. El gobierno ruge contra la supuesta recreación de la “Coordinadora Democrática”, pero en su interior agradece. Mientras tanto, no descarta la eventual convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente para dar la estocada final.

Si bien es cierto que el gobierno aparece muy mal en las encuestas, pensarán que cada vez que Chávez le ha puesto empeño a la cuesta ha logrado remontarla y que la recuperación de los precios del petróleo permitirá reincrementar el gasto público sin importar la inflación. Además, el amable CNE hace elecciones en un mes cuando el jefe ordena, de manera que el factor sorpresa –más las desquiciantes disposiciones de la nueva ley- pueden muy bien garantizar una Constituyente plena de sorpresas revolucionarias.

Aquí salimos de las crisis con aparente facilidad. De dónde no salimos es del caos. El país se sigue cayendo a pedazos, la inseguridad aumenta, las estatizaciones golpean a miles de familias, pero de un lado adoctrinan sobre comunas, planifican el asalto final a las universidades autónomas (en medio de la placidez de unas autoridades que ponen parches y se parecen más a los bomberos universitarios que a figuras rectorales), y estudian las formas del pequeño tranco de camino que les falta para la perfección del Estado absoluto, mientras del otro se hace volver al país al ensueño (con la “unidad” todo se resuelve), anuncian convocatoria para otra “marcha” y diez años después tienen la cachaza de decirnos que van a comenzar a redactar “un proyecto de país”.

Si el gobierno opta por la Constituyente uno no tiene ni idea que hará la llamada “oposición” para plantear en su seno, cuando proclaman que su “programa de gobierno” es precisamente la Constitución de 1999, esto es, si el chiripero tuviese un sentido lógico deberían buscar a Luis Miquilena -bajo cuya égida fue aprobada- como líder absolutamente reconocido de la panacea unitaria presentada. Recuerdo que durante algún gobierno de los 40 años pasados alguien desató una campaña publicitaria sobre el contenido de la Constitución de 1961, la que se convirtió en una de alto poder subversivo, dado que, al enterarse los plácidos habitantes de este campamento de aquello a lo que tenían derecho, bien ha podido producirse una revuelta.

Estos atados a la Constitución del 99 se amarran allí para mantenerse en sus prédicas democráticas de legalidad y apego a la ley, pero no más. Si logran realizar algo que parezca una oferta de país por fuerza tendrían que ir a establecer modificaciones de fondo a algunas cosillas que están en el texto del 99.  Las propuestas de cambio son desconocidas porque no existen. De allí la frase robada a Chávez de “todo dentro de la Constitución, nada fuera de ella” y hasta la ficción de Alcalde Mayor que encarna Ledezma ahora se la pasa con el librito en la mano, como hacía Chávez, hasta que comenzó a planificar el salto por encima de un texto que proclamó para 200 años y que se redujeron a la simple búsqueda de un jugueteo cada vez más grande hacia la entelequia estatista denominada “socialismo del siglo XXI”.

Así, la Constitución ha dejado de ser la norma jurídica que enmarca un contrato social que une a los habitantes, para ser para unos un texto de coyuntura que se viola todos los días y para los de la acera de enfrente un refugio legalista de buenas apariencias. No hay en este momento nada que una a los venezolanos, es la única verdad real.

Aquí recomenzamos siempre, pero varios pasos adelante. Es la paradoja surrealista, es el teatro del absurdo, es la debacle de un caos cuyas crisis puntuales consiguen apaga fuegos a granel.  No obstante, subyace una protesta colectiva inconexa, desperdigada en restos fractales del avión caído, en pedazos que flotan a diario y lamentablemente en cadáveres que se amontonan en las morgues. Las turbulencias están aquí, en una población que indica estadísticamente que más del 40 por ciento no quiere lo presente ni regresar al pasado. Nadie entiende porqué los inefables encuestadores la bautizan como Ni-Ni, cuando en verdad son el rechazo manifiesto al extremismo totalitario y a la incompetencia manifiesta.

En fin, habrá una “cadena”, no sólo de medios radioeléctricos, sino entreverada con esas que pagan promesas y auguran felicidad, dinero y amor si se les envía a tantas personas. Deberá decir: “Gracias por los favores recibidos”.

teodulolopezm@yahoo.com

Crisis, conflictos y CAOS SOCIAL

crisis 1

Por Andrés Moreno Arreche

Hemos afirmado en un anterior ensayo (Entropía, Información y Caos) que corresponde al Capítulo 2 del libro “Teoría del Caos Social”, que en los sistemas sociales, así como en los sistemas naturales, la presencia y el consecuencial  aumento de la entropía es un proceso constante.

La entropía social proviene tanto de la dinámica interna de las estructuras sociales  como de medios externos a ella. Tales dinámicas caóticas están precedidas por una prolongada etapa de entropización, en las que se evidencian las contradicciones de forma y fondo, que conducen a estadios sociales totalitarios y centralizadores, que no son más que la evidencia palmaria de una controlentropía social, la cual colapsará ‘como históricamente ha ocurrido en el devenir de todas las sociedades: ‘endógenamente’, para desembocar en su muy particular entropía y el consecuencial escenario de caos, a partir del cual se desarrollará un ‘bucle negentrópico’ y nuevas o renovadas formas sociales surgirán, bien para dar respuesta a los orígenes del caos originario, bien para reafirmarlo en un retroceso histórico, usualmente incomprendido pero necesariamente útil para el crecimiento social de la sociedad.

Por ello, la entropía social es, por acción y definición, un fenómeno cíclico, complejo y dinámico, a partir del cual puede afirmarse que toda sociedad tiene en sí misma el germen de su diversidad, de su progresión, pero también del caos necesario para engendrarlo. Esta predestinación puede deberse a infinidad de factores, pero son los factores de orden político aquellos que más profundamente inciden en el desempeño entrópico y ulteriormente caótico de los conglomerados sociales.

En este ensayo nos proponemos examinar qué es y en qué consiste el caos social a partir del análisis de la forma en que las crisis y los conflictos instrumentalizan el caos en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial en la argumentación de la Teoría del Caos Social: ¿Dinamiza o frena a las sociedades?  En un ensayo posterior  abordaremos  los ‘disparadores caóticos’ más comunes y recurrentes: La anarquía, la desobediencia civil y las formas más habituales del colapso institucional.

1.- La lógica del caos:

¿Existe una ‘lógica del caos’? ¿Cómo dar explicación para lo que, de entrada y en apariencia no tiene juicio lógico? Esta dialéctica se da en un doble sentido: De una parte, el orden es una fuente productora de caos, como cuando varias docenas de huevos son mezclados con vigoroso entusiasmo por una batidora; allí, una causa de carácter regular genera un efecto turbulento, o en el caso de un excesivo orden social que provoca la transformación del sistema a partir del caos que brota desde la rebeldía y la inconformidad de quienes se sienten oprimidos, controlados y subsumidos. De otra parte y en sentido inverso, el caos es la fuente del orden, gracias a la intervención en el proceso, de lo que se conoce como un “atractor extraño”, como los torbellinos que se van formando en un caudal torrentoso, o las imágenes, los conceptos y los pensamientos de todo género y procedencia que se agolpan, se atraen y se rechazan simultáneamente en los procesos de creatividad. En ambos ejemplos, la confluencia caótica de las partes ‘crean’ un todo lógico y coherente: un río o una idea.

El caos suele evocar la idea de desorden, y a menudo ambos conceptos suelen emplearse como sinónimos. Esto sucede tanto con la idea vulgar del fenómeno como en la ciencia física, en la cual, a partir de la termodinámica, el caos evoca un fenómeno de desorden absoluto y así ha sido visto y tratado mediante el concepto de entropía, un concepto que ya hemos abordado con anterioridad y que ha hecho posible medir el fenómeno. Se encuentra en el concepto de caos activo de Prigogine. E incluso en las nuevas teorías persiste una acusada tendencia a este uso del término, como puede comprobarse fácilmente al leer los trabajos de sus autores más conocidos que ya hemos citado anteriormente, con énfasis en el Capítulo 1 (Venezuela y las Leyes del caos).

Entender el caos como un desorden es considerarlo en función del orden. Esto representa un punto de vista “copernicano” de la realidad, en el sentido de que se define el caos desde el orden de lo establecido, lo que no significa que sea desde la realidad, y esto es profundamente reductor de la complejidad. Pero ¿Es que el caos puede ser otra cosa que desorden? El matemático y escritor venezolano José Ramón Ortiz[1], agudamente ha escrito que el caos, que aparece en la base de toda ordenación del mundo, no debe ser confundido con el desorden, porque éste sólo puede concebirse a partir de un orden y el caos es un estado anterior a toda idea tanto de orden como de desorden.  En realidad, el caos como desorden responde a una ideología según la cual desde el orden se “establece” el no-orden como desorden.

En la ciencia social ocurre algo similar. El antropólogo y sociólogo Georges Balandier[2] ha visto un paralelismo entre la búsqueda del caos de los científicos contemporáneos y el vocabulario posmodernista, particularmente con el concepto de desconstrucción. Se puede estar de acuerdo en que la noción del caos es armónica con las ideas del pensamiento autocalificado de posmoderno, pero no es aceptable el empleo que de ello hace Balandier, porque entiende la desconstrucción como desorden y destrucción, lo cual ha sido explícitamente rechazado por Derrida[3], introductor de este término.

Ahora bien, considerar el caos como desorden implica lógicamente también la existencia de un orden, que asimismo ha de ser absoluto. Y referido esto a las sociedades humanas, es una evidencia que en éstas ni se da el desorden total ni un orden perfecto. Este último es justamente la eterna aspiración de la literatura utópica, y no hay que olvidar que cuando las utopías se han intentado llevar a la realidad (y para esto están: no para llevarlas a la realidad, sino para intentarlo), como en el caso de New Harmony inspirada en las ideas de Owen[4], no han pasado del fracaso. Y si en vez del orden social nos referimos al orden mental, hay que hacer una reflexión similar. Bergeret[5], desde la psiquiatría, advierte que ninguna personalidad está formada absolutamente en orden o absolutamente en desorden, pues el orden mental corresponde a una buena adaptabilidad a las condiciones que en cada momento corresponden a las realidades interiores y exteriores del sujeto.

Desde la complejidad, la aparente ausencia de orden, dada por el caos, ya no resulta un fenómeno patológico sino un aspecto constitutivo de la realidad. La complejidad explicita, entonces, un orden radicalmente diferente a aquél en el que habitualmente tendemos a movernos por haber sido socializados en él.  Un orden en el que la incertidumbre (llámese inestabilidad, espontaneidad o libertad) domina a la exactitud y a la certeza.  Sin incertidumbre no sería factible la complejidad, del mismo modo que sólo en el silencio y la pausa son posibles, esto es, emergen y tienen sentido, la voz y la palabra.

Para observar una aplicación práctica en la sociedad, volteamos la mirada hacia el continente africano, pletórico de riquezas y de potencialidades de todo tipo pero sólo percibimos el caos social que generan varias naciones africanas viviendo en condiciones deplorables y de permanente inestabilidad política. Los grupos tribales disputan territorios y las instituciones son una mascarada inútil, porque no representan los anhelos de nadie. Crearlas, construirlas y ponerlas al servicio de esas sociedades lleva demasiado tiempo (comparado con la inmediatez de las necesidades y de respuesta que exigen esos conglomerados humanos) y cuando se ha podido hacer algo, generalmente es el resultado de una paciente y sostenida reversión cultural en hacer de ellas verdaderos instrumentos de desarrollo. Están inmersas en el vórtice. Sus conglomerados viven en caos.

Finalizada la prolongada etapa de la entropización de los sistemas sociales, llega irremediablemente el caos. Los esfuerzos por impedirlo que se enfrentaron al proceso que lo produce (la ‘controlentropía’) ceden inevitablemente. Unas veces de manera progresiva y con una manifiesta resistencia al cambio. Otras, con ostensible inmediatez y violencia. De eso vamos a disertar en los próximos párrafos, porque el caos  -en tanto que fenómeno social que integra una secuencia de hechos-  posee unas manifestaciones previas, que hemos llamado ‘disparadores’ que pueden ser identificadas antes, durante y a posteriori de los eventos.

Previamente definiremos al caos como concepto abstracto, y al caos social como manifestación de la dinámica de las sociedades y para ello intentaremos dar respuesta a unas inquietudes básicas, y a otras cuestiones que inevitablemente surgirán desde la dinámica expositiva de los hechos. ¿Qué es caos y cómo se instrumenta en los conglomerados sociales? ¿El caos genera nuevas dinámicas o determina la parálisis operativa de los conglomerados sociales? ¿El caos es un desconcierto anárquico de la sociedad o un nuevo orden, especial e indefinido? ¿Cuáles son y cómo se identifican los ‘disparadores caóticos’ sociales?

2.- El caos y su instrumentalización en los conglomerados sociales

En la primavera de 1968 se produjo en París una violenta insurrección contra el gobierno central, conocida como el “mayo francés”. Grupos de choque estudiantiles se lanzaron a las calles rompiendo todo lo que encontraban a su paso. Exigían mayor presupuesto educativo, eliminación de toda forma de autoridad y libertad para acceder a los dormitorios femeninos en las universidades. Dirigidos por el agitador alemán Daniel Cohn-Bendit[6] y apoyados por el filósofo Jean-Paul Sartre[7] -exponente del existencialismo marxista- plantaron banderas rojas en los bulevares y en las plazas colgaron enormes afiches con los rostros de Marx, Trotsky, Fidel Castro y el “Che” Guevara.

Durante varias semanas armaron piquetes, levantaron barricadas, quemaron automóviles, saquearon comercios, incendiaron el edificio de la Bolsa, arrasaron ministerios y produjeron tal cantidad de destrozos, que las calles de Paris parecían haber padecido los estragos de una guerra. Simultáneamente, los sindicatos de izquierda declararon la huelga revolucionaria paralizando totalmente al país. La población estaba aterrorizada por tanta violencia y anarquía. El aquelarre duró hasta que el General De Gaulle decidió reprimir a los subversivos, disolvió la Asamblea Nacional, convocó a nuevas elecciones y con el 60 % de los votos impuso la ley y el orden. A principios de junio de 1968 el movimiento revolucionario se agotó en sí mismo.

Este episodio histórico marcó profundamente a los agitadores del mundo entero, pero la marca que acompañará por siempre a este movimiento social de masas es el contenido de los grafitis que embadurnaron las paredes de los más bellos y emblemáticos edificios públicos y privados de París. De ellos, destacamos tres: “Le desordre c´est moi” (”El caos soy yo”), “Interdit d´interdire” (”Prohibido prohibir”) y “L´imagination au pouvoir” (”La imaginación al poder”).

Tal vez la historia nos recuerda constantemente que el caos es la base de todo nuevo orden. Leonardo Boff[8] ha sostenido la siguiente afirmación, que tomamos como referente y que asumimos como extraordinariamente válida:

El caos es la base del nuevo orden” (pertenece…) “… a la vertiente que cree posible salir del conflicto estimulando los elementos positivos del desorden.”[9]

El caos, en cuanto nueva y peligrosa estrategia de los movimientos revolucionarios sobrevivientes del comunismo y de otros movimientos de carácter religioso, fue uno de los puntos de mayor preocupación y análisis, en los últimos años de su fecunda vida, del eminente pensador católico y hombre de acción brasileño, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira[10]. El caos es un tema que cada vez más se muestra como una llave para comprender el sentido profundo de los trágicos hechos vividos y padecidos por la humanidad durante la segunda mitad del Siglo XX, y que han marcado el inicio de este tercer milenio.

Corrêa de Oliveira se distinguió por sus impresionantes previsiones sobre la realidad social, política y religiosa de Brasil y del mundo, muchas de las cuales se fueron cumpliendo a lo largo de las últimas tres décadas del pasado Siglo, demostrando un innegable espíritu profético. Desde 1928, como joven líder católico, luchó con su palabra y con sus escritos para defender su Iglesia y la civilización cristiana. A partir de la década del 30, denunció el izquierdismo que comenzaba a infiltrarse en la Iglesia y los movimientos del nazi-fascismo en el continente americano. El tema del caos en cuanto instrumento revolucionario siempre estuvo presente en sus observaciones. En su obra maestra “Revolución y Contra-Revolución” (1959) Corrêa de Oliveira afirma que…

“… encarados superficialmente, los acontecimientos de nuestros días parecen una maraña caótica e inextricable, y de hecho lo son desde muchos puntos de vista“. (Sin embargo, añade)  “… es posible discernir resultantes, profundamente coherentes y vigorosas, de la conjunción de tantas fuerzas desvariadas“. (En efecto…) “… al impulso de esas fuerzas en delirio, las naciones occidentales van siendo gradualmente impelidas hacia un estado de cosas que se va delineando igual en todas ellas, y diametralmente opuesto a la civilización cristiana“. De donde concluye que la crisis contemporánea “… es como una reina a quien todas las fuerzas del caos sirven como instrumentos eficientes y dóciles“.

A partir de la segunda mitad de la década de 1980, en sus análisis de la situación sociopolítica y religiosa internacional, Corrêa de Oliveira pone mayor énfasis en su advertencia de que los acontecimientos van entrando de manera cada vez más acelerada en ese caos con apariencias de espontaneidad, pero con una implacable coherencia interna: la meta definida de destruir los restos de la civilización cristiana. Un caos que, de acuerdo con su visión,  al mismo tiempo dificulta las previsiones y los llamados de alerta, parece tornar vana la lógica, debilita los sanos principios y anestesia las reacciones de la opinión pública.

Según señaló en numerosas conferencias y en textos como “Cuatro dedos sucios y feos” (1983), intelectuales de izquierda y hasta teólogos de la liberación pasaron a ver el caos como un nuevo y eficaz instrumento de revolución social, después de la crisis del comunismo evidenciada con la caída del Muro en Berlín.  En su estudio “Los dedos del caos y los dedos de Dios” (1992), el Profesor Corrêa de Oliveira percibe que las perspectivas sociales que proyecta el caos podrán dejar abrumada y aturdida a más de una generación; un caos en cuyas entrañas más profundas no deja de discernir “fulguraciones engañosas del propio demonio”, según afirmó en su artículo “La inmovilidad móvil del caos“.

Surge una pregunta por demás desestabilizadora: ¿Es posible salir de un conflicto social estimulando los elementos positivos del desorden, que de acuerdo a la cosmología post moderna, están representados en el caos?  Ya Erich Fromm[11] se preguntaba hace algunos años cómo es que el hombre logra superar ese sentimiento de otredad (separetness) entre el yo y el otro; pero no experimentando al otro como un total extraño a mi circunstancia, sino como el otro que, en su íntegra alteridad, exoticidad, es parte de mí, en cuanto que es parte de la unidad del ser humano: la humanidad.

Fromm planteaba que el amor es la manera como el hombre logra superar esta situación, entendiendo al amor no como un objeto, sino como una facultad que hay que desarrollar Pero ¿Qué tiene que ver eso con el objeto el caos social y su instrumentalización? Veamos:

Hace ya casi dos años que Paul Virilio -uno de los filósofos de la postmodernidad que ya hemos citado en anteriores ensayos- esbozó su teoría referente al problema del terrorismo y la guerra en Afganistán, evento que asumió como representativo de la situación geopolítica en todo el Oriente Medio. La principal demanda de este filósofo era, textualmente:

¿Debemos evitar que de la guerra se pase al caos total?

Pero hay otro enfoque, igual de válido, sobre la inferencia del caos en los fenómenos sociales. Este enfoque sostiene que cuando un grupo social o político se cree por encima de cualquier institución a la que ataca y destruye permanentemente (como parte de su acción proselitista) se instalan en la sociedad el caos y la anarquía, que generalmente terminan por acabar con quien los impulsa.
Para los que respaldan esta teoría, la lógica del caos es simple y se resume en que no reconoce nada de lo hecho con anterioridad;  quienes propician el caos no se someten a ley alguna porque no creen en el estado de derecho. Se asume que promueven sus intereses particulares sobre los generales, ridiculizando o menospreciando a las instituciones que existen con anterioridad, irrespetando el orden y la jerarquía. Quienes así piensan confunden caos con anarquía (uno de sus disparadores)

Crisis económicas y caos social

Luego del monumental trabajo coordinado por Giovanni Arrighi y Beverly Silver, Caos y orden en el sistema mundo moderno[12], hay argumentos suficientes para concluir acerca de la relación entre las crisis y las luchas sociales y alumbrar algo más la situación actual del sistema capitalista. En efecto, el estudio sostiene, con abundante información comparativa, que  la mal llamada la crisis económica comienza a raíz de una oleada de militancia obrera fabril en los años 60, que fue capaz de pulverizar el modelo fordista-taylorista de sujeción y control de los trabajadores. La actual coyuntura puede leerse, bajo esa óptica, como una consecuencia de larga duración de aquella oleada de movimientos que forzaron al capital a mudar, transmutándose de capital productivo en capital financiero especulativo.

Más allá de un debate, siempre necesario, sobre cuestiones teóricas, vale la pena detenerse en ese enfoque, ya que puede contribuir a una mejor comprensión del movimiento real que está sucediendo ante nuestros ojos. La primera cuestión es que no son las crisis las que motivan la acción social sino al revés: la movilización, la ruptura de los controles, es lo que provoca reacomodos en el modo de dominación, forzando a los de arriba a introducir cambios controlentrópicos, no sólo en el terreno de la economía sino cambios societales que abarcan todos los aspectos de la vida. Por eso mismo no podemos hablar, en rigor, solamente de crisis económica.

En la década de los años 60, la oleada de militancia obrera fue apenas una expresión, importante, decisiva, pero una más, de una profunda oleada nacida en el subsuelo de las sociedades que pugnaban por la transformación. Mujeres, niños, jóvenes, campesinos sin tierra, obreros no calificados, indios, negros, y un largo etcétera, literalmente pusieron en jaque los modos de dominación establecidos en la familia, la escuela, la localidad rural y urbana, la fábrica, la hacienda, la universidad. La crítica al patriarcado se manifestó también en el rechazo al poder del profesor, del capataz, del varón blanco de clase media, en fin, un proceso democratizador antiautoritario que minó los modos de dominación y, por tanto, de acumulación de riquezas excedentarias.

En segundo lugar, esa oleada nació y se manifestó por fuera de los cauces establecidos y de las instituciones, entre ellos los partidos comunistas y los sindicatos. André Gorz[13] hablaba, en el terreno fabril, de la existencia de una verdadera guerrilla obrera fuera del control sindical, que provocó ingentes pérdidas a los empresarios.

En tercer lugar, los ciclos de protesta y de movilización no sólo cambian el escenario político-social sino también a los propios movimientos. Por eso, los movimientos que protagonizan un ciclo suelen ser un obstáculo en el ciclo siguiente porque se han institucionalizado, pasaron a formar parte de la cultura del poder y han incrustado sus mejores cuadros en el sistema que un día combatieron. Un verdadero ciclo rebelde crea nuevas organizaciones, pero también nuevos modos de luchar pero sobre todo, nuevos paradigmas para concebir el cambio social, o la revolución, o como cada uno quiera llamarle.

Los procesos profundos y verdaderos nacen de y en las periferias, nunca en el centro del sistema, tanto a escala planetaria como a escala microbiana y también a escala social. Una muestra de esto la tienen los zapatistas. Ellos acuñaron el concepto del más abajo para referirse a ese sector social donde nace la revuelta. Así como en los años 60 fueron los obreros no calificados, las mujeres y los jóvenes la fuerza motriz de las luchas, en América Latina en el periodo neoliberal fueron los sin: los sin derechos, los sin tierra, los sin trabajo. Fueron ellos, los que no tenían nada qué perder, quienes estuvieron a la cabeza de la deslegitimación del modelo. ¿Quiénes serán los principales protagonistas durante la actual crisis, o en la más inminente? Aquí aparece un nuevo tema, ya que el sistema ha trasladado los modos de control fuera de los espacios de disciplinamiento tradicionales, como forma de dominar los territorios de la pobreza, allí donde no llegan los estados, ni los partidos, ni los sindicatos.

Estas nuevas formas de control, por lo menos en América Latina, se llaman planes sociales. Son herederos de las políticas focalizadas hacia la pobreza creadas por el Banco Mundial para contrarrestar el desmontaje de los estados benefactores durante el periodo más crudo de las privatizaciones. Ahora se han ampliado y perfeccionado. Alcanzan a alrededor de 100 millones de personas sólo en Latinoamérica (50 de ellas en Brasil), o sea el núcleo de los más pobres. Los gestores de esos planes son a menudo cientos de miles de ONG que conocen en detalle los territorios de la pobreza, que son a menudo los territorios de la resistencia. Son la punta de lanza de estados capilares que buscan desorganizar e impedir levantamientos y sublevaciones sociales.

Por lo tanto, serán aquellos colectivos y sujetos capaces de neutralizar el control que ejercen los planes sociales, los que vayan a protagonizar las nuevas, necesarias e imprescindibles oleadas de protesta, porque, bien sabemos, la crisis no tiene salidas económicas sino políticas. Una política social que irrumpe desde abajo, enraizada en las periferias urbanas y rurales; una política diferente, no institucional, asamblearia, tumultuosa, incierta. ¿Caótica?

3.- ¿Caos o ‘Caología’?

Cuando el etnocentrismo aplasta la generosidad sin fronteras y utiliza los intereses del poder jerárquico, con el uso de las armas y la acumulación material, ocasiona miseria y desesperación. No hace otra cosa que profundizar la crisis controlentrópica que antecede al caos.  Una crisis que usualmente se inicia con la escasez de los recursos naturales, prosigue con el descalabro de una economía con su creciente especulación y se manifiesta abiertamente con  la tendencia a una hegemonía global. Estos son los componentes que disparan la crisis sociales, orquestadamente o cada uno por si mismo, con la suficiente fuerza destructiva para conducir a una enorme catástrofe. Estos elementos en conjunto conforman una bomba de tiempo más devastadora, desde la perspectiva de las estructuras sociales, que la suma de las bombas atómicas de las “superpotencias” del mundo actual. Hablamos de una bomba de tiempo que crece en la medida que la resolución de la crisis es retardada, en manos de las fuerzas que pugnan por prolongar la controlentropía de los conglomerados que hacen vida en una sociedad.
Como resultado, las primeras fases de la catástrofe social no se manifiestan abiertamente como conflicto directo y evidente, sino con una multiplicidad de signos anárquicos, aparentemente descontextualizados, para luego hacerse inevitable.  Mucho antes de explotar sobre todas las estructuras social-biológicas, se da paso a una serie de pequeñas y focalizadas crisis, la mayoría constantes y recurrentes y con conflictos de rápida manifestación y resolución aparente, que literalmente ‘explotan’ y generan destrucción de los nichos naturales de la periferia social, usualmente en los estratos menos favorecidos, o en aquellos grupos que por una u otra razón han sido estigmatizados de algún modo. Es la eclosión social que se transforma en base y núcleo de un caos generalizado y de proporciones globales.
Por eso afirmamos que todo proceso caótico puede dar lugar a un enorme cambio si se le permite la supervivencia aunque sea insignificante en apariencias, y de allí, desde el caos, el cambio conduce a una probable corrección fundamental del curso de los acontecimientos sociales, en concordancia con una cosmología más consciente. Por eso el planteamiento inicial del epígrafe ¿Es el caos  (que aquí definimos como un motorizador de las catástrofes de cualquier género)  un proceso que dinamiza los cambios  -y por ende, el crecimiento- o un freno que paraliza o ralentiza el desenvolvimiento de la sociedad?

Caos, crisis y catástrofes tienen, desde lo conceptual hasta lo instrumental, no sólo injerencias clave, también importantes aportes epistemológicos que permiten dilucidar el orden, la concordancia y los procesos a partir de los cuales se manifiestan los cambios evolutivos en las estructuras sociales.

Caología, una nueva ciencia social

Comencemos esta aproximación epistemológica con las palabras de Briggs y Peat[14]

“…el término científico «caos» se refiere a una interconexión subyacente que se manifiesta en acontecimientos aparentemente aleatorios. La ciencia del caos se centra en los modelos ocultos, en los matices, en la «sensibilidad» de las cosas y en la «reglas» sobre cómo lo impredecible conduce a lo nuevo […] La cultura científica que desde hace cien años nos domina cada vez con mayor intensidad –algunos dirían que incluso somos sus prisioneros– ve el mundo en términos de análisis, cuantificación, simetría y mecanismos. El caos nos permite liberarnos de esas limitaciones. Si sabemos apreciar el caos, podemos empezar a ver al mundo como un flujo de modelos animados con giros repentinos […] la idea se aplica desde la medicina y la economía, hasta la guerra, las dinámicas sociales o las teorías de cómo se forman y cambian las organizaciones. El caos está dejando de ser una teoría científica para devenir una metáfora cultural. En cuanto a metáfora, el caos nos anima a cuestionar algunas de nuestras creencias más queridas y nos incita a formular preguntas acerca de la realidad.”

Para un número cada vez mayor de personas, el mundo se percibe como un lugar en el que crece el caos y esto se ha acentuado junto con el aumento del ritmo del paso del cambio. Para otros, el caos no existe y el caos que se manifiesta en el orden natural de las cosas, como en el otoño, lo perciben como el deterioro natural y ordenado del ciclo de la naturaleza. Pero siempre es posible encontrar el caos dentro del orden, aunque para ello debamos informar a nuestra percepción con nueva indagación del entorno o con un conocimiento más profundo de la naturaleza humana, y con ello, poder percibir el orden dentro del caos aparente.

La caología surge como una nueva disciplina que, teniendo como antecedente el desarrollo impresionante de la física cuántica y su principio de indeterminación o incertidumbre, así como las matemáticas que la fundamentan y se desprenden de ella; ha experimentado un desarrollo acelerado planteando una serie de conocimientos que empiezan a aplicarse en diversas disciplinas como la física, la biología, la astronomía, la geografía, la medicina y más recientemente en las ciencias sociales.  El planteamiento central de esta nueva concepción nos indica que el desorden, la turbulencia, la desorganización y lo inesperado son aspectos constitutivos de una realidad que la investigación científica tiene que abordar y desentrañar. El caos está presente en el universo, en la naturaleza y también en la sociedad y ejerce una “fascinación” que ha dado lugar al surgimiento de lo que algunos consideran como “una de las principales invenciones que han revolucionado la historia de las civilizaciones”[15]

Desorden nuestro de cada día, danos tu caótica bendición…

¿De dónde viene la atracción de la sociedad por el orden? Todo se remonta a la Revolución Industrial y su paradigma de la eficiencia de las máquinas, y los mandatos del paradigma del modelo taylorista de la fabricación en serie, que ordena los procesos según un reparto de las tareas. Pero mucho antes, fueron los dogmas religiosos quienes difundieron la tesis del orden social como dogma místico, de modo que, fuera por la norma de la organización social o por el episteme dogmático, la persona desordenada enfrentaría serios problemas.
Pero en el desorden no todo es negativo, como lo comprueban y sostienen figuras de la ciencia, de la literatura o de la política, que en su vida pública y privada fueron desorganizados contumaces. Un ejemplo gráfico y notorio fue el escritorio de Albert Einstein. Era un caos absoluto y en alguna ocasión defendió públicamente su desorden con afirmaciones como ésta:

“Si una mesa abarrotada es síntoma de una mente desordenada, entonces ¿qué debemos pensar de un escritorio vacío?”

Alexander Fleming es otro ejemplo de ‘desorden productivo’. Se fue de vacaciones sin ordenar ni limpiar su laboratorio y al regresar encontró moho en su cultivo de bacterias, lo que le permitió descubrir la acción antibiótica de la penicilina.
¿Otro ejemplo? El célebre psicólogo suizo Jean Piaget. Piaget vivía en un completo caos, y cuando se afirma que era un ‘caos total’ no se exagera. Los papeles y los libros llegaban hasta el techo de casi todos los ambientes de su casa, porque nunca se pudo comprobar si las salas sanitarias también estaban atiborradas de papeles, libros o notas. Piaget sostenía que lo suyo no era un desorden improvisado, sino el fruto de años de desorden acumulado, que había bautizado como “orden vital“. Él mismo justificaba ‘su’ desorden con esta sentencia:

“Pierdo menos tiempo buscando algo cuando lo necesito que ordenando todos los días”.

El dramaturgo inglés Thomas Middleton recurría a la ironía para justificar su falta de orden:

“Una de las ventajas de ser desordenado es que uno está continuamente haciendo nuevos y excitantes descubrimientos”.
En la actualidad, son muchos los que defienden el desorden como estilo de vida. Uno de ellos es el profesor Robert Fogel[16]. Un día este académico se dio cuenta de que en su despacho en la Universidad de Chicago había una acumulación de papeles cada vez mayor. Cuando vio que ya no había sitio para trabajar, decidió instalar un segundo escritorio al lado del que tenía, que con el tiempo volvió a estar igual de cargado que el primero. Asimismo, cuentan que el arquitecto Frank Gehry[17], cuando los contratistas del Museo Guggenheim de Bilbao le preguntaron cuál era el plan de acción que tenía para proseguir con el ante proyecto que le fue aprobado, su respuesta los desconcertó: Contestó que “ninguno“. La displicente y perturbadora respuesta indicaba que el arquitecto no estaba preocupado tanto por la precisión de los ángulos o las dimensiones exactas del edificio, porque se concentraba en la impresión final que causaría su obra ante los ojos de los visitantes. El resultado es una obra de arte arquitectónico impresionante, única, vanguardista.
Psicólogos, sociólogos y docentes se preguntan cada vez con mayor preocupación por qué una persona es desordenada. Evidentemente, existen varias teorías que pueden aportar luces, aunque sea parcialmente y desde distintos enfoques, pero todas coinciden en asumir que hay individuos que no necesitan tener control de su entorno y prefieren improvisar sobre la marcha. Otros, en cambio, son paradójicamente demasiado perfeccionistas: piensan que no disponen del tiempo necesario para hacerlo todo a la perfección, con lo que la desidia acaba por imponerse.

Eric Abrahamson y David H. Freedman, autores de “Elogio del Desorden” (Gestión 2000 Ed.)[18], asocian el caos a la creatividad y la flexibilidad. Abrahamson es profesor de teoría de la organización en la Universidad de Columbia pero se define como una persona desordenada.

“Si uno se para a ordenar cada rato, tampoco podrá avanzar. En cambio, existe un punto medio donde el rendimiento es más eficiente: el del desorden óptimo”,

Según él, las personas (y las empresas o las organizaciones) rinden al máximo cuando consiguen mezclar en su vida diaria el orden y desorden hasta alcanzar “una situación única, original y difícil de copiar“. Con la justa dosis de confusión, sostiene que… “… se descubren relaciones entre cosas yuxtapuestas que de otra manera hubieran sido difíciles de ver“.

Un filósofo moderno eleva su voz para respaldar desde “el conocimiento de los saberes” la preeminencia del desorden por sobre el estigma social del orden. Es Daniel Innerarity[19], quien afirma en su análisis de “El Elogio del Desorden” cómo uno de los enemigos del saber es el excesivo orden, lo que según su perspectiva incide negativamente con la posibilidad de innovar:

Se ha intensificado la conciencia del desorden y la irregularidad. Cada vez se da más importancia al desorden, al disenso y a la crítica.  Las organizaciones se disciplinan de manera excesiva y eso ahoga la innovación”

En su opinión, el desorden es paradójico:

“… ya que se consigue aplicando reglas, lo que significa elegir entre una variedad de ellas; sin embargo, ninguna contiene normas acerca de su aplicación, por ello el cumplimiento de unas supone el incumplimiento de otras”

Para este filósofo, el hecho de que ninguna regla contenga en sí misma el método de su aplicación significa la ejecución de altas dosis de creatividad para seguirla, un enfoque que corrobora con esta sentencia:

“Ninguna regla, si quiere ser eficaz, tiene que prever su excepción en orden a su propia elasticidad y fortaleza”
Daniel Innerarity afirma que para innovar es necesario preparar a los futuros innovadores a enfrentar la dialéctica de la excepción, porque…

“… quien piense que el orden de las cosas sólo se consigue con la superación del desorden, y que éste es un fallo o una carencia, estará incapacitado para gestionar adecuadamente los procesos complejos. Es necesario orquestar el orden y el caos en un equilibrio especial porque los sistemas dinámicos e innovadores no aceptan el orden excesivo, porque produce anquilosamiento y  perplejidad por falta de creatividad.”

Sostiene que el orden implica domesticación parcial del desorden, lo que exige una cierta tolerancia frente a la excepción.  A esto se debe el hecho de que la gestión mediante la excepción sea cada vez más exigente. Innerarity lo resume todo en una frase tremendista, evidentemente tomada de alguna lectura de Karl von Clausewitz:

“El orden es la continuación del caos por otros medios”.
El individuo desordenado, lejos de arrastrar debilidades, cuenta con varias ventajas a su favor. En tiempos cambiantes, como los actuales, se adapta mejor, de forma más drástica y con mucho menor esfuerzo. En cambio, los sistemas o las personas ordenadas son muchos más rígidos, lentos, tienen que seguir protocolos establecidos y los cambios que introducen suelen ser lentos y pequeños. Abrahamson y Freedman citan un caso real ocurrido en Estados Unidos de dos quioscos de periódicos, situados uno enfrente del otro: uno amontonaba diarios al azar, el otro era muy ordenado. El primero sobrevivió, el segundo cerró, porque se gastó dinero en personas extra para ordenar revistas, colocarlo todo bien, llevar a cabo inventarios informáticos… y quebró porque los costes superaban los beneficios.
Los números parecen respaldar en parte estos argumentos. La consultora Ajilon Office, firma especializada en investigación de los lugares de trabajo, ha revelado un dato interesante: después de varias encuestas en distintas compañías, ha comprobado que los que viven en un caos en su oficina cobran un sueldo anual que es casi el doble que el de los empleados que conservan la pulcritud en su mesa de trabajo. Hay más: según un sondeo de la Universidad de Columbia, la gente que afirma mantener un escritorio “muy limpio” acaba dedicando un 36% más de tiempo para encontrar los documentos que busca respecto a los que lo dejan “bastante desordenado”.

¿Cómo es eso posible? Según el psicólogo y consultor alemán Stephan Grünewald[20], cada persona sabe gestionar el desorden con su propio código:

“Los papeles más importantes siempre están localizables en las zonas más calientes del escritorio, mientras que los documentos inútiles emigran, casi por sí solos, a las zonas más frías de la mesa, como si estuvieran guiados por una mano invisible. Imponer a estas personas otro tipo de orden podría causar estrés, además de producir ineficiencias”.

Seguro que muchos de ustedes han podido experimentarlo: por lo general, el trabajo más urgente suele permanecer encima del montón, mientras que los documentos secundarios tienen la tendencia a permanecer ocultos en la base de la pila. Lo que tiene perfectamente sentido.
En efecto, cuando se habla de desorden, todo es relativo: una persona puede ordenar una colección de discos compactos, del más favorito al menos favorito y alguien que observe la estantería puede tener problemas para determinar en qué orden están, y, por lo tanto, concluir erróneamente que están mal colocados. Asimismo, se puede tolerar caos en el dormitorio pero al mismo tiempo tener inmaculada la cocina. Luego existen algunos matices que introducen variados sesgos en el análisis definitorio de lo que es, o debe ser, una persona desordenada. Veamos: Existen personas que son ordenadas en el trabajo, pero un desastre en la casa y viceversa. Puede ser que en la oficina, ante la presión social, sea muy pulcro, pero cuando está en la casa relaja el autocontrol y se sienta cómodo en la confusión.
Algunas disciplinas encuentran en el desorden su lógica forma de ser: por ejemplo, la improvisación, un valioso recurso que estimula la creatividad del pensamiento, permite a un grupo de músicos de jazz crear su propia música y estilo, además de modificar la canción en cualquier momento para conectar con el público.  Manuel Almendro[21], psicólogo clínico autor de Psicología del Caos[22] cree que…

“…En nuestra época se está abusando demasiado del control. Actuamos de forma mecánica, según la lógica causa-efecto y de esta manera perdemos la intuición y las variables intersubjetivas. Con la manía del orden, se está tapando la emergencia de algún miedo”…  “el desorden tiene una gran importancia: engendra diferencias, pero a su vez emergen nuevos órdenes y todo el sistema se regenera”.

Esta teoría la sostiene el neurólogo Jerrold Pollack, del Centro de Salud Mental Seacost:

“La organización total es un intento fútil de negar y controlar lo impredecible de la vida”.
Por supuesto, hay que establecer distinciones básicas: desorden no significa descontrol. El secreto consiste en no exagerar el desorden:

“Cuando nuestra vida no va bien, perdemos los objetos de forma sistemática, no rendimos en el trabajo o entramos en conflicto con nuestra esposa o nos echan del piso… O no conseguimos cumplir los proyectos que teníamos previstos. Entonces hay que volver atrás”, advierte Freedman.
Encontrar la fórmula ideal entre la organización sistemática y el desorden absoluto es considerado por algunos especialistas, un arte. Con todo, no es una tarea fácil, como lo afirma Freedman.

“Es casi imposible saber las ideas que potencialmente podrías conseguir introduciendo más desorden. Y es difícil saber cuándo hay que romper las reglas y el sistema de organización vigente, porque es algo que por naturaleza o educación no solemos detectar. Por eso, yo siempre animo a las personas a que se arriesguen. Leer varias cosas a la vez, hacer asociaciones impensables… De este caos puede salir alguna buena idea. Seguro”. Esta es, para Freedman, la Ley del Desorden.

Si nos detenemos para analizar el concepto secuencial de la vida (desde las manifestaciones microscópicas más elementales, hasta aquellas que escapan a nuestra capacidad de ponderación y análisis) descubriremos muchos más motivos para aceptar el caos y el desvalimiento consiguiente, que el mismo orden, más aún cuando sabemos confiadamente que un nuevo orden aparecerá, no importa tanto que las condiciones iniciales sean complejas o simples. Es que, más común de lo que imaginamos, una gran complejidad social puede anunciar el surgimiento de un nuevo orden simple. Viceversa, también ocurre: un simple y a veces imperceptible suceso provoca modificaciones complejas y profundas en el seno de las estructuras sociales más tradicionales dentro un conglomerado humano.

Para los “caólogos” que hemos citado, el azar es determinante en la manifestación de diversos fenómenos y procesos del universo, y, sin embargo, éstos no son tan azarosos como aparecen a simple vista. Mitchell J. Feigembaum[23], quien es uno de los pioneros en esta disciplina, afirma que “estamos llenos de caos“, la belleza es “esencialmente caótica“, la forma de las nubes también lo es. La ciencia del caos es para él…

“… el estudio del desorden, del comportamiento irregular de las cosas determinísticas, ésas que sabes cómo se comportan de un instante a otro, y sin embargo, sus movimientos se convierten en algo irregular, errático, y dan la sensación de que se producen al azar. Y en realidad, lo que ocurre es que no suceden por azar“.

Comprender fundamentalmente por medio de las matemáticas los procesos que están detrás de lo azaroso, de lo irregular y lo incierto es encontrar el orden del desorden y constituye el principal afán de quienes, en los diversos campos de la ciencia, adoptan esta nueva perspectiva.

Cuando el caos nos alcance…

Visto de este modo, el caos que se manifiesta en las estructuras de la sociedad no es más que la consecuencia natural de fenómenos subyacentes o evidentes que han decantado en forma de crisis. La crisis antecede al caos, lo prefigura aunque no lo identifica. La perspectiva que se abre para explorar ampliamente en las ciencias sociales, a partir del caos conceptual en el que se encuentran actualmente, puede conducirnos hacia nuevas puertas de acceso al conocimiento de procesos y fenómenos insospechados e impredecibles.

En el caso de situaciones turbulentas y de crisis política, la transición de la que tanto se habla no necesariamente sigue un solo camino, lineal y determinístico, sino que, por el contrario, las posibilidades son muchas, las opciones múltiples en tanto que los factores que están presentes conforman una realidad compleja, en donde la cultura, vista desde una perspectiva fractal, adquiere una relevancia fundamental, en tanto generadora como reproductora de estructuras auto-similares que replican en sí mismas el ejercicio del poder a todos los niveles de la sociedad,  pero también como una contracultura que genera procesos de auto-organización, que cuestionan y se oponen al poder establecido. Tal podría ser el caso de las llamadas Organizaciones No Gubernamentales, que desarrollan redes sociales en la sociedad civil, usualmente redes de resistencia y de oposición, que se auto-reproducen en todo el tejido social, desde los deudores de la banca hasta las organizaciones vecinales y ciudadanas, para cogestionar y simultáneamente codirigir las fases entrópicas que anteceden al necesario vórtice social.

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4.- Crisis: El pecado social originario.

Afirmamos en la culminación del epígrafe relacionado con el caos, que la crisis lo antecede y además, lo prefigura, aunque no lo identifica totalmente. ¿Habrá una relación concomitante entre crisis y caos? De ser así ¿Qué crisis producen cuáles caos en los conglomerados sociales?

Conceptualmente, una crisis no es más que una situación crucial o decisiva, una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada aunque inestable, sujeta a evolución y que involucra un cambio abrupto o decisivo.  Particularmente preciso es este concepto cuando lo proyectamos a la crisis de una estructura social. Allí, los cambios críticos, aunque previsibles, siempre están ligados a algún grado de incertidumbre, en relación a su ejecución, a su reversibilidad o grado de profundidad, y a sus consecuencias. Si los cambios sociales son profundos, súbitos y violentos traen consigo consecuencias trascendentales que van más allá de la crisis y se pueden denominar ‘cambios revolucionarios’.

Así conceptualizada, la crisis se manifiesta como un evento estresante, emocional y hasta traumático, que cambia o modifica sustancialmente la vida de las personas, a propósito de cualquier conflicto que al no resolverse, llega a su más alto nivel de tensión y desencadena eventos que modifican el equilibrio social.

Las crisis sociales tienen el efecto de desacreditar las posturas y las ideas precedentes, bien porque han colapsado en su capacidad de generar esperanzas o cumplir promesas, bien porque el sujeto o institución que las promueve han agotado el proyecto social, económico y político, creándose un retro-bucle social que induce la crisis. En los escenarios negentrópicos, la crisis predispone favorablemente a la opinión pública a conceder a quienes acceden al gobierno un amplio mandato para actuar sobre la emergencia, y es por ello que instalan un sentido de urgencia que fortalece la creencia de que la falta de iniciativas sólo puede agravar las cosas; en estas circunstancias, los escrúpulos acerca de los procedimientos más apropiados para tomar decisiones ceden el paso a una aceptación tácita para la toma de decisiones extraordinarias.

Algo que hay que tener muy presente es que algunas crisis son “pseudo-crisis”; es decir, pueden ser inexistentes, ya que no se sustentan en hechos reales, pero son “creadas” a conveniencia de ciertos intereses. Con frecuencia, este tipo de crisis se polemiza en los medios de comunicación, con consecuencias internas y externas significativas para las organizaciones e instituciones en ellas involucradas. Así vistas las crisis artificiales –siempre temporales, nunca permanentes– son resultado de la combinación de detonadores que incluyen factores primarios y accesorios, amenazas y percepciones, y los objetivos de actores sociales y organizacionales en un tiempo y lugar específicos.

Pero las crisis no sólo agudizan los problemas colectivos sino que generan, además, un extendido temor por el alza de los conflictos sociales y amenazas al orden institucional. Todo ello amplía los márgenes para la acción de los líderes de gobierno e intimida a las fuerzas de oposición. Cuando los  mecanismos que las crisis ponen en movimiento se combinan, se genera una demanda de gobierno que permite echar mano a los recursos institucionales necesarios para concentrar en la autoridad cualquier decisión para adoptar políticas e imponer un trámite expeditivo a su promulgación.

Una crisis social puede ser la consecuencia de un hecho medioambiental a gran escala, especialmente aquellos eventos traumáticos o catastróficos que implican un cambio abrupto.  Por sí mismos, estos eventos provocan una crisis que traspasa las fronteras de lo eminentemente geográfico, para provocar un conflicto dentro de las organizaciones de la sociedad.  No nos vamos a referir a este tipo de evento, sino a las implicaciones de la crisis que se manifiesta en las diferentes estructuras sociales que pueden desembocar en un escenario caótico. Tampoco nos referiremos a la crisis como fenomenología del caos individual, (ya hemos abordado parcialmente este asunto en el epígrafe anterior) ni a sus referentes mitológicos helénicos  o románicos.

La coyuntura de cambios que se pueden presentar en cualquier aspecto de una realidad organizada, está sujeta a una evolución de acontecimientos. Cuando estos acontecimientos son críticos, es decir cuando violentan la estructura ética y socialmente aceptada del comportamiento de las personas y de las instituciones en las organizaciones sociales, provocan un determinado estado de incertidumbre y la resolución -o profundización- de esos eventos traen inexorablemente consecuencias trascendentales para la sociedad.  En este punto decimos que esa sociedad ha entrado ‘en crisis’, o lo que es lo mismo, que ha iniciado (bien endógenamente, bien por factores exógenos) un proceso de reacomodo que identificamos como ‘entropía social’, transformación que se enfrenta de manera inmediata con los antígenos institucionales de dominio, mando y de gobierno que hemos llamado ‘controlentropía’.

Crisis y conflictos ¿Lo mismo pero diferente?

Para proseguir, es necesario despejar la diferencia conceptual entre crisis y conflictos, así como también los procesos inherentes al manejo de las crisis y la gestión de los conflictos. Comencemos por lo fundamental: El conflicto social.

Los conflictos sociales son procesos que se apoyan en las relaciones históricas de antagonismo entre los miembros de una misma organización societal o con otras organizaciones y/o sociedades en pugna con aquéllas, cuyo proceso (palabra clave… anótela por ahí) tiene profundas raíces culturales, religiosas, políticas, étnicas, económicas ¡y hasta cosmológicas! Los conflictos sociales usualmente manifiestan apreciaciones dicotómicas: empresas versus trabajadores; pobres versus ricos; tradicionalismo versus modernismo; y un largo etcétera de conflictos sociales que significan trances de manifiesta hostilidad entre grupos de personas. Mientras los conflictos sociales son procesos que tienen contradicciones estructurales, institucionales y hasta culturales en sus orígenes, las crisis son eminentemente coyunturales, referidas a circunstancias específicas y cuya beligerancia y trascendencia en el seno de una organización social está determinada por el lazo coyuntural que posea la crisis ante la opinión y el convencimiento de los actores involucrados.

¿Y el caos, el caos social? ¿Nace de una crisis? ¿Lo provoca un conflicto? Paciencia… Que todavía hay mucha tela por cortar entre crisis y conflictos, y muy probablemente Usted llegará a responder estas tres preguntas mucho antes de que yo le de mi concepción. Por eso debemos, usted y yo, seguir la ruta epistemológica que nos conducirá a contrastar nuestras opiniones.

Las crisis son, por ensayar una aproximación conceptual, conflictos en estado de latencia. Están ahí, vigentes y presentes en los individuos y en las sociedades, como en animación suspendida. Nacen, crecen y se reproducen en el pre-consciente colectivo, esa instancia de la psicología social que se nutre de la opinión, los gestos, las actitudes y los prejuicios de las personas cuando actúan ‘en sociedad’, vale decir, en la inter relación con ‘los otros’. Cuando una crisis pasa el umbral de la evidencia, entonces se manifiesta como conflicto y los procesos controlentrópicos se concentran en la solución de los problemas de fondo, una actividad que le está negada al ‘manejo de la crisis’, porque la administración de las variables de la crisis sólo se enfocan en el análisis y la resolución de las razones puntuales que provocan la crisis.  Un Doctor, especialista en Medicina General lo explicaría así: El manejo de la crisis atiende los síntomas de la enfermedad social, mientras que la gestión de los conflictos provee el tratamiento de las causas.

La dicotomía crisis – conflicto genera una confusión operativa, pues muchos analistas pretenden abordar la resolución de conflictos con los enfoques y las herramientas con los que se maneja una situación de crisis. Los conflictos son procesos sociales plurietápicos, siendo la crisis una de esas fases. Incluso en el desarrollo de un conflicto social pueden aflorar varias y diversas crisis, no necesariamente de la misma intensidad ni con la misma importancia, como tampoco se presentan de manera simultánea, ni involucran, necesariamente, a los mismos actores. Puede suceder, pero no es en el común de los conflictos.

Retomemos el planteamiento inicial: ¿Cuáles crisis, que derivan en conflictos,  producen cuáles caos en los conglomerados sociales? Se han caracterizado al menos seis tipos de crisis sociales, a partir de su tipología: Crisis de posicionamiento, crisis ideológicas, crisis reformistas, crisis ambientalistas, crisis reinvindicacionistas y crisis compensatorias. Pero también las crisis se categorizan a partir de sus creadores. En este escenario encontramos cuatro tipos de actores: Los activamente involucrados, los pasivamente involucrados, los activamente ignorantes y los pasivamente ignorantes.

Para simplificar la percepción de cómo la crisis y los conflictos anteceden al caos, vamos a caracterizar a las crisis sociales en dos tipologías: Las que surgen por accidentes u omisiones provocadas por el hombre y que pueden servir de incentivo para el surgimiento de demandas y reivindicaciones sociales (aunque no estén vinculadas con el desastre original), y las crisis sociales generadas por el relacionamiento social, que surgen como parte de la interacción entre los miembros de una sociedad, y que se pueden sub-clasificar en previsibles, como los cambios políticos y las huelgas, y en sorpresivas cuando los factores que desencadenan la crisis no son identificables a priori.

Protocolos operativos de la crisis y el conflicto

Se asume que cualquier controversia social es la discusión, en debate civilizado, de cualquier polémica o litigio, que fundamenta la argumentación de las partes sobre la dialéctica de la propuesta y la réplica de puntos de vista opuestos, en relación al tema controvertido; mientras que las disputas sociales se desarrollan sobre soluciones a las que se puede llegar a partir de un acuerdo negociado. Ambos escenarios (la controversia y la disputa) dirimen las crisis mediante procesos de mediación y concertación, siempre que las rivalidades se mantengan dentro del marco del diálogo y no lleguen a los niveles de hostilidad que imposibiliten la negociación.

Pero cuando la negociación de la controversia social no genera una solución satisfactoria para las partes involucradas, o no produce una disolución de las causas que generaron la polémica, se profundiza la disputa y surge una crisis. Las crisis sociales están asociadas a la hostilidad, al enfrentamiento y a la agresión física, por lo que generan violencia y rompimiento del orden público.  ¿Cuál es el baremo que determina que una controversia se transforma en una crisis, y ésta en un conflicto? ¿Quién califica de crisis a una controversia irresoluta?  En casi la totalidad de los casos, son los mismos involucrados en la controversia quienes la asumen de una u otra forma. También inciden en la calificación del evento las autoridades civiles, los medios de comunicación y todas las  organizaciones sociales involucradas, que se sienten identificados con mayor o menor intensidad de compromiso, con todas o alguna de las partes en controversia. Cuando se asume que la dinámica de la controversia se transforma en una ‘crisis’ o en un ‘conflicto’, dicha identificación toma el control del evento y es asumido como tal ‘crisis’ o cual ‘conflicto,  aunque los actores estén o no de acuerdo con dicha identificación.

Toda crisis social, cuando progresa hasta ‘conflictuarse’,  se manifiesta como un acontecimiento en espiral, que se crea y se refuerza con la percepción y las acciones concretas de los integrantes de un conglomerado, categorizado como un evento perturbador que posee o genera un determinado descontrol institucional. En este estadio perceptivo, las apreciaciones se desvirtúan y las percepciones subjetivas se dan por válidas, así como inevitables los elementos que provocan la crisis. Para que la espiral de la crisis prosiga su escalada y se transforme en un conflicto abierto y generalizado, es conditio sine qua non que las causas que lo genera se expandan mucho más, que se generalicen, para incluir a la mayor cantidad de personas, lo cual provoca una primera respuesta de la institucionalidad organizada que detenta el poder controlentrópico: Se destinan recursos para la disolución del conflicto.

De acuerdo con el tipo de amenaza con la que se le asocie, las crisis sociales pueden transgredir la estructura básica de las instituciones o quebrantar el corpus legal y los valores fundamentales de las organizaciones y de la sociedad. La evaluación que se hace de la gravedad y el tipo de amenaza que provoca la crisis es lo que provoca una respuesta institucional, que no es la misma si la crisis afecta bienes comunes (vías de comunicación, infraestructura pública, etc.) o si afecta la seguridad y en definitiva la vida de los ciudadanos. La magnitud del riesgo y la trascendencia amenaza son los parámetros para cualificar el impacto que la crisis provocará.

Mientras la institucionalidad procura la restauración del orden, la espiral de crisis social se dispara, la comunicación natural y anteriormente fluida entre individuos, grupos y estructuras se interrumpe o se ralentiza dramáticamente, se endurecen las posiciones entre los que el conflicto enfrenta y se consolidan los grupos ‘de defensa’. Aparece el problema y con él, la percepción de un ‘no-control’ que degenera en caos.

Vista desde una perspectiva economicista, la crisis genera costos; unos medibles y otros invisibles. Los costos pueden ser medibles por pérdida de producción, inversión, comercio e  impuestos. También son cuantificables por la destrucción de la infraestructura (y los costes involucrados en la reconstrucción), por la destrucción de vías de comunicación y por la merma de los presupuestos, que previo a la crisis se destinaban a educación y a otros servicios básicos, pero que se destinan a enfrentar las pérdidas y otros efectos financieros provocados por la crisis.

Pero son los costos invisibles los más difíciles de identificar y de reponer, porque la crisis incrementa la frustración y provoca un profundo sentimiento de inseguridad. Aumenta la sensación de indefensión ciudadana y reduce la cohesión de la unidad social. Afecta negativamente la solidaridad y la cooperación, y crea un clima de incapacidad para actuar colectivamente por la marginalización de diversos sectores que luego se abstienen de participar en la vida productiva del país porque la crisis social se manifiesta con un alto grado de incertidumbre.

Paralelamente, la crisis provoca un aumento no contemplado en ‘gastos paliativos’ para atender a las demandas sociales de quienes por una razón u otra se consideran –o realmente son- víctimas de esa crisis.  A estos costes se le suma el ‘intangible negativo’ de la pérdida de prestigio internacional y el aumento de otras tensiones sociales que en teoría pueden convertirse en vórtices sociales que desencadenen nuevas y más profundas crisis.

Las crisis sociales involucran un conjunto de factores intervinientes, que como variables exógenas, afectan los niveles de riesgo y las oportunidades de resolución. Estos factores a tomar en cuenta son las emociones, las relaciones de poder, el factor tiempo y las reacciones de quienes de una manera u otra se ven involucradas en la crisis y sus consecuencias.  Las crisis sociales son eventos emotivos, que a medida que la crisis se desarrolla, pone de manifiesto los sentimientos de los que participan en la controversia vuelta crisis: Impotencia ante el escenario, sentimiento de pérdida o vacío espiritual, frustración e impotencia, venganza y hasta una elevada resistencia al cambio.  El nivel de las emociones retroalimenta la crisis e incrementa su intensidad para asegurar su continuación evolutiva hacia la fase siguiente: El conflicto.

Identidad cultural y crisis social

Algunas organizaciones edifican su identidad cultural y social sobre una crisis. Otras generan crisis a partir de sus postulados originarios y la perseverancia de la crisis es un elemento de vital importancia para ellos. En ambos casos la comprensión de los factores y del origen de la crisis y de los modos y maneras en que se maneja esa crisis está subordinada al nivel emotivo de los individuos  implicados.  El manejo de una crisis implica, entonces, el reconocimiento de los tipos y niveles emocionales que la provocaron y de los que la alimentan.

Pero la comprensión de un estadio social crítico se obstaculiza cuando alguno de los actores  -o la totalidad de ellos- insisten en darle al evento una interpretación fatalista, en la que se identifican a sí mismos como víctimas de otras personas, organizaciones o de instituciones, e incluso víctimas de circunstancias indeterminadas e indefinibles que señalan como ‘el destino’.  Se está ante una cultura de victimización, y es ella la que determina con su intensidad y grado de compromiso las condiciones que se interpondrán para disolver el cuadro crítico o finiquitar el conflicto.  Esas condicionantes no son otras que las compensaciones, las reparaciones y las disculpas que los actuantes auto victimizados esperan les sean resarcidas para deponer sus actitudes y conductas, y como requisito para que retorne la paz social alterada.

Básicamente, las crisis perturban las posiciones de poder, tanto individuales como grupales porque sus consecuencias inmediatas y a mediano plazo afectan el orden político. En circunstancias determinadas, la aparición y la beligerancia de una crisis pueden ser atribuidas a un reajuste de poderes en el que la violencia juega un papel protagónico. El asesinato de Julio César, el guillotinamiento de Maximilien de Robespierre o el ajusticiamiento de Benito Mussolini (por poner sólo tres ejemplos notorios de la historia política universal) son muestra de esa violencia, nacida en el crisol de una crisis y cuyo resolución violenta generó, en cada uno de los tres casos ejemplificados, profundos conflictos que luego desembocarían en caos generalizado.

El tiempo es uno de los factores críticos para analizar y comprender cualquier crisis.  Nos referimos no al tiempo histórico, sino al tempora exsecutionis de los involucrados, que al fin de cuenta condiciona el propio tiempo.  Este factor les impone a los actores de la crisis la adopción de mecanismos de análisis y de planeamiento previos al evento.  Para quienes se oponen a cualquier crisis, vale decir, para quienes ejercen el poder controlentrópico, asumir el tiempo de la crisis es vital para evitar que  ésta se profundice y con ello se derive en un conflicto abierto.

Normalmente se asume que las crisis son acontecimientos sociales de carga negativa, transgresores de la paz social y por ello se les considera como eventos de alto riesgo, generadores de estrés colectivo, circunstancias inesperadas e incertidumbre.  Como se trata de eventos no programados esto tiene implicaciones sin precedentes de adversidad que requieren la asunción de decisiones instantáneas. La complejidad y la fragmentación que se produce en la toma de este tipo de decisiones (nos referimos a las decisiones para enfrentar, desde la institucionalidad a las crisis sociales de carga negativa) usualmente quebranta la comunicación y provocan en las audiencias una percepción de ‘black-out’ informativo.

Pero algunas crisis sociales, específicamente aquellas que involucran en sus consecuencias una combinación más o menos equilibrada de alternativas de resolución positiva y negativa, ofrecen una incalculable oportunidad para que la remisión del conflicto generada por ella conduzca a un cambio social, que de no ser por la crisis hubiese sido improbable que se produjera, al menos no en el corto plazo. Este tipo de crisis propicia la coordinación inter institucional, intra gubernamental y entre actores sociales, que en otras circunstancias jamás hubieran podido coparticipar de un proyecto de cambio social, si no fuere porque la crisis generó el encuentro de objetivos comunes.

Realidad y percepción: Variables de las crisis

En la caracterización de una crisis social cabe la aplicación del refrán…”todo depende del cristal con que se mire”. En efecto, las crisis sociales pueden ser una realidad para unos, mientras que para otros puede interpretarse como otro tipo de fenómeno. Para unos, la crisis es un evento real, pero para otros no y esto se debe a la interpretación subjetiva de las señales de la crisis.   En este sentido, las percepciones son tan válidas como los hechos y por ello, sean reales o imaginarias, las crisis sociales son procesos complejos que implican la toma de decisiones en ambientes de incertidumbre y esto, ciertamente, limita las posibilidades de acciones asertivas, más aun cuando la incertidumbre se acompaña de un tiempo perentorio y de distintos grupos-actores, con diversidad de objetivos y visiones muchas veces opuestas del mismo escenario.

Es por ello que cuando una crisis es identificada como ‘un problema’ como una complicación que plantea una dificultad o una duda en un ambiente de incertidumbre, la comprensión de la extensión y la profundidad de la crisis se limita a lo meramente enunciativo del problema, y el manejo se focaliza en ofrecer ‘una solución’, o varias, para ese problema, mientras se olvida o se soslaya la asunción de los demás factores que componen la crisis.

¿Qué determina que una situación pueda ser definida como ‘una crisis’, con toda la implicación del término? La respuesta es una: La percepción que se tenga sobre el valor de pérdida y la probabilidad de quebranto social. En todos los casos, lo que se percibe es una pérdida social que puede ser material, emotiva o intangible, ubicada en un espacio-tiempo preciso. Las percepciones y las interpretaciones que tienen los actores sobre los eventos que se desencadenan en crisis es llamado “modelo colectivo” y las inter relaciones de los actores, a través de las estructuras sociales (o figuras de agrupación por afinidad de objetivos) son las que proponen la definición real de la crisis, y será a través de estas estructuras que los actores podrán participar, bien en la controlentropía de la crisis, bien en la construcción del o los vórtices sociales que desembocarán en una crisis real ‘bifronte’: O se resuelven los factores que generaron la crisis por gestión endógena, o se desencadena el caos, para derivar en una propuesta social diferente, que en anteriores ensayos hemos llamado ‘negentropía’.

Frente a las múltiples interpretaciones que se le dan a la crisis, y a las aún más numerosas y disímiles soluciones que se aportan, cada actor social aspira que ‘su’ solución sea ‘la’ solución aceptada por los demás. La situación se dirime por dos vías: Bien a través de la construcción conjunta de una solución mutuamente aceptada y consensuada del “modelo colectivo”, que es en sí mismo el único modelo de solución sostenible en el tiempo, por ser participativo y democrático, o bien por la solución impuesta por un solo actor, que aquí llamamos modelo coercitivo”

Frente a la multiplicidad de interpretaciones, percepciones, actores y soluciones, cada quien desearía que “su solución” fuese la aceptada. Este atolladero se supera cuando los actores, en forma consensuada, acuerdan una solución que dé satisfacción a los intereses de la mayoría, sin descartar la participación de las voces minoritarias.  La construcción conjunta de una solución mutuamente satisfactoria es la única salida que será sostenible (modelo participativo-democrático), mientras que los modelos coercitivos, aunque ofrezcan la solución más adecuada aumentan la presión sobre los individuos del colectivo y repotencian la crisis hacia el futuro, hasta un punto de ‘no-diálogo’  que eclosiona las estructuras sociales y desencadena por sí mismo el caos social.

Factores originarios de las crisis sociales

¿Se pueden identificar, aunque sea genéricamente, los factores que originan las crisis sociales? Las crisis sociales, hemos afirmado, son eventos de percepción. Interpretaciones que hacen los ciudadanos sobre los acontecimientos, los cuales juzgan a partir de su marco referencial de valores y en relación al grado e intensidad que esos eventos tienen para afectar positiva o negativamente la vida y el desempeño de los individuos en el colectivo. Se trata, entonces, de ‘factores perceptuales’ que pueden ser factores endógenos, es decir, referidos a las personas y a las organizaciones que hacen vida social en un determinado conglomerado, como factores exógenos, que son los elementos ‘avenidos’ desde la periferia, como la tecnología, los cambios estructurales o el contexto geopolítico.

Vista así, la crisis no es unidimensional, pues en cada evento crítico pueden existir al menos tres orígenes concomitantes que afectan la percepción e identificación de cualquier crisis social: 1.- Las razones perceptuales. 2.- Los motivos sociopolíticos. 3.- La influencia de lo tecnológico-estructural.

Las razones perceptuales surgen de los individuos y se fundamentan en el marco de referencia social (también llamado estereotipo de socialización activo), en el sistema de valores individuales (que surgen del proceso de socialización ‘primario’ en el hogar y en la escuela) y en la cultura. Esta percepción no es más que el discernimiento sobre una escala subjetiva de valores individuales y colectivamente aceptados que integran la cultura grupal, y a partir de la cual se perciben las bondades, las conveniencias o los riesgos y las amenazas de una determinada situación social; situación que puede ser pre-identificada por el sujeto como una crisis de una determinada magnitud, en referencia a su potencial nocivo sobre sí, sus grupos de referencia y la sociedad en general.

Estas razones perceptuales  y los valores involucrados en ellas, determinan la forma en la que diversos actores construyen e interpretan la realidad. Para unos, las crisis sociales son una manera efectiva de hacer escuchar su voz, porque conciben a la sociedad como el escenario de una lucha constante entre fuerzas antagónicas, sean éstas sociales, políticas o ideológicas; para otros las crisis representan un rompimiento ilegal del orden social y constituyen un atentado contra el funcionamiento “normal” de la sociedad, una sociedad que conciben exenta de contradicciones y oposiciones y en la que los eventos desestabilizadores, como la protesta en cualquiera de sus manifestaciones, es mal vista y se considera el génesis mismo de la crisis y síntoma de una situación, previamente catalogada de ‘anormal’, que según ellos es artificialmente creada.  En cualquiera de ambas posiciones, las ‘razones perceptuales’ son las que motorizan a los individuos a actuar en y por lo que perciben como crisis social.

Los motivos sociopolíticos están relacionados con la credibilidad y la legitimidad de los liderazgos, vinculados a la proximidad o lejanía de los individuos respecto a los posicionamientos políticos de los actores y las organizaciones que desempeñan (o han asumido) el rol de ‘dirigentes sociales’; en relación con las ideologías y particularmente con las ofertas, sean electorales o de soluciones coyunturales que emanan de los proyectos políticos y sus ideologías. Los ‘motivos sociopolíticos’ son los que condicionan, dirigen y enfocan el accionar de los individuos en las crisis sociales.

La influencia de lo tecnológico-estructural es un conjunto de desafíos exógenos que plantean incentivos a la sociedad. Estos retos pueden ser de evolución, de desarrollo horizontal y democratización del acceso a las tecnologías, o de demanda tecnológica no satisfecha; en cualquier caso, la carencia, la obsolescencia o la insuficiencia de lo tecnológico-estructural genera crisis relacionadas con la calidad de vida, el aggiornamiento de los conocimientos y los desafíos al progreso en la sociedad. La ‘influencia tecnológico-estructural’ provoca crisis de crecimiento y retos de progreso.

Pero las crisis se desencadenan por decisiones poco afortunadas, tanto de los individuos cuando actúan como muchedumbre, como por los dirigentes en su rol de guías sociales y por demandas insatisfechas, muchas de ellas relacionadas con la pobreza, las injusticias sociales y la exclusión de grupos de actores sociales que han sido marginados por alguna causa o circunstancia.  La pobre y fragmentada comprensión de los orígenes y los fenómenos involucrados en una crisis por parte de la dirigencia social, acrecienta su beligerancia hasta el punto de transformarse en un conflicto abierto, que de no manejarse adecuadamente, irremediablemente derivará en un caos, cuyos vórtices sociales se ubicarán en el epicentro de las percepciones subjetivas, los motivos sociopolíticos y hasta en las influencias tecnológico-estructurales.

Violencia y crisis social

Una pregunta salta de improviso ¿Todas las crisis sociales son violentas? Una primera aproximación nos advierte que no se debería asumir automáticamente que las crisis sociales son situaciones de violencia, porque no todas las crisis poseen el componente agresivo que degenera en violencia, y no todas ‘las violencias’ provienen de una situación crítica.  Pero las crisis violentas tienen características particulares: se sustentan ya sea en reivindicaciones legítimas o en acciones ilegales. Su impronta común la determinan los actos de agresión (física, verbal o psicológica) actos que son rechazados en casi todas  las sociedades. Eso no descalifica a la violencia como método efectivo en la consecución de metas, objetivos o beneficios, ya que es esta utilidad instrumental  lo que la potencia mientras se obtengan los resultados deseados.  Las protestas violentas, la destrucción indiscriminada de bienes públicos y las agresiones a personas y propiedades privadas seguirán siendo parte del la vinculación violenta y perniciosa entre grupos humanos y el círculo vicioso de las crisis sociales irresolutas.

Las crisis sociales sorprenden por su manifestación muchas veces repentina y su comprensión se dificulta porque a menudo toma desprevenidos a los actores. Las crisis violentas ocurren, en muchos casos, debido a la ausencia de alternativas a la protesta callejera. Para algunos analistas sociales la ocupación destructiva de instalaciones es el resultado de la carencia de espacios en los que puedan presentar, de manera no violenta, las preocupaciones, peticiones y perspectivas de los que se sienten afectados por los elementos, las situaciones y demás componentes que construyen una crisis en el ámbito social.

En la mayoría de los casos, las crisis que generan violencia son consideradas como luchas de poder con las se pretende obtener influencia social para ejercer dominio decisorio e imponer proyectos sociales en el decurso de los acontecimientos en una sociedad.  Las instituciones, las convenciones sociales y la normatividad son las encargadas de sistematizar  la controlentropía sobre las luchas de poder a nivel social pues en este contexto, el poder es visto como un medio y perderlo es renunciar al acceso a otros recursos de control social. En sociedad, toda lucha de poder es, en esencia, una confrontación de legitimidades, que se orienta hacia los actores sociales según convenga o no a las ideologías dominantes del momento.

Las crisis sociales más violentas son aquellas que se originan en la lucha por el control del poder. Éstas  tienen como finalidad modificar a discreción la agenda o el modelo de desarrollo económico global, desde una perspectiva grupal o sectorial. Cuando las crisis sociales no se solucionan a satisfacción de los ciudadanos, eclosionan en graves conflictos donde el componente político plantea, ni más ni menos, que un vórtice caótico para acceder al poder. Es ante todo,  una lucha que suele iniciarse por la defensa de los derechos individuales y colectivos, pero cuyo fin no es otro que el acceso al poder para ganar y ejercer influencia social.

Esta influencia social se ejerce desde el poder y se realiza sea con persuasión o con medidas coercitivas. En el primer caso, la posibilidad de reducir la crisis a niveles aceptables por el colectivo se incrementa en la misma medida que las partes involucradas en la crisis llegan a entendimientos colegiados y con beneficios comunes. En el segundo, la coerción genera resistencia y oposición, y con frecuencia la crisis se convierte en un conflicto abierto, con  reacciones de mayor violencia. La coerción se presenta como un componente transaccional atractivo porque genera la ilusión de que reducirá la crisis y conjurará el conflicto, mientras que la persuasión, aunque requiere de tiempo para construir una relación basada en la confianza, el respeto y beneficio mutuo, construye relaciones más sólidas y disuelve las asíntotas[24] de las crisis.

Tal como lo afirmamos al inicio de este epígrafe, las crisis sociales tienen manifestaciones violentas y no-violentas. Las violentas conducen al caos. Las no violentas provienen del cuestionamiento a una autoridad o institución, a la que se demanda una acción inmediata, una respuesta efectiva sobre un tema o acontecimiento, siendo esta demanda firme (aunque pacífica) por quienes la plantean, y de carácter ineludible para quienes se manifiesta.  Todo reclamo genera una situación de crisis, bien en la operatividad de quienes están obligados a ofrecer soluciones, bien en la legitimidad y la legalidad de quienes ponen en tela de juicio tal operatividad, en una primera instancia caracterizada por la confrontación de las ideas, las situaciones y los hechos pero sin violencia.

Una de las características de las crisis sociales que tienen como sustento demandas legítimas, es el grado de frustración que experimentan los afectados al no contar con mecanismos y espacios en los que puedan ser oídas y atendidas convenientemente sus preocupaciones y reclamos de manera pacífica. La falta de foros para el diálogo que se observa en la sociedad explica por qué la frustración de los entornos sociales ha llegado a niveles críticos de decepción colectiva.

Pero mientras más se dilate el lapso de las soluciones la crisis se acentúa, y con ello se extiende la posibilidad de que se convierta en un conflicto, que puede llegar a ser violento a medida que los niveles de frustración aumenten y se generalicen.  La dificultad para identificar y comprender el ADN violento de una crisis estriba en la incapacidad del analista social (o del político, o del ‘gestor-de-conflictos’) de comprender cómo operan en la concepción de la crisis y en su desarrollo los estados emotivos, las intenciones y las metas de los individuos que integran al colectivo en crisis, y cómo los dirigentes de los movimientos sociales manipulan y conducen esas crisis hasta convertirlas en conflictos sociales, en los que se manipulan los sentimientos que caracterizan “a la masa” y que son los que fácilmente desembocan la crisis en caos.

Estas manifestaciones violentas de la crisis toman la figura operativa de las agresiones directas y de destrucción.  Se trata, a no dudar, de situaciones emotivas difíciles, cuyos elementos en común son el miedo, el odio y la mentira, pero también la maniobra política que descontextualiza las aspiraciones iniciales de las víctimas de la crisis.  Esta manipulación acrecienta temores y propicia las reacciones destructivas y agresivas (verbales o físicas) pues en muchos casos el objetivo es impedir que los procesos de comunicación y de conciliación disuelvan los elementos generadores de la crisis. En estas circunstancias de mala fe, la respuesta tiende a ser coercitiva.

Cuando los administradores del poder, o de las instituciones afectadas por una situación de crisis social pretenden detener el desarrollo de una crisis, o evitar la escalada de violencia que la transforme en un conflicto o en una situación de caos social, con una proposición irreflexiva, o con una promesa que de antemano se sabe que no será posible cumplir, no hacen más que prolongar (y profundizar) la crisis originaria con ofrecimientos que si bien pueden tener efectos inmediatos, en el mediano y largo plazos refuerzan la percepción de que se actuó con “mala fe”. Ello en sí constituye razón de peso para continuar y/o intensificar la antigua crisis o iniciar una nueva, generando un sentimiento de mayor desconfianza. En estas circunstancias los administradores de la controlentropía social deben tener presente que una vez se cede a esta coacción de orden social, no hay manera de detener su recurrencia.

Hacia una tipología de la crisis

Si bien podemos encontrar en la literatura especializada infinidad de propuestas que intentan determinar una genealogía de la crisis, la gran dificultad consiste en que las crisis sociales no se ciñen a modelos prefabricados o simplificados que sólo son reflejo de  la opinión y postura ideológica de quienes elaboran las clasificaciones. La complejidad del origen de la crisis, junto a una realidad  dinámica y en constante cambio impide la concepción de una tipología estática y válida para los eventos críticos en cualquier grupo social,  porque a fin de cuentas, una tipología es sólo el reflejo de una clasificación subjetiva elaborada desde la perspectiva particular de quien la emite y en relación a sus muy particulares intereses. A pesar de ello, es posible identificar algunas características comunes en la mayoría de las crisis sociales que permiten abordar una aproximación tipológica.

Crisis de posicionamiento

Se define como posicionamiento social a la referencia valorativa y estimativa del ‘lugar’ que en la percepción mental de una persona tiene una idea, un concepto o una promesa, lo que constituye la principal referencia de contraste que existe entre ésta y otras similares.  El posicionamiento social es un principio fundamental de la comunicación política que ratifica su esencia y su filosofía, ya que el ofrecimiento proselitista, la oferta social o la promesa política no es el fin, sino el medio por el cual se accede al poder o a determinada cuota de liderazgo social, pues el mensaje opera como un disparador conductual desde la mente del ciudadano en cualquiera de sus roles sociales: elector, creyente o prosélito.

Las ideas y las promesas ‘se posicionan’ en la mente del ciudadano como esperanzas con ‘referente ético’ y social; De este modo, lo que ocurre en la sociedad es consecuencia de lo que ocurre en la subjetividad de cada individuo. Las estrategias exitosas de posicionamiento social se traducen en la adquisición por parte de un líder (de una agrupación política o de una congregación social) de una ventaja competitiva. Las bases más comunes para construir una estrategia de posicionamiento social son: posicionamiento sobre las características específicas del conglomerado; posicionamiento sobre soluciones, beneficios o necesidades específicas; posicionamiento sobre las ventajas o características sobresalientes de determinadas categorías sociales;  posicionamiento sobre ocasiones y locaciones específicas para la satisfacción de necesidades recurrentes; posicionamiento de contraste valorativo y aventajado versus otro concepto, idea o promesa;  y posicionamiento a través de la disociación por tipo de oferta o promesa.

Más generalmente, existen tres tipos de conceptos de posicionamiento social:

1 Posiciones funcionales  para resolver problemas concretos y proporcionar beneficios a los ciudadanos.

2 Posiciones simbólicas con el incremento de la auto-percepción valorativa, la simbolización de imágenes épicas, la identificación con el ego del líder (sublimando en él las carencias afectivas y de competencia); la pertenencia grupal exclusiva y su significado social; y por último, la filiación afectiva.

3 Posiciones experimentales que exaltan las pasiones y proporcionan fuerte estimulación sensorial; y los posicionamientos de estimulación cognitiva.

Encontrar un posicionamiento social para la estructuración de un mensaje se ve facilitado por una técnica gráfica llamada mapeado perceptual, y por otras técnicas de investigación y estadigráficas, como el escalado multidimensional, el análisis factorial, los análisis conjuntos y el análisis proyectivo lógico.

Ahora bien, toda crisis de posicionamiento es una competencia de influencias sociales que se desarrollan para alcanzar la mejor y más sólida posición política dentro de un conglomerado social y con ellos disponer de la mejor posición para negociar en las condiciones más ventajosas posible. El objetivo común a este tipo de crisis es el reajuste del balance de los poderes persuasivos, o de control, en la sociedad  a partir de una negociación cuya tipología de conflicto es de fuerza.

En este tipo de crisis, independientemente de las condicionantes económicas y ambientales que las definen, se busca modificar la desigualdad de poderes, a través del empleo de medidas de presión y coerción. La característica común es el involucramiento emocional e ideológico de grupos altamente motivados y organizados. Con la crisis no se busca una “solución” sino más bien hacer un pronunciamiento de naturaleza política, que comúnmente es aprovechado por los líderes de las organizaciones involucradas para alcanzar metas y/o la obtención de ‘réditos políticos’ para negociar, bien con otros líderes en circunstancias similares, bien para negociar con las instituciones que ejercen el control social.  Debido a que este tipo de crisis son recurrentes, los esfuerzos por manejarlas generan procesos de negociación por la fuerza, en los que si bien se puede lograr una tregua, no se llega a su disolución total, ya que éstas permanecen latentes.

Una crisis de posicionamiento es el contraste de la seguridad de la objetividad con la  incertidumbre desde cualquier postura que requiere construirse expresamente.

Crisis ideológicas

Las crisis ideológicas son cambios significativos en los sistemas, las estructuras e incluso en las instituciones de una sociedad. Como este tipo de crisis tiene como fundamento producir y/o estimular cambios estructurales, el objetivo final no es  otro que un reordenamiento social que transformen a la sociedad mediante el uso estratégico de la violencia.  La crisis se manifiesta a partir de los choques entre partidarios de ideologías distintas u opuestas y la confrontación entre las fuerzas del orden público y quienes manifiestan disidencia con enfrentamientos callejeros Objetivo: reordenamiento social.

La meta es propiciar un cambio en el enfoque político, bien con el apoyo de  la fuerza del poder público, bien con la fuerza de la oposición de los públicos en la calle. En este escenario, los ofrecimientos de diálogo son usualmente rechazados por las partes en conflicto pues se considera que el diálogo no es más que un paliativo momentáneo, un cambio cosmético o peor: la obtención de ‘tiempo político’, por parte de quien lo propone. Aquí, si bien el nivel de organización ideológica es menos sofisticado que en las crisis de posicionamiento, se manifiesta un mayor grado de motivación política, apoyada con una muy aceitada maquinaria de movilización de adeptos en las calles.

Desde el punto de vista del materialismo histórico, la crisis ideológica es la coyuntura de cambios en una superestructura ideológica que está desfasada con respecto a las condiciones materiales de las relaciones de producción o estructura económica y social.  Si la ideología es el lubricante que permite mantener fluidas las relaciones sociales, proporcionando el mínimo consenso social necesario mediante la justificación del predominio de las clases dominantes y del poder político, su inadecuación a nuevas condiciones o el surgimiento de ideologías alternativas que compitan con ella producen un aumento de la tensión social , que de acuerdo con el Materialismo Histórico se manifiesta en la lucha de clases, lucha que contribuye a la crisis de un modo de producción y su transición al siguiente.

Los máximos ejemplos de crisis ideológica de la humanidad son de alcance limitado; aún así, coincidieron con las grandes crisis seculares:

  • El desprestigio de la religión romana, la filosofía y el arte clásicos durante la crisis del siglo III, que acabó produciendo su sustitución por el cristianismo, el neoplatonismo, el agustinismo y el arte medieval.
  • La crisis de la escolástica que se manifestó a partir de su máximo exponente, Tomás de Aquino en el siglo XIII., una crisis que prosiguió en el siglo XIV en la economía, la estructura y en el poder político, que desarticula el orden feudal. Duns Scoto y Guillermo de Occam se anticipan y anuncian los cambios que la crisis ideológica traerá con el advenimiento del Renacimiento en el siglo XV, y de la Reforma en el siglo XVI.
  • La crisis de la conciencia europea que, en expresión de Paul Hazard, sacudió el ambiente intelectual coincidiendo con el final de la crisis del siglo XVII, el asentamiento de la ciencia moderna y el anticipo de la Ilustración.

No debe confundirse el concepto de ‘crisis ideológica’ con el de Revolución científica, que tiene su propia dinámica de relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, sujeta a la influencia de estructura económico-social y superestructura político-ideológica.

Crisis reformistas

Las crisis reformistas se integran en acciones para reorientar la política económica del Estado, a partir de cambios coyunturales y cambios Ideológicos que se intentan producir a través de una negociación por persuasión de los miembros de los conglomerados afectados. En la gran mayoría de estas crisis, las mismas se enfocan como ‘reorientación’ de las políticas económicas, a partir de una modificación que se plantea gradualmente y en la que se considera que unas actividades económicas han sido injustamente privilegiadas sobre otras.  En este tipo de crisis, grupos liberales que se enfrentan mantienen su rechazo inquebrantable a las actividades económicas de los grupos moderados (o conservadores) y se pretende reformular la visión sobre el rol del Estado para acelerar, o ‘ralentizar’, un desarrollo social entre lo ecológicamente sostenible y lo económicamente conveniente.

La economía política ofrece enseñanzas útiles acerca de los factores sociales y políticos que hacen que una reforma sea políticamente posible y socialmente aceptada. Contrariamente a lo que se supone, la crisis dificulta, más que favorece, las reformas. La razón está en el resentimiento de las clases populares y la clase media contra la corrupción y la mala fe en los negocios y la concentración de la renta y la riqueza. En ese contexto las reformas sociales, como las del mercado de trabajo y las pensiones, son vistas por muchos ciudadanos como una forma de añadir injuria al dolor de la crisis, algo que acentúa el resentimiento y la percepción de injusticia. Para vencer el resentimiento y la resistencia, las reformas en un ámbito concreto tienen que encuadrarse en el marco más general de una política que sea capaz de reconstruir el bien común y generar confianza en un futuro compartido.

En las democracias avanzadas el marco institucional general, que regula los derechos y deberes y las relaciones entre los diferentes actores sociales, está consolidado y aceptado. No se necesitan grandes reformas institucionales, sino imaginación para innovar dentro de cada una de las instituciones existentes. Por lo tanto, lo que demandan las sociedades son líderes del cambio, capaces de promover la innovación institucional y de persuadir a todos los actores que forman parte de esas instituciones -ya sea la empresa, la enseñanza o el sistema de pensiones- para que orienten su conducta al cambio innovador. La reforma surge así de forma interna, mediante pequeños cambios graduales y acumulativos desde dentro de cada organización.

Cuando los dictadores benevolentes imponen a la sociedad reformas que ellos consideran beneficiosas para los ciudadanos, pero que éstos rechazan por violentar sus preferencias, la crisis se transforma en conflicto, y tal como lo señalamos anteriormente, el conflicto derivará irremediablemente en caos social.

Las reformas producen ganadores y perdedores. Los beneficios, si existen, son a largo plazo, mientras que los costes se manifiestan en el corto y están mal repartidos. De ahí que una buena estrategia de reforma debe distinguir el corto del largo plazo. En situaciones de crisis, los líderes sociales deben ir con cuidado con las reformas que pueden acentuar la percepción de la crisis. De ahí la necesidad de contemplar mecanismos de comunicación, de interacción y hasta de apoyo a los más débiles para evitar la generalización de la resistencia al cambio, y con ello el surgimiento de un ‘rizo caótico’ que retrotraiga la situación hacia escenarios muy anteriores y más resistentes al que había previo a la convocatoria del cambio.

Los reformadores deben evitar la tentación de querer solucionar las ineficiencias propias copiando de forma mimética las mejores prácticas de otras experiencias similares. La economía del desarrollo asegura que lo mejor es enemigo de lo bueno y que lo bueno surge de la idiosincrasia y de las capacidades existentes a nivel local.

La existencia constante y perniciosa de grupos en pugna en combate estéril estimula la intervención de los ‘creadores de crisis’, quienes entorpecen las aspiraciones legítimas de las reivindicaciones de los que se sienten impactados por las actividades de una economía que consideran agresiva o que no satisface las expectativas de beneficio, y las demandas y proposiciones de los que simplemente desean obtener un beneficio directo o indirecto de la crisis provocada por las reformas.

Crisis ambientalistas

La sociedad humana está inmersa en una crisis ambiental de proporciones alarmantes. A pesar de las políticas y acuerdos internacionales por revertir la situación, existen fuerzas socioeconómicas que reproducen continuamente la degradación y depredación del medio ambiente, pero también degradan a la propia naturaleza humana. Visto desde una perspectiva ambiental, ¿Qué significan las crisis ambientales de origen económico?  Significan varias cosas. Una de ellas es el desperdicio, que adquiere varias formas: El consumo excesivo, el desaprovechamiento de las áreas cultivables, o los excedentes de las existencias generado por un mercadeo intensivo orientado a la producción de dividendos.

Es claro que combatir el desperdicio es uno de los objetivos de todo el movimiento ambientalista, pero generalmente lo que se entiende por desperdicio es el consumo excesivo, o bien el excedente sobre el consumo personal. Eso es insignificante comparado con el desperdicio provocado por el mercado, porque se trata de naturaleza transformada ya que todas las mercancías fueron producidas con materia prima proveniente de la naturaleza.

Es claro que tanto la depredación de los recursos naturales como la ampliación de la frontera productiva significan un desplazamiento de materiales de la naturaleza de un lugar a otro. Esa reconcentración de la materia natural termina como residuo de diferente naturaleza en ecosistemas ajenos al lugar de captura y deja en el lugar de extracción cantidades agresivas de metales pesados y elementos químicos contaminantes concentrados, dificultando o haciendo prácticamente imposible el metabolismo digestivo de los ciclos naturales.

En esencia, las crisis ambientales  -o ‘ambientalistas’-  tienen como objetivo hacer valer  en la conciencia de la población una voz  ecológica.  Esa es la razón primaria del surgimiento de los movimientos y los partidos políticos llamados ‘verdes’, cuyo objetivo consiste en hacer valer la negociación como el instrumento más común para las transacciones políticas y sociales. Pero transformada la crisis en conflicto, la presión a la opinión pública se convierte en el modo más común para dirimir las controversias.

Más allá del escenario que hemos definido, ¿Qué define a una crisis como ‘crisis ambiental’? Muy simple: El impacto ecológico de las actividades humanas. Las crisis ambientales surgen a raíz de las interrogantes que se hacen los ciudadanos conscientes sobre su participación en la toma de decisiones, en la definición del perímetro de validez de las competencias ministeriales y municipales; en el establecimiento de las metas de la gestión ambiental y muy particularmente, en el cuestionamientos del marco legal que rige las actividades económicas de impacto ambiental.

Usualmente las crisis ambientales (transmutadas en conflictos) hacen hincapié en las soluciones coyunturales de orden técnico para la remediación ambiental, pero muy pocas veces se abordan las consecuencias de orden social, cultural y económicas involucradas en el conflicto.  En este escenario se insertan las crisis y los conflictos, como los que se producen en la confrontación entre minería y agricultura, donde la degradación ambiental y la destrucción de los sistemas ecológicos y la calidad de vida se manipulan como argumento para exigir, de uno y otro lado, rectificaciones, permisos, presiones sobre marcos legales y de políticas económicas.

En este tipo de enfrentamiento social, que involucra ambiente, desarrollo sustentable y compromiso económico nacional, se dificulta diferenciar las reivindicaciones legítimas (causadas presunta o realmente por las actividades de una economía en crecimiento) de los reclamos (igual de válidos) de aquellos que han programado la explotación de un recurso natural para transformarlo en crecimiento social y beneficio colectivo. Sin desmerecer una u otra posición, el asunto es que lo ambiental se convierte en el epicentro de muchas y trascendentes crisis sociales, y la forma, el tono y el alcance en que se diriman esas crisis  -y los conflictos derivados-  afectan decisivamente el desenvolvimiento de los ciudadanos.

Pero el contexto político en el que surge la crisis ambiental, profundamente antagónica y beligerante, propicia el surgimiento de una cadena interminable de acusaciones y recriminaciones que lejos de intentar la búsqueda de soluciones a los problemas, hunde a los participantes de la querella en una trampa de reproches mutuos que impide alcanzar acuerdos consensuados. El proceso de negociación en la mayoría de las crisis ambientales se desarrolla, por tanto, en ambientes de presión, baja credibilidad, desconfianza y las más de las veces, de irrespeto.  Los ciudadanos demandan el respeto de los derechos humanos ambientales, como el derecho a la vida, a un aire limpio, a ser informados, a participar en las decisiones que afectan el equilibrio ecológico de su entorno y el derecho a un crecimiento económico ecológicamente sostenible.

Las crisis sociales que provoca la ecología se desarrollan en el ámbito público de las acciones colectivas, en las que participan grupos, asociaciones civiles, organizaciones no gubernamentales, pero también las empresas, las academias y los científicos, porque las amenazas de las crisis sociales ambientales engendran, en sí mismas, la incertidumbre sobre el planeta y ello acarrea un efecto perturbador en las relaciones entre los actores y promociona un clima de incredulidad mutuamente robustecido por la desconfianza.  A pesar de todo, las crisis ambientales proveen información valiosa sobre los límites de aceptación y de conflicto y permiten el análisis, paso a paso, del desarrollo de las crisis ambientales en conflictos, y éstos en vórtices caóticos que profundizan las entropías sociales.

Crisis reivindicacionistas

Las crisis de reivindicación social y de distribución equitativa de los beneficios públicos son, quizás, el germen de los conflictos sociales potencialmente más explosivos. Las poblaciones impactadas demandan, en ocasiones por medios violentos, no sólo el cumplimiento de las ofertas electorales o los compromisos adquiridos por el líder, la organización política o la empresa, sino que van más allá: Exigen que esos beneficios públicos y su distribución equitativa vengan acompañados por la satisfacción de sus necesidades básicas y el respeto de los derechos humanos, además de una coparticipación en la toma de decisiones que afectan su modo de vida y también el proceso de desarrollo sostenible general.

El objetivo central de este tipo de crisis es la búsqueda de responsables para sustituir culpas propias mientras se ubican ‘chivos expiatorios’ en el dintorno de la sociedad, y  el argumento esgrimido es que las organizaciones de control social (gobierno, empresas, instituciones, etc.) sobre-dimensionan los costos económicos, sociales, culturales, ambientales pero los ciudadanos obtienen pocos beneficios. El rechazo, en este caso, no es a las instituciones de control, sino a la forma en que se distribuyen costos y beneficios, riesgos y oportunidades en el seno de la sociedad.

Cuando los conglomerados no disponen  mecanismos y de escenarios para presentar demandas de manera pacífica, la crisis implosiona rápidamente porque los ciudadanos asumen la reivindicación social de manera personal; entonces surge inmediatamente la violencia como recurso táctico y las reivindicaciones sociales se tornan en un conflicto peligroso porque los sujetos que manifestaron la crisis se ‘masifican’ y el caos social surge casi por ‘generación espontánea.

En las crisis reivindicativas surge la lucha de las mayorías, que por virtud o castigo de las circunstancias se vuelven “masas”.  La ‘masa social’ puede definirse como un hecho psicológico, sin que para ello aparezcan los individuos en aglomeración física. Y aquí cabe la definición de ‘masa’ que alude José Ortega y Gasset[25] en su obra “La Rebelión de las Masas”[26]:

Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo”

Para este filósofo, las demandas sociales de cualquier género provienen desde dos fuentes: de la ‘masa’ o de las ‘minorías selectas’. Al referirse a las minorías selectas (a las que atribuye la propiedad intelectual de la conducción de las sociedades) Ortega y Gasset afirma tajantemente:

“Cuando se habla de minorías selectas, la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores.  Y es indudable que la división más radical que cabe hacer en la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellos vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”

Debido a la poca capacidad organización social de algunas de estas poblaciones ‘masificadas’ no es extraño que en muchas ocasiones, sus movimientos reivindicativos sean ‘secuestrados’ por manipuladores de oficio, agitadores propagandísticos, e incluso otros actores extraños y desafectos del colectivo en donde se inició la crisis, y entonces una crisis que nació como una legítima reivindicación social termine sirviendo a otros intereses políticos y, al final de cuentas  desvinculada del propósito original que la suscitó.

Crisis compensatorias

Para finalizar esta aproximación tipológica, encontramos las ‘crisis compensatorias’, que surgen cuando en la sociedad se manifiesta un manejo inadecuado de los accidentes que provoca una catástrofe natural, un accidente de cualquier tipo, o una calamidad que produzca daño, pérdida o ruina de grupos humanos. La crisis se manifiesta a partir del siniestro y de la identificación de las responsabilidades. Las crisis compensatorias transcurren en ambientes de profunda incertidumbre, en la que la desconfianza y las percepciones de ocultamiento (real o supuesto)  afectan la aceptación o no de las responsabilidades.

Si bien los objetivos finales de este tipo de crisis consisten en la reparación del daño, el énfasis se coloca en el tipo e inmediatez de las compensaciones para los afectados. Las crisis sociales compensatorias son recurrentes. Su dinámica presiona para encontrar soluciones inmediatas  que invariablemente  conducen a compromisos de negociación, no obstante que los actores (incluido el Estado) no siempre están preparados para conducirlos y/o participar en ellos. Las tensiones conducen a realizar ofertas aceleradas con el objetivo de poner fin a la crisis que al ser apreciadas en momentos de mayor lucidez se puede apreciar que los compromisos asumidos terminan por convertirse en potenciales  promesas incumplidas que, a su vez, se transformarán en origen de nuevas crisis, pero en un ambiente de mayor desconfianza e incertidumbre.

La complejidad de las compensaciones  sociales, las diferentes percepciones de los resarcimientos  y el pánico asociado con la situación de crisis de la que son presa la mayoría de los actores, hacen evidente la imposibilidad de adoptar recomendaciones simplistas para su manejo. En virtud de que no hay ‘soluciones milagrosas’, para cada crisis es prudente realizar una exploración completa sobre las compensaciones posibles y las alternativas para su manejo, así como de los conflictos y los riesgos asociados a un compromiso inconsciente y atropellada.

Hemos observado algunas tipologías básicas de crisis, y las circunstancias en que pueden migrar hacia figuras de comportamiento social más evidentes y más complejas.  Conviene señalar que, en teoría, una crisis no es específicamente un ‘tipo’ especial de crisis, sino que en sí misma se pueden presentar las características de varias de las tipologías señaladas, bien de manera separada aunque de aparición escalar, bien simultáneamente y poco diferenciadas.  En cualquier caso, queda claro que indiferentemente la caracterología de la crisis, ella antecede al conflicto y éste si se remite, al orden; si se entropiza, al caos.


[1] ORTIZ, José Ramón Matemática y Ciencia. UNA, Caracas 1988. La Lógica del Caos. Editorial Kapelusz-FEUNA, Caracas,1991

[2] Georges Balandier (Aillevillers, Haute-Saône, 1920) Sociólogo y etnólogo francés. Intenta superar, en particular desde la etnología, la oposición entre historicismo y estructuralismo. Especialista en temas africanos, publicó en 1957 África ambigua, una obra de antropología. Su libro fundamental es Sentido y potencia, las dinámicas sociales (1971), donde trata la destrucción del mito de las «sociedades sin historia». Otras obras destacadas son Antropología política (1967) y Antropológicas (1974).

[3] Jacques Derrida (El-Biar 15 de julio de 1930 — París 8 de octubre de 2004), ciudadano francés nacido en Argelia, es considerado uno de los más influyentes pensadores y filósofos contemporáneos. Su trabajo ha sido conocido popularmente como pensamiento de la deconstrucción, aunque dicho término no ocupaba en su obra un lugar excepcional. “Lo revolucionario de su trabajo ha hecho que sea considerado como el Nuevo Emmanuel Kant por el pensador Emmanuel Lévinas y el Nuevo Friedrich Nietzsche según Richard Rorty”. Es, acaso, el pensador de finales del siglo XX que más polémica ha levantado y que más se ha hecho acreedor al concepto de Iconoclasta.

[4] Robert Owen (14 de mayo de 1771 – 17 de noviembre de 1858), socialista utópico, considerado como el padre del cooperativismo.

[5] Jean Bergeret / La Personalidad Normal Y Patológica / Una revista a los distintos modelos de estructuración de la personalidad tanto desde un punto de vista metasicológico como desde el ángulo de la evolución psicogenética, refiriéndose siempre, pero con matices, a la teoría psicoanalítica.

[6] Daniel Cohn-Bendit político franco-alemán, nacido el 4 de abril de 1945 en Montauban (Francia). Se dio a conocer primero por su tendencia anarquista que luego cambió a la de ecologista. Fue adjunto del alcalde de Fráncfort del Meno y actualmente es portavoz del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo. Fue uno de los principales líderes de Mayo del 68. Después de su protagonismo durante los acontecimientos de Mayo del 68 es expulsado del territorio francés, y prohibido su regreso al territorio hasta 1978. En 1981, rompe con el anarquismo militando por la elección del cómico Coluche a la presidencia de la República (francesa). En 1986, oficializa su abandono de la perspectiva revolucionaria en su libro: Nous l’avons tant aimé, la Révolution (La revolución, y nosotros que la quisimos tanto).

[7] Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905 – ídem, 15 de abril de 1980), filósofo, escritor y dramaturgo francés, exponente del existencialismo y del marxismo humanista. Fue el décimo escritor francés seleccionado como Premio Nobel de Literatura, pero lo rechazó. Se solidarizó con los más importantes acontecimientos de su época, como el Mayo Francés, la Revolución Cultural china -en su etapa de acercamiento a los maoístas, al final de su vida- y con la Revolución Cubana. Es considerado paradigma del intelectual comprometido del siglo XX.

[8] Leonardo Boff Concórdia, Santa Catarina (Brasil), 14 diciembre de 1938. Profesor de Teología Sistemática y Ecuménica en el Instituto Teológico Franciscano de Petrópolis, profesor de Teología y Espiritualidad en varios centros de estudio y universidades de Brasil y del exterior, y profesor visitante en las universidades de Lisboa (Portugal), Salamanca (España), Harvard (EUA), Basilea (Suiza) y Heidelberg (Alemania). Es uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, junto con Gustavo Gutiérrez Merino.

[9] Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres. Cuarta edición 2006. ISBN 978-84-8164-104-2

[10] Plinio Corrêa de Oliveira (Sǎo Paulo, Brasil, 13 de diciembre de 1908 – 3 de octubre de 1995) fue un político, periodista y escritor brasileño, fundador e ideólogo del movimiento católico ultraderechista Tradición, Familia y Propiedad.

[11] Erich Fromm (n. 23 de marzo, 1900 en Fráncfort del Meno, Hesse, Alemania – † 18 de marzo, 1980 en Muralto, Cantón del Tesino, Suiza) fue un destacado psicólogo social, psicoanalista, filósofo y humanista alemán. Miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt, participó activamente en la primera fase de las investigaciones interdisciplinarias de la Escuela de Frankfurt, hasta que a fines de los años 40 rompió con ellos debido a su heterodoxa interpretación de la teoría freudiana (intentó sintetizar en una sola disciplina el Psicoanálisis y los postulados del Marxismo). Fue uno de los principales renovadores de la teoría y práctica psicoanalítica a mediados del siglo XX.

[12] CAOS Y ORDEN EN EL SISTEMA-MUNDO MODERNO de SILVER, BEVERLY J. y ARRIGHI, GIOVANNI / ISBN: 9788446015048 /

[13] André Gorz, seudónimo de Gerhard Hirsch (Viena, febrero de 1923, † Vosnon, Champagne-Ardenne (Francia) el 22 de septiembre de 2007), fue filósofo, periodista y autor de un pensamiento que oscila entre filosofía, teoría política y crítica social. Discípulo del existencialismo de Jean-Paul Sartre, rompió con él tras 1968 y se convirtió en unos de los principales teóricos de la ecología política y el altermondialismo. Asimismo, fue cofundador (junto a Jean Daniel) en 1964 de la revista Le Nouvel Observateur, con el seudónimo de Michel Bosquet.

[14] BRIGGS, J.; PEAT, J. D. 1999 Las siete leyes del caos. Barcelona: Grijalbo.

[15] Georges Balandier: (1920- ), antropólogo y sociólogo francés que estudió la complejidad y evolución de las relaciones sociales en el mundo contemporáneo  Estudió las sociedades europeas y en su obra Sentido y poder (1971) postuló que la democracia no puede limitarse al control del poder mediante el sufragio universal, sino que debe implicar la participación del mayor número posible de actores sociales en la elaboración de los programas políticos.  Siguiendo un análisis antropológico, en su obra El desorden (1988) llega a la conclusión de que la falta de organización social puede suscitar tres tipos de respuesta por parte de los grupos humanos: una tentativa de estructuración rígida y totalitaria; una instauración de valores sagrados (teocracia), o una búsqueda de equilibrios  de los grupos sociales. Esta dinámica, que destruye el orden y las estructuras sociales estériles, conlleva inevitablemente la pérdida de referencias.

[16] Robert William Fogel (1 de julio de 1926, Nueva York, EE. UU.) Economista e historiador estadounidense, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1993 junto a Douglass North por sus innovaciones en la investigación de la historia económica a partir de la aplicación de técnicas cuantitativas que sirven para explicar los cambios económicos e institucionales. Es uno de los máximos representantes de la “nueva historia económica”.

[17] Frank Owen Gehry (Toronto, Canadá, 28 de febrero de 1929), es un arquitecto judío asentado en norteamérica, ganador del Premio Pritzker, reconocido por las innovadores y peculiares formas de los edificios que diseña.

[18] Elogio del desorden: Los autores Abrahamson y Freedman demuestran a través de una gran cantidad de ejemplos reales que la obsesión por el orden tiene muchos menos beneficios de lo que creemos.   Por el contrario, los casos analizados en el ámbito empresarial, político, personal, doméstico, económico y urbano indican que los sistemas moderadamente caóticos hacen un empleo más eficiente de los recursos y logran mejores resultados que los ordenados.

[19] Daniel Innerarity (Bilbao, España, 1959) Profesor titular de filosofía en la Universidad de Zaragoza. Antiguo becario de la Fundación Alexander von Humboldt. Sus últimos libros son Ética de la hospitalidad, La transformación de la política (III Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Ensayo 2003), La sociedad invisible (XXI Premio Espasa de Ensayo) y El nuevo espacio público. Ha recibido también el Premio de Humanidades, Cultura, Arte y Ciencias Sociales de la Sociedad de Estudios Vascos/Eusko Ikaskuntza en 2008. Es colaborador habitual de opinión en los diarios El País y El Correo / Diario Vasco, así como de la revista Claves de razón práctica. Miembro de la Academia de Ciencias y Artes con sede en Salzburgo.

[20] Stephan Grünewald. , Managing Partner, Rheingold Institute for Qualitative Market and Media Research, Alemania.

[21] Manuel Almendro Psicólogo y terapeuta que ha atravesado experimentalmente los campos de psicoanálisis, la Gestalt y la bioenergética. Posee conocimientos del Zen y está en relación con un chamán de la Sierra Mazateca. Actualmente trabaja con Stanislav Grof en una síntesis que toma el espíritu como origen y motor de la curación.

[22] Psicología Del Caos Manuel Almendro (Ediciones La Llave) ISBN: 8495496240. ISBN-13: 9788495496249

[23] Mitchell Jay Feigenbaum (n. 19 de diciembre de 1944) es un matemático, físico cuyos estudios pioneros en teoría del caos llevó al descubrimiento de los Números de Feigenbaum.

[24] Asíntota línea semi curva que se proyecta en el infinito, más allá de los parámetros dentro de los que se origina

[25] José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – Madrid, 18 de octubre de 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica.

[26] La rebelión de las masas (publicado por primera vez en 1930 en Revista de Occidente) es el libro más importante y conocido de José Ortega y Gasset. En el libro se analizan diversos fenómenos sociales como el advenimiento de las masas al pleno poderío social, el “lleno”, las aglomeraciones de gente y a partir de estos hechos, analiza y describe el concepto de lo que llama hombre-masa.  El hombre-masa es producto de una época que se caracteriza por la estabilidad política, la seguridad económica, el confort y el orden público. El mundo que rodea al hombre no le mueve a limitarse en ningún sentido sino que alimenta sus apetitos, que en principio pueden crecer de forma indefinida.

Adiós, clase media, adiós

clase media

La recesión golpea con dureza al principal sustento del Estado de bienestar

por Ramón Muñoz

Ridiculizada por poetas y libertinos; idolatrada por moralistas; destinataria de los discursos de políticos, papas, popes y cuantos se suben alguna vez a un púlpito en busca de votantes o de adeptos; adulada por anunciantes; recelosa de heterodoxias y huidiza de revoluciones; pilar de familias y comunidades; principal sustento de las Haciendas públicas y garante del Estado de bienestar. La clase media es el verdadero rostro de la sociedad occidental. En un mundo globalizado, en el que hasta en el más mísero país siempre se puede encontrar a alguien con suficientes medios para darse un paseo espacial, sólo la preeminencia de la clase media distingue los Estados llamados desarrollados del resto. Los países dejan de ser pobres no por el puesto que ocupan sus millonarios en el ranking de los más ricos -de ser así, México o la India estarían a la cabeza del mundo dada la fortuna de sus potentados-, sino por la extensión de su clase media.

La división estará entre unos pocos que generan PIB y los innecesarios

Pero parece que la clase media está en peligro o, al menos, en franca decadencia. Eso piensan muchos sociólogos, economistas, periodistas y, lo que es más grave, cada vez más estadísticos. Como los dinosaurios, esta “clase social de tenderos” -como la calificaban despectivamente los aristócratas de principios de siglo XX- aún domina la sociedad, pero la actual recesión puede ser el meteorito que la borre de la faz de la Tierra. Siguiendo con la metáfora, el proceso no será instantáneo sino prolongado en el tiempo, pero inevitable. La nueva clase dominante que la sustituya bien pudieran ser los pujantes mileuristas, los que ganan mil euros al mes. Tal y como sucedió cuando los mamíferos sustituyeron a sus gigantes antecesores, los mileuristas tienen una mayor capacidad de adaptación a circunstancias difíciles. También se adaptan los pobres, pero no dejan de ser excluidos, mientras que los mileuristas son integradores de la masa social. Por eso se están extendiendo por todas las sociedades desarrolladas.

El mileurismo -un término inventando por la estudiante Carolina Alguacil, que escribió una carta al director de EL PAÍS en agosto de 2005 para quejarse de su situación laboral- ha dejado de ser un terreno exclusivo para jóvenes universitarios recién licenciados que tienen que aceptar bajos salarios para hacerse con un currículo laboral. En los últimos años ha incorporado a obreros cualificados, parados de larga duración, inmigrantes, empleados, cuarentones expulsados del mercado laboral y hasta prejubilados. Se estima que en España pueden alcanzar en torno a los doce millones de personas.

Su popularidad es tan creciente que ya hay varios libros dedicados exclusivamente a los mileuristas, tienen web propia y hasta película. Se llama Generazione 1.000 euro, una producción italiana que se acaba de estrenar. Cuenta la historia de un joven licenciado en matemáticas que malvive en una empresa de mercadotecnia y se enamora de otra mileurista. Basa su argumento en el libro con el mismo título que triunfó gracias a las descargas gratuitas de Internet (la gratuidad de la Red es una de las pocas válvulas de escape de los mileuristas).

Hasta los políticos comienzan a mirar hacia ellos. Las medidas anunciadas por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en el debate del estado de la nación, aunque luego descafeinadas, parecen ser las primeras especialmente diseñadas para mileuristas: equiparar las ayudas al alquiler, eliminar para las rentas medias la desgravación de la vivienda (¡el pisito, icono de la clase media española!), bonos de transportes desgravables y, sobre todo, máster gratis sin límite para graduados en paro. Másteres, estudios de posgrado, doctorados, idiomas…, el signo de identidad de esta generación Peter Pan, dicen que la mejor preparada de la historia pero cuya edad media de emancipación del hogar familiar está a punto de alcanzar los 30 años.

La estadística da cuenta cada vez de forma más fehaciente de la pujanza del mileurismo frente a la bendita clase media. Uno de los datos más reveladores se encuentra en la Encuesta de Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística (INE), un informe cuatrienal pero que desnuda la realidad sociolaboral como ninguna otra. Según la misma, el sueldo medio en España en 2006 (última vez que se realizó) era de 19.680 euros al año. Cuatro años antes, en 2002, era de 19.802 euros. Es decir, que en el periodo de mayor bonanza de la economía española, los sueldos no sólo no crecieron, sino que cayeron, más aún si se tiene en cuenta la inflación.

Si nos remontamos a 1995, la primera vez que se llevó a cabo la encuesta, la comparación es aún más desoladora. El salario medio en 1995 era de 16.762 euros, por lo que para adecuarse a la subida de precios experimentada en la última década, ahora tendría que situarse en torno a los 24.000 euros. Se trata del sueldo medio, que incluye el de los que más ganan. Por eso convendría tener en cuenta otro dato más esclarecedor: la mitad de los españoles gana menos de 15.760 euros al año, es decir, son mileuristas.

Los sueldos se han desplomado pese a la prosperidad económica e independientemente del signo político del partido en el poder en los últimos años (desde 1995 han gobernado sucesivamente PSOE, PP y nuevamente PSOE). La riqueza creada en todos esos años ha ido a incrementar principalmente las llamadas rentas del capital.

Algunos dan definitivamente por muerta la clase media. Es el caso del periodista Massimo Gaggi y del economista Eduardo Narduzzi, que en su libro El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo) vaticinaban la aparición de un nuevo sistema social polarizado, con una clase tecnócrata reducida y crecientemente más rica en un extremo, y en el otro un “magma social” desclasado en que se confunden las antiguas clases media y baja, definidas por una capacidad de consumo muy limitado, a imagen y semejanza de los productos y servicios que les ofrecen las compañías low cost (bajo coste) como Ikea, Ryanair, Mc Donald’s, Zara o Skype.

“Nosotros hablábamos de la aparición de una clase de la masa, es decir, de una dimensión social sin clasificación que de hecho contiene todas las categorías, con excepción de los pobres, que están excluidos, y de los nuevos aristócratas. La clase media era la accionista de financiación del Estado de bienestar, y su desaparición implica la crisis del welfare state, porque la clase de la masa ya no tiene interés en permitir impuestos elevados como contrapartida política que hay que conceder a la clase obrera, que también se ha visto en buena parte absorbida por la clase de la masa. La sociedad que surge es menos estable y, como denunciábamos, potencialmente más atraída por las alarmas políticas reaccionarias capaces de intercambiar mayor bienestar por menos democracia. También es una sociedad sin una clara identidad de valores compartidos, por lo tanto, es oportunista, consumista y sin proyectos a largo plazo”, señalan los autores a EL PAÍS.

El declive de la clase media se extiende por todo el mundo desarrollado. En Alemania, por ejemplo, un informe de McKinsey publicado en mayo del año pasado, cuando lo peor de la crisis estaba aún por llegar, revelaba que la clase media -definida por todos aquellos que ganan entre el 70% y el 150% de la media de ingresos del país- había pasado de representar el 62% de la población en 2000 al 54%, y estimaba que para 2020 estaría muy por debajo del 50%.

En Francia, donde los mileuristas se denominan babylosers (bebés perdedores), el paro entre los licenciados universitarios ha pasado del 6% en 1973 al 30% actual. Y les separa un abismo salarial respecto a la generación de Mayo del 68, la que hizo la revolución: los jóvenes trabajadores que tiraban adoquines y contaban entonces con 30 años o menos sólo ganaban un 14% menos que sus compañeros de 50 años; ahora, la diferencia es del 40%. En Grecia, los mileuristas están aún peor, ya que su poder adquisitivo sólo alcanza para que les llamen “la generación de los 700 euros”.

En Estados Unidos, el fenómeno se asocia metafóricamente a Wal-Mart, la mayor cadena de distribución comercial del mundo, que da empleo a 1,3 millones de personas, aplicando una política de bajos precios a costa de salarios ínfimos -la hora se paga un 65% por debajo de la media del país-, sin apenas beneficios sociales y con importaciones masivas de productos extranjeros baratos procedentes de mercados emergentes, que están hundiendo la industria nacional. La walmartización de Estados Unidos ha sido denunciada en la anterior campaña presidencial tanto por los demócratas como por los republicanos. El presidente Barak Obama creó por decreto la Middle Class Task Force, el grupo de trabajo de la clase media, que integra a varias agencias federales con el objeto de aliviar la situación de un grupo social al que dicen pertenecer el 78% de los estadounidenses. El grupo tiene su propia página web y su lema: “Una clase media fuerte es una América fuerte”.

Hacen falta más que lemas para salir de la espiral que ha creado la recesión y que arrastra en su vórtice a una clase media debilitada hacia el mileurismo o tal vez más abajo. En Nueva York, 1,3 millones de personas se apuntaron a la sopa boba de los comedores sociales en 2007. Apenas un año después, tres millones de neoyorquinos eran oficialmente pobres. Los pobres limpios, como se denomina a los que han descendido desde la clase media, también comienzan a saturar los servicios sociales en España. Las peticiones de ayuda en Cáritas han aumentado un 40%, y el perfil social del demandante empieza a cambiar: padre de familia, varón, en paro, 40 años, con hipoteca, que vive al día y que ha agotado las prestaciones familiares.

Con el propósito de tranquilizar a la población, los dirigentes han comenzado a hablar de “brotes verdes” para designar los primeros signos de recuperación. Pero ésta no es una crisis cualquiera. Howard Davidowitz, economista y presidente de una exitosa consultora, se ha convertido en una estrella mediática en Estados Unidos al fustigar sin piedad el optimismo de la Administración de Obama. “Estamos hechos un lío y el consumidor es lo suficientemente listo para saberlo. Con este panorama económico, el consumidor que no se haya petrificado es que es un maldito idiota. Esta crisis hará retroceder al país al menos diez años y la calidad de la vida nunca volverá a ser la misma”.

La marcada frontera que separaba la clase media de la exclusión y de los pobres se está derrumbando a golpes de pica como lo hizo el muro de Berlín, y algunos se preguntan si tal vez la caída del telón de acero no haya marcado el inicio del fin de conquistas sociales y laborales que costaron siglos (y tanta sangre), una vez que el capitalismo se encontró de repente sin enemigo.

Al margen de especulaciones históricas, lo cierto es que la desigualdad crece. En España, la Encuesta de Condiciones de Vida, realizada en 2007 por el INE, señalaba que casi 20 de cada 100 personas estaban por debajo del umbral de la pobreza. El último informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España, de Cáritas, resaltaba que hay un 12,2% de hogares “pobres integrados”, esto es, sectores integrados socialmente pero con ingresos insuficientes y con alto riesgo de engrosar las listas de la exclusión. Su futuro es más incierto que nunca, y muchos hablan de un lento proceso de desintegración del actual Estado de bienestar.

Otros expertos son mucho más optimistas y descartan que se pueda hablar del fin de clase media. “Es una afirmación excesivamente simplista que obvia algunos de los grandes avances que ha registrado la sociedad española en el largo plazo. Las crisis comienzan perjudicando a los hogares con menores ingresos y menor nivel formativo, para extender posteriormente sus efectos al resto de grupos. Y aunque mantenemos niveles de desigualdad considerablemente elevados en el contexto europeo estamos todavía lejos de ser una sociedad dual”, señala Luis Ayala, profesor de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos y uno de los autores del informe FOESSA.

El catedrático de Estructura Económica Santiago Niño Becerra ha saltado a la fama editorial por su libro El crash de 2010 (Los Libros del Lince), en el que afirma que la crisis no ha hecho más que empezar y que será larga y dura. A la pregunta de cómo va a afectar esta debacle a la clase media, contesta: “El modelo de protección social que hemos conocido tiende a menos-menos porque ya ha dejado de ser necesario, al igual que lo ha dejado de ser la clase media: ambos han cumplido su función. La clase media actual fue inventada tras la II Guerra Mundial en un entorno posbélico, con la memoria aún muy fresca de la miseria vivida durante la Gran Depresión y con una Europa deshecha y con 50 millones de desplazados, y lo más importante: con un modelo prometiendo el paraíso desde la otra orilla del Elba. La respuesta del capitalismo fue muy inteligente (en realidad fue la única posible, como suele suceder): el Estado se metió en la economía, se propició el pleno empleo de los factores productivos, la población se puso a consumir, a ahorrar y, ¡tachín!, apareció la clase media, que empezó a votar lo correcto: una socialdemocracia light y una democracia cristiana conveniente; para acabar de completar la jugada, esa gente tenía que sentirse segura, de modo que no desease más de lo que se le diese pero de forma que eso fuese mucho en comparación con lo que había tenido: sanidad, pensiones, enseñanza, gasto social… que financiaban con sus impuestos y con la pequeña parte que pagaban los ricos (para ellos se inventaron los paraísos fiscales). Todo eso ya no es necesario: ni nadie promete nada desde la otra orilla del Elba, ni hay que convencer a nadie de nada, ni hay que proteger a la población de nada: hay lo que hay y habrá lo que habrá, y punto. Por eso tampoco son ya necesarios los paraísos fiscales: ¿qué impuestos directos van a tener que dejar de pagar los ricos si muchos de ellos van a desaparecer y si la mayoría de los impuestos de los que quieren escapar van a ser sustituidos por gravámenes indirectos?”.

Y es que frente a la extendida idea de que la mejor forma de favorecer el bienestar es conseguir altas tasas de crecimiento y de creación de empleo, en los momentos de máxima creación de empleo la desigualdad no disminuyó. Al contrario, desde el primer tercio de los años noventa la pobreza no ha decrecido. Los salarios crecen menos que el PIB per cápita. El último informe mundial de salarios de la Organización Internacional de Trabajo (OIT) destaca que entre 2001 y 2007 crecieron menos del 1,9% en la mitad de los países. En España, el aumento real fue casi cero, como en Japón y Estados Unidos. Para 2009, la OIT pronostica que los salarios crecerán sólo un 0,5%.

En España hay un dato aún más revelador del vértigo que siente la clase media cuando se asoma al abismo de inseguridad que le ofrece esta nueva etapa del capitalismo. El número de familias que tiene a todos sus miembros en paro ha sobrepasado el millón. Y peor aún, la tasa de paro de la persona de referencia del hogar -la que aporta más fondos y tiene el trabajo más estable- está ya en el 14,5%, muy similar a la del cónyuge o pareja (14,4%), cuyo sueldo se toma como un ingreso extra, mientras que la de los hijos se ha disparado cinco puntos en el primer trimestre y está en el 26,8%.

Luis Ayala constata que, por primera vez desde mediados de los años noventa, al inicio de esta crisis hemos asistido a tres cambios claramente diferenciales respecto al modelo distributivo en vigor en las tres décadas anteriores: la desigualdad y la pobreza dejaron de reducirse (aunque no aumentaron) por primera vez desde los años sesenta; por primera vez en muchos años la desigualdad no disminuyó en un contexto de crecimiento económico, y a diferencia de lo que sucedió con la mayoría de los indicadores macroeconómicos (PIB per cápita, déficit público, desempleo, etcétera), durante este periodo se amplió el diferencial con la UE desde el punto de vista de desigualad.

“Si en un tiempo de mareas altas no disminuyó la desigualdad, cabe contemplar con certeza su posible aumento en un periodo de mareas bajas. La evidencia que muestran varios estudios de cierta conexión entre determinadas manifestaciones del desempleo y la desigualdad y la pobreza obligan, inevitablemente, a pensar en un rápido aumento de la desigualdad y de las necesidades sociales. Así, tanto el número de hogares en los que todos los activos están en paro como la tasa de paro de la persona principal del hogar son variables más relacionadas con la desigualdad que los cambios en las cifras agregadas de empleo. La información más reciente que ofrece la EPA deja pocas dudas: en ninguno de los episodios recesivos anteriores crecieron tan rápido ambos indicadores, por lo que cabe pensar en aumentos de la desigualdad y de la pobreza monetaria muy superiores a los de cualquier otro momento del periodo democrático”, afirma Ayala.

En efecto, estos datos demolen en parte el viejo bastión español frente a la crisis: el colchón familiar. ¿Cómo van a ayudar los padres a los hijos si comienzan a ser los grandes protagonistas del drama del desempleo? El profesor Josep Pijoan-Mas, del Centro de Estudios Monetarios y Financieros (CEMFI), en el artículo Recesión y crisis (EL PAÍS, 15 de marzo), observaba una preocupante similitud entre esta recesión y la de 1991-1994, cuando el paro trepó hasta el 24%. “Los datos muestran que el aumento de la desigualdad en el ámbito individual se amplifica cuando agrupamos los datos por hogares. Esto sugiere que, contrariamente a la creencia popular, la familia no es un buen mecanismo de seguro en España: cuando un miembro del hogar experimenta descensos de renta, lo mismo sucede al resto de miembros del hogar”, indica.

Afirmar a simple vista que, por primera vez desde la II Guerra Mundial (la Guerra Civil en España), las nuevas generaciones vivirán peor que la de sus padres puede parecer osado. Nunca tantos jóvenes estudiaron en el extranjero (gracias a las becas Erasmus), viajaron tanto (gracias a las aerolíneas low cost) o prolongaron tanto su formación. Pero se trata de una sensación de riqueza ilusoria, apegada al parasitismo familiar. El número de jóvenes españoles que dispone de una independencia económica plena disminuyó desde el 24% en 2004 al 21% en 2008, según el último informe del Instituto de la Juventud (Injuve). El proceso es general en toda Europa. El número de “viejos estudiantes” ha crecido a un ritmo vertiginoso en los últimos años. Así, el 15% del total de estudiantes de la Unión Europea (entendiendo por tales los que dedican todo su tiempo a la formación) tiene ya más de 30 años, según el Informe de la Juventud de la Comisión Europea de abril pasado.

Cuando esos maduros estudiantes se incorporan al mercado laboral les esperan contratos temporales, tal vez para siempre. Y es que según el informe de la UE, el porcentaje de personas que tenía un contrato temporal y no podía encontrar uno fijo se incrementa con la edad. Del 37%, entre los 15 a los 24 años, hasta el 65%, entre los 25 los 29. Atrapados en la temporalidad de por vida, van desengañándose de encontrar algo mejor a medida que envejecen. Muchos cuando rondan la treintena ya están resignados a su suerte.

“Desde luego es la generación que menos periodos de adultez va a tener. Pueden entrar en el mercado laboral a los 33 años y encontrarse con un ERE a los 50 o directamente con la prejubilación. El problema es que ofertamos puestos de trabajo que puede hacer cualquiera. Por eso, curiosamente, los jóvenes van a responder a la crisis dependiendo de las posibilidades que tengan de esperar y formarse adecuadamente. Y en eso es decisivo el poder adquisitivo de los padres y su nivel educativo”, señala el sociólogo Andreu López, uno de los autores del último informe de Injuve.

El drama laboral no sólo lo sufren los jóvenes. Puede que los miles de trabajadores que están perdiendo su empleo vuelvan al mercado laboral cuando la crisis escampe, pero no con las mismas condiciones. Por ejemplo, la ingente masa laboral de la construcción que ha sostenido la economía española deberá ocuparse en otros sectores. “Todo lo que aprendieron a hacer trabajando en los últimos años les valdrá de poco o nada. Por tanto, no es de esperar que sus salarios sean muy altos cuando encuentren nuevos empleos. De hecho, la evidencia empírica disponible para Estados Unidos muestra que los desempleados ganan menos cuando salen de un periodo de desempleo y que dicha pérdida salarial es mayor cuanto más largo ha sido el periodo de desempleo”, indicaba el profesor Pijoan-Mas.

Los gobernantes han encontrado un bálsamo de Fierabrás contra el paro y la precariedad laboral: innovación y ecología. Los empleos que nos sacarán de la crisis estarán basados en el I+D+i. Es lo que Zapatero ha llamado el nuevo modelo productivo. Sin contar con que los sectores tecnológicos no son muy intensivos en mano de obra, la premisa parte en cierta forma de una falacia: la de pensar que los países emergentes se quedaran parados mientras convertimos los cortijos andaluces en factorías de chips ultraconductores y laboratorios genéticos.

La globalización también ha llegado al I+D+i. La India, por ejemplo, produce 350.000 ingenieros al año (los mejores en software de todo el mundo), anglófonos y con un salario medio de 15.000 dólares al año, frente a los 90.000 que ganan en Estados Unidos. Por su parte, China está a punto de convertirse en el segundo inversor mundial en I+D. “Cuando despertemos de la crisis en Europa, descubriremos que en la India y en China producen muchas más cosas que antes”, avisa Michele Boldrin, catedrático de la Washington University.

Ante este clima de inseguridad y falta de perspectivas, no es de extrañar que el 45,8% de los parados esté considerando opositar y el 14,6% ya esté preparando los exámenes, según una encuesta de Adecco. Ser funcionario se ha convertido en el sueño laboral de cualquier español, y puede ser el último reducto de la clase media. El único peligro es que su factura es crecientemente alta para un país en el que se desploman los ingresos por cotizaciones sociales y por impuestos ligados a la actividad y a la renta. La última EPA refleja que los asalariados públicos han crecido en un año en 116.200 personas, sobrepasando por primera vez la cifra de tres millones.

El coste total de sus salarios alcanzará este año los 103.285 millones de euros, según datos del Ministerio de Política Territorial. Cada funcionario le cuesta a cada habitante 2.400 euros, el doble si consideramos sólo a los asalariados. ¿Puede permitirse una economía tan maltrecha una nómina pública que consume el equivalente al 10% de la riqueza nacional en un año?

Un panorama tan sombrío para amplias capas de la población puede sugerir que pronto se vivirán enormes convulsiones sociales. Algunos advierten de un resurgimiento de movimientos radicales, como el neofascismo. Por el momento, nada de eso se ha producido. Las huelgas generales convocadas por los sindicatos tradicionales en países como Francia o Italia no han tenido consecuencia alguna, porque los más damnificados -parados y mileuristas- no se sienten representados por ellos.

En España, ni siquiera se han convocado paros. Y los llamados sindicatos de clase van de la mano del Gobierno al Primero de Mayo e invitan al líder de la oposición a sus congresos. Un marco demasiado amigable con el poder político teniendo detrás cuatro millones de parados y casi un tercio de los asalariados con contrato temporal.

Puede que no sea muy romántico advertir de que, tampoco esta vez, seremos testigos de una revolución, pero es muy probable que la caída del bienestar se acepte con resignación, sin grandes algaradas, ante la indiferencia del poder político, que llevará sus pasos hacia la política-espectáculo, muy en la línea de algunas apariciones de Silvio Berlusconi o Nicolas Sarkozy, cuya vida social tiene más protagonismo en los medios de comunicación que las medidas que adoptan como responsables de Gobierno.

En esa línea, Santiago Niño Becerra considera que hoy por hoy “la ideología prácticamente ha muerto”, y gradualmente, evolucionaremos hacia un sistema político en el que un grupo de técnicos tomará las decisiones y “la gente, la población, cada vez tendrá menos protagonismo.

“Conceptos como funcionarios, jubilados, desempleados, subempleados, mileuristas, undermileuristas irán perdiendo significado. Con bastante aceleración se irá formando un grupo de personas necesarias que contribuirán a la generación de un PIB cuyo volumen total decrecerá en relación al momento actual, personas con una muy alta productividad y una elevada remuneración (razón por la cual su PIB per cápita será mucho más elevado que el actual), y el resto, un resto bastante homogéneo, con empleos temporales cuando sean necesarios, dotados de un subsidio de subsistencia (el nombre poco importa) que cubra sus necesidades mínimas a fin de complementar sus ingresos laborales. La recuperación vendrá por el lado de la productividad, de la eficiencia, de la tecnología necesaria; pero en ese trinomio muy poco factor trabajo es preciso. Pienso que la sociedad post crash será una sociedad de insiders y outsiders: de quienes son necesarios para generar PIB y de quienes son complementarios o innecesarios”.

Una impresión bastante similar a la de los italianos Gaggi y Narduzzi que, en su último libro, El pleno desempleo (Lengua de Trapo, 2009), dibujan un marco sociolaboral sin beneficios contractuales, baby boomers (la generación que ahora tiene entre 40 y 60 años) resistiéndose a jubilarse, contratos temporales de servicios y autónomos sin seguridad. Y pese a todo, una masa social amorfa y resignada.

“La masa del siglo XXI es una forma social figurada no material en el sentido de que no es fácil ver las concretas manifestaciones políticas o sociales en la calle, mientras que es normal identificar conductas o comportamientos masificados como la utilización de Google o la pasión por el iPhone. Esto significa que cuatro millones de desempleados son hoy menos peligrosos de lo que lo eran en 1929, porque no hay una ideología política que contextualmente cohesione y aglutine el malestar y la disensión. Y también los sindicatos se han debilitado. La crisis actual rechaza amablemente lo que decíamos en nuestro ensayo del año pasado: el mercado de trabajo se desestructura y se flexibiliza hasta el punto de que aparecen como desocupados de hecho la mayoría de los trabajadores. Es el triunfo del factor de la producción capital, que aparentemente está en crisis, pero que en realidad se aprovecha de la crisis para dar el empujón final a las últimas, y pocas, certezas de los trabajadores”, señalan.

Hace cuatro años, Carolina Alguacil hizo una definición precisa y certera cuando acuñó el término de mileurista. “Es aquel joven licenciado, con idiomas, posgrados, másteres y cursillos (…) que no gana más de mil euros. Gasta más de un tercio de su sueldo en alquiler, porque le gusta la ciudad. No ahorra, no tiene casa, no tiene coche, no tiene hijos, vive al día… A veces es divertido, pero ya cansa”. Si hubiera que reescribir ahora esa definición sólo habría que añadir: “El mileurista ha dejado de tener edad. Gana mil euros, no ahorra, vive al día de trabajos esporádicos o de subsidios y, pese a todo, no se rebela”.

Objetivo: la ‘generación tapón’

Internacionalmente se les conoce como baby boomers. En España, le llaman generación tapón y abarca a los nacidos en las décadas de los cincuenta y sesenta, coincidiendo con un boom de la natalidad. Acaparan casi todos los puestos de responsabilidad en la política, los negocios e, incluso, la vida cultural, taponando el acceso a las nuevas generaciones, se supone que mejor formadas.

En el plano laboral, ocupan los trabajos fijos, mejor pagados, protegidos por derechos laborales y sindicatos poderosos, mientras los mileuristas sufren la precariedad y la temporalidad. Los trabajadores con un contrato temporal tuvieron un salario medio anual inferior en un 32,6% al de los indefinidos (Encuesta Estructura Salarial 2006).

Pero no todos los cuarentones son triunfadores o acomodados padres de familia. También ellos sufren su propia dualidad. Los salarios entre ejecutivos y empleados se han agrandado en los últimos años. El salario anual de los directores de empresas de más de diez trabajadores fue superior en un 206,6% al salario medio en 2006.

En tiempos de recesión, los ojos se vuelven hacia ellos. Además de ser el objetivo de los ERE, bajadas de salarios o el recorte de prestaciones, los baby boomers serán los principales paganos con sus impuestos del creciente endeudamiento que están acometiendo los Estados para sortear la crisis. Y eso sin contar la amenaza de la inviabilidad de sus pensiones cuando lleguen a la edad de jubilación, de la que no paran de advertir los malos augures como el FMI. Pero además de una carga laboral son también el principal sostén del consumo. Así que cuidado con quitar el tapón, no vaya a ser que se vaya el gas.

El País. Madrid

¿Capitalismo antihumano?

capitalismo 1
por Luis Ugalde

La economía capitalista es extraordinariamente eficaz para producir bienes en abundancia; con ella miles de millones se han liberado de la pobreza tradicional. En China y en la India, en la próxima década cientos de millones saldrán de la pobreza económica, gracias a los avances del capitalismo que aplica con éxito la tecnología a la revolución productiva.

Pero la economía no es la sociedad, apenas una parte de ella, y reducir a la persona al “homo economicus” nos lleva a una humanidad profundamente enferma, aunque materialmente menos pobre. La persona humana no se reduce a un animal que produce y consume para alimentar el mercado capitalista en carrera continua. La economía capitalista utiliza el individualismo y la búsqueda del “interés propio” como una poderosa fuerza motora creativa, pero el ser humano no es puro individualismo y egoísmo, sino también solidaridad y amor. No somos sólo lobos unos contra otros, sino también hermanos unos con otros. Dos fuentes irreductibles de identidad humana, que requieren fuerza suficiente para complementarse, hacerse contrapeso y corregirse mutuamente; con uno solo de estos motores los humanos no levantamos vuelo. La economía tiene sentido como base e instrumento para la libertad y la dignidad de todos en un mundo en paz. El mercado sólo no pone la economía próspera al alcance de todos los pueblos; se requiere desarrollo espiritual, con convicciones éticas vigorosas que inspiren y modelen la conducta humana, le den valor y sentido a la vida y a la economía y desarrollen leyes e instituciones fuertes y eficaces.

El capitalismo exitoso trae otros problemas: salimos de la economía ancestral con escasez, hambrunas, enfermedades, guerras y limitaciones y ahora la abundancia nos lleva a otra escasez: destrucción del medio ambiente, de las condiciones de vida para animales y vegetales, e insuficiencia de fuentes de energía y algunas materias primas. El capitalismo tiene tanta fuerza productiva que su capacidad destructiva es monstruosa e imparable por sí misma. La ley del más fuerte en la competencia trae la exclusión de los más débiles y la guerra; la exclusiva de la lógica del mercado lleva aceleradamente a la destrucción de la tierra como casa acogedora y al enfrentamiento social. Vivimos una crisis de civilización.

Las empresas más exitosas planifican, calculan, hacen alianzas y fusiones… es decir, ordenan las fuerzas (no las dejan al ciego mercado) para sus fines. En tiempo de crisis hasta los más liberales piden la intervención del Estado y de las leyes. La vida digna requiere defender la tierra como hábitat adecuado, el diálogo y convivencia entre pueblos, razas, culturas diversas que se reconocen y aprecian. No sólo se requieren estados nacionales, sino autoridad, instituciones y ciudadanía mundiales, cuyo objetivo es que a todos lleguen aquellos bienes y posibilidades humanas que hoy son técnicamente alcanzables, pero no asequibles con sólo el interés económico sin el humanismo solidario.

El capitalismo es unilateral, antihumano y destructivo, si no va acompañado del otro principio de la dignidad humana, del amor y de la solidaridad; pero es una necesidad y bendición si el interés propio y las fuerzas del mercado son orientadas por leyes e instituciones hacia un nuevo humanismo, que afirma la dignidad y ofrece oportunidades para la creatividad de todos.

No hay ley económica, ni marxista, ni capitalista, que pueda evitar el desastre, sino la conciencia humana con sus valores, de amor y solidaridad, y del instinto de conservación inteligente, que ordenan la economía como parte de una civilización para la vida humana global y personal. Cuanto más exitoso el capitalismo, más eficaz la destrucción de las formas tradicionales de solidaridad, de religión, de ética, de expresiones no económicas de la vida y de la dignidad humanas. No se puede esperar del capitalismo económico que las reponga con nuevas formas de espiritualidad, de solidaridad y de sentido trascendente de la vida; éstas tienen otras raíces no económicas y hay que cultivarlas para que crezcan vigorosas y se expresen en relaciones sociales, instituciones, prácticas sociales, organizaciones y leyes no reducibles a la economía y con una lógica distinta y complementaria a la del mercado.

Rector de la Universidad Católica Andrés Bello-Caracas

Cortesía de www.analitica.com

Las palabras que no se puede llevar el viento

pales 2

Teódulo López Meléndez

Discurso difícil. Camino difícil. Estrategia difícil. Propia de un líder la asunción de todos los riesgos. No puede encontrarse mayor equilibrio y responsabilidad en el discurso de Obama en El Cairo. Un discurso, por supuesto, está hecho de palabras y a las palabras le deben seguir los hechos. Una cosa está clara: el choque con el gobierno derechista de Israel se producirá por una vía o por otra, pero ya no se puede seguir arrastrando uno de los asuntos claves, esto es, la justicia para el pueblo palestino.

El marco del discurso es el del reencuentro entre occidente y el mundo islámico. Ese propósito es el de un cambio norteamericano en el enfoque que desvirtúe la tesis de choque de dos civilizaciones. Una imagen deteriorada y un cúmulo de errores, combinación que llevó al acrecentamiento del extremismo islámico y a dos guerras sin salida inmediata. Obama lanza su gran apuesta y en su propósito sólo merece elogios. No obstante, las dificultades son inmensas y a pesar de la capacidad de persuasión que el líder norteamericano se empeña en mostrar habrá que ir más allá.

Una cosa es ser un “comeflor” y otra un líder que ejercita la paciencia. Hay que recordar que Dick Cheney, y con él la derecha norteamericana, sigue muy activa lo que quedó reflejado con el impedimento del cierre de la prisión de Guantánamo y algunas decisiones sobre las fotos de tortura a prisioneros. Obama pretende cambiar el sentido de lo que ha sido Estados Unidos y quizás debamos recordar los pocos meses que tiene en ejercicio de la presidencia. A estas alturas parece más fácil cambiar el enfoque del mundo sobre cuestiones vitales que cambiar en los estamentos del poder norteamericano una visión enraizada. Puede acumular paciencia en lo interno, pero ya la paciencia está agotada en asuntos claves como el del Estado palestino.

He aquí a un presidente que abandona la aplicación bruta de la fuerza, pero que tiene que enviar 17 mil nuevos soldados a Afganistán y heredar el retiro de Irak para el 2011. En ambos países no tiene posibilidades de cambio. La experiencia soviética en Afganistán debe tenerla entre ceja y ceja. No se arregla con más tropas, pero ¿cómo se arregla? Al lado tiene al inestable Pakistán con su armamento atómico. Tendrá que tomar decisiones sobre cada acontecimiento. No es pues en estos dos países donde el presidente Obama tiene chance, especialmente cuando la derecha republicana sigue con sus desacertados análisis de lo que es “la seguridad interna” de los Estados Unidos.

A Irán le ha tendido la mano para un diálogo, pero ¿en qué consiste ese diálogo? ¿Qué Iran asuma las “normas internacionales” de comportamiento de un Estado? ¿Ello implica que suspenda su camino hacia la bomba atómica? ¿Qué obtiene Irán a cambio? Israel está impaciente con ese proceso y me gustaría saber como controlar a Israel para evitar que tome decisiones unilaterales si los servicios de inteligencia determinan que ha entrado en la fase final. Obama le ha dicho a los israelíes que deben darle un chance a la vía del diálogo, pero ese tiempo puede terminar mal.

El asunto del Estado palestino -ya está más que demostrado- no requiere persuasión sino presión. Sin arreglo del asunto palestino será imposible un avance significativo en esa región del mundo. Ahora bien, hasta cuando y como Obama, -ante cada nuevo argumento evasivo que conlleva el alejamiento del arreglo mientras se sigue con los indeseables asentamientos-, va a ejercer como el factor preponderante que es de que allí haya paz. Ya le ha dicho al menos tres veces al gobierno israelí que debe cesar con los asentamientos e ir a conversaciones serias que desemboquen en la creación de un nuevo Estado. ¿Cuántas “veces más” tendrá el presidente Obama?

El nuevo Jefe de Estado, hay que decirlo, no es el mismo cien días después. Ya está empapado de todo, ya conoce todas las dificultades, ya ha medido a sus partners alrededor del mundo, ya sabe de las resistencias internas y de las impaciencias externas. Ya sabe hasta donde llega su discurso, ya sabe de la necesidad de hechos. Instaurada su línea estratégica de la persuasión el presidente Obama se dará un tiempo para saber si funciona o si debe aderezarla con unos cuantos manotazos sobre el escritorio. Mucho me temo que el líder persuasivo deberá darlos, esto apenas descubra que mucha gente no avanzará hacia el mundo inteligente y atado a la paz que desea si no les enseña sus blancos dientes y si de sus ojos no brota un rayo de ira. El presidente, entretanto, ve Star Trek, para relajarse un poco cuando tiene delante a un mundo muy difícil.

¿Quien creo el estado de Israel? La Asamblea General de las Naciones Unidas en noviembre de 1947, cuando aprobó la división de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, así como la jurisdicción internacional sobre Jerusalén, ciudad santa para judíos, musulmanes y cristianos. Presidente Obama: El estado Palestino debe ser creado igualmente por las Naciones Unidas. ¿Se atreve usted a tomar la iniciativa?

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