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Democracia siglo XXI

mes

junio 2013

La Corte Suprema de EE.UU hace historia: dos pasos adelante y uno atrás

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Por Amy Goodman

La Corte Suprema de Estados Unidos anunció esta semana tres fallos históricos, dictaminados por cinco votos a favor y cuatro en contra. Con el primero, se revocó una parte sustancial de la Ley de Derecho al Voto, lo cual habilita a que en estados del sur se sancionen leyes electorales retrógradas que pueden privar del derecho al voto a la creciente cantidad de votantes de color.

 

Los otros dos fallos dejaron sin efecto la Ley federal de Defensa del Matrimonio, conocida como Ley DOMA, una parodia legal que en el derecho federal definía el matrimonio como válido únicamente entre un hombre y una mujer; y la Proposición 8 de California, que prohibía el matrimonio entre personas del mismo sexo. Para quienes luchan por la igualdad y los derechos civiles, estos tres fallos constituyen una brutal derrota y dos contundentes victorias.

 

“Lo que hizo la Corte fue destrozar el corazón mismo de la Ley de Derecho al Voto de 1965”, dice el Congresista de Georgia John Lewis sobre el fallo de la Corte Suprema en relación a la Ley de Derecho al Voto del pasado martes. “Se trata de un importante revés. Tal vez no haya personas golpeadas hoy en día. Tal vez no se les niegue el derecho a participar o a registrar su voto. Tal vez no los cacen con perros de la policía o los aplasten con caballos. Pero en los once estados de la vieja Confederación, e incluso en algunos estados que no forman parte del sur, ha habido un sistemático y deliberado intento por retrotraernos a otra época”.

 

Lewis, de 73 años de edad, está al frente de la delegación del estado de Georgia en el Congreso. De joven lideró el Comité Coordinador Estudiantil No Violento (SNCC, por su sigla en inglés), y fue el orador más joven de la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, liderada por Martin Luther King Jr. hace cincuenta años. Recientemente recordó un momento clave de la lucha por los derechos civiles durante un programa de “Democracy Now!”:

 

“El 7 de marzo de 1965, algunos de nosotros intentamos marchar de Selma a Montgomery, Alabama, para demostrarle al país que la gente quería votar… En Selma, Alabama, en 1965, tan solo un 2,1% de la población negra en edad de votar figuraba en los registros de votación. El único lugar donde uno podía intentar registrarse era en un tribunal donde había que pasar un denominado examen de ‘alfabetización’. Y, allí, le decían a la gente una y otra vez que seguramente no iban a poder aprobar el examen.”

 

Lo que le sucedió a aquellos manifestantes mientras intentaban cruzar el Puente Edmund Pettus en Selma forma parte de la historia de las manifestaciones de Estados Unidos. Lewis continuó: “Llegamos a la cima del puente y vimos una multitud de policías del estado de Alabama con sus uniformes azules, pero continuamos marchando. Llegamos a acercarnos lo suficiente como para escucharlos. Entonces vimos que se ponían las mascarillas anti-gas y luego se acercaron a nosotros y nos golpearon con sus cachiporras y látigos y nos aplastaron con sus caballos. Un oficial de la policía estatal me golpeó en la cabeza con su porra y sufrí una conmoción cerebral en el puente. No sentía mis piernas. Sentí que iba a morir. Creí ver la muerte”.

 

John Lewis recibió golpes en la cabeza y fue uno de los diecisiete heridos de gravedad de aquel día. Se recuperó y continuó luchando. Pocos meses después, el Presidente Lyndon Johnson promulgó la Ley de Derecho al Voto.

 

En aquel momento, Johnson expresó: “Hoy este triunfo de la libertad es tan inmenso como cualquier victoria que se haya obtenido alguna vez en cualquier campo de batalla. Esta ley abarca muchas páginas pero el espíritu de la ley es simple. Según valores claros y objetivos, donde sea que estados y condados utilicen normas, leyes o exámenes para negar el derecho al voto, los mismos serán abolidos”.

 

A lo largo de su carrera, John Lewis se ha forjado una consolidada trayectoria en la lucha por los derechos civiles, no sólo en pro de los afro-estadounidenses, sino en pro de todos aquellos que son discriminados.

 

Lo cual nos lleva al segundo fallo clave emitido por la Corte Suprema esta semana. La Corte determinó la inconstitucionalidad de la Ley de Defensa del Matrimonio, que a nivel federal define el matrimonio como únicamente válido entre un hombre y una mujer. En apoyo a este fallo hubo otro, también aprobado por cinco votos contra cuatro, que fundamentalmente deja sin efecto la tristemente célebre Proposición 8 de California, que prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo. Muy pronto, será legal que parejas homosexuales contraigan matrimonio en el estado con mayor población del país.

 

Allá por 1996, cuando se debatía la Ley DOMA, con el Presidente Bill Clinton como uno de sus principales defensores y amplio apoyo entre las filas de ambos partidos en el Congreso, John Lewis se pronunció en contra de la ley con la misma pasión que demostró en la lucha por el derecho al voto. En aquel momento, Lewis afirmó en la Cámara de Representantes: “Este proyecto de ley es una bofetada a la Declaración de Independencia. Priva a hombres y mujeres homosexuales del derecho a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. El matrimonio es un derecho humano básico. No pueden decirle a la gente que no se puede enamorar. No daré mi espalda a otro estadounidense. No voy a oprimir a mi camarada ser humano. He luchado muy duro y durante mucho tiempo contra la discriminación por raza o color como para no luchar ahora contra la discriminación por orientación sexual”. Tras el fallo en relación a la inconstitucionalidad de la Ley DOMA de esta semana, Lewis reiteró que “es mejor amar que odiar”.

 

Para John Lewis, en temas de derechos humanos no se pueden hacer concesiones, son indivisibles. Siguiendo su ejemplo, la gente debería canalizar la alegría que siente hoy ante las victorias del matrimonio igualitario hacia una renovada lucha por el derecho al voto, por la igualdad para todos.

Madiba, el último de los héroes

 

Nelson Mandela

Político sudafricano (Umtata, Transkei, 1918 – ). Renunciando a su derecho hereditario a ser jefe de una tribu xosa, Nelson Mandela se hizo abogado en 1942. En 1944 ingresó en el Congreso Nacional Africano (ANC), un movimiento de lucha contra la opresión de los negros sudafricanos. Mandela fue uno de los líderes de la Liga de la Juventud del Congreso, que llegaría a constituir el grupo dominante del ANC; su ideología era un socialismo africano: nacionalista, antirracista y antiimperialista.

En 1948 llegó al poder en Sudáfrica el Partido Nacional, que institucionalizó la segregación racial creando el régimen del apartheid. Bajo la inspiración de http://www.biografiasyvidas.com/images/mono.gifGandhi, el ANC propugnaba métodos de lucha no violentos: la Liga de la Juventud (presidida por Mandela en 1951-52) organizó campañas de desobediencia civil contra las leyes segregacionistas.

En 1952 Mandela pasó a presidir el ANC del Transvaal, al tiempo que dirigía a los voluntarios que desafiaban al régimen; se había convertido en el líder de hecho del movimiento. La represión produjo 8.000 detenciones, incluyendo la de Mandela, que fue confinado en Johannesburgo. Allí estableció el primer bufete de abogados negros de Sudáfrica.

En 1955, cumplidas sus condenas, reapareció en público, promoviendo la aprobación de una Carta de la Libertad, en la que se plasmaba la aspiración de un Estado multirracial, igualitario y democrático, una reforma agraria y una política de justicia social en el reparto de la riqueza.

El endurecimiento del régimen racista llegó a su culminación en 1956, con el plan del gobierno de crear siete reservas o bantustanes, territorios marginales supuestamente independientes, en los que confinar a la mayoría negra. El ANC respondió con manifestaciones y boicoteos, que condujeron a la detención de la mayor parte de sus dirigentes; Mandela fue acusado de alta traición, juzgado y liberado por falta de pruebas en 1961.

Durante el largo juicio tuvo lugar la matanza de Sharpeville, en la que la policía abrió fuego contra una multitud desarmada que protestaba contra las leyes racistas, matando a 69 manifestantes (1960). La matanza aconsejó al gobierno declarar el estado de emergencia, en virtud del cual arrestó a los líderes de la oposición negra: Mandela permaneció detenido varios meses sin juicio.

Aquellos hechos terminaron de convencer a los líderes del ANC de la imposibilidad de seguir luchando por métodos no violentos, que no debilitaban al régimen y que provocaban una represión igualmente sangrienta. En 1961 Mandela fue elegido secretario honorario del Congreso de Acción Nacional de Toda África, un nuevo movimiento clandestino que adoptó el sabotaje como medio de lucha contra el régimen de la recién proclamada República Sudafricana; y se encargó de dirigir el brazo armado del ANC (la Lanza de la Nación). Su estrategia se centró en atacar instalaciones de importancia económica o de valor simbólico, excluyendo atentar contra vidas humanas.

En 1962 viajó por diversos países africanos recaudando fondos, recibiendo instrucción militar y haciendo propaganda de la causa sudafricana. A su regreso fue detenido y condenado a cinco años de cárcel. Un juicio posterior contra los dirigentes de la Lanza de la Nación le condenó a cadena perpetua en 1964. Ese mismo año fue nombrado presidente del ANC.

Prisionero durante 27 años en penosas condiciones, el gobierno de Sudáfrica rechazó todas las peticiones de que fuera puesto en libertad. Nelson Mandela se convirtió en un símbolo de la lucha contra el apartheid dentro y fuera del país, una figura legendaria que representaba la falta de libertad de todos los negros sudafricanos.

En 1984 el gobierno intentó acabar con tan incómodo mito, ofreciéndole la libertad si aceptaba establecerse en uno de los bantustanes a los que el régimen había concedido una ficción de independencia; Mandela rechazó el ofrecimiento. Durante aquellos años, su esposa Winnie simbolizó la continuidad de la lucha, alcanzando importantes posiciones en el ANC.

Finalmente, Frederik De Klerk, presidente de la República por el Partido Nacional, hubo de ceder ante la evidencia y abrir el camino para desmontar la segregación racial, liberando a Mandela en 1990 y convirtiéndole en su principal interlocutor para negociar el proceso de democratización. Mandela y De Klerk compartieron el Premio Nobel de la Paz en 1993.

Las elecciones de 1994 convirtieron a Mandela en el primer presidente negro de Sudáfrica; desde ese cargo puso en marcha una política de reconciliación nacional, manteniendo a De Klerk como vicepresidente, y tratando de atraer hacia la participación democrática al díscolo partido Inkhata .

Nelson Mandela

Político sudafricano (Umtata, Transkei, 1918 – ). Renunciando a su derecho hereditario a ser jefe de una tribu xosa, Nelson Mandela se hizo abogado en 1942. En 1944 ingresó en el Congreso Nacional Africano (ANC), un movimiento de lucha contra la opresión de los negros sudafricanos. Mandela fue uno de los líderes de la Liga de la Juventud del Congreso, que llegaría a constituir el grupo dominante del ANC; su ideología era un socialismo africano: nacionalista, antirracista y antiimperialista.

En 1948 llegó al poder en Sudáfrica el Partido Nacional, que institucionalizó la segregación racial creando el régimen del apartheid. Bajo la inspiración de http://www.biografiasyvidas.com/images/mono.gifGandhi, el ANC propugnaba métodos de lucha no violentos: la Liga de la Juventud (presidida por Mandela en 1951-52) organizó campañas de desobediencia civil contra las leyes segregacionistas.

En 1952 Mandela pasó a presidir el ANC del Transvaal, al tiempo que dirigía a los voluntarios que desafiaban al régimen; se había convertido en el líder de hecho del movimiento. La represión produjo 8.000 detenciones, incluyendo la de Mandela, que fue confinado en Johannesburgo. Allí estableció el primer bufete de abogados negros de Sudáfrica.

En 1955, cumplidas sus condenas, reapareció en público, promoviendo la aprobación de una Carta de la Libertad, en la que se plasmaba la aspiración de un Estado multirracial, igualitario y democrático, una reforma agraria y una política de justicia social en el reparto de la riqueza.

El endurecimiento del régimen racista llegó a su culminación en 1956, con el plan del gobierno de crear siete reservas o bantustanes, territorios marginales supuestamente independientes, en los que confinar a la mayoría negra. El ANC respondió con manifestaciones y boicoteos, que condujeron a la detención de la mayor parte de sus dirigentes; Mandela fue acusado de alta traición, juzgado y liberado por falta de pruebas en 1961.

Durante el largo juicio tuvo lugar la matanza de Sharpeville, en la que la policía abrió fuego contra una multitud desarmada que protestaba contra las leyes racistas, matando a 69 manifestantes (1960). La matanza aconsejó al gobierno declarar el estado de emergencia, en virtud del cual arrestó a los líderes de la oposición negra: Mandela permaneció detenido varios meses sin juicio.

Aquellos hechos terminaron de convencer a los líderes del ANC de la imposibilidad de seguir luchando por métodos no violentos, que no debilitaban al régimen y que provocaban una represión igualmente sangrienta. En 1961 Mandela fue elegido secretario honorario del Congreso de Acción Nacional de Toda África, un nuevo movimiento clandestino que adoptó el sabotaje como medio de lucha contra el régimen de la recién proclamada República Sudafricana; y se encargó de dirigir el brazo armado del ANC (la Lanza de la Nación). Su estrategia se centró en atacar instalaciones de importancia económica o de valor simbólico, excluyendo atentar contra vidas humanas.

En 1962 viajó por diversos países africanos recaudando fondos, recibiendo instrucción militar y haciendo propaganda de la causa sudafricana. A su regreso fue detenido y condenado a cinco años de cárcel. Un juicio posterior contra los dirigentes de la Lanza de la Nación le condenó a cadena perpetua en 1964. Ese mismo año fue nombrado presidente del ANC.

Prisionero durante 27 años en penosas condiciones, el gobierno de Sudáfrica rechazó todas las peticiones de que fuera puesto en libertad. Nelson Mandela se convirtió en un símbolo de la lucha contra el apartheid dentro y fuera del país, una figura legendaria que representaba la falta de libertad de todos los negros sudafricanos.

En 1984 el gobierno intentó acabar con tan incómodo mito, ofreciéndole la libertad si aceptaba establecerse en uno de los bantustanes a los que el régimen había concedido una ficción de independencia; Mandela rechazó el ofrecimiento. Durante aquellos años, su esposa Winnie simbolizó la continuidad de la lucha, alcanzando importantes posiciones en el ANC.

Finalmente, Frederik De Klerk, presidente de la República por el Partido Nacional, hubo de ceder ante la evidencia y abrir el camino para desmontar la segregación racial, liberando a Mandela en 1990 y convirtiéndole en su principal interlocutor para negociar el proceso de democratización. Mandela y De Klerk compartieron el Premio Nobel de la Paz en 1993.

Las elecciones de 1994 convirtieron a Mandela en el primer presidente negro de Sudáfrica; desde ese cargo puso en marcha una política de reconciliación nacional, manteniendo a De Klerk como vicepresidente, y tratando de atraer hacia la participación democrática al díscolo partido Inkhata .

Educar al conflicto

 

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Teódulo López Meléndez

 

El conflicto político venezolano se desarrolla sobre las minucias de la acción política cotidiana. Sólo una de las partes, la que ejerce el gobierno, pretende una oferta de fondo que lo es más de telón de un esfuerzo por conservar el poder. Un conflicto ejercido a diario sobre lo circunstancial es en sí mismo una lucha por el poder y no más, lo cual plantea una conclusión de alto peligro: la sustitución del actor del poder no acabará el conflicto sino que más bien puede agravarlo. Es así como puede argumentarse que el venezolano es uno sin salida.

 

No hay frente a los venezolanos una interpretación de mundo que le permita dilucidar mediante el ejercicio de la reflexión un presente complejo e impredecible. En buena medida podemos afirmar que este conflicto diario sustentado sobre la superficialidad nos convierte en una sociedad de la ignorancia por oposición a lo que deberíamos ser o pretender ser: una sociedad del conocimiento.

 

El enmarcaje del conflicto en un “no volverán” o “los echaremos” reduce las posibilidades democráticas y anula la vía electoral para su resolución, puesto que cualquiera sea el resultado, se produzca o no la alternancia, el conflicto pervivirá en igual magnitud. Esto es, aparte de la violencia directa que se manifiesta con frecuencia, se seguirá manifestando una violencia estructural y cultural.

 

Fácil de decir y difícil de lograr, pero la única posibilidad pasa por el fomento de una perspectiva creadora del conflicto. El lenguaje de los actores, las movidas que llamaremos tácticas ante la ausencia de algún término despectivo para designarlas, sólo muestran una concepción de la democracia como procedimiento aparente en desmedro de una como forma de vida.

 

El interés general, principio básico de la ética política, que conlleva a un cuerpo social a la capacidad de discutir y consensuar, ha sido echado a un lado por los actores que se disputan el poder sobre la base de intereses sectarios. Viendo, por ejemplo, la cara de Jano del titular de nuestras Relaciones Exteriores, actuando como tal y como dirigente del partido gobernante en una dicotomía inaceptable, creo deberíamos plantear el concepto que denominaremos de “diplomacia ciudadana”, una que busque un máximo denominador común posible.

 

Lo que llamamos “diplomacia ciudadana”, por oposición al conflicto perverso, es una participación horizontalizada que calificaremos como una democratización del hasta ahora tratamiento convencional –si es que tal existe- del conflicto. Esto es, los actores de la resolución no son los titulares de la autoridad, ni los que la ejercen en una violación cotidiana del Estado de Derecho ni quienes la encarnan del otro lado por su mando sobre los partidos agónicos donde no se practica democracia interna. En pocas palabras, dado el juego cerrado del conflicto venezolano sólo una participación activa de protagonistas ciudadanos puede lograr una transformación positiva del conflicto en medio de una exigencia general de simetría y bajo el dominio de una razón comunicativa y dialógica.

 

La aparición de este ethos democrático redescubriendo el conflicto es ciertamente un albur, uno sólo lograble por la vía en que estamos definiendo, uno de pedagogía de la inclusión, o lo que estamos llamando una educación al conflicto. Aún contra los actores conflictivos que se empeñan en retroalimentarse y en cuyo esfuerzo convierten al lenguaje en bazofia y en arma condenable, es menester insistir en conceptos como la diversidad y las diferencias como valor, en la solidaridad y en el contraste como posibilidad. Si queremos verlo así, deberemos afirmar al conflicto bajo educación como palanca de transformación y logros, como un chance al aprendizaje y como una práctica de aquella afirmación de Paulo Freire de que toda acción educativa conlleva a una acción política y que la política posee una dimensión pedagógica, una, por cierto, desdeñada en esta ruina cotidiana a la que somos sometidos.

 

Si lo queremos decir de otra manera, la única posibilidad de enfrentar el conflicto, vista la pequeñez de los actores, es educando al conflicto para dar sentido a lo que no lo tiene.

 

tlopezmelendez@cantv.net

Espionaje USA: De la Caverna a la Web

espionaje

 

Lina María Aguirre |

 

Se necesita un tiempo para intentar asimilar de forma comprensiva la información que se está conociendo en relación con el programa ‘PRISMA’ de espionaje sistematizado del gobierno de los Estados Unidos a cargo de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Es tal la particularidad del caso que ha puesto de acuerdo a dos hombres cuyas posturas ideológicas se conocen como irreconciliables: el cineasta Michael Moore y el conservador Glenn Beck. Aunque ya se habla de “spygate”, el tema desborda el cliché periodístico. Exige otras formas de ánalisis,  como propone el filósofo Peter Ludlow en uno de los textos más agudos publicados hasta ahora. No se trata solamente de una ‘guerra contra el terrorismo’ o de una ‘guerra contra las libertades civiles’, el sistema de vigilancia de los Estados Unidos libra una “Guerra real contra la realidad“.

Ludlow es profesor de la Universidad Northwestern y es uno de los filósofos contemporáneos que escribe en The Stone, en la sección de opinión del New York Times. Investiga sobre temas como el ‘Estado vigilante’, agencias privadas de inteligencia y hacktivismo. En su artículo del ‘Opinionator’, recuerda que el entender el concepto del engaño y la decepción ha sido un propósito fundamental de la filosofía durante 2500 años. La caverna de Platón es el lugar en el cual las sombras se confunden con realidad y en el mundo contemporáneo, grupos con poder operan secretamente para crear/mantener ‘cavernas’ en las cuales el público esté expuesto a falsas impresiones, a falsas realidades: el terreno en el cual se encuentra “el trabajo de periodistas, filósofos y otros que buscan la verdad”.

La magnitud de la cuestión está, como pasa en otras ocasiones, en los detalles y uno que es importante destacar es que, como observa Ludlow, la mayor parte del trabajo de inteligencia de los EE.UU. es llevado a cabo por agencias privadas, no por el gobierno directamente, así que es recomendable encontrar relaciones entre las revelaciones de los últimos días y otras previas, como las hechas por el grupo que hoy se conoce como LulzSec (antes ‘Internet  Feds’) cuando sacó a la luz pública 75000 emails que mostraban, entre otros casos, el origen de ‘Team Themis‘, un programa creado específicamente “para  sabotear o desacreditar la organización contraria”, en ese momento los cables del caso WikiLeaks y el periodista Glenn Greenwald (quien ahora ha dado la premicia del caso de Edward Snowden). Los emails muestran cómo Team Themis desarrolló otras propuestas de intervención para la Cámara de Comercio y la Fuerza Aérea de los EE.UU., que incluían por ejemplo la creación de identidades falsas en redes sociales y estrategias para socavar la credibilidad de organizaciones independientes ciudadanas.

Documentos conocidos posteriormente, procedentes del trabajo de un hacker, Jeremy Hammond,  han mostrado la forma cómo opera Stratfor (Strategic Forcasting), otra compañía privada de seguridad que coordinó programas de infiltración en el movimiento ‘Occupy’ en Austin, de monitoreo de activistas ambientales, vigilancia a miembros del grupo crítico de la empresa Dow Chemical, los ‘Yes Men’. Stratfor respondió a una petición de la empresa Coca-Cola sobre la organización PETA (para el tratamiento ético de animales) diciendo que vería que podía “desclasificar” en los archivos del FBI. Además, se ha conocido el intensivo trabajo de relaciones públicas de Stratfor y el hecho de que tenía varias compañías de medios en su nómina.

Se sabe ahora, como informa David Kravets en Wired, que el general Keith Alexander, director de la NSA, ha accedido a cooperar con una investigación del Grupo de Vigilancia de Privacidad y las Libertades Civiles en el caso ‘Spygate’, propuesta por el senador demócrata Tom Udali, aunque es incierto cuánta información de la investigación saldrá a la luz pública, al menos por canales oficiales, ya que Alexander ha advertido que “se ha hecho gran daño revelando todo esto, la consecuencia es que nuestra seguridad ha sido puesta en peligro”, y hoy en día se conocen antecedentes sobre las medidas que a veces son tomadas en nombre de la seguridad. A propósito del personaje, un trabajo periodístico notable de James Bamford en Wired merece atención porque ayuda a conocer mejor el contexto de los hechos recientes.

Es un reportaje extenso sobre el general Keith Alexander, quien está a cargo de una ciudadela secreta desde donde se dirige el plan de ciberguerra de los Estados Unidos de América (el cual, como se podría  deducir, no se restringe necesariamente a las fronteras físicas del país). Allí trabaja ‘un ejército’ de hackers y personal experto en computación e ingeniería que diseña estrategias y equipos con capacidad para lanzar ataques letales no solamente a infraestructura (de diverso tipo) de una fuerza “enemiga” sino también a personas.

Se les atribuye la creación de Stuxnet, una pieza compleja de software lanzada para destruir instalaciones nucleares en Irán. Una fuente anónima del periodista, exagente de alto rango de la CIA, declara: “Bromeamos llamándolo Emperador Alexander, porque cualquier cosa que quiere, la consigue”. Está convencido de que las ciberarmas son en el siglo XXI lo que las nucleares fueron en el XX y en una conferencia reciente en Canadá, citada por Bamford, declaró “estoy preocupado porque [la creciente actividad potencialmente peligrosa en las redes] va a traspasar el umbral y el sector privado no podrá manejar más la situación, y el gobierno tendrá que intervenir”. Como dice el periodista, “en sus palabras, la amenaza [contra los Estados Unidos] es tan inmensamente grande que la nación no tiene más opción que poner toda la internet civil bajo su protección, exigiendo que tweets , emails pasen por sus filtros y poner el botón de ‘kill’ bajo el dedo índice del gobierno”.

Otro material recomendado de la cobertura y análisis especial de Wired sobre el tema incluye: esta advertencia de porqué pensar ‘no tengo nada que temer’ es equivocado al juzgar el impacto de los programas de vigilancia informática, por Moxie Marlisnpike, quien alerta también sobre la enorme cantidad de leyes y crímenes catalogados en unas 27000 páginas del Código de los Estados Unidos, el desconocimiento de todas ellas al detalle y la disparidad de criterios en los distintos estados, así que un ciudadano no puede estar siempre seguro/a de ‘no tener nada que temer’. Merece la pena además volver a leer este artículo de Bruce Schneier “En cuestión de seguridad, estamos regresando al feudalismo”, en el cual explica la transformación del concepto de seguridad informática de los primeros tiempos de internet y web, que dependía fundamentalmente del usuario/a (firewalls, antivirus, etc) a depender ahora completamente de lo que decidan y hagan los fabricantes de equipos y las compañías del software y servicios en línea, quienes a su vez llegan a acuerdos con el gobierno -y por extensión, con firmas privadas de vigilancia contratadas por éste- para ‘asegurar’ su protección a toda costa, a menudo en detrimento de la transparencia debida para con el público.

Los hechos recientes, que apenas parecen ser ‘la punta del iceberg’ han puesto de relieve también las nuevas formas de hacer periodismo de investigación hoy. Es cierto que el Guardian y el Washington Post fueron ‘elegidos’ directamente por el informante Edward Snowden, excontratista de NSA,  en el caso presente, pero el tratamiento subsiguiente ha sido uno que revela las exigencias tanto como la reafirmación de relevancia del periodismo de calidad hoy para analizar, interpretar y comunicar los hallazgos provenientes de fuentes tanto convencionales como no convencionales.

Nicholas Weaver, investigador del Instituto Internacional de Ciencia Computacional de Berkeley, escribía el pasado 14 de mayo estas recomendaciones útiles tanto para quienes quieran dar información secreta a la prensa (“futuras Gargantas Profundas”) como para  periodistas y organizaciones de medios. En este artículo del New York Times, la documentalista que ha hecho las grabaciones de las declaraciones de Snowden, Laura Poitras (perfil de Salon), explica cómo una de las razones por las cuales fue contactada e hizo las filmaciones con Snowden, además de su conocimiento en temas de seguridad (varias publicaciones, filmes e interrogatorios al entrar a su país, Estados Unidos) ha sido su conocimiento técnico para tener conversaciones encriptadas en línea. A propósito, este es el mensaje en código que Wired le ha enviado a Snowden, hecho público con la nota de “no leerlo si ud. no es él”.

Como dice Poitras, se está en medio de una historia que todavía está desenvolviéndose. Falta más para conocer y completar un cuadro más completo que dé una idea clara, entre otras cosas, del papel exacto que están jugando las compañías como Microsoft, Apple, Google, Facebook o Yahoo en este nuevo escenario mundial en el cual el espionaje por parte de quienes concentran poder (estatal, económico, técnico, de cabildeo) se ha convertido en una actividad masiva, internacional y con un potencial de millones de personas afectadas sin que esté definido exactamente cómo pueden invocar sus derechos individuales.

Una situación compleja que reitera la obligación de auto-educarse en la forma cómo funciona y las consecuencias del uso de tecnología y servicios web ampliamente difundidos, saber qué puede pasar con el material personal alegremente puesto a circular en redes, y también conocer las iniciativas recientes surgidas en los últimos días, como StopWatchingUs, respaldada, entre otras, por las organizaciones como la Electronic Frontier Foundation, la Fundación World Wide Web, MoveOn, Mozilla o el Center for Democracy and Technology. El inventor de la Web, sir Tim Berners-Lee, ha dicho de nuevo que la “vigilancia gubernamental sin control es una intrusión en los derechos humanos fundamentales y amenaza las bases mismas de una sociedad democrática”.

La campaña recuerda, entre otras, dos declaraciones elocuentes: “Aquellos que renuncian a la Libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad”, de Benjamin Franklin, y  “Sería estremecedor para mí si los ciudadanos de los Estados Unidos permiten que esto continúe”, del disidente Ai WeiWei, quien también ha dicho que el país americano “se está comportando como China“, y por supuesto, no lo ha dicho como un elogio.

lavanguardia.com

El debate sobre la función del voto en la democracia

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Por José Miguel Onaindia

Esta semana se producen debates en las dos orillas del Río de la Plata que invitan a reflexionar sobre el voto y sus funciones en un sistema democrático del siglo XXI. En Uruguay, se inició un proceso para convocar a referéndum contra la ley que legaliza y regula la interrupción voluntaria del embarazo, sancionada por el Congreso, según el procedimiento de participación popular que establece la Constitución y que tiene una tradición en el desarrollo institucional y, especialmente, desde su recuperación democrática. En Argentina, la Corte Suprema declaró inconstitucional la ley que modifica el sistema de elección de los miembros del Consejo de la Magistratura, órgano incorporado en la reforma constitucional de 1994.

Ambas situaciones, que no tienen semejanzas ni por la materia ni por los procedimientos, son disparadores para discernir sobre los mecanismos de legitimidad en las democracias contemporáneas: ambos contrapuestos escenarios tienen la participación popular como eje de la reflexión institucional.

Votar o no votar. El domingo comenzará, en Uruguay, el proceso para someter a referéndum la ley de legalización del aborto, que como en muchos países causó controversias y divisiones aun entre legisladores de las mismas fuerzas. Es necesario aclarar que plebiscito y referéndum no son sinóminos. El plebiscito es convocado para aprobar o rechazar una reforma constitucional, como la última etapa del proceso reformador de la norma fundamental. El referéndum es un procedimiento de participación popular que se inicia con el aval de un 25% del total de inscriptos habilitados para votar, dentro del año de promulgada la ley. Si alcanza ese piso de respaldo, permite que mediante otro acto electoral se ratifique o rechace la ley cuestionada.

Las fuerzas políticas se dividen respecto de su posición sobre la participación en el acto electoral. Mientras el grupo Voz y Voto, que promueve el referéndum, sostiene que la ley fue votada por la mayoría , con diferencia de un voto, el Frente Amplio gobernante recuerda a la ciudadanía que la ley se aprobó por sesenta y siete votos. Mientras los opositores sostienen que los uruguayos superan sus diferencias mediante el voto, el oficialismo recuerda que la consulta convocada no es obligatoria. Estas posturas fueron plasmadas en campañas publicitarias que provocaron arduas discusiones en las redes sociales.

Del otro lado del Río de la Plata y en la misma semana, la Corte Suprema declaró la inconstitucionalidad de una ley recientemente aprobada por el Congreso que determinó que los miembros del Consejo de la Magistratura fueran elegidos por el voto popular. Más allá del juicio de valor que esta decisión merezca, lo cierto es que basta la lectura del artículo 114 de la Constitución para advertir que la decisión legislativa es violatoria de esa disposición. La norma establece que el Consejo será integrado por representantes de los órganos políticos resultantes de la elección popular, de los jueces de todas las instancias, de los abogados de la matrícula federal y de personas del ámbito científico y académico.

La sentencia recibió la dura condena del oficialismo, que tuvo como vocero principal a la Presidenta y una amplia aprobación de la oposición política y de vastos sectores del pensamiento académico. La crítica tiene como principal argumento la violación de la voluntad popular, expresada por la mayoría del Congreso, de votar la ley cuestionada, mientras quienes apoyan la decisión jurisprudencial sostienen la legitimidad del principio de control de constitucionalidad que la Constitución otorga al Poder Judicial para mantener el principio de supremacía de la Constitución.

Indispensable, pero insuficiente. El lector puede preguntarse qué me conduce a relacionar ambas situaciones de dos países muy diferentes en sus sistemas de organización política y en sus comportamientos sociales. Entiendo que en ambos escenarios hay una cuestión que subyace: ¿en una democracia todo se legitima con el voto? Hace ya veinte años, en un ensayo que se tituló ¿Qué es la democracia?, Alain Touraine sostenía que “con votar no basta” . Esta afirmación parte de la base de que el voto es indispensable para que se establezca un sistema democrático, pero insuficiente en el siglo XXI para determinar la existencia de un sistema democrático.

Elegidos los órganos de representación popular por el sufragio universal, supuesto indispensable para que se establezca una democracia, ¿el voto legitima toda decisión o conducta? ¿Puede el voto popular habilitar la restricción o supresión de derechos humanos fundamentales? ¿Puede el Congreso elegido por el pueblo y expresión de la mayoría transitoria dictar normas que transgredan y modifiquen las normas constitucionales?

Estas preguntas que pueden parecer de respuesta obvia están en la base de las controversias que se suscitan en ambos países frente a supuestos de hecho y mecanismos constitucionales de control muy diferentes.

La ley de interrupción voluntaria del embarazo fue sancionada por una legítima mayoría que no fue expresión única del frente político gobernante, sino que contó con el voto de algunos legisladores de la oposición. Para sus adherentes, significa una ampliación de los derechos humanos y un avance en el reconocimiento de la extensión de derechos a la mujer, ayudando a que el Estado controle y custodie el derecho a la vida y a la salud de quienes deciden voluntariamente asumir esa decisión. Para sus opositores, cercena el derecho a la vida de la persona por nacer. La Constitución uruguaya permite dentro del primer año de promulgación que la ley sea sometida a este proceso de ratificación popular.

Me parece interesante recordar que estos mecanismos de participación popular surgen para tornar más participativos los sistemas democráticos y permitir que el ciudadano se pronuncie por la aceptación o rechazo de determinadas materias que se ponderen de importancia política. Su recepción constitucional ha sido una tendencia de la evolución del constitucionalismo en el siglo XX.

El control judicial de constitucionalidad de las leyes es un mecanismo que surge desde los orígenes del movimiento constitucional y que en una forma de gobierno presidencialista como la argentina constituye un necesario mecanismo de control para la adecuación a la norma constitucional de gobernantes y gobernados. La sentencia de la Corte que declara la inconstitucionalidad parcial de la ley de elección de los miembros del Consejo de la Magistratura reitera principios que son la base del sistema político como la separación de poderes, la supremacía de la Constitución y el control de los actos de los restantes órganos por el Poder Judicial.

Más allá de muchas críticas que pueden hacerse y que he formulado a la organización de sistema judicial argentino, me parece necesario señalar que en los casi treinta años de la recuperación del orden constitucional, en muchas situaciones mediante el control de constitucionalidad se ha ampliado la base de los derechos humanos y se ha anticipado medidas legislativas demoradas. Desde la ley de divorcio vincular a la de matrimonio igualitario, desde el cuestionamiento a la obediencia debida y al indulto hasta la ampliación de los derechos sociales como la movilidad del haber jubilatorio, la Justicia, mediante este sistema de control, ha tenido un rol trascendente en la protección de los derechos y el orden constitucional.

Las democracias contemporáneas se legitiman y amplían cuando, además de la elección popular de sus representantes y el ejercicio de formas de participación popular, hacen que sus normas e instituciones permitan la más amplia extensión de los derechos de las personas, respeten la diversidad de individuos y grupos y diriman sus conflictos dentro de los mecanismos del sistema. Como expresa el ya citado Alain Touraine, la democracia no consiste en que el pueblo se siente en el trono, sino en que no haya trono.

 

*Profesor de Derecho Constitucional y Legislación Cultural en UBA, UNC y Flacso.

 

El Brasil que grita

Audio de Teódulo López Meléndez

Bras 1

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El conflicto político como aporía resoluble

 

aporía 3

 

Teódulo López Meléndez

 

El conflicto político ha sido analizado desde Platón y la lista de filósofos que lo han abordado pudiera hacerse interminable. Platón partía, para justificar su república, de un reconocimiento a nuestros enemigos como iguales. Kant hablaba de saber conjugar los elementos para crear las bases de la comprensión. Schmitt sugería la idea del enemigo justo. Gramsci, desde su posición de definir a la sociedad civil como parte de una superestructura en la que se presenta el consenso social, nos refiere a una estructura donde están las clases sociales divididas y en conflicto y que no pueden ser consideradas como tal. Quizás sea, entonces, desde Gramsci, que podamos partir para preguntarnos hasta donde la venezolana puede seguir siendo considerada una sociedad civil, dado el grado de división interna.

Los análisis contemporáneos de la violencia política van desde la penetración en las crisis, rigideces y bloqueos hasta lo que se ha denominado una ‘frustración relativa”, pasando por lo que se ha dado en llamar la toma revolucionaria del poder para convertirse, o intentar convertirse, en un protagonista político permanente, tesis calificada por sus defensores como violencia de carácter instrumental y que, seguramente, es la versión teórica más afín con la praxis venezolana de estos últimos años.

Si lo decimos en términos de Habermas el conflicto proviene de la imposibilidad de clarificar en forma reflexiva las necesidades y sus modos de satisfacción, valores a preservar y sistema de vida compartible. En esta “sociedad democrática” es obvio que se requiere un cuerpo social con criterio que es precisamente lo que falta cuando el conflicto aparece.

 

En medio del conflicto suelen aparecer las preguntas inadecuadas dado que surgen sobre presupuestos de lucha por el poder y donde las representaciones a las que es llevado impiden convertirlo en concepto y, sobre todo, donde el lenguaje es convertido en obstáculo, batalla que algunos hemos señalado volteando el viejo adagio de que es necesario demostrarlo con hechos para decir que debe ser demostrado con lenguaje.

 

La lucha por el poder obliga a una inmersión total en la realidad con olvido de toda pretensión de cambiarla, más aún, hacen todo a su alcance porque ella se mantenga fiel al conflicto. De esta manera se aleja toda posibilidad de otro conflicto que es inherente a la sociedad misma, el conflicto de la pluralidad que debate en acción y palabra y que requiere ciudadanía, para centrarlo todo en un “estado de guerra” con las consecuentes persecuciones y exclusiones.

 

El concepto de poder por el que se lucha limita la política a una mera técnica de dominación. El poder se hace así método para hacernos obedecer  y es aplicado por los actores que se retroalimentan de la realidad del conflicto. De cada una de estas acciones hay responsables, aún cuando a veces pareciera diluirse esa responsabilidad en un anonimato atribuible al conflicto mismo. Es así como las sociedades comienzan a creerse víctimas de una especie de fatalidad inducida, claro está, por una ausencia de criterio ciudadano y cuando ya no hay aspecto de la vida que no haya sido invadido por el conflicto.

Esa invasión de la totalidad hace del conflicto mismo una expresión totalitaria, si se nos permite un aparente juego de palabras. Todo pasa a dominio del conflicto, todas las relaciones sociales están interpenetradas y se llega a hablar del destino que tocó en suerte a ese cuerpo social específico como fatalidad. Como los órganos del poder se han puesto al servicio del conflicto no hay adónde acudir en procura de un equilibrio de respuesta justa, el poder actúa de manera omnímoda pretendiendo cambiar el pasado histórico, haciéndose él mismo el administrador de una fuerza que excede hasta el mismo Leviatán del que hablaba Hobbes. Una fuerza justificada en la lucha contra “los enemigos de la patria” o contra los “enemigos del proceso”, una oposición  a una especie de sanación justiciera. El hombre común pierde todo sentido de seguridad y quienes pretenden restituírsela sólo alcanzan a balbucear el regreso de un viejo entramado que sólo lleva a una disposición anímica de desamparo y, con la tecnología de hoy, a una descarga anímica incongruente en las redes sociales, descarga que contribuye grandemente al engorde del conflicto.

El proceso que se vive, o des-vive-, hace cada día más informe al cuerpo social, dado que todo fin es reducido a la derrota de la contraparte. Procesos históricos de conflictos con resultados variables hay a montones en la historia, pero en el aspecto psicológico lleva al aislamiento en procura de un espacio donde el conflicto no llegue o a la militancia exacerbada en procura de resolver el conflicto por la fuerza. En ese preciso momento se habrá dejado de ser sujeto para pasar a ser un mero instrumento de los sucesos. Habrá llegado la hora al hombre vivo de dejar de retroceder.

Al fin y al cabo el poder no es más que una representación, cierto que encarcela, reprime y/o persigue, pero en el campo de la filosofía del conflicto, y para adelantarnos a los reclamos de ocuparnos del presente real,  hay que decir que esa representación requiere de constante reconocimiento de su existencia  mediante una percepción de lo que se cree de él. Lo hemos reclamado a lo largo de los años: “la modificación de la mirada”. Ya va siendo hora de que los venezolanos dejen de describir fenómenos y pongan significados.  La falta de respuestas – y seguramente de interrogantes- ya parece la conversión del conflicto en un anhelo de aclaración insatisfecho. Pareciera necesario el reclamo, al cuerpo social, de recomenzar a tener ideas. Las ideas cambian los paradigmas y así las aporías se niegan a sí mismas  dejando de ser irresolubles.

tlopezmelendez@cantv.net 

Brasil o la protesta de los 20 céntimos

Audio de Teódulo López Meléndez

Brasil 1

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El peligro de emular al adversario

ideología

 

Por Alberto Medina Méndez

Al brillante escritor argentino Jorge Luis Borges se le atribuye aquella frase que entre ironía y verdad decía que “;hay que tener cuidado cuando se elige a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”.

Algo de eso se verifica en el presente cuando se observa la conducta de muchos que han perdido el rumbo, tal vez por impaciencia, bronca o impotencia, o porque cometieron el pecado de reflejarse en sus adversarios.

Existe cierta ambigüedad en este tipo de situaciones. Por un lado el adversario pone reglas de juego, y en la medida que consigue imponerlas crea la sensación de que sus logros son el producto de sus modos, sus formas, su estilo, y obviamente sus ideas.

Así, la tendencia a imitarlos, se genera como si fuera el único camino. Ellos ya no solo imponen su relato, sino que lo convierten en exitoso, por el solo hecho de que consiguen triunfos electorales, o porque son muchos los que repiten esa cantinela, como si se tratara de una verdad indiscutible.

Avanzan, empujan, aplastan, y de ese modo, transmiten la idea consolidada de que para superarlos hay que hacer lo mismo que ellos, pero mejor, es decir ofrecer más de lo mismo, con matices adicionales. Pero ese es solo el comienzo, porque el problema arranca allí, para empeorar, cuando las inmoralidades del régimen se convierten en reglas de juego inmutables.

Parece tan potente ese falaz argumento, que consiguen trasmitir la visión de que para ganarles habrá que ser más tramposos que ellos, se deberá mentir el doble y recurrir a todos los ardides y picardías que ellos aplican.

No está mal aprender de sus aciertos, si los tuvieran. Tampoco es incorrecto detectar sus eventuales fortalezas, pero solo para ver si esos ingredientes son necesarios o pueden ser reemplazados en una estrategia equivalente pero opuesta. El desafío es justamente no parecerse al adversario, diferenciarse en todo lo que sea posible, sobre todo en lo esencial que no tiene que ver con sus formas sino con su inmoralidad intrínseca.

Siempre parece más fácil ganar haciendo trampas que siguiendo valores y convicciones, pero imitarlos en su vulgaridad y falta de escrúpulos, en su crueldad y ausencia de principios, solo implica distanciarse de la meta.

Se trata de triunfar, pero no a cualquier precio. Obtener un buen resultado haciendo lo incorrecto, no es ganar, sino perder. Y es peor cuando esa derrota implica que se ha claudicado en las convicciones para que ellos impongan las suyas y logren que la sociedad las considere indispensables.

La gran batalla que vienen ganando no es la que parece, no es la de los triunfos electorales o la implementación de sus perversas políticas. Han ganado mucho más que eso. Impusieron sus reglas, diseñaron un contexto moral a su medida, fijando los parámetros bajo los cuales quieren competir, y es justamente por eso que triunfan muchas veces, porque son SUS reglas.

Para lograr equilibrio, armonía y orden, hay que animarse a hacer las cosas de un modo diferente. Está claro que eso requiere paciencia. Este desafío no es para ansiosos. No es casualidad que sean los más añosos quienes hayan caído en la trampa de aceptar el presente con resignación, o bien de incitar a la búsqueda de recursos indebidos cruentos e inaceptables.

La historia de una sociedad no se modifica por arte de magia. De hecho, es correcto y hasta saludable que las sociedades paguen por sus propios errores, como corresponde. De lo contrario, se podría creer que se pueden corregir rumbos con solo apretar un botón, y eso no forma parte del mundo real, sino de un universo imaginario ajeno a la esencia humana.

Hay que hacerse cargo de los errores, de eso se trata. Claro que el aprendizaje es doloroso y amargo, pero solo de ese modo se asumen los desaciertos y se los internaliza para evitar repetirlos.

El camino de regreso a la sensatez, será probablemente largo, lento y también difícil, porque hacerlo con corrección, honestidad, transparencia y con la verdad como bandera, traerá consigo tropiezos y cierta dificultad para lograr acuerdos y consensos. Pero eso es lo que se precisa hacer, es lo que se debe y lo que resulta imprescindible para dar vuelta la página.

Tal vez, con algo de inteligencia, creatividad, y sobre todo tenacidad y perseverancia, se dispondrá de la posibilidad de acortar en algo estos plazos que pueden parecer interminables.

Se necesita construir una alternativa o, tal vez, varias, pero que todas ellas sean capaces de transitar ese camino diferente, distinto, diverso. Se debe poder reemplazar el odio como matriz para que vuelva la armonía, esa que logre sustituir la imposición autoritaria del presente por el debate, el intercambio de inquietudes, la articulación de propuestas, la discusión pausada y serena de variantes que nos acerquen a las soluciones.

Algunos que intentan buscar atajos, están equivocando el camino. Apurados por terminar este proceso de indignidad, atropellos y autoritarismo sistemático, pretenden recurrir a cualquier artilugio, imitando a sus adversarios y solo proponiendo otra alternativa demasiado parecida que ofrecer los mismos ingredientes y similares herramientas.

A no confundirse. La recuperación del equilibrio, viene de la mano de hacer lo adecuado, con métodos que no puedan ser cuestionados por su inmoralidad, y transitando una construcción prudente, para que el futuro sea la consecuencia esperable de hacer las cosas del modo correcto.

Es por eso que se debe abandonar esa mágica idea de imitarlos. Allí está la clave, en evitar esa tentación, porque hacerlo implica terminar pareciéndose a ellos y asumir entonces el peligro de emular al adversario.

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