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Democracia siglo XXI

mes

octubre 2011

SOBRE LA DEMOCRACIA COMO IDEA

 

http://democraciareal.over-blog.es/article-sobre-la-democracia-como-idea-87105151.html

 

Hoy todos creemos saber lo que es una democracia, pero la palabra “democracia” no es un término nada claro. Con él se han autodenominado durante los últimos trescientos años sistemas de gobierno tan diversos como los sistemas parlamentarios de Inglaterra, Francia o Estados Unidos, y sistemas comunistas de la antigua Europa del Este o unipartidistas del Norte de Africa. Esto es así porque cada ideología política toma de la democracia aquellos elementos que le resultan más compatibles y beneficiosos para hacer, de este modo, más aceptables sus imperativos fundamentales, y presentarse a sí misma como un todo autoconsistente y lógico.

Si nos remontamos a los ideales de la democracia clásica surgida en el horizonte griego del siglo IV a.n.e., el término “democracia” parece tener asociadas una serie de ideas generales no todas lógicamente conectadas:

 

1. el imperio de la ley.

2. una justificación legalista del poder.

3. la supremacía de lo general.

4. la generalización de los derechos a todos los individuos.

5. la necesidad del consentimiento de los gobernados como sustento de la legitimidad política.

6. el valor del individuo como entidad racional y moralmente autosuficiente.

 

Sobre el orden de estos principios hablaremos más adelante.

 

Primero constatemos que ninguna democracia real e histórica ha conseguido desarrollar todos estos elementos al mismo nivel y armónicamente interconectados entre sí. Ni la democracia antigua sustentada en el sistema de sorteo de cargos entre ciudadanos, ni las modernas democracias contractuales, pasando por las más recientes democracias radicales, pluralistas, elitistas, o parlamentarias de nuestro tiempo, han podido interconectar estos principios generales sin subordinarlos a contextos paralelos que limitan el ejercicio final de estas ideas. La dialéctica entre lo general y lo individual, o la necesidad de crecimiento impulsado por una determinada ideología económica, han resultado ser aliados poco eficientes de la dinámica democrática desde sus orígenes. El resultado final siempre ha sido el mismo: la democracia se desea pero no se alcanza como consecuencia de algún obstáculo que postpone su realización plena para tiempos mejores. En su lugar, desde el siglo XVIII, asumimos la representatividad, herencia del liberalismo moderno, como mal necesario esperando que los gobiernos y los partidos políticos se responsabilicen de sus actos ante los ciudadanos electores que sustentan la legitimidad formal última del sistema.

 

Todo ello resultaba coherente en el marco de los estados nacionales soberanos cuyas fronteras salvaguardaban y reglamentaban jurídicamente la interacción con los demás estados soberanos vecinos. Pero ¿qué ocurre en ausencia de estos límites nacionales? El consentimiento y la representatividad política ya no son una solución parcial al problema de la eficiencia democrática, sino que se desvirtúan convirtiéndose en una carta blanca para la aplicación de sistemas socio-económicos de difícil justificación política más allá del creciente y efectivo criterio del beneficio y el privilegio exclusivo. Las sociedades del bienestar se muestran ahora como el resultado de una pugna económica desigual en la que los ganadores alcanzan el bienestar y la riqueza a costa de no respetar ninguna regla en su desarrollo económico fuera de sus fronteras. Esa misma ganancia menor que nos ha mantenido seguros y desconectados políticamente en nuestros sillones frente al televisor disfrutando de nuestro tiempo de ocio ganado merecidamente. Porque lejos de la supremacía de lo general en el orden político, las actuales democracias globales aseguran el sostenimiento de un contexto de mercado unificado que aspira a un beneficio creciente insostenible cada vez más difícil de mantener a costa de otros.

¿Se trata, pues, de volver a recuperar los límites nacionales para resolver el problema inmediato? No es tan sencillo volver atrás, y nada nos garantiza la impunidad de nuestros mercados globales sostenidos sobre una desigualdad distributiva. La globalización del capital y del tránsito de personas entre los paises desarrollados, ha demostrado potencialidades para construir un mundo más cercano gracias al uso de tecnologías de comunicación globales y de transportes más efectivos. Pero ha puesto al mismo tiempo de manifiesto que nuestros modelos políticos de consentimiento y representación carecen de efectividad y generan más dilemas que los que generaba la democracia antigua en sus orígenes. Tal vez sea el momento de manifestar nuestro interés y nuestra voluntad por llevar a cabo una redistribución global más efectiva de los recursos de que disponemos y con ello aspirar a una forma de autogobierno más consecuente con nuestras posibilidades tecnológicas. No basta con manifestar nuestro descontento al tiempo que esperamos mantener nuestros privilegios históricos. ¿Por qué seguir hablando de tres mundos, cuando realmente sólo hay uno? Es el momento de dar un nuevo primer paso hacia esa antigua idea democrática y alterar el orden de las ideas implícitas en esta forma de gobierno que tanto anhelamos:

 

1. la generalización de los derechos a todos los individuos.

2. el valor del individuo como entidad racional y moralmente autosuficiente.

3. la supremacía de lo general.

4. el imperio de la ley.

5. la necesidad de la implicación de los gobernados como sustento de la legitimidad política.

6. una administración legalista del poder.

 

Con este nuevo orden de principios, el ideal democrático se reestructura de forma más acorde con los tiempos globales en que vivimos, pero lo que abre un amplio horizonte político de la práctica democrática en el siglo XXI son las correcciones realizadas en las últimas dos ideas: solamente a través de una necesaria y creciente implicación progresiva de los ciudadanos en las tareas de gobierno se puede hacer posible que nuestro sistema de representación partidista se transforme en un sistema de adminsitración efectiva de la voluntad general que haga innecesaria una justificación del poder. Hemos creado una clase política para hacer efectivo parcialmente el ideal democrático, y es tiempo de meditar acerca del obstáculo que suponen las élites políticas y los partidos –verdaderos clubs ideológicos– en la transición hacia una realización más efectiva de la idea de democracia global.

 

LECTURAS RECOMENDADAS

Moses I. FINLEY: El nacimiento de la política, Barcelona: Ed. Crítica, 1986.

Barbara GOODWIN: El uso de las ideas políticas, Barcelona: Ed. Península, 1993.

 

La Tierra es plana


Teódulo López Meléndez

La generalidad de los que se han dedicado a estudiar el aspecto jurídico del proceso de reorganización política del mundo coincide en que se está a mitad de camino entre el Derecho Internacional y el Derecho Constitucional.  Esto porque la organización supranacional, que como ya hemos dicho no es un Estado, ejerce poderes soberanos sobre los miembros que la integran. Esto, se puede encontrar una aproximación a la organización federal.

En cualquier caso se aborda el tema desde diferentes ángulos y si algunos insisten en “federalismo funcional” otros hablan de construcción federal sobre un plano particular, mientras otros niegan al Derecho la posibilidad de construir fórmulas políticas refiriéndose al proceso que describimos como una simple forma de cooperación administrativa.

La bibliografía sobre el tema es muy amplia. Lo que queremos brevemente destacar es que al mundo jurídico no se le ha escapado lo que sucede y que las palabras “supranacional”, “metanacional”, “construcción federal sobre un plano particular”  y muchísimas más van construyendo todo el entramado jurídico que habrá de presidir el mundo nuevo que crece ante nuestros ojos. La separación purista entre política y Derecho que algunos autores establecen carece de sentido. Para ello basta referirse a los padres fundadores de los primeros intentos de unidad europea, específicamente a Konrad Adenauer, que siempre fijaron en lo supranacional un antídoto contra los nacionalismos, contra el concepto de soberanía  y contra el egotismo, entendiendo esta última palabra “como un sentimiento exagerado de la propia personalidad”. Esto es, en la concepción original de avance hacia lo supranacional había un elemento y un propósito político claro derivado de las causas que llevaron al segundo gran conflicto mundial. Si ese propósito político no hubiese existido obviamente no existiría la discusión jurídica sobre el marco legal para envolver lo que estamos viendo.

Admitamos que la discusión bien puede continuar en el campo de la epistemología jurídica, pero siempre toda forma naciente debe partir del territorio de la ontología, esto es, del campo de la filosofía del Derecho. Las nuevas formas de organización política requieren, ciertamente, de un marco jurídico y ese marco se ha ido construyendo paralelamente a la materialización de las formas políticas. Las formas políticas nacientes han impuesto la necesidad del envoltorio jurídico. Bastaría, pienso, con  hablar de Derecho Supranacional. O tal vez recurrir a una expresión del sociólogo e historiador de las Ciencias Sociales Immanuel Wallerstein (“El moderno sistema mundial”), conocido por sus polémicas opiniones sobre el fin del capitalismo y tomarle prestada, de manera provisional, su frase de “inventar nuevas formas de escribir la historia”. O, para mostrar otra cara que, al fin y al cabo nos conduce siempre al territorio de la imaginación creativa como vía de comprender al mundo nuevo, al superoptimista Thomas Friedman y recordar con él que el mundo dejó de ser redondo (La tierra es plana”)

teodulolopezm@yahoo.com

Para muestra, sobra un botón


Por Alberto Medina Méndez

Esta frase utilizada con habitualidad, y frente a diversas situaciones, bien describe la mayoritaria sensación ciudadana respecto de la política.

Por mucho que se esmeren los que dicen dedicarse con pasión a esta actividad, que debiera ser el motor de cambio, la palanca para transformar la realidad, el desprestigio de la política avanza sin detenerse.

La adhesión ciudadana, o como le gusta llamar a algunos otros, el voto popular, no siempre es en positivo, muchas veces (y cada vez mas) pasa por un proceso de descarte, de elegir al que menos desaprobación tiene.

Que un elector decida acompañar a algún dirigente, o a su sector partidario con el voto, no significa que suscriba la totalidad de sus visiones, mucho menos aun su forma de actuar cotidiana. Simplemente se trata de opciones, de preferencias, no necesariamente de una aprobación lineal.

Quienes se inclinan interesadamente, en leer la realidad de otro modo, para sentirse representantes genuinos de una sociedad, pues solo acomodan los hechos a su evidente conveniencia personal. Mal podrían reconocer que son lo menos malo de la oferta electoral, o simplemente lo que la sociedad menos aborrece de lo disponible y conocido.

Este creciente descredito de la política no es un capricho de la sociedad, ni la consecuencia de una confabulación perversa de ciertos sectores, es el esperable resultado de la interminable suma de acciones cotidianas que abonan una presunción que encuentra confirmaciones siempre.

Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, la política está plagada de privilegios injustificables, rodeada de secretos que muestran poca transparencia, el uso de recursos públicos de los que no se rinde cuenta, acuerdos que benefician a unos y perjudican a otros, que se deciden discrecionalmente y en función a intereses que se defienden sin explicitar.

Además, se percibe con claridad, que  las ambiciones personales de poder, esas que le ponen foco a lo electoral, a la campaña o a negociar con otros para la próxima postulación o el futuro nuevo cargo, superan largamente cualquier deseo de modificar el presente en beneficio de la sociedad.

Resulta evidente que el esfuerzo por los intereses propios ocupan mucho más tiempo y dedicación que la gestión por mejorar las condiciones de la sociedad, y hasta cuando se intenta esto último, se hace por un mero efecto electoral, en la búsqueda de votos, lo que torna a la actividad política cada vez mas demagógica, mas populista y por ende menos respetada.

Y no se trata de un fenómeno local, sino global, aunque con matices diferentes y mayor o menor grado de deterioro según sea el caso. La lista es interminable. La política está desprestigiada por muchas razones, pero cada gesto, cada pequeña actitud, no hace más que confirmar la intuitiva sensación de una sociedad que no solo no cree en la fachada aparentemente amigable que el marketing político intenta mostrar, sino que la leyenda y el folklore, solo enriquecen, y a veces hasta exagerando lo real, sobre la base ya no de certezas o información, sino sustentada en la verosimilitud que esconde cada historia, cada trascendido, que por ridículo y perverso que sea, siempre parece tener asidero.

Si la política, como recita hasta el cansancio, realmente pretende ser considerada como una actividad de prestigio, valorada, jerarquizada, deberá revisar mucho más que sus apariencias.

No se trata solo de un problema de comunicación, como pretenden minimizar algunos. La cuestión es bastante más profunda y grave. No se puede parecer lo que no se es. Las mentiras duran poco tiempo, y la gente es más inteligente de lo que muchos presumen.

Que el ciudadano medio siga votando a personajes siniestros, que sea condescendiente ante determinadas actitudes inaceptables, que se haga el distraído frente a la contundencia de determinados hechos de corrupción, o de latente inmoralidad, no significa que los avale o los aplauda.

Lo que sucede es que, aun no ha completado el proceso natural, que lo llevará a tomar cartas en el asunto de un modo más activo, participando como corresponde y recuperando su verdadero poder ciudadano.

Ciertos artilugios del sistema, escollos que la corporación política pone a diario para minar la posibilidad de que la ciudadanía se anime a dar el siguiente paso, para amedrentar a los impulsivos, disuadir a los más abúlicos y a los inconstantes, viene funcionando exitosamente.

Pero todo es cuestión de tiempo. Más tarde o más temprano, la ciudadanía, comprenderá la importancia de cambiar esta dinámica y desalojar a los más mediocres de la conducción, para poner las cosas en su lugar.

Para que ello ocurra, el hastío será una pieza clave, y no estamos tan lejos de ese escenario. Lo que la política contemporánea no puede seguir pretendiendo es vestirse de neutralidad, de sobriedad, de talento y de prestigio. Tiene pocos atributos para exhibir, y demasiados flancos débiles que la hacen despreciable.

Y no porque en su esencia no sea una actividad relevante, significativa y una excelente oportunidad para aportar en positivo, sino porque sus protagonistas, se han ocupado, y se ocupan a diario, de confirmar la tendencia, de ahondar su propia crisis y de abonar a la mitología que la rodea, incrementando sus errores, profundizando sus actitudes decadentes y minando la confianza que le reclaman a la sociedad.

En vez de enojarse con la comunidad, la política debiera mirar lo que hace cotidianamente, y entender que el ciudadano solo recurre al saber popular, recordando aquello que dice  “para muestra sobra un botón”.

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La indignación globalizada


Teódulo López Meléndez

El mundo parece un paciente diagnosticado al cual  no se le ofrecen demasiadas esperanzas. Desde la organización mundial o regional de los Estados hasta el problema del agua, desde enfermedades sociales hasta el problema de los refugiados, por doquier se enlistan las calamidades y los desajustes.

Escasean los inventores de mundo. Se requieren protagonistas de la visión teórica de la política. Aquí las verdades se han derruido y hay que ir sobre las nuevas formas de la organización social. Lo que preside al mundo es la incredulidad. Los discursos viejos están deslegitimados. Alguien ha hablado de un ciclo ahistórico. Si no hay planteamiento filosófico-político emancipatorio en el sentido de dotar al sueño de un corpus de ideas tampoco habrá emancipación de    los graves problemas        que       nos       afectan.

La teoría política debe, pues, enfrentar al siglo XXI. Quizás el vacío provenga de la aplicación a las ciencias políticas del principio de que aquello que no fuese empíricamente demostrado quedaría fuera de significado. Es menester una pluralidad de ángulos de visión que la urgencia de encontrar una certidumbre sepultó. Ya no se requiere un corpus homogéneo, lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Algunos hablan de ofrecer no una mirada sistemática sino sintomática. Hablamos sobre una realidad, no sobre la inmortalidad del cangrejo. Es lo que otros denominan la teorización de la política y la politización de la teoría. Por ello hablamos de los problemas del mundo.

Tiene que haber una relación entre la teoría política y el funcionamiento de las democracias, hay que darle una respuesta común a las exigencias cotidianas de la democracia, por la muy sencilla razón de que la globalización ha tenido un efecto particular: todos los hombres, en buena medida,  se están enfrentado a los mismos problemas, lo que para nada lleva al olvido de las particularidades, las que, por el contrario, se hacen manifiestas al pedir políticas de reconocimiento.

Sin pensamiento democrático renovado la tendencia será fuerte al enfrentamiento y al totalitarismo.

En medio de la actual crisis de transición el pensamiento es rechazado y los políticos no ejercen lo político, no recurren a la forma de conocimiento superior que permita hacer inteligible la realidad política. Tal vez el quid se encuentre en una racionalización efectista de la práctica política y en una consecuencia de la llamada muerte de las ideologías, sin darse cuenta que lo que esto último implica no es el abandono de un corpus de ideas sino una libertad adicional para afrontar los problemas concretos sin tapaojos.

Las manifestaciones de “indignados” este último fin de semana muestran el nacimiento de una sociedad civil global que rompe los límites del Estado-nación y convierte la protesta en asunto común. La crisis excede de lo meramente económico. En verdad lo es de existencia.

teodulolopezm@yahoo.com

A propósito de tres mujeres Nobel de la Paz


Teódulo López Meléndez                                                                  

Por supuesto que los africanos se miran a sí mismos y es natural la multiplicidad de enfoques. Lo primero que habría que rechazar de plano es la división entre afrooptimistas y afropesimistas. Así lo hace el nigeriano Adebayo Olukoshi quien tiene una mirada multidimensional y señala como un avance la emergencia del pluralismo en los medios informativos en la década de los noventa, el florecimiento de las asociaciones civiles y de nuevos actores políticos, a lo que habría que sumar las transformaciones en la estructura demográfica con un creciente protagonismo juvenil, aunque otros factores, como el desempleo, los haya llevado a participar en acciones armadas. Olukoshi no obvia la exacerbación de la dicotomía rural-urbana con la aparición de todos los problemas que esto conlleva, el crecimiento de la intolerancia y la xenofobia, el de la economía informal, pero también el rápido acrecentamiento de interés sobre cuestiones como ciudadanía, los derechos individuales y grupales, y el papel del estado. Señala, igualmente, el colapso del rol central del estado y del sector público, la asunción del libre mercado y la no aparición de una clase media lo suficientemente fuerte como para realizar la transición democrática debido a múltiples factores internos y externos, entre los cuales cabe mencionar la crisis económica que afectó al continente y los realineamientos producidos por el cese de la guerra fría. Olukoshi se pregunta por las vías para retomar el crecimiento económico que define como    esencialmente  inclusivo          y          democrático.

Por su parte el político nigeriano Musa Abutudu mira más hacia el tema de la seguridad humana, asociada anteriormente de manera errónea a la seguridad del estado lo que llevaba a percibir a la oposición como una amenaza a la seguridad nacional,  señalando que las reformas neoliberales minaron al estado-nación y aumentaron los excluidos sociales con las consecuentes hostilidades. Para él el concepto de seguridad humana abarca todas las formas de privaciones económicas, contaminación ambiental, expansión de enfermedades infecciosas y no infecciosas.
El sociólogo de Zimbabue, Sam Moyo, dedica sus análisis a la cuestión agraria y campesina en el África austral. La crisis teórica en el estudio de África encuentra, por ejemplo a autores como Mkandawire, Zeleza y Mamdani. El florecimiento de la vida asociativa está en Chazan, Bratton y Diamond, como la llamada cuestión juvenil en la política de África es tema de Abdullah, Bangura, Mkandawire y Sesay.  En el terreno de la economía política vemos a Bates, Jackson y Roseburg, Callaghy, Kasfir, Young, Turner, Chabal, Ergas, Bayart, Chazan. Mamdani, Zeleza, Mkandawire, y Olukoshi, algunos nombres para el análisis de África.

En África el sistema bipolar del mundo fenecido con la Guerra Fría tuvo un profundo efecto como el estancamiento de la cooperación intra-africana, lo que tuvo consecuencias en la política, la economía y la sociedad. Se desarrolló así un concepto de seguridad basado en las relaciones interestatales que a su vez se convirtió en fuente de inseguridad ciudadana. Sería lamentable que el planteamiento de una guerra contra el terrorismo se convirtiese en un sucedáneo de la guerra fría o que la política del mundo desarrollado se centrase en asistencia militar. Toca a los africanos imponer la esperanza sobre el desorden.

Todos miran a la mujer como el pilar fundamental en la salida de África de su postración.

teodulolopezm@yahoo.com

 

Audio: “Los indignados norteamericanos”

Hablo de “Los indignados norteamericanos” (audio)

Teódulo López Meléndez

http://www.ivoox.com/indignados-norteamericanos-audios-mp3_rf_824729_1.html

Apelo al pragmatismo

 

Teódulo López Meléndez

Si bien la incertidumbre ontológica o la incertidumbre social o la incertidumbre económica pueden ser citadas como permanentes compañeras de viaje, ahora, en el fin de esta primera década de un nuevo milenio, como hacía muchísimo tiempo no sucedía, nos encontramos frente a un hombre herido de ausencia de perspectivas y sin estímulos para enfrentar su desnudez. La soledad frente al futuro parece maniatarlo.

Los grandes proyectos quedaron atrás y son mirados con una sonrisa picaresca que expresa aturdimiento, desolación y hasta burla por haberlos concebido. Algunos analistas hablan de un “miedo a la vida”. Tanto como los hechos históricos puntuales que nos tocó vivir  a finales del siglo XX, la evaporación de los supuestamente homogéneos cuerpos de doctrinas (ideologías) ha lanzado al vacío a importantes grupos carentes ahora del envoltorio protector, sin que un sano pragmatismo con ideas, o de ideas, termine por involucrarse en la conducción hacia una meta. La verdad se ha hecho, cada vez más, el viejo concepto nietzscheano.

El pragmatismo no puede ser leído como negación de lo utópico, más bien como el desatar de una imaginación sin carriles, entubamiento o corsés de ortodoxia. El pragmatismo con ideas que reclamo como motor alterno al movimiento humano lo concibo como un desafío novedoso al hombre como sujeto y actor de la cultura, como aquel –como tantas veces se ha dicho- que se empeña en dejar huella. La nanotecnología y la robótica en general, el apoltronamiento frente a la pantalla, la inmovilidad del trayecto pueden conducirnos a grandes cambios físicos, es cierto, pero en lo humano sigue sembrándose el único interés posible.

En la política conseguimos uno de los factores claves de la incertidumbre del hombre posmoderno. La política de la modernidad se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia. El poder, por su parte, se ha hecho vacuo, es decir, inútil arrastrando consigo a las luchas por obtenerlo, como es lógico en todo proceso de degradación. Ya el hombre no mira a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar.

Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente, todo bajo la paradoja de un futuro que nos alcanzó con sus innovaciones tecnológicas de comunicación que hoy se han convertido en nuevos símbolos de status. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del hombre, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora.

 

Los envoltorios protectores se diluyeron cual bolsas de plástico biodegradable. Las soluciones a las interrogantes se evaporaron. El hombre perplejo e incierto ahora ha descubierto que lo creado no era un eternum sino una contingencia histórica, un momento –tanto como puede concebirse un momento en la historia humana- y que en consecuencia se traslada al pasado. El peligro inminente es un nuevo poder totalitario que se aproveche de la incertidumbre. El peligro inminente es la pérdida de la voluntad de un hombre que preferiría dejarse dirigir antes que desafiar de nuevo al pensamiento.

El deterioro de lo social-político refuerza pues al hombre posmoderno en la incertidumbre. El depositario mismo y real del poder se ha hecho indefinible. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de autoescondite. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. El hampa desatada –también un  fenómeno global, aunque en algunas partes cohacedora del necesario temor para el desarrollo de una revolución- incrementa de manera notable la inseguridad general que hemos llamado incertidumbre. Asistimos, entonces y como parte de la ruleta, con factores que siembran incertidumbre en procura de una legitimación falsa. Las acciones colectivas se tornan cada día más difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en los meses recientes.

teodulolopezm@yahoo.com

 

 

La complejidad de la política


 

Por Alberto Medina Méndez

Como sucede en casi todas las actividades que el ser humano encara, la política se viene complejizando a un ritmo sostenido, se está sofisticando cada vez más con el paso de los años, aunque muchos se sigan resistiendo a comprenderlo y pretendan interpretarla de un modo lineal.

La política ya no es para amateurs. Definitivamente, ya no se trata solo de apelar a la suerte, algo de carisma o seguir tradiciones. Como en tantos otros quehaceres, tiende a la  profesionalización, a la necesidad de recurrir a especialistas, de conformar equipos de trabajo preparados, formados técnicamente y dispuestos a construir una alternativa posible.

Antes, el solo hecho de pertenecer a un alineamiento político, a un sector de la partidocracia, era más que suficiente para obtener un caudal de votos importante, que prácticamente garantizara un resultado electoral.

En el presente, los partidos, tienen cada vez menos gravitación, son poco respetados, están desacreditados y no generan mayor adhesión por sí mismos. La sociedad se permite decidir con otros parámetros, más amplios y diversos, desideologizados y fundamentalmente evaluando al candidato más que a su pertenencia partidaria.

Un factor relevante en estos tiempos, tiene que ver con la estructura, la logística partidaria, la territorialidad, la capacidad de disponer de dirigentes en toda la jurisdicción y de utilizar esas posibilidades con inteligencia.

Una estrategia adecuada, es decir un diseño de las acciones que habrá de llevarse adelante para lograr el objetivo, resulta indispensable. Una mentalidad, capaz de pensar en los próximos movimientos propios y del rival, implica disponer de la astucia del ajedrecista.

Una visión adecuada del marketing, de las herramientas más modernas que permitan llegar a cada sector de la sociedad, se torna vital en este despliegue. También se precisa de una táctica comunicacional afinada, apta para transmitir ideas, que permita sensibilizar al electorado.

La experiencia, no es un ingrediente menor en esta historia. Pesa mucho el conocimiento de los procedimientos, el acceso a los rudimentos cotidianos del sistema y, obviamente, la habilidad para aprovecharlos al máximo.

Los recursos económicos son un componente crítico. Quien más fondos dispone incrementa sus chances, aunque abundan las historias de candidaturas respaldadas por un gran capital, que no fueron suficientes para derrotar al circunstancial adversario.

El contenido del discurso, el manejo de un eje temático central y algunos otros secundarios, no pueden faltar a la cita. Una dialéctica vacía, plagada de slogans sin sentido, no llevará al político en cuestión a buen puerto.

Los más experimentados dicen que un buen candidato es imprescindible. Malos postulantes acompañados de una multiplicidad de instrumentos secundarios, no suele funcionar. Tampoco la formula inversa, la del aspirante con excelente perfil, sin algunos otros condimentos que acompañen, resulta exitosa.

La visión asociativa, ese espíritu de conformar acuerdos que posibiliten mejorar las chances, sumando de a uno, no puede estar ausente para aquel que quiere hacer de este un oficio respetable.

La capacidad para soportar derrotas y levantarse luego de cada traspié, la serenidad a la hora del intercambio de acusaciones, el estilo personal del candidato, su prestigio como individuo y como profesional, su talento como orador, su simpatía y carisma, la habilidad para liderar procesos y equipos, cada uno de esos elementos es importante. En fin, la lista es casi interminable. Son tantos los requisitos que se precisan para emprender una postulación política, que muchos fracasan por subestimar el asunto.

Ninguno de los aspectos enumerados es irrelevante. Tampoco es preciso que todos ellos convivan en absoluta armonía. Queda claro que todos son claramente necesarios, pero de ningún modo aseguran el éxito de un proyecto político.

Innumerables situaciones, del contexto circundante, alteran las posibilidades e intervienen fuertemente en un eventual resultado. Se necesita de uno y cada uno de estos aspectos. La sincronización de estos factores, la inteligencia para articularlos y la capacidad para construir algo alrededor de ellos será determinante.

La política definitivamente ya no es para improvisados. Quienes no se tomen en serio esta actividad al momento de decidir incursionar en ella, no saldrán ilesos del intento, y solo obtendrán a cambio fracasos y frustración, además de conclusiones erróneas. No es que no se pueda hacer política para vencer a los de siempre. Pero suponer que cualquier advenedizo puede intentarlo de modo intuitivo, con algo de instinto y un pretendido sentido común, es desconocer la naturaleza de las cosas, el funcionamiento de la sociedad y no tener los pies sobre la tierra.

El mundo se ha complejizado. La política no escapa a la regla, y más vale que si alguien, decide dedicarse a ella, se la tome con el debido respeto, evitando la tentación de la improvisación. Este proceso de sofisticación en realidad recién empieza, y cada vez será más necesario acompañar esa complejidad, con el profesionalismo que el tema amerita.

Algunos históricos de la partidocracia, aun no se dieron cuenta y siguen pretendiendo hacer las cosas como siempre, sin percibir que la realidad, el mundo, se ha modificado para siempre. Muchos de los más nuevos en estas lides, caen en la trampa de subestimar a la política como actividad y creer que el submundo del que vienen les da los elementos suficientes.

Si alguien piensa que este es un asunto simple, sencillo, lineal, donde con un par de ingredientes alcanza, se equivoca. Participar en política supone antes que nada tomar nota de su complejidad.

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