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Democracia siglo XXI

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Una idea sencilla

 

idea sencilla

Por Andrés Hoyos

El Estado es proclive a las ideas complicadas que, por su misma naturaleza, suelen extraviarse en un laberinto kafkiano a la hora de la ejecución y terminar beneficiando a muy pocos. Mucho se ha repetido una paradoja cruel que afecta a Colombia y es que por el efecto combinado de los impuestos y el gasto público la desigualdad se agrava, en vez de atenuarse. Esto implica que los ricos se apropian de una tajada demasiado grande de lo que ellos mismos o sus compañías pagan y, paradoja cruel, incluso de una parte de lo que pagan los pobres.

Las buenas intenciones abundan tanto como los malos resultados. Una buena intención puede ser, por ejemplo, ayudar a los más pobres, ya sea por altruismo o por razones políticas, como evitar las explosiones sociales, mejorar la distribución de la riqueza para acceder a la OCDE o fortalecer la democracia. La lista es larga y va llena de recriminaciones implícitas. Quienes con más acritud critican estas (¿malas?) intenciones detrás de las buenas no suelen tener, ellos tampoco, la fórmula mágica.

Leía yo con algo de envidia no hace mucho que un par de países ricos estaban adelantando planes piloto para otorgar a sus ciudadanos una renta básica universal. Ojo, no es solo para los pobres, sino para todo el mundo. La versión que está probando Finlandia consiste en dar 560 euros al mes a 2.000 ciudadanos seleccionados al azar entre los desempleados. Nada por el estilo está al alcance de Colombia, pues si apenas fueran 100 dólares, el programa costaría más de 40 mil millones de dólares al año, una cifra demencial.

Cuál no sería mi sorpresa cuando leí un artículo de Shamika Ravi en la edición de abril de Foreign Affairs, según el cual la India, un país de 1.300 millones de habitantes, quería intentar algo parecido. Me froté los ojos: ¿se había nacionalizado indio el rey Midas? No, el misterio está en el monto. Cito: “el Ministerio de Finanzas estimó que una suma modesta de cuatro dólares por persona al mes podría reducir el nivel de pobreza de India del 22 % al 7 %. El costo sería apenas del 2 % del PIB”. Claro, como corolario indispensable se deben desmontar otros programas de asistencia social para poder financiar este. Ya hablando de Colombia, la idea a mano alzada sería dar seis dólares al mes por persona, en el entendido de que las inscripciones podrían rondar los 30 millones de habitantes.

Dicha cantidad no tiene por qué afectar negativamente el empleo, pues no alcanza para vivir. Uno sospecha que, dado el monto ofrecido, quienes se inscribirían serían sobre todo las familias de estratos 1, 2 y parte del 3. Al ser universal, la renta básica no se presta para manipulaciones políticas, como sucedería si hay que demostrar un determinado nivel de pobreza. Los bancos, así deba ser ínfimo el porcentaje que cobren por los desembolsos, estarían felices dada la bancarización acelerada que se deriva del programa. Tal vez los burócratas que medran alrededor de las buenas intenciones serían los únicos opuestos a intentar algo semejante.

¿La única condición para el pago? Tener cédula de ciudadanía o tarjeta de identidad y abrir la más básica de las cuentas bancarias. Obviamente que todo beneficiario tendría que registrarse. Al final, el país contaría con un termómetro potente para medir su salud financiera: a mayor bienestar, menor cobro de la renta básica, y viceversa. El pago, con el tiempo, podría subir en forma modesta, nunca bajar.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

Nueve agrupaciones se retiran del Festival de Teatro de Caracas

Nueve agrupaciones no participarán en la sexta edición del Festival de Teatro de Caracas, que se realizará del 21 al 30 de abril. Se trata de Deus Ex Machina, Circuito de Arte Cénica, Funámbulo, 4×4 Producciones, Tulipano Producciones, Skena, Fincareal, Proyecto en Colectivo y Amneris Treco.

Comunicado: “Por medio del siguiente comunicado, los grupos de teatro presentes queremos informar que hace unos meses decidimos participar en la edición de este año del Festival de Teatro de Caracas, con la intención de llevar nuestro trabajo a todos los espacios y espectadores a los que generalmente no podemos acceder sino por medio de este tipo de encuentros, donde el apoyo cultural y su infraestructura se pone al servicio de todos, cosa que debería ocurrir todo el año y no sólo en eventos como este.

“Sin embargo, no podemos permanecer indiferentes ante la constante violación de derechos humanos presente en los últimos meses en nuestro país, evidenciada en diferentes acciones como:

“1.- La represión indiscriminada y sistemática que el gobierno ha ejercido contra la población civil, haciendo uso irresponsable e ilegal de la fuerza contra los ciudadanos que han elegido ejercer su derecho a la protesta pacífica; un derecho humano y legítimo que debe ser respetado y garantizado por el Estado como lo establece nuestra Constitución.

“2.- La grave ruptura constitucional realizada por el Tribunal Supremo de Justicia y denunciada por la Fiscal General de la República y la comunidad internacional, que lamentablemente no ha sido subsanada, lo cual agrava profundamente la convivencia democrática y cuestiona la existencia de un “Estado Social de Derecho y de Justicia”.

“3.- El terrible empeoramiento de la escasez de medicamentos y deficiente asistencia médica a disposición del ciudadano necesitado, que cada día; junto con el déficit alimentario se agrava más y atenta contra todos.

“Si a lo anterior sumamos la gran inversión económica que se está haciendo en la producción, pago, traslado y manutención de grupos extranjeros, junto con la promoción y difusión de este Festival como una gran “fiesta de celebración” que pareciera querer ignorar y desconocer todos los problemas antes mencionados, pensamos que lo más coherente sería suspender el Festival de Teatro de Caracas 2017 hasta que las circunstancias anteriormente mencionadas volvieran a la normalidad.

“De no ser así, no tenemos otra alternativa que ser coherentes con nuestros planteamientos y solidarios con lo que está sufriendo y padeciendo gran parte de la población, suspendiendo nuestras funciones programadas, no formando parte de esta “Fiesta” que estaría ciega a la realidad que nos está ahogando a todos.

“Pedimos disculpas por los inconvenientes causados, y estamos dispuestos a mostrar nuestros espectáculos de la forma más accesible posible al público, pero una vez que nuestro país haya recuperado su hilo constitucional y democrático y sean respetados sus derechos más fundamentales.

“Exhortamos a todo creador y agrupación que se sientan identificados con este comunicado, a expresar con libertad su apoyo.

“Atentamente;

“Deus Ex Machina, obra: “La crema y nata”; Circuito de Arte Cénica, obra: “Simple”; Funámbulo, obra: “La bolsa del viajero”; 4×4 Producciones, obra: “El Club de los Cursis”; Tulipano Producciones, obra: “Yerma”; Skena, obra: “Rojo”; Fincareal Teatro, obra: “Las cartas oscuras”; Proyecto en Colectivo, obra: “Tal vez tu sombra”, y Amneris Treco Standup Comedy”

El Caribe persigue un crecimiento verde a pesar de incertidumbres

 

Por Desmond Brown |English version

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Una granja eólica en Curacao. A fines de 2015, los países del Caribe se unieron a un acuerdo global para abandonar paulatinamente el uso de combustibles fósiles y adoptar fuentes de energía renovable como la éolica y la solar. Crédito: Desmond Brown/IPS.

BRIGETOWN, 17 abr 2017 (IPS) – Barbados y sus vecinos del Caribe siguen impulsando la agenda climática y defendiendo a las energías renovables a pesar de la nueva posición de Estados Unidos en la materia.

Así lo dejó claro el ministro de Ambiente de Barbados, Denis Lowe, tras las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump de que el cambio climático es un “engaño” y su consiguiente impulso a la industria del carbón y el decreto para relanzar el oleoducto Dakota Access.

“Llegó el momento”, remarcó Lowe.

“El presidente de Estados Unidos definió que el cambio climático es un engaño y que cualquier concepto en torno al mismo es una falsa creencia y que no hay una clara justificación de que el fenómeno llamado cambio climático exista”, recordó.

Pero mientras Trump “desacreditaba” la legitimidad del cambio climático, 2016 se convertía en el año con la temperatura oceánica más cálida.

“El impacto del calentamiento acelerado de la Tierra, según ambientalistas estadounidenses, está en la costa de Michigan, en el lago Michigan. Hay pruebas de que las consecuencias del cambio climático afectan a todo el litoral, incluida la erosión de las playas a lo largo de la costa de Ilinois. Esos son los hechos registrados”, precisó.

Lowe alertó sobre que la nueva posición de Estados Unidos representa “malas noticias” para el Caribe. Y la postura actual podría significar una reducción de los fondos de ese país al sistema de la Organización de las Naciones Unidas, el principal impulsor de la lucha contra el recalentamiento de la Tierra, alertó.

“Instituciones como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Fondo Verde para el Clima sufrirán el impacto. El Fondo de Adaptación se verá afectado, así como todas las otras actividades que dependen de los recursos donados por Estados Unidos”, señaló.

Lowe subrayó que esta región no puede permitirse “quedar encerrada” por lo que podría pasar o no en relación con los fondos internacionales, y aseguró que su Ministerio y el gobierno seguirán explorando formas de financiar la recuperación costera y los programas de energía verde.

“Estamos listos para hacer lo que sea necesario. Nuestro Ministerio sigue trabajando con nuestros socios para explorar formas de seguir impulsando nuestra agenda climática”, indicó Lowe.

“Le pedimos a los barbadenses de distintos ámbitos que nos ayudaran a adoptar y practicar hábitos que reducirán el impacto del cambio climático pues tiene que ver con el suministro de agua, nuestros esfuerzos de conservación y nuestros esfuerzos de preservación de nuestro entorno alrededor de la isla”, indicó.

De hecho, la columnista de Nueva York, Rebecca Theodore, especializada en cambio climático y energía renovable en el Caribe, dijo que el intento de Trump de revitalizar la industria del carbón en Estados Unidos requerirá más que solo la política dictada por Washington para concretarse.

“Primero, las fuentes de energía renovable como la eólica y la solar son mucho más viables económicamente que el carbón. La demanda de empleo en el sector aumenta, mientras que la del carbón disminuye rápidamente”, dijo Theodore a IPS.

“Segundo, no se pueden ignorar los argumentos morales y las fuerzas del mercado con los que la producción de carbón como fuente de energía se entrelazan. Las emisiones de carbono liberadas por las plantas de carbón son la principal causa de muerte en muchas partes y seguirán siendo un peligro para la salud pública”, prosiguió.

“Tercero, si la Planta de Energía Limpia logra sus objetivos de reducir las emisiones de dióxido de carbono, tendrá que haber una reducción del consumo de carbón”, añadió Theodore.

También señaló que la contaminación de carbón derivada de las centrales eléctricas es la principal causa del cambio climático.

“Si Estados Unidos va a seguir la lucha en el marco de los esfuerzos globales para hacer frente al cambio climático, entonces el objetivo debe concentrarse en el gas natural barato y en la instalación de plantas de energías renovables”, dijo Theodore a IPS.

“Deben de haber opciones para invertir en energías renovables, gas natural y en abandonar las centrales a carbón”, precisó.

A principios de este año, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) dijo que una parte significativa de los 13.000 millones de dólares que prestará este año se destinarán a la agricultura, el cambio climático y las energías renovables.

El director ejecutivo del BID, Jerry Butler, aseguró que las energías renovables siempre fueron un asunto de interés para la institución.

“Vamos a prestar 13.000 millones de dólares, de los cuales destinaremos 30 por ciento al cambio climático, la agricultura y la energía renovable. De hecho, 20 por ciento de ese monto se destinará al continente americano”, indicó Butler.

“Estamos poniendo el dinero donde dijimos que lo haríamos en lo que se refiere a nuestro papel como socio de la Comunidad del Caribe y como socio de las otras entidades que trabajan con nosotros”, arguyó.

Al subrayar el compromiso del BID con la región, Butler precisó que a pesar de que los estados del Caribe oriental no son miembros del banco, a través de préstamos al Banco de Desarrollo del Caribe, los países de esa zona no quedan afuera.

“Por ejemplo, de los más de 80 millones de dólares destinados a la exploración geotérmica, Granada será el primer beneficiario en el Caribe oriental”, apuntó.

“Y nuestro enfoque en el Caribe no cesa, ya sea con programas de financiación inteligente en Barbados, de energía renovable y eficiencia energética en Jamaica o con programas que se conecten o no a la red eléctrica en Guyana, tratamos de hacer todo lo posible para aportar recursos, tecnología, inteligencia y al mismo tiempo las mejores prácticas a todo lo que hacemos en materia de energías renovables”, aseguró.

Butler dijo que el BID cree que la sostenibilidad, la competitividad y la posible creación de empleo en el Caribe pueden destrabarse “si nos concentramos en abandonar la dependencia en los combustibles extranjeros” y nos abocamos a “la producción de su propio tipo de energía autóctona”.

Traducido por Verónica Firme

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Hipocondría

hipocondría

PorAndrés Hoyos

Los colombianos somos hipocondríacos —y hasta paranoicos— en materia de violencia, criminalidad y malos gobiernos. Como nos ha pasado de todo, pensamos que todo nos va a volver a pasar mañana por la mañana. Al hipocondríaco el mal le da antes de que le dé y muchas veces incluso padece los síntomas, porque somatiza sus miedos, es decir, los da por realizados cuando apenas son una remota eventualidad.

¿Que existe la posibilidad teórica de que un candidato afín a las Farc sea elegido presidente en 2018? No, pues, qué horror, Timochenko está ad portas de la Casa de Nariño, hay que hacer algo para detenerlo. La votación del plebiscito, que de entrada puso 6,4 millones de votos largos en contra de esa candidatura, demuestra su cuasi imposibilidad.

La hipocondría se agrava cuando quien asusta a los pacientes sin razón es un médico. Aquí, por ejemplo, tuvimos durante ocho años uno de cabecera, el doctor Uribe, en quien muchos todavía confían porque nos mejoró de una vieja dolencia con su receta de la Seguridad Democrática. No nos curó —eso hay que dejarlo claro—, pero el mal sí bajó en intensidad después de un largo y doloroso tratamiento que, por lo demás, tuvo efectos colaterales severos, como una reelección que casi se nos vuelve crónica, una desmovilización de los paramilitares que fue a medias y atropellada, una dramática serie de casos de corrupción con grandes responsables políticos incursos en delitos y varias políticas más, como el extractivismo a ultranza, que resultaron insostenibles. Todo lo de este médico desembocó en un obsesivo intento de venganza. Entendimos que él no quería realmente curar al paciente, sino volverse su propietario.

Con la llegada del nuevo doctor en jefe, Juan Manuel Santos, pudo por fin tratarse la peor enfermedad del país, la guerra. Este doctor adelantó y concluyó, contra viento y marea y con la incesante oposición de su vengativo antecesor, un proceso de paz que resultaba indispensable si el paciente había de curarse. No dejó de haber complicaciones, entre otras, porque el nuevo doctor en jefe tuvo menos éxito en otros tratamientos que prescribió, hasta el punto de que hemos padecido severas recaídas y nos hallamos en un estado de debilidad que no nos ha permitido iniciar con fuerza la recuperación prometida.

Habrá, por virtud del sistema democrático, un nuevo cambio de médico en jefe el 7 de agosto de 2018. No se sabe aún quién será, aunque circulan hojas de vida, algunas de ellas muy preocupantes. El doctor Uribe de marras quiere regresar al cargo por interpuesta persona y es en parte por ello que alimenta nuestra hipocondría profiriendo mentiras y exageraciones sin tregua. Insiste en que nos tomemos un remedio para evitar un mal llamado el castrochavismo, pese a que no solo ya estamos vacunados contra él por la tragedia que vive a diario Venezuela, sino que la experiencia internacional prueba que el remedio ofrecido es tóxico. Al doctor Uribe esto no le importa: su idea es trincarnos y embutirnos la pócima, la queramos o no.

La sospecha es que hay por ahí una legión de médicos perversos que no solo no quieren curarnos, sino que hacen todo lo posible para que sigamos enfermos y sobre todo para que nunca dejemos de ser hipocondríacos, pues en ese momento perderían el poder que tienen sobre nosotros y comprenderíamos que en realidad no son otra cosa que matasanos.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

Almagro

 

Agenda

agenda

Por Dulce María Tosta

La acción para salir del régimen que nos agobia y recuperar la libertad, requiere de una agenda clara y pública que refleje el sentir de la ciudadanía y no el interés de grupos o partidos. Hasta el momento, han sido las organizaciones políticas quienes fijaron el derrotero, pero la sociedad venezolana es mucho más que ellas y está organizada en infinidad de estructuras que, en su conjunto, expresan el sentir nacional.

Más del ochenta por ciento de la población quiere cambiar de rumbo, reencontrarse con la prosperidad y la movilidad social que fueran estandartes de la Venezuela de ayer, pero infinidad de errores y despropósitos de la oposición han sido la bitadura del régimen, su aliento vital, solo contradicha por las propias torpezas gubernamentales, al punto de montar el curioso caso de un régimen que hace de todo para caerse y una oposición que no pierde oportunidad para impedirlo.

El País es mucho más que su estamento político; los hombres que mueven la agricultura, la industria y el comercio son los que producen la riqueza, los que hacen que su Producto Interno Bruto (PIB) se expanda o reduzca y, en definitiva, marcan el tamaño de la prosperidad.

 

Si queremos despertar de esta larga pesadilla, es menester que las fuerzas que se oponen sinceramente al socialismo del siglo XXI, se sienten alrededor de la misma mesa y propongan un plan concreto de País, con consideraciones de orden económico, político y social que le expongan al colectivo, no solamente el camino para salir de la dictadura, sino también lo que haremos una vez logrado ese objetivo fundamental.

 

Es indispensable apuntar algo, antes de entrar en otras consideraciones: proponer elecciones con Maduro en Miraflores y Tibisay en el CNE, es un acto de absoluta irresponsabilidad y una muestra del carácter burocrático de nuestros partidos, quienes alegan como necesidad de ganar espacios lo que no es otra cosa que la procura de empleo para sus activistas.

En el plano político es prioritario fortalecer la democracia y hacer verdad tangible que la soberanía reside en el pueblo. El ciudadano debe convertirse en elector y no en simple votante por candidatos elegidos por otros; todos los cargos de elección popular, desde el de Presidente de la República hasta el de Concejal, deben ser sometidos a elecciones primarias, de manera tal que haya un vínculo entre el elector y el elegido y no simplemente entre el cacique político y el favorecido.

Es menester eliminarle al CNE su carácter de poder electoral y devolver ese poder a la ciudadanía; plasmar la no reelección absoluta y desechar la votación electrónica, que permite fraudes de incalculables dimensiones.

En lo económico, se debe atender a la pronta recuperación de nuestra agricultura y de la industria petrolera, abriéndose esta última urbi et orbi, ajena a nacionalismos trasnochados y populismos absurdos; la explotación de nuestras bellezas naturales mediante el turismo; la eliminación de la inamovilidad laboral y una vigorosa política de empleo y trasiego de empleos improductivos en las nóminas del Estado a productivos en la empresa privada.

El proceso de recuperación del País será muy duro y posiblemente traumático; será preciso recuperar los valores republicanos, atacar el hambre, y hacer posible que los más pobres puedan acceder a los insumos básicos sin que ello signifique regalo, que empodera a quien lo da y envilece a quien lo recibe.

Todos debemos participar en un plan de acción para recuperar nuestra Venezuela. Hay que actuar de manera tal que desaparezca de la mente de las grandes mayorías la creencia de que son espectadoras de un pleito entre políticos y de su eterno afán de arrimar las brasas para su sardina.

Es preciso insuflar a todos el espíritu de la unidad nacional; pero no la unidad como slogan de campaña o monograma de una determinada tendencia política. La unidad que hoy se requiere es la de sentirnos hermanos, hijos de la misma Patria, paridos por una madre común, con un destino colectivo y con una impostergable e ineludible obligación que cumplir: luchar a brazo partido para no convertirnos en apátridas.

turmero_2009@hotmail.com

@DulCeMTostaR

http://www.dulcemariatosta.com

8 de abril de 2017

La grieta

grieta

por Andrés Hoyos

Se está abriendo una grieta en el edificio del chavismo, que podría (o no) dar al traste con el régimen. Aunque el desenlace dependerá de factores en extremo inciertos y volátiles, la velocidad de la película aumenta con cada día que pasa.

Hasta donde se sabe, ellos han mantenido siempre y a toda costa la unidad, al menos de cara al mundo. Pese a que mucho se ha especulado sobre facciones internas, estas tan solo afloraron a medias el 6 de diciembre de 2015, en la noche de las elecciones para la Asamblea Nacional. Pasaban las horas y nada que la inefable Tibisay Lucena leía boletines oficiales, con el consecuente aumento de la temperatura y la presión. En una de esas salió por televisión el ministro de defensa, el general Vladimir Padrino López, rodeado de la cúpula militar, y dio una vacua y desconcertante declaración de apoyo y protección al resultado electoral. La sospecha desde entonces es que Diosdado Cabello y sus malandros querían hacer fraude y que los militares no lo permitieron. Al final se supo que la oposición había ganado por una mayoría abrumadora.

Esa vez la grieta pudo ser subsanada, o así parecía, hasta que el pasado jueves 31 de marzo el recién nombrado presidente del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), Maikel Moreno, un homicida condenado, que por eso mismo no podría ser magistrado en ningún país serio del mundo, hizo público un fallo mediante el cual cesaba a la Asamblea Nacional y retiraba el fuero a sus miembros por supuesta traición a la patria. Hasta ahí todo iba según la tónica de la confrontación. Sin embargo, al día siguiente, la fiscal general Luisa Ortega, una chavista de racamandaca que está en funciones desde 2007 y que es responsable, entre otras, de enviar a prisión a Leopoldo López, leyó en medio de aplausos y risitas una declaración en la que denunciaba que la medida del día anterior implicaba un claro rompimiento del hilo constitucional. Todavía más inusitado fue que a las veinticuatro horas el TSJ agachara la cabeza y echara atrás la medida. Hoy está claro que sus miembros intentaron un golpe de Estado y que en un país normal serían procesados por ello.

Es, pues, ineludible suponer que hay peleas casadas al interior del chavismo. Se perfilan al menos dos campos: el de Maduro, con su mujer Cilia Flores y Cabello a la vanguardia, y otro que ahora solo se conoce por Luisa Ortega, pero que debe de incluir como mínimo al ministro de defensa y a un grupo grande de militares, porque si la fiscal hubiera actuado sola, habría ido a parar a la cárcel de inmediato. Se dice que Luisa Ortega ha venido rompiendo con Cabello, su aliado en el pasado, y también que ella y Cilia Flores no se pueden ver.La grietaropone una vieja idea política que las verdaderas oportunidades surgen cuando un régimen no tiene más remedio que cambiar. Mientras se mantenga unido, lucha en su contra se endurece y suele tener pronóstico reservado. Hoy el chavismo se contorsiona porque quiere y no quiere cambiar, pero la grieta está abierta. Si la oposición despierta de su letargo, por darle un nombre suave al increíble cúmulo de yerros cometidos en 2016 con el revocatorio, la grieta se podría convertir en un boquete. De todos modos, el régimen no tiene ninguna solución a la mano. Destruyó el aparato productivo y el sistema de distribución, y no puede arreglarlos sin dar reversa en casi todas las decisiones arbitrarias que ha tomado en los últimos diecinueve años.

andreshoyos@elmalpensante.com

¡Plop!

 

plop

Por Andrés Hoyos

El sonido del título era lo que más se oía el viernes pasado en la Casa Blanca cuando unos vándalos de extrema derecha, antes conocidos como el Tea Party y a estas alturas reencauchados como el Freedom Caucus, se aparecieron con alfileres y empezaron a reventar los globos de la fiesta que Trump tenía preparada para celebrar su primer gran triunfo legislativo, la revocatoria del Obamacare, para reemplazarlo por un simulacro cruel que prometía despojar del seguro de salud a 24 millones de americanos, más que todo pobres y viejos. Sobra decir que la seguidilla de ¡plops! no le hizo la menor gracia al payaso en jefe.

Si ahora nos pasamos al boxeo, puede decirse que en ese momento Trump recibió un recto de extrema derecha al mentón y sufrió un aparatoso knock-down en el primer asalto, con cuenta de protección incluida. Esto no significa que haya perdido la pelea y ya saldrá a contarnos cómo va a pulverizar a sus oponentes en los rounds siguientes, en particular a quienes esta semana lo humillaron en el ring del Congreso. Claro, la idea es repetir el cuento de Rocky que, vale la pena recordarlo, es una película del odiado Hollywood de los republicanos, no una perspectiva realista en Washington, ciudad llena de guerreros curtidos y mañosos.

Como primera reacción a su derrota, Trump dijo que se iba a sentar a esperar el colapso del Obamacare. Impresiona que nadie menos que el presidente de Estados Unidos diga que le da igual la implosión del sistema de salud del país. Es una marranada. Lo que ya raya en el delirio es asegurar que nadie lo va a culpar por el desastre. ¿De veras? Hombre, le echarían toda la culpa, entre otras cosas porque los ilusos que lo eligieron en noviembre pensaron que lo hacían para que gobernara, es decir, para que arreglara problemas y propusiera salidas, no para que se sentara, copa de champaña en mano, a contemplar incendios. Pero no, Trump se está contagiando del espíritu de Nerón que, según la leyenda, se puso a tocar la lira mientras Roma ardía. Algo me dice que el moderno émulo de Nerón puede terminar en un juicio de impeachment.

El segundo round que se avecina, la reforma fiscal, ya se perfilaba difícil y ahora se complica más, pues el plan original consiste en reducir los impuestos a los ricos, al tiempo que se aumenta el gasto militar y se reduce el déficit fiscal. Para lograr esto último, Trump contaba con el proyecto de ley que acaba de hundirse y que hacía cuantiosos recortes al gasto, muy en particular a la salud. De modo que la cuadratura de ese círculo tampoco se va a dar. De entrada, puede decirse que la versión más radical de la reforma fiscal, que implicaba volver a redactar desde cero el estatuto tributario americano, se verá reemplazada por algo mucho más modesto. ¿Volverán los anarquistas del Freedom Caucus a insubordinarse y a exigirle al presidente concesiones que, por el lado opuesto, le quitan los votos de los republicanos “moderados”? No es imposible, aunque eso implicaría no ya dejar que ardan algunos barrios de Roma, sino que se incendie el propio palacio del emperador.

Ese método de gobernar sin transar y sin tomar prisioneros, esa manía de amenazar a los rivales con la ruina si no obedecen sirven en la subida, pero se vuelven en extremo peligrosos para el propio gobernante cuando fracasan, como acaba de fracasar Trump en el Congreso. He de decir que se siente un fresquito…

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

El globalismo, sus otros, y quienes cuentan el cuento

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Por Aldo Mazzucchelli

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Brexit y Donald Trump resultan, en determinado sentido que buscaré describir, los primeros hechos históricos contundentes desde la caída del Muro de Berlín. Cuando Francis Fukuyama anunció, con tonos de un hegelianismo melancólico, la llegada del “fin de la historia”, tuvo algo de razón, como se ha discutido aquí hace tiempo ya. En lo que no la tuvo es en la creencia de que la historia había muerto. Hoy vemos que estuvo más bien narcotizada, aletargada, y que junto con un aparente relanzamiento de la historia va un renacimiento de la política en todas partes. En el modo más abstracto, se puede decir que este relanzamiento ocurre debido a que, en lugar de haber una cosa sola (capitalismo rampante que comenzó a expandirse por todo el planeta y, al mismo, tiempo a concentrarse a niveles ecuménicos), como ha habido desde que terminó el “socialismo real” –ahora pareciera haber (al menos) dos: globalismo (o cosmopolitismo) y la persistencia en un localismo cultural que busca defender nociones de ciudadanía ligadas a la modernidad, al estado nación, a la cultura específica, en fin, de un lugar y una lengua. Algunos (especialmente los globalistas) prefieren calificar, a lo que yo llamo “localismo cultural”, de nacionalismo, pues retóricamente llamar a alguien de nacionalista es casi insultarlo a esta altura. Otras veces no se toman el trabajo de ser educados y le llaman, lisa y llanamente, racismo y fascismo. Creo que es un disparate de ignorancia. Pero en fin, mi decisión de no emplear ese término no responde a la necesidad de defender a quienes se opongan al globalismo, sino a un intento de evitar que sigamos malentendiendo de qué se trata esta nueva gran división. Anticipo aquí: la nueva división no reproduce, ni siquiera de modos nuevos, las viejas divisiones políticas entre izquierda y derecha, o entre fascismo y liberalismo. Es como si se hubiese producido de golpe un cambio de ejes polares y muchas de nuestras antiguas nociones categoriales hubiesen dejado de funcionar, de marcar el norte. En ambos campos vemos, mezclados, símbolos de izquierda con políticas de derecha, y métodos fascistas revestidos de un discurso ultraliberal.

Mi propósito no es proclamar la superioridad de una visión o ideología sobre otra, sino exponer las razones de la aparición y orientación general de cada campo, y la dinámica que entre ambos se viene creando. Pienso que solo es posible pensar una humanidad en donde ambas tendencias convivan de la mejor manera posible, y que es responsabilidad de ambos campos empezar por entenderse mejor a sí mismos y entender mejor al otro. Cada una de las dos visiones está conectada con intereses a menudo distintos (aunque muchas veces no opuestos sino complementarios), y el error (clásico) de cada una de ellas es ignorar la existencia del otro, ningunearlo, o subestimar la importancia de su mundo y su cultura.

¿De dónde salió la ideología que llamamos globalismo? En breve, es un resultado humano de la mejoría económica general que trajo la globalización. Cuando, en estos tiempos, una nación mejora sus niveles de riqueza, su estructura económica frecuentemente se hace más compleja y diversificada, por un lado; por otro, aumentan sus vínculos con las demás naciones a través del comercio, el estudio en otro país, el turismo, y los intercambios culturales de todo tipo. También, a menudo, un aumento del nivel de riqueza de una nación va de la mano con un aumento del nivel educativo de una parte de su población. Desde 1989 hasta ahora, y como resultado de la globalización, el avance en la riqueza material de muchas de las naciones occidentales ha sido apreciable. Los fenómenos de mayor división del trabajo, mayor complejidad administrativa y organizativa, y mejora del nivel educativo (por ejemplo, aumento del manejo de más de una lengua por parte de la población) han traído a la escena ya dos o tres nuevas generaciones de gente con, entre otras, las siguientes características: (a) es población urbana que ha encontrado sus oportunidades de trabajo y crecimiento en las ciudades; (b) es población de mayor nivel educativo formal, generalmente con manejo competente de inglés; (c) es población que se conectó antes que los demás a la tv cable, y luego a internet, y que organizó su comunicación y acceso al mundo primariamente a través de estos medios, inherentemente globales; (d) es población que viaja más que antes, desarrollando vínculos alrededor del mundo y no solo ni a veces primariamente en su lugar de nacimiento o residencia principal; (e) es población que, debido a que ha adoptado un modo de vida que requiere gran movilidad y un nivel de incertidumbre laboral mayor, ha adoptado modos de vinculación (tanto en términos de pareja y comprensión de la sexualidad, como de amistad) más flexibles o libres que los grupos más tradicionales.

Debido a su experiencia del mundo, este tipo de ciudadano tiende a tener determinado sistema de valores y creencias que es bastante reconocible en su formato general, pese a que admite infinidad de matices. Es un ciudadano que tiende a enfocarse en contenidos y posibilidades globales, más que locales. Ha comenzado (hace ya tiempo) a percibir los proyectos de estado nación como anticuados, pues se da cuenta de que no se corresponden con los flujos reales de la economía y los intereses que a él lo sostienen, que cada vez menos parecen responder a delimitaciones fronterizas, y más a corporaciones, organismos burocráticos internacionales, y formas de propiedad difusas, colectivas y móviles.

 

Es, también, un ciudadano que, debido a que vive más “en el mundo” que en el lugar donde esté enchufando su notebook, se desinteresa a menudo de los detalles de la vida local. No ve a sus vecinos como gente particularmente relevante para él. Sus intereses y sus referencias están a menudo desconectados del espacio que habita. Se representa a sí mismo como una mónada libre que debe poder desplazarse, cambiando de casa, de ciudad y país con flexibilidad y rapidez, si oportunidades de trabajo u otras así lo reclaman. Ligero de equipaje, tiende a preferir una existencia libre de estorbos. Se refuerza así esa progresiva desconexión de la gente que lo rodea, y de cosas que considera insignificantes o “provincianas”, como el barrio, la ciudad o el mismo país que, de modo azaroso, ahora habita. La suerte de sus “conciudadanos” probablemente le importe menos que cosas aparentemente más amplias y grandiosas, como “el futuro de la especie”, o el “cambio climático”, o las posibilidades de que la ciencia dé jaque mate a la muerte, o de que podamos comprar en un futuro próximo pasajes para irnos a vivir a Marte (Elon Musk está en eso. Yo no me lo tomaría en broma).

Debido a esta forma de estar en el mundo, le resulta más conveniente organizar su vida en torno a opciones a menudo estandarizadas. Lo más práctico es alquilar un departamento amueblado, mes a mes. Si se posee un lugar, hay determinadas formas estéticas que se vuelven conspicuas. Un minimalismo calculado es la opción más práctica, pues se precisa poco para vivir solo buena parte del tiempo y siempre conectado. Sin embargo, también a menudo opta por un deliberado eclecticismo que mezcla toda clase de objetos exóticos en un mismo ambiente, realizando así en la materia lo que ya ocurre en la cabeza del globalista, que tiende a relacionarse con la cultura mayormente por la vía de una curiosidad ávida, capaz de pasar sin mayores consecuencias entre los objetos más diversos, despojándolos de las razones profundas que los llevaron a existir de ese modo en su cultura de origen. Es decir, no ve a los objetos como orgánicos de una cultura específica, sino como restos del esparcido naufragio de todas las culturas. A menudo opta (tanto en el amoblamiento como en la comida o en los valores humanos) por soluciones precocidas de un “buen gusto” inefable y mundial. Las dimensiones del mercado uruguayo no alcanzan como para que aquí esté la multinacional sueca Ikea, pero quienes la conocen podrán entender con precisión a qué me refiero: grandes almacenes de toda clase de artículos para el hogar, en donde uno puede, gastando relativamente poco tiempo, hacerse de muchas cosas bien diseñadas pero no caras, para alhajar un departamento en una semana, sintiéndose además integrado y representado por los signos cool (y “europeos”) de un diseño de alma global: funcional, pero indiferente a materiales y hábitos locales.

Sus valores son pues, en general, parecidos a sus muebles –sin que con esto quiera criticarlos: tienen que ver con lo que le sirve y mejora la vida de alguien sin lazos comunitarios, que confía en su propio poder para sobrevivir solo, y que espera y siente que es solidario y forma parte de una suerte de movimiento gigantesco de la especie hacia horizontes nuevos, en donde las viejas definiciones de sujeto, ser humano, sexo, raza, clase, nacionalidad, y todas las formas de sociabilidad y colaboración basadas en compartir un espacio pierden centralidad. De hecho, el globalista reconoce como espacios básicamente dos: uno, el globo (o, mejor dicho, el cosmos entero); y dos, la pantalla de su notebook, en donde puede representar visualmente cualquier espacio moviendo la punta de sus dedos. El maravilloso Google Earth es la metáfora de esta nueva espacialidad.

Este tipo de ciudadano guarda con los distintos niveles de las organizaciones de gobierno relaciones también novedosas respecto a lo que fue considerado normal en el proyecto moderno. Para decirlo rápido: la política nacional prácticamente no le interesa, salvo en cuanto perciba que alguno de los temas de su agenda podrían tener impacto en este nuevo modo de vida desespacializada y mundial (de ahí la virulenta reacción a la prohibición de entrada a determinados viajeros que intentó imponer Trump. Lo que se estaba violando no era tanto ni solamente a un grupo étnico o nacional u otro, sino al presupuesto de la libertad ilimitada de movimientos y la noción de una ciudadanía global como derecho). La referencia del globalista, pues, ya no es un “gobierno nacional”. Para empezar, a menudo no vive en el país del que es ciudadano legal, en cuyo caso no puede votar en el país que habita, y a menudo mira la política local con un ojo solo atento a lo que pueda afectarlo, que salvo los impuestos, y eso dependiendo de los regímenes tributarios en vigencia con su país de origen, generalmente es muy poco. Pero además, a menudo conoce demasiado bien que quienes marcan la agenda y controlan discursos y decisiones no son los gobiernos nacionales, cada vez más comprometidos por la financiación de bancos y organismos financieros multinacionales, y por la necesidad de satisfacer los intereses de las corporaciones lejanas de las que dependen las grandes inversiones. Todo esto lo aleja de la res pública.

Finalmente, quizá el rasgo más extraño pero fundamental del globalista, es su alejamiento de la naturaleza. En principio, es el más entusiasta defensor de toda forma ideológica que conciba a la técnica como una segunda naturaleza destinada a reemplazar a la vieja naturaleza “clásica”, digamos. Despegado de la materia y apegado a la virtualidad, a la representación, el globalista no tiene en mucho la vieja concepción romántica del mundo. Sean cuales sean sus gustos artísticos, es el antiromántico por excelencia al menos en un rasgo central, que es haberse jugado por la superación de lo natural, en cualquiera de sus formas. No solamente le interesa obviamente más la vida en Marte que la vida en el campo, sino que tiende a parecerle natural que cosas antes tan obviamente biológicas como el sexo pasen a ser meras cuestiones de “autodefinición”. Le tiene sin cuidado si la gente va a tener cuerpo o no en el futuro (tiende a pensar que no, y que si tiene alguno, será un cuerpo de diseño, cibernético, intercambiable, desechable. De hecho, sus proyectos de inmortalidad, hoy por hoy, pasan por lograr que la conciencia sea capaz de abandonar un cuerpo y sobrevivir en otros). Es por eso que se siente como pez en el agua en el nuevo mundo de las reivindicaciones identitarias que van arrasando, rápida e implacablemente, todo vestigio de “derecho natural”, sustituyendo estos por derechos definidos a partir de la presión política y la campaña de movilización y retórica a nivel social, combinadas.

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Nos basta con estos rasgos apurados para darnos cuenta de que este ciudadano no es ya, en ningún sentido importante, el ciudadano de una república democrática moderna. Sin embargo, como todo ser humano, no solo de pan y dólares vive, sino que precisa narrativas que cumplan con los rasgos básicos de toda narrativa: que sean suficientemente interesantes en el presente, dando sentido y apariencias de orden a la complejidad en que se mueve, y que alimenten sus prospectos de futuro al tiempo que dan algún tipo de estabilidad a su pasado. Para esto tenemos una monumental oferta. Series y películas para consumir en la pantalla de su notebook, aparato de televisión HD o (muy raramente) en una sala de cine, que cuentan incesantemente una historia que transcurre en cualquier parte, y cuyos rasgos acentúan sin cesar ideas generales de solidaridad humana, de avance individual, de logro, con independencia de las diferencias de origen, edad, género, intereses, lenguas. Toda historia es una metáfora de lo que “me podría estar pasando a mí”, y todo telespectador globalista está ya muy entrenado como para hacer abstracción de los detalles locales y entender el mensaje básico: vivas donde vivas, la cultura local es mera cosmética. En lo básico, vivimos en un mundo “único”. Los detalles de cultura local aparecen en el guion a lo sumo como “notas de color”, confirmando que el mundo, por más grande y diverso que parezca, es básicamente un lugar bastante previsible y seguro, por cuanto su representación se ha agotado en un orden comprensible. Que este orden reduzca a la invisibilidad cuanto pueda haber de realmente distinto (y potencialmente amenazante) en una cultura u otra, es un hecho tan obvio como oculto. ¿Cuántas películas o series que transcurren en Arabia Saudita en donde el drama incluye dos o tres ablaciones de clítoris ha visto usted en su vida? Ninguna. Tampoco una de gauchos borrachos que deambulan buscando changas en sus motitos chinas. Esos detalles son demasiado locales y demasiado poco glamorosos, o demasiado ríspidos, para que, digamos, CNN admita representarlos para nosotros. El mundo es un lugar grande y a la vez muy cercano, todo comprensible y en donde todo el mundo habla inglés, un lugar cursi, pero esperanzador y grandioso –si bien siempre, también, amenazado de tsunamis y terremotos, hambrunas y guerras. Y para cada una de las catástrofes existe un website donde uno puede colaborar y “hacer una diferencia”, poniendo dinero. Estas organizaciones de caridad global son, sin excepciones pues así está estructurado el negocio, espónsores de las cadenas televisivas en donde se ofrecen a paliar el sufrimiento de tantos innombrados.

En fin, esta narrativa incluye también un grupo de “líderes globales” siempre admirables y cada vez menos criticados: Barack Obama y Angela Merckel, más quien sea que ocupe el cargo de líder de la China, junto al Papa Francisco lideran el podio, con unos cuantos aspirantes de menor nivel de centralidad que aparecen y desaparecen (el Primer Ministro canadiense Justin Trudeau tuvo sus 15 segundos de fama hace poco). Como complemento a ese orden terso de las celebrities de la globalización, tenemos también los monstruos y los Pingüinos requeridos, generalmente líderes de países que no comulgan con este orden globalista, como Vlad Putin, o el archimonstruosovioladordemenoresracistaysexista Donald Trump, terror impensable del orden globalista, que lamentablemente para ese discurso único, viene a ocupar, absurda, inexplicable y curiosamente, el puesto más poderoso.

 

El rasgo fundamental de toda esta representación global del globalismo es que reclama el monopolio de la verdad, sometiendo a un verdadero apagón representativo al resto de la humanidad. Es decir, no solo a los famosos proletarios sin trabajo del rust belt yanqui, o a los proverbiales granjeros del medio oeste armados a guerra en sus solitarias y arcaicas farms, sino a los mil y pico millones de chinos que no pertenecen a la nomenklatura, más los mil millones de hindúes, más los miles de millones de africanos, asiáticos, latinoamericanos, que no tienen nada que ver con el glamour del capitalismo liberal, más los millones de europeos que están hasta la coronilla de inmigrantes que exigen que las culturas locales respeten su cultura y sus valores (pero no al revés).

La lista de los que no salen en las grandes cadenas salvo como fieras de circo, enjauladas y emperifolladas como “diversas”, es verdaderamente inmensa. ¿No le llama a usted la atención que casi ningún discurso sea realmente sobre esos miles de millones?

El apagón en la representación de todos esos “otros” de la globalización viene cubierto por una notable euforia, y por un estado de aparente perfección informativa, finalmente alcanzada. Aparentemente, hoy aún hay muchos medios y todos compiten entre sí en busca de la verdad. Lo extraño es que, a diferencia de cualquier tiempo anterior, en el cual quienes competían en busca de la verdad llegaban todos los días a verdades en conflicto, a interpretaciones contradictorias, ahora la verdad es simple y es una sola. Uno puede moverse de BBC al New York Times, de CNN a FOX, de MSBC a The New Yorker o a The Guardian, y de cualquiera de estos a El País de Madrid o a El Observador, y será como si no se hubiese movido nunca. En todos lados le dirán exactamente lo mismo. Quiénes son los malos, quiénes los buenos, cuáles son los temas de agenda, y de qué está prohibido hablar o pensar o sugerir siquiera. La realidad, que equivale según este discurso a la verdad, que equivale a lo que sea que elija seleccionar y decir este pool de grandes medios, es notablemente abstracta e incomprobable. Todo lo que se nos ofrece son esquemas gigantes ocupados, de un lado, por los buenos que están conduciendo al mundo a su luminoso futuro tecnocientífico, cyborg y “espiritual” a la vez, y del otro lado los tontos, malos y feos que no entienden el futuro, o que se oponen a él porque son tontos, malos y feos.

(Nótese que en los párrafos anteriores no estoy criticando al globalista, sino a los medios de comunicación y al discurso patético que emiten sin cesar. Es perfectamente posible concebir una globalización mejor representada que esta).

El globalista tiene muchas ventajas en este momento, siendo claramente, cada uno de ellos, un miembro de un inmenso cardumen de pececillos cuya ilusión es que son todos increíblemente distintos entre sí, perfectamente adaptados todos, y muy requeridos de estabilidad, comunicación, movilidad. Dado que no tienen comunidad cercana ni países a los que redimir, han elegido adoptar conceptos redentores globales: la raza, el género, con los que cualquiera, en cualquier lugar, pueda sentirse identificado. Creo que el único talón de Aquiles de esta forma de estar en el mundo es su carácter irremediablemente desconectado del mundo de la producción. Es verdad que entre estos seres humanos hay un grupo de ingenieros, operarios calificados y administradores que sí participan de los procesos directos de modificación de la materia (montando una fábrica textil en India, soldando generadores eólicos esta semana en Uruguay, la que viene en Singapur, controlando al personal de una plataforma petrolera, o haciendo prospección de minerales en la sierra peruana). A ellos, alguna determinada realidad material y local se les resiste. Pero en lo que hace al resto, viven en mundos mayormente simbólicos y desespacializados, sin rozar con ningún agente natural u hostil, sin ver animales más que en Animal Planet. En su mundo cotidiano la única negatividad que existe es la del control de productividad al que se han sometido voluntariamente. Es decir, no se les opone nunca un pedazo de madera, un mineral, el clima, el cansancio de los que trabajan manualmente y que condicionan el propio rendimiento. En cambio, todas sus representaciones, los números que manejan, las leyes con las que intentan moverse, los tratos comerciales y las decisiones estratégicas de las que participan, tienen efectos a menudo muy lejanos, desconocidos de hecho. Empleando términos en desuso, nuestro globalista de hoy es un ser profundamente “alienado”. Ese defecto en términos de autonomía (a menudo no sabe hacer nada, desde cocinar hasta arreglar cualquier desperfecto, e ignora la realidad de los miles de procesos subyacentes que, cada mañana, le proveen su comida, su vida y su energía) es compensado por una casi irracional soberbia representacional. Cree que todo lo que existe, aunque afecte y a veces mate a miles de sus congéneres, es algo que tiene la liviandad de una mera combinación de signos.

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Esta reorganización de las sociedades no estaría completa si no tuviésemos en cuenta a la población que no aumentó su educación formal (lo cual no quiere decir que no estén educados de otro modo, pero este es un asunto en el que no se puede entrar ahora); que no trabaja en servicios de complejidad, ni en compañías ni en organismos burocráticos transnacionales, ni en ONGs dedicadas a fortalecer el nuevo orden mundial; ni en el turismo, la cooperación cultural, ni la educación superior. Incluso, a veces, ni siquiera viven en una ciudad. Probablemente a esta altura están tan conectados como los globalistas, y viajan un poco más que antes (aunque no tanto como los otros). Puede que manejen lenguas extranjeras. Puede, incluso, que sean extraordinariamente cultos. Lo que los define, sin embargo, es que sienten que la razón de su vida depende de un orden local o comunitario, y que aún no han perdido del todo algún contacto con lo natural y la naturaleza. Dijimos que los intereses del globalista están desconectados del espacio que habita. En el caso de quien está más sintonizado con una cultura local, es al revés. Se definen más como pertenecientes a su comunidad de origen (con sus valores y costumbres, sus limitaciones y a veces insondables profundidades incomunicables), y no con un “orden mundial” más o menos abstracto.

Para este grupo, al estar centrado en una geografía y en unos sistemas de valores comunitarios de cuya aplicación depende más o menos su bienestar, el fenómeno de miles de inmigrantes inundando su zona es un tema relevante, y es natural que sea así. No por racismo, como los representan a menudo los globalistas, sino porque sienten que quienes vienen deberían adaptarse a los valores y costumbres de aquellos que los reciben en sus casas, negocios, instituciones, iglesias o escuelas. La constatación de que no siempre es así (y el empecinamiento de políticos y grupos de presión que responden al globalismo para ningunear estos hechos evidentes) despierta reacciones de rechazo que, en mi opinión, sería un error reducir a racismo o xenofobia. Se trata del derecho de una comunidad a defender sus tradiciones y su cohesión. El mismo derecho que tienen los inmigrantes a defender sus tradiciones. Solo un nivel aumentado de comprensión mutua ayudará a mejorar las cosas.

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Los globalistas han representado al grupo de los localistas culturales como “perdedores” de la globalización. Sin duda, ellos (pues los globalistas son los que, abrumadoramente, nos representan a todos) se sienten los ganadores. Hillary Clinton (una de las peores representantes de cualquier cosa que cabe concebir, y que lamentablemente se apropió de la representación de los globalistas en la última elección norteamericana) llamó a estos otros, a los localistas culturales, “basket of deplorables” (el canasto de los deplorables) en un acto durante su última campaña electoral. Este basket of deplorables, no existe sin embargo para el discurso hegemónico, el que está hecho para el consumo y es, por tanto, ocultador de cualquier segmento de mercado no interesante por sus dimensiones, su dispersión, su pobreza, o a veces su reflexividad para no aceptar inmediatamente ir a consumir todo lo que se le ofrece. El localismo cultural no es representado ni tiene voz, en esos grandes medios controlados por el poder corporativo, para representarse. Nunca una “mayoría silenciosa” fue tan evidentemente silenciosa. El problema con este grupo es, pues, que lo representan quienes (equivocadamente) se sienten sus enemigos. Para el o la joven que ha conseguido, por ejemplo, empleo en una empresa multinacional, y habiendo aceptado los valores que la fase actual de la modernidad impone como los más deseables (dinero, libertad individual, movilidad, ascenso simbólico ante el público gracias a títulos y logros), está decidido a “hacer carrera”, toda esa gente que no habla su lengua ni es hipster, no comparte sus valores ni su uso del tiempo ni sus creencias (las que más o menos sutilmente divulgan desde Hollywood y Netflix a la BBC, digamos), es vista como una amenaza. Para él o ella el mundo es uno solo, el camino es uno solo, y todos quienes se resisten deben ser calificados inmediatamente de retrógrados, nacionalistas, fascistas, sexistas, y racistas. Tal parece que no es posible, no es concebible ya, tenerle un amor simple a lo propio, un amor que no es contra nadie. No está representada como legítima la posibilidad de pensar que, si bien algunas cosas producidas en China son más baratas y más prácticas, otros objetos nuestros, más caros o trabajosos, son mejores para nosotros. Son otros objetos, que simbolizan otros modos de vivir, de usar el tiempo, de empujar las cosas para que no vayan meramente a donde el mercado, el capital y cierta practicidad abrumadora los lleve.

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Creo que esta falsa representación de mucho más de media humanidad es un estado de cosas lamentable que merece un cambio. Y creo que estos son los tiempos en que por primera vez la cesura se ha hecho clara para muchos. En la “mayoría silenciosa”, los no globalistas y no representados, hay mucho capital humano que, sin duda, ha perdido dinero y posibilidades con los modos en que la globalización se impuso a las naciones y las culturas. Digo se impuso, aunque haya parecido deseada en muchas instancias. También el cigarro es malo, y una maquinaria publicitaria inmensa lo hizo deseable durante muchas décadas. Hay que desconfiar de lo que parece obvio. Pese al optimismo rampante (y a menudo tan fanático como ramplón) de los defensores vocacionales de la globalización, creo que el mundo así descripto, siendo mejor económicamente que antes, es claramente peor en algunos puntos a tener en cuenta. Por ejemplo, en el mundo anterior, a los perdedores se los ayudaba, se les prestaba atención. En este, tal parece que lo mejor es pegarles en el piso, llenarlos de epítetos, y echarles la culpa de no se sabe qué. En el mundo anterior, la legitimidad de los sistemas de gobierno estaba más claramente ligada a las decisiones y el control de los ciudadanos, mientras que en este tal parece que no hay ningún gobierno salvo el deseo de las multinacionales y la banca global. Y que la política está crónicamente enferma de corrupción, en la medida en que los votantes saben que los gobernantes no tienen casi ninguna soberanía efectiva, y los gobernantes sienten que están en un puesto falso, hueco y de una precariedad moral asombrosa, en donde dado que no hay otro valor que el lucro, lo único que queda es robar y mantenerse en el poder a como dé lugar. Para completar, la justicia y los organismos de control del estado cada vez más parecen “sensibles” al poder de turno –es notable como en Brasil y en Argentina, por ejemplo, hasta el día de las elecciones, según la justicia, todos los gobernantes eran honestos, y a partir de la elección, según la misma justicia, todos los gobernantes que el día antes eran honestos, resultan una banda de ladrones.

En el mundo anterior, finalmente, educarse significaba entrar en un sistema de valores controlado por quienes nos habían dado la vida y el lenguaje. En este significa entrar en un sistema de valores anónimo, estadístico y maquinal, de lenguaje editado por las burocracias, sin amor constatable y legitimador, dictado lejos, aplicable en general, y sin las recompensas ni los castigos reales de la cercanía. Es un mundo cuantitativamente más “libre”, acaso. Pero es esa una libertad distópica, sin pathos y de hecho aburridísima, jugada a la distracción obsesiva y el tirar la pelota para adelante.

 

Pero además, no todos son “perdedores”, ni mucho menos. Llamarles perdedores y reducirlos a la economía no sirve para explicar fenómenos aun “inexplicables” para los periodistas que organizan el ramplón y ridículo discurso hegemónico actual. Hay muchos entre los no globalistas que no es que no tengan dinero, excelentes empleos, y una cultura vastamente superior a la de los jóvenes que han enganchado y ascienden en la actual cultura trasnacional corporativa. Lo que pasa es que tienen una cabeza diferente, una lealtad diferente a sus orígenes, a su espacio y su lugar en el mundo. Si el mundo se convirtiese en lo que los globalistas ya pretenden que es, será quizá un mundo del que las lenguas vayan desapareciendo para unirse en un inglés roto, sobre todo apto para intercambios rápidos y retórica comercial. La lengua escrita, capaz de abstracciones y ligazones impensables en el repentismo de la oralidad quedaría como patrimonio de una elite, aunque se imprimirán cada vez más libros y se leerá probablemente cada vez más literatura “fácil”, confirmadora del orden, bajo la forma de novelas, biografías o reportajes de actualidad, siempre orientados a reafirmar el discurso único.

Y las cosas no tienen por qué ser así. Basta con hacer el esfuerzo de ver al otro. Entender que el otro vive en otro mundo, pero que ese otro mundo está en este. En lugar de representar a quienes no comulgan automáticamente con la globalización ni con el liberalismo capitalista individualista occidental como parias, fascistas o burros, entendiendo en cambio que hay quizá riquezas que vale la pena preservar y fortalecer en las culturas locales, se ganaría mucho. También ganarían los partidarios de un culturalismo localista si entendiesen que los partidarios de la globalización pueden ser, como lo han sido, agentes de dinamización y alerta en las culturas y economías locales, y factores de una colaboración ecuménica capaz de hazañas técnicas notables. De lo que no cabe duda es de que esto recién empieza. Y que, si los líderes de la ideología globalista persisten en hacer como que no entienden nada, y siguen haciendo política de la peor ignorando a quienes no están con ellos, más aun, representándolos en todas partes (y en todos los grandes medios que ellos solos controlan) como lo que no son, la cosa va a ser larga y no va a terminar nada bien.

Ruperta

Ruperta

 

Por Dulce María Tosta

Cuando escribía un artículo sobre la Carta Democrática Interamericana, a objeto de contrariar a quienes ladinamente han tratado de hacerla ver como un instrumento del ansia imperial de los yankees y un grave peligro para las riquezas naturales venezolanas, me enteré de la triste historia de Ruperta, la elefanta del zoológico de Caricuao, que muere de hambre ante la mirada indolente de las autoridades del parque y del Municipio Libertador.

Para detener la escritura sobre el tema regional que ocupa la atención de la diplomacia americana, consideré que la famélica Ruperta es la expresión zoológica de la Venezuela que languidece de hambre y se ve visitada por plagas y enfermedades erradicadas en un tiempo ya lejano de nuestra historia.

Si, Ruperta es un elefante hembra, perteneciente al orden de los Proboscidios y a la triste familia de los animales cautivos, que en sus inacabables horas de tedio debe preguntarse qué karma la puso tan lejos de los suyos y tan cerca de humanos tan poco humanos, al parecer, decididos a matarla de hambre

Hombres marcados por la historia por las atrocidades que cometieron, sintieron especial afecto por los animales; Hitler amó entrañablemente a su perra pastor alemán Biondi y Calígula confirió la dignidad de senador a su caballo. También grandes guerreros mostraron amor por ellos: Alejandro Magno entrenó personalmente a Bucéfalo, Aníbal de Cartago mostró especial afecto por su caballo Estrategos, así como Bolívar por Palomo y Nevado. Pero esos hombres tuvieron como característica común la grandeza, su capacidad para liderar grandes masas tras un propósito de conquista o liberación, de conmocionar al mundo por el brillo de sus victorias y lo espectacular de sus derrotas.

Pero Ruperta, la modesta elefante del Zoológico de Caricuao, está probando en carne propia que la grandeza se mudó de Venezuela o que por error divino fue entregada totalmente en el siglo XIX, cuando ha debido ser dosificada para tres o cuatro siglos, cuando menos.

A Ruperta la están asesinando por hambre, de manera evidentemente premeditada. Quienes concurrieron al Zoo el domingo 26 con ánimo de alimentarla, fueron reprimidos por las autoridades auxiliadas por colectivos, por esos seres que parecen salidos del laboratorio de Frankenstein y construidos artificialmente con recortes de cadáveres frescos de los peores delincuentes de la comarca.

Lo ocurrido el 26 fortalece el twit de Esteban Gerbasi: «Me dicen q dejar morir a Ruperta la elefante del Zoológico de Caricuao es parte de un ritual de magia negra, necesitan los colmillos y patas» ¿Es esto posible? Lamentablemente la respuesta es positiva, pues aun ejercen el poder en Venezuela los mismos que profanaron los restos de Bolívar, los que mancillan tumbas de personajes históricos, los que destinaron un mil cuatrocientos millones de bolívares a la francachela carnavalesca, mientras los niños del Hospital J. M. de los Ríos mueren de mengua y claman por medicinas que les salvarían sus vidas, porque aún nos mandan esos magos de la destrucción que convirtieron el País más rico de Latinoamérica en el más miserable, la que fuera tierra de inmigrantes en desolada nación de emigrantes.

Es difícil salvar a Ruperta. Ya las autoridades del Zoo han declarado que es falsa su hambre, que su huesudo cuerpo es, como todas las cosas malas que pasan en este país, simples sensaciones, o inventos del imperio o calumnias de derecha apátrida. Pero a pesar de la dificultad de la tarea le ruego a venezolanos y extranjeros, a propios y extraños, elevar su voz por cualquier medio y un hastag por twitter: #SALVEMOSARUPERTA.

turmero_2009@hotmail.com

@DulceMTostaR

http://www.dulcemariatosta.com

 

La destorcida

narino

Por Andrés Hoyos

El año largo que le queda a la Presidencia de Juan Manuel Santos promete ser un espectáculo poco edificante y se dice suave para no asustar a los abuelos. Manchada sin remedio la campaña de 2010 y bajo fuerte sospecha la de 2014, no hay manera de que la imagen del presidente se recupere de aquí al final de su mandato. Si logra llevar el proceso de paz a un fin aceptable, que se dé por bien servido. De resto, a administrar el statu quo y nada más.

Por lo que se va viendo, Roberto Prieto, hombre marrullero y escurridizo como pocos, se lanzará encima de la granada para proteger hasta donde pueda a Juan Manuel Santos, su amigo y benefactor político, enlodando al resto de compañeros de ruta en caso de necesidad. A él y a varios como él les conviene que no se vislumbren por ahora ofensas penales asignables a los más altos responsables del Estado y de las campañas. Sin embargo, la confianza del público se perdió sin remedio. La gente está hastiada y quiere otra cosa. En fin, Santos se jubila el 7 de agosto de 2018 y, dados los antecedentes, uno sospecha que no querrá mantenerse políticamente activo después de esa fecha. Porque para patéticos los expresidentes militantes de los últimos tiempos —Uribe, Pastrana y Samper, en particular—.

Cabe pensar que con la salida de Santos se inicia el fin del tal Partido de la U., esa alianza electoral sin principios y sin jefes prestigiosos, que bailaba al son del más estridente y del mejor colocado. A otro al que le surgió un premio de montaña fuera de categoría en la mitad del camino es a Germán Vargas. El énfasis de la campaña que viene, la lucha contra la corrupción, sencillamente no le calza por ninguna parte. Sí, Vargas Lleras es un político hábil que se crece en las campañas, pero tener que recorrer un camino que sus rivales no deberán recorrer implica un hándicap poderoso. No puedo decir que me cause tristeza este panorama, como tampoco voy a llorar una sola lágrima por las dificultades que se ciernen sobre Álvaro Uribe y su cuadrilla de candidatos predilectos. Uribe es otro político de gran habilidad y algún giro logrará dar, si bien deberá trepar por el mismo premio de montaña fuera de categoría que Vargas Lleras. A meterle agua de panela a la cantimplora, compañeros.

Aunque se habla mucho de corrupción, los remedios eficaces que se vislumbran contra este mal son pocos. La razón es más o menos obvia: se trata de una endemia antigua o, para decirlo de otro modo, de una tradición clientelista y manguiancha que se desbordó e hizo crisis. Se necesita una nueva clase política, lo que no sabemos es de dónde sacarla. Hay, aquí y allá, individuos valiosos, todos con alguna minusvalía considerable; lo que no hay es un vehículo para aglutinarlos en un propósito común que vaya más allá de predicar y aplicar la pulcritud en la vida política y, tal vez, de escoger un candidato presidencial único. En esta materia hay que ser taxativo, casi terminante: sin ese vehículo aglutinante, el grupo de hoy saltará mañana en mil pedazos, lo que por supuesto servirá para revivir a la vieja clase política. También puede pasar que surja por el camino uno de aquellos outsiders, cuyo remedio siempre es peor que la enfermedad. Ojalá que no.

Es muy difícil ser optimista en una encrucijada como la actual. Nos queda, claro, la opción de ser felices, condición que al parecer se nos da de lo más fácil a los colombianos.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

Carta al Secretario General de la OEA

 

Luis Almagro

Por DulceMaría Tosta

Turmero (Venezuela), 20 de marzo 2017

Excelentísimo señor:

Luis Almagro Lemes

Secretario General de la Organización de Estados Americanos.

Washington, D.C.

Estimado señor:

Cuando oí por vez primera su nombre como candidato al cargo que ahora ocupa, sentí una profunda desazón, pues en Venezuela se comentaba que usted era visto con simpatía por el Foro de Sao Paulo y, por ende, era cercano a los regímenes que en las últimas décadas han asolado la libertad y la democracia en Latinoamérica.

Esa congoja era mitigada por el criterio, mil veces afincado en hechos, de que esa Secretaría General era un órgano ineficaz e insustancial, propio para los bon vivant de la política regional, de esos que manejan con destreza la compleja cubertería en las cenas de Estado y en nada se ocupan de los pueblos que dicen representar.

Por mera curiosidad abordé la antroponimia de su apellido, poco conocido en estos lares; durante esa somera investigación, me enteré de la existencia de una ciudad castellana –Almagro– que fuera capital de la provincia de La Mancha, donde Miguel de Cervantes situara a don Alonso Quijano, alocado caballero al que se le oyera decir: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.» Quizás de los polvos de esos caminos y de los decires del Caballero de La Mancha se nutra su conducta como Secretario General que, renunciando a posiciones insulsas, escogió el azaroso sendero de la verdad y de la defensa del derecho a la felicidad de los pueblos de esta parte del mundo.

 

Pero nada más lejos de mi intención que ser panegirista del señor Secretario General. Esta carta fue determinada por mi deseo de comentarle ciertas características de la política venezolana que, siendo difíciles de entender para los que aquí vivimos, deben confundir en extremo a quienes nos observan de lejos, tal cual es su caso.

En mi reciente artículo «Chávez» afirmo que «Con su muerte, Chávez pasó de ser un líder carismático y populista a un negocio redondo para tirios y troyanos. Por un lado, para los que se consideran sus herederos con el único objeto de conservar el poder y, por el otro, quienes han hecho del antichavismo una manera de ganar adeptos y una razón para copar buena parte de la escena política.» Triste es tener que admitir que buena parte de los partidos que conforman la Mesa de la Unidad Democrática empujan la carreta en el mismo sentido que el régimen de Maduro, pues su principal motivación es electoralista y les resulta soñada una elección presidencial en 2018, como opositores del chavismo, que mostró su extrema debilidad en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015.

Espero que su experiencia política lo haya protegido del natural desconcierto que a un novato causaría saber que partidos de la oposición venezolana, se oponen a la aplicación de la Carta Democrática Interamericana y que prefieren diálogos sin sentido y acuerdos sin futuro.

 

Resulta inexplicable que los autodenominados opositores no hayan explicado a la ciudadanía los verdaderos alcances de la Carta Democrática Interamericana, como condena política a un régimen antidemocrático, dejando que tome cuerpo la conseja de que es el avieso preámbulo a la invasión de los marines, que vienen a apropiarse de nuestro petróleo.

 

Venezuela está anegada de políticos de medio pelo y ayuna de estadistas; salvo muy honrosas excepciones, los que hacen política en nuestro País están más pendientes de sus intereses particulares que de los problemas colectivos. A sabiendas de esto, el chavismo los ha manejado a su antojo y construido una oposición Prêt-à-porter, dócil a sus deseos y sumisa a sus imposiciones.

La inmensa mayoría de los venezolanos -entre la cual me cuento- esa que era llamada por Arturo Uslar Pietri «amigos invisibles», esa que no produce reseñas de prensa, ni es nombrada en la radio ni vista en la televisión, no se siente representada por la falsa oposición contenida en la MUD, pero si por ese uruguayo de apellido inédito que, al parecer, tiene su origen más remoto en las mismas tierras que recorrieron en su atropellada aventura el dignísimo don Quijote y su famélica cabalgadura.

Reciba el señor Secretario General las seguridades de mi más alta consideración y estima.

Dulce María Tosta.

turmero_2009@hotmail.com

@DulceMTostaR

http://www.dulcemariatosta.com

El color del gato

Gato

Por AndrésHoyos

Ahora que los mosqueteros anticorrupción andan con la idea de formular un programa común para las elecciones presidenciales, es clave traer a cuento la famosa parábola de Deng Xiaoping, quien contradijo las rígidas premisas ideológicas del maoísmo diciendo: “no importa que el gato sea blanco o sea negro, con tal que cace ratones”.

Una de las formas del subdesarrollo consiste en equivocarse de problema y, por lo tanto, de solución. Pensemos por un momento en las razones posibles para que el Estado sea empresario. Ya se sabe que cuando se mete en demasiados sectores, el fracaso es inevitable. Cuba, Corea del Norte, la Venezuela chavista y los viejos países comunistas serían grandes potencias si esto no fuera cierto. De otro lado, hay ramos de la actividad productiva donde el poder monopólico u oligopólico privado, con más veras si es multinacional, puede emascular el progreso de una economía en desarrollo.

Lo anterior induce a pensar que solo por excepción debe el Estado ser propietario del 100 % de una empresa —aquí funciona bien EPM, pero no la EAAB, por ejemplo— y, sobre todo, que debe escoger bien las actividades económicas en las que interviene mediante sociedades mixtas, como pasa con Ecopetrol y el Grupo de Energía de Bogotá. Este esquema me parece preferible en dos sectores: el petrolero y el minero. En ambos está comprobado que cuando una multinacional actúa sola, las posibilidades de que el país salga tumbado son altísimas. Cualquier empresa puede recurrir a la contabilidad “creativa”, pero el riesgo es mucho más alto en las industrias extractivas. La filial local de una multinacional puede adquirir deudas astronómicas, o celebrar contratos leoninos con un corresponsal, o vender por debajo del precio comercial, consiguiendo así exportar sus utilidades, sobre todo a paraísos fiscales. También se ha visto que se carguen una zona ambiental o que incurran en prácticas sociales dañinas si nadie se entera. Mucho más difícil, aunque no imposible, lo tendría esta empresa para hacer sus maturrangas si el Estado tiene presencia en su junta directiva. Según esto, el Estado deberá tener una batería de agentes corporativos, muy bien remunerados, que lo representen en estos centros de decisiones. Ellos se deben guiar, además, por unas directrices claras de qué es aceptable y qué no.

La otra razón para que el Estado sea empresario es la aversión de los privados al riesgo de largo plazo en alguna rama esencial para el desarrollo de un país. Me contaba un experimentado empresario que una represa, como la de Pescadero-Ituango, no la haría nunca una multinacional por cuenta propia. El riesgo país y la presión inmediatista de sus accionistas se lo impedirían.

Ahora bien, cuando un sector madura, no es ninguna traición a la patria que el Estado venda sus acciones, ya sea la totalidad o la mayoría. Es, pues, absurdo afirmar que todas las privatizaciones son dañinas, como lo es afirmar que el Estado no debe participar en ningún sector productivo. Los gatos grises, o sea las sociedades mixtas, son una gran solución.

Hay, sin embargo, gente en Colombia a la que lo único que le importa es el color del gato. Suelen estar ubicados en los extremos del espectro político. Los nombres son de sobra conocidos. Piénselo así: si usted se cruza con una persona que se despeluca y exclama que el Estado debe ser empresario siempre o que no debe serlo nunca, esté seguro de que se trata de un fanático.

andreshoyos@elmalpensante.com  @andrewholes

Pantalla y deslocalización

 

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Por Carlos Rehermann

Proliferación de las imágenes

La repetición obsesiva  de variantes de la afirmación “vivimos en una civilización de la imagen” ha tenido bastante éxito desde que comenzó a propalarse, es casi seguro, en los años 1960, la era de los mass media.

Pero la  cultura de la imagen no nació con los mass media. En realidad hay que retroceder hasta la Edad Media, cuando el organismo feudal más ubicuo, la Iglesia de Roma, imponía una historia y la difundía a través de lo que hoy nombraríamos historietas. La hoy llamada Biblia pauperum era un libro religioso en cuyas páginas se contaban historias religiosas con imágenes con pies escritos en lengua vernácula (y no en latín, como se publicaban las biblias). También las iglesias de entonces estaban atiborradas de imágenes. Cuando, hasta el románico, las paredes ocupaban más espacio que las ventanas, los frescos contaban historias sagradas. Luego, cuando el gótico hizo desaparecer los muros, las imágenes se volvieron literalmente luminosas, aplicadas a los cristales coloridos de las ventanas.

Las imágenes tenían su lugar: las iglesias y los libros. Con el nacimiento del capitalismo las imágenes, en forma de cuadros, se metieron en las casas burguesas, y comenzó entonces un proceso de deslocalización que hoy llega a un clímax. La primera etapa de la deslocalización fue la proliferación. Esa proliferación se multiplicó a través de  la copia y luego se potenció con la reproducción mecánica.

Quizá el último lugar de las imágenes, el último sitio concreto que uno podría citar como hogar de las imágenes fue la caja de zapatos que probablemente hasta hoy se conserva en muchas casas. Las familias proletarias guardaban su memoria familiar en cajas de cartón. La gente fina, claro, compraba álbumes que solían reservarse para colecciones temáticas: nacimiento y bautismo, primera comunión, bar mizvah, quince, casamiento. Una memoria encuadernada de acontecimientos memorables.

Deslocalización de las imágenes

Una familia quizá tenía algunos centenares de fotos, muchas de ellas tomadas por fotógrafos profesionales. Antes de la fotografía digital era común que los padres se sentaran con sus hijos a mirar las fotos familiares, ocasiones ideales para mostrar la rama de cada uno en el árbol genealógico. La muerte se hacía presente con naturalidad en esas fotos, en forma del spectrum, ese estar todavía ahí y al mismo tiempo haber partido, que definió Barthes en su libro tal vez más perfecto, La chambre claire. Las fotografías familiares, como las ilustraciones bíblicas o de las iglesias, eran herramientas para la narración de una historia.

¿Alguien se reúne con sus hijos, hoy, a mirar las quince mil fotos digitales que tiene repartidas en nubes, Boxes, Drives y notebooks? La proliferación infectó la esfera privada e hizo perfecta la deslocalización. El desorden  inevitable impide que un árbol genealógico se condense en la miríada de repeticiones de acontecimientos de una suprema banalidad. El precio nulo de la toma conspira contra el momento: todo es ocasión para una foto, que es idéntico a decir que nada es ocasión para una foto. Nada es memorable; el instrumento de la memoria es una tonta imagen borrosa y mal encuadrada.

Las imágenes perdieron lugar y simultáneamente se convirtieron en destellos eléctricos insustanciales, tanto en sentido estricto como figurado: son banales, no significan nada, no tiene sustancia, no están en ningún lugar. Las imágenes mismas, y ya no meramente el sujeto fotografiado, son verdaderos espectros, en el sentido de Barthes y más allá. Las imágenes son inmateriales, y así como no se pueden destruir físicamente, no se pueden aprehender como las viejas figuras sostenidas en un bastidor, en un vidrio de ventana, en una pared, en un cartón gelatinado.

Como somos seres portadores de cuerpos, nuestro sentido de posesión y de pertenencia requiere  imágenes y sensaciones corporales para construirse: mis fotos son mis fotos mientras puedan guardarse en mi caja de zapatos. Mi One Drive o mi Box no es más que un fantasma que, como buen fantasma, lo que mejor sabe es provocar miedo: ¿quién me asegura que todas esas fotos no han de perderse? La ectoplásmica existencia de las imágenes de mi vida está en peligro y puede desaparecer para siempre, por ejemplo si se produce un cambio súbito en el NASDAQ (la fantasma nodriza) y la empresa de mi Drive desaparece.

Para que una foto exista plenamente debe cumplir con dos requisitos: remitir icónicamente a un referente (aquello que estaba delante de la lente de la cámara cuando se accionó el obturador) y existir en un lugar en el mundo. De lo contrario tiene la misma consistencia que  una imagen retiniana: dura lo que dura la luz y la memoria; en cuanto dejo de verla deja de existir. En cambio, mis fotos están siempre allí, en la caja de zapatos en el ropero, incluso si yo no las veo.

Subjetividad irreal

La deslocalización se completa, es decir, cierra un circuito de irrealidad, porque el modo preferencial de ver las imágenes se realiza a través de una pantalla. Las imágenes proliferan en pantallas que tienen un fulgor efímero, complementario del proceso neuroquímico que se produce en la retina cuando un fotón excita los conos y los bastones, que son las células fotosensibles de la retina. La pantalla funciona eléctricamente para reproducir a la inversa el funcionamiento de la retina: trasmite imágenes mediante la síntesis aditiva de puntos verdes, rojos y azules, del mismo modo como los conos verdes, rojos y azules de la retina producen imágenes mentales en combinación con las respuestas monocromáticas de los bastones. La pantalla es una copia de la retina. La duración de las imágenes en nuestra memoria no es mayor que la imagen persistente que nos suministra la retina: unos pocos segundos posteriores a la exposición a la luz.

La pantalla que produce una síntesis aditiva crea la ilusión de estar presenciando la percepción directa de otro, al contrario de lo que ocurre con las impresiones en cuatro tintas que emplean una síntesis sustractiva. Mirar una pantalla es como tener dos retinas: una, la nuestra, que se convierte en reproducción de la pantalla, estructuralmente idéntica, pero en lugar de ser receptora es emisora.

En cierta medida, todas las fotografías que vemos a través de una pantalla luminiscente son falsificaciones de una retina. Cuando miramos una foto hacemos lo mismo que John Cusack cuando se deslizaba dentro de la cabeza de John Malkovich, en la película de Spike Jonze Being John Malkovich. La fascinación de usurpar el cerebro de otros viene acompañada con la ilusión de ocupar otro punto de vista.

La idea de ocupar puntos de vista ajenos, estrictamente perceptuales tuvo cierto desarrollo mientras las fotos se mantuvieron en un lugar en el mundo: una caja de zapatos, o un cine, en el caso de las imágenes en movimiento (en ambos casos, sin embargo, con la amortiguación de relieve psíquico que impone la síntesis sustractiva, que permite, y hasta obliga, a un mayor espacio para la reflexión acerca del acto de percibir). Pero la deslocalización actual solo permite que ocupemos un lugar-otro, sin lugar. Extraídos de nosotros, caemos, no dentro de un Malkovich, sino, como quienes salían de su cabeza en la película, en el borde nocturno, desalmado y peligroso de una autopista anónima.

 

 

Más que nunca se necesita una política exterior feminista

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Margot Wallström, ministra de Relaciones Exteriores de Suecia. Cortesía.

Este artículo de Margot Wallström, ministra de Relaciones Exteriores de Suecia, forma parte de la cobertura especial de IPS con motivo del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo.

 

Por Margot Wallström English version

ESTOCOLMO, 7 mar 2017 (IPS) – En los últimos tiempos, el mundo se presenta con tonos cada vez más oscuro. En muchos lugares se cuestiona a la democracia, se ponen en riesgo los derechos de las mujeres y se debilita el sistema multilateral, que llevó décadas construir.

Ninguna sociedad es inmune a reacciones políticas negativas, en especial en materia de género. Hay una continua necesidad de estar alertas y de promover de forma permanente el goce de los derechos humanos por parte de mujeres y niñas.

Por eso, cuando asumí como ministra de Relaciones Exteriores hace dos años, anuncié que Suecia perseguiría una política exterior feminista, que actualmente es más necesaria que nunca.

El mundo está dividido por conflictos que, quizá, son más complejos y más difíciles de resolver como nunca antes. Casi la mitad de ellos se repiten cada cinco años. Y más de 1.500 millones de personas viven en países frágiles y en zonas de conflicto.

A fin de responder a estos desafíos globales, tenemos que unir los puntos y analizar qué conduce a la paz. Es necesario que cambiemos nuestras políticas para que dejen de ser reactivas y sean proactivas, y se concentren en prevenir, más que en responder. Y la prevención nunca logrará su fin sin un análisis completo de cómo ciertas situaciones afectan de distinta manera a hombres, mujeres, niños y niñas.

Para avanzar será clave aplicar el análisis de género, fortalecer la recolección de datos desglosados por género, mejorar la responsabilidad e incluir a las mujeres en las negociaciones y en los procesos para consolidar la paz.

 

Numerosos estudios concluyen que los análisis de conflictos que incluyen una perspectiva de género y las experiencias de las mujeres son más eficientes. El aumento de la violencia sexual y de género, por ejemplo, puede ser un indicador temprano de conflicto. También debemos tomar en cuenta las investigaciones que muestran la correlación entre las sociedades con igualdad de género y la paz.

 

La igualdad de género es fundamental para los derechos humanos, la democracia y la justicia social. Y la abrumadora evidencia disponible muestra que también es una condición para el crecimiento sostenible, el bienestar, la paz y la seguridad.

La creciente igualdad de género tiene efectos positivos en la seguridad alimentaria, en lo que respecta al extremismo, a la salud, la educación y a otros muchos problemas globales importantes.

Con la política exterior feminista de Suecia, activamos nuestros instrumentos a favor de la equidad de género y aplicamos una sistemática perspectiva de género en todo lo que hacemos. Se trata de una herramienta analítica para tomar decisiones informadas.

La política exterior feminista es una agenda para el cambio, que procura aumentar los derechos, la representación y los recursos para todas las mujeres y las niñas en función de su realidad cotidiana.

La representación es el eje de esa política, pues es un poderoso vehículo para el goce de los derechos y el acceso a los recursos.

 

Ya sea que se trate de política exterior o local, que sea en Suecia o en cualquier otro lugar del mundo, todavía vemos que las mujeres no están bien representadas en los cargos de decisión de distintos sectores de la sociedad.

 

La toma de decisiones no representativa tienen más probabilidades de tener resultados que sean discriminatorios y no sean óptimos. Sienten desde el comienzo a las mujeres en la mesa y verán cómo salen a la luz más asuntos y más perspectivas.

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En un contexto en que la política internacional es desalentadora, es importante recordar que el cambio es posible. La política exterior feminista de Suecia marca una diferencia tangible. Todos los días, las embajadas, las agencias y los departamentos implementan políticas basadas en el contexto y en el conocimiento en todo el mundo. Y cada vez más países se dan cuenta que la igualdad de género tiene sentido.

Como ejemplo de cómo trabajamos, Suecia colaboró enormemente con la participación de las mujeres en el proceso de paz colombiano, asegurando la inclusión de perspectivas significativas en el acuerdo. También creamos una red sueca de mediadoras de paz, participamos en la creación una entidad nórdica equivalente y contactamos a otros países y regiones para que crearan sus propias redes.

Junto con la Corte Penal Internacional y otros estados, combatimos la impunidad que rodea a la violencia sexual y de género en los conflictos. También nos aseguramos que los actores humanitarios solo reciban fondos si su trabajo se basa en datos desglosados por género.

Además, el gobierno sueco dio pautas a la Agencia de Cooperación para el Desarrollo Internacional de Suecia para que la equidad de género sea el principal objetivo de una serie creciente de asuntos específicos vinculados al VIH/sida.

Esos son solo algunos ejemplos de cómo nuestra política exterior feminista se lleva a la práctica y marca una diferencia en la vida de mujeres y niñas de todo el mundo.

El feminismo es un componente de una visión moderna de la política global, y no una ramificación idealista de ella. Se trata de políticas inteligentes que incluyen a poblaciones enteras, utilizan todo su potencial y no dejan a nadie por el camino. El cambio es posible, necesario y en el debe desde hace tiempo.

Traducido por Verónica Firme

Venezuela: Conviviendo con la inmoralidad

inmoralidad

Por José Pons B

Puede que el pragmatismo político nos haya llevado con atiborrada frecuencia a violentar los principios éticos que gobiernan las relaciones legítimas que deberían regir las relaciones entre los diferentes actores políticos dentro de la sociedad. Unas veces, se hace para obtener ventajas “coyunturales” que permitan aproximarnos a la obtención de más poder o conservar el que ya se tiene, otras, como parte de las estrategias más convenientes.

Por lo general, el hacer del “maquiavelismo” el instrumento que legitime cualquier conducta política al margen de la ética política y que es lo que suele suceder en la praxis política sin tomar en cuenta cualquier otra consideración. Cuando esto último sucede, vemos fenómenos como el de la “guerra sucia” y el abuso directo de los Derechos Humanos. Como ocurre en nuestro caso, de parte y parte; el arte de la política se convierte en un verdadero “empantanamiento” distorsionando lo que debe ser entendido como política con P, mayúscula. Los que interpretamos la política como un acto de “servicio público”, hemos participado en dinámicas políticas bajo criterio de servicio, hemos fracasado rotundamente y hemos terminado por presentar nuestra renuncia a tales expectativas que no llevan al País a ningún puerto seguro.

La casta política venezolana, hoy por hoy, muestra grandes deficiencias, sea por el exagerado pragmatismo ya mencionado o sea por la ausencia de una brújula política, como la obtenida en otros tiempos. Nuestra dirigencia no tiene una formación política integral y los partidos, productos de grandes pensadores y luchadores no insistieron en el tema de la formación, dejándolos al infortunio de las funciones de gobierno meramente. El caso más grave en el país, se logra observar que estas deficiencias intelectuales, fueron cambiadas al tomar el camino fácil, copiar adrede el modelo cubano.

Frente a un País cambiante y sumido en grandes contradicciones, que nos dicen a gritos que vamos por el camino más peligroso e incierto. Nos lleva a entender que es hora de despertar de tan letargo sueño e incursionar bajo el laboratorio de la interdisciplinariedad, nuevos enfoques y formas de hacer política para nuestro pueblo. En esto estamos  y proponemos para su debate el Estado Psicosocial Latinoamericano. No serán los extremismos de las derechas o izquierdas radicales, quienes nos sacarán de este dilema irresoluto.

 

Los diferentes aportes, planes, proyectos y soluciones que nuestra sociedad ha ofrecido; se le deben hacer un digno reconocimiento; a las individualidades, a los gremios a los empresarios y universidades entre otras. Todas  son excelentes. Pero en el campo Político, todas ellas deben descansar en el marco real de un Estado comprometido a cumplirlas y establecerlas. A esto nos referimos, cuando indicamos lo importante de una teoría política donde encaminarlas en el marco de una sociedad que desea trascender, superando la inmediatez.

Dr. José Pons B/@joseponsb/El Estado Psicosocial Latinoamericano.

¿Leen y escriben los docentes universitarios?

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Juan  Guerrero (*)

La pregunta, inicialmente podría catalogarse como ingenua, teniendo también una respuesta igual. Sí. Los docentes universitarios leen y escriben. Sin embargo, ¿qué entendemos por lectura y escritura, para saber si los docentes universitarios poseen las competencias necesarias que en la actualidad les facultan para interesarse en este tema?

Los docentes universitarios leen y escriben, ¿pero qué tipo de escritura y lectura realizan? Más allá de los textos y escritos vinculados con su objeto de estudio, no pareciera que existen lecturas ni escritos significativos que determinen que un docente pueda considerarse como lector o usuario de la lengua escrita, independiente o fluente.

Existe un lector inicial o neo-lector. Éste no posee competencias significativas por lo que debe poseer un guía que le oriente en su aventura lectora y de escritura.

También está el lector intermedio, quien, y poseyendo ciertos rasgos como lector formado, no puede catalogarse como tal y necesita de una orientación pedagógica. En este sector parecen estar sino todos, sí un significativo grupo de docentes universitarios. En esto nos apoyamos, utilizando las orientaciones de la UNESCO, para indicar que un lector independiente o fluente, es quien logra obtener capacidad para discernir en la selección, interpretación, razonamiento y re-creación de una lectura.

Por ello hablamos de neoanalfabetismo funcional. Usuarios de la lengua quienes no sobrepasan el desciframiento grafemático y quienes además, no modifican sus lecturas y por consiguiente, no alcanzan en número la lectura de entre cinco y diez libros anuales, fuera de aquellos de lectura “obligatoria” producto de su práctica académica.

Parece extraño que aquellas personas que no han tenido en su niñez experiencias significativas, tanto en lectura como escritura, les resulta muy difícil lograr en su madurez hacerse de lecturas que les faculten para denominarse como lectores y usuarios de la lengua escrita, independientes o fluentes.

Además, a esto pareciera sumarse la actual situación de un ambiente de uso de la lengua nacional que acentúa su influencia en la caracterización de la enseñanza-aprendizaje del idioma, desde una perspectiva gramaticalista. Por lo tanto, los procesos de Enseñanza Idiomática (EI), resultan necesarios para comprender el estado actual de nuestra cultura.

La seguridad nacional, la existencia misma del Estado se está viendo en franco peligro de existencia, por el bien inmaterial más preciado: la lengua nacional. Y por la falta de incentivos que posibiliten el fortalecimiento del español, y por lo tanto, el desarrollo de la consciencia idiomática. Y en esto, los docentes universitarios poseemos la mayor responsabilidad en la preservación, desarrollo y defensa de la lengua nacional.

Sin embargo la responsabilidad recae, fundamentalmente, en el estudiante, sea éste del nivel universitario, bachillerato o de educación básica. Esa es una realidad como resultado de una práctica de la lectura y escritura, divorciadas de la realidad idiomática del usuario básico: el estudiante.

Los docentes universitarios, obviamente que leen y escriben. Además, hablan y escuchan. Son sus funciones elementales por las cuales se desempeñan. Pero ¿cómo aplican sus habilidades de lectura y escritura?. ¿Sus herramientas permiten una interpretación de excelencia académica en quienes reciben los conocimientos de sus saberes?

Los docentes universitarios parecen estar en una nueva figura que denominamos “neo-analfabetas” o analfabetas funcionales o instrumentales. Esta última denominación parece servirnos para catalogar a quienes utilizan los procesos de lectura y escritura como “poder”, imponiendo usos idiomáticos totalmente opuestos a la práctica diaria del hablante.

Además los docentes universitarios, en su mayoría, se caracterizan por repetir estructuras conceptuales para autoconvencerse y convencer al Otro, como innovador en la actualización terminológica. Es el uso de una nomenclatura de constructos huecos que no sirven para ser aplicados en el día a día del estudiante.

Esto es así porque olvidaron fortalecer el primer libro que todo neo-lector está llamado a desarrollar: el libro de la vida, el mundo y sus entornos.

Cierto que existe una problemática entorno de la lectura y escritura. Y en ello los docentes universitarios estamos siendo arrastrados hacia un paulatino empobrecimiento del lenguaje y del pensamiento. A ello se agrega el olvido de los antiguos lectorados. No solo se formaban lectores fluentes, también usuarios de la lengua oral y escrita, aptos para la práctica del español. Su eliminación se tradujo, no tanto en usuarios de la lengua escrita deficientes, sino en hablantes sin consciencia idiomática.

Los índices mundiales indican que para Latinoamérica, países como Brasil, México y Colombia, poseen entre 5-7 libros per cápita. Mientras en Venezuela no se alcanza a 1 por habitante. Más aún, según recomendaciones de la UNESCO, la edición mínima de libros es de 5 mil ejemplares para ser registrado en los índices internacionales. En Venezuela, apenas se alcanza un promedio de un mil ejemplares por título.

El escaso interés por la lectura lo podemos verificar, empíricamente, preguntando a los docentes de nuestras universidades, por ejemplo: ¿Cuántas veces al año visita la biblioteca central? ¿Cuántas veces al año revisan libros que no sean estrictamente de sus asignaturas? ¿Cuántos docentes solicitan libros a la biblioteca para llevárselos a sus hogares? Más aún, ¿cuántas revistas especializadas leen al año?

La independencia y adultez de una sociedad se constata cuando sus habitantes practican sus hábitos lectores y generan actitud proactiva hacia la escritura, en sitios visibles, como plazas, plazoletas, transporte público, centros educativos, parques, entre otros espacios que forman el entorno estético de un país.

Sin embargo, y a pesar de tanta pobreza en lectura y escritura entre una gran cantidad de docentes universitarios, debemos continuar insistiendo en la inmensa responsabilidad y certeza de saber que dentro de ese lamentable estado de anomia intelectual, debemos revertir esa situación para construir la solidez de una práctica idiomática que establezca nuevos paradigmas, en la construcción permanente de un lenguaje que nos identifique como hablantes de una lengua practicada por más que quinientos años. Es el alma de una cultura que siempre estará re-creándose en los giros idiomáticos de quienes día a día se atreven a leer, escribir, hablar, escuchar y construyen su consciencia idiomática y destino cultural.

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

Una apuesta peligrosa

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Por Andrés Hoyos

Todo gobierno está constituido por centros de poder que a veces colaboran entre sí y a veces se enfrentan. Lo primero predomina cuando hay un mandatario fuerte con una visión clara, lo segundo cuando no. Sobra decir que también hay centros de poder por fuera del gobierno, los cuales cobran vigencia a medida que un gobierno se debilita.

Los hitos importantes suelen alterar las relaciones entre estos centros de poder, beneficiando a alguno y eclipsando a otro. Es lo que acaba de suceder en el gobierno colombiano. Firmado el Acuerdo Final de Paz con las Farc, vienen ahora la implementación y el fast track. Humberto de la Calle ha dejado de ser el gran protagonista y hay candidatos a ocupar su puesto, en particular, el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. Cristo quiere aprovechar sus 15 minutos bajo el reflector, antes que la gente entienda que está en el lugar equivocado. Si su idea es ser presidente, no tiene ni de lejos la talla necesaria.

El más clásico de los errores políticos consiste en sobreestimar el propio poder y hacer apuestas peligrosas. Un ejemplo de ello es la forma equivocada en que algunos en el gobierno de Santos quieren usar el fast track para adelantar una radical y poco meditada reforma política. Digo que es el gobierno de Santos, porque al final el presidente es el responsable, así el proyecto gire alrededor del ministro Cristo. También podemos estar ante un sofisma de distracción, que busca quitarle vapor a la tendencia anticorrupción que encarna, por ejemplo, la campaña de firmas adelantada por Claudia López y un grupo creciente de ciudadanos. Cristo no ignora que la gente lo asocia con varios de los peores aliados del presidente, en particular, con los ñoños y demás caciques regionales, ante todo costeños. Cree, de incauto, que nos vamos a olvidar de Odebrecht y compañía. Que espere sentado.

Vaya uno a saber por qué Santos permite que su ministro del Interior plantee estas ideas desatinadas y no oye la opinión sensata y reposada de Humberto de la Calle, el negociador que le dio el Acuerdo de Paz, su más resonante triunfo político y posiblemente el único de veras perdurable. Poner a De la Calle en su contra sería un error de Santos, pero ya antes ideas semejantes le han costado amistades valiosas, amén de toneladas en materia de gobernabilidad.

Algunas de las propuestas de reforma formulada por Cristo son buenas, otras son ambiguas y otras malas. Sin embargo, lo peor es que son incompletas y que intentar un proyecto como ese sin contar con la debida legitimidad es una fórmula para el desastre. En estas materias los pupitrazos son fatales. ¿No aprendieron en el gobierno con las fallidas reformas a la justicia, no entienden que en el Congreso les van a fabricar otro Frankenstein, no se dan cuenta de que al improvisar una reforma de semejante calibre en realidad están debilitando las instituciones y que al final puede que no quede más remedio que volver a recurrir a una Constituyente? Las respuestas a las tres preguntas parecen ser “no”. Aclaro que sin un acuerdo previo sobre los fundamentos de la política, una Constituyente es un salto al vacío.

En fin, estamos obligados a convivir con las veleidades de estos políticos ávidos de un protagonismo que no se han ganado y dispuestos a hacer daño con tal de figurar. Por lo visto no es tan fácil dejar de ser una república bananera.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

Posverdad y verosimilitud

postverdad

Por Juan Guerrero

Por estos tiempos la razón se encuentra en “sala de cuidados intensivos”. Más todavía, la verdad, entendida como cosa del pasado, nombrada ahora como posverdad o metaverdad (post-truth), no parece interesar a muchos.

La verdad está vaciada de contenido y su comprobación, por hechos tangibles, cada vez se aparta más para dar lugar a los sentimientos y emociones, como recursos que han establecido el reino de la posverdad.

Por eso en el Siglo XXI, con el renacimiento de adormecidos -ismos, la puesta en práctica de metaverdades, afianzando en la población emociones y sentimientos, explotados hasta el delirio, han conformado toda una red de redes, que cubren y adormecen la razón y la memoria de los ciudadanos. Que han sido llevados al fanatismo, la superstición y la neo-ortodoxia.

La mejor expresión de esto que afirmamos podemos observarlo en las redes sociales, como Twitter, FaceBook o Instagram.

En ellas aparece el sujeto, ahogado en un mar de realidad virtual, donde tiempo-espacio así como las realidades allí construidas, se aceptan como verdades únicas. Y esto es así porque las redes sociales normalmente no permiten el razonamiento reposado ni menos, reflexivo. En redes sociales eres lo que construyes, junto con tu imagen (avatar), a gran velocidad.

En la posverdad no importa el hecho del acto sino la sensación, la emoción de aquello que fue o pudo ser. Y sino existió, no importa. Si lo deseo, hago que exista por encima de mi misma razón.

Ante semejante realidad, importa igual el razonamiento de un físico nuclear, egresado del Tecnológico de Massachusetts que la del borrachito de la esquina. A fin de cuentas, el fin último es el deseo de llegar a Marte. Y tanto el físico como el beodo, desearían irse.

La posverdad no necesita evidencias, ni tampoco hechos que la fundamenten. Basta con sentirla. Es el sentimiento de aquello que quiero y deseo que ocurra, eso que verdaderamente importa. Por ello es tan peligrosa la posverdad en boca de delirantes, como son los líderes políticos y religiosos.

Y tristemente, la construcción de estrategias de información, entre ellas las religiosas y políticas, están orientadas a la inmensa mayoría de ciudadanos “despolitizados y analfabetas funcionales” usados como “masa” que debe delirar frente al político o sacerdote, erigido como líder.

Siempre han existido realidades de realidades. En eso la literatura ha construido universos paralelos, soportados generalmente en la razón. La verosimilitud, como aquello semejante o similar a la verdad, es en literatura como en física o estadística, una estrategia usada para alcanzar, construir realidades-otras, que expliquen de manera objetiva y lógica, la realidad real.

Y curiosamente ha sido un escritor, Jorge Luis Borges, muy probablemente, quien se adelantó a eso que hoy conocemos como realidad virtual y red de redes, con su cuento, El jardín de senderos que se bifurcan, hacia 1941.

Pero la posverdad, como opuesta a la verdad real y a la verosimilitud, tiene su propia lógica que se soporta en la base de una opinión pública, generalmente desinformada y manipulada. De ahí que una característica de esta población, sea su tendencia a la banalidad y en consecuencia, a banalizar aquello que no quiere aceptar. El rechazo no viene dado por la razón sino por la emoción del momento, que está a un paso siempre del delirio.

En el universo de las redes sociales, como mundo meta-real, todo resulta verdadero. Sobre todo, aquello que anhelo creer.

No olvidemos que políticos delirantes, como Hugo Chávez o Donald Trump, han hecho de las redes sociales instrumentos fundamentales para la construcción de sus posverdades. La evidencia es demoledora en la penetración que han logrado para alterar las mentes de sus seguidores.

Sin embargo, la medicina como antídoto que siempre existe para estos afiebrados y delirantes sujetos históricos, ha sido y será, la destellante y alucinante realidad real.

Ficción

ficcion

Por Dulce María Tosta

Si quisiéramos concretar en una sola palabra la característica principal de la política venezolana de los últimos lustros, creo que el término más adecuado sería ficción. Según el Diccionario de la Lengua Española, este término indica la acción y efecto de fingir, o bien la invención o cosa fingida, aplicándose también a una clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios.

Pues si bien en Venezuela hay pavorosas e incuestionables realidades como el hambre, la inseguridad, la carencia de medicinas y servicios públicos, la destrucción de las infraestructuras escolar y vial, etc., la forma en que son tratadas por la clase política se asemeja más a los cortometrajes de Tom y Jerry que a los cuentos de terror de Edgar Allan Poe, con los cuales tienen obvia semejanza.

Rechazo agruparme con los que afirman que todos los males de la República llegaron en el morral de Chávez, pues creo que la mamadera de gallo empezó tras la caída de Pérez Jiménez y la celebración del Pacto de Punto Fijo, que si bien se inició como un requerimiento vital para salvaguardar la democracia recién inaugurada, pronto derivó en un acuerdo subalterno dirigido a preservar un status quo donde los grandes beneficiarios eran A.D. y Copei, quienes lustro tras lustro jugaron un ping-pong político donde la pelota era Venezuela.

En esos tiempos empezaron las ficciones de la era moderna. A la democracia, que es una forma de vivir, se le empezó a adjetivar como formal, en descarada admisión de que eran las formas y no la sustancia las que prevalecían en la conducción política del País; también se le llamó democracia representativa, mediante la cual los partidos cogobernantes ejercían la soberanía y usufructuaban sus beneficios, dejando al pueblo ayuno de poder y convirtiendo a la institución presidencial en una suerte de monarquía medioeval, con reinas omnipotentes, pero ajenas al apellido del monarca.

La democracia que hoy, en medio de la hambruna, nos invitan a añorar, fue el preámbulo necesario de este desastre. Si en 1959 hubiésemos inaugurado una democracia sustancial, que no apañara casos de corrupción como el de la chatarra militar, ni asesinatos políticos como los de Jorge Rodríguez y Alberto Lovera, así como tampoco las burlas a la soberanía popular como el intento de desconocimiento del triunfo de Aristóbulo para la Alcaldía de Caracas o el cuarto lugar a que bajaron descaradamente a Andrés Velásquez en 1993, el 4 de febrero un pueblo enfurecido hubiese linchado al faccioso y enterrado al nacer al chavismo que hoy nos acogota. Pero no fue así; mientras Morales Bello en el Congreso pedía la cabeza de los golpistas, un pueblo agradecido aplaudía en la calle a los militares rendidos y luego, en los carnavales subsiguientes, disfrazaba a sus hijos de «chavitos».

Durante la campaña electoral de 1998, los reyes quedaron desnudos. Enloquecidos ante la inminente pérdida del poder disfrutado durante 40 años, perdieron impúdicamente todo vestigio de dignidad, al dejar a Irene Sáez y a Luis Alfaro Ucero colgados de la brocha.

En agosto del año que viene se cumplen 520 años de la llegada de Colón. Desde entonces hasta la fecha, el trueque de espejitos por pepitas de oro no ha cesado, si bien ha mutado: hoy nos ofrecen patria los mismos que la hipotecaron a rusos y chinos y la pusieron bajo el mando cubano; nos ofrecen democracia quienes no la practican en sus partidos y consideran las elecciones primarias un invento del diablo. Hemos vivido probando la dulzura de las promesas y la amargura de las decepciones.

Es terrible tener que admitir que el último régimen que mostró el queso de la tostada fue la dictadura de Pérez Jiménez. Aún Caracas juega béisbol y fútbol en los estadios que él construyo, estudia en la UCV y la atienden en el Hospital Universitario; viaja a Valencia por la ARC, sube  al Ávila por su teleférico y baja a la playa por su autopista.

La riqueza diluvial que ha caído sobre Venezuela desde que reventó el Zumaque I en 1914, no se ve por ninguna parte; lo que si tenemos para mostrar en exceso son las promesas incumplidas, las esperanzas defraudadas y los sueños rotos.

Hoy, en un País donde los niños mueren de hambre en sus casas o de mengua en los hospitales, cuando el fantasma del cretinismo nos muestra su guadaña, se tornan vigentes las palabras de El Libertador ante los temores de entonces: «vacilar es perdernos».

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