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Democracia siglo XXI

mes

octubre 2013

El sistema político chino, sin misterios

shangai

 

Por Antonio Limón López

Al igual que todos los estados del mundo la república Popular China proclama ser una “democracia”, aunque agrega que es “popular” para dejar en claro que es dirigida por el mismo pueblo en una “alianza obrero-campesina” y claro que con semejante popularidad le basta un solo partido político: el Partido Comunista de China”, que es el fundador de la propia república como lo proclama paladinamente su constitución. La república tiene en las asambleas nacionales y locales a sus máximos órganos políticos, incluso la constitución fue aprobada y puesta en vigor en la V Asamblea Popular Nacional celebrada el 4 de diciembre de 1982.

Sin embargo, claramente la realidad política de China discrepa totalmente de todo lo antes redactado. Es perfectamente claro que la filosofía política de los gobernantes chinos nada tiene que ver con el marxismo, ni con el maoísmo, en cambio sí con un sistema económico de bienes propiedad del estado, con una creciente economía privada y un sistema político meritocrático, burocrático, centralizado y tutorial.

El sistema político Chino gira en torno a una amplia base de trabajadores condenados al servicio del estado, es un sistema de elites superpuestas que adoptan la forma de una gran pirámide seccionada, dividida en tres lados o “sectores”.

En China solo existen tres centenas de políticos y unas decenas de millares de millonarios, el resto de la población son burócratas fusionados en tres áreas de la economía: La primera es el gobierno, es decir la burocracia; la segunda es la administración de las empresas propiedad del estado y la tercera y última son las “organizaciones sociales” como las universidades, y en general los programas sociales que el estado lleva a cabo en diversas regiones y que enfrentan una amplia variedad de problemas.

En la base se encuentra la población trabajadora de China que labora bajo las ordenes de los funcionarios o Keyuan, quienes dependen del “Departamento de Organización del Partido Comunista de China” y se dividen en tres niveles jerárquicos, dependiendo del grado de responsabilidad en las empresas que administran, los Fuke (Subgerente de sección) y los ke (Gerente de Sección), son alrededor de 900 mil funcionarios; en el nivel inmediato superior se encuentran los Fuchu (Subgerente de división) y los Chu (Gerente de Sección), quienes suman 600 mil keyuan y en el siguiente nivel de la pirámide se encuentran los Fuju y Ju o  “Jefe Adjunto de Oficina” y “Jefe de oficina” respectivamente y que son solo 40 mil funcionarios.

La movilidad de estos funcionarios es la tarea del Departamento de Organización del Partido que  recluta a los funcionarios de las universidades chinas o de cualquier parte del mundo a que hayan sido enviados a estudiar los hijos de los miembros de las elites, para que se incorporen a la pirámide laboral a partir de Fuke. El departamento evalúa anualmente, con gran celo, el desempeño de cada funcionario, para conservarlos, destituirlos, remplazarlos o ascenderlos a los puestos vacantes de la sección jerárquica superior, esto sin la intervención de ningún miembro del Comité Central del partido.

Sobre los Ju o jefes de oficina ya no existe ningún puesto administrativo o empresarial. El siguiente órgano cupular, por encima del Departamento de Organización del Partido, es eminentemente político, es el Comité Central del Partido Comunista de China, formado por 300 miembros elegidos por el Congreso Nacional del PCC que se celebra cada cinco años para renovarse parcialmente, la elección se realiza votando una sola fórmula de candidatos que invariablemente gana. Sobre el Comité Central existe el “Politburó” formado solo por 25 personas y dentro de este, se encuentra la elite suprema,  el “Buró político” formado solo por 9 dirigentes, que son los hombres más poderosos del gobierno chino.

Esta es la estructura real de poder, como se puede demostrar con las explicaciones de los voceros del gobierno chino en los medios académicos e intelectuales de Estados Unidos de América. Los funcionarios chinos aceptan que su país padece grandes problemas sociales y de corrupción, pero de ninguna manera que el sistema sea injusto o impopular entre la población, incluso critican con igual saña y desprecio a la teoría marxista que imperó en la China comunista hasta la muerte de Mao y a “las democracias, ineficientes y enfermas de occidente”.

Los voceros e intelectuales chinos aducen que su gobierno es una estructura de poder meritocrática, no dictatorial, altamente sensible y receptiva a las nuevas tecnologías sociales y políticas de occidente, pero que como sistema es el mejor, puesto que las “democracias occidentales” y el marxismo son “meta teorías” políticas o determinismos “infuncionales” con la realidad.

En cuanto a la pregunta crucial para este tipo de sistemas que carecen de elecciones democráticas ¿Cómo pueden saber los gobernantes chinos, que la población desea cambiar al sistema o está inconforme con su gobierno? contestan diciendo: El gobierno chino es el principal cliente de todas las empresas encuestadoras chinas (!!!) y estas están constantemente haciendo mediciones de la opinión pública y conforme a ellas se toman las decisiones de gobierno y por ese medio saben de la alta estima que el pueblo tiene de su gobierno. Eric X Li (Enlace a biografía), un joven propagandista del gobierno chino en Estados Unidos lo dice en estos términos: “Aquí en China tenemos otro mecanismo, para ser sensibles a las demandas y al pensamiento de la gente”.

La transición argentina

Sergio Massa 2

 

 

Audio de Teódulo López Meléndez

 

 

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De como se hunden los viejos cimientos

Una mirada a la sustitución de la vieja democracia representativa y al empoderamiento ciudadano

Estados Unidos, el choque de dos culturas

CapitolioAudio de Teódulo López Meléndez

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La Venezuela del pensamiento débil

Vídeo de Teódulo López Meléndez

Déficit de sobriedad y sensatez

 

Déficit-Fiscal

 Alberto Medina Méndez

Parece haberse puesto de moda la ampulosidad, el despilfarro, el derroche, la ausencia de prudencia, pero al mismo tiempo la escasez de criterio y de sentido común.

Salvo honrosas excepciones, que solo confirman la regla, la inmensa mayoría de los Estados del mundo han aumentado, en los últimos años, significativamente su tamaño, funciones, responsabilidades y presupuesto.

La política, siempre interesada en utilizar una creciente cantidad de fondos, se ha ocupado de generar la necesidad convenciendo a muchos de la importancia de un Estado fuerte, pero fundamentalmente que concentre poder y dinero para luego repartir bienestar entre los ciudadanos.

A esta altura de los acontecimientos se sabe que todo es un gran timo. Que en realidad solo se trata del interés corporativo de la política en administrar cuantiosos recursos para construir poder y someter desde allí, a quienes no se avienen a ajustarse a su cuestionable moral y sus retorcidas normas.

Juan Bautista Alberdi decía que “las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos, esperan una cosa contraria a su naturaleza”, sin embargo aún hoy, demasiados creen con convicción que su tarea individual consiste en pedir a otros lo que no consiguen por sí mismos.

Es en ese extraño contexto en el que proliferan los Estados inmensos, que estimulan la creación de múltiples y novedosos impuestos para sostenerse. Todo ello deriva, irremediablemente en una insoportable presión impositiva que es la esperable contracara de lo que muchos reclaman. A riesgo de ser reiterativos habrá que recordar que los gobiernos se financian con impuestos, endeudamiento o emisión monetaria. Aún no se han inventado más que una larga lista de variantes de lo mismo.

El Estado siempre precisa recursos, mucho más aún si gasta tanto y solo los consigue cuando se los quita previamente a los que lo producen, o disemina inflación, o bien hipoteca el futuro de las próximas generaciones. No existe otro modo de hacerse de ese dinero, porque no puede crear riqueza, sino solo quitársela a algunos primero, para repartirla después.

Resulta al menos contradictorio seguir recorriendo este círculo vicioso de discursos que reclaman mas Estado, pidiendo más recursos para financiarlo para que pueda tener más funciones y aumentar las remuneraciones a sus agentes, pero al mismo tiempo esa sociedad que se queja de la insoportable inflación, de la voracidad impositiva y del sistemático endeudamiento.

El absurdo se abre paso a diario. Gobiernos corruptos, políticos insaciables y sociedades que reclaman cuestiones inconsistentes que entran en conflicto minuto a minuto.

A Thomas Jefferson se le atribuye aquella frase que decía “estoy a favor de un gobierno que sea vigorosamente frugal y sencillo”. Hace cierto tiempo se entendía mejor todo. Sin un gobierno austero y capaz de comprender que cuando gasta lo hace a expensas de haberle quitado antes a los que trabajan para conseguirlo, es muy difícil avanzar con criterio.

El que gasta lo que no le ha costado esfuerzo obtener, nunca valorará la dimensión de lo que administra. Por lo tanto, no se puede esperar, con seriedad, que los circunstanciales orientadores de esos fondos tengan la decencia de ser cautos y recatados.

Es la sociedad, la que primero debe comprender la naturaleza de las cosas, para luego establecer las reglas que está dispuesta a jugar. Son los ciudadanos lo que deben fijar límites, definir qué toleran y que no.

Lo que se ve a diario constituye un absoluto abuso de poder, una verdadera inmoralidad que no debe encontrar amparo en la sociedad. No es admisible que quien dilapida los recursos de la gente, gastando en sí mismo como no usaría su propio dinero lo haga con tanto desparpajo, con la impunidad de quien no recibirá reproche alguno. La nómina de privilegios, de derroche evidente y de descaro sin pudor ya se ha tornado indisimulable. Los gobiernos dilapidan cada vez más y muestran su poder de ese modo.

Es cierto que a los gobiernos les falta sobriedad. No está en su esencia. Los que lo administran son solo “aves de paso”, aunque es bueno decir que conforman una corporación política que solo rota de tanto en tanto con alguna irregular frecuencia en la labor de regentear la cosa pública.

Del otro lado, la sociedad toda, la suma de individuos parece resignada o probablemente solo distraída o algo dormida. Lo concreto es que no reacciona y sigue alimentando las decisiones que llevan a transitar una historia de nunca acabar, que se reinventa para continuar hasta el infinito.

Este disparate solo cambiará cuando los ciudadanos sean capaces de salir de este letargo y abandonar las ideas que sustentan y dan soporte a este dislate que crece sin encontrar frenos. Mientras tanto se sigue asistiendo sin resistencia alguna a este patético déficit de sobriedad y sensatez.


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Libros: Análisis sobre la sociedad boliviana

Bolivia

 

Fernando Mayorga – Sociólogo, doctor en ciencia política, dirigente del Club Aurora

 

Bolivia hoy, compilado por René Zavaleta (Siglo XXI, México, 1983). Este libro contiene ensayos de René Zavaleta, Silvia Rivera, Guillermo Lora, Horst Grebe y Luis H. Antezana. En este volumen se destaca un ensayo original y novedoso para la época: “Sistema y proceso ideológicos en Bolivia (1935-1979)” escrito por Luis H. Antezana. Se trata de un texto decisivo para los estudios sobre la política y sus múltiples facetas porque introduce la importancia de lo discursivo e ideológico para explicar continuidades y rupturas en la historia boliviana. Este texto inscribe la noción de nacionalismo revolucionario (NR) como campo discursivo para dar cuenta de los procesos ideológicos. Desde entonces se presta atención a las relaciones entre política, sociedad y discurso. Este ensayo se concentra en el período comprendido entre la guerra del Chaco y la transición a la democracia, no obstante su innegable potencial explicativo y la persistencia del tema durante el actual ciclo democrático acrecientan su influencia y el alcance de sus aportes.

 

Lo nacional-popular en Bolivia, René Zavaleta Mercado (Siglo XXI, México, 1986; Plural, La Paz, 2008). La producción intelectual de René Zavaleta se sintetiza en este libro que, pese a que es parte de una obra inconclusa, contiene interesantes aportes para la interpretación de la historia nacional y la caracterización de la sociedad boliviana. Sus ideas sobre la “sociedad abigarrada” o la “crisis como método de conocimiento” constituyen parte del acervo analítico en las ciencias sociales bolivianas. Asimismo sus escritos sobre la democracia (“Las masas en noviembre” y “Cuatro conceptos de democracia”) son de una riqueza excepcional por la densidad del lenguaje y su carga interpretativa. En ciertas circunstancias –no sólo en el mundo académico, también en el ámbito político- estos términos son utilizados de manera descriptiva restándole su potencial explicativo pero constituyen el punto de partida para plantearse preguntas y respuesta sobre nuestra realidad.

 

Oprimidos pero no vencidos: Luchas del campesinado aymara y qhechwa de Bolivia, 1900-1980, de Silvia Rivera Cusicanqui (Hisbol, La Paz, 1983). Este libro abre un nuevo campo de intelección e investigación sobre un actor emergente en los años setenta del siglo pasado -el campesinado boliviano-, con nuevas herramientas analíticas, y dejando de lado las concepciones clasistas, de raigambre marxista, predominantes en la sociología boliviana y latinoamericana. La historia e identidad campesinas son reinterpretadas partir de la identidad indígena, vinculando ese tema a la política y sin reducirlo a lo cultural. Este libro tiene aportes novedosos para la reinterpretación de la historia a partir de estudiar el katarismo como corriente político/sindical y pensamiento renovador. Entre sus aportes  sobresalen las nociones de “memoria larga” y “memoria corta” -en referencia al hecho colonial y la resistencia indígena y a la revolución nacionalista de 1952 y la reforma agraria,  respectivamente-, a las cuales se suma la noción de “colonialismo interno”.

 

Democracia y gobernabilidad. América Latina, compilado por René A. Mayorga (ILDIS-Nueva Sociedad, Caracas, 1992) y Lo pluri-multi o el reino de la diversidad, editado por Carlos Toranzo Roca (ILDIS, La Paz, 1993) contienen importantes ensayos que interpretaron el modelo estatal asentado en el nexo entre democracia representativa y neoliberalismo. Estos libros sintetizaron y alimentaron  el debate sobre la “democracia pactada” y “lo pluri-multi”, términos que se convirtieron en pautas de análisis para caracterizar el proceso político y definir la sociedad durante los años noventa. Con la noción de “democracia pactada” se enfatizó en una mirada institucionalista sobre temas como gobernabilidad, presidencialismo parlamentarizado y reforma incremental del Estado. “Lo pluri-multi” fue un término que designaba lo pluri-étnico y multi- cultural destacando la importancia de la impronta de la diversidad étnico-cultural a partir de las identidades indígenas en lazo con la idea de igualdad ciudadana.

 

El retorno de la Bolivia plebeya, con ensayos de Alvaro García Linera, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada Alcoreza y Luis Tapia Mealla (Muela de Diablo, La Paz, 2000), es un libro que inaugura un análisis centrado en la crisis estatal, la debacle de las formas partidistas de representación política y el protagonismo de los movimientos sociales. Son ensayos políticos con énfasis en el movimiento indígena como actor y portador de un nuevo proyecto histórico y que establecieron el carácter rupturista de la “guerra del agua” acontecida en Cochabamba en abril del 2000. Las nociones de “crisis civilizatoria”, “condición multisocietal” o “autodeterminación indígena” son centrales en los trabajos de estos autores que publicaron varios libros colectivos en la década del 2000 y acompañaron la crisis y transición estatal que culminó con la aprobación de la Constitución Política del Estado Plurinacional.

Argentina: Entre la premura y el estoicismo

Cristina


Por Alberto Medina Méndez

En el contexto de las elecciones de medio término, la política argentina se encuentra recorriendo una transición repleta de intrigas y especulaciones, práctica que por estas latitudes se torna cada vez más frecuente.

El resultado de las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias ha confirmado algunas presunciones cambiando sustancialmente el escenario político de cara al mañana. Con estas tendencias, que difícilmente se reviertan pronto, queda atrás la pretendida reforma constitucional y con ella la aventura de la eternización en el poder. Al menos….. por ahora.

La ciudadanía y la clase política ya discuten la sucesión presidencial. La opinión pública parece dividirse entre los que no tienen paciencia, los mas ansiosos, los que pretenden los cambios hoy y sin tener que esperar plazo alguno, y los otros que entienden la necesidad de hacer las cosas bien, cumplir los tiempos constitucionales y dar paso a la institucionalidad para que se puedan producir las transformaciones ordenada y prolijamente.

Es de una gran osadía e irresponsabilidad plantear una interrupción del actual mandato presidencial. Aun bajo la verosímil hipótesis de que el gobierno no tenga interés alguno en mutar sus políticas y que las mismas profundicen los problemas y posterguen la solución, no parece razonable siquiera sugerir la vulneración del orden constitucional.

La sociedad debe aprender a hacerse cargo de sus aciertos pero también de sus errores. No se puede borrar con el codo lo que se escribe con la mano. Esta gestión ha tenido un irrefutable aval electoral que permitió su llegada al poder con amplio apoyo popular. Sus políticas fueron acompañadas durante demasiado tiempo no solo por sus votantes, sino por tantos otros que criticaron las formas pero no el fondo de cada determinación.

El gobierno ahora ha perdido ese respaldo ciudadano, pero tiene aun dos años más para cumplir su mandato. Es hora de que cada argentino no se haga el distraído y asuma el costo de sus desaciertos. No solo se equivocaron quienes votaron mal, sino muchos otros que prefirieron la indiferencia, el silencio y la complicidad como manifestación cívica.

La solución no pasa por ir cumpliendo con los caprichos infantiles de los ciudadanos, sino por asimilar el error, por admitir responsabilidades y fundamentalmente por darse tiempo para que el aprendizaje se convierta en nuevas decisiones que superen a las anteriores, evitando la desesperación de la urgencia para reemplazarlo por la sensatez. Las decisiones trascendentes se toman en un marco de serenidad y no en el medio de la emotividad que propone la vertiginosidad de los hechos.

Argentina para sobreponerse a su presente, para enderezar el trayecto, precisa mucho más que espasmódicas reacciones políticas y enfados circunstanciales. Hay que construir la templanza para elaborar la hoja de ruta que permita superar la coyuntura política, social, económica y moral.

Esta nación es una eterna promesa de éxito. Si no se ha conseguido aprovechar la bendición de tantas fortalezas es porque no se han hecho los deberes. Y eso no tiene que ver con elegir a los mejores para guiar los destinos de este conjunto de ciudadanos, sino porque básicamente no se han aplicado las ideas que conducen hacia ese resultado tan anhelado.

Son momentos difíciles y  cargados de sensibilidad. Es probable que se esté transitando por un punto de inflexión entre una larga secuencia de decisiones inadecuadas que llevaron a este presente y la esperanza de estar corrigiendo la orientación del esfuerzo hacia caminos más venturosos.

Todo depende de lo bien o mal que se hagan las cosas en instancias políticas como estas. No se trata ya solo de culminar una etapa, sino de procesar los disparates, de asumirlos como propios y no como ajenos, de entender que los que gobiernan no son paracaidistas que aterrizan de casualidad en el poder, sino que son la consecuencia esperable de una sociedad que piensa de un modo determinado, con ciertos paradigmas.

Los que gobiernan solo representan las ideas de las mayorías. Desde hace muchas décadas la política local está plagada de consignas que cuentan con enorme apoyo ciudadano. Un gobierno con poder concentrado en el líder de turno, un Estado excesivamente protagonista, que interviene la economía, que asume un rol activo en diferentes funciones que no le son propias y que por lo tanto maneja dinero y poder a su discreción.

Argentina tiene un gran desafío por delante. El debate no es justamente si se debe terminar cuanto antes esta etapa. La discusión no pasa por librarse de los gobernantes, sino de las ideas que gobiernan, y eso no se resuelve en un solo proceso electoral, ni con antojos o arranques de furia cívica.

Creer que los políticos son el problema, es una primera muestra de lo desorientada que puede estar una sociedad. El destino cambia cuando los individuos son capaces de reflexionar y corregir el recorrido. Nunca antes.

Habrá que tener la entereza suficiente para que se cumplan los mandatos constitucionales, para que el proceso de reorientación política se consolide con inteligencia y los argentinos puedan poner todo su esmero en repensarse, en revisar sus profundas convicciones.  De lo contrario, lo que sucederá en la siguiente elección es que llegarán nuevos interlocutores de la política pero permanecerán idénticas ideas. Así solo se verán cambios parciales, sutilezas de estilo, pero no un rumbo que asegure un porvenir de progreso como el que todos ansían. Hay que enfocarse en el futuro para salir del dilema entre premura y estoicismo.

 


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El libro más hondo: una facultad de información y comunicación

comunicación

 

Ricardo Viscardi

La noticia de la instalación de la Facultad de Información y Comunicación pasó relativamente desapercibida en los medios de comunicación uruguayos. No así entre la comunidad académica que sustenta la facultad recién creada, en cuanto la decisión del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República del 1º de octubre pasado, llega para culminar un proceso que arranca con la misma instalación de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en 1986, mientras la Escuela de Bibliotecología y Ciencias Afines presenta una trayectoria institucionalizada desde los años 50’.

 

No hay tema que pudiera quedar al margen de esa contradicción que duró casi tres décadas entre la comunicación y la universidad por un lado, así como entre la comunicación y la información por el otro, desarrolladas por separado. La dificultad para percibir la entidad universitaria de la comunicación y la información se manifiesta en la misma universidad y no es un fenómeno uruguayo, sino universal. Bastaría para considerar su significación, tener en cuenta que el pensamiento occidental se caracteriza, en el siglo XX, por haber adoptado un “giro lingüístico”.[1]

 

Sin embargo, la tecnología ha radicalizado aún más esa percepción de un límite decisivo en el lenguaje, en cuanto ha eliminado la barrera entre el lenguaje artificial y el lenguaje natural a través de las tecnologías de la información y la comunicación. De esa forma, cualquiera de nosotros puede  emplear un lenguaje natural, con toda su carga simbólica, a través de las operaciones perfectas de un lenguaje artificial, que ponen al alcance de la decisión la vinculación humana, a través de un artefacto.

 

Esta coyuntura destituye tanto la cuestión del lenguaje en tanto recinto epistémico de un saber riguroso (en tanto el lenguaje formal se pone al servicio del “imperfecto” lenguaje natural), como la cuestión del lenguaje natural en tanto “esencia semiótica” de la estructura social (en cuanto el lenguaje natural pasa a ser “programado” por una inteligencia artificial). Una distancia surge dentro de otra, un límite se pone por fuera de otro, ni la “ciencia” ni la “sociedad” constituyen en adelante matrices de un “macro-orden”, ya que la “consistencia racional” se ha puesto al servicio de la imagen más popular, mientras la “sociedad humana” cunde en vilo de artefactos.[2]

 

Ante esa transformación que pasa por todos los ámbitos, la llegada a la condición de facultad, tan anhelada y con tantas razones válidas por las comunidades universitarias de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y de la Escuela Universitaria de Bibliotecología y Ciencias Afines, debe tanto fortalecer el entusiasmo por una trayectoria cumplida, como atizar la interrogación, ante los desafíos del presente. 

 

El primero proviene sin duda de la propia universidad. La creciente disolución de las soberanías nacionales arrastra consigo, en aras de la globalización, al propio principio de soberanía, que la modernidad había anclado en los estados-nación. Para bien y para mal, los estados-nación son cada vez más dependientes de una racionalidad supraestatal e infra-pública, que tanto acarrea el reclamo internacional por Derechos Humanos como genera conflictos regionales atizados por empresas transnacionales. El propio Uruguay al que pertenece la Facultad de Información y Comunicación que se acaba de instituir, se ha conmovido con marchas adelante y atrás, en el Parlamento y la Suprema Corte de Justicia, a raíz de fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. ¿Es necesario recordar, ante “el retorno del conflicto de Botnia” la supeditación de los escenarios políticos regionales al influjo económico transnacional?

 

La misma desarticulación del Estado-nación lleva al sistema político, ante la imposibilidad de conducir procesos que lo desbordan por su naturaleza tecnológica mundialista, a supeditarse al dictamen de consultorías económicas, mediáticas y educativas. Todos estos caminos conducen a una nueva Roma Hiperreal, habitada por expertos que no pertenecen a ningún lugar en particular y menos a una universidad nacional.

 

 En efecto, la creación de universidades estatales no autonómicas, con gobiernos universitarios integrados por empresarios, políticos y sindicalistas, entre los que se admite algún universitario,[3] tal como se van instalando en el Uruguay, pauta una doble necesidad: ningún poder puede existir al margen del saber, por lo tanto, es necesario que el saber deje de gozar de la soberanía autonómica que le otorgaba el Estado-nación soberano. La disolución de la soberanía estatal propia de las configuraciones orgánicas de la modernidad (lo que llamábamos “el país”, un todo integrado en su propio eje nacional), conlleva asimismo la disolución de las soberanías universitarias ancladas en la soberanía nacional de Estado.[4] Es la propia tradición del principio “onto-teológico” de soberanía[5] el que cambia de plano entre nosotros y lo que está en juego es, por consiguiente, su proyección en el presente.

 

Ante ese presente de relativizaciónde las entidades nacionales tal proyección  autonómica de la universidad no puede, sin embargo, surgir de un contexto que la manifiesta según un orden previo y mayor a la comunicación humana, sino que debe surgir a través de esta última, como trayecto que articula la memoria con pautas de conducción actualizadas. Inversamente, esa instrucción que proviene del pasado puede expresarse por medio de una comunidad actual, cuando se manifiesta vocacionalmente.

 

En el año 1995 junto con Pablo Astiazarán,  entrañable colega que recordamos con pesar y gratitud, impartimos en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación el “Seminario de cuestiones especiales y de actualidad de la comunicación”. El centro del seminario estuvo dado por el análisis de la relación entre democracia y comunicación tal como la plantea Dominique Wolton, en tanto ese planteo permite vincular entre sí tres elementos articuladores de la comunicación en la modernidad: Representación, Razón y Técnica.

 

El seminario fue un éxito, ante todo por la calidad de las intervenciones de los estudiantes, que se tradujeron en monografías nutridas de  aportes. La sugestión de esas intervenciones salía al paso, a contracorriente, de un prejuicio epistémico que por entonces y hasta mucho después obstaculizó la consideración de los estudios en comunicación, que cierto logocentrismo descalifica desde una perspectiva purista del significado.

 

Decidimos con Pablo traducir esa experiencia en un libro, del que escribimos la intervención más corta de todos nuestros textos: un prólogo que no llegaba a una carilla entre los dos. La publicación cumplía, más allá de la promoción académica y la difusión del saber a la que  se destinaba,[6] una función política: ponía de manifiesto que un ámbito  universitario que muchos denostaban por “escasamente académico” proyectaba desde sus propios estudiantes, sin embargo, un potencial de análisis de significativo alcance ante la actualidad.

 

Sucede que la potencia de una facultad es la vocación de sus estudiantes. Por eso, al destacar la potencia intelectual de la vocación de los estudiantes de comunicación, también ayudábamos a poner de relieve, con Pablo, la injusticia universitaria que se cometía disminuyendo ese potencial académica y presupuestalmente.  Esa inversión de situaciones y de procedimientos (la calidad que se ponía de relieve era la de los estudiantes y no la del cuerpo docente) era posible y legítima porque cierta concepción  de la universidad ancla en un mandato de la comunidad, que sin embargo, no se reduce al todo social.

 

De la misma forma, la noción de libro se separa de la de texto, como lo señala Derrida, para establecer un “límite más allá del límite”,[7] que permite distinguir el mandato de la circunstancia y se vincula a un destino. En una circunstancia universitaria que se derrumba, ante un Estado-nación que descaece, la Facultad de Información y Comunicación pone en tensión registros de la memoria que quizás la actualidad no se permita escuchar, pero que resuenan en cierto río subterráneo a la institución.

 

[1]Rorty,R. (1967) The linguistic turn. Recent essays in philosophical       method, The University of Chicago Press, Chicago.

[2] Sfez, L. (2010) La communication, PUF, Paris, pp.6-7.

[3] Porley, C. “Al final salió” Brecha digital (16/11/12)  http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/900-al-final-salio

[4] Conviene recordar la legendaria frase de Carlos Quijano “La universidad es el país”.Derrida vincula la soberanía universitaria a una “profesión de fe” Derrida, J. (2001) L’université sans condition, Galilée, Paris, pp.33-34. Versión en castellano Derrida, J. “La Universidad sin condición” en Derrida en castellano    http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 4/10/13)

[5] El programa de Publicaciones de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de UdelaR. Ver Viscardi, R. Astiazarán P. (1997) Actualidad de la comunicación, CSIC-UdelaR, Montevideo.

[6] Derrida, J. (1967) L’écriture et la différence, Seuil, Paris, p.429.

Publicado por Ricardo Viscardi en 15:33 

El desatino como marca registrada

 

desatino

 Por Alberto Medina Méndez

El actual tratamiento parlamentario sobre el presupuesto nacional y las leyes complementarias que permiten su ampuloso despliegue, es solo otro ejemplo más de cómo la inconsistencia se ha instalado como el modo de ejercer la política y se asume con total naturalidad a un ritmo impensado.

Tasas de crecimiento de la economía que nunca se verifican, niveles de inflación que no se ajustan a la percepción ciudadana, cuestionados mundialmente por cuanta institución lo observe, un tipo de cambio que no tiene correlato con la realidad. En definitiva, una simulación que no debería ser admitida en un país que pretenda ser respetuoso de la verdad.

Indicadores falsos, proyecciones económicas que ya han demostrado reiteradamente su absoluta irrealidad, manipulación de cifras para que todo sea como necesita la política, supuestos que todos saben que no se cumplirán, adulteración intencional de números que no se corresponden con el presente, en fin, el embuste institucionalizado, que nace del poder ejecutivo, pero que cuenta con el aval sistemático del legislativo y un preocupante silencio por parte del judicial.

Todos terminan jugando el mismo partido. Uno y cada uno de los protagonistas resultan funcionales a ese resultado final, plagado de inconsistencias, contradicciones y evidentes distorsiones que configuran un verdadero embuste institucional hacia la ciudadanía.

La ley madre, esa que define el plan de gobierno porque determina las partidas, su dimensión, el origen y aplicación de los recursos, es sistemáticamente manoseada por la política contemporánea, escondiendo lo que prefiere, generando un deliberado espacio para la discrecionalidad y sosteniendo así una farsa que no resiste ningún análisis serio.

Todo esto, es solo una muestra más de lo que ha conseguido la política de este tiempo. Su desprestigio tiene una explicación irrefutable. No es, como algunos pretenden, responsabilidad de cierto anarquismo, ni de los intereses sectoriales de las corporaciones, la falsificación informativa del periodismo o los medios de comunicación, ni a los caprichos de la opinión pública siempre proclive a la crítica fácil.

La política se ha ocupado y mucho del tema. Han hecho y siguen haciendo lo indebido. Y esto no es ni novedoso, ni monopolio de oficialismo alguno. Unos y otros se han tomado la tarea de construir esta abrumadora sensación en la sociedad, con actitudes permanentes y sin gestos que muestren un cambio creíble.

Los mismos que dicen que el país ha logrado su “década ganada”, terminan votando la extensión de la “emergencia económica” y la prórroga de impuestos que fueron instaurados en “otra década” como justificación para superar dificultades que, se supone, ya han sido superadas.

Los gobernantes, los que manejan la caja, engendran intencionalmente áreas presupuestarias que les permitan maniobrar con total libertad las partidas, reasignándolas sin consultar, consiguiendo que se le deleguen poderes especiales, expresamente prohibidos en la letra constitucional.

Todos saben cuando aprueban estas normas, que están otorgando potestades que concentran decisiones en un esquema centralizado que todos recitan rechazar pero que terminan apoyando sin reparos.

Los ciudadanos de hoy, ya no pretenden un buen gobierno. Hace tiempo que se conforman con mucho menos que eso. Piden solo migajas de sensatez, un poco de sentido común, algo de integridad personal.

La política no recuperará su reputación de la noche a la mañana, y mucho menos por el mero voluntarismo discursivo de algunos grandilocuentes dirigentes que creen que a la gente se la puede seguir engañando con facilidad. En realidad, eso ya es parte de la historia. En todo caso la gente, sin profundos conocimientos, al menos intuitivamente, se sabe engañada, desconfía sistemáticamente de la acción política y de sus interlocutores y vaya si tiene elementos concretos que le den soporte a esas presunciones.

La responsabilidad de lo que ocurre en el presente no es exclusivo de un sector de la política. Cada dirigente aporta lo suyo a esta farsa, algunos respaldándola descaradamente y otros con una actitud timorata, extremadamente corporativa, defendiendo sus propios intereses y dejando la puerta abierta para que en el futuro los roles cambien y esas arbitrariedades pasen a formar parte de sus propios arsenales partidarios.

El presente asiste a una forma de hacer política que algunos defienden con orgullo por aquello de que el fin justifica los medios y otros sostienen con algo de vergüenza, pero sin mayores objeciones a la hora de su instrumentación cotidiana.

Por eso, la aspiración ciudadana de este tiempo no parece tan disparatada. Pretender que algunos políticos, tomen en sus manos la heroica responsabilidad de recuperar el sendero de la cordura, no implica pedir demasiado y hasta podría ser un objetivo cívico más que razonable.

Mientras tanto, se sigue asistiendo al patético espectáculo de escuchar hasta el cansancio discursos que defienden una forma de hacer las cosas, en las que la incoherencia y las contradicciones se constituyen en el sello distintivo. Todo se resume en el desatino como marca registrada.

FUENTE: INFOBAE

http://opinion.infobae.com/alberto-medina-mendez/2013/09/29/el-desatino-como-marca-registrada/

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