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Democracia siglo XXI

mes

octubre 2014

Xenofobia. Otra vez la hipocresía

xenofobia

Alberto Medina Méndez

Un reciente anuncio oficial cargado de un alto contenido demagógico, propone expulsar con celeridad a los extranjeros que cometen delitos.

Promete ser el nuevo ícono del nacionalismo doméstico, ese que defienden tantos, desde diversos extremos ideológicos. Es increíble que un país que ha sido poblado mayoritariamente por quienes vinieron desde otras naciones, tenga hoy la osadía de aborrecer a quienes han decidido ( como sus propios abuelos ) elegir este lugar para construir el futuro de los suyos.

Es difícil comprender tanto odio, rencor y resentimiento hacia aquellos cuyo único pecado ha sido nacer en ciudades diferentes a las propias. La calidad de un ser humano, su hombría de bien, sus valores, no dependen de modo alguno del ámbito geográfico en el que ha dado sus primeros pasos.

La despreciable actitud de los que clasifican a los individuos según su lugar de nacimiento, muestra una forma de concebir el mundo. Se puede y debe repudiar el delito, la apropiación de lo ajeno, el ataque a la libertad o a la  vida y la integridad física. Pero encasillar a la gente según su nacionalidad, es un síntoma de la creciente degradación moral de una sociedad.

Lo más patético frente a esta cuestión es la hipócrita postura de esos que alientan la deportación de extranjeros frente a delitos no probados, con sumarios abreviados sin garantías procesales indispensables.

Aunque no lo reconozcan, cuando se refieren a “los extranjeros”, solo piensan en bolivianos, paraguayos, uruguayos, peruanos o brasileros. Es que no solo rechazan al forastero, sino que tienen una carga discriminatoria adicional, que mezcla cuestiones étnicas, raciales y prejuicios sociales, una letal combinación de fobias imposibles de justificar con seriedad y sensatez.

Sus “extranjeros” no son daneses, australianos, canadienses, japoneses o franceses. No lo admitirían, pero el extranjero al que se refieren pertenece a una casta inferior, un subhumano. Es lo que creen, pero ni siquiera tienen el coraje de defender su verdadera posición, mostrando entonces otro de sus detestables costados, el de la deshonestidad intelectual.

No son capaces de defender sus ideas con valentía. Saben que el odio no es un valor sustentable y entonces disfrazan su visión xenófoba detrás de razonamientos elaborados que pretenden presentar con suma inteligencia.

Dicen que la sociedad no debería solventar los cuantiosos costos carcelarios que se derivan de enviar a prisión a los extranjeros que delinquen, justificando así la deportación como una solución ingeniosa. Resulta bastante extraño que les incomoden esas erogaciones pero no tengan la misma vehemencia a la hora de repudiar la corrupción estructural de sus compatriotas, al punto de apoyar a esos indecentes dirigentes en las urnas.

Ni siquiera desde lo pragmático resulta razonable apoyar semejante dislate. Si una persona comete un crimen debe responder por ello y eso implica que luego del proceso judicial que lo condene con las pruebas suficientes, es necesario que cumpla con las penas establecidas. Desterrarlo por ser extranjero en un procedimiento reducido, en definitiva bajo un proceso inadecuado, es deambular entre dos riesgosas situaciones. Una posibilidad es la injusta inculpación anticipada, la otra es premiar la criminalidad expulsándolo y evitando entonces que cumpla una pena por sus fechorías.

Las fronteras son solo un invento del hombre, absolutamente artificial y discrecional, que transita a contramano de la naturaleza. Los individuos viven en ciudades, por eso son ciudadanos. Habitan territorios delimitados por la lógica que propone el devenir espontaneo de sus comunidades.

La creación de las naciones, y su producto derivado más exacerbado, el de ese nacionalismo patriotero, le han hecho un escaso favor a la conformación de sociedades pacificas, constructivas y armónicas. Solo han logrado hasta ahora promover enfrentamientos, guerras, divisiones y resentimientos.

La incoherencia es una de las claves de este asunto. Algunos que dicen defender libertades, son los primeros en pretender diferencias jurídicas entre los nativos locales y los foráneos, apoyando leyes como estas que se proponen. Del otro lado, los supuestos “progres”, esos que dicen resguardar los derechos humanos, son los que luego piden normas proteccionistas para la industria nacional atacando a todo lo que provenga de afuera.

Es evidentemente que son demasiados los que tienen un gran desorden de ideas. Sus inconsistencias son muchas y sus argumentos se acomodan según sus sentimientos y no en función de una visión racional y equilibrada.

A la incoherencia se le suma una constante hipocresía en esto de justificar posiciones. A estos personajes los mueven pasiones, los moviliza ese conjunto de abominaciones viscerales y desde una mirada emocional, construyen ciertas tesis solo para disimular. Saben que el odio no puede ser exhibido como algo positivo y entonces tratan de intelectualizar premisas para no quedar tan descolocados.

La xenofobia es un sentimiento detestable. Los que odian a los extranjeros no lo reconocen con sinceridad e intentan camuflar sus ruines sensaciones. Ellos saben de su indigna conducta, pero la misma debe ser considerada solo como una renovada versión de la más absoluta hipocresía e inconsistencia del pensamiento contemporáneo.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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“Fenómeno pensable”

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (miércoles 22-10-2014)

El Universal

Fenómeno pensable

 

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La caída de la política

Artículo de Teódulo López Meléndez en Diario “Tal cual” (Lunes 20-10-2014)

Tal Cual

Política

 

ow.ly/D3lwM

Todo termina algún día

Todo termina

Alberto Medina Méndez

En la política, como en la vida misma, todo se termina, todo finalmente concluye. El delirio de algunos personajes nefastos puede hacerles creer que su presente es eterno. El poder obnubila, las “alfombras rojas” marean y determinadas circunstancias pueden hacer que un ser humano pierda contacto con el mundo real, al punto de creerse un monarca, sin registrar que es solo un dirigente elegido por una minoría ciudadana ocasional.

La historia de la humanidad corrobora empíricamente esta visión en muchos de sus tramos. Ni los imperios más vigorosos pudieron sobrevivir en el tiempo y un día concluyeron su ciclo, pereciendo invariablemente. Las crónicas muestran cierta continuidad en esos procesos, pero en realidad fueron momentos de gloria y abrumadores fracasos, en forma intermitente.

El fatalismo puede hacer creer que todo está mal, que será peor aún y que las sociedades están condenadas al sufrimiento eterno. Eso no se ajusta a lo que ha sucedido cuando se reconstruyen los hechos del pasado.

No menos cierto es que esos periodos de euforia y posterior deterioro pueden durar más, o a veces un poco menos, según cómo reacciona la sociedad. Con actitudes más serviles y de resignación, pueden prolongarse en el tiempo. Cuando la gente reflexiona y pone límites a los desmadres, los plazos se acortan dando lugar a una nueva fase, que no necesariamente será mejor, pero que con otros ingredientes garantiza ser diferente.

Los populismos ya han demostrado su gran capacidad de mutación, han exhibido su talento para reaparecer de tanto en tanto, aunque no necesariamente con los mismos protagonistas. Su accionar no se extingue para siempre, sino que solo se agazapa para luego volver al ruedo.

Probablemente eso sucede porque la gente cree que el problema es su gobernante circunstancial, sin comprender que la cuestión de fondo pasa por sus propias ideas aplicadas a lo cotidiano. Supone, ingenuamente, que si se desprende del personaje de turno, todo se resolverá mágicamente, sin entender que es muy probable que pronto surja otro caudillo para continuar la dinámica de su predecesor, sin siquiera mencionarlo, asumiendo una nueva etapa fundacional, para hacer más de lo mismo.

Varios países están viviendo este proceso de inexorable salida de una fase política. Los mandatarios actuales se resisten a aceptarlo y sus seguidores también. La impotencia los invade y por eso toman medidas que son mucho más insensatas que las habituales. Estos personajes suponen, equivocadamente, que profundizando la línea de acción seleccionada, que redoblando la apuesta, evitarán su ineludible derrotero.

El futuro de muchas naciones es mejor que su presente. Es probable que alguna cuota de cordura y sentido común llegue pronto. No es que hayan comprendido la magnitud de los errores, sino que la inviabilidad intrínseca del populismo obligará a los nuevos liderazgos a corregir rumbos. Esto no ocurre por convicción, sino porque no les queda otra posibilidad frente a los desvaríos del pasado y la herencia recibida que deberán administrar.

Cualquiera sea la razón, lo cierto es que los líderes contemporáneos culminarán sus mandatos, y eso ocurrirá irremediablemente, aunque ellos no lo puedan aceptar. Seguramente, sus mentes enfermas de autoridad, no pueden asumir el duelo que implica la pérdida de poder. Es que sus excesos tienen costo porque nada es gratis. Un día los mismos que los aclamaban, demandarán su retiro y hasta desearán su encarcelamiento por los abusos.

Lo que viene será seguramente mejor. Ya no porque la gente haya comprendido la magnitud del problema ni las implicancias de las decisiones del pasado, sino porque cierta racionalidad resulta imprescindible para retomar el sendero de lo posible, de lo admisible y realizable.

El populismo puede construir una fantasía durante algún tiempo, pero  tarde o temprano, sus dislates se convierten en inconsistentes contradicciones, configurándose en la causa central de la debacle. Son los populistas de siempre, los que se han cavado su propia fosa. Sus desatinos y disparates, su desconexión de la realidad, constituyen la razón principal de su retroceso y de esta humillante forma de abandonar el poder.

Por algún tiempo, pensaron que eran individuos iluminados, superdotados, que eran los “elegidos”, sin darse cuenta de que solo fueron convocados por la ciudadanía para administrar una porción del presente y siempre con fecha de vencimiento. Les ha faltado la humildad de los grandes. Sus egos los han traicionado, colocándolos en un lugar en el que nunca estuvieron. Fueron los aplaudidores de siempre los que los han elogiado desproporcionadamente haciéndoles creer que eran superiores.

La realidad está haciendo su parte y ahora se acerca el momento de vivir la etapa del declive, de esa cruel fase en el que los mismos que los apoyaban los reprueban, hasta el punto de ponerse en las filas adversarias para provocar su ocaso. No es más que el precio de los errores propios.

La gente lo sabe, o al menos lo intuye, aunque el pesimismo a veces juegue una mala pasada. Todo concluye en algún momento. Inclusive lo que vendrá también se agotará alguna vez. Aunque los que gobiernan se resistan, se enfaden y pataleen como un niño con berrinche, no lo podrán evitar. Todo termina algún día.

albertomedinamendez@gmail.com

 

El viejo libro del capitán Hart

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario El Universal (miércoles 8-oct-2014)

 

Hart

http://www.eluniversal.com/opinion/141008/el-viejo-libro-del-capitan-hart 

“Gas del bueno” en Hong Kong

Artículo de Teódulo López Meléndez en diario “Tal Cual” (Lunes 6-oct.2014)

Tal CualHong Kong 2

http://ow.ly/ClqCB

Las primera vuelta brasileña

Audio de Teódulo López Meléndez

Dilma Aécio

 

http://www.ivoox.com/primera-vuelta-brasilena_md_3575461_wp_1.mp3″ <a href=”http://www.ivoox.com/primera-vuelta-brasilena-audios-mp3_rf_3575461_1.html&#8221; title=”La primera vuelta brasileña”>Ir a descargar</a>

La miserable conducta oficial

cortoplacismo

Alberto Medina Méndez

Que la política decide con los mezquinos parámetros del corto plazo no es una novedad. Al menos no en estas últimas décadas en las que la dinámica de una democracia mal entendida y peor interpretada empuja a priorizar el escenario electoral más cercano sin que el futuro importe demasiado.

Sorprende como se empieza a naturalizar en la comunidad, a considerarse no solo habitual sino también normal, esta lógica canalla que parece atravesar a la política en todos sus estamentos y jurisdicciones.

No se trata de un fenómeno exclusivo de los populismos, aunque justo es reconocer que en ellos esta actitud brutalmente inadecuada se exacerba, tomando potencia y mostrando su peor costado.

Preocupa que este esquema del “sálvese quien pueda” haya calado tan profundo en la mente de los gobernantes que administran la coyuntura sin importarles lo que ocurrirá más adelante. Es exactamente al revés de lo que sucede en la vida familiar. Los padres siempre tratan de pensar en el futuro de sus hijos trascendiendo el tiempo de vida que les toca acompañarlos.

Los gobernantes comprenden muy bien lo que están haciendo, entienden cómo funciona el poder y las consecuencias que generan sus políticas en el mediano plazo. Saben que el dinero que están gastando hoy, habrá que pagarlo cuando lleguen los vencimientos de sus deudas, esas que asumen ahora sabiendo que tendrán que cancelar otros gobiernos más adelante.

Conocen también el impacto de sus prácticas inflacionarias de emisión artificial de dinero. Son conscientes de que los que los sucedan en el poder tendrán que hacer un sacrificio enorme y serán “los malos de la película” cuando deban acomodar la caja, reducir gastos y eliminar el despilfarro.

Se dan cuenta de las torpezas que han cometido designando funcionarios y empleados a mansalva, incrementando el gasto estatal y comprometiendo a las generaciones venideras a hacerse cargo de un costo descomunal. Esto no sucede involuntariamente. No les cabe la ignorancia como justificación. Lo hacen a conciencia, lo que los convierte en verdaderos miserables.

La clase política, que muchas veces funciona como casta, no dice mucho al respecto porque cada uno de los integrantes de esa actividad, lo ha hecho en el pasado, tal vez en magnitudes menos relevantes, y es posible además que deba terminar recurriendo a mecanismos similares muy pronto.

La democracia moderna no ha encontrado aun resortes institucionales para protegerse de estas despreciables posturas tan frecuentes en la política contemporánea. Se habla de acotar el gasto estatal y evitar el déficit en el presupuesto. Pero eso no ha sucedido. El Estado es aún hoy el botín de los que ganan elecciones, esos que saquean las arcas públicas desde que llegan hasta que se van.

Los ciudadanos están indefensos ante esta actitud corporativa que no distingue entre partidos, sino que muestra matices de una postura uniforme. Algunos parecen más sensatos y prudentes, otros más irresponsables y ruines.

La sociedad debe hacer un gran esfuerzo y despertar. Parece no registrar los hechos. Es probable que se haya resignado pasivamente, y entienda que esa inmoralidad es parte esencial de las inalterables reglas de juego.

El endiosamiento a la democracia ha logrado que situaciones como estas sean asumidas como un simple daño colateral, un mero mal necesario y solo parte del paisaje. Tal vez no se ha dedicado el tiempo suficiente para que la ciudadanía encuentre artilugios de contrapeso que condicionen a la política a la hora de tomar decisiones que comprometen el porvenir.

En este tema existen dos planos. Uno es el de lo fáctico, ese en el que los mecanismos institucionales deben funcionar como un verdadero límite para evitar estas trampas que la política utiliza para gestionar el presente legando los efectos adversos al que viene. Por otro lado, está lo moral, y es allí donde la condena debe ser despiadada por parte de la ciudadanía. Si la gente no crítica con contundencia no solo verbal, sino electoral, a quienes ejercen estas prácticas, la clase política lo seguirá haciendo porque no tiene señales disuasivas que le indiquen el umbral aceptable para la sociedad.

Está muy mal derrochar irresponsablemente los recursos de la gente, pero mucho peor es hacerlo conociendo las reales consecuencias de esa acción sin detenerse por la ausencia de escrúpulos. El desafío de la sociedad pasa por descubrir pronto engranajes formales que impidan estas inmorales acciones. Es imperioso hacerlo si se pretende conservar a la democracia como un valor de este tiempo. Pero no menos importante es empezar a castigar con eficacia estas actitudes con señales claras, sin ambigüedades, mostrando repudio genuino frente a estas indignidades explicitas.

Un gran primer paso es identificar a los inmorales y no jugar su juego, ese que invita a seguirlos porque los otros son peores. Cabe intentar comprender que los procesos políticos implican etapas, que los eventuales sucesores, son solo un descarte frente al resto y no los legítimos héroes que harán lo necesario. La idea es evolucionar. Para eso no solo es preciso que los gobernantes cumplan su mandato y se vayan desprestigiados, sino que los que vengan, sepan que la sociedad está despertando y que algunas conductas serán inadmisibles. Es posiblemente el único modo de minimizar esa nefasta tradición y desterrar para siempre la miserable conducta oficial.

albertomedinamendez@gmail.com

 

La maldición de Pío Tamayo

Pío Tamayo

Luis Marín

De José Pío Tamayo puede decirse con toda propiedad que fue un hombre desafortunado. Ninguna de las empresas que emprendió, fueran económicas, políticas e incluso literarias, arribó a buen puerto. Todas, sin excepción, naufragaron en las tormentas del camino.

 

La tiranía militarista bolivariana de Juan Vicente Gómez lo enterró en vida en el Castillo de Puerto Cabello en 1928 sentenciando que no saldría de allí sino muerto, lo que cumplió a cabalidad porque sólo tuvo una breve dispensa, precursora de lo que hoy llamarían “casa por cárcel”, para morir miserablemente en Barquisimeto el 5 de octubre de 1935, apenas dos meses antes que su verdugo.

 

En todas las culturas existe un personaje, a veces maléfico a veces sólo travieso, como el diablo de la imprenta, un hado o un jorobadito, que tuerce las cosas, trastoca las señalizaciones de la ruta, se burla de pronósticos, frustra nuestras mejores intenciones y genera los resultados más inesperados.

 

En Venezuela, por alguna razón misteriosa, se prefiere atribuir este papel a una “mano peluda” que siempre está interfiriendo desde las sombras para desquiciar el curso del destino o quién sabe si, visto de otro modo, no sea más bien su agente encubierto para lograr que sea lo que tiene que ser.

 

En el caso de JPT esto es particularmente notorio, considerando que él no aparece a la hora de los homenajes y hasta monumentos conmemorativos de la llamada Generación del 28, con el argumento casi unánime de que “no era un estudiante”. Extremando el argumento, ni siquiera era de esa generación porque ya frisaba los treinta años mientras los demás andaban en sus veinte.

 

Lo curioso es que ese argumento que parece plausible para excluirlo de toda mención, no lo fue al momento de la organización del evento central de la Semana del Estudiante en el Teatro Municipal, en que Pío Tamayo recitó su famoso “Homenaje y demanda del indio”, que produjo tanta conmoción y que, al fin y al cabo, le costó la vida.

 

¿Qué mano peluda puso a JPT allí, en el centro de la escena, para que dijera lo que dijo? ¿Por qué él y no otro, entre quienes había tantas plumas finas, como la de Andrés Eloy Blanco?

 

Cuenta Isabelita Jiménez Arráiz que le advirtió, cuando le leyó el poema en su casa: “Pío, tú sabes que de allí sales preso”. Y más tarde en una nota clandestina a la prisión: “fíjate que todos los demás salieron y tú te quedaste, eso fue lo que ganaste”.

 

Pero Pío reaccionó muy airadamente al primer comentario: ¡déjate de veletismo! Y a   éste segundo más bien con cierta melancolía, comparándose con aquellos árboles que echan sus semillas al viento, sin saber dónde van a retoñar.

 

“Así he sido yo. No creas que esto se acaba. Esto, como las flores del samán, va a volar por todo el mundo. Y tú no supiste comprender que así era mi palabra. La palabra de Pio Tamayo está en estos momentos volando por el mundo entero. De manera que mi palabra no ha muerto y va a germinar. Y tú vas a ver que será como el samán que donde menos se espera salen nuevos samanes.”

 

Pero JPT murió en silencio, sin salvas, manifiestos, ni duelos públicos, salvo el de sus antiguos peones que quisieron cargarlo hasta su última residencia en la tierra.

 

CUIDADO CON LOS POETAS

 

El drama es más o menos así: el indio se lamenta de que le han raptado a su novia y suplica a la Reina Beatriz I que mande a sus súbditos, los estudiantes, que vayan a buscarla. Su novia se llama… ¡Libertad!

 

Misteriosamente desde entonces la sociedad venezolana ha descargado sobre los hombros de los estudiantes esta tarea. Son los llamados a buscar la libertad y a ser sus custodios, en un país devastado por sempiternas tiranías militaristas bolivarianas.

 

Esa situación perdura en nuestros días y esa dialéctica de prisión y rebeldía parece ser el sino de nuestra historia, magistralmente simbolizada con su vida y condensada en muy pocas palabras por José Pío Tamayo, con plena conciencia de su trascendencia.

 

Su cárcel fue ejecutiva, sin la charada de un juicio con acusaciones rebuscadas como estilan los militares de hoy en día, sino que fue encerrado arbitrariamente y punto, bajo vagos señalamientos de ser comunista, agente de alguna fuerza antinacional y el todavía más indemostrable de haber traído las huelgas a este país.

 

Pero simultáneamente era repudiado por los comunistas, que entonces todavía abrigaban la pretenciosa idea de contar con una concepción científica de la sociedad y el Estado, por lo que lo despacharon como un iluso idealista.

 

Sólo muy tardíamente trataron de reivindicarlo como una suerte de precursor del socialismo, basándose sobre todo en sus clases en el Castillo Libertador; pero lo cierto es que él no se definía a sí mismo como comunista sino de “idealidad avanzada”, lo que, por supuesto, era un anatema.

 

Desde los orígenes del pensamiento occidental, los poetas han sido considerados siempre como poco confiables en política, en particular porque privilegian los sentimientos en detrimento de la razón, que es el eje de la acción política.

 

Nada puede estar más alejado del cálculo frío, de la pretensión de un “comunismo científico”; ni igualmente equidistante de la mezquindad acomodaticia de los corifeos del gomecismo. El sino de Pio Tamayo es, pues, la incomodidad, la molesta inquietud que causan aquellos que no pueden encasillarse fácilmente.

 

JPT nunca se ganó un premio literario, no fue objeto de homenajes ni reconocimientos, aún en la actualidad, en que la más reciente tiranía militar bolivariana quiso elevarlo de forma oportunista a las honras del  Panteón Nacional, con la manifiesta oposición de sus familiares y amigos, este propósito se extravió en los vericuetos de la burocracia oficial.

 

Igual suerte corrió la solicitud de darle su nombre a la nueva Sala E de la Biblioteca Central de la UCV, donde su Cátedra ha funcionado por más de treinta años. Las autoridades de esta ilustre casa de estudios prefirieron darle el nombre de Francisco de Miranda, esto a pesar de que la antigua Sala E ya se llamaba así, con lo que hay dos salas homónimas y sin contar que así se llama el Estado Federal lindante con la Universidad, la principal avenida central de Caracas y ser éste un militar sin ningún vínculo conocido con la Universidad.

 

Ora por presiones del gobierno o quejas de la oposición oficial, las autoridades fueron más allá declarando a la Cátedra Pío Tamayo como un “ente externo” a la UCV, para desembarazarse de la incomodidad que causan las opiniones que allí se ventilan.

 

Debe ser el único caso en la historia universitaria en que toda una Cátedra es expulsada de una Universidad por motivos de opinión.

 

Así que cercano a los 80 años de su muerte, la nube negra sigue gravitando sobre la cabeza de JPT y por lo que se ve, de cualquiera que se le acerque o invoque su nombre.

 

EL ALA LUMINOSA

 

Otro aspecto incomodo que trae el caso de JPT es constatar que aún bajo las tiranías más abyectas hay gente que la pasa estupendamente bien. Aunque haya que reconocer que no sólo bajo el gomecismo existía un ala luminosa, es seguro que puede rastrearse una cáfila de privilegiados a la sombra de cualquier tiranía que haya padecido este país, incluyendo la actual tiranía filo castrista.

 

El más sobresaliente fue por supuesto Arturo Uslar Pietri, que sí era de la generación del 28, pero al contrario de sus compañeros que se debatían entre la cárcel y el exilio, estaba cómodamente en París junto a la legación gomecista y su familia, que vivía en Maracay en la vecindad del tirano, tenía con él una relación intima, más que amistosa.

 

Pero también estaba José Gil Fortoul, paisano de Pío Tamayo, de cuyas diligencias a su favor no existen evidencias y no parece que hayan mejorado su situación en cautiverio sino todo lo contrario,  al parecer las empeoró.

 

Son famosos Laureano Vallenilla Lanz, Pedro Manuel Arcaya; pero sería arduo e injusto tratar de nombrarlos a todos porque siempre quedan muchos fuera y además la cuestión central es desbaratar el mito de que las tiranías militares no gozan de apoyos ilustres e incluso de fervor popular.

 

Lo cual crea una eterna controversia de carácter moral, porque no se sabe quién tiene al final la razón, si unos u otros: ¿Qué hubiera pasado si JPT hubiera leído un panegírico de JVG como hacían tantos? ¿Hubiera sido más inteligente de su parte? ¿Le hubieran premiado con una beca al exterior en lugar de la feroz persecución que le tocó sufrir? ¿Cuál sería hoy su imagen? ¿Qué partidarios tendría?

 

La sola mención de Pío Tamayo vuelve a plantear ese doloroso dilema: pensemos en los privilegiados de la actual tiranía. Los mismos que persiguen hoy la memoria de JPT, que quisieran borrarlo de todo recuerdo son los que advierten la herida social que representa, el vivo contraste entre el martirio y la exuberancia.

 

JPT desafió a la tiranía de JVG no con las armas, como había sido la costumbre hasta ese momento, sino con la palabra, con el verbo encendido, un enemigo nuevo que incomodaba al régimen y contra el que no estaba preparado para luchar.

 

Esto fue una ruptura con las montoneras propias del siglo XIX, con las intentonas cuartelarías y las invasiones que eran las formas de acción tradicionales, para dar inicio a una nueva concepción de la lucha política, no militarista sino civilizada. Venezuela entraba sin retorno al siglo XX.

 

Pero hay otra cuestión embarazosa. Cuando Pío Tamayo tiene la  osadía de pararse en el medio del escenario del Teatro Municipal para decir: “Soy un indio tocuyo, yo”; estaba desafiando también a la buena sociedad, que no era exactamente una aristocracia, pero tenía pretensiones de ascenso, lo que desencajaba con ese discurso.

 

Y este es otro problema de Venezuela, el de una sociedad de castas que no termina de asimilar los valores democráticos, por lo que las relaciones se enredan en hipocresía, impostura y simulación. Las élites no han cedido nada, solo se llevan sus prejuicios racistas a la alcoba y no los ventilan en público para conservar la corrección política.

 

La gran ventaja de Pío Tamayo es que nunca podrá ser el centro de ninguna escuela, ni política ni literaria, las élites no podrán sacarle provecho porque no está dado para el éxito sino para el fracaso, no para el oropel sino para la fría oscuridad del calabozo.

 

“¿Somos simplemente unos líricos, los últimos románticos quizás o somos los revolucionarios sanos de conciencia e infantiles de corazón que necesitan los pueblos, útiles para sacrificarse, inútiles para triunfar, pero indispensables siempre para la mejoría de la humanidad?”

 

Una vez más los hijos de apellidos de mucho lustre y abolengo, que abusan del inmenso poder de que disponen para perpetrar el feo vicio del auto-homenaje, le niegan el más mínimo espacio a los “humillados y ofendidos”; no es solo que nieguen el derecho de petición, sino que ni siquiera responden, así sea negativamente, lo que los asemeja más al gobierno títere, que tanto repudian.

 

Misteriosamente, el hijo de Dios resulta ser no el hombre exaltado sino el escarnecido.

 

 

 

 

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