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Democracia siglo XXI

mes

enero 2013

El país holográfico

holografía 1

Teódulo López Meléndez

Caracas está aquí. Uno la puede percibir en todos sus sonidos y olores. Es falso que haya dejado de existir. Uno puede ver las bolsas de basura amontonadas y oír el incesante corneteo de los ciudadanos por cualquier nimiedad, apresurados como van a no se sabe dónde, haciendo uso de su cornetas porque una anciana esté cruzando la calle.

Para no tener dudas uno mira hacia el norte y allí está la montaña mágica, el Ávila, aunque sus colores no coincidan con la hora, tal como nos tiene habituados.

Todo está en orden, la ciudad está aquí. Uno cruza hasta el supermercado y la escasez es brutal y la inflación un inmenso mamut. Los portugueses de la panadería se las arreglan para hacer el producto, aunque sepa a todo menos a harina de trigo. ¿Quién ha osado decir que la ciudad ya no está? Baste comprobar los motociclistas exigiendo paso y atropellando, abusivos y sin ley.

Baste salir un poco o conversar con los conocidos para enterarse de los últimos asaltos. No se logra entender quien ha osado proclamar que esto ya no existe. Baste ir al kiosco del vecindario para enterarse de las últimas intemperancias y de la violencia política.

Admitamos que la ciudad ha sobrevivido, pero que ha quedado aislada, que ha sido levantada como un último recuerdo. Veamos al país. Entonces uno verifica los accidentes de tráfico diarios por el mal estado de la vías o se sugiere un viaje al litoral central para reposarse en la playa y encuentra la misma vieja autopista agotada de la época perezjimenista y los nuevos edificios de la “Misión Vivienda” como una reproducción de la época soviética, pajareras atravesadas allí para connotar que será imposible algún desarrollo turístico futuro.

Debe ser un error. Volteemos la mirada hacia oriente u occidente. No hagamos caso de los reportes de los amigos. Son unos exagerados. El país existe. ¿Quién se atrevió a decir que había desaparecido?  Baste mirar al gobierno con su juego sobre la salud del presidente y observar cómo se alimenta con los sucesos de abril de 2002 en el mismo instante en que se niega una solicitud de gracia a un hombre enfermo apellidado Simonovis.

Es falso de toda falsedad que el país no exista. Está aquí, lo vivimos, no hay piedad. El país se alimenta de una cotidianeidad morbosa, de un deterioro establecido como norma. Uno recurre a la tecnología y todos los mapas muestran que existe, no ha desaparecido, es uno sin calidad de vida, quizás deberíamos decir que sin vida.

Sólo que las dudas asaltan. Si el país es real ¿cómo resulta imposible e inmodificable? Uno mira entonces las noticias para verificar que se suceden. En efecto, hay sucesos, los políticos declaran, el gobierno no gobierna, la oposición no hace oposición, todo se mueve para quedar en el mismo sitio. El país parece vivir en la más absoluta normalidad. ¿Cómo puede alguien dedicarse a verificar que existe? Claro que existe, los coches abruman y ya no caben, la gente va por las calles, la gente compra lo poco que se consigue, sus voceros públicos hablan. Una constatación mayor lleva a encender estaciones de radio y televisión y se puede ver que funcionan, los teléfonos suenan, hasta el clima parece ser el habitual de estos primeros meses del año.

La explicación debe estar en otra parte. Alguien ha incurrido en una suplantación. Esto no existe. Debe estar atravesada alguna patraña. Esta presencia debe ser falsa. Esto no puede ser real porque carece de espíritu. Las voces son repetitivas. No hay una ruptura que indique un cuerpo vivo. Esta realidad supone una monotonía no propia de un organismo que mueva adrenalina. Hay que averiguar que sucede. Esto parece, pero no es. Esto tiene todas las características de un simulacro, de una falsificación.

Hasta que al fin damos con el hecho. Alguien se llevó a la ciudad y al país. Alguien, con propósitos altruistas, de detener el deterioro, nos dejó una versión holográfica para impedirnos ver como seguimos cayendo. Esa alma caritativa nos impuso una visión holográfica de cuando aún era posible subsistir. Lo que ahora tenemos es un país holográfico y no estamos muy seguros las holografías sean modificables.

tlopezmelendez@cantv.net

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Mundo de enero

Celac-UE

 

Audio de Teódulo López Meléndez

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El imperio de los contrasentidos

sentido 2

 

Teódulo  López Meléndez

“La problemática constitucional no es un problema de derecho sino de poder, ya que la verdadera constitución de un país sólo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen. Las constituciones escritas no tienen valor ni son verdaderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la sociedad”.

 

Ferdinand Lassalle

 

Aún cuando todavía perviven sendas disquisiciones constitucionales sobre lo sucedido en Venezuela, la realidad muestra el poder de los hechos. Estamos ante un gobierno de facto cuya legitimidad nadie pone en duda, lo que no supone para nada una contradicción y, si la supusiese, la misma no sería más que una ratificación del poder.

No se trata de esa bizantina discusión que parece haber asaltado en los últimos días a sectores oposicionistas separados entre supuestos “radicales” y contemporizadores “comeflor”. Se trata de una ausencia total de inteligencia a la hora de ejercer el nada fácil oficio de opositor. Parecen ver con gríngolas, son incapaces de evitar las flagrantes contradicciones y, ante el sector del país que los acompaña, se muestran o como decididos valientes que llaman a la acción o como visionarios que andan escudriñando el tiempo futuro. Los primeros buscan posicionarse ante el sector que se desespera y lo segundos conservarse en un presente que saben largo pero ante el cual dejan a la vista su más que absoluta inconsistencia.

Toda esa legitimidad que amontona el gobierno se origina –muchos parecen olvidarlo- en la victoria electoral obtenida en la última elección presidencial. Lo de facto le viene porque quien ganó esa elección se llama de otra manera y está fuera de circulación sin que sepamos los detalles de ese estacionamiento. Aún así, han incurrido en torpes retahílas de amenazas, innecesarias, si miramos la realidad real de que ejercerán el poder por el período señalado.

La coalición con propósitos electorales que aglutina a los viejos partidos –y a nuevos con mañas antiguas- no puede generar una alternativa de país dado que en sus mismos genes se mueven las células del pasado, la piel del pasado, el planteamiento de hace medio siglo. Frente a ello he insistido en la necesidad de una “tercera opción” a la que he dotado de un cuerpo conceptual, no sin admitir que el país debe vivir lo que debe vivir y que este cuerpo social es aún inepto para asumir su propio destino.

La última afirmación no parece novedosa si miramos a nuestra historia o leemos los llamados de los intelectuales que en el pasado tuvimos. Nuestros comienzos de siglo se asemejan, con la diferencia de otra ausencia, la patética de la inteligencia que tuvimos en décadas pasadas.

Esta sociedad opacada fabrica héroes que aparecen desde el exterior, sin darse cuenta que héroes no necesita; le bastaría una clase política inteligente, pero este es el país de las ausencias, temporales o definitivas.

Seguimos, pues, viviendo los intrascendentes acontecimientos a lo que nos somete la cotidianeidad. Así, la fracción parlamentaria oposicionista convocó a una marcha el 23 de enero para tratar de demostrar no era un inútil adefesio. Así el gobierno convocó la contramarcha, pues parece inmerso en un síndrome incurable. Así, la oposición suspendió la marcha, lo que no constituyó ninguna sorpresa. Así, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se limitó a un acto en el este de Caracas para “relanzarse”, siendo obvio que lo que se relanza es porque al suelo cayó. Así, el gobierno celebró la caída de la última dictadura militar bajo la consigna de apoyo a Chávez quien, por cierto, ofreció a ese dictador su regreso al país y reivindicó su gobierno, gesto muy propio de este régimen militar-cívico imperante en el país. Uno se atrevería a decir que esta cotidianeidad es miserable.

Ha muerto estos días Nagisa Oshima, director del controversial film “El imperio de los sentidos”, que si no recuerdo mal fue titulado así como una ironía al El imperio de los signos de Roland Barthes, muy marcado el director japonés por Georges Bataille. En esta larga película venezolana no se trata de sexo explícito. Se trata de mediocridad explícita. Este país es el imperio de cualquier contrasentido.

tlopezmelendez@cantv.net

El río color de ceniza

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Teódulo López Meléndez

Alea iacta est (“La suerte está echada”) exclamó Julio César ante el Rubicón, para agregar en griego de Menandro, su dramaturgo preferido, “Qué empiece el juego”.  Desde entonces, y hasta nuestros días, la frase se ha convertido para la política en una expresión clara de comenzar un episodio que no permite el regreso, que no autoriza una vuelta atrás, el inicio de una acción irreversible hasta sus últimas consecuencias.

Es de extrema peligrosidad cruzar el Rubicón. Se aconseja para la flexibilidad del juego político no cruzar el Rubicón. Para Julio César, aún teniendo detrás las legiones estacionadas en Galia, cruzar el Rubicón era peligroso ante la república romana. Hasta Julio César vaciló ante el río turbio.

Los envalentonamientos teniendo la legalidad son una cosa. Envalentonarse desde su duda, otra. Envalentonarse desde una situación de facto implica multiplicar los riesgos de cruzar el Rubicón. Hemos asistido en seguidillas a todas las amenazas, con formas distintas, desde la proclamación de una condena a lo que han llamado “formalismos burgueses” hasta la proclamación de la doctrina oficial bajo un resumen rotundo que formulamos en ejercicio de la síntesis: “Hacemos lo que nos da la gana”.

No puede ser considerado un gobierno de Iure el que está instalado en una república presidencialista que no tiene presidente. Es, obviamente, un gobierno de facto. No lo ha dotado de legalidad una decisión de un poder dependiente con su barniz aguado. No sabemos si la escalada de envalentonamiento viene de un temor oculto, más bien pensamos proviene de un complejo, uno que llamaremos “complejo de golpe”, aproximando este al que siente el secuestrado por sus secuestradores, aunque en el caso narrado lo sientan los últimos.

No se trata de desconocer a un vicepresidente, como erróneamente ha señalado algún columnista. Se trata de reconocer que no existe un presidente en funciones de su cargo. Se trata de mantenerse coherente con todo lo que se ha dicho de la decisión del Tribunal Supremo de Justicia y con todas las solicitudes, vía cartitas, a la OEA, Mercosur y el Parlamento Latinoamericano. Se trata de mantener un principio, no de desconocer la situación de facto. ¿Con qué cara la oposición escribe a organismos internacionales pidiendo pronunciamientos y reuniones de urgencia con sus gobernadores instalados en el Consejo Federal de Gobierno o con sus diputados instalados en la sesión de la Asamblea Nacional cuando el texto constitucional dice que “personalmente” el Jefe del Estado deberá presentar Memoria y Cuenta?

No se trata de desconocer a un vicepresidente. Se trata de reconocer que el gobierno de la república es de facto, lo que es muy distinto Vladimir Villegas. Y se reconoce la existencia de un gobierno de facto porque la oposición es absolutamente incoherente, desmelenada y sin fuerza. Al asistir a los actos mencionados se reconoce la legitimidad del de facto. Ello podría significar para la oposición un cruce inocente del Río Turbio de Variquecemeto (voz chaquetía, río color ceniza), sin legiones, Ramón Guillermo Aveledo. No se trata, pues, de desconocer al vicepresidente Maduro- está allí, habla y manda-, se trata de calificarlo, lo que es muy distinto Vladimir Villegas.

Un gobierno de facto se caracteriza por quebrar el ordenamiento constitucional, hacer surgir formas “extrañas” de generar Derecho, concentración de todos los poderes del Estado, reconocimiento internacional –como lo tiene el de Maduro- en base al principio de efectividad, es decir, es obedecido como poder estatal en su territorio.

Un gobierno de facto es un sujeto de Derecho, especialmente del Internacional, por lo que no entiendo aseguren no tendrá validez alguna lo que firme. Pueden imputársele deberes y poderes. Si gobierna sobre su territorio tendrá legitimidad para comprometer al Estado con sus actos. Por lo demás, la jurisprudencia internacional ha dicho en repetidas ocasiones que los actos de los gobiernos de facto obligan internacionalmente al Estado. Es la legitimidad lo que ha otorgado la oposición al presente gobierno de facto,  es la legitimidad.

Pero al lado de la disquisición jurídica, la cual ruego me disculpen, está la practicidad política. En la presente situación venezolana, mientras el gobierno de facto amenaza y la oposición cruza el río color ceniza,  hay otro factor de hecho. No se podrá mantener por mucho tiempo, más bien lo veo corto, este gobierno como uno de facto, por lo que la única manera de convertirse en uno de Iure es convocando a elecciones. Medir los tiempos del presidente enfermo y contrastarlos con las del aspirante Maduro puede ser una práctica que nos conduzca de nuevo al teatro peligroso, vamos a llamarlo del absurdo, con las consecuentes disculpas a Ionesco, porque citar a Menandro fue cosa de Julio César.

Las condiciones de esas elecciones y sus previsibles resultados son otro tema, objeto de otro banal texto que escribiremos. Peor sería escribir uno sobre un aplazamiento indefinido.

tlopezmelendez@cantv.net

El kitsch avanza por la pantalla: liberar la sala Plaza de pentecostales

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Por Ricardo Viscardi

Marx sostenía que “la historia avanza por el mal lado”, en cuanto el impulso revolucionario también se prepara a través de los golpes marrados[1]. La ocupación de la pantalla invierte esa fatalidad del porvenir, ya que adopta lo más previsible para convertirlo en éxito. De Marx hasta Eco hemos ganado en mentar, es decir, en usar los signos en aras de los designios[2],  antes que para transformar la realidad según un destino trascendente.

Este salto intransitivo de la transformación semiótica explica que el kitsch haya sido dudosamente promovido, de criterio estético a política de Estado, en un sentido contrario al de la Reforma del Estado tupamplista[3], que se propone convertir a los funcionarios públicos en feligreses de la eficacia privada. En cuanto intentamos birlar una sala culturalmente estratégica a la Iglesia Dios es Amor  (pentecostales), estamos librando una batalla por la escena, que hoy sólo se entiende tal como los pentecostales la libran, en tanto efecto local de una pantalla global.

 Ante el avance religioso en terreno cultural deprimido, el sentimiento predominante en la comunidad uruguaya se sazona de cierto desencanto, que conoció un episodio inaugural hacia fines de los 80’, con el comienzo de las emisiones de propaganda de fe en la radiofonía uruguaya.  No se trata ahora, ni tampoco se trataba por entonces, de una desaprobación particular de la iglesia Dios es Amor (ni de cualquier otra creencia, inclinación o desviación de las costumbres), sino de una percepción medular que  vincula la difusión cultural con la laicidad en materia de religión. Esta inclinación colectiva uruguaya viene a ser confirmada, entre la opinión pública, por el saco roto en que han caído las convocatorias de la propia Iglesia Católica, que recientemente condenó el matrimonio igualitario y la interrupción voluntaria del embarazo.  El sentimiento arraigado por estos lares confirma que cierta gema destella, en el confín de la comunidad, confiada a una secularización radical de las creencias.

Cabe anotar incluso, que la convocatoria a devolver la sala del Plaza a la escena artística, en cuanto se afana declarativamente en descartar cualquier finalidad anti-religiosa[4], pauta cierto repliegue de la inclinación propia de la tradición uruguaya. En particular, porque no parece que  un credo que predica una realidad milagrosa,  pudiera utilizar la sala Plaza para favorecer la sensibilidad civilista, crítica y universalista que pauta la tradición del mismo país.

 Si a lo anterior se objetara que el Estado uruguayo ha discernido, en el propio monumento a Iemanjá, iguales derechos a la representación cultural para todos los miembros de la ciudadanía, cabría acotar que en la engorrosa atribución de tal universalidad ciudadana consiste el galimatías político del presente. Como el mismo término lo invoca, un galimatías no consiste en la acepción unívoca y ordenada, sino en la profusión textual que no llega a orquestarse en un único orden de lectura. Cierto “universalismo de la diferencia”[5] supone que la identidad ancla en cada quien y no en la igualdad de cada uno por separado, por más que tal igualdad denunciara su frivolidad en la proverbial sentencia “algunos son más iguales que otros”. En cuanto estampa la paradoja de la igualdad en la sintaxis, esa expresión igualitarista denuncia la defección de una perfección que hizo mutis por el horizonte del presente: la igualdad del Soberano consigo mismo.

Igual consigo mismo, se deviene idéntico a la diferencia que se sostiene en cada quien. De tal manera, habrá ciudadanías femeninas, de extranjería, homosexuales, confesionales, marginales, etc. como otras tantas traducciones,  a un sí mismo impar, de una misma condición dispersa entre todos. Esta diferenciación por  singularidad reivindicada supone una libertad de decirse a sí diferente, según una narrativa del yo por cuenta propia.

Tal libertad de diferenciación exige una capacidad de expresión de las opciones singulares, que a su vez requieren  una proliferación de los canales de manifestación pública, sostenidos en el despliegue tecnológico. Tal desarrollo avanza puntualmente a través del kitsch de la pantalla, con su mundo indiferenciado para todos y diferente, según quien lo mire o se dé a mirar.

Es en este punto que conviene volver a la iglesia Dios es Amor. Si  a fines de los años 80’ el kitsch milagrero invadía en horarios tardíos el dial, tal proliferación alcanzó hacia fines de los 90’ y principios del siglo XXI la pantalla chica. Es decir, la pantalla que llega al mayor número y en el plano más íntimo. Por esa vía, la propaganda de la fe se difunde y extiende entre los posibles conversos, ganando márgenes de verosimilitud por la intercesión de la interfaz. La proliferación de locales adquiridos sigue después, como otras tantas posiciones tomadas en un territorio de desembarco, previo tendido de cabeceras de puente mediáticas.

El desarrollo de las identificaciones masivas, de la fusión cultural y de las creencias sincréticas, lejos de provenir de una mera difusión a distancia, supone que entre lo global y lo local se produce una anticresis, por la cual se accede en el lugar “real” al usufructo del lugar “virtual”. La sala litúrgica fusiona testimonialmente, en presencia del creyente, aquello que milagrosamente ya aconteció en un lugar virtual (el trabajo, el matrimonio, el padecimiento).

Esta condición “glocal” de la identificación contemporánea opera por igual, tecnología mediante, tanto para la iglesia Dios es Amor como para  el Estado-nación. Por esa razón, suponer que detrás de una “intervención pública” con tenor político cunde un retorno de la soberanía ciudadana igualitaria, significa algo así como un hapenning militante, o una performance urbana.  Probablemente el mayor usufructo de tal acontecimiento ciudadano corra a favor de las creencias religiosas, que verán una posibilidad más de celebrar un milagro de la fe, esta vez, por la vía del culto a la ciudadanía.

Sin embargo, al igual que en el  criterio del “avance por el mal lado”, caro a Marx como manifestación de un cotejo inevitable aunque no siempre exitoso, conviene tener en cuenta que la glocalidad, mal que le pese a las resistencias institucionales, tiende a colarse por el entramado del presente.

En primer lugar, la interpelación se dirige al gobierno nacional, en aras de una defensa del patrimonio cultural ciudadano[6]. Ahora, no sólo este gobierno no se ha destacado por la defensa de la cultura, claramente subordinada en el discurso oficial a la tecnología, particularmente en perspectiva notoriamente productivista, sino que además ha atacado expresamente al núcleo teórico de la cultura, representado por las humanidades y el saber social. Por si tamaño desajuste de perspectivas con relación a la iniciativa de recuperación de una sala dedicada a la actividad artística no fuera ya suficiente, el actual gobierno ha ultrajado la autonomía de la educación, celebrando por encima de las propias instancias institucionales un “acuerdo educativo” a título político-partidario. Como corolario de lo uno y lo otro, el emprendimiento cultural que reviste el lugar de “buque insignia” del actual elenco gubernamental es una universidad tecnológica, que viola incluso los más elementales preceptos de la autonomía universitaria, aposentando a los gobiernos departamentales en los propios consejos universitarios[7].

Aunque la iniciativa también se dirige a la Intendencia de Montevideo, que no se encuentra directamente involucrada en la regresión cultural y educativa que auspicia el gobierno nacional, no parece que la coyuntura política adorne con los mejores auspicios el patrocinio solicitado ante la repartición gubernamental.

Por otro lado, la reivindicación surge pautada por la pertenencia frenteamplista de sus gestores, tanto en razón de las responsabilidades institucionales involucradas como por la trayectoria militante de sus protagonistas. Cabe preguntarse por el rol que le cabe a la estructura frenteamplista, tan altisonantemente actualizada, particularmente con una elección interna de autoridades de muy reciente data. En efecto, una de las preocupaciones permanentes del frenteamplismo ha consistido, estos últimos años, en lograr la actualización de la estructura organizativa, para dar cuenta de una participación militante cada vez más esquiva.

Este ausentismo militante se hace cada vez más patente de cara a la falencia de las sedes locales de los comités de base, en cuanto ese flaquear presencial se acompasa, por sobre todo,  de un vigor de las “redes sociales”, particularmente e incluso, las frenteamplistas.  Aunque se embandere con reivindicaciones históricas de la izquierda, particularmente relativas a la intervención estatal y a la laicidad pública, esta iniciativa encabezada por Gustavo Leal no deja de desplegarse por fuera de la estructura orgánico-representativa del Frente Amplio, que sufre un nuevo desaire en términos de movilización militante. Se configura, por desvío colateral de iniciativas militantes, un nuevo augurio desfavorable en el horizonte de los aparatchiks, sobre todo al divisarse en este inicio de año el disco de la llegada electoral en 2014.

Apenas cumplida una quincena de la última actualización de este blog[8], la convocatoria a contragobernar que invocábamos hace dos semanas avanza bajo kitsch de pantalla, proponiéndose liberar una sala Plaza ocupada por la iglesia Dios es Amor. Sin embargo, así como el “avance por el mal lado” según Marx depuraba el criterio de la transformación, instruyéndolo a través del mismo fracaso, el kitsch mediático no deja de traslucir el alcance político que encierra: una iniciativa que se despliega  en el campo mediático antes que en el terreno soberano del Estado, una intervención glocal que planta territorialmente un designio virtual, una postergación de las instituciones partidarias relegadas una vez más al margen del cotejo público.

 

[1] Bensaïd, D. Una mirada a la historia y a la lucha de clases, http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/campus/marxis/P2C1Bensaid.pdf (acceso el 14/01/13)

[2] Ver la “teoría de la mentira” en Eco, H. (2000) Tratado de gemiótica general, pp. 21-22  http://exordio.qfb.umich.mx/archivos%20pdf%20de%20trabajo%20umsnh/libros/6928335-Eco-Umberto-Tratado-de-Semiotica-General-01.pdf (acceso el 15/01/13)

[3] “COFE evalúa acciones 2013 a la luz de aprobación del Estatuto del Funcionario” LaRed21 (11/01/13) http://www.lr21.com.uy/politica/1083400-cofe-evalua-acciones-2013-a-la-luz-de-aprobacion-del-estatuto-del-funcionario

[4] “Llamado a Sala”, Montevideo Portal (12/01/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_189700_1.html

[5] Marramao, G. (2006) Pasaje a Occidente, Katz, Buenos Aires, pp.181-184.

[6] “Al Gobierno Nacional y a la Intendencia de Montevideo: expropiar el Cine Teatro Plaza para garantizar el uso público” https://www.change.org/es-LA/peticiones/al-gobierno-nacional-y-a-la-intendencia-de-montevideo-expropiar-el-cine-teatro-plaza-para-garantizar-el-uso-p%C3%BAblico?utm_campaign=twitter_link&utm_medium=twitter&utm_source=share_petition&utm_source=share_petition&utm_medium=url_share&utm_campaign=url_share_before_sign&utm_source=action_alert&utm_medium=email&utm_campaign=16273&alert_id=OnIbqqqXIc_PPaucjyJCX

[7] Ver en este blog “Estatización de la tecno-ciencia: el Soberano apolítico” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/12/estatizacionde-la-tecno-ciencia-el.html

[8] Ver en este blog “Renuncia, regresión y reagrupamiento: contragobernar en 2013” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/01/renunciaregresion-y-reagrupamiento.html

A Derecho o torcido

Audio de Teódulo López Meléndez

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La toma de posesión de Nadie

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Teódulo López Meléndez

 

Los hechos históricos son a veces homólogos, pero nunca análogos

Goethe

Curzio Malaparte consideró que su libro Técnicas del golpe de Estado había sido una maldición que lo llevó a la fama. El viejo periodista se convirtió en objetivo del nazismo y del fascismo, señalado como una especie de nuevo Maquiavelo, pero también rescatado por quienes vieron en su texto un manual para evitar a los gobiernos democráticos las asechanzas de los golpes de Estado.

Fue el primer escritor italiano preso por su obra literaria y condenado a cinco años de prisión. Alabado por casi toda la prensa occidental, Curzio Malaparte pagó carísimo en su vida haber escrito aquel libro que lo llevó a la inmortalidad literaria. No es asunto fácil andar hablando de golpes de estado. Malaparte había escrito un texto donde el único tema era las formas de estrangular la libertad y asesinar la independencia. En suma, había escrito el texto del contrapoder.

Uno podría preguntarse sobre cómo construir una pequeña fuente de poder y no encuentra respuestas. Los poderes fácticos del pasado desaparecieron o víctimas de sus propios errores o de sus propias canalladas.

Uno puede encontrar en Malaparte desde el 18 Brumario de Napoleón disolviendo la Asamblea Nacional hasta la “Marcha sobre Roma” de Mussolini. En fin, todo un manual sociológico que desmenuza las fuerzas actuantes y también una gran belleza literaria, desde la descripción del Napoleón golpista hasta la toma del palacio de la Táuride por el ejército rojo. Lo que jamás podrá encontrar en este texto, ni en ningún otro, es el antecedente de un “golpe de Estado” para tumbar a Nadie. A. Brunalti – si recuerdo bien en su texto Politiche, anterior al de Malaparte- definió como tal una medida violenta para determinar un cambio de Estado y V. Gueli – si no recuerdo mal en Diritto costituzionale provvisorio e transitorio– se solazó en describir la forma secreta de su preparación y la forma violenta de su ejecución.

Ha sido cambiado todo el concepto, dirán los sesudos constitucionalistas que han aparecido en esta circunstancia venezolana. Ahora “golpe de Estado” puede ser definido como un episodio donde los poderes constituidos realizan una ceremonia pública, previamente anunciada con bombos y platillos para que Nadie tome posesión del poder. Debo dirigirme a Lewis Carrol porque, una vez más, me asalta la expresión de Alicia en su país de maravillas al manifestar su extrañeza de que en ese país sólo existiese un día al mismo tiempo.

Hemos, pues, realizado una solemne toma de posesión, de Nadie. Han asistido Jefes de Estado extranjeros, la multitud ha sido investida como nuevo presidente, los oradores extranjeros desde su rango de cancilleres han tomado la palabra y un concierto ha coronado la juramentación, la de Nadie. Tal como lo dije en un texto anterior también hubo honores militares, para Nadie. Pero para ello la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia había tomado previamente dos decisiones: la de rechazar un recurso de amparo contra la negativa del presidente de la Asamblea Nacional de encargarse de la presidencia del país y otra, subsiguiente, donde declaró no había ausencia ni temporal ni definitiva y esgrimió la tesis de la “continuidad” que permite al presidente seguir siendo presidente sin juramentarse y sin tomar posesión, de manera que la única decisión que tocaba a los opositores era ir o no ir al concierto de la noche.

La toma de posesión de Nadie se produjo el día 10, pero el día 8 fue convocada una “inocente” sesión que sólo tenía por propósito aparente aprobar un crédito adicional y he aquí la “sorpresa”: carta del vicepresidente diciendo que el presidente le dijo no podría asistir a la toma de posesión. Oportunidad única para adelantar el “debate” y poner a hablar a una oposición que el día 5 –después que sus tres oradores habían reconocido el partido de gobierno tenía derecho a presidir la Asamblea Nacional- se negó a votar por el candidato oficialista, para luego el 8 exigirle se encargara de la presidencia de la república, más que en cumplimiento de la Constitución en cumplimiento de la voluntad testamentaria de Chávez convertida así en nuevo dogma constitucional. Por si faltara poco, el excandidato presidencial Capriles convocó a una rueda de prensa donde cifró todo en una decisión del TSJ que estaba cantada de antemano, como hemos visto. Es por ello que he hecho nacer al “Diputado Gasparín”, dado que si andamos entre fantasmas al menos que aparezca uno amistoso.

El diputado Gasparín le señaló a sus colegas parlamentarios que quizás la única sesión de la Asamblea Nacional ordenada por la Constitución era el día 10, que en el reglamento interno estaba estipulada esa convocatoria y que el primer paso a dar era hacerse presente en esa fecha en la sede del Palacio Federal Legislativo y verificar, como era su deber, la ausencia del electo. Gasparín fue desoído, pero parece seguirá pidiendo a diario la palabra.

Estamos en el siglo XXI, qué duda cabe, aunque la mediocridad de nuestros políticos se muestre como jamás antes en la historia de Venezuela. Sin embargo, algunas cosas positivas quedan, como una innovación radical en los conceptos emitidos por los tratadistas, italianos sobre todo –lo que me hizo dudar si titular este artículo “Drama a la italiana o Berlusconi se quedó pendejo”-, un amable recuerdo para Curzio Malaparte que logró su trascendencia literaria gracias a un  libro que le provocó todas las desgracias y seguramente un retiro masivo de estudiantes de las Facultades de Derecho pues habrán comprendido la inutilidad de sus propósitos frente al poder de hecho.

Nadie ha tomado el poder. Nadie es el presidente. Han colocado la muerte del presidente como meollo del huracán, para lograr que Nicolás Maduro vaya a la eventual elección presidencial como presidente en funciones, con todo lo que eso significa. Al cerrar este texto aún se oye en el cielo de Caracas el estruendo de los aviones militares.

tlopezmelendez@cantv.net

¡Viva la Pepa!

Viva la Pepa 2

 

Teódulo López Meléndez

“Pepa” fue denominada seguramente por haber sido aprobada el 19 de marzo día de San José. Era la Constitución de Cádiz de 1812, la expresión jurídica de los liberales españoles hasta que se produce la reinstauración absolutista de Fernando VII. El grito “Viva la Pepa” era uno de protesta, de resistencia, de incomodidad frente a la represión.

Podríamos pensar que la acepción que toma en Venezuela la expresión “ese es un viva la pepa” se deba a que el grito era pronunciado por algunos de comportamiento non sancto, quizás de alguno extraviado en el alcohol o poco dado a cumplir sus compromisos, pero también podríamos pensarlo como un señalamiento de los monárquicos locales a quienes lo pronunciaban indicando de esta manera a un  enemigo de Fernando VII.

Sea como haya sido la expresión pervivió entre los venezolanismos como un calificativo de desprecio, lo que nos lleva a tal punto de pensar que no estamos en vísperas de una consideración constitucional sino más bien de una mirada a nuestros vicios. Al fin y al cabo Pedro I Carmona Estanga de un plumazo, y con la ayuda de ilustres juristas,  derogó nuestra Constitución del 99 y proclamó rediviva la del 61, lo que nos hace reflexionar sobre el poder de hecho antes que en sesudas disquisiciones jurídicas. Es decir, una absoluta continuidad de nuestra historia.

Es lo que ahora vemos, una pervivencia de los viejos hábitos enmarcados en la tecnología del presente. Asistimos al divorcio evidente entre redes sociales y realidad, a la credulidad a los rumores y especulaciones, a una clase media dando bandazos y alojada en una morbosidad poco disimulada, a la ignorancia de la existencia de otro país marcado por una fe cuasireligiosa y a la manifestación patética de un desamparo ocasionado por los errores políticos de reciente data que condujeron a la destrucción definitiva de los ya tambaleantes viejos envoltorios protectores, llámense partidos, sindicatos o gremios.

Lo que le queda a los desamparados es el refugio en sus sueños de milagro y a los dueños del poder el mantenerse acorazados, impermeables en un dominio que les parece eterno. Lo hemos visto en la instalación de la Asamblea Nacional, una fuera de lo normal dadas las circunstancias que vivimos. Entre otras cosas hemos asistido a suicidios políticos tal vez como algún senador romano se quitó la vida, en esa ocasión textualmente, ante el acoso de una poblada.

La jugada de Diosdado Cabello trayendo a la palestra interpretaciones constitucionales torcidas, y que tanto éxito le dieron en las primeras de cambio, en el tiempo de las confusiones iniciales y antes de que algún comandante de legión se diera cuenta, cayeron con su elección como presidente de eso que todavía llaman Parlamento. Quizás el propio Cabello no se ha dado cuenta, pero su única salida era ser reelecto también con los votos de la oposición a cambio de la cesión de la segunda vicepresidencia. Al no producirse el hecho –que no se produce por la imposición de una línea dura de no moverse un milímetro como si Chávez estuviese allí- perdió toda posibilidad de encontrar una ruta hacia una competencia con posibilidades de éxito. Diosdado ha sido reelecto, descanse en paz Diosdado. Y con él la oposición que jugó al efímero pensamiento de considerarlo la tabla de salvación, bajo el argumento de que Maduro era el comunista castrodependiente y Cabello apenas un militar nacionalista.

La historia se escribe mientras se sucede, podría argumentar Don Francisco de Quevedo, a quien es mejor interpretar que a la Constitución. La parafernalia del acto, con vicepresidente, ministros, gobernadores, alto mando militar y Don Perico de los Palotes, más la clientela popular rodeando el Hemiciclo por si alguna falla ameritara llamar a al general Monagas a ponerle orden a algún Fermín Toro levantisco, marca el proceso que se nos adelanta y nos hace asegurar que si hasta el momento había un brazo torcido ahora existe colocada una camisa de fuerza.

Es tal la necesidad de hacerse Perogrullo que debimos recordar antes del 10 estaba el 5. Con tal despliegue podemos esperar, incluso, que el día 10 tengamos honores militares incluidos al presidente.  “Es nuestra historia, estúpido, es nuestra historia” quizás deberíamos exclamar parafraseando a Bill Clinton. O deberíamos recurrir al grito de “viva la pepa”.

tlolopezmelendez@cantv.net

Renuncia, regresión y reagrupamiento: contragobernar en 2013

renuncia

Por Ricardo Viscardi

Renuncia. El presidente mediático termina por quedar mediatizado –es decir, prisionero [1]- de la propia mediatización  -término que significa también la incorporación a la regulación mediática[2]. La substitución de la mediación presencial por la interfaz a distancia cuestiona el criterio de la transformación histórica, que anclaba en la crítica de la acción cumplida (“el análisis concreto de la situación concreta”[3]), a partir de la propia subjetividad que asumía la responsabilidad del caso. La disolución de la continuidad histórica del sujeto en la convergencia mediática de la tecnología, precipita la renuncia a la teoría (la mirada que desplaza lo inmediato) en un oscurantismo pragmático, que confunde la voluntad con el destino.

La adecuación pragmática del sentido también habilita, a partir de la calibrada perfección de la designación adoptada, un recorrido de boomerang en reversa,  que le replica al inefable “como te digo una cosa te digo la otra” con el expiatorio “desde todos lados te dicen lo mismo”. Mientras desde la oposición denuncian el zarandeo de la opinión presidencial, incluso porque comparten su intencionalidad, desde el oficialismo llaman a hacer oídos sordos a la volubilidad del gobierno, ante todo porque no le dan crédito[4].

La fatalidad de una irrenunciable renuncia, que se anuncia en este blog desde cierto tiempo atrás[5], obedece al propósito presidencial de erigir el espíritu de unidad nacional a distancia, fundándolo en el abismo mediático de la tecnología. La declinación de candidatura sectorial que se eleva desde el entorno presidencial, encierra bajo excusa de entrega militante -ya desde las elecciones del 71’ por parte del  Movimiento 26 de Marzo[6], la cesión de derechos políticos al primer aparato de Estado con ínfulas de soberano. Tal soberano, que ayer encarnaba un partido inspirado por la ciencia, hoy queda en manos de la información gestionada por la tecnología.

En términos de una transferencia de poderes de la historia a la máquina, la renuncia que antes se ofrendaba a la fatalidad estratégica del mandato popular, ahora se pronuncia de cara al tele-prompter (la pantalla que apunta desde el frente de la cámara, el mismo texto que pronuncia un locutor, en el curso de una emisión informativa) que dicta la última encuesta de opinión (ver nota 4 al pie de página). En los dos casos, la renuncia (presidencial por excelencia) se pronuncia irrenunciable, porque antes de decidir singularmente (sin excelencia ni presidencia) ya se abandonó en manos de la necesidad soberana de la estructura (ayer “social” hoy “cognitiva”). El relato mediático hará lo demás, bajo una versión tardía y medicalizada[7], desde ya prevista en la agenda setting[8].

Regresión. El crecimiento político de la izquierda uruguaya fue efecto de la extensión en profundidad nacional de una diversidad de orientaciones ideológicas (anarquista, socialdemócrata, bolchevique). Contrapuesta a esa raigambre decimonónica de la reivindicación democrática, la ruptura paradigmática con la modernidad, que adviene en la segundad mitad del siglo XX, no fue incorporada ni a la lectura ortodoxa (tal como intentó hacerlo el eurocomunismo) ni al nacionalismo cultural latinoamericano (tal como lo ha logrado la fusión indigenista a partir del zapatismo). Las grandes vertientes de participación política que se abren con la militancia antiimperialista de los 60’ y los movimientos sociales de los 80’, fueron coaguladas a partir de la década siguiente  por la matriz frenteamplista, doblemente anclada en el fundamentalismo soviético de los frentes populares antifascistas y en la jerarquía partidocrática de la cultura política uruguaya.

Imbuida de una defensa racionalista del paradigma positivista y progresista, que se veía universalmente cuestionado desde los 60’ y se descalabró con la disolución del “socialismo real”, la izquierda perdió dialécticamente todas las discusiones. Sin embargo, también ganó tendencialmente todas las elecciones, beneficiaria de una inercia propia de la matriz izquierdista del batllismo. Una y otra vez cuestionada desde los mismos partidos “históricos” que se veían, particularmente en perspectiva electoral, víctimas de la máquina que habían inventado, la memoria cultural progresista obró como una fuente permanente de energía política, a favor de una izquierda juiciosamente lerda en la aproximación al gobierno. Una derecha que favoreció primero el golpe de Estado y protegió más tarde a sus protagonistas, justificó el lento giro hacia la faz superior de un revés de la trama izquierdista, que comenzó a mostrarse como el espejo mismo de la nostalgia batllista, una vez que el Frente Amplio llegó al gobierno.

Hoy día el vicepresidente frenteamplista sintetiza ese conglomerado imbuido de sensatez, cuando celebra la salida económica que patrocinó el propio Sanguinetti[9]. Dispuesto ante todo a pedalear en la bajada, aquel Papa batllista encuentra ahora un émulo en el candidato natural del Frente Amplio a la presidencia, dispuesto a su vez, a endosar el paternalismo financiero por encima de opciones inmaduras.

Desprovisto de todo relato alternativo por su propia actuación ideológica, tras haber albergado bajo la bandera del interés nacional la implantación globalista de Botnia, para favorecer más tarde la regimentación de los funcionarios públicos en aras de una fantasmal “reforma del Estado”, el Frente Amplio carece de convocatoria movilizadora de sectores que escapen a los círculos involucrados en la partidocracia.  Representada ante todo por el hundimiento electoral de las mayorías heteróclitas, pero también diversas, que sumaba el MPP en las últimas internas frentistas, esta regresión habla a las claras de un relato heroico descreditado por la propia posteridad que reivindicaba.

Reagrupamiento. Cierto laudo que insiste en la fatalidad de la recuperación capitalista, auxiliado contextualmente por una obsecuencia oligárquica de algunos subversivos de antaño, quizás manifiesta, antes que una fatalidad de la claudicación democrática, un apresuramiento crítico. Si se supone que la determinación económica exige ante todo un objeto ostensible y conmensurable, entonces siempre vamos a encontrar “capitalismo” donde podamos observar la “mejorvalía” que ya analizaba Sismondi[10]. Sin embargo, hoy la acumulación económica no se dirime en razón directamente proporcional a la propiedad jurídica del capital, sino a las condiciones idiosincráticas de la cohesión productiva y tecnológica –tal como lo ha demostrado el contexto asiático desde el “milagro japonés” en adelante.

Es decir, tal objetividad no mide sino efectos de una disciplina social, que proviene ante todo de configuraciones antropológicas y sedimentaciones culturales. Por lo tanto, donde se constata una “fatalidad objetiva de la recuperación capitalista” quizás no se registra sino el desglose corpóreo de un “sí mismo”, diferenciado a partir de la propia actividad, tal como la analizara Foucault al entenderla como “una actividad extensa, una red de obligaciones y servicios para el alma”[11]. ¿No se ha señalado desde Weber en adelante que el desarrollo capitalista encuentra como principal promotor histórico el ascetismo protestante[12]? Si algo caracteriza al espíritu cristiano, es su afinidad con la materia terrenal (misterio de la encarnación mediante, sobre todo, “mediante” en el sentido de la mediación, prosaicamente encarnada por el valor de cambio).

Colegir de la ambición estatal que cunde entre algunos que ayer arrostraron el sacrificio personal, una fatal  seducción del más obvio de los poderes públicos, es confundir los lugares con las inscripciones. Desde la movilización multitudinaria y relativamente súbita contra la dominación totalitaria que anunciaba el pachequismo, el camino recorrido se encuentra jalonado por una suma de pasos que desacreditaron sucesivamente los propios fundamentos del poder de Estado.  ¿Alguien propondría hoy, como cundía en los 60’, “tomar el poder” por una vía de asalto, para instalar desde allí un porvenir democrático venturoso? Por más que algunos sigan fantaseando con un desenlace irreversible y trascendente, encabezado por una vanguardia esclarecida (es decir “la transformación histórica”), la proyección venturosa que se vinculaba a un aparato de Estado (a “transformar”) dejó de formar parte de las descripciones verosímiles del acontecer público.

Esta inverosimilitud no proviene de un “fracaso de experiencias” o de “errores estratégicos” –sintetizados en el episodio de “la caída del muro”, sino de la cuestión democrática entendida a partir de las redes sociales y la tecnología mediática, incompatible bajo esas pautas con una versión soberana del poder público.   En el marco de una diáspora de desvinculaciones –iniciada con múltiples secuencias a partir de los 70’, el MLN quedó reducido a una expresión subsidiaria dentro de la izquierda. Ante un debacle que comportaba la desaparición política,  la supina ambición de ocupar cargos gubernamentales ofrece un oportuno placebo de designios juveniles, más ambiciosos en su momento, pero crudamente vacuos de contenido crítico en el presente.

Antes que caer en el fatalismo de una objetividad perogrullesca, que sólo conforta al determinismo economicista, o abordar desde el plano moral una claudicación política, que trasunta ante todo obsolescencia ideológica, conviene reseñar un legado que recoge el presente. Desde la crisis del modelo batllista, que hoy se intenta recomponer desde el sistema de partidos, la colectividad uruguaya registra tres grandes desplazamientos de las conductas sociales y de las perspectivas ideológicas.

El primero traduce la ambivalencia de una “democracia legal” contrapuesta a la subversión armada y clandestina, que justificándose en la “defensa de las instituciones”, abrió una senda de incorporación estratégica al bloque occidental, en el contexto de la Guerra Fría. La experiencia totalitaria del Uruguay, cristalizada por encima de una mera dictadura de estamentos,  removió un sustento de las libertades que no se transparenta en el cristal de las formas jurídicas, sino que acontece –mal que le pese a todos los formalismos- al borde de cualquier representación.

El segundo episodio mayor de la experiencia pública corresponde al surgimiento de los movimientos sociales, hacia el fin del período del gobierno totalitario de seguridad nacional, afiliado a la hegemonía estadounidense. Estos movimientos expresan el anclaje de la actividad democrática en un haz de singularidades públicas, que por contraposición al monolitismo de las “visiones del mundo”,  no pretenden unificarse en un punto finalista del destino histórico (a la manera de “el socialismo” o “el comunismo”). La diversidad de los movimientos sociales señala la inversión de la flecha vectorial de la organización pública democrática, que toma el sentido del terreno idiosincrático, irreductible a la “violencia metafísica” que infunde un criterio soberano de la unidad social[13].

Desde inicios de la última década, la organización en redes virtuales, denota un criterio de vinculación que escapa a la territorialidad geográfica y configura colectividades a distancia. En cuanto la situación social deja de ser una determinación clave del vínculo público, la confluencia adopta la vía de la afinidad idiosincrática. La índole comunitaria proviene del vínculo establecido antes que de la base de subsistencia, tanto en el sentido de un espectro de elecciones compartidas, como en el sentido de la índole “inmaterial” de la participación. La condición democrática llega a ser entendida como un efecto de la intervención virtual, que apunta hacia un mismo terreno de elección en razón de una convocatoria compartida.

Contragobernar en 2013. El sistema de gobierno actual, patéticamente replicado desde el Estado, se sostiene en los medios de información y comunicación, a través de la mediación tecnológica de la sociedad. Ya forma parte del acerbo tradicional del saber político que “dos minutos en la televisión valen más que dos horas en el parlamento”. Reiteradamente hemos traído a colación en este blog la convicción presidencial, al inicio de un segundo mandato: “Sanguinetti cree que los medios son más “fuertes” que los estados y los gobernantes”[14].

El delgado hilo de la zafra electoral que une a los políticos profesionales con los medios de comunicación y las empresas de medición pública transita por un itsmo que episódicamente se angosta sin cesar. Periódicamente, la marea mediática relega al sistema político en una isla separada del continente público, que pugna por ganar la orilla de una racionalidad del rating, que prospera a espaldas y frecuentemente en desmedro de toda proyección ideológica (por ejemplo, a través del segmento informativo seguridad/violencia/drogadicción).

Por consiguiente, el paso de la opinión a la movilización se hace cada vez más frecuente y ocasional, depende relativamente menos, a cada giro de coyuntura, de la regulación ideológica y partidaria. Esto supone que otra índole de regulación, concernida ante todo por la opinión pública y su movilización de impacto sobre las asociaciones ciudadanas, gana significativamente terreno a cada paso.

Sería un error entender que esa configuración virtual de la existencia pública prescinde de las comunidades cristalizadas idiosincráticamente. Tanto como sería un error entender que la parafernalia artefactual es el plano articulador de las coyunturas ciudadanas. Pero sí es necesario observar que la regulación mediática del presente se activa allí donde la relación presencial es substituida por el vínculo a distancia y donde el soporte discursivo de la institucionalidad deja paso a la sinergia gregaria de la interfaz.

Conviene por lo tanto aprender de experiencias diferenciadas. El conflicto desatado en torno a la instalación de Botnia se desplegó estratégicamente en el campo de la opinión pública. En tanto primó la diferenciación con la Argentina, en un terreno de la problemática social (la promesa de inversión extranjera directa en un contexto de pauperización generalizada) poco transitado en el país, la partida mediática fue ampliamente ganada por la conjunción de la “amenaza argentina” con la promesa de inversión directa transnacional.

Sin embargo, en el caso de la propuesta de instalación de un Tratado de Libre Comercio con EEUU, la profundidad histórica del registro contrario al vínculo con la potencia imperial primó en la opinión pública, en sentido contrario al designio gubernamental. Esta instrucción incorporada por la memoria política ganó la partida, pese a que se enfrentaba al mismo proyecto estratégico que sostenía al “proyecto agroforestal”. De esta manera, la movilización pública liderada por la central obrera con el  “coro” de una pluralidad de asociaciones y colectivos sumados, determinó una amplia movilización que echó por tierra un proyecto que contaba en el gobierno, sin embargo, con un convicción similar a la culminó con la instalación de Botnia.

¿Qué significa entonces “contragobernar”? Significa que la disyuntiva entre la destitución del poder de Estado –desmontado por  Foucault a partir de la explicación del dispositivo panóptico- y la imperiosa necesidad de ganar injerencia en la gestión pública, no pasa por la contraposición entre una pulsión de  movilización y una incorporación administrativa a la gestión estatal[15]. En cuanto la “campaña electoral permanente” -que desarrollan combinadamente los medios de comunicación y las encuestadoras de opinión- deja al sistema político a merced de una multitud promovida y solicitada con rango de soberanía, Leviatán tiende a incorporarse desde la propia anatomía mediática de la opinión pública. Esta transferencia de la fuente de la soberanía trastoca la economía del poder público, porque coarta la noción unitaria de la emanación, es decir la noción de la inmanencia como efecto de un principio, supérstite o fundamental, que sólo Spinoza desplegó como efecto corpóreo sucedáneo al poder[16].

Conviene prestar atención al afán parlamentario de establecer canales de televisión propios para entender, por esa vía aparentemente paradójica de una soberanía que gobierna por tecnología interpuesta, que el elemento medular del poder en clave de redes y medios, es la configuración de la opinión pública en tanto asamblea a distancia.

Esta configuración no es espontánea ni advenediza, e incluso se enfrenta al control de los sistemas de comunicación (la gran prensa, la publicidad mercadotécnica, las “industrias culturales”), otros tantos comisarios políticos de la tecnología. Pero puede sin duda afirmarse que el campo mediático ofrece, por el mismo carácter estratégico que representa para los poderes del presente –incluso por la diseminación artefactual a la que propende una tecnología presidida por la información, un terreno en el que la intervención democrática puede retroalimentarse de la necesidad de su adversario, e incluso por vía de consecuencia, llevarlo a retroceder puntualmente en cuestiones estratégicas. Hoy debemos avizorar un Uruguay de mega-empresas, pero no un Uruguay-Estado-Asociado, vía TLC, a los Estados Unidos. El desafío del contragobierno queda planteado, sobre un terreno que los poderes no logran ocupar sin concitar una incidencia mediática de la ciudadanía.

 

[1] “Mediatizar” (y “mediatización” por extensión) RAE http://lema.rae.es/drae/?val=mediatizar

[2] Igarza, R. (2008) Nuevos medios, La Crujía, Buenos Aires, p.135.

[3]   Lenin, citado por Mao Zedong en La Contradicción, p.8  http://www.matxingunea.org/media/pdf/mao_tesis_filosoficas_la_contradiccion.pdf

[4] “Vamo’ a hacer ese” Montevideo Portal (28/12/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_188465_1.html

[5] Viscardi, R. “Mujica contra la filosofía: la desobediencia civil presidencial” en Tiempo de Crítica (Rev. Caras y Caretas) 16/11/12, p.13 http://ricardoviscardi.blogspot.com/2011/06/mujica-contra-la-filosofia-la_7065.html

[6] Vadell, A. “La senda está trazada, pero se confundió el camino” Mate Amargo, http://www.mateamargo.org.uy/index.php?pagina=notas&seccion=la_ronda_del_mate&nota=228&columnista=12&edicion=10

[7] “Presidencia Compulsiva” Montevideo Portal (12/12/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_186930_1.html

[8] Anticipación programada periodísticamente de la actualidad futura.

[9] “Qué cuadro, Julio” Montevideo Portal (06/12/12) http://www.montevideo.com.uy/nottiempolibre_186446_1.html

[10] Piazza, G. “Sismondi” (consultar el subtítulo “Fuente del marxismo”) en Zona Económica http://www.zonaeconomica.com/sismondi

[11] Foucault, M. (1990) Tecnologías del yo, Paidós, Barcelona, p.61.

[12] Op.cit.pp.46-47.

[13] Vattimo, G. (2009) “El final de la filosofía en la edad de la democracia” en Ontología del Declinar, Biblos, Buenos Aires, p.259.

[14] Pereyra, G. “Sanguinetti cree que los medios son más “fuertes” que los estados y los gobernantes” Búsqueda (14/09/95) p.10.

[15]  Ver la “crítica” de Zizek en Roca Jusmet, L. “La democracia como emancipación” en Tiempo de Crítica (Rev. Caras y Caretas) (14/12/12) p.14.

[16] Spinoza, B. (2000) Tratado de la reforma del entendimiento, elaleph.com, pp.64-65 http://www.elaleph.com/libro/Tratado-de-la-reforma-del-entendimiento-de-Spinoza/440534/

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