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Democracia siglo XXI

mes

agosto 2014

El desgrane y la criba

 criba

Teódulo López Meléndez

 

Batir o sacudir, lidiar con la humedad, verificar la madurez de los granos, pues las cosechas se pierden si no se desgrana o se trilla, si no se separan a tiempo de las plantas. Presumen que ha habido un cultivo, pues si nada se ha sembrado nada se cosecha.

 

Es tal el déficit ético en la Venezuela del presente que no sólo se debe parecer honesto sino serlo, pues debemos voltear la expresión dicha de Pompeya Sila, la segunda esposa de Julio César, en cuanto “la esposa del Cesar no solo debe ser honesta, sino parecerlo”, pues el juego de las apariencias es lo que preside la vida pública venezolana de hoy y no la esencia para la asunción de un comportamiento de cara al país.

 

Vivimos en la contradicción aparente, en una medición constante de hasta dónde se puede llegar en el abuso de la poda de las plantas antes de esperar que los granos vayan perdiendo su verdor y se muestren listos para el consumo. Se pide al gabinete que ponga sus cargos a la orden y pasan los días sin nuevo gabinete o se impone un control de consumo para luego señalarlo como voluntario. A medida que el régimen se hace inviable en su tarea de podar al país, el país se hace inviable por falta de siembra y de cosecha.

 

El país requiere de ejemplos como prédica. El país no requiere de bacanales exhibicionistas de búsqueda de candidaturas porque la única candidatura es el país. El país necesita saber que hay gente que coloca los intereses nacionales por encima de los suyos. El país no está para edulcorantes ni mediatintas. Hay q hablarle con una sinceridad rayana en la crudeza extrema: la siembra que hemos hecho como nación a lo largo de nuestra larga existencia requiere de criba para limpiar el grano de paja y tallos.

 

No podemos permitirnos otro grave retardo histórico similar al que nos ocurrió el siglo pasado. No podemos autorizarnos a entrar en una involución que nos va retardando como país. Debemos cambiar el retroceso por un acelerado desafío de futuro. Hasta el cansancio hemos hablado de la necesidad de un cambio histórico, uno que pasa por los desafíos entre los cuales consideramos el esencial hacer entrar a este país al siglo XXI. Para ello, el desgrane, la madurez del grano, y la criba, para limpiarnos de la paja encarnada en este país somnoliento en un continuo recurrir a lo intrascendente, a lo banal, a lo secundario, a lo meramente superfluo.

 

Poner a este país en el siglo XXI, es el foco y el objetivo que todo lo abarca, en un siglo cuyo comienzo en verdad parece retrógrado, pero desafiante como todas las épocas de transiciones y aleccionador para el espíritu emprendedor de una nación que produzca alimentos materiales y espirituales, que esquive los vientos tormentosos y se aposente sobre la seguridad y la confianza a alzarse pragmáticamente como sitio hacia dónde se volteen las miradas y en dónde se encuentren ideas y realizaciones.

 

El país debe limpiar los granos de la paja. El país se consume en un accidente histórico propio de quien no tiene por costumbre limpiar los terrenos de cultivo. Es nuestra tradición, dejar a la arbitrariedad del clima la tierra o para que se erosione o para que por inercia asome tímido algún tallo. Ya basta con nuestra inoperancia. Los pésimos gobiernos autoritarios del siglo XIX o los ideologizados del XX, los manuales del caudillismo de uno y los manuales del activista del otro, deben ser suplantados por el encuentro de un cambio histórico que preciso de manera tajante en “entrar al siglo XXI”.

 

El astrónomo, poeta, geógrafo y filósofo griego Erastótenes se dedicó a medir la Tierra y luego a dirigir la Biblioteca de Alejandría hasta su fin. Cuando estaba ciego y ya libros no había cuentan que decidió morir de hambre. Aquí debemos hacer, para este país,  de este anaquel vacío, una fructífera travesía por este imperfecto siglo que nos tocó en suerte y de la falta de alimentos, los del cuerpo y los del espíritu, fuerza para sacarlo de la ruina.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

 

 

 

 

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El credo predilecto de los políticos

chinchorro

Por Alberto Medina Méndez

La política como actividad profesional ha instalado una serie de creencias hasta convertirlas en verdades irrefutables. La mayoría de ellas apuntan a que la sociedad incorpore la idea de que los políticos son imprescindibles protagonistas, necesarios participes y vitales intérpretes en su función de intermediarios entre las dificultades y las soluciones.

El paradigma central de ese dogma preferido por los políticos, es aquel que sostiene que son los gobiernos los que deben “solucionar los problemas de la gente”. Esta perspectiva, además de perversa y falaz, apuesta a la pereza ciudadana promoviendo la comodidad de ciudadanos que creen, genuinamente, que todos sus padecimientos son responsabilidad de terceros, de otros, de personajes que se empeñan en hacerlos desdichados.

En el marco de esa engañosa teoría, la política como sacerdocio y vocación, asume el heroico rol de ofrecer “alivios y remedios” para que la comunidad los apoye electoralmente y de ese modo deleguen esa agotadora gestión dejando todo en manos de políticos supuestamente eficientes que toman la posta para resolver cada inconveniente que los ciudadanos identifican.

La felicidad es un concepto subjetivo, individual, absolutamente personal, por el que cada ciudadano fija sus prioridades, gustos, preferencias y una escala de valores bajo la cual intenta alcanzar ese estándar sublime.

No existen garantías para ello. Esa búsqueda es permanente y siempre imperfecta. Lo que cada individuo intenta es lograrlo, pero no lo consigue con la frecuencia deseada, siendo invitado entonces a ajustar reiteradamente sus estrategias y tácticas para obtener la meta soñada. Por momentos lo consigue, pero sabe que ese bienestar es efímero y que pronto algo volverá a romper el equilibrio, obligándolo a un nuevo intento.

Imaginar que esas vivencias individuales pueden resumirse en una consigna única, común y universal, es un gran embuste. La política lo plantea porque si no implanta la visión del bien común, esa matriz genérica que sirva para todos, no puede operar y su existencia no tendría sentido. Y es así que desemboca en la mágica fórmula de “resolver los problemas de la gente”.

Resulta demagógico, pero al mismo tiempo muy simpático, sostener ese discurso que dice que la sociedad no es culpable de nada, que todo lo que le sucede es responsabilidad ajena y que la política se encargará de poner las cosas en su lugar para que de ese modo todos sean afortunados.

En realidad, los individuos deberían comprender que lograr ese progreso y felicidad depende de ellos mismos, que la tarea no es esperar que las cosas ocurran sino, justamente, hacer que sucedan.

Las personas prosperan, avanzan y consiguen ser felices, cuando gobiernan sus vidas y triunfan por sus propios méritos. Claro que están los que tienen suerte y que el contexto influye, pero eso no debe invitar a cruzarse de brazos y esperar que “otros” resuelvan los inconvenientes particulares.

La tarea es hacerse cargo, ser responsables del propio destino, ocuparse de uno mismo y también de sus respectivos entornos. Son los individuos los que deben accionar y organizarse cuando la voluntad individual no alcanza para cooperar y ejecutar cuando un tema les interesa.

Existen varias generaciones de ciudadanos que creen que los gobiernos deben proveerles trabajo, vivienda, alimentos, educación y salud, entre tantas otras necesidades. Están convencidos que se trata de una obligación de los gobiernos consagrarse a esos temas. Entienden que alguien debe pagar ese costo, y no son ellos, sino el resto. Por eso promueven la exigencia, y no apelan al esfuerzo personal como herramienta de cambio.

Ni los políticos, ni los gobiernos, están para quitar los obstáculos del camino. Nacieron con el objetivo de garantizar derechos a cada individuo, y asegurar a los ciudadanos la posibilidad de convivir en armonía, evitando que se quiten la vida, la libertad y la propiedad unos a otros a través de mecanismos inmorales y del tradicional abuso de poder.

Los políticos tendrían que poner sus energías en generar las condiciones para que sean los individuos los que puedan crear su propia felicidad a través de sus decisiones personales, asumiendo los riesgos derivados de cada determinación. La responsabilidad de la política es cerciorarse de que nadie inicie el uso de la fuerza contra otra persona y que si lo hace, esa actitud tenga consecuencias negativas que desestimulen un nuevo intento.

La política debe dedicarse a que los individuos tengan reglas de juego claras, transparentes, estables, con incentivos bien definidos, para poder en ese marco buscar su propia felicidad, y no pretender reemplazar a los ciudadanos en esa labor. La sociedad, por su parte, debe esforzarse, esmerarse, para que el resultado de tanto trabajo sea su mayor estímulo y para no caer en la trampa de asignar culpas para justificar errores propios.

La dirigencia se ha esmerado en instalar esta idea en la mente de todos. Cada ciudadano que cree en esa frase que dice que los políticos están para resolver sus dificultades, en algún punto, es porque prefiere descansar en esa mirada que tomar riesgos asumiendo sus éxitos y fracasos.

Es prioritario cuestionar el discurso de los políticos, el verdadero rol de los gobiernos, y la función del Estado en todas sus formas y jurisdicciones. Definitivamente, son los individuos los que deben encontrar atajos frente a cada conflicto, en forma personal cuando ese sea el ámbito, o también organizándose socialmente cuando el objetivo amerite un trabajo coordinado en equipo. Pero es bueno empezar a destruir aquel confortable slogan que afirma que son ellos los que deben solucionar los problemas de la gente. Lamentablemente esa visión es parte del discurso cotidiano y se ha constituido en el credo predilecto de los políticos.

albertomedinamendez@gmail.com

 

 

Lo biométrico como “polibiología”

biométrico

 

Teódulo López Meléndez

 

Desconocemos si existe la palabra “polibiología”. Seguramente no, pero lo biométrico nos autoriza a inventarla, pues todos los diccionarios nos dicen es estudio estadístico de los fenómenos o procesos biológicos. De manera que llamar de tal manera a un método de control de consumo de alimentos (en latín captahuellas, en griego tarjeta de racionamiento) debe implicar una relación entre política y biología, algo así como un interés del Estado en examinar los procesos internos de los órganos de quienes habitamos en esta república desposeída.

 

Es el escape hacia adelante. Mientras el país se cae a pedazos en áreas vitales el régimen ratifica que el problema es el contrabando y una “guerra económica”, asuntos para los cuales recurre a métodos biométricos que bien pueden traducirse como abandono de toda racionalidad económica y persistencia en el “manual para activistas”.

 

Las advertencias han llovido desde todos los sectores, incluidos los afines al oficialismo, pero he aquí que de nuevo se nos plantea una “puesta a la orden” de los cargos del ejército de ministros con total sordera a las encuestas que muestran descenso creciente o a los análisis que señalan un agotamiento del tiempo para recurrir al pragmatismo.

 

El país, mientras tanto, traga grueso, traga sin masticar. Los “dirigentes” se resumen en profundidades como “queremos Maduro renuncie ante el pueblo”. Otros observamos como las redes sociales resultan inútiles para generar cualquier posibilidad de cambio, en un proceso regresivo de su antiguo esplendor de cuando la “primavera árabe” o desde los “indignados” europeos.  El país chancea frente a cada nueva turbulencia y lo hace desde una patética inercia que nos hace preguntarnos si los análisis biométricos serán capaces de revisarle estómagos e intestinos.

 

Frente a tal estulticia uno admite la existencia de extraterrestres, pero también la discusión sobre si son o no inteligentes o vuelve a recurrir a una necesaria Antología del Absurdo sin que ninguno de nuestros excelentes humoristas declare asumir la tarea. O vuelve a reclamar la presencia de la inteligencia del interior del país asumiendo una rebelión contra una clase política parasitaria, sin olvidar que hemos oscilado en esa propuesta, oscilación seguramente originada en el hecho de que llamar la atención del país sobre su inercia ya se hace tarea vana.

 

Con inusitada frecuencia vuelca una gandola en estas carreteras nuestras y resulta saqueada. Lo primero es lo extraño, lo segundo no, lo que nos hace recurrir a una perversa imagen asimétrica (al fin y al cabo uno se contagia con la métrica) para pensar que si este país se vuelca saqueadores no faltarán.

 

Una visión retrospectiva de nuestra ya larga historia nos indica que servirle al país es una de las tareas más difíciles, puesto que el país hace tiempo tiene el habito de renegar de quien quiere servirle. Momentos históricos, en alguna medida similares a éste, deben abundar, pero bajo un común denominador de pesadumbre: este país siempre ha sido una indefinición, entre otras variadas razones porque desconoce su pasado y carece absolutamente de memoria.

 

Dudamos si esperar por el “cambio de gabinete” para escribir esta expiación semanal, pero nos asalta el enroque como medida defensiva en el ajedrez –aunque esto sea en verdad una partida de damas chinas- y las sabias palabras del gran maestro cubano Capablanca cuando indicó la vida era muy corta para pasársela jugando ajedrez.

 

Confiemos, pues, en la capacidad biométrica de suplantar insumos en hospitales y productos en las estanterías de los supermercados, dado que los alfiles (léase ministros) cabalgan sobre los peones y el Rey no se da por enterado de la eventualidad de un jaque. El día del envío de este artículo carece de interés. Al fin y al cabo las cuentas y mediciones sobre el cuerpo social hay que hacerlas con ábaco, como en la antigua Mesopotamia.

 

tlopezmelendez@cantv.net

Marina Silva, el revolcón

Audio de Teódulo López Meléndez

Marina Silva 2

 

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El país desalmado

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Teódulo López Meléndez

El trágico accidente aéreo que costó la vida al candidato presidencial de los socialistas brasileños Daniel Campos nos mostró a un país. La conmoción fue total, desde la gente en la calle hasta los más conspicuos líderes políticos, desde el gobierno hasta sus adversarios. La campaña electoral fue suspendida de inmediato y la presidenta declaraba duelo nacional.

En suma, un país. Uno recuerda a los ilustres venezolanos fallecidos sin que un acuerdo de duelo haya sido emitido e, incluso, hasta las celebraciones poco disimuladas por la muerte de un adversario o los deseos de fallecimiento para otros. Esto es, un país que transcurre su drama desalmadamente.

Nos hemos echado a perder como país. Hemos sustituido la humanidad propia de un conglomerado que se sabe tal por una especie de incordia incontrolada. La siembra artificial del odio entre venezolanos, la caracterización de una falsa lucha de clases y la conversión de la política en batalla sin escrúpulos pesará a largo y hará difícil el reencuentro de la unidad nacional y el retorno a un juego político civilizado.

Cierto el mundo no anda bien. Las matanzas indiscriminadas y las guerras civiles con ribetes religiosos, la inestabilidad del Oriente Medio, el irrespeto por la vida mujeres y niños no combatientes, son características que signan al año en curso. En el escenario de nuestro continente vemos los intentos de pacificación de Colombia, de una Colombia con más de medio siglo de violencia, un esfuerzo q conllevaría a proclamar a nuestra América como libre de combates intestinos y no sin pesar la incomprensión fatal de un sector de sus actores políticos.

El mundo sigue en su drama: lo viejo no se muere y lo nuevo no termina de nacer o, si se quiere, los conflictos asemejan a un vertiginoso regresar de épocas históricas indeseables. En Venezuela hemos tenido violencia y muerte sin que haya degenerado en un conflicto total, uno que, sin embargo, no podemos borrar del escenario por arte de magia. Los síntomas son de descomposición social. Baste mirar a la criminalidad con los cuerpos que aparecen descuartizados o lanzados a autopistas y ríos. Se mata sin necesidad alguna al objetivo del delincuente de apoderarse de los bienes ajenos, pero también -se constata en la obviedad de las noticias- por encargo, por eso que llaman sicariato.

Los índices que nos colocan en los primeros lugares de la criminalidad mundial muestran una ruptura de todo freno que incluye desprecio total por la vida humana. Se han roto los diques. Han caído las paredes de los embalses.

Sin embargo, lo que los venezolanos llamamos con la generalidad “inseguridad” es sólo un aspecto del drama. Lo más profundo es que no vemos futuro aceptable, lo que fuerza a la emigración, al desconsuelo o al encierro preventivo. Los venezolanos solo recibimos mentiras, acrobacias, desparpajo, distracciones, obra bufa. Los actores de nuestra vida pública muestran rutilante incapacidad para abrir vías a las posibilidades, a perspectivas que hagan de la gran enfermedad nacional llamada pesimismo una curable o desterrable.

Los venezolanos se mueven en el lamento, en el lanzar su disconformidad como forma de alivio, sin que se apresten al rescate de un entorno civilizado dentro de lo fáctico de un mundo revuelto. Siguen ahogándose en paradigmas agotados, en formas políticas del pasado, en la construcción de liderazgos superfluos.

Por supuesto que el país tiene tiempo mal, no es una novedad, la novedad –si es que la palabra cabe- es que sus pesares se acentúan y comprueban que los países no tienen fondo cuando van en barrena dado que siempre puede ser peor. Es obvio que la principal responsabilidad la tienen quienes ejercen el poder, más aún cuando se dedican al pregón de una felicidad inexistente o al abuso permanente de la propaganda para tapar su ineptitud. Es también obvio que la responsabilidad es de toda una clase dirigente sin respuestas. Cuando eso sucede corresponde al cuerpo social asumirse, pero este parece desencajado y maltrecho como para aprestarse a tal tarea.

tlopezmelendez@cantv.net

El anhelo, el esfuerzo y el cambio

anhelos

Por Alberto Medina Méndez

Todas las sociedades aspiran a vivir mejor. Hablan de progreso, sin aclarar que el deseo no alcanza. Tampoco sirve demasiado repetirlo hasta el cansancio y llenarse la boca de discursos grandilocuentes para que se convierta en realidad. Hace falta bastante más que eso.

Para conseguir triunfos extraordinarios hace falta mucho más que una retórica elaborada. Se precisa pasar a la acción, llevar adelante esfuerzos incansables, prolongados en el tiempo, con una constancia a prueba de todo y esa perseverancia propia de quien tiene convicciones profundas, virtudes que no abundan a la hora de construir un vida en comunidad.

Es importante comprender que las ganas y el sacrificio tampoco garantizan los resultados esperados. Es que las ansias son necesarias y el esfuerzo es vital, pero son las ideas correctas las que hacen la diferencia. Si el rumbo seleccionado no es el adecuado, esa inmensa labor será inconducente.

Es allí donde claramente las sociedades contemporáneas no parecen encontrar el camino. Es saludable intentar entender como se produce esa secuencia de acontecimientos que configuran la realidad. Si se cree que todo ocurre por mera ventura divina, pues entonces, habrá que concluir que no vale la pena hacer mucho, ya que lo que viene, no depende del accionar de los hombres sino de la intervención celestial. En ese caso, parece mejor esperar que lo bueno aparezca y agradecer a Dios cuando ello suceda.

Para otros solo se trata de tener un poco de suerte, o al menos de evitar los sinsabores de la mala fortuna. En esas circunstancias, tampoco tiene sentido hacer demasiado. El futuro depende, desde esa perspectiva, del azar y entonces esmerarse no parece muy inteligente.

No falta nunca ese grupo que atribuye los descalabros y las crisis a las conspiraciones, a la participación deliberada y la actitud despiadada de confabuladores seriales que se ocupan de que todo resulte pésimo. Bajo esas reglas, no amerita hacer esfuerzo alguno. Después de todo, las fuerzas del mal son exageradamente poderosas y no fracasarán jamás.

Todas esas miradas invitan, directa o indirectamente, a la pasividad, a esperar, a cruzarse de brazos, a actuar como simples espectadores y por lo tanto renunciar al protagonismo, al trabajo y a hacer todo lo necesario para que el mañana sea distinto y no una mera proyección del presente.

Ahora, si se comprende que son los ciudadanos los que toman decisiones y son ellos los que hacen que las cosas sucedan, y que su participación incide, de algún modo, en su destino, pues en ese caso es central repasar que es lo que se debe hacer para que algo novedoso ocurra.

Queda claro que lo que se hace hoy es insuficiente. Es evidente que las ideas que se han defendido hasta aquí producen esto que se conoce como actualidad y por lo tanto se trata de construcciones intelectuales que han demostrado su absoluta ineficiencia, siendo más de lo mismo. De lo contrario no se podría convivir con tanta inseguridad, corrupción, injusticias, manipulación del poder y cuanta perversidad deambule por estas tierras.

Muchas veces, la sociedad no logra vincular los hechos y prefiere creer que con soñar alcanza. Es importante tener un norte como herramienta motivadora, porque estimula a tomar las riendas. Pero es falso suponer que solo por quererlo, todo ocurrirá favorablemente, como por arte de magia.

El deseo precisa de una acción decidida, de un impulso enorme, perseverante y sistemático. La historia reciente solo muestra espasmos que, como tales, se agotan en sí mismos, sin haber conseguido su meta por falta de profundidad, paciencia y claridad conceptual.

Cuando la victoria no aparece en forma automática, la ansiedad hace de las suyas y entonces todo vuelve a cero, con el agravante de que la desilusión y la desesperanza instalan la visión de que es imposible lograr algo positivo.

Hablar de esfuerzo, no es apuntar solo al sacrificio que implica esmerarse, sino también a pagar los costos derivados de los objetivos pretendidos. Nadie consigue grandes cosas sin tropiezos. Los logros muchas veces vienen de la mano de colosales renunciamientos. Es probable que muchos no estén dispuestos a hacerlo y eso explique en buena medida lo que pasa.

Si el deseo es potente y el esfuerzo constante, pero las ideas son las incorrectas, todo fracasará. Para ser optimistas hay que anhelar con entusiasmo, prepararse para hacer un esfuerzo gigante, pero además estar absolutamente dispuestos a cambiar, a dejar de lado los sistemas equivocados para reemplazarlos por las que han demostrado su éxito.

Los paradigmas con los que se analiza la realidad son determinantes. Si ciertas ideas no se reemplazan por las diametralmente opuestas, pues no habrá esfuerzo ni ganas que consigan algo interesante. Elegir el rumbo inadecuado conduce invariablemente a un fracaso predecible.

Todos los países son optimistas respecto del porvenir. Saben que recorren una coyuntura, pero también que esa circunstancia tiene fecha de vencimiento. Tienen esperanzas respecto de lo que viene, y confían en que todo será mejor. Pero ese pronóstico será el correcto solo si se comprende el vínculo profundo que existe entre el anhelo, el esfuerzo y el cambio.

albertomedinamendez@gmail.com

Los calorones de agosto

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Teódulo López Meléndez

 

Se puede aparecer en pantalla convirtiendo una precaución en una obra de envergadura para los barrios. Otra cosa no sucedió en la pasada cadena de radio y televisión del jueves efectuada por Maduro. Bajo la apariencia de retomar el proyecto Barrio Tricolor, nombrado por enésima vez, se ocultó la creación, o el intento de creación, de una barrera protectora contra eventual “pérdida de paciencia” de los sectores populares.

 

Lo que se mostró, -con maquinaria, factores ideológicos, premisas de desarrollo- no fue más que un plan de seguridad disfrazado de proyecto de cirugía urbana. El acompañamiento de un trato, que no sabríamos como calificar, al aumento anunciado de la gasolina, hace más evidente lo señalado. Ahora no es necesario ese aumento, es un simple correctivo que deberá tomarse, pero puede ser en dos o en diez años.

 

Por si fuera poco, Maduro elogió al general encargado del proyecto por lo que llamó esfuerzo sobrehumano de recorrer lo que llaman callejones en tiempo récord, como si esa misión no hubiese sido anunciada hace meses y de repente había que recurrir a esfuerzo extra, a prisa inaudita, a carrera contra el tiempo.

 

Estos elementos por tratar de convertir una medida de seguridad en una acción gubernamental de aparente asistencia a los sectores de las barriadas populares pasó a ser un aquelarre. A todo el que siguió la cadena con ojos atentos, quiere decir casi nadie, le quedó patente un tablero con todas las alarmas encendidas. El gobierno está más que nervioso por el eventual comportamiento de los pobres que dice defender y encarnar.

 

Recordemos que el inefable presidente había anunciado previamente la adquisición de nuevos equipos represivos para “combatir terroristas” y que en las redes sociales había corrido la versión –cuya veracidad desconocemos- de muy especiales convocatorias a la Guardia Nacional para mirar a los nuevos y eventuales escenarios.

 

Conjuntamente el superpoderoso Rafael Ramírez había anunciado que nuestra empresa en Estados Unidos, CITGO, estaba a la venta a quien realizase la oferta conveniente, en un paso acariciado años atrás por razones ideologizantes, y ahora reforzado por falta de efectivo y por compromiso con China de elevar nuestra cuota de suministro petrolero. Es obvio que ello equivaldría al abandono del mercado norteamericano, en una acción de alto riesgo.

 

Es tal la complejidad del mundo en estos momentos, y sobre todo en los que están por venir, que cualquier acontecimiento en Venezuela no entraría en la primera página de quienes andarían muy ocupados con sus propios dilemas. Tenemos a un gobierno nervioso y una economía colapsada. La preocupación del gobierno es notoria como patética, pero nadie, aparte de los íntimos del régimen, parece, fuera de él quiero decir, estar haciendo un seguimiento a los temblores, ocupados como andan en las maniobras secundarias para mantenerse vigentes y frente a un país que, como hemos dicho hasta el cansancio, se ocupa de las minucias sin percibir las alarmas de tsunami.

La cadena fue realizada sin ninguna explicación de las razones por las que se suspendía el viaje de Maduro a la toma de posesión de Santos y exactamente a la misma hora, como para reforzar la tesis de una tranquilidad conventual. El que quedó muy mal fue el sempiterno Uribe que había alegado tal presencia como excusa para producir el hecho histórico de que por vez primera en la historia de Colombia una oposición no asistía a una toma de posesión presidencial. Pero fuera de los actos en Bogotá hay que explicar que la reunión sostenida días atrás en Cartagena de Indias no era justificativo para la inasistencia, dado que estos actos sirven para ver a docenas de mandatarios extranjeros y representantes de alto nivel de los organismos internacionales.

Este ha sido un agosto, y sigue siendo, uno muy particular, uno en el cual el régimen asegura no haber visto nunca antes tantos alegres viajeros, cuando IATA advierte Venezuela se acerca al aislamiento aéreo y la gente hace las más espectaculares conexiones para tratar de ver a sus familiares emigrados, número in crescendo como es fácil advertir. Agosto tiene calorones.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

 

 

La contribución de los incondicionales

incondicionales

Por Alberto Medina Méndez

 

Existe un grupo de individuos que actúa en forma inorgánica, espontánea y hasta genuina. Se trata de los incondicionales. Son personajes que defienden todo lo que hace su circunstancial líder. Se pueden inmolar por él y no importa lo que diga o haga, ellos lo avalan con un cheque en blanco.

En estas latitudes, esa modalidad tiene mucho vínculo con el personalismo y es el presidencialismo como sistema político, el que mejor lo representa. Estos intransigentes sujetos no protegen un sistema de ideas. En realidad, apoyan a un dirigente político, al que endiosan, atribuyéndole talentos sobrenaturales, condiciones inigualables, que poco tienen que ver con la indiscutible imperfección humana.

Aplauden a su guía político sin importar demasiado sus argumentos ni propósitos. Convierten todo en positivo, inclusive los inocultables defectos, esos que critican en otros, pero que festejan en su ídolo cuando los usa.

Le asignan virtudes que no tiene, multiplican sus eventuales éxitos y minimizan sus evidentes fracasos. Cuando el jefe acierta, recuerdan que sus planes fueron perfectamente diseñados, y cuando algo sale mal, especulan con conspiraciones que sus enemigos prepararon contra su brillante idea.

Es pertinente aclarar que no conforman la nómina de incondicionales los eternos hipócritas del sistema, esos que estando rentados “alquilan” su opinión favorable a cambio de una oportuna compensación económica.

La referencia no apunta a esa categoría en la que se enrolan los empresarios prebendarios, esos que reciben favores del poder, ni tampoco a la de los militantes mercantilizados, los que sobreviven gracias al sueldo o los interesantes contratos que les provee su ocasional amo político.

La alusión de incondicionales es solo para aquellos, que sin depender económicamente de los beneficios que distribuye discrecionalmente el poder, amparan incansablemente cada decisión del gobernante.

Estos fanáticos razonan de un modo muy particular. Su conclusión sobre lo que ocurre, es siempre independiente de las premisas. Saben de antemano que su cabecilla tomará la decisión adecuada, no importa cuál sea la estrategia ni el tema en cuestión. Si el caudillo selecciona una orientación definida, la aprueban y si prefiere exactamente la opuesta, también. En ambos casos su tarea consiste en construir argumentos que expliquen todas las posturas posibles, inclusive las antagónicas.

Ellos no resguardan una ideología determinada, de hecho las detestan, aunque les deslumbra la posibilidad de rotularse con generalidades que parecen simpáticas por su aceptación, pero que no dicen demasiado.

Los amantes de lo absoluto, pululan por todas partes. Aparecen muy frecuentemente en los medios de comunicación pero también en las redes sociales, aunque discuten en cuanto ámbito se les presente.

La adulación sistemática, la alabanza indiscriminada, no es racional. Nadie es perfecto. Todos cometen errores. No existe excepción para esta regla universal, al menos cuando de la especie humana se trata. Defender a alguien sin admitir desaciertos es ir contra el más elemental sentido común.

No se ayuda a quien se respeta validándole absolutamente todo, mucho menos celebrando la universalidad de sus actos. Al contrario. Al no señalarle sus errores, se lo invita a repetirlos, profundizarlos e ignorarlos. Y es así, que las supuestas ventajas de lo hecho se van desdibujando hasta finalmente deslegitimarse por sí mismas, cayendo por su propio peso.

Los incondicionales, no eran así. No respaldaban todo sin criterio. Solo elogiaban lo que consideraban correcto y alineado con su visión personal. Pero han mutado su actitud, exacerbando su estilo, con mucho de intolerancia, girando sin necesidad hacia el fundamentalismo, solo porque les molesta la crítica, esa que consideran injusta y desproporcionada. Desprecian al adversario y por eso marchan disciplinadamente detrás del mandamás, solo para denostar a sus tradicionales rivales.

Creen que colaboran con el régimen combatiendo a los contrincantes naturales de su referente. Suponen estar haciendo un valioso aporte a la causa con ese combate intelectual, sin advertir cuanto se equivocan.

No solo no se han dado cuenta de lo patético e indigno de su postura, sino lo absolutamente ineficaz e insostenible que resulta esa dinámica. Tampoco se percataron del escaso favor que le hacen a sus supuestos ideales.

El ciudadano promedio es sensato. Puede ser engañado durante algún tiempo, pero no siempre. Las posiciones extremistas, esas que defienden lo que sea, son distinguidas con claridad por la gente moderada y menos apasionada. Solo terminan expulsando a quienes en realidad tienen coincidencias generales, pero logran comprender que no pueden acompañarlo todo, ciegamente y a cualquier costo.

El ocaso empieza en algún momento. La caída del régimen tiene escalones y su declinación se visualiza progresivamente. En esta etapa, la de la pendiente hacia abajo, el final de la historia no lo aceleran necesariamente los hechos políticos, sino justamente el accionar de quien lidera el proceso. Pero nada de eso podría lograrse sin la contribución de los incondicionales.

albertomedinamendez@gmail.com

La lámpara de Diógenes

 

Diógenes

 

Teódulo López Meléndez

 

No se trata de personas. Se trata de conceptos. No puede desafiar quien busca cuotas. Desafía el que busca al país todo.

 

El impoluto consensa intereses extraviados. El desafiante reta a mirar distinto.

 

Aquí no se trata de mediadores mesurados conservadores del estatus. Aquí se trata de romper en procura de un cambio histórico.

No se trata de acomodar intereses contrarios con guantes de seda. Se trata de empujar a una nación hacia un nuevo estadio.

 

Lo que el país requiere no es un impoluto mediador. Es un desafiante de la voluntad ciudadana.

 

Lo que el país requiere no es acuerdo para presentar candidatos sino para presentar el país posible.

 

Lo q el país requiere no es una alianza con fines electorales. Es una convergencia ciudadana hacia el país. En un drama nacional se busca broten todas las tesis y se enfrenten. En un acomodo se requiere el apaciguador que consuela.

 

Desafiar a un país se topa con la incomprensión. Hacerle carantoñas a un país tiene aquiescencia. La incomprensión es parte del desafío.

 

No se requiere al acomodador que pone cojines para evitar se rocen los ambiciosos. Lo q se requiere es sacarlos del teatro.

 

No se requiere de “unidad” como chantaje ni “pega loca”. Se requiere una insurgencia nacional que rompa el presente.

Moverse por ambición de poder es exactamente contrario a la posibilidad de gobernar y hacer viable un destino.

El país se queja. El país no se asume. El país exorciza. El país no construye. El país en la minucia. El país no visualiza futuro.

Cada vez que veo la exigencia de transformación de la MUD me pregunto cuando los dinosaurios se hicieron aves. Si bien hay novedosas teorías científicas al respecto por análisis comparativos de los esqueletos de unos y otras persiste la duda sobre los miles de años que tal evolución requirió.

Estos días de acomodos de poder, de preparación de escenarios para la obra de mañana a uno lo asalta Diógenes de Sinope, Lo imagina en su tonel, sin olvidar sus antecedentes de falsificación de monedas junto a su padre, dado que, al fin y al cabo, a eso se le atribuye su dedicación a la filosofía. Con su habitual agudeza Platón lo describió como un “Sócrates delirante”. Sólo portaba un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco y su maravillosa lámpara con la que buscaba a un hombre honesto. La historia de la filosofía no nos da cuenta si encontró a alguno.

Lo único que sí se sabe es que un día en las callejuelas de Atenas Diógenes vio a un niño recogiendo agua con las manos y le regaló el cuenco. Es posible que el fuego de su lámpara lo haya llevado al agua.

Jamás escribió una línea. Practicaba con el ejemplo. No deja, por esto último, de ser curioso que haya logrado la inmortalidad.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

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