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Democracia siglo XXI

mes

enero 2015

Guantánamo

Artículo de Teódulo López Mel;ende en el diario “El Universal” (Miércoles 28/01/15)

El Universal

http://www.eluniversal.com/opinion/150128/guantanamo

La realidad social

Tal Cual

Mi artículo. en‘ Tal Cual” 

realidad social 2

 

 

http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=112692&tipo=AVA 

 

La senda de la obnuvilación

Obnuvilación

Por Alberto Medina Méndez

Los que pretenden llegar al poder están siempre repletos de buenas intenciones. Más allá de sus innegables ambiciones personales, los inunda un entusiasmo desbordante por hacer algo diferente, por cambiar el estado de situación actual, por aportar ese granito de arena que puede modificar el rumbo de forma positiva.

Desde afuera del sistema, sin tener el mando, se horrorizan por lo que sucede a diario, se espantan por los resultados que obtiene la política imperante, y se prometen a sí mismos, y a quienes quieran escucharlos, que al llegar a ese ansiado sitial, eso no volverá a ocurrir nunca más.

Lo concreto es que el tiempo transcurre y algunos de ellos, más tarde o más temprano, ocupan esos espacios por los que tanto se esforzaron. No es necesario detenerse demasiado a analizar la nómina de mecanismos utilizados para conseguirlo, aunque es probable que ese sea el punto de inflexión, el quiebre moral que tuerce definitivamente el recorrido.

Todo lo que se haya dicho hasta ese momento, puede cambiar súbitamente. El nuevo rol del ocupante del poder, transforma la matriz original, para que las supuestas creencias y visiones ideológicas se desvanezcan. No se debe imaginar al poder como el lugar más destacado, el superior a todos. A veces solo se trata de cargos menores, espacios irrelevantes en términos generales, pero esa sensación de tomar decisiones que impactarán en muchos es lo que lo vuelve mágico, adictivo y, por lo tanto, corrupto,

El proceso de degradación moral no es automático, ni repentino. Frecuentemente es progresivo y hasta lento. Lo irrefutable es que la orientación de los acontecimientos ya no tendrá que ver con lo tantas veces enunciado, con el recitado políticamente correcto que motivaba a recorrer este sendero que permitiría, hipotéticamente, cambiar el trayecto.

Existe un discurso lineal que sustenta a esta nueva posición para justificar cada cambio retórico en el accionar. Los flamantes hombres del poder dirán que nada se modifica desde afuera del sistema, y que al ingresar al ruedo, es preciso hacer determinadas concesiones para ser parte del juego.

Todos los que están adentro lo dicen, lo repiten y hasta se convencen de la veracidad de esa afirmación. Claro que ese argumento es el que les otorga la licencia personal para relajar sus reflejos morales y aceptar como correcto, aquello contra lo que antes despotricaban sin temor.

Esa nueva posición, la dinámica que le “impone” ser parte del esquema de poder, los lleva a modificar sus conductas una a una. Ya no pueden ser los mismos de antes. Ahora tienen que aceptar ciertas normas y no solo tolerarlas amablemente, sino también ejecutarlas como protagonistas.

Es ese el momento en el que todos los valores se trastocan. Lo que antes era verdadero ahora ya no lo es. Lo que era necesario ahora no es urgente. Y lo que estaba mal resulta imprescindible para seguir el sendero elegido.

Antes querían celeridad, ejecutividad, soluciones y eficiencia. Hoy, ya en el poder, disponen de otros tiempos. Ahora deben buscar la oportunidad para llevar adelante solo una parte de lo soñado. Una larga lista de legítimos deseos quedará absolutamente enterrada. Lo que en el pasado debía modificarse, ahora no solo no es posible, sino que debe archivarse indiscutiblemente porque es una premisa que no puede ser vulnerada. Seguramente no dirán que se trata de algo inmodificable pero recurrirán a eufemismos que sostendrán que “no es el momento”, o que “aun no resulta posible hacerlo bajo las actuales circunstancias”.

Desde afuera era imperioso eliminar la corrupción, transparentar la gestión, trabajar para los ciudadanos hasta convertirse en un empleado de la sociedad dispuesto a servirle para conseguir lo que tantos anhelan. Hoy, desde adentro, los objetivos mutaron. La prioridad es sostener el poder, y si fuera posible concentrarlo, acrecentarlo, controlarlo todo, para que la sociedad sea  la que esté obligada a renovar su voto, no necesariamente por disponer del mejor, sino porque el adversario ocasional es algo peor.

Al poderoso de turno, solo le importan las encuestas y su chance de seguir vigente. Si su derrotero ha sido desprolijo, es probable que solo precise garantías de impunidad para que su salida sea silenciosa y confortable.

La mayoría no logra comprender este fenómeno por el cual personas honestas, sensatas, gente de bien, se transforma a una velocidad inusitada en exactamente lo contrario. Es cierto que algunos no resisten el proceso y terminan siendo expulsados rápidamente para volver a sus lugares de origen, con cierta sensación de frustración por no haber conseguido sus genuinas metas. Los invade una inusitada impotencia que los marcará de por vida, pero pueden sentirse orgullosos de no haber sido parte de la indigna trituradora del poder.

Por increíble que resulte el poder enamora, nubla la vista, hace perder los parámetros y se convierte irremediablemente en una adicción. Es así que consigue quebrar emocionalmente a aquellos que, sin integridad, asistirán al derrumbe secuencial de sus convicciones. Una vez que se recorren los primeros pasos y se ingresa por ese callejón sin salida, nada tiene retorno.

La llegada al poder implica un ejercicio de aclimatación. Los más logran dócilmente acomodarse a la nueva situación. Después de todo, la especie humana sobrevive gracias a su gran capacidad de adaptación. Otros, los menos tolerantes con ciertas prácticas, desisten a tiempo o son expulsados. La perversa regla de oro vigente les recordará siempre, y sin piedad, que quienes entran al sistema deberán recorrer la senda de la obnubilación.

albertomedinamendez@gmail.com

Decadencia

decadencia 

Teódulo López Meléndez

Una decadencia es la extinción de ciertas características de una sociedad, lo que podemos percibir claramente en nuestro presente. Esa ruptura societal es también señalada en términos sociológicos como ruina, dado que las condiciones generales empeoran a ojos vistas.

Fue con La decadencia de occidente de Spengler (1.er volumen Viena, 1918; 2.º volumen Múnich, 1922) que se inició formalmente la conformación de una teoría filosófica del término, aplicada, claro está, a una civilización, aunque se puede hablar de decadencia de un grupo en particular o de un país. Al fin y al cabo la palabra implica declive, caída, empeoramiento, deterioro.

Más contemporáneamente ha sido el historiador norteamericano Arthur Herman en La idea de la decadencia en la historia occidental (Edit. Andrés Bello, Santiago, 1998) quien ha vuelto sobre el concepto resaltando el pesimismo como uno de sus signos identificatorios, pero con afán histórico nos lleva hasta el romanticismo reaccionando frente a la revolución francesa y pensando el mundo se acababa. Herman habla de tres paradigmas del pesimismo, el racial, el histórico y cultural. En nuestro presente de país encontramos una absoluta caída cultural apreciable sobre todo en los dirigentes emergentes que dan muestras de una ignorancia conceptual, y en lo social, donde se ha aposentado un típico clientelismo populista.

Es claro que el concepto de decadencia es mucho más antiguo y podemos rastrearlo en numerosos autores, siempre como un decaimiento casi lógico, si por lógica entendemos nacimiento, crecimiento y caída, como ha sucedido con todos los grandes imperios. Siempre a beneficio de inventario hay que reconocer en Herman la negativa a admitir leyes estrictas sobre el tema, esto es, su inexistencia nos conduce a pensar que frenar la decadencia es una decisión que un pueblo toma en ejercicio responsable. Lo fundamental es aprender, agregamos nosotros, que se está en decadencia, pues si esta admisión no puede haber esfuerzo. La caída cultural y social de Venezuela podría acometerse desde una gran insurgencia que nos devolviera el control, pero hay que partir de las admisiones.

Después de la decadencia algo viene, no es ella el final, aún dentro de un necesario pesimismo intelectual que se afinca en la realidad. Las teorías sobre la decadencia son muchas y variadas, generalmente partiendo desde un panorama sombrío que no puede dejar de lado ni el concepto de poder, dado que este ha estado sometido a variaciones de fondo por influencia de la tecnología y porque hoy nos preguntamos si alguien tiene ese ingrediente para modificar realmente una relación social, que en nuestro caso, luce deslegitimada.

Una decadencia encuentra en el plano de las ideas su expresión más acabada. Sin ideas ella es una acción progresiva hacia el oscurantismo que trae, por añadidura parasitismo. En la decadencia se asiste a una multiplicidad de voces anárquicas que encuentran vía fértil en las llamadas redes sociales, en una especie de renacimiento de un individualismo que ya no se expresa en un consumismo desenfrenado, dado que el modelo económico ha producido además escasez y carestía. Podríamos concluir en la aparición de un deber social atrofiado.

Pareciera signo de Venezuela que a comienzos de cada siglo nos asalte la palabra decadencia. Bien lo supo José Rafael Pocaterra con sus “Memorias de un venezolano de la decadencia” (Biblioteca Ayacucho, Caracas). Ortega y Gasset, el prologuista de Spengler, reiteró que una cultura sucumbe por dejar de producir pensamientos y normas. Sobre los inicios del siglo XX venezolano se alzaron dirigentes de alta capacidad y formación, algo de lo que ahora carecemos. Había para el inicio del XX lo q Ortega gustaría de definir como “ideas peculiares”, unas ideas cargadas a fuerza de ser pensadas.

Pocaterra no podía elegir. Estaba frente a un compromiso y lo cumplió a cabalidad, pensando como debía hacerlo, porque él era el pensador y, en consecuencia, el verdadero protagonista. Uno de los detalles claves para la decadencia es cuando un pueblo elige el mito.

Hemos dicho el concepto de poder no se puede tomar de manera tajante. Podríamos, incluso interrogarnos, sobre el desafío de Pocaterra al describir la decadencia que le tocó en suerte, una que necesariamente implica al “poder” que la causa, conjuntamente, claro está, con todos los demás elementos de antecedentes históricos y de devaluación del cuerpo social.

Gómez no era el poder, era una potencia, para usar la sutil e inmensa definición a la vez de Antonio García-Trevijano en “Teoría pura de la república” (edit. El Buey Mudo, 2010). La vieja definición de que el poder absoluto se corrompe absolutamente es válida, pero sus abusos muestran que le es inherente a su propia naturaleza y que resulta harto difícil puedan ser frenados por algún poder social (en muchos casos inexistente) o que esa “potencia” deje de imprimirle la característica que le es propia: hacerse obedecer.

La decadencia de comienzos del siglo XX tenía otros antecedes históricos: las guerras civiles y los caudillos en armas. La de este en el derrumbe de una partidocracia que se empeña en reproducirse, pero en ambos casos se manifiesta en una “potencia” salvadora que se degenera, como lo hace el cuerpo social decadente.

Por supuesto que de decadencia se habla desde hace siglos. Desde su expresión latina es declinación, ruina, algo que se aproxima a lo inanimado, desgaste, deterioro, lo que continuamente empeora. Sin entrar en disquisiciones sobre las teorías sobre ella podemos aceptar se refiere a lo que va perdiendo su valor e importancia, a un colapso societal. Tucídides usó la palabra sobre la guerra del Peloponeso y hasta para la peste que azoló a Atenas. En cualquier caso cuando hablamos de decadencia en referencia a los procesos sociales podemos clasificar por intensidades y duración. Esta de la cual nos ocupamos parece intensa y durable.

Publicado en: https://www.academia.edu/10126765/Decadencia

tlopezmelendez@cantv.net

La ceguera del espíritu

ceguera

Luis Alejandro Contreras

Se vende a los niños, como razón de vida, la lucha por un puesto señero en el mundo. Mas, al final, lo que realmente tendrá cada persona que afrontar es un caso de honestidad para consigo misma: indagarse y encontrar cómo llegar a buen puerto ante el dilema de lo que se anhela ser -en y desde el fondo de símismo- y lo que hasta la saciedad se le ha predicado que “debe uno ser”, como parte de la sociedad.

Realmente se trata de una lucha entre la libertad -en su sentido más pleno e irrevocable, entendida como el libre albedrío de toda interioridad- y el peso opresivo de un statu quo que concuerdan en sobrellevar algunos y en defender otros como colectividad, aún a costa de estar conscientes de que ese peso es ya un padecimiento, una carga inllevable.Y con esa presión extraordinaria que establece la plutocracia globalmente organizada, sea que se predique en regímenes abiertos o cerrados sobre sociedades e individuos (pues, paradójicamente, multitud y persona son tan semejantes como desemejantes y a toda plutocracia se le hace necesario atacar al hombre por ambos flancos), es sumamente improbable que se pueda lograr un desarrollo armónico en el seno del espíritu humano. Al final son voces aisladas, muchísimas de ellas respetables y señeras, intentando develar los ancianos males de la humanidad, intentando abatir al basilisco imperante en el sueño que llamamos realidad; acaso sea muy poco lo que logren incidir en el seno de la humana naturaleza, pues sus voces son y han sido ancestralmente mediatizadas con escarnio por un ideal crematístico que se sustenta a sí mismo y que, inexplicablemente, todavía hoy defienden, como hipnotizados autómatas, las grandes masas de nuestras sociedades, desde aquellos que viven en la más paupérrima de las pobrezas -aunque en descargo de ellos hay que decir que no les queda otro remedio que ejercer su derecho a tal defensa, pues tienen que amoldarse a los “hechos” y buscar una vía para su humana subsistencia-, pasando por los ciudadanos que se encuentran en el medio de la escala plutocrática, acariciando el sueño de una Edad de Oro hipotecada, llegando hasta los que asumen una vida plena de comodidades y riqueza material como un regalo divino para el que hubieran estado predestinados desde el más allá.

La crisis del hombre moderno halla su razón de ser en el desgano de éste por respirar a su aire, pues relegó su alma a un escondrijo del lenguaje, siendo que ella le habita, con o sin su consentimiento, a trastiendas; es como si, por inadvertencia, un novicio desprevenido hubiere postergado el cuidado de un huerto sagrado y, luego, no hallara los medios para hacerlo florecer nuevamente. Los más grandes conflictos del hombre moderno deben su génesis a un desacato o desoimiento del alma individual, a una desatención de la cualidad vaporosa del espíritu y a un rechazo por todo lo volátil e incorpóreo; hallan razón de ser en una carencia y, es más, en ella se enquistan; y, aunque parezca extraño, es allí donde ganan todas las batallas los mecanismos del poder y sus dioses de aserrín; es por una carencia del espíritu que se imponen los patrones de conducta en los pueblos y es por esa misma carencia que se justifica todo exabrupto amparado en variopintos credos políticos, económicos o ideológicos. La pobreza -toda pobreza- nace y muere en nuestro pecho. (1) Cuánta sutileza encierra la palabra enseres, ese plural sustantivo derivado de en y ser. Nos lleva a presumir que hay un hálito de vida coexistiendo en aquellas cosas tocadas por mano del hombre; nuestras prendas personales se hayan pues en estado de ser.[2] Me permito reproducir el término Democracia del Diccionario, tal como aparece en la apreciada página: La palabra del día, http://www.el-castellano.org/Sistema político en el cual el pueblo ejerce el gobierno directamente o a través de sus representantes electos. Democracia proviene del latín tardío democratia y ésta del griego demokratía (gobierno del pueblo), formada por demos (pueblo) y kratein (gobernar), esta última proveniente de kratos (fuerza). En el siglo V A.C., durante el gobierno del estratega Pericles, surgió en Atenas un régimen político basado en decisiones populares. Los ciudadanos se reunían en laEkklesia o “asamblea popular” para deliberar y decidir sobre las grandescuestiones del gobierno. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de Atenas eran esclavos o metekos (extranjeros), mientras que los ciudadanos que efectivamente participaban en la vida política ateniense no pasaban del diez por ciento de la población. La democracia resurgió en Europa durante la Edad Media en lugares aislados, como en los cantones suizos y en algunas repúblicas alemanas o italianas, y el prestigio del término se fue fortaleciendo lentamente con el ascenso gradual de la burguesía. El primer registro de uso de democracia en español está datado en 1640; la palabra ya estaba incluida en el Diccionario de la Real Academia de1732 (su primera edición, conocida como Diccionario de Autoridades). No obstante, la voz democracia se hizo más conocida en la Revolución Francesa (1789), con la caída de la monarquía en Francia y la posterior democratización de los regímenes monárquicos en la mayor parte de Europa. Desde entonces, tanto los gobiernos basados en el capitalismo como los países comunistas de Europa y Asia, además de Cuba, se atribuyeron la calificación de “democráticos”. Sin embargo, la democracia ejercida directamente por los ciudadanos -tal como en Atenas- parece no ser viable en nuestro tiempo debido a la complejidad del Estado, que adopta formas representativas mediante las cuales el pueblo ejerce su soberanía por medio de representantes electos. A partir de democracia se formaron palabras derivadas, tales como demócrata, democratizar y democratización. Entre los peligros del régimen democrático se ha señalado el de la aparición de demagogos, vocablo formado por las voces griegas demos (pueblo) y agein (conducir). Los demagogos son líderes que seducen al pueblo con sus promesas y lo conducen por caminos equivocados. A pesar de este significado, demagogo fue inicialmente un título honorífico que se concedía en la ciudad griega a líderes populares y personalidades ilustres, como el reformador Solón ,reconocidos por la forma en que conducían al pueblo.[3] Sin dejar de anotar que, modernamente, el substrato filosófico de ciertas naciones del Oriente, tradicionalmente menos sustentado en lo deductivo-intelectivo que en lo sensitivo-contemplativo, ha cedido parte de esa virtualidad cósmica que innatamente ocupaba en el seno espiritual del individuo, para dar paso a un “metodismo de la idea” y, supremamente, a un culto exacerbado por la medición de todo acto humano, ambos originarios de Occidente.

Y globalmente se ha venido imponiendo, con fuerza y velocidad inusitadas, un apego al vivir sobre la base de una consumación pragmática. Pero las ideas prevalecientes en Occidente, ésas que amenazan con atenazar al mundo, no son precisamente las nacidas en el lecho del espíritu. ¿Cómo podrían haber nacido en tal lecho esas Moiras que incitan al hombre a evadir su promesa de ser hombre? Las genuinas ideas de Occidente, aquellas que nacieron en el corazón y en el espíritu de sus hijos, viven errando entre catacumbas.

Lenguaje y decadencia

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (Miércoles 04/01/15)

Lenguaje y decadencia

http://www.eluniversal.com/opinion/150114/lenguaje-y-decadencia

Mirar desde el futuro

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “Tal Cual” (Lunes 12/01/15)

mirar desde futuro

 

http://www.talcualdigital.com/nota/visor.aspx?id=112180&tipo=AVA

Un compromiso renovado por la Educación como Sostenibilidad

sostenible

 

El 1 de enero de 2005 arrancaba la Década de la Educación por la Sostenibilidad promovida por Naciones Unidas. Desde ese mismo, día la OEI ha estado impulsando la Educación por la Sostenibilidad entre los educadores iberoamericanos por medio de este espacio web que se ha convertido en referencia en nuestra región.

 

Hoy, 1 de enero de 2015, finalizada la Década, Naciones Unidas pone en marcha un Programa de Acción Global con el mismo objetivo de impulsar la necesaria y todavía posible transición a la Sostenibilidad.

 

Este Programa de Acción Global (GAP por sus siglas en inglés, Global Action Programme) toma como base los logros alcanzados en el marco de la Década, con el fin de seguir impulsando el compromiso internacional de fomentar la Educación para el Desarrollo Sostenible (EDS). Y ha sido concebido mediante un proceso de amplias consultas que refuerzan su interés y viabilidad (ver la Declaración de Aichi-Nagoya sobre Educación para el Desarrollo Sostenible, http://unesdoc.unesco.org/images/0023/002310/231074s.pdf).

 

Es un Programa de Acción Mundial necesario, porque seguimos viviendo una situación de auténtica emergencia planetaria, marcada por toda una serie de problemas estrechamente relacionados que no han cesado de agravarse: contaminación y degradación de los ecosistemas, cambio climático, agotamiento de recursos, crecimiento incontrolado de la población mundial, pobreza extrema de miles de millones de seres humanos junto al consumismo depredador de una quinta parte de la humanidad, conflictos destructivos, pérdida de diversidad biológica y cultural… Es, además, urgente, porque la transición a la Sostenibilidad no ha de verse como una apuesta de futuro que exige ahora nuestro sacrificio: es, por el contrario, una estrategia fundamentada para dar solución a los problemas que estamos viviendo y hacer posible la satisfacción de las necesidades del conjunto de la humanidad (no solo de una minoría) hoy y mañana.

 

El Programa urge, pues, a la acción, para iniciar ya la transición a la Sostenibilidad, porque ahora sabemos, mejor que en 2005, cómo dar respuesta a esta problemática sistémica: la comunidad científica ha profundizado en las medidas necesarias, pero insistiendo en que debemos aplicarlas con urgencia, porque el tiempo para frenar la degradación se agota y porque está en nuestras manos comenzar a construir sociedades sostenibles, no solo como promesa de futuro, sino como mejora necesaria del presente.

 

Ello exige voluntad política para superar comportamientos irresponsables, guiados por intereses particulares a corto plazo, que están provocando una huella ecológica superior ya a la biocapacidad del planeta y que imposibilitan el bienestar de la mayoría de la población. Una voluntad política que debe ser el fruto de la presión que ejerce una ciudadanía bien informada.  Es preciso, pues, que toda la educación, tanto formal como no reglada, contribuya a proporcionar a la ciudadanía una percepción correcta de los problemas y a fomentar actitudes y comportamientos favorables a la transición a la Sostenibilidad. Ese fue el objetivo de la Década de la Educación para la Sostenibilidad y ha de serlo también, con intensidad incrementada, del Programa de Acción Global que ahora se inicia.

 

Este espacio web se suma a dicho Programa con todo el bagaje construido a lo largo de la Década –los 25 Temas de Acción Clave, los 100 boletines distribuidos a los miles de educadores e instituciones adheridas, su sala de lectura, etc.- y la voluntad de seguir enriqueciéndolo, renovando así el Compromiso por una Educación para la Sostenibilidad.

 

Educadores por la Sostenibilidad

Boletín Nº 101, 1 de enero de 2015

http://www.oei.es/decada/boletin101.php

La educación es consecuencia y no condición

educación

Alberto Medina Méndez

Una conjetura se ha instalado como verdad revelada, cuando en realidad no tiene demostración empírica alguna que la sostenga. Son demasiados los que entienden que la causa que explica la situación actual de inmoralidad, mediocridad y pobreza tiene que ver con la ausencia de educación.

Cuando se aborda el debate sobre como salir de ese cuello de botella que propone el presente y superar así las mediocridades de este tiempo, parece inevitable caer en el simplismo de establecer un paralelo entre la ignorancia de la gente y el modo de seleccionar a los dirigentes políticos responsables de conducir los destinos de una comunidad.

En realidad se podrían mencionar ejemplos que demuestran exactamente lo contrario. Sociedades muy cultas, amantes del arte, la literatura y la música han elegido como gobernantes a déspotas autoritarios, capaces de cometer las más grandes masacres que la humanidad recuerde.

La educación bien entendida es un valor, pero es un error muy frecuente creer que es una condición indispensable para el desarrollo. Si se repasan las estadísticas mundiales en la materia, se identifican con facilidad a un grupo de naciones que ostentan esa virtud, pero no es casual que se trate de países desarrollados. El error conceptual es suponer que la educación generó el desarrollo, cuando en realidad, en la inmensa mayoría de los casos, el proceso ha sido justamente el inverso.

Es necesario desterrar esa falacia que sostiene que invirtiendo presupuestos gigantescos en educación se logrará desarrollo, porque esta postura invita a depositar energías en estrategias incorrectas que no encuentran soporte alguno en ningún argumento sólido que se apoye en evidencias concretas.

Parece apasionante esa mirada, simpática por cierto, pero se debe comprender que se trata de un espejismo, un análisis superficial y un desorden de factores al momento de relatar las experiencias de cada nación. Es una ingenuidad creer que un sistema educativo formal puede convertir a un país inmoral en virtuoso, o a una nación pobre en rica.

Son las reglas de juego razonables, un marco institucional adecuado, el clima apropiado de las ideas, la implementación de políticas públicas atinadas las que, en definitiva, conducen al progreso y al desarrollo.

Es desde allí donde se llega a niveles educativos elevados y no al revés. Claro que existen ejemplos que transitaron ambas caminos en paralelo y es posible confundir en esos casos determinadas causas con ciertos efectos.

Pero no se debe caer en el infantilismo de pensar que si se destinan cuantiosas cifras de dinero al sistema educativo, la nación mágicamente encuentra su rumbo, como si se tratara de un fenómeno lineal, carente de otros ingredientes mucho más influyentes en el recorrido.

Este planteo no pretende ser una apología del analfabetismo, ni tampoco un elogio a conductas indeseadas. En todo caso, es el reconocimiento empírico de cómo funciona la mente humana frente a ciertos estímulos concretos.

Un jefe de familia que no puede alimentar a sus hijos solo se concentra en lograrlo, y es por eso que la educación no es su prioridad. Pero cuando consigue superar esa barrera que le plantea la indigencia, entiende que sus hijos merecen una oportunidad mejor, esa que el no disfrutó, y es entonces, cuando los individuos asumen la trascendencia de la educación y no antes.

La historia de los países más eficientes del mundo muestra esta secuencia con inconfundible claridad. De hecho, la inmensa mayoría de ellos crecieron gracias a la tenacidad, el talento y el esfuerzo de varias generaciones de personas que sin una formación educativa rigurosa, siendo desinformados e incultos, tuvieron un norte claro y una decisión inequívoca de prosperar.

La educación que tanto se enaltece en este tiempo vino después. Hoy pueden mostrarlo, luego de varios años, inclusive después de décadas y generaciones de ciudadanos bajo esa dinámica, pueden ufanarse de tocar el cielo con las manos y de convertirse en naciones sabias, dedicadas a la investigación, invirtiendo en un sistema que les permite cultivarse, aprender y desarrollar nuevas aptitudes, que en este nuevo marco garantizan la tendencia hacia el progreso con mayor sustentabilidad.

El planteo no pasa por menoscabar la relevancia de la educación, ni ponerla un peldaño abajo en la lista de atributos deseables, sino en todo caso destacarla como un verdadero valor, pero sin caer en la trampa inocente de colocarla en un falso pedestal y anteponerla frente a otras prioridades que, sin dudas, definen el progreso de una sociedad e inciden en su futuro.

Si realmente se quiere prosperar hay que comprender las reglas de esa dinámica. Partiendo de un diagnóstico equivocado se transitará también por un camino de soluciones ineficientes y sobrevendrá entonces la frustración.

La gente puede equivocarse al seleccionar a sus conductores, pero ese fenómeno no necesariamente es el derivado de su ignorancia. Es posible que tenga que ver, en todo caso, con el excesivo nivel de dependencia económica de los individuos respecto de sus gobiernos y una autoestima ciudadana debilitada que resulta más que funcional en ese esquema.

Vale la pena revisar esta posición. No se debe seguir insistiendo en visiones equivocadas. Ese derrotero mantiene a la sociedad en esta especie de círculo vicioso que no conduce a ninguna parte y que condena a seguir como hasta ahora, es decir sin futuro y sin educación. Esa educación que en realidad será la consecuencia del desarrollo y no la causa del progreso.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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