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Democracia siglo XXI

mes

noviembre 2013

El declive de las democracias ¿Nueva ola desestabilizadora mundial?

 

 

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Germán Gorráiz López

Germán Gorráiz López
@ggorraiz

 

Muchas de las elecciones democráticas de la última década han estado marcadas por acusaciones de fraude electoral (Nigeria, Ucrania, México, Bielorrusia, Honduras, Costa de Marfil, Tailandia, Pakistán y Afganistán), aislamiento internacional de los gobiernos democráticamente elegidos (Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua y Franja de Gaza); pseudo-elecciones para intentar edulcorar golpes de mano blandos (Honduras y Paraguay y aceptación por la comunidad internacional de sistemas políticos devenidos en meros gobiernos autocráticos ( Egipto, Georgia y Rusia).

De todo ello se deduce que estaríamos en vísperas de la irrupción en el escenario geopolítico de la nueva ola desestabilizadora mundial originada por causas económicas (el ocaso de la economía global); culturales (el declive de las principales democracias formales occidentales debido a la cultura de la corrupción; el déficit democrático de EEUU plasmado en el Programa Prism llevado a cabo por la Administración Obama y la pérdida de credibilidad democrática de incontables gobiernos de países occidentales y del Tercer Mundo) y geopolíticas (la irrupción de un nuevo escenario geopolítico mundial que surgirá tras el retorno al endemismo recurrente de la Guerra Fría entre EEUU y Rusia).

Como explica el escritor Samuel Huntington en su libro ‘The Third Wave’ (Tercera Ola, 1.991), el mundo ha pasado por tres olas de desestabilización y democratización. Según Huntington, una ola de democratización sería “un conjunto de transiciones de un régimen no democrático a otro democrático que ocurren en determinado período de tiempo y superan a las transiciones en dirección opuesta durante ese período y que también implica la liberalización o la democratización parcial de sistemas políticos”. Así, en el mundo moderno se habrían producido tres olas de democratización y cada una de ellas habría afectado a un número escaso de países y durante su transcurso algunos regímenes de transición fueron en una dirección no democrática; pero no todas las transiciones hacia la democracia ocurren durante las olas democráticas.

La primera ola comenzó en el siglo XIX y se extendió hasta la Gran Guerra y la segunda se produjo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y ambas fueron seguidas por una ola inversa, con países como Brasil, España, Portugal, Grecia, Granada, Brasil y Panamá que debieron realizar una posterior transición hacia la democracia, completado en la década de los 90 con la democratización de los países de la extinta URSS y Sudáfrica y ya en el siglo XXI por Irak y Afganistán.

En su análisis de la tercera ola mundial de las transiciones a la democracia (iniciada en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal), Samuel Huntington observó que las posibilidades de democratización aumentaron cuando estos países salieron de la pobreza y alcanzaron un nivel intermedio de desarrollo socio-económico, momento en el cual ingresaron en una zona de transición política. Recordar que entre 1974 y 1990, mas de treinta países en el sur de Europa, América Latina, el este de Asia y la Europa del este pasaron de un régimen autoritario a disfrutar de un sistema democrático de gobierno, todo ello en el marco de un tsunami global que quizá sea el acontecimiento político más importante de las postrimerías del siglo XX.

Según la tesis de Huntington, dicho sprint democrático se explicaría porque tras darse por finiquitada la distopía virtual de la Guerra Fría, las dictaduras militares habrían dejado de ser de ser un instrumento útil para EEUU en la lucha contra el comunismo y ya no serían la solución sino el problema. Además, a pesar de que en los citados países no existía una tradición de cultura democrática, rápidamente entendieron que si el poder continuaba residiendo en una élite que desconfiaba del sistema igualitario exportado por EEUU, siempre gravitarían alrededor de la égira de los intereses de dicha élite, lo que imposibilitaría sine die la asunción del poder por la sociedad civil.

Así, en 15 años la ola democratizadora se trasladó por Europa del Sur, saltó a Latinoamérica, se trasladó a Asia y finiquitó los sistemas autoritarios de los países postsoviéticos, (de lo que sería paradigma el hecho de que en 1974, ocho de los 10 países sudamericanos tenían gobiernos no democráticos y en 1990, 9 tenían gobiernos democráticamente elegidos), y según Freedom House, el 39% de la población mundial vivía en países libres en 1990, disminuyendo por primera vez la cantidad absoluta de estados autoritarios.

¿Nueva ola desestabilizadora mundial?
La llamada “Primavera árabe” (que tuvo su detonante en Túnez y se extendió por mimetismo al resto de países árabes del arco mediterráneo durante el trienio 2010-2013), sería la primera oleada de protestas laicas y democráticas del mundo árabe en el siglo XXI, movimiento popular sin precedentes caracterizado por la exigencia de libertades democráticas frente a regímenes corruptos y dictatoriales y la mejora de las condiciones de vida de una población sumida en una pobreza severa y un desempleo estratosférico, contando además en el caso de Túnez y Egipto con el apoyo del Ejército.

Con esta revolución asistimos a la llegada a los países árabes del arco mediterráneo de la Tercera Ola mundial de transiciones a la democracia, aunque Huntington no otorgó en la década de los 90 ningún potencial revolucionario a los países islámicos, a pesar de reconocer “la fuerza de la revuelta islámica y las raíces tan débiles de sus respectivas democracias”. Sin embargo, el golpe de mano realizado por el Ejército egipcio contra Mursi podría tener como efecto mimético la traslación a las calles turcas y tunecinas de una campaña de presión contra los últimos Gobiernos islamistas del arco mediterráneo para lograr la intervención del Ejército , con lo que asistiríamos al ocaso de la primavera árabe y a su posterior inmersión en la nueva estrategia de EEUU para la zona tras el evidente fracaso del experimento de exportación del régimen islamista moderado y pro-occidental de Erdogan a todos los países que componen el tablero gigante del arco árabe-mediterráneo.

Esta estrategia consistirá en la implementación de “golpes de mano blandos“ con el objetivo inequívoco de sustituir a los regímenes islamistas surgidos de las urnas por regímenes militares presidencialistas, estrategia que por mimetismo se extrapolará a los llamados “patios traseros” de EEUU y Rusia produciendo un goteo antidemocrático que tendría a Honduras, Paraguay y Egipto como paradigmas de los llamados “golpes virtuales o postmodernos” que protagonizarán la próxima década en el nuevo escenario geopolítico mundial.

 

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Negación, necedad, evasión o estafa

evasión

Por Alberto Medina Méndez

Frente a la realidad se pueden asumir diferentes actitudes. Los hechos están allí, pero es cierto que pueden ser interpretados, observados desde miradas distintas, y hasta abordados de modo singular.

Es un denominador común de este tiempo que ciertos gobiernos prefieran no reconocer los problemas por los que atraviesan, que decidan ignorarlos o hasta relativizar su magnitud.

Ante este panorama, algunos ciudadanos se inclinan por creer que se trata de un fenómeno propio de la psicología, el de la “negación”, ese mecanismo de defensa por el que, en este caso un gobierno y sus partidarios, se enfrentan a un conflicto negando su existencia, o al menos su relevancia.

La negación implica rechazar sistemáticamente aquellos aspectos de la realidad que resultan incómodos. De cara a las amenazas que significa admitir lo que está sucediendo, la negación actúa como una coraza que protege y ayuda a superar el mal momento, omitiendo lo que ocurre.

Para otros solo es necedad, cierta imposibilidad para comprender lo que acontece y así la respuesta natural para rechazar la crítica pasa por construir argumentos que refuten cada embate, recurriendo a comparaciones con el pasado, relaciones con el contexto y hasta recursos extremos desde lo intelectual como la equiparación del apoyo popular que deviene de las mayorías numéricas con la verdad absoluta.

La obstinación, su terquedad y hasta su ignorancia definen al necio, ese que ante lo evidente, opta por insistir en sus justificaciones y cuando ya no los tiene reaccionar infantilmente apelando al berrinche.

Cierto sector de la sociedad también apegado a una interpretación más bien patológica desea creer que los gobiernos y gobernantes solo repiten lo que muchos individuos hacen en sus vidas personales; la evasión. Como la realidad no les ofrece lo que quieren ver, la eluden invocando conspiraciones en las que confabulan contra sus nobles intenciones y así los fracasos son el producto de endemoniados intereses que destruyen todo.

Mucho de lo que explican, hasta puede resultar verosímil, porque mencionan incidentes aislados que pueden parecer funcionales, pero siempre asumiendo que los inconvenientes detectados son consecuencia de responsabilidades ajenas. Plantearlo así, elusivamente, les permite no tomar decisiones, ya que lo que sucede tiene que ver con errores de terceros y no con desaciertos propios que merezcan ser subsanados.

Un grupo numeroso y cada vez más importante, piensa que solo se trata todo de una simple estafa. Los gobernantes saben de la existencia de los problemas, pero conviven con ellos porque les resulta funcional su presencia. En algunos casos no saben cómo solucionarlos, no tienen idea alguna de por dónde empezar, pero en otros, las recetas que tienen a mano, las necesarias, los obligaría a tomar determinaciones que les resultan muy antipáticas y de un elevado costo político.

Bajo esas circunstancias, deciden sostener sus teorías a rajatablas, aguantar hasta donde se pueda y apostar al optimismo de que la fortuna que suele acompañarlos permanecerá al menos durante algún tiempo.

Saben que algún golpe de suerte siempre puede extenderles el plazo, y que mientras tanto la gente creerá en sus retorcidas historias y su cada vez más endeble relato. Así, podrán estirar el presente, casi hasta el infinito.

Tienen siempre a mano un plan de salida. Ese que les permitirá convertirse en las víctimas de algún complot y construir su leyenda cuando no pueda dilatarse más. Por ahora recorren el hoy como les sale, aprovechándose de la ingenuidad de muchos y sobre todo estafando a una sociedad siempre vulnerable a los encantos de los embaucadores profesionales.

Saben muy bien lo que ocurre, pero eligen el engaño, el fraude y lo hacen a conciencia. La insistencia en razonamientos que permitan sustentar esa farsa no es más que la confirmación de su perversidad y de su falta de respeto a la inteligencia de las personas a las que intentan engañar a diario.

No preocupa tanto la actitud de los gobiernos y los gobernantes. Después de todo, cualquiera sea la causa que los motive a hacer lo que hacen, solo tiene que ver con su propia supervivencia y la prioridad de seguir en el poder. Equivocados desde lo estratégico o no, intentan retener el mando a cualquier precio y frente a su indiscutible ineficacia para resolver situaciones, el camino de hacer de cuenta que no existen parece un recurso excesivo, pero transitoriamente útil y por lo tanto aplicable.

Lo difícil de comprender es como tantos individuos, los mas de ellos sin recibir nada a cambio, defienden genuinamente posturas que no tienen asidero. Se pueden entender simpatías, afinidades y hasta preferencias ideológicas y políticas, pero la alternativa de aplaudir errores no parece ser de personas inteligentes o de bien.

Si solo se tratara de negación, pues la terapia psicológica podría ser un camino de solución, aunque en este caso al ser tan numerosa por la cantidad de personajes involucrados sería mejor un grupo de autoayuda.

Distinto sería el caso de la necedad o la evasión. Más tarde o más temprano, el proceso decantaría y la realidad los impulsaría a entrar en contacto con el mundo concreto.

Ahora, si se tratara de una despreciable estafa, realmente es grave, porque significaría que la comunidad está en manos de delincuentes, de gente que permanentemente manipula al resto para conseguir lo que pretende, acudiendo al embuste como dinámica natural, al fraude como lenguaje estable, y en ese caso, solo cabe que la sociedad despierte para hacer lo que corresponde cuando de tramposos se trata.

No hay que descartar casi nada. Puede que se trate de negación, necedad, evasión o simple estafa, aunque es probable que cada uno ya haya elegido su interpretación de los acontecimientos.

Mientras tanto vale la pena repetir aquella frase que se le atribuye a Ayn Rand cuando decía que “podemos evadir la realidad, pero no podemos evadir las consecuencias de evadir la realidad”.

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

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México y EU: en el siglo XXI ¿más geoestrategia que geoeconomía?

México USA

Por Soledad Loaeza

En 1840 Alexis de Tocqueville señaló que una de las causas que explicaban la estabilidad de la democracia en Estados Unidos era que no tenía vecinos. Según él, gracias a sus fronteras con vastos océanos o con el vacío territorial no necesitaba un gran ejército, tampoco tenía que lidiar con la iracundia o la codicia de militares ávidos, ni con generales victoriosos que reclamaran el poder civil.

Siete años después de la publicación del segundo volumen de su extraordinaria Democracia en América, Estados Unidos fabricó una guerra contra México para acrecentar su territorio. Hizo exactamente lo mismo que tanto criticaba a los europeos que se hacían la guerra unos a otros, por territorios que cambiaban de manos como si fueran billetes de lotería.

Es para mí un misterio por qué Tocqueville, siempre agudo y perspicaz, en este caso se equivocó tan rotundamente. En realidad, lo que me interesa es recuperar la geografía en la discusión de los problemas internacionales, porque la globalización, las redes sociales, la electrónica y, en general, el avance tecnológico en materia de comunicaciones y de transporte, han alterado las nociones de tiempo y espacio, que, sin embargo, siguen siendo indispensables para que podamos situarnos en el mundo.

Si lo hiciéramos, veríamos cuál es la verdadera posición de México en la escala de prioridades de Estados Unidos, que una evaluación comercial suele disimular; podríamos incluso debatir nuestro valor estratégico para ese país. Tratar este tema abiertamente fortalecería la posición mexicana en la mesa de negociaciones con los estadounidenses.

Un mapa es un buen punto de partida para entender el tono y el estado de las relaciones entre México y Estados Unidos hoy; en todo caso, es mucho más útil y revelador que un cuadro con información de la balanza comercial entre los dos países, entre otras razones porque el mapa refleja las posibles dificultades que habrán de enfrentar en el futuro estos países vecinos, resultado de tendencias de largo plazo, dado que la geografía es inalterable.

Por ejemplo, la contigüidad territorial entre los dos países determina que millones de personas que aspiran a una vida mejor estén dispuestas a viajar los más de 2 mil 500 kilómetros entre Tihuatlán, Puebla, y San Diego, California. Es probable que muchos de los que emprenden esa travesía consideren que no es un imposible porque sólo hay que cruzar una línea. Esta supuesta facilidad es uno de los factores que estimulan la emigración al norte.

Además, la cercanía permite mantener los vínculos con los familiares y amigos que se quedan en el lugar de origen, y no son pocos los trabajadores indocumentados que sin grandes obstáculos van a Atlanta, por ejemplo, y vienen a México a los 15 años de la ahijada, al bautizo del nieto o (cosa más extraña) al aniversario de confirmación de la hija. Los estadounidenses podrán construir cinco murallas chinas: no habrán de detener ese flujo, porque no van a levantar un muro de 3 mil kilómetros de largo. Es muy poco lo que el gobierno mexicano puede hacer para frenar este movimiento.

Más todavía, la ola migratoria que se ha levantado en México y en Centroamérica en dirección de Estados Unidos es una respuesta al mercado de mano de obra de ese país, que es un poderoso imán económico; pero es indiscutible que los migrantes ejercen presiones sobre ciudades fronterizas cuyos servicios públicos, por ejemplo, la educación, están desbordados. Esta situación genera problemas sociales que pueden ser interpretados como los síntomas de una crisis urbana de grandes proporciones.

Si esto llegara a ocurrir nos encontraríamos con que un asunto que para unos es de orden económico, para otros es un tema de seguridad, un problema de defensa territorial. Así piensan grupos ultraconservadores que pretenden cerrar las puertas de su país, sin siquiera mirar un mapa.

http://www.elmanana.com.mx

Reflexión sobre autoconvocatoria 16N

cultural

Audio de Teódulo López Meléndez

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¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!

 

Ortega

Por Alberto Medina Méndez

En 1939, en la ciudad de La Plata, el prestigioso ensayista y filósofo español Jose Ortega y Gasset decía “!Argentinos, a las cosas, a las cosas¡”.

Su elocuente frase era completada cuando señalaba con idéntica eficacia “déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcicismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas, directamente y sin más…..”.

La cita vuelve de tanto en tanto a la memoria de muchos, tal vez porque en estos años nada ha cambiado demasiado. El país ha pasado por diferentes situaciones, crisis propias y ajenas, tropiezos con meritos sobrados y circunstancias globales que han dejado su huella.

Lo que indiscutiblemente no se ha modificado es la actitud, la de siempre, la de mirar hacia afuera, buscar culpables y no hacerse cargo de nada.

En este 2013 aquella afirmación queda ratificada. El año se ha consumido transcurriendo sin pena ni gloria. El tiempo electoral vino a marcar el ritmo de los acontecimientos. Las decisiones políticas estuvieron encuadradas en las reglas tradicionales del proselitismo partidario.

Los problemas fueron nuevamente postergados. Las soluciones mucho más aún. Lo único importante era hacer, y decir, lo que permitiera posicionarse de cara al proceso electoral.

Desde el gobierno, frente a un problema identificado por la sociedad, la tarea era ignorarlo, desconocer su existencia o, al menos, intentar minimizar y relativizar sus eventuales impactos.

Del lado de la oposición, había que mostrar las dificultades, describirlas y amplificarlas. El objetivo era deteriorar el caudal de votos del partido gobernante para, de ese modo, aspirar a reemplazarlo en el futuro.

El año está prácticamente consumido, de hecho se sigue discutiendo sobre la coyuntura, lo anecdótico, lo superficial. El país tiene un abundante menú de asuntos sin resolver. Por un lado están aquellos que ya han sido visibilizados por la sociedad que aparecen en casi cualquier encuesta seria, como el caso de la inflación y la inseguridad.

El aumento generalizado de precios es sostenido e inocultable y sus efectos se hacen cada vez más evidentes. Los casos de inseguridad son muy frecuentes, limitando la actividad individual y amenazar los derechos más elementales como la vida, la libertad y la propiedad privada.

La corrupción también es parte de esta nómina de malestares, no solo por su habitualidad, la que se asume con excesiva naturalidad, sino por su magnitud ascendente y por la burda impunidad de sus principales actores.

Se convive, además, con otras preocupaciones de las que se habla bastante poco, pero que forman parte de la agenda de cuestiones estructurales. Un estado costoso, dilapidador, ineficiente se agiganta sin brindar soluciones, requiriendo más impuestos, emisión monetaria y endeudamiento para financiar sus aventuras, a los empleados del sistema y los caprichos de muchos gobernantes que bajo su perversa ideología han hecho de este hábito una forma de vida que les permite alimentar a sus huestes.

El catálogo continúa con el indisimulable desorden de las cuentas públicas y una insoportable presión tributaria que saquea a los que se esfuerzan quitándoles una porción significativa del fruto de su trabajo, justamente a esos que se esmeran por producir y generar riqueza, a lo que se agregan una deuda inmoral que se incremente sin sentido y un esquema de subsidios pérfido que solo estimula a los haraganes e ineficaces.
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La lista es interminable. El país no avanza y solo acumula sus problemas. De tanto en tanto, esconde algo por un tiempo, para que años después surja con más fuerza por la inacción o las políticas equivocadas de décadas.

En ese contexto, todo sucede entre un turno electoral y el siguiente. Ya se habla de la carrera presidencial, de las mayorías parlamentarias, de la fuga de dirigentes en el partido gobernante, de recambios en el gabinete y cuanta especulación política pueda plantearse para el análisis.

De lo que NO se habla, es de cómo y cuando se enfrentarán los problemas reales. El debate político solo muestra de un lado a un sector que prefiere disimular las penurias para hacer de cuenta que no están, minimizarlas y si fuera posible postergarlas hasta el infinito, como si eso sirviera para algo.

Del otro lado del mostrador, una oposición voraz, obsesionada con la idea de llegar al poder, se ocupa de exhibir los problemas, hacerlos visibles, como si no hubieran participado de su gestación y vigencia, como si la historia, su accionar y posturas no los hiciera cómplices directos.

Con la política dedicada a denunciar responsables y jugando al poder para ver quién toma la posta, las soluciones no asomarán y los problemas seguirán siendo parte del paisaje cotidiano para incrementarse progresivamente por la pasividad e inoperancia de los protagonistas.

Ortega y Gasset lo dijo hace varias décadas. Llevará mucho tiempo más comprenderlo. Así y todo, tal vez valga la pena recordarlo y repetirlo.

Argentinos a las cosas, a las cosas!!!!!!!!

albertomedinamendez@gmail.com

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La autoconvocatoria del 9N venezolano

9NAudio de Teódulo López Meléndez

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Punto de inflexión

ideología 2

Por Eva Feld

Puede ser que ayer se haya producido un punto de inflexión en el ejercicio político cuando Ernesto Villegas se reunió con la dirigencia de la comunidad judía de Venezuela. Mientras el nieto de inmigrantes  judío polacos de apellido Radonski, supervivientes del holocausto y  prósperos empresarios hace gala permanente de un ferviente y devoto cristianismo, Ernesto Villegas, hijo de inmigrante  judía polaca y comunista y de un dirigente obrero venezolano, desmonta varios lugares comunes que colocan a los judíos bien sea en el trillado repertorio denigrante que los acusa de usureros, culpables de la muerte de Jesús y aliados del imperialismo yanqui por un lado y por el otro de ser los abanderados de la causa marxista desde su fundación y a través de numerosos episodios positivistas.

Si la visita de marras pudiera tener en Venezuela una lectura ajena al sectarismo dominante, podría suponer un importante cambio en el tablero. Sería el primer movimiento estrictamente político que hiciera un dirigente del chavismo, independiente de las gríngolas impuestas por la mediocridad reinante. A lo mejor el hecho haber crecido en un familia de clase media baja, en un barrio popular, en una familia numerosa de valerosos padres que les inculcaron valores a sus hijos y haber estudiado Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela, la casa que vence las sombras, y el posgrado en estudios políticos en la Universidad Simón Bolívar  han hecho posible que haya dado un paso tan acertado. Lo habrá conversado con Vladimir, su hermano disidente del chavismo, y con Mario, su hermano antichavista? La respuesta es irrelevante, lo importante radica en que viene de una familia en la que  se puede disentir sin que se rompa, sin que se odien, sin que dejen de hablarse. Son ocho hermanos, saquen la cuenta de su entrenamiento en el manejo de la palabra, de las decisiones y del respeto mutuo…

No han de faltar quienes critiquen tanto a Ernesto Villegas como a los judíos de Venezuela, acusándolos a ambos de oportunistas. Al primero de buscar acaso apoyo financiero, a los segundos de procurar garantías y seguridad de resultar electo. De eso se trata la política, de buscar alianzas, de tender puentes, de bajar el tono urticante impuesto por la polarización mediocre. Que se rompan las preconcepciones. Que  un nacido de viente judio pueda invocar a los santos  sin que se le tilde de ultraderechista y curero y  que el otro, también nacido de vientre ezquenazi pueda acercarse a la comunidad judía a encontrar puntos de armonía. Que la raza, la religión y las convicciones políticas vuelvan a su cauce. Que la política pueda volver a significar la búsqueda del bienestar colectivo.

También entre  Nicolás Maduro  Moros y de Enrique Capriles Radonski existen coincidencias, ambos apellidos paternos son de origen sefardí .  Probablemente ambos abuelos conservaron con orgullo, como legado de sus ancestros, las llaves del hogar en la península ibérica  del que fueron expulsados sus antepasados. Ambas familias emigraron y fueron perseguidas, ambos adoptaron su nueva nacionalidad americana con amor y emprendimiento. Ambas familias llevan a cuestas generaciones  integradas y forman parte de Venezuela y ambos son acusados por los extremistas mediocres y caraduras de extranjeros. Ni Maduro es colombiano,  ni Capriles es polaco, ambos son venezolanos.  Ambos tendrían que elevar la mirada, como dice TLM, para contribuir no a reconstruir la urdimbre desvencijada de la cuarta república ni a desmantelar los telares alternativos sino favorecer la aparición de nuevas ideas, nuevas redes, nuevos puntos de costura, con palabras cargadas de significado, con ideas originales que faciliten la circulación y la respiración  de los ciudadanos. Y digo favorecer porque la tarea no es solo para ellos

Estados Unidos Mensaje de equilibrio

De BlasioAudio de Teódulo López Meléndez

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La “ley de medios” ES el problema

Ley de Medios

 


 Por Alberto Medina Méndez

Un esperado fallo judicial pone en el centro de la escena una absurda y engañosa discusión. Se acepta con naturalidad la existencia de una “ley de medios” asumiendo que la libertad de expresión debe ser regulada, bajo la idea madre de que sus protagonistas son ineficaces, malvados y abusivos.

La coyuntura política instaló esta oportuna “cortina de humo” para ocultar y postergar preocupaciones superiores. Sin dudas, una determinación como esta marca una tendencia y se constituye en un peligroso antecedente, pero no ha hecho más que confirmar una sospecha, avalando una línea de acción ya no del oficialismo de turno, sino de una forma de concebir esta trama.

Los partidos políticos que votaron la ley de referencia piensan de modo similar, tienen idéntica visión ideológica sobre la materia. Los legisladores solo discutieron matices de las regulaciones y no la necesidad de la norma.

Esa multitudinaria posición política tampoco es casualidad. Las votaciones en el Congreso en oportunidad del tratamiento parlamentario y la postura pública de los partidos, no es más que el fiel reflejo de lo que suscribe una ciudadanía, que con distintos argumentos, a veces ideológicos y otras de orden práctico, reclama que se legisle poniendo límites a la libertad de expresión. La discusión entonces pasa solo por la magnitud de la regulación, sus alcances y los eventuales intereses que persiguen unos y otros.

Mucha gente razonable repite con convicción que el periodismo es un “servicio público” que debe ser veraz, objetivo e independiente y bajo ese paraguas argumental sostiene que una ley debe asegurar esa aspiración.

Los supuestos inconvenientes de una libertad de prensa plena, que se describen con más vehemencia que honestidad intelectual, son solo el emergente de un proceso del que la sociedad es protagonista. La calidad de los contenidos, la concentración de los propietarios de medios y el poder que se deriva de ese hecho, son un asunto de segundo orden. Pero aun si se asumiera la pertinencia de esas cuestiones y que las mismas deben ser encaradas, estas herramientas que impulsa la ley no son las adecuadas.

Es en el marco de una mayor competencia que evolucionan las programaciones y mejoran los contenidos. La gente elige lo que desea escuchar, ver o leer y no otra cosa. La calidad de los contenidos no depende de la oferta, sino más bien de la demanda. Los “malos productos”     si es que el termino aplica, son la consecuencia de un público que lo consume.

La concentración de los medios es el resultado esperable de las políticas actuales, de un Estado que otorga “permisos” favoreciendo a los amigos del poder. Sin licencias, el mercado exhibiría más propietarios y diversidad, y competiendo es que cautivarían las preferencias de los consumidores. Este esquema de concesiones solo encuentra justificación más en la voracidad de los grupos de poder que en las limitaciones técnicas.

Ningún oficialismo, ni este, ni los anteriores, ni los que vendrán, pretenden pluralidad de opiniones. Sobran pruebas. Con la norma vigente no aparecieron más voces. En todo caso algunas pocas nuevas pero para decir más de lo mismo. Resulta contradictorio que la gente pida regulaciones para evitar concentración de medios opositores, mientras nada dice sobre el creciente número de aplaudidores del discurso hegemónico.

Lo más novedoso que  ha puesto en el tapete el último veredicto, es la autoritaria posición de los que gobiernan y la tribuna aduladora de partidarios, cuando pretenden que una sentencia judicial convierta a una ley en algo inmutable que debe ser acatado y obedecido sin protestar.

Es un tema opinable. Se podría afirmar, de modo demagógico y positivista, que si es ley hay que cumplirla. El respeto es otra cosa. Una letra fría, no se convierte en moralmente correcta solo por ser ley. El voto mayoritario de los legisladores, su abrumador apoyo popular y la confirmación judicial, no la transforma en perfecta o bondadosa. Abundan ejemplos en el pasado y presente que demuestran su relatividad. Lo que subyace en estas aseveraciones es la voluntad de sojuzgar al otro, de imponerle reglas.

La flamante decisión judicial, la norma y su aplicación, el presente político y todo el contexto, están muy lejos de lograr aplastar a la libertad de expresión como valor, aunque lo intentan y en lo fáctico consiguen restringirla y limitar su alcance. La libertad es parte de la esencia humana que hoy cuenta con una multiplicidad de instrumentos que ayudan a eludir la creativa e interminable lista de escollos que los gobiernos proponen.

Se intenta legitimar la disputa contra ese grupo de medios, amparándose en la actitud poco ética que ha mostrado en el pasado, jugando al poder, con una participación innegable en varias ocasiones. Esa conducta puede ser reprochable, pero construir una regla a la medida de la batalla planteada no parece ser menos reprobable. Aunque todos sepan que la controversia es solo una excusa más para lograr el objetivo, el de alinear discursos, acallar disidentes y amedrentar a los que piensan diferente.

El fallo de la Corte es una mala noticia solo por lo que significa como señal y confirmación del rumbo, pero no es el fondo del asunto. La “ley de medios” ES el problema.

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Bendito espionaje

Super agente 86

 

Por Antonio Limón López

Todos sabemos que Estados Unidos sostiene un gran sistema de espionaje mundial, también sabemos que Rusia e Inglaterra espían a su vez a todos los países que pueden, también México espía en estos momentos a Nueva Zelandia, o al menos eso espero. El espionaje no se reduce al campo de lo militar, sino que también se espían a los políticos, a los organismos de todo tipo, de derechos humanos, de justicia. A los gobiernos de todo el mundo les interesa tomarle el pulso económico, político, social y militar a Estados Unidos, a Rusia, a Francia e incluso por increíble que parezca, a México.

El espionaje es tan antiguo que ya lo practicaban los persas, los griegos y los romanos, y si bien siempre han existido sensibilidades que lo consideran una conducta indigna, hoy en día, después de las dos grandes guerras mundiales, de la Guerra Fría y de decenas o cientos de guerras y guerrillas a lo largo y ancho de este planeta, el espionaje es visto como lo que es, algo benéfico.

Saber siempre es bueno para todos y si bien todos tenemos secretos también queremos que lo sigan siendo, y si como ciudadanos simples podemos exigir respeto a nuestra intimidad, el hombre de estado no goza de este privilegio y nada puede hacer contra la revelación de sus secretos, en especial cuando estos entrañan conductas indignas, amorales, anti patrióticas. Gracias a las grabaciones de la oficina del presidente Nixon los norteamericanos se enteraron del lenguaje soez y ofensivo con el que se expresaba este hombre de estado y por ello su desprestigio fue absoluto. Algo que a la postre fue bueno para todos.

En la Segunda guerra Mundial los servicios de espionaje lograron capturar una maquina “Enigma” de la Alemania Nazi y descifraron sus códigos con lo cual los aliados tomaron una importante ventaja táctica. Fueron científicos americanos los que proporcionaron a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas toda la información necesaria para fabricar bombas nucleares, lo cual contribuyó al equilibrio bélico y a su vez, fueron científicos soviéticos los que informaron a Estados Unidos de las redes de espionaje dentro de su gobierno.

Humboldt proporcionó a la joven nación norteamericana toda la información militar, económica y demográfica de la Nueva España, con lo cual Estados Unidos creó el departamento de Guerra contra nosotros después de conocer nuestras enormes y descuidadas riquezas, esto fue gracias a este ilustre sabio alemán, naturalista, escritor, científico, viajero y formidable espía.

El espionaje rompe los secretos, y los secretos salvo algunos excepcionales son siempre malignos, así que romperlos, descubrir lo que ocultan siempre es bueno, por lo demás todos sabemos de la inevitable existencia del espionaje. El único problema es que al espía lo descubran espiando, que lo agarren “con las manos en la masa” eso no solo es malo, es peor que eso, es simplemente algo indecoroso, feo, algo que abochorna, que da vergüenza.

Edward Snowden, como otros norteamericanos antes que él sintió repugnancia moral por el juego doble de su país, el cual conocía directamente como uno de los contratista encargados de los sistemas informáticos de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), a cargo de clasificar los cientos de millones de datos derivados del espionaje. En el pasado lo normal hubiera sido que entregara discretamente esa información a la URSS, es decir que se convirtiera en espía doble, pero nada parecido se le ocurrió a este escrupuloso norteamericano, así que hizo lo que nadie antes hubiera siquiera imaginado, filtró esa información por el internet, no a una potencia especifica sino a la opinión pública mundial, la deslizo genialmente a los grandes medios informativos del mundo y a cada uno de nuestros hogares y para cuando la NSA se dio cuenta, ya millones de datos eran resorteados desde la red a todo el planeta “y más allá”.

Las revelaciones de Edward Snowden conmocionaron al gobierno norteamericano más que la amenaza nuclear de Corea del Norte o el uso de armas biológicas en Siria y esas filtraciones no se han quedado en un punto terminal, sino que siguen lloviendo como nuevos hechos que a nadie sorprenden, pero que ruborizan hasta a los más  atildados embajadores, ahora convertidos en vulgares tapaderas de sucios fisgones.

Esta carambola de secretos pequeños y vergonzantes divulgados impúdicamente al mundo originó una ola de ofendidos, no es que a los espiados les importe la revelación de sus secretos, pero es una oportunidad grandiosa para darse importancia de héroes. El más destacado es el presidente François Hollande de Francia, que descubrió la enorme veta propagandística depositada en las divulgaciones de Snowden, según las cuales fue espiado por la NSA. Francia además de ser una superpotencia aliada de Estados Unidos, es también la nación más chauvinista y xenófoba de la historia mundial, que odia sincera y cordialmente a todo el resto del mundo pero en especial a todo lo norteamericano (excepto a los dólares). Así que este cóctel explosivo terminó por estallar, Francois Hollande casi declara la guerra a los norteamericanos.

El pobre de Barack Obama ya tuvo que pedirle disculpas al astuto galo, que desde que dejó de ser el simple Monsieur Hollande para ser el candidato socialista al gobierno en octubre del 2011, se transformó en objeto de espionaje por parte de Estados Unidos, de Rusia, de Inglaterra y de todo el mundo, así que su fingida indignación le puede dar unos cuantos cientos de miles de votos para reelegirse como el francés que obligó al todopoderoso presidente norteamericano a pedirle disculpas. Acosado por Le Monde James Clapper, Director de la NSA solo atinó a decir que Estados Unidos “solo recoge información del tipo que recogen los países del mundo” y pidió clemencia: “Estados Unidos da mucha importancia a nuestra larga amistad con Francia”,  y “Continuaremos colaborando en materias de seguridad e inteligencia”.

El ministro de Exteriores francés Laurent Fabius, convocó de inmediato a Charles Rivkin, el ahora sufrido embajador de Estados Unidos en ese país y calificó a las prácticas del gobierno norteamericano como “inaceptables” y esto lo divulgó Francia con un tono indignado y sin que importaran los oficios de John Kerry.

En México José Antonio Meade Kuribreña, el siervo de Felipe Calderón y que se desempeña como Secretario de Relaciones exteriores de México, encontró en este asunto la oportunidad de servir a la vanidad infinita de su amo residente en Harvard y al presidente de México Enrique Peña Nieto, su patrón, pues ambos fueron también espiados durante las elecciones del 2012, así que imitando a Laurent Fabius, convocó al embajador Anthony Wayne para que “investigue”, cosa que dejó perplejo al sorprendido embajador, ya que no hay nada que investigar, pues es un hecho que la NSA interceptó correos electrónicos y vamos, hasta llamadas telefónicas de estos personajes mexicanos y seguramente también de López Obrador y de Josefina Vázquez Mota.

Mientras que Enrique Peña Nieto ha guardado discreto silencio sobre este divertido e irrelevante asunto, Felipe Calderón ha brincado de su harvardiana sepultura para hacerse el héroe, el defensor del pueblo mexicano y para sacar toda la raja que pueda. Aunque a pesar de su indignación flamígera no parece dispuesto a renunciar a su beca ni a quemar su visa, cosa que ni por mal pensamiento le ha pasado por su astuta y oportunista sesera. Ni que todo esto fuera algo en serio!

 

Por Antonio Limón López.

La “suprema felicidad” y los cimientos del populismo

 

populismo

 Por Alberto Medina Méndez

Describir las características de un régimen político es una tarea compleja. Su configuración nunca es lineal, sencilla, ni tampoco transparente.

Una serie de hechos cotidianos, de decisiones gubernamentales, han permitido encontrar ciertos rasgos comunes entre las administraciones demagógicas de este tiempo.

Muchos analistas han preferido detenerse en sus aspectos más evidentes, en los más visibles, a veces por lo trágico de sus consecuencias y otras solo porque la creatividad de la corporación no deja de sorprender.

Una noticia reciente, pone nuevamente el foco en un tema central que ayuda a desenmascarar las profundas convicciones de este modo de concebir la acción política.

El populismo es por definición una “doctrina política que se presenta como defensora de los intereses y aspiraciones del pueblo para conseguir su favor”.

Venezuela dio a conocer la creación del “Viceministerio para la suprema felicidad social del pueblo”. La novedad tiene costados grotescos. Pero independientemente de lo absurdo de la decisión tomada en el contexto electoral doméstico, la misma desnuda la esencia del credo que la sostiene.

No se trata de un anuncio aislado. Está enmarcado en la necesidad de captar votos. La política entiende que así piensa la mayoría de la gente y que entonces aceptará este proyecto con absoluto beneplácito.

Muchos son los que consideran que es el Estado, y más aún el gobierno de turno, el encargado de proveer felicidad a los ciudadanos. Este dislate, puede sonar ridículo para los que aun conservan los pies sobre la tierra y hacen de la responsabilidad personal una forma de vida. Pero son demasiados los que están convencidos de que es el Gobierno el que debe proporcionar prosperidad, haciendo lo imposible para puedan disfrutarla.

Así es que se ha instalado la percepción de que los políticos son “semidioses” que pueden conseguir que la sociedad pueda progresar. Esa concepción ideológica asume esta perspectiva porque le resulta funcional a sus intereses. Si todos piensan que la felicidad la debe suministrar el gobierno, pues la tarea ciudadana ya no consiste en el fastidioso esfuerzo de trabajar y capacitarse sino que solo implica votar a los políticos que pueden hacerlos felices. No se trata de un pensamiento casual o inocente.

Esa casta política, que no es patrimonio exclusivo del presente ya que la historia es rica en ejemplos de esta naturaleza, ha desvirtuado el sentido de las funciones del Estado, han convertido a los gobiernos en maquinarias que prometen sueños, ilusiones y esperanza de modo ininterrumpido.

El nacimiento de las modernas modalidades de vida en comunidad, la llegada de los Estados tenía que ver con garantizar los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad. En tanto el Estado asegura la vigencia de esos derechos, son los seres humanos los que se procuran su suerte, llevando adelante en libertad, su propio plan de vida, en la búsqueda de esa felicidad que cada uno concibe de modo diferente y subjetivo.

Este pensamiento mágico, este conjunto de nociones trasnochadas, no llegan aquí de la mano del azar. Han sido pormenorizadamente pergeñadas durante décadas, por filósofos, pensadores y hombres de la política que fueron diseñando esta fantasía de que alguien, un iluminado y su banda, vendrían a resolver los problemas de todos.

Es por eso que hoy tantos ciudadanos le piden, y hasta le exigen, al gobierno ya no la vigencia plena de sus derechos para desarrollarse en libertad, sino una absoluta garantía para disponer del acceso a la salud y a la educación, al trabajo y a la vivienda, y a cuanta demanda se les ocurra.

El gobierno de Venezuela ha dado un paso más, tal vez solo una anécdota para algunos o una humorada para otros, pero a no dudar que esta determinación se sustenta sobre la creencia más arraigada de estas sociedades, esa por la cual el Estado debe asegurar la felicidad, redoblando la apuesta de los demagogos de siempre, que apuntan otra vez a uno de los más importantes cimientos del populismo.

 

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