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Democracia siglo XXI

mes

julio 2011

Obligaciones de la memoria

Rodolfo Izaguirre

Obligaciones de la memoria es el lema de la décima octava edición del Festival ATempo. La República no debe olvidar lo que le ocurre en estos difíciles tiempos; y en lo personal, debo obligar a mi memoria, octogenaria, a no desmayar en ningún momento. R.I

Mucho antes de cumplir los cuarenta y siete años que duró su discreta vida portuguesa, el poeta Fernando Pessoa o si se quiere Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Alvaro Campos o Bernardo Soares que fueron sus heterónimos más conocidos, nos enseñó a no rendirnos; dijo que nuestro viaje por los a veces iluminados y siempre errantes caminos del pensamiento y de la imaginación jamás deben encontrar su final en Itaca, la isla prometedora que acoge con beneplácito a los viajeros porque nuestro viaje, este peregrinar que es y seguirá siendo el arco de nuestras vidas, no debe acabar en el reposo y en la mansedumbre de las aguas. Itaca, al término del largo viaje, no es más que el tiempo que finalmente se detiene; el viejo árbol que ya no respira entre las ramas que alguna vez fueron frondosas; el cielo que se oscurece y no vuelve a amanecer; la vida que cesa cuando la aventura de vivir acaba. De allí que lo que realmente importa no es llegar a Itaca como hizo Ulises sino permanecer en el camino para detenernos en algún lugar y sin movernos de allí aspirar el aroma de la vida y del conocimiento o, por el contrario, para desplazarnos de un sitio a otro ávidos y ansiosos pero sin llegar nunca a ningún lado ni a ninguna parte conocida. Vale para el artista, para el ingeniero, para el agrónomo, para el hombre común que somos.

El portento no está en terminar la obra, el relato o en colocar en el pentagrama lo que el compositor cree que será el último sonido o visualizar el cineasta el último plano del film y terminar el poeta su poema. Lo que importa es la energía, la pasión que comporta hacerlo. Del mismo modo, el artista plástico debe obligarse a reinventar constantemente sus espacios; a rebuscar colores allì donde nunca los hubo y el hombre de teatro a organizar el texto e imprimir constantemente nuevos dinamismos corporales a la palabra que sostiene al actor en sus desplazamientos escénicos. Estar en el camino significa mantener vivo el placer de la creación. Sabemos, además, por Octavio Paz que “el poema es una obra siempre inacabada, siempre dispuesta a ser contemplada y vivida por un lector nuevo”.

El prodigio, pues, no está sólo en vivir; está en vivir en la palabra, en la imagen; dentro del sonido. Escuchar, una vez más, a Vicente Huidobro: ¿Por qué cantáis la rosa -¡oh poetas!? ¡Hacedla florecer en el poema!” Y el “ars poético” se convierte en la obligación de florecer uno mismo; de permanecer en el camino viviendo, experimentando, imaginando nuevos mundos, enriqueciendo nuestra sensibilidad y aceptando también la agonía de hacerlo porque el placer que nos trasmite el compositor, pongamos por caso, nace de la agonía y de la ansiedad provocadas por una creatividad que se fundamenta en un rigor matemático; un rigor que le impone a su memoria la obligación de participar en ese proceso creativo permitiéndose él, el músico compositor, extraer de ella, de su propia memoria, unas resonancias que han estado a punto de caer en la penumbra y en el precipicio del olvido y que le ayudarán a crear sonoridades nuevas nunca escuchadas antes. Lo que no deja de ser una experiencia gloriosa: ¡como si lograra disolver a Dios en la música!

El pasado siempre estará activándose cada vez que nos apetezca y cuando ésto ocurre, obligamos a nuestra memoria a reencontrarse a sí misma, a rastrearse en sus propios tejidos conscientes nosotros, desde luego, de que el ámbito en que habita la memoria artística es infinito e incontrolable. Aprendimos de Marcel Proust que hay que “recrear mediante el recuerdo impresiones que deben ser extraídas de las profundidades, puestas a la luz y transformadas en equivalentes intelectuales..” Al alimentarnos de ese conocimiento del pasado podremos, si así lo preferimos, escapar entonces de la terrible y peligrosa nostalgia que busca atraparnos para encerrarnos en ella e impedir que avancemos. Para lograrlo, la memoria tendrá que incorporarse al presente pero dentro de una contemporaneidad enriquecida por la experiencia y el valor de las nuevas percepciones que hoy poseemos y manejamos. ¡Transformadas en los equivalentes intelectuales de que hablaba Marcel Proust! Es lo que ha ocurrido en todas las épocas y es lo que ha ocurrido también en todas la ediciones del Festival ATempo. Diógenes Rivas y Ninoska Rojas Crespo han sostenido dieciocho ediciones del Festival. Al referirse a las obras ejecutadas durante esas ediciones, Diógenes sostiene que “las grandes obras de arte, antes y ahora, han sido siempre contemporáneas.”

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Mi bello hermano en la familia elegida, el escritor Adriano González León decidió no continuar la relación que mantenía con una muchacha a la que cortejaba porque el hermano de ella regresó al país después de permanecer ausente algunos años. La novia no tuvo la culpa y nunca pudo entender el por qué de aquella ruptura intempestiva. ¡Yo sí lo sé! Adriano murió y puedo contarlo ahora porque también él en esa ocasión tuvo que obligar a su memoria para que compareciera en un trance que iba o no a asegurar nuevamente su vida en pareja.
Ocurrió que llegado a Caracas, el muchacho visitó a Adriano para enterarse de lo que había pasado en el país durante su ausencia. Con paciencia de apóstol, punto por punto y a veces con detalles precisos y lastimosos, Adriano fue refiriendo, a quien hasta ese momento se perfilaba como su más próximo pariente, lo que había acontecido en el país venezolano.

Inició la exposición enumerando las veces que el régimen militar ha violado la Constitución y las otras, muchas, en las que el Tribunal de Justicia desestimó las demandas de los ciudadanos por los abusos del mandatario; explicó cómo fueron debilitándose las instituciones hasta desaparecer; habló de Sidor, de la electricidad, de los problemas con el agua; hizo hincapié en la ineptitud del régimen. Se refirió a las incumplidas promesas hechas a los venezolanos en materia de vivienda mientras se construían casas en Niamaca y Tabacoro en Mali, Africa, como iniciativa de una supuesta “Brigada Internacional Cívico Militar de Ayuda Humanitaria Simón Bolívar bajo la administracion del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías”. Deploró la condición de los niños de la calle, la ruina física de muchas escuelas y la asfixia que sufren las universidades.

Adriano habló sobre la situación de la economía y de por qué debe uno santiguarse cada vez que el ministro Giordani declara a los medios. Enumeró las disparatadas medidas económicas que han contribuido a arruinar al país, las vacilaciones del dólar, las agonías de Cadivi, la bancarrota de Pdvsa y su capacidad de endeudamiento; el permanente desabastecimiento de los supermercados; las toneladas de alimentos podridos de Pedeval. Le recordó a su futuro cuñado los gloriosos gallineros verticales, la ruta de la empanada, el cultivo de hortalizas en las azoteas de las casas y edificios. Le explicó lo que significaba la economía del trueque que estuvo alguna vez en los delirios del mandatario. Asomó la inquietante presencia de China llamada alguna vez el “peligro amarillo” aunque sea hoy roja: un país que está aprendiendo a vivir como los ricos ¡y le gusta! pero siente repugnancia por la libertad de pensamiento y de expresión. Adriano observó que había quedado atrás el tiempo de las lavanderías de chinos y del “chino malico lalón” .

Se refirió Adriano, en detalle, a los regalos dispendiosos que el Autócrata ha hecho a Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Uruguay mientras los hospitales colapsan y las clínicas privadas no se dan abasto para atender a millares de nuevos pacientes asegurados por un régimen incapaz de mejorar o construir nuevos hospitales. Hizo mención a las expropiaciones de fincas y haciendas productivas; a los asaltos de bolivarianos forajidos a edificios y apartamentos violando derechos y títulos de propiedad pero sintiéndose protegidos en sus desafueros por el propio desafuero del gobierno.

¡Aceptó una breve pausa en su plática para servirse un buen trago! Pero mencionó luego el tráfico de maletines llenos de dólares de Pdvsa, la droga que pasa por puertos y aeropuertos y no dejó de mencionar las abusiva cadenas de televisión, el lenguaje tosco y la retórica vulgar del dictador y los atropellos a los medios, televisoras y periodistas. La presencia de focas legislativas y judiciales. La inseguridad física y jurídica. El empeño del Autócrata de colocar en posiciones de alta responsabilidad a leales suyos, militares inexpertos en lugar de profesionales calificados.

El cuñado escuchaba aquella disertación sin pestañar y González León proseguía su exposición con la lúcida facilidad de palabra que lo convirtió en el fascinante encantador de serpientes que siempre fue: la tierra arrasada que el régimen ha hecho de la cultura; el desmantelamiento de los museos, la dispersión de las colecciones y el riesgo de “extraviarlas” para siempre; los maltratos a actores y dramaturgos; la vergüenza que provocan poetas que alguna vez fueron amigos cuando escriben ahora loas a la satrapía; un cine sesgado por la “ideología” bolivariana. ¡La pérdida de espacios urbanos para el solaz de los ciudadanos. ¿Qué fue lo que no dijo? Ahora bien: una clase universitaria en Caracas, Boston o Melbourne no excede de los 45 minutos. La exposición del autor de Las hogueras más altas y de País Portátil duró más de una hora. Una disertación que abarcó la política, la economía, la sociedad, el urbanismo, el hacinamiento carcelario, los bares y la vida nocturna de la ciudad.

Cuando terminó, sobrevino un largo y denso silencio. Me serví un trago y Adriano otro. El cuñado se le quedó mirando, carraspeó, tosió, se revolvió en el sillón; cruzó, estiró y volvió a cruzar las piernas y finalmente, con la mayor naturalidad, preguntó: “Y entonces, Adriano, ¿qué me cuentas?” ¡Adriano no podía creerlo; tampoco yo podía dar crédito! Gracias a la memoria, al penoso ejercicio a la que la sometió sólo para agradar al futuro cuñado y ganar nuevos favores con la novia, Adriano estuvo mostrando un país arrojado al abismo; y el cuñado allí, estólido, impávido. Adriano González León entendió en ese instante que los amores con aquella novia no tendrían futuro mientras existiera viva aquella indolencia, aquella desidia y desaplicación que estuvo frente a él durante más de una hora y molesto, visiblemente molesto, tanto como podría estar cualquiera de nosotros en una situación semejante, contestó: “¿Que qué te cuento? ¡Te cuento los pelos del culo!”

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Óscar Lucien, el cineasta, sociólogo e investigador de la comunicación social fue entrevistado en El Nacional de Caracas el 18 de abril de este año 2011 por la periodista Michelle Roche. Ella le preguntó si el pueblo venezolano tiene memoria corta o si esa aparente miopía tiene que ver más bien con el hecho de estar ocurriendo muchas cosas graves a la vez y pocos o nadie se ocupa de sistematizar los hechos para articular soluciones.

Y Lucien dijo que “la nuestra es una cultura un poco perversa de la tabula rasa en la que todo siempre comienza de cero. En Venezuela, dijo, es difícil configurar en la tradición, y eso puede verse en cualquier forma de las artes de nuestro país. Vivimos en un eterno comienzo y eso dificulta la sedimentación de una memoria como tal. A pesar de que este es un país que tiene todos los mecanismos de la modernidad, no tenemos, observó Lucien, el pensamiento de la modernidad y tenemos, además, problemas con la civilidad: en este país la gente no sabe ni siquiera cruzar por el rayado. Tenemos un problema grueso con la definición de la ciudadanía. Si a esto le sumamos el de los medios de comunicación y el debilitamiento de los partidos políticos, no hay mecanismos para que la ciudadanía pueda ejercer sus derechos políticos”.

No olvidemos también, digo yo, que el nuestro es un país minero y su idiosincracia, los rasgos de su conducta, son los del minero; es decir, vivir al día sin un pasado al que aferrarnos; lo que explica el desarraigo, la ausencia de una memoria; el no haber conocido al abuelo cuando las más de las veces ignoramos quien ha sido el padre.

Encontramos la pepita de oro, el diamante (¡o el petróleo!) después de contaminar las aguas y destruir criminal e impunemente el ambiente, pero todo el dinero que obtiene el hombre de la mina lo gasta esa misma noche en el botiquín del brasilero que gobierna a las putas en el campamento; los políticos afectos al régimen o al gobierno de turno se lo embolsillan y nosotros, la frívola y mediocre clase media que somos, dispersamos la renta petrolera en la banalidad y la superficialidad que genera el creer que somos ricos cuando la verdad es que se trata de un país incapaz de asomarse al día de mañana, de elaborar planes a mediano plazo y mucho menos de anticipar la jugada maestra sobre el tablero del ajedrez político que nos colocaría en un futuro más jubiloso. Alguien lo dijo de manera precísa y brillante: ¡no hay proyectos; solo hay ocurrencias! De pronto, al Caudillo se le ocurre una cosa; en el acto se la comunica al Ministro y éste la pone en práctica a partir del día siguiente. ¡Pero lo grave es el empeño bolivariano en querer destruir el futuro después de acabar con el país y ahora con el territorio! Hacemos un esfuerzo y no atinamos ya a imaginarlo y mucho menos a imaginarnos en él, en el futuro, porque simple y trágicamente ha dejado de ser; no nos reconocemos en él y perder el futuro, observó Ortega y Gasset, significa mutilar el pasado.

El poder militar trata hoy, por todos los medios, de impedir que mantengamos la memoria civil que afirmamos a lo largo de cuarenta años ininterrumpidos de ejercicio democrático. Para lograrlo, niega o tergiversa la historia; amenaza, atemoriza; miente con descaro y se vale de la innegable circunstancia de que los gobernantes venezolanos, imperturbables y en cualquier época, han mentido al país con total impunidad. Richard Nixon perdió el derecho a despachar desde la Oficina Oval por haber mentido; lo que en Venezuela da risa porque mentir es lo usual en los pasillos gubernamentales. En definitiva, se pretende borrar la gloria que acompaña a quienes fuimos, durante la mal llamada Cuarta República, autores de un prodigio intelectual que superó la brutalidad gomecista y la fascista ordinariez perezjimenista, sus zarpazos a la libertad y los atropellos a los derechos humanos. En la hora actual bolivariana, marcada indignamente por la actitud brutal de desentenderse de un productor agrícola, de estudiantes, y de enfermeras que agonizan en huelgas de hambre solo para exigir mayor respeto a sus bienes, a la vida universitaria o a un simple aumento de salarios, vuelven a repetirse los zarpazos ¡con tanta saña! que se ha estremecido de estupor la comunidad internacional y se han alejado los propios seguidores del Autócrata del voto que podría asegurar su continuidad en el poder.

Duele y enerva constatar cómo alguien con el poder político y militar que ha logrado reunir en doce años de mandato y dispensador de una colosal fortuna del erario público haya fallado no sólo a quienes lo adversan; sino a quienes aun creen en él. Otro, alejado de tan precaria cultura cuartelaria e impulsado por motivaciones más felices ajustadas a la tecnología y a la modernidad del nuevo siglo y sostenido por una izquierda no autoritaria, habría conducido al país venezolano a través de una geografía de ideas más esclarecidas. ¡Pero no ha sido así!

Uno de los perversos y criminales mecanismos de que se vale toda dictadura militar, además de instalar la censura y más abominable aun, la autocensura en nuestros actos y pensamientos, es el de conspirar, disolver, atomizar la memoria cultural del país; la memoria artística que los museos, las librerías y bibliotecas, las salas de teatro y de música han logrado consolidar con el paso del tiempo. Son prodigiosas las lecturas e informaciones que ellos pueden ofrecernos y es mucha la convicción que tenemos de que esta memoria artística sirve para orientarnos y facilitar el enriquecimiento de nuestro propio combate contra el olvido; un olvido que siempre estará tratando de cercarnos y limitarnos. Negar la acción museística, dispersar las colecciones, suprimir el rigor selectivo y la presencia de las curadurías es un atentado, un hecho criminal que equivale a cercenar nuestra propia memoria. La barbarie no se detiene allí sino que limita, obstaculiza, niega la libre expresión y difusión de las ideas; conspira contra el libro, los medios televisivos, la prensa, la radio… ¡Cierra las puertas y las ventanas!

Es bueno tener en cuenta también que la memoria no nace ni crece natural y espontáneamente. Alguien dijo que el olvido surge como un hecho natural, mientras que a la memoria hay que ejercitarla, nutrirla y trabajarla. ¡Construirla! Sin quererlo o proponérselo un hombre como Manuel Caballero con más de cincuenta libros notables en su haber, una boina universitaria y enormes mostachos se convirtió en una especie de conciencia histórica de los venezolanos. “Nosotros no nacemos por generación espontánea, escribió, nacemos con una historia familiar y con la historia de un país. Estudié historia, dijo, para pretender explicarme mi razón de ser. Así como no se puede vivir sin memoria, así tampoco se puede vivir sin historia, la cual no es otra cosa que la memoria colectiva de los pueblos”. Cada uno de nosotros alimenta la suya y la integra luego a la memoria colectiva; y cada uno de nosotros debe prepararse para enfrentar y combatir al olvido. En momentos ásperos y malhadados, como los que vivimos o padecemos los venezolanos en la hora actual la memoria desafía a la intolerancia; se opone a la voluntad de atornillarse el mandatario en el poder negándole a otros una sucesión legítima; enfrenta a quienes tratan de convertirnos en ciudadanos de tercera clase al ignorarnos o excluirnos de la vida activa del país. Lucha contra quienes han convertido el poder político en una desaforada y corrupta maquinaria de perversión cómplice de la violencia guerrillera y el tráfico de drogas.

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En estos mismos espacios del Centro Cultural Chacao, Carlos Castillo, diseñador gráfico y espacial, videoartista y realizador cinematográfico que ha hecho de la escultura, la arquitectura, la fotografía y el perfomance una extraordinaria aventura dejó constancia en su exposición titulada Vértigo de la impostergable necesidad no tanto de devolvernos a la memoria sino de “armarla”.
¡”Arma tu memoria!” se llamó un segmento de la exposición que mostraba rejillas, escombros, fragmentos y fotos del Teatro Caracas tomadas por Carlos Castillo durante la demolición a finales de los años sesenta del pasado siglo de aquel viejo teatro emblemático de una Caracas que aun no sufría el agobio, el desmantelamiento sistemático y los derrumbes bolivarianos. Y Carlos Castillo colgó de la pared una foto del Teatro como si se tratara de un rompecabezas. Ver aquellos lastimosos despojos crispaba el alma, removía el dolor de una pérdida irreparable y reclamaba la necesidad de reunir y rescatar aquellos escombros; recuperarlos, y en una doble acción o movimiento, armarlos al mismo tiempo que armamos también no sólo la memoria sino nuestra propia conciencia.

El agónico llamado de Carlos Castillo para que armemos la memoria no se refiere única y necesariamente a los desmanes bolivarianos sino al propio derrumbe del país, una violenta y permanente erosión de nuestra conciencia que viene produciéndose desde mucho antes de que nosotros naciéramos y ha sido poco lo que hemos hecho para impedir la caída a un abismo que, paradójicamente, comenzó a ahondarse con el estallido del primer pozo de petróleo y la descomunal riqueza que con él vino aparejada; pero que el pais nunca ha logrado disfrutar con el regocijo que si muestran los países del primer mundo.

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¿Qué nos ocurrió para que fuéramos arrojados al precipicio donde seguimos cayendo? En 1998, la Historia hizo lo que tanto le avergüenza y le repugna hacer: dio marcha atrás, y se remontó a la primera década del siglo para observar cómo los venezolanos de 1908 aclamaban jubilosos a Juan Vicente Gómez después de traicionar al tempestuoso, extravagante y alucinado Cipriano Castro sin imaginar los veintisiete años de trágica pesadilla que se abatieron luego sobre el país convertido en hacienda personal del déspota nacido en La Mulera. ¡Fue una imperdonable equivocación!
Isaías Medina Angarita tuvo que exiliarse; Rómulo Gallegos conoció el mismo destino y el país civil parpadeó, se equivocó nuevamente y cedió otra vez ante las botas militares. Noventa años después del exilio de Cipriano Castro, con los votos que se creía iban a exorcizar las desventuras y atolondramientos de las cúpulas adecas y copeyanas de las pasadas décadas ungimos a un oscuro teniente coronel, golpista por añadidura, sin vislumbrar la férula militar bolivariana que nos hundiría en la peor pesadilla política, económica, social y cultural que haya padecido la República ¡y volvimos a equivocarnos! Una vez más el país civil perdió el paso. ¿Cómo pudo la sociedad civil llevar al poder a un militar sabiendo lo que significan los militares en la vida política venezolana? Y la política, en lugar de ir adelante marcando el camino, se rezagó, tropezó con las apetencias de su propia sombra y el militar se le adelantó cautivando a un pueblo desorientado que todavía busca profetas y salvadores. ¡Es algo imper donable! Creo que fue Manuel Vicente Romero García, el autor de la novela “Peonía”, quien al referirse al destierro de Cipriano Castro y a la traición de Juan Vicente Gómez sintetizó aquella tragedia en una frase: “Se fué Atila; pero dejó el caballo!”
Hoy decimos: “¡Se fue el Pacto de Punto Fijo; pero dejó al chavismo!”

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¿Por qué hemos llegado a esto?

¿Quién de nosotros atinará a responder la pregunta y aclarar nuestros errores? ¿Quién obligará a la memoria? ¡Quién tendrá el coraje para convocarla, reconocerla, permitirle que nos ayude no sólo a comprendernos sino a obligarnos a armar o recomponer las instituciones democráticas hechas polvo por la autocracia bolivariana? Fernando Rodríguez, en uno de los poemas de su libro Ópera Prima, publicado por las ediciones TalCual advierte que “la memoria destruye sus remansos”. Si todos y cada uno de nosotros no nos hacemos responsables de las calamidades que nos afligen para nada servirá que armemos la memoria porque simplemente ella se negará a hacerlo; ¡preferirá sepultarse en el olvido! En todo caso, no se trata sólo de recuperar la erosionada geografía física y económica del país sino devolverle al venezolano la serenidad interior arrebatada por el turbión de mentiras, falsas promesas, vulgaridad y fogosidad criminal que nos desvasta desde que el nuevo siglo inició su camino aunque seguramente, lo ha estado haciendo desde mucho antes de que la plaga militar volviera a contaminar el poder.

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¡El país venezolano está enfermo; es violento y el cáncer también hace metástasis en la vida que pudo haber reinado en él! Hemos desestimado y dado la espalda a la liturgia interior que debe señalar nuestros pasos y orientarnos hacia el respeto por la vida. Hay una implacable mente criminal que nos amenaza y amortaja y lo peor es que nos hemos acostumbrado a ella y nos parece ridícula, por insignificante, no sólo la cada vez más alta y trágica cifra de muertes violentas los fines de semana que provoca risa en algun ministro miserable y desalmado sino la indolencia del gobierno, su ineficacia, el rojizo color de su mediocridad, la vasta impunidad de la corrupción administrativa, el desafuero en todos los estratos de la sociedad.

La policía, el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalistas no puede “resolver” casos criminales porque ella misma tortura, asesina, extorsiona y comete tropelías. El infierno carcelario ha alcanzado estratos en los que sólo reina un horror demencial agravado por la brutalidad de una Guardia Nacional igualmente peligrosa y delictiva.

Lo que más abruma, lo más doloroso es constatar que el venezolano perdió el caracter sagrado de su propia vida. Lo ratificó Rafael Cadenas en sus hermosos “Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística”: “Hoy se suele decir que el sentido de lo sagrado se ha ido perdiendo por la hegemonía de lo secular. ¿Entonces lo secular no es sagrado? Esta es una de las eternas divisiones a las que somos tan dados y que tanto fragmenta el vivir. Lo usual entre lo sagrado y lo profano, observa Rafael Cadenas, trae costosas consecuencias. Al hacer este deslinde y señalar lo que es sagrado, el resto se desacraliza y se vuelve profanable, indefenso, destructible. Para mí, dice Rafael, todo es sagrado porque todo pertenece al misterio. ¿Un criminal sería sagrado? podría preguntar alguien en son de polémica, y la respuesta tendría que ser no. No, pero la vida en él si, precisamente lo que él mismo ignora; si lo supiera no sería un criminal. Tal vez hasta tendría conciencia de lo peligroso que mora en el ser humano”. Pero… ¿quién le devolverá esa conciencia; quién va a aclararnos tan sombrío amanecer? Serán necesarias poderosas liturgias para lograrlo. Sin embargo, ¡podemos comenzar desde hoy!

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Conviene entonces permanecer en el camino; no llegar tan pronto a Itaca; dejar que el viejo árbol respire entre sus ramas; hacer que la rosa florezca en el poema y alcanzar la gloria de que el cielo se ilumine nuevamente y… ¡vuelva a amanecer!

Rodolfo Izaguirre (Caracas, 9 de enero de 1931) es un ensayista y crítico cinematográfico venezolano. Empezó a estudiar derecho en la Sorbona de París, al estar cerrada la Universidad Central de Venezuela por el presidente Marcos Pérez Jiménez. Inició su carrera en el cine gracias a la proximidad de su residencia en París a la Cinemateca francesa, lo que le llevó a abandonar la carrera de derecho.
Después de participar activamente en la creación de agrupaciones literarias izquierdistas, como Sardio y el Techo de la Ballena (1961),2 entre 1968 y 1988 se centró en la dirección de la Cinemateca Nacional de Venezuela, fundada por Margot Benecerraf en 1966, convirtiéndola en el epicentro de un proceso de formación de futuros cineastas y espectadores.
Publicaciones
No ficción
Ha publicado Historia sentimental del cine americano (1968), La belleza de lo imposible, Acechos de la imaginación, El cine venezolano (1966) y numerosos artículos.
Ficción
Publicó Alacranes, obra clave dentro del desarrollo de la ficción urbana.
Radio
Colaboró durante treinta años en la Radio Nacional de Venezuela con el programa de difusión cinematográfica “El cine, mitología de lo cotidiano.”

Las debilidades de una sociedad enmascarada

Teódulo López Meléndez

Sobre el siglo XIX se fijaron las miradas de Tocqueville, Heine, Marx, Burkhard y Nietsche, por ejemplo. Hablaban de una sociedad inmersa en una crisis de legitimación crónica. El siglo XX dio paso a una pléyade de pensadores en medio de los conflictos más atroces. En este inicio del siglo XXI, antes que proclamar de nuevo la muerte de Dios, Stephen Hawking lo que hace es proclamar la muerte de la filosofía. Ahora lo que está deslegitimado y requiere con urgencia de pensamiento son las formas políticas. Hay que revisar, reafirmar o negar sus premisas básicas, desde la manifestación política de la filosofía. El momento es de transición con una caída de los partidismos conocidos y con un proceso de desideologización terminal. Algunos hablan hasta del fin de las constituciones.

Los discursos siempre giraron sobre la falta de legitimación. También ahora, con un cuestionamiento drástico a la representación, pero las teorías políticas decimonónicas tuvieron un efecto retardado, pero lo tuvieron, mientras en esta época vislumbramos la escasez de lo teórico y un esfuerzo no sólo por retener el presente sino, incluso, uno destinado a regresar a las viejas formas. Tenemos que admitir que las soluciones definitivas no existen y por ello hemos llamado a la democracia un ininterrumpido proceso de interrogación ilimitada. El tiempo presente ha determinado la imposibilidad de lo que denominaremos la parábola de la innovación y una interrogación muy profunda sobre la posibilidad de cambiar lo humano a través de la praxis política. El punto es que comienza a hablarse de la pospolítica, mientras otros nos empeñamos en un rediseño de la democracia. La crisis se debe a la caída de las viejas maneras de la política, sólo superable con un llamado a un retorno de la misma necesariamente envuelto en nuevas concepciones que pasan por un llamado a la ciudadanía activa.

La confusión es la norma, pero abajo, en la praxis constante, encontramos una que no se modifica y se niega a ser modificada, con las mismas aberraciones y contratiempos que nos han llevado en esta década a las conclusiones que manifestamos. Nos referimos a la ausencia de la concepción política, a un conjunto de ideas que puedan reestructurar el aparato democrático. Si en la crisis de lo político estamos señalando la década que termina es menester, entonces, plantear la repolitización como el camino, no sin advertir o recordar que el vacío está siendo llenado por algunas praxis revolucionarias disfrazadas de innovación del presente siglo y que irremediablemente conducen a la reaparición totalitaria.

La defensa y progreso de los derechos humanos había tomado una aceleración que parecía determinar los tiempos, pero la lucha antiterrorista los ha golpeado seriamente. La reciente crisis económica ha replanteado la necesidad de la actividad reguladora. Las virtudes de la globalización –por contraste con sus múltiples peligros- están siendo duramente golpeadas especialmente en Europa. La aparente calma –excepción hecha de las guerras locales que aún se libran- se debe fundamentalmente a la inexistencia de algo o de alguien que se aproveche. Saltan por los aires nacionalidad, partidos, viejas construcciones y las respuestas provienen de prácticas de antaño o de encerramiento a ultranza en las maltrechas formas del presente. No es novedad alguna que los hombres se estén aburriendo de la política. Hemos hablado constantemente de un cambio de paradigmas que constituye, cierto es, una exigencia de cambio en las disposiciones subjetivas capaces de alterar el vector político. Ello se refiere, claro está, a que la descreencia se transforme en la convicción de crear realidad desde el pensamiento y desde un ejercicio colectivo de la inteligencia. No hay una conciencia político-filosófica de la posmodernidad. Hasta el último momento del siglo XX vivimos la obviedad de la crisis del constitucionalismo, del estado-nación y del pensamiento político clásico, sin que se produjese una multiplicad de miradas a los eventuales nuevos órdenes que por fuerza surgirían. Algunos llegan a plantear si los hombres sólo pasarán a ser un material necesario a una construcción tecnopolítica. Un antihumanismo creciente podría inducir en ese sentido, sólo que la lectura atenta de quienes en él incurren conlleva a admitir que llegan de retorno al humanismo por el camino de su negación.

Hemos tenido grandes avances en la informática, la tecnología espacial o la biología y en una creciente demanda a favor de los derechos de los homosexuales. Desciframiento del mapa genético, celulares con 3G, GPS y WiFi, la manipulación de embriones o la web 2.O, pero la política ha planteado retos que no han sido abordados con pensamiento complejo capaz de trazar coordenadas en este momento de la historia y de la cultura universal. Ha faltado, diría, la razón poética, esto es, la posibilidad de soñar las nuevas formas de organización comunitaria del hombre desde la luz de la conciencia hasta la creación de un cuerpo especular, lo que se llamaría la función imaginante.

La proclamación de la victoria de la técnica, la falta de sentido como nuevo sentido y la prevalencia del pensamiento débil debe ser contrarrestada con el fuerte resurgir del pensamiento. Es una caída vertical que venimos sufriendo desde más allá de esta década que termina en zona oscura. Si el ciudadano de este siglo deja de padecer como víctima y se decide a realizar las nuevas formas son bastantes probables los nuevos surgimientos, en especial en la política y en las ideas que deben envolverla.

Quizás podamos definir a esta sociedad como una enmascarada que vive su sojuzgamiento como víctima. Es menester transgredir la oscuridad. Se transgrede en momentos de crisis.

teodulolopezm@yahoo.com

Mitos fundamentales sobre la inmigración

por Jorge Majfud

En casi todos los países y a lo largo de diferentes épocas, las clases más conservadoras han estado siempre en los extremos de la pirámide social. En Estados Unidos la retórica conservadora ha logrado captar parte de los sectores de los extractos más bajos de la sociedad, no recurriendo a liberar a los ricos de impuestos (para esto está la ideología del “trickle down”) sino creando el demonio del inmigrante ilegal. No hay nada mejor para canalizar las frustraciones de las clases más bajas que crear enemigos tribales dentro de la misma clase.

Así se han aprobando leyes como en Arizona y en Georgia, que criminalizan a “los sin papeles”, lo que ha provocado la fuga de muchos trabajadores indocumentados de un estado a otro. Como resultado, los pequeños y medianos empresarios del área de la construcción y sobre todo de la actividad agrícola se quejan que no hay brazos para levantar las cosechas. Solo en la costa oeste los puestos de recolectores sin ocupar superan los cientos de miles. Claro, hay que trabajar sin aire acondicionado.

Innumerables estudios (ej. Damian Stanley y Peter Sokol-Hessner, NYU; Mahzarin Banaji, Harvard Univ., etc.) han demostrado que el miedo al otro es prehistórico y provoca reacciones negativas hasta en la persona más pacífica cuando se le presentan diferentes imágenes de diferentes rostros. No obstante, aquellos que entendemos que existe cierto grado de evolución humana, no defendemos un rasgo milenario por el sólo hecho de ser milenario. Podemos asumir que el amor y el odio, el temor y la solidaridad, como lo sugieren las mayores obras de arte, son emociones irreductibles, no cuantificables por principio y definición, y seguramente inmanentes a todos los seres humanos a lo largo de la historia. Pero no las formas en que los individuos y las sociedades se relacionan para desarrollarse y evolucionar. Si no hay progreso histórico en cada individuo (cualquier tibetano del siglo V puede ser social y moralmente superior a un habitante contemporáneo de Rio o Filadelfia), en cambio podemos esperar que sí lo haya en una sociedad dada que es capaz de aprovechar la experiencia histórica, propia y ajena. Si en los primates existe la mentira, la explotación y las jerarquías sociales y políticas (Frans de Waal, etc.), ello no es un indicio de que estas estructuras (culturales) sean insuperables sino, a juzgar por las diferencias entre algunos hombres y un orangután, todo lo contrario. Al menos que los conservadores propongan a los monos como pruebas, no de una posible evolución sino de la imposibilidad de evolucionar.

En la problemática de la inmigración inevitablemente juegan estos elementos primitivos, aunque maquillados con retóricas cargadas de preceptos ideológicos sin una racionalidad mínima. Por lo tanto son mitos, creencias indiscutibles (es decir, realidades) para determinados grupos, producto de repeticiones, sobre todo mediáticas.

Mito I: Con los inmigrantes aumenta la criminalidad

Falso. Diferentes estudios de diferentes universidades (Robert Sampson, Harvard University; Daniel Mears, Florida State University; Public Policy Institute of California, PPIC, etc.) han demostrado claramente que a un incremento de la inmigración sigue un descenso de la criminalidad. También se ha observado que sobre todo la primera generación de inmigrantes es menos propensa a la violencia que la tercera, muy a pesar de las mayores necesidades económica que suele sufrir la primera generación. La relación inversa entre violencia e inmigración latina, puede resultar paradójica, considerando la violencia brutal que existe en las sociedades de las que proceden estos inmigrantes. Paradoja que, como toda paradoja, es apenas una contradicción aparente con una lógica interna; obviamente, muy fácil de explicar.

Mito II: Los inmigrantes le quitan los trabajos a los nacionales

Falso. En todos los países del mundo siempre se ha buscado a alguna minoría débil para descargar todas las frustraciones de cada crisis. En Estados Unidos algunos desempleados se quejan de que los inmigrantes ilegales les quitan los trabajos, lo cual resulta una muestra de época inteligencia y probablemente de mala fe: es mejor quedare en casa o salir a comer a un restaurante con el dinero del Estado que ir a hacer trabajos duros que sólo aquellos inmigrantes pobres (los ricos no emigran) son capaces de hacer.

Los inmigrantes más pobres no hablan inglés (en ocasiones, los mexicanos y centroamericanos ni siquiera hablan español), no conocen las leyes, no tienen papeles para trabajar, son perseguidos o viven escondiéndose y aún así consiguen trabajos que los “pobres americanos” no pueden conseguir. ¿Cómo hacen?
Por el contrario, estudios serios demuestran que la inmigración ayuda a crear nuevos puestos de trabajo (Gianmarco Ottaviano, Università Bocconi, Italia; Giovanni Peri, University of California). Según un estudio de Pew Research Center, en los tres últimos años la inmigración ilegal latinoamericana a Estados Unidos ha caído 22 por ciento, sin que esto haya significado un descenso de la tasa de desempleo. De hecho, sólo los inmigrantes indocumentados aportan más de medio millón de consumidores al año.

Mito IV. Los inmigrantes ilegales son una carga porque usan servicios públicos que no pagan.

Falso. Cualquier ciudadano desocupado o que gane menos de 18.000 dólares anuales hace uso gratuito de cualquier servicio médico y de muchos otros servicios públicos y privados, como vivienda y pensiones. Los trabajadores sin papeles acuden a un servicio sanitario en última instancia (The American Journal of Public Health) y en muchos casos pagan por consultas y tratamientos. Muchos ni siquiera denuncian robos y abusos. Ningún camionero pretendería lucrar con su máquina sin llevarla alguna vez al mecánico, pero muchos ciudadanos que se benefician de los trabajadores indocumentados esperan que éstos nunca acudan a un hospital, a pesar de que los trabajos que hacen suelen ser los más peligrosos e insalubres.

Según la National Academy of the Sciences de Estados Unidos, los números muestran que estos inmigrantes aportan más de lo que toman de la economía nacional. Según el economista Benjamin Powell, estos trabajadores aportan 22 billones de dólares anuales y su legalización fácilmente aumentaría esa cifra.
En términos globales, el principal factor que pone en ventaja a Estados Unidos con respecto a las demás economías desarrolladas (incluida la emergente China) radica en su todavía alta tasa de trabajadores jóvenes, en gran medida debido a la alta tasa de natalidad entre la población hispana y a la inmigración misma, sin la cual programas como el Social Security serían insostenibles en un futuro cercano.

Mito V. Los indocumentados no pagan impuestos.

Falso. Los indocumentados pagan impuestos de muchas formas, directas o indirectas. Según cálculos de los últimos años, cada inmigrante ilegal paga miles de dólares en impuestos, mucho más que muchos ciudadanos inactivos. En total, el Social Security recibe más de 9 billones de dólares anuales de estos contribuyentes que probablemente nunca reclamarán ninguna devolución en forma de pensiones o beneficios. Actualmente hay cientos de billones de dólares aportados por trabajadores fantasmas (Eduardo Porter, New York Times; William Ford, Middle Tennessee State University; Marcelo Suárez-Orozco, New York University).

Mito VI: Los inmigrantes ilegales tienen poder corporativo.

Falso. Los inmigrantes no nacionalizados, sobre todo los ilegales, no votan en ninguna elección. En muchos casos ni siquiera pueden votar en las elecciones de sus países de origen, aunque sus millonarias remesas nunca han sido rechazadas ni despreciadas.
El slogan de “latinos unidos” es un buen negocio para las grandes cadenas de medios hispanos en Estados Unidos, pero esta unión es muy relativa. Aunque hay un sentimiento de “hispanidad” dentro de cualquier mundo “no hispano”, lo cierto es que las rivalidades, rencores y chauvinismos solapados surgen apenas “el otro no hispano” desaparece del horizonte tribal. También los estatus legales e ideológicos son, en casos, radicalmente inconciliables. Basta con considerar un trabajador mexicano ilegal y un balsero cubano, protegido por ley.

Jorge Majfud
majfud.org
Julio 2012, Jacksonville University

Audios de Teódulo López Meléndez

Tres nuevos audios: Teódulo López Meléndez habla de la extrema derecha en Noruega, de la escasez mundial de agua y de la selección venezolana de fútbol

Política y economía norteamericana

por Jorge Majfud

El patriotismo de los ricos

En todo el mundo, los ricos casi no emigran, casi no integran los ejércitos que mandan a sus guerras y que luego llenan de honores y aplausos, y maldicen al Estado que les chupa la sangre. Cuando las economías van bien, exigen recortes de impuestos para sostener la prosperidad y cuando las cosas van mal exigen que el maldito Estado los rescate de la catástrofe (con dinero de los impuestos, está de más decir).

Desde la crisis financiera de 2008, la mayor preocupación de la clase media norteamericana ha sido el desempleo y el déficit, ambas herencias del gobierno republicano de George Bush. Dentro de este partido, el Tea Party ha surgido con una fuerza que le ha permitido dominar su retórica pero tal vez sea su propia ruina en las próximas elecciones, que en principio se les presentan favorables. Su bandera es la ideología Reagan-Thatcher y la ortodoxia de oponerse a cualquier incremento en los impuestos. Aseguran que no se puede penalizar a los exitosos, los ricos, con impuestos, porque son los ricos quienes crean los puestos de trabajo cuando la riqueza comienza a derramarse desde arriba. En un debate de 2008, Obama comentó que los partidarios de esta teoría (más bien, ideología) con la crisis habían descubierto que cuando se espera que la riqueza gotee de arriba el dolor comienza a subir desde abajo.
Los datos actuales (para no ir lejos) contradicen la teoría del “trickle-down” llevada a sus extremos por el último gobierno republicano, ya que (1) la capacidad de la avaricia de los “de arriba” es ilimitada, sino infinita, y (2) el desempleo no ha bajado en los últimos años, sino lo contrario.

Aunque en el país ya no se destruyen 700.000 empleos por mes como hace un par de años, la creación de nuevos puestos sigue siendo débil (entre 15.000 y 250.000 por mes; un ritmo saludable para bajar el 9.2 por ciento de desempleo debería ser de 300.000 nuevos puestos por mes).

Por otro lado, en el último año la productividad ha crecido en proporciones muchos mayores y, sobre todo, los beneficios de las grandes compañías. Cada semana se pueden leer en los diarios especializados los resultados de una gigante financiera, industrial o de servicios que han incrementado sus ganancias en 30, 50 o 60 por ciento, como algo normal y rutinario. Cualquiera de estos porcentajes significan varios billones de dólares. Incluyendo las antes desahuciadas automotoras de Detroit. Sin entrar en detalles de cómo la clase media, Estado mediante, financió el rescate de todos esos gigantes, sin elección y bajo amenaza de que algo peor podía haber seguido.

Desde los ´80, la riqueza arriba se sigue acumulando y el desempleo abajo continúa desde el 2009 en niveles históricos. Estudios han mostrado que esta diferencia entre ricos y pobres (Bureau of Economic Analysis), una característica latinomericana, ha crecido bajo esta ideología del trickle-down.
Mucho antes de la crisis de 2008, cuando todavía existía un superávit heredado de la administración Clinton, los republicanos lograron reducir los impuestos sobre los sectores más ricos, entre ellos las petroleras. Este período de gracia vencía este año y fue extendido por el propio Obama bajo presión republicana, poco después de que los Demócratas perdieran el control de la cámara baja. Entonces, el presidente Obama fue fuertemente criticado por su propio partido por dar más concesiones a los Republicanos que exigir de ellos algo a cambio.

No obstante, en las últimas semanas las posiciones se han polarizado. En una de las últimas reuniones con los republicanos, Obama, el que nunca pierde el equilibrio, se levantó abruptamente amenazando: “no me prueben”. Ante las negociaciones para incrementar el techo de endeudamiento (práctica normal en Estados Unidos y en muchos otros países; sólo en la administración Bush se votó siete veces la misma medida) los republicanos continúan procurando suspender y eliminar varios programas de asistencia social y negándose radicalmente a subir los impuestos a los más ricos (en muchos casos, billonarios).
Por el otro, los demócratas y el presidente Obama se resisten a reducir los servicios sociales y en contrapartida exigen incrementar los impuestos a los más ricos. He escuchado a unos pocos millonarios preguntándose por qué ellos no pagaban más impuestos cuando son ellos, precisamente, los que más posibilidades tienen de aportar cuando el país necesita. Cuando el país de mitad para abajo lo necesita, habría que aclarar. Pero aparentemente no son estos millonarios los que hacen lobbies presionando en los congresos de los países.

De cualquier forma, y a pesar de toda esta mise-en-scène republicana, no tengo dudas de que antes del 2 de agosto el parlamento votará una nueva alza del techo de endeudamiento. ¿Por qué? simplemente porque le conviene a los dioses inversores de Wall Street. No porque haya trabajadores sin empleos o soldados sin piernas esperando por la caridad del Estado que los mandó al frente a cambio de un discurso y unas pocas medallas.

Jorge Majfud
Jacksonville University
Julio 2011

Uruguay: El dominio del esférico soñado

Por Ricardo Viscardi

Asombrados, los espectadores del partido de cuartos de final de la Copa América Brasil-Paraguay observaron cómo, tras dominar enteramente el juego de campo durante 120 minutos sin poder convertir un gol, los ejecutores brasileños desperdiciaron, uno tras otro, cuatro chances de la definición por penales. Más allá de la excelente actuación del guardavalla Villar, el desacierto en la ejecución por parte de los jugadores sudamericanos más afamados por su técnica, habla a las claras de un elemento anímico que parecería haber truncado la actuación verde-amarelha en esta Copa América.

Los mismos protagonistas hacen referencia de forma reiterada a la concentración necesaria para el máximo rendimiento en cualquier deporte de alta performance. La vinculación entre esfuerzo y atención a una actuación pareciera, en tanto articulación de múltiples y diversas capacidades, constituir el elemento clave para alcanzar la excelencia deportiva.

Esa insistencia en la conjunción vectorial de elementos vinculados a la mejor performance, intenta a todas luces contrarrestar la disipación posible que podría ejercer sobre personas jóvenes, incluso con miras a la elaboración de una personalidad propia, la suma de influjos diversos. En particular los que se vinculan a la celebridad, al consumo de lujo y al halago de aprovechados del momento.

Este círculo relativamente reducido en torno a los deportistas, no refleja sin embargo sino el microclima social del poder en determinadas circunstancias. Tales determinaciones intervienen actualmente en la circulación internacional del dinero basada en la comunicación, las empresas transnacionales y los ámbitos financieros. De esta manera, en torno al business-football despliegan su voracidad las empresas internacionales de comunicación, las marcas deportivas y los contratistas de jugadores.

El Uruguay conoce quizás de forma privilegiada esta desviación estructural por parte de poderes que se sirven del éxito o del fracaso deportivo para sus propios fines, en razón de la importancia relativa a la comunidad que adquirió el fútbol. Esta significación se explica tanto por la configuración simbólica uruguaya, demandante de gravitación mundial ante su menor potencial nacional relativo a la región, como por el influjo que ejerce sobre un país sin recursos propios descollantes, el ingreso a escalas de mercado mayores.

Ante esta disparidad de condiciones y posibilidades, se podría razonar con sentido de programación racional, en términos de potencia relativa al desarrollo, que iguala consideraciones estratégicas con activos monetarios. Por esa índole de consideraciones se llegaría a concluir que el desempeño deportivo no puede sino mejorar, una vez logrado el ingreso de mayores activos financieros al más popular de los deportes, en un país cuyo capital simbólico pasa en buena medida por el éxito futbolístico, victorias mundiales mediante.

Sin embargo, la experiencia deportiva le ha enseñado al Uruguay que la homogeneidad del raciocinio financiero poco tiene que ver con la heterogeneidad de los elementos que conviene aglutinar en aras de la performance deportiva, tal como ocurre quizás en cualquier ámbito de la elaboración humana. Todo reduccionismo empobrece, incluso la magnificencia famélica de un rey Midas ( )

Si vamos al caso, se ha observado con reiterada verosimilitud de análisis y eficacia en el score final de los partidos, el efecto enriquecedor de la distancia que el “maestro Tabárez” supo interponer entre portadores de intereses particulares y la labor deportiva de la selección nacional de fútbol. Un cinturón de sanidad destinado a contener extramuros, con relación a la organización propia de la selección uruguaya de fútbol, a periodistas deportivos enriquecidos e influyentes, contratistas patrocinadores de negociados y políticos en busca de crecimiento en la opinión, ha sido quizás la clave del éxito deportivo relativo de Uruguay en los últimos años. (2)

Desde el punto de vista de la linealidad del razonamiento acumulativo, más capital en el fútbol supone un deporte de más enjundia por aumento de recursos. En el campo de juego, sin embargo, un jugador concentrado en su próximo pase al primer mundo y en el foco de las cámaras que lo acrecientan en contratos de moneda dura, significa un jugador desconcentrado con relación al dominio del esférico en equilibrio. Quizás por ese desequilibrio pasa la desconcentración de las jóvenes estrellas del equipo brasileño, algunas desde ya prometidas y en vías de emigración capitalista hacia los centros mundiales del poder futbolístico.

Sucede que el equilibrio del esférico tiene una sutileza que no se adecua a la suma lineal de valores contables, depende primigeniamente de una imaginación que se vincula ante todo a sentimientos irreductibles al poder calculable. Quizás por esa razón el capitalismo fracasa tanto más cuanto triunfa, ya que su “racionalidad” sólo puede crecer al amparo de un equilibrio mayor, que seduce con su poderío acumulativo al tiempo que parasita en tanto ordenamiento simbólico, como ha sucedido incluso con el estatismo socialista occidental o ahora con la disciplina civilizatoria china. Quizás lo que llamamos sistemáticamente “capitalismo” no sea más que una simplificación sistemática de la acumulación lineal que encierra toda “sistematología”.

Tanto las catástrofes económicas del productivismo como las de los contextos culturales que parasita no cesan de acumular, alternativamente, la desorganización simbólica o la ineficacia económica. Se decía tras la caída del sistema soviético que la “democracia occidental” había triunfado en todo el mundo, mientras pocos años después no se sabe más de una democracia europea que no deja de desarrollar xenofobias, que de un capitalismo que no cesa de crecer en base al mandarinato socialista chino. Sin embargo, en el propio Uruguay donde la victoria cultural en el campo deportivo ha demostrado que es necesario reformular la jerarquía simbólica de las comunidades, avasallada por el cretinismo financiero de una igualdad numérica del billete, se nos dice que la asociación entre lo público y lo privado no nos llevaría sino a crecer en índole propia Cualquiera que haya estudiado el equilibrio de las organizaciones, sabe que por encima de un capital inicial y de su característica jurídica pública o privada, prima una estructura de lugares simbólicos y de conductas ejemplares, que son la verdadera columna vertebral de una identidad colectiva, o si se quiere, el eje articulador de una corporación.

Si no se preserva, como ocurre para la concentración deportiva de un equipo de fútbol, la preeminencia de ciertos objetivos que se vinculan con una sensibilidad irreductible al cálculo de intereses, no se alcanza nunca el virtuosismo de una actuación entregada, por encima de cualquier suma contable, a su propia trascendencia.

El sistema político uruguayo, votando de consuno una ley de Asociación Público-Privada que libra la actividad estatal a la voracidad del capital privado, señera en términos de acumulación capitalista, parece haberlo olvidado. Tal desconcentración con relación a los designios comunitarios probablemente le cueste, con miras a cualquier semifinal de creencias colectivas, la obtención del campeonato de la confianza democrática.

1 “El mito del Rey Midas” en Blog Lanza del destino http://lanzadeldestino.com/el-mito-del-rey-midas/ (acceso el 18/07/11)

2 Ver al respecto: Viscardi, R. “Efecto de festejo (Jabulani): estar en la red” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2010/07/efecto-de-festejo-jabulani-estar-en-la.html

3 “Defienden proyecto Público-Privado” El Espectador (15/03/11) http://www.espectador.com/1v4_contenido.php?id=207844&sts=1 (acceso el 18/07/11)

Oceanía, el continente discreto

Por Teódulo López Meléndez

Oceanía es un vasto continente insular constituida por Australia, Papúa-Nueva Guinea y Nueva Zelanda, así como los archipiélagos coralinos y volcánicos de Micronesia, Polinesia y Melanesia, distribuidas por el Océano Pacífico, poblado de indígenas de diferentes ramas como los polinesios, melanesios, micronesios y papúes, los mestizos, una minoría de negros y mulatos y los descendientes de europeos. El idioma más hablado es el inglés, seguido del francés, mientras en las islas chilenas de Sala, Gómez y Pascua obviamente se habla el español, conservándose las lenguas indígenas. La religión predominante es el protestantismo, seguido del catolicismo y las creencias indígenas.

Geográficamente se le divide en Australasia (Australia, Tasmania y Nueva Zelanda), Melanesia (Nueva guinea, Salomón, Nuevas Hebridas, Nueva Caledonia), Micronesia (Las marianas, islas Carolinas, Islas Palaos, Islas Marshall) y Polinesia (Hawái al norte del ecuador, al sur archipiélagos Fénix, Toquelau, Samoa, Isla de pascua). Se estima su población en algo más de 34 millones de seres humanos repartidos en 17 estados independientes y en numerosas dependencias administradas por otros países o plenamente integrados a ellos, como el caso de Hawái con los Estados Unidos. Aparte de la agricultura tiene oro y carbón.

En el siglo XVI portugueses y españoles se repartieron estos territorios mientras los piratas holandeses e ingleses los acosaban. Sobre el siglo XIX se estableció la presencia británica y francesa y luego la japonesa, alemana y norteamericana, mientras en las últimas décadas de ese siglo y en las primeras del XX comenzaron a desaparecer las posesiones oceánicas. Las victorias militares norteamericanas hizo a Estados Unidos la potencia dominante en el Pacífico, con el establecimiento de numerosas bases navales.

Nueva Zelanda y Australia son los dos grandes países del continente, activos en las dos grandes guerras al lado de británicos y norteamericanos. Después del término de la Guerra Fría Australia ha procurado diversificar sus relaciones económicas en Asia. Seguramente la amenaza más grande para muchas islas oceánicas proviene del cambio climático bajo el temor de que algunas se hundan en las aguas provenientes de los deshielos.

Australia es el factor clave de la geoeconomía continental pues provee de materiales de primera importancia como minerales de hierro y manganeso a la industria del acero y la bauxita para la metalurgia del aluminio, amén del azúcar y algunos productos manufacturados, a ese gran bloque conformado por Japón, los NICs, Hong Kong (Región Administrativa Especial de China), Singapur , Corea del Sur , Taiwán y, más recientemente, Tailandia , Indonesia , Filipinas y Nueva Zelanda.

La política exterior australiana es de discreto perfil, ajena a todo protagonismo, pero manejando con habilidad los escenarios del futuro. Junto a Nueva Zelanda forman parte de la Commonwealth of Nations. No obstante esos lazos parecen debilitarse entre los estrechos lazos con Estados Unidos y la pujante presencia asiática. Sigue conformándose con el aporte de numerosos inmigrantes, entre los cuales cabe mencionar ahora a los venezolanos. En términos generales la presencia de Oceanía en la economía mundial es pequeño dado que aporta apenas un 1.4 por ciento de la producción total. La gran isla ha procurado crear iniciativas tecnológicas y de innovación mediante un programa denominado Tecnologías Emergentes de Comercialización (COMET). No olvidemos que posee el mercado de Internet más extenso de Asia-Pacífico. Con la absorción anual de más de 120 mil inmigrantes muy calificados continúa su desarrollo.

La principal organización panregional es el Foro de las Islas del Pacífico (Pacific Islands Forum, en adelante PIF), nacido en el año 2000 a raíz del Foro del Pacífico Sur (South Pacific Forum), que sucediera en su momento al South Pacific Bureau for Economic Cooperation. El PIF es el principal interlocutor de la región para asuntos de todo tipo. Otros países con influencia en la región son Japón y China, con problemas esta última por los fuertes lazos de algunos con Taiwán.

USA, China y Australia

Australia y Estados Unidos no encontraron en el USA-Australian Free Trade Agreement (AUSFTA), uno de mucha trascendencia. China actúa sin presionar, ante un inicial y suave interés australiano en la cooperación energética y uno de igual resistencia al ingreso de productos chinos actitud en rápida modificación. Australia mantiene también con otros productores Agrícolas mundiales (como Argentina y Brasil) el Grupo Cairns de Comercio y finalmente firmó con Estados Unidos un Tratado de Libre Comercio que no ha dejado de ser polémico en la política interna australiana.

Allí se debate la aceptación de la influencia china como una de las políticas a concretar en las próximas décadas. En efecto, ya la relación entre Camberra y Beijing crece aceleradamente. Los chinos aseguran que el establecimiento del área de libre comercio con Australia y Nueva Zelanda es fundamental para el desarrollo de la región Asia-Pacífico y para la liberación del comercio mundial. Australia, por su parte, ve incrementadas sus exportaciones al gigante asiático, mientras los miles de estudiantes chinos en Australia indican que las observaciones sobre la espera de décadas para el logro de unas relaciones estrechas parecen notablemente acortadas. En el plano de la energía, China, empeñada en convertirse en una gran potencia en el plano de la construcción de reactores nucleares, comenzará a importar uranio australiano. La cooperación en materia de gas natural licuado también ha sido establecida por un período de 25 años y la exportación de carbón se incrementa, lo que también presenta un paso estratégico en el resguardo de la seguridad de las rutas comerciales oceánicas, lo que no implica para nada una intención australiana de abandono de su papel en el Pacífico Sur.

Australia se está moviendo. Otra cosa no significa el Centro de Investigación en Tecnologías Verdes (GFreen IT), la investigación vía tecnología de la Información (eResearch), reducción de las emisiones de carbono y despliegue de banda ancha. Ayuda a estos propósitos la Red Académica y de Investigación de Australia (AARNet) y el Centro para Telecomunicaciones Eficientes desde el Punto de Vista Energético (CEET). Igualmente adelanta la construcción de un tren eléctrico de alta velocidad (A-HSV) para unir todo el territorio.Estamos ante una política pragmática que teme al poderío militar chino y se cubre con el paraguas estadounidense, pero aumenta sus relaciones comerciales con China. Ya el porcentaje comercial de intercambio es superior al que mantiene con Estados Unidos, pero las inversiones norteamericanas en la isla del Pacífico Sur aún son superiores a las chinas, aunque el juego estratégico podría hacer cambiar ese balance. Habría que agregar que muchos analistas militares consideran que China ya ha transformado el balance en este campo en el Asia-Pacífico, mientras otros simplemente anotan que va en ese camino sin haberlo concretado aún.

teodulolopezm@yahoo.com

Los caminos de China

Teódulo López Meléndez

Asia Oriental alberga a tres países con herencia cultural emparentada y con muchos rencores históricos entre sí: China, Japón y Corea. Aún subsisten las heridas de la colonización japonesa sobre Corea y la ocupación del territorio chino, pero también la división de dos de ellos. Allí están las Coreas y Taiwán. Es necesario, entonces, un entendimiento político mayor para que el Asia Oriental en su conjunto sea una fuerza determinante en la política mundial del siglo XXI y especialmente en los demás “mundos’ de este continente. No podemos adelantarnos a la posibilidad de unos acuerdos que hoy tocan lo más álgido de la región. En cuanto al terremoto y tsunami japonés todos los expertos indican sólo tendrán un impacto negativo en el comercio rápidamente recuperable por la demanda que exigirá la reconstrucción.

China planteó en su momento adherirse al tratado de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), sobre la base de la fórmula "diez + uno". Y Japón siguió su ejemplo, sugiriendo la fórmula "diez + tres" (China, Japón y Corea del Sur). No ha faltado quien proponga que China, Japón e India se conviertan en los pilares de una versión asiática de la OTAN.

Como ya hemos dicho, es posible que China se convierta en la primera economía mundial para el 2020. Su mezcla entre sistema económico abierto y sistema político cerrado aún presenta problemas, tanto en el sistema financiero como en el atraso de sectores colectivistas, en problemas de transporte y en una recurrente corrupción. Su acción en el medio internacional se nota en la influencia ejercida para aminorar la reciente crisis económica, procurar la reforma del sistema financiero internacional y contribuir a la recuperación.

Una de las mejores decisiones chinas ha sido el de poner límite de edad a sus dirigentes, los cuales deben retirarse a los 70 años. Ello permite el recambio generacional y creemos que ayuda al abandono de la obsesión por el crecimiento económico centrándose en los efectos de orden social y ambiental. Es posible también que China supere la concentración en las exportaciones y dedique tiempo a la conformación de un mercado interno sólido. Si atendemos a lo que dicen sus líderes actuales en efecto están apuntando a una pauta de consumo interno que sostenga el proceso. Encontramos a una China preocupada seriamente por el bienestar de su población, por un desarrollo científico autónomo, por el incremento de la eficiencia energética y por la protección del medio ambiente. Uno de los asuntos centrales será la creación constante de empleos.

En el plano exterior continúa tejiendo una red de influencia en todo el mundo, especialmente en Asia. Allí, como hemos mencionado, tiene el asunto de Corea del Norte, donde juega en todos los sentidos, manteniendo la ayuda económica parasitaria, presionando o no para la desnuclearización, pero preparándose igualmente ante la eventualidad de una reunificación. Busca proteger a Irán de sanciones de la ONU porque considera que la presión norteamericana sobre los persas forma parte de su política de contención a China. Desde 2009 es el principal socio comercial de Irán, aunque esté por detrás de Angola y Arabia Saudita en el suministro petrolero a su creciente voracidad. La Corporación Nacional China de Petróleo se mantiene en plena actividad inversora, como en el caso venezolano. El pulso con los Estados Unidos por la revaluación del yuan (renmimbi en chino) reaparece constantemente.

Con América Latina mantiene relaciones diplomáticas y económicas con casi todos los países, realiza inversiones ya vitales para este subcontinente y ha comenzado a otorgar créditos para el desarrollo. Con África igual, pero también forma parte de las misiones militares de la ONU y hecho inversiones en agricultura, sistemas de riego y de salud, involucrándose en programas del organismo mundial para mejorar la situación en Uganda, Ghana y Mozambique. Se ha involucrado en el espacio ex-soviético convirtiendo a Kazajstán en su segundo aliado comercial. Su presencia en las actividades de la ONU ha crecido notablemente. Se ha hablado mucho de la voracidad china por el petróleo. En efecto tal voracidad existe, pero también una conciencia de generar fuentes alternativas y de cuido al medio ambiente. Está claro que tal consumo de energía sigue siendo un tercio de lo que consume Estados Unidos.

¿Hacia dónde va China? Peter Franssen escribió un libro bajo este título, uno del cual se puede discrepar o coincidir, pero que, en cualquier caso, constituye una visión absolutamente necesaria para hacerse una idea clara sobre este país por la cantidad de valiosa información que contiene producto de una investigación a fondo. Si marchamos o no hacia una nueva guerra fría a mediados de este siglo, cuáles serán las inclinaciones finales del gigante chino o si asistiremos a una mejoría notable en el campo de los derechos humanos y de la vida democrática (hoy mancillados con la represión o censura contra Internet por miedo al contagio de las revueltas que sacuden a parte del mundo y con la intolerable prisión de buen número de disidentes) son cosas que están por verse.

teodulolopezm@yahoo.com

El Salvador: Tenemos que hacer lecturas completas de la realidad

Por David Escobar Galindo

Los salvadoreños siempre hemos sido reacios a leer concienzuda, sincera y responsablemente nuestra realidad, porque eso implica entrar en una dinámica de conocimiento ordenado del fenómeno nacional, lo cual conduce al tratamiento idóneo y a las soluciones realistas. El manejo tradicional del poder ha sido el factor principal que sostiene dicha resistencia, la que ya se ha vuelto una especie de segunda naturaleza, por cierto muy distorsionadora. Si hubiéramos leído la realidad tal como es, en el siglo XIX habríamos optado por la democratización del país; en el siglo XX nos habríamos dedicado a perfeccionar la práctica democrática vía la educación en todos los sentidos; y hoy, en el siglo XXI, estaríamos empujando la consolidación de la democracia por carriles aceitados en vez de ir dando tumbos por caminos pedregosos.

La realidad nunca es un dato simple: siempre es un mosaico multicolor. Y esta no es una imagen casual, sino la constatación de lo que se da en los hechos de la vida. Y, desde luego, también en la vida política, que por naturaleza tiende a ser tan complicada y cambiante. En nuestro caso nacional, tenemos y hemos tenido siempre una realidad tan comprimida como nuestra dimensión geográfica y nuestra sobredimensión poblacional. Ninguna de estas dos cosas tienen por qué ser factores negativos o depresivos: por el contrario, deberían ser estímulos para construir el destino colectivo de una manera más consciente y eficiente. Y aquí tocamos un punto vital en lo que se refiere a las lecturas posibles de la realidad: puede haber una lectura signada por el pesimismo y otra ilustrada por el optimismo.

La posguerra —es decir, los 20 años transcurridos desde enero de 1992— ha sido el espacio histórico en que los salvadoreños hemos tenido que enfrentar progresivamente dos realidades sin precedentes: la pacificación y la democratización. En ambas, el avance ha sido muy dificultoso, accidentado y en muchos sentidos traumático. En lo que a la pacificación se refiere, si bien es cierto que con el Acuerdo de Paz se cerró el capítulo de la violencia política en el país, el no haber atendido los aspectos sociales básicos de la nueva realidad permitió el surgimiento y despliegue de la violencia delincuencial en una forma descontrolada; y en cuanto a la democratización, las limitaciones tradicionales de la clase política han generado constantes frenos para el desarrollo de la democracia al ritmo que se necesita para asegurar una evolución estabilizadora.

Tenemos, pues, que hacer lecturas comprensivas de la realidad en clave múltiple: lo que pasa con la pacificación, lo que se da en la democratización, y, sintéticamente, lo que está ocurriendo con el desarrollo, que no puede avanzar sin paz y sin democracia suficientemente interactivas y sincronizadas. Y, para más desafío, tales lecturas tendrían que ser compartidas entre los distintos sectores de la sociedad, encarnados en sus respectivos liderazgos, con el sector público y el sector privado en primera línea, aunque desde luego no en exclusiva. Es entendible y natural que cada sector tenga sus propias valoraciones sobre la realidad, según sus intereses y visiones; pero tales diferencias lejos de ser un impedimento deben ser tratadas como una oportunidad. El culto a las diferencias insalvables es lo que, hasta la fecha, nos mantiene en un impasse interminable.

Al tomar este tipo de perspectivas, que buscan integrar en el enfoque todos los componentes fundamentales de la realidad, se hace mucho más factible lograr un mejor entendimiento de los procesos y de los hechos que los van articulando. Nada está desconectado. Si no se consolida la paz no es posible hacer progresar la democracia; si no se le aplica el tratamiento adecuado a la seguridad es imposible que prospere el desarrollo; si no hay un ajuste verdaderamente modernizador del fenómeno educativo, la concienciación nacional sobre la paz, la democracia y el desarrollo no arraiga como es indispensable. El que nada de esto se haya dado en el ambiente de la forma que debe ser constituye la mejor prueba de que, hasta la fecha, nuestras lecturas de la realidad han sido fragmentarias e incompletas.

Hay que dedicarse a estudiar mejor la realidad, en vez de contentarse con la práctica del “flash del momento”, que representa una forma de pereza analítica que, desde luego, no es inocente. En lo político, lo prevaleciente ha venido siendo la manipulación y la componenda, y éstas no pueden sostenerse cuando el conocimiento sobre la realidad se generaliza, ya que conocer es esclarecer y esclarecer es interpretar. Conocer, esclarecer e interpretar son funciones de urgencia en el ambiente, y en tanto no las asumamos como debe ser seguiremos en los embrollos de siempre.

El lento suicidio de Occidente

por Jorge Majfud

Occidente aparece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende ahora, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La mayor esperanza y el mayor peligro para Occidente están en su propio corazón. Quienes no tenemos “Rabia” ni “Orgullo” por ninguna raza ni por ninguna cultura sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.

Actualmente, algunas celebridades del pasado siglo XX, demostrando una irreversible decadencia senil, se han dedicado a divulgar la famosa ideología sobre el “choque de civilizaciones” — que ya era vulgar por sí sola — empezando sus razonamientos por las conclusiones, al mejor estilo de la teología clásica. Como lo es la afirmación, apriorística y decimonónica, de que “la cultura Occidental es superior a todas las demás”. Y que, como si fuese poco, es una obligación moral repetirlo.

Desde esa Superioridad Occidental, la famosísima periodista italiana Oriana Fallaci escribió brillanteces tales como: “Si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. (. . .) Y si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem.” Caramba, esto sí que es rigor intelectual. “¡Qué asco! — siguió escribiendo, primero en el Corriere della Sera y después en su best seller “La rabia y el orgullo”, refiriéndose a los africanos que habían orinado en una plaza de Italia — ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! Raza de hipócritas.” “Aunque fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón”. Resumiendo: aunque esos negros fuesen absolutamente inocentes, su presencia le produce igual desazón. Para Fallaci, esto no es racismo, es “rabia fría, lúcida y racional”. Y, por si fuera poco, una observación genial para referirse a los inmigrantes en general: “Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden?” Pobre Galileo, pobre Camus, pobre Simone de Beauvoir, pobre Michel Foucault.

De paso, recordemos que, aunque esta señora escribe sin entender — lo dijo ella –, estas palabras pasaron a un libro que lleva vendidos medio millón de ejemplares, al que no le faltan razones ni lugares comunes, como el “yo soy atea, gracias a Dios”. Ni curiosidades históricas de este estilo: “¿cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres no deben hacerse fotografías. Porque también esto está en el Corán”, lo que significa que en el siglo VII los árabes estaban muy avanzados en óptica. Ni su repetida dosis de humor, como pueden ser estos argumentos de peso: “Y, además, admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes”. Como dice Atilio, tiene el Brillo de Brigitte Bardot. Faltaba que nos enredemos en la discusión sobre qué es más hermoso, si la torre de Pisa o el Taj-Mahal. Y de nuevo la tolerancia europea: “Te estoy diciendo que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría”. Para finalmente terminar con una advertencia a su editor: “Te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo”. Lo cual ya nos había quedado claro desde el comienzo y, de paso, nos niega uno de los fundamentos de la democracia y de la tolerancia, desde la Gracia antigua: la polémica y el derecho a réplica — la competencia de argumentos en lugar de los insultos.

Pero como yo no poseo un nombre tan famoso como el de Fallaci — ganado con justicia, no tenemos por qué dudarlo –, no puedo conformarme con insultar. Como soy nativo de un país subdesarrollado y ni siquiera soy famoso como Maradona, no tengo más remedio que recurrir a la antigua costumbre de usar argumentos.

Veamos. Sólo la expresión “cultura occidental” es tan equívoca como puede serlo la de “cultura oriental” o la de “cultura islámica”, porque cada una de ellas está conformada por un conjunto diverso y muchas veces contradictorio de otras “culturas”. Basta con pensar que dentro de “cultura occidental” no sólo caben países tan distintos como Cuba y Estados Unidos, sino irreconciliables períodos históricos dentro de una misma región geográfica como puede serlo la pequeña Europa o la aún más pequeña Alemania, donde pisaron Goethe y Adolf Hitler, Bach y los skin heads. Por otra parte, no olvidemos que también Hitler y el Ku-Klux-Klan (en nombre de Cristo y de la Raza Blanca), que Stalin (en nombre de la Razón y del ateísmo), que Pinochet (en nombre de la Democracia y de la Libertad) y que Mussolini (en su nombre propio) fueron productos típicos, recientes y representativos de la autoproclamada “cultura occidental”. ¿Qué más occidental que la democracia y los campos de concentración? ¿Qué más occidental que la declaración de los Derechos Humanos y las dictaduras en España y en América Latina, sangrientas y degeneradas hasta los límites de la imaginación? ¿Qué más occidental que el cristianismo, que curó, salvó y asesinó gracias al Santo Oficio? ¿Qué más occidental que las modernas academias militares o los más antiguos monasterios donde se enseñaba, con refinado sadismo, por iniciativa del papa Inocencio IV y basándose en el Derecho Romano, el arte de la tortura? ¿O todo eso lo trajo Marco Polo desde Medio Oriente? ¿Qué más occidental que la bomba atómica y los millones de muertos y desaparecidos bajo los regímenes fascistas, comunistas e, incluso, “democráticos”? ¿Qué más occidental que las invasiones militares y la supresión de pueblos enteros bajo los llamados “bombardeos preventivos”?

Todo esto es la parte oscura de Occidente y nada nos garantiza que estemos a salvo de cualquiera de ellas, sólo porque no logramos entendernos con nuestros vecinos, los cuales han estado ahí desde hace más de 1400 años, con la única diferencia que ahora el mundo se ha globalizado (lo ha globalizado Occidente) y ellos poseen la principal fuente de energía que mueve la economía del mundo — al menos por el momento — además del mismo odio y el mismo rencor de Oriana Fallaci. No olvidemos que la Inquisición española, más estatal que las otras, se originó por un sentimiento hostil contra moros y judíos y no terminó con el Progreso y la Salvación de España sino con la quema de miles de seres humanos.

Sin embargo, Occidente también representa la Democracia, la Libertad, los Derechos Humanos y la lucha por los derechos de la mujer. Por lo menos el intento de lograrlos y lo más que la humanidad ha logrado hasta ahora. ¿Y cuál ha sido desde siempre la base de esos cuatro pilares, sino la tolerancia?
Fallaci quiere hacernos creer que “cultura occidental” es un producto único y puro, sin participación del otro. Pero si algo caracteriza a Occidente, precisamente, ha sido todo lo contrario: somos el resultado de incontables culturas, comenzando por la cultura hebrea (por no hablar deAmenofis IV) y siguiendo por casi todas las demás: por los caldeos, por los griegos, por los chinos, por los hindúes, por los africanos del sur, por los africanos del norte y por el resto de las culturas que hoy son uniformemente calificadas de “islámicas”. Hasta hace poco, no hubiese sido necesario recordar que, cuando en Europa — en toda Europa — la Iglesia cristiana, en nombre del Amor perseguía, torturaba y quemaba vivos a quienes discrepaban con las autoridades eclesiásticas o cometían el pecado de dedicarse a algún tipo de investigación (o simplemente porque eran mujeres solas, es decir, brujas), en el mundo islámico se difundían las artes y las ciencias, no sólo las propias sino también las chinas, las hindúes, las judías y las griegas. Y esto tampoco quiere decir que volaban las mariposas y sonaban los violines por doquier: entre Bagdad y Córdoba la distancia geográfica era, por entonces, casi astronómica.
Pero Oriana Fallaci no sólo niega la composición diversa y contradictoria de cualquiera de las culturas en pleito, sino que de hecho se niega a reconocer la parte oriental como una cultura más. “A mí me fastidia hablar incluso de dos culturas”, escribió. Y luego se despacha con una increíble muestra de ignorancia histórica: “Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas”.

¿Será necesario recordarle a Fallaci que entre todo eso y nosotros está el antiguo Imperio Islámico, sin el cual todo se hubiese quemado — hablo de los libros y de las personas, no del Coliseo — por la gracia de siglos de terrorismo eclesiástico, bien europeo y bien occidental? Y de la grandeza de Roma y de su “concepción de la Ley” hablamos otro día, porque aquí sí que hay blanco y negro para recordar. También dejemos de lado la literatura y la arquitectura islámica, que no tienen nada que envidiarle a la Roma de Fallaci, como cualquier persona medianamente culta sabe.
A ver, ¿y por último?: “Y por último — escribió Fallaci— está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión. . . Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?”

Respuesta fatal: detrás de nuestra ciencia están los egipcios, los caldeos, los hindúes, los griegos, los chinos, los árabes, los judíos y los africanos. ¿O Fallaci cree que todo surgió por generación espontánea en los últimos cincuenta años? Habría que recordarle a esta señora que Pitágoras tomó su filosofía de Egipto y de Caldea (Irak) — incluida su famosa fórmula matemática, que no sólo usamos en arquitectura sino también en la demostración de la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein — , igual que hizo otro sabio y matemático llamado Tales de Mileto. Ambos viajaron por Medio Oriente con la mente más abierta que Fallaci cuando lo hizo. El método hipotético-deductivo — base de la epistemología científica— se originó entre los sacerdotes egipcios (empezar con Klimovsky, por favor); el cero y la extracción de raíces cuadradas, así como innumerables descubrimientos matemáticos y astronómicos, que hoy enseñamos en los liceos, nacen en India y en Irak; el alfabeto lo inventaron los fenicios (antiguos linbaneses) y probablemente la primera forma de globalización que conoció el mundo. El cero no fue un invento de los árabes, sino de los hindúes, pero fueron aquellos que lo traficaron a Occidente. Por si fuera poco, el avanzado Imperio Romano no sólo desconocía el cero — sin el cual no sería posible imaginar las matemáticas modernas y los viajes espaciales — sino que poseía un sistema de conteo y cálculo engorroso que perduró hasta fines de la Edad Media. Hasta comienzos del Renacimiento, todavía habían hombres de negocios que usaban el sistema romano, negándose a cambiarlo por los números árabes, por prejuicios raciales y religiosos, lo que provocaba todo tipo de errores de cálculo y litigios sociales. Por otra parte, mejor ni mencionemos que el nacimiento de la Era Moderna se originó en el contacto de la cultura europea –después de largos siglos de represión religiosa — con la cultura islámica primero y con la griega después. ¿O alguien pensó que la racionalidad escolástica fue consecuencia de las torturas que se practicaban en las santas mazmorras? A principios del siglo XII, el inglés Adelardo de Bath emprendió un extenso viaje de estudios por el sur de Europa, Siria y Palestina. Al regresar de su viaje, Adelardo introdujo en la subdesarrollada Inglaterra un paradigma que aún hoy es sostenido por famosos científicos como Stephen Hawking: Dios había creado la Naturaleza de forma que podía ser estudiada y explicada sin Su intervención. (He aquí el otro pilar de las ciencias, negado históricamente por la Iglesia romana). Incluso, Adelardo reprochó a los pensadores de su época por haberse dejado encandilar por el prestigio de las autoridades — comenzando por el griego Aristóteles, está claro. Por ellos esgrimió la consigna “razón contra autoridad”, y se hizo llamar a sí mismo “modernus”. “Yo he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón como guía –escribió –, pero ustedes sólo se rigen por lo que dice la autoridad”. Un compatriota de Fallaci, Gerardo de Cremona, introdujo en Europa los escritos del astrónomo y matemático “iraquí”, Al-Jwarizmi, inventor del álgebra, de los algoritmos, del cálculo arábigo y decimal; tradujo a Ptolomeo del árabe — ya que hasta la teoría astronómica de un griego oficial como éste no se encontraba en la Europa cristiana –, decenas de tratados médicos, como los de Ibn Sina y iraní al-Razi, autor del primer tratado científico sobre la viruela y el sarampión, por lo que hoy hubiese sido objeto de algún tipo de persecución.

Podríamos seguir enumerando ejemplos como éstos, que la periodista italiana ignora, pero de ello ya nos ocupamos en un libro y ahora no es lo que más importa.

Lo que hoy está en juego no es sólo proteger a Occidente contra los terroristas, de aquí y de allá, sino — y quizá sobre todo — es crucial protegerlo de sí mismo. Bastaría con reproducir cualquiera de sus monstruosos inventos para perder todo lo que se ha logrado hasta ahora en materia de respeto por los Derechos Humanos. Empezando por el respeto a la diversidad. Y es altamente probable que ello ocurra en diez años más, si no reaccionamos a tiempo.
La semilla está ahí y sólo hace falta echarle un poco de agua. He escuchado decenas de veces la siguiente expresión: “lo único bueno que hizo Hitler fue matar a todos esos judíos”. Ni más ni menos. Y no lo he escuchado de boca de ningún musulmán — tal vez porque vivo en un país donde prácticamente no existen — ni siquiera de algún descendiente de árabes. Lo he escuchado de neutrales criollos o de descendientes de europeos. En todas estas ocasiones me bastó razonar lo siguiente, para enmudecer a mi ocasional interlocutor: “¿Cuál es su apellido? Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau. . . Entonces, señor, usted no es alemán y mucho menos de pura raza aria. Lo que quiere decir que mucho antes que Hitler hubiese terminado con los judíos hubiese comenzado por matar a sus abuelos y a todos los que tuviesen un perfil y un color de piel parecido al suyo”. Este mismo riesgo estamos corriendo ahora: si nos dedicamos a perseguir árabes o musulmanes no sólo estaremos demostrando que no hemos aprendido nada, sino que, además, pronto terminaremos por perseguir a sus semejantes: beduinos, africanos del norte, gitanos, españoles del sur, judíos de España, judíos latinoamericanos, americanos del centro, mexicanos del sur, mormones del norte, hawaianos, chinos, hindúes, and so on.

No hace mucho otro italiano, Umberto Eco, resumió así una sabia advertencia: “Somos una civilización plural porque permitimos que en nuestros países se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ellos sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagandistas cristianos (. . .) Creemos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y son bárbaros los miembros de nuestra cultura que no la toleran”.

Como decían Freud y Jung, aquello que nadie desearía cometer nunca es objeto de una prohibición; y como dijo Baudrillard, se establecen derechos cuando se los han perdido. Los terroristas islámicos han obtenido lo que querían, doblemente. Occidente parece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Tanto tiempo imponiendo su cultura en otras regiones del planeta, para dejarse ahora imponer una moral que en sus mejores momentos no fue la suya. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La Democracia y la Ciencia nunca se desarrollaron a partir del culto narcisita a la cultura propia sino de la oposición crítica a partir de la misma. Y en esto, hasta hace poco tiempo, estuvieron ocupados no sólo los “intelectuales malditos” sino muchos grupos de acción y resistencia social, como lo fueron los burgueses en el siglo XVIII, los sindicatos en el siglo XX, el periodismo inquisidor hasta ayer, sustituido hoy por la propaganda, en estos miserables tiempos nuestros. Incluso la pronta destrucción de la privacidad es otro síntoma de esa colonización moral. Sólo que en lugar del control religioso seremos controlados por la Seguridad Militar. El Gran Hermano que todo lo escucha y todo lo ve terminará por imponernos máscaras semejantes a las que vemos en Oriente, con el único objetivo de no ser reconocidos cuando caminamos por la calle o cuando hacemos el amor.

La lucha no es — ni debe ser — entre orientales y occidentales; la lucha es entre la intolerancia y la imposición, entre la diversidad y la uniformización, entre el respeto por el otro y su desprecio o aniquilación. Escritos como “La rabia y el orgullo” de Oriana Fallaci no son una defensa a la cultura occidental sino un ataque artero, un panfleto insultante contra lo mejor de Occidente. La prueba está en que bastaría con cambiar allí la palabra Oriente por Occidente, y alguna que otra localización geográfica, para reconocer a un fanático talibán. Quienes no tenemos Rabia ni Orgullo por ninguna raza ni por ninguna cultura, sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.
Hace unos años estuve en Estados Unidos y allí vi un hermoso mural en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, si mal no recuerdo, donde aparecían representados hombres y mujeres de distintas razas y religiones — creo que la composición estaba basada en una pirámide un poco arbitraria, pero esto ahora no viene al caso. Más abajo, con letras doradas, se leía un mandamiento que lo enseñó Confucio en China y lo repitieron durante milenios hombres y mujeres de todo Oriente, hasta llegar a constituirse en un principio occidental: “Do unto others as you would have them do unto you.” En inglés suena musical, y hasta los que no saben ese idioma presienten que se refiere a cierta reciprocidad entre uno y los otros. No entiendo por qué habríamos de tachar este mandamiento de nuestras paredes, fundamento de cualquier democracia y de cualquier estado de derecho, fundamento de los mejores sueños de Occidente, sólo porque los otros lo han olvidado de repente. O la han cambiado por un antiguo principio bíblico que ya Cristo se encargó de abolir: “ojo por ojo y diente por diente”. Lo que en la actualidad se traduce en una inversión de la máxima confuciana, en algo así como: hazle a los otros todo lo que ellos te han hecho a ti — la conocida historia sin fin.

Audios de Teódulo López Meléndez

Audio: “Los abusos de la fecha patria”

Teódulo López Meléndez habla (vía audio) de los abusos de culto a la personalidad y de politización de las Fuerzas Armadas en la celebración del Bicentenario de la Independencia de Venezuela

“El abuso de la fecha patria” http://tinyurl.com/5vvb8o3

Mirada en julio al junio español

Teódulo López Meléndez

El surgimiento de los “indignados” españoles ha sido la muestra más fehaciente del agotamiento de un modelo económico y político. Podríamos ir más allá y asegurar que el de un contrato social. Asistimos entonces a un reclamo de participación y decisión que encarna a la Europa en crisis y al deseo, cada vez más manifiesto, de los pueblos por empoderarse de su destino.

Las razones del movimiento que sacudió en junio de 2011 a España son claros: la crisis económica patentada en ejecución de hipotecas, desempleo y falta de oportunidades; una crisis política derivada del agotamiento de una actuación de los dirigentes sobre la base de una institucionalidad pervertida y de una complicidad con los medios que los exponen al público; una incapacidad de las instituciones existentes para procesar los problemas colectivos, una que incluye desde las tradicionales organizaciones intermedias supuestamente disponibles para mediar o servir de enlace entre el poder y los ciudadanos hasta las parlamentarias y de justicia; la crisis de un sistema económico que ha llevado al derrumbe del estado de bienestar.

Sería, no obstante, limitativo enumerar causas llamémoslas reales o materiales sin introducirnos en algo más profundo que no es otro que el deseo creciente de protagonismo de las sociedades prescindiendo de intermediarios viciados. En otras palabras, los “indignados” son una muestra precisa, en territorio europeo, de un esfuerzo de empoderamiento que caracterizará al siglo XXI.

El ser apático o narcisista o nihilista encuentra ahora que tiene delante de sí desafíos que rompen con su abulia y dirigentes e instituciones que ya no son capaces de resolvérselos y, en consecuencia, descubren que deben asumir protagonismo. La lógica económica-financiera les parece conformada para satisfacer unos intereses que no son propiamente los del colectivo y así cada uno comienza a mirar al otro y entendiéndose vía redes sociales van conformando lentamente una nueva alianza ciudadana que los lleva a la actuación pública.

En diciembre de 2010 fue publicado en España Indignaos de Stéphane Hessel, el viejo luchador del Consejo Nacional de la Resistencia Francesa, y de allí el nombre asumido por la protesta española. Sus planteamientos no constituyen un cuerpo sustitutivo de lo existente, pero sí unos planteamientos generales suficientes para inflamar la primera oleada. Exigencias de seguridad social y salud, prevalencia del trabajo sobre el dinero, ruptura de los monopolios, redistribución de la riqueza, democracia económica y social, prensa independiente, escuela con reales posibilidades de ingreso y de espíritu crítico, ataques contra las maniobras bancarias y de los mercados financieros y sobre todo el llamado a la responsabilidad colectiva.

Así, fundamentalmente los jóvenes españoles, expresaron su indignación ante un cuadro de fracaso social que ni en su estructura ni en su gestión política tiene calidad humana. No hay duda que esa indignación será un signo determinante de este interregno donde se cae a pedazos el viejo mundo y el nuevo se asoma con timidez. He repetido infinidad de veces la necesidad de que el pensamiento político traduzca a tesis claras ese sentimiento ético-utópico de la gente sobre la necesidad de regenerar el tejido democrático y de suplantar las viejas estructuras socio-políticas.
Las instituciones intermedias producen justificadas sospechas, en especial los partidos políticos. De allí que los indignados exijan supresión de privilegios, transparencia en los financiamientos, una nueva ley electoral con listas abiertas y referéndum sobre temas vinculantes. Sobre todo apuntan a los bancos, pidiendo prohibir rescates e inversiones en paraísos fiscales y toda una serie de reivindicaciones en inmigración, medio ambiente, y en los puntos álgidos que afectan la calidad de vida.

Una cosa es cierta: la política ha perdido legitimidad. El sistema bipartidista de alternabilidad en el poder ha sufrido el embate de un reclamo representado por una variante independiente de organización ciudadana. No prejuzgamos el futuro de este movimiento como alternativa de poder, uno que por lo demás no se plantean, ni tampoco las acusaciones de manipulación –siempre en estos casos se intentan- ni las acusaciones de ser de izquierda o de derecha. Lo obtenido es que gruesos sectores de la población española probaron las mieles de la movilización y tomaron conciencia de algo que he repetido indispensable para la renovación del mundo: que los ciudadanos tienen el poder y deben ejercerlo.

No tiene sentido hablar del resultado de las elecciones que sucedieron a la sacudida, más bien de la reacción del 19-J que muestra como poco probable un abandono por efecto de resultados en las urnas o por la práctica de la alternabilidad. En este punto es necesario precisar que el movimiento no tenía como objetivo derrocar a un gobierno. El propósito, surgido al calor del momento, y más que propósito logro, fue ver a la gente sentada en círculos discutiendo sobre todos los temas y el más alto de todos por supuesto que la gente estuviera ocupando los espacios públicos para ello. Si alguna palabra deberíamos utilizar es repolitización de la sociedad española y eso se traduce como un despertar, como una ruptura con la costumbre de dejar que los políticos decidan y actúen en nuestro nombre.

Nadie puede esperar que un movimiento de este tipo se aparezca cargado de programas y con una definición certera del futuro. Podrán hacerlo o no, o simplemente cargarse de tal cúmulo de planteamientos que entre todos se hagan irrisorios. Ante esos señalamientos han llovido las respuestas. Me detengo en una, la reacción de “Democracia Real Ya”, uno de los principales grupos del movimiento, frente al llamado “Pacto del Euro 1” firmado el 11 de marzo y posteriormente ampliado como “Pacto del Euro Plus 2” y firmado por 17 gobiernos de la Eurozona y otros seis países. La crisis obligaba a la toma de medidas sobre temas como rescates y multas, las que fueron supeditadas por la UE al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), al Banco Central Europeo y en alguna medida al FMI. En otras palabras la UE procuraba combatir por esta vía los déficits excesivos y aplicar recortes a los gastos sociales con la consecuencial reducción del consumo, recortes salariales e incremento del desempleo. Así mismo, se determina la creación de un mercado financiero común que se estima no favorece los intereses del ciudadano y sí de las grandes corporaciones bancarias. La respuesta de DMY alega que las condiciones financieras y fiscales fueron usurpadas a la soberanía de los pueblos, estableciendo, a mi entender, una contradicción falsa entre las decisiones supranacionales y el poder ciudadano.

Parece no entender esta parte de los ‘indignados” que ya es imposible la resolución de los problemas en el ámbito nacional, que los Estados-nación son impotentes ante la magnitud de las crisis. He insistido en que el mundo marcha hacia una transferencia del antiguo concepto de soberanía hacia los órganos surgidos de los diferentes procesos de integración, en el caso europeo encarnado en la UE. No se trata de discutir en este texto sobre las medidas anunciadas y su real efecto, se trata de poner el ejemplo como uno claro de la caída del estado de bienestar y de un modelo económico e incluso político, si admitimos que las estructuras europeas son insuficientes por culpa propia, al no haber desarrollado sus instituciones hasta el límite de las exigencias de este interregno. La Constitución, por ejemplo, no podía ser votada nación por nación, debía ser votada por los europeos, aunque recordemos que en ella se obviaba todo pronunciamiento sobre una democracia renovada para seguir enfatizando en una democracia representativa.

Lo que quiero significar es que al igual que lo supranacional debe ocuparse de los grandes problemas por la superación de los límites de los Estado-nación y de sus capacidades, al mismo tiempo es menester la conformación de una sociedad civil supranacional. Por supuesto que los ciudadanos deben oír su voz e imponer criterios, pero lo que resalto como una muestra de imprecisión en DRY es contraponer la necesaria supranacionalidad de buena parte de las decisiones a la voluntad ciudadana nacional, cuando en el proceso de glocalización en marcha ambos elementos se conjugan, siempre y cuando deje de entenderse la nacionalidad como un envoltorio capaz de proteger, para pasar a otro concepto, el de nacionalidad europea, una que, en conjunto, debe tener a su alcance todas las posibilidades de ejercer predominio sobre temas de este “Pacto del Euro” tales como reforma del mercado laboral, edad de ir a pensión y todas las demás involucradas. El modelo económico fracasó, es lo que debería dejar claro el movimiento “indignado’. He allí el problema, no en falsas oposiciones.

Esta caída del modelo ha sido denominada “el colapso ralentizado de Europa”. Cierto es que el movimiento indignado ha comenzado a tener repercusión en otros países europeos, pero a veces las decisiones que los gobiernos van tomando al adentro de sus Estados-nación hacen perder la comunidad en la conjugación de programas comunes. Podemos admitir que estamos pidiendo demasiado a un movimiento de corta vida cuyas confusiones seguramente se irán disipando, pero señalarlas creo no le hace ningún daño.

Es, pues, menester, atribuirles el nacimiento de una conciencia de participación cívica, hasta tal punto reconocible que podemos asegurar que ha aparecido un nuevo actor histórico. Allí ha quedado palpable un cuestionamiento a la legitimidad de las élites políticas, mediáticas y económicas, una denuncia que de por sí transforma la realidad denunciada. El cómo desempeñará este rol está por verse, pero allí se ha asomado una posibilidad de democracia del siglo XXI, ante una democracia enraizada en los siglos XIX y XX. Las angustias por las formas y los procedimientos pueden parecer razonables, pero serán creados a medida de los avances de la teoría política que no tiene nada de estanque inamovible.

Tal como lo he dicho en innumerables ocasiones la crisis de representatividad ha hecho eclosión, ya no da para regular los conflictos sociales. Los viejos procedimientos, en especial los que se practican en la política de cada día y en las instituciones llamadas representativas, están agotados. Nadie venga a invocar formalidades a un movimiento naciente, a asegurar de nuevo que la única posible es una democracia formal, muchos menos en momentos en que la tecnología ha puesto a disposición de los ciudadanos un inmenso poder que puede convertirse en práctica de la nueva democracia más allá de servir para las grandes convocatorias. Sea el sostenido uso tecnológico o las formas que la imaginación humana consiga en el camino, lo cierto es que la vieja democracia ya no da para más y el nuevo pacto social deberá permitir a los ciudadanos sentirse como lo que son, los dueños del poder. Ello pasa por varios planteamientos que he repetido de manera insistente, como reducir de nuevo la economía al control de la política, mediante la reducción de los indicadores macroeconómicos a un nivel inferior al de una economía fijada en el desarrollo sustentable de lo humano. La glocalización es el marco donde se construirán las novedades políticas, sociales y económicas. De ello debe estar absolutamente consciente la juventud europea.

Democracia en el siglo XXI: la gran paradoja

Por Enrique Gomáriz

Para repensar la democracia de la transición y las reformas que necesita, es conveniente situar la cuestión en el contexto más amplio de los problemas que presenta la democracia representativa a nivel global en el inicio del siglo XXI. En realidad, tales problemas reflejan la enorme paradoja que viene desarrollándose desde la penúltima década del siglo pasado: conforme se asienta la evidencia de que la democracia representativa no tiene verdadera alternativa como sistema político (democrático) de masas, crecen las exigencias, las críticas, las insatisfacciones que provoca. Pareciera que el consenso asentado de que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos posibles, ya no fuera suficiente.

Fue el maestro Norberto Bobbio quien, ya a mediados de los ochenta, en su opúsculo sobre el futuro de la democracia, apuntaba esa paradoja, invitándonos a pensar la distancia entre las promesas democráticas y el desempeño real de las democracias realmente existentes. La causa fundamental guarda relación con la profunda transformación del demos y las dificultades de las instituciones democráticas para procesarla. El sociólogo Ralf Dahrendorf llegó más lejos y habló de la cuadratura del círculo para enfatizar las dificultades que tiene la democracia de nuestro tiempo de lograr un punto de equilibrio entre tres exigencias no necesariamente convergentes: a) lograr cuotas crecientes de bienestar; b) alcanzar un mínimo de cohesión social en sociedades culturalmente cada vez mas heterogéneas y complejas, y c) mantener la garantía de los derechos individuales.

Lo cierto es que, sobre todo a partir de la caída de la alternativa sistémica en 1989 (representada principalmente por el bloque de los países del Este) se agudizaron las tendencias divergentes. Por un lado, la salida de los sistemas autoritarios (en el sur de Europa, en América Latina y finalmente en el Este) colocaron como horizonte inevitable la democracia pluralista como el sistema político que garantiza las libertades básicas, tan deseadas. Esta evidencia hizo proclamar a Naciones Unidas que la humanidad encaraba una perspectiva de convivencia pacífica y democrática. Estas exageraciones optimistas, pese a que tenían un fondo sólido de verdad, llevaron a algunos, como Francis Fukuyama, a pensar en algo así como el fin de la historia. Pero extrapolaciones aparte, resultaba simplemente una evidencia empírica que la democracia representativa adquiría un consenso mundial nunca antes alcanzado.
Sin embargo, conforme era cada vez más evidente ese consenso, aumentaban las tendencias que ponían a prueba el sistema democrático. Por un lado, la globalización económica producía alteraciones disonantes. En primer lugar, avanzaba hacia un mercado global bastante desregulado y operando en tiempo real, lo que hace que las democracias, todavía ancladas en los Estados nacionales (de fronteras mucho más permeables), vayan perdiendo herramientas de control efectivo sobre los mercados. Por otra parte, esa desregulación introduce diferencias en la población activa de los países avanzados entre los ganadores y los perdedores de la globalización. Además, todo un sector político aplaudió ese proceso otorgándole carta de naturaleza, desde la óptica que recibió la denominación de neoliberal.

Por otro lado, ante los efectos de esa doble transición (extensión de la democracia y políticas económicas neoliberales) se desarrolló una perspectiva (desde fines de los ochenta) de sustitución de la democracia representativa por parte de una posible democracia participativa. Durante los años noventa pareció que las experiencias locales en algunos países (Brasil sobre todo) permitían asegurar esa sustitución. Pronto se hizo evidente que (tampoco en Brasil) podía sustituirse la estructura fundamental representativa, que, además, demostró ser perfectamente compatible con políticas sociales radicales.
Así las cosas, cuando se llegó al cambio de siglo, fue evidente, como subrayó el PNUD de Naciones Unidas, que se necesitaba un regreso a lo público, superando la ilusión de que el mercado podía ordenar la sociedad, y que la democracia debía basarse en el fundamento y los mecanismos de la representación, pero incrementando los de tipo participativo para vivificar el sistema democrático.

Ahora bien, ¿qué significaba eso realmente respecto de la necesidad de lograr un punto de equilibrio entre las tendencias divergentes (Dahrendorf)? ¿Se introduce alguna diferencia sustantiva respecto de la bien conocida democracia liberal? Desde la teoría, hay algunas respuestas emergentes. De la discusión entre los contractualistas tipo John Rawls y los comunitaristas/republicanos, como Macintyre o Gutmann, ha ido surgiendo un progresivo consenso hacia la necesidad creciente de una democracia más deliberativa. Incluso hay quienes sostienen, como Jürgen Habermas, que ese deliberacionismo es lo que realmente nos permite acceder a una democracia postliberal sin necesidad de que sea antiliberal.

Perfecto, parece que ya tendríamos algunas ideas orientadoras: habría que avanzar hacia una democracia deliberativa (y por tanto postliberal) que siendo básicamente representativa incorporaría elementos vivificantes de tipo participativo, especialmente a nivel local. El problema es que eso sigue siendo planteado desde la teoría. ¿Cómo llevar esas orientaciones a la práctica en los sistemas democráticos realmente existentes? ¿Estarán interesados los políticos y, en general, las fuerzas políticas actuales, en llevar adelante esas transformaciones? ¿O tendrán que ser zarandeados desde fuera para que despierten de su modorra? Desde esta perspectiva es que puede apreciarse mejor lo saludable que puede ser un movimiento como el 15-M, sin necesidad de estar de acuerdo con sus ilusiones asamblearias necesariamente. En realidad, el reto está en manos de los demócratas convencidos, y su capacidad propositiva para reformar el sistema democrático surgido de la transición. Sobre eso – y sus posibles actores- es que trataré en una próxima oportunidad.

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