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Democracia siglo XXI

mes

julio 2014

El peligroso 2014

Audio de Teódulo López Meléndez

peligro 2

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La persistencia de los paranoicos

paranoia

Por Alberto Medina Méndez

El debate político es habitualmente apasionante. No se trata de un entretenimiento o de un simple pasatiempo como cualquier otro, ya que de su desarrollo y acciones dependen, en buena medida, muchas de las decisiones que impactan fuertemente en la vida cotidiana de las personas.

Esa batalla cultural, donde las ideas compiten con la intención de lograr mayor aceptación general, inspirar a los gobernantes e influir en el discurso que regirá el destino de los individuos, tiene una diversidad casi infinita.

Sin embargo, en este casi inagotable universo de visiones, un caricaturesco grupo humano, minoritario pero grandilocuente, que se hace notar en cuanta oportunidad dispone, es el de los eternos predicadores que sostienen que la humanidad toda vive bajo la constante amenaza de un gran complot.

Su teoría general se apoya sobre la base de que un conjunto de individuos, que tienen perversas intenciones, se reúnen a diario para confabular, construyendo así una enorme conspiración que busca, por diferentes medios, destruir todo a su paso, para apropiarse del poder mundial.

Esa retorcida visión de la vida tiene plena convicción sobre la existencia de un nuevo orden mundial que se edifica día a día, silenciosa pero tenazmente, con el objetivo de conseguir que triunfen las fuerzas del mal.

Según el perfil del interlocutor que plantea estos dislates, la facción a la que circunstancialmente pertenece o la inclinación doctrinaria que asume, sus adversarios pueden tener múltiples facetas y procedencias.

Estos exóticos miembros de la sociedad provienen desde dispares sectores. Pueden ser nacionalistas, ultraconservadores, fanáticos religiosos o militantes de la izquierda más fundamentalista.

Unos y otros se inspiran en similares frases hechas, casi siempre panfletarias. Su argumentación es invariablemente superficial, bastante vacía pero con mucho componente  místico y con más retórica que seriedad. Sus prejuicios no tienen nunca explicación adicional alguna. Son como dogmas los que en realidad sostienen sus elucubraciones sin asidero.

Pese a la heterogeneidad de los orígenes ideológicos, existen rasgos comunes en ese andamiaje argumental. Todos ellos coinciden en asignarle responsabilidades respecto de lo que sucede en el presente, a las corporaciones ocultas, esas que administran el poder desde las sombras.

En general, sus enemigos son absolutamente anónimos y no tienen rostro. A lo sumo pueden identificar a algún poderoso al que señalan como la cabeza visible de esa cofradía. De hecho, buena parte de su esquema de razonamiento, plantea que esos movimientos tutelan el poder desde la clandestinidad, compartiendo así atributos comunes con las sectas secretas, lo que abona con creces al pretendido paradigma de lo temible.

Los contrincantes elegidos como parte de este pérfido juego intelectual son de una gran diversidad y originalidad. Muchos se inclinan por las cuestiones religiosas. Son los que apuntan como culpables, al sionismo internacional, cuando no, un poco mas audazmente y en forma políticamente incorrecta, a los judíos en su totalidad, siempre vinculándolos a los intereses económicos que están detrás de la guerra y el capital financiero.

Otros apuntan a temas más desconocidos, aprovechando la ignorancia reinante y entonces acusan de conspiradores a la masonería. Lo enigmático que rodea a las logias, ha convertido a ese planteo en uno de los preferidos por estos personajes que viven perseguidos por ilusiones inconsistentes.

No faltan tampoco los que creen que el comunismo, prepara su arremetida final desde el marxismo más intransigente, siempre asociado a su ateísmo implícito y demonizándolo por esa conjunción de visiones aberrantes desde la perspectiva del denunciante serial.

Otra tendencia, tal vez la que más adeptos exhibe, se inclina por las corporaciones económicas que controlan el mundo, las multinacionales siempre funcionales al capitalismo salvaje. En esa misma sintonía, quedan relacionados los servicios de inteligencia, sobre todo los de ciertos países. Inevitablemente en esa ficción aparecen la CIA y la Mosad, pudiendo sumarse otros para magnificar el tamaño de la confabulación.

Un párrafo aparte merece la más esotérica de las suposiciones, esa que anuncia el conjuro planetario universal. Es que los extraterrestres, pueden ser también protagonistas de ese mundo de fantasía que imaginan estos sujetos que no tienen límite alguno a la hora de delirar con sus cavilaciones.

Es difícil establecer un dialogo racional con estos comediantes del debate político. Una cosa es plantear cuestiones racionalmente demostrables, aunque sean opinables y otra es discutir en el ámbito de las elucubraciones que se sostienen en espejismos cuyos únicos cimientos son las divagaciones de sus apóstoles de turno. Hay que evitar enredarse en discusiones eternas con estos enajenados, aunque resulta saludable confrontarlos en el terreno del intercambio de ideas para dejarlos en evidencia y así limitar el impacto de sus disparates. Lo que se debe recordar es que ellos son fieles exponentes de la persistencia de los paranoicos.

albertomedinamendez@gmail.com

 

 

Centenario de la primera Gran Guerra

 

Audio de Teódulo López Meléndez

Primera Guerra 1

 

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Convergencia hacia el centro

 Centro

Teódulo López Meléndez

 

El país se inunda de simulaciones vestidas como propuestas. El país ve correr tinta con supuestas alternativas que no son más que justificaciones inventadas para el ejercicio vacuo del diario acontecer  de mantenimiento. Estamos en una discusión estéril sobre “salidas constitucionales” y demás yerbas aromáticas entre las cuales no faltan las violentas.

 

El país lo que recibe es una tormenta de distracciones, de diseños de “caminos verdes”, de políticos de segunda tratando de mantenerse en la palestra. Este país parece una gran fábrica de fuegos artificiales. Como ya lo es de dinosaurios ejerciendo el poder desde gríngolas ideológicas y con apego a normas jurásicas.

 

El caos es el cierto vertedero de cada día, con líneas aéreas suspendiendo vuelos, negándose a fletar aviones al Estado maula o con la suspensión de otros por retaliación. Sólo de apariencia el caos es aéreo, pues si se mira bien lo es también terrestre y marítimo para usar una imagen que nos indique que anda por todas partes, como yedra venenosa. Podríamos asegurar que el caos es existencial.

 

El país tiene, o debería tener, conciencia, de que la posibilidad del escape es sólo suya, que sólo él puede desarrollar la concentración de energía necesaria para producir un cambio histórico, pues de cambio histórico se trata más allá del planteamiento simple y llano de obstinación frente a un gobierno y frente a quienes se le oponen desde la socarronería.

 

La única posibilidad es la de la constitución de una gran fuerza organizada que imponga a los actores del drama una voluntad y un camino, mediante un ejercicio serio de política, con estrategias y tácticas adecuadas de una presencia incontrastable.

 

Ese movimiento tiene que ser hacia el centro, pues los extremos han asumido hasta la paranoia sus habituales desvaríos. Ese centro tiene que estar definido por el pragmatismo, uno que conduzca a la asunción de las posibilidades que nos quedan sin pensar en definiciones ideológicas congeladas. Ese pragmatismo debe estar centrado sobre férreos principios éticos y sobre las ideas, porque la acción política sin ellas es bastarda.

 

Las ideas deben ser sobre una definición de país, de uno donde se puedan combinar en armonía las diversas variantes, las actualizaciones de la teoría democrática y económica y la asunción plena de una realidad marcada por el tiempo: este es el siglo XXI y no podemos seguir con praxis añeja y desvaríos propios del pasado.

 

Es esa conformación la única manera de imponerse a los actores del presente dramático. El país no puede continuar como uno enceguecido de bandos ni de bandos de los bandos. Se requiere una convergencia de centroizquierda y de centroderecha con eje en el centro. Tengo tiempo llamándolo “unidad superior” y también como “tercera opción”, que ya en verdad no es definible como tercera sino como “la” opción.

 

Se requieren voluntades, como el despertar de la inteligencia nacional de su sueño absurdo y de omisión. Se requiere una “unidad superior” que entienda somos un país en emergencia, un país aún. Se requiere los ciudadanos se arranquen los anteojos de suela, alcen la mirada y perciban que la respuesta no está en los arranques sinuosos de una clase política moribunda sino en ellos mismos.

 

Es una tarea difícil, no por falta de conceptualización ni por realpolitik de su procedencia, que es tan obvia que lo proclama a gritos frente a la sordera, sino por un adormecimiento impuesto a la gente, uno que cree no existe cuando sólo se dedica en verdad a gritar su inconformidad en vano. Mientras, estamos expuestos a los avatares, a las sorpresas que el transcurrir de este drama pueda traer consigo. Si dejamos al azar o a los imprevistos que la historia suele acobijar, se nos impondrá otra realidad sin que hayamos hecho lo que debíamos hacer por construir una, porque los pueblos despiertos construyen realidades.

 

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

La trascendencia de estar preparados

Listos

Por Alberto Medina Méndez


A veces el desanimo invita a perder el norte. Muchos parecen resignados a vivir lo que viene como si fuera una mera extensión del presente. Tal vez sea eso lo que suceda, o quizás ocurra algo bien diferente.

La inmensa mayoría de las grandes transformaciones que contempló el mundo no se produjeron como consecuencia de una simple sucesión programada de hazañas y gestas previamente planificadas.

Fueron demasiadas las ocasiones en las que se desencadenaron circunstancias absolutamente inesperadas, que aceleraron procesos ya iniciados o encauzaron esfuerzos de un modo más ordenado. Es probable que no hayan sido casualidades, sino una serie de eventos que ayudaron a encaminar lo que se estaba gestándose pausadamente. No es un guiño del destino, sino más bien un atajo hacia la posteridad.

No se trata de no hacer nada pensando que de todos modos ocurrirá lo mejor, ni tampoco la idea es que se deba descansar en lo que proveerá el azar. Muy por el contrario, en todo caso tiene que ver  con la eterna necesidad de estar preparados para que eso se constituya en una gran oportunidad plenamente disponible para ser aprovechada.

Si se revisa la historia de las mas épicas revoluciones del planeta, se encontraran relatos que hablan de esta maravillosa combinación de ciudadanos que pretendían progresar y una lista de decisiones políticas, aparentemente irrelevantes, que actuaron como el detonante de una situación que se acumulo por años, pero que ante una coyuntura especial, produjo un efecto dominó impensado, iniciando una cadena de incidentes, supuestamente inconexos, que culminaron con una monumental reforma.

El futuro siempre está plagado de incertidumbre. Es imposible saber fehacientemente lo que ocurrirá mañana mismo. Se puede proyectar y pronosticar, pero solo serán subjetivas estimaciones que, con mayor o menor precisión, describen las probabilidades de que algo puede acontecer.

Si se examina este tiempo se encontrarán situaciones por doquier que hablan de acciones que se fueron empalmando unas con otras. Y que quede claro que el mérito no pasa por tener algo de suerte, y esperar todo de ella, o simplemente creer en el destino como ordenador natural. Ninguno de esos dos ingredientes aislados, generan algo por sí mismos.

Lo que realmente impacta e incide de modo relevante es hacer todo lo necesario para estar preparados, listos, disponibles y entonces acompañar de forma activa los acontecimientos que permitan determinar el sendero a recorrer y encaminarse definitivamente hacia el futuro que viene.

Por eso, pese al permanente derrotismo y descontento, no se deben perder las esperanzas, ya no como un acto de fe, sino comprendiendo que si se asumen las responsabilidades, se puede estar preparado para cuando el tren pase, sabiendo que puede eso ocurrir solo una vez, y no estar despabilados implica desperdiciar una ocasión que puede no repetirse.

Todas las personas deben preguntarse qué están haciendo, además de quejarse, para prepararse para esa circunstancia irrepetible. Los dirigentes políticos podrían también cuestionarse acerca de lo que están haciendo para construir el puente hacia el porvenir. Muchos pueden creer que no tendrán chance alguna. El escenario actual les dice eso a diario, pero quizás no visualizan que un hecho cualquiera puede, mañana mismo, cambiar las reglas imprevistamente y ponerlos allí en el centro de la escena.

Cuantos de los personajes del presente están manejando el poder, sin tener los merecimientos suficientes para hacerlo. Los más están ahí porque fueron muy audaces y estuvieron alertas para dar el salto en el momento indicado. Nadie apostaba por ellos, muy pocos creían en sus posibilidades y es probable que casi todos los hayan subestimado demasiado.

Ellos llegaron. Creyeron en sí mismos y vale la pena reconocer que tuvieron ciertas virtudes que explican porque están donde están. La primera es haber comprendido cabalmente como funciona el sistema. Ellos sabían que sus talentos no eran tantos, pero que tendrían una posibilidad y todo se trataba entonces de utilizarla con efectividad. Fueron osados, siempre fueron por mas, no se conformaron con lo logrado y dieron entonces otro paso más y luego el siguiente, hasta el final.

Pero lo más importante, es que no esperaron pasivamente que todo ocurra casualmente, sino que se prepararon para tomar en sus manos la ocasión adecuada y subirse a esa oportunidad que, sabían que surgiría. Solo tenían que estar atentos, listos para explotarla al máximo, y así fue.

Es por esa misma razón que muchos no llegan. Bajan los brazos antes de tiempo, se rinden porque las evidencias parecen abrumadoras y solo incitan a someterse. Si la sociedad comprendiera esta simple dinámica, si solo lograra entender el rol de las eventualidades, tal vez se daría una oportunidad a sí misma y entonces los mejores, tendrían su chance soñada.

Puede no aparecer nunca esa contingencia, pero también cabe la posibilidad de que suceda y se abra esa ansiada puerta. Si no se está ahí, en el instante justo, con la postura correcta, es probable que la puerta se termine abriendo en vano sin que exista una segunda oportunidad.

El mañana es solo para quienes logren entenderlo. Para eso, resulta imprescindible estar despiertos, pero también hacer todos los deberes previos, ejercitarse, tener la gimnasia y los músculos entrenados.

El porvenir se define todos los días. En cualquier instante todo puede dar un giro brusco en el sentido deseado. Si se está ahí, se puede ser protagonista y así incidir para que el rumbo se modifique. De lo contrario, siempre se estará en la vereda de los espectadores. La clave es comprender la trascendencia de estar preparados.

albertomedinamendez@gmail.com

La era de las falsificaciones

falsificación 2

 

Teódulo López Meléndez

Venezuela sigue empeñada en las mismas discusiones, en un ritornello ocioso que no es más que tapaderas del vacío.

En Venezuela no se hace política, se hace albañilería. Se ha convertido al país en una mezcladora  de cemento en medio de la paradoja de que cemento no hay. La astucia, los cambios de traje, los retrocesos que muestran una ambición desmedida, se disfrazan de “planteamientos a discutir” cuando no son más que parches como en la vieja historia de aquel que metía los dedos en los huecos de la represa para evitar su colapso.

Se exige discutir las excusas y los acomodos como si de novedosas tesis de salvación nacional se tratasen.  Hasta las acusaciones semejan cucharadas de albañil tratando de corregir una pared derruida.

El país no requiere albañiles frisando. El país requiere de grandes movimientos mientras está pleno de albañiles. El país requiere de ideas, no de simulacros. El país requiere de obras de alta ingeniería inteligente, no de remiendos. El país no necesita distraccionistas lanzando al aire bolos para recoger en las esquinas algún émulo.

El país requiere la suplantación de los falsificadores. He hablado de las modificaciones sufridas por las tablas de dividir y multiplicar. Aquí mientras se dice sumar se resta. Es menester un gran fraccionamiento, que cada quien salga de donde no debe estar, para confluir en la evidente necesidad de ofrecer al país una nueva alternativa contra su anquilosamiento en un gobierno de fingimiento y parches y de una oposición de fingimiento y parches.

Aquí se amontonan todas las vaguedades, desde “salidas constitucionales” hasta monumentos religiosos argüidos como atractivos turísticos, desde repentinos “darse cuenta” de que la organización adversada en verdad tiene todos los planes para liberar a los presos hasta la repetición de frases empalagosas y vacías. La única posibilidad es realmente la conformación de un gran movimiento político que asuma la totalidad de la república por encima de los bloques levantados por los albañiles de turno.

El país oye las cucharadas de los albañiles sobre la pared derruida como un ritmo cadente que ayuda a su siesta. De paso, los corea. Cada paletada levanta seguidores. La profesión de albañil es muy respetable, pero la de político es otra. La del político es vislumbrar las salidas por encima de la monotonía de los ganadores de tiempo e, incluso, por encima del país que corea las paletadas de los albañiles y por encima de los fabricantes de imagen en un marketing político que sustituye a la política.

El país está inmerso en una era de falsificaciones. Más allá de “era” como espacio de tiempo quizás la palabra nos asalta como pequeño terreno donde se machaca, en este caso a un país absorto y minado por los engañifitas. En realidad aquí el tiempo no cuenta. De esta pésima obra se hace una reproducción infinita, diríamos que un “clásico”, pero ello equivaldría a un uso injusto y deleznable del lenguaje. En verdad no hay nada de clásico, no podemos recurrir al griego Theatron pues su etimología es “lugar donde se mira” y este país ha pasado a ser el lugar donde se falsifica y no se mira.

Los saltimbanquis siguen en las esquinas aprovechando el tráfico detenido esperando se les metan votos en sus sombreros de pedigüeños, mientras el país lo que requiere es destino. El destino pasa por una recomposición total, por lo que hemos denominado rebarajar  las cartas, por el despido de los actores de esquina, por dejar los fingimientos de mal teatro y la asunción del país como supremo objetivo de nuestros intereses.

Fingen, se inventan planteamientos trillados y repetitivos porque esta clase dirigente carece de imaginación. Se usan latiguillos más propios de la publicidad comercial para tapar la total falta de ideas y para justificarse en una sobrevivencia artificial como actores de la política y de lo político. Este es un pequeño terreno donde nos machacan. Estamos, en efecto, en una era, en una donde el principal mineral es la falsificación.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

 

Retorno a la guerra fría o simulacro de tal

Audio de Teódulo López Meléndez

Avión malasio

 

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BRICS en Fortaleza

BRICS 2

 

 Audio de Teódulo López Meléndez

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Divorcio a la venezolana

división 2

 

Teódulo López Meléndez

La clase política venezolana es, seguramente, la peor que podamos recordar en nuestra larga historia de país viejo lleno de juventud.

He usado la palabra estulticia para referirme al diario bochorno de un debate intrascendente, donde los intereses sectoriales prevalecen, de tal manera obvia que se puede afirmar nadie mira a los intereses superiores de la república.

El gobierno no es gobierno ni la oposición es oposición. Esto es una entelequia, un campamento o un erial, como se prefiera.

La “unidad” fue convertida en un fetiche, en un chantaje que sirve, según cada bando, para sostener la revolución o para enfrentar al régimen, proposición que en verdad sólo es usada para mantener clientelas y el juego perverso. Últimamente se le ha sumado un chantaje, adicional, la recurrencia a la palabra “antipolítica” para señalar cualquier muestra de desagrado con lo que sucede.

He apelado en innumerables ocasiones al concepto de “unidad superior”, una que ya es patéticamente imposible si los llamados a la “unidad” no son sustituidos por un firme llamado a la división.

El país tiene que terminar de dividirse, de fraccionarse, como única posibilidad de comenzar la regeneración. Tienen que dividirse los partidarios de ambos bandos. En el régimen y en la oposición formal han aparecido los bandos internos, pero aún, cobardemente, permanecen en sus senos por creencias atávicas venezolanas de que sin partido se está perdido o de que sin la ubre del poder no hay manera de sobrevivir. No logran entender, o no quieren, que es menester rebarajar las cartas como única posibilidad de encontrar alivio a este sofoco donde ya no bastan plantas de ozono.

Tiene que dividirse el PSUV y tiene que dividirse la MUD. Tienen que dividirse los partidos que en esta última han encontrado cobijo para elegir algunos concejales, alcaldes o diputados. Hay juventudes partidistas que no comulgan, que no tienen nada que ver con los eternos jefazos internos y que deben procurar una redistribución de las posibilidades. Es menester dividirse. La gente honesta que cohonesta los acuerdos por debajo de la mesa debe dejar de hacerlo, debe dividir. En este país todas las reglas matemáticas han sido cambiadas: ya la única posibilidad de multiplicar es dividiendo.

Por el país hay abundancia de pequeños grupos sin relación alguna entre ellos, tantos que un amigo tiene como propósito hacer un censo. A ellos hay que sumarles todos los que salgan de la multiplicidad de divisiones necesarias, como condición sine que non para recomenzar un reagrupamiento imprescindible. Sólo desde la división podrán entender los puntos en comunes y la inmensa posibilidad de lograr una unidad superior. Hay que dividir, hay que dividirse. Ya el único llamado posible en este campamento es a la división.

Es necesario un gran divorcio a la venezolana. En su momento escribí un texto titulado “Matrimonio a la italiana” para referirme al caso de unión allí de sectores del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana para la formación hacia el centro, que fue cubierto bajo conceptos como  símbolo viviente de nuevas concepciones de la vida política, como un llamado a superar las incertidumbre, como una proclama del fin de los protagonismos, la elección de los directivos en primarias, como el fin de las dañinas cuotas y grupos internos. Se produjo la unión luego de una noviazgo de 12 años porque ambas partes entendieron que el PCI y la DC estaban muertos, que su ciclo había terminado y que las ideologías había que enterrarlas en aras de un pragmatismo sustentado por nuevas ideas y nuevos paradigmas.

Es tal el caso nuestro que la única invocación posible es a un divorcio generalizado, a una multiplicidad de traumas, dado que nuestros actores no se entenderán nunca terminados. Tómese este texto como un responsable y sólido llamado a la división.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

11 de julio, Día Mundial de la Población.Problemática demográfica y Ciencia de la Sostenibilidad

poblacion14

 

Desde 1989, se viene celebrando, cada 11 de julio, el Día Mundial de la Población con objeto de llamar la atención sobre la dinámica poblacional, promover estudios en profundidad de la misma y reclamar la adopción de medidas adecuadas para resolver los problemas que conlleva. En el Tema de Acción Clave Crecimiento demográfico y Sostenibilidad hemos justificado la necesidad de abordar con profundidad esta problemática, recordando hechos como los siguientes:

  • A lo largo del siglo XX la población se ha más que cuadruplicado superando en la actualidad los 7000 millones. Y aunque se ha producido un descenso en la tasa de crecimiento de la población, esta sigue aumentando en unos 80 millones cada año, por lo que puede duplicarse de nuevo en pocas décadas.
  • Esta ingente población consume ya alrededor de un 40% de la producción fotosintética primaria de los ecosistemas terrestres para, fundamentalmente, comer, obtener madera y leña, etc. Es decir, la especie humana está próxima a consumir tanto como el conjunto de las otras especies, lo que pone en grave peligro la biodiversidad de la que depende su supervivencia.
  • La biocapacidad del planeta por habitante (es decir el terreno productivo disponible para satisfacer las necesidades de cada uno de los más de 7000 millones de habitantes del planeta) se estima en 1,7 hectáreas, mientras que la huella ecológica media por habitante es ya de 2,8 hectáreas.

Hechos como estos llevan a concluir que la estabilización de la población mundial es un requisito para detener la destrucción de los recursos naturales y garantizar de manera sostenible la satisfacción de las necesidades básicas de todas las personas. Esta preocupación por las consecuencias del crecimiento demográfico es recogida a menudo por revistas especializadas y medios de comunicación, donde llegamos a leer que se ha superado la capacidad de carga del planeta y que el problema demográfico es el más grave al que se enfrenta la humanidad, dada la enorme diferencia de tiempo que ha de transcurrir entre la puesta en marcha de un programa adecuado y el comienzo de la necesaria interrupción del crecimiento.

Sin embargo, también a menudo, nos encontramos con estudios y noticias que reclaman o anuncian medidas de impulso de la natalidad para “rejuvenecer la población” con argumentos que apuntan a la necesidad de evitar un envejecimiento que pone en peligro la capacidad productiva e innovadora de la sociedad. Podemos recordar a este respecto un informe de la ONU sobre la evolución de la población activa, según el cual se precisa un mínimo de 4 a 5 trabajadores por pensionista para que los sistemas de protección social, como se conciben actualmente, puedan mantenerse. Por ello se expresa el temor de que, en los países de baja tasa de natalidad, esta proporción descienda muy rápidamente, haciendo inviable el sistema de pensiones. No se consideran, sin embargo, las consecuencias a medio plazo de las medidas propuestas, pues cabe esperar que la mayoría de esos 4 ó 5 trabajadores lleguen a ser pensionistas, lo que exigiría seguir aumentando el número de trabajadores, haciendo inevitable la explosión demográfica.

Tampoco tiene sentido reclamar, sin más, un descenso de la tasa de fecundidad, para evitar la explosión demográfica y sus repercusiones en el agotamiento de recursos y degradación ambiental, sin tener en cuenta la incidencia en estos problemas de otros factores tanto o más determinantes como el hiperconsumo que practica el 20% de la humanidad, el modelo alimentario de los países desarrollados o los también graves problemas que indudablemente conlleva a corto plazo el envejecimiento de la población.

Nos encontramos en ambos casos con planteamientos que pretenden resolver un único problema (bien la explosión demográfica, bien el envejecimiento de la población) sin tener en cuenta su vinculación con otros estrechamente vinculados. Por eso Babatunde Osotimehin, Director Ejecutivo del UNFPA (Fondo de Población de Naciones Unidas), señalaba, en el informe Estado de la población mundial 2011, que la pregunta a hacerse no es si somos o no demasiado numerosos, sino ¿qué podemos hacer para que nuestro mundo sea mejor? Dicho de otra manera, el problema demográfico no puede resolverse con planteamientos que solo atiendan a un aspecto del mismo desde un cierto aquí y ahora, sino que debe contemplarse, tal como recomienda la Ciencia de la Sostenibilidad, con una visión holística, plenamente interdisciplinaria, y una perspectiva espacial y temporal amplia.

Se trata de proponer una “Nueva cultura demográfica”, tan necesaria para la transición a la Sostenibilidad como la “Nueva cultura energética”, la “Nueva cultura del agua”, etc. Una cultura demográfica que tenga en cuenta la estrecha vinculación de los problemas y su carácter glocal (a la vez global y local), evitando propuestas localistas y a corto plazo. Este planteamiento permite comprender que la actual pirámide poblacional, con muchas más personas jóvenes que ancianas, es insostenible porque exige el crecimiento permanente de la población; debe, pues, evolucionar hacia un “cilindro” de crecimiento neto cero, con números similares de seres humanos en los distintos grupos de edad. Pero también permite comprender que ello exige que se produzcan, solidariamente, todo un conjunto de transformaciones, que deben adoptarse haciendo participar a la sociedad en su conjunto y muy en particular a las mujeres como protagonistas principales, respetando así el principio de transdisciplinariedad que reclama la ciencia de la Sostenibilidad. Destacaremos dos de estas transformaciones, sin duda complejas, pero necesarias y posibles:

Es preciso erradicar las barreras educativas y legislativas que se oponen a una maternidad y paternidad responsables y a una vida afectiva y sexual satisfactoria, no obligatoriamente vinculada a la reproducción, rompiendo con inaceptables fundamentalismos religiosos y culturales. Ha de reconocerse el derecho humano básico de determinar libre y responsablemente el número y el espaciamiento de los hijos, facilitando el acceso a la información y procedimientos de planificación familiar, así como a los servicios de salud sexual y reproductiva necesarios para poder ejercer este derecho.

Y se precisa, muy en particular, una profunda transformación del modelo socioeconómico actual, por el que un 1% de la población posee casi la mitad de la riqueza mundial. Con esta apropiación de la riqueza y capacidad de decisión económica por una ínfima minoría, es ciertamente imposible garantizar un bienestar aceptable para el conjunto de una población demográficamente estable… pero tampoco lo garantiza actualmente, como es bien evidente, con una pirámide con muchos más jóvenes que ancianos: millones de jóvenes en todo el mundo carecen hoy de trabajo decente, mientras se elevan las edades de jubilación y crece la riqueza de los multimillonarios. Este modelo depredador e insolidario ha de dejar paso a una economía del bien común, sostenible, que promueva la universalización de todos los derechos humanos –incluido el derecho a un ambiente saludable- para el conjunto de la población y las generaciones futuras.

El 11 de julio ha de ser una nueva ocasión para profundizar en la comprensión de la estrecha vinculación de la problemática demográfica con el conjunto de problemas que determinan la actual situación de emergencia planetaria, saliendo al paso de enfoques parciales que impiden un tratamiento adecuado. Esto es algo que parece haberse comprendido en el diseño de la Agenda de Desarrollo Sostenible Post-2015 que ha de ser aprobada en la próxima Asamblea General de Naciones Unidas (ver Objetivos de Desarrollo Sostenible). Esta Agenda ha de tomar en consideración la rápida evolución hacia una población con mayor proporción de ancianos y promover la integración de las personas mayores en la transición a la Sostenibilidad como un activo y no como una carga. Como ciudadanas y ciudadanos comprometidos con esa transición, hemos de contribuir a que así sea.

 

Educadores por la sostenibilidad

Boletín Nº 98 11 de julio de 2014
Día Mundial de la Población
http://www.oei.es/decada/boletin098.php

 

Abundante docilidad

docilidad

 

Por Alberto Medina Méndez

Algunas naciones con múltiples posibilidades demoran demasiado en evolucionar. No lo hacen al ritmo que deberían. A veces ni arrancan ese vital proceso de desarrollo que dicen anhelar. En varios de esos países las riquezas naturales están por todas partes y las oportunidades disponibles son excesivamente evidentes.

Escoger las ideas incorrectas es parte sustancial de la explicación. Cuando se selecciona el camino inadecuado, el destino es el esperable y no otro. Si el presente no satisface es porque se ha transitado por una senda repleta de consignas falsas. Lo que se creía que conducía hacia el progreso no lo ha logrado, al menos no en la proporción deseada.

Pero también ilustra este momento, la excesiva sumisión de una sociedad que tiene más paciencia que ambición. Teniendo la chance de prosperar deliberadamente espera. No lo hace sin querer. Tiene plena conciencia de que su pasividad implica como consecuencia inevitable este presente.

Las sociedades que avanzan son más exigentes. Sus ciudadanos son menos tolerantes con lo imperfecto. No soportan la corrupción, ni se dejan engañar con tanta facilidad. Y cuando eso eventualmente sucede, tratan de aprender del error, señalando con claridad su absoluta disconformidad.

Los ciudadanos prefieren seguir en esa realidad virtual cuya inconfundible cualidad es su eterna esperanza. Sueñan con la oportunidad de torcer el rumbo. Piensan que se presentará casi mágicamente esa ocasión. Siguen creyendo en la ilusión de que la democracia que tanto veneran sirve por sí misma para superarse, sin comprender que eso funciona solo si la actitud cívica es la apropiada.

El cambio solo ocurrirá cuando se modifique sustancialmente la postura de los ciudadanos. La política no es más que una mera extensión de la vida en comunidad. Cuando la ciudadanía abandone la comodidad del silencio y deje de mirar para otro lado frente a cada despropósito, será entonces la ocasión de dar el giro tantas veces reclamado, pero casi nunca exigido.

Es la sociedad la que debe liderar este proceso de cambio y no la actividad política. Cuando la comunidad decida ser impiadosa con el error de sus dirigentes, será entonces el tiempo de cambiar la historia. Antes no.

Los ciudadanos de los países que han dado pasos firmes en el sendero acertado son menos obedientes. Y eso se verifica no solo en el campo de la política, sino en lo cotidiano. Ellos son habitantes que esperan más de sus semejantes. Exigen excelente trato si son clientes, respeto en todas las relaciones interpersonales y amabilidad en sus vínculos personales.

Quien no se ajusta a esas reglas no consigue desarrollar. No es una obligación formal, sino una norma no escrita de convivencia que permite valorizar a los mejores y relegar a los que no son parte de esa dinámica.

Esa conducta frente a todo no garantiza elegir el camino correcto, ni siquiera a la hora de optar por las ideas necesarias para prosperar, pero asegura que ante el fracaso se tiene capacidad de aprendizaje.

No se trata de encontrar un método infalible. De hecho no existe tal cosa como el mundo de las certezas en esto de tomar decisiones. Justamente por eso importa tanto tener el talento de maniobrar, para lo cual resulta central darse cuenta, asumir el error y reaccionar a la velocidad precisa para retomar la ruta que lleva hacia los objetivos esperados.

No es tarea sencilla semejante desafío. Volverse exigente es una gimnasia que empieza siendo individual, para luego convertirse en una característica social que se difunde por etapas y que resulta irresistible.

No hay que caer en el derrotismo de suponer que es imposible. Mucho menos en la trampa de asumir con resignación que solo es mero atributo cultural incorregible. De hecho quienes pasan de residir en comunidades mansas para luego radicarse en otras más rigurosas, aprenden con rapidez las nuevas reglas y se apropian de esa rutina con total convicción.

El primer paso es asumir el problema. Entenderlo, comprenderlo en toda su dimensión, para luego intentar convertirlo en un hábito, replicarlo en el entorno e instalarlo como costumbre natural en la vida en comunidad.

La clase política seguirá haciendo de las suyas si la sociedad no revisa sus actuales paradigmas. Ellos pueden manipular todo, mentir de modo serial, abusar de su poder, asignarse privilegios y delinquir crónicamente sin siquiera ofrecer algo como compensación. La calidad de los dirigentes se transforma solo cuando la gente es capaz de expulsar a los peores, y desde entonces lidiar únicamente con los que cumplen con cierto estándar.

Si se desea progresar, si realmente se espera vivir en una sociedad mejor, habrá que hacer los deberes primero. Una postura cívica responsable antecede a lo que se espera conseguir. Cuando la regla general es dejarse aplastar de forma cotidiana, permitir el saqueo como experiencia diario y la propuesta permanente es seguir en lo mismo, el resultado está a la vista. Una parte relevante de ese gran cambio que todos pretenden pasa por dejar de lado esta patética historia de abundante docilidad.

albertomedinamendez@gmail.com

 

La fractura múltiple

fractura 3

Teódulo López Meléndez

Están fracturados el gobierno y la oposición. El país está fracturado. Los habitantes de este campamento viven en una especie de batalla donde las culpabilidades se usan como argumentos no para una evaluación equilibrada sino para tratar de ganar ventajas sobre los adversarios del propio bando.

Las horas de las batallas internas transcurren entre declaraciones torpes y zancadillas en las cuales los múltiples bandos de los bandos juegan bruscamente. De un lado se atribuyen responsabilidades sobre resultados y se hacen esfuerzos por reposicionarse. Del otro, los obvios fracasos de la gestión gubernamental lleva a movimientos que más bien parecen la instalación de una planta de ozono similar a esa tan polémica que ha sido colocada en nuestro principal aeropuerto.

Los bandos no juegan en este momento contra su oponente, juegan dentro contra los bandos del propio bando. El país fracturado observa o toma bando, porque sigue pensando que su posibilidad es tomar bando, incapaz como es de percibir que el único bando que puede tomar es el suyo propio.

Mientras, un árbitro se establece, sin sacar tarjeta amarilla aún, permitiendo el juego brusco que le conviene, para usar los términos impuestos en estos días por un mundial de fútbol. La Ley de Registro y Alistamiento para la Defensa Integral de la Nación, la Brigada contra los grupos generadores de violencia y la autorización explícita dada por el Tribunal Supremo de Justicia para que las Fuerzas Armadas se conviertan en el principal partido político de la nación, atestiguan que el árbitro existe. El poder real radica en las fuerzas militares, mientras el gobierno se hace cada vez menos civil y la oposición cada día más torpe.

Desde el momento mismo de las últimas protestas planteamos la necesidad de una revisión táctica de su conducción y de sus comportamientos. Ahora lo que queda es barajarlo todo de nuevo, antes que andar en la discusión banal sobre los resultados de ellas –trágicas, por los muertos y los aún presos-, o enfrascarse en necedades como esa de “no supimos gerenciar las empresas expropiadas”, cuando en verdad lo que deberían preguntarse es si era oportuno hacerlo y sobre el camino inicial apegado a una ortodoxia ideologizada que obviamente conduciría al fracaso. El flamante orador de orden –si no me equivoco el primer jefe militar que hace de tal el Día de nuestra Independencia-, evoca los paradigmas de la vieja concepción pueblo-ejército-caudillo, con la especial diferencia de que ahora falta el tercer elemento, a menos que se considere como tal a una unidad de conveniencia de las Fuerzas Armadas o tal vez a un iluminado que brote de su seno y que el primero presenta los signos del desgaste. Sangre árabe tenemos, la suficiente como para que el papel de los militares egipcios se nos atraviese cada vez que intentamos analizar el porvenir de esta eventualidad que se llama Venezuela.

En el gobierno, con sus bandos enfrentados, hemos visto movimientos leves de cambios de ministros que, como siempre, son meros traslados, o el aparecer público de las disidencias tipo Giordani y compañía más las especulaciones que apuntan a un cambio más profundo porque parece llegada la hora ante el hundimiento de la economía. Del lado de la “oposición formal” lo único que parece mantenerlos es la convicción de que llegarán a las elecciones, que el camino para la sobrevivencia de su alianza partidista meramente electoral está dado y que seguirán imponiéndole al país “sus” candidatos y ejerciendo el monopolio de todos aquellos que detestan al régimen.

Así anda el país, entre bandos con bandos. Estamos en un juego bastardo donde no asoma por ninguna parte el interés superior que podemos identificar con el destino de la república. El país requiere recomponerse. Eso tenemos años llamándolo “unidad superior”, que ningún parecido tiene con el uso de la palabra “unidad” como sinónimo de chantaje, usada por ambos bandos y ahora con mayor razón para llamar al orden a los bandos dentro de los bandos. La “unidad” para mantener la revolución o la “unidad” para oponerse al régimen bajo la paternidad de la vieja clase partidista, son demoliciones lingüísticas y material de desecho de una clase política perversa. La unidad superior que nos interesa es la destinada a la preservación de la república.

Mientras, el país admite no se solucionará el problema del abastecimiento ni a mediano plazo, que el bolívar seguirá devaluándose, que la calidad de vida seguirá en picada, que vendrá un “paquetazo” memorable y/o que es la hora de emigrar, lo que se constata a diario con las simples noticias de conocidos. Lejos el país de plantearse su propio rumbo. El país fracturado toma partido por algunas de las fracturas de la fractura. El país inconsciente se hace bando de alguno de los bandos de los bandos. El país parece no tener aliento para empoderarse. Así los bandos y sus bandos tendrán razón: en el país fracturado arrastraremos la agonía, y los bandos, con sus bandos, triunfarán: llegaremos al 2019 con lo que quede de república.

tlopezmelendez@cantv.net

 

El precio de no involucrarse

 

 

 

No involucrarsePor Alberto Medina Méndez

Es demasiada la gente que se queja. La paradoja es que son los mismos que hacen bastante poco por cambiar el curso de los acontecimientos. A ellos les molesta mucho lo que ocurre a diario, pero a la hora de participar, despliegan una interminable lista razones por las cuales no serán de la partida y delegarán en otros esa vital tarea.

Muchos prefieren ser solo espectadores de lo que sucede y de ningún modo tomar la responsabilidad de asumir el protagonismo necesario que les permita modificar la realidad. A Edmund Burke se le atribuye aquella frase que dice que “lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada”. Una descripción casi perfecta de la actualidad.

Una sensación generalizada invade a la sociedad y es que la política no ofrece a los mejores. Se dice que son mediocres, que no tienen ideas y que abundan los deshonestos en esa labor. No menos cierto es que esas características son más que frecuentes también en otras áreas del quehacer cívico. Es que la dirigencia en general no es muy diferente en promedio. Los que lideran las organizaciones de la sociedad civil, los clubes, las comisiones barriales, los consorcios de los edificios, los sindicatos, las entidades empresarias, las colegiaciones profesionales, no escapan a esta regla casi universal y en todo caso no hacen más que confirmarla.

Obviamente que también están las excepciones. Existe gente fuera de serie, especial, con grandes aptitudes. Pero el problema es justamente que no es un hecho habitual y frecuente, sino bastante inusual y por lo tanto escaso.

Es evidente que los mejores no ocupan los lugares claves de conducción y queda claro que no es casualidad. Existe una deliberada decisión individual de no ser parte. Eso es innegable. Los más capaces parecen haber elegido premeditadamente no participar, no integrarse, ni cooperar en lo mínimo.

Muchos afirman que no quieren ensuciarse, que la política implica embarrarse y que entonces la determinación pasa por no entrar a ese mundo infinitamente ingrato. Otros creen que solo han optado por dedicarse por completo a lo profesional, a los negocios, a la actividad propia, suponiendo que así se puede progresar.

Cualquiera sea la razón que lleve a estas personas a no sumarse al necesario proceso de cambio, lo que es indudable, es que el sendero seleccionado no resulta gratuito. Esta decisión tiene un enorme costo directo en la vida de cada ciudadano y en el de la comunidad toda.

Ser gobernado por mediocres, o inclusive por los peores, tiene consecuencias que están a la vista. Solo así se puede explicar que naciones con abundantes riquezas naturales, con tantas posibilidades de desarrollo, hayan sido pésimamente administradas y convivan con la pobreza.

Hay que poner mucho ahínco para lograr tan malos rendimientos, en tan poco tiempo. La ineptitud es la verdadera madre de estos infinitos fracasos y de los innumerables desaciertos que pueden recordarse.

Como los incompetentes no pueden gobernar con habilidad, orientan sus energías a construir ingeniosos mecanismos para saquear a los ciudadanos y quedarse con el fruto de su esfuerzo. Hay que reconocer que han demostrado una notable destreza y que han sido inmensamente eficaces para generar corrupción. Sin ellos, este presente no sería posible.

Los más sobresalientes suelen ser excelentes en lo suyo, pero tal vez no sean tan inteligentes como parecen. Ellos creen estar a salvo de todo haciendo lo suyo, lo que saben, siempre en el ámbito de lo privado. Después de todo, para eso se han preparado a lo largo de sus vidas. No han percibido que no alcanza con ser exitosos. Eso no sirve, al menos no en sociedades como estas, en las que el poder lo pueden ejercer los peores.

Nadie espera que los mejores ingresen masivamente a los partidos políticos. Solo sería deseable si pudieran garantizar que disponen de la fortaleza moral suficiente para no claudicar frente a las múltiples tentaciones que propone el poder. Las agrupaciones políticas pueden ser el instrumento apto para cambiar el estado de cosas y corregir el rumbo.

Pero existe otra alternativa. Los partidos configuran una variante, la más habitual, pero no la única. Tampoco se puede pretender que individuos con un colosal talento, abandonen sus profesiones y oficios. Pero si al menos pudieran integrarse a la sociedad civil en cualquiera de las diversas oportunidades existentes, si le dedicaran solo parte de su tiempo, dinero y sacrificio a ser protagonistas en serio y comprometerse, tal vez se podría escribir el futuro de otro modo y soñar con una sociedad mejor.

Lamentablemente son pocos los que lo han comprendido. No participar es oneroso. Es descomunalmente caro. Algunos ya lo entendieron y están intentando ser parte a su manera. Otros, ni siquiera eso. Siguen sin percibir el elevado costo que pagan por no participar. Se trata del precio de no involucrarse.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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