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Democracia siglo XXI

mes

agosto 2009

Las sociedades del futuro

cono 4

Teódulo López Meléndez

“El futuro deja de ser la prolongación de las tendencias pasadas”

André Gorz

“Las sociedades libres permiten el futuro, limitando el pasado”

Lawrence Lessig

Las sociedades del conocimiento

El futuro debe ser inventado. Un mundo termina y otro apenas se asoma entre nebulosas. Deberemos elegir partiendo de la base que los tiempos críticos traen consigo una libertad de escogencia que no puede ser lanzado al cesto por quienes llaman a mantener la “cabeza fría” o se complacen en la modosidad propia del pasado que se muere.

No se trata de recurrir a la novela especulativa o distraerse con las insólitas proyecciones de la ciencia-ficción. Es necesario recurrir a la profundización socio-política y estudiar la reversión de las tendencias asomadas por algunos “proyectistas del futuro” de megacorporaciones dominando al mundo, de una crisis ecológica irreversible, de una pérdida de la libertad en una sociedad molecular o de una pobreza incontrolable.

Como alguien ha observado no sólo hay divisiones étnicas, nacionales o ideológicas, sino de posición en el tiempo. Sólo una muy pequeña parte de la población mundial está ya viviendo en el futuro, son ya el asomo de una nación global. Millones de hombres viven en el pasado, sin que sobre ellos se lance un requerimiento de preparación para el futuro. Muchos de ellos están organizados en sociedades que viven de antiguos paradigmas y de normas obsoletas. En el campo de la organización política se aferran a principios que sólo pueden ser dados como obvios, mientras una clase dirigente periclitada sigue utilizándolos para mantener en el único sitio que pueden vivir: en el ayer. Son las que bien podemos llamar las sociedades del pasado, como la venezolana.

El único objetivo posible de las instituciones políticas es el logro de la mayor dosis de felicidad posible para los ciudadanos. En la tranquila mediocridad de las pequeñas almas no cabe la apertura hacia nuevas formas de organización social y de formas políticas. En el campo de la evolución sociopolítica son como pequeñas tribus detenidas en el tiempo. Para estas tribus que impiden el acceso al futuro, la máxima felicidad posible es el mantenimiento de las estructuras obsoletas y del pensamiento decaído.

No voy a retomar a Deleuze con las diferencias entre sociedades disciplinarias y las de control, tema que ya he abordado en libros anteriores ni las muy estimables precisiones de Foucault sobre el tema. Tampoco voy a abordar el nihilismo o el cinismo del hombre contemporáneo también tratado con anterioridad. No voy a inmiscuirme en la manipulación genética, en la mutación antropotécnica o en la crisis de la cultura, que seguramente merecerá un espacio aparte.

Están cambiando la forma en que las personas se comunican, interactúan e intercambian información. Cambiará la economía, cambiarán los gobiernos, pero sobre todo cambiarán las sociedades. Es evidente que habrá competencia entre los mercados locales, regionales y globales, lo que paralelamente traerá una interdependencia económica, social y ambiental que producirá efectos notables. Los cambios se sentirán en el lugar en que trabajamos, en que producimos, donde aprendemos y como delineamos las diferentes fases de nuestras vidas. Podemos definir los cambios como el de transición hacia unas sociedades del conocimiento.

Ello implica que en el contexto de las negociaciones por el futuro entra de pleno un nuevo participante: la sociedad, porque la sustitución de una sociedad informada por una sociedad comunicada  implica necesariamente –sin obviar los peligros totalitarios- la persecución de objetivos democráticos, de desarrollo sostenible y de igualdad de género. Para lograrlo, las sociedades irán construyendo lo que se ha denominado “un entorno habilitador”, uno que permita su ascenso. Es por ello que el brote totalitario paralelo trata de cortar de raíz la posibilidad de la comunicación. El “entorno habilitador” pasa por crear condiciones culturales, económicas, sociales y políticas que permitan el pleno desarrollo de la persona humana.

Por ello, el conocimiento se alza como el factor determinante de movilización de los procesos. Esto es, la construcción del conocimiento se inserta en la concepción misma del desarrollo, lo que conlleva a la redefinición de visión, paradigmas, capacidades técnicas, metodológicas y financieras. Para ello se debe recurrir a la lógica y al pensamiento lateral, a la concepción espacial  y a un incremento de la inteligencia intrapersonal relacional. Un poco más allá, la información básica es la que se genera, no tanto la que se recibe. Esto es lo que se ha dado en denominar las sociedades del conocimiento, la definición que aceptaremos para referirnos a la organización social del futuro.

Se trata de unas de aplicación intensiva del saber, una donde el saber pasará a ser el principal valor. La complejidad del mundo que emerge implica la tarea esencial de preparación de lo humano. Einstein, con su habitual capacidad anticipativa, ya lo afirmaba en la década de los 40, al asegurar que “los imperios del futuro van a ser imperios del conocimiento”. El físico utilizaba todavía la palabra “imperio”, pero es comprensible para la fecha en que lo dijo. Hoy los conceptos han sufrido serias modificaciones, como por ejemplo la desaparición de la sociedad de la información donde se reclamaba que los massmedias emitieran, para pasar a una sociedad horizontal de comunicación. Queda claro, entonces, que información y conocimiento son cosas muy distintas, dado que el conocimiento es la interpretación de los hechos.

Está claro, también, que la sociedad del conocimiento está directamente relacionada con la tecnología, léase Internet con sus web, su correo electrónico o sus blogs, lo que algunos llaman era tecnotrónica. Debemos admitir que inicialmente fue definida como “sociedad de información” la que se asoma, pero el término fue rápidamente rechazado porque evidentemente se presta a confusiones conceptuales de fondo, sobre todo porque se fue identificando con un planteamiento ideológico concreto, cuando la verdad es que el conocimiento se alza también por encima de las ideologías. Hay, pues, una razón fundamental para definir al futuro como sociedad de conocimiento: se alza por encima de lo meramente económico, para llegar a las transformaciones sociales, culturales, políticas e institucionales. Y una última corrección: la palabra sociedad en singular implica uniformidad, de manera que adoptamos en plural, sociedades del conocimiento. Por lo demás, Antonio Pasquali hace tiempo dejó claro que información implica unidireccionalidad, mientras que la comunicación implica el intercambio de mensajes entre interlocutores habilitados. La UNESCO ha tomado el tema con la seriedad que se merece y ha publicado diversos documentos, como el informe “Hacia las sociedades del conocimiento, presentado en París por el Director General Koichiro Matsuura, documento que puede encontrarse, y ser bajado, en Google y cuya lectura recomiendo.

En “Gestión de redes para el desarrollo sustentable” Hugo Dutan señala los elementos que marcan el cambio: Visión del mundo y paradigma internacional de desarrollo en crisis, cuestionamiento de la naturaleza, rumbo y prioridades del desarrollo, premisa externa para el cambio y revolución tecnológica. En resumen, no se acepta ya la visión mecánica para el desarrollo, los efectos negativos para la población humana han sido graves (pobreza, desigualdad, brechas económicas y tecnológicas) lo que es rechazado, el entorno cambia aceleradamente y hay que establecer nuevos modelos de gestión.

Algunos autores han hablado de “consumo de saber” como característica de la nueva organización social. Los países ricos generan conocimiento y esa es su mayor distancia con los pobres, una mucho más grande que la existente en los niveles de ingreso. El tema no es fácil, pues implica desde problemas de transferencia y ruptura de monopolios sobre la propiedad intelectual hasta el cuestionamiento de la ciencia fundada en la razón, pasando por los llamados saberes locales como fundamentación del conocimiento emergente.

Dutan nos recuerda  el llamado “triángulo de la sustentabilidad”, esto es, “la fundamentación u orientación del desarrollo, las capacidades y la credibilidad como aportes a la sustentabilidad de las organizaciones e instituciones desde la perspectiva de la conformación de redes, en donde la construcción de conocimiento se convierta en el ordenador de relevancia”.

Es evidente que el nuevo paradigma es la reflexividad como opuesto al viejo paradigma de la objetividad, a la complejidad como sustituta de la simplificación, de los simples diagnósticos a toda posibilidad de creación en todos los sentidos posibles. Para ello es necesario hacer sensible a la conciencia a lo latente y profundo.

Genios siempre habrá, pero hoy, en este proceso indetenible hacia las sociedades del conocimiento, la inteligencia deja de ser un asunto individual para pasar a ser un punto colectivo. Por eso ya no cabe el líder mesiánico. El líder de estos tiempos es el que suministra insumos en procura de la decisión de la multitud. En el mundo que llega la inteligencia que prevalecerá es la colectiva y la sabiduría será posesión de la multitud. Tratemos de hacer de Venezuela una sociedad del conocimiento.

teodulolopezm@yahoo.com

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Habla Teódulo López Meléndez

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Un mensaje diario sobre el acontecer venezolano.


La apuesta fundamental

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Teódulo López Meléndez

La apuesta fundamental es por el futuro. No nos sirve ni queremos el país del pasado y no nos sirve ni queremos el país del presente. No nos sirven ni queremos las degeneraciones y los vicios del pasado ni nos sirven ni queremos las degeneraciones y los vicios del presente.

Elecciones, separación de poderes, Estado de Derecho, son las bases obvias de toda democracia, pero ahora nos encontramos con que se realizan Congresos Ideológicos para ofrecerlas como proyectos de gobierno. Tal simplicidad, tal falta de imaginación, tal carencia conceptual nos muestra que debemos ponerle la mano en el pecho al pasado. La prostitución, la degeneración, el embarralamiento de principios correctos y el ejercicio de una práctica totalitaria continua y degradante indican que debemos ponerle la mano en el pecho al presente.

El pasado no regresa nunca. El presente es superable por la vía de la resistencia y del salto cualitativo. La democracia no puede ser en el siglo XXI  simplemente elecciones, separación de poderes y Estado de Derecho. La democracia en el siglo XXI es la configuración de una sociedad comunicada, de una sociedad instituyente en permanente transformación, de una revisión profunda institucional, de un Estado Social de Derecho muy por encima de la welfare y de una economía solidaria fundada sobre el hombre. El totalitarismo es conocido, aunque tome -más bien robe- principios renovadores de la evolución del pensamiento político y los lance al charco.

Los dirigentes del pasado repiten lugares comunes, viven de paradigmas agotados, son la muestra fehaciente de un estancamiento conceptual que los presenta como actores de una película muda. Los dirigentes del presente son signos conocidos de las pestes del nacionalismo, del totalitarismo, del populismo, de la arrogancia, del militarismo y de todas las enfermedades pandémicas que azotaron al siglo XX.

Los dirigentes del pasado tienen unas estructuras mentales limitadas y un comportamiento acorde, uno que ejercen en el mundo del ayer, uno tan obvio en su ranciedad que cada gesto, que cada declaración que emiten, que cada decisión que toman, son monumentos a lo equivocado, a lo agotado, a un escenario donde el decorado se cayó tiempo atrás. Son parte de las ruinas, son las ruinas de la falta de evolución, de la falta de lecturas, del agotamiento en el pragmatismo absurdo donde la política es sólo procurar el poder y “acomodarse”, según la vieja y macabra acepción latinoamericana.

Los dirigentes del presente son rencorosos, su proyecto es destruir sin que por ningún lado se vea una edificación nueva, son arquitectos de la demolición, resentidos que hacen uso de la mentira con desparpajo, unos que intentan la revolución con cambios de nombre a la manera en que lo denunció debidamente Regis Debray. Son implacables en la destrucción de la democracia más elemental, se empapan en todos los vicios del caudillismo, del líder providencial que todo lo sabe y todo lo ordena, se restriegan todos los vicios lamentables de la práctica política degenerada del siglo XX y en todos los lamentables males que este subcontinente ha sufrido.

No nos sirve el siglo XX en el siglo XXI. Este país venezolano ha sido siempre lento para entrar a una nueva centuria. Parece que iniciamos siempre con un dictador. Parece que siempre somos los primeros en aplicar la máxima de que el avance de las ideas es lento. Sobre el dictador del siglo XX se asomó una camada de estudiantes que dieron forma al porvenir, uno ya agotado. Sobre el dictador del siglo XXI se asomó una camada de estudiantes que resultaron pragmáticos y corrieron a inscribirse en los partidos del pasado bajo la consigna de que necesitaban uno para hacer carrera política. He allí una de las causas de la presente frustración. Aquí, como en tantas naciones latinoamericanas, los intelectuales se acomodaron a las prebendas del poder y dejaron de escribir y de pensar. Sin pensamiento no existe la política. Sin ideas no existe la acción política. Nos hemos convertido en una nación aprisionada por un pasado que actúa como todo pasado, fuera de la nueva lógica, de los nuevos paradigmas en nacimiento, fuera del tiempo actual, y de un presente agotador, acogotador, asfixiante, uno que no soportamos pero del cual parecemos como incapaces de salir.

Del pasado sólo se aceptan sus méritos, el establecimiento de las bases de la democracia. Del presente sólo se acepta el haber traído al tapete los elementos que el pasado barrió y escondió debajo del tapete de la sala. El futuro es allá, más allá, el que a los venezolanos del presente nos toca construir. Los procesos políticos son una conjunción de tiempos, pero para romperlos, para saltar hacia delante, se necesitan ideas, pensamiento y el brote –en parto- de una nueva camada de dirigentes que encarnen esas ideas. Cuando las sociedades se quejan de falta de dirigentes es porque son incapaces de engendrarlos. Cuando las sociedades se consideran sin liderazgo es porque son incapaces de abrir las piernas en la sala de parto. Cuando las sociedades no ven dirigentes es porque están cegadas por el desamparo, uno que se quita como hoy se quitan las cataratas, que no son otra cosa que pátinas que el tiempo ha colocado sobre los ojos.

Estamos en el 2009, se nos va la primera década de un siglo y de un milenio y los venezolanos parecemos zombies extraviados en disyuntivas falsas entre pasado y presente. El país debe plantearse la apuesta fundamental que no es otro que el desafío del futuro, el desafío de las nuevas maneras y de las nuevas formas, esto es, lo que he denominado la creación de una nueva realidad, porque la realidad no es simplemente lo que vemos desde nuestra miopía existencial, realidad es lo que podemos crear, partiendo de una base absolutamente objetiva: las realidades se crean.

Este país tiene una tarea inmediata, la de liberarse de un presente destructor, pero también otra, la de operarse los ojos, la de hacerse visionario, la de paralelamente ir edificando la estructura conceptual de lo que vamos a ser en el siglo XXI. En alguna ocasión plantee que hiciésemos de los bicentenarios de 2010 y 2011 un propósito y un envoltorio de lucha. No fui escuchado, pero sabemos que la afectación de los sentidos es propia de las sociedades sumidas en el desamparo por su propia incapacidad para ser arquitectas del porvenir. Sobre esta sociedad obligada a despertar, a suprimir la dicotomía destructora de pasado-presente, hay que incidir cada día, hay que repetirle que es ella la que toma decisiones y que pone al frente a los líderes aptos para ejecutar sus decisiones, no al revés. Los partidos, por ejemplo, son nuestros instrumentos, no nosotros instrumentos de ellos. Y agregarle que los partidos son unos más, unos invitados a la fiesta democrática donde las nuevas formas de organización social reducen a control a quienes pretendan la instrumentalización y la manipulación. Las sociedades deben aprender que los actores principales son quienes la integran, no los agrupados para la simple búsqueda del poder.

Aún estamos a tiempo. No creo en la consabida frase de que “esta es la última oportunidad”. La evolución de las realidades políticas nos demuestran que siempre habrá otras, sólo que las sociedades que dejan pasar pierden capacidad respiratoria, se aproximan a una especie de disnea, el cuerpo se les hace difícil de mover y la resignación hace que los pilotes del presente se claven más adentro y los representantes del pasado intenten enterrar los suyos para darnos el estancamiento definitivo. Cada circunstancia debe ser aprovechada para hacer de la contingencia un motivo de construcción hacia adelante. Las sociedades que viven arrinconadas sólo responden a las iniciativas del presente omnímodo. Las sociedades que han despertado retoman el control de las iniciativas y llenan de propuestas la escena. En educación, en economía, en formas políticas. Cuando esta sociedad venezolana arrinconada deje de ser reactiva y pase a ser propositiva tendremos el síntoma inequívoco de su apresto para hacerse dueña de su destino, la indicación fulminante del relámpago de que ha asumido la apuesta fundamental, la indicación incontrastable de que está lista para construir una nueva realidad.

teodulolopezm@yahoo.com

La sombra de Jefferson


Jefferson

Por Jorge Majfud

Diferentes grupos, desde los libertarios —de izquierda y de derecha— hasta un grupo menos definido de opositores a las políticas financieras que llevaron a la crisis de 2007-2009, tratan de hacer circular los billetes de dos dólares como forma de protesta contra el Sistema de Reserva Federal. Una protesta débil, una parodia de las rebeliones antigubernamentales que defendieron los “padres fundadores”.

Los billetes de dos y de diez dólares recuerdan, casi en secreto, el ambiguo, contradictorio y siempre paradójico destino de la mayor potencia mundial, producto de revolucionarios y conservadores, ateos y religiosos, individualistas y colectivistas, anarquistas e imperialistas, de su genio creador y destructor.

Una de las razones que se ha dado a la casi inexistencia de los billetes de dos dólares es su impopularidad. Pero resulta que son impopulares porque la mayoría cree que han sido sacados de circulación décadas atrás y ya no poseen valor alguno. Hasta que los neorebeldes los reclaman en algún banco y los ponen en circulación.

El rostro de los billetes de dos dólares es el de Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos (1801–1809), el principal redactor de la Declaratoria de la independencia (1776) y uno de los más influyentes “padres fundadores” de este país.

Alexander Hamilton, el otro personaje retratado en los populares billetes de diez, es el antagonista de Jefferson y el representante de las modernas políticas financieras del gobierno central. Ambos integraron el primer gobierno de Estados Unidos (1789–1797). Hamilton fue primer secretario del tesoro de George Washington y Jefferson secretario de Estado. Uno representaba la naciente burguesía mercantil e industrial y el otro la cultura y la economía rural del sur. Uno apoyaba un gobierno central fuerte y el otro la independencia de los estados y los individuos.

Hamilton encendió la polémica cuando propuso la creación de un banco nacional y tarifas proteccionistas que ayudaran temporalmente a la consolidación de la “infant industry” americana, al tiempo que criticó la ideología del “libre mercado” promovida por un imperio consolidado como el británico. Al igual que Franklin D. Roosevelt, Barack Obama y la izquierda contemporánea, para Hamilton el gobierno debía participar en la regulación del mercado, en la deuda y en el crédito público para estimular la industria y el comercio. De este lado también estaba el ex presidente G. Bush cuando en el 2008 envió a cada buzón de correo cheques por algunos miles de dólares para que los ciudadanos salieran de shopping, sin importar que se dedicaran a comprar los productos de China que monopolizan los comercios. En el 2009, entre tantos otros estímulos, el presidente Obama está poniendo en práctica el programa “Cash for Clunkers”, que significa que el gobierno te regala hasta 4.500 dólares por tu auto que no vale 1000 si compras uno nuevo y más eficiente, lo que ha elevado por primera vez, desde el comienzo de la crisis, las ventas de Ford y de Nissan.

Al igual que los discursos de Ronald Reagan, los Bush y la derecha conservadora, Jefferson sólo reconocía la importancia de un gobierno fuerte en las relaciones internacionales, no en los asuntos domésticos. El gobierno sólo debía garantizar y proteger la idea de que todos los hombres fueron creados iguales, aunque no debía intervenir en mitigar las desigualdades porque éstas eran una consecuencia de la libertad. Pero para Theodore Roosevelt, Ronald Reagan y los Bush, el principio mejor observado en la práctica era el de Hamilton: el gobierno central se reservaba el derecho de hacer todo lo que fuese “necesario y apropiado” a los intereses nacionales. Para lo cual nada mejor que un pequeño gobierno omnipresente y todopoderoso.

Contrario a la dirección y sentido establecido por el Iluminismo, Hamilton todavía admiraba la forma del gobierno británico y en el momento de la redacción de la constitución —al igual que Simón Bolívar en sus momentos de desánimo ante la irracionalidad de su propio pueblo— tenía en mente un régimen monárquico. Su percepción social era aristocrática, platónica, según la cual la masa ignorante no era capaz de gobernarse a sí misma, por lo cual era visto por los jeffersonianos como una amenaza a la excepcionalidad de la joven nación. Como todo hombre práctico, creía que la nación necesitaba a los ricos, los cuales no eran patrióticos mientras no pudieran hacer dinero.

Hamilton no creía en la igualdad porque es algo que se opone a la libertad (este falso dilema sigue dominando hoy en día). No obstante, fue secretario y presidente de la New York’s Society for the Promotion of the Manumission of Slaves, una sociedad que luchó de hecho y con leyes por la abolición de la esclavitud.

También su adversario reunía las contradicciones y ambigüedades de un tiempo de revoluciones y nacimientos. El progresista Jefferson representaba los intereses rurales, cuyos valores eran radicalmente conservadores. Defensor de la libertad y la igualdad, varias veces propuso abolir la esclavitud, empezando por el primer borrador de la Constitución, hasta que los señores del sur le enmendaron la letra. No obstante fue dueño de cientos de esclavos hasta su muerte y no fue capaz de liberarlos debido a sus innumerables deudas. Reconoció no estar preparado para integrar mujeres en su gobierno, rechazó el clasismo de las sociedades europeas y afirmó que los indios sin clases sociales ni gobierno eran más felices. Diferente al argentino D. F. Sarmiento, Jefferson era favorable al mestizaje, pero como presidente, y excusándose en el apoyo de los indios a los ingleses, aprobó la remoción de las tribus hacia el Mississippi. Procuró ampliar la participación popular contra el poder concentrado del gobierno y atacó la inmovilidad de las leyes y la constitución.  Justificó cualquier rebelión violenta cuando los derechos naturales del individuo son amenazados por el poder. Para Jefferson, una resistencia o una rebelión podían estar equivocadas, pero siempre eran mejores que ninguna resistencia.

En respuesta al intervencionismo estatal de Hamilton, Jefferson se opuso al primer banco nacional. Para Jefferson, los bancos eran más peligrosos que los ejércitos y la sola idea gubernamental de gastar con la promesa de pagar a futuro bajo el nombre de la financiación no era otra cosa que una estafa a gran estafa. Por otro lado, nadie tenía la obligación moral de pagar una deuda heredada, y la inflación por emisión de papel moneda era una forma de imponer esta tiranía. En 1832 será Andrew Jackson quien destruirá el banco central y quiso hacer lo mismo con el dólar papel, por lo cual fue premiado en 1928 por el Departamento del Tesoro con la inclusión de su retrato en los billetes de veinte dólares que circulan hoy.

Es posible que los personajes que dominaron el capital y las finanzas del mundo en el siglo XX odiaran a Jefferson tanto como amaban a Hamilton. Incapaces de reemplazar su retrato habrán preferido sacarlo silenciosamente de circulación. De cualquier forma, hoy en Estados Unidos pocos usan dólares reales. Ya ni siquiera importa el símbolo de una promesa sino un número abstracto que mide el precio y el débito de algo. Paradójicamente, estos billetes son moneda diaria en muchos otros países, aunque Hamilton y Jefferson sean apenas dos apellidos gringos debajo de dos rostros de miradas claras.

Encuestas frágiles: el lugar de la reflexión

encuestas

Por Ricardo Viscardi

A partir de una convocatoria sin mayor difusión un encuentro abrió en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, sin embargo, un debate distinto sobre las encuestas de opinión masivamente difundidas. La diferencia con los registros anteriores del mismo debate consistió en que se planteó, ante los desaciertos de las encuestadoras, la cuestión del conocimiento. Esta cuestión interpela a cada uno por igual, porque aunque no todos seamos políticos o profesionales de la medición de opinión, somos ciudadanos involucrados en la pertinencia de los resultados que se difunden entre la opinión pública. Entendidas así las cosas, el conocimiento es un bien común que todos compartimos en razón de nuestra participación, conciencia mediante, en el proceso social.

Sin embargo, llegados a este punto de la composición de lugar responsable de todo ciudadano, la significación del conocimiento, en tanto bien común, se revierte. Si tal conocimiento universal en su adquisición y difusión arraigara en la emancipación, individual y colectiva, la opinión pública reposaría armónicamente sobre su propia base social. Tanto en cuanto espejo de su modelo real como en cuanto percepción de sus logros. Por ejemplo, no tendríamos debates acerbos sobre el modelo de sociedad, ni imputaciones a todo modelo finalista de pretender acallar las diferencias con un determinismo monocorde. En el plano concreto, por otro lado, se habría cumplido el designio vareliano de progreso social a través de la educación, perspectiva que pese a la confianza laica, obligatoria y gratuita que depositamos en el Plan Ceibal, parece alejarse cada día más de nuestro horizonte social.

Pero asimismo, este mundo que nos toca vivir, o cualquier otro que supongamos habitar, no adquiere significación de realidad sin el conocimiento de sus condiciones propias de desarrollo. Tanto el conocimiento como la conciencia parecen abocarse a una tarea imposible, pero asimismo impostergable: dar cuenta de lo que cuentan sobre algo que falta, sin falta, a la cita con la verdad. Pero la misma característica de la verdad es lo inalterable, la permanencia, no puede faltar sin falta.

No hay falta en querer saber, pero el saber convocado no puede sino faltar con aviso, porque si no fuera así, la convocatoria que se le dirige sería huera por consabida. Luego, el punto de responsabilidad es saber si nuestra creencia en el conocimiento y en la conciencia (individual, social, etc.) amerita encargarle la prospección de la realidad, a la manera del faro que ordena la navegación para todos por igual, o si por el contrario, preferimos sortear los escollos cuando aclare, esto es, con los recursos de a bordo. Lo que cambia no es, de una a otra opción, ni la conciencia, ni el conocimiento, ni la realidad, sino la estrategia de conducción. O la perspectiva masiva de un único orden que todos avistamos por igual, o la pericia atesorada por cada uno desde el punto de vista propio. Usted, yo, tod@s, cada un@, elegimos.

Pero las encuestadoras no. No es su responsabilidad. Ellas sólo calculan. Luego, a partir de la información que nos brindan, nos dicen, cada uno sabrá cómo navegar. Incluso, contritos y convictos, algunos políticos confiesan su confianza en las empresas, quizás llevados por el ideal de empresa, de forma que se proponen y nos manifiestan que se corregirán si no aciertan en el resultado que les proporcionan los profesionales. Estos presentan una foto, los fotografiados aprecian si salieron bien o mal. Si no gustó, deberán reformar su aspecto.

Sin embargo, se trata de una actitud poco profesional de los profesionales. Estos debieran rendir servicio a su clientes, en vez de proporcionarles correctivos, frecuentemente crueles. Pareciera que en vez de encantar con el placer de su saber, tales servicios se convierten en inexorables sentencias de una realidad amenazante. Se revierte así la perspectiva del conocimiento y de la conciencia sobre la realidad, no es esta última la observada sino quien observa, a partir del anuncio de los resultados de la medición pública, la pobre actuación de unos individuos culpables de no ajustarse del todo al todo (social).

Esa victoria de la realidad sobre el conocimiento y la conciencia proviene de la confianza que depositamos en los procedimientos exactos de medición. En sí, esta es verdadera en la exactitud de su cálculo. Permanente e inalterable. De ahí la fascinación que ejerce sobre la reflexión y que nos lleva a otorgarle al conocimiento algo que lo traiciona en tanto proceso, tanto como lo confirma en cuanto procedimiento: la exactitud formal. En ese punto todos dejamos de ser cada uno y pasamos a ser la realidad que se auto-mide porque posee un instrumento perfecto. Este instrumento perfecto genera el olvido de su razón de ser en la búsqueda singular, múltiple y plural, de forma que conduce al callejón sin salida de la confianza ciega en el enfoque iluminador. Subyugados por la frágil transparencia del cristal, saldamos nuestra identidad al bajo precio de una precisión tan vacua como fútil.

La construcción del envoltorio global

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Teódulo López Meléndez

El mundo se fracciona para recomponerse. Ambos movimientos se están dando en paralelo, aunque alguno se sucederá con mayor prisa, esto es, no se puede pretender una concordancia. El mundo no marcha hacia la anarquía, simplemente estamos en un proceso de creación de un nuevo orden, con toda la sismicidad que ello implica.

La globalización está aquí, como también una regionalización supranacional que encuentra, hasta ahora, a Europa como el proceso más acabado. Al mismo tiempo los Estados ceden soberanía y el mundo local entra en una revitalización multidireccional. Son, pues, varios los planos en que se produce la reorganización del mundo: globalización, regionalización supranacional o continentalización y localización.

David Held (La democracia y el orden global: Del Estado moderno al gobierno cosmopolita) ha llamado al proceso una “democracia cosmopolita”, pues obvio que la nueva forma implicará la necesidad de reinventar la democracia y la participación pluralista de los ciudadanos. En cualquier caso, no hay lugar a dudas para cualquier analista de los procesos políticos globales que marchamos hacia cuatro niveles: global, continental, nacional y local, como bien lo resume el profesor de la Universidad de Guadalajara Alberto Rocha en El sistema político mundial del siglo XXI: un enfoque macro-metapolítico. Es lo que el propio Held denomina un sistema de geogobiernos.

Es obvio que habrá de redefinirse  lo que hoy llamamos nacional ante el nacimiento de estos nuevos niveles espaciales y multidimensionales, como lo es que estos cuatro niveles tendrán sus propias dimensiones  y un complicado sistema de red que los comunique, como de red que conecte diversos subniveles de cada uno de ellos con subniveles de los otros.

Hasta ahora nos hemos venido manejando en un mundo donde existen organismos internacionales, los acuerdos continentales, los Estados-nación y lo local. Todo ello está bajo cuestionamiento. Lo están los organismos como las Naciones Unidas, hasta ahora incapaz de pasar a los hechos ante el continuo reclamo de transformación; lo están los Estados-nación, la organización interna de cada nación y, como hemos dicho, todo el sistema interestatal internacional, lo que nos recuerda la inoperancia de la OEA aún para atender casos pertenecientes al viejo orden.

El cuestionamiento va más allá, porque al romperse el viejo orden quedan bajo la lupa todos sus componentes, llámense dirigentes, prácticas hasta ahora aceptadas, reglas, derecho internacional, organizaciones, doctrinas políticas y hasta hábitos de lo político.

La globalización, el primer envoltorio, tendrá sus poderes ejecutivo, legislativo y judicial, cuyo avance más significativo lo constituye la Corte Penal Internacional. En ese mundo global es evidente que existirán una sociedad civil global, una democracia global, una ciudadanía global y un Derecho Público global. Será un gobierno propiamente dicho, limitado por los otros niveles y sin capacidad de intervenir en la resolución de los problemas públicos de los otros niveles, aunque, como advertiremos más adelante, tendrá una red que permitirá el contacto directo con actores de ellos, aún de los locales. Esto es, este gobierno global, que no es un Estado, sino una mezcla de homogeneidad con heterogeneidad, no tiene autonomía para resolver problemas de los otros niveles, pero asume los que los desborden. Este gobierno mundial afincará sus bases primeras en las diversas organizaciones supraregionales.

Lo que se denomina lo regional supranacional, o unidad por zonas continentales, como es el caso europeo, nos muestra la creación de un gobierno o un Estado red regional y una sociedad civil red regional. Conocemos ampliamente la estructura de la Unión Europea y de sus instituciones y sabemos de la asunción de una doble nacionalidad por parte de sus ciudadanos, que a la vez que pertenecen al antiguo Estado-nación (Alemania, Italia, España, etc.) se sienten ciudadanos europeos. Habrá que llamar la atención, luego,  sobre la región Asia-Pacífico. Es como lo hemos dicho: lo global se sostendrá sobre la regionalización y sobre lo supraregional.

El proceso que el mundo lleva indica que el Estado-nación deja de ser la referencia básica que ha sido desde su constitución. Está en un proceso interno de desconfiguración para pasar a ser no más que una forma política y administrativa con funciones de mediación entre los supraregional (léase Europa o región Asia-Pacífico) y lo local. Los autores comienzan a llamarlo Estado posnacional. Si bien este es el proceso del Estado, la nación, por su parte, emprende un proceso de reconstitución desde lo local. Ya comienza a hablarse con una inversión de términos en un intento por definir una provisionalidad de tránsito: Nación-estado. Esto es, lo que viene es un dominio de lo que hasta ahora se ha denominado sociedad civil, y que yo prefiero llamar poscivil, sobre lo que anteriormente era el Estado. El Estado suele, o solía, ser impermeable a los requerimientos de la ciudadanía, lo que implica una reacomodo total del concepto de democracia y de participación. Es lo que algunos llaman “demopública” en sustitución de república, como es el caso de David Held en La democracia y el orden global.

El resurgimiento de lo local implica un planteamiento de multiculturalidad y de multinacionalidad. Las naciones podrán reconstituirse sobre estas bases, o tal vez implosionar. Las localidades, a su vez, podrán conectarse directamente con los sistemas regionales supranacionales, como en el caso de la Unión Europea, donde existe la “Comisión Asesora de las Corporaciones Territoriales regionales y locales”, que permite el ejercicio de una influencia directa de lo local sobre la entidad supranacional. Esto es, la UE protagoniza, con su asistencia directa a las regiones, un proceso controlado de autodeterminación económica y política de las mismas.

Como hemos visto, la nueva organización planetaria presenta dinámicas políticas horizontales y verticales. Hasta el punto que Habermas la llama una “democracia deliberativa”.

El fin de un mundo

La visibilidad se construye

Robert Fossaert

Un mundo termina, no cabe duda, y otro está en proceso de conformación. Debemos recurrir al pensador neomarxista Robert Fossaert (“El mundo del siglo XXI”) para dejar claro que el fin de un mundo no es un Apocalipsis. Como este autor bien lo dice “un mundo significa un período de la historia del sistema mundial formado por el conjunto de países interactuantes”. Al fin y al cabo, este nuevo mundo que se asoma no es más que una acumulación en proceso de modificación de todos los mundos anteriores que se sucedieron o coexistieron.

El nuevo mundo es un entramado complicado de dimensiones donde juegan desde las técnicas de producción hasta las estructura políticas que crujen y las nuevas que se asoman, desde el multiculturalismo hasta la conformación de una economía mundial, desde la caída del viejo paradigma de que las relaciones internacionales sólo podían darse entre Estados hasta el asomo de este nuevo mundo donde puede hablarse de los mundos en plural.

El hombre de este nuevo mundo está marcado por los viejos paradigmas, lo que Alvin Ward Gouldner (“La crisis de la sociología occidental”) llama la “realidad personal”. Esto es, las ideas prevalecientes en el mundo que hemos conocido, en el cual hemos vivido. El hombre de la transición enfrenta el desafío de comprender las formas emergentes con convicciones pasadas. En buena medida, pensamos nosotros, se reproduce en él la dualidad de lo emergente, dado que vive, y procura aumentar, una interiorización aldeana y una ansiosa búsqueda del nivel mundial. El hombre vivía sujeto a su nación, a su localidad, al Estado que le daba –al menos teóricamente- protección envolvente. La existencia de otros como él en otra cultura y en otro mundo organizado la suplantaba con el estudio o con el viaje, pero ahora se enfrenta o se enfrentará a una auténtica pluralidad de mundos con un sistema de redes que se moverán horizontal y verticalmente, uno donde se hará, por fuerza, ciudadano global y en el cual deberá ejercer una democracia en proceso de invención. Ya no habrá mundos autárquicos como los que describe Fossaert (Ibid) en el inicio de su obra, volcados hacia adentro, apenas transformados por el comercio lejano. Ya tampoco seguirá vigente esta multiplicidad de Estados (en el siglo XX, en 1914, antes de la guerra mundial, eran 62; en 1946, sumaban 74; en 1999 se integraban a la ONU 193; en este momento 192), este exceso de Estados que tanto ha contribuido al desmoronamiento de la vieja concepción de relaciones internacionales y que en América Latina se refleja en los microestados del Caribe que constituyen una contribución nada despreciable a la infuncionalidad de la OEA. Por lo demás, apreciamos como la línea divisoria entre conflictos internos y conflictos internacionales ha desaparecido o tiende a desaparecer.

La vieja frase “el mundo es ancho y ajeno” deja paso a un mundo propio donde estamos obligados a incidir. Si cito a Goldner, experto en burocracia y buen alumno de Max Weber, (“Sociology of the Everyday Life en The Idea of Social Structure: Papers in Honor of Robert K. Merton”, “La sociología actual: renovación y crítica”, “La dialéctica de la ideología y la tecnología”), otro pensador norteamericano considerado neomarxista, aunque el calificativo es polémico y no exacto, es porque si alguien cuestionó la sociología actual fue él. Y porque insistió en el recurso de la “reflexividad”, tan necesaria al hombre de este mundo en transición, la necesidad de una profundización en el “sí mismo”. Goldner exigió mucho a los intelectuales en el sentido de pensar sobre su propio pensamiento y a la sociología que se criticara constantemente sobre su propia razón de ser. Lo digo, porque si en alguna parte conseguimos estancamiento es en las ciencias sociales y en la politología en particular. Goldnerd exige la comprensión histórica de la conciencia presente. Lo que creo es que buena parte de la crisis presente es una crisis de ideas

Atrás deben quedar la antipolítica, la despolitización y el individualismo autista. Las nuevas formas del nuevo mundo llaman a la ingerencia. Se trata del ejercicio de una política ciudadana, de una relación muy distinta del viejo paradigma ciudadanos-autoridad.

Internacional o Constitucional

La generalidad de los que se han dedicado a estudiar el aspecto jurídico del proceso de reorganización política del mundo coincide en que se está a mitad de camino entre el Derecho Internacional y el Derecho Constitucional.  Esto porque la organización supranacional, que como ya hemos dicho no es un Estado, ejerce poderes soberanos sobre los miembros que la integran. Esto, se puede encontrar una aproximación a la organización federal.

En cualquier caso se aborda el tema desde diferentes ángulos y si algunos insisten en “federalismo funcional” otros hablan de construcción federal sobre un plano particular, mientras otros niegan al Derecho la posibilidad de construir fórmulas políticas refiriéndose al proceso que describimos como una simple forma de cooperación administrativa.

La bibliografía sobre el tema es muy amplia. Lo que queremos brevemente destacar es que al mundo jurídico no se le ha escapado lo que sucede y que las palabras “supranacional”, “metanacional”, “construcción federal sobre un plano particular”  y muchísimas más van construyendo todo el entramado jurídico que habrá de presidir el mundo nuevo que crece ante nuestros ojos. La separación purista entre política y Derecho que algunos autores establecen carece de sentido. Para ello basta referirse a los padres fundadores de los primeros intentos de unidad europea, específicamente a Konrad Adenauer, que siempre fijaron en lo supranacional un antídoto contra los nacionalismos, contra el concepto de soberanía  y contra el egotismo, entendiendo esta última palabra “como un sentimiento exagerado de la propia personalidad”. Esto es, en la concepción original de avance hacia lo supranacional había un elemento y un propósito político claro derivado de las causas que llevaron al segundo gran conflicto mundial. Si ese propósito político no hubiese existido obviamente no existiría la discusión jurídica sobre el marco legal para envolver lo que estamos viendo.

Admitamos que la discusión bien puede continuar en el campo de la epistemología jurídica, pero siempre toda forma naciente debe partir del territorio de la ontología, esto es, del campo de la filosofía del Derecho. Las nuevas formas de organización política requieren, ciertamente, de un marco jurídico y ese marco se ha ido construyendo paralelamente a la materialización de las formas políticas. Las formas políticas nacientes han impuesto la necesidad del envoltorio jurídico. Bastaría, pienso, con  hablar de Derecho Supranacional. O tal vez recurrir a una expresión del sociólogo e historiador de las Ciencias Sociales Immanuel Wallerstein (“El moderno sistema mundial”), conocido por sus polémicas opiniones sobre el fin del capitalismo y tomarle prestada, de manera provisional, su frase de “inventar nuevas formas de escribir la historia”. O, para mostrar otra cara que, al fin y al cabo nos conduce siempre al territorio de la imaginación creativa como vía de comprender al mundo nuevo, al superoptimista Thomas Friedman y recordar con él que el mundo dejó de ser redondo (La tierra es plana”)

teodulolopezm@yahoo.com

El fraccionamiento del mundo

mundo 4

Teódulo López Meléndez

Estado y nación

A grosso modo un Estado implica un territorio relativamente bien definido, una población y un gobierno central que ejerce la soberanía. Una nación es un ente social y cultural, conformado por unas personas que comparten una experiencia histórica y el deseo de vivir juntos. De manera que un Estado-nación es un territorio donde una población de características comunes comparte un destino colectivo y para lo cual tiene un poder central.

El Estado-nación encuentra sus orígenes en el siglo XV europeo. En algunos casos el Estado creo la nación mediante el ejercicio del poder por una autoridad central que se propuso construir una identidad nacional. En otros casos la nación creo al Estado, dado que los lazos comunes lingüísticos u otras particularidades culturales los llevaron a buscar la forma jurídica de su permanencia.

El Estado-nación tal como lo conocemos actualmente nace en el siglo XIX, dado que antes estaba vigente el llamado derecho divino según el cual la autoridad de los monarcas descendía directamente de Dios. Es lo que se ha denominado el absolutismo monárquico, con máxima expresión en los siglos XVI y XVII. Luego, especialmente en el siglo XVIII, se hacen esfuerzos por ocuparse de la población en lo que se ha denominado despotismo ilustrado.

Campesinos, terratenientes, burgueses y aristócratas se movían bajo un orden establecido por variados sistemas feudales mientras el soberano mantenía el estatus y el derecho consuetudinario. Aparece en escena el racionalismo, nuevas técnicas productivas denominadas capitalismo y nuevas formas administrativas denominadas burocracia.

Esto es, ya no se va a la Biblia sino que se va al hombre y se plantea que se puede desarrollar una ciencia del hombre. Entran en acción personajes fundamentales como Hobbes y Locke. Ya no se acepta el origen divino y se exige sustituirlo por un contrato limitado y racional entre gobernantes y gobernados.

Aparece el dinero como medio fundamental de intercambio, pero este tema pertenece a la historia del capitalismo y a nosotros sólo nos interesa como elemento en el proceso que va desde la destrucción del viejo orden feudal hacia el nacimiento del Estado-nación. Lo cierto es que el retroceso del derecho divino implica el surgimiento de formas pactadas, las que se llaman constitucionales y una nueva jerarquía se forma basada en la riqueza.

Se requería una fuente única de autoridad. Es, por supuesto, en la revolución francesa donde se afianza la centralización burocrática. En 1870 Alemania es unificada y nace el Reich. El racionalismo creó la idea de ciudadano, un derecho uniforme y la igualdad de estos ciudadanos frente a él. El capitalismo dio paso a un hombre en libertad de vender su fuerza de trabajo. Ese Estado comenzó la creación común, normas burocráticas para administrar, bancos y ejércitos nacionales. El viejo orden feudal estaba destruido.

La crisis del Estado-nación

Hoy hablamos de la crisis del Estado-nación, una que comenzó, sin lugar a dudas, en los años setenta, con tres factores: el bloqueo petrolero a occidente, la internalización del capital y, finalmente, la caída del bloque socialista, todos ayudados por el feroz ataque neoliberal contra el Estado.

El primer factor mostró una cara inédita: la crisis del modelo de crecimiento y acumulación en occidente, con una consecuencia política grave: el Estado de bienestar flaqueaba y la ruptura de las condiciones que permitían el arbitraje de los conflictos en el plano social.

El segundo conllevaba a una redistribución del poder que ya no respetaba marcos nacionales: el capital perdía su rostro, se movía en un plano mundial, sin nacionalidad y sin escrúpulos de respeto a los viejos marcos.

El tercero mostraba la caída militar, de dominio, de control por parte de los polos en que el mundo venía funcionando. La caída del bloque soviético no dio paso a un mundo unipolar y al fin de la historia, sino a un proceso de confusión donde el imperio norteamericano restante daba sus nuevos pasos militares que no representaban otra cosa que los estertores de una manera de ejercer el poderío económico y militar, hasta llegar a lo que ahora tenemos, esto es, unos Estados Unidos tratando de mantener su influencia en una indefinida actuación colectiva y multilateral. En otras palabras, moría el Estado Tutelar.

En lo económico, como suele suceder, se encuentran las fuentes de variados cambios en la estructura política. La imprevisibilidad de lo económico conduce al Estado a la impotencia, todo debe ser provisional y de ajustes momentáneos, la demanda y la inversión se confundieron con los abusos de una especulación financiera desatada bajo la sin razón y la falta de escrúpulos que llevaron a la más reciente crisis. En este cuadro el Estado-nación ya no sirve para la expansión del capital –internacionalizado por cuenta propia- e impotente para los compromisos sociopolíticos.

Reagan en Estados Unidos y Tacher en Inglaterra deben ser recordados, pues marcan la penetración del neoliberalismo en las tecno-estructuras del poder. El poder del Estado se disminuye y se agudiza el factor clave: la internacionalización del capital.

La globalización

Los espacios económicos nacionales se ven cada día más limitados. Dos ejemplos quizás sean suficientes: un mercado financiero restringido a pocas plazas importantes y la inmensa acumulación de dólares por parte de China. Si recordamos el traslado de la producción de bienes a sitios con mano de obra barata podremos afirmar que se ha producido una transnacionalización de la producción. Hoy se produce en redes globales lo que conlleva también a una reconfiguración del espacio social. Verifiquemos el retroceso de la hasta ahora llamada clase obrera y la disolución persistente del sindicalismo, a lo que debemos sumar la reducción de la clase media.

Eso que comúnmente se ha llamado identidad nacional se envuelve persistentemente en el limbo. Frente al hecho globalizador el Estado se muestra impotente para responder a sus habitantes. El contrato original descrito como base del Estado-nación viene socavado pues cada día el ciudadano no encuentra respuesta en su cesión de derechos a ese ente supra llamado Estado. Ello forma parte de la evidente crisis de las instituciones políticas y del desplome de los llamados “dirigentes”. Esta crisis de identidad se produce porque los valores comunes saltan por los aires. La nación tiende a disgregarse y su envoltorio protector llamado Estado también.

Los problemas se han globalizado y ya el Estado-nación no tiene  modo de alcanzarlos. El problema de la contaminación, con la destrucción de la capa de ozono; la propagación del terrorismo; del SIDA o de otras virosis; el sistema financiero internacionalizado; el potencial nuclear; el narcotráfico; la pobreza extrema. Problemas todos que han obligado a la creación de organizaciones transnacionales o supranacionales donde la palabra soberanía se ha hecho hueca. Ya el Estado-nación ha perdido el monopolio del control de los sucesos dentro de su territorio. Esta transferencia del viejo concepto a entidades supranacionales tampoco parece causar resultados positivos. A ello hay que agregar los regionalismos y hasta el tribalismo.

El más avanzado de los procesos de construcción de grandes espacios supranacionales, el europeo, presenta crisis de impotencia en avanzar, aunque las instituciones existentes funcionen de manera medianamente aceptable. La conformación política de Europa se detiene en las votaciones nacionales, mientras cada día más habitantes de los países que la integran se consideran europeos, antes que italianos, alemanes o españoles.

Esto es, disgregación en los alcances prácticos y pérdida del original sentido de nacionalidad en aras de una mayor donde el viejo Estado-nación es considerado apenas un miembro de una comunidad mucho más amplia.

Quizás podamos decir que estos Estados sólo sirven para mantener el orden interno en lo social y en lo político. En lo económico han sido reemplazados por las transnacionales financieras y los consorcios multinacionales, como vemos a cada momento. Quizás el ejemplo más visible sea el de las líneas aéreas, otrora orgullo interno nacional y que ahora conservan sólo el nombre de la vieja pertenencia.

Está claro que la organización de continentes sigue teniendo como integrantes a los Estados-nación, pero a medida que avanza en su constitución los debilita. Con escasas excepciones ya no hay un estado con jerarquía propia en el poder internacional.

El renacimiento de lo local es una fase de alto interés en el proceso de aletargamiento y desplome del Estado-nación. En países con variadas lenguas las exigencias de nuevos poderes y facultades convierten a las regiones en semiestados dentro del Estado. Más allá, ciudades son polos de poder que demandan autonomía. Las pequeñas localidades desarrollan o hacen renacer sus anteriores condiciones culturales y reclaman presencia activa en la conformación del nuevo orden.

Las instancias locales de poder están a la orden del día. Dentro de esta tendencia se inserta el reclamo de descentralización administrativa, pues cada región quiere manejar sus asustos, desde los hospitales hasta la policía. Cabe destacar que esta tendencia universal sólo es contrarrestada en países como Venezuela, donde un régimen dictatorial considera necesario acumular todos los poderes para el mantenimiento del régimen opresor.

La conformación de los bloques regionales altera los sistemas geopolíticos de seguridad global. Las decisiones claves no se toman en el marco del Estado-nación, ni siquiera en continentes como el latinoamericano donde todos los procesos de integración jamás pasan de la fase embrionaria.

Agreguemos ahora las nuevas tecnologías de la comunicación. Los ciudadanos lo son cada vez más de otro espacio distinto del propio territorio, lo son del ciberespacio, de un terreno universal donde se forman nuevas redes de intereses y de intercambio cultural que excede con creces los viejos límites.

El mundo reconducido

Ahora se determina y se actúa en términos globales. Ya no hay un espacio territorial propiamente dicho como base de acción. La tendencia es a la desterritorialización. Hoy existen ONG que intervienen en campos específicos en situaciones que ocurren en cualquier lugar del mundo. Ello marca otro tipo de organización que interviene en los procesos globales, pues están integradas por personas que pertenecen a diversas nacionalidades. Ejercen poder en cuanto inciden en modificar situaciones, desde ambientales hasta políticas, desde económicas hasta geoestratégicas. Así, un ciudadano venezolano interviene en la crisis de Birmania junto a un inglés o a un sudafricano, uniendo esfuerzos y recurriendo a la moderna tecnología de la comunicación.

Hay un nuevo modo de ser ciudadano y en él se entremezclan el refugio en lo local con una participación intensa en el destino del planeta todo. En medio queda el Estado-nación, aún superviviente, pero advertido de término de su existencia. Las formas políticas indican la eventualidad de creación de grandes bloques regionales con gobiernos supranacionales en medio de un proceso de integración planetaria, lo que aún no se vislumbra, dada la crisis existencial de organizaciones como las Naciones Unidas. Si la construcción del Estado-nación fue un proceso de siglos la formulación jurídica de un Estado global tardará, pero no siglos, gracias a las nuevas tecnologías. Un ejemplo impensable hasta hace poco: leo una encuesta según la cual algo así como la mitad de los portugueses no tendrían ninguna objeción a integrarse con España.

El mundo se fragmenta. Se fragmenta en pedazos que asumen su propia identidad local en desmedro del Estado-nación, al tiempo que surge imperiosa la necesidad de acelerar la construcción de nuevas formas jurídicas planetarias. Lo que personalmente no veo es que esa forma jurídica sea una alianza de Estados tal como lo conocemos. En mi opinión lo será de de los fragmentos localizados a que el mundo actual se verá reducido. Es así, a mi entender, porque la impotencia del Estado-nación obliga a buscar un envoltorio protector sustitutivo del antiguo contrato de cesión, uno que sólo puede encontrar en la región o localidad. Ello implica un renacimiento de las aspiraciones comunitarias como defensa -también por ello- de las interrogantes que siembra la globalización y la consecuencial pérdida de la protección que otorgaba el Estado-nación.

Si el hombre nació en África, como ha sido fielmente constatado, es posible que allí se origine la implosión definitiva del actual orden, dado que muchos de los Estados que la conforman son artificiales, en el sentido de que fueron tejidos sobre los intereses coloniales, dividiendo etnias o naciones. En efecto, es posible que se allí donde veamos el efecto devastador sobre el orden establecido, pero ello alcanzaría, igualmente, a muchas naciones que se verían fraccionadas por aspiraciones de sectores de sus miembros a autoadministrarse.

La nueva realidad global que se asoma implica el fraccionamiento del mundo que conocemos.

teodulolopezm@yahoo.com

No polaridad o declive

no polar 1

por Teódulo López Meléndez

La obviedad es que el mundo fue bipolar hasta la caída del muro de Berlín. La obviedad es que el mundo fue unipolar en tiempos remotos. De lo primero, citemos a Estados Unidos y a la Unión Soviética. De lo segundo, a Roma, para no involucrarnos en un listado extenso.

Un mundo multipolar indica la existencia de muchas potencias, cada una con su propia área de influencia y autosustentable para resolverse.

Reclamar un mundo multipolar parece un absurdo ante la realidad de los tiempos presentes cuando todo parece indicar una evolución hacia un mundo no polar. Uno donde hay actores varios y no necesariamente Estados. En la actual geopolítica de este continente hay una situación no polar, dado que Brasil no puede dirigir el subcontinente, a pesar de su influencia creciente de potencia que emerge. Menos Venezuela, limitada a pescar algunos clientes ansiosos de petróleo barato.

De lo que muchos no se han dado cuenta en el caso Honduras es que por vez primera flaquea ostensiblemente la influencia de Estados Unidos en la región. Apartando o eliminando la verborrea de una izquierda sin discurso, o con uno repetitivo y sesentoso, lo cierto es que los norteamericanos no participaron en la defenestración del ridículo hombre del sombrero y, por el contrario, ejercieron todas las presiones para evitar que el Congreso lo destituyese. La pérdida de influencia radica en que los militares actuaron por encima del embajador gringo, una especie de pretendido procónsul en Tegucigalpa. Tal desobediencia es lo que marca la nueva situación latinoamericana. Recalquemos, pues, que ahora los militares actúan contra la opinión de Washington.

Obama ha renunciado a la línea de la superioridad militar para ejercer la vigencia del imperio, comprendiendo la situación no polar del mundo y recurriendo al multilateralismo, como en el caso Honduras o en los entrelineados de sus discursos, por ejemplo,  en Estambul y El Cairo.

De allí su posición de respaldar a Zelaya, caso latinoamericano y procurar lavarse la vieja cara estadounidense de estar detrás de todo golpe de Estado en América Latina. A ello deberían ayudarlo los izquierdistas trasnochados y no empeñarse en un lenguaje absolutamente falso y desquiciado de estar acusándolo de complicidad o ingerencia en lo sucedido en Honduras.

La izquierda ebria no entiende la nueva política exterior de Estados Unidos, independientemente de si ella es válida o no, tanto para el propio actor como para el resto del mundo. Washington quiere asociaciones y para ello se hace tolerante con las discrepancias y se plantea las nuevas formas de ejercicio de su tradicional liderazgo.

El asunto de fondo es si el ejercicio de tal política lo debilitará o no, si dará resultados o no, si marcará el inicio del declive del imperio. No falta quien diga, cínicamente, que un imperio que no ejerce su poderío entra en el tobogán de la historia.

Estados Unidos se torna pragmático y de entrada ello no es malo, quizás sólo para quienes aún sueñan con su participación en el derrocamiento de gobiernos izquierdistas en nuestro continente. Su pérdida de influencia aquí es notoria, y no me refiero a la existencia de algunos gobiernos contestatarios. Me refiero a la disolución de su influencia directa, como ahora lo vemos solicitando los servicios de Brasil para aplacar la intemperancia del dictador venezolano frente a Colombia, a pesar de que el malabarista que es Lula alce su voz contra las bases gringas en ese país. Esta última acción la hace Brasil porque pretende exclusividad policial en este subcontinente.

Resulta claro que no se podía alargar la política exterior de Bush, pero el cambio implica riesgos, en primer lugar para el propio Obama quien pudiera verse derrotado en las próximas elecciones presidenciales si los norteamericanos perciben una falta de oxígeno en su preeminencia y para los propios Estados Unidos inmerso en un declive que se torne indetenible.

Es cierto que Obama puede verse desafiado, en algún momento o circunstancia, a usar la fuerza y nadie puede tener la menor duda que la usaría, pero ello marcaría el fin de su “política de inteligencia, de cooperación, de multilateralismo”. Contribuye a la sensación de declive la crisis económica que se alargará algún tiempo a pesar de los signos de freno que muestra. También es cierto que nadie llega al gobierno sabiéndolo todo y que hay un período de natural inmadurez, sólo que para la inmadurez hay poco tiempo.

Lo cierto es que la influencia norteamericana sobre su “patio trasero” –detestable expresión heredada desde tiempos de Teodoro Roosevelt y acrecentada en el mundo bipolar- está más que disminuida. Obama se inclina por la vieja tesis de Henry Kissinger que indica que para donde vaya Brasil irá el subcontinente, tesis, en mi opinión, inválida. No marchamos –insisto- hacia un mundo multipolar donde Brasil solo esté en capacidad de imponer criterios –aunque si, es obvio, de ejercer influencia-. Marchamos hacia un mundo no polar donde los llamados imperios pretenderán ser uno más en el juego, lo que, de hecho, marca el fin de la hegemonía norteamericana y donde los países emergentes se necesitarán unos a otros para resolver los conflictos, esto es, no serán autosuficientes, lo que de entrada prueba la inexistencia de la multiplicidad de polos.

Los pequeños países como Venezuela, destruidos sus aparatos productivos, desarrollados métodos alternativos de energía, en metástasis el cáncer del populismo, quedarán como bazas a jugar entre quienes mantengan su influencia sobre el devenir del mundo.

teodulolopezm@yahoo.com

La leyenda de los entornos

entorno

por Alberto Medina Méndez

En estos días, Argentina debate la permanencia en el cargo de un funcionario del gobierno nacional, que parece ser no solo muy influyente sino también poseedor de un gran respaldo político.

La circunstancia, anecdótica por cierto, pone nuevamente en el tapete, algo que podemos denominar como “la leyenda de los entornos”.

Entorno, es esa palabreja que muchos ciudadanos del mundo, han utilizado para construir una historia bastante alejada de la realidad. Los ENTORNOS pasaron a ser la perfecta justificación de muchos de los males que nos aquejan como sociedad.

Hemos inculpado mágicamente a esos hombres que pululan en las sombras del poder. Algunos de ellos son funcionarios, otros solo asesores y a veces simples personajes que merodean los pasillos de las oficinas gubernamentales.

Ellos, según esta visión, influyen de modo considerable en la mente de los líderes, los hacen hacer cosas abominables, inaceptables, utilizando perversas estrategias y manipulándolos a su arbitrio.

Esta ingenua e infantil mirada de los acontecimientos, funciona como una manera de exculpar de responsabilidades al “bondadoso mandamás” que nada tiene que ver con muchos de sus colaboradores y sus detestables prácticas.

Es que, bajo esa forma de ver la política, el trabajo inconfesable lo hacen esos “monjes negros” que componen el peligroso grupo que merodea al líder, minimizando de esa  manera, su responsabilidad  frente a las brutales consecuencias del accionar de los siniestros personajes que lo rodean.

Esa caricatura de la realidad, intenta eximir al caudillo, de las verdaderas responsabilidades que le son propias. Es que se puede delegar la tarea pero jamás la responsabilidad. Si a un dirigente se le escapa de las manos la actitud, el estilo, la acción o las consecuencias de sus colaboradores, pues no está en condiciones entonces de dirigir nada.

Es que no hablamos del funcionario que comete un error, ni tampoco de la perfección como ambición ciudadana. Se trata de ese viejo mito que dice que ciertos sujetos que no fueron electos por la voluntad popular, terminan controlándolo todo.

No resulta creíble, no se puede defender esa idea con consistencia. Los hombres y mujeres que llegan al poder lo hacen por una combinación de factores que se conjugan en forma simultanea, pero subestimar su inteligencia seria un error a todas luces.

Aceptar la historieta de que los líderes políticos son “prisioneros” de su entorno es suponer también que no son suficientemente inteligentes, o que no tienen el carácter necesario para ocupar el puesto que han alcanzado en una carrera que corren muchos pero que pocos consiguen.

Por la vía de la excepción, podemos reconocerlo, pero no como una regla que aplicamos a todos y siempre. Es que esa teoría, instalada fuertemente en la opinión pública, es demasiado piadosa con la política y sus protagonistas.

Esa concepción, pretende sostener, que el líder es honesto, bien intencionado, capaz, visionario, pero que, por error, ha decidido rodearse de gente inadecuada que tira por la borda todas sus virtudes, boicoteando sus sanas motivaciones.

Si un dirigente no sabe seleccionar eficientemente a los miembros de su equipo, estamos frente a una de las peores falencias que pueda exhibir su condición de conductor. Es que justamente su rol de orientador, de jefe, de líder, supone la presencia de ese atributo clave para desempeñar su función.

Pero esta leyenda de los entornos, construida tan burdamente, tal vez deba tener su explicación en que la clase dirigente, PRECISA de “instrumentos” de gente que haga la “tarea sucia”, de cajeros, apretadores y negociadores. En definitiva, se trata de una necesidad del líder, en la que no es victima de su entorno, sino generador del mismo.

Elige minuciosamente a cada uno de sus colaboradores, y más allá de algunas torpezas, es justamente aquello por lo que se los critica lo que explica que hayan sido convocados para la tarea, justamente esas personas.

No son entornos por error, sino perfectamente pensados, estratégicamente diseñados y con un reclutamiento profesional que implica arrastrar a sus mas leales amigos y a sus eternos seguidores, para cumplir las funciones mas complejas y menos confesables.

No es cierto que el entorno maneje al capanga de turno. En todo caso, si eso fuera cierto no estamos frente a un conductor, sino a un manipulable personaje controlado por seres mas inteligentes que él, que pueden lograr que haga lo que no podrían hacer por si mismos.

En esta historia, el caudillo político no es un espectador. En todo caso es el director de la orquesta. Creer que es una victima de sus circunstanciales entornos es no entender la música y comprar, una vez más, la “leyenda de los entornos”

Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

Corrientes – Corrientes – Argentina

http://www.albertomedinamendez.com

03783 -15602694

Skype: amedinamendez

Mirada ciega: la imagen del pensamiento

mirada ciega

por Ricardo Viscardi

(Instituto de Filosofía-Universidad de la República-Montevideo)

La imagen en la mediación

La discusión acerca de la imagen alcanzó durante el siglo XX, en particular a través de la fenomenología, un lugar significativo en la explicación de la constitución y el proceso del pensamiento. Sartre en sus escritos de juventud le da atención preferente y la considera el elemento característico de la autonomía subjetiva.[1] Derrida ve en la estructura diferencial que vincula significante a significado (imagen acústica y concepto), tal como la plantea Saussure[2], el atisbo de la desubstancialización del concepto, es decir, el umbral de posibilidad de la deconstrucción.

Un giro alternativo adviene, sin embargo,  con el trabajo de Marie José Mondzaín, en cuanto esta investigadora se sitúa en la doble perspectiva de una arqueología de la imagen y de un análisis de los medios masivos de comunicación en la segunda mitad del siglo XX, con particular énfasis en la televisión. La filiación del trabajo de Marie José Mondzaín se vincula al grupo de estudios sobre el cine, que desde el fin de los años 1950, desarrollaran figuras como Roland Barthes y Edgar Morin. Posteriormente, con el desarrollo de ámbitos específicos de reflexión sobre el cine y la teoría de la imagen en la Universidad de Paris8, así como la inscripción de esa orientación en el Collège International de Philosophie a partir de su creación en 1983, se desarrolla un núcleo de trabajos importante en torno a la teoría filosófica de la imagen, del cual participan, entre otros, Ancla Vasiliu y la propia Marie José Mondzaín.

La transformación que adviene con el trabajo de Mondzaín obedece a la progresiva significación que adquiere, en el horizonte filosófico, la rearticulación de la cultura intelectual medieval con el surgimiento del pensamiento clásico.

Esta revalorización obedece, a su vez, a la relectura que el estructuralismo y el posestructuralismo posibilitan de la crítica moderna del pensamiento clásico, en cuanto esta crítica decimonónica anclaba en los propios postulados del idealismo trascendental y de su posteridad organicista. El planteamiento de una materialidad alternativa del discurso, enfrentada al lenguaje desde un ámbito intrínseco y no desde la condición sucedánea de la conducta empírica, permitió acceder al vínculo entre pensamiento y lenguaje desde una perspectiva liberada de correlatos naturalistas[3]. Asimismo, esta liberación de la comprensión del vínculo activo entre pensamiento y lenguaje condujo a una teoría de la enunciación y a la consiguiente revalorización de la condición interpretativa propia a la individuación medieval[4].

En este contexto teórico proclive, desde los años 80, a una arqueología de la enunciación, el planteo de Mondzaín[5] se caracterizó por la identificación de la imagen como el elemento crítico de la originalidad cristiana. Desde esa perspectiva aborda el crisol teológico del pensamiento medieval, para vincular su sedimentación antropológica con la visión cristiana medular, que no es otra que la elaboración patrística de la cristología.

En ese núcleo encuentra el simulacro epicúreo una transformación conceptual radical, en cuanto la imagen no sólo vincula, sino que ante todo interviene en tanto que vehículo icónico articulador del proceso universal de la creación. El elemento decisivo del aporte de Mondzaín reside en explicar la imagen por el criterio cristológico de la mediación, antes que como efecto de una mediación incorporada en el orden natural del conocimiento, tal como se postulara desde el análisis moderno. Esto permite explicar el efecto antropológico del cristianismo, anclado en sus propias coordenadas y condiciones, así como establecer una economía simbólica de los procesos culturales regidos por el legado cristológico, en particular, por la postulación de un “tercero incluido” que articula el campo propio de la mediación.

Desde esa perspectiva antropológica la imagen arquetípica es la imagen de Cristo, en cuanto concita la pasión propia de un proceso de salvación que incluye al individuo, en tanto el propio Creador, que se hace hombre en Cristo, lo llama a participar en un mismo destino de la Creación. La imagen de Cristo en la Cruz, transida de la pasión del Creador, permite el tránsito desde la pasión de la criatura, hacia el destino que el Cristo salvador-mediador le anuncia con su propio sacrificio.

Esta identificación entre imagen de la pasión y pasión por la imagen, con su sedimentación antropológica, instala una economía simbólica con dos inscripciones principales: encarnación e incorporación. La encarnación supone la participación subjetiva del individuo en el destino de la mediación, de manera que identifica su propio destino con el del mediador y por consiguiente, con la pasión por la imagen que éste, de su lado, encarna. La incorporación supone, por la vía de la mediación que posibilita la imagen, la participación en el orden del conjunto de la Creación, en cuanto este orden se constituye a través de un proceso articulado entre los miembros del mismo orden.

Esta diferenciación entre encarnación e incorporación le permite a Mondzaín establecer un criterio para el análisis de la imagen, según la inclinación que ésta presente a preservar un equilibrio entre las dos fases de su desarrollo. De esa forma, la imagen puede ser gobernada con un criterio antropológico, estableciendo el elemento participativo que debe predominar en su desarrollo. A ese respecto, Mondzaín señala como ejemplo canónico de implementación de la imagen en favor de la dominación, en razón de una carga predominante de “incorporación” (en el sentido que Mondzaín le da al término en su teoría), la estrategia seguida por el régimen nazi en el empleo de la propaganda y más particularmente del cine.

La imagen de la intermediación

El advenimiento de las Tecnologías de la información y la comunicación (Tics) introdujo una modificación significativa en la economía de la mediación tecnológica. Esta transformación se traduce en el proceso que los especialistas denominan “convergencia”[6]. Dos artefactos son característicos de este proceso: el computador y el teléfono celular. En los artefactos que lideran los procesos de “convergencia”, distintos medios se reúnen en un único soporte, que se encuentra de esa forma provisto de una polivalencia mediática. El computador se convierte simultáneamente en transmisor de radio, televisor, emisor y receptor de correo, proyector de imagen, reproductor de música, etc. Incluso, estas funciones comienzan a estar ligadas entre sí a través de un sólo artefacto. Otro tanto ocurre con el teléfono celular.

La “convergencia” que postulan los expertos en tecnologías mediáticas se convierte, a través del análisis de Gianfranco Bettetini[7] en su contrario. No convergen en el aparato una multiplicidad de vectores mediáticos, sino que el artefacto intermedia entre una diversidad de soportes mediáticos y más allá, entre condiciones de producción y de concepción. En las Tics no nos encontramos ante un “resumen” de medios, sino por el contrario, ante una ideación expansiva que desplaza sin cesar los límites de su propia ampliación. De tal forma, el artefacto Tics intermedia entre la industria y el servicio, el soporte y el contenido, la sustancia y la forma.

El aspecto determinante de esta situación es el rol activo que la tecnología tiene en tal intermediación y en qué medida la misma tecnología postula, por sí y ante sí, los términos que posteriormente religa. Bettetini[8] ha observado que el computador se transforma, en el plazo de treinta años, de instrumento de cálculo en instrumento de tratamiento de la información, para terminar por convertirse en soporte de la comunicación. Esa transformación histórica del computador, antes que subrayar la reconversión técnica de un artefacto, destaca la división de la información que surge de la transformación de un vínculo de información (unisémico) en un vínculo de comunicación (polisémico).

Cabe preguntarse qué significa ser soporte de la comunicación, cuando la comunicación requiere, en el planteo de Derrida[9],  estar ante otro. Lo propio de la comunicación es ser alter-nativa, suponer alter, otro, como su condición de existencia. Por consiguiente, la mutación que transforma al artefacto que era soporte de información en soporte de comunicación, supone que el artificio no sólo amplifique la potencia de cálculo informativo, sino ante todo, la vinculación Incalculable de la comunicación. La extensión cuantitativa de la información, su potencial calculable y la propia instrumentación que despliega, producen asimismo un hiato en la información, en cuanto la colocan al servicio de la comunicación y la dividen, por consiguiente, en tanto que proceso atravesado por la propia alteridad.

“Sin olvidar que todos los nuevos media hacen tecnológicamente posible también la interacción entre usuarios a través de los medios, más allá de la simple interacción con lo medios: y aquí nos encontramos en el centro del campo constituido por su clasificación en una perspectiva “relacional” o comunicativa. No se trata ciertamente de una interacción natural, sino de una especie de interacción humana mediada por máquinas interactivas”.[10]

El interés que reviste para una teoría de la información la expresión “(…una especie de interacción humana mediada por máquinas interactivas”, consiste en que las “máquinas interactivas” configuran un “tercero incluido”,  por medio de la interacción de dos interpretantes que comparten sus divergencias a través de un mismo artificio. Esta división de la información es un hecho inédito en la cultura de occidente, sobre todo porque se produce subjetivamente, a través del artificio humano, circunstancia que promueve la disyunción comunicacional  a través de la misma actividad que impele la vinculación informativa. La alter-nativa de disyunción queda sustentada comunicativamente, por esa vía mediática, como efecto del mismo impulso que la impele informativamente.

Esta escena de impeler en disyunción[11] explica la intermediación (“convergencia” para  los expertos) que instalan las tics, desde el punto de vista de la tradición de la metafísica, en cuanto esta tradición, particularmente a través de su versión cristiana, entendió a la información como vinculante a partir de una fuente comunicacional, esto es alter-nativa. De esta forma, la posibilidad de la comunicación revestía cuerpo mediático en cuanto el vehículo informativo adquiriese univocidad, por consiguiente, la comunicación se determinaba a través de la unificación de las condiciones de mediación, esto es, de información. Sin embargo, el desarrollo artefactual de la información ha revertido esta perspectiva cultural, en cuanto la unificación calculable de la información, es decir, la informática, ha terminado por inficionar la propia unicidad calculable de la información al impeler, desde la propia potencia calculable de esta última, un vínculo incalculable de disyunción comunicacional.

La interrogante que deja planteada la historia del soporte informático, por su  transformación tecnológica en soporte de comunicación, plantea la trascendencia de lo Incalculable a partir de la propia información Calculable. Esta trascendencia no se dirige hacia un fin o núcleo que la satisfaga en su designio, sino que proviene de un designio que instala un más allá por medio de su intermediación informativa (“las máquinas interactivas”). Esta trascendencia no actúa, por consiguiente, bajo mandato substancialista, determinista ni finalista (onto-teo-teleo-lógicamente), es decir, en una comunicación del ser pro-vista por una existencia previa al proceso inteligente, sino como consecuencia de la entidad supra-informativa que el artefacto pone por sí mismo en comunicación.

La transformación de lo Incalculable

El elemento que plantea otra perspectiva para la metafísica, es la inscripción de lo Incalculable en la condición de la tecnología, con un advenimiento vertical de la alteridad a partir del propio núcleo de lo calculable, de forma que lo Incalculable prospera a partir de la actividad del cálculo. El vínculo entre lo Calculable y lo Incalculable como efecto de la técnica moderna fue planteado de forma insigne por Heidegger. Este efecto genera desde ese punto de vista lo gigantesco, que a su vez se encuentra superado, desde sí mismo, por la magnitud del ser que lo protagoniza:

“Car le gigantesque est bien plutôt ce par quoi le quantitatif devient une qualité propre et, ainsi, un mode insigne du Grand. Chaque époque historiale est non seulement plus ou moins grande par rapport aux autres; elle a aussi, à chaque fois, sa propre notion de la grandeur. Mais dès que le gigantesque de la planification et du calcul, de la réorganisation et de la sécurisation saute hors du quantitatif pour devenir une qualité propre, le gigantesque et ce qui est apparement toujours et entièrement calculable devient par cela même l’Incalculable. Celui-ci reste alors l’ombre invisible, partout projetée autour de toute chose, lorsque l’homme est devenu sujet et le monde image conçue”.[12]

“Lo gigantesco es más bien aquello por medio de lo cual lo cuantitativo se convierte en una cualidad propia y, por lo tanto, en una manera especialmente señalada de lo grande. Cada época histórica no sólo es diferentemente grande respecto a las otras, sino que además tiene su propio concepto de grandeza. Pero en cuanto lo gigantesco de la planificación, el cálculo, la disposición y el aseguramiento, dan un salto desde lo cuantitativo a una cualidad propia, lo gigantesco y aquello que aparentemente siempre se puede calcular por completo, se convierten precisamente por eso en lo incalculable. Lo incalculable pasa a ser la sombra invisible proyectada siempre alrededor de todas las cosas cuando el hombre se ha convertido en subjectum y el mundo en imagen”.[13]

Dos expresiones de Heidegger trasuntan, para explicar lo propio de la historialidad de la Técnica, una puesta al límite de toda magnitud, sea ésta temporal, espacial o conceptual: “(…le gigantesque et ce qui est apparement toujours et entièrement calculable…)” y más abajo “(…partout projetée autour de toute chose…)”. Pero esta puesta al límite de todo límite no proviene de una extensión inusitada (lo gigantesco en el sentido trivial que denuncia Heidegger unas líneas antes) de la actividad, sino por el contrario, de su intrínseca cualidad propia. La totalización calculista no deja lugar, al calcularlo todo, sino a algo intrínsecamente cualitativo, inédita plétora que desborda en sombra de sí misma. Este des-bordar corresponde a una inherencia plena del límite, que no queda de-limitado sino por el hombre, en tanto sujeto que protagoniza el mundo en cuanto imagen. Lo que de-limita, como puesta al límite de toda delimitación previa a su intervención des-bordante, es Incalculable porque In-Calculable.

Calculable-In-Calculable, lo gigantesco supone conversión del cálculo de todo otro en calidad propia de sí. Luego, lo otro y el sí mismo quedan de por sí, uno y otro, vinculados por la conjunción historial, como inherencia de diferenciación propia a la diferencia que se instala Entre-dos.

“Savoir l’Incalculable, c’est-à-dire le préserver dans sa vérité, l’homme ne le pourra qu’à partir d’un questionnement créateur, puissant dans la vertu d’une authentique méditation. Celle-ci transpose l’homme du futur dans cet Entre-deux dans lequel il appartient à l’être cependant qu’au milieu de l’étant il reste un étranger”.[14]

“El hombre sólo llegará a saber lo incalculable o, lo que es lo mismo, sólo llegará a preservarlo en su verdad, a través de un cuestionamiento y configuración creadores basados en la meditación. Ésta traslada al hombre futuro a ese lugar intermedio, a ese Entre, en el que pertenece al ser y, sin embargo, sigue siendo un extraño dentro de lo ente”.[15]

El “hombre del futuro” presenta un presente dividido, entre el ente en que permanece como extranjero y el ser al que pertenece partir de la meditación que lo transpone en el “Entre-dos”. Por consiguiente, el “Entre-dos” no divide, sino que reúne y conlleva el ser, donde el hombre se encuentra traspuesto por la intervención del “cuestionamiento creador” a partir de la “auténtica meditación”. La “sombra invisible” corresponde entonces a  la condición Incalculable propia al ser en el “Entre-dos”, determinada desde ese ámbito indiviso del ser. Este indiviso es la relación misma entre el hombre en tanto sujeto y el mundo en cuanto imagen, sujeto de cada cosa como una cosa de la imagen, cosas que quedan a la luz del ser que proyecta el mundo, sujeto-entre-imagen. Más allá del sujeto-entre-imagen, queda la “sombra invisible” que el ser Incalculable del hombre arroja, Entre-dos, en todas partes alrededor de las cosas del mundo.

Lo Incalculable “salta fuera de lo cuantitativo” como consecuencia de la plétora cualitativa del  propio cálculo, pero además, por todos lados alrededor de toda cosa,  se proyecta Incalculable la sombra invisible que supone el sujeto-entre-imagen. El Entre-dos concita dos Incalculables: el hombre y el mundo. Los dos están determinados por el sujeto-entre-imagen. Lo Incalculable en la “sombra invisible” de toda cosa es el mismo Incalculable propio al sujeto-entre-imagen, porque las cosas sólo arrojan “sombra invisible” ante la cualidad propia de ese sujeto-entre-imagen.

Lo Incalculable en Heidegger establece una inferencia que por su diferenciación tautológica permanece, como la Identidad de los Indiscernibles en Leibniz, supérstite de sí misma y de toda otra. Identidad y Diferencia es elocuente, en la obra de Heidegger, con relación a esa deuda que revela la tradición.

La “sombra invisible” se encuentra, desde este punto de vista, más cerca del “trop de lumiére obscurcit” de Pascal, que de la “luz natural” de Descartes. No instala una continuidad entre luz y sombra, sino una discontinuidad propia de lo Incalculable, de forma que lo gigantesco está en la desproporción de lo Incalculable ante todo otro, incluso a partir de lo Calculable. A través de la “creación meditativa” esa discontinuidad instala una continuidad antropológica que lleva a lo gigantesco, por cuanto un cálculo puede ser meditado, encerrando así una mediación intrínseca al Entre-dos del hombre, en tanto sujeto-entre-imagen del mundo.

Lo invisible no es entonces ceguera, sino oscuridad de lo que no pertenece a la mediación. Sin embargo lo Incalculable también está allí, porque su mirada sostiene un mundo subordinado a la Imagen, de forma que lo que resta en la sombra admite asimismo el mundo propio de otra imagen, que a su vez corresponde a otro Entre-dos. Lo Incalculable junto con la puesta al límite del cálculo es, por consiguiente,  puesta al límite del orden del mundo, en cuanto lo Incalculable de otro sujeto incide en la agonística de todo sujeto.

“Etant donné que cette situation s’assure, s’articule et s’énonce comme Weltangschaaung, le rapport moderne à l’étant devient, dans son déploiement décisif, confrontation des Weltangschaaungs; et non pas des Weltangschaaungs quelconques, mais uniquement de celles ayant déjà recouvré les situations fondamentales extrêmes de l’homme, et avec la dernière detérmination possible. Pour cette lutte entre Weltangschaaungs, et conformément au sens de cette  lutte, l’homme met en jeu la puissance illimitée de ses calculs, de ses planifications et de sa culture universelle”.[16]

“Como esa posición se asegura, estructura y expresa como visión del mundo, la moderna relación con lo ente se convierte, en su despliegue decisivo, en una confrontación de diferentes visiones del mundo muy concretas, esto es, sólo de aquellas que ya han ocupado las Posiciones fundamentales extremas del hombre con la suprema decisión. Para esta lucha entre visiones del mundo y conforme al sentido de la lucha, el hombre pone en juego el poder ilimitado del cálculo, la planificación y la corrección de todas las cosas”.[17]

Lo gigantesco es también lucha entre gigantes, agigantados por lo Incalculable, en cuanto éste “pone en juego la potencia ilimitada de sus cálculos, de sus planificaciones y de su cultura universal”. Esta “potencia ilimitada” inabarcable nos señala lo Incalculable como partícipe de un devenir agonístico, en el cual la “sombra invisible” supone también el agigantarse de otro, por su Incalculable cualidad propia de Entre-dos, sujeto-entre-imagen. Por consiguiente, la sombra invisible no es ceguera, ni privación de mirada, sino necesaria indeterminación para el Cálculo de lo que se encuentra Incalculablemente determinado.

La cuestión decisiva de la mediación

Lo Incalculable de la técnica tal como lo plantea Heidegger, nos lleva de retorno a la mediación, por la vía del Entre-dos, como consecuencia de la mediación consigo del sujeto-entre-imagen. Sin embargo, esta mediación es presentada por Heidegger como supeditada a condiciones e incorporaciones que no dependen de sí misma, sino que la subordinan  a lo Incalculable. Esta supeditación interviene  cuando Heidegger se refiere a la economía propia de la meditación, que supone el coraje, así como cuando se refiere a la “potencia ilimitada” que supone la Weltanschaaung, en cuanto activa potencialidades previas de los individuos y grupos. En los dos casos se aduce un recurso que proviene y adviene de forma supérstite y que el sujeto-entre-imagen no encierra en sí mismo, de forma que lo Incalculable se presenta ante todo con el carácter de fundamento, en particular, del propio sujeto-entre-imagen.

Ahora, esa supeditación de la mediación a lo Incalculable puede encerrar asimismo la incalculabilidad de la mediación y por consiguiente, su perforación metafísica más tradicional. Sobre todo, porque Heidegger atribuye a una “secreta mediación” la emanación de la imagen a partir del ente, tal como Platón concibe a una y a otro. Es claro que el reproche de Heidegger no se dirige a la mediación, sino a su carácter “secreto”. Esto podría llevarnos a retomar el análisis arqueológico de la imagen que se presenta asimismo como un horizonte antropológico en la obra de Marie-José Mondzaín, en cuanto la imagen encuentra su principio en la mediación. Abriendo la imagen a lo incalculable, Heidegger no habría hecho sino acercar la mediación a la imagen en cuanto el sujeto-entre-imagen corresponde a una mediación entre lo Incalculable y lo Calculable, que se resuelve por la meditación, es decir la mediación consigo mismo, en tanto que acto creativo. La meditación se encuentra, sin embargo, embargada por una manifestación que no proviene de la mediación, sino del propio ser, quien manifiesta una necesidad que provoca, a su vez, la transformación del hombre:

“Il s’agit avant tout et toujours de comprendre l’essence de notre âge à partir de la vérité de l’être qui y déploie son règne, parce qu’ainsi seulement s’éprouve du même coup le plus digne de questionnement qui seul donne de fond en comble maintien et cohésion à une création s’ouvrant sur l’avenir, création laissant sur place tout ce qui est simplement là (das Vorhandene) pour faire advenir la transformation de l’homme comme une nécessité jaillisant de l’être même”.[18]

“De lo que se trata en primer lugar y siempre es de comprender la esencia de la era a partir de la verdad del ser que reina en ella, porque sólo así se experimenta al mismo tiempo aquello que es más digno de ser cuestionado y que soporta y vincula desde el fundamento a un crear en dirección al porvenir, dejando atrás a lo que está ahí para que la transformación del hombre se convierta en una necesidad surgida del propio ser”.[19]

El porvenir adviene en el interior de un reino, donde el hombre llega a ser transformado por su capacidad de hacer la experiencia de (éprouver) la verdad, de donde proviene el sostén y la cohésion (maintien et cohésion) de una creación capaz de proyectarse hacia el porvenir. Se trata entonces de un porvenir y de una creación anticipadas por el ser, que por consiguiente pre-destina por su existencia previa, la propia transformación y creación, a través de la meditación, del hombre. Esta preeminencia del ser por sobre el hombre señala que el protagonista determinante de la mediación propia a la meditación es el “reino del ser” y no el hombre como tal, ante todo porque el hombre puede permanecer entre lo existente “como extranjero” (Heidegger dixit, supra), si no llega a “pertenecer al ser” en el “Entre-dos”.

La verdad tal como la entiende Heidegger no ha hecho sino perfeccionar un estatuto que ya tenía en los  griegos, en cuanto aquella condición del ser suponía una “secreta mediación”, propia al ser  comprendido por Platón en tanto que eidos:

“L’homme grec est en tant qu’il est l’entendeur de l’étant ; voilà pourquoi le monde, pour les Grecs, ne saurait devenir image conçue (Bild). En revanche, que pour Platon l’étantité de l’étant se detérmine comme Eidos (ad-spect, “vue”), voilà la condition lointaine, historiale, souveraine dans le retrait d’une secrète médiation, pour que le Monde (Welt) ait pu devenir Image (Bild)”.[20]

“El hombre griego es en tanto que percibe lo ente, motivo por el que en Grecia el mundo no podía convertirse en imagen. Por el contrario, el hecho de que para Platón la entidad de lo ente se determine como wodäe (aspecto, visión), es el presupuesto, que condicionó desde siempre y reinó oculto largo tiempo de modo mediato, para que el mundo pudiera convertirse en imagen”.[21]

La interrogante que plantea el carácter secreto de la mediación en su repliegue (retrait) consiste en saber ante quien resguarda, en ese repliegue, tal secreto. No puede ser ante el hombre, porque para los griegos éste no participa, según Heidegger, de una Bild (imagen) concebida, por ende, tampoco de ninguna imagen procedente del hombre. Por consiguiente, tal secreta mediación no puede provenir sino del ente como tal, que engendra su propia mediación de espaldas al hombre. Habrá, por lo tanto, una historialidad del encuentro del hombre con la mediación propia del ente, sólo en cuanto el hombre acceda a esta historialidad a través de su propia pertenencia al ser. Desde que ser y eidos provienen de la misma condición óntica de lo existente, que incluso se reserva una secreta mediación ante el hombre, la noción de mediación en Heidegger, incluso en tanto que inscripta en el ámbito de la meditación, se articula con el existir del ente y no con el devenir de la imagen.

Por consiguiente, el vínculo entre pensamiento e imagen permanece en Heidegger, a través de su concepción de la meditación-mediación, inclinado hacia el ente y no hacia la imagen. Incluso en cuanto el ente provee el avatar historial de la imagen. La imagen no pertenecerá al pensamiento ni surgirá de él, sino de una condición del ente que también incluye al hombre (como lo entiende Heidegger).

Esta comprensión del hombre es precisamente, en tanto que ser de la representación para el sujeto, el plano que Derrida cuestionará en el planteo de Heidegger. Este cuestionamiento es un cuestionamiento, a su vez, de la lectura que hace Heidegger de la presencialidad (pre-esencialidad-Anwesenheit[22]) en  el eidos platónico. En el pasaje de su comentario de La Epoca de la Imagen del Mundo al respecto de la determinación propia del ser del ente en tanto imagen, que se divisa en el eidos platónico, Derrida emplea dos apreciaciones distintas, que vinculadas entre sí, permiten sin embargo una observación que acerca a propósito de la mediación (cuyo propósito de mediación, como veremos, sobre todo a través de la imagen, consiste precisamente en acercar).

En un pasaje, que en su significación sigue la que presenta la traducción francesa, Derrida sitúa la condición del eidos que presenta el ser del ente, en tanto que “secreta mediación”:  “La determinación del ser del ente como eidos no es todavía su determinación como Bild , pero el eidos (aspecto, vista, figura visible) sería la condición lejana, el presupuesto, la mediación secreta para que un día el mundo llegue a ser representación”.[23]

Líneas más abajo Derrida presenta, sin embargo, una versión propia del pasaje de La Epoca de la Imagen del Mundo, en la que registra la expresión “domina mediatamente” para expresar el mismo “secreto”, que esta vez, ejerce una mediación de dominación mediatamente, o sea, por medio o a través de otro:

“Frente a eso (Dagegen), el que para Platón el ser-ente del ente (die Seiendhiet des Seienden) se determine como eidos (aspecto, vista, Ansehen, Anblick)  es el presupuesto dispensado (enviado) con una gran anticipación (die weit woraus geschikte Voraussetzung), y que desde hace tiempo reina, domina mediatamente, de forma oculta (lang im Verborgenen mittelbar waltende), para que el mundo haya llegado a ser imagen (Bild)”.[24]

Por su lado el traductor de la edición francesa vierte:

“En revanche, que pour Platon l’étantité de l’étant se determine comme eidos (ad-spect, “vue”), voilà la condition lontaine, historiale, souveraine dans le retrait d’une secrète médiation, pour que le Monde (Welt) ait pu devenir image (Bild)”.[25]

Nos encontramos entonces, ante tres acepciones distintas de “mediación” a partir de la crítica de Derrida a la presencialidad (pre-esencialidad, Anwesenheit) tal como la entiende Heidegger:

1. En la traducción de Brokmeier que corresponde a la edición francesa, la soberanía del ser-ente del ente se encuentra replegada en una “secreta mediación”, que configura una condición lejana e historial del futuro devenir imagen del mundo.

2. En la versión de Derrida, por el contrario, la destinación oculta reina y domina incluso a través de lo mediato, para que el mundo llegue a ser imagen.

3. Finalmente, en un comentario que precede a su propia traducción del fragmento, Derrida parece situarse en una posición mediana entre la que presenta Brokmeier y su propia versión del pasaje, en cuanto la condición y presupuesto propio al ser-ente del ente aparece referido a la “secreta mediación” en sí misma.

Lo que surge del cotejo de versiones del texto de Heidegger, por encima de cualquier exactitud semántica (si tal cosa fuera posible) de la traducción, es que la mediación en su concepto, las satisface a todas. Tanto a la que trasunta la soberanía del ser-ente del ente a través de una condición mediata y opaca, como en la opuesta, que inscribe en lo propio del ser-ente del ente un secreto que termina por trascender desde su soberanía replegada.

Lo que es decisivo desde el punto de vista de la mediación, en tanto mediación, es la indiferencia entre trasuntarse a través de un intermediario o replegarse en sí misma para anunciarse desde su propia soberanía, porque en los dos casos un tercero incluido (la condición mediata de un intermediario o la irradiación de una soberanía) configura la propia figura del vínculo de otros dos elementos entre sí. El “tercero incluido” actúa en tanto emisario que se patenta a través de una opacidad de lo mediato (traducción de Derrida) o a través de la impronta diáfana de una soberanía (traducción de Brokmeier), pero en los dos casos permanece vinculante, como lo propio de la mediación, un tercer elemento interno que la sostiene entre los elementos mediados.

La indiferencia de este elemento interno a la opacidad de lo mediato o a la impronta diáfana de una soberanía constituye lo propio del pensamiento, que se constituye como vínculo con otro, aunque ese otro sea ajeno al propio pensamiento. La arqué del pensamiento, tal como lo registra Derrida en tanto que envío sin origen propio, consiste en la mediación tanto en una faz opaca como en una faz diáfana:

“Esta es incluso la definición tanto de la representación como del pensamiento para Hegel: la Vorstellung es una mediación, un medio (Mitte) entre el intelecto no libre y el intelecto libre, dicho de otro modo, el pensamiento. Es una manera doble y diferenciada de pensar el pensamiento como lo más allá de la representación”. [26]

La clave para pensar el pensamiento consiste, entonces, en “una manera doble y diferenciada”, lo que quiere decir que una diferenciación interviene entre dos polos, el “intelecto no libre” y el “intelecto libre”, pero esa diferenciación es a su vez diferenciada de la condición doble y configura por lo tanto, el elemento vinculante, interno e incluido, del pensar.

Para Derrida el “tercero incluido” es originariamente, como tal, lapsario, de forma que lo impensable e irrepresentable envía, a través del intelecto no libre, lo que llega a ser representación a través del pensamiento. De esta forma el pensamiento no es sino un remitente que adopta otro, que se inventa una identidad a través del sello de la representación. Por más que este sello se imprima en imagen, no transpone ninguna visión previa, sino la invisibilidad que se antepone a una mirada:

“(El guardián de la ley y el hombre del campo sólo están “ante la ley”, Vor dem Gesetz, dice el título de Kafka, al precio de no llegar jamás a verla, de no poder llegar jamás a ella. La ley no es ni presentable ni  representable y la “entrada” en ella, según una orden que el hombre del campo interioriza y se da, se difiere hasta la muerte)”.[27]

Ceguera a distancia

La inclusión de la imagen, así como del pensamiento y la representación en la mediación, hasta el punto de más allá, en que el no-pensamiento se incorpora en lo doble diferenciado del pensar, no deja ante una mirada ciega.

El guardián de la ley, por el contrario,  pese a estar ante la ley, no la ve, porque no está ante ella para verla, sino para hacerla cumplir. Que este acto de cumplimiento genere cierto incumplimiento, nos llama a la memoria del dictum latino “Quién custodia a los custodios?”. Pero sobre todo nos señala que la regresión ad infinitum que genera una custodia de la ley, se genera en una mirada ciega a lo que la ley ordena. La mirada ciega del guardián de la ley no puede divisarla porque no tiene distancia de perspectiva suficiente, ya que su ser otro que la ley consiste en darle fuerza pública.

En  el caso del hombre del campo, la invisibilidad de la ley consiste en su excesiva distancia respecto a la circunstancia, de forma que el hombre debe forzarse a reconocerla, a punto tal que siempre se trata de un esfuerzo que se agota en el aislamiento.

¿Que sucede entonces cuando la imagen, es decir el pensamiento, es decir la mediación, es decir la distancia propia a la misma ley y a su propia fuerza, se determinan a distancia, es decir, no a partir del otro inabordable aunque des-bordante en su envío, sino a partir del mismo tele-enunciador-enunciatario que emite-recibe-a-distancia un mensaje?

Así como el guardián no está ante la ley para ver en la ley sino para darle fuerza de cumplimiento, situación que lo priva de visión legal por la propia custodia activa de la legalidad, el hombre tecno-lógico no está ante la imagen en pantalla para contemplarla en un marco inalterable, para ordenarla en un sistema de pensamiento o para divisarla en el horizonte de la experiencia, sino para hacer presente la técnica y para actualizar la virtualidad de la inteligencia. La expresión “inteligencia de la técnica” en tanto que sinónimo de “tecno-logía”, encierra otro des-pliegue, entre  “hacer presente la técnica” y “actualizar la virtualidad de la inteligencia”.

Esas dos últimas expresiones están expresando una condición lapsaria de la distancia (“hacer presente la técnica”, un presentar a otro) y una condición supralapsaria de la posición (“actualizar la virtualidad de la inteligencia”, consignar un texto). Se trata de una di-stancia lapsaria a la que se sobrepone una posición supralapsaria. Este hiato trans-bordado configura una “neutralización del acontecimiento”, en cuanto se encuentra pre-visto supralapsariamente por una condición virtual y asimismo una “anulación de la naturaleza”, en cuanto artefacto que interviene lapsariamente por una condición artificial:

“L’échouage c’est le moment où, intentionnellement cette fois, librement, délibérément, de façon calculable et calculée, autonome, le capitaine d’un navire, parce qu’il échoue à tenir le cap, prend alors la résponsabilité de toucher le fond,  -et cette décision ressemble aussi à un événement”.[28]

“La encalladura es el momento en que, intencionalmente esta vez, libremente, deliberadamente, de manera calculable y calculada, autónoma, el capitán de un navío, porque ha fracasado en mantener el rumbo, toma entonces la responsabilidad de tocar fondo, -y esta decisión también parece ser un acontecimiento”.[29]

Entre el fondo del mar y la conducción del navío no hay visibilidad y sin embargo hay di-stancia. Esta di-stancia amerita una conducción, que posiciona en una encalladura el éxito de la maniobra. El lapso del posible hundimiento ha sido salvado supralapsariamente por una mirada que no ve el fondo.  La mirada ciega no es aquí privación de perspectiva, propia del theorein griego (tal como lo expresa la traducción conceptual “ver considerando”), sino prospectiva inherente a la profundidad, aunque ciega en la distancia.

Referencias bibliográficas

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Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires.

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Muller, Ch. “En un lustro se desarrollará el “hogar digital” y la vida cotidiana estará regida por la computadora, Internet y el teléfono móvil” (2007) Búsqueda, 1º de febrero, Montevideo, pp. 34.


[1] Car il ne s’y contentait pas de donner à la philosophie , pour unique point de départ possible, la conscience, en se faisant ainsi, en termes exprès, disciple de Bergson, mais il y identifiait aussi déjà le genre de attitude où la conscience pouvait être le plus elle-même à l’imagination, ce que n’avait pas fait Bergson dans son Essai sur les données immédiates de la conscience, et même, plus particulièrement, quand elle entrait en rapport avec cette région de l’imaginaire où l’art moderne avait créé des “images mobiles”, en reproduisant de cette façon le mouvement même de la vie, mais ailleurs que là toutefois où il s’excerce directement, se trouvant alors transposé dans “l’irréel””.

English, J. “De la conscience à la psyché: une phénomenologie éclatée” (2005) Cités 22, 17-18, PUF, Paris.

[2] “D’une science qui ne peut plus répondre  au concept classique de l’epistémè parce que son champ a por originalité –une originalité qu’il inaugure- que l’ouverture en lui de l’”image” y apparaît comme la condition de la “réalité” : rapport qui ne se laisse donc plus penser dans la différence pure et l’extériorité sans compromis de l’ “image” et de la “réalité”, du “dehors” et du “dedans”, de l’ “apparence” de de l’ “essence”, avec tout le système d’oppositions que s’y enchaînent nécessairement. Platon, qui disait au fond la même chose des rapports entre l’écriture, la parole et l’être (ou l’idée), avait au moins de l’image, de la peinture et de l’imitation une théorie plus subtile, plus critique et plus inquiète que celle qui préside à la naissance de la linguistique saussurienne”.

Derrida, J. (1967) De la grammatologie, Minuit, Paris, pp.50-51.

[3] El mejor testimonio al respecto es la temprana percepción desde 1939 por parte de Emile Benveniste. Benveniste, E. (1966) “Nature du signe linguistique” en Problèmes de Linguistique Générale 1, Gallimard, Paris.

[4] Particularmente “Omnes et Singulatim” en Foucault, M. (1990) Tecnologías del yo, Paidós, Barcelona.

[5]Mondzain, M. (2002) L’image peut-elle tuer?, Bayard, Paris.

Mondzain, M. (2003) Le commerce des regards, Seuil, Paris.

[6] “Por años hablamos de productos convergentes. Lo que define el CES Internacional 2007 es que se trata de la “nueva convergencia”: la convergencia de contenido, servicios y productos…)”

“En un lustro se desarrollará el “hogar digital” y la vida cotidiana estará regida por la computadora, Internet y el teléfono móvil” (2007) Búsqueda, 1º de febrero, Montevideo, pp. 34.

[7] Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires, p.25.

[8] Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires, p.21.

[9] Derrida, J. (1967) La voix et le phenomène, PUF, Paris, p.78.

[10] Bettetini, G. Colombo, F. (1995) Las nuevas tecnologías de la comunicación, Paidós, Buenos Aires, pp. 35-36.

[11] En Derrida se encuentra la expresión “injonction-disjonction”, que vertimos por “impeler en disyunción” y analizamos en un trabajo anterior: Viscardi, R. Darse el tiempo de encallar. Tecnología, celulosa y Soberanía en el Río (Uruguay) del Otro”, Seminario Historia y simultaneidad. Política y post-historia en el horizonte de la mundialización, Collège International de Philosophie, Buenos Aires, 12 de abril de 2007.

[12] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, pp. 124-125.

[13] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid.

[14] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, p. 125.

[15] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid.

[16] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, p. 123.

[17] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid.

[18] Nota sobre “méditation” en Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, pp.126-127.

[19] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid.

[20] Op.cit. p. 119.

[21] Versión castellana de Helena Cortés y Arturo Leyte, publicada en Heidegger, M. (1996) Caminos de bosque, Alianza, Madrid.

[22]El alemán admite para “anwesenheit”, junto con la acepción generalizada de “presencia” la de “ubicación” y “asistencia”. Asimismo, admite la expresión “im anwesenhet von” (ante), “im anwesenhet von jemanden” en “presencia de alguien”. En función de esa significancia del término, que denota a través de distintas acepciones la noción de una presencia activa, entendemos pertinente la traducción conceptual de “anwesenheit” por “presencialidad”, ante todo, en razón del contexto teórico de la expresión heideggeriana.

[23] Derrida, J. (1993) La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, p. 96.

[24] Op.cit.p.96.

[25] Heidegger, M. (1986) Chemins qui ni mènent nulle part, Gallimard, Paris, p.119. Esta traducción de Wolfang Brokmeier fue revisada en ocasión de la segunda edición, por J. Beaufret, F. Fédier y F. Vézin. La primera edición data de 1962.

[26] Derrida, J. (1993) La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, p. 118.

[27] Op.cit.pp.121-122.

[28] Derrida, J. (2003) Voyous, Gallimard, Paris, p. 173.

[29] Traducción de R. Viscardi.

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