Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

    Abogado, diplomático, novelista, ensayista, poeta, editor, columnista de opinión.

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Los rasgos de la utopía

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 18, 2015

utopía 2

Teódulo López Meléndez

En 1516 Santo Tomás Moro publicó  Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia. Quedaba establecida la palabra utopía como una república óptima en una isla, en medio de un dominio absoluto de la religión católica, aunque el siguiente año de 1517 Lutero publicó sus tesis de Wittemberg lanzando la Reforma Protestante.

Moro, frente a la proliferación de eclesiásticos, plantea un Estado guiado por el Derecho Natural, uno donde existía igualdad entre los ciudadanos y una pluralidad religiosa. Era del magnitud el planteamiento que aparece lo utópico, palabra aún de origen etimológico desconocido (aunque todo indica se trata de un doble juego de significados extraídos del griego), situada la posibilidad en una isla. No había, de manera equivocada, la eventualidad de concebir tal sociedad ideal fuera de un espacio aislado en contraste con la realidad existente. En verdad el planteamiento “utópico” estaba ya en Platón con La república y en otros textos griegos. No obstante es de Moro que nos llegan utopía, utopismo y utópico, un “no lugar”, una idea que tiene en su propia esencia la imposibilidad de realización, una propuesta modélica imposible de construir.

Este Estado imaginario donde reinan la paz y la justicia se alza, obviamente, sobre la realidad real inaceptable por representar lo opuesto. Desde ese lejano 1516 muchas cosas han transformado las concepciones políticas y la idea de que todos los seres humanos somos iguales es un principio aceptado, aunque en la práctica se niegue en muchos lugares. Así mismo, aparecieron las palabras distopía y ucronía, siendo la primera de invención de John Stuar Mill para describir una “utopía negativa”, esto es, una sociedad hipotética indeseable. La ucronía, por su parte, es más bien un género literario donde la novela se sucede a partir de un hecho que en verdad sucedió de manera diferente.

Sea como sea, la utopía se ha alzado siempre como un planteamiento que señala una dirección de cambio, aunque sea un sueño inalcanzable, o como un reflejo de los anhelos de una sociedad determinada, o como una útil crítica pues muestra los límites de la política existente, o como el anuncio de la necesidad de actuar en procura de un mundo mejor.

A pesar de la evolución conceptual de la palabra utopía sigue prevaleciendo la negativa, de manera que se responde normalmente calificando de utópico aquello que parece irrealizable. No obstante hay que señalar que la búsqueda de lo utópico es calificable como un hecho antropológico básico, como expresión fundamental de la libertad, como un motor de la transformación social.

La utopía, así, aparece como asociada a la condición humana. La búsqueda de nuevos estadios sociales se hace tarea moral nacida de una insatisfacción que aparece de manera especialmente fuerte en momentos de crisis, de derrumbe o de hecatombe de un mundo. Es obvio que la utopía, posibilidad de edificar nuevos cimientos, surge en la necesidad de un nuevo orden social. La conformidad con lo existente tarde o temprano se rompe e irrumpen lo que se han dado en denominar cambios históricos, unos que han encontrado en el brote de las ideas y de los sueños el combustible necesario para percibir que no se ha llegado y que quizás sea imposible llegar, pero que el esfuerzo mismo ha producido transformaciones. No obstante, debemos precisar que no todo es quimera, sino un posible a buscar.

Un planteamiento de este tipo no constituye la aparición de una nueva ideología a engrosar la larga lista de los cuerpos cerrados que pretendían tener la respuesta a todo dentro de sus límites, axiomas y dogmas. Pueden transformarse en ello y los ejemplos históricos son abundantes. Rousseau planeaba sobre la Francia de 1879 y Robespierre resolvió mediante el terror. O El manifiesto comunista derivando en el totalitarismo de Stalin y de la URSS. No olvidemos, por supuesto, la condena de Marx al llamado “socialismo utópico” de Saint-Simon, Fourier, Proudhon y Robert Owen considerándolas irrealizables y apelando a lo que llamarían “socialismo científico”.

El componente profético de la utopía también ha llevado a la consideración de las llamada utopías clásicas que se asocian al fin de la modernidad por basarse en un fundamentalismo metafísico o, por contraste, al naufragio de las utopías esencialistas sustituidas por unas antiesencialistas y antifundamentalistas, como en el caso de Vattimo (Nihilismo y emancipación, 2003), todo como consecuencia de la caída del “socialismo real” y del desencanto con el neoliberalismo. Quizás la respuesta del pragmatismo con ideas que reclamamos para el siglo XXI se define como rechazo al escepticismo y al dogma.

No deja de venir a la mente el Quijote como un planteamiento utópico, pues en la novela de Cervantes se plantea una sociedad alternativa. En el terreno de la poesía Marío Benedetti publico Utopías y Eduardo Galeano dejó dicho ¿Para qué sirve la utopía? / Sirve para eso:/para caminar. 

 

Los rasgos de la distopía

Hay quienes se empeñan, no obstante, en señalar en toda utopía una especie de protofascismo primitivo y un idealismo opuesto al realismo democrático. Hay quienes, creo, se olvidan de la distopía, aún admitiendo que toda utopía lleva dentro una. La perfección de las sociedades humanas puede considerarse utópica, pero no buscarla es lo que engendra las distopías. El planteamiento de una democracia posible, por ejemplo, en sustitución de la representativa, es producto de una insatisfacción y a las insatisfacciones se las debe colocar en el camino de las transformaciones. El ser humano se actualiza y en su búsqueda especula y piensa en las nuevas formas. En innumerables ocasiones la vigencia grosera de una distopía sólo puede enfrentarse mediante el diseño de formas alternativas sustitutivas y superiores.

No hablamos de escuelas ni de clasificaciones, de asuntos referibles a lo que se ha dado en llamar el “pensamiento utópico”. Hablamos de una exigencia mental de posibilidades partiendo de la base de que las realidades existen para ser cambiadas. En otras palabras, siempre es posible presentar alternativas a un presente desagradable mediante la estructuración de nuevos significados y significantes para los conceptos agotados. Así, democracia no es ya lo que definíamos en el siglo XX. Ahora hay una perspectiva de empoderamiento, de control y de ejercicio que busca sustituir a los enquilosados procedimientos de una burocracia enclaustrada.

La modernidad, con todo lo que representó de confianza en la razón y en la ciencia, nos presentó la posibilidad de un progreso continuo e indetenible. La postmodernidad nos muestra sus fallos y fracasos y la necesidad de inventarnos el siglo XXI, uno requerido con urgencia de ideas y desafíos. Algunos consideran el realismo político como el contrario a la utopía social, cuando, en verdad, el pragmatismo que requieren los tiempos exige más ideas y más sueños.

Ya está dicho que no se puede pretender convertir una utopía en una teoría científica. Es menester recordar que desde el “socialismo científico” lo que nos ha quedado es la presencia de una ideología, lo que es otra cosa, una y unas absolutamente agotadas por sus pretensiones de ser cuerpos cerrados de doctrina con respuestas para todo y, en consecuencia, derivaciones de cárceles al pensamiento. De ese pragmatismo con ideas que he mencionado debe haber abundancia de planteamientos a confrontarse sobre las posibilidades de organización política y económica, sin que falte una ética cívica.

Los fracasos del siglo XX, y los que se permiten extenderse en estas primeras décadas del XXI, obligan a lo que mencionábamos, a la confrontación de las ideas como expresión natural de lo humano, al enfrentamiento de las contradicciones y, en el campo específico de lo político, a considerar la democracia como una interrogación ilimitada. Los incumplimientos históricos dieron lugar, y dan, a las distopías. Seguir jugando a las viejas definiciones equivale a sumirse en paradigmas agotados y a cancelar toda posibilidad de transformación. Las distopías son la advertencia, dramáticas y crueles, de los desvaríos.

En su origen griego “dis” significa malo y “topos” el lugar. En otras palabras, distopía viene a ser una utopía negativa, es decir, aquel lugar donde se transcurre indeseablemente, de manera contraria a lo que sería el ideal.

Distópica es 1984 de George Orwell, pero la creación escritural no se basa en el aire, hay un fundamento real para reflejar un drama. La advertencia literaria es una cosa, pero las sociedades distópicas existen. Eso tenía en mente John Stuart Mill,  cuando en 1868 inventó la palabra en un discurso parlamentario.

Las distopías van hacia la derivación totalitaria, hacia un capitalismo-socialismo de Estado, hacia una mediocridad generalizada que hemos llamado decadencia y a sociedades que se agotan en sí mismas llegando al aislamiento y a la propaganda convertida en política de Estado.

La presentación de una utopía puede esconder una distopía, o una pretensión de tal. La manipulación –lo que hemos llamado el poder como estrategia- apunta en ese sentido. La distopía a un conocimiento profundo de la gente, incluidas las prácticas para lograr su respaldo.

La distopía implica la construcción de un gigantesco imaginario. El pesimismo, el fatalismo y el miedo son sus logros. Toda distopía propone la creación de un mundo nuevo, es decir, un “altermundismo”. Este “mundo feliz” equivaldría a la dictadura perfecta, una donde el placer sería servir al amo con orgullo.

Una distopía es siempre una patología en la cual se falsea una historia, tal como se hace con cada momento del presente, convirtiéndose la irracionalidad en ideología, siempre basada en el “pueblo”, la “patria” y en la “defensa de los oprimidos”.

En una distopía vemos surgir una nueva clase que suele ser perturbada con señalamientos de enriquecimiento ilícito y de las cuales se defiende con propaganda que pretende probar que está en construcción una utopía.

La distopía repite los lemas de la utopía y logra lo que esta pretendía desterrar, a saber, la desesperanza, la falta de humanidad y de sentido vital. La distopía es invasora, amenazando que irá casa por casa, dejando en claro así que la libertad está limitada.

Sin una oferta de identidad los habitantes seguirán siendo distópicos errabundos que se la gozan.

tlopezmelendez@cantv.net

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La reconstrucción fundacional de una república y otras referencias

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 14, 2015

revoluciones

Marisol Bustamante

Revolución Liberal, Revolución Liberal Restauradora, Revolución Legalista y hasta Revolución Bolivariana han sido desde 1830 y hasta nuestros días las denominaciones asignadas por los  diferentes gobernantes republicanos a sus proyectos políticos. Desde Guzmán Blanco, J.V Gómez, Cipriano Castro (1899) y hasta Hugo Chávez se han caracterizado por sus propuestas políticas cargadas de un personalismo mesiánico y tradicionalista, promoviendo –por todos los medios posibles- la implantación del factor político como centro de la sociedad. De tal manera, que los mecanismos y estrategias aplicados por el actual gobierno desde 1998 no se presentan como una novedad en sus prácticas políticas; más bien, ha tomado de experiencias anteriores todo lo necesario para su permanencia en la máxima jefatura de gobierno. Esto incluye: reformas constitucionales, convocatorias al poder constituyente, el uso de la fuerza constituida del Estado, el uso de la propaganda y de los medios informativos y la persecución a dirigentes contrarios al gobierno de turno. Si para alguno de mis apreciados lectores esto le parece conocido porque cree que lo estuviera viviendo en carne propia, le informo que esto no es ninguna novedad y que la diferencia sólo está en las circunstancias de cada momento histórico.

Los proyectos políticos anteriormente mencionados, representan una referencia elocuente del manejo de la memoria histórica de los venezolanos para la presentación e implantación de los mismos: el recurso histórico ha orientado la legitimación de estos proyectos, centrando todos sus esfuerzos mediáticos en el factor político como organizador de lo social. Lo cual, enclava a la sociedad al servicio del gobierno que lo convoque. Por ello, el hecho de que la politización sea algo de reciente data tampoco es una novedad, ni de este siglo ni del pasado: estos proyectos políticos, utilizan la estrategia de la Reconstrucción Fundacional cuyo fundamento está en referenciar los distintos episodios históricos para legitimar sus gobiernos rechazando cualquier vinculación con el pasado y presumiendo elementos innovadores o de cambio.

Los gobiernos republicanos orientados bajo este modelo personalista, que elevan lo político sobre social  -imbuidos todavía en la mentalidad de Capitanía General- devienen en pobreza y en el aumento de los males sociales: la necesidad de aceptación popular los obliga a ofrecer planes de desarrollo que al final terminan siendo incumplidos. El periodo bipartidista es ejemplo de ello, lo cual degeneró en una crisis política, económica y social creando así las condiciones para legitimación de la propuesta liderada por el ex presidente Hugo Chávez.

En la actualidad el complejo y turbulento escenario nacional, requiere –a mí entender- de alternativas con mayor vinculación al tejido social: los procesos de transformación, implican en su esencia la transformación de la cultura de los pueblos. Por ello una verdadera propuesta de cambio debe privilegiar lo social por encima de lo político. Sólo de esta manera, los ciudadanos entenderán la importancia de su participación como constituyentes y garantes del desarrollo nacional.

POLITÓLOGA ESPECIALISTA EN GERENCIA PÚBLICA

 

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La candidatura de Hillary Clinton

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 12, 2015

Audio de Teódulo López Meléndez

Hillary Clinton

 

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La Cumbre de Panamá

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 11, 2015

Audio de Teódulo López Meléndez

Obama y Castro

 

http://www.ivoox.com/cumbre-panama_md_4340496_wp_1.mp3 <a href=”http://www.ivoox.com/cumbre-panama-audios-mp3_rf_4340496_1.html&#8221; title=”La Cumbre de Panamá”>Ir a descargar</a> 

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Obama, Irán y el Oriente Medio

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 11, 2015

Irán

Fernando Mires

Las líneas generales del pacto nuclear entre Irán con los EE UU (o si se prefiere, con el P-5+1+UE) ya están trazadas. La redacción final a ser elaborada antes del 30 de Junio del 2015 será ardua en los detalles y no faltarán intentos por boicotearla -desde Arabia Saudita, pasando por el conservadurismo de Israel y el fundamentalismo iraní, hasta llegar al propio senado norteamericano- pero el proyecto está configurado en lo esencial. El programa de enriquecimiento será limitado y supervisado durante 25 años; dos tercios de las capacidades de enriquecimiento de uranio permanecerán bajo permanente supervisión durante los primeros años del acuerdo e Irán reducirá a 6.000 el número de centrifugadoras sobre las 19.000 que tenía.

Fue un resultado difícil. Razón que explica por qué tanto Alemania como Francia, estando de acuerdo en todos los puntos, manifestaron reservas bajando el tono eufórico usado por Obama cuando dio a conocer la noticia. En cierto modo ese pacto es también, si consideramos los plazos a los que será sometido, una apuesta con la historia. Nadie sabe por ejemplo como serán las relaciones entre los EE UU e Irán en 25 años más. O si en los EE UU llegarán alguna vez a imponerse los republicanos más ultraderechistas. Lo mismo ocurre con Hasan Rohani. ¿Podrá él neutralizar al fundamentalismo radical ordenado en torno al Iman Saeed Jalili, hombre duro de la nomenclatura teocrática? Eso tampoco nadie lo sabe. Pero así se hacen los acuerdos internacionales: desde aquí hacia el futuro; jamás desde el futuro hacia aquí.

Sabiendo el terreno resbaloso que pisan, Obama y Roani han remarcado que se trata solo de un pacto limitado a su texto y por lo mismo si una de las partes deja de acatarlo pierde de inmediato vigencia. Nada más ¿Nada más?

Hay algo más, y eso lo saben Obama y Rohani. El pacto pondrá fin a un largo periodo de hostilidades entre EE UU e Irán. Con ello no desaparecerán las diferencias. Lo que ha cambiado es que estas serán puestas bajo formato político. La diplomacia tendrá la primera palabra.

Ahora, si nos atenemos no solo a la letra del pacto sino a su momento histórico, podemos advertir que contiene un potencial que va más allá del simple contenido. Efectivamente, con la firma del pacto, Irán, habiendo dejado atrás la principal barrera, puede llegar a convertirse en un buen socio comercial de los EE UU. El paso próximo deberá ser el levantamiento de sanciones. Si les fueron levantadas a Cuba, no hay ninguna razón para no hacerlo con Irán.

Vale la pena afinar la idea: Ni el pacto nuclear ni la posibilidad de relaciones comerciales han convertido a Irán en aliado político de los EEUU (Cuba tampoco es un aliado) y eso lo saben los conservadores norteamericanos e israelíes, tan interesados en desvalorar el sentido del acuerdo. Sin embargo, ellos como políticos conocen las diferencias entre una alianza militar, una sociedad económica y una alianza política.

Entre EE UU e Irán solo existía antes del pacto una alianza militar en contra de un enemigo común: los ejércitos del Estado Islámico. Después del pacto han sido, además, creadas condiciones para una alianza comercial (al igual que con Cuba). Si estas llevarán a una alianza política es una hipótesis que por el momento no puede ser barajada. La política internacional se basa en situaciones, no en eventualidades.

Por supuesto, la alianza militar en la lucha común en contra de ISIS no llevó de por sí al pacto nuclear. Pero sí a un mayor acercamiento. Tampoco está escrito que el pacto nuclear conducirá a una intensificación de las relaciones comerciales y políticas entre ambas naciones. Pero de seguro, las facilitará, entre otras cosas porque los dos gobiernos están muy interesados en que así sea. Roahni quiere sacar al país del marasmo dejado por el populista Amahdineyah y convertirlo en una potencia económica regional. Obama está interesado en impedir el avance económico de China en la región y de paso cerrar las puertas del Oriente Medio a la Rusia de Putin.

Además, si logra el apoyo de Irán, EE UU podrá liberarse en parte del chantaje al que está siendo sometido por el sunismo radical de Arabia Saudita. Pues para nadie es un misterio que no pocas divisas petroleras son utilizadas por fracciones sauditas para financiar a los suníes de ISIS cuyo objetivo central es apoderarse de Irak. En ese proyecto ISIS, y en cierto modo Arabia Saudita, chocan con Irán. Ese choque tiene lugar por el momento en Yemen.

En Yemen existe una doble lucha de poder. Por una parte, los partidarios del expresidente Abd Rabbuh Mansour Hadi, apoyados directamente por Arabia Saudita y otros países petroleros como los Emiratos, Kuwait, Bahrein, Qatar e indirectamente, por todos los países miembros de la Liga Árabe. Por otra parte, los clanes Huthi que adhieren a una rama del chiísmo (zaidí) y apoyan al ex presidente Abdalá Alí Saleh. El problema adicional es que dicho conflicto es a la vez una una guerra de representación entre el sunismo saudita y el chiísmo iraní.

¿A quiénes apoyará EE UU? ¿A sus aliados tradicionales suníes o a sus nuevos interlocutores chiíes? Hay empero otra pregunta: ¿Por qué tiene que apoyar a unos en contra de otros? Lentamente los gobiernos de EE UU deberán entender que en un mundo tan complejo como es el islámico no pueden estar en todas partes a la vez. O dicho de modo algo más brutal: deberán entender que si a los pueblos islámicos les encanta matarse entre sí, es cosa de ellos y de nadie más.

Lo importante es lo siguiente: por primera vez en su historia EE UU se encuentra en condiciones de establecer un complejo de relaciones con las potencias más grandes del mundo islámico: Una alianza militar y comercial con Irán, comercial -y bajo condiciones muy limitadas, militar- con Arabia Saudita, comercial, militar e incluso política con Egipto y Turquía.

No deja de ser interesante mencionar que apenas fue dado a conocer el pacto, el presidente turco Erdogan anunció un viaje a Teherán deponiendo en menos de un día diferencias mantenidas durante años con Irán.

Entre Irán y los EE UU, hay que reiterarlo, no existe ninguna alianza política. Todos saben que la línea para alcanzar ese alto estadio pasa por el reconocimiento iraní al Estado de Israel. En ese sentido el primer ministro Netanyahu, al exigir que dicho reconocimiento sea incluido dentro del pacto nuclear, está presionando, tal vez sin darse cuenta, para que la alianza entre los EEUU e Irán no solo sea militar y comercial sino, además, política.

Alguna vez, nadie sabe cuando, la Liga Árabe y las naciones chiíes reconocerán al Estado de Israel. Muchas gobiernos que no lo reconocen ya practican intensas relaciones económicas con la pequeña gran potencia. Pero ese reconocimiento solo puede ser posible si entre los EE UU y la mayoría de las naciones islámicas tiene lugar un proyecto que lleve a una distensión estable y duradera. Por el momento, una utopía.

Hay, sin embargo, utopías realizables. Si alguien hubiera dicho años atrás que un día multitudes de jóvenes iraníes saldrían a las calles con retratos del presidente de los EE UU para saludar a la promesa de prosperidad que el acuerdo nuclear porta consigo, habría sido tomado por loco.

La experiencia indica que los grandes cambios internacionales son el resultado de agotadoras conversaciones bilaterales. Con ese espíritu Obama viajó a la Cumbre de Panamá. Pero antes de hacerlo se preocupó de extender una invitación a la presidenta de Brasil para que visite la Casa Blanca. Es decir, primero los pescados más grandes. Después, si es necesario, las sardinas. Una conversación frente a frente con un fuerte antagonista vale más que cien discursos. Esa fue la lección de Lausanne.

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Distopía

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 8, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal”(miércoles 8/04/15)

distopía

 

http://www.eluniversal.com/opinion/150408/distopia

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Solo les importa el costo político

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 1, 2015

costo político

Por Alberto Medina Méndez

Cierta ingenua actitud cívica lleva a creer a muchos que la dirigencia política espera disponer de propuestas viables para tomar las determinaciones necesarias que contribuyan a mejorar la calidad de vida de todos.

Si bien algunos casos aislados corroboran que es una excepción, la inmensa mayoría de los políticos no siguen la dinámica que la gente imagina. Ellos, por naturaleza, solo intentan sumar votos, usando la demagogia como arma predilecta, para posicionarse de cara a la siguiente elección.

Mucha gente bien intencionada, supone que la clase política no resuelve los problemas porque nadie les acerca proyectos para llevar adelante, o porque no disponen de los conocimientos suficientes para abordar esas obviedades.

Aducen que abunda una inocultable mediocridad imperante y una ignorancia inadmisible de parte de quienes conducen los destinos de todos, sin advertir que sucede algo mucho más simple y evidente. Solo se trata de una postura muy ruin, plagada de gran desinterés y una mezquindad a prueba de todo.

En realidad, lo habitual es que no lo hagan porque no les reditúa desde lo electoral, no les trae votos, o lo que es peor aún, porque de hacerlo, de acceder a la inquietud, pagarían elevados costos políticos privándose de ciertos apoyos esenciales para seguir en la carrera elegida.

Visto así, todo parece ser demasiado negativo. Ellos no quieren soluciones y no harán nada que les implique “pagar” esos costos. Frente a esto, aparece la resignación y la impotencia se multiplica. Por eso la ciudadanía debe revisar su propia conducta, su recurrente reacción frente a lo cotidiano.

Los políticos tradicionales saben que la sociedad se mueve por espasmos para luego someterse mansamente, sin dignidad. Ellos saben que si tienen un poco de paciencia, todo pasará y retomarán el control, como siempre

Es menester convertir esa aparente mala noticia, en una ocasión conveniente. Se debe intentar capitalizar ese hecho y revertirlo para transformar el obstáculo en ventaja, la debilidad en fortaleza, utilizándola como una herramienta eficaz que permita impulsar el cambio anhelado.

Entender como razona la política, como piensan los dirigentes, ayuda a superar esa infantil conducta ciudadana que solo consigue aumentar la eterna impotencia, la frustración de rutina, consigue enfadar a todos y no permite direccionar las energías hacia lo posible y positivo.

Si bien no todos los asuntos son susceptibles de este procedimiento, bien vale la pena intentarlo allí cuando sea posible. Incorporar esta visión, ayudará a que la sociedad sea mucho más efectiva en sus demandas y definitivamente convierta sus habituales molestias en una gran oportunidad.

También le será útil a la política, cuando comprenda que ciertos ardides propios de su actividad, ya no tienen la misma vigencia y son insuficientes para disimular las genuinas preocupaciones que la gente esboza con razón.

La labor consiste en evaluar previamente todo, con profundidad en el análisis, pero al mismo tiempo con serenidad e inteligencia. La idea es encontrar una forma de plantear la cuestión de fondo para colocarla, luego, en términos concretos y para que su eventual desatención le genere a la política un costo electoral tal que no le permita ignorar el asunto jamás.

Para que el dirigente tenga que actuar, para que comprenda que no tendrá otra chance que ocuparse, para que el letargo, la abulia y la negligencia no lo invadan, resulta clave acertar en la selección del camino a recorrer. Por eso esta etapa de adaptación ciudadana puede llevar tiempo y esmero.

No siempre el abordaje será eficaz. Es probable que ciertos reclamos no encuentren nunca el modo adecuado de “construir” argumentos que signifiquen un circunstancial costo político tan importante que haga revisar la sostenida decisión del mandamás de turno.

Con un diagnostico certero, la ciudadanía puede llevar adelante un plan con expectativas de éxito, reclamar con absoluta contundencia y poner en apuros a toda la dirigencia. Cuando el asunto toma relevancia, cuando la escala del problema es indisimulable, el político tomará nota de lo que ocurre, se interiorizará a fondo y finalmente hará algo al respecto.

Si la estrategia seleccionada no es la pertinente y la implementación es débil, timorata y deficiente, no se puede esperar otra cosa que más de lo mismo. Por eso es central concentrar los esfuerzos en lo correcto. No pasa solo por quejarse y explicitar la bronca. Es bastante más complejo que eso.

Esta no es una fórmula mágica, pero tiene más probabilidades de vulnerar las férreas defensas que la política contemporánea coloca para evitar los embates ciudadanos. Los dirigentes prefieren la calma de los escritorios, la comodidad de las campañas electorales superficiales y no desean enfrentar a un electorado astuto y perseverante que los fastidie a diario.

El desafío es entender como funciona y hacer entonces los deberes como corresponde. Si los ciudadanos de este tiempo quieren cambiar la perversa inercia vigente, deberán pensar primero y actuar después, teniendo en cuenta como se mueven quienes toman las decisiones importantes. Existen ejemplos cotidianos, aunque no tan frecuentes como sería necesario.

Después de todo, los políticos son absolutamente predecibles y esa es una ventaja enorme para los ciudadanos. Hay que recordar que solo registran aquellos asuntos cuya falta de resolución les implica pagar costos políticos.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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El poder como estrategia

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 30, 2015

El poder como estrategia

 

Teódulo López Meléndez

 

Max Weber (Sociología del poder: los tipos de dominación, Alianza (2012) definió al poder como la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, incluso contra toda resistencia y cualquiera fuese el fundamento de esa probabilidad.

Esta definición ha pesado a lo largo de la historia de la ciencia política, no sin profundos choques, del marxismo por ejemplo, hasta las más actuales concepciones. Ciertamente el concepto de poder se ha hecho elusivo, disperso, siendo Michel Foucault quien en la contemporaneidad lo abordó con mayor ahínco.

  La ciencia política ha procurado desmenuzar un concepto que incluso se ha llegado a señalar como fuera de ella misma. Muchos lo han limitado a un subconjunto de relaciones sociales donde algunas de sus unidades dependen del comportamiento de otras no sin la advertencia de que su ejercicio lleve por condición inherente la satisfacción de los fines de alguien. En las concepciones novedosas se le considera como debe ser, como una participación en la toma de decisiones, lo que quiere significar una relación interpersonal. Aún así, en esta concepción cercana al pensamiento de Hanna Arendt (Los orígenes del totalitarismo, 1951, 1955 ALIANZA EDITORIAL), hay que recordar que sin poder las cosas que suceden no habrían sucedido, de manera que con Karl Deutsch (Los nervios de Gobierno: Modelos de Comunicación Política y Control Paidós, 1968) hay que admitir que poder significa cambio de probabilidades en los acontecimientos del mundo, esto es, la posibilidad de alterar los cambios en proceso.

   Como decíamos, en Arendt el poder se deslastra de coacción pues es una capacidad de actuar concertadamente, mientras la autoridad (distinción también vigente en Weber) es una variante que ejercen unos pocos con reconocimiento de aquellos a quienes se pide acatamiento, pero no sin distinciones pues para Arendt el poder sólo puede sobrevivir por el grado de adhesión que logre. Mantener, entonces, el ejercicio de poder sin consentimiento, se llama dictadura.

  • Foucault se centra en cómo se ejerce el poder, lo que lo reduce a un análisis de una situación estratégica compleja en un momento dado en una sociedad dada, distinguiendo entre violencia y poder, pues el poder requiere reconocimiento.  La crisis de los partidos políticos, por ejemplo, copiados en su verticalidad del modelo estalinista, han llevado a la exigencia de horizontalidad y a la aparición de las denominadas “organizaciones inteligentes” y, por ende, a una profunda revisión del concepto de poder.
  •  La caracterización de la red implica heterogeneidad, elementos dispares unidos por líneas, definidos por las conexiones. En algunos casos han tenido éxito en la conformación de un poder actuante, caso de las revoluciones árabes o de las expresiones iniciales de los llamados “indignados” y en muchos otros han derivado en Torres de Babel donde la anarquía predomina y se hace imposible cualquier coordinación, a pesar del aparente propósito común. Por supuesto que las redes no son jerárquicas, aunque los detentadores que llamaremos “poder agonizante” (partidos, sindicatos, gremios, universidades) se cierren en las suyas propias tratando de crear una verticalidad disfrazada mediante la condena de cualquier alteración. A pesar de todo, incluso del languidecimiento de la red como instrumento de cambio político, es obvio que el tradicional concepto de poder es cuestionado, al emerger como sustitutos de la fuerza y la coacción un intercambio de negociación  y de estímulo. Si lo queremos decir de otra manera, el concwepto de poder cambia con la modificación de los paradigmas, lo que nos lleva de nuevo a Foucault en cuanto a centrarse en su ejercicio y también al concepto de realidad pero, más aún, a un análisis de la complejidad donde el poder se transforma en un análisis de los objetivos perseguidos por un sector particular.
  •     Bien podríamos decir que el análisis del poder se ha convertido en un buceo en un área específica de la realidad, en una profundización en alguna situación de una sociedad. En términos de Foucault (“La arqueología del saber”) el objetivo a estudiar son las instituciones de poder, la relación entre el sujeto y la verdad, dado que esta última se produce debido a numerosas coacciones y cada sociedad tiene o adquiere una especie de “política general” de la verdad, determinando lo que asume como verdadero o falso. En otras palabras, la búsqueda debe dirigirse a la historia de los discursos y su influencia en la creación de subjetividades. Ahora bien, poder así entendido es la capacidad de imposición a otros de mi verdad, lo que el filósofo francés termina llamando biopoder.
  • La imposición del discurso es, pues, elemental procedimiento para todo régimen que pretenda construir verdades en la subjetividad de los sujetos que espera obedezcan.  En Venezuela la ritualización ha llegado a su máximo esplendor, una para la cual los venezolanos no consiguieron otras maneras de juego, unas encarnadas en maneras distintas de pensar que encarnen acontecimientos contra la estabilidad de un poder que ha asumido la especialización de construir realidad desde el discurso. El poder, así considerado, no es más que una estrategia.

 

La estrategia del poder y el poder como espectáculo

 

El poder recurre a diversas maneras para mantener voluntades a su servicio, tales como el uso del miedo, retiro de las recompensas o la permanente amenaza de castigo a la resistencia. El poder, visto así, es asimétrico y su fuente la dependencia unilateral. Puede ejercerse poder por vía de la persuasión o del entendimiento, lo que implica, aún así, una percepción de cuánto poder tiene el sujeto y cuánto está dispuesto a ejercer, vigente aún en el sistema de redes.

El poder recurre a la distracción mediante el desvío de la atención de los problemas fundamentales. Para ello suele utilizar un proceso de inundación de informaciones intrascendentes, distraccionistas, que colocan a la gente alelada en temas sin importancia. Pueden crearse artificialmente problemas para ofrecer de inmediato soluciones. Puede permitirse un desbordamiento de violencia hamponil que conlleve a exigencias de dureza, aplicar procesos de degradación de las condiciones de vida para hacer aceptable la supuesta acción correctora ideologizada del poder o recurrir a la vieja frase de que son necesarios correctivos muy duros, pero absolutamente necesarios y sobre todo, la constante recurrencia a lo emocional para cortar el ejercicio racional. Las estrategias del poder es algo que los venezolanos vivimos a diario sin que medie una comprensión de sus alcance. Así de nuevo con Foucault al aseverar que más que el poder el objeto de estudio es el sujeto, el manipulado, e ir a los objetos banales y verificar sus relaciones.

Alguien que ha profundizado en el tema ha sido Peter Schröder (“Estrategias políticas”, Fundación Friedrich Naumann / OEA 2004), desde su vieja condición de asesor de campañas hasta su transformación en un exponente de sus tesis aplicadas. No mencionamos a Schröder como un manipulador totalitario, sino como un simple ejemplo de la complejidad del trazado de estrategias para la obtención del poder, lo cual no significa que el tema sea novedoso, más bien antiguo desde que la condición humana se planteó una jerarquización que condujese a la obtención de voluntades.

Quizás sea más interesante recurrir al psicoanálisis por aquello de buscarse una respuesta ante el dolor de existir uno donde aparece la política que pretende elevar al sujeto en el territorio de una satisfacción de influjo simbólico que termina en un real inmutable, puesto que para el psicoanálisis la política siempre se ejerce por y para la subjetividades, lo que lo lleva a una desconfianza definitiva del campo político por su condición de semblante, uno que se basa en la represión de la verdad y en hacer pasar sus invenciones como la verdad misma. De aquí podemos concluir que todo discurso del amo del poder está en el territorio de lo inconsciente, al constituir un saber que no se sabe, lo que significa lo que hemos repetido: la verdad del discurso impuesto, lo que conlleva a algo peor, si se quiere: cuando la ideología totalitaria encuentra su límite culpa y penaliza a aquellos que no se identifican con ella. El esloveno Žižek habla de cómo la ideología política sólo puede construirse mediante el fantasma de la fantasía, una que no es otra cosa que un argumento que llena una imposibilidad, es decir, como una representación, lo que nos lleva a la política y al poder como espectáculo.

Hay un ritual degenerativo en la política en general y en el ejercicio del poder en lo particular, especialmente en este último que se ejerce por cadenas radioeléctricas, conmemoraciones casi diarias de actos o palabras del caudillo, en ceremonias, inauguraciones o en anuncios repetidos o en muestras de cómo se manifiesta en respeto a la voluntad de los gobernados. El poder es ahora una dimensión simbólica del ritual, uno donde se ha sembrado la supervivencia y la incertidumbre sobre el futuro.

Guy Debord (“La sociedad del espectáculo”) desde el ya lejano año de 1967 nos explicó como esta escenificación establecía una modificación ante la cual la ignorancia no tenía nada que decir. El espectáculo como poder unitario y centralizador, pues permite y desautoriza y él mismo se hace realidad. Es cierto que la práctica del ritual y de la representación no es novedosa en regímenes de poder totalitario, como quedó demostrado ampliamente en el siglo XX, pero la reaparición de sus prácticas en el siglo XXI, con modalidades y usos tecnológicos propios de los tiempos,  obliga a mirar el concepto de poder, especialmente en esta república experimental, con ojos que ya lo sacan del territorio de la ciencia política para colocarlo en otros muy diversos tal como lo hemos intentado.

 

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

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El Plan de Barranquilla: 84 años de su publicación

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 28, 2015

 Plan de Barranquilla

Por    Danny  Deward Ramírez Molina   

 

El pasado domingo se cumplieron 84 años de la publicación del Plan de barranquilla, documento político  importante considerado el primer plan de gobierno distinto a lo que era el cambio de gobierno tradicional de la  burguesía militar, al personalismo  y al planteamiento militarista  de quitar a uno para poner a otro, producto de la creencia de que eran herederos del poder por haber sido militares los próceres de la independencia.

 

El plan de barranquilla fue un documento publicado el 22 de marzo de 1931 fue  firmado por un grupo de exiliados políticos por la dictadura de Juan Vicente Gómez,  donde figuraron muchos de quienes tiempo después formaron parte de la  fundación de Acción Democrática y otras organizaciones políticas.

 

Este plan tiene una importancia histórica ya que es la primera vez que se plantea un gobierno distinto al de Juan Vicente Gómez, se plantean líneas de acción social, estructural, política que mostraban un cambio total y de 360 grados frente a los gobiernos militaristas que se venían dando en el país.

 

La elaboración del plan se dio a través de una análisis dialectico por el meto del materialismo histórico de donde se sacaron los orígenes de la situación crítica que vivía el país en ese momento,  como era: entrega de concesión es petroleras, sin libertad de expresión, persecuciones políticas por pensar distinto, prohibición de los sindicatos, un sistema educativo inexistente, un sistema de salud inexistente, vía de comunicación prácticamente nulas, elecciones de tercer grado, sin autonomía universitaria, enriquecimiento ilícito por parte de los gobernantes. Todo muy parecido con la actual realidad Venezolana.

 

Dos factores importantes analiza el plan como causa de la situación venezolana y latinoamericana: la organización político económica-semifeudal que viene desde la colonia y que no cambio con la independencia si no que más bien se afianzo en la nueva oligarquía criolla, el segundo factor la penetración capitalista extranjera que aliada con los explotadores criollos permitieron el desangre del país y de sus recursos naturales a cambio de apoyo internacional para mantener un sistema  político y un hombre en el poder.

 

Si analizamos bien estos dos factores, culpables del atraso educativo de la nación, de las epidemias y de la pobreza general en los años que el plan fue publicado, se han vuelto a concentrar en Venezuela, esta era de gobierno del PSUV ha concentrado un gobierno semi feudal, latifundista y fascista  y la nueva oligarquía criolla aliada con capitales extranjeros explotan indiscriminadamente los recursos naturales y se alían internacionalmente para mantener un grupo en el poder.

 

Alternativo a este análisis político, la dirigencia  planteo lo que ellos llamaban un plan mínimo para solventar la situación venezolana y empezar a caminar hacia el progreso algunos de los postulados más importantes de este plan son:

 

Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista.

 

Garantías para la libre expresión del pensamiento, hablado o escrito, y para los demás derechos individuales (asociación, reunión, libre tránsito, etc.)

 

Confiscación de los bienes de Gómez, sus familiares y servidores; y comienzo inmediato de su explotación por el pueblo y no por jefes revolucionarios triunfantes.

 

Creación de un Tribunal de Salud Pública que investigue y sancione los delitos del despotismo.

 

Inmediata expedición de decretos protegiendo a las clases productoras de la tiranía capitalista.

 

Intensa campaña de desanalfabetización de las masas obreras y campesinas. Enseñanza técnica industrial y agrícola. Autonomía universitaria funcional y económica. VII. Revisión de los contratos y concesiones celebrados por la nación con el capitalismo nacional y extranjero. Adopción de una política económica contraria a la contratación de empréstitos. Nacionalización de las caídas de agua. Control por el Estado o el Municipio de las industrias que por su carácter constituyen monopolios de servicios públicos.

 

Convocatoria dentro de un plazo no mayor de un año de una Asamblea Constituyente, que elija gobierno provisional, reforme la Constitución, revise las leyes que con mayor urgencia lo reclamen y expida las necesarias para resolver los problemas políticos, sociales y económicos que pondrá a la orden del día la revolución.

 

Como se puede ver el análisis de ese momento y las consecuencias de la crítica situación que vivía el pueblo venezolano en 1931 no se diferencia mucho de la situación que vivimos hoy en día.  El  retroceso de casi un siglo en el manejo de la cosa pública, en el desarrollo de bienes y servicios, en la explotación de los recursos naturales, el trato a la oposición política, la libertad de expresión, la salud, la educación y la injerencia de potencias extranjeras en los asuntos de la nación a cambio de apoyo internacional han renacido como males o taras sociales contra las que debemos volver a luchar.

 

Claro las propuestas del plan deben actualizarse aunque algunas siguen siendo una necesidad como la revisión de las concesiones petroleras y los contratos de petrocaribe, la protección de nuestros productores de la destrucción promovida por el régimen para abrirle las puertas a los productos extranjeros, garantías de libertad de expresión, culto, ideología e inclinación sexual  y sindical.

 

Por otra parte debemos anexar la nacionalización de nuevos minerales, la revisión de los enriquecimientos ilícitos,  rescate de las empresas y tierras  expropiadas para luego quebrarlas, la revisión del marco jurídico nacional eliminando del mismo todo lo inconstitucional, así como el rescate de la institucionalidad para que los poderes vuelvan a ser autónomos. Para alcanzar esto tenemos la vía de ganar la asamblea nacional y encaminar a través de ella las reformas profundas que se deban hacer en el manejo del estado, la contraloría necesaria y las reformas legales que el país reclama para así reabrirle las puertas a la democracia y lograr los cambios políticos, sociales y económicos que nos llevaran a conquistar el sueño de todos Una Venezuela Libre y de los venezolanos.

 

 

Danny  Deward Ramírez Molina

Militante de Acción Democrática

Twitter: @dannnydeward

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El error de construir una república legalista

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 26, 2015

Constituciones

por Marisol Bustamante

Erróneamente, nuestras clases políticas -las del  pasado y las del presente- han intentando construir una república a punta de Constituciones y de todo tipo de herramientas jurídicas, llámense: leyes orgánicas y superiores, decretos, resoluciones, etc. Tan desacertada ha sido esa práctica política, que teniendo Venezuela la primera constitución (1811) como república independentista de todo el continente y después de 25 constituciones a esta fecha, el país continúa produciendo leyes para generar controles como si estas fueran el recurso más importante para enfrentar toda una serie de carencias y desenfrenos  que impiden su desarrollo sostenido.

¿Es que las leyes no han servicio más que como estrategia política para la permanencia en el poder y para presumir ante los ciudadanos “los tremendos esfuerzos” de la gestión gubernamental de turno para resolver los problemas?. Cuando revisamos la historiografía y vemos que desde J.A Páez (1830), A.G Blanco (1870), J.T Monagas (1847), J.V Gómez (1908), Pérez Jiménez (1953), los gobiernos del bipartidismo (1959-1998) y hasta Hugo Chávez han hecho reformas y convocatorias de constituyente a la carta magna con el fin de adaptarlas a las necesidades e intereses de los grupos políticos de turno en el poder nos conduce a la confirmación de tal interrogante. Si los instrumentos jurídicos fueran el remedio a todos los males entonces Venezuela fuera uno de los países más desarrollados del mundo. Contrario a ello, estos gobiernos personalistas y populistas nos han dejado como resultado una economía sumida en la pobreza y niveles complejos de ingobernabilidad.

Más allá de las constituciones, ha sido la reproducción de prácticas políticas inescrupulosas, -repetimos- personalistas y populistas que han desviado los grandes principios originarios de nuestra república. Al respecto, la actual constitución de 1999 no escapa a esta revisión. Pues más allá de su capa revolucionaria e innovadora es reformista y profundiza los vicios del pasado. Por ejemplo: los constituyentistas no tocaron lo relacionado al perfil de los cargos a elección popular en sus tres niveles de gobierno. Los requisitos para elegir al Presidente de la República son los mismos de la constitución de 1961, a saber: ser venezolano por nacimiento, mayor de 30 años y otros requisitos que establezca la constitución (Art. 227) de la actual constitución. Esto quiere decir que en Venezuela cualquier ciudadano sin estudios o experiencia profesional puede ser responsable de la máxima magistratura de gobierno. Estos mismos requisitos se extienden a gobernadores, alcaldes, diputados y concejales. Cargos como estos, por su importancia y responsabilidad deben tener su nivel de exigencias y contar con un perfil académico y experiencia profesional, el cual debería extenderse al área comunitaria, entre otras.

“Si se notan úlceras no son del espejo ni es en el donde deben curarse”…..esta acertada consideración de Antonio Leocadio Guzmán, ha trascendido hasta nuestros días como parte de una serie de experiencias históricas viciadas –entre ellas la de su hijo Antonio Guzmán Blanco- que utilizaron todo tipo de subterfugios para su permanencia. En Venezuela hay varias úlceras, que no se curarán con leyes o acallando a quienes señalamos a viva voz y por cualquier medio los problemas que aquejan a la población. Somos mujeres y hombres de nuestro tiempo y como tales lo estamos viviendo, pero también lo estamos defendiendo con la mayor responsabilidad, apegados a las circunstancias que nos brinda la historia.

MARISOL BUSTAMANTE

POLITÓLOGA/DIRECTORA DE LA ORGANIZACIÓN NO GUBERNAMENTAL DIVERSIDAD Y CAMBIO

diversidadycambio@gmail.com

www.facebook.com/diversidadycambiomb

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Diplomacia

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 25, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (Miércoles 25/03/15)

diplomacia

http:/www.eluniversal.com/opinion/150325/diplomacia 

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A merced de los asalariados de la política

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 23, 2015

asalariados

Alberto Medina Méndez

El tema es tan incómodo como políticamente incorrecto para la inmensa mayoría. La política está hoy en manos de demasiados inescrupulosos, personajes de escasa formación y dudosa moral, individuos con más aptitudes para la ingeniería electoral que para gobernar eficazmente. Claro que existen excepciones a la regla, lo que solo confirma la norma general.

En ciertos países, los políticos son personas que han triunfado previamente en sus profesiones, que han logrado ser exitosos en lo suyo, que han construido un capital intelectual y económico significativo digno de ser elogiado y aplaudido. Ellos llegan a la política solo para completar el círculo, por prestigio o bien para aportar algo a su comunidad, pero ya no para enriquecerse o conseguirse una remuneración que les permita sobrevivir.

Eso no los hace intrínsecamente mejores que el resto. No es que esa circunstancia garantice que harán lo óptimo, pero se constituye en una diferencia vital para poder comprender el mecanismo que regirá las decisiones que impactarán en todos. Cuando la política está plagada de personas que buscan en esa actividad una compensación económica, se tomarán determinaciones que no priorizarán sus consecuencias en los ciudadanos, sino en como afectará sobre su propia “continuidad laboral”.

Los que llegan a la política con ese propósito, el que consigue un cargo para acceder a una retribución, sabe que cuando culmine su ciclo deberá buscar en otro lugar esos ingresos que le permitan ganarse la vida y sustentar a los propios. Si ese sujeto depende de ese sueldo para mantener su estándar de vida, si obtiene más renta en la función pública que fuera de ella, sus decisiones estarán siempre condicionadas por su situación personal.

El no pretenderá favorecer a la gente, sino conservar su puesto, sostenerse en el poder para asegurar su espacio y por lo tanto sus beneficios. Su futuro personal y el de su familia dependen de ese esfuerzo, por lo tanto, siempre se concentrará en asegurar votos. El mejor modo de lograrlo  será apelar a la interminable demagogia populista. No vino a esa función para pasar a la historia ni para generar los cambios que la sociedad necesita. Está ahí solo para subsistir por todo el tiempo que le sea posible.

La cuestión va más allá. Su dependencia salarial lo subordina tanto que ni siquiera siente la libertad de renunciar cuando así lo desee y volver a lo de siempre con dignidad. Eso lo condena a asumir con mucha cobardía las órdenes que emanan de su jefe político, a riesgo de quedarse en la calle.

Cuando se seleccionan dirigentes, resulta primordial conocer sus logros en la labor profesional. Si esas personas no han alcanzado la excelencia en lo elegido, si en el pasado no han realizado lo suficiente para mantenerse por sus propios medios, sin favores estatales, prebendas o privilegios, pues difícilmente hagan lo correcto cuando les toque en suerte gobernar.

Ellos solo esperan llegar al poder para cobrar una mensualidad. Eso podría empeorar si su objetivo incluye premeditadamente alcanzar compensaciones “adicionales” de la mano de la omnipresente corrupción estructural, esa que le ofrecerá inconfesables ganancias desproporcionadas.

Muchos sostienen que la política es para cualquiera y que todos deben tener esa posibilidad. En realidad, lo saludable sería que los mejores en los negocios, en sus actividades, en cualquier profesión, pudieran estar dispuestos a contribuir en la búsqueda de las soluciones necesarias.

Si el que ingresa a la política lo hace solo para “ganar” más, para construirse un salario, para progresar individualmente, pues entonces la que está en problemas es la sociedad toda. Cuando los que gobiernan son los que solo saben vivir del Estado, y sus posibilidades fuera de ese ámbito son escasas, pues se corre un enorme peligro y el resultado es predecible.

Ese funcionario, solo espera estar cerca del “tesoro”, ese que sueña con administrar discrecionalmente y que pretende depredar sin piedad. Si su meta es esa, si espera cobrar más allí que fuera de la política, pues entonces la sociedad será su próxima víctima por demasiado tiempo.

Lamentablemente, los que son un ejemplo en lo suyo, los que aprendieron a generar ingresos genuinamente, demostrando ser útiles a sus comunidades, no desean ser parte de la política. Al menos no en una cantidad suficiente como para evitar que la política haya sido cooptada por los energúmenos que ingresan a ella para saquear sin miramientos a los contribuyentes.

Los votantes tienen una gran responsabilidad en esto que no sucede por casualidad. Si los exitosos, se sintieran respaldados, si se estimulara a los más capaces a comprometerse con las soluciones, otra sería la historia. La visión infantil de suponer que la “política grande” es territorio de todos y que cualquiera puede conducir el barco, es tremendamente nefasta.

Como en todos los ámbitos de la vida, como en casi cualquier actividad, algunos han demostrado una habilidad superior al resto. Los mejores son los que deben estar en el juego y ser protagonistas, lo que debe poder verificarse de antemano, con credenciales y evidencias demostrables.

El aterrizaje, en el mundo de la política, de los improvisados, de los amigos del poderoso de turno, de los que solo buscan un empleo para salir del paso y ganarse algo de dinero, no conseguirá que esta sea una sociedad mejor. Creer en eso, no solo es ingenuo, sino también, un verdadero despropósito.

Más grave es rechazar públicamente esas premisas, para luego validarlas con actitudes personales cotidianas. Eso tampoco ayuda. Es imprescindible mejorar la política. Pero para eso hay que ocuparse, como sociedad, de alentar a diario, sin mezquindad, a los sobresalientes, a los que pueden exhibir con orgullo sus victorias y estimularlos para que reemplacen pronto a los parásitos de siempre, esos que pululan en el Estado. Si se esperan resultados superlativos, es indispensable extirpar a los mediocres, para que los ciudadanos no queden a merced de los asalariados de la política.

albertomedinamendez@gmail.com

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Patologías de la política

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 21, 2015

patologías

Fernando Mires  

 

Un problema al parecer insalvable de las teorías políticas reside en el hecho de que por lo común son elaboradas para sujetos históricos definidos de acuerdo a la propia teoría. Tomemos como ejemplo a las teorías marxistas y veremos como sus sujetos actúan de acuerdo a determinaciones de clase teóricamente diseñadas. O también, piénsese en las teorías liberales construidas sobre la base de supuestos individuos autónomos en condiciones de discernir claramente sobre sus intereses políticos.

Las teorías modernas no van a la zaga. Las construcciones habermasianas, por ejemplo, parten de la premisa de que la llamada sociedad está constituida por seres racionales en condición de establecer relaciones comunicativas las que deberán conducir –nadie sabe como- a la articulación discursiva de un orden democrático.

Quizás la única excepción está representada por algunos alcances teóricos de Ernesto Laclau quien al recurrir a Lacan pudo observar como las demandas sociales han de ser descifradas en el espacio difuso y opaco de las representaciones simbólicas. Pero, lamentablemente, también en Laclau los actores sociales son deducidos desde la lógica de una teoría sustentada por un futuro “estratégicamente” condicionado.

Podría entonces afirmarse que la mayoría de las teorías políticas han sido hechas para seres humanos “normales”, es decir, para un “homo politicus” ideal.

No obstante, una simple mirada a los lugares marcados por confrontaciones políticas, mostrará como ese ser humano “normal”, deducido de la racionalidad de una teoría (todas las teorías son racionales) dista de ser la regla. Más bien es la excepción.

Dicho más claramente: la llamada sociedad está formada por personas que padecen de horrorosos miedos a morir. Por lo mismo, todo análisis político debe tratar con seres imprevisibles, paranoicos, histéricos, adictos, deseantes, megalómanos, sicóticos o simplemente neuróticos. Esa es, nos guste o no, “la madera carcomida” –expresión de Kant- sobre la cual han de carpinterear quienes intentan explicar las conductas ciudadanas.

En términos psicoanalíticos, la materia de toda infraestructura humana está formada por ocultas pasiones. ¿Bajas pasiones? Exactamente. Pero no porque sean bajas sino porque están “abajo”, aguardando el momento de aparecer en la superficie, disfrazadas de lógicos intereses y sublimes ideales. En ese sentido, todas las pasiones son “bajas”.

No fue un político, fue un economista, A. O. Hirschman, quien en su libro The Passions and the Interests pudo percibir como los intereses económicos racionales son, en muchos casos, simples pasiones revestidas (sublimadas, en lenguaje freudiano). Por lo mismo, aún convertidas en intereses, las pasiones no desaparecen. Suele suceder más bien lo contrario: los intereses racionales se convierten según Hirschman, en súbditos del imperio de las pasiones.

Extrapolando hacia lo político la tesis de Hirschman, podemos observar como, más aún que la economía, la política es un espacio proyectivo, no tanto de intereses, sino de pasiones mal disimuladas. Ahí reside el trasfondo patológico de muchas representaciones políticas. Por ese motivo algunos analistas de la política sostenemos que, aunque parezca paradoja, el análisis de lo político no se agota en lo político. Hay que recurrir a otras fuentes. Entre ellas, a las psicoanalíticas.

Ahora, desde una perspectiva inversa, la práctica política podría cumplir bajo ciertas condiciones una función terapéutica. Lo dicho se explica si consideramos que la política al ser actividad pública es también un espacio de ex -presión (liberación de presiones). Las re-presiones en cambio, cumplen el objetivo de impedir que las presiones salgan hacia fuera. No existe por lo mismo la represión política. Toda represión es anti- política.

Por otra parte, la política es una zona de conflicto. Allí los unos se enfrentan con los otros a través del uso de la palabra escrita u oral. En cierto modo, más que en los consultorios, la palabra debatida puede cumplir en la política una función liberadora, pero siempre y cuando esta no se convierta en un medio de agresión. Esa es la razón por la cual tanto las prácticas políticas como las clínicas requieren de cierta supervisión. Dicha función suele estar encargada en la política a la gobernancia. La tarea principal de una gobernancia, por lo tanto, no es incentivar, tampoco anular o disminuir el conflicto, pero sí, supervisarlo

De modo más preciso: entendemos por gobernancia no solo al gobernante sino al conjunto de personas e instituciones destinadas a regular la lucha política. Es por eso que la gobernancia, al no tomar parte por ningún bando en conflicto es la menos política de todas las tareas políticas. Pero sin gobernancia la política carecería de supervisión y las pasiones se revelarían en toda su desnudez como ocurre en los regímenes antipolíticos. En otras palabras, así como hay personas que no se saben gobernar a sí mismas, hay naciones sin, o con precaria gobernancia.

La gobernancia representa teóricamente al conjunto de la ciudadanía. Luego, si la gobernancia sólo atiende a una de las partes del conflicto o monopoliza todos los poderes en la persona de un gobernante, las ex -presiones ciudadanas dejan de pertenecer a la lucha política para transformarse en lucha por la política, o lo que es lo mismo, en una lucha por la recuperación de los escenarios de la política. En ese sentido las luchas democráticas no persiguen el desgobierno sino todo lo contrario: una mejor gobernabilidad. Las protestas sociales son en ese sentido más conservadoras de lo que se piensa. Buscan, antes que nada, “poner orden”.

Fue el Papa Benedicto XVl quien al referirse a los excesos cometidos por la Iglesia en los tiempos de la Inquisición, nos habló de las patologías de la religión. Al escucharlo no pude sino recordar el cuadro de Goya: “El sueño de la razón (también) produce monstruos”. Pues en los dos casos, el de la religión y el de la razón, las patologías latentes en la condición humana logran apoderarse de instancias sublimes de la vida. Mucho más en la vida política la que al ser esencialmente conflictiva estará siempre expuesta a los embates de las pasiones más primarias. Es cierto que al final siempre ha terminado por imponerse la cordura. Pero los regueros de sangre que dejan detrás de sí esas luchas, no son para rememorar.

Hasta ahora no tenemos ninguna prueba de que las patologías sean solo fenómenos individuales. Al contrario, todo nos muestra cuan fácilmente logran adquirir dimensiones colectivas. Más grave aún si la gobernancia ya ha sido “contagiada” (transferida).

Pero lo peor ocurre al revés, a saber, cuando una gobernancia enloquecida “contagia” –o transfiere- su patología a toda una nación. En ese caso extremo la patología política podría llegar a convertirse en un trauma de profundas dimensiones históricas. Hay efectivamente naciones que no pueden apartar la vista de un pasado que nunca termina definitivamente de pasar.

 

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No les interesa resolver casi nada

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 16, 2015

Irresuelto

Alberto Medina Méndez

Aun existe demasiada gente que confunde lo que anhela que suceda con lo que realmente ocurre. A la clase política, le interesa poco y nada resolver problemas. Su tiempo se consume haciendo política, pensando en como conservar o conseguir poder. El resto es solo circunstancial.

Aunque la afirmación pueda resultar brutal, todo lo que hacen apunta a obtener una mayor cantidad de adhesiones y construir un espacio que les permita administrar su poder actual y acrecentarlo en cualquier entorno.

Quien sostenga una idea contraria a la expuesta tendrá a su cargo la difícil tarea y el gran desafío de encontrar casos específicos que lo demuestren. Claro que existen matices y que algunos encajan absolutamente en esta fotografía y otros un poco menos. Pero en las grandes ligas de la política todo tiende a parecerse a la descripción original.

En las segundas líneas, en las terceras y las subsiguientes, aun quedan vestigios de esa vocación recitada de servir a la sociedad, de esa genuina intención de muchos de aportar a su comunidad ideas y esfuerzo.

En la historia reciente abundan las crónicas que confirman que el poder solo se dedica a concentrar decisiones y sostener un esquema de control político. Las grandes trasformaciones a las que la sociedad aspira y que inexorablemente forman parte del discurso de muchos dirigentes solo son “cantos de sirena” y no nacen de sus profundas convicciones.

Las encuestas serias muestran, detalladamente, los más sinceros deseos de la sociedad. La gente quiere una justicia eficiente, ágil e independiente, una educación exigente y de calidad, un sistema de salud más humanizado, vivir en paz y armonía, en una comunidad donde las víctimas de los delitos no estén en pie de igualdad con los criminales, por solo citar algunos ejemplos.

Nada de eso se resuelve porque la política, de cualquier color, la de ahora, la de antes y probablemente la de los que vengan, no decide tomar el “toro por las astas” y hacer algo concreto al respecto.

Existe una decisión implícita de no avanzar en una línea de acción correcta. Algunos aun creen que ellos no saben qué hacer, que no se les cae una idea, que les falta creatividad y capacidad para resolver esos asuntos.

Esa sería una visión muy benévola y excesivamente piadosa. No debe descartarse de plano esa hipótesis frente a cuestiones menores, de rutina y domesticas que precisan de algo de ese ingenio que se reclama con razón. Pero en los temas trascendentes e importantes, no es ese el dilema.

El problema combina, en proporciones variables, la falta de coraje y la estricta conveniencia electoral. Salir de este perverso círculo vicioso que propone el presente, obliga a la sociedad toda a construir, como primer peldaño, un certero diagnóstico. Sin una ajustada mirada sobre lo que está pasando difícilmente pueda encaminarse a la etapa siguiente.

No menos cierto es que hoy existe una gran resignación cívica respecto a lo que ocurre a diario. Es como si los ciudadanos observaran como sucede todo a su alrededor, registraran esas inmoralidades, las identificaran con claridad, pero luego quedaran paralizados a la hora de actuar y decir basta.

Fueron, probablemente, muchas las décadas dedicadas a defender un sistema que, en sus imperfecciones, encierra tantas trampas letales en términos sociales. Se ha instalado la idea de que no puede ser objetado, y eso, tal vez, sea un gran impedimento para corregirlo y perfeccionarlo.

La democracia concebida como ese régimen que debe ser endiosado, absolutamente incuestionable, solo lleva a sacralizar los procesos electorales como si fueran la fuente de todas las soluciones. Claro que sigue siendo menos deficiente que otros conocidos que tampoco resuelven nada, al menos no con herramientas aceptables para la vida moderna.

Pero convertirlo en inmaculado puede ser un pecado superior. Su exacerbación, deformación y manipulación puede llevar a su definitiva e indeseada desaparición y a su reemplazo por esquemas autoritarios mucho mas ruines que los actuales. De hecho muchos países recorren ese derrotero apelando a maniobras despiadadas que solo conducen al abismo.

La democracia es solo un sistema de organización social y política. Minimizar sus defectos, ignorarlos o negarlos no logrará rescatarlo. La política hoy sigue sus designios al pie de la letra. Los dirigentes tienen un testeo en las urnas con plazos reducidos y eso los empuja a considerar solo aquellas decisiones que tienen impacto popular en idénticos tiempos. Todo lo que requiera muchos años e implique pagar costos políticos ahora para cosechar frutos en un futuro lejano no les interesa y se descarta de plano.

El problema de fondo, es que las gigantes reformas que se precisan, en la justicia, la seguridad, la salud o la educación, por solo citar los tópicos más urgentes, necesitan de revisiones estructurales significativas, que pueden demandar lustros para que aparezcan sus primeros resultados. Esto no es compatible con los tiempos políticos que el personaje de turno dispone para ser protagonista en el siguiente turno electoral.

Se necesitan “estadistas”, políticos con grandeza y generosidad, dispuestos a hacer lo indispensable por el bien de las generaciones futuras, que puedan olvidar las tentaciones que les plantea la dinámica electoral de la divinizada democracia. Con las vigentes reglas de juego, eso no sucederá. Si no se revisan los paradigmas de ahora, esos que la ciudadanía defiende sin cuestionarse, pues solo se puede aspirar a tener más de lo mismo o, en el mejor de los casos, una versión un poco menos cruel que la del presente.

Los individuos funcionan, casi siempre, de acuerdo a los incentivos  que perciben a su alrededor. Hoy, la política tiene estímulos electorales de corto plazo, los visualiza y actúa de acuerdo a ellos. Esperar otra cosa sería irracional, ingenuo e infantil. En este escenario, bajo esta dinámica y contexto,  se puede afirmar con bastante contundencia que a la clase política contemporánea no le interesa resolver casi nada.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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Venezuela sin tecnopolítica

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 15, 2015

tecnopolítica

 

Teódulo López Meléndez

 

 

   La irrupción de Internet, y todas sus variantes técnicas, han cambiado la política. No se trata de enumerarlas sino de comenzar advirtiendo que su presencia no sólo ha cambiado la política tal como se presentaba sino también su estructura misma. Es lo que se ha dado en llamar “tecnopolítica”, una que da formas inéditas al crear esferas públicas muy distintas de las tradicionales mutando así la propia naturaleza de la organización social.

   A lo largo de los últimos años hemos sido testigos de todos los esfuerzos por la realización de grandes movilizaciones, con resultados disparejos, pero también la aparición de toda una especulación teórica sobre las posibilidades: desde democracia directa, plebiscitaria o continua, uso electoral, vigilancia sobre las instituciones públicas y modificación radical de los procesos electorales, construcción de espacios autónomos y, por supuesto, de modificación radical de la ineficiencia de las políticas públicas. La tecnología abrió, así, un mundo lleno de promesas, desde el voto electrónico hasta la eventual construcción de una electronic town hall en una nación completa.

    El planteamiento de fondo, por encima de los entusiasmos, sigue siendo la sustitución de una caduca democracia representativa por una participación acentuada que bien puede llamarse democracia deliberativa o democracia del siglo XXI. Esto es, una democracia, como la hemos llamado, de interrogación ilimitada, una que implica acceso sin límites al conocimiento, a la transformación tajante de la relación entre dirigentes y ciudadanos y a una capacidad de movilización siempre disponible.

   Las ciencias sociales, hasta hace poco renuentes al abordaje de la tecnopolítica, hablan ahora de las multitudes conectadas, unas plenamente conscientes de sus capacidades y dispuestas a romper las inmensas limitaciones, de resistencia a la acción común, por parte de las tradicionales y vencidas maneras del ejercicio vertical de la política. La acción sinérgica se concibe como organización abierta a flujos y relaciones no fijas sino mutantes.

Sin duda han sido los jóvenes los que con mayor pasión han asumido la manera tecnológica de la política. Han demostrado en la práctica su eficacia para la aparición de nuevas identidades ciudadanas y para la revitalización del protagonismo social y político, aunque las frustraciones posteriores sean evidentes, digamos por ejemplo del caso de la primavera árabe. Aún así, son los jóvenes los más cansados de la pérdida de legitimidad de la democracia, de la falta de oportunidades y del ausentismo de los espacios deliberativos por la caída estrepitosa de los mecanismos tradicionales de intermediación. Por la vía de la tecnopolítica han encontrado la fórmula de retoma de la participación decisoria en un siglo XXI de alta complejidad, pero también de modelos agonizantes que no terminan de ser sustituidos.

La construcción de ciudadanía mediante comunidades virtuales y de software libre, ha hecho renacer un ideario de la democracia. También, como lo hemos visto en varios sucesos mundiales, modificando los modos habituales de las relaciones de poder rompiendo todo control unilateral de la información. Los argumentos críticos en contra señalan el acceso limitado a Internet o la advertencia de algún teórico de que no basta la tecnología para resolver la crisis de la democracia, tesis compartible, no sin reiterar la admisión de que la tecnopolítica permite la edificación de espacios hasta hace poco impensados que deberán encontrar en una dinámica interna la superación de la eficiente organización para llegar más lejos, a la superación de la utopía. No puede haber lugar a dudas que el ciberespacio ya está aquí como potencia instituyente de nueva ciudadanía.

Es cierto que en muchos casos Internet sigue siendo una vía desmejorada de alivio psicológico, lo que se llama del “simple hablar” y que muchos intentos se han hecho fragmentarios, intermitentes o inconclusos pero, aún así, ha seguido conformándose la interacción no mediada, el rescate del espacio público, el protagonismo común y, sobre todo, la construcción de una ciudadanía social. Digámoslo: la tecnología no basta, se requieren procesos de cambio de cultura política, de la organización de la esfera pública y de los procesos del pensamiento. Una complejidad que no debe angustiar.

 

 

En la pre-tecnopolítica

 

La política se ejercía a la espera de las decisiones de lo que comúnmente en Venezuela se dio en llamar “cogollos partidistas”. Se estaba, entonces, bajo el reinado omnímodo de los partidos políticos, unos en los cuales militar era sinónimo de orgullo y pertenencia. Los partidos se enorgullecían del número de sus militantes y de su poder de influencia, uno que se traducía en el “trabajo” de conseguir nuevos adherentes. En las sedes de los partidos políticos se hacía la política. La irrupción de la tecnopolítica llevó por ello a la frase, creo que originada en el 15M español, de cambio de las sedes a las redes.

La política era la encarnación de las decisiones verticales emanadas de la cúspide de la sede a través de los mecanismos de organización, una que era recibida como sacrosanta emanación de “la dirección nacional”, una que se fue endureciendo hasta convertirse en un cascarón hueco cuyo poder derivaba del acatamiento incondicional.

La no participación en la toma de decisiones, aunada a la esclerosis en cuanto a toda comprensión de los procesos sociales y al endurecimiento de costras dirigentes, fue parte de la democracia representativa y pretecnológica. Lo interesante a destacar es que en Venezuela se sigue viviendo, dentro de su particular y dramática situación, en el mismo punto. Tenemos una población inerme que espera instrucciones, bien sea desde las múltiples sedes o de la sede única donde ha sido implantada el entendimiento entre todas.

En la generalidad de los países irrumpió la ruptura de la comunicación unidireccional de arriba hacia abajo, con sus tradicionales medios de información de masas, a una de redes sustituyendo sedes, multidireccional, sin receptores cautivos sustituidos por una multiemisión, emisores en actividad de empoderamiento. Esta irrupción de la tecnopolítica provocó, sin que examinemos en detenimiento sus logros y fracasos posteriores, todos los movimientos de que hemos sido testigos, desde “primaveras” hasta “indignados”.

La tecnopolítica es, pues, definible como la apropiación de las herramientas digitales para permitir una acción colectiva, esto es, para permitir la reapropiación de la política por parte de los ciudadanos en lo que ha constituido el mayor desafío a lo que denominaremos “vieja democracia”, uno encarnado en un empoderamiento capaz de romper la verticalidad descendiente y frustrante de la obsoleta imposición desde arriba. En otras palabras, el avance tecnológico ha hecho posible la prescindencia de los intermediarios, la emersión de una conciencia-red con el uso de los elementos telemáticos y, claro está, la elaboración del relato desde una vocación colectiva.

Si recordamos los episodios donde Internet, o en particular las redes sociales, ha tenido un protagonismo podríamos alegar fracasos, pero siempre en las conclusiones, no en el proceso de convocatoria y de empuje. Se ha alegado que la tecnopolítica, hasta ahora, ha tenido una manifiesta incapacidad para producir procesos pues tiende a quedarse en el acontecimiento intermitente o en la carencia de un lugar a donde dirigirse después de él. Podemos admitirlo, pero el hecho mismo del cambio en la transmisión cultural hace de la tecnopolítica un fenómeno fundamental de este tiempo, lo que algunos autores definen como la superación de lo alfabético-crítico hacia lo pos-alfabético y configuracional. No olvidemos que con el uso del instrumento tecnológico estamos poniendo en comunicación a mentes de estructuras internas diferentes y a ratos incompatibles, lo que exige una mutación de la subjetividad social y la aparición de una socialización de las multitudes conectadas, lo que exige nuevas maneras de expresión inteligente y de acción colectiva. Estos “enjambres sociales” no pueden conformarse desde la simple reacción sino desde la interacción y de la movilización de la psique.

En Venezuela no se ha creado una conciencia de red, ni modificación alguna en el uso de la herramienta digital y, mucho menos, la superación de la dependencia del verticalismo que emite coordenadas y órdenes, ni una coordinación de inteligencias que deje sin efecto el poder anulatorio de todo proceso de empoderamiento que siguen emitiendo los viejos jefes de la verticalidad. En otras palabras, el pésimo uso tecnológico que se da en Venezuela ha impedido la creación de entidades sociales.

Una mirada a las experiencias vividas en torno a movimientos sociales originados en la red, puede darnos indicativos claves para comprender la omisión venezolana, como es el caso del 15-M español reflejado en libros como Tecnopolítica, Internet y r-evoluciones (Alcazan,Arnaumonty,Axebra, Quodlibertat, Simona Levy, Sunotissima, Takethesquare y Toret).

En efecto, si miramos la red como confluencia de comunicación, conocimiento y afecto, elementos de la subjetividad, debemos tomarlos como componentes de la productividad social y del común, un espacio donde se puede construir un imaginario y una autoorganización, una real comunicación intersubjetiva entre singularidades que en Venezuela continúan aisladas y atomizadas.

En otras palabras, las redes deben servir para expresar la indignación confabulada en común, (mientras aquí sigue presidiendo un exacerbado individualismo), no sin advertir que una vez producida esta se entra en serios problemas de organización. Un elemento debe ser la organización previa de diversos grupos que van sumándose al tejido de la red. Sin interconexión de estos intereses particulares hacia un punto de seguimiento común es imposible el encuentro de los valores colectivos, lo que conlleva a la recurrencia a los viejos métodos de la pre-tecnopolítica.

La clave parece ser, desde la “primavera árabe” hasta los movimientos de “indignados”, lo que los analistas llaman comunicación entre realidades –la virtual y analógica- hasta ir conformando un proceso de alfabetización digital. Logrado este objetivo se abre la hibridación de lo común conectado. Esto que en los términos actuales se llama nueva subjetividad tecnopolítica requiere un cambio drástico en los procesos comunicativos, empezando por el lenguaje. Esto es, la visualización de un estado de ánimo generalizado sumido en el aislamiento debe ser abordado desde la comprensión de la ruptura de la intermediación, desde la multiplicidad de las conexiones y hasta la aparición de la nueva subjetividad que implica la multiplicación de la inteligencia colectiva. Es menester transformar el malestar personal en proceso de politización reunida. Para decirlo de manera más precisa, las redes deben ser neuronales, sociales y digitales hasta la creación de un estado de ánimo común.

Los hábitos se modifican, se usan de otra manera las herramientas digitales y los canales de comunicación se transforman mediante la conformación del intelecto general. La nueva autonarración debe atravesar la realidad. En ello el lenguaje juega un papel esencial, dado que a lo establecido le es fácil determinar enemigos a los que puede encarcelar, pero muy difícil enfrentar sus contradicciones internas.

Internalizar lo nuevo que viene siempre de un cambio implica dejar de lado las competencias, como la aparición de la necesidad común implica olvidarse de la búsqueda de espacios de poder. Lo que se debe buscar es el conocimiento que aparecerá de la inteligencia colectiva.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

 

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López Meléndez hoy en su cuenta en Face Book

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 12, 2015

Teódulo López Meléndez publicó estas notas en su cuenta de Face Book en torno a la suspensión de la reunión de cancilleres de UNASUR en Montevideo. Para leer en orden ascendente.

En definitiva lo que corresponde a UNASUR no es un panfleto antiimperialista. Lo que tiene que hacer es manifestar su grave preocupación por el deterioro de las relaciones entre USA y Venezuela, pedir urgentes contactos bilaterales de alto nivel y ofrecerse como mediador.

 

Otro detalle: Uruguay presidente pro-tempore de UNASUR: La agresión de Maduro contra su vicepresidente provocó un llamado al embajador venezolano. No se admite públicamente, pero pesa: Maduro le dijo estúpido a Pepe Mujica por su llamado de atención sobre un golpe militar de izquierda.

 

En las acciones norteamericanas hay que leer un mensaje a UNASUR: Uds. no actuaron para bajarle la presión a la olla sino para aumentarla. Ya vieron las consecuencias.

 

Para este fin de semana se esperan fuertes manifestaciones en Brasil. El debate se concentra en la conveniencia o inconveniencia de Impeachment contra Dilma. Sudamérica no está en condiciones de jugar al “ángel protector”.

 

La convicción norteamericana de que era imposible morigerar al régimen venezolano llegó al máximo después de la visita de UNASUR a Caracas. No olvidemos que Argentina, y especialmente Brasil, están en serios problemas internos, suficientes como para evitarse complicaciones.

 

Como dije en su momento una de las razones que llevó a EE.UU a romper el muro de contención que se había impuesto fue la deplorable actuación de UNASUR en Caracas. Varias cancillerías sudamericanas están aprehensivas lo que conllevó al aplazamiento de la reunión de cancilleres en Montevideo

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La complejidad tecnológica

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 11, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (11/03/15)

complejidad 3

http://eluniversal.com/opinion/150311/la-complejidad-tecnologica 

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Política y lenguaje: Deterioro paralelo

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 7, 2015

deterioro 2

Teódulo López Meléndez

Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje.

 Octavio Paz

El tema del lenguaje ha sido siempre de interés de la filosofía. Sobre el desgaste del lenguaje o sobre la muerte de las palabras o sobre la relación entre mundo y lenguaje actuaron dos filósofos contemporáneos entre sí, como Heidegger y Wittgenstein, dejándonos expresiones como el hundimiento del lenguaje en la decadencia o de la búsqueda del sentido original de las palabras. Sobre las palabras, como signos convencionales, dejaron abierta la duda sobre la correspondencia entre ellas y los objetos.

Más allá, o más acá, de los filósofos expresando su búsqueda, encontramos la referencia directa a un deterioro del lenguaje en el siglo XXI, uno que parece compartido entre los medios tecnológicos y los actores políticos. Admitimos al lenguaje como un cuerpo vivo en constante transformación y sujeto a periodizaciones, pero también que toda descomposición del lenguaje implica una descomposición social. Quien tiene una lengua empobrecida simplemente ya no piensa.

El impacto tecnológico sobre el lenguaje ha provocado incertidumbres e interrogantes pues, en cualquier caso, están modelando nuevos procesos cognitivos y nuevas estructuras mentales. El lenguaje es expresión del pensamiento, la capacidad lingüística elabora reflexiones. El empobrecimiento del lenguaje a través del Messenger, del chat o de redes sociales con número limitado de caracteres ha sido señalado en innumerables ocasiones.

Al mismo tiempo que uno de los temas claves de las primeras dos décadas de este siglo ha sido el deterioro de la democracia; podemos apreciar un deterioro paralelo del lenguaje, de una crisis del debate público que conlleva a señalar a los actores políticos como unos vacíos de contenido y como pervertidores de este último. El lenguaje de los políticos se ha vuelto nimio, liviano, una nominación de insignificancias. La mentira descarada, la destrucción de la sintaxis, la aberrante “feminización” en ruptura de todas especificidades de nuestro idioma, la ausencia de sustancia argumentativa, el uso de todas las argucias para engañar, han convertido a los inertes ciudadanos en receptores de lenguaje corrompido. Seguramente lo que Giovanni Sartori llamaría “videopolítica”.

El filósofo italiano acuñó el término pensando en la imposición de la imagen, pero sus comentarios son pertinentes sobre la incidencia del lenguaje en el tema que nos ocupa porque se trata de una transformación radical del “ser político” y de la “administración de la política”. En efecto, este efecto distorsionador es más notorio en regímenes totalitarios, pero igual en democracias deformadas donde existe una oposición que contribuye a que los procesos de opinión no se produzcan de abajo hacia arriba sino en cascadas que se contraponen a lo que viene de abajo. En otras palabras, lo que resulta es una opinión masivamente heterodirigida que vacía a la democracia como gobierno de opinión, dado que lo que se produce con el descarrilamiento verbal es un seudoacontecimiento resultante de una manipulación. Sartori agrega a la lista las estadísticas falsas, amén del predominio del ataque y de la agresividad, como lo presenciamos a diario.

Los significados se tuercen y se define incorrectamente todo lo del ámbito público, desde poder hasta revolución, desde inflación hasta la política carcelaria, pasando por convertirlo en instrumento de violencia. Rafael Echeverría (Ontología del lenguaje, Dolmen, Santiago 1994) definió este derrumbe como “el giro lingüístico” que tomó el lugar de la razón.

Si la filosofía definió al lenguaje como el que permite el advenimiento y apertura del Ser, podemos advertir que el de los actores políticos y del debate público siembra anticipadamente la oscuridad. El empobrecimiento del lenguaje desarticula el pensamiento y sin él no hay ideas y sin ideas es imposible cualquier vía de escape de la realidad mortificante que atosiga a un cuerpo social en ese oscuro momento.

Es evidente que la palabra deterioro equivale a disminución de lo entero. No saben ya los actores de una vida pública acezante nombrar totalidades, redactar su textura. También podemos denominarlo decadencia que encuentra en la conducta desorientada su normal consecuencia. Estamos ante la ausencia del diálogo que se origina en el lenguaje y que ha sido sustituido por balbuceos, uno que sólo encarna simulación. La cesura del lenguaje transmisor equivale a sumisión social en el marasmo. La clase política no dice, dicta. El lenguaje ha sido reducido a instrumento de imposición que, por ende, elimina todo pensamiento. El lenguaje es, en la admisión de las diferencias, un reconocimiento de semejanza.  Un pueblo habita en su lenguaje de manera que el deterioro programado y ejecutado sin piedad por la clase política es un atentado a la pervivencia misma de ese pueblo.

Se recurre al eufemismo, un recurso aceptado en todos los idiomas, pero cuando un régimen, o quienes argumentan oponérsele, viven de él, se convierte en un enmascaramiento, en la forma habitual de las engañifitas, en una deformación del lenguaje que alcanza los linderos de un intento de dominación. Asistimos a diario a un emparentar  de palabras que sólo muestran vacío cultural. La vida pública se ha convertido, pues, en un territorio reservado a los depredadores. Ese deterioro del lenguaje deteriora la política y, a su vez, la política deteriora el lenguaje, en un realimentarse perverso que lo primero que aleja de la palabra es toda credibilidad.

En Venezuela hay análisis como El personalismo en el discurso político venezolano (Un enfoque semántico y pragmático) (Universidad del Zulia, Maracaibo. 1999), y muchos otros más de admirable oficio, de la profesora Lourdes Molero de Cabeza, estudio sobre los discursos de Hugo Chávez en la campaña presidencial de 1998 y durante su primer año de gobierno, donde podemos apreciar el personalismo en la perspectiva lingüística mediante la construcción del “yo” vía autoreferencias o comparación con personajes históricos. La autora destaca el estudio del discurso político desde Hobbes y el señalamiento en Austin y Searle del lenguaje como una forma de acción y a Chilton y Schaffner (Política como Texto y conversación: enfoques analíticos al discurso político) puntualizando como los términos del debate político, como los procesos políticos mismos, están constituidos por textos y habla y son comunicados por esos medios.

La política como discurso ha sido objeto de estudios desde hace mucho tiempo, en particular el lenguaje que corresponde al totalitarismo. George Orwell lo abordó en su obra fundamental 1984, pero también hay consideraciones suyas muy interesantes en un artículo publicado en 1946 bajo el título “La política y el lenguaje inglés”, donde insiste como la decadencia del lenguaje tiene causas políticas y económicas y de cómo el lenguaje se vuelve tosco por lo disparatado de nuestros pensamientos, pero al mismo tiempo la dejadez de nuestro lenguaje hace que pensemos disparates. Orwel observa como la voz de los políticos va careciendo de lenguaje nuevo, llenándose más bien de oscuras vaguedades. Si bien su crítica se centraba en el inglés son oportunos sus comentarios sobre la brecha entre los objetivos reales y los declarados y sobre los padecimientos del lenguaje en una atmósfera enrarecida.

El tema es puntual en el proceso de degradación generalizada de la política y del lenguaje al que asistimos en estas dos primeras décadas del siglo XXI, especialmente si se vive en un país donde ambos han llegado al extremo de la esterilidad. En países como España y Argentina, amén del nuestro, se vuelve a reflexionar sobre si la desvitalización del lenguaje se debe a la decadencia de valores morales y políticos o si el lenguaje no hace otra cosa que reflejar su agonía. Es obvia la presión degradante de la decadencia cultural sobre el lenguaje, apreciable en los mensajes emitidos desde el poder donde la vulgaridad y lo grotesco son mostrados como bienes adquiridos gracias al “proceso” encabezado por quienes hablan. Es tal el grado de importancia de esta caída de la palabra que podemos hacer una equivalencia con la subordinación a una voluntad despótica. En otras palabras, se trata de convertir sus cadenas significantes (llamadas en psicoanálisis “armazones de semblante”) en la verdad misma. El goce de la masa reunida, usada como escenografía, es harto difícil de superar como tal, pero es también cierto que la propia estructura de este discurso que excluye la realidad puede dar lugar a un deseo inconsciente de terminarla.

La filóloga, escritora y política española Irene Lozano nos habla en su libro “El saqueo de la imaginación” del cambio de sentido de las palabras en el lenguaje político lo que conlleva a un engaño generalizado para los valores de una sociedad y, obviamente, para la relación semántica entre las palabras. Y agrega que esta inestabilidad léxica o confusión semántica reflejan una carencia de sentido.

Ciertamente sabemos de una crisis generalizada, de un mundo agotado que se muestra incapaz de producir los elementos claves sustitutivos, a lo que debemos añadir, si es el verbo que cabe, el deterioro paralelo del lenguaje y de la política, las dos bases posibles para encontrar el camino. Por si fuera poco, el renacimiento de la manipulación lingüística llega en variados casos a tales extremos que muestran un retorno totalitario al uso de la destrucción de la palabra como arma fundamental de una neodominación. Para esta ideologización que desplaza el sentido original de las palabras Jorge Majfud encontró la expresión “narración invisible” en su texto “Teoría política de los campos semánticos”. “Palabras envenenadas”  llama Lozano a estas a las que atribuye precisamente “un saqueo de la imaginación”.

La consecuencia obvia de esta degeneración del lenguaje y de la política es la dificultad de hacer entender un lenguaje que hable con la verdad, que disienta de aquél que pronuncia el poder (de quien lo ejerce desde cualquier trinchera) y que rompa con la cascada diaria de la alteración, dado que el ciudadano ha sido degenerado a polichinela incapaz de entender para encontrarse a sí mismo.

tlopezmelendez@cantv.net

Publicado en Creatividad Internacional http://www.creatividadinternacional.com/profiles/blogs/pol-tica-y-lenguaje-deterioro-paralelo?xg_source=activity

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Lo que hay que hacer

Posted by Teódulo López Meléndez en marzo 5, 2015

opinadores

Alberto Medina Méndez

Es muy frecuente escuchar esta arrogante frase en estos tiempos. Casi todos los ciudadanos, de uno u otro modo, tienen la tentación de convertirse en ese consejero universal capaz de señalar las líneas de acción sobre las que la sociedad toda debería trabajar para su progreso.

No es que esa posición en sí misma sea incorrecta. Es saludable que la gente se interese en lo que pasa, le preocupe genuinamente lo que ocurre a su alrededor e impacta en sus vidas. Es útil tener un diagnóstico propio respecto de lo que sucede y animarse a sugerir diferentes caminos posibles.

Todo se complica, y mucho, cuando esa postura es escoltada por una conducta individual ambigua. No es que la gente no pueda, o no deba opinar. Es muy bueno que así sea. El dilema comienza cuando ese análisis agudo no está en sintonía con la labor cotidiana. No sirve demasiado decir “lo que se debe hacer” si eso no viene de la mano de un compromiso personal intransferible que conduzca a la concreción de esa anhelada visión.

Los problemas que se enfrentan a diario no precisan solo de un acertado diagnóstico y una elaborada orientación sobre los pasos a seguir. Es imprescindible también, que esa misma gente, esté dispuesta a pasar a la fase de implementación y pueda protagonizar esa etapa.

Sin embargo, en los últimos tiempos, la apatía imperante y cierta inocultable abulia ciudadana, han dado nacimiento a una perversa postura, que demuestra elevados niveles de contaminación cívica y poco ayudan.

Se trata de la aparición de una generación de opinadores seriales que se quedan siempre a mitad de camino. No solo no pasan a la acción, sino que aspiran a instruir al resto sobre lo que deberían hacer por el bien de todos, aunque no están dispuestos a mover un dedo para que ello suceda.

No solo pretenden dar las órdenes, sino que además esperan que la multitud los siga como rebaño, y si no lo hacen a su manera, se ofenden como si fuera un deber que todos comprendieran y acataran sus mandatos.

Este gesto social crece permanentemente. Se visualiza fácilmente cierto nivel de autoritarismo no asumido que preocupa. Muchos de estos personajes que opinan, esperan un apoyo irrestricto. Se incomodan porque no obtienen los  recursos suficientes para emprender su mesiánica causa, porque los dirigentes políticos no toman nota de tan brillantes ideas, ni los ciudadanos se entusiasman frente a ese apasionante sendero propuesto.

Tal vez, la tarea pasa por entender que si se desea fervientemente que algo suceda, se debe poder tomar las riendas del asunto y hacer algo concreto al respecto. Y no es que no se pueda opinar si no se hace algo. Es que no es razonable decidir que no se tiene tiempo, ganas o habilidad para un objetivo, y esperar que el resto asuma ese deber moral de hacerlo.

Se debe reflexionar profundamente sobre esta cuestión con absoluta honestidad intelectual. Todos tienen derecho a pensar y a decir lo que sea. También a emprender los proyectos en los que creen férreamente. A lo que no se tiene derecho es a pretender que los demás tomen las causas propias como eje de sus vidas y las ejecuten del modo que otro ha diseñado.

Como en la vida misma, si alguien cree en algo, tiene la responsabilidad de intentar que se haga realidad, pero no puede esperar que los demás lo conviertan en su meta vital.

Si esta premisa se comprendiera, probablemente la sociedad dispondría de más proyectos interesantes, de mayor cantidad de personas con ganas de gestar el cambio. Por ahora, solo existe mucha gente opinando, muy pocos haciendo lo correcto, y una inmensa cantidad de individuos frustrados, porque el mundo no hace, a su manera, lo que ellos sueñan para los demás.

Es bueno saber “lo que hay que hacer”. Es positivo tener infinitas ideas disponibles. Algunas serán contrapuestas y otras complementarias. Lo que se debe poder abandonar, es la despótica e insolente actitud de pretender que el resto haga lo que individualmente no se está dispuesto a encarar.

Si se aspira a contar con apoyo masivo y el acompañamiento de miles de ciudadanos y que esas ideas personales se plasmen en la realidad, pues habrá que tener la determinación suficiente para  liderar ese proceso, y tener las agallas para invertir tiempo, trabajo y dinero en ese sueño propio.

Si semejante pasión no es suficiente, si la convicción no alcanza, pues habrá que asumir que no es demasiado importante y entonces apelar a la humildad necesaria para dejar vía libre a los que tengan esa decisión.

Es una enorme virtud proyectar. Es muy conveniente y provechoso opinar. Muchos insisten en que saben “lo que hay que hacer”. Pues entonces, tendrán que tomar la determinación de hacer lo necesario, de alinear discurso y acción, o de sumarse a los que están en el itinerario más cercano. Pero lo más trascendente es aprovechar esta excelente oportunidad de abandonar la mezquina actitud de imponer al resto una agenda, a la que no se está dispuesto a invertir esfuerzo personal. No es moralmente correcto pedir a los demás que hagan lo que uno no tiene el coraje de llevar adelante. Es indispensable sincerarse. Y sobre todo asumir las propias debilidades con gran hidalguía.

albertomedinamendez@gmail.com

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Clave de la incertidumbre

Posted by Teódulo López Meléndez en febrero 25, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal”( Miércoles 25/02/15)

Incertidumbre

 

www.eluniversal.com/opinion/150225/clave-de-la-incertidumbre

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