Democracia del siglo XXI

El mercado de la política

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 25, 2015

mercado política

Alberto Medina Méndez

Si bien para algunos pocos es muy evidente que la política no es más que un mercado como tantos otros, lamentablemente, la mayoría de los ciudadanos no logra asumirlo y espera que su comportamiento sea diferente sin comprender sus reglas más básicas y elementales.

Como en todo ámbito en el que se encuentran la oferta y la demanda, la política termina descubriendo un punto de equilibrio. Siempre esa armonía es inestable, un mero acuerdo transitorio en constante mutación. Cualquier movimiento leve conduce a la búsqueda de un nuevo punto de confluencia.

Si se entiende que la política es un mercado, es mucho más fácil vislumbrar que el resultado que se obtiene hoy no es más que el producto de lo que la sumatoria de oferentes y demandantes lograron acordar en un instante.

Un ejemplo omnipresente es el de las propuestas de campaña. Un sector de la sociedad se suele quejar diciendo que los candidatos no plantean propuestas concretas. Algunos dirigentes hasta se animan a enumerarlas, pero jamás son demasiado específicos para describir como las concretarán.

Sin embargo parece que quienes demandan ese tipo de exigencias a los políticos no son los suficientes. De lo contrario los candidatos se tomarían en serio la cuestión y le dedicarían más energías a ese reclamo.

En realidad, no hacen propuestas precisas, ni dicen como las realizarán porque eso no es suficientemente valorado por los ciudadanos.  Es probable que esto explique porque unos y otros, políticos y ciudadanos, se comportan de un modo relativamente similar.

No vale la pena pedir algo que igualmente no otorgarán dicen los ciudadanos, mientras los políticos afirman que no tiene sentido proponer algo que tampoco es determinante. Todo funciona de este modo y seguirá así. No existen estímulos suficientes para que se modifiquen esas actitudes.

Un “mercado libre”, eventualmente, optimizaría los resultados colocándolos en su máximo punto de eficiencia. Pero claro, la actividad política no ha quedado exenta de la corriente intervencionista que rige esta era.

Es factible que la política del presente funcione de un modo ineficiente e inadecuado porque sus reglas han sido permanentemente manipuladas por quienes ostentan el poder y establecen esas normativas intencionalmente.

Se trata de un espacio brutalmente intervenido, absolutamente regulado, que instaura pautas que impiden, deliberadamente, la indispensable competencia. La extensa nómina de interferencias que exhibe este mercado político explica la escasez de alternativas. Por eso la gente termina optando entre lo disponible sin tener chances de ejercer legítimas elecciones libres.

Si se esperan progresos en la materia, resulta vital disminuir los obstáculos de acceso a la política y fomentar una verdadera competencia, esa que impulsa a brindar lo mejor para que los ciudadanos tengan opciones.

Como en todo mercado, los oferentes hacen lo que sea para satisfacer las pretensiones de la sociedad. No lo harán por altruismo, bondad natural o integridad personal, sino porque de lo contrario, siempre se corre el riesgo de que otro irrumpa en la escena y logre interpretar mejor las demandas.

El régimen actual solo encierra a los “consumidores” sin otorgarle salidas. Pero esto tampoco es casualidad. Los dueños del sistema se han ocupado de bloquear intencionalmente a los potenciales nuevos dirigentes.

Es por esa razón que existen muchas legislaciones en las que los partidos políticos tienen el monopolio formal de la representación. En ellas, los ciudadanos no pueden siquiera postularse sino pertenecen a una facción.

Como sucede en otros mercados, los oferentes intentan eliminar adversarios recurriendo a restricciones legales que les permitan limitar la oferta. Para hacerlo, utilizan argumentos que hasta parecen razonables.

Un caso emblemático, cuya comparación es pertinente, es el de los industriales nacionales  que se amparan en la sinuosa justificación de las posibles fuentes de trabajo perdidas para evitar que sus rivales extranjeros puedan ofrecer productos de mayor calidad o mejor precio. Esos pseudo empresarios apelan al tráfico de influencias para impedir que ingresen nuevos actores y su herramienta predilecta son las barreras aduaneras.

La política no es diferente. Los dirigentes contemporáneos, se ocupan de establecer normas que le garanticen la exclusividad de la representación. De hecho, los partidos mayoritarios acuerdan esas reglas para repartirse las porciones de poder. Listas sábanas, sistemas complejos de elecciones, de fiscalización, pisos mínimos para obtener representación, personería política con limitaciones de tiempo, cualquier instrumento es eficaz para quitar del camino a cualquier entrometido que quiera modificar el esquema vigente.

Si se espera que la política cambie, habrá que flexibilizar sus reglas, para que sean muchos los que deseen participar y puedan hacerlo sin una burocracia que se interponga. Si los ciudadanos tienen más poder, dispondrán de una mayor cantidad de alternativas para seleccionar. Nada asegura la perfección, pero esa dinámica incentivará a los postulantes a ser mejores e intentar seducir de otro modo a su potencial electorado.

Si se sigue creyendo que la política es solo servicio a la comunidad y que debe ser un apostolado vocacional, no se ha comprendido la naturaleza de las transacciones entre individuos. Ningún problema puede ser resuelto si antes no se comprende su dinámica. Si se quiere que la política sea el motor del cambio se debe entender primero que también es un mercado.

albertomedinamendez@gmail.com

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Lente Glocal

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 23, 2015

Lente Glocal

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Elecciones peligrosas

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 20, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (Miércoles 20/05/15)

elecciones peligrosas 2

www.eluniversal.com/opinion/150520/elecciones-peligrosas

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El pretexto de la “conciencia tributaria”

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 17, 2015

conciencia tributaria

Alberto Medina Méndez

La hipocresía es moneda corriente y eso ya no es primicia. Esta inadecuada postura cívica aparece, también, en el terreno de la tan mentada “conciencia tributaria”. Algunos han tenido hasta el atrevimiento de definirla con cierto sesgo académico, diciendo que es la “interiorización en los individuos de los deberes tributarios fijados por las leyes, para cumplirlos de una manera voluntaria, conociendo que su cumplimiento acarreará un beneficio común para la sociedad en la cual ellos están insertados”.

Es un verdadero disparate igualar dos términos que claramente se contradicen. Abonar impuestos no es un acto voluntario, porque la palabra impuesto se refiere a lo forzado, a lo obligado. Si fuera un gesto auténtico, espontaneo, vinculado al deseo genuino, en todo caso, sería una donación.

Como suele pasar en diferentes órdenes de la vida cotidiana, este tipo de justificación retorcida no deja de ser un mero ardid, casi un consuelo, que intenta convertir en aceptable algo que es intrínsecamente malo. Existen, al menos, cuatro grupos bien definidos que utilizan este recurso argumental y pretenden transformarlo en un axioma indiscutible, en un mandato bíblico.

Por un lado están, los recaudadores, los que trabajando de esto preservan la gestión de los organismos de recolección compulsiva de gravámenes. La medida de su eficiencia está directamente relacionada con el monto percibido. Por eso, en las campañas de difusión masiva apelan a esta consigna por ser la menos antipática. “La gente debe pagar sus impuestos porque es el único modo de que el Estado funcione y cuantas más personas lo hagan mucho mejor será para la sociedad”, sostienen. A veces inclusive recurren al ruin artilugio del “sorteo” como dispositivo para que unos ciudadanos sean delatores del resto, denunciando así a los que no cumplen.

Otro sector que opera en idéntica dirección es el de la parasitaria estructura estatal. Todos los que viven del Estado, saben que la sangre que fluye por esas venas se nutre de impuestos, emisión monetaria y endeudamiento. En tiempos en el que los dos últimos no son una posibilidad relevante, los impuestos, es decir el dinero detraído de la sociedad en forma coercitiva, posibilita la existencia del empleo estatal y de su cuantía depende, en buena medida, que sus remuneraciones puedan ser mejoradas.

Un tercer espacio lo ocupan los que no pagan casi ningún impuesto o, al menos, no perciben hacerlo. Son trabajadores, subsidiados o desocupados. Sus ingresos son bajos y no son alcanzados por algunos de los voraces impuestos diseñados especialmente para escarmentar a los segmentos más elevados. Ellos reclaman conciencia tributaria como fórmula para aliviar su rencor contra los que más producen. Pretenden igualdad y creen que un sistema tributario que les quita demasiado a los que más disponen, los nivela rápidamente. No saben como aumentar sus propios ingresos y se creen víctimas de este mundo cruel. Este perverso esquema es positivo porque les quita a los demás, a quienes culpan por tener más que ellos.

El último grupo está compuesto por los que pagan MUCHO en impuestos. No contribuyen por convicción, sino porque su actividad no les permite escapatoria. La administración ya ha encontrado el modo eficiente de tenerlos de rehenes. Como no pueden evadir, no admiten ser los únicos tontos y quieren compañía ante semejante abuso. Rendidos frente a la impotencia de estar atrapados por el régimen, apelan desesperadamente a este recurso dialéctico tan pobre como inmoral. En esto, se parecen al grupo anterior. Sus motivaciones surgen del resentimiento y eso no habla bien de ellos. Las garras del sistema los han cooptado y no desean sentirse tan estúpidos, por eso acusan al resto, para que reciban el mismo castigo.

Pagar impuestos no es un acto voluntario. El impuesto implica que el Estado detrae, por la fuerza, una parte demasiado relevante del esfuerzo personal. Nadie paga con satisfacción y alegría. En todo caso lo hace porque no puede evitarlo, porque el esquema se ha diseñado para que no se lleve el producto deseado sin ese “peaje” o bien porque no pagarlo implica un riesgo legal trascendente que se traduce en multas costosas o inclusive prisión.

Esta afirmación general puede verificarse empíricamente a diario. Quien intente refutarla puede dar testimonio personal de ello y hacer hoy mismo el ejercicio pidiendo que le aumenten el precio de un bien y le carguen impuestos no cobrados o hasta dejando un extra, ya no como propina para el individuo que le facilita el producto, sino directamente para el Estado.

Es más, si un individuo cree tan férreamente en la bondad de los impuestos podría pedir a los gobiernos, en cualquiera de sus jurisdicciones, que le facilite un número de cuenta bancaria para depositar allí dinero propio como donación para los “loables” fines para los cuales el Estado destina el dinero.

Después de todo este individuo que defiende la idea de “conciencia tributaria” cree que lo recaudado como tributo no termina en manos del aparato político, la corrupción o el despilfarro tradicional. El recita, a viva voz, que todo eso es para la salud, la educación y la seguridad. Pues bueno, que deposite masivamente sus recursos propios allí, en vez de utilizarlo para su entretenimiento o el consumo suntuario de innecesarios bienes. La inconsistencia ideológica es tan evidente que no admite casi ningún argumento serio que pueda ser tenido en cuenta con cierta sensatez.

Si finalmente se opta por pagar impuestos, asumiéndolo como el “mal menor”, si se lo hace porque no se ha encontrado un mejor modo de financiar las “supuestas” necesidades que permiten vivir en comunidad, al menos sería saludable evitarse los retorcidos planteos intelectuales que pretenden justificarlo. No es razonable intentar convertir lo malvado en bondadoso. En todo caso, un poco de resignación ciudadana, puede servir como transición, pero solo para intentar ser más creativos y seguir buscando mecanismos que permitan sustituir este atropello cotidiano por algo superador. Mientras tanto, sería muy conveniente asumir que cuando se habla de impuestos no se dispone de buenas razones que lo respalden. El desafío es pensar como se abandona el pretexto de la conciencia tributaria.

albertomedinamendez@gmail.com

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Sobre la guerra y como conjurarla

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 17, 2015

ROBERTO VIVOportada La guerra

Roberto Vivo

Por Esteban Lozano

“La guerra: un crimen contra la humanidad”, de Roberto Vivo —autor de “Breve historia de las religiones del mundo”—, es un esfuerzo monumental por pacificar al hombre.

El del empresario uruguayo Roberto Vivo es uno de esos libros inclasificables que, a priori, puede parecer que adolecen de una perspectiva naïve de la materia sobre la cual tratan. Nada más lejos que la ingenuidad en la perspicaz mirada del “idealista-de-pies-en-tierra-firme” que es Vivo. En el prólogo de su obra “La guerra: un crimen contra la humanidad”, Vivo aclara que su principal propuesta es “deslegitimizar” la guerra, y que debemos considerarla como crimen (“El hecho de que 9 de cada 10 víctimas de todo conflicto sean civiles es, a mi juicio, el factor determinante que permite afirmar, sin duda alguna, que hoy toda guerra debe ser considerada un crimen contra la humanidad”, señala Vivo). Lo que sigue a dicho prólogo es un esfuerzo monumental por parte del autor para ilustrarnos acerca de los cómos y los porqués de esta práctica que, según afirma, en los últimos 5.000 años fue permeada por efímeros períodos denominados —a falta de mejores definiciones— “paz.” Motivado por una serie de interrogantes que lo acompañaron desde su adolescencia, Vivo ha escrito —asistido en su laboriosa investigación por el periodista estadounidense Dan Newland, además editor y traductor del original al inglés— un libro al que realmente cabe calificar como imprescindible, puesto que la materia sobre la que trata no es fácil de hallar en otras fuentes: la guerra y cómo conjurarla. “La guerra: un crimen contra la humanidad” no se limita a denunciar o a hacer un mero relevamiento de la violencia y las guerras que han azotado y azotan al planeta sino que, a la manera de un vademécum, despliega un menú de genéricos para combatir las causas de los males que nos llevan a la confrontación armada.

Uno de los mayores méritos de Vivo es la prosa clara, precisa, amena, con que transmite sus conceptos. Su escritura —y, por consiguiente, su lectura— es fluida incluso en los más extensos párrafos, en cuya redacción otros autores olvidan a menudo al lector al cual se dirigen, haciéndolo naufragar en un sargazo de información excesiva muchas veces agravado por una complicada o torpe sintaxis.

Los títulos de los cuatro extensísimos capítulos que conforman el libro, y algunos de los subtítulos de las diversas partes en que cada uno de ellos se divide, dan cuenta de la vastedad de temas en él tratados: La violencia y el hombre (La deshumanización del otro, Efectos devastadores de la guerra, Grandes flagelos producidos por el hombre, Las causas de la guerra, La teoría de la guerra justa y su superación), La historia de la paz (La era axial, Celebrar la diversidad), Sociedad abierta y sociedad cerrada (Liberales versus conservadores, moderados versus radicales, Fundamentalismo, Secularismo: crisis u oportunidad), La guerra: un crimen contra la humanidad (Paralelos válidos: esclavitud, tortura y racismo, Definir la guerra como crimen, Fundamentos legales, El rol de Estados Unidos en un mundo unipolar, La prevención de conflictos, El rol de las instituciones y de las organizaciones internacionales, El papel de la justicia, La Corte Penal Internacional, Dar una oportunidad a la paz).

Sostiene Vivo que “hay quienes creen que el ser humano lleva la guerra en su ADN; que es un ser naturalmente violento inclinado a inventar enemigos y a exterminarlos. Pero la ciencia contemporánea no está de acuerdo. Los estudios más recientes demuestran que los primeros seres humanos no practicaban la guerra de manera habitual e institucionalizada, porque eran nómades, cazadores y recolectores, con un muy reducido sentido de la propiedad. Al no tener que defender lo propio, los conflictos dentro de la comunidad se reducían al mínimo. Como señala el célebre paleontólogo Richard Leaky, recién con  la agricultura el ser humano se hace sedentario y comienza a sentir la necesidad de defender la tierra que cultiva. Parece probable entonces que la guerra se haya originado como una respuesta social y política a un cambio de circunstancias económicas. En síntesis, lo que cambió con la transición de la caza y recolección nómades a la agricultura sedentaria fue la naturaleza de la sociedad, no la naturaleza del hombre.” Y se apresura a aseverar: “Otra tajante prueba de que el hombre no es naturalmente violento es el hecho de que todos los ejércitos del mundo someten a sus soldados a un duro entrenamiento, tanto físico como psicológico, para que puedan convertirse en máquinas de matar. Una etapa esencial de ese adiestramiento es la deshumanización del otro. Es decir, el objetivo del entrenamiento es que, para el soldado, el supuesto enemigo pierda su condición de persona. Pero nosotros, los seres humanos, no estamos preparados para comportarnos como asesinos, y por eso son miles los casos de soldados que al volver de la guerra recurren al alcohol, las drogas y hasta al suicidio en búsqueda de la paz perdida.” En cuanto a las causas variopintas que determinan el estallido de las guerras, y que por largo tiempo han sido tema de debate entre antropólogos, sociólogos, analistas políticos e historiadores, el autor cita: ausencia de negociación, de identificación, de voluntad para promover la paz, y ausencia absoluta de principios humanitarios, así como también el exceso de nacionalismo y la generación de falsas expectativas. Vivo hace hincapié en que “para lograr que la guerra sea catalogada como lo que es, ‘un crimen contra la humanidad’, hace falta un cambio cultural, para esto necesitamos apoyar el accionar de la Corte Penal Internacional, fomentando la educación para la paz, y ésta es una tarea en la que todos podemos contribuir.”

Detengámonos por un momento en uno de los flagelos que en el mundo actual nos toca padecer, quizá como nunca antes: el terrorismo. Como su mismo nombre lo deja entrever, el terrorismo es letal por partida doble: su finalidad es destruir a su objetivo físicamente, pero paralelamente, y por efecto multiplicador, destruye la individualidad de las personas al restringir sus derechos civiles y humanos a resultas del pánico que induce y mediante leyes y procedimientos excepcionales implementados, supuestamente, para combatirlo o neutralizarlo. Vivo afirma en su blog, Peace, Justice and the Ultimate Crime (www.vivoonwarpeaceandjustice.blogspot.com.ar), que desde el 9/11 el terrorismo internacional se halla en ascenso y que la victoria está de su lado. Los hechos que hemos vivido en lo que va del 2015, con posterioridad a la publicación del libro que nos ocupa, parecen doblar la apuesta hecha por tal aseveración. En cuanto a los “procedimientos excepcionales” mencionados más atrás, Vivo enumera “la suspensión de garantías para los prisioneros de guerra, la violación por parte del gobierno del derecho a la privacidad en las comunicaciones por teléfono y por correo electrónico, presiones aplicadas a los medios, arrestos arbitrarios y sin establecimiento de cargos por una corte penal, el uso limitado de torturas tanto dentro como fuera de su territorio, además de la implementación de tácticas bélicas que violan no sólo las tradiciones nacionales sino también las Convenciones de Ginebra y Viena.” También trae a cuento un dato tan acertado como ilustrativo: cuando al general carabinero italiano Carlo Dalla Chiesa, a cargo de las estrategias antiterroristas de Italia para enfrentar a las Brigadas Rojas en la década de 1970, le pidieron que utilizara la tortura para descubrir el paradero del primer ministro italiano Aldo Moro —secuestrado y luego asesinado—, respondió: “Italia podrá sobrevivir a la pérdida de Aldo Moro pero no sobrevivirá a la implementación de la tortura.” Así, Dalla Chiesa señalaba que violar el imperio de la ley conlleva el peligro de convertirse uno mismo en algo parecido a ese rival artero y no tradicional al que se combate. También una escena de la película “Espartaco” (Stanley Kubrick, 1960) ilustra perfectamente este pensamiento: los esclavos se rebelan contra sus opresores y toman la escuela de gladiadores en que son brutalmente entrenados. Un grupo de sublevados, para desquitarse, quiere obligar a dos de los romanos, ahora cautivos, a pelear entre ellos a muerte. Espartaco se opone, alegando que si no deponen su actitud también ellos, los oprimidos, se convertirán en aquello que aborrecen (firmaba el guión de “Espartaco” alguien que algo sabía sobre la restricción de los derechos civiles y humanos mediante el pánico y las leyes y procedimientos excepcionales: Dalton Trumbo, uno de los tristemente célebres “Diez10 de Hollywood” durante el maccarthismo).

Afirma Vivo que el mensaje de Dalla Chiesa “debería ser una admonición para EEUU y otras democracias occidentales, que alguna vez sirvieran de ejemplos morales y éticos para el mundo y que tenían en claro que si se permitía la violación de los derechos civiles y humanos de una sola persona, peligrarían los derechos de todos. No importa la magnitud de la amenaza.” Y a continuación agrega: “Cuando no se protege la libertad se resiente la esencia misma de la democracia”, aseveración que le permite meterse de lleno en uno de los temas centrales de su libro: la guerra en general y la conducción que los EEUU hacen de sus guerras desde los sucesos del 9/11 en particular, cuyos métodos son también aplicables a los que emplean otras democracias de occidente.

Como señala el ex-fiscal en Jefe de la Corte Penal Internacional Luis Moreno Ocampo (una de las eminencias que prologan el libro de Vivo, junto con el ex-presidente de la República Oriental del Uruguay Julio María Sanguinetti, el ex-fiscal en los Juicios de Nuremberg Benjamin Ferencz, el renombrado mediador, autor y disertante William Ury y el autor del best-seller “Megatrends”, John Naisbitt): “Este libro es necesario, pero abarca tantos campos de conocimiento que no lo podía escribir un académico que debe agotar cada detalle de la discusión científica. Hay tanta información y análisis que no puede ser analizado desde una sola disciplina.”

Moreno Ocampo no exagera: así de multifacético, ecléctico, ambicioso, profundo, extremadamente documentado y sorprendente es “La guerra: un crimen contra la humanidad”.

Y puestos a hablar de crímenes… sería inconveniente añadir a la lista de los muchos que el hombre comete el de no leer este valiente e imprescindible libro de Roberto Vivo.

“La guerra: un crimen contra la humanidad””, de Roberto Vivo. Versión impresa: Hojas del Sur, 2014. También disponible como libro electrónico, tanto en español como en inglés —War: A Crime Against Humanity—, para Kindle y Nook y en varios formatos a través de Smashwords.

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(*) Esteban Lozano nació en Buenos Aires en 1957. Obras: las novelas “Procurar antes perecer”; “Las crónicas madacasianas”; “El clan del Homo Lumpen” y “Las aventuras del Dr. Infante”. “HOLOween y otras historias del cercano mañana” (cuentos) y  “Los Amantes de Shakespeare” (teatro).

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Un alegato consistente que enamore

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 10, 2015

populismo

Alberto Medina Méndez

Los eternos opositores al modelo vigente siguen buscando atajos para salir del caos. Saben que el presente es lamentable y que resulta imperioso evitar la inercia actual, pero su ansiedad suele empujarlos hacia ingenuas confusiones, invirtiendo tiempo en estériles esfuerzos intermedios.

Algunos creen, con esperanza, que la aplicación de las nuevas tecnologías puede transformarlo todo mágicamente. Otros, mucho más cándidos, anhelan la llegada triunfal de ese líder carismático aclamado por las masas que con su encanto natural modificará el rumbo para siempre.

Es paradójico que quienes critican al populismo por fomentar el saqueo redistributivo y promover la holgazanería enfoquen todas sus energías hacia un esquema tan idéntico desde lo estratégico al supuestamente reprobado.

No es que las herramientas modernas no sean útiles para seducir a los ciudadanos de buena voluntad. No deben despreciarse esas eficaces variantes. Tampoco se trata de rechazar a esos dirigentes que logran esa indispensable empatía con la sociedad y que comprenden, aunque sea parcialmente, el daño que el populismo les ha generado a sus comunidades.

Luego de tantos intentos por estas tradicionales vías es necesario comprender la reinante dinámica social y el intenso anclaje que ciertas posturas tienen en la sociedad, esas que no retrocederán tan fácilmente.

Los eventuales fracasos económicos del populismo contemporáneo no han sido suficientes para arrinconar a un sistema de ideas tan arraigado en los ciudadanos. La gente se enfada por algún tiempo y reclama cambios en el sentido inverso, pero solo como parte de una coyuntura accidental, para salir del paso, y no porque hayan modificado su visión definitivamente.

Siempre encontrarán culpables para responsabilizarlos de su eventual traspié. Algunos dirán que fue la corrupción o la ineptitud del demagogo de turno. Tampoco faltarán quienes recurran al infalible argumento del poder de las corporaciones y la siempre posible confabulación del poder económico internacional como causantes de esa renovada frustración.

No se asumirá con convicción esa derrota ideológica si no se interpretan las ocultas raíces de su verdadero descalabro y se las reemplaza por nuevas miradas que expliquen lo que ha sucedido con una congruencia irrefutable.

Por eso, es preciso hurgar en las entrañas de la política, para entender que el sacrificio preciso es superior y probablemente mucho más prolongado que lo que la vida terrenal permite a un individuo en la actualidad.

Es posible que cierta vocación de poder personal nuble la vista y proponga llegar a la cima de un modo veloz. Muchos se entusiasman con esa posibilidad y descartan el meritorio esfuerzo consistente, sustituyéndolo por meros espejismos. Esa dinámica simplista solo alimenta ciertos apetitos personales, pero no resuelve de modo alguno el problema de fondo.

El populismo puede tropezar, pero solo se atrinchera para esperar una nueva oportunidad y obtener otra vez el poder. Las evidencias cuentan que cuando eso sucede, lleva demasiado tiempo retomar el sendero adecuado.

Hace falta mucho más que una suma interminable de pequeños y creativos trucos, innovadores instrumentos y modestos líderes con personalidad para cambiar el curso de los acontecimientos de un modo sustentable.

El ahínco debe ser superlativo, prolongado en el tiempo, y sobre todo coherente a lo largo de su recorrido. Habrá que armarse de paciencia y abandonar la premura si se quiere, en serio, lograr el desenlace esperado.

Se necesita cuanto antes un alegato que tenga solvencia, que resista los embates más elementales. No solo se debe proponer un planteo lógico, sino que se debe apelar a los sentimientos. Lo que se dice y escribe no solo debe responder a la racionalidad, sino que también debe enamorar.

La gente respeta, inclusive desde el disenso, a los que son capaces de alinear discurso y acción. No lo hace solo por un puñado de elementos aislados, sino cuando percibe una coherente y prolongada línea de aciertos.

Nadie dice que deban desecharse los ocasionales caminos cortos ni aprovechar cada tropiezo y torpeza del régimen para avanzar, pero es importante no caer en el infantilismo de ilusionarse con ciertas fantasías. El cambio vendrá de la mano de algo mucho más significativo y trascendente.

En el mientras tanto, es probable que el populismo vaya mutando de matices, y sea reemplazado secuencialmente por versiones más moderadas, con miradas parecidas, pero que conserve su esencia intacta. Mostrar versiones más amigables, no es más que un mecanismo de defensa. Esa dinámica constituye un riesgo mayor porque cuanto más presentable es el personaje que enarbola esas banderas, mas difícil será superar esa etapa.

Sus características básicas seguirán estando presentes de modo muy estable. Corrupción a mansalva, falta de transparencia, concentración del poder, inexistente independencia del poder judicial, economía intervenida y manipulada discrecionalmente, control del aparato electoral, presión a los medios de comunicación e intimidación a los disidentes, serán solo parte de ese catálogo inagotable de inmorales demostraciones de poder.

El populismo no es sinónimo de criminalidad, desmadres económicos y escándalos políticos. Esas son solo algunas de sus consecuencias más evidentes. Sus raíces son mucho más complejas y profundas. Para erradicarlas definitivamente habrá que construir, con paciencia, perseverancia y seriedad,  un alegato consistente que enamore.

albertomedinamendez@gmail.com

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La guerra de las ideas

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 9, 2015

Gramsci

Fernando Mires

 

Una de las dificultades que impiden a algunos analistas entender la nueva política internacional de los EE UU reside en el hecho de que muchos de ellos piensan con categorías de la Guerra Fría. Pocos han captado que el fin de esa guerra no ocurrió como resultado de una derrota militar del comunismo sino como consecuencia de su subdesarrollo en la ciencia, en la técnica, en la cultura, en la política, en fin, en las ideas.

La Guerra Fría fue una guerra armada pero también una guerra de ideas. No olvidemos que los partidos comunistas europeos y los cientos de intelectuales que los apoyaban eran portadores de una utopía fundada en una supuesta ciencia universal, el marxismo.

Según Antonio Gramsci la victoria del socialismo solo podía ser lograda gracias al triunfo de las ideas socialistas. Los intelectuales socialistas derrotarían a los del capitalismo, ese era su convencimiento más profundo.

En un punto Gramsci estaba en lo cierto. En política la razón de la fuerza no puede imponerse a largo plazo sin la fuerza de la razón. Donde evidentemente Gramsci se equivocó fue en su creencia -en el sentido religioso del término- de que las ideas socialistas eran superiores a las demás.

Mérito de Gramsci fue entender que, para que tuviera lugar una lucha de ideas, era necesario aceptar la existencia de un espacio democrático. Lo que no logró entender fue que la creación de ese espacio significaba de por sí una derrota de las ideas representadas por el socialismo de las dictaduras estalinistas. Fue – qué ironía- la aceptación de ese espacio la razón que llevó al PC italiano a romper con el marxismo soviético. Así, el triunfo final de los intelectuales disidentes sería el de las ideas democráticas anti-soviéticas. La derrota hegemónica del comunismo precedió a la caída del muro.

Recordar hoy esos momentos tiene importancia. Si analizamos la actual política internacional de EE UU podremos observar como Obama ha asumido no pocos elementos objetivamente gramscianos. Pues así como Gramsci creía en la superioridad de las ideas socialistas, Obama cree -en el sentido no religioso del término- en la superioridad de las ideas democráticas. Al igual también que el filósofo italiano piensa en que una dominación militar sin hegemonía de las ideas está destinada al fracaso (de hecho, fracasó durante Bush) Y no por último, Obama sabe que sin la creación de un espacio de diálogo con sus potenciales enemigos, no puede haber guerra de ideas.

Si pensamos a partir de la lógica de la guerra de las ideas, podemos entender mejor el momento que llevó a Obama a acercarse a Cuba. Esa  decisión fue tomada cuando el régimen de los Castro ya no contaba con apoyo de ideas ni fuera, ni dentro del país. Habiendo perdido en la guerra de las ideas, perdió su legitimación política continental y nacional. Lo otro vendrá después. El régimen venezolano deberá seguir el mismo camino. Cada vez está más aislado del mundo.

  1. La relación entre Obama y el pensamiento gramsciano no es especulativa. La obra central de Joseph Nye, Jr., Soft Power (2005), está basada en una reconstrucción del pensamiento gramsciano aplicado a la política internacionalNye fue asesor de Clinton y hoy es uno de los expertos más influyentes en la administración Obama

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Sacudón en Reino Unido

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 8, 2015

Cameron

Audio de Teódulo López Meléndez

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Llamado a la división

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 6, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario El Universal (Miércoles 7/ 5/15)

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http://www.eluniversal.com/opinion/150506/llamado-a-la-division

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Esa arraigada vocación de súbditos

Posted by Teódulo López Meléndez en mayo 2, 2015

súbditos

Alberto Medina Méndez

Que la política hace de las suyas no requiere de demasiada demostración. En todo caso, debería preocupar la verdadera causa de esas andanzas.

En algunas sociedades más serias, la política tiene un margen mas acotado, sus errores y excesos encuentran límites, y no porque sus dirigentes no lo intenten, sino porque la ciudadanía no lo permite y, frente a determinadas posturas, los repudia electoralmente dejándolos fuera de carrera.

Cuando se aborda el dilema desde esta perspectiva, se comprende bastante mejor lo que está sucediendo. El problema no es solamente la inmoralidad de los que se abusan, sino también la pasividad de los que se dejan oprimir.

Esto no se consigue sin la complicidad de la gente. Por eso es vital revisar las actitudes propias. En la actualidad, el sometimiento ya no se logra con la fuerza bruta, sino con sutiles estrategias de manipulación psicológica.

La política lo sabe y las usa a discreción con toda la potencia que le resulta posible. Así logra imponer conductas, establecer reglas y, sobre todo, diseñar el camino que le resulta más funcional a sus mezquinos intereses.

El asunto pasa por no enredarse en esa madeja. Pero para eso resulta clave tener la autoestima en el lugar adecuado. Claro que los políticos se ocupan de menoscabarla a diario, desgastándola permanentemente y evitando, de ese modo, cualquier tipo de insurrección por menor que ella parezca.

La rebeldía es una virtud. No tiene que ver con oponerse a todo, sino con tener criterio propio, analizar cada cuestión sin condicionamientos y actuar de acuerdo a la visión personal, esa que puede alinear discurso y acción.

Muchos asuntos no parecen tener salida, al menos no en el corto plazo. La sumisión comienza cuando esa mansedumbre se convierte en crónica y serial, anulando la más elemental capacidad de plantearse alternativas.

Lamentablemente esta postura es demasiado frecuente hoy y no solo, como suponen algunos ingenuos, en los sectores más débiles de la sociedad. La vocación de esclavo no distingue género, edad, ni tampoco condición social. Las pruebas abundan y están a la vista todos los días.

La primera parte de la solución implica entender lo que sucede. Sin un diagnóstico contundente es imposible pensar en revertir el sendero actual.

La inmensa mayoría de la gente cree que todo lo que ocurre es producto de la crueldad de la política y la inmoralidad de sus dirigentes. Si bien eso es parcialmente cierto, la sociedad debe renunciar a esa indigna costumbre de buscar culpables afuera antes de admitir su importante cuota de responsabilidad en todo  lo que acontece.

Si se lograra asumir esa situación, y comprender que el presente tiene mucho que ver con todo lo incorrecto que se hace siempre, se habría ganado la primera de las batallas. Tal vez no sea la más importante, pero sin duda alguna, la imprescindible para poder transitar la siguiente.

Luego vendrá el tiempo de examinar los comportamientos propios. Un repaso por lo habitual mostrará con claridad, como esta ciudadanía termina aceptando todo lo ofrecido como si no existiera otro modo de lograrlo.

No es necesario buscar ejemplos en la política mayor, en esas cuestiones de Estado. En los temas más simples, en lo mundano, pululan anécdotas que dan cuenta de como el conformismo le gana al desafío de la superación.

La dinámica vigente para la recolección de residuos, el sistema de transporte de pasajeros, los inconvenientes en el tránsito de una ciudad son temas domésticos y sobre los cuales la sociedad solo se queja, sin actuar sobre el asunto, aceptando las excusas de los políticos, la supuesta sabiduría de los técnicos y la inercia ideológica de los intelectuales de turno.

El reto es cuestionar, animarse a dejar atrás la comodidad que propone la resignación y apelar a la creativa fórmula de proponer variantes. Nada de lo que se hace hoy tiene que continuar de igual forma. Si no satisface las expectativas, no resulta útil, ni resuelve el problema, siempre merece ser fuertemente objetado hasta encontrar una alternativa superior.

El pensamiento de esclavo invita a la sociedad a la quietud del acatamiento. Ese proceder es nocivo y adictivo e incita a reiterarlo hasta el infinito. La política contemporánea, astuta observadora de las múltiples debilidades humanas, muestra allí lo peor de sí misma, utilizando este mecanismo ruin para sus fines, con absoluta ferocidad y falta de escrúpulos.

Es ella la que alimenta la resignación e insiste señalando limitaciones falsas, esas que hacen suponer a muchos que todo debe seguir igual. Es bajo ese paradigma que no modifican el perverso régimen electoral imperante, ni están dispuestos a transparentar lo que gastan con dineros públicos.

Se saquea a los que producen para distribuir el resultado de su esfuerzo a los que parasitan. Es difícil entender la lógica de los generadores de riqueza. Su actitud dócil para con el sistema no tiene consistencia con su eterno esmero por progresar. Son ellos tal vez los que tienen más responsabilidad en esta etapa. Si pudieran dejar de ser pusilánimes, posiblemente otro sería el presente.

La política mal entendida, apuesta a que la sociedad acepte, sin protestar, todo lo que ocurre y solo deba bajar la cabeza frente a los atropellos cotidianos. Ellos saben lo que hacen, por eso insisten con esta receta que les ha dado resultado. Concentran el poder en sus manos y convencen a la sociedad para que todo siga funcionando así, como hasta ahora.

El problema no es la política, tampoco sus dirigentes. El tema es bastante más simple. Esto continuará del mismo modo hasta que la sociedad no reaccione con inteligencia y coraje para abandonar definitivamente esa arraigada vocación de súbditos.

albertomedinamendez@gmail.com

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Un país sin noticias

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 28, 2015

Noticias 2

Teódulo López Meléndez

 

Es de suponer que cuando se da una noticia se está revelando el contenido de una información que nunca antes había sido comunicada, se está entregando un hecho novedoso, lo que algunos han denominado en la teoría de la comunicación un “recorte de realidad”.

La entrega de este acontecimiento nos obliga a recordar que por tal se entiende un evento o una situación que ha adquirido un relieve tal que amerita ser comunicado, aunque pueda ir desde una calificación de histórico hasta meramente banal. La repetición del mismo acontecimiento convertido en una “noticia” permanente bien podría ser definido como propaganda, muy contrario al sentido filosófico el cual implica alteraciones con consideraciones sobre espacio y tiempo y disquisiciones sobre cómo deben ser entendidos, si como proposiciones o hechos con identidad dependiente de los conceptos en que están enmarcados.

Determinar lo que es una noticia, definámoslo como el criterio de noticiabilidad  es, en el mundo de los massmedia, e incluso en el de la Torre de Babel que la tecnología ha impuesto en las llamadas redes sociales, un tema de alta complejidad. Una noticia  no parece ser lo que está aconteciendo. Los hechos en sí mismos pueden ser la noticia, su reconstrucción, bajo previa selección, un hecho informativo. No obstante, la conformación de lo que antes se llamaba “opinión pública”, concepto también disminuido, encuentra en el cúmulo de informaciones lo que entiende por su conocimiento, uno que contiene todos los elementos de la selección, de las formas de procesamiento y de los valores que se han amontonado sobre el hecho original. Es lo que algunos llaman “realidad construida”. Es así como el concepto de noticiabilidad se hace patente, desde el aparato informativo controlando y gestionando hasta los usuarios obsesos de redes sociales repitiendo en círculo. La noticia no goza, entonces, de una inocencia originaria, más bien de una entremezcla de suceso, de medio, de público y de empresas. Podemos citar la posibilidad de que un suceso se presione para su conversión en noticia o se repite hasta convertir en tal el hecho irrelevante, disquisiciones que hacemos ante el amontonamiento de los periódicos en los puestos de venta, lo que no se debe solamente a la presencia de Internet y a las versiones web de los periódicos, sino a otra circunstancia que puedo apreciar en mi país: desinterés por la noticia.

No sólo parece tratarse de noticia como sinónimo de “mala noticia”; quizás que en el panorama específico de un país la ausencia de noticia ha pasado a convertirse en sinónimo de “buena noticia” o a la espera de una noticia que la historiografía pudiese definir como “acontecimiento histórico”. Puede deberse a una distorsión permanente de la noticia, especialmente en un país donde se pretende una hegemonía comunicacional donde un análisis somero, digamos de las estaciones de radio FM de la capital, sólo para ejemplarizar, nos revela alrededor de un 40 % transmitiendo consignas oficiales disfrazadas de “hecho noticioso”, lo que nos lleva de nuevo a considerarlos, en cuanto a credibilidad, según el viejo axioma de que más vale la fuente que la verosimilitud del hecho. Por otra parte, la velocidad del hecho informativo, adquirido en los teléfonos inteligentes, en la multiplicidad de blogs y en la disponibilidad de Internet hacen de la novedad un hecho instantáneo que se disuelve a pesar de que el elemento obsesivo haga a los “babelonios” girar intermitentemente sobre él.

Otro elemento radica en las columnas de opinión donde se escribe repetitivamente lo que una audiencia cautiva quiere oír, o en ejercicio de una oposición política intrascendente o de manipulación distraccionista, o paradójicamente en su opuesto, en una escritura que ya dejó de ser, por los elementos mencionados, de algún interés para los lectores. Encontramos que la noticia es reproducida una y otra vez, lo que en el periodismo del pasado era una virtud (que un medio se viese obligado a reproducir lo publicado por otro), mientras que ahora lo que se reproduce son las contradicciones y las manipulaciones de atribución del hecho a unos causantes supuestos usados hasta el aburrimiento lo que convierte a la noticia repetida en un eco perdido, en una merca consecuencia de una manipulación en la que caen, obviamente, sus opuestos.

Puede argumentarse que estos criterios no son aplicables, con exactitud, a la noticia internacional, a lo cual se contra argumenta que tal no es relevante para un país que no entiende de su importancia, que ignora los acontecimientos de un mundo globalizado,- más aún, glocalizado- deben ser seguidos con especial atención para entender sus propios sucesos internos y hasta para superar la desidia de ignorar su propia historia. Si conforme a alguna definición “noticia es aquello que hace hablar a la gente”, hay países donde no se habla del mundo.

Por lo demás, cabe una reflexión de la noticia como semantización, como estilo lingüístico, en situaciones donde la corrosión del lenguaje ha llegado a sus extremos, por haber perdido toda propiedad y en haberse convertido en un amontonamiento de signos que se emiten con total irresponsabilidad llegando a convertirse en significantes sin significados lo que, obviamente, lleva a concluir que sin significados no hay significantes, comentario especialmente aplicable a lo que hoy bien podría denominarse “periodismo ciudadano electrónico”.  Hay que admitir que la degeneración de la palabra proviene fundamentalmente de quienes hablan como actores públicos, de aquellos a los que los medios prestan atención por su protagonismo político. Si la noticia la consideramos, en teoría de la comunicación como un texto autónomo, sus actores, especialmente en el terreno de la política, lo convierten en un texto desechable.

Recordemos ahora, en algunos aspectos, a Maxwell McCombs, el profesor autor de la teoría de la agenda-setting (su último texto, Communication and Democracy: Exploring the Intellectual Frontiers in Agenda-Setting Theory), ya conocida del público interesado hace más de 25 años, por su abundancia sobre la agenda de los medios sobre la pública, esto es, sobre la decisión de los medios de hacer o no de un hecho una noticia., pero más que todo porque ha alcanzado otros niveles, tales como la descripción de los atributos en cuanto se refiere a la relevancia que se otorga a ellos, dado que se establece que no sólo se determina sobre qué pensar sino también cómo debe pensarse sobre ello. El asunto nos coloca en el nivel de la ética. Si la noticia, en un país determinado ha pasado a convertirse sólo en el enredo verbal del establishment del poder y en el propio de quienes aspiran a sustituirlo, caemos necesariamente en el tema de la democracia y en su relación con las variantes de la agenda-setting, dado que, conforme a ella, podemos encontrar en un país pérdida total de los elementos claves de la comunicación, a saber, consenso, vigilancia y transmisión de la herencia social, convertida esta última en una deformación de la historia. Dicho en otras palabras, la noticia oculta entre sus pliegues la posibilidad de llegar a acuerdos, mientras aquí genera el desacuerdo, lo que ya harta a sectores crecientes de la población. Es obvio que sin consenso no hay democracia, mientras que si se divide entre dos sectores irreconciliables la noticia única radica en la ruptura, en la inexistencia de democracia. En este país asistimos, además, al acoso a los medios impresos con la carencia de papel o a procesos judiciales inéditos en la historia del periodismo, como procesar a la directiva de un diario por una cita hecha en su texto por un columnista de opinión. Concluimos en la identidad entre noticia y democracia, no sin olvidar, como la propia teoría agenda-setting lo muestra, las profundas desviaciones ya señaladas hasta el cansancio por todo analista serio de la comunicación. En cuando a la agenda-setting ha sido llevada a otros campos, como lo ha hecho la profesora española Raquel Rodríguez Díaz (Teoría de la agenda-setting, aplicación a la enseñanza universitaria) al estudiar el papel de los profesores en sus alumnos, como hace McCobbs al estudiar el papel de la noticia en quienes la ven, oyen y leen. Aplicable, por supuesto, a las formaciones mentales de los usuarios de las redes sociales, al avasallante diluvio de falsificaciones de los regímenes dictatoriales, a la invención o a la intrascendencia presentada como noticia.

Iremos, para concluir, hasta Anthony Giddens, no por su criterio sobre una segunda modernidad, más bien por su concepto de “fiabilidad”. Las diferenciaciones entre modernidad de los clásicos y este grupo de pensadores europeos de los noventa son notorias, como las diferentes denominaciones, desde segunda modernidad o tiempo social tardío moderno hasta sociedad global del riesgo, desde sociedad postradicional hasta sociedad posindustrial, desde hipermodernidad hasta sociedad informacional, hasta sociedad del conocimiento con la revolución que implica. Quien escribe suele hablar de postmodernidad.

En el tema que nos ocupa, Giddens (Consecuencias de la modernidad) aparece por sus opiniones sobre la fiabilidad de los sistemas abstractos o sobre las relaciones entre fiabilidad y competencia o entre fiabilidad y seguridad ontológica. En otras palabras, si buscamos en la intimidad del receptor de la noticia, encontraremos en buena medida la vieja calificación lacaniana de “yoísmo”, pero aquí vista desde el ángulo de la imposibilidad de relaciones sociales fiables, con sus consecuencias de dispersión y de multiplicidad angustiante de desvaríos, porque ante la desaparición de la noticia como acontecimiento en su definición filosófica, cada quien anda buscando construirse un yo que no puede pasar sino por un proceso reflexivo que aún no se da.

Estamos en un nuevo orden que apenas se asoma, uno donde todos los conceptos están en dudas, desde el de poder mismo hasta las ópticas culturales. Giddens piensa que la fiabilidad estás puesta en capacidades abstractas y no en individuos (lo contrario de lo que aquí acontece), para añadir que la característica está en la posibilidad de resultados probables más que en una comprensión cognitiva, lo que pone el balance decisorio en el individuo común más que en lo que se denomina “sistemas expertos”. Su tesis sobre la reflexión de los procesos sociales implica que esa reflexión continuamente ingresa en el universo de sucesos explicados, se despega y reingresa. He aquí que hemos reingresado la noticia.

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Lo interno y lo externo en la política (4 notas)

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 25, 2015

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Fernando Mires 

  1. Antes de someterme al atroz suplicio, hojeaba en la sala de espera del dentista el último número del semanario Stern, uno de los más populares de Alemania. Un artículo llamó mi atención. Su título: “El fin de la política”. Se refería al supuesto fin de la política alemana. Según el texto, Alemania bajo Ángela Merkel ha entrado a una fase post-política pues la gran coalición gobierna sin contrapeso. Reina una relativa paz social, hay prosperidad, y los alemanes han aprendido a divertirse y hasta a reír. La tesis es que “el fin de la historia” de Fukuyama, si no ha llegado a todo el mundo, ha alcanzado por lo menos a Alemania.

Mi impresión, después de leer el artículo fue de neto asombro. ¿Cómo escribir sobre el “fin de la política” de un país sin mencionar su dimensión exterior, tanto o más importante que la interior?

Si consideramos la dimensión externa de su política, Alemania vive los momentos más políticos de toda su historia de post-guerra. Por primera vez ha aceptado asumir un liderazgo continental y lo hace en las conversaciones con el gobernante de Irán, en la gran coalición internacional en contra de los ejércitos del estado islámico, y sobre todo frente a la Rusia de Putin donde Merkel cumple el cometido de defender a Ucrania y a la vez integrar diplomáticamente a Rusia en un contexto europeo.

Si el gobierno alemán hubiese estado, como ocurrió años atrás, reconstruyendo las ruinas dejadas por la dictadura de la RDA, no habría podido asumir su protagonismo en la política exterior como hoy lo hace. Luego, la aparente pasividad de su política interior es una condición para la realización de su política exterior. Algo que, por lo demás, no solo sucede en la vida política.

Si alguien tiene la vida privada convertida en un infierno, tendrá problemas para actuar con eficiencia en la escena profesional. Recordemos que los antiguos griegos, quienes entendían de política más que los de hoy, elegían para el ejercicio de puestos públicos a ciudadanos que tenían sus problemas domésticos resueltos. Por analogía, es difícil que los gobiernos durante crisis internas puedan ocuparse del resto del mundo. Al hacer esta reflexión me fue imposible no pensar –una vez más– en la Cumbre de las Américas de Panamá.

  1. En Panamá fue puesto de manifiesto que, con relación a temas de política internacional, los países latinoamericanos pueden ser divididos en dos grupos. Los que carecen de política internacional y los que actúan de acuerdo a una política internacional ideológicamente prescrita. Me refiero en este último caso a los países del ALBA.

Los gobernantes del ALBA, a juzgar por sus discursos, parecieran sustentar una oposición “anti-imperialista”. Punto que contrasta con el hecho de que ninguno tiene un problema real con los E U. Todo lo contrario. Los gobiernos “anti-imperialistas” de Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y ahora Cuba, han intensificado como nunca antes sus relaciones económicas con la potencia del norte. Fue la razón por la cual Obama -frente a la histeria desatada por el mandatario Maduro destinada a convertir simbólicamente a su país en “la nueva Cuba de América”- recordó que los E U, después de 16 años de “revolución bolivariana”, son el mayor socio comercial de Venezuela con un comercio bilateral de más de 40.000 millones de dólares al año.

Sorprendió también que, a pesar de la apertura de E U hacia Cuba, Evo Morales pronunciara en Panamá uno de sus más furibundos discursos anti- norteamericanos: Un discurso de guerra, como si los marines estuvieran ya en La Paz. Entre otras cosas dijo: “¿De qué democracia habla el presidente Obama?” “Su política global ha fracasado”. “La mirada colonial imperial de E U sobre nuestra América Latina y el Caribe es una mirada de desprecio y de superioridad”.

Pero uno no termina de asombrarse. Pocos días después del discurso de Morales, en una entrevista concedida a El País (18.04.15) el Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, afirmaría justamente lo contrario. Dijo: “Admiramos el desarrollo industrial y tecnológico de E U. Es el mercado más importante del mundo, ¿cómo mantenerlo alejado? En los últimos 10 años hemos incrementado los vínculos comerciales sin incrementar los políticos”.

¿Se habrá dado cuenta García Linera de la tremenda verdad que dijo? Si su gobierno mantiene diferencias políticas pero no económicas con E U quiere decir que para él ¡ya no hay imperialismo! Pues el imperialismo –él, como marxista lo sabe- es económico o no es. Luego, ¿fueron las palabras de Morales en la Cumbre como el bolero cantado por La Lupe?: ¿“Teatro, puro teatro”?

¿Tiene entonces el gobierno de Bolivia dos políticas frente a los E U? No. Lo que tiene es un doble discurso. Mientras Morales se encarga del carnaval anti-imperialista, García Linera asume la parte seria de las relaciones. Lo mismo sucede con los demás gobiernos del ALBA; todos mantienen el mismo discurso doble. La razón es evidente:

A diferencia de un país europeo como Alemania en donde la reducción de la intensidad política interna aparece como una condición para la realización de una efectiva política exterior, en algunos países latinoamericanos el discurso exterior está puesto al servicio de la política interior. Siguiendo esa premisa, la guerra verbal de los gobiernos del ALBA a los E U busca trazar una línea interna divisoria. Su objetivo es que toda la oposición interna aparezca como quinta columna de un virtual enemigo externo.

Los gobiernos “anti-imperialistas” tienen así en los E U a su mejor aliado. Por un lado, gracias a los dólares que reciben del “imperio”, financian a sus “revoluciones”. Por otro, les sirve de pretexto para que, en nombre del nacionalismo revolucionario que dicen representar, destruyan a la oposición a la que tildan de “apátrida”. Es sin duda un discurso de sinvergüenzas; pero el negocio es redondo.

  1. La creación virtual de un enemigo externo corresponde a una lógica orwelliana. En la novela de Orwell, 1984, el poder totalitario se encontraba en permanente guerra con un enemigo internacional, funcional para el mantenimiento de la guerra interna en contra de la disidencia. Sin embargo, el enemigo no siempre era el mismo. De la noche a la mañana el enemigo cambiaba y el del día anterior se convertía en aliado. Esa es también, dicho sin exagerar, la lógica de los gobiernos albinos. Cuando el enemigo (Obama) ya no se comporta como enemigo se hace necesario construir a otro enemigo para seguir manteniendo el estado de guerra interior. Al fin, eso es lo único que les interesa.

Así como Chávez inventó una guerra en contra de Colombia (¡nueve batallones!) y Maduro una con España, Evo Morales tendrá siempre a mano un sustituto: Chile y su mar.

En cierto modo a Evo Morales no le conviene, por razones de política interna, que el conflicto con Chile tenga una pronta solución. Posibilidad facilitada a Morales por el hecho de que el de Chile pertenece a ese grupo de gobiernos latinoamericanos que, o tienen una política internacional muy precaria, o simplemente carecen de ella.

Hay efectivamente gobiernos que no tienen política internacional, o solo la tienen frente a puntos muy aislados. Incomprensiblemente, Brasil, llamado por su potencialidad a ejercer una hegemonía continental, ha rehusado en nombre de un supuesto desarrollo y de una estabilidad política interna mal entendida, a ponerse a la cabeza de las naciones más democráticas de la región. La neutralidad –entendible en naciones muy pequeñas- ha sido divisa y dogma de la política exterior de Brasil.

Es cierto que el ex presidente Lula fue por razones petroleras uno de los más  grandes legitimadores del militarismo chavista. Pero tampoco se puede olvidar, fue el mandatario que más veces abrazó a George W. Bush. Solo recientemente, y de modo muy tímido, la presidenta Rousseff  ha optado por emitir opiniones criticando a las violaciones de los derechos humanos en Venezuela. Lo mismo ocurre en Uruguay donde, sin desarrollar una política coherente frente a los regímenes autoritarios que asolan la región, existe al menos un espacio en el cual miembros de gobierno emiten opiniones sin ser amonestados desde el ejecutivo. El gobierno colombiano, a su vez, solo opina con relación a las FARC y al narcotráfico.

El único gobierno que en la Cumbre de Panamá se atrevió a plantear temas de cierta relevancia internacional y a la vez salirse del libreto farandulesco impuesto por el ALBA, fue el de Perú. Ollanta Humala, en un interesante discurso, intentó llamar la atención sobre el tema de las catástrofes ecológicas –donde sí hay problemas reales con los E U-. Pero fue como hablar a las piedras.

Como es sabido, la presidenta de Chile no asistió a la Cumbre. Sabido también es que las inundaciones que afectan el norte de Chile solo fueron un pretexto para que Bachelet no asistiera. Sabido es, además, que la presidenta intentaba ganar puntos frente a la ola de corrupciones que azota a su entorno familiar y político. Pero también es sabido que la presidenta no asistió para no emitir opiniones que generaran diferencias al interior del bloque de gobierno que ella representa. Es decir, las razones de la no asistencia de Bachelet fueron de política interna pero de una caracterizada, esa en la gran paradoja chilena, por una no-política. En ese sentido la no-política internacional de Chile es un reflejo de su no-política nacional.

El gobierno chileno tiene un programa y por eso fue elegido. Nadie puede reprochar  a Bachelet hacer todo lo posible para que ese programa se cumpla. Para eso necesita gobernar con un bloque político sin grandes desgarros internos. Pero un programa es solo una parte de la política. Un gobierno absolutamente programado se convierte a la larga en un gobierno no político.

La política, no lo vamos a descubrir ahora, vive de lo que está fuera de programa. Por lo mismo, la política ha de ser existencial. Eso significa asumir las contingencias tal como ellas se presentan. Si no es así, la política carece de energía, de entusiasmo, lleva a la apatía. Cuando ello ocurre, lo está experimentando Bachelet en su persona, problemas que en otros lugares aparecerían como secundarios (¿dónde no hay corrupción?) se convierten en primarios.

  1. Fue así, como leyendo en la sala de espera del dentista un mal artículo de la revista Stern sobre “el fin de la política” pude percibir la diferencia entre dos damas. Mientras Merkel desarrolla una activa política internacional gracias a tener solucionados sus problemas políticos internos, Bachelet no hace política internacional porque simplemente no los ha solucionado. Percibí además como los regímenes no democráticos de América Latina ponen la política internacional al servicio de sus proyectos nacionales de poder.

Aunque así no lo parezca, todos los ejemplos nombrados tienen algo en común y es lo siguiente: La política internacional y la internacional no son dos políticas diferentes. De una manera u otra ambas se encuentran íntimamente relacionadas. Más aún, a través del conocimiento de la política internacional podemos descifrar las claves políticas que priman en el interior de una nación.

Fue Aristóteles quien, irritado por la obsesión platónica sobre la esencia y la apariencia, planteó de modo desafiante la tesis de que la esencia de las cosas está en su propia apariencia. “Eso pareces, eso eres” fue su dictamen. En términos políticos, y siguiendo a Aristóteles, podríamos decir: “Dime como es tu política internacional y te diré como es tu política nacional”.

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De la vez que la literatura llegó al poder

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 25, 2015

gallegos y blanco

Federico Boccanera

Esta semana fui invitado por la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Simón Bolívar, para participar en un foro sobre: “la influencia de la literatura como medio de expresión del ciudadano en la actualidad…” en el marco del evento: “Zaperoco en la U”.

La invitación, la aproveché para tocar un tema sobre el cual he reflexionado muchas veces, y que planteo expandir y exponer en el siguiente artículo.

La verdad, es que sobre la influencia no sólo de la literatura, sino de cualquier cosa en la actualidad, al principio no sabría mucho qué decir, primero, porque pareciera que hoy en día nada tiene influencia, y lo digo porque en este país, cada día pasa de todo y, al mismo tiempo, no pasa nada.

Por lo mismo y antes de pasar a la actualidad, quisiera más bien retroceder para anunciarle al gentil y paciente lector que, con respecto a la literatura, ya en este país paso lo máximo que podía ocurrir, y es que la literatura ya llegó al poder una vez, y lo hizo, obteniendo la más resonante victoria jamás alcanzada por aspirante alguno al poder, de hecho, un tal Rómulo Gallegos, escritor e intelectual de fama y prestigio, fue electo presidente por mayoría abrumadora e inigualada.

Eso ocurrió un 14 de diciembre de hace 68 años, cuando a este país se le proporcionó, por primera vez en su historia, la oportunidad increíble de votar, de votar realmente por sus gobernantes en elecciones libres, universales, directas y secretas, en elecciones en donde sólo se tenía que cumplir con el requisito vital de tener 18 años, en unas elecciones ¡en donde se podía ser mujer! ¡y poder votar! ¡en donde ni leer ni escribir hacía falta! y es que por primera vez, este país se dignaba de ofrecerse a sí mismo en un gesto de patria única, de hogar único, un momento mágico de verdadera igualdad, un acto tan singular en donde, hasta el más mísero, humilde, esquelético e iletrado, tendría tanto poder como el que más, para elegir, nada más y nada menos ¡que al Presidente de la República!

Y ese país que amaneció ese día de luz eterna de 1947, ese país aun de rurales estrenando urbanidad, de mujeres estrenando ciudadanía, de niños estrenando alpargatas, de estudiantes estrenando pupitres, incluso de citadinos estrenando pocetas… en ese país en donde todo era un estreno, porque apenas un puñado de décadas lo separaban, de estadios apenas superiores a la supervivencia extrema disputada día a día, contra el salvajismo, ese país, aún enclenque, desnutrido, desdentado, e inocente, eligió al más prestigioso de sus escritores, al más insigne de sus intelectuales, y ese pronunciamiento “ingenuo” quedará inmortalizado, en el más alto porcentaje jamás alcanzado por candidato vencedor alguno: 74, 5%

74,5%…

¡Na guará, que ignorantes eran!

Y así fue como este país decide estrenarse en la democracia, en la libertad, y asumir su primer reto existencial, confiándole su destino a su mejor escritor, votando a la tarjeta de un partido que tenía como máximos líderes -máximos líderes en el sentido popular- a un escritor y a un poeta, uno, escritor del país adentro, el otro, poeta del corazón adentro, ambos venezolanos comprometidos de la mayor forma posible, como sólo un verdadero venezolano puede comprometerse, dedicando todo su talento y su creación al amor por el país, y siempre en notas estrictamente humanas: cálidas y gélidas como debe ser, severas y sonrientes como las de una madre, nunca en tonos de patria patriotera, de sacrificio inefable en altares regados de odio y bañados de sangre, sino en tonos amables, esperanzados, luminosos.

Esa era la calidad de Rómulo Gallegos y de Andrés Eloy Blanco, venezolanos gigantes como un sol, venezolanos eternos, que además de ser escritores, poetas, académicos, en otras palabras, intelectuales, también eran, y oigan bien esto: también eran políticos…

¡Sí! ¡Eran políticos! y eran militantes y dirigentes, de un partido político que después de estrenarse en la acción, en 1945, ahora se estrenaba en la democracia, sí, no estará nunca de más recordar que la condición de “político”, en aquel entonces no era estimada como algo que pudiera comprometerlos o desvalorizarlos, todo lo contrario: Gallegos y Blanco eligieron ser políticos, porque toda ruta de excelencia, de sana y virtuosa ambición, que coincida con una voluntad fuerte y generosa a la vez, y una especial sensibilidad hacia lo humano y lo social, deviene inevitablemente en liderazgo, deviene en política, no degenera en política, ASCIENDE a la Política.

Eso nunca cambiará.

Por cierto, siempre se habla de Acción Democrática, como el partido del pueblo, como el partido de masas por excelencia, pero pocas veces se recuerda que también fue un partido que supo atraer a un notable grupo de intelectuales de altísimo nivel, sobre todo con altísimo nivel de conciencia social, intelectuales muy en contraste con muchos de hoy en día, igualmente dotados de un altísimo nivel de conciencia, pero con respecto a sus posibilidades personales de ascenso, glorificación, notoriedad y permanencia, dentro de círculos de exclusividad elitista.

Aquellos eran intelectuales dirigentes, pensadores-luchadores, líderes con ideales y visión, seres que practicaban la integridad, porque palabra y obra en ellos no era cosa desigual, en cambio los disfraces desfilantes de hoy en día, aunque no todos desde luego, son cortesanos cada vez más apretujados en los pocos espacios de exhibición mediática que les quedan, son una micro élite, algunos arañando las patas de cierta mesa llamada “de la unidad”, las patas del último reducto de statu quo que les ha quedado.

Y lo digo y lo afirmo porque el último refugio de status para ciertas “élites” es la MUD, cenáculo exquisito de la confluencia de la mediocridad política con burguesías menguadas de toda índole. Pre y post bolivarianas.

De hecho, esta decadencia profunda que vivimos como nación, no la explica la ignorancia ¡olvídense de eso! esta decadencia no es otra cosa que la consecuencia última, de la hegemonía de una cultura oportunista, exasperada por la erosión de valores y la cuasi extinción de ejemplos vivientes que los testimonien. El sustrato degenerado es cultural, y gran parte de nuestras supuestas élites son la demostración más contundente.

Nuestra élites de vitrina, y nuestras burguesías depredadoras de apetito nunca satisfecho, conforman extensos estratos lumpen que sólo se distinguen de sus equivalentes funcionales en las clases populares y marginales, por los distintos nichos ecológicos que ocupan, llámense estos cultura, academia, arte, ciencia, periodismo, o cualquier otro gremio relacionado con la esfera (microesfera en este caso) intelectual.

Todo ya es sólo cálculo, siendo el más notorio, y modélico, el de una clase política “responsable” y de “alta madurez y sensatez”, que con diligencia plena de sumisión patológica, sólo atiende su archipiélago de conucos electorales, tratando con pusilanimidad transpatética, de cosechar algún repele en las pocas parcelas dispuestas a ser cedidas por el actual régimen.

De hecho, en el caso de la MUD, ya no se debería hablar más, ni siquiera de oportunismo, pues hace rato que ya es mesa acogedora y coqueta, que con mantelito, florerito y velitas, forma parte del decorado, en el hall de recepción del Estado Chavista, la MUD de hecho, es ya una INSTITUCIÓN DEL SISTEMA.

Ahora bien, volviendo al tema inicial…

¿Porque nuestra memoria, tanto individual como colectiva, es capaz de registrar con la nota más positiva posible, a esos insignes protagonistas del 47, sin que apenas su condición de políticos les haga mella, o los degrade en modo alguno? ¿cuáles son las claves de esa alquimia que nos permite, aún hoy en día, recordar a Rómulo Gallegos con admiración y respeto, y a Andrés Eloy Blanco con emoción y hasta devoción ¿a pesar de que fueron políticos? estas desde luego, no son claves sólo racionales, son claves que supieron anidarse en rincones del alma, que en cada uno de nosotros suenan y resuenan con música distinta, y es allí donde precisamente el verdadero intelectual, el verdadero artista más bien, es insuperable a la hora de dejar una impronta, esa es la alquimia reservada al verdadero talento.

(A propósito, no hay mercadeo político, ni asesoría de imagen, capaz de igualar eso, es más, ni lo intenten, aquí entramos en el terreno sagrado de lo auténtico, que nunca es tan ancho y populoso como una tarima, una gira nacional o una campaña electoral, más bien, es lugar tan estrecho y apartado como la cima de la montaña más alta imaginable).

Y con respecto al país supuestamente “ignorante” que eligió a Gallegos, en su primera oportunidad soberana, cabe la pregunta, o al menos la reflexión acerca de: ¿Qué fue lo que nos pasó? ¿Para que, después de estrenarnos en la democracia, en forma tan gloriosa hace 68 años, eligiendo al mejor símbolo posible del intelectual volcado a la promoción de la civilización, ahora nos encontremos como nación, enfrentando a la barbarie?

Sí, Barbarie, léase bien, es BARBARIE, porque no otra cosa es lo que le sucede a una nación, cuando termina viviendo en el miedo, miedo a salir de sus casas-cárcel, miedo a caminar, a vivir, miedo a hablar, miedo a protestar, miedo a pensar en el futuro… cuando llegamos a esos niveles de miedo, es porqué hemos retrocedido a un estado de indefensión natural, en donde las fieras nos acechan, como en épocas prehistóricas, y cual rebaño inerme de simios tan sociables como asustadizos, sabemos que cualquiera de nosotros podría caer en cualquier momento, ante un depredador al acecho, pues bien, déjenme decirles que eso significa que HEMOS CAÍDO EN LA BARBARIE.

Dicho en el lenguaje simbólico de nuestro primer Presidente escritor: ya no vivimos en “Altamira”, nos volvieron a mandar para “El Miedo”…

Por 40 años logramos que a este país lo gobernaran CIVILES, desde luego estos civiles distaban en modo apreciable de ser perfectos, aunque con eso, deberíamos en consecuencia preguntarnos: ¿es que acaso éramos nosotros los perfectos?

¿Qué somos? ¿Un país loco? ¿Un país bipolar? ¿Un caso psiquiátrico colectivo? ¿O será que nunca hemos salido de un espejismo redentor, y Rómulo Gallegos, no fue otra cosa que, el primero de una larga serie de encarnaciones mesiánicas? (Quizás la más romántica)

En fin y para volver a aproximarme al campo de aterrizaje que me asignaron los jóvenes de la USB, sólo me queda comentar una frase que forma parte de mi concepción de la política, porque resume, engloba, todo el problema en cuanto al rol de los intelectuales, los pensadores, las élites, los liderazgos, con respecto al activismo político:

“La Vanguardia debe ser la expresión consciente, del movimiento inconsciente…”

Bueno, aquí hemos llegado al llegadero, porque si hay una disciplina, arte, oficio o vocación, capaz de aportar la transcripción necesaria para que toda vanguardia, pueda cumplir con esa función indispensable, esa es la literatura.

Y mejor que nadie.

El problema es que nada es más subversivo que la literatura, ella puede ser la mejor musa de todos los héroes pendientes, la gran calentadora de oídos, la inspiradora de nueva historia, porque la única literatura posible, real, en épocas de postración como la actual, debe ser una literatura hambrienta de libertad, golosa de liberación, libertaria, libertina, incitadora de la tentación, autora intelectual de toda desobediencia…

Si apareciese ¡Bienvenida sea! aunque tenga que circular, como siempre, por los bajos fondos, pendiente en cada esquina, de bajo perfil, a la sombra… ¡No importa!

La oscuridad todas las mañanas pierde, cuando el horizonte muestra lo que celosamente guarda…

@FBoccanera

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La mediocridad atosigante

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 22, 2015

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (miércoles 22/04/15)

mediocridad

www.eluniversal.com/opinion/150422/la-mediocridad-atosigante

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La etapa de los eufemismos

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 19, 2015

eufemismo

Alberto Medina Méndez

Si bien la política funciona de acuerdo a su propia matriz, cuando se acerca la campaña todo se exacerba y, entonces, la necesidad de utilizar ciertos términos con mayor cuidado se vuelve vital para sus propios intereses.

En el territorio de lo electoral parece que la sinceridad no genera gigantescos dividendos y el embuste es mucho más apreciado. Eso se deriva de las evidencias cotidianas y explica porque los dirigentes prefieren utilizar frases ambiguas, vocablos que no dicen casi nada y hasta inventan un nuevo vocabulario con tal de no llamar a las cosas por su nombre.

Existe, en esto, una enorme responsabilidad de una ciudadanía pusilánime que prefiere un lenguaje oscuro a la franqueza como virtud. Tal vez sea saludable que la sociedad revise su demasiado habitual doble estándar.

En su retórica cotidiana, la que utiliza en su vida privada, en familia, con amigos o en el trabajo, repite hasta el cansancio que su prioridad es la verdad ante cualquier circunstancia, por dolorosa que ella sea.

Lo cierto es que frente a la mala noticia, se ofende con facilidad por la falta de valentía de su interlocutor de turno, que no le anuncio oportunamente los hechos, como corresponde, sin rodeos. Pero lo que más lo incomoda es que la novedad le impone una acción que no quiere emprender. Aceptarla, implica atravesar una situación difícil que detesta, y es allí cuando convierte la verdad en una lista interminable de sentimientos negativos.

Cuando esas verdades fluyen de un modo claro e inequívoco, con energía, y hasta con la crueldad con la que  resulta imprescindible que sean explicitadas, entonces opta, enfurecido, por no premiar las correctas actitudes, estimulando, sin pudor, a los eternos mercaderes de la mentira.

Los políticos engañan, ya no por convicción, sino por conveniencia. Ellos entienden que eso se traduce indudablemente en resultados. El dirigente que explica lo que está pasando, que muestra lo que sucede y que plantea los niveles de responsabilidad que tiene la sociedad frente a la realidad, no será debidamente reconocido y será expulsado del juego electoral.

Las adversidades nunca son bienvenidas. Jamás se desea escuchar sobre la responsabilidad de la gente sobre ellas. Eso obligaría a asumir cierta culpa sobre lo que ocurre. Es la misma razón por la que muchos ciudadanos ni siquiera pueden reconocer que en el pasado votaron al gobernante actual, o al anterior. Eso implicaría hacerse cargo del presente. En realidad, la sociedad no está dispuesta a aceptarlo de un modo tan contundente.

Pronto comenzará esa dinámica en la que los políticos hablarán de lo que viene y de lo que piensan hacer. Otra vez recurrirán, con mucha sutileza, a las evasivas, a la terminología difusa, apelando a la confusión y, a veces también, a la ignorancia sobre el significado de cada palabra.

Es el momento del proselitismo, y por lo tanto, una renovada ocasión de mentir descaradamente. Ellos saben que tendrán que tomar decisiones importantes, pero no lo admitirán ahora. Esperarán que la gente exprese su voluntad y después recién definirán lo que pueden realmente hacer.

No desconocen lo que resulta preciso hacer. Suponerlo sería demasiado ingenuo. Lo saben, pero también tienen conciencia de que importa más no pagar elevados costos políticos, ni perder poder de un modo efímero.

Su talento no tiene que ver con saber resolver problemas, mucho menos aun con ser los adalides de la defensa de la gente. En todo caso, su mayor atributo pasa por comprender como funciona el poder, como se lo obtiene y, fundamentalmente, como se lo retiene en forma indefinida.

En estos últimos años ese trágico esquema de mentiras encubiertas, de planteos borrosos, se ha perfeccionado en muchos ámbitos. No solo la política cayó en esa trampa sino también una ciudadanía cómplice.

La sociedad llama robustos a los gordos, privados de la libertad a los presos y se refiere al aborto como interrupción del embarazo. La política también hace lo suyo creando su propio léxico. Así fue que el reacomodamiento de precios reemplazó a la inflación, la inseguridad al exceso de criminales y la expansión monetaria a la emisión descontrolada e irresponsable de billetes.

En este contexto de elecciones, todos los dirigentes saben que la coyuntura no será fácil. Oficialistas y opositores entienden que heredarán una “bomba de tiempo”, pero como consideran que es políticamente incorrecto decirlo, han decidido transitar el sinuoso y cínico camino de reconocer los aciertos del gobierno y solo hablar de asignaturas pendientes o de la necesidad de seguir en el camino de la profundización de los logros, según sea el caso.

El que triunfe en los comicios tendrá la dura tarea de conducir la transición. Deberán adoptar determinaciones drásticas haciendo importantes ajustes a la economía. Tendrán que reducir abruptamente el gasto estatal, bajar la emisión monetaria hasta neutralizarla, adecuar las tarifas de los servicios públicos a niveles de mercado, recomponer rápidamente las reservas monetarias, atraer inversiones, recortar los impuestos, disminuir aranceles, desregular el comercio exterior, integrarse al mundo, entre otras cosas.

Nada de eso será fácil, ni gratis. Claro que se deberán pagar los “platos rotos”, como siempre que se intenta superar un problema en el que se tiene plena responsabilidad en su gestación. El “médico” tiene claro lo que debe hacer, pero también sabe que tendrá que mentirle a su “paciente”. Es que las reglas políticas que ha impuesto esta sociedad cobarde, alientan a la mentira, invitan a la trampa, aplauden la creación de una jerga que suavice las verdades y hasta logre ocultarlas. Es importante saber que se inicia un recorrido sin retorno hacia esa patética etapa de los eufemismos.

albertomedinamendez@gmail.com

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Los rasgos de la utopía

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 18, 2015

utopía 2

Teódulo López Meléndez

En 1516 Santo Tomás Moro publicó  Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia. Quedaba establecida la palabra utopía como una república óptima en una isla, en medio de un dominio absoluto de la religión católica, aunque el siguiente año de 1517 Lutero publicó sus tesis de Wittemberg lanzando la Reforma Protestante.

Moro, frente a la proliferación de eclesiásticos, plantea un Estado guiado por el Derecho Natural, uno donde existía igualdad entre los ciudadanos y una pluralidad religiosa. Era del magnitud el planteamiento que aparece lo utópico, palabra aún de origen etimológico desconocido (aunque todo indica se trata de un doble juego de significados extraídos del griego), situada la posibilidad en una isla. No había, de manera equivocada, la eventualidad de concebir tal sociedad ideal fuera de un espacio aislado en contraste con la realidad existente. En verdad el planteamiento “utópico” estaba ya en Platón con La república y en otros textos griegos. No obstante es de Moro que nos llegan utopía, utopismo y utópico, un “no lugar”, una idea que tiene en su propia esencia la imposibilidad de realización, una propuesta modélica imposible de construir.

Este Estado imaginario donde reinan la paz y la justicia se alza, obviamente, sobre la realidad real inaceptable por representar lo opuesto. Desde ese lejano 1516 muchas cosas han transformado las concepciones políticas y la idea de que todos los seres humanos somos iguales es un principio aceptado, aunque en la práctica se niegue en muchos lugares. Así mismo, aparecieron las palabras distopía y ucronía, siendo la primera de invención de John Stuar Mill para describir una “utopía negativa”, esto es, una sociedad hipotética indeseable. La ucronía, por su parte, es más bien un género literario donde la novela se sucede a partir de un hecho que en verdad sucedió de manera diferente.

Sea como sea, la utopía se ha alzado siempre como un planteamiento que señala una dirección de cambio, aunque sea un sueño inalcanzable, o como un reflejo de los anhelos de una sociedad determinada, o como una útil crítica pues muestra los límites de la política existente, o como el anuncio de la necesidad de actuar en procura de un mundo mejor.

A pesar de la evolución conceptual de la palabra utopía sigue prevaleciendo la negativa, de manera que se responde normalmente calificando de utópico aquello que parece irrealizable. No obstante hay que señalar que la búsqueda de lo utópico es calificable como un hecho antropológico básico, como expresión fundamental de la libertad, como un motor de la transformación social.

La utopía, así, aparece como asociada a la condición humana. La búsqueda de nuevos estadios sociales se hace tarea moral nacida de una insatisfacción que aparece de manera especialmente fuerte en momentos de crisis, de derrumbe o de hecatombe de un mundo. Es obvio que la utopía, posibilidad de edificar nuevos cimientos, surge en la necesidad de un nuevo orden social. La conformidad con lo existente tarde o temprano se rompe e irrumpen lo que se han dado en denominar cambios históricos, unos que han encontrado en el brote de las ideas y de los sueños el combustible necesario para percibir que no se ha llegado y que quizás sea imposible llegar, pero que el esfuerzo mismo ha producido transformaciones. No obstante, debemos precisar que no todo es quimera, sino un posible a buscar.

Un planteamiento de este tipo no constituye la aparición de una nueva ideología a engrosar la larga lista de los cuerpos cerrados que pretendían tener la respuesta a todo dentro de sus límites, axiomas y dogmas. Pueden transformarse en ello y los ejemplos históricos son abundantes. Rousseau planeaba sobre la Francia de 1879 y Robespierre resolvió mediante el terror. O El manifiesto comunista derivando en el totalitarismo de Stalin y de la URSS. No olvidemos, por supuesto, la condena de Marx al llamado “socialismo utópico” de Saint-Simon, Fourier, Proudhon y Robert Owen considerándolas irrealizables y apelando a lo que llamarían “socialismo científico”.

El componente profético de la utopía también ha llevado a la consideración de las llamada utopías clásicas que se asocian al fin de la modernidad por basarse en un fundamentalismo metafísico o, por contraste, al naufragio de las utopías esencialistas sustituidas por unas antiesencialistas y antifundamentalistas, como en el caso de Vattimo (Nihilismo y emancipación, 2003), todo como consecuencia de la caída del “socialismo real” y del desencanto con el neoliberalismo. Quizás la respuesta del pragmatismo con ideas que reclamamos para el siglo XXI se define como rechazo al escepticismo y al dogma.

No deja de venir a la mente el Quijote como un planteamiento utópico, pues en la novela de Cervantes se plantea una sociedad alternativa. En el terreno de la poesía Marío Benedetti publico Utopías y Eduardo Galeano dejó dicho ¿Para qué sirve la utopía? / Sirve para eso:/para caminar. 

 

Los rasgos de la distopía

Hay quienes se empeñan, no obstante, en señalar en toda utopía una especie de protofascismo primitivo y un idealismo opuesto al realismo democrático. Hay quienes, creo, se olvidan de la distopía, aún admitiendo que toda utopía lleva dentro una. La perfección de las sociedades humanas puede considerarse utópica, pero no buscarla es lo que engendra las distopías. El planteamiento de una democracia posible, por ejemplo, en sustitución de la representativa, es producto de una insatisfacción y a las insatisfacciones se las debe colocar en el camino de las transformaciones. El ser humano se actualiza y en su búsqueda especula y piensa en las nuevas formas. En innumerables ocasiones la vigencia grosera de una distopía sólo puede enfrentarse mediante el diseño de formas alternativas sustitutivas y superiores.

No hablamos de escuelas ni de clasificaciones, de asuntos referibles a lo que se ha dado en llamar el “pensamiento utópico”. Hablamos de una exigencia mental de posibilidades partiendo de la base de que las realidades existen para ser cambiadas. En otras palabras, siempre es posible presentar alternativas a un presente desagradable mediante la estructuración de nuevos significados y significantes para los conceptos agotados. Así, democracia no es ya lo que definíamos en el siglo XX. Ahora hay una perspectiva de empoderamiento, de control y de ejercicio que busca sustituir a los enquilosados procedimientos de una burocracia enclaustrada.

La modernidad, con todo lo que representó de confianza en la razón y en la ciencia, nos presentó la posibilidad de un progreso continuo e indetenible. La postmodernidad nos muestra sus fallos y fracasos y la necesidad de inventarnos el siglo XXI, uno requerido con urgencia de ideas y desafíos. Algunos consideran el realismo político como el contrario a la utopía social, cuando, en verdad, el pragmatismo que requieren los tiempos exige más ideas y más sueños.

Ya está dicho que no se puede pretender convertir una utopía en una teoría científica. Es menester recordar que desde el “socialismo científico” lo que nos ha quedado es la presencia de una ideología, lo que es otra cosa, una y unas absolutamente agotadas por sus pretensiones de ser cuerpos cerrados de doctrina con respuestas para todo y, en consecuencia, derivaciones de cárceles al pensamiento. De ese pragmatismo con ideas que he mencionado debe haber abundancia de planteamientos a confrontarse sobre las posibilidades de organización política y económica, sin que falte una ética cívica.

Los fracasos del siglo XX, y los que se permiten extenderse en estas primeras décadas del XXI, obligan a lo que mencionábamos, a la confrontación de las ideas como expresión natural de lo humano, al enfrentamiento de las contradicciones y, en el campo específico de lo político, a considerar la democracia como una interrogación ilimitada. Los incumplimientos históricos dieron lugar, y dan, a las distopías. Seguir jugando a las viejas definiciones equivale a sumirse en paradigmas agotados y a cancelar toda posibilidad de transformación. Las distopías son la advertencia, dramáticas y crueles, de los desvaríos.

En su origen griego “dis” significa malo y “topos” el lugar. En otras palabras, distopía viene a ser una utopía negativa, es decir, aquel lugar donde se transcurre indeseablemente, de manera contraria a lo que sería el ideal.

Distópica es 1984 de George Orwell, pero la creación escritural no se basa en el aire, hay un fundamento real para reflejar un drama. La advertencia literaria es una cosa, pero las sociedades distópicas existen. Eso tenía en mente John Stuart Mill,  cuando en 1868 inventó la palabra en un discurso parlamentario.

Las distopías van hacia la derivación totalitaria, hacia un capitalismo-socialismo de Estado, hacia una mediocridad generalizada que hemos llamado decadencia y a sociedades que se agotan en sí mismas llegando al aislamiento y a la propaganda convertida en política de Estado.

La presentación de una utopía puede esconder una distopía, o una pretensión de tal. La manipulación –lo que hemos llamado el poder como estrategia- apunta en ese sentido. La distopía a un conocimiento profundo de la gente, incluidas las prácticas para lograr su respaldo.

La distopía implica la construcción de un gigantesco imaginario. El pesimismo, el fatalismo y el miedo son sus logros. Toda distopía propone la creación de un mundo nuevo, es decir, un “altermundismo”. Este “mundo feliz” equivaldría a la dictadura perfecta, una donde el placer sería servir al amo con orgullo.

Una distopía es siempre una patología en la cual se falsea una historia, tal como se hace con cada momento del presente, convirtiéndose la irracionalidad en ideología, siempre basada en el “pueblo”, la “patria” y en la “defensa de los oprimidos”.

En una distopía vemos surgir una nueva clase que suele ser perturbada con señalamientos de enriquecimiento ilícito y de las cuales se defiende con propaganda que pretende probar que está en construcción una utopía.

La distopía repite los lemas de la utopía y logra lo que esta pretendía desterrar, a saber, la desesperanza, la falta de humanidad y de sentido vital. La distopía es invasora, amenazando que irá casa por casa, dejando en claro así que la libertad está limitada.

Sin una oferta de identidad los habitantes seguirán siendo distópicos errabundos que se la gozan.

tlopezmelendez@cantv.net

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La reconstrucción fundacional de una república y otras referencias

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 14, 2015

revoluciones

Marisol Bustamante

Revolución Liberal, Revolución Liberal Restauradora, Revolución Legalista y hasta Revolución Bolivariana han sido desde 1830 y hasta nuestros días las denominaciones asignadas por los  diferentes gobernantes republicanos a sus proyectos políticos. Desde Guzmán Blanco, J.V Gómez, Cipriano Castro (1899) y hasta Hugo Chávez se han caracterizado por sus propuestas políticas cargadas de un personalismo mesiánico y tradicionalista, promoviendo –por todos los medios posibles- la implantación del factor político como centro de la sociedad. De tal manera, que los mecanismos y estrategias aplicados por el actual gobierno desde 1998 no se presentan como una novedad en sus prácticas políticas; más bien, ha tomado de experiencias anteriores todo lo necesario para su permanencia en la máxima jefatura de gobierno. Esto incluye: reformas constitucionales, convocatorias al poder constituyente, el uso de la fuerza constituida del Estado, el uso de la propaganda y de los medios informativos y la persecución a dirigentes contrarios al gobierno de turno. Si para alguno de mis apreciados lectores esto le parece conocido porque cree que lo estuviera viviendo en carne propia, le informo que esto no es ninguna novedad y que la diferencia sólo está en las circunstancias de cada momento histórico.

Los proyectos políticos anteriormente mencionados, representan una referencia elocuente del manejo de la memoria histórica de los venezolanos para la presentación e implantación de los mismos: el recurso histórico ha orientado la legitimación de estos proyectos, centrando todos sus esfuerzos mediáticos en el factor político como organizador de lo social. Lo cual, enclava a la sociedad al servicio del gobierno que lo convoque. Por ello, el hecho de que la politización sea algo de reciente data tampoco es una novedad, ni de este siglo ni del pasado: estos proyectos políticos, utilizan la estrategia de la Reconstrucción Fundacional cuyo fundamento está en referenciar los distintos episodios históricos para legitimar sus gobiernos rechazando cualquier vinculación con el pasado y presumiendo elementos innovadores o de cambio.

Los gobiernos republicanos orientados bajo este modelo personalista, que elevan lo político sobre social  -imbuidos todavía en la mentalidad de Capitanía General- devienen en pobreza y en el aumento de los males sociales: la necesidad de aceptación popular los obliga a ofrecer planes de desarrollo que al final terminan siendo incumplidos. El periodo bipartidista es ejemplo de ello, lo cual degeneró en una crisis política, económica y social creando así las condiciones para legitimación de la propuesta liderada por el ex presidente Hugo Chávez.

En la actualidad el complejo y turbulento escenario nacional, requiere –a mí entender- de alternativas con mayor vinculación al tejido social: los procesos de transformación, implican en su esencia la transformación de la cultura de los pueblos. Por ello una verdadera propuesta de cambio debe privilegiar lo social por encima de lo político. Sólo de esta manera, los ciudadanos entenderán la importancia de su participación como constituyentes y garantes del desarrollo nacional.

POLITÓLOGA ESPECIALISTA EN GERENCIA PÚBLICA

 

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La candidatura de Hillary Clinton

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 12, 2015

Audio de Teódulo López Meléndez

Hillary Clinton

 

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La Cumbre de Panamá

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 11, 2015

Audio de Teódulo López Meléndez

Obama y Castro

 

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Obama, Irán y el Oriente Medio

Posted by Teódulo López Meléndez en abril 11, 2015

Irán

Fernando Mires

Las líneas generales del pacto nuclear entre Irán con los EE UU (o si se prefiere, con el P-5+1+UE) ya están trazadas. La redacción final a ser elaborada antes del 30 de Junio del 2015 será ardua en los detalles y no faltarán intentos por boicotearla -desde Arabia Saudita, pasando por el conservadurismo de Israel y el fundamentalismo iraní, hasta llegar al propio senado norteamericano- pero el proyecto está configurado en lo esencial. El programa de enriquecimiento será limitado y supervisado durante 25 años; dos tercios de las capacidades de enriquecimiento de uranio permanecerán bajo permanente supervisión durante los primeros años del acuerdo e Irán reducirá a 6.000 el número de centrifugadoras sobre las 19.000 que tenía.

Fue un resultado difícil. Razón que explica por qué tanto Alemania como Francia, estando de acuerdo en todos los puntos, manifestaron reservas bajando el tono eufórico usado por Obama cuando dio a conocer la noticia. En cierto modo ese pacto es también, si consideramos los plazos a los que será sometido, una apuesta con la historia. Nadie sabe por ejemplo como serán las relaciones entre los EE UU e Irán en 25 años más. O si en los EE UU llegarán alguna vez a imponerse los republicanos más ultraderechistas. Lo mismo ocurre con Hasan Rohani. ¿Podrá él neutralizar al fundamentalismo radical ordenado en torno al Iman Saeed Jalili, hombre duro de la nomenclatura teocrática? Eso tampoco nadie lo sabe. Pero así se hacen los acuerdos internacionales: desde aquí hacia el futuro; jamás desde el futuro hacia aquí.

Sabiendo el terreno resbaloso que pisan, Obama y Roani han remarcado que se trata solo de un pacto limitado a su texto y por lo mismo si una de las partes deja de acatarlo pierde de inmediato vigencia. Nada más ¿Nada más?

Hay algo más, y eso lo saben Obama y Rohani. El pacto pondrá fin a un largo periodo de hostilidades entre EE UU e Irán. Con ello no desaparecerán las diferencias. Lo que ha cambiado es que estas serán puestas bajo formato político. La diplomacia tendrá la primera palabra.

Ahora, si nos atenemos no solo a la letra del pacto sino a su momento histórico, podemos advertir que contiene un potencial que va más allá del simple contenido. Efectivamente, con la firma del pacto, Irán, habiendo dejado atrás la principal barrera, puede llegar a convertirse en un buen socio comercial de los EE UU. El paso próximo deberá ser el levantamiento de sanciones. Si les fueron levantadas a Cuba, no hay ninguna razón para no hacerlo con Irán.

Vale la pena afinar la idea: Ni el pacto nuclear ni la posibilidad de relaciones comerciales han convertido a Irán en aliado político de los EEUU (Cuba tampoco es un aliado) y eso lo saben los conservadores norteamericanos e israelíes, tan interesados en desvalorar el sentido del acuerdo. Sin embargo, ellos como políticos conocen las diferencias entre una alianza militar, una sociedad económica y una alianza política.

Entre EE UU e Irán solo existía antes del pacto una alianza militar en contra de un enemigo común: los ejércitos del Estado Islámico. Después del pacto han sido, además, creadas condiciones para una alianza comercial (al igual que con Cuba). Si estas llevarán a una alianza política es una hipótesis que por el momento no puede ser barajada. La política internacional se basa en situaciones, no en eventualidades.

Por supuesto, la alianza militar en la lucha común en contra de ISIS no llevó de por sí al pacto nuclear. Pero sí a un mayor acercamiento. Tampoco está escrito que el pacto nuclear conducirá a una intensificación de las relaciones comerciales y políticas entre ambas naciones. Pero de seguro, las facilitará, entre otras cosas porque los dos gobiernos están muy interesados en que así sea. Roahni quiere sacar al país del marasmo dejado por el populista Amahdineyah y convertirlo en una potencia económica regional. Obama está interesado en impedir el avance económico de China en la región y de paso cerrar las puertas del Oriente Medio a la Rusia de Putin.

Además, si logra el apoyo de Irán, EE UU podrá liberarse en parte del chantaje al que está siendo sometido por el sunismo radical de Arabia Saudita. Pues para nadie es un misterio que no pocas divisas petroleras son utilizadas por fracciones sauditas para financiar a los suníes de ISIS cuyo objetivo central es apoderarse de Irak. En ese proyecto ISIS, y en cierto modo Arabia Saudita, chocan con Irán. Ese choque tiene lugar por el momento en Yemen.

En Yemen existe una doble lucha de poder. Por una parte, los partidarios del expresidente Abd Rabbuh Mansour Hadi, apoyados directamente por Arabia Saudita y otros países petroleros como los Emiratos, Kuwait, Bahrein, Qatar e indirectamente, por todos los países miembros de la Liga Árabe. Por otra parte, los clanes Huthi que adhieren a una rama del chiísmo (zaidí) y apoyan al ex presidente Abdalá Alí Saleh. El problema adicional es que dicho conflicto es a la vez una una guerra de representación entre el sunismo saudita y el chiísmo iraní.

¿A quiénes apoyará EE UU? ¿A sus aliados tradicionales suníes o a sus nuevos interlocutores chiíes? Hay empero otra pregunta: ¿Por qué tiene que apoyar a unos en contra de otros? Lentamente los gobiernos de EE UU deberán entender que en un mundo tan complejo como es el islámico no pueden estar en todas partes a la vez. O dicho de modo algo más brutal: deberán entender que si a los pueblos islámicos les encanta matarse entre sí, es cosa de ellos y de nadie más.

Lo importante es lo siguiente: por primera vez en su historia EE UU se encuentra en condiciones de establecer un complejo de relaciones con las potencias más grandes del mundo islámico: Una alianza militar y comercial con Irán, comercial -y bajo condiciones muy limitadas, militar- con Arabia Saudita, comercial, militar e incluso política con Egipto y Turquía.

No deja de ser interesante mencionar que apenas fue dado a conocer el pacto, el presidente turco Erdogan anunció un viaje a Teherán deponiendo en menos de un día diferencias mantenidas durante años con Irán.

Entre Irán y los EE UU, hay que reiterarlo, no existe ninguna alianza política. Todos saben que la línea para alcanzar ese alto estadio pasa por el reconocimiento iraní al Estado de Israel. En ese sentido el primer ministro Netanyahu, al exigir que dicho reconocimiento sea incluido dentro del pacto nuclear, está presionando, tal vez sin darse cuenta, para que la alianza entre los EEUU e Irán no solo sea militar y comercial sino, además, política.

Alguna vez, nadie sabe cuando, la Liga Árabe y las naciones chiíes reconocerán al Estado de Israel. Muchas gobiernos que no lo reconocen ya practican intensas relaciones económicas con la pequeña gran potencia. Pero ese reconocimiento solo puede ser posible si entre los EE UU y la mayoría de las naciones islámicas tiene lugar un proyecto que lleve a una distensión estable y duradera. Por el momento, una utopía.

Hay, sin embargo, utopías realizables. Si alguien hubiera dicho años atrás que un día multitudes de jóvenes iraníes saldrían a las calles con retratos del presidente de los EE UU para saludar a la promesa de prosperidad que el acuerdo nuclear porta consigo, habría sido tomado por loco.

La experiencia indica que los grandes cambios internacionales son el resultado de agotadoras conversaciones bilaterales. Con ese espíritu Obama viajó a la Cumbre de Panamá. Pero antes de hacerlo se preocupó de extender una invitación a la presidenta de Brasil para que visite la Casa Blanca. Es decir, primero los pescados más grandes. Después, si es necesario, las sardinas. Una conversación frente a frente con un fuerte antagonista vale más que cien discursos. Esa fue la lección de Lausanne.

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