Por MICHAEL SHIFTER *

 

Son innegables el crecimiento de China como potencia, el desafío para Estados Unidos y el reto para Colombia: practicar una diplomacia inteligente.

Un importante relato de política exterior en el siglo XXI se ha basado en el rápido ascenso de grandes países en desarrollo -sobresale China en particular- como un contrapeso o un desafío a la hegemonía de Estados Unidos. ]

Claro está que hablar sobre la caída de la influencia americana se viene comentando por décadas. Pero en años recientes, la presencia de China en las esferas tradicionales de influencia estadounidense se ha convertido en algo cada vez más visible.

En ningún lugar es tan claro este cambio como en América Latina, por mucho tiempo considerada el “patio trasero” de los Estados Unidos. Cada vez más, los líderes de la región están mirando hacia el oriente en lugar de hacia el norte a la hora de desarrollar políticas para competir en la economía global actual.  Este cambio trae tanto oportunidades significativas como retos para la región.

China ya es el mayor socio comercial de Brasil, Chile y Perú, y pronto será el segundo más grande de Colombia (hace diez años era el decimocuarto).

La presencia creciente del país en la región es en gran parte una función de su tremendo apetito por las materias primas, abundantes en América del Sur, lo que ha alimentado su espectacular desarrollo. China ha hecho esfuerzos agresivos por aprovechar las oportunidades en la región en que los Estados Unidos han mostrado poco interés.

Aunque Colombia se ha quedado atrás con respecto a algunos de sus vecinos en el proceso de involucrarse de lleno con China, rápidamente los está alcanzando. Un tratado de libre comercio entre Colombia y China podría expandir el comercio bilateral aún más.

Pero el comercio está sesgado fuertemente hacia la extracción de recursos, con el 84 porciento concentrado en el sector minero colombiano.

Hay algo de preocupación en cuanto a volverse demasiado dependiente de la exportación de materia prima, lo que podría tener implicaciones como lograr un crecimiento equilibrado a largo plazo. Sin embargo, más allá del comercio, el papel económico de China en Colombia ha sido modesto. No hay más de 40 compañías chinas operando en el país actualmente y China apenas ha invertido 32 millones de dólares en Colombia en los últimos diez años.

Aunque el sector privado de los Estados Unidos está entusiasmado con la idea de invertir en Colombia (y otros países de A.L.), el clima político de Washington ha afectado la relación entre E.U.  y Colombia en general.

China, en cambio, está lista para hacer negocios. En desarrollo de infraestructura, los colombianos están mirando hacia China para conseguir capital necesario y sin condiciones para financiar proyectos como el oleoducto en Venezuela y el proyecto hidroeléctrico en el Río Magdalena.

Pero sería un error ignorar las ventajas que traen la geografía, la historia y la cultura.

E.U. y Colombia disfrutan de una larga relación en gran parte positiva, marcada por un grado de confianza mutua que, como lo destacaron Hu Jintao y el presidente Juan Manuel Santos recientemente en Beijing, es un reto en las incipientes relaciones entre Colombia y China.

Los vínculos de larga data con los Estados Unidos y la relativa extranjería de la cultura china y sus prácticas comerciales sugieren que, si Colombia practica diplomacia inteligente, será capaz de mantener a ambas potencias como socios productivos en el futuro previsible.

En el hemisferio occidental, Estados Unidos no ve a China como una amenaza, sino más bien como parte central de una realidad del siglo XXI caracterizada por nuevas y crecientes potencias globales.

La pregunta es si Washington va a presenciar este cambio pasivamente, o si se va a mostrar más enérgico, con sentido estratégico para aprovechar las oportunidades de crecimiento en Colombia y gran parte de América Latina.

* Presidente del Diálogo Interamericano

 

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