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Democracia siglo XXI

mes

noviembre 2009

El rompecabezas que se convirtió en Sudoku


 

 

 

 

 

Teódulo López Meléndez

Cuando un país se convierte en un rompecabezas se comienza a utilizar la expresión rompecabezas político. Ante una situación difícil en el plano político se habla de rompecabezas político. La tablilla babilónica que contenía el primer rompecabezas parecía para el juego, pero el acertijo se introdujo en el juego de unos hombres que comenzaron a mirar la palabra como juego. Se dice que Homero quedó perplejo ante el acertijo que le platearon unos pescadores y lanzó su vida al olvido rendido ante la imposibilidad de armar el rompecabezas.

 

La unidad se ha convertido en un puzzle, pero en uno muy sencillo y muy complejo. Lo único que hay que unir es al país. Para ello hay que comenzar por sacar del esfuerzo a las piezas que no pertenecen al puzzle de nuestros desvelos. Recuerdo de niño que cuando se mezclaban dos o más rompecabezas lo primero que había que hacer era la paciente tarea de recolocar a cada uno en su caja. Cuando dos o más rompecabezas se mezclan tenemos una confusión de rompecabezas. Y entonces las cabezas se rompen en vano.

 

Los japoneses inventaron el Sudoku. Y así, como ahora en este país de rompecabezas hay más ventas de sushi que de arepas, ya nadie se ocupa de los rompecabezas sino de los números. Jamás he intentado resolver un Sudoku, pero tengo entendido que se trata de rellenar la cuadrícula de modo que cada fila, cada columna y cada caja de 3×3 contenga los números del 1 al 9. Esto es, resolver a quienes tienen entre todos el 9. En eso anda mi buen amigo Ramón Guillermo Aveledo, manejando y administrando con su gran capacidad de mediación los equipos que compiten en la Liga de Política Profesional de Venezuela. Él se ha dedicado al Sudoku. Yo sigo empeñado en los rompecabezas, en los políticos, claro está.

 

El rompecabezas lo han convertido en un Sudoku. Craso error. La unidad es un rompecabezas, no un Sudoku. El país es un rompecabezas, no un Sudoku. El país es un cuerpo complejo, no un conjunto de equipos minusválidos que decidieron –obligados y constreñidos- no competir más entre sí sino hacerse el mismo equipo. Los jugadores de los equipos son pocos. El país es una muchedumbre compleja, un tejido, un cuerpo, la multitud a la que hay que apelar para que resuelva el rompecabezas mediante su armazón para restituir la figura original. La figura original de este rompecabezas, la imagen que aparece cuando se arma, se llama país, se llama Venezuela. Es la multitud la que toma las decisiones, la primera estructurarse, la segunda producir las respuestas. El rompecabezas armado es la unidad. No hay otra unidad. Esta es la unidad.

 

Hay que recordarles a los venezolanos que somos una nación. Hay que recordarles a los venezolanos que somos un pueblo. Hay que recordarles a los venezolanos que el hecho de vivir aquí nos ha dotado de una cultura inicial que ha venido siendo fracturada inmisericordemente hasta el punto de convertirnos en millones de piezas de un inmenso rompecabezas. Hay que recordarles a los venezolanos que debemos recuperar la atracción del imán que llevamos en nuestro ser y volver a conjugarnos unos con otros para luego hacer desaparecer las costuras y transmitir de nuevo la idea de un cuerpo social que sabe administrar las necesarias contradicciones y conseguir puntos de conjunción y de marcha. Es necesario advertirles a los venezolanos de propósitos y de metas. Es menester decirles a los compatriotas del sistema político que vamos a establecer cuando pase el interregno y como vamos a hacer con el sistema económico que de este se derive y como vamos de una vez por todas a despegar a la plena vigencia del siglo XXI. Debemos comenzar por la unidad, abajo, en nuestro ser venezolano. No hay otra unidad. Esta es la unidad.

 

Debemos especificarles como vamos a lograr la transición. Hay que advertirles que limitarse al acto electoral es un Sudoku trampeado. Se va o no se va a elecciones si ellas forman parte de una estrategia, porque cuando las elecciones son ellas mismas la estrategia se cae en una aberración decepcionante llamada electoralismo que no admite explicación alguna ni justificación matemática. Tal vez tengamos que vivir la decepción como el detonante que le permita al país dejar de ser un rompecabezas para volver a constituirse en nación. Tal vez, pero las enseñanzas de los resolvedores de Sudoku deben servirnos para entender de una vez por todas que unidad es el pueblo con una decisión en la mano, una que pasa por resistir hasta que resistir se hace sinónimo de acción.

 

Cuando se es un niño se mira al rompecabezas como una tarea harto difícil y casi imposible. Cuando se ha adquirido la madurez no se hacen ya rompecabezas porque los rompecabezas desaparecen ante la fuerza espeluznante de la voluntad reunida en haz. Hablo de los rompecabezas políticos, pues yo me ocupo de ellos, no de los rompecabezas que tienen castillos y hadas, magos y arlequines o imágenes de ciudades de la mitología. Menos me ocupo de Sudoku, resuelto ya en la Ley de Procedimientos Electorales.

 

Llamo a la unidad. Soy un fiel partidario de la unidad. La unidad es un imperativo. No hay otra unidad. Esta es la unidad. Dejemos de ser un rompecabezas, busquemos la metamorfosis, lo inesperado. Esta es la unidad. No hay otra unidad.

 

teodulolopezm@yahoo.com

 

 

 

 

Andrew Rasiej: “El poder de participación que da Internet cuestiona todas las estructuras actuales”

El fundador de TechPresident y de Personal Democracy Forum impulsa la regeneración de los políticos – “La democratización de la sociedad por efecto de las comunicaciones es un ‘tsunami’ del que no escapa nadie, ni medios, ni negocios, ni políticos, ni instituciones”

LAIA REVENTÓS

 

Andrew Rasiej quería llevar conexión inalámbrica a las escuelas públicas de Nueva York “para que los estudiantes participaran en la economía del siglo XXI”. En sus reuniones para obtener financiación, descubrió que “los políticos no saben diferenciar al server del waiter (a un servidor de un camarero)”. Entonces alumbró Personal Democracy Forum (PDF) con un objetivo: “Si damos tecnología a los ciudadanos, cambiarán la política”. PDF se sustenta en dos patas: la conferencia sobre tecnología y política que organiza cada año en Nueva York y el blog Personaldemocracy.com, que actúa como banco de ideas. Con la voluntad de ampliar a Europa el debate, PDF traslada su congreso a Barcelona el 20 de noviembre.

 

“La gente vio 1.500 millones de vídeos de Obama y McCain en YouTube. Sólo uno de cada 10, propaganda política. La maquinaria de los partidos había perdido el control”

“Actualmente, el poder de la comunicación está en manos del votante. Es un gran reto para partidos y candidatos. No les queda otra que reinventarse”

Pregunta. Tecnología, política y educación. ¿Juntas tienen poder de transformación?

Respuesta. Mucho. La educación pública es el pilar de la democracia. Sin un sistema fuerte no comprometes a la ciudadanía. La tecnología tiene el potencial para reconstruir el sistema educativo que, a su vez, liderará la refundación de la política.

P. ¿Cómo afecta a los partidos?

R. Estamos en el renacimiento de las redes sociales. Éstas siempre han existido, pero ahora son virtuales. Permiten al individuo encontrarse con multitud de gente que piensa como él. El sistema político del siglo pasado era vertical y se basaba en la retransmisión televisiva. Hoy entramos en una era en la que la gente no se identifica por la agenda política, sino por los temas.

P. ¿Qué quiere decir?

R. Tú puedes ser una persona de ideología conservadora y creer en el derecho de la mujer a decidir sobre el aborto. En este caso no tienes cabida en el partido Republicano, porque lo considera ilegal. ¿Qué haces? Eliges en función de tus preocupaciones.

P. ¿Qué más cambia?

R. Ahora, el poder de la comunicación está en manos del votante. Es un gran reto para partidos y candidatos. No les queda otra que reinventarse.

P. Fue asesor de tecnología de Howard Dean, candidato en las primarias demócratas de 2003. También es cofundador de Techpresident, que cubrió la campaña presidencial de 2008. ¿Qué diferencias ha observado?

R. Cuando Dean se presentó a las primarias, la única herramienta tecnológica social era el blog. Aun así, sus seguidores crearon una red de blogs que empezó a hacer pequeñas donaciones. Por desgracia, Dean se gastó en televisión los 22 millones recaudados online. Eso muestra lo lejos que el sistema político estaba de entender y, sobre todo, de invertir en una infraestructura política basada en la Red.

P. ¿Esa campaña llamó la atención de la clase política?

R. Sólo por el dinero recaudado. No se dieron cuenta de que éste llega si se establece la comunidad. El dinero en política es un efecto colateral. Cuando Dean se retiró abandonaron Internet porque nadie prestó atención a la dinámica generada.

P. ¿Cuándo se lo tomaron en serio?

R. Cuando el senador republicano mejor colocado para las presidenciales de 2008, George Allen, perdió por culpa de Internet. En 2006 Allen tildó a un joven que le grababa en vídeo de “macaco”. Ese vídeo se vio miles de veces. Ya existía YouTube y las redes sociales. Fue el primer impacto directo del poder de la Red. Sin ese incidente, la carrera presidencial habría sido entre Obama y Allen. En 2008 se aceleró. Hoy nadie lo puede ignorar, pero los políticos ya han llegado tarde.

P. ¿Cree que el poder de la tecnología cambiará el mundo?

R. Nunca en la historia de la humanidad habíamos visto a 4.000 millones de personas conectadas por el móvil. Sólo estamos al principio de comprender qué implica la democratización de la sociedad por efecto de las comunicaciones. En el año 2008 la gente vio 1.500 millones de vídeos sobre

Obama y McCain en YouTube. Sólo uno de cada 10 era propaganda política. Las maquinarias de los partidos habían perdido el control. Pero aun así, estamos en un estadio muy inicial.

P. Si el control está en nuestras manos, ¿será más fácil evitar corruptelas?

R. Cuantos más ojos observen, mejor. Más transparencia. El político del futuro no tendrá éxito por el dinero o amigos que tengan en su organización, sino por su red de contactos. Es la diferencia entre la economía de la abundancia y de la escasez.

P. ¿A qué se refiere?

R. Tu periódico vive en la economía de la escasez. Tienen mucha información, pero tiempo y espacio limitado. Tú misma condensarás esta entrevista. Internet, al contrario, es la economía de la abundancia. En el ámbito político, el alcalde de Barcelona debía obtener dinero para pagar a gente que le localizara los desperfectos del mobiliario urbano. Con la Red, puede pedir a sus vecinos que se los envíen online. Todos juntos sabemos mucho más que un individuo o institución. Las herramientas tecnológicas nos están enseñando a tomar ventaja del conocimiento colectivo. Ahí está el potencial para construir una sociedad mejor, pero no es instantáneo ni perfecto.

P. ¿Es importante en este entorno la neutralidad de la Red?

R. No sólo es un debate estadounidense. La sociedad mundial reconoce el poder de la tecnología. Sus implicaciones políticas, económicas y sociales son enormes. Las instituciones no pueden ignorarlo. Dicho esto, el mayor problema en mi país es la distribución de la banda ancha.

P. Sin conexiones rápidas el potencial se reduce, ¿no?

R. Sin duda, pero en Estados Unidos aún se considera que 200 kbps es una conexión rápida. En Europa el estándar es un mega. Es más fácil llevar la banda ancha a los países pobres, que han saltado de la sociedad agrícola a la de la información, que actualizar la arcaica infraestructura de mi país.

P. Usted twittea. ¿En qué otras redes sociales participa?

R. Facebook, LinkedIn, YouTube… Aunque no sea realmente una red social, hay algo que realmente sorprende en YouTube: La videracy o la literalidad del vídeo. La gente no sólo comprende ideas complejas gracias al vídeo. También las crea. Sin texto. Los medios creen que los 20 millones de horas que se cuelgan cada minuto en YouTube son contenido, pero es lenguaje. Mientras, el área de visualización se amplía a marchas forzadas (pantallas planas, smartphones….) se reduce la dedicada al texto.

P. ¿Fin de la era Guttenberg?

R. Fin de la era de los medios impresos, pero empieza la era pub & sub. Cualquiera puede publicar y suscribirse a coste cero. El poder de participación cuestiona todas las estructuras en los medios, los negocios y ahora la política. Sus resultados aún no son visibles, pero está claro que quienes no sepan reaccionar desaparecerán.

 

España: La imprescindible ética del gobernante

Por José Manuel Urquiza Morales

La corrupción, en mayor o menor grado, ha existido siempre en el ámbito de la gestión de los asuntos públicos. En todos los tiempos, sistemas políticos, culturas y religiones. El fenómeno es global. Al parecer, las graves penas establecidas ya en el Código de Hammurabi contra los gobernantes corruptos no han devenido eficaces. Cicerón forjó su carrera política denunciando la corrupción de Verres. En la obra Breviario de los políticos, del cardenal Mazarino, se destaca el capítulo “dar y hacer regalos”: relevantes ministros de la monarquía francesa de 1700 fueron grandes depredadores. El comercio mundial se desarrolló en el siglo XVII bajo la bandera de las comisiones ocultas. Hasta el Estado Vaticano se ha visto envuelto en algún asunto de corrupción (verbigracia, el cardenal Marzinkus y el Banco Ambrosiano).

La corrupción política, entendida como utilización espúrea, por parte del gobernante, de potestades públicas en beneficio propio o de terceros afines y en perjuicio del interés general, es un mal canceroso que vive en simbiosis con el sistema democrático, a pesar de ser teóricamente incompatible con el mismo, y que debe preocupar muy seriamente a todos los demócratas, ya que corroe los cimientos de la democracia, en tanto que elimina la obligada distinción entre bien público y bien privado, característica de cualquier régimen liberal y democrático; rompe la idea de igualdad política, económica, de derechos y de oportunidades, pervirtiendo el pacto social; traiciona el Estado de derecho; supone desprestigio de la política y correlativa desconfianza de la ciudadanía en el sistema, desigualdad en la pugna política, violación de la legalidad y atentado a las reglas del mercado.

En España, en los últimos años, numerosos sucesos han puesto de manifiesto que el fenómeno de la corrupción en la gobernabilidad del Estado (principalmente, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos), no es algo coyuntural, sino estructural, que prolifera peligrosamente en las instituciones públicas. Los casos denominados Gürtel, Pretoria, Palma Arena, Palau, Operación Poniente, Operación Malaya, etc., que recorren la geografía nacional, han revelado que muchas Corporaciones Públicas han estado sometidas al poder económico y se han convertido así, crecientemente, en verdaderas plataformas de negocios varios, y de tráfico de influencias; hasta el punto de que hoy se corre el riesgo, cierto, de que intereses de grupos de presión económicos cambien el sentido del sacrosanto concepto del interés general, para inhabilitarlo. Obviamente, no es posible una estadística real de la corrupción, que por definición es oculta; y, de otra parte, como es natural, no todos los mandatarios públicos son corruptos.

En una sociedad abierta y democrática como la española, todos, en mayor o menor medida, somos responsables de la ola de corrupción que nos asola. Los políticos que la practican, promoviéndola o aceptándola; los sobornadores (promotores empresariales), ora causantes, ora víctimas; los partidos políticos, carentes a estas alturas de autoridad moral para combatirla; el estamento judicial (jueces y fiscales), que en muchas ocasiones no ha dado la talla; las instituciones encargadas del control y fiscalización de la actividad administrativa, negligentes casi siempre en su tarea; los medios de comunicación, silenciando o minimizando, a veces, el fenómeno corrupto; la intelectualidad, poco comprometida en su erradicación; la ciudadanía en general, tolerante en exceso con el político corrupto, quizás porque aún no es consciente de que la corrupción la paga de su bolsillo.

Las causas que propician esta perversión pública son múltiples, a saber: la partitocracia, con sus taras e imperfecciones; la profesionalización de la política, entendida en su peor versión; el fenómeno del transfuguismo; o el deficiente sistema de financiación de las formaciones políticas. Otras, propias del municipalismo, son la crónica insuficiencia de sus recursos económicos; el raquítico régimen de incompatibilidades legales de alcaldes y concejales; la galopante empresarización de los ayuntamientos para huir del Derecho Administrativo; o el deficiente sistema legal de control interno de sus actos económico-financieros.

Pero, por encima de todas ellas, a mi modo de ver, la causa primera de todos los males en el sector público español es la falta de ética pública de muchos de nuestros gobernantes, llegados a la política no por vocación ni espíritu de servicio, ni siquiera por ideología (qué rancios suenan ya estos conceptos), sino por propio interés. En términos generales, ética es el sentido, la intuición o la conciencia de lo que está bien y lo que no, de lo que se ha de hacer y de lo que debe evitarse.

La ética pública ha de ser correlativa de la privada. Mal podrá defender la integridad y la moralidad en el plano público quien carece de ella. Por otra parte, la actuación de cualquiera que realiza una función pública en nuestro país debe estar presidida por la idea de servicio de los intereses generales, que es el principal valor político. El artículo 103 de la Constitución Española -”La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales”- constituye un mandato para autoridades y funcionarios. Los valores clásicos del gestor público (imparcialidad, neutralidad, honradez y probidad) se han de ver complementados hoy con los nuevos valores de eficacia y transparencia, propios de las Administraciones Públicas del siglo XXI.

La corrupción socava la integridad moral de una sociedad. Supone la quiebra general de los valores morales. La corrupción pública, en cuanto supone lucro indebido del agente y su disposición a mal utilizar las potestades públicas que tiene encomendadas, es una práctica inmoral, ante todo; una violación de los principios éticos, sean individuales o sociales.

Algunos analistas consideran que la ética pública ha perdido hoy relevancia social, dada su naturaleza subjetiva. La gran mayoría entiende, sin embargo, que la ética ha de ser el mejor antídoto contra el veneno de la corrupción, y preconiza la necesidad de un rearme ético, de un regreso a los valores antes enunciados. Por eso, se observa últimamente en el mundo una gran preocupación oficial por la ética pública (el reciente Informe Kelly, en Reino Unido, sobre los gastos de los diputados británicos; Recomendación del Consejo de la OCDE, de 1998; Convención Americana contra la Corrupción, de 1996).

La política, que puede ser la más noble de todas las tareas, es susceptible de convertirse en el más vil de los oficios; precisamente porque es una actividad humana y, como tal, defectuosa. Todo el mundo coincide en que la ejemplaridad y la honradez son virtudes que deben presidir la actuación de los políticos, en tanto que escaparate y guía de la ciudadanía.

Pues bien, es la falta generalizada de ética pública de nuestros gestores municipales, por ejemplo, la razón principal del despilfarro del gasto público en los ayuntamientos, del favoritismo en la selección del personal o en la contratación de obras y servicios, de la interesada arbitrariedad en la planificación urbanística, de la negligencia en la gestión del patrimonio municipal o de los frecuentes cambalaches en la composición de las mayorías de gobierno. Es a partir de la ausencia de moral, o de dignidad en el desempeño del cargo, cuando el alcalde (o el concejal delegado de turno, o el funcionario revestido de capacidad decisoria o meramente asesora), experimenta un total desprecio por el interés general de la ciudadanía y utiliza sus potestades en beneficio particular (propio, de sus allegados o de su partido), orillando los principios constitucionales de eficacia, objetividad, independencia e igualdad, y demás preceptos legales y reglamentarios.

Llegados a este punto, hemos de convenir que ni uno sólo de los gestores públicos que recientemente han sido imputados en nuestro país por prácticas presuntamente corruptas, se distingue precisamente por cumplir los postulados éticos que se han descrito, a tenor de los modos y maneras de su malhadada gestión pública, que hemos conocido con todo detalle por las oportunas crónicas mediáticas sobre causas judiciales en marcha. Se diría más bien que utilizan la política como medio de vida y, según se ha visto, como negocio (primun vivere, deinde filosofare). La falta de ética pública de esos políticos es, por tanto, el denominador común de la práctica presuntamente corrupta a que se refieren los escándalos de corrupción antes señalados.

José Manuel Urquiza Morales, abogado, es autor de Corrupción municipal (Almuzara)

www.elpaís.com

Uruguay: Meta(e)-lecciones: el virus-votante ataca al candidato-probeta

por Ricardo Viscardi

Las pandemias a la moda propagan la experimentación humana en tanto principal causa del mal. El peligro viene de nosotros mismos. Ante un parque tecnológico de máquinas centelleantes, perfectas en el efecto de sus revoluciones programadas, somos la descendencia de nuestros errores. Esa fatalidad parece sugerir un defecto de origen que persiste para la universalidad de la especie, incluso denegado el mandato divino, bajo el estigma del incesto. El límite de la Ley somos nosotros mismos, encontramos la Ley del límite entre nosotros. La mismidad de sangre no admite la diferencia propia. Cuando esta adviene engendra un ser monstruoso, cuya iniquidad mancilla la frente de la especie.

Propiciado por la privación de divinidad, el mal universal se expande bajo forma moderna de sufragio universal y secreto. Cada uno persiste ensimismado en su clausura moral de familia ideológica. Privado de exogamia, cada clon de identidad política reproduce el código genético de sus progenitores. Borda-hijo de Bordaberry, luce en tanto perfecto efecto de un pasado eterno: blanco por dentro o colorado por fuera, rabanito reversible según pinte el color del balotaje. Estos inventos de la memoria y de la herencia resuman el sentido de la identidad: somos nosotros mismos. Pero por eso somos los otros de los mismos otros, desbordamos el todo por la carencia de borde-hijo para adentro o para afuera de nadie, llevándolo todo incluso a olvidar el sentido de “nadie”. Nadie es más nadie, todos somos de todos, como Montevideo. Habrá patria para nadie, porque todos somos la patria de todos.

El virus-votante y el candidato-probeta provienen del mismo electorado ensimismado en su indiferenciación. La propagación de uno es la del otro, las condiciones ideales para la generación de la demanda cautiva de electorado pasan por la conmensurabilidad republicana del derecho: la norma dice que hay que votar. La inconmensurabilidad de la justicia, por Fuerza de Ley, queda para las calendas griegas de las elecciones imposibles[1]. Ahora, el virus-votante forcejea, guión sin sentido de por medio (no existe guión, comilla o paréntesis con sentido propio, como no sea modifiar el de otro signo), para convertirse en el contenido absoluto del candidato-probeta. Este último luce en tanto clon de uni-uruguayicidad: perfil de base universitario, sesgo bienpensante, aire bonachón. Pero todos esos retazos de lo mismo sólo se pegan entre sí gracias al envión de guión que cimenta la uni-uruguayicidad, efecto de Estado armado desde los partidos con representación parlamentaria. Por lo mismo, el guión sin sentido del virus-votante y el envión de guión del candidato-probeta se fundan en una única ley de fuerza mayor que los anima: la medición de audiencia.

En tanto la medición de audiencia tiene por razón de ser la mediación del Gran Público, a través de los medios guionados de visión (tele-visión), la medición de la fuerza y la fuerza de la mediación son lo mismo que nadie: El Gran Público. Este tsunami de la opinión masiva arrastra con su fuerza de ola todo a su paso y nos deja el enigma de Montevideo de nadie: antes colorado, nunca blanco, cada vez menos frenteamplista.

Ante esta catástrofe de laboratorio, los curadores de candidato-probeta han abandonado la túnica impoluta que lucieran sus ancestros restauradores (postdictadura). Mientras aquellos investían la bata científica del experto neutral en razón de su saber, pero marcado por su imagen de marca universitaria, esta e-versión de lo mismo ha tomado partido por la letra virtual: arroba El Gran Público!! Nos encontramos así con una meta-realidad que forma parte de las e-lecciones: ¿adonde fueron los votos montevideanos? Ya sabemos lo que no es: ni por la gestión municipal ni por la pertenencia social[2]. Lo que tampoco sabemos es lo que es, razón de no ser que tiene una respuesta única: Nadie. El Gran Público es Nadie[3]. Es la Fuerza del Voto, eventualmente la del adulto mayor o la del indulto de la inteligencia. Indultados de pensar, todos somos parte del Gran Público, cada uno es Nadie y Montevideo de Tôdos.

Mi amigo Pablo Astiazarán decía, respecto a las estrategias de marketing, que se afanan en saber lo que quiere el mercado. Pero, decía Pablo, el mercado no sabe lo que quiere. La razón que le asistía a Pablo consistía en que nadie ingresa al mercado para saber. De la misma forma que nadie se educa lucrando. El mercado de audiencias para el que fue diseñado el candidato-probeta genera, en la misma atmósfera cerrada de laboratorio en que fue pergeñado, el virus-votante, tan ajeno el uno como el otro a cualquier identidad que difiera del indentit-kit del Gran Público. Ingresamos en el cono de sombra conformista que encuentra su tutor en el principio de opinión insípida: perfil de base universitario, sesgo bienpensante, aire bonachón.

Imbuido de la identidad del identit-kit mercadocrático, el virus-votante se afana en confundirse por/para siempre en la esencia del candidato-probeta: la uni-uruguayicidad, es decir, Nadie. Por lo tanto, tanto le da uno como otro candidato-probeta y comienza así el ciclo viral del mal-del-voto-a-cualquiera. Estas pandemias ya azotaron a las mismas socialdemocracias de mercados de audiencias, con el efecto de pasar de Felipillo a Aznar y de Mitterrand a Sarkozy. Más cerca nuestro, ya sueña Piñera detrás de Bachelet. Luego le tocará al otro modelo “equilibrado y racional” que incluso profesa filia pro-chilena dentro de los latinoamericanos: la uni-uruguayicidad.

No sabemos todavía que nombre seguirá a que otro, de todas formas los que sean tienen el mismo destino que el guionado de sin sentido y de envión de guión que anima por igual al virus-votante y al candidato-probeta: Nadie.

El curador de políticos en e-versión debiera tomar a cargo una observación que el director de Factum dio como pauta del período de balotaje 2009, todavía en curso al escribirse estas líneas, en tanto clave de tendencia: la regresión progresista en Montevideo empezó en mayo del 2005. Botinelli no comparaba una elección municipal con otra, sino las municipales de ese año con el tsunami de votos de las nacionales unos meses antes. Le asistía razón, desde su punto de vista y más allá de una perspectiva de Gran Público: las municipales hubieran debido registrar la tendencia del tsunami de las nacionales. Ya por entonces el virus-votante estaba atacando a su homólogo guionado de candidato-probeta: Nadie en busca de Nadie o de cualquier otro, que es lo mismo.

[1] Derrida opone la conmensurabilidad del derecho a la inconmensurabilidad de la justicia, por igual una y otra sujetas a la fuerza en: Derrida, J. (2001) Fuerza de ley : El “Fundamento místico de la autoridad”, Biblioteca Miguel Cervantes Edicion Digital http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/mcp/01475285622392795209079/cuaderno11/doxa11_07.pdf
[2] Una importante discusión al respecto se inició ante la desazón progresista en Montevideo: tanto se puede afirmar lo alarmante como lo intrascendente de la pérdida de votos en barrios populares o de la victoria en razón de la alta votacion de Bordaberry (que disminuye por igual a los adversarios del Frente Amplio) en los barrios pudientes. Ver al respecto los artículos de Gustavo Leal y Rosario Touriño en Brecha (6/11/09) Montevideo.
[3] Respecto a la complementariedad mediático-democrática de todos y nadie: Viscardi, R. “Celulosa que me hiciste guapo” (21/03/06) Compañero, http://www.pvp.org.uy/viscardi3.htm

¿Cómo le quitas el televisor a la gente?

Dice un amigo que el periodismo ciudadano va a morir. O no, no morirá de muerte natural, augura, lo van a matar. Lo van a atar de pies y manos sobre una estaca y caerá por su propio peso.

“No sé”, le respondo. Las leyes susurradas desde España con respecto al control de Internet y la creación de espacios de difusión de información por parte de los ciudadanos, pero dentro de las mismas cadenas de noticias, me hacen pensar en una hoguera gigante, en pleno siglo XXI, donde guardar a todos los herejes que se atreven a practicar la profesión sin licencia.

Pienso en CNN y su IReport; o en El País con Yo Periodista, hasta Telesur ha asumido la moda del ciudadano a través de Soy Reportero. Trato de creer que son iniciativas democratizadoras del conocimiento, potenciadoras de la inteligencia colectiva. Veo en CNN, El País o Telesur el micrófono necesario para aumentar el volumen de los gritos de millones de seres anónimos. Pero, ¿se ven Telesur, CNN y El País solamente como micrófono?

Decía alguien en Facebook: “padecemos el síndrome de la sospecha: tú sospechas, él y ella sospechan, nosotros sospechamos…”. Y yo sospecho. Dudo mucho de la buena voluntad de medios de prensa que responden a intereses gubernamentales o económicos. Medios de prensa que no van a renunciar a mantener el control de la difusión de la información y de la implantación de una agenda previamente colegiada con estas elites de poder.

Es entonces cuando los comentarios, las secciones de compartir, las páginas en Facebook, Twitter y dondesea.com emergen como la gran hoguera donde reunir a todos los cuestionadores del orden de cosas existente. La cuestión asemeja entonces una ecuación matemática, donde para cada valor de la variable X aparece su equivalente en el eje de las Y.

X: ¿Aparecieron los incómodos blogs, algunos con audiencias millonarias?

Y: Creamos una plataforma de blogs desde los medios de prensa y allí englobamos esta forma de expresión ciudadana con los consiguientes beneficios de tráfico.

X: ¿Ahora a estos chicos les ha dado por usar una palomita llamada Twitter y contar en tiempo real todo lo que están viendo/sintiendo/escuchando?

Y: Pues allá vamos a twittear. Cada medio con mayor o menor nivel de aceptación y donde caben estrategias absurdas -reproducir titular y links- o mejor pensadas -convertir a los usuarios en “agentes del cambio” provocándolos, incentivándolos a participar-.

Hasta aquí la cosa no da grandes dolores de cabeza. Mi abuela sigue informándose con el noticiero aunque mis patrones de consumo de noticias hayan cambiado hace unos meses. Mientras mi abuela siga siendo “mayoría” no habrá problemas. La pregunta es entonces, ¿qué pasará cuando los hábitos de consumo de información parecidos a los míos se hagan mayoritarios?

Explicación en tres ejemplos de mis hábitos de consumo de noticias: me enteré del tiroteo en FortHood, de la muerte de Michael Jackson y Patrick Swayze y del asesinato del cura de Regla por mis amigos en Twitter. En el caso de los sucesos foráneos habría que cuestionarse como se enteraron mis amigos. La filosofía del huevo y la gallina. Quizás la fuente madre haya sido un medio de prensa.

Pero si vamos al asesinato del cura de Regla, mi amigo en Twitter contaba en tiempo real lo que se estaba viviendo en la pequeña ciudad. Total silencio de los medios sobre el tema en ese momento. De hecho, ¿a qué hora se habrán enterado los diarios cubanos? ¿Lo habrán publicado? ¿Cómo lo habrán reflejado?

Varios meses después del trágico suceso me hago por primera vez estas preguntas. ¿Por qué ahora? Sencillamente porque mis necesidades de información estaban solucionadas. Mi amigo no-periodista había podido, en apenas media docena de twitts, mostrarme el hecho, sus antecedentes, las opiniones de los presentes, el clima de tensión que se estaba viviendo en Regla… Mmmm… Esto se parece un poco al periodismo que aprendí en la academia, pero, ¡cuidado!, es periodismo hereje. @boxsociety no tiene licencia para informar.

¿Qué pasará con estos periodistas herejes? ¿Habrá un diálogo real, participativo, democrático, horizontal entre los medios de prensa y los ciudadanos? Para ello tendría que haber un diálogo franco entre el poder político y económico y los sujetos. ¿Están dispuestos el poder político y económico mundial a dialogar con los sujetos que tan cómodamente tienen bajo su abrigo? ¿Están preparados para eso?

La respuesta de mi amigo es… “no”. Por eso augura nuevas leyes mundiales de restricción de acceso y difusión de información. El periodismo ciudadano será la cuerda del ideal democrático del siglo XXI hasta tanto no se tense. Cuando eso ocurra el poder recurrirá al aparato legislativo. Y en ese momento me preguntaré: “después que le enseñaste a la gente que el televisor existe, ¿cómo se lo quitas?”.

http://lapolemicadigital.wordpress.com

¿Estamos dispuestos?

 


Alberto Medina Méndez

 

Quienes manifiestan su preocupación por lo que esta pasando en el mundo, por lo que nos ocurre como sociedad, siempre corren el riesgo de caer en excesos de diagnóstico y convertirse en meros relatores del presente.

 

La desazón, la impotencia, la resignación aparecen así como si todo estuviera perdido y cada círculo vicioso fuera eternamente interminable.

 

En algunos casos, efectivamente, solo se trata de meros detractores de lo que nos pasa. Gente capaz de describir lo que sucede, pero absolutamente inhábil para el diseño de una construcción que incluya, al menos, los pilares básicos para la reconstrucción.

 

En otros casos, los que lo dicen, hacen algo más que verbalizarlo. Con aciertos y errores, intentan esfuerzos en su “metro cuadrado” para mejorar su ámbito más cercano. Por insuficiente que parezca, al menos, ellos alinean discurso y acción. No es poco.

 

En estos tiempos es frecuente escuchar frases, tales como “la queja no es suficiente”, “es muy fácil criticar” o “nadie propone soluciones”. Y lo mas grave, es que esos lugares comunes, tienen bastante de asidero.

 

Por otra parte, resulta razonable que muchos hayan alcanzado su máximo punto de  saturación. Es que son demasiados los que dicen “BASTA”. Afirman con convicción que no quieren reiterar  su presente y mucho menos proyectar ese futuro que les propone poco.

 

Pero la cuestión de fondo es aún mas profunda. Quienes dicen sentirse superados por la situación, llegan también a estar molestos con los relatores que solo recitan diagnósticos y críticas, aunque estas estén parcialmente ajustadas a la realidad en más o en menos, porque las consideran inconducentes, irrelevantes.

 

Bajo esos supuestos, cabe preguntarse, Si eventualmente alguien, o  algunos, propusieran, o tímidamente, sugirieran un recorrido posible, ¿ Qué estamos dispuestos a hacer ?. Y es que esta cuestión aparece, porque muchas veces, todo hace pensar que el problema pasa solo por fallas diagnósticas, o hasta por ausencia de ideas. Y es posible que eso fuera así, en alguna medida. Sin embargo ¿ Qué sucede cuando alguien propone algo concreto, audaz, específico, una lucha por un derecho legítimo?

 

Entonces surge, necesariamente, la pregunta ¿Realmente queremos saber que debemos hacer para cambiar el curso del presente? ¿Nos interesa en serio modificarlo, o solo se trata de otro formato de la queja simplista, de un recurso retórico?

 

Es que la ausencia de ideas, de propuestas, de caminos alternativos resulta excesivamente confortable. No requiere sacrificio. Solo conversaciones de café, insignificantes y superficiales, que solo consiguen socavar las pocas convicciones que les quedan a algunos.

 

Los problemas que enfrenta la humanidad, el continente, nuestro país y cada una de sus ciudades, son complejos, al menos los más de ellos, sobre todo los mas significativos. Requieren de dedicación, inteligencia, una eficiente asignación de recursos y esa sincronizada convicción popular que sea capaz de sostenerse en el tiempo.

 

Algunos dirán que las soluciones son simples. Probablemente lo sean, para temas secundarios o menores. Pero la pobreza, la inseguridad, la decadencia de los valores, la república perdida, la democracia imperfecta, los indispensables contrapesos del sistema, precisan de soluciones, que las más de las veces son difíciles. Suponen no solo mucha tarea, sino de una coordinación absoluta que resuelva cada una de las aristas de esa innumerable nómina de componentes parciales de la problemática abordada.

 

Ninguno de esos flagelos se resuelve con un chasquido. Hace falta bastante más que genialidades e iluminados para eso. Lo que incluye, claro está, un diagnóstico que nos encuentre mayoritariamente encolumnados en una interpretación ideológica afinada. De lo contrario solo aplicaremos paños fríos a nuestro enfermo que agoniza. Los problemas son complejos, las soluciones no solo lo serán, sino que además, si aspiramos a superarlos, nos encontrará en el camino, con la necesidad de revisar si estamos haciendo lo correcto casi en forma permanente.

 

Y entonces, vuelve irremediablemente la pregunta original. ¿Estamos dispuestos? ¿Hemos tomado la decisión previa de saber que el proceso tiene un costo? ¿Qué ese costo como individuos, supone esfuerzos, recursos económicos y de los otros?  ¿Qué, en el camino, las cosas que salgan mal implicaran pérdidas importantes? ¿O es que acaso en este mundo algo se consigue sin esmero? ¿Estamos dispuestos a abandonar los espacios de comodidad, los privilegios mal habidos, esos beneficios con los que nos endulzó el perverso sistema presente ?. ¿O es que creemos que la lucha se trata de que otros hagan la tarea y nosotros solo aplaudamos de tanto en tanto?

 

Cambiar la historia, requiere de buenos diagnósticos, inteligentes soluciones, pero fundamentalmente precisa de brazos, del esfuerzo de gente dedicada y capaz de hacer de eso, una tarea literalmente “militante”, disciplinada, perseverante, consecuente y coherente con el resto de los valores individuales que esgrimimos a diario.

 

¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a eso? ¿O es que ante la primera convocatoria para convertirnos en piezas claves de esta causa, aparecerán las excusas de siempre, esas que esgrimen los abúlicos, esas que funcionan como justificativos que explican que yo no puedo, pero que otro debe hacerlo por mi?

 

Formamos parte de una sociedad plagada de discursos desdoblados. Decimos una cosa y hacemos otra. Reclamamos que otros se ocupen de lo que nosotros debiéramos y nos enojamos con el sistema por nuestras propias torpezas y decisiones equivocadas.

 

El relato del presente sirve. También es cierto que no alcanza. Pero antes de dar el siguiente paso, el de llenarnos la boca con lo que creemos que debemos hacer, sería bueno que revisáramos con absoluta honestidad intelectual “que estamos dispuestos a hacer”. No sea cosa que esos que dicen VAMOS solo digan que no lo hacen porque no saben que hacer, cuando en realidad esconden algo mas elemental, mas básico, mas primitivo. No están dispuestos. No importa el plan, no es relevante la idea. Su preocupación solo llega hasta allí. Después de todo, si el plan existiera, deberían finalmente demostrar que su discurso era consistente y que realmente estaban dispuestos a todo. ¿Será así?  ¿Realmente faltan orientadores, esos que nos digan hacia donde ir y como hacerlo? Pareciera que antes de eso debiéramos poder contestar a la pregunta original, esa que define cuanto esfuerzo personal, individual e intransferible creemos estar en condiciones de ofrecer. ¿Estamos dispuestos?

 

 

Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

03783 – 15602694

http://www.albertomedinamendez.com

Corrientes – Corrientes – Argentina

Skype: amedinamendez

 

Llamado a la unidad

Teódulo López Meléndez

La unidad es absolutamente necesaria. La unidad es un imperativo del que no se puede huir. El país está reclamando la unidad. Es menester unir a los trabajadores de Guayana con los miles que deambulan pidiendo viviendas frente a los organismos oficiales. La unidad es un requerimiento de los tiempos. La unidad en una solicitud de la historia. Hay que unir a los merideños sin luz con los trabajadores burlados de la costa oriental del lago de Maracaibo. Hay que unir a todas las amas de casa que han visto dañarse sus electrodomésticos con los trabajadores de la UCV a quienes se burlan sus derechos laborales. No querer la unidad es un delito político imperdonable. La unidad toca desesperadamente a nuestras puertas reclamando la acojamos. Se hace indispensable unir a los miles de comerciantes al borde de la quiebra con los habitantes de esa vasta zona que está entre Caracas y el litoral central. Es indispensable unir a los productores agrícolas expropiados con la gente de Barinas que asiste estupefacta al desgobierno local. La unidad es imperiosa, la unidad no puede seguir esperando por nosotros, la unidad está comenzando a desesperar por la falta de unidad. Hay que unir a las “mujeres de negro” de Mérida con los sindicalistas que ven como el gobierno burla la contratación colectiva. Es necesario unir a las barriadas caraqueñas que no tienen agua con los empresarios honestos que han visto deshechas sus empresas. Hay que unir.

La unidad es el reclamo, la exigencia, la necesidad, lo urgente. Hay que unir a los miles de indigentes que duermen en las jardineras del Metro, de las plazas y de los parques con una posibilidad de esperanza dada por los intelectuales que quieren la unidad. Hay que unir a la gente que no puede comer tres veces al día con los abogados que denuncian la constante destrucción de todo vestigio del Estado de Derecho. Hay que unir a los defensores de los derechos humanos con aquellos que están en pobreza crítica. Hay que unir a aquellos que no tienen cloacas con la gente que se moviliza por carreteras y autopistas en pésimo estado. Hay que unir a los dirigentes sociales con la gente por la que se preocupan en una unidad indestructible. Hay que unir a los dirigentes que creen que hay que borrar los paradigmas anticuados y los procederes nefastos con la población desengañada. La unidad  es el pedido del país, la unidad es el reclamo, la unidad es una orden que nos está dando la historia.

Hay que hablar de unidad, hay que resaltar la unidad, hay que iluminar la unidad con plantas, con velas, con fósforos, con leña, pero la unidad debe estar alumbrada, la unidad debe saber que vamos en su procura. Hay que unir a las mujeres y a los hombres mayores con los estudiantes que buscan un futuro. Hay que unir a los adolescentes con la idea de una república atractiva. Hay que unir a los sindicalistas con los pobres que pululan por el campo engañados por las expropiaciones y por las ofertas mentirosas. Hay que unir. Todos debemos dedicarnos a construir la unidad. La unidad es el planteamiento clave de esta hora histórica. La unidad es la oferta fundamental que nos permitirá salir del atolladero. Coincidimos con quienes nos venden la unidad como la panacea: sí, hay que unir a la doñita que no puede salir de noche y mira triste desde la ventana enrejada de su rancho con el empresario que da trabajo y está pensando seriamente abandonar, en tirar la toalla ante la permisología aberrante que le obliga a sacar docenas de autorizaciones y que tiene su empresa al borde del colapso, uno ayudado por la corrupción que pide y pide comisiones.

Yo soy un fiel partidario de la unidad. La unidad me obliga, la unidad corre por las calles llenas de huecos exigiendo que la adoptemos, que la acariciemos, que le demos albergue. Hay que unir a católicos, protestantes, judíos y musulmanes con los ateos, es urgente congregar al culto pastor con el analfabeto, es urgente la conjunción del profesor universitario con el maestro de la destartalada escuela del lejano y polvoroso pueblo interiorano. La unidad es nuestra divisa. Hay que unir al soldado y al oficial medio con sus vecinos que padecen los apagones, la inflación y la escasez.  Hay que unir al oficial que va al restaurante y se siente observado con la gente que está en las otras mesas y así juntos recobren la identidad venezolana.

La unidad es la condición esencial para tener éxito. Sin unidad no habrá salida. Sin unidad no habrá cambio. La unidad es como el agua, amalgamada en gotas, conjunta en mole, esencial para la vida. La unidad puede devolvernos la existencia, reponernos la luz apagada, reparar las turbinas del Guri, con paciencia, con constancia, con parsimoniosa tarea de reconstrucción. Primero hay que abrir las compuertas, hilvanar en un solo haz de fuerzas a todos los que protestan. Hay que tejer los vínculos, los entendimientos, las comprensiones entre todos los sectores que andan cada uno por su lado y no han visto a la unidad. Hay que unir el engañado con el desengañado y con el nuevo desengañado. La unidad es la prioridad. La unidad debe ser adoptada. La unidad no puede seguir por allí, realenga, vestida con ropa raída, decepcionada. Hay que unir a los sesudos economistas que nos señalan contracción deflación, pérdida de empleo, con los escasos pulperos que sobreviven aquí y acullá. Es urgente la unidad entre las clases que todavía se permiten el matrimonio, la primera comunión y el cumpleaños con una buena fiesta con los jóvenes de los barrios que trasiegan cerveza parados en una esquina y expuestos a que unos distribuidores de droga los acribillen. La unidad nos mira lánguida, extenuada, a nuestra espera. Hay que responderle a la unidad. Es urgente darle una respuesta a la unidad.

Cuando la unidad nos abrace habrá salida. La unidad habrá demostrado así que ella era la panacea. Cuando todos abracemos la unidad seremos de nuevo un cuerpo social. Cuando todos nos hagamos uno con la unidad seremos imbatibles. Seremos de nuevo un pueblo capaz de determinar su destino, de echar la dictadura y de comenzar una reconstrucción sostenida. La unidad es necesaria. El intelectual que teoriza sobre los nuevos parámetros del mundo debe abrazar a la ama de casa que pelea entre el mantenimiento del hogar y el trabajo, entre revisar las tareas escolares por si Stalin ronda los cuadernos y hacer mercado con un dinero que no le alcanza. La unidad nos hala las orejas, la unidad toca el timbre del condominio, la unidad golpea las puertas protegidas del despavorido habitante del barrio azotado por el hampa. La unidad debe ser respirada, absorbida, introyectada. Hay que unir al policía con el ciudadano que lo mira angustiado. Hay que unir al transportista con el pasajero. Hay que unir al comprador con el vendedor. Hay que reconstruir un tejido social unitario. Entonces la esperanza volverá. Estaremos listos para definir una transición. Para conceptualizar lo que vendrá a sustituir al presente malévolo. La transición entonces no nos agarrará desprevenidos, pues ya habremos definido sus bondades, sus condiciones y su ruta.

La unidad anda por todas partes. Hay que asirla, hay que soldarla entre todos quienes protestamos, entre todos los que están resignados y entre todos los que abajo aún creen. Hay que ponerle fin a la inconexión, a la falta de amalgama, a la ausencia de vasos comunicantes. Debemos constituirnos en albañiles de unidad, en ingenieros de unidad, en edificadores del gran edificio de unidad. Entonces veremos la transición, entonces veremos como se abre ante nuestros ojos la reparación de los exámenes en los que fuimos aplazados, entonces veremos la restitución democrática alejada de los vicios del ayer y de su aberrante verruga del hoy. Entonces seremos un pueblo de ciudadanos levantando ciudadanía y una nueva república, ya liberados, ya disfrutando de los resultados de nuestras acciones que pusieron fin a la decadencia y al desastre.

Esta es la unidad. La unidad permitirá restituir la gobernabilidad perdida, procurar la paz en la transición, cohesionar, converger, rehabilitar la libertad, mantener el orden en la mudanza. Esta es la unidad. La unidad es la mudanza. La unidad es la apertura de las puertas y de las ventanas sin rejas. No hay otra unidad. Esta es la unidad.

teodulolopezm@yahoo.com

Foro “Siglo XXI”: Venezuela se ha hecho ingobernable


Foro “Siglo XXI” observa que nuestro país ha entrado en una abierta fase de ingobernabilidad. Se ha perdido la capacidad institucional de control político del cambio social y el gobierno ha visto desaparecer su capacidad de control de los objetos de su gobierno.

 

Estamos ante una sobrecarga de exigencias sociales que la ineptitud del régimen hace imposible de cubrir y que, por el contrario, aumenta ante el debilitamiento de la capacidad de intervención para dar respuestas favorables. Basta observar el comportamiento de exigencia de diversos y vastos sectores de nuestra población y la incapacidad del sistema político que nos rige para atenderlas.

 

La ingobernabilidad proviene del deficiente desempeño gubernamental que olvidó, en primer término, el crecimiento natural del país y que, en segundo término, no tomó ninguna previsión en términos de inversión y desarrollo. El gobierno que padecemos ha sido absolutamente incapaz de tomar decisiones, simples o complejas, frente a las exigencias del cuerpo social.

 

Las pocas decisiones que se han tomado han carecido de efectividad, han resultado derruidas por la ineptitud de los funcionarios encargados de administrarlas y, en infinidad de casos, desvirtuadas y paralizadas por la corrupción.

 

Aún la reacción favorable inicial hacia algunas políticas gubernamentales, de mero asistencialismo y sin concepción de desarrollo humano, ha perdido aceleradamente la aquiescencia original, aunque cabe advertir que tal aquiescencia nunca se tradujo ni implicó  efectividad alguna en su diligencia por parte de los entes administradores de las mismas.

 

La situación de pobreza y de incapacidad nacional para un desarrollo humano sostenido no han sido alteradas de manera alguna por los subsidios gubernamentales disfrazados de cosmética, siendo así que la nación presenta sus mismas fallas dado que las políticas gubernamentales no han alterado las condiciones prevalecientes. Por el contrario, se han acentuado vicios culturales en el comportamiento de nuestros compatriotas y la incoherencia de las políticas gubernamentales las hace caer en contradicciones de tal magnitud que se anulan entre sí.

 

Más allá de la ingobernabilidad como concepto derivado de la situación social y económica del país, es menester mirar la situación desde un ángulo político. Esto es, la ingobernabilidad que afecta a la república proviene de la manifiesta incapacidad para introducir cambios en la marcha hacia metas políticas sin producir, como está sucediendo, una auténtica dislocación social.

 

Se ha perdido completamente la posibilidad de corrección en el camino que se anda. La determinación de romper al país en dos pedazos irreconciliables, mediante el apelo a la confrontación como método de conservar el poder en el ejercicio de la violencia y la ruptura de las reglas de los procesos democráticos, ha conllevado a la disolución progresiva de las relaciones entre bases sociales y representación gubernamental. De esta manera, el gobierno que padecemos carece de toda fuerza para ser seguido fuera de la que impone con el ejercicio del poder armado. Las continuas manifestaciones de desapego y exigencia indican una amenaza de ruptura que la sociedad en su conjunto comienza a ver como válvula de escape a una presión insostenible.

 

Resulta absolutamente improcedente llamar la atención del régimen sobre la presente situación, pues es obvia su incapacidad de preferenciar el trato con los diversos sectores en protesta y mucho menos de recoger en su conjunto las exigencias de la sociedad civil para agregarla a la acción gubernamental. Por el contrario, en su espejismo ideologizado el régimen fractura, agrede, impone y recurre a métodos inaceptables para buscar la cohesión de la nación, como es el del trajinado planteamiento de una guerra externa.

 

No estamos frente a un gobierno democrático de manera que las mencionadas posibilidades de baja de las tensiones están absolutamente descartadas. Ello conduce a la autonomización de las acciones sociales que hasta el momento se han mostrado inconexas, pero que contienen en sí una grave advertencia de actuación al margen de toda institución o de toda agrupación organizada. El aumento del sector informal, la violencia homicida que cobra víctimas en número impresionante y la marginalidad que se nota en la proliferación de seres abandonados a su suerte en las calles de nuestras ciudades, llaman ostensiblemente a soluciones dramáticas.

Foro “Siglo XXI” llama al país a la observación de que sólo es posible enfrentar los gravísimos problemas de ingobernabilidad mediante un proceso hacia la democracia. Ello implica un entendimiento global entre los hasta ahora factores inconexos y una definición del marco teórico y práctico que lo determinará, pues de la calidad de la transición depende siempre la calidad de la democracia que emerge. Un proceso ordenado implica desde un cambio de la cultura política como factor interno deseable  hasta una determinación de lo político-jurídico, hasta la consideración detallada de la emergencia social que la ha producido.

 

Foro “Siglo XXI” llama a considerar los factores reales de convergencia que posibiliten las salidas pacíficas y doten a la nación de un rumbo preciso, de uno que devuelva a la población la confianza y que permita el retorno de un clima de gobernabilidad en el marco de una democracia de este siglo.

 

Caracas, miércoles 18 de noviembre de 2009

 

Foro “Siglo XXI”

Teódulo López Meléndez

Germán Carrera Damas

Oswaldo Álvarez Paz

Alberto Rodríguez Barrera

Elinor Montes

Antonio Pasquali

Adrián Segundo Pérez Grimán

Mercedes Montero

Luis Betancourt Oteyza

Luis Marín

Gustavo Coronel

Francisco Alarcón

Milagros Ramírez

Alberto Lossada Sardi

Alberto Garantón

Rafael Monsalve Castilla

Rafael Grooscors Caballero

Consuelo Briceño Canelón

Lillian Kerdel Vegas

Por Foro-Zulia

 

Andrés Simón Moreno Arreche

Por Foro-Bolívar

 

Ángel Américo Fernández

Demóstenes Pérez

Nalúa Silva

Régulo Cerezo

Víctor Medina

Teresa Coraspe

Arturo Briceño

Amaloa Guerra

María Viviana Latorraca

Por Foro-Italia

 

Blanca Briceño

Por Foro-Suecia

 

Liko Pérez

Por Foro-Aragua

Juandemaro Querales

 

Por Foro-Monagas

 

Rafael Rattia

 

Por Foro-Mérida

 

Antonio José Monagas

Por Foro-Lara

 

Jorge Ramos Guerra

María de Chiossone

Guillermo Meléndez

Alberto Vásquez Celis

Clondy García

Hely Saúl Lizardo

Jesús Eduardo Riera

 

foro.siglo@gmail.com

http://2009forosigloxxi.blogspot.com

 

La doctrina Obama: La nueva política exterior de los EE. UU hacia América Latina

Doctrina Obama

Por Fernando Mires

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Antes de comenzar con el tema central de este artículo será necesario –como hacen los músicos con sus instrumentos previo a un concierto- afinar un par de conceptos, entre ellos, el de doctrina. Labor ineludible si se tiene en cuenta que en la terminología internacional el concepto doctrina tiene un significado diferente a su uso cotidiano.

En términos generales se entiende por doctrina un conjunto de principios destinados a sistematizar una creencia, una ideología o una filosofía. En los tres casos mencionados, una doctrina no está ajustada a un periodo sino que tiene, o pretende tener, una trascendencia que sobrepasa distintas épocas. Esa es, sin duda, una de las grandes diferencias entre una doctrina general y una doctrina política-internacional pues esta última –al ser política- está ajustada a condiciones que rigen sólo durante un determinado periodo y nada más. Razón que lleva a pensar que el término doctrina aplicado a la política internacional es más bien equívoco. Constatación que se refuerza si tomamos en cuenta que mientras una doctrina tiene una connotación positiva que consiste en dar respuesta a temas no sujetos a contingencias, en la política internacional una doctrina surge en el marco de relaciones contingentes que establece un Estado con respecto a otros, relaciones que son en primer lugar negativas y sólo en segundo lugar positivas. Me explico:

Un Estado a lo largo de su historia tiene diversos enemigos, adversarios y competidores y para enfrentarlos desarrolla alianzas con otros Estados de tal modo que como siempre ocurre en política, sea internacional o no, la enemistad determina las relaciones de amistad y no a la inversa. Ahora bien, una doctrina política-internacional, menos que una doctrina es una guía de acción cuyo objetivo es definir a los enemigos, a los adversarios y a los competidores, en un marco de relaciones y alianzas bilaterales y multilaterales. El término guía de acción es, en este caso, muy importante.

Gran parte de las naciones de la tierra poseen una guía de acción para actuar en el espacio internacional que, por ser político, es un espacio de confrontaciones que está marcado, como siempre ocurre en política, por luchas hegemónicas. Esa guía de acción que son las doctrinas políticas internacionales puede ser también, en más de algún caso, una guía de no- acción. Por ejemplo Suiza sabe que para conservar su espacio hegemónico bancario en Europa no debe tomar partido en líos políticos internacionales.

Ahora, para seguir precisando, es necesario advertir que en términos políticos, a diferencia de lo que ocurre con la terminología militar, hegemonía no tiene que ver demasiado con un concepto que es utilizado como sinónimo: el de dominación. La diferencia es sutil pero importante. La dominación de un Estado con respecto a otro es un ejercicio, una relación de facto. La hegemonía, en cambio, no es el ejercicio de la dominación sino el reconocimiento de la supremacía de un Estado sobre otro u otros, y sólo en determinados terrenos pues no existe un Estado hegemónico en términos absolutos.

La gran mayoría de los estados han sido más de una vez envueltos en luchas hegemónicas las que no siendo siempre políticas (pueden ser económicas, tecnológicas, culturales, militares, etc.) buscan, en un mundo político, ser resueltas por medios políticos. Por lo tanto, el concepto de hegemonía está más cerca del de liderazgo que del de dominación, pero con una diferencia: un liderazgo se sigue; la hegemonía se reconoce. Y como es lógico suponer, las llamadas superpotencias, solamente porque lo son, tienen más conflictos hegemónicos que aquellas naciones que no ostentan dicho calificativo.

Más todavía: una superpotencia, aunque no sea en sentido estricto un imperio tradicional, como es el caso de los EE. UU, debe asumir en el curso de sus prácticas hegemónicas, políticas que pueden ser calificadas como imperiales. Por cierto, no se trata siempre de luchas territoriales como las que tuvieron lugar en el pasado reciente. Los espacios hegemónicos son, en el mundo global en que vivimos, más bien transnacionales. Eso no impide que todavía existan luchas territoriales, como son, entre otras, las que libra Rusia con respecto a naciones euroasiáticas (Chechenia, Georgia). Pero esas no son luchas por la hegemonía sino, en el sentido más estricto del término, luchas por la dominación.

Habiendo hecho estas precisiones, podemos preguntarnos si el actual gobierno norteamericano tiene una nueva guía de acción hacia América Latina, que es lo que los publicistas llaman una doctrina. Esa pregunta lleva a revisar el tema de las guías de acción que han precedido al gobierno de Barack Obama. Y, por supuesto, como siempre ocurre en este tipo de análisis, será necesario, para comenzar, referirnos aunque sea brevemente a la “doctrina matriz”: la Doctrina Monroe

ll.

Hay dos modos de entender a la famosa Doctrina Monroe dictada en los EE. UU en diciembre del 1823. Uno es ideológico. Otro es un modo histórico- político.

De acuerdo al modo ideológico, la Doctrina Monroe fue una mera legitimación del llamado imperio norteamericano según un plan pre-concebido para apoderarse de las naciones del sur. Dicha interpretación cobró relieve no en los momentos en que fue formulada, sino recién a partir de 1947 cuando fue dictada la Doctrina Truman que puso freno al avance del comunismo estaliniano en diversas zonas del globo. Esa interpretación ideológica –post factum- de la doctrina Monroe, y que predomina todavía en las percepciones de sectores de la llamada izquierda latinoamericana, surgió ligada al proyecto expansionista representado por el imperio soviético durante la post-guerra. Así, según la mayoría de los historiadores que provienen de la izquierda estalinista, la doctrina Monroe debe ser entendida a partir de la doctrina Truman, y no a la inversa; es decir: un método abiertamente anti-histórico.

De acuerdo al modo histórico–político en cambio, es posible entender a la Doctrina Monroe como una formulación surgida en contra de las pretensiones expansionistas de potencias europeas de la época, sobre todo España, Inglaterra y Francia.

Hay que tener en cuenta que hacia 1823 no terminaba de cristalizar la independencia de las naciones latinoamericanas y que, aprovechándose de la bancarrota económica y militar de España, tanto Francia como Inglaterra no ocultaban ambiciones para proyectar su expansión hacia territorios recientemente liberados, idea que no era un despropósito si se tiene en cuenta que la mayoría de los líderes independentistas sudamericanos eran portadores de un ideario político afrancesado y/ o anglófilo. Aún así, la Doctrina Monroe no logró impedir que potencias coloniales europeas incursionaran en el espacio sudamericano, como la ocupación española de la república Dominicana (1861- 1865), la de Inglaterra en las costas de Mosquitia, o la apropiación de las Islas Malvinas. La guerra contra España y la anexión económica de Cuba y Puerto Rico (1898) pueden ser incluidas en el mencionado contexto.

Más que la exportación de los ideales democráticos consagrados por la Independencia, lo que preocupaba a los políticos norteamericanos a la hora de la doctrina Monroe, era la intromisión geopolítica europea en espacios cercanos a los EE. UU. A su vez, las ambiciones europeas eran más grandes mientras más débiles eran las instituciones políticas de las naciones sudamericanas.

Como es sabido, a diferencia de los EE. UU, en los países sudamericanos no surgieron después de la independencia repúblicas democráticas sino caudillajes militaristas y oligárquicos, en fin, estructuras políticas inestables que lejos estaban de garantizar las soberanías de sus respectivas naciones. Aún hoy, en plena globalización, hay algunas naciones latinoamericanas que son un ejemplo de muchas cosas, menos de democracia. Esa relación más que evidente entre precariedad política y colonialismo europeo intentó ser corregida por los EE. UU durante el gobierno de Theodor Roosevelt mediante un corolario, el corolario Roosevelt (1904), según el cual EE. UU se reservaba el derecho a intervenir en las naciones sudamericanas si estas llevaban a cabo acciones que pusieran en peligro los intereses norteamericanos en la región.

El corolario Roosevelt –y no la doctrina Monroe que era en su sentido y forma una formulación anti-imperialista y anticolonial- avaló puntuales intervenciones norteamericanas en los asuntos latinoamericanos durante la primera mitad del siglo XX. Ese fue el periodo neocolonialista e imperialista propiamente tal en la historia de los EE. UU.

De esta manera, la Doctrina Truman (1947) formulada frente al avance de la URSS de Stalin, cuando Gran Bretaña se declaró incapaz de resistir en Grecia y Turquía el embate militar soviético, parece una reedición de la doctrina Monroe. En cierto modo lo fue en su sentido, mas no en su objeto. Lo fue en su sentido porque su propósito era impedir que EE. UU se viera acosado por potencias extranjeras en sus espacios hegemónicos tradicionales. No lo fue en su objeto, ya que el enemigo no era más la “vieja Europa” sino el imperio soviético.

lll.

La consigna “ni un paso más” dirigida por Truman en contra de la URSS, tropezaba, sin embargo, con un problema muy difícil de resolver: la expansión imperial-soviética era realizada a través de dos vías: una externa y otra interna. La externa era llevada a cabo -sobre todo en el Este europeo- por medio de ejércitos de ocupación. La vía interna encontró puntos de apoyo en movimientos de liberación nacional, en Africa y Asia, y en la participación de los partidos comunistas pro-soviéticos al interior de las -en el lenguaje estalinista así denominadas- “democracias burguesas”, como la italiana y la francesa, y en nuestro continente, la uruguaya y la chilena.

De este modo, a fin de defenderse del avance soviético, EE. UU, país donde había tenido lugar la primera revolución anticolonial de la era moderna, hubo de situarse en contra de legítimos movimientos anti-coloniales pero que, objetivamente, servían de punta de lanza a la penetración soviética. Así tuvieron lugar diversas “guerras de representación”.

Para nadie era un misterio, por ejemplo, que la guerra del Vietnam –iniciada durante Kennedy- fue una guerra entre la URSS y los EE. UU en suelo vietnamita y con soldados vietnamitas. Más aún, EE. UU hubo de embarcarse en la destrucción de regímenes de origen y formas democráticas (caso Chile) porque -según Kissinger- estos eran, o podían ser instrumentalizados por el imperio soviético, tal como había ocurrido con la revolución, en sus orígenes democrática, de Fidel Castro. Esa fue la médula de la “doctrina Kissinger”, también llamada “doctrina de la seguridad nacional”. Dicha política significó, a su vez, una ruptura definitiva con los restos del proyecto Kennedy (Alianza para el Progreso) orientado a buscar apoyo social y político en América Latina en la lucha por la hegemonía mundial en contra del comunismo.

La “doctrina de la seguridad nacional” que nunca fue formulada explícitamente en los EE. UU, fue el corolario militarista de la doctrina Truman hacia América Latina, región donde la llamada Guerra Fría fue muy caliente. Las “dictaduras de seguridad nacional” que en ese periodo emergieron, son testimonio de una historia que no se olvida y que explica en parte porqué todavía existen tantos resentimientos en América Latina hacia los EE. UU. Esos resentimientos sirven incluso como legitimación a regímenes autocráticos que han emergido en algunas naciones, regímenes que pueden ser considerados como restos insepultos de un cruento y todavía muy reciente pasado. En fin, en aras de la dominación militar los EE. UU estuvieron a punto de perder la hegemonía política en América Latina. Precisamente ese fue el problema que trató de solucionar la breve administración Carter con una nueva doctrina: la “doctrina de los derechos humanos”.

No obstante, no debe verse en “la doctrina de los derechos humanos” implementada por el gobierno Carter (1976- 1980) una simple ruptura con respecto a “la doctrina de la seguridad nacional”. Más bien, y de acuerdo a la óptica de su inspirador, Zbigniew Brzezinski, se trataba de una simple corrección a la primera, la que se puede expresar en la siguiente fórmula: “hegemonía política en lugar de dominación militar”. En ese contexto es inocultable que Carter buscaba enlazar su política con el proyecto Kennedy, proyecto que a su vez buscó un enlace con la “política del buen vecino” que intentó implementar Franklin Délano Roosevelt a partir de 1932. La diferencia central entre Kennedy y Carter reside en el hecho de que el primero, en sus propósitos hegemónicos, acentuó el tema del desarrollo económico social como condición de acercamiento, mientras el segundo acentuó el tema mucho más político del cumplimiento de derechos humanos en países sometidos a dictaduras militares.

Interesante es constatar que la doctrina Carter-Brzezinski fue aún más ofensiva que la de Nixon-Kissinger puesto que no se limitó a combatir al enemigo (el comunismo) en sus fronteras sino que penetró al interior de sus guaridas, alentando a los movimientos disidentes y desestabilizando diversas dictaduras comunistas. De esta manera, Carter invirtió los términos de la lucha. Si antes la URSS había apoyado a movimientos de liberación nacional y a partidos comunistas pro-soviéticos con el propósito de desestabilizar las democracias occidentales, Carter hizo lo mismo, apoyando a movimientos disidentes que se levantaban en contra de las respectivas dictaduras comunistas. Más aún: de acuerdo a la doctrina de los derechos humanos, Carter recuperó algunas posiciones hegemónicas a favor de los EE. UU apoyando a diversas iniciativas antidictatoriales en el Cono Sur y, lo más notable, quitó todo tipo de apoyo al dictador Somoza en Nicaragua, abriendo así las puertas para que los sandinistas se hicieran del poder, hecho que el autócrata que gobierna hoy ese país parece haber olvidado totalmente. De tal modo, Reagan sólo se limitaría a terminar militarmente la obra política comenzada por Carter. Por lo tanto, si hoy intentamos entender la política que ha iniciado el gobierno de Obama con relación a América Latina, hay que hacer un cierto “enlace” con el gobierno Carter (más que con el de Clinton).

No sería luego un error decir que la política exterior de EE. UU –desde Monroe hasta Obama- ha seguido una paradójica línea de “continuidad– discontinua”. El propósito central de la política internacional norteamericana ha sido, es, y será durante Obama, el de asegurar las fronteras hegemónicas de los EE. UU. La discontinuidad tiene que ver, en cambio, con las diversas formas que ha asumido esa política constante. A su vez, esas formas están determinadas por las características de los enemigos.

Los enemigos “históricos” de los EE. UU han sido tres. La “vieja Europa”, desde el periodo colonial hasta la caída de Hitler; el imperio soviético, desde 1947 hasta el derrumbe del muro de Berlín; y el terrorismo internacional islamista, desde el 11.09. 2001 hasta nuestros días. Este último es el legado que ha recibido Obama de Bush.

La política internacional de los EE. UU hacia América Latina no puede, en consecuencias, ser separada de la política norteamericana a escala mundial.

En cierta medida la política de los EE. UU hacia América Latina ha sido una prolongación en suelo latinoamericano de sus luchas hegemónicas mundiales. Del mismo modo, las diversas doctrinas norteamericanas hacia América Latina -comenzando por la Monroe, siguiendo por la del Buen Vecino de F. D. Roosevelt, pasando por la de seguridad nacional “kissengeriana” derivada de la doctrina Truman, la de los “derechos humanos” de Carter, hasta llegar a Obama- no han sido planes para llevar a cabo determinadas confrontaciones políticas y militares, sino al revés: han sido el resultado de esas confrontaciones, productos de la experiencias, simples guías de acción determinadas por la presencia de diversos enemigos y adversarios. En ese sentido, si vamos a hablar de la doctrina Obama, hay que tener en cuenta que no se trata de un proyecto pre-concebido de dominación regional. O para decirlo en breve: la doctrina Obama –si es que existe- no es un producto acabado; se encuentra recién en su fase de elaboración.

lV.

La “paradoja de la continuidad–discontinua” deberá probablemente ser mantenida por el gobierno de Obama. Dicha continuidad puede también entenderse como una doble prolongación: una temporal y otra espacial. Por una lado, prolongación de la política de sus antecesores y por otro, prolongación hacia América Latina de la guía de acción configurada por los EE. UU en la lucha en contra de sus enemigos principales.

Difícil será para Obama encontrar una línea de prolongación temporal hacia América Latina. La razón es simple: ni Clinton ni Bush se preocuparon demasiado de sus vecinos del sur. Si hubiera que poner un nombre a esa ausencia de política, el nombre sería el de “doctrina cero”. O dicho así: Bush más que Clinton, hubo de llevar a cabo una lucha por la hegemonía internacional, lucha que no encuentra casi ninguna posibilidad de prolongación espacial hacia América Latina.

En efecto, mientras en el pasado EE. UU tuvo que vérselas con una “vieja Europa” que no disimulaba sus apetitos expansionistas, o con un “castrismo” utilizado objetivamente como un medio de penetración soviética en el continente, el nuevo enemigo fundamental de los EE. UU, el terrorismo islamista, mostró, al menos durante Bush, poco interés en expandir su área de influencia más allá de sus “fronteras naturales”. En cualquier caso, el terrorismo islamista no podrá jamás encontrar sustentos ideológicos en América Latina como en cierta medida ocurrió con el pensamiento ilustrado europeo y en medida mucho más grande con el “marxismo- soviético”. En fin, el terrorismo islamista es un enemigo regional, mas no mundial.

Lo que sí es posible que ocurra, y de algún modo ya está ocurriendo, es que sobre la base de los múltiples resentimientos dejados por la política norteamericana de la Guerra Fría, puedan consolidarse en el escenario latinoamericano gobiernos “socialistas” estatistas y militares, ideológicamente anti-norteamericanos, gobiernos que estén en condiciones de establecer alianzas con entidades terroristas, o con gobiernos islámicos que protejan al terrorismo islamista. Ya tocaremos ese punto. Lo cierto es que con relación a América Latina, Obama tiene, por el momento, dos posibilidades.

La primera posibilidad es continuar la “doctrina cero” de Clinton y Bush. La segunda, desarrollar una política específica hacia América Latina: una política sin una fuerte connotación planetaria.

Ahora, si leemos los signos preliminares de la nueva política internacional norteamericana, podemos llegar a la conclusión de que la connotación planetaria ha bajado mucho su nivel de intensidad para dar lugar a una suerte de articulación de diversas políticas a ser implementadas frente a diferentes enemigos, adversarios y competidores distribuidos a lo largo y ancho del mundo. En términos más simples: al no existir un “enemigo universal” como fue para los EE. UU el comunismo, asistimos a una cierta pluralización de los enemigos. Esto significa que si bien EE. UU tiene un nuevo enemigo fundamental de carácter no mundial sino regional (el terrorismo islamista) tiene a su vez potenciales enemigos y adversarios en distintas zonas del planeta, los que si se convierten en enemigos reales, podrían alguna vez, articularse entre sí. De ahí que, en continuidad con el de Bush, el gobierno Obama se verá obligado a realizar algunas políticas preventivas. En fin, si hubiera que sintetizar los objetivos de la nueva política internacional norteamericana debemos mencionar por lo menos tres puntos.

1. Resguardar espacios hegemónicos sin intervenir directamente en los asuntos internos de otras naciones

2. Diferenciar entre enemigos fundamentales, adversarios y competidores con el objetivo de convertir a algunos enemigos, reales o potenciales, en simples adversarios o competidores

3. Delegar responsabilidades a determinadas naciones sub-hegemónicas

Intentaremos ver a continuación en que medida estos puntos son compatibles con una nueva política de EE. UU hacia América Latina.

V.

América Latina, guste o no, ha sido un espacio hegemónico de los EE. UU, hecho que fue reconocido por la propia URSS después de Stalin, y no hay ningún indicio de que Rusia, pese a los jugosos negocios que realiza vendiendo material bélico a Venezuela, quiera entrar en disputas con los EE. UU en la región. China, mucho menos. Europa tampoco discute la hegemonía norteamericana en América Latina. Y la mayoría de los gobiernos latinoamericanos, incluyendo algunos del ALBA, aceptan la hegemonía militar, económica, tecnológica y cultural norteamericana, siempre y cuando no se convierta en dominación política, hecho que ni siquiera pretenden los sectores más conservadores de los EE. UU.

Sin embargo, nadie sabe en los EE. UU -en un mundo global en el cual hasta las bombas atómicas están convirtiéndose en productos de exportación- que sorpresas puede deparar el futuro. Nadie sabe que curso pueden tomar las relaciones entre el gobierno militar venezolano y la teocracia persa, para poner un sólo ejemplo. Nadie sabe si aparece, en esas tierras que son tan pródigas en dictaduras, algún dictador enloquecido que enfermo de anti-norteamericanismo tenga la ocurrencia de entregar territorio nacional como base de operaciones de comandos terroristas. Si en 1962 Fidel Castro ofreció Cuba a los misiles soviéticos, arriesgando nada menos que una guerra mundial, nadie sabe que puede suceder si aparece, de pronto, en otro país, alguien tan irresponsable como Castro. En fin, nadie sabe si algún dictador intentará desatar una escalada militar contra naciones vecinas con el propósito de edificar un micro-imperio de carácter regional. De ahí que EE. UU, como toda superpotencia, ha decidido tomar ciertas precauciones. Las siete bases norteamericanas estacionadas en Colombia están destinadas a cumplir esa función preventiva, y si alguien tiene dudas, debe leer el acuerdo firmado entre EE. UU y Colombia en torno a ese tema. Sintetizando dicho acuerdo: no dice nada, absolutamente nada. Pero, por eso mismo, se trata de un silencio muy decidor.

El documento dado a conocer recién el 4 de noviembre del 2009 y firmado el 30 de octubre del mismo año (cuando las bases ya estaban instaladas), relata sobre aspectos tecnológicos con una terminología de avezado tinterillo que oculta lo más obvio: que hay un acuerdo entre los EE. UU y Colombia destinado a limitar simbólicamente el espacio hegemónico que los EE. UU consideran como suficiente y necesario en Latinoamérica.

Para cualquier lector que posea un mínimo de sentido común queda claro de que no se trata sólo de una medida preventiva –aunque también lo es- en contra de la Venezuela de Chávez. La verdad es que los EE. UU si quieren proceder en contra de Venezuela no necesitan establecer muchas bases en Colombia. Basta un buen porta-aviones: así de simple. Tampoco se trata sólo de, como dice el documento, cooperar en la lucha en contra del narcotráfico. Si Uribe quiere liquidar de veras el narcotráfico, no necesita cohetes de larga distancia. Basta –como dijo un ducho periodista colombiano- que mire a su alrededor, y punto.

Ahora bien, el propósito de resguardar espacios hegemónicos en América Latina parece difícil de corresponder con el de no intervención en los asuntos internos de las naciones latinoamericanas, propósito que parece representar el gobierno Obama. Sin embargo, lo uno es condición de lo otro. Sólo sobre la base de mantener asegurados sus límites hegemónicos puede una superpotencia como EE. UU permitirse no intervenir en los destinos de otras naciones. En ese sentido el principio de no intervención sustentado por el gobierno Obama recuerda en muchos aspectos a la política del Buen Vecino que representó Franklin D. Roosevelt a partir del año 1932.

De acuerdo a Roosevelt, EE. UU –que al igual que en los días de Obama venía saliendo de una muy profunda crisis económica- debía renunciar a la “política del garrote” y a todo tipo de ambiciones imperiales a fin de establecer la primacía de la política en sus relaciones con América Latina. En términos actuales: se trataba de imponer el principio del ejercicio de hegemonía por sobre el de dominación. Es en el marco de la reactivación de esta nueva-antigua política donde se explica el proyecto de Obama para levantar el embargo a Cuba, hecho que en EE. UU y en América Latina tendría un enorme significado simbólico. Entre otras cosas significaría la despedida definitiva de la lógica de la Guerra Fría, el adiós del “garrote”, el comienzo de una nueva cooperación transcontinental, en fin: la realización definitiva de las visiones de Roosevelt.

Para que esas visiones sean realidad, los Castro sólo deberían realizar algunas mínimas concesiones, entre otras, liberar a los prisioneros políticos que mantienen en sus mazmorras. Mas, hasta ahora, los Castro, bajo el pretexto ideológico de la “defensa del socialismo” no parecen dispuestos a realizar muchas concesiones. La verdad, los Castro necesitan del embargo para culpabilizar a alguien de la terrible miseria en que han convertido a la isla. Hay, además, otra razón adicional y quizás la más decisiva.

La dictadura de los Castro se encuentra definitivamente embarcada en el proyecto de Chávez destinado a construir una alianza militar y política intercontinental anti-norteamericana. De tal manera, mientras los hermanos dictadores cuenten con la protección de Chávez, un giro de Cuba en dirección democrática parece ser mas bien una quimera. A su vez, el proyecto micro-imperial de Chávez necesita de la imagen de un imperio agresivo contra el cual proyectar su ideología (pseudo) bolivariana. En otros términos: Chávez necesita que EE. UU intervenga abiertamente en Latinoamérica para iniciar, en un clima de hipertensión internacional, su supuesta “lucha de liberación” en contra del “imperio”. Sin ese “imperio” Chávez no es nada, o muy poco. No hay que olvidar en ese sentido, que el gobierno militar venezolano es un sedimento de la Guerra Fría. En cierto modo, Chávez y sus secuaces quieren obligar a Obama a intervenir en América Latina con el reaccionario objetivo de restaurar el clima de tensión que vivió el continente durante la época del “socialismo real”. Y casi estuvieron a punto de conseguirlo en Honduras.

El absurdo golpe de junio del 2009 que llevó a Roberto Micheletti al gobierno de Honduras permitió a EE. UU no sólo mostrar su ninguna injerencia en la aventura golpista (hecho inédito). Además, su gobierno condenó abiertamente el golpe. De este modo, y gracias al golpe en contra de Zelaya, Obama pudo situarse en la tradición de Roosevelt, Kennedy y Carter. Dicho posicionamiento tuvo más valor que cien discursos. Sin embargo, EE. UU no pudo eludir la responsabilidad de intervenir en Honduras.

Dos hechos obligaron a los EE. UU a intervenir diplomáticamente en Honduras. El primero, que aparte de la buena voluntad de Oscar Arias no había ninguna institución en condiciones de cumplir funciones mediadoras entre los dos bandos en conflicto. Con la OEA -ese espejo de la miseria democrática de América Latina- no se podía contar y Brasil, país llamado a ejercer un rol hegemónico en el continente, practicaba como siempre la política del avestruz. El segundo hecho fue que la fracción militarista del ALBA (Chávez, Ortega y los Castro) preparaba, con el pretexto de restituir a Zelaya en el poder, una insurrección en Honduras que podría haber derivado en una guerra civil de enormes consecuencias para toda la región. Era necesario pues sacar el problema de las tenazas de Chávez, lo que EE. UU, a duras penas, consiguió.

Prácticamente todas las negociaciones entre los dos bandos hondureños han contado con la mediación norteamericana. Los latinoamericanos –incluyendo al ex presidente chileno Ricardo Lagos- no han pasado de ser figurines decorativos. Tarea muy difícil para los diplomáticos estadounidenses si se toma en cuenta que ellos hubieron de mediar entre dos presidentes ilegítimos. El uno, Zelaya, legítimo de origen pero ilegítimo de ejercicio (violó la Constitución). El otro, Micheletti, ilegítimo de origen, mas no de ejercicio. En fin, gracias a Honduras, la diplomacia norteamericana guiada hábilmente por la mano de Thomas Shannon, ha aprendido que intervenir cuando no hay otra alternativa no significa seguir una línea intervencionista.

Justamente el hecho de que la política norteamericana no sea esencialmente intervencionista ha convertido a Obama en objeto de las más duras críticas que provienen, como suele ocurrir, desde posiciones de la ultraizquierda y de la ultraderecha latinoamericana. Desde la ultraizquierda representada por Chávez, se acusa a Obama de no intervenir a favor de Zelaya. Desde la ultraderecha se acusa a Obama no intervenir no sólo en contra de Zelaya sino, además, en contra de Chávez.

Por cierto, que Chávez gobierne Venezuela es un motivo que alegra tanto a los EE. UU como el hecho de que Ahmadineyah sea el gobernante de Irán. Naturalmente los EE. UU preferirían que en Venezuela gobernara un demócrata ceñido a la letra de la Constitución y las leyes. Es evidente también que en los EE. UU sería visto con muy buenos ojos que Chávez fuese derrotado políticamente por la oposición. Probablemente, si la oposición se constituye en alternativa de poder, podrá tal vez contar con una u otra ayuda de los EE. UU de la misma manera que los sandinistas contaron con la ayuda de Carter en contra de Somoza. Sólo una cosa no pueden hacer los EE. UU en Venezuela: asumir el papel que la oposición venezolana no ha sabido o podido cumplir.

Mientras en Venezuela (o en Nicaragua) no surja una alternativa democrática, EE. UU, de acuerdo a su nueva política internacional, sólo puede limitarse a evitar males mayores como ya lo hizo en Honduras, o intentar neutralizar a Chávez y a los suyos mediante políticas de contención, tratando de convertir al menos por un tiempo a sus enemigos en simples adversarios políticos. Hacer lo contrario sería volver a los tiempos de la Guerra Fría y eso es precisamente lo que quiere evitar el gobierno norteamericano. En ese sentido Obama sigue la línea de Bush quien se dejó provocar e insultar por Chávez hasta límites indecibles sin pisar jamás las trampas tendidas por el diabólico autócrata.

El problema más grave con que tropieza la nueva guía de acción norteamericana es que hasta ahora no ha encontrado una nación o grupo de naciones a las cuales delegar responsabilidades hegemónicas en la región. Brasil, sin duda, es la nación predestinada para jugar ese rol. Pero hasta ahora Brasil ha concentrado todos sus esfuerzos en su notable desarrollo económico.

El gobierno de Lula ha llevado a convertir Brasil en una gran potencia económica y por lo mismo, el astuto presidente ya tiene un lugar reservado en la historia de su país. Sin embargo, Lula ha renunciado a dar un perfil político más definido a su gobierno. Su actuación como presidente ha sido más bien la de un gerente de un enorme consorcio llamado Brasil S. A. En ese proyecto Lula ha hecho lo que un gran empresario sabe hacer: actuar como el “amigo de todos”. Posición que si en la economía es entendible, en política resulta fatal. En fin, frente a la demanda política de Obama, no ha habido ninguna oferta política de Brasil.

Desde la época de Kissinger, cuando EE. UU delegó todos los problemas militares del Sudeste asiático a la China de Mao, los EE. UU saben que ya no son la única potencia mundial. Saben además que el rol auto-asignado por Reagan, el de policía mundial, es imposible de ser cumplido en un mundo multi-polarizado. Saben, por ejemplo, que el tema Irak no puede ser solucionado sin una mínima colaboración de Irán. Y en espera de que alguna vez las corrientes que siguen al reformismo de Jatami se impongan al fundamentalismo radical de Jamenei, necesitan los EE. UU del concurso de Rusia cuyo gobierno mantiene con el de Irán excelentes relaciones diplomáticas. Pero para que los rusos colaboraran, el gobierno Obama hubo de levantar el cerco militar con que Bush rodeó a Rusia, tarea que sólo hoy es posible ya que EE. UU -después de la aventura antinorteamericana del trío Putin, Schröder, Chirac- ha reconstituido su tradicional alianza con el eje formado por Inglaterra, Francia y Alemania. En América Latina en cambio, debido entre otras razones, a la ausencia de vocación política de Brasil, hay un enorme vacío de representación democrática, vacío hacia donde avanza el ALBA del castro-chavismo.

No es ningún misterio que ya el ALBA no es sólo un bloque comercial. Es, antes que nada, una alianza de gobiernos de tendencias autocráticas con objetivos muy precisos. En ese sentido es posible encontrar en el ALBA dos fracciones. Una es la fracción militarista que en este momento ejerce su hegemonía, fracción formada por Cuba, Venezuela, Nicaragua y, hay que decirlo de una vez: por las FARC, las que unidas con las llamadas “milicias bolivarianas” deberán constituir, de acuerdo al alucinado imaginario chavista, el germen de un nuevo “ejército libertador” en contra del “imperio” y sus representantes (léase: Colombia). La segunda fracción no es tan militarista; es más bien estatista y “social”, y está formada por países como Bolivia, Ecuador y Paraguay. Ahora, que estas tres naciones sean hegemonizadas por un proyecto más militarista que político, no sólo es responsabilidad de sus gobiernos. Es también responsabilidad de la apatía política del gobierno Lula y de la incapacidad y torpeza de los gobiernos democráticos de la región para formar un bloque político que frene las pretensiones militaristas del ALBA.

En fin, de una u otra manera, las naciones democráticas del continente deberán, tarde o temprano, articularse entre sí y con un Brasil más político que el actual. Frente a la alianza anti-democrática y militarista representada por los miembros del ALBA, deberá surgir alguna vez, más allá o más acá de la OEA, una alianza democrática de naciones latinoamericanas. De la misma manera, Brasil tendrá que asumir el liderazgo político que objetivamente le corresponde: ése es su “destino manifiesto”. Mas, si todo eso no ocurre, no será culpa de la “doctrina Obama”. Digámoslo desde ahora.

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