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Democracia siglo XXI

mes

junio 2014

Combatir las desigualdades

 

Combatir las desigualdades: Un requisito imprescindible para la transición a la Sostenibilidad

desigualdad

 

Cuando se plantea la urgente necesidad de una transición a la Sostenibilidad para hacer frente a la actual situación de emergencia planetaria, se suele pensar en problemas como el cambio climático, el agotamiento de recursos esenciales (energéticos, minerales, agua, capa fértil del suelo…), la contaminación sin fronteras que está degradando todos los ecosistemas, o la pérdida de biodiversidad. Otros problemas como el hambre o la pobreza extrema de millones de seres humanos parecen pertenecer a otro ámbito, el del sufrimiento de nuestros semejantes, que reclama solidaridad, pero sin vincularlo a la supervivencia de nuestra especie. Al fin y al cabo, se argumenta, el hambre y la pobreza de muchos han estado presentes a lo largo de la historia y prehistoria de la humanidad, mientras que el agotamiento de recursos o el cambio climático constituyen problemas que responden a la muy reciente capacidad de la especie humana para provocar cambios notables en el planeta, como la composición de su atmósfera, que afectan a toda la biosfera.

Sin embargo, comienza a comprenderse que no hay tales diferencias: también el comportamiento depredador y contaminante ha acompañado a la evolución de la especie humana desde sus mismos orígenes. Y si solo recientemente ha adquirido capacidad para alterar la Tierra de forma sustancial, algo similar ocurre con las desigualdades, que se han convertido ahora, como muestran estudios científicos convergentes, en una causa mayor de creciente insostenibilidad.

En efecto, el estudio de las desigualdades y de su contribución a la insostenible situación de emergencia planetaria se ha convertido recientemente en una de las prioridades para la comunidad científica. Baste mencionar que la prestigiosa revista científica Nature acaba de publicar, con fecha del 23 de mayo de 2014, un número especial dedicado íntegramente a las desigualdades (http://www.sciencemag.org/site/special/inequality/), que proporciona y analiza abundante información contrastada acerca de los orígenes, consecuencias y futuro de la desigualdad en el planeta. Y podemos referirnos igualmente al enorme impacto científico y mediático provocado por la publicación del libro del investigador francés Thomas Piketty “Le capital au XXIe Siècle”, traducido ya al inglés y de pronta aparición en castellano, que basándose en datos de más de 200 años, muestra con rigor empírico un crecimiento de la desigualdad que intensifica gravemente las tensiones sociales.

Basándose en estudios como estos, la ONG Oxfam ha publicado este mismo año 2014 su informe 178 en el que denuncia la extrema división de la riqueza mundial: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte (pero de forma nada equitativa) entre el 99% restante. Esta masiva concentración de los recursos económicos en manos de unos pocos se acompaña –señala el informe- del debilitamiento de las instituciones políticas, con gobiernos que sirven abrumadoramente a las élites económicas en detrimento del interés general, lo que supone una gran amenaza para el logro de sistemas políticos y económicos inclusivos y sostenibles.

Ya a fines del siglo XX, el Banco Mundial, del que era primer vicepresidente Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía en 2001), señalaba con preocupación el peligro de que la pobreza acabara estallando “como una bomba de relojería” y Federico Mayor Zaragoza, Director de Unesco, advertía de que las sociedades del bienestar no podrían mantener permanentemente lejos de sus fronteras las inmensas bolsas de miseria. Esta pobreza extrema está estrechamente vinculada al conjunto de problemas que caracterizan la situación de emergencia planetaria, desde la degradación de los ecosistemas o el agotamiento de los recursos a la explosión demográfica y se traduce en enfermedades, hambre y, en definitiva, en baja esperanza de vida. (Ver Reducción de la pobreza).

Es preciso reconocer hoy que la posibilidad de esa catástrofe anunciada ha seguido creciendo, exigiendo la adopción, cada vez más necesaria y más urgente, de medidas correctoras de las desigualdades extremas. En ello insiste Jeffrey Sachs, asesor especial de Kofi Annan, en su libro El fin de la pobreza (2005). Sachs comienza señalando la gravedad del problema: “La enorme distancia que hoy separa a los países ricos de los pobres es un fenómeno nuevo, un abismo que se ha abierto durante el período de crecimiento económico moderno. En 1820, la mayor diferencia entre ricos y pobres –en concreto, entre la economía puntera del mundo de la época, el Reino Unido y la región más pobre del planeta, África- era de cuatro a uno, en cuanto a la renta per cápita… En 1998, la distancia entre la economía más rica, Estados Unidos, y la región más pobre, África, se había ampliado ya de veinte a uno”. Pero su libro, cuyo título completo es  “El fin de la pobreza. Como lograrlo en nuestro tiempo”, se centra, sobre todo, en las medidas necesarias y posibles para acabar con la pobreza extrema.

Sabemos, en efecto, que existen medidas fundamentadas y cuya efectividad, allí donde han sido parcialmente aplicadas, ya ha sido constatada por estudios empíricos como el citado de Joseph Piketty. Una de las medidas más efectivas ha consistido en la distribución de la riqueza en forma de servicios públicos universales, financiados mediante impuestos progresivos, para cubrir las necesidades básicas del conjunto de la población, como sanidad, educación, derecho a vacaciones pagadas y al seguro de desempleo, sistema accesible de transporte, bibliotecas, espacios para practicar deportes, y un largo etcétera que incluye, de forma destacada, el derecho a un ambiente saludable.

Como explica Tony Judt en su libro Algo va mal, “Desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970, las sociedades avanzadas de Occidente se volvieron cada vez menos desiguales. Gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados, la provisión de servicios sociales y garantías contra las situaciones de crisis, las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza”. No fue una conquista fácil y exigió duras batallas sindicales y políticas que dieron lugar, en dichas sociedades, a legislaciones progresistas que regularon el sistema bancario, establecieron salarios mínimos, topes a los horarios laborables… y, muy particularmente, introdujeron sistemas fiscales que permitían sufragar los costes de los servicios públicos. Se había producido una transición, con palabras del político laborista inglés Anthony Crosland, desde “la convicción inexorable de que cada cual debía valerse por sí mismo y la fe en el individualismo a la creencia en la acción colectiva y la participación”.

El sistema tributario progresivo constituyó, pues, una conquista social extraordinaria que permitía recaudar ingentes sumas entre los más ricos para subvencionar el llamado “Estado de bienestar”. Es verdad que estas políticas solo afectaban a menos del 20% de la humanidad y que se necesitaba extenderlas al conjunto de la población del planeta con, entre otras cosas, políticas de cooperación y ayuda a los países en desarrollo. Pero acuerdos como la cesión por los países desarrollados del 0.7% del PIB para Ayuda al Desarrollo quedaron en meros compromisos voluntarios jamás satisfechos, si exceptuamos algún pequeño país del norte de Europa. Lo mismo se puede decir del escaso eco del movimiento mundial en favor de la cancelación de la deuda contraída por los países pobres con sus acreedores.

Las conquistas sociales del estado de bienestar quedaron limitadas, pues, a un reducido número de países. Es más, desde los años 70 del siglo pasado comenzó una potente campaña ideológica para hacer resurgir el entusiasmo por el beneficio individual, la desregulación de los mercados y la privatización de los servicios, todo ello acompañado por una fuerte reducción de los impuestos pagados por los más ricos. Así, en EEUU, donde las rentas más altas llegaron a pagar hasta un 90% de impuestos en los años 50, se bajaron a menos del 30% en la época de Reagan. La situación es tan escandalosa y, a la larga, tan perjudicial para todos, incluidos los actuales súper millonarios, que algunos de estos, movidos por lo que podemos considerar un “egoísmo inteligente”, han empezado a reclamar otra política fiscal. Un hecho que ha tenido gran repercusión mediática a este respecto ha sido el artículo publicado en el New York Times por el financiero Warren Buffet, denunciando que habiendo ganado él 46 millones de dólares, sólo tuviera que pagar el 17,5% de impuestos federales, mientras que su secretaria, que ganaba 60.000 dólares, pagaba el 33%.

Lamentablemente, el discurso ideológico de “bajar los impuestos nos beneficia a todos” ha calado en buena parte de las sociedades desarrolladas, y los mismos gobiernos que están recortando derechos sociales y desmantelando el estado de bienestar, ofrecen como incentivo electoralista nuevas bajadas de impuestos… que benefician selectivamente a los más ricos e imposibilitan mantener servicios públicos de calidad.

Frente a ello es preciso hacer pedagogía de los impuestos como una inversión social que permite al conjunto de la ciudadanía acceder a servicios a los que individualmente muy pocos tendrían acceso. Es necesario mostrar que el rechazo de los impuestos es promovido por quienes están en contra de los servicios públicos y prefieren que “cada palo aguante su vela”. Es decir, es promovido por quienes tienen fortuna para atender a sus necesidades educativas, sanitarias, culturales… y prefieren mantener sus privilegios contra el interés general. Desgraciadamente, su engañosa argumentación anti impuestos (“el Estado nos roba a todos”, “sin impuestos cada cual dispondría de más dinero”, etc.), cala en la sociedad y conecta con un rechazo popular históricamente justificado, pues originalmente los impuestos estaban destinados prioritariamente a subvencionar la opulencia de la “nobleza”, sus palacios, sus ejércitos…

Hacer pedagogía de los impuestos progresivos exige clarificar estas cuestiones, mostrar su necesidad como instrumento para luchar contra las desigualdades. Y demanda, además, transparencia en los presupuestos, es decir, en el uso de los recursos recolectados, así como posibilidad de participación en la fijación de su destino. Cabe saludar por ello la Agenda Post 2015 de Naciones Unidas, que hace de la erradicación del hambre y de la lucha contra las desigualdades extremas en el planeta uno de los objetivos fundamentales para el logro de sociedades sostenibles (ver Objetivos de Desarrollo Sostenible).

Educadores por la sostenibilidad
Boletín Nº 97 30 de junio de 2014
http://www.oei.es/decada/boletin097.php

La pobre economía

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Teódulo López Meléndez

La economía no puede manejarse desde impulsos expropiatorios. Las líneas económicas no pueden ser determinadas por un iluminado que va recorriendo el territorio señalando con la punta del dedo lo que debe pasar a control del Estado.

La economía ya no puede ser marcada por desvaríos ideológicos. No es permitido ajustarse a cánones decimonónicos y proceder a destruir un aparato productivo en aras de la supuesta edificación de una idea rocambolesca.

Eso de ir a destruir el capitalismo para sobre las ruinas construir el “socialismo del siglo XXI” es un desvarío. Qué hay que avanzar hacia nuevas formas es un mandato de los tiempos, pero hay que tener el tino de comprender que la justicia económica en el siglo XXI se llama convivencia pacífica de distintas formas de propiedad.

Pasos al azar, gasto sin control para pagar una deuda social que había que pagar, pero sin la sabiduría del buen administrador. Expropiaciones fuera del ordenamiento jurídico para avanzar hacia un capitalismo de Estado que sería algo así como la antesala de la utopía realizada contradiciendo la propia esencia de la palabra. Esos fueron algunos de los desvaríos, a los cuales hay que agregar el de la corrupción, en infinidad de casos permitida para ganar lealtades, para tener listo el expediente por si alguien intentaba un desvío.

La economía es pragmatismo, hasta para construir un nuevo modelo, como el que hace falta, porque ahora ni eso es discutible, dado que hay que recurrir al librito para tratar de arreglar el desastre de una economía en el suelo y tratar de que las medicinas sean para el paciente lo menos dolorosas posibles.

Frente a la necesidad de correcciones están las realidades políticas. Si tratan de enderezar los radicales argüirán se ha abandonado el “Plan de la patria” y el heroico legado del “líder supremo”, mientras que si se persiste en este camino el que termina de hundirse es el país. Anuncian, por ejemplo, la necesidad de un cambio único, lo que es evidentemente conveniente, pero todos tememos con él venga otra devaluación brutal de nuestro signo monetario.

En economía, tal como no se pueden aplicar ortodoxias ideologizadas, también se pagan los precios por las decisiones que se tomen. El desastre a donde hemos llegado tiene, en consecuencia, un precio político que el inmensamente débil Maduro deberá pagar, no sabemos si arriesgando incluso su propia estabilidad.

La economía es pragmatismo, no ideología. Se hace lo que conviene, aún dentro de un proyecto razonable de justicia, como el que algunos consideramos de diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente. El que en economía se plantee absurdos conduce a la ruina. No se puede pagar deuda social a costa de hacer de PDVSA un ente endeudado hasta la coronilla. No se puede vivir de subsidiar sin plantearse la sustitución de los subsidios por formas productivas de organización comunitaria.

En enero del 2013 advertí el 2014 sería el año decisivo sobre el destino de Venezuela. Tal planteamiento no fue consecuencia de algún súbito rayo de lucidez, sino de estudio de la agenda política y de la evolución que llevaba la economía. Sigo pensando lo mismo y por eso he dicho llegaré a su final opinando, no sin hacer –lo admito- un supremo esfuerzo de disciplina. Desde las nociones básicas hasta las grandes decisiones, desde los vericuetos de la psicología social hasta la realidad de una clase política enclenque, el país venezolano sigue a merced de los imprevistos, del azar.

tlopezmelendez@cantv.net

Desmesurada complacencia

 

complacencia

Por Alberto Medina Méndez

La sociedad se enfada a menudo con la política. La corrupción crónica, la impericia serial, las permanentes contradicciones discursivas, la ausencia de ideas para gobernar, las internas despiadadas, los reiterados exabruptos, la abundancia de privilegios y el despilfarro de los dineros públicos, son solo parte de una larga nómina de detestables cualidades que molestan, con sobrados méritos, a buena parte de la ciudadanía.

Eso no podría darse sin la complicidad de una comunidad que se enoja, pero no lo suficiente, que se incomoda pero no reacciona jamás. La bronca dura poco, para luego naturalizar lo inadmisible y aceptarlo todo como parte de una realidad que duele pero se soporta.

En algunas democracias más maduras, simples actitudes individuales incorrectas de los líderes políticos o meras declaraciones inapropiadas, dejan fuera de la carrera política a cualquiera que pretenda postularse a un cargo. En esas sociedades los niveles de exigencia son muy elevados.

Hay que hacerse cargo de que no todo lo que acontece es exclusiva responsabilidad de la política. Si la sociedad tolera la corrupción, con liviandad, no puede esperar que esta se extinga por arte de magia. Cuando los mecanismos más básicos no funcionan mínimamente, no es razonable creer que algo cambiará. Eso ya no es culpa de la política, sino de la patética conducta cívica de absoluta pasividad frente a cada despropósito.

Es importante asumir el presente, no solo para recriminarse la acción u omisión, sino para intentar modificar el futuro actuando en consecuencia. Una sociedad que no despierta, que prefiere la apatía, que se queja sin eficacia y no utiliza las herramientas que tiene a mano, es cómplice y no un mero observador externo.

Los ciudadanos son participes necesarios de mucho de lo que acaece. Los políticos de hoy no identifican estímulos suficientes para obrar correctamente. Cuando desvían fondos del Estado para hacer proselitismo o para su propio patrimonio personal, lo hacen no solo por su inmoralidad manifiesta, sino también porque no existe sanción efectiva por cometer esos delitos. No solo no responden ante la justicia por sus faltas, sino que tampoco pagan costos electorales, ya que muchos de ellos permanecen en el centro de la escena por décadas siendo nuevamente apoyados por ciudadanos que conociendo sus atributos e historias, los vuelven a votar.

Es posible que esta realidad tenga que ver con la carencia de opciones. La ciudadanía cree que todos son iguales y se siente empujada a elegir entre dirigentes corruptos e ineptos. Todos los sistemas que restringen la competencia promueven esta escasez de alternativas y eso impacta sobre la cantidad y calidad de la oferta política, debilitando el porvenir.

Para disponer de mayores alternativas resulta imprescindible que las barreras de acceso sean las mínimas. Sin embargo, la legislación vigente consagra con categórica convicción el monopolio de los partidos políticos.

Esto no es casual. La corporación política ha cerrado las puertas de modo intencional. No quieren contendientes en su camino. Desean forzar a los ciudadanos a seleccionar entre los que ya están en el juego, a los que diseñaron estas reglas a su medida, justamente para que el estándar de exigencia sea diminuto y puedan alcanzar sus propios objetivos personales.

Las leyes imperantes establecen múltiples restricciones para crear un nuevo partido político, bajo la perversa visión de que es mejor para la democracia tener pocos y fuertes, que muchos y débiles. Las normas complican además la chance de mantener activo un partido, dejándolos al borde de la precariedad formal, con la indisimulable intención de eliminar alternativas viables para los votantes.

El financiamiento de la política es un capítulo que se agrega, ya que más allá de lo dice la legislación, a la hora del ejercicio cotidiano, la evidencia demuestra que, el que controla la “caja” estatal, la usará sin disimulo, para hacer política con absoluto descaro e impunidad y sin rendir cuentas.

La inexistente transparencia en el funcionamiento del sistema, favorece a los más inescrupulosos e invita insolentemente a ser parte de la cofradía para así acceder a los espacios de poder. Un ciudadano cualquiera, por capaz, honesto, e inteligente que sea, no puede postularse como candidato a un puesto público si no pertenece a un partido político o, al menos obtiene previamente una convocatoria y aval de una agrupación para hacerlo.

Es paradójico que estas formalidades se cumplan con tanta rigurosidad, mientras no funciona del mismo modo cuando un funcionario se apropia del dinero de los contribuyentes apelando a indisimulables prácticas.

Lo que sucede en el presente tiene muchas explicaciones. Pero también queda claro que, gran parte de lo que ocurre se produce porque una ciudadanía bastante hipócrita lo respalda con una desmesurada complacencia.

www.albertomedinamendez.com.ar

 

Crisis con gambetas

balón mundial 2

Teódulo López Meléndez

Un campeonato mundial de fútbol centra la atención. Ello es inevitable. El deporte que mayor pasión despierta ocupará los titulares y las conversaciones, quizás como una especie de poción o tal vez como una pomada para músculos adoloridos.

Hasta los hechos políticos se describen como acciones frente a un arco y los parroquianos ensimismados llegarán a afirmar que Giordani le metió un gol a Maduro o que en el equipo contrario parecen asomar la dispersión y las contradicciones, mientras se observa a Dieterich diciendo palabras duras a su nuevo e inesperado compañero de intereses.

Giordani es bien descrito por Dieterich como un anticuado, como alguien anclado en una ortodoxia vencida, en un sistema de juego periclitado pero, como todo caído, Giordani produce el documento que cree absolutorio en esa búsqueda desesperada de un veredicto en que el árbitro llamado historia no podrá recurrir a la tecnología como en el caso del Mundial que nos ocupa.

Ese tipo de justificaciones posteriores, signadas por la gambeta de “yo lo dije” o “yo lo advertí” jamás entran en el resultado final del partido. Producen los calambres del caso, generalmente atribuidos por los especialistas a temporadas muy largas en sus respectivas ligas. En efecto, Giordani venía de una larga, de una de donde pretendía construir las bases de un utópico “socialismo del siglo XXI” que pasaba por la destrucción del aparato productivo sin entender, porque el viejo Marx se lo impedía, que hoy deben convivir diversas formas de determinar ese equipo sensible llamado economía.

Por su parte, Dieterich hace de aficionado en desengaño contando semanas de vida a su anterior equipo, en actitud del párvulo decepcionado que en el fondo de su corazón cree que quienes fueron sus jugadores no supieron interpretar la estrategia del juego.

Mientras los afectos de las desafortunadas “paredes” y de los pases fallidos parecen disminuir en eso denominado “el conservar el poder une”, los balones del otro equipo son sólo patadas en desorden, despejes a los laterales, incongruencia violenta que recuerdan al Pepe portugués. Los gritos al viento es lo que se les escucha mientras las tribunas apenas comienzan a tomar conciencia están presenciando un juego entre equipos de tercera categoría.

Suele suceder que los equipos que llegan jamás han debido llegar. Entre escribir una crónica sobre los males que aún esperan a la economía venezolana y sobre las penurias que se asoman en el horizonte, agrandadas en relación a las actuales, quizás los venezolanos agradezcan dejar el televisor encendido sin nadie que mire mientras se refugian en la cocina haciendo el inventario de lo disponible.

No hay rectificación posible en el régimen. Sigue su marcha sin variantes, apenas con la entrada ocasional del conjunto médico a poner algunos anestesiantes o con la práctica de cambiar de posiciones en el campo a los mismos jugadores agotados. A esto último lo suelen llamar cambio de gabinete. Alguien ha dicho, con asertividad, que lo peor que le puede pasar a un político es que sus compañeros comiencen a admitir que lo que le dicen sus ex compañeros es absolutamente cierto.

Los partidos de fútbol suelen dejar en el país del equipo derrotado un pésimo sabor de boca, un desengaño, una tristeza. Cuando son dos los equipos derrotados se deja este intento por escribir una crónica para escribir un veredicto: la renovación debe ser total, la evolución de las categorías menores hacia la selección nacional fue fallida, es menester el país en crisis se reproduzca en otros seleccionados y las direcciones técnicas sustituidas.

Aún quedan octavos, cuartos, semifinales y final. Aún queda juego. Uno donde este país vinotinto puede enmendar, si es que desde las tribunas donde se ha escondido le sale un aliento no para gritos estériles a los jugadores descartables, sino para asumirse como el jugador.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

Organizarse en núcleos de núcleos

Nucleo

Por Ofelia Avella

Que hay que organizarse es algo más que sabido. Lograrlo es, sin embargo, difícil. Estamos acostumbrados a dejarlo todo en manos del líder que actúa y decide, y así –confiando y esperando-, hemos caminado por años. Hemos madurado y aprendido infinidad de lecciones, pero el proceso continúa y la frustración, el agotamiento, y la crisis económica podría hacernos tirar la toalla o llevarnos a decidir salir del país.

Las crisis pueden exigir modos diversos de organización. Pareciera que la gran presión debería venir, en estos momentos, de la sociedad civil, quien poco a poco ha ido despertando y asumiendo su parte de responsabilidad. Hay que superar los viejos esquemas partidistas para terminar de comprender que la sociedad no existe sin sus ciudadanos. Ante el poder hegemónico del Estado, son los ciudadanos comunes quienes deben representarse a sí mismos y hacer valer sus derechos. Los partidos políticos constituyen una manera más de organizarse, pero NO es la única.

Es cierto que todos sabemos que si estuviésemos bien organizados la historia sería otra. Habría que preguntarse, sin embargo, qué hacemos cada uno y cómo estamos integrados en algún mínimo núcleo o grupo, que pueda a su vez alcanzar a las cabezas de otros núcleos o pequeños grupos que por tener la misma inquietud, están organizándose también en estos momentos. Lo que digo está sucediendo, no es sólo una sugerencia. La idea no es original, pues pareciera que el momento está siendo bien diagnosticado por muchos ciudadanos de a pie que no sólo quieren “hacer algo” por el país, sino que quieren también encontrar la manera eficaz de cambiar este modelo, de incidir realmente, cansados como estamos de esperar los lineamientos de un líder.

Intervenir activamente en un movimiento, en un núcleo comunitario que busque contactar a otros, en beneficio del país es –de hecho- el mejor modo de sentirse útil y superar la depresión en que nos sumiría esperar por el Mesías que venga a resolverlo todo. Esperar por intervenciones extranjeras, por las sanciones de EE.UU., por alguna justa decisión de los organismos internacionales, por la muerte de Fidel, o por la súbita aparición en escena de algún militar institucionalista que haga cumplir la Constitución, serviría sólo para aumentar nuestra pasividad.

Es evidente que alguna de esas situaciones podría ayudarnos a mejorar el escenario futuro, pero no es real hacer depender nuestra salvación de alguna circunstancia que no implique nuestro obrar. Hablar de “organización” puede sonar utópico y difícil de lograr, pero es posible. Que cada edificio y comunidad busque reunir un grupo que mueva a otros; que cada núcleo busque a otros pequeños grupos con la misma inquietud. Si obramos así nos asombrará descubrir que somos más de los que pensábamos. ¿Qué pasará después? Eso se irá viendo….Lo primero es ayudar a que muchos vayan tomando conciencia de que tienen que activarse y hacer algo por el país porque, de lo contrario, dependeremos siempre de las circunstancias, de la suerte o del tirano de turno –quien aprovecha el vacío y la pasividad de los demás.

Las muchas protestas –siempre válidas y necesarias-, pero sin objetivos más concretos, agotan y frustran. Organizarse en grupos pequeños ayuda a saberse efectivamente conectados y aunque suena a “proceso lento”, hay que saber que quizás lo será, sí, pues la mentalidad no se cambia de un día para otro. Un eventual suceso que nos llevase más rápidamente a la transición es deseable, por supuesto, pero el tejido social debe estar “tejido” para que haga las veces de malla que nos sostenga en los momentos críticos.

Hay muchos “auto-motivados” y otros miles desmotivados. Para organizar un verdadero y efectivo movimiento de resistencia hay que buscar a quienes vean esto con claridad, para alcanzar luego a las cabezas de los muchos pequeños núcleos desperdigados que existen en estos momentos. ¿El objetivo? Lograr conectarnos realmente y no sólo virtualmente, pues esto último será eficaz en la medida en que brote del contacto real. Además, urge sanar un tejido social descompuesto y en muchos casos desintegrado, pues aunque sean muchos los grupos que pululan por ahí, serán sólo focos mientras no se conecten.

La transición debería venir de abajo. La presión social debería llevarnos a que sea la sociedad civil quien exija la dirección a los que ahora dicen representarnos. Suena imposible si no hacemos nada. Todo es factible si cada uno se activa y deja de depender de otro que resuelva. La sociedad es una comunidad y lograr que efectivamente lo sea exige nuestro aporte. Sólo así, realmente conectados, llegará la hora de una masiva manifestación.

De abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo: las fuerzas de oposición deben abrirse a todos los gremios e incluirlos en la orientación que buscamos. La sociedad debe presionar para que así sea. Es hora de tender hacia una gran unidad, cada vez más articulada y fuerte.

Ofeliavella@gmail.com
@Ofeliavella

 

Colombia elige la paz

Santos 2

 

Audio de Teódulo López Meléndez

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El potro y el destiempo

Destiempo 1
Teódulo López Meléndez

Cuando el potro sale y comienza a correr es ya superfluo preguntarse si salió a destiempo. Lo único que queda es usar las riendas para orientarlo, para morigerarlo, para evitar el potro se desbarranque.

Sobre la carrera del potro se harán a futuro balances, pero mientras el potro corre simplemente el potro corre. Suelen ser así las historias, suelen así sucederse los acontecimientos.

Los balances se dirigen, al final de la carrera, a quienes quitaron las talanqueras, a quienes azuzaron al potro. Es inevitable que toda carrera culmine con el señalamiento de quienes abrieron el corral y la historia tiene por hábito apuntar su dedo a los responsables directos de la carrera del potro, especialmente si la amargura lleva ya a señalar que el potro corrió a destiempo.

En política se puede cambiar de posición, pero hasta para ello se requiere honestidad e inteligencia. Honestidad pues un actor político puede admitir, por ético convencimiento, haber estado en una posición equivocada, en la ejecución de una táctica errada. Inteligencia, porque la corrección no se puede hacer desde la hipocresía y saltando hacia atrás, desde la demagogia y desde los falsos arrebatos. Cuando es menester cambiar y/o se admite el error y se da la cara y se salta hacia una posición de mayor avanzada en el sentido de la calidad de la nueva propuesta o discretamente se retira a esperar un veredicto condenatorio que no faltará.

Ahora el país está en el limbo. En la cristalería entró un elefante y no dejó nada a salvo. Ahora el país se refugia en el fútbol para obviar el bochorno de una tarde de intensa sequía. Un profundo dolor por los caídos y una experiencia trágica de la cual se deben sacar enseñanzas, nunca el lamento plañidero que ya se observa en el sentido de manifestar que se salió a arriesgar la vida sin que un país reaccionara. La megalomanía suele producir efectos inicialmente opioides al pensarse el propio gesto desatará a las multitudes. Se debe marchar hacia otras formas, hacia la creación de redes, al establecimiento de una comunicación profunda que faltó de la manera más obvia, a la organización interior de la madurez y al apelo a la reflexión desde las ideas. Todo ello conducirá a una nueva praxis, a nuevos diseños de acción, a la construcción de nuevas realidades.

El político que hundido en el fracaso trata de taparlo con grandilocuencia, con aspavientos, con anuncios sonoros y despavoridos, no es un político, más bien un gritón, un histérico, un desesperado por la sobrevivencia. Al político que únicamente le interesa su propia salvación, el conservar lo que considera su liderazgo y para ello recurre a fórmulas aparentes, sólo aparentes, pues no son más que patéticos intentos de huída hacia adelante, hay que señalarlo, sentarse a escucharle sus giros de pobre lenguaje y decirlo, porque debe decirse so pena que los últimos fanáticos de quien mostró absoluta incoherencia para la dirección se vuelvan indignados contra quien cumple su deber de decirlo.

El país fue advertido paciente y oportunamente de la necesidad de reconsiderarlo todo. Lo dije en las redes sociales y lo asomé en mis textos. Era necesario reflexionar, buscar nuevas vías, recurrir a la imaginación y hacer las modificaciones estratégicas y tácticas necesarias y hasta se señalaron propuestas concretas de acción. El país suele hacer ratificaciones permanentes de sordera. Ahora es menester volver a decirlo: aquí la reacción no es la que se asoma, esto es, la falta de reacción como reacción, la abulia en lugar de la reflexión, la resignación en llanto de vírgenes plañideras, la simple constatación de lo obvio porque si para algo se constata lo obvio es para romperlo, para superarlo, para sustituirlo por una nueva acción.

El país debe aprender a mirar, a percibir las interferencias interesadas, a constatar los líderes de terracota, a darse cuenta que un cuerpo social tiene los dirigentes que generó y si lo que generó está vacío es porque él anda vacío y no puede quedarse a admitir su vacío sino a llenarse. Cada batalla debe ser una enseñanza y aún en medio del dolor debe haber capacidad de reconstruirse. El país debe tomar conciencia de sí mismo, desarrollar una conciencia social, moverse desde el desahogo inútil hacia la edificación de un nuevo imaginario.

El país está aquí. El acecho ha crecido mientras nos seguimos limitando a los ataques puntuales, a la atención de los aspavientos y a señalar las obviedades de las agresiones. El país debe interrogarse, moverse, cambiar, responderse, dejar el látigo del auto suplicio que ya bastantes suplicios impone la realidad a superar. Estamos muy mal y vamos hacia peor, lo que implica la asunción de un coraje y de una mirada, de una voluntad y de un propósito. El limbo no existe. Lo que existen son letargos de los cuales salen los pueblos capaces de mirarse a sí mismos con la mirada adecuada. Donde algunos no ven nada está todo. De ese todo sin destiempo volverá la república a galopar.

tlopezmelendez@cantv.net

En busca del “verdadero rostro”

 

palabras

   Por Ofelia Avella

           Si bien toda palabra auténtica se torna en manifiesto por atisbar algún dato oculto o enigmático de nuestra realidad, los versos de Rafael Cadenas, seleccionados para la exposición “Manifiesto: País”, la cual permanecerá en la Sala Mendoza de la Universidad Metropolitana hasta el 31 de agosto, me parecieron particularmente hermosos y lúcidos: “En medio de la mentira, por encima de ella, en la hendidura, busca este país su verdadero rostro para curarse.”

En este país herido, fragmentado por el resentimiento y el conflicto, los venezolanos transitamos un camino que nos llevará hacia algo nuevo si asumimos la búsqueda de modo personal. Los países, como las personas, pasan por sus “noches oscuras”, pero lejos de tornarnos pasivos, la crisis que vivimos debe suponer un impulso para encontrar nuestro “verdadero rostro”, ése que descubriremos en la medida en que descifremos lo que nos ocurre y esto, sin lugar a dudas, nos está doliendo: es parte de la hendidura que vivenciamos. A veces se siente uno atravesando un bosque donde las apariencias engañan, donde abunda la contradicción y la mentira; donde nos está resultando difícil comprendernos y de donde nos está pareciendo imposible salir.

La fuerza de las palabras manifiestas en esta exposición, son una muestra de cómo el país nos afecta a todos, pues aunque aquí se expresen artistas, poetas, escritores e historiadores, cuyas voces irrumpen a veces con mayor precisión, en medio de esta mentira somos muchos los que buscamos. Es el verdadero rostro del país lo que, a tientas, “en medio de la hendidura” de la que brota sangre, queremos todos encontrar.

Las palabras de Carlos Sandoval me atraparon por su terrible realismo; un realismo que torna en simbólica la paradoja: “De pronto me enviste una camioneta. Salto a la acerca y leo “S.O.S. Venezuela” en el vidrio posterior. El semáforo continúa en rojo. A un lado de la cola para adquirir harina y papel higiénico un perro muerde bolsas de basura. Alguien reclama porque ceden lugar a una viejita que casi toca el suelo con la quijada. En la esquina siguiente tres indígenas comen de un plato. Pido un café en la barra, “no hay leche, jefe”, advierte el joven con dos ojos estampados en su pecho. Tampoco, agua embotellada. En la boca del metro linchan a un delincuente, en los vagones cantan raperos, y se dan trompazos las mujeres para salir al andén. Ya en el bulevar, oficialistas desgañitados celebran al país con las mayores riquezas petroleras del mundo. Adelante, una protesta es disuelta con gases lacrimógenos. Piso pancartas, corro hasta una panadería de donde la guardia saca a empellones varias personas asfixiadas. Me enredo con una bandera y veo en una afiche la cara sucia de un manifestante muerto la última semana. Cuando llega el enjambre de motos entro en la universidad. Sólo vinieron cinco alumnos, el resto está marchando, pidiendo visas o reducidos de miedo en sus casas. Comienzo la clase: «la civilidad, damas y caballeros, es un concepto básico de las repúblicas…». A lo lejos, oigo disparos.”

Basta con observar la ciudad para sentirse inmerso en un mundo donde la contradicción parece haberse instalado. Pienso, sin embargo, que el país está buscando –y encontrará- “su verdadero rostro para curarse”; por eso, entre dudas y dolores, tanteos y nostalgias, hay que descifrar lo que vivimos y expresarlo. Ahora bien, ¿qué nos añade una exposición como “Manifiesto: País”? ¿Para qué manifestar lo que nos ocurre en “palabras”, más que en “acciones”?

Puede parecer que ante tanto problema evidente, expresar lo que sentimos no aporte solución alguna a nuestros males inmediatos.

Las palabras, sin embargo, conducen con fuerza en el camino cuando insistimos en nombrar lo que percibimos, lo que intuimos que nos pasa, lo que tras una larga búsqueda hemos procurado discernir. No se encuentra si no se descifra lo que ocurre: si no se comprende lo que acontece. Por eso “nombrar” equivale, de algún modo, a diagnosticar lo que ocurre. Y la acción, la contundente, nace de la palabra auténtica. Expresar lo vivenciado dispone, además, a encontrarse, a sentirse unidos por un mismo sentimiento, en medio de los diversos matices y la variedad de perspectivas personales, lo cual resulta esencial si pretendemos encontrar el verdadero rostro del país que somos cada uno.

Sin pensamiento no hay palabras incisivas ni profundas. Tampoco poesía ni filosofía. Mucho menos un ideal compartido ni un rumbo claro. Si alguna palabra tiene sentido es precisamente la poética. Ella es la que va narrando el camino que se va abriendo en la búsqueda del verdadero rostro del país; la que fija la intensidad del “ahora” del cual hay que tomar conciencia y no puede olvidarse.

Es hora de reencontrar el camino que buscamos, como país, desde hace tiempo.  De la palabra que descifra el momento presente visualizaremos, más pronto que tarde, el nuevo rumbo. Si insistimos.

Ofeliavella@gmail.com

@Ofeliavella

El país citado

 

Citación 1

Teódulo López Meléndez

El país está citado. La lista de los citados es larga, como larga es la lista de quienes deben presentarse a tribunales cada cierto número de días.

Este es un país de sospechosos. Los sospechosos son citados. Algunos encarcelados son puestos en la calle después de unos días presos para que se presenten a tribunales cada cierto número de días.

Ya casi debe ser imposible entrar con normalidad a un tribunal, pues son tantos quienes deben presentarse que ocupan el espacio y el tiempo.

Se cita a presentarse aquí y allá. La citación indica hay un expediente penal abierto, una investigación en curso, algunos delitos en busca de sus titulares. Presentarse implica una advertencia de juicio penal que puede abrirse, reabrirse, aplazarse, o ejecutarse, conforme al comportamiento del citado.

Algunos de los delitos son recurrentes y van desde un cáncer inducido hasta la publicación de un artículo de opinión, desde una protesta callejera hasta un magnicidio, desde un golpe de Estado hasta la mala suerte de haber estado cerca de algún suceso.

El país es sospechoso. El país está bajo sospecha. Uno ve el comportamiento de algún líder y su cambio repentino y uno sospecha el cambio se debe a que entró bajo sospecha. Otros que están bajo sospecha se ponen agresivos para tratar de demostrar que la sospecha no los ha afectado, pero marchan hacia la citación como buen citado. Otros, con real sentido del valor, no modifican un ápice su conducta y hacen y dicen lo mismo que hacían y decían antes de ser citados.

La juridicidad no está bajo sospecha. Ella se marchó. Los juicios penales afloran y proliferan. Ellos son culpables de no ser lo que aparentan. Los procesados no son ni culpables ni inocentes, terminología propia del Derecho Penal no aplicable. Son sujetos políticos sometidos a persecución, esto es, citados, arrestados, o entregados por propia voluntad cometiendo estos el error que no debe cometerse:  sobrevalorar las propias fuerzas y dejarse llevar por el mesianismo de pensar que él procesado y preso es garantía de una reacción dislocadora.

Los venezolanos somos sospechosos. Los que opinamos y los que no. Toda opinión es sospechosa. Cada expresión puede ser considerada como una solidaridad subliminal con un golpe de Estado o, peor aún, con algún intento de magnicidio o, quizás, con la inducción de alguna enfermedad. Pensar es sospechoso. Ser venezolano es sospechoso.

No presentarse a alguna citación equivale a desconocer a un órgano del Estado, uno sobre el cual ya no tenemos sospechas sino convicciones. Algún citado proclama “dictadura” y denunciará “poderes secuestrados”, pero citado es y como citado se comporta.

Cuando hay mucha gente en la calle algunos ya piensan se trata de alguaciles de tribunales repartiendo citaciones o agentes de inteligencia haciendo lo propio. Algunos citados ponen en las redes sociales sus citaciones casi como molestando al que no ha sido citado. Es que han logrado crear una psicología de citados. El país sabe que está citado.

La citación es usada para darse golpes de pecho o para encogerse, dependiendo del actor citado. La palabra citación es la de mayor influencia en el presente venezolano. Es la reina del léxico. Cada día alguien es citado. Cada día se anuncia que alguien fue citado. La cita ya no es a un café y menos a una comida. La cita es a un órgano del Estado, a una policía de inteligencia o a un tribunal. Si seguimos a este ritmo la citación marcará horarios, encuentros y determinará las agendas. “Mañana no puedo porque estoy citado”, puede convertirse en expresión normal en el país citado.

El país está en la mayor de las normalidades, citado.

tlopezmelendez@cantv.net

El país entrampado

trampa 2

 

Teódulo López Meléndez

En este país pululan las trampas. Este es un país entrampado, uno que vive una cotidianeidad de trampa, una que parece alargarse más que una trampa.

Las trampas están a la orden del día. Las tácticas para entrampar van desde juicios falsos hasta un juego político vacio. La trampa se extiende desde dispositivos para capturar e incomodar hasta juegos verbales insustanciales rayanos en el acertijo.

En este país se asiste a la vieja expresión “hacer trampa” como se mira un acto fraudulento q anda detrás de un provecho malicioso y no se le considera más que una acción no delictual.

El país está trancado bajo la trampa. El proceso político se quedó estático en un punto, el de la trampa. Las acusaciones sobre el “diálogo” entre gobierno y oposición se asemejan al escándalo y las negativas tímidas por acusar a la otra parte de no haberse tomado en serio la tarea.

El país no encuentra como salir de la trampa porque los actores piensan que se trata de un ratón buscando por las paredes de un laberinto la posibilidad de encontrar el queso recompensatorio. Los días pasan en la mayor repetición concebible. No hay acciones para abrir la puerta de la trampa jaula ni movimiento alguno que conduzca a aliviar al país de sus penurias ya asumidas como fatídicas.

La trampa parece construir nuevas rejas o paredes cada día. La ineficiencia gubernamental se extiende como la inflación y la escasez, como la represión que encuentra en las universidades un blanco favorito, cual reproducción de mito griego redivivo.

Estamos entrampados en la ineficiencia, en un cándido aburrimiento, en una anormalidad resignada. Existe un dispositivo que se sirve del engaño para cazarnos. Se cuidan las salidas por la inseguridad, se busca en diversos lugares por la comida, se asiste a la violencia intolerable, se busca refugio ante la tormenta. La tormenta no cesa por los paraguas ni los impermeables ni amaina con la resignación a estar en una trampa. La tormenta prosigue haciéndose un torrente que arrasa, que produce apagones o nos deja sin Internet, por decir lo menos ante la avalancha en crecida de males que caen sobre la trampa, dentro de la trampa, impidiéndonos visualizar otra posibilidad de futuro.

La trampa tiene expertos operadores. Sobre la trampa se pasean los de diversos colores haciendo signos vacuos para que los habitantes de la trampa confíen en una forzada supervivencia. Los sucesos de cada día son mirados como noticias extraordinarias cuando no son más que una repetición penitente de pervivencia de la trampa.

Para que haya trampa tiene que haber tramposos, manipuladores, actores que simulan ante los entrampados que hay una obra en desarrollo, cuando la verdad es que la escena es la misma y hacen todos los esfuerzos por alargarlas hasta que el país se aletarga y se levanta al día siguiente a observar la misma caída vertiginosa, el desamparo, la desolación que caracteriza a toda trampa.

Los tramposos viven de la trampa. Suele llamársele clase dirigente, la misma que produce adjetivos duros e insiste en reunirse con sus homólogos tramposos o que proclama la inexistencia de un Estado de Derecho pero cada día acciona ante su inexistencia.

El país se está comiendo las migajas que caen en la trampa. Todos los días se acciona para que nada pase, para que el hábito reine, para que la inercia prevalezca, para que nada cambie la trampa en que está el país.

Salir de la trampa implicaría no mirar a los cuidadores y vigilantes de la trampa. Salir de la trampa es no seguir el juego de los laberintos y de los recovecos que cada día son lanzados para que las redes sociales ardan con supuesta y falsa anunciación de noticias renovadas. Para salir de la trampa el país debe entender que está en una trampa.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

La democracia no es una panacea

democracia

 

 Alberto Medina Méndez

Algunos dogmas se han pretendido instalar como certezas indiscutibles. En estas últimas décadas, con la implementación de las democracias como sistema de gobierno en gran parte del planeta, se ha endiosado a una herramienta de convivencia social, al punto de siquiera poder cuestionarla.

La búsqueda de la verdad, la necesidad de explicar fenómenos sociales, precisa de una actitud de permanente revisión, de crítica constante, ya no para descartar sistemas, sino justamente para perfeccionarlos.

No existen dudas de que la democracia ha traído consigo un sinnúmero de progresos y que pese a sus irrefutables defectos, ha sido capaz de contribuir a una vida en armonía, con respeto y tolerancia.

Pero es igualmente real que su instrumentación tiene matices y que algunas sociedades han sucumbido bajo sus principales paradigmas involucionando y hasta en casos extremos, siendo conducidos a excesos inaceptables, promoviendo el odio y los genocidios, de la mano de la voluntad de los más.

No se trata de condenar a la democracia como sistema, pero tampoco de convertirla en la panacea, en ese remedio que resuelve cualquier problema. Resulta por ello indispensable analizar lo que ocurre, justamente para rescatar sus atributos positivos e individualizar aquellos aspectos específicos que solo deforman el objetivo. Toda sociedad sensata aspira a vivir en paz, bajo el paraguas del consenso y no de la confrontación.

Probablemente los países que mejores experiencias pueden mostrar son aquellos en los que la democracia está subordinada a la república, dicho de otro modo, en los que la voluntad de las mayorías expresada en las urnas está condicionada por la división de poderes y por una norma constitucional que fija los límites a la concentración y al abuso de poder.

La democracia puede ser un genuino medio para lograr un loable fin, pero canonizarla y colocarla en un pedestal convirtiéndola en el objetivo central de una sociedad, es extremadamente riesgoso.

Muchas naciones vienen transitando ese ambiguo sendero que les ha hecho perder mucho de calidad, al intentar que un sistema que ha sido pensado como un método eficiente para encontrar acuerdos y como forma de resolver conflictos, se convierta en el mecanismo que genere enfrentamientos invitando a la dinámica continua de la ruptura.

Tal vez esta exageración conceptual, ha empujado a que los actores políticos sientan que en democracia todo vale, que lo que importa son los votos, el poder y quien lo administra. Parecen haber olvidado las razones vitales que llevaron a impulsar sistemas de este tipo, que ayudan a solucionar inconvenientes de un modo amigable y pacifico.

La innegable prosperidad ordenada de algunas comunidades que no se rigen por la democracia tal cual se la conoce tradicionalmente, obligan a preguntarse por lo que viene sucediendo en el mundo.

No se trata de abandonar el sistema democrático como forma de ordenamiento social. No se puede hacer caso omiso a sus imperfecciones evidentes. Es peligroso caer en la trampa de no cuestionarlo para no perjudicarlo. Se conspira contra la democracia cuando se evitar revisarla, cuando no se advierten sus contundentes desviaciones y cuando se elige mirar a otro lado porque resulta políticamente incorrecto hablar de ello.

A Winston Churchill se le atribuye aquella frase de que “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, excepto todos los demás”. Tal vez sea esto brutalmente cierto, pero no menos verdadero es que todos los sistemas merecen ser revisados y, en lo posible, mejorados.

Sin embargo, pocos políticos se atreven si quiera a proponer cambios. Es probable que eso tenga que ver con que muchos de ellos son parte de ese defectuoso régimen que les permite liderar el presente. Modificar ciertas cuestiones podría atentar contra la base de su elemental poder personal.

Es posible que a los políticos no les interese mejorar el sistema. Lo que es indudable es que la sociedad observa con claridad todo lo negativo de un sistema que debería garantizar óptimos resultados y que hoy se deteriora día a día, bajo la mirada cómplice de la clase política y con la imprescindible resignación de una ciudadanía que percibiendo los problemas, prefiere resignarse, bajar los brazos, arriesgando demasiado de lo logrado.

Si la democracia no es reformulada y corregida puede extinguirse. El desprecio ciudadano por la actividad política es creciente en diferentes lugares del mundo. Atribuir ese desprestigio solo a ciertos sectores de la dirigencia política, es decidir deliberadamente ignorar las raíces profundas del problema y perder la brillante e irrepetible oportunidad de quitar las ramas que impiden que el árbol siga creciendo fuerte y solido.

Los políticos parecen inclinarse por el camino de hacerse los distraídos, tal vez porque de esa manera la pasan mejor en el corto plazo y siguen aprovechando las grietas que ofrece el actual esquema que les posibilita llevar adelante sus controvertidas prácticas. La gente ya se dio cuenta hace tiempo. Solo no encontró, aún, el modo de ponerlos en su lugar, de fijarle límites y de incitarlos a hacer esos cambios que el sistema precisa para evolucionar. La sociedad ya sabe que la democracia no es una panacea.

albertomedinamendez@gmail.com

 

España y Palestina, las dos noticias

Audio de Teódulo López Meléndez

Juan CarlosAbbas

 

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