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Democracia siglo XXI

mes

febrero 2010

El tono de una actividad política desleída


Teódulo López Meléndez

Cuando un país no conoce de tonos de grises ni logra distinguir acentos, modulaciones o entonaciones, puede decirse que está extremadamente radicalizado y que lo único que lo anima es destruir a la otra mitad. Ese es el panorama impuesto por el llamado comandante de la revolución con sus constantes peroratas de odio y su continuo llamado a exterminar a quienes no le siguen. He aquí el origen del drama, uno que es muy difícil de enfrentar con un mínimo de sindéresis.

Es lo que algunos han llamado con esa odiosa palabra “polarización”, una sacada del staff de los sociólogos de nuevo cuño que se dicen especialistas en la resolución de conflictos. Apelan a palabras como diálogo, lo que conllevaría a asegurar de manera terminante que a Venezuela no le queda otra salida que la guerra civil, dado que diálogo no puede haber, cuando el caudillo proclama a los cuatro vientos su imposibilidad bajo el argumento de que “ser rico es malo” o que “la batalla es final” o que “la oligarquía y la oposición de mierda deben ser destruidas”.

En estas condiciones no puede decirse que la política es una posibilidad por hacer, a menos que de alguna manera se busquen los intersticios para vencer la llamarada del odio. Ello no equivale a la inacción de resistencia frente a la dictadura, pues tal comportamiento equivaldría a complicidad ni a obstinarse sólo en una participación electoral obviando las magras condiciones en que ella se produce. En este contexto manifestarse continuamente dispuesto al diálogo se percibe como una disposición a un entrevero de piernas con un régimen que sólo permite la fidelidad más absoluta.

El ejercicio del poder en Venezuela es uno arbitrario, caprichoso y típicamente de cuartel. El caso de la disidencia del gobernador del estado de Lara a su militancia en el partido de gobierno (PSUV) nos ha mostrado con mayor claridad las aristas de la crisis presente. El presidente llega a Barquisimeto y ordena la expropiación de dos galpones de la empresa “Polar” y el gobernador reacciona como todo hombre apegado a la ley: eso es una zona industrial, así está en el plan de desarrollo urbano de su ciudad, hay ordenanzas específicas y la ley de la materia impide desafectar sólo una parcela pues habría que hacerlo con toda la zona que tiene alrededor de 180 industrias. Si menciono este caso específico es porqué posiblemente fue el detonante final de la crisis entre el gobernador disidente y el presidente mandón y arbitrario.

Está claro que lo que el régimen se propone es controlar en su totalidad la producción y distribución de alimentos para tener un control total de la población por vía del estómago, pero la arbitrariedad ordenada a su paso por la ciudad de Barquisimeto equivalía a un “yo soy la ley” o “mi voluntad es el texto constitucional”. Obviando el caso específico, uno donde no se consultó a la autoridad local sino que se le ordenó una medida contraria a Derecho, lo destacable es que el gobernador Henri Falcón llegó al llegadero, como se dice popularmente. En su carta de renuncia al partido expresa la necesidad de un diálogo entre todas las ramas del Poder Ejecutivo, la consulta democrática, el acuerdo como mecanismo para resolver las diferencias. Pero, más allá, proclama que el país requiere concordia, entendimiento, paz, transformación social sin atropello.

La carta, obviamente, no fue entendida por sus excompañeros de partido que se lanzaron a endilgarle toda clase de improperios, pero tampoco por una oposición obtusa que se lanzó por el mismo camino. Esta última le reclama al gobernador Falcón su anuncio de mantenerse en el proceso revolucionario o la ratificación de que con el líder el tratamiento es decirle la verdad. No entienden. El gobernador disidente no podía provocar la ruptura. Con la inmensa habilidad política que ha demostrado tener debe haber tenido también muy en claro que el diálogo y la paz que reclamaba iba a ser respondida con una catapulta de odio. De manera que es el dictador y el régimen los que producen la ruptura, no él. Eso le concede un inmenso poder moral sobre un país que no recapacita, es verdad, pero que a la larga puede ser entendido.

El otro argumento usado por los obtusos es el de Francisco Arias Cárdenas, un excomandante compañero de Chávez que se convirtió en candidato presidencial de la oposición, salió derrotado y luego mansamente volvió a las filas del gobierno donde fue “cristianamente” perdonado por el jefe supremo. Ese trauma parece internalizado por una parte de la población. Veamos lo ocurrido: Arias fue honesto en su oposición, cumplió su tarea, perdió y cayó en el más absoluto olvido y en el más doloroso abandono. No tenía piel para aguantar semejante situación que me imagino incluía una situación económica difícil. En esta situación buscó a cercarse a su viejo amigo que en nombre de esa amistad lo recibió y lo incorporó a su gobierno, siendo hoy Viceministro de Relaciones Exteriores. Sin entrar a calificar la actitud de Arias lo que importa es mirar hacia quienes padecen lo que ya se conoce como “el trauma Arias Cárdenas”. Parece que los preside una convicción de que todo disidente es un “caballo de Troya”, un traidor enviado por Chávez a infiltrar las puras aguas de la oposición para luego voltearse. No fue el caso de Arias Cárdenas. Es interesante como el sector oposicionista obnubilado se coloca en una situación francamente psiquiátrica, una que les impide observar con la debida atención la magnitud del desgajamiento que ha sufrido el partido de gobierno con la renuncia del gobernador Falcón. Una que induce a rechazo porque seguramente es otro insincero enviado a infiltrar cual “caballo de Troya”.

Esa carencia de percepción no los hace ver que el gobernador disidente no puede cumplir con ese papel porque entre los planteamientos más firmes que ha hecho es que no tiene nada que ver con la oposición ni ningún partido de oposición le sirve. Por cierto, uno de los mejores planteamientos de su rueda de prensa. Lo es porque el gobernador disidente es un militante revolucionario que no abjura de sus principios y porque sabe meridianamente que esa oposición está condenada a no tener oportunidad seria de gobernar. Pero más aún: no pueden ver el estupendo planteamiento de fondo del gobernador disidente: reclama un socialismo no sectario, humano, de entendimiento, de desarrollo social y de respeto a la ley y al texto constitucional de 1999. Cuando proclama su apego a la Constitución salida de una Asamblea Constituyente es señalado por los obtusos por supuestamente decir lo mismo que Chávez, olvidando dos cosas: la primera es que Chávez ya proclamó a ese texto como transitorio y que la oposición no hace otra cosa que reclamar el respeto por él. ¿En qué quedamos entonces? He recordado que los funcionarios no son electos solamente para hacer obra, para desarrollar los servicios públicos y atender a los más necesitados, sino también para apegarse al texto legal, para actuar enmarcados por un Estado de Derecho.

Volvamos, porque es vital, a la oferta del disidente gobernador Falcón del estado de Lara. Ha puesto sobre la mesa un socialismo de estos tiempos, una declaración que es equivalente a una condena de las prácticas estalinistas de Chávez, un reclamo directo y contundente contra el personalismo encarnado en el líder que todo lo sabe y todo lo decide sin preguntarle nada a nadie. Ha puesto sobre la mesa un reclamo de justicia social y de mantenimiento de lo que la revolución haya podido lograr en este sentido, pero volviendo a la sindéresis, a la dirección colectiva y dialogante. Este es un extraordinario planteamiento que no ha podido ser visto ni por los fanáticos oficialistas que lo acusan ahora de “financiado por la oligarquía”, de “servir al capital internacional”, de “traidor” y hasta de “conspirador”, ni por la oposición obtusa que lo llama “nuevo Arias Cárdenas”, “ladrón” y “líder con pies de barro”.

¿Podrá ser visto y oído este llamado por la gran cantidad de militancia oficialista ya preocupada por las arbitrariedades de su líder que, para muestra de botón, ya tiene un largo historial en las conferencias internacionales? Al menos en el estado que gobierna el señor Henri Falcón ha tenido eco: diputados a la legislativa local, a la Asamblea Nacional, concejales y militancia lo han acompañado. Es ya el mayor desgajamiento sufrido jamás por el partido de gobierno.

Ahora bien, el señor Falcón ha ido a militar a un partido aliado del gobierno, Patria Para Todos (PPT), en un gesto de su apego al proceso con todas las variantes y diferencias que tiene con él y que hemos resaltado en este texto. El PPT es una disidencia de Causa “R”, fundado por Moleiro, un viejo marxista teórico que inició en Venezuela el planteamiento radical (la “R” viene de radical) y que estuvo a punto de ganar las elecciones (todavía hay gente que dice que las ganó y se las usurparon) con la candidatura presidencial de Andrés Velásquez, un líder sindical del sector metalúrgico. En pocas palabras, una versión del Partido de los Trabajadores de Brasil y un planteamiento muy similar al de Lula Da Silva.

La respuesta del partido del señor Chávez ha sido congelar sus relaciones con el PPT por recibir en su seno al “traidor” gobernador disidente del estalinismo. Antes de usar los calificativos apropiados para semejante actitud, lo que interesa resaltar es que se ha puesto sobre la mesa un verdadero escape a la militancia desencantada oficialista y no hacia una posición retrógrada, sino hacia una oferta de principios y de apego a la legalidad. Ahora bien, ¿cómo alguien que tenga dos dedos de frente no puede darse cuenta que estamos ante el hecho más importante ocurrido en Venezuela en por lo menos ocho años?

No tengo capacidades adivinatorias para conocer la suerte de este proyecto que ante la ceguera general ha puesto sobre el tapete el gobernador Henri Falcón, pero sí creo estar en la excepción, esto es, creo tener dos dedos de frente por lo menos, de manera que saludo el hecho como una oleada excepcional de viento fresco en esta situación obtusa que describo al inicio de este texto y lo saludo como un hecho de una importancia política excepcional que bien podría romper el presente encasillamiento.

Buena suerte gobernador Falcón.

teodulolopezm@yahoo.com

INTERNET, ¿SALVADOR DE LA DEMOCRACIA?

René Lefort, director del Correo de la UNESCO.

“El voto por Internet ofrece una última y fantástica oportunidad a nuestra democracia moribunda.”      Para hacer revivir la democracia, el voto por Internet es, según algunos, la única solución, mientras que para otros es un puro espejismo.

Una “rabia muda de impaciencia” se apoderó de Richard Askwith, jefe de las páginas editoriales del periódico británico Independent on Sunday1: “Todo lo que nuestro gobierno hace, lo hace en mi nombre. Pero ¿se ha pedido alguna vez mi opinión? Un voto cada cinco años para elegir entre bandas de pillos ansiosos de escalar posiciones y que no se diferencian mucho unos de otros: ¿qué elección es ésa?” El diagnóstico de Askwith es inapelable: “La democracia parlamentaria, inventada en la era de la diligencia y perfeccionada en la época de la máquina de vapor” sería algo superado. Convendría entonces que los gobiernos “encontrasen una nueva vía para que el pueblo decida”. La solución: Internet. “La democracia electrónica sacudirá a la política”,2 afirma el diputado francés André Santini, alcalde de Issy-les-Moulineaux, en los alrededores de París, a la que ha convertido en un modelo de ciudad “conectada”. “Estoy convencido de que puede derrotar la indiferencia política, como la economía en la Red está derrotando, el desempleo”, añade.

Una vía interactiva

El síntoma más evidente de esta indiferencia es el aumento de la abstención, a tal punto que “el sufragio no tiene de universal más que el nombre”, según Santini. Un primer experimento mundial de voto por Internet se llevó a cabo del 7 al 11 de marzo de 2000 en Arizona, en las elecciones primarias del Partido Demócrata. Los contrarios a este nuevo procedimiento recurrieron a los tribunales por estimar que el voto a través de Internet constituía una discriminación contra los sectores sociales sin acceso a este medio. Los jueces no acogieron la demanda. Las dificultades técnicas para garantizar la seguridad de la elección, en particular acreditar la identidad de los electores y la confidencialidad de sus votos, tampoco fueron consideradas un impedimento. Cerca de 86.000 demócratas votaron. Entre ellos, 40.000 votaron por Internet, de los cuales 75% tenían entre 18 y 35 años, un sector tradicionalmente más propenso a abstenerse que sus mayores. Ahora bien, en 1996 en esta misma primaria se habían contabilizado poco más de 12.000 votantes.

¿Es una experiencia concluyente? Para un editorialista del periódico local The Tucson Citizen, la novedad del procedimiento electoral sedujo más a los votantes que a los candidatos. Stephen Hess, del Broockings Institute, estimó que “no son los procedimientos electorales los que impiden votar a la gente”. Pero, para Santini, “el voto por Internet ofrece una última y fantástica oportunidad a nuestra democracia moribunda.”

La empresa estadounidense Election.com anunció ya que instalará este sistema de votación para la presidencial de noviembre. Y Steve Case, responsable de una compañía similar, America Online, ve en esta experiencia una nueva prueba de que la “e-democracia” cambiará “la manera en que la gente interactúa con las autoridades locales y nacionales”.

Los partidos políticos, los movimientos de ciudadanos y las autoridades públicas así lo entienden, al menos en los países suficientemente desarrollados como para que en ellos se generalice el acceso a Internet. No cabe duda de que Internet ofrece por ahora la vía a la vez más veloz, menos cara y la única realmente interactiva para la información y el diálogo entre los ciudadanos, como entre éstos y sus representantes. Ya son numerosos los partidos políticos que abren sitios para presentar sus programas; los servicios públicos que hacen otro tanto para dar a conocer su estructura, sus funciones, sus objetivos y responder a las solicitudes que los usuarios pueden enviarles por correo electrónico, así como las municipalidades que además de informar consultan a sus administrados antes de adoptar decisiones importantes.

Una democracia directa y constante

Los nuevos movimientos de ciudadanos partidarios de otra forma de mundialización hacen una utilización intensa de Internet. Recientemente, en Corea del Sur, donde casi la mitad de la población tiene acceso a la Red, 600 asociaciones lanzaron por Internet una “lista negra” de 90 candidatos a diputados con un pasado más que dudoso pues algunos habían sido condenados por corrupción. Cincuenta y ocho fueron derrotados, a veces por postulantes casi desconocidos…

Askwith propone franquear una etapa adicional. Para hacerlo, hace un diagnóstico muy severo de los trabajos que lleva a cabo cualquiera de las comisiones parlamentarias creadas para estudiar una situación controvertida. Según él, quienes tienen de facto la palabra en ella son exclusivamente sus miembros y los “expertos” que ha citado. La asistencia es muy escasa y no representativa —“sobre todo, jubilados y desempleados, puesto que la comisión funciona discretamente los martes por la tarde”. Como éstos no conocen el tema debatido, sólo son invitados a expresarse al término de la sesión, a todo escape, y sólo para cumplir una formalidad. A ello, Askwith opone las virtudes potenciales de Internet. Este es utilizado ya por militantes que, aunque dispersos, se instalan simultáneamente ante sus computadoras, a veces varios cientos y durante varios días, para ahondar juntos en un tema y expresar entonces una opinión con conocimiento de causa y tras madura reflexión. Todo ello a un costo irrisorio comparado con el de una reunión física de los participantes. ¿Por qué, según Askwith, no utilizar este procedimiento abriéndolo a ciudadanos elegidos por sorteo? Sus puntos de vista, elaborados y representativos de la opinión pública, llegarían a los “representantes del pueblo”, que ya no escucharían vagamente a los ciudadanos sino que se verían obligados a oírlos realmente.

Otros apologistas de la democracia electrónica van aún más lejos: más que conformarse con tratar de mejorar gracias a los nuevos medios electrónicos la representatividad de los elegidos por el pueblo (efectivamente en crisis), ¿por qué no prescindir de ellos lisa y llanamente? Marc Strassman, director de Campaña por una Democracia Digital3 propone un sistema bastante perfeccionado para impedir todo fraude. Los electores lo utilizarían para expresar sus puntos de vista sobre todos los temas posibles e imaginables, desde la decisión de embarcar al país en una operación militar hasta el contenido de una ley en discusión. El sistema podría perfeccionarse lo suficiente como para interpretar informáticamente y de inmediato toda la gama de opiniones existentes. Se corregiría así “el desequilibrio profundo y creciente entre la influencia política del individuo común y corriente y la de la clase política profesional así como de sus clientes”. Se terminarían las decisiones legislativas fruto de la consulta de “decenas de personas a cuyas opiniones y puntos de vista se da prioridad a expensas de millones de otras que se encuentran al margen de esta concentración de poder”. Deberíamos acceder a la “democracia electrónica directa”, donde “millones de votos por correo electrónico determinan la dirección que sigue la República”. En dos palabras, la Red se torna “tan poderosa, tiene tal ubicuidad y es tan fácil de utilizar” que “puede permitir que nos autogobernemos”. Ello representaría el “paso de una democracia intermitente a una democracia continua”, según Santini. Es pretender resucitar el ágora ateniense, cuna de la democracia reservada a los 20.000 ciudadanos que allí se reunían, volviéndola permanente, instantánea y extensiva a países, incluso al planeta el día en que todo el mundo estuviera conectado…

Necesidad del sistema representativo

“Absurdo”, replica Jacques Attali, fundador de Planetfinance,4 una red electrónica de financiación de microcrédito. En primer lugar, destaca Attali, el ágora no es un ideal democrático como lo demuestra el hecho de que nadie piensa en resucitarla allí donde sería posible, por ejemplo en una aldea de pocos cientos de habitantes. ¿Por qué? Porque el sistema representativo seguiría siendo, según él, indispensable. Es cierto que está en crisis, como advierte Patrick Viveret, colaborador de la revista Transversales Science Culture. Viveret observa una desviación de la representación hacia una delegación de poderes, que puede llegar incluso a una confiscación del poder. La participación de los ciudadanos sería la condición sine qua non de una auténtica representación. A este respecto, la Red brindaría “oportunidades que no son de despreciar”.

En cambio, convertirlo en una “alternativa global” sería caer en el “tecnicismo”, a saber el postulado de que “los problemas pueden resolverse mediante soluciones técnicas independientemente de la voluntad de los actores”, según Viveret. La democracia exigiría la organización de una “inteligencia colectiva”. Más que de una mera adición de puntos de vista, que hoy se conocen de manera casi instantánea a través de los sondeos y mañana gracias a Internet (la “democracia de opinión”), se necesitaría “disponer de tiempo para las deliberaciones, alimentadas con dictámenes de expertos con puntos de vista divergentes y practicadas en los espacios públicos” afirma Attali. Se requeriría también, añade, “disponer de tiempo para que la acción política pueda demostrar su eficacia”, ya que ésta puede pasar por una etapa de impopularidad aguda antes de ganar finalmente la adhesión de la ciudadanía. Si no, según Attali, “someter todo a Internet” conduciría a “decisiones excesivamente reversibles y contradictorias”, y por ende a una “dictadura de lo inmediato”.

1. The Independent, 4 de septiembre de 1999.

2. Libération, 21 de abril de 2000.

3. http://www.digitaldemocracy.org

4. http://www.planetfinance.org

Para reconstruir a Venezuela: Un proyecto de País

Por Andrés Simón Moreno Arreche

Las naciones se conceptualizan a partir de tradición y memoria de sus ciudadanos, pero sobre todo con la voluntad creadora de un futuro compartido. Concretar tal posibilidad es un proceso de construcción democrática que trasciende a los gobiernos pero en la que ellos tienen responsabilidades y competencias ineludibles e intransferibles.

Conceptualmente, un Proyecto País se enmarcan a partir de una visión y de las estrategias de desarrollo de sectores nacionales, en un plan coherente que maximice su contribución de esos sectores al desarrollo del País, explicitando el nivel que puede alcanzar este aporte al desarrollo económico y social e identificar acciones que se requieren para su obtención.

La Metodología que se necesita para llevar adelante un Proyecto País se traduce en un plan estratégico de desarrollo nacional, cuya principal característica sea el resguardo de la coherencia intersectorial y macroeconómica. Este plan debe priorizar los cambios estratégicos para potenciar la oferta del país en el mundo globalizado y los servicios y oportunidades entregados a la población, aumentando las capacidades nacionales y mejorando el accionar público y privado.

El Proyecto básico de “País Posible”, el que se necesita Venezuela le presenten detalladamente sus líderes democráticos, debe proponer medidas para alcanzar metas de crecimiento, desarrollando sectores incipientes e incorporando desafíos pendientes que son fundamentales para proyectar al país hacia el desarrollo en forma sustentable. Algunas de estas medidas se pueden resumir en lo siguiente:

La Venezuela Posible tiene que desarrollar una nueva identidad de país a nivel nacional e internacional. Una identidad fundamentada en valores ciudadanos y compatible con la necesidad de multiplicar de manera sostenida y a lo largo del tiempo las exportaciones no tradicionales; de transformarse en un país turístico, de consolidarse como plataforma regional de negocios y de atraer la re-migración de los talentos que partieron en la última década. Esto hace necesario sentar los fundamentos legales y operativos para aumentar sustancialmente la inversión privada nacional e internacional, proteger la seguridad de las personas y su calidad de vida, además de eliminar posibles incertidumbres en materias regulatorias, incluyendo aspectos tributarios y laborales.

La Venezuela posible también tiene que desarrollar las áreas como el turismo (para convertirla en una plataforma de negocios) y la inversión sostenida en ciencia y tecnología, áreas que ofrecen un desarrollo de alto impacto social a corto y mediano plazo, con alta incidencia en el impulso a nivel de regiones, de la pequeña y mediana empresa y en la consolidación nacional en materia de innovación y crecimiento. Estos sectores diversificarían la oferta del país, resguardando el potencial de crecimiento posterior al horizonte del 2012.  Las proposiciones en materia de tecnología deben desencadenar la creación de valor basado en el capital humano, lo que transformaría al país en un polo de atracción de talentos tecnológicos desde el exterior y permitiría consolidar un círculo virtuoso de innovación y crecimiento.

Cualquier proyecto de país democrático debe considerar a la educación como una herramienta de crecimiento y desarrollo y no como un elemento propagandístico. Para transformar la educación en una fortaleza nacional, ella debe preparar una fuerza de trabajo que genere ventajas competitivas. Los expertos priorizan el esfuerzo de mejorar la calidad de la fuerza laboral a través de tres programas estratégicos: la profesionalización de la labor docente, el incentivo a la participación de las familias en el proceso educativo y el mejoramiento de la oferta educacional, focalizándola en temas prioritarios para el desarrollo y aumentando la competencia existente. Esta gran reforma educacional se incluye dentro de las medidas destinadas a aumentar el capital social, que son las siguientes:

1.    Fomentar las aspiraciones de superación y de aprovechamiento de los talentos en la población.

2.    Desarrollar una educación y una cultura- país basada en valores ciudadanos que fomente el funcionamiento de las instituciones, las acciones en redes sociales, grupales e individuales, con fuerte énfasis en materias prioritarias para el desarrollo nacional.

  1. Aumentar la valoración y la participación del ciudadano en la cultura nacional, promoviendo sus características intrínsecas y sus expresiones y valorizando el aporte de la individualidad en un mundo que se vincula permanentemente con la diversidad.
  1. Incorporar a la población y a las organizaciones a la economía digital asegurando la igualdad de oportunidades.
  1. Encantar a grupos de interés y a la población con una visión de desarrollo nacional en positivo y desafiante.

La Venezuela posible y esencialmente democrática debe desarrollar una profunda reforma del Estado, destinada a mejorar la focalización y coordinación de su acción social, asegurar los liderazgos a nivel nacional y local, aumentar el aporte de los recursos entregados por el estado a las regiones, incentivar la descentralización a partir del desarrollo de áreas con potencial para asegurar el abastecimiento de la población y de los sectores productivos,  eliminar incertidumbres, distorsiones y rigideces en materias regulatorias, laborales y tributarias, entre otras.

Un proyecto de país sustentado en la igualdad debe generar espacios de colaboración público-privados que permitan legitimar las materias prioritarias para el desarrollo nacional, posibilitando orientar los esfuerzos de fomento. Ello requiere la promoción y la aplicación de buenas prácticas en emprendimientos, innovación, gestión, medio ambiente y certificación, para mejorar la definición estratégica, la eficiencia organizacional y la aceptación en mercados internacionales. Destaca la importancia de mejorar las prácticas utilizadas por la empresa nacional, porque el país presenta sus peores índices en materia de competitividad microeconómica, determinados por la sofisticación de las estrategias y operaciones de las compañías y por el entorno de negocios microeconómicos.

Será objeto de unas estrategias específicas la mejora sustantiva y subjetiva de la gestión, la calidad y la institucionalidad de los sectores de impacto social, tales como salud, deportes, previsión, seguridad, educación, cultura y vivienda. Tanto en salud como en educación, el presupuesto se ha incrementado permanentemente, pero no se han logrado mejoras apreciables en estos sectores. Esto lleva a proponer una serie de medidas para mejorar la gestión.

Las proposiciones consideran una importante transformación a nivel de las personas y grupos que se puede expresar en los siguientes términos:

La meta en el ámbito de las personas es que sean ciudadanos del mundo, que aporten individualidad en un mundo que aprecia la diversidad, que se caractericen por la motivación para desarrollar sus talentos, la capacidad de trabajo en equipo y la movilización focalizada en la estrategia. Esto permitirá al país ser el primero en realizar grandes reformas, tales como adecuar su educación al tercer milenio, modernizar su institucionalidad y transformarse en polo regional en tecnología e innovación, focalizando sus capacidades para agregar valor en las industrias con ventajas competitivas en el ámbito mundial -tales como alimentos, forestal, turismo y centro de negocios y gestión- abordando tanto la producción de bienes y servicios tradicionales, relacionados directa e indirectamente con la industria petrolera, como de los servicios, tecnología, insumos y bienes de producción  con mayor valor agregado.

Estas proposiciones se traducen en proyectos e iniciativas específicas que forman parte del plan estratégico de desarrollo nacional que constituye el Proyecto País, destinado a asegurar el aprovechamiento del potencial de los sectores con ventajas competitivas y a generar una sólida base de nuevas capacidades nacionales en materia de capital social, institucionalidad, tecnología y nuevos pilares de desarrollo, para asegurar futuros crecimientos que permitan mejorar la calidad de vida de la población.

Prepotente arrogancia


Por Alberto Medina Méndez

La democracia que tanto nos costó construir y recuperar a nuestras naciones, nos plantea un modo civilizado de vivir en comunidad. Priman en ella el consenso y el acuerdo, y de su mano, la búsqueda de soluciones que permitan una sociedad mejor.

Sin embargo, una fuerte corriente autoritaria recorre el continente. Algunos países lo viven a diario de un modo demoledor. Esas naciones lo sufren como una permanente división, esa que intenta profundizar las diferencias y que elige la confrontación como un modo de vida y una inexorable forma de ejercer el poder.

Esos países, han caído en la trampa de elegir, bajo el paraguas de la democracia, a personajes mesiánicos e iluminados que desconocen la esencia misma del sistema republicano, o que conociéndolo, se aprovechan de las debilidades estructurales de un sistema sin filtros que posibilita su llegada sin mas trámite que el de una elección.

Ellos, una vez instalados en el poder, deciden que sus opiniones y percepciones son algo así como inmaculados principios indiscutibles. Se ocupan de construir un dogma, una doctrina. Y sus verdades pretenden conformar algo así como un sistema de ideas a los que ampulosamente titulan con sus apellidos, adicionando el sufijo ISMO. Una percepción entre monárquica y despótica. Un canto a la antidemocracia impregnada de una poco humilde mirada de la realidad cotidiana.

Pero a poco de consolidar su personalista posición política, amparada en las orfandades de una democracia adolescente, ya no por su antigüedad sino por su madurez tardía, el mandamás, empieza a derribar derechos, intentando aniquilar a sus rivales.

Algunos son solo simples “forajidos” del poder. Otros algo mas perversos, son personajes siniestros que solo intentan hacer un culto del poder y que siempre se rodean de aduladores, alcahuetes y serviles. Son ellos mismos, los que componen ese entorno, los encargados de confirmarle al capanga que se trata de un ser superior, iluminado, con una inteligencia superlativa capaz de lograr lo que desee a su paso.

En este contexto ya no importan los ciudadanos. Son solo meras piezas de cambio de este retorcido juego cuya meta es el poder. En esa dinámica y bajo esa lógica, en la que el caudillo pierde contacto con la realidad, aparecen estos funcionales defensores de lo que hace el “jerarca” de turno. Ellos convalidarán lo que sea, dirán que lo que hacen bien es EXTRAORDINARIO y que lo que se hace mal resulta necesario y hasta justo.

Encuentran en todo una justificación. No importa cual sea la acción o el hecho. La conclusión se anticipará a las premisas. Las hipótesis solo rellenan la argumentación. Ya está decidido que todo lo que se haga es para el bien del pueblo, es correcto y merece ser de ese modo. No importará que a su paso se cometan inmoralidades, delitos,  designaciones incorrectas, negociados, practicas políticas perimidas, clientelismo, o el conjunto de lo mas bajo de la tradición política.

Todo, absolutamente todo, se firmará a libro cerrado. Se trata de esa porción de la comunidad que valida cualquier cosa. Las más de las tragedias del mundo, empezaron de ese modo, con ciudadanos firmando cheques en blanco y ratificando lo que sea.

Los fanatismos nos ciegan, nos hacen perder la perspectiva y nos limitan la capacidad de comprender la realidad. Detrás de la soberbia de estos cabecillas, se encuentran personas, gente de carne y hueso, que ha decidido sostener a su líder a cualquier precio. Ellos ejercen en primera persona esta PREPOTENTE ARROGANCIA que nos inunda a diario, esa que los hace monopólicos dueños de la verdad.

Pensar diferente significa, para esta casta tan particular, transitar territorio enemigo. Sus rivales en las ideas son eso, enemigos, gente que no merece respeto alguno y que debe ser silenciada. Su altanería no les permite visualizar que exista chance alguna de estar equivocados. Su adversario no merece tener la palabra.

En este esquema, cualquiera que se anime a cuestionar un centímetro de sus ideas, es un conspirador, golpista, destituyente o fascista. Cualquier calificativo sirve para denostar, para inspirar la agresión que fluye de sus entrañas.

Ese sector de la sociedad cree que todo aquel que no comparte sus ideas debe ser automáticamente catalogado de demonio. En forma automática es su enemigo y merece ser combatido. A David Hume le atribuyen esa cita que dice “Los hombres mas arrogantes son los que generalmente están equivocados, otorgan toda la pasión a sus puntos de vista sin una apropiada reflexión”.

La arrogancia los hace sentir seres superiores. Habrá que decir que esa mirada sobre si mismos está en franca contraposición con aquella igualdad sobre la que tanto pregonan y dicen defender. Es como si se tratara de criaturas sobrenaturales. El pueblo, los ciudadanos, son solo iguales pero entre si, ya que jamás podrán ponerse a la altura de sus conocimientos, de su preeminencia. Vaya contradicción.

Las sociedades que se han equivocado en el rumbo, esas que prefirieron a los líderes mesiánicos, populistas en su filosofía, altaneros en su conducción, soberbios por naturaleza, recorren un peligroso camino hacia la autodestrucción, que solo los llena de rencor, de odios, de sed de revancha, de una permanente búsqueda de enemigos, que con cada lucha concluida, se preparan para iniciar la siguiente. Se trata de un sendero plagado de riesgos, donde la sociedad camina por una cornisa, en la que coquetea con lo autoritario, y que puede llevarla hacia el mismísimo barranco.

La propia democracia puede devolvernos la visión. Los ciudadanos, en pleno ejercicio de nuestras libertades, no debemos perder el norte y pese a la soberbia que nos rodea a diario y que ataca a cualquiera que piensa distinto, tendremos que encontrar los mecanismos institucionales que el mismo sistema democrático nos provee para recomponer el sendero de la concordia, del acuerdo, del consenso y de la paz.

El odio, la venganza, la soberbia, la arrogancia, la prepotencia no parecen buenos consejeros, no es el camino que queremos legarle a nuestros hijos. Seguramente encontraremos el modo, pacifico, conciliador, democrático y republicano para retomar el camino de la civilidad y de una sociedad sustentada en valores mas humanos y menos irreflexivos. Intentemos superar con inteligencia como sociedad y dentro de las instituciones esta transición que nos permita olvidar pronto esta PREPOTENTE ARROGANCIA

Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

Skype: amedinamendez

http://www.albertomedinamendez.com

03783 – 15602694

Recuento de un simulacro de representación


Teódulo López Meléndez

Si la posibilidad de un pensamiento nuevo abreva en la imagen o en su ausencia es una vieja discusión. Durand lo remite al imaginario, mientras Deleuze nos sostiene uno sin ellas. Otros, más arriesgados, sostienen que es necesaria una desubicación estructural para dotarse de visión.

La imagen puede ser vista como engaño, deformación u opacidad, viejo tema recurrente, aunque también como efecto de realidad o como voracidad posmediática. En la tradición cultural que nos movemos andamos sobre lo enunciable y lo visible, sobre la pantalla todopoderosa que permitió a algunos construir un imperio de órdenes y de imposición superior al de los editores de periódicos impresos. Se puede inducir historia a partir de una realidad política ficcional y producir una ciencia de las soluciones imaginarias. Llegamos al punto en que sólo se podía pensar desde la perspectiva de la dictadura presente. Lo que no se permitió jamás en el mundo del recién caido zar mediático fue un contrapensamiento que sacara la dicotomía perdida de una estrategia política centrada sobre el fracaso hacia la emersión de nuevas actitudes e ideas. De esta manera su canal pasó a convertirse en la imagen del presente permanente, uno insuperable.

Esta hipertrofia comunicacional acabó con la posibilidad de toda mirada y, por supuesto, con todo reconocimiento de una oportunidad diversa. Una que terminó convirtiendo el uso de las imágenes reales en mera apariencia. Así, Venezuela fue convertida en una imagen entre paréntesis, en un mundo desrealizado jamás convertible en factibilidad. Todo sucedía en la pantalla, nada fuera de ella. Convirtió al país, desde su mirada oblicua, en una cámara de vacío y de descomprensión. Una simulación de la realidad fue lo visto, con sus “invitados predilectos” que repetían la necesidad de la participación electoral o que convertían las imágenes del dictador pronunciando sus contradicciones en una ilusión óptica. Esto es, una obsesión por la imagen en su artificialidad hasta convertirla en fetiche. Las imágenes de algunos micros se convirtieron en copia de la copia. Baudrillard lo explica muy bien con su teoría de la simulación, que no es otra que un mundo donde las referencias y los referentes han desaparecido, algo así como una constante simulativa. Ahora bien, es obvio que tal mecanismo no afecta sólo al mundo que se narra sino también a las ficciones que lo hacen, todo en un proceso de transfiguración adulterada. Imposible así el surgimiento de un nuevo discurso que creciera fuera de la sombra del poder.

Al fin y al cabo la representación estuvo instalada y perdimos la capacidad de distinguir el territorio del mapa conforme a la acertada expresión de Baudrillard. Disimular deja intacto el principio de la realidad, pero enmascarada. O en otras palabras, se nos construyó una hiperrealidad. Se produjo una recreación desenfrenada de imágenes donde no había nada que ver. Es lo que se ha denominado con una palabra alemana, doppelgänger, que no es otra cosa que el doble fantasmagórico de una persona.

Es cierto que vivimos el tiempo de la imagen. Ello implica que las finalidades concretas sean innecesarias, como bien se practicó, de manera que la simulación se convierte en la cabeza de algunos poderosos extraviados en el nuevo principio, una donde está el modelo mismo que se muestra, lo importante, y donde se enseña a los espectadores deseosos de esperanza un juego al que ya han sido habituados a jugar que termina convirtiéndose en dispersión y anulación de lo político. En suma, un Apocalipsis  de canal de televisión y no más.

El actual régimen venezolano ha logrado crear una imagen del pensamiento en el cual ya casi no se puede pensar sino desde dentro de la centralidad pensamiento-Estado. Por ello en su discurso hay siempre elementos de verdad, una muy minoritaria, pero que crea efectos de verdad. De allí su permanencia a pesar de sus errores y de su incompetencia. Hay que oponerle un nuevo pensamiento, una organización simbólica distinta, mientras el caso que comentamos fue lo contrario: una repetición constante, la muestra en pantalla del doppelgänger, en pocas palabras, un simulacro de representación que reforzaba la imagen y el original en una simbiosis tal que podía conducir a pensar si el monstruo en realidad existía. A falta de una estrategia política original el gobierno funciona a sus anchas con la puesta en escena de sus “cadenas” o de sus “Aló, Presidente” de solicitación espectacular ahora impregnada de expropiaciones semanales. La presentación de pantalla, la copia que hacía el canal de la catástrofe ayudaba al mantenimiento de la catástrofe. La propia conversión de la imagen en realidad.

Si hay incoherencia o contradicción en el discurso del dictador es simplemente porque no hay necesidad de discursos articulados. Su único interés es el desarrollo de una estrategia de poder basada en el ansia de espectáculo, el que vemos haciendo delirar a las masas comprometidas previamente y arreadas al lugar del espectáculo. Romperla no pasaba por la vía del doppelgänger porque el orden original de la imagen copiable era la de cambiar la escala entre sistema político y la esfera masiva. Reproducir era, como hemos dicho, convertir el propósito en un instante perpetuo.

teodulolopezm@yahoo.com

Hipocrasía: la impostura moral del poder


Por Ricardo Viscardi

Hipocrasía se asocia sonoramente a hipocresía, pero plantea un significado alternativo. La hipocresía también supone el poder (cratos) que hipocrasía pone plenamente de relieve. En cuanto se solapa en una misma persona, el poder hipócrita supone una actitud deliberada. Hipocrasía retoma ante todo una condición propia del poder en su forma previa y subyacente en los individuos. Asimismo, esa forma infusa y sugestiva del poder corresponde a la diferenciación entre ética (actuante en la individuación) y moral (representativa de la persona) que señalaba Deleuze en su lectura de Spinoza[1]. Esta desautorización de la representación en tanto soberanía del yo sobre su propio ego alimenta el (im)púdico secreto de la persona pública, que persiste y signa en medio del duelo de su cadáver constitucional: la democracia representativa.

Constitución, representación y democracia sólo pueden coincidir en el campo de la transparencia colectiva. Sin embargo, éste supone la transparencia particular (por efecto de la coacción o de la convicción). En la actualidad la transparencia ante otro es efecto de una emisión a distancia, es decir, un efecto de opacidad. Tal producción mediática de transparencia configura una industria inmaterial, por obra y gracia de la virtualidad tecnológica. La duplicación mediática desvirtúa la transparencia representativa -asediada en todas sus instancias por una distancia que la emite ante otro, en cuanto pone en riesgo la verosimilitud de todo original (principio de sí mismo). En un sentido que difunden las tecnologías de la virtualidad, la mediación instrumental inventa su propio origen. Como una cometa que remontara el virtuosismo intelectual, la representación hace acto de presencia en tanto artefacto manipulado.

Antes que un régimen de Estado, el sistema político uruguayo supone una coparticipación partidaria de las instituciones públicas -efecto histórico de la sub-potencia regional, laboriosamente compensada por la construcción de una estabilidad social interna. En una ecuación de forzosa integración institucional, que no admite vencidos ni vencedores[2], el poder no puede ser exhibido en su forma unilateral y mayestática, en tanto fuente de Soberanía. El poder se manifiesta, al estilo uruguayo, de preferencia bajo la modalidad de la mesura y la retención personal. La fuerza puede exhibirse siempre y cuando se encuentre subordinada al común y con modulación colectiva de la expresión. Diferenciándose del desenfado exhibicionista de los argentinos porteños y de la grandilocuencia chovinista de los brasileños federados, la sobriedad del estilo uruguayo siega la mies del otro ocultando la propia bajo una diferencia de tamaño, que disimula incluso en el fuero íntimo. Pero el ego no tiene tamaño sino estructura y la propia del régimen moral del sujeto es doble: definiendum y definiens se solapan en la soberbia enquistada bajo rótulo de humildad.

Sometido a la sobreexposición mediática, este estilo entre llano y envarado se ha visto en principio beneficiado por la convalidación de la sensibilidad pública dominante. Pero en un segundo tiempo, la exhibición y proyección perpetua de las virtudes republicanas de sí mismo, impuesta por la concentración a distancia de los medios de comunicación, terminó por manifestar la fatal opacidad que exige diferenciarse de otro. Tal opacidad traiciona la levedad social que la moral declara, en cuanto la interpretación pública requiere una sospecha insoslayable y entrometida. A fuerza de desistir por declaración, la hipocrasía termina por hacer pensar mal de quien dice no querer poder. Esa contradicción entre la emisión a distancia y la transparencia republicana no puede dilucidarse por medio de la democracia representativa, porque esta supone la integridad presencial, que la escena a distancia subordina a la industria de la emisión. El back-stage de la emisión es el óxido que carcome la idoneidad moral de la representación ciudadana. Por esa misma circunstancia, el metal en que suele atesorarse el valor de los activos políticos exige un bruñido severo y angustioso.

Quienes se sorprenden hoy ante el prometedor idilio entre presidente y vicepresidente electos, ayer enfrentados por la misma investidura, debieran considerar que tales conflictos quizás empalidecen de cara al gran público espectador. Incluso en versión politológica, la ley de la telenovela no es la originalidad sino la popularidad, tal como la suscitara, tras el último episodio del gabinete ahora saliente, la fogosa reconciliación entre presidente en ejercicio y ministro de economía. La telenovela politológica cunde en razón de la condición mediática de la concentración a distancia, que no requiere militancias sino audiencias. Asediado por el mar virtual de la conectividad, el istmo programático de la representación presencial se adelgaza mientras sube la marea de la individuación tecnológica, al ritmo restallante de la musculación mediática.

Asimismo, la incubación de candidatos-probeta[3] en atmósfera cerrada de patrimonios electorales heredados, no sólo excluye por soberanía, sino también porque la selectividad política no favorece la crítica en aras de reproducirse. Pretender que la circunstancia institucional renuncie ante sí al ámbito clausurado que la preserva ante todo de la indeferencia (antes que de la indiferencia)[4], significa desconocer el poder propio de las redes. No en vano el concepto de red social fue pensado por Foucault, hace ya cuarenta años, para disolver la concepción moderna de un poder que planea por encima de la masa (el Estado) o del sujeto (el Padre)[5]. Desde entonces la cuestión de las redes asedia a la verticalidad moral de la hipocrasía uruguaya, como nos lo recuerda la denuncia de la partidocracia que paradójicamente formó parte de la salida de la dictadura.

El retorno de un movimiento que se basa en su propia fuerza no tiene ahora razón de ser en la disolución de las estructuras representativas ante el malón dictatorial, ya por entonces amenazadas por el envión tecnológico (disuasión nuclear, carrera espacial, medios masivos) que sostenía la guerra fría. Ahora la fuerza de las redes surge de la misma conexión que las ramifica en tanto metástasis de la economía moral (instancia de persona) propia de la institucionalidad representativa (instancia presencial). Una vez subrogada la moral presencial por la instantaneidad mediática, el devenir en red de la comunidad virtual tiende a abandonar, en aras de la individuación de pantalla, el ritual en base de comité o de comité de base.

Diferenciar las redes políticas de las políticas de red supone asimismo comprender que el señuelo moral de la representación se hará de más en más reluciente para sobrevivir en la superficie de la pantalla. De las renuncias monetarias con geometría variable de las jerarquías electas[6], a la reforma del Estado aplaudida por Lacalle[7] y prometida en medio del conflicto con los municipales[8], pasando por el culto a las cláusulas estatutarias en las designaciones de candidatos-probeta[9], el pandemonium de la pulsión moral intentará colmatar la falencia que lo debilita ante costumbres cada vez más extendidas y ajenas. Permanecer en el terreno que elige la hipocrasía, tenor soberbio de la humildad, supone errar desde ya el camino. Hacer camino desde ya, supone comprender que las estructuras de la representación moderna no sólo suponen la racionalidad carcelaria, sino ante todo la cárcel de la racionalidad. ¿No es hora de abandonar esa doble moral partidocrática[10]?


[1] Deleuze, G. (1081) Spinoza, Minuit, Paris, p.27.

[2] « El final de la Guerra Grande » Kalipedia http://uy.kalipedia.com/historia-uruguay/tema/revolucion-proyectos-estado-en-region/vencidos-vencedores.html?x=20080803klphishur_11.Kes&ap=1

[3] Ver en este blog Tragedia progresista :Frankenstein no votó al candidato probeta (1/11/09) y Meta(e)-lecciones: el virus-votante ataca al candidato-probeta (15/11/09)

[4] Baumagartner, J. « Entre el calor y la calor » Voces Nº241 (11/02/10) Montevideo, contratapa.

[5] Foucault, M. (1979) La Microfísica del Poder, Ed. de la Piqueta, Madrid, p.179.

[6] « Lo justo y necesario » Montevideo Portal http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_102769_1.html

[7] « Lacalle : « me alegra que abran las cabezas » Observa http://www.observa.com.uy/actualidad/nota.aspx?id=92628&ex=25&ar=2&fi=19

[8] « Patentes : IMM no da marcha atrás » La República http://www.larepublica.com.uy/larepublica/2010/02/13/nota/399788

[9] « En mayo, contra los « mundos aparte » La República http://www.larepublica.com.uy/politica/399939-en-mayo-contra-los-mundos-aparte

[10] Viscardi, R. “¿Un movimiento social frenteamplista?” (2008) Encuentros Uruguayos1, 90-94, FHCE, Universidad de la República, Montevideo, p.94 http://www.fhuce.edu.uy/academica/ceil-ceiu/ceiu/REVISTA%20ENCUENTROS%20URUGUAYOS%202008.pdf

Quedar en el bronce, pasar a la historia

Por Alberto Medina Méndez

Muchos creen que la clase dirigente, especialmente en América Latina, tiene ambiciones relacionadas exclusivamente al poder o al dinero que se puede obtener a partir de ese clásico uso y abuso de la autoridad, tan típico de países como los nuestros.

Y es que algo de eso hay. Tal vez mucho. Pero para quienes accedieron al poder, para quienes hicieron de su vida una lucha para alcanzarlo, esta meta está obtenida cuando se llega al ansiado sillón. El dinero, la riqueza, los negocios, esos que definitivamente quitan la preocupación por el futuro personal y familiar, son a veces también una motivación potente para los que hacen del poder, y no de la política, una profesión.

Pero, cuando poder y dinero ya son materias superadas, resta siempre la pretendida apetencia de pasar a la historia, de quedar en el bronce. Se trata de algo que está en la esencia misma del ser humano, superarse a si mismo y encontrar en los demás, el reconocimiento público, el prestigio que solo se consigue cuando se es grande en serio.

Dinero y Poder, cuestiones terrenales, contemporáneas con la vida propia, que agotan su utilidad en el mismo momento que el personaje es despojado de esos atributos o, incluso cuando el fin de la vida golpea la puerta.

Sin embargo, esa aspiración de permanecer en “el bronce”, de que una calle, una escuela, un monumento, una plaza recuerde su paso por la función, es la máxima pretensión con la que sueñan los mas de los que llegan al poder, aunque no lo confiesen.

Es que la búsqueda del dinero desde el poder político y la obsesión enfermiza por tener la voz de mando, destruye casi todo a su paso. Y cuando el líder, el dirigente, pretende dar un vuelco a sus objetivos y se prepara para el bronce, ya es tarde.

Su estructura de corto plazo, su estrategia de coyuntura, su mediocre mirada de la inmediatez, lo deja fuera de esa carrera. Ya no podrá pasar a la historia por lo que hizo. En todo caso, su nombre, quedará plasmado en los manuales escolares por lo que no hizo, por lo malograda de su gestión, en su equivocada táctica de cabotaje.

Hacer nombres sería un ejercicio infinito. Es que son más los nombres que quedaron en los libros por su capacidad de hacer daño, de destruir y de generar fracasos a su paso, que los que lograron la difícil misión de obtener el respeto de su sociedad.

Es que la diferencia queda clara. Solo resta mirar un poco hacia atrás. Los hombres y mujeres que hicieron ALGO positivo por sus comunidades, por sus ciudades, por sus provincias y países, fueron quienes lograron mirar mas allá de sus circunstancias cotidianas, privilegiaron el después por sobre el hoy.

Y claro está, que cometieron errores y probablemente muchos. La historia tal vez los premie con ese reconocimiento popular, pero sus mismas leyendas estarán plagadas también de pequeñeces, mezquindades y múltiples imperfecciones. Es que no se trata de idealizarlos. Fueron seres humanos, personas, con virtudes y con sus particulares defectos. Pero pasaron a la historia por su capacidad de pensar más allá, de proyectar un horizonte que exceda su vida misma. Pretendieron dejar un legado a las generaciones futuras, y trabajaron por ello.

Es que trascender implica lograr que las próximas generaciones disfruten de la visión acertada, que un líder de su tiempo, modeló poniendo foco sobre ello. Pocos lo lograron. Seguramente seguirán siendo pocos, aunque a veces tengamos la sensación de que casi nadie, en este tiempo, concentra su mirada en el futuro.

Nos gobierna lo inmediato, la búsqueda del poder, la permanencia en él, y los negocios que se derivan directa o indirectamente de la cada vez más concentrada concepción que tenemos de la forma de ejercer la conducción de una sociedad.

Es que esa es la diferencia entre liderazgo y la grandeza. El líder nos podrá marcar el camino hacia el objetivo, pero solo los grandes pueden iniciar la obra mas trascendente, esa que sabe de la necesaria conjugación de esfuerzos, que varias generaciones y consecutivos gobernantes, tendrán que alimentar para conquistar aquella visión.

Muchos, rodeados de experiencias recientes y propias de estos tiempos, seguirán mirando con escepticismo toda esta línea de sucesos. Otros seguirán esperando al Mesías, ese iluminado pleno de virtudes que con atributos personales superiores nos lleve a la cima y piense en grande.

Tal vez la sociedad toda, deba replantearse el tema y mirarse en ese espejo, ese que muestra cuanto de lo que hacemos a diario, encaja con esa mirada de largo plazo, de dejarle algo mas que algún patrimonio, o alguna deuda a nuestros hijos.

Si la sociedad hace el giro, podremos aspirar alguna vez a que de ella surjan no solo circunstanciales hombres que piensen en grande, sino una generación de personas con espíritu de construir una sociedad mejor, de ayudar a que esa sociedad pueda dar el ansiado salto que muchos anhelamos pero por el que poco estamos haciendo.

Depende mucho más de nosotros, de la inmensa mayoría de personas que recitan lo correcto y hacen lo incorrecto, de los más que siguen apoyando a los peores y de valorar la picardía sobre la grandeza. Una sociedad puede ser mejor, cuando los que la componen son mejores y sus valores están alineados a su acción cotidiana.

Para pasar a la historia, para quedar en el bronce, no hace falta ningún Mesías, no se precisa de iluminados. Solo se necesita que los ciudadanos, esos que podemos cambiar la realidad de nuestro metro cuadrado, empecemos a cambiar nuestra propia historia, allí donde estemos, allí donde podamos influir positivamente. El optimismo parte de la base de ese acuerdo tácito que una generación debe poder hacer para poner una línea divisoria con el pasado, y arrancar de cero, abandonando rencores, viejas luchas y facturas del pasado. Es posible, pero para eso, debemos hacer un importante esfuerzo de compromiso con el futuro y de mirada critica sobre lo que hemos hecho hasta aquí para no repetirlo, y para no seguir en la inercia que nos propone el presente.

Probablemente no podamos ver los cambios muy pronto, al menos no sus resultados, pero los que hicieron a cada nación grande, no pensaron en vivir el fruto de su esfuerzo ciudadano, priorizaron que ese sueño sea posible, y lo vivieron en su interior como si fuera actual. Cuando podamos proyectarnos de ese modo, cuando podamos trabajar para el futuro y no para el presente, tendremos alguna chance de pasar a la historia, de que esta generación alguna vez, quede en el bronce.

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La historia de un desgaje: la democracia representativa


Teódulo López Meléndez

En los procesos revolucionarios del siglo XVIII se comienza el proceso de conversión política de los derechos naturales. El siglo XIX se mueve sobre la idea del progreso. A pesar de las guerras del siglo XX se establece firmemente la forma política que algunos han denominado la “era de las Constituciones” y el traslado de la soberanía de la nación al pueblo. El programa demoliberal, luego de no pocas luchas, concede el sufragio y las mujeres libran una de sus batallas más vistosas, el voto también para ellas. La reacción fascista se extiende sobre Europa, pero el resultado de la II Gran Guerra hace renacer la condena a los poderes absolutos aún en medio de la Guerra Fría y entramos de lleno en el ciclo del liberalismo democrático, las democracias pluralistas y un ritmo keynesiano de la economía. Los partidos políticos viven su época de esplendor. El mercado reina encontrando su máxima expresión en la era Reagan-Thatcher.

A finales del siglo XX asoma la crisis plenamente. La democracia comienza a dejar al descubierto sus profundos vicios y la desconexión del ciudadano del sistema resalta sus falencias. La representación y la delegación del poder se resquebrajan. La democracia representativa comienza a diluirse como el sistema económico donde funcionaba. Es lo que bien se denomina una crisis de legitimidad. Los partidos políticos se convierten en “partidocracias”, en cotos cerrados que ya no cumplen su función de servir de vehículo a las aspiraciones de la gente común y su papel de intermediación entre el poder y la gente se oscurece por sus mafiosos comportamientos. De allí al brote del populismo habría poco espacio. La nueva expresión telegénica saltaría a la palestra con la oferta de soluciones “revolucionarias” milagrosas. Mientras tanto, otros comenzábamos a pensar en un  movimiento alternativo.

Frente a las neodictaduras emergentes salen a las calles las manifestaciones de protesta que a nada conducen, que son incapaces de derribar gobiernos a no ser por alguna excepción. Las manifestaciones venezolanas están llenas de mitos y memorias de lo pasado, se recurre a la huelga general o al referéndum revocatorio, pero hay un desfase, un déficit y una contradicción que las anula. Es la vieja estructura que reacciona sobre la manifestación fascista y desde este ángulo de enfrentamiento la historia nos muestra que los viejos sistemas no son restituibles. El caso de las llamadas “marchas” en Venezuela es patético. La multitud sale a la calle lo que equivale a  un desempoderamiento en lugar de una posibilidad de vencer la frustración. La razón está en los que podemos llamar “vehículos convencionales”, léase partidos, y sin que un movimiento estudiantil inmaduro y sin objetivos fijos, a no ser la protesta misma, sea capaz de lograr la conexión. La masa sale a la calle y luego se mira a la cara sin haber alcanzado ningún objetivo simplemente porque no estaba planteado ninguno, a no ser el drenaje de las emociones a la espera del acto electoral. De esta manera la “marcha” no deja legado. Más bien pasan a convertirse en ejemplo de la impotencia. Y en reconocimiento de las instituciones secuestradas de la dictadura, al concluir ellas en entrega de documentos redactados en un lenguaje que podríamos denominar como sacado del más puro legalismo.

Así, el viejo problema que Touraine y Baudrillard ya habían entrevisto, el de la crisis de la representatividad, revienta en Venezuela con toda su fuerza. Los partidos, destruidos por sus prácticas aberrantes y por su incapacidad, dan poder a otras instituciones igualmente derruidas y todos y todas marchan junto al enfrentamiento contra el régimen sin ninguna posibilidad de vencerlo. Con su derrota llega a la plenitud la crisis: ya no representan a nadie, son objeto de burlas, pero siguen ejerciendo un poder limitado que el Estado fascista emergente les permite para legitimar su ejercicio.

Paralelamente el problema inicialmente teórico de la representatividad brota en la realidad cuando los viejos actores quieren seguir ejerciendo el poder sobre los ciudadanos debido a su monopolio tácito de presentación de candidatos al viejo parlamentarismo. El problema deja de ser, inclusive, el de una simple oportunidad para enfrentar al régimen sino que es la manifestación patética del ejercicio de algo que no existe. No existe ni parlamento ni existe la posibilidad de conferir representación.

Vemos algunos jóvenes entusiastas e inmaduros lanzando sus candidaturas a diputados sin darse cuenta que el viejo sistema les impondrá su tradicional oligarquización por la necesidad de autorreproducirse para mantener sus privilegios de casta. Por el otro lado el poder fascista restringe, a lo que considera límites adecuados, la supervivencia de los viejos actores modificando aquí y allá y estableciendo condiciones suficientes para animarles a perseverar en su existencia, pero sin aflojarles jamás la posibilidad de volver a convertirse en mayoría.

Llegamos, así, ante una dictadura de nuevo cuño que para el mantenimiento de las apariencias democráticas cede una lonja de poder a los desplazados mientras los ciudadanos no encuentran que hacer, no se sienten representados, la calle no les concede nada sino el ejercicio de utilería a ambos bandos. Brota lo que los impertinentes han llamado Ni-Ni y lo que otros impertinentes en mayor grado convierten en objetivo de sus llamados para que voten o para que ayuden a derrotar al régimen. La crisis de la legitimidad puede declararse absolutamente en explosión. La representatividad concebida en los viejos sistemas liberales salta por los aires. La democracia representativa queda hecha jirones sobre el pavimento.

La desvalorización de la representación y de la legitimidad

La representación puede ser tomada de entrada como la imposibilidad del ejercicio de una democracia directa. En sus orígenes se planteaba como la vía para que los gobernantes ejercieran el poder con la aceptación libérrima de sus gobernados. Esas élites gobernantes o representativas fueron degenerando en castas opuestas al espíritu original. Podríamos aceptar que tal evolución era concerniente a un sistema que en sí portaba el germen de reducción de la democracia. No obstante, se consideró la mejor manera de administrar las complejas sociedades de la era industrial. Estos mensajeros llamados representantes, tal como su nombre lo indican, representan una ficción a algo que no está presente. Al nacer el concepto y la práctica de representación la sociedad no se gobierna a sí misma sino que pasa a ser recipiendaria de las políticas y decisiones tomadas por los representantes, aunque se sometan a referéndum o plebiscito, conforme a las formas conseguidas para atenuar la paradoja de la representatividad.

Tal como lo señala Bernard Manin (Principes du governement représentatif, Calmann-Levy, París, 1995.), uno de los mayores estudiosos del tema, esa representación puede tomar tres formas: parlamentarismo, democracia de partidos y democracia de “audiencia”. En el primer caso, se les puede llamar fideicomisarios. En el segundo, que es el caso venezolano y de la práctica totalidad de los países latinoamericanos, se vota por un partido más que por una persona. Estos diputados o senadores son delegados de sus partidos que generalmente ejercen sobre ellos esa detestable práctica llamada “disciplina partidista”. La tercera, esto es, la denominada en las ciencias políticas “democracia de audiencia”, son los partidos los que se ponen al servicio de los candidatos y cuya elección dependerá de su propia personalidad y capacidad de interpretar a sus electores.

En cualquier caso de los mencionados se mantiene una independencia de los representantes sobre los criterios de los representados. Ocurre así la primera falla grave: la mediocridad de los  representantes las más de las veces señalados para tal posición por su subordinación y obediencia a los distintos factores que le permiten ser electos. La segunda falla grave proviene del desinterés de los electores sobre el tema de a quien eligen, más los negociados con los poderosos medios massmediáticos; sobre este caso particular la historia venezolana muestra la cesión de curules a cadenas periodísticas a cambio de apoyo, en lo que constituyó uno de los puntos claves de la decadencia de la democracia. En tercer lugar, a pesar de permitirse la existencia de los llamados “grupos de electores” está claro que de hecho existe un monopolio partidista en la postulación de aspirantes. Finalmente, la falta de ética y de un comportamiento moral adecuado.

Pero Manin, al pasar revista a las instituciones propuestas en lo siglos XVII y XVIII encuentra una continuidad notable con lo que hoy llamamos “democracia representativa”, lo que lo lleva a recordar una significación crucial: ese régimen del que han salido las democracias representativas no fue concebido en modo alguno por sus creadores como una forma de la democracia. Por el contrario, en los escritos de sus fundadores se encuentra un acusado contraste entre la democracia y el régimen instituido por ellos, régimen al que llamaban “gobierno representativo” o aun “república” y cita a Madison argumentando que el papel de los representantes no consiste en querer en todas las ocasiones lo que quiere el pueblo. La superioridad de la representación consiste, por el contrario, en que abre la posibilidad de una separación entre la voluntad (o decisión) pública y la voluntad popular. Manin: “Tanto para Siéyès como para Madison, el gobierno representativo no es una modalidad de la democracia, es una forma de gobierno esencialmente diferente y, además, preferible”.

Las críticas sobre los partidos son conocidas: han pasado a ser irrelevantes aunque conforman aún su poder excluyente en las disposiciones que los favorecen para la presentación de candidatos mientras que los movimientos sociales organizados carecen de ese puerta abierta en el ordenamiento jurídico y, peor aún, cuando un grupo de electores abre la puerta y se lanza al ruedo sus resultados suelen ser magros. Es obvio, entonces, que navegamos en un estado intermedio donde los partidos han dejado de ser intermediarios eficaces y donde no han aparecido con sentido real nuevas formas de intermediación.

La otra, que la muerte de las ideologías los han convertido en cascarones vacíos incapaces de sumar voluntades. En otras palabras, se han convertido en mecánicos buscadores de votos. El argumento simplista que plantea “los partidos deben cambiar” no encuentra base en la realidad de la práctica política. Lo que hay que recalcar es que, en cualquier caso, los partidos han perdido el monopolio del ejercicio político y se les augura un destino describible como el de ser otros en medio de una multiplicad de actores socio-políticos en proceso de nacimiento. Siempre habrá el que por las razones que sean se agrupe con otros que la piensan igual y se proclamen partido, aunque bien se podrían denominar “organizaciones con fines políticos” como se definen en el presente venezolano sin que ninguno de nuestros “brillantes analistas” se haya dado cuenta del cambio semántico de enorme importancia.

De alguna u otra manera en América Latina ha fallado de manera ostentosa cualquier control sobre esta casta de representantes que no han encontrado en la voluntad colectiva un freno a sus desviaciones. En cualquier caso es obvio que existe una ruptura de la legitimación, lo que algunos han denominado “un malestar con la democracia”.

La introducción de mecanismos como referéndum revocatorio o la iniciativa popular han sido paliativos ligeros para la crisis de representación, en primer lugar porque junto a su nacimiento también crecieron las maneras de evitarlos y porque no contribuyeron de manera notoria al aumento del interés ciudadano por su práctica. Al haber contribuido notablemente a ese desinterés con sus ejercicios deformadores los partidos se ven desplazados de su anterior papel por organizaciones que tienden a formas de participación muy diferentes, esto es, la desconfianza justificada en ellos conlleva a la aparición de nuevos mecanismos que, en el presente tecnológico, conducen a la activación de redes y redes de redes.

No olvidemos que la palabra “representación” tiene otros sentidos, como el de la actuación, primero en el teatro griego donde el uso de las máscaras oculta y muestra lo que está ausente. “Inventar la ciudad es inventar la representación, el lugar donde el poder se disputa y se delega, donde cada uno puede presentarse en el centro del círculo y decirle a la asamblea cómo él se presenta lo que sucede y lo que hay que hacer. Lugar de nacimiento del escepticismo, del conflicto de las interpretaciones, de esa multitud de dobles, eîdos o eídolon, phantasía y phantásma, cuya apariencia corre el peligro de ser un falso semblante”. (Enaudeau, Corinne. La paradoja de la representación. Barcelona. Paidós. 1999.).

Para la conformación de la legitimidad de la representación se recurrió al concepto de opinión pública según el cual se crea una opinión general y libre que el representante simplemente ritualiza. De esta manera el representante no tiene nada que ver con la voluntad del representado sino que expresa la voluntad política ideal de la nación, lo que lleva a identificar pueblo con esa voluntad. En pocas palabras, legitimidad y representación buscan reconciliarse. Este razonamiento teórico lleva a la representación a un punto muerto, pues lo que termina es con el planteamiento de que la legitimidad no es del Estado sino de la sociedad misma. Cuando la sociedad entra en la presente fase de desconfianza en los representantes y en la representación misma la legitimidad comienza a hacer aguas. Con la frase  “Yo soy el pueblo” que el presente dictador venezolano pronuncia a cada momento lo que se está produciendo es la simbiosis más acabada del pensamiento liberal, esto es, no tiene nada de socialista pues se convierte simplemente en una ficción. La única manera de controlar a los representantes es estableciendo mecanismos independientes de él, pero, como en el caso venezolano y de otros neoautoritarismos, encontramos la facilidad con que el poder los burla y siempre quedará pendiente la cuestión de si es el Poder o el órgano contralor el que representanta la voluntad colectiva.

Es menester recordar que el término “sociedad civil” (civil society) es de manufactura inglesa y fue inventada también dentro del contexto de encontrar una legitimación para la representación. Es por ello que algunos hablan, especialmente Touraine, de una sociedad postcivil; nosotros también lo hemos hecho dentro del concepto naciente de una democracia del siglo XXI. En este proceso de contradicciones se hunden los partidos de la democracia representativa, una realidad de distorsiones que algunos llegaron al punto de llamar “Estado de partidos”. O lo que otros llaman “descolocación de la política”, situación que hoy vivimos en muchos países de América Latina donde desde los órganos legislativos hasta los ejecutivos son suplantados por los llamados Comités Nacionales partidistas que pasan a ser el sitio donde en realidad se toman las decisiones supuestamente “encarnantes” de la voluntad popular. De esta manera los partidos se convirtieron en los verdaderos asesinos de todo el andamiaje filosófico-jurídico que había sostenido a la democracia representativa y su supuesta legitimidad. Es evidente que los partidos surgen por una necesidad obvia de asumir las contradicciones y las fragmentaciones del cuerpo social, pero terminan encarnando en magnitudes de primera fila las prácticas políticas deformadas y deformantes.

He insistido hasta la obstinación en la necesidad de que la provincia venezolana asuma el liderazgo, planteamiento que excede a la mera circunstancia de haberse producido en el interior las mayores acciones de resistencia contra la presente dictadura. Es también un asunto directamente vinculado a la tesis de representación y legitimidad. La elección de diputados por las regiones no establece ni una cosa ni la otra. Apartando por un momento el tema de la descentralización, obviamente necesaria e imprescindible, lo que ando es en búsqueda de una fuerza exógena que desmaterialice la mentira constitucional de que Venezuela es un Estado Federal y la haga realidad, pero más allá lo que ando es en búsqueda de una nueva fuerza constitutiva de la cultura venezolana.

Tendríamos que decir con Lassalle que “la problemática constitucional no es un problema de derecho sino de poder, ya que la verdadera constitución de un país solo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rige. Las constituciones escritas no tienen valor ni son verdaderas mas que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la sociedad”– (Lassalle, Ferdinand; “¿Qué es una Constitución?”; Editorial Coyoacan; año 1994; pág. 29. Conferencia dictada en Berlín a mediados del siglo XIX, texto que se convirtió en un clásico de las ciencias políticas).

En las últimas semanas nació –es lo que percibo- una nueva tensión, o al menos una tensión variada, entre la provincia y el poder hegemónico de Caracas, uno que fue, a mi modo de ver, un intento de quitar la delegación al poder central, uno informe, pero intento al fin. La “reducción” de la representación, en el sentido en que la manejo en este párrafo, significa que se reduce su ámbito en el sentido que cada provincia se representa a sí misma sin afectar para nada la unidad de la Nación-Estado.

Hay que comenzar a manejar las nuevas formas, los nuevos partos, los nuevos paradigmas. Sobre ello andamos.

teodulolopezm@yahoo.com

Las democracias miopes no salen del corto plazo

Por Pierre Rosanvallon*

HISTORIADOR, PROF. COLLEGE DE FRANCE

A los regímenes democráticos les resulta difícil integrar la preocupación por el largo plazo a su funcionamiento. La dificultad se vuelve preocupante en momentos en que las cuestiones del medio ambiente y el clima obligan a pensar en términos inéditos nuestras obligaciones frente a las generaciones futuras.

Esta dificultad no tiene nada de inédita. Desde los comienzos de la Revolución Francesa, Condorcet alertaba sobre los peligros de lo que llamaba una “democracia inmediata”. El filósofo temía que la administración de las finanzas públicas quedara dominada por las idas y vueltas de la acción cotidiana y, por lo tanto, invitaba a sustraer de la influencia del Poder Ejecutivo la custodia del Tesoro público.

En efecto, una especie de “preferencia por el presente” parece marcar el horizonte político de las democracias. Esto se debe a razones estructurales, que derivan de comportamientos determinados por los ritmos electorales y los imperativos de las encuestas. La carrera jadeante del corto plazo es hija de las condiciones en que se ejerce la lucha por el poder. En consecuencia, es trivial oponer los ideales típicos del “político”, que sólo se preocuparía por la próxima fecha electoral, a los del “hombre de Estado”, que tendría los ojos puestos en un horizonte más lejano.

Pero las cosas son más complicadas. La miopía de las democracias tiene causas estructurales. La fórmula lapidaria del Contrato social de Rousseau (“Es absurdo que la voluntad se eche cadenas para el futuro”) sirvió de fundamento para las democracias modernas.

Sin embargo, se pueden prever medidas o instituciones para corregir el desvío cortoplacista: introducir principios ecológicos en el orden constitucional; fortalecer y extender la definición patrimonial del Estado; implementar una gran “Academia del futuro”; instituir foros públicos que movilicen la atención y la participación de los ciudadanos. Es a través de más modalidades de la preocupación por el largo plazo como éste podría ser defendido progresivamente con seriedad.

Por ejemplo, incorporar la dimensión ecológica al orden constitucional es lo más evidente. Las constituciones son las guardianas de la memoria de los principios organizadores de la vida común, al obligar a las asambleas parlamentarias y al Poder Ejecutivo a respetarlos (aun cuando una Constitución a su vez siempre pueda ser modificada). Ellas velan por los derechos humanos y el espíritu de las instituciones. Pero fácilmente podríamos imaginarlas incorporando también la preocupación por las generaciones futuras.

Como la idea de humanidad, la de nación implica la de una experiencia colectiva inscripta en la escritura de una historia. Por lo tanto, se debe velar por que estas posibilidades no se vean contrariadas. El artículo primero de la ley francesa de diciembre de 1991 sobre el almacenamiento de desechos radiactivos decía: “Las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar de esta tierra indemne y no contaminada ( .) que es el sostén de la historia de la humanidad.” La Carta del Medio Ambiente también produjo avances al formular principios y valores que debían respetarse. Son los temas de este tipo los que convendría incorporar a la constitución.

Por su parte, la existencia de un Estado fuerte en todo momento ha erigido una muralla contra el cortoplacismo. Ya en épocas de la monarquía, se distinguía el dominio real, o los bienes de la corona, del cual el rey no podía disponer libremente. La noción de Estado no ha hecho más que modernizar esta idea de un tema transhistórico en la vida política. En el siglo XIX, hasta los liberales insistían en esta dimensión. Incluso los que defendían la idea de un poder público mínimo reconocían la importancia fundamental de su dimensión fundadora de la sociedad.

Hoy día entendemos al Estado sobre todo como regulador. Sin embargo, es vital restaurar su dimensión de conservador de las condiciones de la vida común. No es posible la preocupación por el largo plazo sin que exista una función pública fuerte.

La formación de una “Academia del futuro” también podría cumplir un papel esencial. Compuesta por científicos, filósofos, especialistas reconocidos y representantes de las principales asociaciones que actuaran en el campo ecológico, podría ser consultada sistemáticamente sobre los asuntos de su competencia y ofrecer opiniones públicas con respecto a las cuales los gobernantes tendrían que decidirse. Esto significaría recuperar la idea original de Academia: la de un cuerpo al servicio de la sociedad que ejerce una doble función de vigilancia y anticipación.

Esta ampliación de la expresión de la conciencia ciudadana es decisiva. No habrá salida de la miopía democrática si los ciudadanos no son ellos mismos los defensores de una conciencia ampliada del mundo.

En el siglo XIX, los avances de la educación fueron una de las matrices esenciales de la consolidación democrática. En el siglo XXI, es la toma de conciencia social de la necesidad de un nuevo horizonte temporal de la razón pública la que será el vector de una profundización de la idea democrática.

Cuando los ciudadanos hayan modificado sus propios reflejos en lo que se refiere a la anticipación, su visión se armonizará con el sentimiento de una existencia a la medida de la humanidad.

Pero no habrá verdadera “revolución” en las cabezas mientras la cuestión de una ampliación de las normas de la justicia no se plantee en términos de humanidad. La preocupación por el largo plazo es indisociable del reconocimiento de la existencia de una “tierra-patria”, de un razonamiento a partir de las categorías de humanidad o especie humana.

Pero estas sólo tienen sentido si poseen verdadera coherencia interna en lo que hace a la igualdad y el compartir. Salvar el planeta implica pensarlo como un espacio de solidaridad.

Copyright Clarín y Le Monde, 2010. Traducción de Elisa Carnelli.

La Venezuela del pensamiento débil

Teódulo López Meléndez

No hay legitimación omnicomprensiva en esta Venezuela de hoy. Estamos movidos por un pensamiento débil. Se requiere de un pensamiento que hable de la verdad. Hay que recurrir a un paradigma de la complejidad contrario a la inmovilidad y sepultar los conceptos estáticos. Requerimos una sociedad instituyente.

El ser venezolano se muestra escindido, pesimista y desinteresado. Sucede porque el país se mueve en el seno de paradigmas agotados, en un mundo viejo. Las viejas maneras conducen a ninguna parte.

Es lo que le propongo al país, que se haga una sociedad instituyente. Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales.

La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.

La sociedad venezolana es víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no evolucionó hacia formas superiores. La sociedad venezolana se acostumbró a delegar y se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder.

Detrás de todo poder explícito está un imaginario no localizable de un poder instituyente. Así, se recuerda que los griegos, cuando inventaron la democracia trágica, acotaron que nadie debe decirnos como pensar y en el ágora se fue a discutir sobre la Polis en un proceso autoreflexivo. De allí Castoriadis: “Un sujeto que se da a sí mismo reflexivamente, sus leyes de ser. Por lo tanto la autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social”. La sociedad hace a la persona, pero esta persona no puede olvidar que tiene un poder instituyente capaz de modificar, a su vez, a la sociedad. La persona (y estoy usando la palabra en el sentido del humanismo cristiano) se manifiesta en el campo socio-histórico propiamente dicho (la acción) y en la psiquis. Se nos ha metido en esa psiquis que resulta imposible un cambio dentro de ella que conlleve a una acción. Es cierto que las acciones de la sociedad instituyente pueden no darse a través de una acción radical visible, pero en el presente combate se hace necesaria: la constitución de un gobierno paralelo. La participación impuesta en una heteronomía instituida, impide la personalización de la persona, pero es posible la alteración del mundo social por un proceso lento de imposiciones por parte de una sociedad trasvasada de instituida a instituyente. La posibilidad pasa por la creación de articulaciones, es decir, mediante un despliegue de la sociedad sometida a un proceso de imaginación que cambie las significaciones produciendo así la alteración que conlleve a un cambio sociohistórico (acción). He allí la necesidad de un nuevo lenguaje, la creación de nuevos paradigmas que siguen pasando por lo social y por la psiquis. Partimos, necesariamente, de la convicción de que las cosas como están no funcionan y deben ser cambiadas (psiquis) y para ello debe ofrecerse otro tipo de sentido. La segunda (social) es hacer notar que la persona puede lograrlo sin tener un poder explícito (control de massmedia, un partido, o cualquier otra de las instituciones que tradicionalmente han sido depositarias del poder). Hay que insinuar una alteración de lo procedimental instituido. Se trata de producir un desplazamiento de la aceptación pasiva hacia un campo de creación sustitutiva. Se requiere la aparición de una persona con su concepción del Ser en la política, uno que se decide a hacer y a instituir. El asunto radica en que domesticar al venezolano –gobierno de Chávez- no es posible. El planteamiento correcto es inducir que la vida humana no es repetición, y muchos menos de los enclaves políticos, y encontrar de nuevo en la reflexión y en la deliberación un nuevo sentido. No estamos hablando de una “revelación” súbita sino de la creación de un nuevo imaginario social. Así, sin llenarse de ideas y pensamiento sobre el futuro por hacer no será posible cambiar lo existente. Este gobierno venezolano pone en duda todos los días su razón de ser y ello es condición a nuestro alcance para edificar el nuevo paradigma. La posibilidad instituyente está oculta en el colectivo anónimo. De esta manera hay que olvidar la terminología clásica. El máximo valor no es un Poder Constituyente. Lo es un Poder Instituyente, lo que no quiere decir que no se institucionalice lo instituyente, para luego ser cuestionado por la nueva emersión de lo instituyente. La democracia es, pues, cambio continuo. Todo proceso de este tipo transcurre –es obvio- en una circunstancia histórica concreta. En la nuestra, en la de los venezolanos de hoy, no podemos temer a lo incierto del futuro La democracia del siglo XXI que concibo es, entonces, una permanente puesta al día. La sociedad venezolana actual está en fase negativa. La protesta es una simple pérdida de paciencia y la lectura de columnistas que insultan al gobierno un simple ejercicio de catarsis.

Lo que pretendo al hablar de ciudadanía instituyente no se refiere a un mito fundante. Me refiero a un agente (al agente) que impulsa permanentemente una democratización inclusiva. Hay esperanza, porque de la nueva ética saldrá racionalidad en la nueva construcción. Ello provendrá de la toma de conciencia de una necesaria recuperación (no del pasado, en ningún caso), sino del sentido. El país que las “élites inteligentes” deberán liderar es uno en lucha contra las distorsiones, una basada en una lógica alternativa. Pasa porque los ciudadanos tomen como nueva norma de conducta la no delegación, lo que a su vez implica la asunción del papel redefinidor lo que la hace responsable en primer grado.

Es mediante el pensamiento complejo que se puede afrontar el laberinto propia del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el cabalgar fuera de dogmatismos.

Reitero a mi país la propuesta de formación de un gobierno paralelo y de una Asamblea Nacional Instituyente para desafiar al porvenir.

teodulolopezm@yahoo.com

Teódulo López Meléndez: Es necesaria la formación de un “gobierno paralelo”

Teódulo López Meléndez:

Es necesaria la formación de un “gobierno paralelo”

* Si nadie da los pasos es posible que tengan que formar un gobierno en el exilio

El escritor Teódulo López Meléndez considera necesaria la formación de un “gobierno paralelo” de seguimiento al presente régimen. Argumenta que los sucesos de las últimas semanas indican la inexistencia de una columna vertebral que le indique al país un rumbo, como quedó demostrado con las acciones intermitentes y desconectadas en la provincia y en Caracas.

“Vista la grave situación del país –añade con convencimiento- , el colapso institucional y de los servicios públicos básicos, constatada hasta la saciedad la ineptitud del presente gobierno para atender a la comunidad nacional hasta en sus necesidades básicas y siendo obvia su vocación represiva, es menester constituir equipos que den respuestas concretas y líneas políticas claras.

López Meléndez recuerda la constante queja de los venezolanos ante la falta de propuestas concretas y la manifestación reiterada de angustia por mantenerse sólo un camino electoral, mientras las condiciones en septiembre no sólo serán comiciales sino de existencia misma del país.

Su propuesta gira en torno a la formación de un gabinete en la sombra para seguir cada área de la acción oficial. Estaría integrado por Ministros para el seguimiento de: Política Interior, Política Exterior, Economía y Finanzas, Salud, Infraestructura, Educación y Servicios Básicos.

¿Un gabinete en la sombra no sería considerado como subversivo?

-Para este gobierno todo lo que se diferencie de él es subversivo. En infinidad de países han existido y existen “gabinetes en la sombra” dedicados a seguir las acciones gubernamentales y a la realización de contrapropuestas.

-“Se han usado como mecanismo de control democrático y como medio de resistencia a los totalitarismos”, añade.

¿“El “gobierno paralelo” que propone sólo tendría esa instancia?

-No –asegura-. Propongo la conformación de una Contraloría para el seguimiento de las acciones de la Contraloría General de la República. La conformación de una Fiscalía para el seguimiento de las acciones de la Fiscalía General de la República. La conformación de una Defensoría del Pueblo para el seguimiento de las acciones de la Defensoría del Pueblo. La conformación de una Comisión para el seguimiento del comportamiento del actual Poder Judicial.

¿Y en relación a la Asamblea Nacional?

– Propongo la convocatoria a una Asamblea Nacional Instituyente dedicada al estudio y seguimiento de todas las leyes aprobadas por la actual Asamblea Nacional. Estaría formada por representantes de todo el país (Academias Nacionales, Universidades, gremios, colegios profesionales, asociaciones empresariales, confederaciones y federaciones de trabajadores, estudiantes, profesores, representantes de la provincia y de la sociedad civil).

¿Por qué habla de “instituyente”? ¿Qué diferencia existe con Constituyente?

Ambos conceptos son diferentes. Una Asamblea Constituyente implica una elección, con todo lo que ello apareja. Lo instituyente implica una superación de la democracia representativa para convertirla en una democracia como ejercicio cotidiano de injerencia. En otras palabras, trastocar lo que ha sido hasta ahora la relación entre sociedad e instituciones. La sociedad instituyente debe transformar la realidad. Una sociedad instituyente es mucho más que una recipiendaria del poder original.    Una sociedad instituyente es aquella cuyo verdadero fin es ella misma, siendo el Estado, la democracia y todas las instituciones simples medios. Ahora bien, dentro de esta sociedad instituida que reproduce a las instituciones la única posibilidad es plantearse trascenderlas y ello pasa por una toma de decisión. Hasta tal punto debe estarse sobre lo instituido que la sociedad misma debe ser revertida en un proceso instituyente. El Estado de Derecho es así un simple tránsito y el Estado Social de Derecho -aún en su concepción más avanzada- un simple trecho en procura de lo que la ciencia jurídico-política comienza a llamar Estado democrático avanzado o postsocial. Vivimos una época en que la política dejó de ser espacio de redención para convertirse en una imposibilidad frustrante.

Esa Asamblea que propone sería casi tumultuaria…

A lo mejor sin el casi, pero ello no me arredra. Con Habermas me aproximo a ese concepto y no le temo.

¿Cree usted que su propuesta tendrá algún  respaldo?

Cuando hablo lo hago para contrarrestar las tendencias negativas a la inacción. Y también para tranquilizar mi conciencia. En cualquier caso pienso que si no se procede a la formación de este equipo de estudio y seguimiento tanto ejecutivo como parlamentario quienes se opongan o lo ignoren es bastante probable que tengan que formar un gobierno en el exilio.

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