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Democracia siglo XXI

mes

marzo 2012

Necedad infinita

Por Alberto Medina Méndez

Se puede entender que ciertos sectores apoyen, en general, a las políticas del oficialismo, a las decisiones de cualquier gobierno. Lo difícil de comprender es la irracional actitud de algunos al firmar “cheques en blanco”, al validar toda medida dispuesta por un gobierno.

Y vale la pena insistir en esto de que resulta esperable que un grupo de ciudadanos apoye ciertas determinaciones oficiales. Pero una cuota de disparatado razonamiento hace que algunos decidan defender todo, sin distinciones, sin permitirse siquiera la posibilidad de analizar si la mirada aplicada es la adecuada.

No se dice nada nuevo, si se recuerda que el ser humano es imperfecto. Acierta y se equivoca. Es parte de su naturaleza. Suponer que algún iluminado jamás comete errores, es desconocer la especie humana.

Pese a ello, algunos insisten en esta visión, y pretenden asumir la deidad de ciertos personajes de la política. Habrá que recordarles que por mucho que se esfuercen en proteger a sus líderes, son solo personas, individuos comunes, con virtudes y defectos, y lejos están de la perfección, de la excelencia o la superioridad.

Lo patético es que muchos de los que asumen este tipo de posturas incomprensibles son personas con formación académica, con títulos universitarios y cierto ejercicio intelectual, metódico, sistemático, con gimnasia en esto de racionalizar ideas antes de tomar posición.

Sin embargo, predomina la sensación que la política ciega, que les nubla la vista, impidiendo dar el paso lógico, esperable. Ese que invita a la duda, a la reflexión, a la búsqueda de la verdad, con la curiosidad científica tan propia de muchos.

Seguir a ciertos líderes políticos de modo irrestricto, sin ningún tipo de reparos, no resulta inteligente. Muy por el contrario, es una acabada muestra de la incapacidad para tener criterio propio, una visión singular del mundo. Pretender coincidir en TODO con el mandamás de turno y hacer la vista gorda frente a sus errores, no es sano, ni siquiera para el gobernante.

Y cuando esos errores implican cuestiones más profundas como discrecionalidad, arbitrariedad y hasta hechos delictivos, como la corrupción, que conllevan prácticas políticas condenables a todas luces, mucho menos comprensible es la actitud ciudadana.

Una nómina de supuestos aciertos, no nos pueden impedir ver todo lo que está mal hecho, lo que es inaceptable, lo perverso e inmoral del accionar de cualquier gobernante de turno.

Resulta difícil entender que extraño mecanismo hace que ciertos ciudadanos honestos, gente de bien, claudique ante sus propios valores, solo por acordar con alguna parte de la circunstancial acción política gubernamental.

No es sensato convertirse en cómplice de los corruptos, cuando uno en su vida personal no acepta esa matriz de conducta. No existe necesidad de avalar lo inadmisible para apoyar ciertas ideas.

Ni cuando se trata de los afectos uno pierde esa ecuanimidad. Con los seres más queridos se siente la obligación de apoyarlos en sus aciertos, pero no por ello se deja de señalar sus defectos, sus errores y se los ayuda a recuperar el rumbo adecuado, mostrándole el camino.

Tal vez el deporte sea uno de los tantos ámbitos en los que los seres humanos exacerbamos nuestra pasión, prescindiendo por instantes de la racionalidad, para defender los colores de la camiseta elegida con desenfrenado fervor.

Pero ni en ese terreno, ni en el deportivo siquiera, se verifica tanta ceguera como en la política partidaria. Hasta el más entusiasta fanático de un club, se admite a si mismo pedir que un miembro de su equipo sea reemplazado, por su inhabilidad, escaso esfuerzo, o simplemente por su mal momento. Es el mismo exaltado simpatizante el que pese al eventual triunfo de su escuadra, no deja de ver los errores y reclama mejoras en lo estratégico, en lo táctico y hasta en la conducción de su conjunto.

Quienes prefieren seguir apostando al apoyo incondicional, se equivocan porque no ayudan a su líder, ni a sus ideas. Su silencio cómplice, contribuye a alimentar prácticas incorrectas, respaldando a funcionarios que delinquen, y asumiendo posturas muy ligeras frente a hechos de gravedad.

Si quieren sostener cierta visión ideológica, adelante. Pero cuidado con cometer el pecado de avalar lo que sea. Ese camino, nos condujo en el pasado a hechos trágicos, de los que luego resulta difícil regresar.

No preocupa que ciertas ideas avancen, después de todo es parte del juego democrático, y de la competencia política, que debería ayudar a mejorar la clase dirigente y sus propuestas. Lo que inquieta es esta actitud cada vez más frecuente de encerrarse, no pensar, refutar con argumentos endebles, cambiantes, que se acomodan según el tema y que se contradicen de modo recurrente. En definitiva, lo que alarma es la necedad infinita.

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La revolución de las masas del siglo XXI: el replanteamiento de la democracia

 

* Por Rodrigo Cornejo

* Magíster en Ciencia Política, Universidad Católica de Chile; Licenciado en Historia, Universidad Católica de Chile. Profesor de Universidad UNIACC. Artículo publicado en “Andragogía IV, Innovación y emprendimiento”, Año II, diciembre 2011, Nº 4.

Tanto en Chile como en el resto del mundo, 2011 ha sido un tiempo muy especial: se ha visto una auténtica explosión de descontento social, que ha generado más de un dolor de cabeza a los gobiernos de los países que se han visto afectados, si es que no han provocado en algunos Estados, incluso, el propio derrocamiento de algunas de sus máximas autoridades nacionales.

Tan simultánea y repentina situación ha llamado la atención de la mayor parte de los habitantes del orbe. No sólo por la cantidad de personas involucradas en las protestas y manifestaciones callejeras, sino porque aun hoy, hacia fines de 2011 no se sabe en qué terminará, finalmente, todo este proceso de intranquilidad social.

Agitados meses en África y Europa.

 

El despertar de diversos grupos sociales empezó en diciembre de 2010 en el norte de África, y desde entonces se ha expandido por varios países del mundo.

En la gestación de la creciente inestabilidad en los Estados afectados han convergido distintas razones, pero sólo una engloba a todas juntas: el marcado descontento de grandes grupos de poblaciones nacionales hacia sus respectivos gobiernos centrales. Sea por cansancio frente a administraciones que han permanecido en el poder por largo tiempo, sea por medidas específicas implantadas en su oportunidad por las autoridades, sea para protestar abiertamente contra un presente (y futuro) que ven como poco promisorio para su país (y sus intereses), lo cierto es que esas vastas masas de ciudadanos movilizados han asumido un protagonismo tal, que constituye algo que no se apreciaba desde hacía más de veinte años, con motivo de la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este.

Si se pudiera hacer un recuento de cuáles son las causas concretas de las protestas y movilizaciones de este 2011 tendremos que señalar que éstas han obedecido a motivaciones políticas, económicas y sociales, a menudo sucediendo que las distintas reivindicaciones se han ampliado, traspasándose de un ámbito a otro o mezclándose entre sí. Esto ha llegado al extremo de que en algunas protestas, incluso, se ha solicitado el auténtico cambio de modelo político u socio-económico que pudiese estar rigiendo a un país determinado en el momento del estallido de las manifestaciones.

Así por ejemplo, las múltiples protestas que ha habido este año se iniciaron en Túnez, Libia y Egipto, donde las motivaciones fueron esencialmente políticas y sociales.

Las demandas por mayores libertades desde los correspondientes centros detentadores del poder político nacional, así como también el deseo de lograr más avances en la superación de las desigualdades sociales, generaron no sólo una oleada de desorden interno dentro de los países involucrados -que los gobiernos trataron de controlar principalmente mediante la represión de los manifestantes- , sino que en Túnez y Egipto acabaron hasta por derribar a sus respectivos, polémicos y corruptos Presidentes, que estaban en el poder desde la década de 1980. La situación de Libia también es destacada, pues la férrea administración de Muammar Gaddafi a pesar de que dio una dura oposición a los insurgentes -generando de paso el comienzo de una guerra civil en el país- fue derrocado por sus adversarios.

Misma incertidumbre se manifiesta actualmente en Siria, donde el autoritario gobierno socialista de Bashar al Assad ha optado también por librar un acérrimo combate a los ciudadanos que han salido a protestar pidiendo -como en el norte de África- mayores libertades políticas y oportunidades sociales dentro de la sociedad.

La represión emprendida por el gobierno de Assad hacia sus opositores ha generado múltiple rechazo internacional, incluso de Estados Unidos, cuya Secretaria de Estado, Hillary Clinton, recomendó medidas políticas y económicas con el fin de aislar a Siria. Es más, el 18 de agosto de 2011, el mismísimo Presidente estadounidense, Barack Obama -envuelto a su vez en una delicada coyuntura interna caracterizada por las dificultades económicas de EE.UU. y la visible baja en su popularidad como mandatario-, sugirió que Assad lisa y llanamente debía renunciar al poder, como una forma de descomprimir la actual crisis política que sacude al país árabe.

Así como las variables políticas y sociales son los esenciales factores desencadenantes de protestas y manifestaciones dentro del mundo árabe, la economía y su manejo en un mundo globalizado ha generado asimismo grados apreciables de rechazo los últimos meses en el continente europeo.

De esta manera, las masivas protestas habidas en países como Grecia y España derivan tanto de un profundo malestar en su población respecto al excesivo endeudamiento de los Estados -y sus consiguientes medidas paliativas de recortes en el gasto- como de los altos niveles de desempleo tenidos en estos países.

La situación española se asemeja notoriamente a la griega, en el sentido de convocar a protestas contra la alta cesantía y el recorte de los planes sociales emprendido por el gobierno local. Sin embargo, con todo, en España las movilizaciones tuvieron un cariz ostensiblemente sui generis. A este respecto, las multitudinarias protestas de mayo de 2011 por el grupo de “Los Indignados”, en Madrid y otras ciudades de España, hicieron suyo no sólo su visible oposición al actual manejo económico del país, así como el deseo de provocar una reducción del poder de bancos y transnacionales – a juicio de “Los Indignados”, los grandes beneficiados de la situación económica actual-, sino que, más aún, expresaron con toda su “indignación” un abierto y completo rechazo a la propia clase política local. A través de sus protestas contra diversos legisladores (el lema “No nos representan” se ha hecho simbólico en tal sentido), “Los Indignados” buscan el recambio de la elite política hispana y, por qué no, tratar de poner fin al bipartidismo PSOE-PP.

 

Los casos de Inglaterra e Israel son bien particulares, pues las expresiones de descontento han obedecido a factores principalmente internos y específicos, en el sentido estricto del término. En el caso inglés, una mera incursión policial en Londres contra el delito, que provocó la muerte del supuesto delincuente -vinculado a los grupos de inmigrantes-, generó al comenzar agosto de 2011 una seguidilla de disturbios, incendios y saqueos que se extendió por diversos puntos de la capital londinense y otras ciudades inglesas, lo que ha mantenido en alerta al gobierno conservador de David Cameron.

En cuanto a lo que ha sucedido a su vez en Israel, durante este mismo tiempo miles de personas han salido también a protestar en ciudades como Tel Aviv y Jerusalén, disconformes en este caso con los altos precios de las viviendas y alimentos y solicitando asimismo una mejor educación. La administración centro-derechista de Benjamin Netanyahu prometió llevar a cabo el estudio de diversas medidas para intentar satisfacer las demandas sociales.

Como se puede apreciar, varios son los elementos que han coadyuvado a generar las muchas veces multitudinarias formas de descontento y protestas que han sacudido al mundo este año. Cómo terminará todo esto, aún es un misterio. Pero lo que sí está claro es que se trata de un fenómeno que ha afectado casi simultáneamente a varios países en el mundo y con claros efectos en sus respectivos y “habituales” niveles de convivencia social.

En Chile.

 

Después de haber vivido el país durante 2010 grandes hitos coyunturales y mediáticos, tales como el terremoto del 27 de febrero, las magnas celebraciones del Bicentenario y el finalmente exitoso rescate de 33 mineros atrapados en un yacimiento cercano a Copiapó -por no mencionar también los destacados hechos derivados de la segunda vuelta electoral del 17 de enero y la propia asunción al poder presidencial de Sebastián Piñera el 11 de marzo-, parecía que el año 2011 sería un tiempo no tan agitado como el año anterior y con una convivencia nacional relativa (y razonablemente) tranquila.

Sin embargo, lo que ha sucedido el 2011 hasta la fecha ha estado lejos de cumplir tal pronóstico. Como un reflejo local de lo que paralelamente sucedía en el mundo árabe y en Europa, nuestro país ha asistido también al progresivo surgimiento de fuertes y muchas veces masivas muestras de descontento social, que, llevado por el empuje, la convicción y la capacidad movilizadora de determinados grupos de interés, han terminado por copar la agenda con sus respectivos planteamientos. Esto, a su vez, ha generado, desde enero la sucesiva convocatoria a marchas y protestas en las calles de Santiago y otras ciudades, por las más diversas demandas y reivindicaciones y como desde hacía mucho tiempo no se producía en Chile.

Las motivaciones de tal descontento y su expresión concreta por medio de las a menudo multitudinarias protestas callejeras abarcan razones provenientes de lo económico, lo social y hasta lo ambiental, pasando también por la inevitable crítica hacia la política y los políticos como tales.

Entre enero y agosto de 2011 -ya sea en Santiago o en otras regiones, y, en ciertas ocasiones, en ambas- hubo recurrentes y masivas concentraciones de personas contra el alza del precio del gas en Magallanes, en oposición a la construcción de proyectos energéticos en particulares ambientes naturales (Barrancones e HidroAysén), a favor de la legalización de las uniones homosexuales, y tal vez el conflicto más fuerte, polémico y quizás más mediáticamente cubierto de todos, el que aproximadamente desde fines de mayo de 2011 trata de conseguir una mejora (y aun un cambio total) en el actual modelo de educación secundaria y superior.

Frente a este movido panorama, el gobierno centro-derechista de Sebastián Piñera ha debido salir de su marasmo inicial y tratar de buscar una solución a cuanto descontento y manifestación se ha producido. Movido por las presiones sociales de los grupos y personas involucradas en las protestas, el gobierno decidió no continuar con ciertas discutidas iniciativas (alza del precio del gas magallánico, Barrancones), así como impulsar otras medidas (uniones homosexuales, aun a costa de las recriminaciones de algunos sectores de derecha más tradicionalistas). Y aun cuando el futuro de HidroAysén está en manos de los tribunales de justicia, en cambio, el conflicto por la educación está todavía bastante lejos de ser solucionado.

No deja de llamar la atención que este repentino estallido de descontento social se produzca cuando en Chile la economía esté funcionando relativamente bien, el desempleo general está bajo los dos dígitos, el país está retomando índices de crecimiento que se creía cosa del pasado, y, más aún, según la última encuesta CEP (junio-julio de 2011), la mayoría de los encuestados dice estar satisfecho con su presente e incluso ve con relativos buenos ojos su futuro.

En su último libro, “¿Por qué no me quieren?”, el sociólogo Eugenio Tironi plantea que lo que sucede hoy en Chile obedece en parte al rechazo que, en vastos sectores de la población nacional, despierta la figura del Presidente Sebastián Piñera. No obstante ser electo como mandatario en los comicios de 2009-2010, para Tironi, a Piñera se le vería como una persona fría, lejana al común de la gente y, en especial, con un excesivo afán personal de destacar y ser el mejor en todo. Además, Tironi establece que fueron demasiadas las expectativas en las personas que despertó el gobierno de Piñera, y que el mismo mandatario se encargó de exacerbarlo con su oferta de eficiencia y “nueva forma de gobernar”, a base de dicha eficiencia y de su imperioso deseo de sentar una clara diferencia de gestión respecto a los anteriores gobiernos de la Concertación.

Hacia una renovada visión de la democracia. 

 

Literal y etimológicamente hablando, democracia quiere decir  “gobierno del pueblo”. Aunque tal definición se puede prestar para múltiples y variadas interpretaciones, existe consenso entre los cientistas políticos, sociólogos y especialistas en la materia en que la democracia involucra, en breves palabras, la elección de las autoridades por parte de todos los ciudadanos, el debido respeto de las libertades y derechos cívicos, así como también la existencia de visibles, permanentes y concretas formas de participación de parte de los ciudadanos en los asuntos del Estado.

 

Sea en su forma directa -al estilo de la Grecia Clásica- o en su modalidad representativa -modelo usado de manera mayoritaria en la actualidad-, lo cierto es que históricamente (con mayor propiedad, desde las revoluciones estadounidense y francesa del siglo XVIII), la democracia ha sido vista como el mejor modelo político para garantizar una óptima (o por lo menos lo más cercano a ello) convivencia social. Según esta visión, a través de la democracia encontraría amplia cabida el despliegue de las innumerables individualidades del ser humano, que convergerían de modo más fácil y natural en un sistema político democrático, como un intento por lograr una mejor sociedad para todos sus integrantes.

Si la democracia es usualmente tan bien valorada y hoy los regímenes autoritarios están en abierta retirada (los recientes casos del norte de África son la última muestra de esto), ¿por qué, entonces en este 2011, se han producido  encontronazos entre grupos masivos de ciudadanos y sus respectivas elites políticas? ¿Acaso en Grecia, España, Inglaterra, Israel y Chile no hay una plena democracia, aun cuando todos estos países son democráticos, al menos constitucional y jurídicamente hablando? ¿O es que las actuales democracias no satisfacen a la ciudadanía como ésta lo hubiese deseado desde un principio?

Se sabe que ninguna democracia es 100% perfecta, y que siempre habrá alguien (o algún grupo) que esté disconforme, por uno u otro motivo, con el statu quo en que le toca vivir. Pero lo que en verdad tiendo a pensar es que, como sea, y a partir de lo vivido en las variadas expresiones de descontento vistas durante este 2011, algo no está satisfaciendo hoy a vastos grupos de ciudadanos de países que se dicen ser democráticos.

 

Más que manifestarse en contra de la democracia como sistema político per se, los ciudadanos que han salido a las calles a protestar por uno u otro motivo lo hacen principalmente para expresar su descontento contra la forma en que la democracia se da a conocer en sus países. Incluso más -y obviando los países en que luego de las protestas se derrumbaron gobiernos autoritarios (Túnez y Egipto, por ejemplo)-, lo que esencialmente buscan hoy las masas movilizadas en Chile y otras puntos del planeta es una palpable y cabal profundización de las democracias presentes en sus respectivos Estados.

 

A los ciudadanos en protesta ya no les satisface que sólo las elites tomen las decisiones en los principales asuntos nacionales. Claramente, en la actualidad las personas y los grupos de interés movilizados quieren dar a entender que éstos y aquéllas también desean participar en lo que ven como el forjamiento de su propio destino como país y comunidad política.

Dentro de este punto, es necesario dilucidar acerca de quiénes, en concreto, han salido a las calles y qué lugar ocupan, en promedio, dentro de la estratificación social de sus países. Según un artículo escrito por el periodista y analista político peruano Álvaro Vargas Llosa, aparecido a mediados de agosto de 2011 en el diario ”La Tercera”, el grueso de las personas participantes en marchas y manifestaciones pertenecen a la clase media.

Jóvenes y adultos mesocráticos se movilizan hoy por lo que ellos juzgan elementos indeseables de la Globalización, como son los altos costos que asumen la educación y las viviendas o los incrementos que a su vez ha tenido en los últimos meses y años el índice de desempleo. Tal vez, el único caso que escapa a la norma es el inglés, donde quienes esencialmente han adherido a las protestas y protagonizado sendas escenas de violencia son grupos de población de estratos sociales bajos y marginales, que utilizan el desorden reinante para reclamar contra su desfavorable situación material, prestándose hasta para el robo o el saqueo en los barrios afectados por las protestas.

Otro aspecto a destacar en esta revolución de las masas del siglo XXI ha sido el gran rol alcanzado en las manifestaciones por las redes sociales y la utilización de medios de comunicación típicos del mundo globalizado. Sea por Facebook o Twitter, o mediante el uso de los teléfonos celulares, Blackberrys o iPhones, los opositores a sus gobiernos y al actual estado de cosas han intercambiado pareceres y se han convocado a protestar. Esto señala un punto muy sensible para el manejo político de las autoridades del presente, pues con el auge de la Globalización (y de la cual el enorme avance tenido en la tecnología y la informática es una de sus caras más simbólicas) los Estados ven hoy disminuida notablemente su capacidad de controlar los contactos y las comunicaciones entre los ciudadanos que están bajo su jurisdicción.

Frente a toda esta situación de malestar y desorden sociales, las respectivas elites nacionales deberían tomar real nota del disconformismo actual, y buscar maneras de encauzar y procesar las múltiples demandas dentro del marco institucional vigente o -caso de las eventuales nuevas democracias- por crear. A este respecto, a juicio de ciertos analistas, el deseo de los manifestantes chilenos por implantar plebiscitos para dirimir conflictos socio-políticos -instrumento no previsto en la Constitución, al menos en el sentido que le quieren dar sus patrocinantes, de ser los referéndums susceptibles de resolvercualquier pugna de poder-, no serviría de mucho para solucionar la disputa por el tema educacional.

En tal sentido, el sociólogo y ex ministro de la administración de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, José Joaquín Brunner, en artículo aparecido en “El Mercurio” de Santiago el 14 de agosto de 2011, junto con criticar la notoriamente lenta reacción del gobierno de Sebastián Piñera para enfrentar el conflicto por la educación, argumenta también que por muy razonables y atendibles que sean las demandas estudiantiles -entre otras- de lograr el fin del lucro y una mejora en la calidad de la enseñanza, dichas demandas deberían canalizarse principalmente vía Parlamento y por medio de la ley, y no a través de los ultimátums y la visible intransigencia de que han dado muestra los partidarios de los citados cambios (incluso solicitando el mencionado plebiscito).

Dice Brunner:

“Debieran preocupar no tanto los contenidos de sus demandas -a fin de cuentas, caben perfectamente en una comunidad política pluralista-, sino los medios invocados o imaginados para alcanzarlos. Es la intransigencia en la forma, la negativa a participar en la deliberación pública, el desprecio por los mecanismos institucionales, el abandono de la política de acuerdos y cambios incrementales, la noción de que la polis se confunde con el ruido de las protestas en la calle, lo que llama la atención”.

Como clases políticas que se consideran ser, las actuales elites chilena y extranjeras deberían encontrar la manera cabal de ensamblar aquellos puntos que, en la década de 1950, el politólogo norteamericano David Easton utilizaba para definir su concepto deSistema Político. El núcleo del sistema (poderes del Estado) debería procesar concreta y fehacientemente los llamados inputs (demandas y apoyos) provenientes de las partes del mismo sistema (electorado, partidos y grupos de interés), convirtiéndolos a su vez en debidos outputs o decisiones y respuestas acerca de lo que dicen relación los inputs.

 

Dentro de esta perspectiva -y tratándose de un sistema político democrático-, pienso que en la actualidad no se requiere más Estado -como muchos de los manifestantes piden hoy en Chile y otros países-, sino que todos los actores involucrados deberían tratar de que se logre un mejor Estado, con más altos grados de capacidad y gestión en su funcionalidad como tal y siempre atento a los cambios y necesidades provenientes de la ciudadanía. Con autoridades plenamente proactivas, una institucionalidad democrática firme y legitimada por gobernantes y gobernados, y con organismos estatales eficientes y que pudiesen incrementar el contacto con las personas -entre otras cosas abriéndose a las nuevas tecnologías-, se podrían tener Estados mejor preparados para bregar con los inevitables problemas que todo país atraviesa en su existencia.

 

Asimismo, las actuales y futuras elites políticas deberían ser además capaces de lograr mayores dosis de confianza en las masas, algo de por sí de suma importancia por estos días debido a lo desprestigiada que está la actividad política en muchas partes del planeta. No se trata de que los gobiernos y partidos (oficialistas y de oposición) asuman comportamientos populistas ni que provean al electorado de tentadoras ofertas para la próxima elección, sino que ambos (gobiernos y partidos) tengan ideas y planes claros acerca de lo que hay que hacer en un mundo tan cambiante y globalizado como el que vivimos. Finalmente -tal vez lo más importante tratándose de democracia-, es necesario y aun imprescindible que las elites sepan actuar debidamente en pos del bien común de la sociedad a su cargo, bajo todo tipo de circunstancias y puntos de vista.

Considerando las múltiples protestas y el desorden social vividos durante este 2011, es  sumamente aconsejable la mayor cercanía y compenetración entre las elites y las masas. Así lo que exige la democracia del siglo XXI.

** Las opiniones expuestas no representan necesariamente el parecer de Universidad UNIACC o Apollo Global. *

 

El público privado de la sociedad

 

Por Ricardo Viscardi

La revista Caras y Caretas publicará un suplemento dirigido por Sandino Núñez, ubicado por el público en tanto filósofo sin licencia, antes que por su título de licenciado en filosofía. El interés de esta circunstancia es que Sandino ha incursionado de forma impar en un territorio supuestamente vedado para la filosofía: la “caja boba” televisiva[1]. Este vínculo entre el campo mediático y la filosofía constituye un tabú para la actividad académica, por cierto, mucho más allá de la filosofía, que por su parte ha ocupado con éxito espacios mediáticos, en contextos menos envarados culturalmente que el Uruguay.

La lectura de la exitosa actividad de Sandino en la televisión puede tornar a la perplejidad ante este reingreso a las letras de molde: ¿no significa un paso atrás con relación a un espacio conquistado ante el público mayor que concita la televisión? Esa pregunta sugiere dos respuestas favorecidas por las costumbres intelectuales uruguayas:

a) La filosofía necesita del ámbito de los medios masivos para actualizar su misión pública

b) La vinculación mediática no es sino una forma subalterna de la elaboración filosófica

Si se prefiere la primer respuesta, se lamentará el retorno de Sandino a un medio de prensa impreso, en cuanto supone abandonar la incidencia entre un público mayor en número. Si se prefiere la segunda contestación, se celebrará que esa desaparición de una emisión filosófica vidriada de pantalla ponga fin a un episodio de escándalo conceptual.

Desde nuestro punto de vista, esas dos percepciones son complementarias y sobre todo erróneas en clave filosófica, antes que nada, porque disminuyen la entidad crucial de la cuestión mediática. Tal cuestión cunde más allá de límites avenidos, es decir, metafísicamente, latitud que alcanza por sus fueros la filosofía cuando no se reduce a alguna forma de obsecuencia.

Conviene tomar a cargo, en primer lugar, que un medio de prensa es tan masivo como un medio electrónico, ya que la masividad se constituye en tanto condición unilateral del vínculo establecido a partir de un medio, sin reversibilidad posible de parte del destinatario. Las cartas de los lectores, las llamadas por teléfono a la emisora, etc. son simples remedos de interlocución, que no pueden eludir la condición de ecos desvanecidos de un retorno al lugar “a partir del cual

Por esa razón los medios masivos suponen, como su condición de existencia social, la adhesión de un público, en tanto segmento de la población receptora de mensajes destinados a las mayorías sociales. Incluso, estas mayorías mantienen su condición de tales dentro de un campo particular, cuando se trata de prensa especializada en intereses sectoriales dentro de una población. Detrás de la noción de “mayoría colectiva” se encuentra la de “naturaleza social” en tanto condición subsistente y cíclica de una comunidad humana. Ahora, la destinación pública de los medios masivos supone que estos últimos interpretan el sentir propio de las mayorías, objeto privilegiado del enunciador periodístico. Como todo narrador, este periodista es objeto de su propia fábula[2], lo que cierra el ciclo de la naturaleza social sobre un efecto “en diferido”: la propia persona “en referido”, es decir, el enunciador[3].

Todo medio termina, en una medida directamente proporcional a su potencia social, hablando sobre sí mismo, así como las entrevistas se ilustran periodísticamente por el entrevistador. Este círculo cerrado sobre la emisión es condición intrínseca de la mediación, cuando se la concibe en tanto “naturaleza social”: subsistencia cíclica de una condición pública. En razón del umbral mediático “a partir del cual recomienza el proceso”, el periodista (alias “comunicador social”) no puede sino hablar de sí mismo, en tanto efecto propio de una circularidad que sostiene la misma noción de naturaleza (y de “representación” que provee su núcleo conceptual)[4].

Quizás por esa razón todo filósofo que aspire a una metafísica fidedigna debe verse llevado a desconfiar de la fidelidad pública del comunicador, en cuanto el círculo que se cierra sobre el “comunicador social” proviene de la misma índole refleja de un público objetivo, o lo que es lo mismo, de un objetivo público[5]. La equivalencia entre las dos formas de “público” y de “objetividad” no es tan sólo fonética, sino además conceptual: para que exista un público debe constituirse una “naturaleza social” de base demográfica, así como tal base se constituye en el horizonte posible de la objetividad social.

La razón por la cual tal filósofo, quizás en este caso Sandino, se puede ver llevado en cierto punto de su potencia mediática a esquivar la “comunicación social”, aun cuando se presente bajo la forma más exitosa, proviene de la propia primacía de la mediación sobre la noción de objetividad pública y por ende, de público masivo. Así como la noción de “punto en que recomienza el proceso” denuncia en Marx la circularidad naturalista de todo determinismo[6] (y sobre todo la condición mediática del determinismo, léase dar términos: de-terminar), la condición objetiva de un público se constituye a partir de la noción de mediación, sin cuyo concurso ninguna circunstancia vinculante se nutre de reciprocidad.

Por esa razón, tal como ocurriera en “La República de Platón”[7], una inscripción mediática del intelecto desfonda y condensa al mismo tiempo la noción de “realidad social”: denuncia su vacuidad en tanto substancia, pero restituye su consistencia en tanto medio público. Contrariamente a la circunstancia de un Uruguay de inicios de los 90’, donde resonaban persecutoriamente las sirenas post-batllistas de la “modernización”, cabe considerar que el momento presente ya ha desatado el corsé estatal del cuerpo social moderno, así como tampoco permanece prefijado por la post-eridad mediática del prefijo “post”.

Sucede que la alteridad que siempre cundió por fuera del sistema proviene, una vez que un único sistema reúne todos los medios en red (inter-net), del propio sistema. La mediatización es condición de la mediación[8], desde que la condición numérica del dígito binario divide todo vínculo en 1 o 0, sí o no. Desde entonces, no somos socialmente la inteligencia que recoge el beneficio del artefacto que ella misma pergeñó, sino la defección que la inteligencia pergeña para esquivar una artefactualidad omnipresente. Por consiguiente, la circularidad mediática ha dado quiebra en pos (“post” es un prefijo) de su mismo afán de formalizar “perfectamente” el vínculo real: la exactitud (matemática en particular) ya no luce en tanto forma divina del pensamiento, sino como canal al servicio de la otredad.

Desde entonces la noción de “público” se privatiza, no en el sentido de un fuero íntimo o de una congregación de afinidades subjetivas opuestas a una misma objetividad, sino por el contrario, en tanto un público puede encontrarse felizmente privado del úkase de la “realidad social”. En cuanto toda sociedad implica vínculo, si este reconoce una única entidad real para el conjunto social, (el campo de) la concentración de esas relaciones no puede sino manifestarse en tanto soberanía “racional”. Por el contrario, anclando en redes que se identifican en tanto epígonos de un canal, el público no se remite a una naturalización demográfica, sino que privatiza la sociedad desde el punto de vista de una afinidad idiosincrática.

Tal privatización de lo público ha existido siempre como fuente de poder en occidente, pero quizás ahora pueda dirigirse contra la masividad, en momentos proclives a la convergencia de sistemas, pero también a la divergencia de idiosincrasias, que se diferencian entre sí a través de una filigrana cada vez más minuciosa. Si se admitiera que la cuestión de los medios en red ya promueve ese sesgo del participante, mientras el pensamiento por su lado no puede sino afiliarse a la singularidad diferenciadora, quizás prospere entre lo uno y lo otro una actividad filosófica vigente, gracias, entre otros, a Sandino.

[1] En otros contextos, también han desarrollado una significativa actividad mediática en el Uruguay desde la filosofía, Pablo Romero, a través del Proyecto Cultural Arjé y Horacio Bernardo a través de emisiones radiales.

[2] En el caso de textos de “audiencia bastante amplia”, Eco considera que tanto el autor como el lector son “estrategias textuales”, es decir, el narrador es un elemento actancial que no existe fuera de una secuencia textual dirigida a establecer una correlación con otro elemento actancial: el lector. Ver Eco, H. Lector in fabula, http://www.bsolot.info/wp-content/pdf/Eco_Umberto-Lector_in_fabula_La_cooperaci%C3%B3n_interpretativa_en_el_texto_narrativo.pdf pp.88-89.

 [3] Para Benveniste los índices de enunciación (“yo”, “tú”, “aquí”, “ahora”, etc.) son partículas lingüísticas que la lingüística no puede considerar sino metalingüísticamente y que no admiten uso cognitivo: permanecen ajenas a la objetividad de cualquier referencia. Benveniste, E. (1974) Problèmes de linguistique générale, Gallimard, Paris, p.84.

[4] Baste recordar el sentido de la expresión “razón natural” en Descartes, ver Derrida, J. (1995), Paidós, Buenos Aires, pp. 29-31.

[5] Acerca de la reversibilidad entre público y objetividad ver Viscardi, R. “La mediación-medición o viceversa” (2009) Encuentros Uruguayos Nº2 (segunda época) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, pp.14-17 http://www.fhuce.edu.uy/images/archivos/REVISTA%20ENCUENTROS%20URUGUAYOS%202009.pdf

[6] Ver Bruckmann, M. “Apuntes sobre el método de la economía política de Marx” (particularmente 4.4 “La síntesis”), http://www.achegas.net/numero/dezoito/monica_b_18.htm (acceso el 15/03/12).

[7] La “República de Platón” constituye una leyenda mediática uruguaya, que desde el propio cotidiano La República, congregaba en una perspectiva afiliada al auge del prefijo “post”, entre otros, a Ruben Tani, Amir Hamed y el propio Sandino Núñez como director.

 [8] Igarza, R. (2008) Nuevos medios, La Crujía, Buenos Aires, p.155.

 

Deslumbrados con la mediocridad

 

Por Alberto Medina Méndez

Dicen que el poder genera cierta atracción, y la verdad es que ciertos hechos los confirman. Se puede entender que determinado tipo de personas tengan cierta afinidad con aquellos que detentan el poder a diario. Quedan encandilados por lo que el poderoso de turno puede hacer y por como maneja su discrecionalidad y decide por otros, sobre sus riquezas o futuro.

Es comprensible que aquellos que jamás estuvieron cerca del poder, de pronto, se vean impresionados por la ampulosidad, el despliegue pomposo y cierto glamour que el gobernante tiene al rodearse de personajes públicos, famosos que provienen de diversas disciplinas, o simplemente funcionarios de otras latitudes que intercambian acciones protocolares con el protagonista ocasional. Es demasiado frecuente que el roce social que el gobernante ostenta, resulte seductor para ciertos círculos que rara vez accede al mismo.

Lo que llama especialmente la atención es como gente preparada, con abundante formación académica, que puede exhibir títulos y especializaciones puede admirar a tanto político mediocre.

Se ve también idéntico fenómeno en personas que pueden enorgullecerse de éxitos importantes en su disciplina elegida, el arte, el deporte, el mundo de las empresas, inclusive habiendo accedido a significativas fortunas económicas y teniendo poco que envidiar al poderoso de su tiempo.

Se puede comprender que esto suceda cuando del otro lado estamos frente a una mente brillante, a un estadista, a un habilidoso de la política, un orador destacado, un profundo lector, o un intelectual de la partidocracia.

Lo difícil de entender es como personas exitosas en lo suyo pueden someterse, ofreciendo adulación, pleitesía y claudicación permanente a sus ideas frente a tanto personaje gris, a los que han hecho de la picardía una profesión reemplazando su ausencia de inteligencia, solo con ciertas inescrupulosas acciones que le permitieron manotear la caja de otro, apropiarse de los recursos de la sociedad, y alcanzar al poder, gracias a sus escasos principios morales.

Inclusive se puede comprender cierta admiración por la inteligencia, la cultura, y hasta la habilidad para comprender a una sociedad, pero es difícil de entender como gente con valores, puede prestarse a este patético juego.

No llama la atención que los prebendarios de siempre lo hagan, esos que les fascina que los llamen empresarios, cuando en realidad saben que solo son buenos para intercambiar favores por dinero y buscar privilegios secuencialmente. Ellos no apelarán a sus talentos para competir con otros.

Tampoco resulta extraño que ciertos personajes, que dicen disponer de una amplia formación cultural, aprecio por las artes y refinado gusto, terminen adulando al poderoso, solo porque de tanto en tanto este último los invita a banquetes oficiales, a transitar las alfombras rojas del protocolo oficial, o inclusive lo contrata abonándole fortunas por su sola presencia farandulera.Algunas de esas celebridades, solo se arrastran, se trata de gente que repta por los pasillos estatales sin dignidad, que suelen ver al poder como un vehículo para reunir dinero y disponer de una acumulación económica que detestan en público pero que disfrutan a sus anchas en privado.

Ese sector de la sociedad, no tiene principios. Muchos de ellos están siempre cerca del poder, y cuando el que está ahora caiga en desgracia,  verán como acomodarse con el siguiente.

Lo que es inadmisible, es que gente inteligente, con formación, que puede mostrar éxitos genuinos en su campo de acción, haya caído en la misma trampa, y termine mezclado con los de siempre, compartiendo escenario y vereda con gente sin estatura moral.

Hay que intentar levantar la cabeza, no se puede ser sumiso ni servil. El poder, a veces, merece cierto respeto, pero no siempre, y algunas otras, solo desprecio, o al menos hacer el intento de no terminar claudicando como otros, solo por el temor al amedrentamiento oficial.

Cuando queremos enseñar valores a nuestros hijos y pensamos que ellos deben tener un mundo mejor, no alcanza solo con recitarlo, es preciso demostrarlo con hechos, actitudes concretas  y no con abstracciones. Ciertos renunciamientos a veces tienen sabor amargo, pero es la única forma efectiva conocida de no brindar ambiguos discursos, por aquello de que algunos gestos valen más que mil palabras.

La próxima vez que estemos en contacto con los que mandan, animémonos a preguntarnos a nosotros mismos, si estamos haciendo lo adecuado, si estamos siendo consecuentes entre nuestro discurso y nuestra acción. Tal vez algunos estén transitando el camino de la adulación a la persona incorrecta. Los grandes, los estadistas, los que gobiernan para el futuro no necesitan de alcahuetes, solo precisan algo de respeto, de ese que se gana y no se pide, tal vez un critica genuina en el momento exacto, y una dosis de confianza y paciencia para que logren concretar sus ideas.

Los otros, los que necesitan del halago y de gente que les aplauda todos los días, son solo mediocres, gente repleta de complejos de inferioridad, que no merece demasiada consideración y que sus propias inseguridades le hacen precisar de una obsecuencia lineal, que solo ofrecen los que también son parecidos y terminan formando parte de los deslumbrados con la mediocridad.

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

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La venganza y la justicia

 

por Jorge Majfud

Pocas cosas hay más estimulantes que las preguntas. Siempre les digo a mis estudiantes que cuando no tengan preguntas pueden considerar que están intelectualmente muertos. Con cierta frecuencia recibo colecciones de preguntas de otros estudiantes, casi todos, vaya a saber por qué, de universidades de Europa. Hoy, por ejemplo, me dispuse a contestar una larga lista de una estudiante de una conocida universidad de Francia, que está haciendo un posgrado en literatura y su trabajo final consiste en un análisis de La reina de América.

Cada vez que respondo este tipo de preguntas y comentarios, viejos fantasmas de la dictadura de mi país resurgen y, como si los lectores más lejanos fuesen mis mejores psicoanalistas, sin querer me revelan o me proveen de indicios sobre esas verdades que gritan en códigos de sueños pero que ni el mismo autor es capaz de comprender plenamente cuando se deja llevar por las emociones de una historia, por las pasiones de sus personajes. Al menos no de forma racional.

En La reina de América abunda la crueldad, es decir, la violencia moral. He dicho muchas veces que me parece que hay pocas violencias más terribles como la violencia moral, porque uno puede recuperarse de un golpe en la cara pero difícilmente pueda recuperarse de un golpe moral. Las dictaduras uruguaya y argentina fueron especialmente especialistas en este tipo de violencia que abunda en esa novela y en algunas otras, no por casualidad. Muchos presos políticos y muchos policías y militares de aquella época me confesaron historias de una innecesaria y cruel creatividad. Por alguna razón, no difícil de analizar, muchas de ellas tienen alguna relación con el sexo. Algunas, ya las he mencionado en novelas y artículos y este no es el momento de volver a ellas.

Pero no sólo las dictaduras practicaron la crueldad. Las post dictaduras ejercitaron este tipo de violencia moral de formas diferentes, si no por abuso de poder, por carecer de él. El miedo tiene la universal facultad de destrozar individuos y sociedades por igual. La impunidad fue una de esas formas y, quizás, por esta razón, varios personajes de la novela mencionada optaron por diferentes formas de venganza.

Por supuesto que yo, como autor, soy incapaz de matar un gato ahogado en una fuente, pero mis personajes han ejercido esta locura de forma reiterada. Una de las protagonistas y la narradora principal de La reina de América, Consuelo, la hija de la inmigrante prostituta, no sólo ahoga un gato en una fuente sino que venga su propia violación con la violación de su violador, haciendo uso de una especie de sicario que sodomiza a su violador en un galpón de la Aguada, ante su propia presencia, tiempo después de haber heredado las propiedades de su tío. El dinero la inviste del poder necesario para ejercitar, por su parte, más violencia moral. Pero también uno de los protagonistas, que debe presenciar las fotografías de su amada siendo abusada por los militares que lo investigan, termina haciendo justicia por cuenta propia en un parque de Buenos Aires.

Una obra de ficción es un testimonio de un momento histórico, como un sueño revela una insatisfacción real. En este caso, creo, es el producto de una injusticia largamente institucionalizada en el Cono Sur, aunque con algunas enmiendas. La ficción es, como los sueños, la realización de actos que nuestra moral condena en su conciencia; es la revelación de frustraciones individuales y colectivas, como bien lo articulara Ernesto Sábato décadas atrás.

Ahora, por otro lado, en un plano más racional y analítico, también podemos enfocar un momento nuestra atención en las trágicas diferencias entre justicia y venganza.

Es políticamente correcto pedir justicia y condenar la venganza. Al menos en el discurso público, todos se cuidan de rechazar cualquier proximidad con esta práctica y deseo que todos condenamos a la luz del día. Sin embargo, creo que en lo más profundo, aunque son practicas distintas, no son dos categorías ontológicas ni morales tan diferentes. Porque la justicia es una venganza institucionalizada, y la venganza una justicia personalizada.

Claro que la primera es superior, ya que su propósito es conducir a una sociedad por un camino conveniente y justo, mientras que la segunda pone el énfasis en las emociones personales, que con frecuencia pueden producir injusticias. El problema es que cuando una sociedad falla grave y sistemáticamente garantizando la justicia más básica, como ocurrió en Uruguay con leyes que dieron inmunidad a los violadores de los Derechos Humanos, los sentimientos que afloran pueden estar my relacionados con los deseos de venganza. Como ocurre en La reina de América, el contexto social no garantiza esa justicia básica, razón por la cual los personajes con frecuencia recurren a la venganza.

En lo personal no estoy a favor de la venganza. No porque la considere de una categoría radicalmente diferente a la justicia, sino porque la considero peligrosa como práctica social e individual. Pero la ficción es un sueño colectivo, y por lo tanto es la expresión de frustraciones (colectivas y personales) con soluciones o desenlaces semejantes a los sueños, donde en ocasiones cometemos actos repudiables y en ocasiones realizamos deseos frustrados.

La justicia tiene la función de evitar agresiones y el quebrantamiento de la regla de oro (“no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”); pero la venganza también. Al fin y al cabo, la justicia es, aparte de un sentimiento antiguo muy relacionado con la venganza, una institución socialmente sofisticada, con reglas y leyes impersonales que exigen la sumisión de las pasiones. Pero cuando la justicia falla como institución y como práctica del poder, los individuos vuelven su mirada a su antepasado más primitivo, la venganza, precisamente, en búsqueda de esa justicia que no llega. Si en nuestro mundo contemporáneo las víctimas normalmente se contienen, es debido a un entrenamiento psicológico y moral que han recibido de una educación, de una cultura civilizada y, frecuentemente, por la esperanza de que el viejo refrán sea cierto: “la justicia tarda pero llega”.

Este refrán, probablemente, es, como muchos, aleccionador, moralizante. Es decir, es una moraleja, tipo medieval, que pretende prevenir determinadas conductas indeseables. No es necesariamente la verdad porque, en el fondo, toda justicia que tarda no llega. Bastaría con considerar la excarcelación de un inocente al final de su vida que es compensado con una suma abultada de dinero. ¿Qué tiene eso de justicia? El único refrán verdadero en este caso es “peor es nada”, pero nunca “la justicia tarda pero llega”, porque “justicia que tarda” es, en sí mismo, un oxímoron cuando se aplica a seres mortales. La justicia sólo es justicia cuando se realiza a tiempo. Lo cual, casi nunca es materialmente posible, pero al menos en un Estado de Derecho se compensa con la inmediata protección de la víctima, con su reparación moral, que incluye el castigo al victimario, y con el ejemplo social.

En un Estado donde no reina el derecho, a la víctima le queda otra forma de justicia que todos condenamos por conveniencia propia. Por ello, rara vez, sino nunca, la víctima procede como procedería la justicia si el derecho y el poder estuviesen distribuidos entre todos por igual.

Jorge Majfud

Jacksonville University, marzo 2012.

majfud.org

 

 

Abbás: «No existen diferencias entre Al Fatah y Hamás»

 

El presidente de la Autordad Palestina (AP), Mahmud Abbás, declaró que no existen diferencias entre Al Fatah y Hamás, debido a que ambos partidos han llegado a un acuerdo sobre una plataforma política común y una tregua con Israel.

En sus declaraciones, Abbás informó que se ha acordado alcanzar un período de paz, no sólo en Gaza, sino también en Cisjordania.

Asimismo, informó que el acuerdo entre ambas organizaciones incluye la resistencia pacífica contra Israel, el establecimiento de un Estado palestino según las fronteras de 1967 y la prosecución de las conversaciones de paz si Israel detiene la construcción de asentamientos y acepta las condiciones impuestas por la AP.

Además, Abbás reiteró su intención de no buscar la reelección, siempre y cuando las nuevas elecciones presidenciales se llevan a cabo en los territorios palestinos.

Abbás anunció que accedió a encabezar un gobierno de unidad intermedio, porque tiene esperanzas de resolver un problema y no porque quiera mantener su posición en el poder.

http://youtu.be/Dx3yNb84YtQ

Claves de Ibero 40 años después

 

Por Ricardo Biscardi

Contrariamente al registro predominante en el Uruguay, el signo que gobierna el presente mundial y nacional no es el desencanto, sino el bochorno. El desencanto puede desde ya entregarse al duelo de las ideas fracasadas en la historia, que adquiere la visibilidad indisimulable del estacionamiento de chatarra.

La obra “Antígona oriental”[1] pone en escena el desencanto de la izquierda uruguaya en razón de la obsecuencia de sus propios y sucesivos gobiernos -dotados, por si algo faltara, de mayorías parlamentarias, ante la impunidad amparada por una ley jurídicamente grotesca, desde que promulga que un Estado caduca por los efectos de las mismas potestades que reivindica como propias. Sin embargo la misma subida a cartel en una sala de Estado, habla de los márgenes de ocupación del sentido por su propia producción, de manera que la perversión estatal que se impugna es la misma que hace lugar al cuestionamiento. Finalmente, podría aducirse estratégicamente que la prevaricación ideológica denunciada en el efecto de impunidad, forma parte del solapamiento propio a toda idea, que tras la parusía de alguna “astucia de la historia” nos conducirá finalmente a la meta utópica.

La pieza se interroga desde el presente sobre el terror de Estado que sigue impune, mientras tanto pondría además en duda la identidad de los más jóvenes ante la narración horrenda. Desde un ahora en vilo, esa mirada juvenil sobre el pasado revierte la narrativa utopista, en cuanto mirar el pasado desde un presente cuestionado admite, desde ya al fundarse en la duda y no en la realidad de un proceso, que renuncia a la proyección histórica del sentido ideal.

Asesinada en plena juventud, la obra de Ibero Gutiérrez nos ofrece claves de la duda desde las que se plantea la realidad como un desenlace interrogado. Se ha observado la estrecha relación que presenta la creación de Ibero entre la política, el arte y el pensamiento, de manera que no alberga una continuidad que hilvane tales campos dentro de un orden. Ese desorden conlleva sin embargo un caos primordial donde la creación se abre paso por sí misma. Sin duda, la postura creativa de Ibero había abandonado el correlato entre realidad y racionalidad que hiciera célebre Hegel[2], pero no en aras de una certidumbre por fin satisfecha, sino en pos de una satisfacción de la propia incertidumbre a partir de sí misma. Conviene reconocer que el coraje en tanto motor de la creación pauta desde su arranque la modernidad de un sapere aude[3], que quizás Ibero haya llevado hasta una hondura que le costó la vida.

La lección política de ese coraje de Ibero pervive en su obra[4], como señal de un pasado que nos da la clave del presente: si tenemos el coraje de ir hasta la creación desde la incertidumbre cuestionaremos desde el vamos el cretinismo del poder. Así el pasado de la muerte de Ibero en su aniversario nos ofrece desde una obra trunca las claves del presente 40 años después[5], en cuanto esas señales se yerguen pese al horror de una interrogante asesinada en plena juventud. El terrorismo de Estado pudiera quizás ser comprendido con esa medida: todo Estado supone ante todo el terrorismo, en el sentido metafísico que señalaba Vattimo acusando al Uno supremo[6], pero además, en cuanto esa condición impar se opone en su unidad de sentido al caos primordial de la creación. Esta última no es legítima si no cunde desde la incertidumbre que arroja el ancla de una interrogación, pero la interrogación no la sostiene, apenas la fija a un fondo.

“Antígona oriental” plantea en el terreno del terrorismo de Estado una condición grotesca del poder, en tanto que connivencia estratégica entre las ínfulas del Estado y las señales de identidad de las víctimas. Esa concomitancia estratégica entre victimarios del pasado y del hoy conduce al bochorno antes que al desencanto, en cuanto elimina el lugar de un sentimiento ideal que intercediera ante la realidad con ánimo de alternativa. Cierta razón profunda del terror de Estado encuentra su fundamento particular en esa correlación entre “razón de Estado” y “estado de la realidad”. En cuanto tal relato de correlación se hilvana bajo el signo fehaciente de “racionalidad”, conduce al bochorno de toda idea, de cara a la realidad grotesca del poder.

El mismo bochorno se traslada a la educación, donde la autonomía se ve sometida al doble voto de la autoridad, o a la reforma del Estado que se propicia a costa de los funcionarios, mientras se omite con aire de distracción la cuestión decisiva del costo para los empresarios. El grotesco señala a las claras que la realidad impera sobre la racionalidad, con un efecto de bochorno simbólico, que no avanza en ninguna historia sino a costa de alguna renuncia.

Las claves requeridas por el presente conducen a una economía simbólica del sentido, que distorsiona ante todo lo propio del sentido, en cuanto el absurdo gana de inmediato la partida contra cualquier interpretación razonable. Este absurdo no consiste en una falencia de lectura, recompuesta por la vía de un “razonamiento por el absurdo”, sino en la falencia humana que connota “lo creo porque es absurdo”[7], en cuanto una persistente incongruencia de las actuaciones se respalda paradójicamente en una ilusión permanente, que escribe “liberación” con tinta de lugar propicio en la realidad. Lejos del lugar de la idea que ocupa la utopía, nos encontramos con una ocupación eficiente de todos los lugares por un parque industrial de la humanidad. Un régimen de producción del sentido acarrea la polución del mundo, en cuanto el sentido de un mundo posible requiere el lugar humano, localidad que se ve, sin embargo, reducida al fantasma en la máquina.

La reversión del mundo en máquina es la propia posibilidad de la modernidad, es decir, de la correlación sistemática, vía naturaleza, entre el sujeto y la realidad. Por esa razón, a toda falencia del mundo le ha correspondido, en clave moderna, una idealidad consumada en la máquina. Sucede que tal reversión, lejos de obedecer a un ajuste de la índole del sentido de la historia, corresponde a un desajuste de la índole de la historia del sentido, que nos muestra que el desplazamiento de lugares humanos y mundanos es permanente, incoercible y subrepticio. Ante la emergencia de un acceso a este devenir, conviene ilustrarse en la historia del sentido, antes que en un sentido de la historia perforado por el fantasma que habita la máquina política.

En “La invención de Hugo Cabret” de Scorsese, el mito y el cine, es decir el movimiento del tiempo, se unen en el autómata que replica al humano. La invención del cine o cualquier otra no se diferencia de la reparación de la máquina mítica del tiempo, representada por el reloj o por el autómata. La automatización del tiempo no es posible, sin embargo, sino a través del mito. Por eso Scorsese concede un lugar especial a Meliès, mago ilusionista de profesión, que quizás por lo mismo fue el primero en vincular el designio íntimo con la imagen en movimiento. Sin embargo, Meliès se ve superado en la sensibilidad pública por el advenimiento de la primera Guerra Mundial, cuyo horror en imágenes supera el vínculo entre mito e ilusión y lo lleva por el sendero de una mitología de la fuerza y el horror, que anticipa la filosofía de Nietzsche y cristaliza la narrativa de Céline.

Ibero retoma en su obra con instinto generacional, un legado de “pasaje al límite” de la realidad a través de la racionalidad, que es efecto de la 2ª Guerra Mundial y que ocasiona tanto la desaparición del intelectual orgánico, como lo señalara Foucault[8], como el desafío de la humanación del presente tecnológico que lleva infusa, aunque no en tanto fatalidad, una condición racional –es decir, mecánica-. Esa creación sólo puede sostenerse en la incertidumbre y esta provenir del coraje. No tan sólo de saber, sino ante todo, de saber asumir la incertidumbre como un norte sin brújula.

 


[1] Torello, G. “Orientar a Antígona” La Diaria (09/02/12) Montevideo, http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/2/orientar-a-antigona/

[2] La expresión de Hegel es “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”.

[3] La expresión de Kant en latín se traduce por “atrévete a saber”.

[4] En poesía: Gutiérrez, I. (2009) Obra junta (antología de Luis Bravo y Laura Oreggioni), Estuario, Montevideo.

[5] Ibero fue asesinado por el Escuadrón de la Muerte el 28 de febrero de 1972.

[6] Este blog retoma el criterio de Vattimo en El mayordomo de la mundialidad, Democracia del siglo XXIhttps://teodulolopezmelendez.wordpress.com/2012/01/02/el-mayordomo-de-la-mundialidad/

[7] Daniel Feldman publicó en el semanario Voces en dos períodos desde 2009 una sección que homenajeaba la frase de Tertuliano credo quia absurdum .

[8] Foucault, M. (1997) “Verdad y poder” en Teorías de la Verdad en el Siglo XX, Tecnos, Madrid, p.455.

 

Transiciones hacia la Democracia

 

Transiciones hacia la Democracia
La primavera árabe ha vuelto a poner en el escenario mundial el desafío de las transiciones hacia la democracia.
Oscar Ortiz Antelo
Túnez, Egipto y Libia están viviendo un periodo intenso de debate social sobre cómo, construir sociedades democráticas de personas libres que no solo garanticen a sus poblaciones los derechos humanos fundamentales sino también mejoraren sus condiciones de vida para superar la pobreza, desarrollar y modernizar sus naciones.
En Latinoamerica, también existen transiciones en curso aunque aun no se han producido cambios de régimen. Cuba y Venezuela son los casos más notables. En el caso de Cuba, el régimen comunista ha tomado algunas decisiones iniciales hacia una transición económica. Lo hicieron ya hace tiempo con las condiciones para la inversión extranjera, por ejemplo en el sector de hidrocarburos, donde las impresas transnacionales encuentran mejores condiciones para invertir que en Bolivia. Sin embargo, el gobierno de los hermanos Castro se resiste a iniciar la transición política, habiendo convertido su último Congreso partidario en un escenario de mayor concentración de poder en los sobrevivientes de la revolución, los cuales deberán enfrentar inexorablemente las limitaciones de edad de la naturaleza humana.

En el caso de Venezuela se presenta una doble condicionalidad. La más importante es que la oposición democrática ha logrado en las últimas elecciones una mayoría electoral, una estructura organizativa nacional y sobre todo una imagen de capacidad de convertirse en verdadera alternativa para gobernar Venezuela. La segunda, es la salud de Chávez, que por motivo del cáncer que padece podría privar al régimen de su principal factor de unidad y fortaleza. Sin embargo, en todos los escenarios Venezuela se encamina hacia una transición que seguramente será muy difícil y al mismo tiempo muy influyente en el conjunto del escenario político latinoamericano.

Si las transiciones de Cuba y Venezuela se concretan, los demás gobiernos de la ALBA se verán privadas de la inteligencia del régimen Cubano y del dinero venezolano que por vías no oficiales se canaliza para financiar campañas políticas para llegar al gobierno y sostenerse en el mismo. No obstante, no hay que menospreciar a estos gobiernos que ya han aprendido las técnicas para someter a las sociedades, cuentan con los recursos y la fuerza del Estado y difícilmente acepten ceder el poder con facilidad. A pesar de ello, la historia reciente nos muestra que los gobiernos más fuertes en determinados momentos no pueden resistir la demanda de libertad y democracia de las sociedades de redes del siglo XXI.

Todo ello nos debe llevar a mirar con atención los procesos de transición que se están desarrollando, especialmente las condiciones del cambio de régimen, la reconciliación en sociedades polarizadas, la reconstrucción de la institucionalidad democrática y la gestación de modelos sociales y económicos de sociedades empobrecidas que claman oportunidades y bienestar.

Oscar Ortiz Antelo

Ex presidente del Senado Nacional de Bolivia

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