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Democracia siglo XXI

mes

septiembre 2008

EL PENSAMIENTO Y LA POLÍTICA La crisis de la transición y el Nuevo Orden por venir

por Jorge Majfud

Entiendo que una de las traiciones más graves al pensamiento es su manipulación por parte de una ideología. Otra es la demagogia o la complacencia, lo que en textos antiguos se acusa como «adulación», y tanto da adular al rey como al pueblo, cuando de éste recibimos el sustento. Pero sálveme Dios de andar por ahí moralizando sobre los demás.

Si entendemos por ideología a un sistema de ideas que pretende explicar el vasto universo de los seres humanos, debemos reconocer que todos, de una forma u otra, poseemos una determinada ideología. El problema surge cuando nuestra actitud ante este hecho es de sumisión, de lealtad o de conveniencia y no de rebeldía. Si no estamos dispuestos a desafiar nuestras propias convicciones entonces dejamos de pensar para adoptar una actitud de combate. Es decir, nos convertimos en soldados y convertimos el pensamiento en ideología, en trinchera, en retórica; es decir, en un instrumento de algún interés político o de alguna supersticiosa lealtad. Es en este preciso momento cuando nos convertimos en obediente rebaño detrás de la ilusoria consigna de una supuesta «rebeldía». Los beneficiados no sólo son los arengadores de un bando sino, sobre todo, los del bando contrario.

Durante casi toda la historia moderna, esta prescripción —el individuo anulado en el soldado, en la imitación de sus movimientos de mecano— ha sido construida según los códigos de honor del momento: en la Edad Media, por ejemplo, los «soldados de Dios» se caracterizaban por su obediencia absoluta al Papa o al rey. Si era mujer además debía obediencia a su marido. El mártir recibía la promesa del Paraíso o los laureles del honor, inmortalizados en las crónicas reales del momento o en los cantos populares que alababan el sacrificio del individuo en beneficio del reino, es decir, de las clases en el poder. Sin embargo, y no sin paradoja, siempre han sido las clases altas las que más han moralizado sobre la lealtad del patriota al mismo tiempo que han sido éstas las primeras en entregar sus reinos al extranjero. Así ocurrió cuando los musulmanes invadieron España en el siglo VIII o cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo en el XVI: en ambos casos, las elites de nobles y caudillos se entendieron rápidamente con el invasor para mantener sus privilegios de clase o de género.

Desde los primeros humanistas del siglo XVI, la lucha de clase significó una conciencia nueva, la rebelión del «villano» contra el «noble», del lector contra la autoridad del clero. Casi simultáneamente, el pensamiento puso el dedo en otras opresiones ocultas: la opresión de género (Christine de Pisan, Erasmo, Poulain de la Barre, Sor Juana, Olimpia de Gouges, Marx y Engels) y de raza (Montesinos, de las Casas, etc.). Siglos más tarde, se consolidaron los movimientos sindicales, la crítica post-colonialista y diferentes feminismos. Con excepciones (Nietzsche), la lucha del pensamiento ha sido hasta ahora contra el Poder. A veces contra un poder concreto y no pocas veces contra un Poder abstracto.

Muchos de los logros contra la verticalidad se han realizado con un precio doble: el sacrificio del mártir y el sacrificio del individuo. La sangre de los mártires libertadores (no vamos a problematizar este punto ahora) no es despreciable; sus heroísmos, su frecuente altruismo tampoco. El problema surge cuando ese mártir es elogiado como soldado y no como individuo, no como conciencia. Y si es reconocido como conciencia se espera que sus seguidores sólo continúen la obra anulando su individualidad por razones estratégicas que se asumen provisorias y se convierten en permanentes.

Desde el poder tradicional, la lógica es la misma. Como escribió Sábato en 1951, la Tumba al Soldado Desconocido es la tumba del «Hombre-cosa». Los Estados normalmente honran a los soldados caídos porque es una forma de moralizar sobre él. Desde niños se nos impone en las secundarias el deber de jurar por «nuestra bandera», prometiendo morir en su defensa. Si bien todos estamos inclinados a poner en riesgo nuestras vidas por alguien más, el hecho de exigirnos un cheque en blanco firmado es la pretensión de anularnos como individuos en nombre de «la patria», sin importar las razones para oponernos a las decisiones de los gobiernos de turno. Claro que ante esta observación siempre habrá «patriotas» dispuestos a justificar aquello que no necesitaría ser justificado si no tuviese algún sentido implícito, como lo es la construcción del soldado a través de la subliminal moralización del individuo. El proceso no es muy diferente al que es sometido un futuro suicida «religioso»: antes que nada se procede a anular al individuo a través de una moralización utilitaria y con un discurso trascendente que le promete la gloria o el paraíso.

Ahora, alguien podría decir que, según mi perspectiva, el «revolucionario» es el modelo perfecto de individuo. A esto hay que responder con una pregunta básica: « ¿Qué es eso de revolucionario?». Porque si hay una costumbre en el pensamiento de segunda mano es dar por asumido los términos centrales. Si por revolucionario entendernos aquel que sale a la calle a romper vidrieras, enardecido por un discurso redentor, mi respuesta sería no. O aquel otro que, atrapado en las viejas dicotomías maniqueístas, ha aceptado como propia la división del mundo entre ángeles y demonios, entre «ellos los malos» y «nosotros los buenos». Ese es el perfecto soldado. Dudar de que nosotros somos los ángeles y ellos son los demonios es una forma grave de traición a la patria o a la causa, al partido o a la santa religión. Durante los tiempos de la Guerra Fría —que para América Latina fueron los tiempos de la Guerra Caliente— era común justificar el asesinato de un obrero o de un cura porque era «marxista», siendo que los soldados que cumplían apasionadamente con su deber jamás habían leído un libro de Marx ni habían escuchado las ideas de sus víctimas. Otro tanto hacían los falsos revolucionarios, tirando bombas en un ómnibus lleno de campesinos «traidores a la causa» o de «cipayos vendidos al imperio», en nombre de un marxismo que desconocían. Y otro tanto hacen hoy en día los Mesías de turno, confundiendo el espíritu de comunidad con el espíritu de masa. Pero ¿cómo se puede ser revolucionario repitiendo los mismos discursos y las mismas estrategias políticas del siglo XIX? ¿Por qué subestiman así al pueblo latinoamericano? ¿Por qué necesitamos tirar piedritas al Imperio de turno para definirnos o para ocuparnos de nuestras propias vidas, tanto como el Imperio necesita de la demonización de la periferia para cometer sus atrocidades (también en masa)? ¿Cuándo aportaremos a la humanidad la creación de una forma de vivir nueva y propia, de la que tanto reclamaba el cubano José Martí, y no esos viejos resabios del colonialismo hispánico que Andrés Bello equivocadamente creyó muy pronto serían superados, allá a principios del siglo XIX?

La historia está llena de conservadores fortalecidos por supuestos rivales revolucionarios. En América Latina podemos observar ciclos de diez años que van de un discurso extremo al otro y a largo plazo volvemos siempre al mismo punto de partida. Porque la obra siempre es llevada a cabo por caudillos y el último siempre es presentado como el tan esperado Salvador. Pero no sólo las viejas dictaduras latinoamericanas se alimentaron siempre de este «peligroso desorden», sino también las grandes potencias conservadoras explotaron sabiamente los peligros del margen desestabilizador para radicalizar sus imposiciones, un (viejo) orden en peligro. Así, Orden y Desorden resultaron igualmente peligrosos. La dialéctica del poder, aún en eso que por alguna razón histórica se llama «demo- cracia», sería imposible sin su antítesis. Por lo general existen dos partidos, dos rivales que luchan por el poder y, de esa forma, promueven la ilusión de un posible cambio. La política tradicional no cambiará nada, como no fue la política de los papas y de los emperadores que cambiaron el mundo en el Re- nacimiento. Suponer lo contrario sería como igualar la historia a una telenovela, donde los malos y los buenos son tan visibles que nadie cuestiona el subyacente orden social e ideológico que es reproducido con el triunfo del bueno y el fracaso del malo.

Lo que la política puede hacer es retrasar o acelerar un proceso; sus grandes obras casi siempre son retrocesos a la barbarie. Un tirano puede inventar un genocidio en pocos meses, pero nunca avanzará la humanidad a la siguiente etapa de su destino. La Reforma luterana nace en la misma conciencia crítica de los católicos humanistas del siglo XV y XVI; el mismo feminismo le debe más al Renacimiento —regreso al «hombre» después de una tradición religiosa y patriarcal— que a las actuales «soldados» que creen que la mujer es hoy más libre gracias a una acción de confrontación con el sexo tirano y no a una larga historia de cambios y evoluciones, gracias a la apasionada mediocridad de una Oriana Fallaci en el siglo XXI y no a una crítica que tiene siglos trabajando desde diferentes culturas. O como tantos otros grupos ideológicos que se levantan un día, orgullosos, creyéndose los inventores de la pólvora.

Entonces, ¿qué paso es necesario para una verdadera revolución? (Advirtamos que nunca se cuestiona la necesidad de un cambio radical; porque la realidad es siempre insatisfactoria o porque esa es nuestra tradición política.) El primer paso —según mi modesto juicio, está de más decirlo— es una negación: el pueblo latinoamericano debe romper con el antiguo círculo, negándole autoridad al caudillo, sea este de izquierda o de derecha, si es que todavía podemos dividir la política de forma tan simple. Nuestro presente no es el presente de Bolívar, de Sarmiento, de Getúlio Vargas o de Eva Perón, aunque una narrativa de la continuidad siempre es atractiva, aunque encontramos Perones por todas partes cada quince años, luchando entre sí para mantener a la masa en la misma plaza, en el mismo estado de alienación, renovando la ilusión de la novedad, que es renovar el olvido. En México dominó durante décadas un llamado «Partido Revolucionario Institucional»; ahora en Argentina hay «Piqueteros Oficiales». Semejante oxímoron es una afrenta a la inteligencia del pueblo y una muestra de la efectividad de la masificación ideológica, casi tan perfecta como la masificación de consumo. Lo único que permanece son las pasiones y las promesas de redención, pero el mundo y hasta América Latina son otros. No inventemos la pólvora otra vez. El nuestro es el tiempo del individuo amenazado doblemente por la alienación del consumo y de la vieja política, el individuo que ha sido disuelto en la masa y en el individualismo. Seamos desobedientes a las guerras que otros inventan para sostener un sistema anacrónico, como lo es la democracia representativa —representativa de las clases dominantes o de los demagogos de turno—, sostenida no sólo por un discurso conservador sino por la supuesta amenaza de los caudillos de antaño. No hay Salvadores. Cada vez que América Latina cree descubrir al Mesías termina donde comenzó.

El segundo paso, como ya lo hemos señalado y definido hace años, es la desobediencia. El pueblo, en lugar de andar peleándose enardecidamente por un candidato o por otro, debería exigir las reformas estructurales que lleven a la participación directa en la gestión de las sociedades. Los Estados deben estar penetrados por el control ciudadano, su gestión debe ser más susceptible de cambios según los individuos y no según los burócratas de turno. Una forma nueva de referéndum deberá ser un instrumento habitual, procesado a través de los nuevos sistemas electrónicos, no como una forma excepcional para enmendar abusos del poder tradicional, sino como instrumento central de gestión y control ciudadano. En una palabra, sacar a la abusada «democracia» del prostíbulo, de un estado de aletargamiento y devolverle su principal característica: la progresiva devolución del poder a aquellos de donde proviene; el pueblo. Las decisiones sobre la producción deben residir en la creatividad de los individuos, de los grupos comunitarios antes que en los Estados o las grandes compañías monopolizadoras. La victimización del oprimido debe ser reemplazada por una rebeldía radical, una toma de acción directa del individuo, aunque sea mínima, y no una renuncia de su poder en los «padres del pueblo», en esa eterna y confortable promesa llamada «buen gobierno».

Yo tengo para mí que cada vez que veo, en Estados Unidos o en América Latina, una encuesta que varía dramáticamente luego de un discurso presidencial, reconozco que la desobediencia del individuo aún se encuentra lejos. El individuo aún es material e ideológicamente dependiente de la propaganda, de las decisiones y las estrategias políticas que se toman en un salón lleno de «gente importante». Cada vez que un publicista se jacta de haber llevado a un hombre a la presidencia de un país, está insultando la inteligencia de todo un pueblo. Pero este insulto es recibido como el acto heroico de un individuo admirable. Cuando este síntoma desaparezca, podemos decir que la humanidad ha dado un nuevo paso. Un paso más hacia la desobediencia, que es como decir un paso más hacia su madurez social e individual.

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Jorge Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado arquitecto de la Universidad de la República del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas en distintas instituciones de su país y en el exterior. En el 2003 abandonó sus profesiones anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la investigación. En la actualidad enseña Literatura Latinoamericana en The University of Georgia, Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura (ensayos 1998), La reina de América (novela. 2001), El tiempo que me tocó vivir (ensayos, 2004). Es colaborador de La República, El País, La Vanguardia, Rebelión, Resource Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco Latino, Jornada, Centre des Médias Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité Científico de la revista Araucaria, de España. Ha colaborado en la redacción de Enciclopedia de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires. Sus ensayos y artículos han sido traducidas al inglés, francés, portugués y alemán. En 2001 recibió mención del Premio Casa de las Américas, Cuba, por la novela La reina de América. Ha obtenido recientemente el Premio Excellence in Research Award in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.

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Las instituciones invisibles

por Teódulo López Meléndez

La legitimidad surge del acto electoral, la confianza proviene del convencimiento moral de que un gobierno busca el bien común. Sin confianza no hay estabilidad. Una mayoría electoral no es equivalente a una mayoría social. El voto es una preferencia, la confianza una sensación convincente de pertenencia. Frente a las exigencias sociales no puede producirse una reacción populista reactiva. Hay que partir de una programación de ejecución gradual, consistente y constante. Quiere decir, una acción incesante sobre las situaciones. Las mayorías electorales son una suma de votos. Las mayorías sociales son una suma que se llama pertenencia. La esencia de las democracias del siglo XXI no es tanto el derecho del voto y a elegir sino la opinión que las sociedades tienen de su gobierno.

La verdadera revolución es la voz moral. El populismo es una asunción de un modo radical para lograr la homogeneidad sobre lo imaginario. La posibilidad de un gobierno omnisciente no cabe en el siglo XXI. Muchos políticos creen que entienden a la gente cuando ofrecen soluciones concretas a los problemas concretos. El verdadero político es el que hace el mundo inteligible para el pueblo, esto es, el que le suministra las herramientas para actuar con eficacia sobre lo ya entendido. El populismo no se combate con populismo. El populismo debe ser combatido con la siembra de la comprensión llevada al grado de un estado de alerta.

La legitimidad electoral y la legitimidad social pueden contrastarse o encontrarse. La manera de encontrar la segunda excede al simple hecho de buscar el voto en una campaña electoral plena de promesas, generalmente demagógicas. Buscando la segunda suele encontrarse la primera. El planteamiento inteligible que produce efectos previos mejora notablemente la capacidad de escogencia. Las campañas electorales son la culminación de un proceso en donde el individuo manifiesta una preferencia. La masificada propaganda en nada podría modificar una asunción previa ganada en una democracia de cercanía generada por los líderes verdaderos que en ese proceso electoral buscan la voluntad mayoritaria del pueblo.

No se puede combatir demagogia con demagogia. El proceso de crear lucidez y pertenencia es ajeno a las palabras altisonantes y mentirosas. El proceso de repetición demagógica por parte de dos o más adversarios en una contienda por el voto conduce a soliviantar un individualismo feroz que se traduce en apostar a la mayor oferta engañosa. El vencedor, naturalmente, será el que ejerce el poder –si el caso es de una reelección- o, si se ha cumplido con la tarea pedagógica, el que ha hecho una obra previa de configuración de cuerpo sobre el que limita su acción a la campaña electoral misma.

En la democracia contemporánea se ha perdido el sentido de pertenencia, sustituida por el fervor de la antipolítica. Frente a un poder sobre el cual no se tiene control social, en cualquier país, –especialmente de América Latina- uno escucha a la población desguarnecida repetir “todos son iguales”. Uno de los dramas de nuestro continente es el abandono de la seriedad pedagógica, de la proximidad a los ciudadanos, quienes son, en primer lugar seres pensantes, para ser, en segundo plano, sólo en segundo plano, electores. En el fondo, cuando hablo de la necesidad de una democracia del siglo XXI, estoy pensando en varias democracias que pueden convivir o enfrentarse. Se debe a que han aparecido las instituciones invisibles, una de las cuales es la confianza y otras que deben reaparecer, como el concepto de ciudadanía –solo visible a mediano plazo- y de ejercicio diario de la política, condenada por los manipuladores de todos los bandos sólo a época electoral. Casi instintivamente se generan los contrapoderes no visibles, pero que van creciendo imperceptiblemente hasta el momento en que hacen erupción sin previo aviso. Son, estos últimos, una reacción generada contra el virus de la política prostituida, de la demagogia y del populismo.

Comencé por decir que mayoría electoral no es mayoría social por acto automático. Comencé por decir que legitimidad no es confianza. Hay que aprender que la segunda debe ganarse cada día. Si seguimos con esta plaga de activistas de la política, mentirosos y demagogos, se mantendrá el punto en que la gente va a preferir a quien menor desconfianza le produce, pues ninguno le produce confianza. Así la legitimidad del poder y la legitimidad del ejercicio democrático estarán afincadas sobre un barro extremadamente frágil y, lo más grave, la democracia se derrumbará por efecto directo de todos, de los que ejercen el poder y de quienes pretenden sustituirlo, de los demagogos multiplicados, obligando al poder al ejercicio de la fuerza para atender compulsivamente las exigencias sociales. Terminará así la era de las elecciones y de la libertad, terminará así la democracia, matada en una acción conjunta por quienes no entendieron de la existencia de instituciones invisibles y de la necesidad de hacerle comprender el mundo al pueblo, de hacérselo inteligible, de hacerlo producir una acción consecuencial de la posesión de los instrumentos para cambiar el entorno, de los cuales el principal es la conciencia.

teodulolopezm@yahoo.com

El lenguaje de la democracia ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?

por Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián

«The New Old “New”: Modernity/Post-modernity/Post-Post-Modernity». Tal es el enunciado del call for papers lanzado en octubre de 2001 por el Williams College (Massachusetts, EEUU) con vistas a la celebración de un coloquio sobre el significado de los conceptos de «nuevo», «moderno» y «postmoderno» en la teoría y la crítica literarias a principios del siglo XXI . El título de este coloquio es sintomático, por un lado, de la extrema vulnerabilidad al paso del tiempo de los conceptos asociados a lo «nuevo» y lo «moderno » y, por otro, de la aparente (y dudosa) utilidad de prefijos y adjetivos para poner al día una palabra envejecida, modernidad , por ejemplo. La incesante proliferación de «nuevas» expresiones construidas a partir de la incorporación de un prefijo a un viejo término es una buena prueba del agotamiento de nuestro lenguaje social y político, porque muestra la fuerte tensión existente entre la demanda de neologismos que permitan designar las nuevas «realidades» y la incapacidad de la lengua para responder adecuadamente a las necesidades de los tiempos. Es, en suma, una falsa respuesta a un creciente desajuste entre las realidades históricas y su traducción en palabras. Algunos de estos (falsos) nuevos términos son de uso relativamente común. Voces como neoliberalismo, neofascismo, neonazismo, neocapitalismo, postcomunismo, postestructuralismo, postguerra fría, sociedad postindustrial o postmodernidad indican que el concepto matriz ha quedado históricamente superado, pero que al mismo tiempo aspira a sobrevivir a su propia extinción mediante una suerte de «vida póstuma» que lo convierte en otra cosa, sin dejar de ser lo mismo. El prefijo funciona, pues, como una prótesis conceptual que permite rejuvenecer un término al que el paso del tiempo ha dejado muy mermado en sus facultades. Hay tratamientos léxicos aún más sofisticados: la voz neocon, por ejemplo, comporta no sólo el implante de un prefijo que le da una apariencia más actual, sino una especie de lifting que permite eliminar la parte sobrante de su vieja y acartonada morfología, que cobra así un aire lustroso y juvenil. Doble rejuvenecimiento, pues, de un término bicentenario como es conservador , que en su nueva versión queda casi irreconocible, hasta parecer una nueva palabra.

En las últimas décadas las ciencias sociales han demostrado ser una cantera inagotable de estos falsos nuevos conceptos, acuñados especialmente para designar a los actores sociales que han tomado el relevo de las viejas clases que protagonizaron hasta fecha reciente la historia del mundo contemporáneo. Hay amplio acuerdo en considerar que los conceptos de burguesía y clase obrera han perdido buena parte de su vigencia histórica y que constituyen por tanto categorías anacrónicas difícilmente aplicables al mundo actual. Pero ese consenso al declarar superada la vieja nomenclatura social no se ha traducido en una terminología alternativa sobre los nuevos protagonistas colectivos de nuestra realidad social, ya sea como titulares del capital o como representantes del mundo del trabajo. Neologismos como hiperclase (Jacques Attali), infraclase (Manuel Castells) o subclase (Charles Murray) ponen de manifiesto el desafío al que se enfrentan las ciencias sociales a la hora de sustituir las periclitadas categorías heredadas del siglo XIX. Hay fórmulas aún más rebuscadas y por ello más sintomáticas del fracaso de las ciencias sociales en su intento de renovar nuestra terminología social y política. Algunas de ellas recurren sistemáticamente a las definiciones en negativo; así, se acuñan denominaciones que remiten no a lo que las cosas son, sino a lo que ya no son . A finales de los años sesenta, el sociólogo francés André Gorz auguró la aparición de una «no clase de no trabajadores»: ¿cabe mejor ejemplo del «no lenguaje» que se pretende ofrecer como alternativa a nuestro vacío conceptual? Puede que, al final, el problema de fondo no sea la identificación de los nuevos actores sociales de la «sociedad postindustrial», sino un fenómeno de mucho mayor calado, que Alain Touraine ha definido recientemente como «la caída y la desaparición del universo que hemos denominado “social”», la «destrucción de todas las categorías sociales» y, en definitiva, la tendencia de la sociedad a constituirse como una realidad «”no social”, en la que las categorías culturales reemplazan a las categorías sociales» (Touraine, 2005, 14-15).

Problemas, pues, de definición de la nueva sociedad, similares a los que están en el origen de los intentos de redefinir y actualizar el significado del concepto de democracia. El inventario realizado en 1997 por David Collier y Steven Levitsky en su artículo «Democracy with Adjectives» recoge 550 formas distintas de denominar la democracia con ayuda de un adjetivo, de un prefijo e incluso de ambos a la vez (Collier y Levitsky, 1997). Las diversas «estrategias de innovación conceptual», como las llaman los autores, desarrolladas en torno al concepto han dado lugar a una amplia terminología de ocasión, de muy escaso valor, que se mueve por lo general entre lo redundante -«democracia electoral»- y, con mayor frecuencia, lo peyorativo, mediante la incorporación al sustantivo democracia de un adjetivo que implica la singularización, la mutilación, la perversión y en ocasiones hasta la negación del concepto matriz: «democracia de baja intensidad», «democracia elitista», «democracia caudillista», «seudodemocracia», «democracia enferma», «cuasi democracia», «semidemocracia», «democracia de estilo asiático» o «democracia excluyente». Otras fórmulas inventariadas por los autores alcanzan un sorprendente grado de artificiosidad: «democracias putativas», «democracia de facto de un solo partido», «democracias postautoritarias» o «democracia sobreinstitucionalizada ». A la vista de todo ello, se entiende la nostalgia que Giovanni Sartori expresó hace ya años por una «democracia literal o etimológica», en la que la sola palabra bastara para representar el concepto (Sartori, 2003, 29-32).

Fuente: Revista de Occidente

Planteamientos de António Mouta desde Portugal

Tenho o prazer de lhe dar conhecimento de um sistema novo para assegurar democraticidade à escolha político-partidária, nos Partidos Políticos existentes.

O modelo resulta de cerca de quinze anos de militância partidária, em que tive oportunidade de conhecer o deficiente funcionamento político-partidário da Democracia Portuguesa.

Reconhecido por um ex-Presidente da República, como “interessante e promissor”, poderá inteirar-se do seu conteúdo em

http://26-abril.blogspot.com/

Se assim entender – em nome da “coisa pública”, pertença de todos – peço-lhe a multiplicação desta informação, através do reencaminhamento deste mail para cidadãos das suas relações.

Saudações amigas.

António Manuel de Azevedo Mota

vinte.seis.abril@gmail.com

Paço de Arcos

Una sociedad comunicada-Teódulo López Meléndez

El nuevo líder para la democracia en el siglo XXI

por María Laura Roche

El nuevo líder para la democracia en el siglo XXI” es un breve artículo basado en una perspectiva humana desde el cambio democrático a partir del cambio de los paradigmas del ser, aplicando pequeñas enseñanzas que nos da el coaching ontológigo, es muy breve, es una capsula en la que quiero transmitir que el líder para este siglo no lo va hacer una constitución y no lo va hacer simplemente las cartas de navegación que proporcionan los estudios, lo van hacer la capacidad que yo tenga de ver globalmente lo que puede cambiar desde mi propio ser hacia afuera. Sugiero que es un tema motivacional dentro de las ciencias sociales y relacionado a Recursos Humanos.

Una oportunidad (o necesidad) de liderazgo aparece cada vez que se reúnen dos o más personas para embarcarse en una tarea conjunta.

En el mundo y en los países latinoamericanos, se están viviendo nuevas formas de sucesos, que se dan en el escenario socio-político y la lógica de las ciencias se desborda al buscar explicar lo que está sucediendo, tanto desde el sentido común, como desde muchos supuestos teóricos. Los hechos políticos, las protestas sociales, el enfrentamiento entre iguales, la corrupción como medio de conducta social, la anarquía, el caos generalizado; que rodean a nuestra vida cotidiana, que a su vez se generan de formas no convencionales, evidencian el derrumbe de los principios de la modernidad; diluidos en los principios de incertidumbre de lo que vendrá después.

Ya las ciencias sociales, no dan respuestas a los hechos, resaltándose así lo imprevisible del hombre como actor fundamental. Estos hechos, que se lanzan contra la lógica del pensamiento tradicional nos abren el telón de un escenario con otro orden, que nos desafía; que nos hace pensar nuevamente sobre el mundo y sus relaciones; y sobre todo acerca de sus necesidades no satisfechas, como la extrema pobreza, exclusión, sometimiento social…que siguen siendo las mismas, tan antiguas, pero más profundas.

Frente a esto, surge un dilema: continuidad y reproducción de este sistema, versus transformación y construcción de nuevos espacios de poder que arremetan algunos pilares claves.

De la teoría a la práctica de un nuevo modelo de gestión pública

Tenemos un problema al momento de definir un nuevo modelo de gestión pública, dado tendemos a la separación de las ciencias, sin considerar que para afrontar las diversas relaciones del entramado social y político de un estado debemos integrar las diversas especialidades, porque la gestión pública es un eje horizontal que cruza a todas ellas, y genera sus propios problemas.

Dada esta reflexión al respecto de la gestión de los gobernantes, se debe definir las dos áreas prácticas en el problema: una de ellas es la profesionalización de los individuos que ejercen su actividad en el ámbito político, y dentro de ello tenemos que ls ciencias tradicionales y las universidades responden a este requerimiento. El segundo aspecto se refiere a la persona en sí que ejerce la función pública, y esta última es una práctica social.

La práctica profesional individual se apoya verticalmente en la teoría departamental, lo cual a su vez convierte nuestra vida cotidiana en una cajonera, para mí es “la teoría de la cajonera” nos están metiendo en pequeños compartimientos. La práctica social horizontal vuelve homogéneos los problemas, cuando estos si detonan características diversas dependiendo de su ubicación geográfica, rural, urbano, acceso a servicios básicos entre un sin número de elementos, el tema es de análisis profundo y equipos multidisciplinarios dispersos. En otras palabras, la práctica social es horizontal, en el sentido que generemos los mismos problemas para todos1.

Dentro de este contexto es hora de pensar que la política práctica requiere exige el apoyo de la ciencia horizontal. Existe una separación entre ambas, es decir entre la teoría y la práctica. Las técnicas provenientes de la ciencia, deben aportar a elevar la calidad del arte de hacer política y gobernar.

El político del futuro, el político que hoy se requiere, tiene que ser más profesional o no sobrevivirá la democracia, porque estamos rodeados de individuos improvisados en el quehacer de la gestión pública, lo que genera continuas pugnas de poder que no tienen relación alguna con el problema central de modernizar las herramientas del gobierno y sobre todo la forma de gerenciar un gobierno.

También se debe considerar que la gestión pública de hoy debe enfrentarse en su día a día a una multitud de situaciones inesperadas de las que no le salvará únicamente el excelente currículo académico de sus representantes. En estas ocasiones en las que no valen los conocimientos se imponen las habilidades. Habilidades como saber motivar a su equipo, liderar a un grupo de personas en pos de un mismo objetivo, cumplir correctamente con la rendición de cuentas a la población, e incluso, saber escoger la alternativa adecuada pese a estar bajo presión; son algunos de los aspectos que se deben dominar; lo cual es similar a las habilidades requeridas también por los directivos de empresas.

Dentro de todo este marco de habilidades para cumplir con los requerimientos de la moderna gestión pública, se debe sumar el estilo de dirección participativo, que sea capaz de promover el compromiso colectivo y la identificación de los miembros de una sociedad con sus gobernantes.

Así podemos entender que ante determinadas circunstancias que el nuevo siglo y sus avances nos presentan, surge la necesidad de que la ciencia conocida de las diferentes especialidades, las nuevas ideas y conceptos sobre lo social, se adapten mejor a los nuevos tiempos y a los cambios que estos demandan.

El Coaching ontológico en la política y gestión pública

Si el coaching se puede aplicar a la política y a la gestión pública, primero partamos de una definición aproximada de lo que es coaching, y conforme a esto es preferible utilizar la definición de la ICF (International Coach Federation) que está consensuada mundialmente. En ella se plantea como primer párrafo que “el coaching profesional consiste en un acompañamiento (ongoing partnership) diseñado para ayudar a obtener resultados más satisfactorios en la vida, la profesión, la empresa o las actividades de las personas. Mediante el proceso de coaching, el cliente profundiza en su conocimiento, aumenta su rendimiento y mejora su calidad de vida”.

Dentro de esta concepción, el coaching se determina como una disciplina inseparable de marcados principios éticos en la relación con el cliente y con la sociedad, de un profundo respeto por la persona y sus intenciones y supone de forma muy especial que el cliente reconozca sus talentos, reconozca las propias barreras y logre expandir sus posibilidades de acción.

Conforme a lo expuesto, quiero reflexionar como el coaching puede aportar significativamente a la política. Si consideramos que la política es el arte de lo posible, expandir los paradigmas de quienes tienen que gobernar y ser autores de esa construcción, la política se constituye una labor de gran valor agregado. Por el lado del coaching, al orientarse a ampliar los dominios de observación del coache y las distinciones dentro de cada dominio, al acompañarle en su proceso de descubrimiento de las señales del entorno, representa también una oportunidad de desarrollar su liderazgo.

Los cambios que estamos atravesando a nivel mundial son tan profundos y de tal magnitud, que se hace necesario que cada uno de los integrantes de esta sociedad adoptemos una “visión global” y estemos atentos a las “señales de los tiempos” a fin de anticiparnos a las “vueltas de la vida” que vayan a tener impacto sobre nuestro propio futuro. De nada vale, llegado el momento, frases como “el mercado me dejó afuera”. El mercado provee al observador atento, las señales anticipatorias necesarias para llegar preparados.

Ser empresario ahora ya no es lo que nos imaginamos…, ser empresario es tener el valor de reconocer nuestras limitaciones y a partir de ello, trabajar con autenticidad, creando la conciencia nacional y definiendo nuestra identidad. El nuevo líder, es para la era de los negocios globalizados, el líder que no sólo cuenta con su capacidad de razonamiento y de análisis lógico-cuantitativo, sino además tiene la capacidad de imaginación e intuición suficiente para generar nuevas ideas, impulsar la innovación, motivar el capital humano y resolver creativa y eficazmente los problemas generados por las nuevas realidades.

En otros tiempos la administración solía asumir sus funciones a partir de considerar los componentes materiales de la empresa. Después otro enfoque colocó en el centro al factor humano. Últimamente se han abierto paso las visiones que ven la empresa como un sistema en el cual interactúan, de modo bien integrado, los componentes materiales y subjetivos. Así, toda actividad empresarial es la resultante de ese enorme mundo de interrelaciones.

Por eso aparece en escena el tema de la Motivación y liderazgo como dos conceptos que van de la mano, donde no se da uno de ellos sin el otro: Es decir, para llegar a ser líder en el entorno actual, es necesario que la motivación despierte, y conciba las ganas de crecer y superarse cada vez más en las labores diarias.

Aceptemos la incertidumbre y en ella busquemos organizarnos, necesitamos autodeterminación, imaginar y crear. Restablezcamos sla confianza. La confianza es fundamental. La gente de un país que cree, tiene capital para anticiparse al futuro; ya que los cambios del entorno social y económico, serán una amenaza u oportunidad, en la medida en que se tenga la capacidad de entenderlos, anticiparlos e identificar las posibilidades de negocio que los mismos siempre significan.

Latinoamérica, será el resultado del camino que nos tracemos; a través del trabajo y de la actividad empresarial, construir un porvenir digno, representado por personas con conciencia social. Piensen en el interés colectivo, somos un todo, cada uno de ustedes es parte de ese entorno, por tanto atrevámonos a subir el escalón y crecer para bien. Actúen con convicción; es tiempo de redoblar esfuerzos y reorientar las metas para el progreso personal, y que el éxito en sus tareas se cristalicen en realidades para ustedes y sus seres queridos.

El creer nos lleva a crear dice un refrán muy antiguo. Debemos creer firmemente en lo que sentimos, dándole fuerza para que viva, pero siempre respetando las creencias de los demás. El hombre tiene la capacidad de darle fuerza a aquello en lo que cree. Quien cree, crea; y quien crea, crece. Y que estos tres verbos en infinito: creer, crear, crecer nos sirvan de guía en todos los actos de sus vidas.

Es el momento, en donde todos debemos comprometer la subjetividad con la construcción de lo social, con nuestra voluntad de convivir y aprender de los demás, porque finalmente lo que está en juego es nuevamente la capacidad de adaptación, la conservación de la raza humana y del medio ambiente, la posibilidad de seguir viviendo…y la posibilidad de que los jóvenes emprendedores sigan escriban la historia.

Las crisis sólo pueden aportar un resultado, y este es el cambio. No permitamos que los acontecimientos del entorno marquen, bajo ningún concepto nuestro espíritu. Trabajar por los sueños es una tarea constante y diaria, porque aunque las circunstancias que nos rodean no sean del todo favorables, el soplo de vida que llevamos dentro debe manifestarse. Solo la disposición visionaria puede llevar al éxito, porque después de la tormenta viene la calma, así dice mi Abuelito, y si para el común de nosotros en la cotidianidad sucede, para Latinoamérica no puede ser menos.

Las condiciones están dadas, solo se necesita de individuos que lideren el cambio. Los nuevos líderes que requieren las empresas, organizaciones y gobierno en el siglo XXI, son aquellos involucrados con la revolución permanente, que traspasen los límites establecidos, es decir, que sean capaces de imaginar el futuro constantemente, individuos que se convierten en forjadores de sus propios destinos.

1 Teoría del Juego Social, Carlos Matus, Fondo Editorial Altadir.

María Laura Roche es Ingeniera Financiera.. Magister en Gobernabilidad y Gerencia Política. Asesora de Negocios: Especialista en Formulación y desarrollo de Proyectos Productivos y Sociales – Asesoría de Imagen Pública personal también dirigida para políticos y funcionarios corporativos. Catedrática: Finanzas y Proyectos. Guayaquil, Ecuador Sudamérica. malu@maluroche.com

Alfabetización para el siglo XXI: nuevos significados, nuevos dilemas

por Alicia Vázquez de Aprá

Una de las áreas de debate de fin de siglo parece girar en torno al concepto de alfabetización. Tradicionalmente se empleó este término para dar cuenta de la capacidad de los individuos para codificar y decodificar textos escritos. Sin embargo, actualmente se habla de alfabetización científica, alfabetización informática, alfabetización tecnológica, incluso de alfabetización emocional; notable ampliación semántica del término que indudablemente coloca a la educación frente a nuevos desafíos.

Ha sido extenso y fructífero el camino recorrido en el siglo pasado, provocando avances importantes en los estudios acerca de la inteligencia y de los desarrollos tecnológicos que han modificado las formas de pensar, actuar, producir y crear. Igualmente relevantes son las reflexiones que dan cuenta de las cuestiones pendientes que tendremos que seguir analizando, atendiendo a una necesidad impostergable de conectar la tarea en las escuelas a este movimiento de ideas, intentando rescatar su potencial para la innovación pedagógica.

Los artículos que son objeto de este comentario se ubican en esa línea de argumentaciones y constituyen aportes valiosos desde el punto de vista de la enseñanza y el aprendizaje en el contexto de las aulas de las instituciones educativas.

Los dos trabajos que tratan el problema de la inteligencia coinciden en destacar los desarrollos teóricos recientes que superan las limitadas concepciones vinculadas a la medición de conductas empíricamente observables. Estas contribuciones resultaron en una complejización del concepto al involucrar nuevas dimensiones en el comportamiento inteligente al tiempo que rescatan su especificidad en relación al contexto sociocultural del individuo y, particularmente, al ámbito de la clase escolar. En este sentido adquieren importancia nuevos enfoques como la Teoría de las Inteligencias Múltiples o de la Inteligencia Emocional, en los que no pueden estar ausentes, como acertadamente señala Danilo Donolo, las investigaciones acerca de la creatividad las cuales forman parte de la perspectiva educativa de la psicometría.

Entre los numerosos interrogantes que presenta el artículo de Donolo, me gustaría destacar la preocupación del autor por el problema de la medición, tanto desde el punto de vista ético como técnico, de las características psicológicas humanas en relación a la educación. Desde esta perspectiva reflexiona acerca de los medios y los fines de la medición educativa advirtiendo de la necesidad de valorar las habilidades individuales de acuerdo a criterios múltiples y con instrumentos refinados, dirigidos a los problemas propios de la realidad y de la escuela, que reflejen respuestas a actividades de enseñanza y aprendizaje específicas. Sostiene su posición el análisis de los rasgos que definen las sociedades actuales, caracterizadas por vertiginosos cambios que configuran ambientes disímiles en relación a las posibilidades y limitaciones de desarrollo de las personas, agudizando las diferencias entre ellas y resultando en comportamientos cada vez más específicos, dependientes de las situaciones en las que se constituyen. Atender a la singularidad de las capacidades individuales parece ser una cuestión acuciante y todavía no resuelta y deja planteadas muchas dudas respecto de si es adecuado al momento presente seguir utilizando la denominación “tests de inteligencia” cuando se trata de evaluar, desde el punto de vista psicoeducativo, fenómenos que son a la vez complejos y peculiares.

En el artículo de María Belén Martinasso y Mariela Signorile se cuestiona el concepto de inteligencia que predomina en las escuelas y puntualiza un aspecto de la conducta inteligente que quizás haya sido algo descuidado. En base a la Teoría de la Inteligencia Emocional, subrayan la necesidad de un equilibrio entre razón y sentimientos y la importancia de utilizar la emoción de manera inteligente, cuestión de relevancia en los ambientes educativos, ya que supone la posibilidad de perseverar en los esfuerzos para realizar una tarea, tolerar la frustración frente al fracaso, permanecer automotivados a pesar de las dificultades, conservar la curiosidad y el interés intrínseco por el aprendizaje.

El valor de este planteo radica en las implicancias educativas y sociales en relación al desarrollo de la alfabetización emocional. Por un lado se sostiene que es posible enseñar y aprender el manejo adecuado de la emoción; la instrucción emocional podría contribuir a solucionar algunos de los serios problemas de aprendizaje que se manifiestan en las aulas, entre ellos, la repitencia y la deserción. Por otro, ofrecer posibilidades para mejorar la capacidad emocional constituiría un modo de prevenir graves problemas sociales que se acrecientan en la medida en que las sociedades se complejizan, como la drogadicción, el alcoholismo y la violencia. Desde este análisis, las autoras, a modo de interrogante, expresan los desafíos que deben enfrentar los educadores para responder a esta nueva manera de entender el comportamiento inteligente.

Las nuevas dimensiones involucradas en el concepto de inteligencia exigen ampliar los contenidos de la enseñanza formal para responder a la alfabetización en tanto nueva categoría conceptual adaptada a las demandas del siglo que se inicia, en la que no pueden estar ausentes las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, ya que actualmente la posibilidad de aprender está estrechamente vinculada a los formatos representacionales que ellas nos ofrecen. Pero el aprovechamiento pedagógico racional y efectivo de las nuevas tecnologías depende de un proyecto educativo que les otorguen sentido, atendiendo siempre a los valores y objetivos de la educación y al mejoramiento de la calidad de los procesos educativos.

Estas opiniones se ubican en la línea de argumentos de Salomon y colaboradores (1992) quienes afirman que el poder real de la tecnología radica en su capacidad de redefinir y reestructurar de forma fundamental lo que hacemos, llegando de esta manera a concebirla como una herramienta para pensar. No es suficiente la incorporación de computadoras en las escuelas si con ellas los estudiantes realizarán las mismas tareas que antes hacían sin ellas. Si bien constituyen instrumentos poderosos de aprendizaje, interesan como un medios y no como un fin en sí mismos. Como dice Gardner (2000 :43), “El ordenador puede presentar ejercicios puramente machacones o estimulantes enigmas científicos; también puede educar, ilustrar, entretener e informar, o embotar la percepción, incitar al consumismo y reforzar estereotipos étnicos”.

El artículo de Silvia Elstein resulta particularmente sugestivo al promover la reflexión acerca de los cambios necesarios para que la incorporación de las nuevas tecnologías tenga sentido educativo. Cambian los entornos didácticos, los cuales deberán organizarse en función de materiales diversos en lugar de apelar a documentos únicos predominantemente impresos; cambian las posiciones clásicas del docente-transmisor y del alumno-receptor dependiente de la información que otros deciden proporcionarle; cambia la actitud hacia el aprendizaje enfatizando la búsqueda independiente de datos, como así también selección y organización de la información, el descubrimiento, la reflexión y la resolución de problemas; cambia la relación del estudiante con el conocimiento, asumiento su protagonismo en la estructuración de conceptos en lugar de conformarse con la acumulación de ideas; cambia el tipo de interacción docente-alumno, estableciendo una nueva forma de relación en la cual la presencia cara a cara ya no es indispensable en todo momento; cambian, en fin, tanto las modalidades instructivas como las estrategias de aprendizaje conducentes ambas a adoptar variados tipos de representación como diferentes vías de acceso al conocimiento y estimuladoras de los procesos superiores del pensamiento.

No resulta simple asumir las importantes modificaciones que las puntualizaciones anteriores por cierto no agotan. Una cuestión que no es posible obviar en este planteo refiere a la necesidad de preparación de los docentes en el uso de las nuevas tecnologías para posibilitar su integración auténtica a la cultura escolar. Pero, lo que aún es más importante, en los espacios de formación de maestros y profesores sería conveniente pensar qué está ocurriendo actualmente en la realidad de las aulas y las escuelas. ¿Qué posibilidades de acceso, manejo y utilización de los medios tecnológicos tienen los sistemas escolares de sectores periféricos en donde se concentra la mayor parte de la población?

Siempre preocupada por el problema del analfabetismo, Emilia Ferreiro (1996 :23) dice que “con la aparición de las computadoras el abismo que ya separaba a los alfabetizados de los no alfabetizados se ha ensanchado aún más: algunos ni siquiera llegaron a los periódicos, los libros y las bibliotecas, mientras otros corren detrás de hipertextos, correo electrónico y páginas virtuales de libros inexistentes”. Si la distribución de recursos y bienes educativos no resulta equitativa, ¿no estamos profundizando esa brecha promoviendo nuevas formas de discriminación?.

En los nuevos sentidos del concepto de alfabetización se entrelazan cuestiones no sólo educativas, sino también culturales, sociales y políticas. Todas ellas generan los dilemas que emergen de la pregunta acerca de la responsabilidad que le cabe a la escuela pública en relación a la formación de los alumnos que ahora transitan el sistema educativo como ciudadanos activos y plenos, conscientes de sus derechos y obligaciones, comprometidos en la construcción de una sociedad más justa y auténticamente democrática. Esto significa también alfabetizar para el siglo XXI.

Referencias

Ferreiro, Emilia 1996 La revolución informática y los procesos de lectura y escritura. Lectura y Vida (4) :23-30.

Gardner, Howard 2000 La educación de la mente y el conocimiento de las disciplinas. Paidós. Barcelona.

Salomón, Gavriel; David N. Perkins y Tamar Globerson 1992 Coparticipando en el conocimiento: la ampliación de la inteligencia humana en las tecnologías inteligentes. Comunicación, lenguaje y educación 13 :6-22

La radio: reto democrático del siglo XXI


por Ricardo Rocha

La radio trabaja todos los días con fuego y hielo, con sangre y semen, con sudor y perfumes; trabaja con la lengua que es entidad viva y cambiante. La radio testimonia permanentemente la evolución del hombre y de su lengua, propone y cataliza, refleja y acompaña. Pero no determina necesariamente. Por lo menos no sola… por lo menos no más que la realidad misma. Ricardo Rocha lleva adelante una exposición sobre la importancia de la radio, su responsabilidad gigantesca y el porqué la radio, de los medios de comunicación, es la más parecida a la literatura, la más emparentada con la democracia y la más comprometida con la libertad.

Los que nos vemos forzados a improvisar al aire, a construir frases sin la reflexión y el cuidado que la sindéresis demanda y, en ocasiones, sin la riqueza del lenguaje que la palabra escrita nos permite, somos vistos en ocasiones como enemigos embozados de una lengua que se quisiera preservar inmaculada y que contribuimos a corromper con neologismos, barbarismos, localismos y hasta “microfonismos” que vamos soltando según la Santa Logorrea nos da a entender.

Hace unos días un periódico publicó una encuesta entre académicos y escritores españoles, bajo un encabezado que podría haber sido dictado por Herodías: “el español entre enemigos y promotores”. Y resultaron esbozados como enemigos del idioma los locutores o comunicadores de la radio y la televisión, y los periodistas de la prensa escrita. En ese orden. Claro que no hubo acusaciones directas pero tampoco exaltaciones vivaces. Nadie nos puso, por ejemplo, del lado de los promotores.
En nuestra defensa podemos abonar, no solo que utilizamos a la vista o a los oídos del público, un material absolutamente incandescente y mutable, como es la palabra, que hoy está y mañana ya no o a la inversa: que ayer no figuraba y ahora tiene todos los derechos; que nos servimos de ella de una manera silvestre, sin el procesamiento que a veces significa plasmar nuestros pensamientos en el papel o en la pantalla de la computadora; que trabajamos a la intemperie sin la sombrilla o red protectora que el tiempo representa, en esto de ordenar los pensamientos y sin la ventaja de poder ver lo que pensamos al ponerlo por escrito, como aseguraba Foster que a él le ocurría; y finalmente que estamos sirviéndonos de una de las primeras formas de comunicación humanas: el habla directa, el dicho, la oralidad. En la radio hacemos todo lo que la teatralidad nos aconseja para no perder la atención del radioescucha y recuperar así un título que antes hacía justicia a quienes avivan los programas: los animadores.

El órgano de lo imaginario

Tal vez la penetración innegable de la radio llama la atención porque en este fin de milenio, en el verdadero siglo de la ilustración o de lo visual, el retorno a la palabra hablada parecería imposible ante el dominio de las imágenes.

Pero ya Roland Barthes, el semiólogo francés, el que advirtió que el grano de la voz era la materialidad del cuerpo, había señalado, en los años 60, que la nuestra “es una civilización de la palabra, y esto a pesar de la invasión de las imágenes”. El mismo descrifrador de significados fue quien nos dio la clave anticipada de por qué la palabra hablada adquiriría la fuerza que ha hecho de la radio uno de los medios más competitivos, aun frente a la todopoderosa televisión: “la voz es un órgano de lo imaginario”, por lo que, en consecuencia, para él la frase no era la misma con la voz que con la escritura.

Hoy se entiende que la palabra radiofónica puede eternizarse por la vía de la grabación y que no tiene que renunciar a las aspiraciones literarias, como lo prueban los numerosos literatos que participan, escriben y conducen programas de radio. Y es que se acepta que la voz no necesariamente es una intrusa en la alcoba, sino que puede ser una compañera de la soledad y hasta una interlocutora de dudas y conflictos.

El tú y el nosotros

La voz, como grano de lo imaginativo, siembra en el oyente una serie de posibilidades que germinan con el tiempo y dan como resultado que el radioescucha encuentre una manera de integrarse al “nosotros” que le propone el locutor (quien antes postulaba el tú), con toda la carga social que representa el habla pública. Con la radio, el habla pierde su carácter privado y se inserta en lo social, para ser un gran nosotros que no pasa por alto a nadie. La radio, asegura la lingüista Josefina Vilar, “es habla pública, en esta caben todos los géneros de la literatura (los poéticos, los periodísticos, los académicos, etc.) así como, en principio, todos los actos del habla (preguntar, convencer, mentir, imprecar, etc.)… la sustancia expresiva en que se produce esos géneros es la que existe en los tres componentes del significante radiofónico: las lenguas habladas, la música y los efectos sonoros”.

Todo lo que somos y hemos sido se encuentra en nuestra forma de hablar. Este invento del hombre que es la palabra, según don Eulalio Ferrer, nos transparenta, nos descubre a los ojos de los demás, que al oírnos hablar pueden averiguar de dónde venimos, cómo somos, qué comemos, cómo actuamos, qué tememos, qué admiramos. Somos lo que hablamos. Así, la radio por esencia es democrática. No en vano don Miguel de Unamuno aseguraba que “el hombre es hombre por la palabra”. Así hablamos, así somos y así es el hombre de la calle y del radio, el que nos aguarda del otro lado del receptor y que espera que seamos su cómplice y su aliado, antes que su crítico o preceptor.

El dilema

Con frecuencia los comunicadores nos enfrentamos a un dilema: ¿usar la palabra en el uso corriente pero equivocado o en su uso correcto, pero desconocido? En estos tiempos en que se nos demanda por tantos medios y por tantos motivos que elijamos, ¿con quién nos quedamos?, ¿a quién somos fieles: al público o a la academia, a la masa o a la élite?; pero, además, ¿hasta qué punto podemos confiar que ese amor a la palabra exacta nos será correspondido? ¿Cuántos pugnamos, durante años, porque no se usara “sofisticado”, como expresión de elegancia o de complejidad, ya que en español solo significaba “falto de naturalidad, afectadamente refinado”, tal como podíamos comprobar con solo acudir al diccionario, que no aceptaba otra acepción, por lo menos en su edición de 1984?

Hasta ahí, todo marchaba bien. De ninguna manera nos podíamos sentir mal queridos por la academia. Contábamos con ella para demostrar que solo en inglés sophisticated tenía esa acepción de “mundano, falto de simplicidad, avezado en las cosas del mundo”, que en español se le quería dar. Y hasta recomendábamos a las mujeres que se mostraran ofendidas si alguien las calificaba de sofisticadas, pues las estarían tildando de falsas y adulteradas.

Pero hete ahí que en su edición de los 500 años, del encuentro de las dos culturas, nos encontramos que una tercera, la del spanglish, entró al Lexicón y le dio carta de naturaleza a “sofisticado”, que en su tercera acepción lo aceptó como “elegante, refinado” y en su cuarta lo definió como “complicado. Dícese de aparatos, técnicas o mecanismos”. ¿Con qué cara nos vamos a acercar a las mujeres para decirles –ahora sí– que tienen un porte sofisticado, porque ya le quitamos la maldición a la palabreja?

La verdad es que, como dicen en mi barrio: Tepito “pa’ vergüenzas no gana uno” si es que uno le va al campeón, en este caso al diccionario, hasta que pierda. Porque pierde de todas todas: las tercas palabras no se dejan inmovilizar, representan a la insurrección permanente y terminan por desbaratar lo que ya teníamos tan hechecito (giro que desde luego tampoco acepta la academia, pero que en nuestro español de México tiene plena validez).

Otro caso, vigente y actual, en el que vemos cómo avanza el neologismo hasta ocupar su lugar, es el de la palabra reclamo, como sinónimo de reclamación, no sé si por influencia del inglés, que tiene su reclaim, o simplemente por analogía o paronomasia que dicen los entendidos.

Así, en los anhelos democráticos y gracias al sentido que posee el habla humana se abre un mundo inmenso para la radio. Y ética y estética se hermanan: fondo y forma , forma y fondo. El habla es lo que realmente hace caminar y volar a la lengua. Porque la lengua es fundamentalmente sonidos; lo mismo en el interior del cerebro que del corazón, y en la lectura dizque silenciosa de las ideas que propugnan el cambio y anticipan los años que vendrán.

De ahí la importancia de la radio, su responsabilidad gigantesca y el porqué la radio, de los medios de comunicación, es la más parecida a la literatura, la más emparentada con la democracia y la más comprometida con la libertad. La radio testimonia permanentemente la evolución del hombre y de su lengua, propone y cataliza, refleja y acompaña; pero no determina necesariamente, por lo menos no sola, no más que la realidad misma.

La radio: imposible de detener

En este sentido, para la radio no hay masas uniformes sino suma de grupos y voluntades, adiciones de minorías que hacen las mayorías. Quienes trabajamos en los medios (la radio particularmente) hemos de usar las palabras y construcciones gramaticales que entienden las mayorías. Buscamos audiencias (ratings) para soportar los costos de producción y transmisión y buscar (no es pecado) utilidades. Por lo menos en la radio comercial. En este medio, la “necesidad de impacto” es crítica. A diferencia de la prensa, donde la frase puede ser vuelta a leer, y de la televisión, donde la imagen soporta y hasta desplaza al verbo, en la radio “solo” podemos trabajar con las palabras, la música y los sonidos.

Porque además –y aquí está el desafío– hemos de atender (si queremos ser realmente democráticos) a todas aquellas minorías que hacen la suma de las mayorías: los homosexuales, los enfermos de SIDA, los gordos, los desesperados, los suicidas, los neuróticos, los insomnes, los que sueñan todavía, los feos (en Guadalajara tenemos en una emisora “El club de los feos” que es un “trancazo”); en fin, minorías que no lo son tanto.

Por eso, la radio democrática puede, y no necesariamente debe, adquirir otras intenciones, más allá del entretenimiento y la información; baste citar el título del libro de Julian Hale, La radio como arma política, donde dice “la radio es el único medio de comunicación masiva imposible de detener”. La radio es, pues, un arma en la insurrección, un garrote en la represión y una mesa en el diálogo.

Habría que recordar que el primer elemento de fuerza de la radio es su natural independencia como receptor, por su tamaño escindible y su potencia multiplicada al paso del tiempo. La radio es muy difícil de silenciar. La interferencia de una señal de radio no es la mejor alternativa para acallar sus mensajes. Cuesta cinco veces más interferir un programa que emitirlo. Por ello, estoy convencido de que la radio protagonizará el reto democrático del siglo XXI.

Y cuando hablo de democracia hablo sobre todo de una sociedad civil, cada vez más participativa y demandante. Una sociedad que –en el caso de México– ya planteó gritos y demandas en las calles, lo mismo en el 68, que en el 85, y que desde el primer minuto del primer día de 1994 hace oír su voz, reclamando (otra vez, no le hace) justicia, lo mismo en los procesos electorales, que en la aclaración de asesinatos políticos, en los que todos nos morimos un poco.

Ciertamente, las radios clandestinas rebeldes de las décadas recientes, deberían ser sustituidas por espacios plurales en las radios comerciales realmente inteligentes. Solo donde no hay democracia, y donde la radio esté sometida al poder del autoritarismo o de la dictadura abierta o embozada, las radios clandestinas seguirán justificando su existencia, como ha ocurrido en el pasado.

– “Aquí, Radio España Independiente; estación pirenaica, la única emisora española sin censura de Franco… transmitiendo por la onda…”.

– “Aquí La Voz de Argelia…”

– “Aquí… Centroamérica… Radio Venceremos…”

O los últimos instantes de la vida de Radio Alice en Italia, no muy lejos, la primavera de 1977: “…les comunicamos que los policías están intentando entrar… traen chalecos antibalas y sus pistolas en la mano… ya los vemos subir… han gritado que derribarán la puerta… pedimos por favor a los camaradas que conozcan a nuestros abogados que les avisen… si todavía hay tiempo… no… ya entran… ya están adentro… seguimos transmitiendo… ¿el micrófono?… tenemos las manos en alto… ¡el micrófono!”… los disparos… luego… el silencio…

No hay ningún otro medio con tan arrebatado poder de convocatoria, con el dolor para cada quien, con la alegría para cada quien, con la imaginación para cada quien ¿Qué pensarían los ingleses de Londres, qué imágenes verían en la víspera de los bombardeos, cuando Winston Churchill les dijo a través de la radio: “Compatriotas, solo puedo ofreceros, sangre, sudor y lágrimas”?

En esta América Latina nuestra de todos los días, agobiada por las crisis económicas recurrentes, y por sentidos y adoloridos atrasos, la palabra surge con un significado especial: libertad. Lo mismo en las batallas, que en la paz, la voz de la radio ha sido la voz de la democracia… la de las minorías que hacen mayorías.

A querer o no, la radio no ha rehuido, ni debe rehuir, su enorme responsabilidad en el perfeccionamiento de los procesos democráticos. Por última vez: la radio del siglo XXI será, fundamentalmente, transmisora de ideas expresadas en palabras. De ideas y palabras tan libres que podrán encontrar, o no, eco en sus audiencias, que bien pueden aceptarlas o rechazarlas, porque la libertad de la radio comienza en la libertad de sus audiencias: cambiar de estación

Una interrogación ilimitada

por Teódulo López Meléndez

Debemos marchar hacia la conformación de un clima cultural distinto, de un medio ambiente externo que permita el acceso de los ciudadanos a la enseñanza y a la práctica de una cultura de principios. Estamos inmersos en una cultura política inmóvil que nos ha robado la capacidad de decisión. Debemos desintoxicar a la sociedad venezolana y liberarla de tabúes y estereotipos y darnos cuenta exacta de cual es nuestro pasado y cual nuestro presente. Así aprenderemos cabalmente cuales son las causas de la pobreza y el subdesarrollo en un país de inmensa riqueza petrolera.

Digamos que existe una base psicológica de la democracia. Se ha llegado a definir la cultura democrática como la orientación psicológica hacia objetivos sociales. Esto es, la cultura política es la interiorización de la democracia y la orientación hacia el bien común. Es lo que se ha denominado también la conformación de un carácter nacional democrático. Aquí la democracia ha sido violentada sin que una opinión mayoritaria haya reclamado sobre la violación de los límites de legitimidad del gobierno; hemos visto a la gente, por el contrario, aclamando la verborrea violatoria. La democracia es una cultura de la responsabilidad colectiva en lo que sucede, con todo lo que implica como solidaridad y respeto. La democracia debe ser considerada como un sistema cultural y en ella va incluida la conciencia de que la democracia es una línea de fuga que usamos para construir la justicia, admitiendo las palabras democracia y dificultad como sinónimas.

Si vamos a analizar la cultura democrática hay que analizar el contexto en que se produce esa cultura dejando de lado la idea de limitarse a los laterales pues es a la sociedad misma donde debe irse. Es decir, a los conceptos de pertenencia y ciudadanía, con obligaciones y derechos, a la revalorización de la cultura como conciencia crítica. La democracia reposa sobre la autonomía humana y la cultura es un componente esencial de la complejidad de lo social-histórico. Lo que tenemos ahora es “un ascenso de la insignificancia” para decirlo con palabras de Cornelius Castoriadis (La crisis de la sociedad moderna, Transformación social y creación cultural, etc.) encarnada en despolitización, alienación, vaciamiento de los valores y un rechazo creciente de la sociedad a la idea de que se puede cambiar a sí misma. En resumen, de lo que somos testigos es de una desocialización sucedida artificialmente por los massmedias. Una democracia del siglo XXI tiene que tener necesariamente a una sociedad capaz de interrogarse sobre su destino en un movimiento sin fin. Esa nueva cultura democrática presenta una dimensión imperceptible, pero real, de una voluntad social que crea las instituciones. Hay que romper el encierro del sentido y restaurarle a la sociedad y al individuo la posibilidad de crearlo, mediante una interrogación ilimitada.

Debemos ver hasta donde los sujetos sociales se dan cuenta de lo que pasa. La cultura política cambia en la medida en que los ciudadanos descubran nuevas relaciones entre el entorno inmediato y el devenir social. En otras palabras, en el momento en que descubran lo social. Algunos han llamado esta mirada de compromiso una percepción de la “ecología política general” lo que debe generar un movimiento energético comprensivo. Para que ello suceda el cuerpo social debe estar informado y ello significa que pueda contextualizar con antecedentes propios y extraños, pasados y presentes. Si no posee la información no podrá actuar o actuar mal. La democracia del siglo XX se caracterizó por una información mínima suficiente apenas para actuar en lo individual. Si volteamos el parapeto y echamos la base para que el cuerpo social busque por sí mismo la información tendremos sujetos activos. El primer paso es el contacto entre los diversos actores sociales, lo que va configurando una cultura de la comunicación, una donde no necesitan de esa información como único alimento, sino que comienzan a necesitar del otro, lo que los hace mirar al mundo como una interconexión de redes. La comunicación con el otro reduce la importancia del yo. Si la información proviene exclusivamente de los entes dirigidos habrá una cultura de la información (necesidad de estar informado) y no una cultura de la comunicación (la necesidad de obtener del otro información). La existencia de una cultura de la información, sea en el grado que sea, siembra el autoritarismo. La existencia de una cultura de la comunicación siembra la libertad. Si avanzamos hacia lo que podríamos denominar una “sociedad comunicada” es evidente que esa sociedad se autogobierna aún usando los canales democráticos rígidos conocidos y puede autotransformarse.

Es evidente que una democracia del siglo XXI requiere de individuos y grupos sociales distintos de los que actuaron en la democracia del siglo XX. No se trata de una utopía o de una irracionalidad. Se trata, simplemente, de evitar que las energías se gasten en el refuerzo a una estructura jerarquizada y autoritaria no-participativa y de conseguir un salto de una sociedad que sólo busca información a una que busca la conformación de una voluntad alternativa lograda mediante la consecución de cambios en la forma social impuestos por un comportamiento colectivo. Se obtendrían así más libertad y más movimiento.

No se trata de una especie de conversión moral de la población para que se haga mejor, implementada por el Estado bajo una ética democrática. Se trata de una generación de convergencias en un tejido social en permanente consolidación. A los intelectuales nos toca plantear el trasfondo teórico al combatir un individualismo utilitarista, y por tanto egoísta, para sustituirlo por una sociabilización democrática.

Debemos concluir que la democracia es un proceso sin término. En cada fase del avance la cultura política juega un papel fundamental que permite autogenerarse y autoreproducirse. La democracia sólo es posible cuando se tiene la exacta dimensión de una cultura democrática. Debemos educarnos en una cultura de la comunicación democrática o volveremos al drama shakesperiano: Bruto grita al pueblo que ya es libre porque César ha muerto para que el pueblo le responda “Te haremos César”.

EL SISTEMA POLITICO MUNDIAL DEL SIGLO XXI: UN ENFOQUE MACRO-METAPOLITICO

por Alberto Rocha V

Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara

E-mail: alrova@mail.udg.mx

INTRODUCCION

Gobierno y gobernabilidad son problemas centrales de la política en este mundo de fines de siglo, debido a que la política moderna caduca y la política “posmoderna” logra establecer su lugar y definir su rol dentro de las nuevas realidades y de los nuevos problemas mundiales. Cierto, la desconfiguración política del mundo moderno, tanto en el nivel nacional como en el internacional, y la configuración de un posible nuevo mundo, traen consigo la problemática de conformación de una nueva dimensión política mundial. ¿Un nuevo sistema político mundial? Los procesos de globalización, supra-regionalización, continentalización y localización no sólo provocaron la crisis del mundo moderno, sino que a la vez, dentro de una perspectiva de transición, están trazando las nuevas líneas de esbozo de un nuevo mundo y de una nueva dimensión política mundial, que aún se encuentran al estado virtual. La crisis política del mundo moderno se resume en las crisis del Estado-nación, del sistema interestatal internacional y de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La emergencia de una dimensión política en el nuevo mundo, se puede visualizar como el conjunto de sus virtuales niveles espaciales global, supra-regional y local, junto a la redefinición del nivel nacional, donde ya se han planteado inéditos problemas de gobierno y gobernabilidad y, a la vez, la constitución de originales formas de lo político; esta dimensión política mundial, estaría conformada por cada una de las dimensiones políticas particulares de los niveles espaciales mencionados y, por sus interrelaciones (entre niveles) e intrarrelaciones (al interior de cada nivel).

La nueva dimensión política emergente, como acabamos de anotar, se encuentra todavía en estado virtual, en forma de esbozo de un gran escenario, al que le hace falta mucho para materializarse, tomar forma, decantar sus fundamentos, precisar sus funciones y afinar sus sentidos. Sin embargo, sus rasgos virtuales permiten ver una primera y posible configuración de él, donde lo político va tomando forma y la política va definiéndose en general sobre todo el mundo y en particular respecto a cada uno de los niveles espaciales. Bien podríamos hablar de lo político-mundial y de la política mundial, conformados por lo político y la política globales, lo político y la política regionales, lo político y la política nacionales y lo político y la política locales. ¿Un sistema político mundial multinivel y multidimensional? ¿Cómo

imaginar dicha organización política? ¿Cómo pensar la organización de lo político en cada uno de los niveles espaciales?

El estudio del virtual sistema político mundial requiere de un enfoque macro-meta político. Macro, porque parte del sistema mundial(el sistema social), teniendo presente sus dimensiones espaciales y temporales y sus escalas[1]. Meta, porque la política en el sistema mundial se transforma en acción transespacial interniveles e intraniveles o en práctica transnacional y mundial. Este enfoque permitirá aproximarnos a la dimensión política del sistema mundial como un (sub)sistema político, que se organiza por niveles espaciales y se dinamiza de manera transespacial.

1. LO POLITICO EN EL NUEVO MUNDO

2.

Los procesos de globalización, supra-regionalización, continentalización y localización cuestionan la realidad del mundo moderno y generan un nuevo mundo todavía en estado virtual. Está cuestionada la organización del mundo en tres niveles espaciales: internacional, nacional y local. Asimismo, están cuestionados y en crisis los componentes políticos del mundo moderno: el Estado-nación y el sistema político nacional, el sistema interestatal internacional y la Organización de las Naciones Unidas, esto si hablamos solamente de formas históricas. En realidad todos los componentes de lo político, bajo cualquiera de sus formas organizativas, se encuentran cuestionados: actores, prácticas, doctrinas, reglas, organizaciones, objetivos, entre otros. Los cuatro procesos mencionados, a la par del cuestionamiento, están generando un nuevo mundo organizado en cuatro niveles: global, supra-regional, nacional y local, esto es un nuevo sistema mundial de cuatro niveles espaciales (Ver figura “el mundo virtual del siglo XXI”). La dimensión política de este nuevo sistema mundial en formación puede ser concebida como un sistema político virtual, con niveles espaciales que se organizan y dinamizan políticamente de modo específico. En este sentido, este sistema político es mundial, porque se constituye como una unidad planetaria, y espacializado, porque se organiza por niveles espaciales. Posiblemente podamos referirnos a una dinámica política mundial, expresión de una dinámica política global y de unas dinámicas política supra-regionales, nacionales y locales.

Además este nuevo sistema mundial se caracteriza porque, en el nivel global, lo global es una realidad única, en cambio en los otros tres niveles, lo supra-regional, lo nacional y lo local son en sí mismas realidades múltiples. El nivel global es abarcado por un sistema global. El nivel supra-regional está poblado por una número importante de sistemas supra-regionales, el nivel nacional se encuentra ocupado por un número grande de sistemas nacionales y, el nivel local por un número mucho más grande de sistemas locales. En otras palabras,

posiblemente tendremos un sistema político global, un número pequeño de sistemas políticos supra-regionales, un número mediano de sistemas políticos nacionales y un número grande de sistemas políticos locales. Todo lo cual nos hace pensar en la complejidad del nuevo sistema político mundial: es una unidad planetaria, diferenciada por niveles espaciales y fragmentada en sus niveles inferiores. Se trata de un sistema político que se organiza en el espacio según niveles (espacialización), en donde el nivel global es una realidad única y los niveles supra-regional, nacional y local se constituyen cada uno como realidades múltiples. ¿Será esta la arquitectura del nuevo sistema político mundial? Pero sabemos que cuando decimos arquitectura nos referimos a la forma, ¿dónde se encuentran las bases de dicha forma? ¿Dónde se encuentran las bases de poder político de dicha forma política?

2. LO POLITICO GLOBAL

La globalización política es un proceso inicial, pues no ha logrado precisar todavía su forma, aunque ha cobrado mucha relevancia en estos últimos años. Esta importancia se debe a la presencia de crecientes problemas globales (científicos y tecnológicos, comunicacionales, económicos, sociales, políticos, culturales, medioambientales, entre otros), que necesitan solución por medio de una regulación pública y, por lo tanto, contribuyen a configurar una dimensión de asuntos públicos globales. Esta es una dimensión política global que no tiene precedente en la historia de la humanidad, es un fenómeno original; además se encuentra como una realidad virtual o esbozo de escenario. Pero a partir de sus primeros indicios y manifestaciones, se han logrado elaborar algunas primeras aproximaciones sobre ella(Amin, 1999; Beck, 1998; Castells, 1999; Giddens, 1999; Held, 1997, los más importantes). Apoyados en estas aproximaciones, anotamos que la dimensión política de la globalidad se estaría configurando a partir de los siguientes elementos: 1. Gobierno global (ejecutivo, legislativo y judicial), con capacidad para implementar una gobernabilidad (dirección política y gestión pública)adecuada. 2. Sociedad civil global, demandante y participativa. 3. Democracia global o cosmopolita participativa. 4. Ciudadanía global. 5. Derechos y deberes políticos globales. 6. Derecho público global. 7. Etica global, etcétera.

Ahora bien, si relacionamos adecuadamente a todos estos elementos, en realidad lo que se estaría configurando, en la dimensión política global, es un régimen político global, es decir, la constitución de una forma política a partir de la relación de un gobierno global y de una sociedad civil global, en lo fundamental. Tal régimen político global, para quedar instituido, necesita de una suerte de contrato social global, acordado por la ciudadanía global en el ámbito de la sociedad civil global; pero necesita también, para funcionar bien, de la

legitimidad que le proporciona la democracia. Este régimen político debería proporcionar la gobernabilidad democrática global necesaria en el nivel global.

¿Cuáles serían los alcances y limitaciones del régimen político global? Avanzamos una respuesta general. La dimensión política global se sitúa por arriba de los niveles supra-regional, nacional y local, por eso los abarca y determina, pero también está limitada por ellos. En efecto, la solución de los problemas globales tiene repercusiones transnacionales (condiciona la política de todos los demás niveles), pero no puede afectar la especificidad de la política de éstos, es decir no tiene capacidad para intervenir en la resolución de los problemas públicos que se presentan en cada uno de los otros niveles. A esto se le ha llamado principio de subsidiariedad, pues un nivel tiene autonomía (capacidad) para resolver sus problemas específicos, a condición de dejar y delegar la solución de los problemas que lo desbordan o trascienden a los otros niveles, lo cual conlleva una cesión de soberanía de abajo hacia arriba.

El régimen político global, por encontrarse en el nivel espacial más elevado del sistema político mundial, se beneficia de la delegación de soberanía de todos los niveles espaciales inferiores para resolver específicamente problemas globales. Esto conduce a pensar que el régimen político global reposa sobre las dimensiones políticas de los otros niveles espaciales, más precisamente sobre las formas políticas de estos niveles. Aunque, como veremos a continuación, esto no es necesariamente así. Como se puede apreciar (ver esquema “el sistema político mundial del siglo XXI”) las formas políticas de los niveles inferiores se encuentran comprendidas en las formas políticas de los niveles superiores, lo que obligatoriamente propicia el contacto directo de las formas políticas supra-regionales con el régimen político global. Este al parecer reposaría sobre las formas políticas supra-regionales. ¿Serán acaso estas formas políticas supra-regionales las bases estructurales de poder político del régimen político global?

Antes de continuar, consideramos importante formular la pregunta siguiente: ¿Por qué un régimen político global y no un Estado mundial? La respuesta se encuentra en el tipo de sistema mundial que se está constituyendo en el planeta. Este sistema mundial es una unidad de la diversidad. Todo parece indicar que su grado de integración (económica, social, política y cultural) como unidad no alcanzará el punto de una homogeneidad “total”, pues la tendencia homogeneizante se ha instalado sólo en el nivel espacial global como proceso de globalización, mientras que la tendencia heterogeneizante se desenvuelve en los otros tres niveles espaciales como supra-regionalización, continentalización y localización. La homogeneidad sólo se desarrollará en un nivel espacial, mientras que la heterogeidad se desenvolverá en todos los demás niveles espaciales. Bien, el nuevo sistema mundial será uno donde se establecerá una multiléctica entre homogeneidad y heterogeneidad, entre

globalización y supra-regionalización, continentalización y localización, y entre estos tres últimos procesos entre sí. A lo cual habría que añadir la tendencia posnacional, que también abona el terreno de la heterogeneidad. Para que un Estado mundial emerja en el mundo, se hubiera requerido un sistema mundial totalmente globalizado, o al menos una situación planetaria algo semejante. Las regiones supranacionales, las dinámicas continentales, las sociedades posnacionales y los ámbitos locales, impiden todo proyecto de Estado mundial.

De otra cosa se trata cuando un Estado nacional, con características de “superpotencia” (EE.UU. de N.A.), en el contexto de la transición histórica en la que nos encontramos, cuyo rasgo fundamental es la indeterminación, ensaya o proyecta un rol de Estado mundial en función del alcance planetario de algunos de sus recursos: empresas transnacionales, moneda, diplomacia, fuerzas armadas, etcétera. En este sentido, algunos ensayos ya se han realizado y tienen nombre, aunque parecen esporádicos. Pero, ya se ha dicho que como proyecto se asemejaría más a un imperio (unipolaridad) que a un mundo multipolar, como es el caso del nuevo mundo emergente, donde además de EE.UU. se encuentran Alemania, Japón y China (Petras y Morley, 1998; Jaguaribe, 1998). Este proyecto imperial, solamente habría avanzado en un contexto de globalización total, de unipolaridad y de transformación del Estado nacional superpotencia en un Estado mundial imperial. Y ya hemos visto que no es posible.

3. LO POLITICO REGIONAL SUPRANACIONAL

En el nivel espacial regional sigue en curso un proceso de conformación de sistemas regionales supranacionales. Aquí no importa conocer el número de los ya existentes, sino nos interesa saber que están presentes en todos los continentes del mundo y, que el mundo tiende a organizarse en sistemas regionales supranacionales. También importa entender que el proceso de regionalización está inconcluso, pues no ha logrado establecerse en todas las partes del mundo todavía.

Cada vez son más los trabajos que abundan sobre la importancia de esta tendencia y de las regiones supranacionales que impulsa. Analistas como Amin (1999), Fossaert (1991), Held (1997), Comisión de Gestión de los Asuntos Públicos Mundiales (1995), CEPAL-ONU (1959, 1994) entre otros, han puesto mucho énfasis en el rol de las regiones supranacionales y de su respectiva dimensión política. Las regiones son consideradas como un componente estructural esencial del nuevo mundo en formación. La idea presente es la de un nuevo mundo global y supra-regional, donde lo uno y lo otro se articulen complementaria y contradictoriamente, que lo global abarque lo regional, sin disolverlo, y repose sobre él; y que lo regional alcance e intervenga en lo global, sin distorsionarlo, y se inspire de él.

En trabajos anteriores ya hemos expuesto nuestros desarrollos analíticos sobre las regiones supranacionales como sistemas regionales supranacionales. Hemos visto que están conformados por

las dimensiones económica, social, cultural y política. Aquí nos concentraremos en la dimensión política. Lo que hipotéticamente hemos sustentado sobre esta dimensión política es que en ella se estaría constituyendo un sistema político regional supranacional, una nueva forma política sobre la base de la relación de un gobierno regional, un Estado regional y una sociedad civil regional. Este sistema político contaría con Estado y régimen político. El Estado sería posiblemente un Estado-región supranacional, una nueva forma histórica de Estado; y el régimen político sería posiblemente un régimen político regional supranacional, también una nueva forma histórica de régimen político.

A diferencia del nivel global, donde sólo se concibe la conformación de un régimen político, en el nivel regional y para el caso de cada posible supra-región se proyecta un régimen político y un Estado. Un régimen democrático capaz de establecer gobernabilidad en la comunidad política y un Estado de derecho competente en la administración de los bienes públicos. ¿Por qué en la supra-región esto sería posible? La supra-región es producto paulatino de un proceso de integración de sociedades nacionales en algo que bien pude ser entendido como una formación social regional supra-regional (economía regional, sociedad regional, cultura regional y política regional), con el grado de unidad, homogeneidad y complejidad requeridos. En este caso las realidades, procesos y problemas económicos, sociales y culturales regionales conducen a lo político y la política regional, a una dimensión política regional y a un sistema político regional.

No nos detendremos en este trabajo para hacer el análisis de estas nuevas formas políticas. Solamente anotaremos que su proceso de constitución implicará avances y retrocesos, así como prosecución de vías diferentes, en el corto, mediano y largo plazos, según los casos de regiones en el mundo. En la Unión Europea, por ejemplo, mismo si su nivel de institucionalización es sumamente avanzado, cuenta con un Consejo Europeo, un Consejo de Ministros, una Comisión Europea, un Parlamento Europeo, un Tribunal de Justicia, un tribunal de Cuentas y un Comité Económico y Social, además de la institución de una ciudadanía europea, entre otras instituciones, en la actualidad se enfrenta al problema de profundizar el nivel integración política acorde con el nivel de integración económica, de Unión Económica. Y en el camino de resolución de este problema, primero, se encuentra la resistencia de los gobiernos nacionales para ceder más soberanía y de los Estados nacionales para subordinarse a una dinámica supra-regional; segundo, se presenta la disyuntiva entre un sistema político regional supranacional, basado en el principio federativo de subsidiariedad, y una comunidad política intergubernamental de tipo confederativa, intergubernamental y cooperativa; tercero, también está planteado el desafío democrático de legitimidad y legalidad de todas las instituciones y de participación de los ciudadanos (Duverger, 1994). En algunas subregiones de América Latina y el

Caribe también se ha avanzado en el proceso de integración política por la vía de su institucionalización, como son los casos de la CAN, el SICA, el MERCOSUR y la CARICOM. En estos sistemas subregionales, en la medida en que se avance en el proceso de integración, también se presentarán problemas similares a los de la UE.

Después de estos desarrollos es muy importante saber que el universo de las regiones que se está configurando en el mundo es sumamente heterogéneo en sus magnitudes y potencialidades, existen macro, meso y microsistemas regionales supranacionales. Hasta el momento, por sus magnitudes y potencialidades, solamente el TLCAN, la UE y la región Asia Pacífico pueden ser considerados como macrosistemas. De hecho estas tres macro-regiones se han vuelto centrales y hegemónicas en el nuevo mundo emergente, donde se forma una semiperiferia con mesosistemas regionales y una periferia con microsistemas regionales. De los tres hegemones o macrosistemas regionales dependerá la conformación del orden supra-regional, sin descartar las interrogantes sobre China, India y Rusia. Anotamos en consecuencia que este universo se caracteriza por el desarrollo desigual y la jerarquía de los sistemas regionales. Aquí, una vez más los meso y microsistemas regionales, en contradicción y cooperación con los macrosistemas, tendrán que promover sus propias perspectivas de desenvolvimiento económico, social, político y cultural.

Los macrosistemas regionales, por sus potencialidades, están dotados de la capacidad de iniciativa geopolítica en espacios continentales afines: el TLCAN en el continente americano, la UE en el continente europeo y la región Asía Pacífico en el continente asiático. Lo cual está generando tres dinámicas geopolíticas continentales donde los macrosistemas establecen relaciones con los meso y microsistemas regionales existentes. Estas relaciones son depositarias de vicios de hegemonía, jerarquía y asimetría, y no tanto de virtudes de cooperación. Aquí también los meso y micro sistemas regionales tendrán que defender sus propias perspectivas históricas y de desarrollo. Así por ejemplo, América Latina y el Caribe tienen mucho que ganar formando una supra-región con su propio destino, por muchas razones, y mucho que perder enganchándose solamente como subregiones y países a la “locomotora” norteamericana de la continentalización del mercado. Formando una meso-región supranacional se podría participar en la continentalización con mejores condiciones y posibilidades.

Si la regionalización se instala en todo el mundo y las regiones supranacionales se consolidan, estaremos en un mundo globalizado y regionalizado o, mejor, en un nuevo sistema mundial global-regional. En él posiblemente lo global quedará definido como un sistema general y limitado en el nivel espacial global y, lo supra-regional como un conjunto de sistemas regionales particulares; lo que nos conduce a pensar en la forma general externa y las estructuras particulares internas del nuevo sistema mundial. En este sentido,

bien podemos sustentar que la globalización reposa sobre la regionalización y que lo global se asienta sobre lo supra-regional. De igual manera, podemos plantear que el régimen político global tiene sus bases en los sistemas políticos supra-regionales.

Todo esto es sumamente importante, pues sostenemos que el nivel espacial supra-regional está destinado a convertirse en el nivel espacial referente, básico o pivote, a partir del cual se afirmarán, por arriba, el nivel global y, por abajo, los niveles nacional y local. Por eso decimos que lo global reposa sobre lo supra-regional y el régimen político global se basa en los sistemas políticos supra-regionales. Todo lo cual nos conduce a reflexionar sobre la estrecha relación que existe entre el proceso de constitución de un régimen político global y los procesos de conformación de los sistemas políticos supra-regionales. En otras palabras, un régimen político global solamente podrá edificarse plenamente sobre la base de gobiernos y Estados-región supranacionales y de las sociedades civiles correspondientes.

4. LO POLITICO POSNACIONAL

Los sistemas políticos nacionales y, sobre todo, el Estado-nación sufrieron un impacto por los procesos de globalización, regionalización, continentalización y localización. El Estado- nación se encontró sometido a dos movimientos, uno exógeno, que lo llevaba hacia fuera de sus linderos de acción y, otro endógeno, que lo obligaba a bajar e ir hacia adentro de esos mismos linderos. A estos movimientos les hemos llamado procesos de desnacionalización y de nacionalización del Estado. Dos procesos opuestos, que de alguna manera “desmantelan” progresivamente al Estado nacional. En relación con su facultad soberana y su capacidad de gestión, el primer proceso lo conduce hacia los niveles global y supra-regional, y el segundo proceso hacia el nivel local.

En el nivel global, para contribuir en la construcción de un régimen político global tiene que ceder soberanía y algunas de sus capacidades administrativas. De igual manera, en el nivel supra-regional, para participar en la edificación de un sistema político regional y de un Estado regional tiene que transferir soberanía y capacidades administrativas en mayor cantidad. Esto por que para formar una región supranacional es necesario un proceso de integración de varios sistemas sociales nacionales y un compromiso mayúsculo de los Estados nacionales correspondientes con la génesis del Estado regional. Esta nueva forma estatal, es una nueva forma histórica de Estado, un Estado-región supranacional, que como tal será un actor hegemónico de la política regional y tendrá un rol central en la política global y supra-regional. En consecuencia, el Estado-nación habrá perdido los dos rasgos capitales que lo proyectaban como la forma política histórica de la modernidad.

Respecto del nivel internacional, habría que decir que queda comprendido en cada sistema regional supranacional y sometido a un proceso intenso de cambios en la medida del avance del proceso integrador regional. Lo internacional cambia en transnacional

regional. Y al modificarse el universo de las relaciones políticas internacionales se mueve el piso sobre el cual se erige la Organización de las Naciones Unidas y esta hace crisis y declina. No nos extrañen, pues, las propuestas de reforma, proyección y superación que se han elaborado para resolver su crisis y para enfrentar sobre todo el problema fundamental de gobierno y gobernabilidad global ya presente.

Hacia el nivel local también el Estado-nación cede soberanía y capacidades administrativas, en un intento tardío de nacionalización y de fortalecimiento de la nación, como lo veremos en el punto siguiente. En términos generales, ¿qué quedará del Estado nacional después del impacto exógeno desnacionalizador y endógeno nacionalizador?

La respuesta solamente puede elaborarse en perspectiva. Primero, el nivel espacial nacional no será más el plano de referencia básica del sistema mundial. Segundo, los sistemas sociales nacionales se habrán desconfigurado y reconfigurado como parte de un sistema regional supranacional. Tercero, los sistemas políticos nacionales se modificarán radicalmente. Cuarto, el Estado-nación, se reduce, no es más hegemónico ni central y deja de ser nacional; se transforma en una forma política y administrativa de mediación (entre lo político suprarregional y lo político local), subordinada al Estado-región supranacional y funcional a los gobiernos locales regionales y locales municipales. Esta forma política y administrativa de mediación es el Estado posnacional. Quinto, ¿y qué pasa con la nación? La nación, referente periférico y marginado del Estado nacional en los sistemas políticos nacionales, posiblemente emprenda un proceso de reconstitución desde lo local, desde sus regiones, entidades estatales y municipios. ¿Una Nación-estado? ¿El fin de la república (cosa pública)? Posiblemente el final de esa cosa política, alejada de la sociedad civil e inalcanzable por los ciudadanos; el fin de esa cosa pública que ha mutado en cosa privada de la clase política. ¿La inauguración de la domopública (la casa pública, al fin)? Posiblemente lo político y lo público alrededor y al servicio de la sociedad civil y habitado por los ciudadanos. Para lo cual será necesario separar entre lo público para la gestión de las cosas, el estado, y, lo público para el gobierno de los ciudadanos, el régimen político. Este podría establecer un vínculo privilegiado con la sociedad civil y los ciudadanos por medio de un parlamento espacializado por niveles y la institución de una democracia participativa, síntesis entre democracia representativa y democracia directa. ¿El inicio de la centralidad y hegemonía de la sociedad civil sobre el estado?

5. LO POLITICO LOCAL

La localización promueve la configuración (donde no existía) y la reconfiguración (donde ya existía) de formas políticas locales (regiones, entidades federativas y municipios) en el nivel espacial local del mundo emergente. La localización es un proceso endógeno y centrípeto que va del nivel nacional al nivel local, va de contextos

nacionales a contextos subnacionales. Es un movimiento donde lo político nacional, que es central, es cuestionado y, como consecuencia, encaminado hacia el nivel local. Esta predisposición y encaminamiento hacia el nivel local es un proceso de descentralización política. El Estado nacional unitario y el Estado nacional federal (centralizado), transfieren capacidades políticas y administrativas a gobiernos regionales y estatales, por un lado y, también, a gobiernos municipales, por otro lado. Los gobiernos regionales y estatales cobran autonomía jurídico-política y se autodeterminan en cada uno de sus ámbitos espaciales. De igual manera, los gobiernos municipales siguen esta perspectiva en cada uno de sus ámbitos espaciales específicos. Todo esto es una tendencia en curso en el mundo y con desarrollos muy heterogéneos tanto en Europa, donde más se ha implantado, como en América del Norte, América Latina y otros lugares del mundo (Nohlen, 1991; Boisier, 1995; Borja y Castells, 1998).

Lo político en el nivel local se configura en términos de sistemas políticos locales con sus respectivos gobiernos regionales y estatales, además de los gobiernos municipales. De estos sistemas políticos locales, regionales y estatales, cuya estructura interna toma la forma de gobiernos municipales, dependerá la reconstitución de la (post)nación en términos multinacionales (o también implosionar y fragmentarse) y la emergencia de una nueva sociedad civil mucho más plural, así como un proceso de reinvención de la democracia (representativa y directa) hacia una democracia participativa, dialogante y deliberativa.

Ahora bien, las regiones y las nuevas entidades federativas, no solamente se configuran y reconfiguran cuestionando al Estado central (lo arrastran hacia abajo), sino que además lo hacen desbordándolo (proyectándose hacia arriba). Hacia abajo ya hemos visto lo que sucede. Hacia arriba la proyección va hacia el plano regional supranacional, es decir, regiones y entidades federativas buscan conformarse en relación con sistemas regionales supranacionales y, quizás, constituirse en bases de apoyo de la dinámica regional supranacional. En este sentido, es sumamente interesante lo que James Scott sostiene para el caso de la UE: “A diferencia de lo que pasa en América del Norte, el activismo regional en Europa se debe observar a la luz de un profundo proceso de integración política. Las regiones de Europa cuentan, en el marco de la UE, con nuevas competencias y más derecho a participar en la formulación de la política nacional y europea. En el marco de los tratados de Maastricht se creo una “comisión asesora de las corporaciones territoriales regionales y locales”. Esta comisión regional, en funciones desde principios de 1994, debe actuar como representante de los intereses y como portavoz de instancias regionales y comunales e influir en los organismos de la UE cuando se tocan asuntos regionales”. “A diferencia del TLC, la UE se entiende como un proceso de integración política y económica. Con la

evolución de las instituciones supranacionales cambia también la posición de organismos subnacionales. Hay indicios de que en el contexto de la integración europea tiene lugar una regionalización “controlada” o instrumentada que otorga a las regiones nuevas posibilidades de autodeterminación económica y política y de cooperación internacional al margen de los intereses nacionales”[2]. ¿Es sobre todo por esto que las entidades regionales y estatales tienden a generar dinámicas intensas e inéditas? Todo parece indicar que las regiones subnacionales han iniciado un movimiento de desvinculación de los sistemas sociales nacionales y de acoplamiento con los sistemas regionales supranacionales, con la finalidad de mostrarse e implantarse como sus soportes y “motores”. En el nivel local seguramente vamos a observar un gran dinamismo de configuración y reconfiguración de regiones y de entidades estatales, de asociación horizontal entre ellas y de acoplamiento con las regiones supranacionales.

6. EL SISTEMA POLITICO MUNDIAL DEL SIGLO XXI

En este punto ya no retomaremos los desarrollos realizados en los puntos anteriores. Aquí solamente queremos mostrar un esquema sintético e ilustrativo del virtual sistema político mundial. En él se denota su dimensión mundial y se muestran sus niveles espaciales y las formas políticas generales y particulares correspondientes. También se señalan las dinámicas políticas verticales interniveles y las dinámicas políticas horizontales intraniveles. (Ver esquema “El sistema político mundial del Siglo XXI). Como nos encontramos en un momento culminante del análisis, consideramos importante mencionar los dos aportes que fueron decisivos para el desarrollo de este trabajo. En primer lugar, de Peter

J. Taylor (1994), “estructura geográfica vertical tripartita” que permite analizar el sistema mundial moderno en tres escalas: la escala global, asociada a la realidad, donde se concretan la economía-mundo, el mercado mundial y el sistema interestatal; la escala nacional, asociada a la ideología, donde se materializan el Estado-nación, la economía nacional y el pueblo; finalmente, la escala local, asociada a la experiencia, en donde se constituye el hogar, se realiza el trabajo y manifiestan las necesidades fundamentales. Según Taylor, este sistema-mundo o economía-mundo es un “único proceso que se manifiesta en tres escalas”; en esta economía-mundo la escala global permite la realización total y final del sistema, y la escala nacional, actúa como mediadora y filtro político entre la escala global y la local. La economía es mundial y la política es nacional, ésta para mundializarse necesita conformar un sistema interestatal internacional. En otras palabras, el sistema político mundial moderno reposa sobre el nivel nacional y, específicamente, sobre los Estados-nación. En segundo lugar, de David Held (1997) la “democracia cosmopolita”, basada en “diferentes niveles de decisión” o de “geogobiernos”. El nuevo mundo está conformado por cuatro niveles espaciales: el global, el regional, el nacional y el global. En el

primero, el gobierno global implica grados de interconexión e interdependencia que sobrepasan el alcance de las autoridades regionales, nacionales y locales. En el segundo, los gobiernos regionales se caracterizan porque necesitan de mediaciones transnacionales a causa de la interconexión de las decisiones nacionales. En el tercero, los gobiernos nacionales son los que se ocupan de los problemas que afectan a una población particular en el ámbito de un territorio nacional. Por último, en el cuarto, los gobiernos locales se establecen en relación con las cuestiones del trabajo y de la vecindad y tienen que ver más directamente con la asociación de las personas para resolver sus problemas básicos e inmediatos. Todo este orden implica “distintos dominios de autoridad, conectados tanto vertical como horizontalmente”, lo que bien puede ser “un nuevo complejo institucional de alcance global”. Es importante anotar que siendo la propuesta de “democracia cosmopolita” mucho más compleja, nosotros nos hemos limitado a exponer aquí lo esencial.

Resumo, Taylor y Held, con las obras “Geografía Política” y “La Democracia y el Orden Global” respectivamente, en la investigación sobre el sistema político mundial virtual, me aportan el análisis del cruce de las variables política/espacio y gobiernos/niveles espaciales, lo cual es esencial para comprender y explicar los nuevos fenómenos políticos de fines de siglo y del siglo XXI. El encuentro con estos dos autores y estas dos obras, me permitieron seguir el curso de mis investigaciones con mayor certeza, dentro de lo que cabe, en la transición histórica planetaria en la que nos encontramos.

CONCLUSIONES:

1. El virtual sistema político mundial es una realidad macropolítica. El posible sistema político mundial que hemos presentado y analizado es una realidad política sumamente compleja y extensa. Es compleja porque se constituye en cuatro niveles espaciales, cada nivel espacial se organiza de manera específica: en el nivel global, un régimen político global; en el nivel supra-regional, “x” sistemas políticos supra-regionales; en el nivel nacional, “y” sistemas políticos posnacionales y, en el nivel local “z” sistemas políticos locales; además, cada una de las formas políticas tienen sus propias dinámicas. En general, el sistema realiza dinámicas políticas horizontales (en cada nivel) y dinámicas políticas verticales (entre los niveles). Entre estas dinámicas, la dinámica política global es preponderante (prevalece o es más importante) y la dinámica política supra-regional es determinante (rige o fija los términos de las otras). Es extensa porque es una realidad política planetaria que abarca dimensiones políticas macro, meso y micro a la vez. En este sentido lo político mundial es de naturaleza macropolítica.

2. Los actores socio-políticos cambian en actores transnacionales. Los actores sociales y políticos tienen como desafío al mundo y sus problemas, en esa medida tienden a organizarse en cada uno de los niveles espaciales y a través de éstos, desde el nivel local hasta el

nivel global, posiblemente conformando redes sociales y políticas de naturaleza transnacional. Para abarcar el mundo los actores sociales políticos se organizan por niveles espaciales y a escala planetaria. Todo lo cual trae consigo problemas culturales sumamente complejos y, sobre todo, de identidades, que posiblemente se procesarán de manera específica en cada forma política general por niveles. Posiblemente un sujeto individual pueda poseer una identidad múltiple: local, posnacional, regional supranacional y global.

3. La acción política también se vuelve acción política transnacional. La acción política que desarrollan los sujetos socio-políticos no se detiene en el límite de una forma política general, la sobrepasa, desde las formas políticas del nivel espacial local hasta el global, de abajo hacia arriba y viceversa. En este sentido es transnacional, aunque es menester precisar que tendrá rasgos muy específicos que estarán determinados por la forma política general del nivel espacial. Así siempre se tendrá políticas local, posnacional, supra-regional y global, cada una con sus objetivos bien definidos y delimitados por la forma específica en la que se desenvuelve en cada nivel espacial.

4. Las doctrinas políticas se transforman en doctrinas políticas globales. Los actores socio-políticos requieren de doctrinas globales capaces de orientar sus prácticas transnacionales. Una doctrina de alcance sólo local o nacional o supra-regional tendría muchas limitaciones para representar al nuevo mundo en formación, dotar de sentido y guiar las acciones de los nuevos actores socio-políticos dentro de él. En cambio, las doctrinas de alcance global sí reúnen estas capacidades. Es el caso del neoliberalismo y del ecologismo, seguidos de la “tercera vía”.

5. La democracia se dota de alcances globales. En todas las formas políticas generales y particulares de cada uno de los niveles del nuevo mundo emergente se han planteado los requerimientos de la democracia. La democracia representativa, aceptada en la generalidad, es vinculada con la democracia directa, desarrollada por muchos movimientos sociales, para dar lugar a una democracia participativa, más consentida, incluyente, equitativa, responsable, y cerca de los ciudadanos. En este sentido, autores como D. Held han propuesto una “democracia cosmopolita” y A. Giddens una “democracia dialogante”.

6. La teoría política deviene en macro-metapolítica. El estudio del virtual sistema político mundial, como nuevo objeto de investigación de la politología, requiere de una nueva teoría política con las características de macro y meta. Macro porque esta teoría debe dar cuenta de un objeto de investigación de dimensión mundial(planetario), complejo (por su forma espacializada)y heterogéneo (toma formas específicas diversas en cada uno de sus niveles espaciales). Meta debido a que esta teoría tiene que tener la capacidad de explicar las dinámicas políticas horizontales intraniveles y las dinámicas políticas verticales interniveles, es decir explicar el

movimiento político total del nuevo sistema político mundial en formación.

Todas estas conclusiones nos llevan a pensar y plantear la necesaria reinvención de la politología. Están cambiando radicalmente la realidad política, los actores sociales y políticos, las prácticas políticas y las doctrinas políticas, tanto en el nivel nacional como en el internacional. Estos cambios de fondo y de forma de lo político y de la política, cuestionan el estatuto de la politología (Ciencia Política y Estudios Políticos Internacionales) y exigen su renovación. Los seis planteamientos de estas conclusiones pretenden contribuir en el proceso de reinvención de la politología.

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Notas

[1] Estos planteamientos forman parte de la “macrosociología” de Robert Fossaert: L’avenir du socialismo, Stock, francia, 1996. Se pueden consultar los capítulos 7, 8, 9 y 10 de la obra citada. Anoto que este enfoque teórico y metodológico es muy cercano de la “ciencia social histórica” desarrollado por Immanuel Wallerstein: “Análisis de los sistemas mundiales”, en A. Giddens y J. Turner (et al): La teoría social, hoy, Alianza Editorial, México, 1991; “Inventar nuevas formas de escribir la historia”, Rev. Semanal de la Jornada No 194, 28 de febrero de 1993. Además ambos enfoques se caracterizan por su transdisciplinariedad o unidisciplinariedad, puesto que conciben a la sociedad como una unidad de relaciones económicas, sociales y políticas.

[2] James Scott, “Tesis sobre el contexto supranacional del activismoregional: posibles consecuencias en los nuevos estados de la República Federal de Alemania”, en Jesús Arroyo Alejandre (compilador): Regiones en transición. Ensayos sobre integración regional en Alemania del este y en el occidente de México, Universidad de Guadalajara, México, 1995. En la obra citada, otros autores siguen la misma perspectiva de análisis del trabajo de Scott. Así por ejemplo el trabajo de Michael Arndt: “Repercusiones regionales de los nuevos bloques económicos: el Mercado Común Europeo y la situación de los nuevos estados federados”; de Christian Weise: “Entre la Unión Europea y Bonn: La situación de los nuevos estados alemanes”, entre otros más.

El siglo XXI será ético o no será


por Marta Oyhanarte

“El siglo XXI será ético no será”, escribió el autor francés Gilles Lipovetsky en un ensayo reciente. Como signo vital de un país que quiere ser, en la Argentina de hoy se vislumbra una lucha sin cuartel por la recuperación de la ética. El encubrimiento, la arbitrariedad, el favoritismo, la complicidad, la impunidad, llenan de hartazgo a una ciudadanía cada vez más inquieta. La corrupción marca un riesgo de decrepitud moral que muchos no estamos dispuestos a facilitar. La corrupción penetra todas las áreas sociales, pero la indignación ciudadana pone su mira, comprensiblemente, en lo que debería ser el ámbito más noble de la vida pública: la política. Así, el vínculo entre ética y política aparece como el necesario debate estratégico que la sociedad reclama.

La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires fue el epicentro de un intento delictivo que seguramente no sorprendió a muchos, ¿Por qué la Legislatura habría de permanecer impoluta en una sociedad con corrupción “metastásica”?. Es deseable que sorprenda la respuesta que la institución genere. Respuesta que deberá ser la demostración de que viejas y nocivas prácticas políticas empiezan a agotarse. Integrantes del cuerpo legislativo solicitaron coimas para facilitar el ingreso a compras y contrataciones de la institución. Las aristas negativas del intento son el hecho que pretendió instaurar prácticas delictivas, un plus al deterioro de la imagen del cuerpo y como toda situación crítica también tiene en sí misma la posibilidad de superación y resarcimiento. Esta posibilidad se ha expresado en la actitud decidida de dos funcionarios administrativos que con la denuncia frenaron la consumación del delito, una respuesta institucional sin demoras ni encubrimientos, prudencia y firmeza de todos los bloques políticos en el tratamiento del tema.

En estos días como consecuencia de ello, el presidente del bloque radical debió reemplazar su pedido de licencia por la renuncia a aquel cargo directivo. Estos hechos deben general reflexiones nuevas.

¿Qué es la política? ¿El ejercicio de una vocación de servicio o una oportunidad personal? ¿A quién o a quiénes se debe lealtad? ¿a la Constitución, a las leyes, a la ciudadanía, o a un grupo de amigos?; ¿Qué es una institución pública’? ¿Un ámbito para que el esfuerzo colectivo permita construir una sociedad más justa o un espacio que se captura para el beneficio de unos pocos?; ¿Qué son las leyes? ¿El ideal que debe guiar el comportamiento o un estorbo para algunos intereses?

De las respuestas que demos, dependerá que la vergüenza y el dolor por algunos hechos lamentables fructifique en fortaleza y responsabilidad social para construir un país mejor.

En la Argentina de hoy es imprescindible poner el mayor empeño en moralizar el poder político porque el peligro que nos amenaza es la insostenible disociación entre la ética y la política. La política sin ética oculta indiferencia o desprecio hacia la gente, hacia sus necesidades, hacia su sensibilidad, hacia su inteligencia.

No temamos devolverle a la política sentido autocrítico, visión humanística, calidad espiritual, porque sin ética, sin moral pública, peligrará el porvenir de la democracia y la posibilidad de “ser” en el ya cercano siglo XXI.

* Marta Oyhanarte es legisladora de la Ciudad de Buenos Aires.

Fuente: The Internacional Raoul Wallemberg Foundation

Cambios para el siglo XXI

Un encuentro internacional reúne en Barcelona a lo más granado de la sociología actual para debatir sobre las nuevas formas de pensar la realidad

por Xavier Theros

La lista de temas era de vértigo: desde las transformaciones de la juventud al desarrollo sostenible, del futuro de la democracia a la revolución femenina, pasando por el racismo, la educación o las nuevas formas de pensar la realidad. Durante cuatro días, más de 3.000 profesionales de la sociología venidos de todo el globo han participado en Barcelona en el primer fórum organizado por la Asociación Internacional de Sociología (www.isa-sociology.org).

“En el futuro la idea de juventud no tendrá sentido”, asegura Maffesoli

El encuentro tuvo una charla previa, la conferencia sobre el cosmopolitismo del profesor neoyorquino Craig Calhoun, que puso en duda ese modelo globalizado que defiende la desaparición de las identidades nacionales en aras de una supuesta identidad común. Por el contrario, Calhoun habló de ese grupo formado por personas que se expresan en inglés, viajan con frecuencia y tienen amistades en los lugares más insospechados del planeta -“como los asistentes a congresos internacionales”-, incapaces, no obstante, de saber el nombre de su vecino de rellano. Una élite que vive la ficción de sentirse “ciudadanos del mundo” y cuya percepción de la realidad no suele ir más allá de los vestíbulos de los aeropuertos y de los hoteles de la cadena Hilton. Y esto, añadió, no tiene color político ya que la izquierda “pija” ha olvidado ya la lucha social o incluso lo que sucede en su entorno inmediato en aras de este cosmopolitismo de lujo. “Los únicos ciudadanos del mundo que hay hoy en día son los refugiados que no encuentran país que les acoja y tienen que vivir con la carta de la ONU”, concluyó. Comenzaba así el fórum, con un aldabonazo en toda la frente.

Hubo cierta inquietud ante la noticia de que el octogenario Zigmunt Bauman -principal estrella del programa- se había visto obligado a cancelar su intervención por el ingreso, a última hora, de su esposa en un hospital. Así, se esfumaba la posibilidad de ver el duelo entre dos pesos pesados de la disciplina: el francés Michel Maffesoli -creador del término “tribu urbana”- y el polaco Bauman -padre de la definición de “modernidad líquida”-, considerados dos de los pensadores más influyentes y prestigiosos del momento. Maffesoli, solo, reflexionó en torno a los retos de la modernidad a que se enfrentan los jóvenes. Según este veterano profesor, nuestro tiempo vive un cambio tan veloz y radical que, antes de encontrar respuestas, hay que sentarse y plantear con rigor las preguntas correctas. Pues, como dijo el propio Maffesoli: “En el futuro la idea de juventud no tendrá sentido, ya que todo el mundo intentará vestirse, pensar y actuar como un eterno joven”. Así, señaló, no tiene sentido hablar de “los problemas de la juventud” porque este concepto equivale ya a hablar de los problemas de todos nosotros.

Del denso programa -43 ámbitos temáticos, cinco debates, cuatro sesiones comunes y cinco especiales- destacaron los empujones para ver en directo a Alain Touraine, Craig Calhoun y Manuel Castells debatiendo los cambios producidos en las formas de pensar la sociedad, a medida que las nuevas tecnologías y el mercado global han hecho inútiles los viejos esquemas del marxismo o del capitalismo. El futuro, señalaron, va a requerir formas más flexibles y maleables de pensar los fenómenos sociales.

En líneas generales, se han analizado las diversas incertidumbres de nuestro tiempo, definido más por los cambios que por las certezas; un mundo en ebullición, donde todo aparenta ser transitorio e inaprensible, con esa cualidad líquida que defiende el maestro Bauman, para el que la realidad que nos envuelve es como el agua: por mucho que intentemos atraparla se nos escapa siempre entre los dedos

Fuente: El país-España

El rebrote del totalitarismo (video)

por Teódulo López Meléndez

Filosofía, Derecho y política para el siglo XXI

Por Edgar Alán Arroyo Cisneros

La democracia constitucional es el paradigma de los tiempos que transcurren; en efecto, la mejor forma de Estado diseñada hasta ahora, el Estado constitucional, convive con la forma de gobierno –la democracia- que ha sabido esquivar los obstáculos de sociedades tan complejas como en las que nos ha tocado vivir. Y es que la sociedad mundial, todavía en la infancia de una nueva centuria, afronta retos de enormes complejidades.

Casi siete mil millones de personas conviven en un planeta que tiene al cambio climático (calentamiento global, efecto invernadero) como su principal amenaza; de suyo, el número de la población global acarrea serios conflictos demográficos, urbanísticos y de asientos humanos. El agua escasea cada vez más, por lo que analistas e intelectuales de diversas latitudes prevén que la próxima guerra mundial será por el vital líquido. La globalización, a su vez, es un fenómeno que ha acercado y, acaso, desvanecido fronteras, ello para causas loables, como la integración mundial, pero también para cuestiones no tan gratas, como el empobrecimiento de unos y el enriquecimiento de otros, la monopolización y la falta de competencia que ella implica. El terrorismo y en general las condiciones de paz en inquietante calma son problemas conexos y de divergentes entendimientos.

En tales condiciones, el panorama no es del todo sombrío, pero el humo blanco se relativiza. Filosofía, Derecho y política, entonces, son las claves de la estabilidad, el progreso y el desarrollo; son los tres grandes ejes conductores de los Estados de nuestros días. No es gratuito que los pensadores más importantes de las últimas eras (Luigi Ferrajoli, Norberto Bobbio, Giovanni Sartori, Jürgen Habermas o el mismo Hans Kelsen) hayan sido filósofos, pero al mismo tiempo, filósofos del Derecho y filósofos de la política. Y es que el del Estado es un dilema en el cual ha recaído la reflexión de la mayor parte de los filósofos de todos los tiempos. Y con perspectivas tan críticas como las que ofrece el siglo XXI a la sociedad, la tríada se torna no sólo importante, sino imperiosamente necesaria.

El Estado constitucional y democrático de Derecho postula algo que incluso en las naciones más avanzadas del orbe pasa desapercibido: los derechos de los gobernados están antes y por encima de los poderes de los gobernantes; tal es el nuevo axioma que se desprende luego de décadas y siglos de lucha. Es por ello que la filosofía ha centrado su atención en cómo materializar este punto toral. La filosofía, según su noción etimológica pero también originaria, es el amor a la sabiduría; no es otra cosa que la búsqueda constante, insaciable y perenne de la verdad. Y no hay verdad más importante, más esencial y más suprema que la del orden social, que la de la vida en común, que la del Estado al fin. Por tal razón, la filosofía, ciencia de ciencias, indagación de indagaciones, es el único camino para la construcción de un sistema público congruente, armonioso y eficaz.

Todo el orden jurídico, como todo el orden político, requiere de un fundamento elemental, una condición previa que sirva de soporte, un pilar sólido en cual sustentarse. Las normas jurídicas y las condiciones para gobernar, que son dos hilos transversales de lo jurídico y lo político, sólo pueden entenderse teniendo presente a la filosofía. En sus múltiples manifestaciones, la filosofía entraña la superposición de la luz natural de la razón. Derecho y política son sólo concebibles si se anteponen sus instancias filosóficas, es decir, los cauces que cada rama de la filosofía arroja: racionales (lógica, epistemología, gnoseología), morales (ética), valorativos (axiología), relacionados con los deberes (deontología), relativos a los fines (teleología), inherentes al ser (ontología), interpretativos (hermenéutica) y hasta de belleza (estética). Todo jurista, que al fin y al cabo construye la realidad social porque es el principal conocedor y aplicador de las normas, así como todo teórico o práctico de la política, por entretejer el gobierno en cualquier modalidad, precisa tener un firme bagaje filosófico para manejar sistemáticamente la red inmensa que es la sociedad. En cualquier caso, la filosofía debe ser tanto práctica como especulativa, pues sólo así la democracia constitucional orientará su timón hacia horizontes fértiles, de plenitud y de abundancia. La filosofía nunca podrá ser considerada como una mera moda, o como algo anacrónico, inaccesible, lejano. La ciencia social tiene su epicentro en la reflexión de día a día que se logra sólo acudiendo a la filosofía. Y las mayores de las ciencias sociales, como son el Derecho y la política, únicamente se encontrarán a sí mismas y hallarán su razón de ser cuando llegue la verdad. Una verdad sólo asequible filosóficamente.

Fuente: El siglo de Durango- México

Urge repensar a México

por Saúl Arellano

Hace ya varios años Rolando Cordera publicó el libro México: la disputa por la nación, el cual fue editado y publicado por Siglo XXI. En este texto se describen y exploran alternativas para el desarrollo nacional, y sobre todo, se hace una poderosa síntesis de dos visiones encontradas: una, basada en las tesis “neoliberales” del mercado, el individualismo y la economía abierta, frente a un modelo pensado desde una tradición que apela al sentido de lo nacional, y que se sustenta sobre todo en tesis dirigidas a la búsqueda de la justicia social, la equidad y el desarrollo social.

La desigualdad, la discriminación, la violencia y otros fenómenos de honduras aún inexploradas, nos sitúan en la necesidad, una vez más, de una ruta crítica de debate y análisis para la construcción colectiva de un horizonte claro sobre lo que queremos ser como país, y desde mi perspectiva, orientado hacia la construcción de una nación justa, generosa e incluyente de todos.

Los fracasos nacionales que van desde las casi siempre deplorables actuaciones de nuestros representativos en pruebas deportivas internacionales, hasta la ola de asesinatos, ejecuciones, secuestros y otros hechos de suma gravedad, deben llevarnos a una nueva forma de pensarnos, de reconocernos a nosotros mismos y a partir de ello, recuperar el sentido de patria, a fin de lograr construir una nueva plataforma institucional y jurídica que nos dé garantías a todos, de que nuestras oportunidades para el bienestar y que nuestras libertades públicas estarán salvaguardadas en todo momento, y en la medida de las posibilidades, que podrán ampliarse de manera constante.

No es aceptable, desde ningún punto de vista, que en las condiciones en que vivimos tengamos que construir escenarios y estrategias para la sobrevivencia, antes que para la convivencia y la solidaridad. Hay familias que están valorando marcharse del país, y en el extremo opuesto, familias que no pueden plantearse siquiera la opción de la migración irregular, debido a su pobreza, marginación y carencias estructurales.
México, siempre un país moviéndose en los extremos y siempre un país marcado por las desigualdades. Nuestra cultura nacional, si es que puede hablarse hoy en esos términos, dista mucho de la magistral descripción que hiciera de nosotros mismos el poeta Octavio Paz en su Laberinto de la soledad. Hoy el mexicano parece estar más cerca del pelado, descrito igualmente con una profundidad sicológica mayor, por el filósofo Samuel Ramos, que al pachuco o al campesino que nos describe y explica Octavio Paz.
Aún más, me atrevo a sostener que en términos colectivos, el mexicano hoy está más cerca de la orfandad, que de cualquier posibilidad de identificarse a sí mismo. En efecto, reconocerse en el espejo es de algún modo aproximarse a una forma de “cura”, y es frente al espejo en donde menos hemos podido o querido situarnos.

Colocarnos frente a nuestra imagen nos obligaría a reconocer que las elites están fracturadas moral e intelectualmente. Que lo mejor que pueden ofrecernos hoy los dirigentes del país son verborreas interminables, carentes de inteligencia o de visiones complejas de la realidad, de México y del mundo. Que las mejores propuestas de la clase empresarial no pasan por un proyecto incluyente del desarrollo; y que las instituciones han perdido la capacidad para generar equilibrios que nos lleven a una fase nueva de nuestra historia, en equidad e inclusión social.

México está atrapado en el peor de los mundos y es presa de una de las etapas de mediocridad de mayor envergadura que hayamos conocido en los últimos 30 años. Las dirigencias de los partidos políticos no tienen ninguna claridad de hacia dónde hay que llevar al país; y en el caso del PRD ni dirigencia reconocida por todos sus militantes tienen.

En el Legislativo hay pugnas al interior de todos los grupos parlamentarios, que hacen difícil prever el rumbo de las votaciones y decisiones en torno a iniciativas de prioridad nacional. Frente a ello, los partidos políticos han secuestrado a la ciudadanía y nos han dejado en la imposibilidad de que el ciudadano de “a pie” pueda aspirar, sin pertenecer a sus cofradías, a convertirse en un representante popular. Las dirigencias partidistas argumentan que el crimen organizado podría penetrar a la democracia en un escenario así; y sin embargo, hoy que una vez más se ha puesto en entredicho a todas las corporaciones de seguridad, y con ellas a buena parte de las instituciones del Estado, la pregunta obligada es si no lo que se requiere es que sean ciudadanos, por convicción y capacidad, con independencia de los clubes de poder en que se han convertido los partidos, quienes busquen construir nuevos liderazgos, alejados de la corrupción y los compromisos que se exigen cuando se busca una candidatura al interior de cualquiera de los institutos políticos con registro ante el IFE.

México carece aún de una sociedad civil organizada que permita construir alternativas viables a la de los mecanismos tradicionales de disputa por el poder, y con la legislación y el marco institucional vigente, es un hecho que los gobiernos, principalmente el actual, sólo apoyan a las organizaciones que, o bien les son afines, o bien se mantienen alejadas de la crítica a los yerros y mediocridad de la administración.

Visto por personajes o personalidades, no se encuentra en el espectro político a un líder o lideresa que se encuentre a la altura de las exigencias de nuestro país y de nuestro tiempo. No hay en el horizonte, “un Gorvachov”, “un Felipe González”; “una Ángela Merkel”, que puedan conducir a México hacia un proceso ampliado de desarrollo con equidad.

Mientras tanto, se ha renunciado en lo general a la economía política; se ha dejado de lado la virtud legislativa en aras del bien común y el cabildeo de los intereses privados mueve al Congreso de una posición a otra sin mediar la ética o al menos el recato y el pudor frente a un posible escarnio público; se ha claudicado ante la posibilidad de construir a un Estado con la capacidad de regular o al menos atemperar la rapacidad del capitalismo global; y se ha desmantelado lo poco que teníamos como base para un sistema de bienestar, incluidos el IMSS, el DIF y el ISSSTE.

Lo peor en estos escenarios es que hoy no hay ya siquiera una clara disputa por la nación. Si la hubiese, existiría la posibilidad de generar equilibrios y contrapesos. Por el contrario, lo único que se otea en el horizonte son visiones trasnochadas de un nacionalismo inoperante encabezado por una izquierda intransigente liderada por quien se ha autoproclamado “presidente legítimo” de México y que poco ha abonado para la generación de un clima de conciliación y unidad para los mexicanos.

Hoy nos urge la presencia de grupos de ciudadanos que, desde una inteligencia distinta, puedan ayudarnos a dar claridad de hacia dónde debemos movernos. Hoy nos urge una nueva imaginación que nos lleve a construir mecanismos innovadores para la reforma social que se necesita en México y por ello es lamentable que todas las comisiones de festejos del Bicentenario, estén dirigidas casi exclusivamente a la organización de kermeses aldeanas, dando con ello la espalda a la nación y a nuestra historia.
Es un desperdicio, por ejemplo, que la Comisión que impulsó el Gobierno federal para la celebración del Bicentenario, haya permitido la salida del ingeniero Cárdenas, y es una lástima que en su lugar no se haya buscado a otra figura que, por su trayectoria y probidad ética, pudiera contar con el reconocimiento de todas las fuerzas políticas, y otorgarle facultades para conducir un proceso de conciliación, acercamiento de posturas y construcción de consensos para la justicia, la equidad y el desarrollo social y humano de nuestro país. Es un hecho que no habría mejor manera de celebrar los 200 años de nuestra Independencia, y los 100 de nuestra Revolución, que alcanzando metas de elemental justicia para quienes menos tienen.

Repensar México es un ejercicio de dimensiones formidables. Al respecto, vale la pena recordar la afirmación del gran maestro y filósofo Eduardo Nicol: Las generaciones tienen el reto de comportarse a la altura de las exigencias que les impone la historia. La nuestra tiene la posibilidad de aspirar a la grandeza de miras y de nosotros dependerá el juicio que harán las generaciones por venir; juicio que es siempre inevitable y en todos los casos implacable.

sarellano@ceidas.org

Fuente: La crónica de hoy- México

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