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Democracia siglo XXI

mes

abril 2014

El agotamiento hacia la ausencia

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Teódulo López Meléndez

Los apagones suelen suceder por la falta de innovación. Quien se mueve en lo social-político tiene el deber de apelar constantemente a la inteligencia para encontrar planteamientos novedosos, de modificación de los caminos. Las prácticas que muestran ausencia de resultados se dejan por otras.

Podemos admitir la inexistencia de un país alerta, con criterio suficiente para moverse con sagacidad en este cuadro absurdo de las maniobras cuasi infantiles y de la repetición de los mensajes desgastados. Aún así, podrían haberse instrumentado innovaciones, pero la falta de una voz con capacidad de remover los óxidos se encuentra con un cuerpo social incapaz de remover los óxidos.

Uno puede admitir la inexperiencia, pero también constatar los oídos sordos. Como se constatan los lugares comunes que exigen aumento salarial o se arquean con las apelaciones repetitivas y repetidas. Agreguemos siempre la referencia a “restituir” y a “rescatar” sin que exista la percepción de que el mensaje que puede calar en amplios sectores del país pasa por otro lenguaje, uno donde las palabras “futuro” o “democracia de este siglo” tengan preeminencia.

Lo que se constata es un país sin la fuerza interna para sacudirse la camisa de fuerza y alzarse cual Prometeo liberado. Lo que se percibe es un país debilucho apenas con una fuerza de vanguardia retratada en esos muchachos de valor inmedible. El país se solaza con la información represiva y no con las posibilidades de modificaciones tácticas. El país se detiene más en la anécdota que en su obligación de corregir entuertos o en la circunstancia por encima del fondo o en la minucia por encima de la conciencia de que el país está derruido.

En un Primero de Mayo ya no hay respuestas. Un movimiento sindical anquilosado que apenas encuentra expresión en alguna empresa del Estado arruinada no indica nada, menos que nada en relación a una fuerza concomitante con una voluntad de salida. Los tradicionales aumentos ya han sido engullidos por la inflación desbordada o los planteamientos de contratación colectiva se hacen sin que asome una apertura hacia los intereses de otros grupos sociales.
La repetición del mensaje oficialista poniendo parches en una economía en ruinas sin que asome la menor rectificación de fondo y el desgaste obvio de los figurones públicos hundidos en un lenguaje de apariencias configuran un cuadro de agotamiento final que puede tener los escapes más impensados, sin que ello excluya la resignación de la ausencia. En cadena nacional fue anunciado que el Estado compraría toda la producción nacional, estableciendo así un monopolio de Estado similar al de la Unión Soviética y aún en contraste con los tímidos anuncios cubanos de apertura, pasando literalmente desapercibido tal anuncio.

La gente admite la necesidad de organizarse y algunos pequeños sectores lo hacen, pero son la excepción a la regla, dado que, si bien comprenden las severas amenazas que penden sobre toda posibilidad de comunicación, algo los inmoviliza en el refugio privado. Mientras, la inteligencia nacional parece centrada en el egoísmo, parcela que no le es excluyente, pero que en ella adquiere dimensiones de suicidio.

Los conceptos se vacían o se deforman. Se habla de “reconquistar o rescatar la democracia” olvidando que ello implica volver atrás, a los tiempos de una representativa que se agotó sobre sí misma y originó el presente y que el siglo exige nuevas formas de ejercicio político, amén de hacer de tal aserto una especie de advertencia a los sectores populares de que cambiar lo actual equivaldría a un regreso al pasado. Por lo demás, se apela a formas deformadas como el señalamiento de “antipolítica”, uno manejado alegremente para señalar y devaluar cualquier crítica a los cogollos dirigentes, unos que día a día muestran una degeneración total de la política como concepto y praxis. No es la antipolítica lo que aflora, lo que se señala es la necesidad de reaparición de la política.

El país se desgaja. Aparecen cadáveres en los ríos y en las avenidas. Lo dicho: no hay concentración de energía que no busque su salida ni espacio abandonado que no busque ser llenado. Es tal la anomia que ya lo más lamentable sería el agotamiento hacia la ausencia.

tlopezmelendez@cantv.net

El enorme reto de construir confianza

confianza

Alberto Medina Méndez

Los países que vienen cometiendo errores políticos y económicos de modo secuencial siempre liderados por gobiernos de sesgo populista, enfrentan un desafío inmenso y por lo tanto tienen una gran oportunidad por delante. Si bien no alcanza con advertir el problema y corregir el rumbo, ese primer paso resulta vital para que lo que luego vendrá.

Argentina parece intuir que su itinerario presente no es el adecuado. Tal vez sea ese el principal motivo por el que el oficialismo ya no tiene margen siquiera para ungir a su sucesor pese a la autoproclamada década ganada.

El gobierno padece de una endémica falta de confianza. Si mañana decidiera hacer un cambio significativo en sus políticas, sus intentos igualmente fracasarían, porque se ha ocupado durante años de destruir relaciones y sobre todo mentir sistemáticamente en esa obsesión por el diseño del relato. Ya nadie se toma en serio sus afirmaciones.

No se trata de lo que se ha dicho para obtener votos y ganar elecciones, ni de lo que se ha tergiversado la historia para acomodarla a gusto y paladar. Es que los que toman decisiones saben que el gobierno puede hoy afirma algo y desmentirlo en pocos minutos más. Es inviable generar atracción, conseguir aliados útiles, seducir inversores y ser el centro de atención y respeto, con tanto evidente desprecio hacia los demás.

Los frutos están a la vista. La política económica vigente, es la consecuencia de una cadena interminable de dislates pero sobre todo de concepciones equivocadas, absolutamente superadas. Solo así puede explicarse que una nación con un escenario tan favorable en términos internacionales pueda hoy padecer inflaciones records y un proceso de estancamiento económico que no se compatibiliza con lo que le ocurre a los vecinos de la región.

Aun falta bastante tiempo para el siguiente turno electoral. La actual conducción solo tiene la expectativa de pilotear este vuelo superando las innumerables turbulencias para llegar a destino y entregar la posta al que viene. No hará los deberes, no resolverá ningún problema en este trayecto entre el presente y el momento de ceder el mando. Solo intentará postergarlo todo para que el siguiente se ocupe de ver como los resuelve.

Ya no tiene margen para hacer mucho. La desconfianza que ha generado durante años no desaparece tan fácilmente. Y nada de lo que está ocurriendo, siquiera muestra cierta intención de lograrlo.

En ese escenario, el que triunfe en la próxima contienda electoral y deba asumir la tarea de liderar el futuro, tendrá mucha labor. Pero nada de eso se logrará si los ciudadanos y los dirigentes políticos no comprenden la inmensa necesidad que tiene el país de recuperar credibilidad.

Argentina necesita inversiones, dinero fresco, un flujo de capitales constante que permita generar puestos de trabajo, compensar el imparable drenaje de de divisas y abrir nuevos mercados integrándose al mundo.

Se dispone de abundantes recursos naturales, variedad de climas y oportunidades de negocios casi infinitas. Pero nada positivo sucederá si el próximo gobierno no consigue un categórico consenso que asegure seguridad jurídica y la plena vigencia de la propiedad privada. Sin esos ingredientes, los capitales no aterrizarán y sin ellos el país seguirá vegetando sin despegar.

Es imprescindible un acuerdo amplio que no se plasma solo con la elección del eventual triunfador del proceso electoral, sino también con una sintonía en la misma dirección por parte del Congreso y de la Justicia, pero fundamentalmente con una sociedad dispuesta a cumplir con la palabra empeñada desde ahora y por mucho tiempo. Los vaivenes de la política doméstica, la histórica contradicción de sus marchas y contramarchas, se han constituido en un estigma nacional difícil de superar.

El ciudadano medio se queja porque solo llegan capitales oportunistas que vienen para conseguir rentabilidades importantes y luego escaparse. Tal vez eso sea solo mirar las consecuencias sin comprender las causas. Nadie se instala con convicción a producir riquezas en un país que cambia las reglas de juego con una velocidad inusitada, y que además se ufana de esa dinámica como si fuera una virtud.

Pretender que un inversor apueste su dinero para luego impedirle recuperar su capital o siquiera disponer a discreción de lo obtenido, es desconocer las más elementales reglas de los negocios. Nadie invertirá con esas ridículas normas. Es inconsistente la idea de pretender que alguien invierta para perder o para que en el caso de ganar no pueda retirar lo conseguido. Es evidente que ese capital buscará otros destinos menos hostiles.

Argentina tiene mucho por hacer. La campaña electoral mostrará rivalidades entre candidatos, pero si la clase política en su conjunto no logra edificar las bases de una estrategia consistente, no importará demasiado quién triunfe en las urnas. El país dispone de una oportunidad colosal. No la tiene a la vuelta de la esquina, al menos no por varios meses. Pero si durante este tiempo no acumula aciertos en sus discursos prometiendo lo adecuado y logrando acuerdos que sean capaces de estar más allá de lo electoral, se desperdiciará otra vez la ocasión de enderezar el rumbo. El panorama no es el mejor y esta que se avecina no será una transición sin sobresaltos. Si se entiende lo que sucede, se transita un camino hacia el enorme reto de construir confianza.
albertomedinamendez@gmail.com

 

 

Los puntos suspensivos

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Teódulo López Meléndez

La opereta parece suspendida, inmovilizados los hilos de las marionetas, mientras la calle sigue recordando la vigencia de un conflicto.

Apenas, en los recovecos del poder, se escucha sobre cumplimiento fiel de los lapsos para designar al nuevo Tribunal Supremo de Justicia; tal “apego a la norma” nos hace olvidar desde cuándo se le vencieron sus tiempos a esos magistrados suplantados por suplentes, aclaratoria esta última absolutamente necesaria pues hay que recordar que los suplentes suplantan.

Interpelación de John Kerry ante la Comisión de Política Exterior del Senado o los vientos primaverales de la Roma “Santa” que mandan informaciones sobre el amor por las islas vecinas o las declaraciones de altos funcionarios a la RAI, son las fuentes para tratar de suplantar los puntos suspensivos que también consiguen algún consuelo en las declaraciones de los cancilleres de UNASUR a la prensa española donde se transpira el deseo de incorporar a algún dirigente estudiantil a la mesa del “diálogo” aunque sea traído desde los hermosos claustros de Columbia University.

Nada que la canciller Holguín anuncia su nuevo arribo a Caracas a engrandecer sus ojos ante lo que sus ojos ven o el imperturbable canciller Figueiredo se sienta cómodo ante la ausencia de ese nefasto asesor de política exterior que ha minimizado el profesionalismo de Itamaraty. No. Se mantienen los puntos suspensivos. Nadie sabe si existen porque ya se acordó todo o porque nada es acordable. Lo único que tenemos es la repetición diaria de que Ley de Amnistía no habrá, noticia que se cuela entre los barrotes de los presos como si fuesen los papelitos que los de Guasina, en tiempos perezjimenistas, se pasaban por los huecos abiertos en las paredes de sus rústicas celdas.

Visto todo lo cual nos lleva a recordar el 2003, con el célebre acuerdo firmado, para el más absoluto incumplimiento, por el gobierno y la Coordinadora Democrática, cuando no tenía patas de mesa, más eso que eufemísticamente se llama “las fuerzas vivas de la nación”, dado que tales fuerzas entonces existían y hoy no. La calle era comandada por esa Coordinadora, mientras hoy la Mesa no comanda nada. Cualquier comparación entre 2003 y 2014 nos muestra clara la derivación totalitaria avanzando implacable, pero también el desguace del formalismo opositor, pasado de estampar en el famoso “acuerdo” incumplido el requerimiento de “separación de poderes” hasta la realidad de hoy de pedir puestos en los poderes.

Sobre la calle se va desde tiernos alegatos paternos convertidos en airada protesta “literaria” contra esos desfachatados que persisten en perturbar los encuentros familiares, hasta la repetición del lugar común “buscan un muerto”, como si la lista no fuese larga y no tuvieran otro repertorio bucal no asimilable a esas detestables expresiones como “trapo rojo” o “pote de humo”. O esa entrañable afirmación “no saben por qué protestan”, respondida por la inmensa labor de los fotógrafos que muestran los ojos de las más bellas jóvenes con máscara antigás o de los muchachos a pecho descubierto.

Hay puntos suspensivos. El “fiel cumplimiento” de los lapsos para el TSJ presagia el altruista propósito de superar el lapso récord establecido por Kissinger y Le Duc Tho en París, lo que llevó al negociador vietanamita a comprarse una casa en la ciudad-luz y el gobierno francés garantizaba la privacidad, terminado todo con la ocupación de Saigón por el ejército inspirado por Ho Chi Minh, ocupación que todavía hoy nos preguntamos si era conocida previamente por el zorruno Secretario de Estado norteamericano. Si lo quieren en jerga llanera pueden llamarlo “nos quieren poner esta vaina como entierro e’ pobre”.

El enemigo es un sistema político bicéfalo q solo puede ser enfrentado mediante un cambio histórico que sustituya los puntos suspensivos por claros puntos sobre la íes. Las posibilidades del país pasan por una insurgencia de sustitución de la clase dirigente. Aquí no se trata de la resurrección de la democracia (la representativa está muerta y no revive). Se trata de un parto de historia: la liquidación de un sistema y el nacimiento de una democracia del siglo XXI.

tlopezmelendez@cantv.net

 

Marcos Pérez Jiménez, presidente constitucional

Marcos Pérez Jiménez
Teódulo López Meléndez

La mirada se dirige preferiblemente a los espectadores y no al espectáculo. Haberles dicho unos cuantos lugares comunes alimenta la catarsis. Como si de un debate electoral se hubiese tratado se apunta a la victoria, lo que, obviamente, no considera algún resultado. Como si de una primarias hubiese sido se toman preferencias por quien supuestamente estuvo mejor. El “oíste lo que le dijo” se enarbola entre risas nerviosas. Se exceden algunos al proclamar que fue el enfrentamiento entre civilización y barbarie, mientras otros establecen como vendetta conseguida haber interrumpido al especialista en “cortar” micrófonos en el remedo de Parlamento que maneja como pulpería de pueblo y, en consecuencia, haber hecho justicia a los diputados que no saben si algún día podrán hablar como se debe. Algunos se transfieren al boxeo y hablan del primer round con la elegancia que suele acompañar al desparpajo superfluo.

El país se aplicó a comentar durante el día el capítulo anterior de la telenovela. Es su hábito desde que este subgénero irrumpió para quedarse. Se omitió el cartel que suele acompañar a todo reality show, el que indica que no todo lo presentado se compagina con la realidad o que algunos hechos fueron cambiados para proteger a los inocentes. En el imaginario colectivo la palabra “diálogo” fue rápidamente cambiada por la palabra “debate”, cambio lingüístico no siempre apreciado por los escasos de vocabulario.

Aún así, hay que mirar al debate. Aquí no hay elecciones, a no ser las convocadas previamente para sustituir a los alcaldes de San Cristóbal y San Diego, presos políticos sobre los cuales el llamado a votar indica seguirán presos, siendo la libertad una de las “condiciones” establecidas para retomar la rutina de un régimen dictatorial que avanza y de una oposición formal que desea el tiempo pase para llegar a una nueva elección o a eso que llaman “salida constitucional”. El mundo celebra el inicio, dejando atrás todos los avances y eventuales pronunciamientos sobre la realidad del país. En la calle se cometen torpezas, como una huelga de hambre. Uno vuelve inevitablemente a los espectadores para concluir que los indicadores apuntan a que se sienten muy bien representados en la clase política mostrada en pantalla, mientras otros nos consolidamos en la tesis de que las posibilidades del país pasan por defenestrarla.

En medio de la confusión uno llega a recordar que el extraño lenguaje del régimen de ponerle femenino a toda palabra se aplica en un caso del Derecho Mercantil, donde bien se podría hablar de protesta y de protesto, siendo este último un documento para dejar constancia del no pago de un efecto de comercio. Mientras, sigue desaparecida la periodista Nairoby Pinto, en nuestra opinión un hecho de extrema gravedad.

Me asalta la infancia. Recuerdo de pequeñín el jingle que sonaba incansable repitiendo “Marcos Pérez Jiménez, presidente constitucional”. La invocación a la Constitución es, desde cuando tengo memoria real porque la remota la tengo de esa costumbre que los venezolanos no practican de leer historia, una acción recurrente de la política, hasta para permitir a uno de los Monagas exclamar que ese era un librito que servía para todo. Uno recuerda a la presente evaporada y algunos conceptos básicos como las normas primarias que permiten una convivencia de un cuerpo social que sabe de la referencia a la hora de administrar los conflictos propios y necesarios de la política.

El país persiste en un punto peligroso. La economía sigue allí, con su carga de molestias y déficits. Los estudiantes, sobre los cuales las cifras espantosas prueban que jamás habían sido tan golpeados contando desde que Colón avizoró estas tierras, siguen allí, con errores propios de la juventud, pero incansables. La ratificación explícita del régimen sobre su encierro apunta a un gotero medio tapado a la hora de soltar una concesión de libertad o una ligerísima corrección del rumbo. El conflicto está intacto. El país no.

tlopezmelendez@cantv.net

Los huecos del laberinto

huecos laberinto
Teódulo López Meléndez

En 1957 Monseñor Arias Blanco emite al país una pastoral que sería leída en cada templo. No hay un llamado a derrocar a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Lo que hay es una apelación a un cambio histórico que el ilustre prelado sustenta en la doctrina social de la Iglesia. Eran los tiempos de la migración rural a las ciudades, de la mala distribución de la riqueza y de una situación profundamente negativa para los trabajadores. Es así como aquella pastoral procura una respuesta que no se centra en un diálogo sino en una superación definitiva de aquel presente. Era un país naciente regido por un gobierno incapaz de entenderlo, desde sus formas dictatoriales y desde su inepcia conceptual.

La Conferencia Episcopal Venezolana emitió un documento sobre este otro presente con severas denuncias contra el régimen, con la ilación de lo que todos conocemos, con algunas críticas suaves a los sucesos de calle y con un llamado al diálogo enmarcado en una afirmación tajante que lo contradice: el “totalitarismo” está encarnado en el “plan de la patria”. Casi banal recordar que ese “plan” es ley y constituye el corazón mismo del actual régimen. En otras palabras, el diálogo sería sobre lo tangencial, aunque sea grave y doloroso, puesto que podremos considerar que quienes gobiernan no estarían dispuestos a arrancarse ese órgano vital. Por encima de las palabras duras no hay planteamiento alguno hacia una transición y menos hacia un cambio histórico como lo planteaba Arias Blanco. En otras palabras, para quienes comparan 1957 y 2014 desde el ángulo de la Iglesia, no hay nada en común.

En este cuadro uno recuerda la veteranía y sapiencia de la diplomacia vaticana. Como también debe hacer mención a UNASUR en sus esfuerzos de diálogo, puesto que es notorio que estos mis artículos de opinión irán a parar a un libro que escribo sobre este duro año 2014 con el único propósito de ayudar a entender a algún historiador ignoto que dentro de 50 años merodee por estos tiempos tormentosos.

La palabra “diálogo” tiene sus propias connotaciones y las reuniones sus propias reglas, tales como establecer número de delegados de cada parte, nombres, lugar de reunión y agenda. Contradictorio reunirse sin haber tenido la más mínima injerencia en los sucesos que se discuten y sin llamar a formar parte de la propia delegación a quienes desde la cárcel o desde la calle han sido sus protagonistas. No se hace porque se tiene una franquicia, que si bien es sólo electoral, bien sirve para revivir desde la falta de protagonismo y sirve como bombona de oxígeno para mantener con vida aparente a la clase dirigente sin perspectiva.

Sobre el presente seguramente habrá demoras, esguinces y contradicciones. Mientras, el acoso represivo sobre una zona de Caracas por más de seis horas es “resuelto” diciendo que se establecen siete u ocho puntos de control para evitar violentos y se llama a la población a no hacer caso de grupos minoritarios. Dije en Twitter que antes los alcaldes construían alcantarillas y ahora las tapan y que antes los alcaldes agradecían a sus electores mientras ahora los llaman “grupos minoritarios”. Me he permitido recordar mi constante afirmación de que las posibilidades de este país pasan por defenestrar a la clase dirigente.

En situaciones como la que vivimos el laberinto está lleno de huecos, no precisamente como respiraderos, más bien como efectos de una implacable polilla. Venezuela es un país sin memoria. Ya no recuerda en los sucesos de los años pasados se nombró una Comisión de la Verdad que jamás se instaló y que hubiese impedido, por ejemplo, la prisión de Iván Simonovis. Ya nadie recuerda al único firmante que se precinó y que hoy preside CEDICE y que dentro de pocos días tendrá una sesión en Caracas con la presencia de Mario Vargas Llosa. No podemos especular con que ahora alguien se haga la señal de la cruz sobre sí, pues tal vez colegiraríamos que Parolín es santo y que Francisco ya hace milagros.

Lo digo porque es difícil hablarle a un país sin memoria. Este país suele arrebatarse de ira por dos días cuando al tercero ya no recuerda la causa de su ira y los protagonistas de las engañifas comienzan a tejer las nuevas. No hay respuestas sobre las preguntas de fondo, porque el avenir suele estar lleno de imprevistos. Baste recordar que hay que construir una nueva opción para el futuro desde el cual se cambia al presente, que debe procurarse un cambio histórico y que las restauraciones no conducen sino a una revolución repetida.

Si ese desconocido historiador para el cual armo el expediente no logra entender seguramente la explicación se encontrará en que nació en el exterior hijo de venezolanos que emigraron mientras una clase dirigente vivía de la alharaca y de los simulacros.

tlopezmelendez@cantv.net

 

El arte de posponer

Por Alberto Medina Méndez

Los políticos contemporáneos se han esforzado en desarrollar cierta envidiable habilidad que les permite no resolver problema alguno pero siempre bajo la premisa de conservar intacto su poder.

Muchas veces no tienen las soluciones a mano, no saben muy bien qué hacer al respecto, no disponen de plan alguno, ni mucho menos de alternativas para seleccionar, no tienen tampoco ideas demasiado creativas para poder aplicar con algún criterio a esa secuencia interminable de inconvenientes que la sociedad identifica con total claridad y que son parte del paisaje.

Es justo decir, que no siempre se trata de eso, sino que muchas veces es simplemente la deliberada decisión de no hacer lo correcto, ni lo necesario siquiera, ya que un eventual intento de recorrer ese sendero, podría significar para ese sector político, perder demasiados adeptos y hasta espantar a los potenciales votantes, y de ese modo socavar los pilares centrales de su poder real, poniendo en riesgo su esmerado respaldo popular.

En ambos casos, ya sea porque las ideas son escasas o cuando deciden expresamente no aplicarlas, es demasiado evidente que se ven motivados, empujados e incentivados a desplegar su ingenio al máximo, ese que solo utilizan en casos extremos como estos, para hacer lo que en realidad mejor saben, es decir, postergarlo todo.

Los dirigentes políticos y la sociedad tienen mucho en común. De hecho, se parecen bastante en situaciones como estas. Ninguno quiere sufrir las consecuencias negativas de enfrentar los verdaderos dilemas que parecen preocuparlos. Aunque por diferentes motivos, tanto unos como otros, prefieren gozar de los tangibles y elocuentes beneficios del corto plazo y hacerse los distraídos para pasarla mejor.

Los políticos saben que prorrogar los nefastos impactos que irremediable se plantearán, les ahorra innumerables dolores de cabeza en el presente. Ellos tienen la ingenua esperanza de que los inconvenientes no se notarán demasiado en lo inmediato y que todo lo malo recaerá finalmente en “otro” periodo de gobierno, en el siguiente, o inclusive porque no en alguno más lejano aún.

La sociedad también tiene una ilusión bastante parecida, aunque igualmente cándida. Son muchos los que creen que si el efecto nocivo no aparece pronto, tal vez, con algo de suerte, termine diluyéndose lentamente y nadie tome nota de lo que ha ocurrido, como si los hechos pudieran evaporarse casi mágicamente.

Pese al deseable optimismo que se pretenda ostentar, la realidad siempre se impone y se ocupa inexorablemente de hacerse notar lo suficiente. Los problemas solo desaparecen en serio, cuando son resueltos con criterio, y las más de las veces, si no se toman medidas adecuadas a su debido tiempo, sus consecuencias son absolutamente indisimulables y se presentarán, mas tarde o más temprano, con mayor contundencia y ferocidad.

Toda esta dinámica solo muestra la escasa sagacidad de una sociedad que se cree muy inteligente pero que peca de infantil. A su lado progresa y evoluciona una clase política equivalente, que se corresponde con lo que percibe, pero que le agrega a sus componentes naturales, esa imprescindible cuota de perversidad manipuladora que la caracteriza y la distingue sin disimulo.

Postergar el impacto de los problemas, no resulta un acto demasiado racional. Es en vano intentar esquivarlos, no vale la pena prodigarse en la inmensa e interminable tarea de eludirlos, pero por sobre todas las cosas, no habla nada bien de una sociedad que definitivamente muestra más cobardía que coraje. Rige en este ruin esquema la absurda moral de no asumir con hidalguía los propios errores, para suponer luego que el presente es producto de una mera casualidad y no la irremediable consecuencia de la suma de los desaciertos del pasado.

El círculo vicioso está haciendo su parte. Nada hace pensar que pueda interrumpirse pronto. Una dirigencia política irresponsable, que vive de la coyuntura, que hace una gimnasia casi profesional de sus hábitos y rutinas, que se ocupa de no hacer lo adecuado y pone la totalidad de sus energías en engañar a la gente, ha decidido seguir sus propios pasos y no modificar ni su accionar ni su estilo ya conocido.

Del otro lado del mostrador, están los partícipes necesarios de esta farsa, los ciudadanos, que son funcionales a esta parodia montada. Ellos también hacen su tarea para que el presente no cambie el rumbo. Sin esa actitud nada de lo que sucede sería posible.

Mientras tanto los problemas gozan de buena salud. Nadie se ocupa en serio de ellos. La leyenda sostenida por unos y repetida por otros, dirá que nada ocurre, que no sucederá ningún hecho relevante, que la vida continuará sin consecuencia alguna y que una mañana al despertar cuando todo ya sea inocultable, solo habrá que buscar culpables a quienes responsabilizar de lo que pudiera estar pasando.

Los problemas están ahí, a la vista de quien quiera observarlos, son demasiado evidentes y ni siquiera tienen interés propio en ocultarse. Los discute la gente a diario, se queja la sociedad casi cotidianamente. Después de todo, los políticos están allí, firmes en su postura, siempre dispuestos a aportar en la línea habitual, a colaborar con su histórica tradición, a amplificar lo que mejor hacen, el arte de posponer.

 

albertomedinamendez@gmail.com

 

El reinado de la confusión

abc

Teódulo López Meléndez

Desde el inicio de una huelga de hambre hasta una proclama absurda que fijaba el primero de abril como día de un “paro nacional”. Las muestras han sido de una dirección confusa o, quizás, de la ausencia de una dirección. Uno puede perdonar errores de lenguaje, pero no en una situación tan grave. De allí, una dirigente estudiantil tuiteando “no puede haber diálogo sin…, lo que contradice su posición de no ir a tal diálogo, pues es evidente que al condicionarlo lo acepta. Hablando de lenguaje bien sería quitar la B a la GN o a la PN, pues bolivariana en tal represión no lo parece, lo que suele no ser entendido y que no es más que poner de manifiesto el valor de los símbolos. O cuando uno, recordando viejos sistemas de resistencia, apela a un “Día sin nadie en la calle”, para encontrarse con la respuesta de que eso haría feliz a Maduro; debe ser que entienden que uno se refiere a un día sin manifestantes. Lo dicho: la destrucción del lenguaje es uno de los daños fundamentales.

La falta de memoria es proverbial o se trata de brotes anarcoides. En el último “paro nacional” existían una CTV y una Fedecámaras fuertes, más una sólida presencia en PDVSA y sabemos de sus resultados. Proclaman alegremente que el primero de abril es el día de “paro nacional” mientras millones de personas siguen su vida rutinaria. No saben de lo que hablan. O vemos que, mientras en la plaza pública se proclama la muerte de la república, se anuncia como próxima acción recurrir con solicitud de amparo ante el TSJ de las interpretaciones complacientes y de las barricadas que lo separan del Derecho.

Uno puede explicarse, más no justificar, semejantes gazapos, mientras la represión es brutal y caen muertos, heridos y presos. Si algo se requiere es un replanteo táctico mediante la asunción de variantes que no automáticamente suministran inteligencia y coherencia. Las maniobras, los acomodos, la espera del momento de la “normalidad” para ir a negociar, corren a la par de los errores.

Podríamos atemperar esta observación recurriendo al ABC de la estrategia y de la táctica, no sin el presentimiento de que las letras ABC forman parte del lenguaje y que, en consecuencia, también las letras ABC presentan óxido y casi no se le pueden colocar vocales intermedias e intentar un mínimo de sujeto, verbo y predicado.

No obstante, digámoslo, que la estrategia implica planificación y coordinación apuntando a un fin predeterminado y que la táctica es el método o forma usados para conseguir ese objetivo. La estrategia se revisa y se ajusta, las tácticas se cambian. El movimiento que hemos visto requiere de ambas vertientes. No hay variantes excluyentes. Bien pueden administrarse y alternarse. Existe eso que llaman repliegue táctico y eso otro que llaman movimientos ficticios para confundir. Las luchas se conducen exitosamente cuando no hay dudas razonables sobre lo que la dirección plantea, si es que tal dirección existe.

Los logros alcanzados, repito que a un altísimo precio, están a la vista: deterioro obvio del régimen en el escenario internacional y disminución consistente y progresiva en su apoyo interno, caída de la máscara y asunción plena del criterio de que nadie lo sacará por ninguna vía sin que obtenga como respuesta una violencia desatada y sin escrúpulos. Esos logros tienen nombre y apellido, los de nuestros muertos. Esos logros no se echan por la ventana con torpeza ni con cansancio ni con abulia ni con meteduras de pata.

Es la hora de los señalamientos. No estamos para mirar con imperturbable frialdad este cuadro. Estamos para apelar a un sentido común que parece escaso. Asumimos como deber llamar la atención y así lo hacemos sin que midamos los malentendidos o las incomprensiones, bagatelas a la hora de la suerte de una nación.

tlopezmelendez@cantv.net

 

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