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Democracia siglo XXI

mes

noviembre 2008

Tercer análisis: la inconclusión partidista

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partidos

por Teódulo López Meléndez

Las cifras, en el campo de la oposición, muestran a Un Nuevo Tiempo como el partido más votado, seguido de Acción Democrática, Primero Justicia y COPEI, en ese mismo orden, sólo que la votación de UNT está concentrada de tal manera en el Zulia que de hecho el primer partido oposicionista es AD, por estar parejamente repartido en el país, sin feudos específicos que le den visos de localización.

Los cuatro partidos mencionados aumentaron su votación. Lo de AD no sorprende, bastaba escuchar la calle para darse cuenta de ese resurgimiento debido a varios factores: parte de la militancia de base absorbida por el oficialismo estaba dispuesta a regresar, la fuga hacia UNT se reproducía ahora a la inversa ante la decepción ocasionada por este último en su comportamiento de cara a la llamada “unidad”. Algo parecido explica la situación de Podemos: la gente regresa a sus viejas militancias sin detenerse en fórmulas intermedias.

Hay elementos de diversos signos en este hecho numérico. Ahora no me puedo detener a teorizar sobre esa manida frase de “sin partidos no hay democracia”, la cual es conceptualmente incorrecta, pero algo debo decir. En primer lugar parafrasear la famosa frase de Clinton y aseverar “es el siglo XXI, estúpido, es el siglo XXI”. Las nuevas formas de organización social brotan por doquier y son muy diversas: las viejas estructuras sindicales, empresariales y gremiales se han derruido. Ahora se asoman las llamadas “tribus urbanas”, la interconexión de redes de intereses comunes, la comunicación sustituyendo a la información en la base de la pirámide social. En verdad, la frase más aproximada sería “sin partidos no hay elecciones” y ello porque el Derecho y la Teoría Política no han logrado producir una fórmula sobre postulaciones de candidatos que no provengan del monopolio partidista, ya que la posibilidad de grupos independientes haciéndolo es etérea, más entre nosotros con perversiones como las llamadas “morochas”. El mundo marcha hacia una democracia electrónica, pero aún no se puede materializar, especialmente por la carencia de acceso tecnológico en buena parte del mundo pobre y porque deberán perfeccionarse los mecanismos de defensa contra las intervenciones indeseadas, pero eso será este siglo, uno donde podremos opinar –no sólo elegir- sobre diversos temas desde nuestras computadoras.

No hay el menor signo de cambio interno en estas semiestructuras partidistas redivivas en las elecciones del 23-N. Siguen siendo organizaciones verticales, llenas de vicios de la democracia del siglo XX, una donde el país venezolano vio reproducida la concepción estalinista de partido. Si hacemos un poco de memoria deberemos recordar la expresión “cogollos”, tan en boga en los estertores del período democrático bipartidista. Sin conceptuar a fondo lo que sí se puede decir es que la democracia del siglo XXI reclama partidos horizontales, fluidos, y hasta de consensos temporales sobre circunstancias específicas. Deben ser simples instrumentos de sentido organizativo de una opinión común sobre principios básicos y sobre posiciones concretas ante exigencias específicas, voluntad formada democráticamente y no resultado de una imposición de eso que se ha dado en llamar “direcciones nacionales”. En suma, otras organizaciones en un mundo democrático múltiple de organización social variada, simples vías de expresiones alcanzadas por parte del cuerpo social y que necesitan una herramienta para manifestar el acuerdo específico.

En el terreno de la coyuntura que vivimos los venezolanos el hecho de fortalecimiento de los partidos mencionados podría ser considerado como positivo, si es que abandonan las prácticas aberrantes, ya implementadas muchas de ellas en la selección de los candidatos para el 23-N. El amigo Francisco Montero ha enviado al grupo yahoo “Democracia Activa” una serie de propuestas para la selección de los candidatos a concejales y miembros de Juntas Parroquiales que podría ser una buena base para la discusión. Si los partidos no son permeables a los liderazgos no comprometidos de manera partidista, seguirán siendo cotos cerrados de pequeñas maniobras internas para la conquista de las posiciones. Por otro lado, asistimos al nacimiento de al menos unos ocho o diez pequeños partidos que viven las dificultades propias de este tipo de iniciativa. Si uno mira con detenimiento en ellos hay gente de especial valor y yo me pregunto porque no se reúnen a conversar. No les planteo que se fundan en una sola organización, pero muy bien podrían acordarse en la creación de una especie de federación para afrontar el planteamiento de líneas políticas comunes y hasta de candidatos comunes ante procesos electorales por venir, si es que elecciones hay.

Podemos y PPT tomaron caminos diferentes. El primero se abrió hacia el cuestionamiento, el segundo optó por mantenerse en el campo oficialista con muestras de independencia. Ahora se vuelven a encontrar en situación difícil. Cuando estaban en la primera disyuntiva les dije que su destino era fusionarse. Ahora soy más cuidadoso y les digo que deben sentarse a conversar. Al fin y al cabo la llamada disidencia anduvo alrededor del medio millón de votos. Julio César Reyes, en Barinas y por ejemplo, va a necesitar de algo más que una organización localizada en su estado para sobrevivir políticamente. La oferta de un partido que llamaremos provisionalmente, y sin rigor conceptual, de “socialismo democrático”, podría ser interesante para Reyes y quizás podría ser la salida de drenaje para la militancia oficialista desencantada que no quiere regresar a los viejos partidos del período democrático. En cuanto a la línea política deberán reflexionar en profundidad. Podemos no tiene problemas al respecto, ha ejercido el cuestionamiento más que mucho partido de la llamada “oposición”, pero el PPT no puede mantenerse dentro del gobierno en las circunstancias actuales, porque estaría condenado a desaparecer totalmente. En esta situación hay que volver a recordar que se necesita la creación de una nueva mayoría y que sin la disidencia ello no es posible.

Este análisis sobre la situación partidista lo hago en medio de la reacción de la dictadura ante los resultados electorales. Saqueos, manifestaciones extemporáneas, amenazas de todo tipo, anuncio estrambóticos de referendos revocatorios como si esto fuese la Radio Rochela y no un país, acusaciones de “fascismo” y advertencias de “vigilancia”, falsificaciones como la supuestos cierres de “Barrio Adentro” y de “misiones”, procedimientos contra medios de comunicación y toda clase de intemperancias propias del tipo de régimen que padecemos. Lo advertí repetidas veces: cuando se vota en dictadura hay que saber a que atenerse y tener previstas las reacciones estratégicas y tácticas. Como lo dije lo repito: no sé si he sido escuchado.

teodulolopezm@yahoo.com

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El mito de la revolución

Por Carlos Castañón Cuadros


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Después de la violencia intestina, del millón muertos, del asesinato selectivo de los líderes militares, la Revolución Mexicana, así con mayúsculas, fue instituida como discurso, como festejo fúnebre de nuestras glorias. A 98 años de la gesta revolucionaria, retornamos siempre a los desfiles, homenajes y festejos del heroico suceso. Se pronuncian monolíticos discursos, se hacen ofrendas y marchas escolares en torno al mito de la Revolución. ¿Tiene sentido el festejo? ¿Hay motivo para estar orgullosos? ¿Cuál es el balance de la historia? ¿Está México mejor después de la lucha armada? ¿Finalmente, qué es lo que nos queda de aquel difuso, pero bien celebrado aniversario?

Ya lo recordaba bien Octavio Paz, el mexicano vive atado en muchos sentidos al pasado. Más que ver al presente, añora el pasado. Y mientras seguimos festejando, no importa que no quede claro de qué va el festejo, sino de qué trata sobre la Revolución, y eso sí lo saben bien los mexicanos. Sin embargo, dos encuestas recientes, demuestran que en realidad los mexicanos conocen poco o nada de la historia, y justamente ahí radica parte de la fuerza del mito. No se conoce, pero se reconoce.

En esta semana se publicaron dos estudios de opinión sobre la Revolución, uno de María de las Heras y otro de El Universal. Por ejemplo, De las Heras encuentra que 62% de los mexicanos piensa que todavía le debemos mucho a la Revolución y aun así, uno de cada dos piensa que en el México de principios del siglo XXI la democracia efectiva todavía es un ideal que no se cumple.

Por otro lado, la encuesta del Universal, demuestra que el 55% de los mexicanos ni siquiera ubica bien la fecha de inicio de la Revolución, pero al mismo tiempo un dominante 75% considera que el movimiento armado cumplió sus objetivos, aunque no se sepa cuáles fueron. ¿Cómo? 3 de cada 4 mexicanos no sabe bien a bien la historia, pero se cree, como acto de fe, que la Revolución cumplió sus objetivos. ¿Y verdaderamente tenía objetivos la mentada Revolución?

Si atendemos al hecho histórico como tal, conoceremos que la Revolución no fue un movimiento sino varios, en ocasiones afines, otras abiertamente contrapuestos. Madero luchó por un cambio político y la sustitución del poder. Zapata y Villa, compartían ideales agrarios, pero tenían motivaciones distintas. El golpe de Estado de Huerta por ocupar la silla terminó por desatar nuevamente la guerra hasta el triunfo de Carranza. Finalmente será el ala sonorense, Obregón y Calles, quienes triunfen e imponga su visión.

Pero quien realmente logró resolver el problema de la violencia, fue Calles con la creación del Partido Nacional Revolucionario (hoy el PRI), en 1929, como un mecanismo para transmitir el poder sexenal a los caudillos del partido.

Al final, el nuevo régimen revolucionario e institucional, no logró resolver los problemas sustanciales del México porfiriano. Y si bien, levantó instituciones admirables y alfabetizó a la mayoría del país, no logró establecer una base democrática, ni tampoco un Estado de Derecho. Mucho menos acabar con la pobreza.

La Revolución Mexicana, argumenta Macario Schettino, no es un hecho histórico, es una construcción cultural, una interpretación interesada de los eventos ocurridos a la salida de Porfirio Díaz, creada por los ganadores de la serie de guerras civiles que le siguieron, para dotarse de una legitimidad que de otra manera simplemente nunca hubieran tenido.

El mito de la Revolución no ha muerto, ha escrito Schettino, millones de mexicanos siguen creyendo en él, sin darse cuenta de que la pobreza en que viven es resultado del régimen autoritario que inventó ese mito para mantenerlos engañados.

El mito ha sido tan poderoso, que no hay forma de renovar a México sin enfrentarlo. No hay manera de construir un México democrático, competitivo y justo sin destruir ese pensamiento anacrónico y colonial que subyace a ese invento llamado Revolución Mexicana.

Y quizá un buen camino para abordar este problema, es reinterpretando la historia sin la ideología del viejo régimen. Releerla y reescribir los libros de historia sería más sano para un Centenario de la Revolución en 2010, que seguir perpetuando el mito. Es decir, quitar la mayúscula a la Revolución.

No hay mucho qué celebrar en el México del siglo XXI, porque los viejos problemas sociales, económicos y políticos siguen ahí como en el pasado “glorioso” que leímos en los libros de nuestra historia oficial. Un Estado mexicano incapaz de instaurar el imperio de la Ley o el Estado de Derecho, es por lo tanto, incapaz de generar una justicia social para los millones de pobres que subsisten a la par del mito.

ccastanoncuadros@gmail.com

Fuente: elsiglodeltorreon.com.mx

Disidentes de la desigualdad

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Por Andrés Montero Gómez

(Director del Instituto de Psicología de la Violencia)

El Instituto de la Mujer en España ha cumplido 25 años. En ese mismo cuarto de siglo de historia de la Europa unida nunca una mujer ha sido presidenta de la Comisión Europea. Tanto tiempo y tal vez no nos hemos dado cuenta de que la precondición para el ejercicio de la libertad es la igualdad de derechos y oportunidades. Existen otras condiciones necesarias, pero que no son suficientes para conformar la libertad. La seguridad, por ejemplo, es una de esas condiciones imprescindibles para la libertad. Nuestra Constitución establece que la seguridad, un derecho y también un servicio que el ciudadano se provee a sí mismo articulándolo a través del Estado y de sus fuerzas de policía, es necesaria para garantizar el libre ejercicio de los derechos. Sin embargo, la seguridad no es por sí misma suficiente para que seamos libres.

Existen muchas personas privadas de la seguridad y aún así, en cada resquicio, encuentran modos de ejercer la libertad. Los disidentes en las dictaduras son ese tipo de ciudadanos que no aceptan que un tirano se arrogue derechos que no tiene, que les prive a ellos de unos derechos, los fundamentales, que nadie ha concedido al disidente, sino que el disidente ya tiene por el hecho de ser humano. Un disidente es un ciudadano inseguro pero libre, continuamente privado de su derecho a la libertad pero permanentemente en estado de rebeldía. Es libre aunque en lucha constante por despojarse de una tiranía que le recorta el ejercicio de las libertades. O sea, es libre de facto pero no de iure, no de ley.

Las dictaduras nos enseñan que la libertad puede ser una perseguida a quien alguien ha retirado la seguridad jurídica para expresarse. Aunque la libertad se ejerza en un medio social donde la seguridad sea garantía, la persona que la posea no será libre, no tendrá ciudadanía, sin igualdad. La seguridad es necesaria para la libertad, pero no es suficiente. Si una persona convive segura en un medio social desprovisto de igualdad de derechos y oportunidades no será libre. Estará segura, mejor dicho, creerá estar segura, pero su libertad será de mentira. No existe libertad cuando las reglas de convivencia que establecen la columna vertebral del sistema social de intercambio favorecen a unos en detrimento de otros. Ante esta afirmación, puede contraponerse que entonces nuestras sociedades no son libres, porque siempre hay personas que son favorecidas, por encima de otras, en virtud de determinadas reglas sociales. Ahora que estamos en tiempos de crisis económica, podemos pensar que el sistema favorece a los ricos y castiga a los pobres; podemos pensar que no somos iguales que el presidente de un gran banco o que el heredero de una gran fortuna. Y estaremos en lo cierto. El multimillonario deportista de elite o el afamado y enriquecido propietario mayoritario de una multinacional de telecomunicaciones son distintos del cajero de un supermercado o del conserje de un banco. Ésa es la democracia, nacemos iguales para acabar siendo diferentes. La clave reside precisamente en la pre condición democrática de nacer iguales y de no ser discriminados en ningún punto del trayecto de nuestra ciudadanía por razones de sexo, raza, religión, ideología, lugar de nacimiento, creencias y un largo etcétera de variantes de expresión de la personalidad.

El hecho de que naciendo en Uganda alguien acabe siendo banquero de Neguri es una cuestión de probabilidades, de una compleja combinación de probabilidades, y de esfuerzo. Tiene pocos visos de suceder, seamos claros. Sin embargo no es imposible. Y no es imposible porque ser negro no es un obstáculo para progresar en nuestra sociedad. ¿O sí lo es?… Porque si lo fuera, entonces no estaríamos viviendo en democracia. Un negro acaba de llegar a la presidencia de EE UU. Esto es posible porque esa persona es igual, en términos de derechos y de oportunidades, que el blanco George W. Bush. El ya presidente electo de EE UU, Barack Obama, no ha tenido la misma vida que George W. Bush ni procedía de una familia precisamente presidenciable. Sin embargo, ahí está, ejerció su libertad y su derecho, se comprometió con un camino y una decisión y, confiando en sus capacidades, hizo cuanto creía que debía hacer para alzarse con la presidencia de su país. Si el sistema hubiera sido discriminatorio por razón del color de la piel hasta el punto de limitar el acceso de un negro a la presidencia, Obama no sería igual que Bush en las posibilidades de expresarse libremente y EE UU no sería una democracia. Lo cual no quiere decir que en EEUU no existan discriminaciones por razón de raza.

Las discriminaciones pueden ser sistémicas o proceder de la conducta de individuos o colectivos. Un sistema democrático puede garantizar las condiciones legales para ser igualitario, pero muchos de los individuos de la sociedad comportarse discriminatoriamente ante determinados rasgos en otras personas. La ley garantiza la igualdad de derecho, pero las personas conseguimos traducirla o no en igualdad de hecho. En las democracias, con la igualdad ocurre lo mismo que en las dictaduras con las libertad, sólo que a la inversa: en las dictaduras muchas personas luchan con libertad de facto para lograr una libertad de iure, y en las democracias la igualdad entre sexos existe por ley pero muchas personas, generalmente los hombres, luchan para que no exista de facto.

La mitad de la población en España sufre algún tipo de discriminación por razón de sexo, por el hecho de ser mujer. Ustedes dirán que no es para tanto, que las mujeres ya han conseguido suficiente nivel de igualdad para que consideremos que ya pueden ejercer su libertad sin cortapisas. Imaginen, pues, cuántas mujeres diputadas o en las ejecutivas de los partidos encontraríamos si no hubiera una regulación a favor de la paridad. Lo que nos sale de dentro a los hombres, todavía ahora en los albores del siglo XXI, es quedarnos con todo el poder, manejando los hilos de la toma de decisiones. Continuamos haciéndolo.

A pesar de las críticas feroces que ha recibido, o precisamente por ellas, el Ministerio de Igualdad es tan necesario como la Ley de Igualdad. Sin legislación de igualdad, los códigos de dominación masculina que continúan transmitiéndose intergeneracionalmente en la población dictarían el mandato de que fuera el hombre el que dirigiera, implícita o explícitamente, en cualquier ámbito de poder. Con legislación de igualdad, nuestros interiorizados códigos de socialización continúan dictándonos lo mismo, con la salvedad de que la ley nos obliga a comportarnos de otra manera, antidiscriminatoriamente o igualitariamente. Lo que ocurre con la ley es que los hombres intentamos encontrar las maneras de subvertirla… que todo cambie para que todo siga igual.

La legislación de igualdad no es suficiente porque socialmente no hemos interiorizado la igualdad y, en función de nuestros todavía códigos patriarcales de socialización, nos comportamos quasi-automáticamente de forma discriminatoria en multitud de ocasiones. La discriminación priva de libertad a la mujer y la convierte en un ciudadano de segunda, en un ciudadano subordinado. El argumento más peligroso a favor de la igualdad es que la igualdad ya existe. Otro igual de nefasto es que las cuotas femeninas no son necesarias porque la mujer ya puede acceder, por mérito, a cualquier puesto. La realidad se encarga con terquedad de contradecir esos buenos deseos, que no son más que inoculaciones defensivas de los hombres, de muchos, de algunos, para hacernos creer que ya no es necesario cambiar nada más.

La mujer es, con mucha diferencia, la que menos delitos violentos comete pero está infrarrepresentada en la dirección de los organismos de seguridad; es la más dotada para entender intereses colectivos y globales, para tomar decisiones de riesgo controlado, pero está ausente del núcleo de poder de los sistemas financieros internacionales. La mujer es madre pero la maternidad está discriminada en las articulaciones informales de toma de decisiones de la mayoría de las empresas, basadas en horarios imposibles, dedicaciones esclavas y modelos alienadores de la vida personal del trabajador. Tenemos un mundo que es el resultado de más de veinte siglos de dominación masculina. En muchas cosas es bueno y en otras nefasto, pero sin lugar a dudas es discriminatorio hacia la mujer.

El Ministerio de Igualdad está para lograr que la realidad se parezca cada vez más a la realidad. Es decir, que la realidad jurídica sobre igualdad que convierte en democrático al Estado de Derecho sea efectiva para transferir esa democracia, integral e integrada, a la ciudadanía. Tenemos que ser disidentes en la dictadura invisible de la desigualdad

Una gran marcha para la defensa de la persona humana

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por Agustín García-Gasco

(Cardenal-arzobispo de Valencia)

LA Doctrina Social de la Iglesia necesita de personas que la pongan en práctica. La Iglesia invita a todos los cristianos y personas de buena voluntad a conocer sus postulados y a inspirarse en ellos para lograr un mundo mejor. Innumerables hombres y mujeres impulsados por el Magisterio social alcanzan un fuerte compromiso con el mundo.

El bien común de una sociedad nunca es algo estático ni inamovible. Ni en una comunidad, ni en una nación, ni en la humanidad entera, el bien común puede sostenerse sin la activa participación de las personas. Las leyes, los organismos, las estructuras político-sociales o incluso religiosas resultan necesarias y útiles, pero son las personas quienes las dotan de coherencia y sentido al servicio del bien común. Los cristianos, conscientes de esta realidad, debemos comprometernos como una gran marcha en movimiento para la defensa de la persona humana y para la tutela de su dignidad.

La Doctrina Social de la Iglesia exige en la actualidad una urgente convocatoria para la participación en la vida social, cultural y también política. Trabajar para el bien de la sociedad es cosa de todos y cada uno.

Son las estructuras económicas y políticas las que deben estar al servicio de cada persona y no a la inversa. En este siglo XXI debemos asistir a un renacimiento del pensamiento que vuelve a la persona humana como lo más importante de la creación. En no pocas ocasiones el ser humano parece la víctima de unas estructuras económicas o políticas que no resuelven los problemas, sino que son parte del problema por su inoperancia.

Es imprescindible alentar el crecimiento humano en los diversos ámbitos de la vida social y política: en el mundo del trabajo y de las actividades económicas, en la información y la cultura, en las acciones de gobierno y de modo muy especial en la edificación de una comunidad internacional solidaria.

La formación en la Doctrina Social de la Iglesia muestra que es imprescindible la exigencia de favorecer la participación, sobre todo de los más débiles, así como de alentar un fuerte empeño moral, para que la gestión de la vida pública sea el fruto de la corresponsabilidad de cada uno con respecto al bien común.

El Magisterio social de la Iglesia señala con toda claridad que la participación en la vida comunitaria es una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. Los gobiernos que se dicen democráticos ganan en credibilidad cuando ofrecen cauces para que la comunidad civil pueda ser informada, escuchada e implicada en la adopción de resoluciones.

Si no se cuidan los elementos culturales e históricos más profundos en los que se asienta la participación solidaria, la democracia puede verse empobrecida y seriamente dañada por posturas que llevan al ciudadano al desinterés y al pasotismo público.

Los grandes problemas sociales, políticos y económicos que aquejan a nuestra sociedad son también grandes oportunidades para implicar voluntades que superen los partidismos miopes y los egoísmos insolidarios entre personas y comunidades.

Nuestra sociedad requiere más que nunca de personas responsables que no agoten los recursos al son de los efímeros ciclos electorales. Ante los tiempos difíciles que se avecinan es hora, más que nunca, de que las instituciones y personas que conformamos la Iglesia ejerzamos la solidaridad y abramos nuestros brazos a las víctimas del paro y a los que sufren la inestabilidad laboral.

Fuente: ABC-España

Segundo análisis: La inconclusión repartida

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por Teódulo López Meléndez

El deber de ciudadanía

Menos de 24 horas le tomó a Chávez volver al lenguaje grosero, amenazante y ofensivo, de alto contraste con las ofertas de colaboración que han hecho los vencedores de la oposición. Deberemos prepararnos para todo y para lo primero que debemos prepararnos es para ejercer ciudadanía. En el caso de Caracas, por ejemplo, cada uno de los habitantes de esta ciudad golpeada debe sentirse Alcalde Mayor y aprestarse a cumplir con lo que decida la mancomunidad de alcaldes: si tenemos que sacar la basura a una hora determinada, hagámoslo: si debemos detener nuestros vehículos a determinadas horas, detengámoslos. Si se produce la creación de una mancomunidad de la basura, cumplamos con los detalles y si se crea una corporación de seguridad colaboremos con el mejor de los ánimos. Esto es, los gobernantes no pueden solos si no hay una voluntad colectiva, en este caso detrás de Antonio Ledezma, a quien debemos ayudar a superar todos los obstáculos.

El deber de ciudadanía pasa por comprender que en el 2009 tenemos una elección de alta importancia, la de Concejos Municipales y Juntas Parroquiales. Deberemos entender que esa no es una elección banal y sin categoría. Por el contrario, deberemos utilizarla para elegir con conciencia y para producir un nuevo repunte de quienes constituimos la alternabilidad democrática. Concejales y delegados parroquiales son las personas más cercanas a la comunidad. Deberemos aprender que tenemos allí un representante a quien dirigirnos y a quien exigirle, así como los electos deberán entender que están allí para atender y oír, para movilizarse a resolver los problemas menudos y los que no lo son tantos, como ordenar los presupuestos al beneficio colectivo, controlar el empleo de los recursos y colaborar estrechamente con la planificación de las obras prioritarias.

No obstante, no puede la oposición convertirse en electoralista, lo que es una cosa muy distinta de aprovechar los intersticios electorales. Debo volver a reclamar de la manera más enérgica la pasividad oposicionista ante la aprobación de las 26 leyes que metían de contrabando la reforma constitucional rechazada. Algún idiota inventó la expresión “trapos rojos” para justificar la inacción. Aquí hay que salir a combatir al gobierno ante cada estropicio, ante cada abuso, ante cada violación de la Constitución y de las leyes. Una oposición contemplativa que se deja faltar el respeto no merece ser llamada alternativa democrática.

Los implacables números

El oficialismo rescató un tercio de los votos que se le escurrieron el 2 de diciembre. Lo hizo con un lenguaje feroz y dictatorial, con la compra de conciencias y con el uso indiscriminado del dinero de la nación, pero lo hizo. La oposición rompió el límite de 4 millones de votos a la que parecía condenada, pero el balance –en términos redondos- es que el oficialismo sacó un millón de votos más que la alternabilidad. Es un retroceso oficialista evidente, pero aún así hay que recordar que el oficialismo tiene un diez por ciento de ventaja. La tarea de construir una nueva mayoría sigue siendo, entonces, un desafío.

Esa nueva mayoría se logrará corrigiendo los fanáticos errores cometidos, reduciendo a esos extremistas sifrinos que todavía –desde los foros de las páginas web- insultan y atacan a los disidentes del oficialismo, gobernando para todos sin discriminaciones, pero sobre todo, infinitamente sobre todo, poniendo sobre la mesa un proyecto de país, uno pleno de justicia social que haga entender a los pobres que es posible la implantación de una nueva organización social de redención desprovista del sectarismo, la ineficacia y el abuso destructivo de poder que caracteriza a este gobierno.

El sectarismo, el oportunismo y el mantenimiento de candidaturas sin sentido fueron castigados en las urnas. Sin embargo, también fue castigada la disidencia y para esto último aún carezco de una explicación razonable. Prefiero esperar los números oficiales por partido para hacer un balance sobre las fuerzas políticas, pero sobre la base de los números extraoficiales se intuye que alguno fue reducido a partido regional y que algún otro tuvo una recuperación nada desdeñable.

El proyecto de país

Frente a los compromisos por venir –donde debe estar incluida la batalla permanente y no la inacción culpable- deben producirse respuestas programáticas específicas. Hay que diseñar el país posible, una nueva concepción democrática del siglo XXI, una oferta social de gran envergadura y un comportamiento digno de los nuevos tiempos. He insistido hasta la terquedad que se debe partir del presente y no del pasado y para ello he recurrido a la imagen de la esponja y el detergente, en el sentido de limpiar principios correctos que han sido prostituidos por este gobierno.

El sectarismo, la ofuscación y la búsqueda obsesiva de la candidatura presidencial deben dar paso a una reflexión serena y a un profundo sentido de responsabilidad frente al futuro del país. Buena parte del país ha madurado, otra no tanto, y me refiero a la que todavía es influenciable por la presión, la amenaza, el lenguaje escatológico y el reparto indiscriminado que José Albornoz –líder del PPT- llamó acertadamente “de línea blanca”. Sobre la parte que ha madurado y que respondió escogiendo con cuidado las tarjetas con que votó, debe verterse una acción de gobierno diferente y eficaz, y sobre la parte inmadura debe ejercerse una profunda acción pedagógica y ella consiste en delinear claramente que la justicia no se logra con gritos estentóreos sino con una acción planificada presidida de una incorruptible voluntad política. En definitiva, el planteamiento no puede reducirse a salir de Chávez, el asunto es poner sobre la mesa una idea clara y precisa del país que se va a construir una vez que se salga de él.

Los retos, en lo inmediato, son espeluznantes. El que no aprende de sus errores no merece ser redimido. La prueba ha sido dura y la que viene lo será más aún. Esperemos que un líderazgo emergente que se ha asomado tímidamente esté a la altura. Trabajemos por una madurez creciente del país venezolano.

teodulolopezm@yahoo.com

La inconclusión venezolana: primer análisis

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por Teódulo López Meléndez

De inconclusión hablé antes de las elecciones regionales y de inconclusión se trata. En términos de proceso histórico no ha sucedido nada, pero sí en término de coyunturas. La oposición ha mejorado sus bases de batalla. La victoria en la gran Caracas y en Miranda, incluido el emblemático Municipio Sucre (una de las más grandes barriadas pobres de América Latina) son un golpe fuerte para el gobierno de Hugo Chávez. A ello, claro está, hay que sumarle el mantenimiento del control en dos estados o provincias, entre las cuales el petrolero Zulia, y el anexo del estado de Carabobo –centro industrial de Venezuela- y del estado Táchira, fronterizo con Colombia. Tal como estaba previsto la oposición se asienta en nuevas conquistas y gobernará al 45 por ciento de la población de Venezuela. Un resultado nada despreciable, pero un resultado que marca el inicio de una nueva etapa de graves confrontaciones.

La población urbana rechaza al gobierno de Chávez. La llamada “revolución” se convierte en una “revolución rural”. Las principales ciudades del país, en su gran mayoría, pasan a control de la oposición. Esto es, los sectores más comunicados –y uso la expresión para diferenciarla de la expresión sectores más informados- no están con el autodenominado “proceso”. Este cambio es sustantivo y merecerá análisis en profundidad.

La oposición ha pagado caro su ceguera frente a la llamada disidencia del gobierno. El caso emblemático es el del estado Barinas, feudo familiar Chávez, que perdió el disidente Julio César Reyes porque la oposición formal no entendió el valor simbólico que allí se acumulaba. Hay un sector extremista en la oposición que no quiere saber nada de los disidentes del oficialismo, estigmatizándolos con epítetos grotescos, sin entender que sin la disidencia no se puede constituir una nueva mayoría.

La mayor ceguera la mostró la oposición en el caso del estado de Bolívar, donde el obrero metalúrgico Andrés Velásquez perdió porque la oposición no entendió que era él el candidato. Velásquez, quien en el pasado estuvo a punto de ganar la presidencia de la República, ha podido alzarse con la victoria si algunos partidos de la oposición no se hubiesen auto engañado con encuestas evidentemente falsificadas.

Una victoria que merece un párrafo es la de Antonio Ledezma para la Alcaldía Mayor de Caracas. Fue, sin lugar a dudas, el mejor candidato de entre ambos sectores, por su seriedad, constancia y anuncios programáticos. Seguramente sea Ledezma el mejor ejemplo de una elección consciente. Un luchador no populista ni demagogo que gana por su mensaje debe ser mencionado como un ejemplo de madurez ciudadana. Ledezma la verá fea: previendo una victoria de la oposición esa insigne posición de gobierno de la capital de la República fue despojada de la Policía Metropolitana y de los hospitales. Allí campea la ruina, con pasivos laborales, desorden y corrupción. Los problemas que el flamante Alcalde Mayor deberá enfrentar son de tal magnitud que en este momento sólo vemos como signo de auspicio, amén de la capacidad de liderazgo del electo, el hecho de que de los cinco alcaldes de la gran Caracas cuatro le acompañarán en el intento por hacer una gran gestión.

Hay que reconocer a Carlos Ocariz como un insigne luchador. Ganó Petare (Municipio Sucre) una zona de extremada violencia donde los partidarios del gobierno disparaban al aire en la madrugada en que se anunció la victoria oposicionista. Es un joven ingeniero con una increíble vocación de servicio. Será un excelente alcalde. Y la victoria de Henrique Capriles en el populoso estado de Miranda, que es como decir el vecindario de Caracas. Así mismo un reconocimiento para César Pérez Vivas, quien después de ser echado de la Secretaría General de su partido socialcristiano obtiene una celebrada victoria en los Andes (Táchira) dejando con un pulmón al hoy denominado “Partido Popular”.

La reacción del gobierno ante los resultados ha sido de mesura, pero sabemos bien que la mesura le dura horas y vuelve a la agresión, al insulto y a la ignominia. Veremos cual es la actitud oficialista frente a los espacios conquistados por la oposición. Recursos y colaboración están en entredicho. No podemos olvidar el abuso de los medios de comunicación oficialistas, las amenazas de Chávez de sacar tanques y soldados y de meter preso a dirigentes oposicionistas, así como de negarles el agua y el pan a las regiones donde perdiese. Se hizo uso indiscriminando del dinero del erario público y de un lenguaje que, dije en mi anterior artículo, no se había visto ni en las peores dictaduras africanas. Todo el peso del Estado estuvo volcado a hacer ganar a los candidatos del PSUV. La tarea es muy difícil, no sólo desde este punto de vista, sino desde el de concretar una acción de gobierno eficaz que ataque los problemas emblemáticos que sufren los venezolanos. Hay que demostrar que existe una manera eficiente de gobernar. Diría que debe demostrarse tal compenetración con la gente que uno pudiera considerar que se ha iniciado la posibilidad de decir que comienza a construirse un proyecto de país que enfrentar al de Chávez. Esto último es un desafío ingente que impide que los vencedores se vayan a celebrar con güisqui y con el plato tradicional navideño venezolano, las hallacas.

Tres líderes fundamentales del oficialismo fueron derrotados. Diosdado Cabello, Jesse Chacón y Aristóbulo Istúriz. Veremos que hace Chávez con ellos, si los vuelve a llevar al gabinete o los deja de lado. Son caras gastadas y ya dieron al “supremo comandante” la oportunidad de olvidarlos. El oficialista PSUV recuperó – según los primeros números que pueden variar- al menos un tercio de los tres millones de electores que se le esfumaron el pasado 2 de diciembre de 2007 en el referéndum constitucional. Sigue siendo el primer partido nacional. Sin embargo, la cifra oficialista está muy lejos de las palabras pronunciadas previamente a las elecciones por el general Müller Rojas (aquí abundan los generales, los coroneles y todo tipo de militares), vicepresidente del partido de gobierno, quien aseguró que para ellos una victoria con menos de algo más de siete millones de votos sería una derrota. Pues bien, de esa cifra estuvieron muy, pero muy lejos. Por lo demás, habrá que ver cual es ahora el principal partido de la oposición.

El PSUV y su voz única Chávez afinarán ahora la estrategia para tratar de conseguir el único anhelo que los mueve: convertir al teniente coronel en presidente ad eternum. Esa es la gran batalla que los demócratas tenemos delante. Todo está inconcluso en este proceso histórico, la coyuntura simplemente ha sido urbanamente bienaventurada.

teodulolopezm@yahoo.com

Argentina: La política y la ciencia política del siglo XXI

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Por Rolando Esteban Schmid

  1. Introducción
  2. ¿Ciencia Política?
  3. Conocimientos y Valores
  4. El escenario y los actores
  5. Tic-Tac o Latidos
  6. El discurso y los medios

Introducción:

Un nuevo cambio de siglo y sus particulares circunstancias obligan a repreguntarse sobre la política y la ciencia política; la necesidad de reflexionar, continuando la inveterada costumbre griega con su polis, es una invitación a encontrarse con viejas y nuevas preguntas.

La pregunta, inquietud tan esencialmente humana, implica duda, un no-conformismo y curiosidad. Y también un deseo de avanzar; de comprender el hilo conductor de los hechos, de nuestro derrotero como individuos y como sociedad. Qué, cómo, cuándo, dónde, por qué, quién, para qué, son aristas del instrumento que nos posibilita conocer y comprender; desatando los nudos de los problemas, disminuyendo nuestra ignorancia y afirmando la certidumbre.

Este instrumento es especialmente importante en materia política, en ella influyen en gran forma: la inteligencia, el honor, la lealtad, los principios, y, a su vez, la sin razón, las pasiones, el olvido, los intereses y el desconcierto. La naturaleza humana con todas sus virtudes y sus vicios, no hay sociedad que no se beneficie ni sufra por lo mismo. Como dijo Plauto, y solía repetir Hobbes, homo homini lupus; pero también como señaló Mario Justo López: homo res sacra hominis. Sea en un sentido u en otro, la política es determinante, de allí que sea objeto de reflexión.

¿Ciencia Política?

¿Existe la ciencia política? ¿Es ciencia? Sí es la respuesta de nuestros manuales, tiene un objeto propio y un método (o varios según las distintas escuelas) para conocerle.

Según Marcel Prélot desde los griegos se ha desarrollado como conocimiento científico (objetividad, método y comunicabilidad), con mayor o menor suerte. Pero desde la segunda mitad del siglo XVIII, su reino comienza a desmoronarse, surge la economía política que pronto reclamará autonomía tanto en el orden práctico como en el intelectual. Otro cisma será el que separará lo político de lo social, surgiendo la sociología en el s. XIX. Hacia fines de éste mismo siglo, será el derecho público a través de su hegemonía en el estudio de la teoría general del Estado. El contenido tradicional de la ciencia política disminuyó hasta desaparecer casi por completo. La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias brindaron las circunstancias propicias para el renacimiento politológico. “En un mundo extremadamente politizado, la convicción de que la ciencia política no puede ser ignorada oficialmente surge pronto y se extiende de un modo irresistible”.

Otros autores, como Duverger, señalan que el conocimiento de la política en tanto que ciencia comienza entre 1890 y 1914, época de su acogida en las universidades de Estados Unidos; en Europa lo hará, en general, después de 1945; la etapa anterior para el citado autor es la “prehistoria” de la ciencia política.

Pero todos ellos coinciden en su franco desarrollo en la segunda mitad del siglo XX, creándose cátedras y hasta facultades de ciencia política. En 1948, la UNESCO y los politólogos circunscriben empíricamente el contenido de la misma en cuatro grandes rubros: teoría política; instituciones políticas; partidos, grupos y opinión pública; y relaciones internacionales. Se ha precisado su objeto.

El politólogo “como otros adeptos de las ciencias humanas, lo que el descubre es la realidad social, pero la considera de un modo diferente, y le concede un interés que es el único en experimentar”. En sus estudios sociales no está solo, pero él aporta el análisis de la sociedad a través del poder. Es el elemento vital que da vida a la misma, la sociedad política es un sistema que necesita del poder para ordenarse como medio de transmitir la acción. El poder es orden y es acción. La relación es tan íntima, que como sea el poder será la sociedad, así hablamos, por ej., de democracia, oligocracia, cleptocracia, etc., en donde el sufijo “cracia” (del griego kratía, krátos) es siempre “poder”. La ciencia política o politología contribuye a conocer la realidad política como parte de la realidad social, y lo hace desde el poder; sus sistemas, teorías, actores, acciones, todos tienen como elemento primordial el poder, porque la política es lucha e imposición del poder, ya en forma pacífica (relación argumento-contraargumento), ya in extremis por la fuerza.

La pregunta por el “cómo” lleva al método. La ciencia política no podrá ser tal sino tiene método. La etimología nos acerca al concepto: met (más allá) y hodos (camino, viaje), es decir, el camino que nos lleva al objeto de conocer que se encuentra más allá del sujeto cognoscente. Es el camino a recorrer y la meta a alcanzar. López lo define como “el procedimiento o conjunto de procedimientos por cuyo intermedio, en base a un plan fijado y a reglas determinadas, se procura la obtención de un fin propuesto… El método está estrechamente relacionado con la realidad que se pretende conocer”.

Las vicisitudes de la ciencia política, en cuanto tal, tiene mucho que ver con las modas científicas; y las ciencias naturales y sus métodos han estado mucho tiempo en el candil. El positivismo propugnando la unidad de la ciencia y la unidad del método, impuso a los objetos culturales el método de las ciencias naturales (biología) y exactas (matemáticas). Implicó un grave atraso para la ciencia política. Recién en 1883 Dilthey demostraría la diferencia radical entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu (“la naturaleza nos la explicamos, la vida del alma la comprendemos”).

La reacción anti-naturalista encuentra hoy seguidores en los comprensivistas que “en general se concentran en el sujeto y su singularidad; apuntan a conocer sus propósitos, el significado de los signos y sentido de lo social y esto lo hace desde un abordaje teleológico, que comprende el dominio de las funciones, finalidades, significados, objetivos e intenciones. El punto central, está en el método y objetivo de la explicación del fenómeno social visto como un proceso de comprensión”.

Después de esta crítica, asistimos al desarrollo de un movimiento neopositivista, destacándose los conductivistas: “…el enfoque conductivista se orienta hacia un conocimiento que pretende ser de tipo nomotético y ha acentuado el uso de las metodologías de investigación empíricas”.

Esta larga controversia, no terminada aún, es fructífera para la ciencia política. Los politólogos, seguramente, harán una realista aplicación ecléctica de las dos corrientes, afirmándose más en una u otra, según la formación y experiencia de cada investigador.

En esta perspectiva, podemos afirmar que los pasos de todo método científico son: a) formulación del problema, b) tentativa de explicación provisoria, c) aplicación de instrumentos y técnicas para la obtención de datos, d) análisis e interpretación de lo obtenido y e) especulación a partir de ella.

Pero, a su vez, cada ciencia tiene un método que le es propio. En efecto, tiene una cierta realidad a conocer, un objeto o meta que esta más allá y sólo ella puede encontrar el camino para alcanzarlo. Captar la realidad política, el acto político que se desarrolla en la comunidad política (ámbito espacial y temporal, inmerso en una determinada cultura que lo influye), descubriendo los actores políticos (quienes luchan por el poder, quienes influyen en él, y quienes realmente lo ejercen), apreciando su actividad que da sustento a la relación gobernantes-gobernados (Estado y sociedad civil).

Lo que amalgama todos estos aspectos y lo esencial del objeto, sigue siendo el poder. El aporte de la ciencia política a las demás ciencias, que también estudian la realidad social, es, en última instancia, el análisis del poder. Este método, sin dejar de ser único, es complejo, y lo es en la medida que aplica técnicas e instrumentos de otras ciencias sociales: observación, experimentación, comparación, estadísticas, análisis históricos, culturales, inducción y deducción.

Hacia fines de la primera mitad del siglo XX el objeto y el método (s), aún en polémicas, estaban más determinados, influyendo en el desarrollo de la ciencia política. Coincide también con el desarrollo de la política como mecanismo de solución en la interactividad humana, tanto a nivel nacional como en el internacional. Alemania y Francia comienzan a dialogar y sientan las bases del proceso que llevará a la Unión Europea. En Italia, las fuerzas políticas, incluso el partido comunista más poderoso de Occidente, afianza la democracia, muy a la italiana por cierto. Numerosas revoluciones tratan de modificar el mundo o su mundo, llevando a la praxis sus teorías políticas. El enfrentamiento entre la ex URSS y USA hizo de las ideologías los factores dominantes de la Guerra Fría, terminando la misma sin ninguna conflagración final QBR (Química, Bacteriológica, Nuclear). Surge una creencia generalizada de que la política es el ámbito donde se encontrarán las soluciones. En Argentina, en 1983, Alfonsin proclamó que “con la democracia se come, se cura, se educa….”; la sociedad se afilió masivamente a los partidos, las movilizaciones eran colectivas, el deseo de protagonismo, de participación era tangible. Ese fue el clímax. El que hoy muchos pidan el “que se vayan todos”, que una ola neofascista recorra Europa (especialmente Italia, Austria, Francia), que el sistema internacional tienda más hacia el imperialismo unipolar que hacia el multilateralismo, la importancia de lo económico sobre lo político, del mercado sobre la sociedad, de las ciencias económicas sobre las ciencias políticas; son todos síntomas de una sociedad en cambio, en crisis.

Nos preguntamos “¿Puede la política cambiar significativamente mi realidad?”. La respuesta es afirmativa. Y si nos interrogamos hoy ¿qué significado tiene la ciencia política para la política? ¿para qué estudiar ciencia política? Porque la primer afirmación puede ser negativa o positiva, ese cambio puede ser beneficioso o perjudicial, puede sacar a la sociedad en el marasmo en que se encuentra o hundirla más; por ello, necesitamos de la Politología. Ella debe brindar sus conocimientos para adaptar las instituciones políticas a las nuevas exigencias, a la nueva sociedad del siglo XXI. Mientras existan relaciones de poder entre los hombres y entre los países, ha de ser necesario que se estudie y se propongan formas y acciones que conlleven al mínimo de conflictos, al máximo de beneficios para el mayor número posible; para eso se necesita la Ciencia Política, generando respuestas, interpretando el bien común de una sociedad determinada en su espacio y tiempo.

Conocimientos y Valores:

Si partimos de que la ciencia busca conocer la verdad, conociendo en ese trajinar lo que no lo es, y que quien conoce es un sujeto; un problema central en la ciencia es el de la relación objetividad-subjetividad. Se plantea ¿si el conocimiento al que se llega puede ser cierto y, por lo tanto, comprobable por otros científicos? Ósea, que esa verdad que se percibe y se trasmite, ¿será verdad para otros sujetos?.

El sujeto cognoscente, en tanto que sujeto, está imbuido de su propia subjetividad. Al conocer, conoce desde sí y al comunicar su conocer a otros científicos (sujetos como él), conlleva su subjetividad (creencias, valores, apreciaciones y circunstancias personales) en forma tan consubstanciada con los datos, que es difícil ver al dato desnudo del vestido que lo cubre. Entonces ¿es posible que tal conocimiento sea científico, es decir, verdad?

En primer lugar, el politólogo debe partir de que su objeto de análisis es una parte de la realidad social, la realidad política. De la cual forman parte esencial, además de hechos y datos tangibles, los juicios de valor, es decir valoraciones, que no expresan lo que son los hechos o las cosas, sino la estimación que hacemos de ellos. No se los puede conocer si se prescinde de los mismos, cómo estudiar la ideología nazi o la comunista, si lo hacemos sólo como hecho y no como valor, ¿cómo lo comprenderemos? ¿cómo tratar de aprehender el espíritu que los guiaba, que les daba vida?. Necesitamos penetrar un pensamiento que no es el nuestro; circunscrito a un lugar y tiempo y también algunas veces una cultura extraña, desde otro lugar y tiempo.

La ciencia occidental positivista en su afán de ser objetivista (relegando la magia, el oscurantismo y otras prácticas de la época premoderna, que le precedió), separó al sujeto del objeto, como si fueran entidades totalmente distintas e independientes entre sí, como si la realidad no involucrará al objeto y el sujeto. La ciencia tratando de no ser subjetivista suprimió al sujeto.

Debemos percibir la realidad como fenómeno social y cultural, que contiene ideas de valor que la significan. Es preciso destacar que solo conocerá una fracción de la realidad, no puede pretender que esa parte sea toda la verdad, de lo contrario se acarrearán graves consecuencias para la descripción, análisis y acción política. Así como rechazamos el objetivismo (no el tratar de ser objetivo, de ser veraz consigo mismo, de reconocer una verdad aunque ésta nos sea desfavorable y nos perjudique), con la misma razón y fuerza rechazamos el subjetivismo. Todo totalitarismo surge de un profundo subjetivismo que se pretende a sí mismo como objetivo. El subjetivismo implica no reconocer la verdad que afirma otro o relativizarla en el otro, en política generalmente otro-adversario; pero en este proceso de negación para sostener mi postura (creencias, ideas, sentimientos e intereses) puede desembocar a lo largo en un negarme a mi mismo el acceso a la realidad y a su comprensión. El que yo-sujeto pueda conocer y que el tú-sujeto también, establece las bases para el diálogo, a través del mismo se puede llegar a conocer no sólo la verdad del otro, sino también la verdad de la que formamos partes (el yo y el tú, es decir el nos), o por lo menos acercarnos a su aprehensión.

El diálogo es esencial, sobretodo en el proceso político, implica asumir las existencias de mayorías y minorías, la existencia de distintos actores políticos que confrontan y comparten la gestión política. La palabra griega “diálogo” significa: “dia”, alteridad, más de uno, y “logo” que proviene de logoi, que es palabra y, también, conocimiento; es decir, para conocer necesitamos la alteridad del otro a través de la comunicación recíproca.

El positivismo también influyó en lo referente al análisis del objeto, señalando que para conocer es necesario dividirlo, fraccionado la realidad, conociendo sus partes se conocería luego el todo por adición. Lo que exageradamente llevó a ciencias estancas, especializadas, en compartimientos sin comunicación entre ellas. Este exceso se está corrigiendo a través de los estudios interdisciplinarios, que aportan distintos análisis y conocimientos sobre un mismo objeto, pero desde ópticas diferentes. Es evidente que debemos buscar, en una más justa medida, la necesidad de dividir para conocer, y luego compartir y reelaborar; pero evitando una especialización extrema que nos haga perder la unidad de la realidad, una realidad política que es proceso, que es cambio, pero también sistema, y para algunos autores autopiético .

En segundo lugar, el otro aspecto, “¿puede el científico político despojarse de sus propios juicios de valor en la captación de un objeto de conocimiento?”. La posición dominante ha sido la de la neutralidad axiológica. Weber ha señalado que el estudio de las ciencias sociales puede estudiar los valores, pero debe excluir sus propias valoraciones y aunque es totalmente imposible, debe advertir a sus oyentes y lectores y así mismo de sus propias valoraciones. “¿Cómo conseguir que por un lado un católico practicante, y por otro un masón, lleguen a la misma valoración en un curso dedicado a la Iglesia, al Estado o a la historia de la religión? Es imposible. Y sin embargo, el profesor universitario debe desear y exigirse a sí mismo ser útil, con sus conocimientos y métodos, tanto al uno como al otro?”. Para el maestro alemán se tiene el “…deber de crear una aspiración a la claridad y un sentimiento de responsabilidad; y creo que será tanto más capaz de lograr ese fin cuanto más escrupulosamente se resista a imponer o sugerir su propia opinión a los oyentes”.

Pero aun con la gran escrupulosidad weberiana no se puede desconocer que se anda en el mundo “con un sistema ideológico de mochila”. Este conjunto de ideas, de valores, esa cosmovisión ha sido siempre parte importante de la ciencia política. El padre de la misma, Aristóteles, recurrió a un concepto ético, el bien común de los gobernados o el bien propio del gobernante (s), para elaborar su clásica división entre las formas de gobierno.

El politólogo no puede huir de la ética, su hacer es también conducta humana y sujeto por lo tanto a la misma. Lo dicho no sólo les cabe a las ciencias del espíritu, sino también a las de la naturaleza o físicas, los científicos deben tener una conducta ética hacia su especie y el medio ambiente.

En cuanto a la técnica política, Maquiavelo reveló en forma tangible la separación cotidiana entre ella y la norma moral; originando un continúo debate sobre si esto es inmoral o sólo amoral. Por ejemplo el florentino afirma “que no debemos dejar nacer un desorden para evitar una guerra, porque acabamos no evitándola; la diferimos únicamente; y no es nunca más que con sumo perjuicio nuestro”, lo que bien podría ser aplicado a los Estados Unidos cuando en la guerra para liberar a Kuwait de la invasión de Sadam Hussein, se limitó a ello y no depuso al líder iraki, aun cuando contaba con el apoyo de la comunidad internacional; años después el costo para deponerlo le resultó altísimo, no sólo desde un punto de vista humano, sino también político, estratégico, ambiental y económico. Al explayarnos así pareciera que las técnicas maquiavélicas no son ni buenas ni malas en sí, sino técnicas. Pero adentrémonos más en esta línea de pensamiento, cuando Maquiavelo analiza el uso de la crueldad, afirma:

“Podemos llamar buen uso a los actos de crueldad (si, sin embargo, es lícito hablar bien del mal), que se ejercen de una vez, únicamente por la necesidad de proveer a la propia seguridad, sin continuarlos después, y al mismo tiempo trata uno de dirigirlos, cuanto es posible, hacia la mayor utilidad de los gobernados. Los actos de severidad mal usados son aquellos que, no siendo más que en corto número al principio, van siempre aumentándose, y se multiplican de día en día en vez de disminuirse y de mirar a su fin”.

Con esta base, supongamos que somos el Presidente Harry S. Truman, en una fecha cercana al 6 de agosto de 1945, para finalizar la Segunda Guerra Mundial debe rendirse Japón, quien no lo quiere hacer en forma incondicional. La última batalla importante ha sido la campaña de Okinawa, con un saldo de por lo menos 49.000 norteamericanos muertos y/o heridos. Los cálculos para tomar Japón en forma convencional, son más elevados en vidas. Rusia se está preparando para intervenir en Asia, asomándose las sombras de la futura Guerra Fría. Trumann debe decidir entre continuar la guerra convencional, por mucho más tiempo y más vidas, o elegir una opción maquiavélica. Ese 6 de agosto, a las 08.15 hs., el avión Enola Gay (un B-29) soltó una bomba atómica sobre Hiroshima; el 9 de agosto la experiencia se repite sobre Nagasaki y el 15 del mismo mes Japón se rinde incondicionalmente, finalizando la Segunda Guerra Mundial con un salto de 50 millones de muertos. Trumann aplicó una técnica para la toma de decisión, pero cuando lo hizo se convirtió en un acto, una praxis política, y en cuanto tal regido por la ética. Las dos decisiones de Trumann implicaron en un solo acto la muerte 70.000 personas y en el segundo de 40.000 personas, ninguna de ellas norteamericana. La historia todavía discute el resultado ético de las mismas. Este es el límite del pensamiento de Maquiavelo, la técnica al hacerse praxis debe analizarse desde el ámbito moral.

“No hay escapatoria, El problema no puede eludirse. Lo que únicamente puede eludirse es el acatamiento a las normas morales o jurídicas. Pero eludir el acatamiento, es también una forma de demostrar su existencia”.

En la Argentina de hoy, la corrupción de la clase política, la crisis de representatividad, la anomia fiscal de los contribuyentes, etc., son muestras del déficit ético de nuestra sociedad que los politólogos tenemos que destacar y analizar.

Ante el problema de los valores subjetivos y los resultados de su investigación, el científico debe recordarse e informar a los demás en qué valores se basa para medir la realidad, si se quiere puede exponer sus ideales, su utopía, pero informando que entonces habla el hombre de sentimiento y no el científico, máxime la importancia que han tenido en la historia de las ideas políticas y su desenvolvimiento fáctico, las teorías políticas.

Debe rechazarse el objetivismo y el subjetivismo, tratando de ser objetivo, acercándose a la verdad o dando los pasos para que otros con su caminar lo logren. Sólo así la ciencia política será verdadera. ¿Qué sentido tendría una ciencia que no diera a conocer la verdad?

El escenario y los actores:

La respuesta al ámbito en dónde se desarrolla la política se ha ampliado. El lugar de la interacción política ya no es exclusivamente el territorio del Estado-Nación ni las relaciones entre Estados, la política es más compleja, más rica. Se ha evolucionado hacia el interior y el exterior; abarcando desde el revalorizado ámbito local (el municipio), los estados provinciales, las regiones y el Estado Nacional; pero también el internacional, y un no-espacio físico: Internet y sus comunidades virtuales. Estos ámbitos internos y externos al Estado se relacionan e ínter influyen con el Estado. La modificación del espacio no habría tenido lugar sin una modificación de los actores. El Estado como expresión de la comunidad política mayor esta cediendo espacio a nuevas formas políticas. Por lo que la respuesta al quién, también ha sufrido un proceso inflacionario; organismos multilaterales como la ONU, FMI, BM, desarrollan cada vez más influencias y acciones, también los regionales como la OEA, BID; los procesos de integración han obtenido un alto grado en el caso de la Unión Europea, y fracasos y éxitos en el caso del MERCOSUR; las organizaciones públicas no estatales (ONG) se han multiplicado.

El Estado como la típica organización política de la Edad Moderna, caracterizado por la concentración de poder, exhibe síntomas de debilitamiento. Su historia comenzó cuando los reyes conformaron una burocracia para organizar el ejercicio cotidiano del poder, un ejército para su defensa, imponiendo las normas jurídicas que los rigieron y un sistema impositivo para solventarse, dando por terminado al feudalismo.

Hoy la crisis del Estado-soberano se muestra en muchos aspectos, p.ej. en la capacidad de manejar la moneda, expresión neta del poder estatal. Sin embargo la organización estatal es necesaria; por un lado, la infraestructura que posibilita la movilidad del capital financiero internacional se encuentra en territorios nacionales, y por otro lado, los mismos brindan la estructura jurídica de los contratos y del derecho de propiedad.

El poder del dinero ha influido en las decisiones nacionales, en las más importantes y también en las más diversas, como un actor más. En gran medida, la influencia se debe a la misma evolución de los mercados internacionales, fundamentalmente el financiero. “El mercado de divisas muestra, quizás más claramente que ningún otro mercado financiero, el vertiginoso crecimiento de las operaciones y su progresiva desvinculación de las operaciones de intercambio real. En el año 1960 se calcula que se registraban diariamente operaciones por valor de 15 mil millones de dólares, en 1980 por valor de 60 mil y en 1995 por 1,5 billones; una cantidad que contrasta con los alrededor de 650 mil millones de dólares que en este último año que representaban las reservas en divisas de los países industriales, y que muestra así mismo el grado de desestatización de las operaciones, así como su desvinculación de las operaciones de intercambio de bienes o servicios“.

Ha disminuido el poder de los Bancos Centrales como oferentes y reguladores del crédito, ante nuevas formas de financiación y del mercado global, han aparecido los inversores institucionales y los más diversos tipos de fondos de inversión. La conexión entre las diversas bolsas de valores, la creación de mercados a futuros, el fácil acceso de inversores de todo tamaño, la información a tiempo real, hacen difícil cualquier control. Hoy un jubilado italiano puede por Internet leer el Financial Times, consultar un broker neoyorquino, contratar un préstamo con garantía hipotecaria en el mercado europeo (que el acreedor a su vez negociará), comprar bonos argentinos y negociarlos en Hong Kong y terminar comprando en otro mercado su propia garantía.

Este proceso “…ha implicado un nuevo tipo de poder, una forma diferente de gobernar las relaciones económicas, nuevos sujetos decisores, nuevas valores vinculados a él y consecuencias no sólo económicos financiera sino puramente políticas en tanto que cualquiera de las dimensiones del poder, como es la monetaria, condiciona la manera en que se plantean y resuelven todos y cada uno de los problemas sociales, que es lo que de forma más elemental se entiende por política”.

Son pocos los Bancos Centrales que pueden resistir un ataque especulativo sobre su moneda y bonos soberanos. Además la banca off shore fomenta la evasión impositiva, particulares y multinacionales se están separando de su país de origen al trasladar recursos y eliminar empleos, erosionando las economías nacionales.

Touraine tiene razón cuando afirma que los estados resisten mal la mundialización (globalización),”porque su autoridad tradicional suponía cierto grado de aislamiento, un control fácil de las fronteras y también de las conductas de los ciudadanos a través de métodos eficientes para imponer el respeto a las leyes y las decisiones del poder ejecutivo. Tal control directo resiste mal la penetración del comercio, de las ideas, de las imágenes, que cruzan fácilmente las fronteras”. Las nuevas tecnologías han eliminado la lejanía, modificando la forma de percibir la comunidad, ampliándola hasta formar la aldea global. Las comunicaciones por radio, televisión y teléfono, hoy son posibles por satélites e Internet. A ello se agrega que el tráfico de personas (p.ej, casi 500 mil personas ingresan diariamente a Estados Unidos) y el de mercancías (p.ej., el sistema María en la aduana argentina sólo hace un control selectivo, ante la imposibilidad de controlar todo el tráfico), van aumentando en forma geométrica.

Pero a la par de la corriente globalizadora, corre una corriente fragmentadora en todos los aspectos (social, cultural, religioso, económico y político), producto de la gran crisis de identidad que origina la globalización, de ahí la necesidad de afirmar sus propios ser de individuos, grupos y naciones. La multiplicidad de los espacios, que en algunos casos se superponen, origina identidades múltiples: municipales, regionales, nacionales, estatales y supraestatales. P. ej., se puede vivir en San Sebastián, considerarse dentro del País Vasco, hablar el catalán diariamente, sentirse como un español más, tener ciudadanía de la Unión Europea y ser argentino, y hasta puede que no le guste el fútbol; además de otras identidades religiosas, políticas, etc..

El proceso de vinculaciones supranacionales tiende a encontrar respuestas a problemas que superan a los Estados aislados, como por ejemplo: medioambiente, mercado, tecnologías, etc., por otro lado, se desarrollan los gobiernos regionales que encuentra su razón en la necesidad de identificación, de proximidad con los problemas cotidianos, de cercanía en la relación gobernantes-gobernados.

Ante la reducción del Estado por las políticas neoliberales y el fracaso del socialismo, muchas de las funciones del Estado Nacional han sido asumidas por estados provinciales y, aún, municipales; quienes ante la cercanía del problema no pueden dejar de actuar. Así como los Estados nacionales han descubierto que la cooperación internacional puede acercar ayuda, también las organizaciones políticas inferiores. “De los 50 estados de la Unión americana, casi todos tienen oficinas comerciales en el extranjero (en 1970, sólo eran cuatro), y todas, un representante oficial ante la Organización Mundial del Comercio”. El auge de las relaciones internacionales se debe en gran medida a que las soluciones a muchos problemas son internacionales, entre 1972 y 1992 el número de tratados sobre medio ambiente se llevó de pocas docenas a más de 900. En este orden, en 1994, Argentina hizo una recepción importante del derecho internacional como derecho interno en su Constitución Nacional.

También tenemos que mirar el sistema en relación con los que excluye. Se han excluido de los ámbitos decisorios del poder a sectores sociales, que comienzan a identificarse entre sí, son “los marginales”.

La marginalidad que les da el sistema los identifica y el deseo de crear espacios de poder alternativos a los desarrollados por los sistemas imperantes. Encontramos ex empleados estatales (científicos, militares, burócratas, etc.), desocupados, agricultores y empresarios empobrecidos, etnias, movimientos ecologistas, organizaciones de deudores, ex militantes de izquierda, grupos de terrorismonarcotráfico, etc.. Fuera de ello se destacan por su heterogeneidad y la mira en su propia necesidad, lo que impide su unidad.

Aquí aparecen las ONG ante el achique estatal, no siendo cubiertas las necesidades por el mercado, en la sociedad civil surgen las Ong.”De esta forma, la Ong constituyen mucho más que una entidad para atender las ‘fallas’ del mercado y del Estado, ya que estarían sirviendo a la sociedad a partir de mecanismos preferenciales como altruismo, relaciones de confianza y lazos comunitarios”.

El término “ONG” apareció en la década de 1950 en el ámbito de la ONU, el primer encuentro internacional de Ong tuvo lugar en agosto de 1991 en Río de Janeiro. Funciones políticas básicas: educación, asistencia y contención social y médica, seguridad, alimentación, etc., son llevadas a cabo por las Ong . Cada día más numerosas y poderosas.

En Río de Janeiro, en 1992: “La diminuta nación de Vanuatu puso su delegación en manos de una ong con experiencia en derecho internacional, un grupo con sede en Londres financiado por una fundación estadounidense, con lo que se convirtió, junto con otros estados insulares situados al nivel del mar, en protagonista importante de la lucha para controlar el calentamiento de la Tierra“. Pero también padecen de los defectos de cualquier organización, el de financiamiento y el quedar atadas a sus benefactores. No está claro ante quiénes responden; qué ideas políticas, económicas, religiosas y culturales tienen sus dirigentes; si además de un tema específico, p.ej. el medioambiente, qué otro elemento une a sus miembros.

Analicemos, ahora, la unidad básica del régimen político democrático, el ciudadano. El fenómeno que se inicio con el florecimiento de los burgos medievales y la revolución industrial, concentrando grupos humanos en forma cada vez mayor, se consolidará en el s. XXI. En las próximas décadas, casi el 70 por ciento de la población mundial residirá en ciudades medianas y grandes metrópolis. Este proceso no dejará de influir en la política. Hoy ya operan importantes transformaciones en los espacios públicos y los privados, sus significados, el surgimiento de shoppings, countries, clubes de campo, el cerramiento de barrios de clase media, la seguridad privada, las villas miserias con sus normas y lenguajes propios.

Guerrero sostiene que “el resultado sociocultural más llamativo de esas transformaciones es una nueva manera de vivir, y hablamos de vivir en su sentido más amplio: sentir, pensar, actuar, relacionarse, creer, comunicarse y fenecer”. Así como se originó la burguesía, una nueva clase social está en gestación.

Los partidos políticos deberán prestarle suma atención, de las ciudades saldrán sus votantes, los reclamos que atender, a ellos se destinarán la mayoría de los recursos, de las ciudades obtendrán los más importantes ingresos públicos. La politología deberá analizar, junto a otras disciplinas (sicología, sociología, geografía, economía, ecología, etc.), a este hombre de la ciudad, que estará en la base de todos los cambios por venir.

Volviendo al actor principal, el Estado, en sus engranajes fundamentales encontramos a los obreros de la clase política. Una pregunta recurrente es: ¿la política ha dejado de canalizarse, exclusivamente, a través de partidos políticos? La respuesta, creo, que es sí, pero también que siguen siendo los actores de los que todos esperan una actuación estelar. Hay que aclarar que la crisis de los políticos es, en realidad, un fracaso de la sociedad que los forma, ella extrae de sí misma su clase dirigente, ella los nutre, los educa, les exige, les perdona, los vota.

También los partidos contribuyen a su propio fin cuando no dan soluciones a los problemas que aquejan a la sociedad. Cuando la sociedad cansada de un plantel de dirigentes que se perpetúan, los partidos no brindan nuevas promociones de dirigentes. Una táctica para enmascarar esta situación, consiste en la cooptación de artistas, deportistas y empresarios exitosos, que tienen un reconocimiento social, pero con muy escasa preparación académica y experiencia política sobre el acontecer general del estado, las necesidades de toda la sociedad y nula experiencia política.

Si a todo ello le agregamos la ineptitud y la corrupción, una clara sensación de tedio y desesperanza nos embriaga.

La sociedad política comienza a ser vista como sociedad de mercado, los ciudadanos son ahora clientes, el cuerpo electoral como los accionistas y los dirigentes los gerentes, el discurso es remplazado por el marketing, la administración por el management. En el empleo de los términos, el lenguaje nos revela la influencia de las ciencias económicas y sus técnicas empresariales sobre la política. Ha surgido un pensamiento único que sostiene que no se pude hacer nada para cambiar el rumbo, lo que es contrario a toda ágora política, es la reducción del papel que debe desempeñar la política y su viejo agente, el Estado, en la regulación de las relaciones sociales. Estaríamos ante el fin de la historia, en los aspectos económicos e institucional.

Los argentinos se preguntan y responden: “¿Por qué reformar la política? Existe una sola respuesta plausible y aceptable a esta pregunta: porque no obtiene los objetivos propuestos”.

Han surgido algunas propuestas para solucionar la crisis que padecen casi todas las sociedades modernas, así las ideas del Consenso de Washginton y el nuevo consenso, entre las neoliberales; las críticas a ambos consensos; la Tercera Vía y sus variantes. Nos detendremos en la propuesta de David Osborne y Ted. Gaebler (Estados Unidos), quienes fomentan el aggiornamiento de las instituciones a la nueva época: “el proyecto de reinventar el gobierno, esto es la intención de transformar las burocracias públicas en gobiernos empresariales, productivos y eficientes”.

Plantean que el verdadero mal del fracaso estatal se encuentra en los sistemas, estructuras, reglas, procedimientos y leyes; que el problema es instrumental; se trata de afinar los medios, mejorar la operación de las instituciones públicas y erradicar la burocracia. “En el fondo, más que una teoría sobre la gobernabilidad, proponen una micro gerencia pública”.

Proponen un gobierno catalizador, competitivo, inspirado por objetivos no por reglas ni presupuestos, orientado hacia los resultados, descentralizador, orientado hacia los clientes (antiguos ciudadanos). Su mérito “consiste en que sintetizan los conceptos, modelos y técnicas gerenciales previamente formuladas por los ‘gurús del management’ y los aplican al sector público con gran creatividad“. Su déficit, la eficiencia no es el único valor, en el Gobierno (a diferencia del mercado) recae la equidad y la redistribución de los recursos e ingresos, y la asignación de prioridades que no necesariamente responden a una pura lógica económica.

Tic-Tac o Latidos:

Los tic-tac o latidos podrían ser la síntesis simplificadora de una clásica controversia de la ciencia política. La discusión entre los mecanicistas y los organicistas, con todas sus variantes, sobre la concepción de la naturaleza de la sociedad y las instituciones políticas.

Para los primeros está es el producto de la razón humana, la ven como una máquina, como un mecanismo que no funciona automáticamente, que necesita del individuo.

Para los organicistas, en cambio, es el desarrollo orgánico y natural de la vida social; el gobierno es el producto de hábitos, necesidades y deseos inconscientes, es un ser vivo, que funciona por sí mismo, como sociedad.

La influencia ideológica ha teñido las dos concepciones. El mecanicismo (fuerte en los s. XVII-XVIII), es sostenido por los contractualistas que ven en el contrato, el mecanismo para formar la comunidad política; protegiendo al individuo y la libertad, constituyendo una ideología del liberalismo. La concepción organicista ha constituido una ideología de tendencias totalitarias, acentuando los puntos de vista en lo social y lo necesario (voz cantante en los s. XIX y XX); ve en la sociedad las etapas de infancia, juventud, madurez y vejez u origen, desarrollo, organización y actividad. Sin embargo, la correspondencia no ha sido total, Hobbes empleo el mecanismo del contrato social para justificar el absolutismo.

Lo cierto es que ambas teorías presentan unilateralidades. El politólogo no solo tiene que ver al individuo o al grupo social, tiene que ver a ambos, ubicar la realidad social en la justa relación. Según el contenido de la mochila de ideas que cargue, se influirá por una de las concepciones en su aventura de conocer, pero no debe excluir ab initio a la otra (y a los elementos que cada una conlleva). Si la mochila es una carga pesada será más bien un obstáculo, no cumplirá su objetivo de llevar los elementos necesarios para avanzar en el conocimiento, y terminará siendo más importante ella que la realidad que se pretende aprehender.

Ambas concepciones seguirán siendo ricas canteras que brindan elementos para la formulación de teorías que permitan comprender la realidad, por ejemplo, un esbozo mínimo de teoría sería: si partimos de que la sociedad como todo otro organismo vivo, nace, se desarrolla y llega a su término; teniendo en cuenta la crisis del hombre moderno y su cultura, la sensación de fracaso de la democracia representativa, la necesidad de burocracias más técnicas y eficientes, los anhelos de mandatos imperativos a las autoridades y de una mayor participación, podríamos decir que está en simientes una nueva forma de democracia (con sistemas semi y directos de participación y a su vez, aunque parezca paradójico, con sistemas delegativos en aspectos técnicos específicos), que modificará a la actual representativa, tal como la entendemos hoy, que llega a su vejez y desaparición.

El discurso y los medios:

En Grecia, el discurso político y el efecto buscado se desarrollo en la ágora, en los romanos fue el foro. Hoy los medios de comunicación son el campo de batalla, en una sociedad cada vez más masificada, con ellos se gana el poder. “Con lo cual la política tiene que adaptarse a un lenguaje mediático, que tiene tres reglas: simplificación del mensaje, personalización de la política y predominio de los mensajes negativos de desprestigio del adversario sobre los positivos que tienen poca credibilidad”.

La política del escándalo ha mostrado ser tremendamente efectiva. El nazismo y el fascismo habían sido maestros en el uso de la propaganda por los medios masivos. En Argentina se destacó Perón en su uso y abuso. En las democracias más establecidas su empleo como arma decisiva para acceder al poder tuvo su primer momento descollante en 1960, en Estados Unidos, cuando los aparatos de TV mostraron una imagen moderna, vital y joven de Kennedy sobre la descuidada de Nixon. La telecracia mostraba sus lecciones, desde entonces todo político, que se aprecie, tiene en cuenta las técnicas escénicas y estéticas, aun sobre el mismo discurso.

La TV, en menor lugar la radio, solucionan a los políticos la necesidad de audiencia, ya no necesitan que los vallan a ver y escuchar, se les aparece en los hogares. En una seudo intimidad, la pretendida confidencialidad, familiaridad y cercanía del discurso no existe. Todo está preparado por asesores de imagen: gestos, miradas, ropa, el pelo, las frases ha destacar, los rostros no envejecidos.

Importa más la forma que el contenido. La adaptación se produce en forma casi brutal, así como el cine sonoro termino con muchos artistas, hoy sucede lo mismo con los políticos; un ataúd, un discurso excesivamente acalorado de Herminio Iglesias y el fuego, significó la quema de la carrera política del candidato presidencial del Partido Justicialista en 1983 y la perdida de las elecciones para el peronismo. Quien no sabe manejarse frente a las cámaras y los micrófonos pierde.

El objetivo es vender el producto, ganar a la competencia. Si no se sabe cuál será la próxima necesidad pública determinante en la elección se recurre a la sondeocracia. Después se debe construir el mensaje, pensado más en lo que quiere escuchar el destinatario, que sobre lo que la realidad y el moderado juicio imponen (p. ej. “Síganme, no los voy a defraudar”, decir una frase sonora sin decir nada; o el “Salariazo” tocar el corazón y el bolsillo de la gente). Será sencillo, breve, directo, claro. “Se trata de crear un código propio basado en el uso sistemático del color, la tipografía, la música, la identificación con el prototipo ideal de votante y una retórica basada en la reiteración obsesiva del mismo mensaje”.

A la telecracia y sondeocracia, se le agregan los recursos que brinda la telemática (telecomunicación e informática), todo ello en un gran concentración de los medios en pocas manos. Las primeras experiencias de “voto cibernético” han augurado muchas más. Tal vez pasaremos del citizen (ciudadano) al netizen (votante usuario de la red) como piensan algunos.

Las nuevas tecnologías modifican las concepciones de “pueblo”, “comunidad política” y “democracia”. La posibilidad de participación se amplían haciendo posible sistemas de democracia semi y/o directa. Se podrá requerir de los ciudadanos en forma, casi, inmediata y permanente, p. ej., decidir la construcción de un hospital, decidir entre otorgar los recursos al mismo o a la construcción de una cárcel, decidir si se extenderá la asistencia médica a los extranjeros o no, o a cuáles si y a cuáles no, y un largo etcétera. Es decir, así como da pie a numerosas posibilidades, encierra grandes peligros.

Estas tecnologías (no sólo materiales, sino también sicológicas y sociológicas, como las de desinformación), la degradación cultural, el quiebre económico de amplios sectores sociales, la concentración del poder mediático, brindan aires renovados al populismo. Quien decida qué, cuándo preguntar a las masas y la redacción de la pregunta, tendrá el poder.

El debilitamiento de la democracia representativa, no nos debe hacer olvidar que posibilitó el acceso de los distintos sectores de la sociedad al diálogo político, concretando la democracia al terminar con los mandatos imperativos y dar lugar a la relación dialéctica argumento-contra argumento, que permitió a las minorías convencer a las mayorías en muchas situaciones críticas.

La ciencia política debe estar alerta, dispuesta a recordar a la sociedad las enseñanzas del pasado, y a su vez extraer nuevos conocimientos de la crisis actual. Un nuevo tipo de ciudadano y una nueva sociedad se avizoran, que requerirán del político y del politólogo. El siglo XXI aparece como un nuevo desafío.

Uruguay: Los votos nos unen, las elecciones nos separan

aa-22 Por Ricardo Viscardi

(Filósofo-Universidad de la República, Montevideo)

En el período fundacional del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) una frase cristalizó la percepción que mancomunaba al grupo inicial, más allá de una diversidad de orígenes: “Los hechos nos unen, las palabras nos separan”. La condena del lenguaje, cuando no se contrapone a otra índole de expresión, como sucede cuando se condena el verbalismo, encierra el encandilamiento metafísico más paralizador, ya que se postula, con la inhabilitación in totum del lenguaje, un acceso pleno e inmediato a una realidad absoluta. No otra cosa constituyó desde siempre el designio de la metafísica: ir más allá de la limitación, de la índole perecedera y del condicionamiento subalterno[1].

Las palabras concitan, en occidente, la vía que se abre paso entre las señales contradictorias y las inclinaciones desordenadas. Este lugar de la expresión adviene en tanto cristalización de elementos instrumentales del pensamiento, proceso de mediación que como ya lo advertía Condillac, hace casi tres siglos, constituye la base sin la cual el pensamiento se borra y disuelve[2]. Sin el oxígeno de la expresión ordenada que supone el lenguaje, la actuación es mera agitación y no llega nunca a la acción que cumple un objetivo. Se podría decir que ese signo aciago de una propuesta sin teoría tenía que terminar en la catástrofe en que se sumergió estratégica y políticamente el MLN-Tupamaros. Pero es de temer que ese laudo se encuentre, en la percepción de muchos, en cotejo contradictorio con el actual auge electoral del MPP y particularmente con la popularidad de Mujica, en cuanto lo uno y lo otro podrían suponer una proyección trascendente de aquellos hechos transparentes de realidad, eternamente desnudos de palabrerío engañoso.

Si se concuerda con la percepción de una trascendencia de aquel momento fundacional del MLN, conviene entonces restituirlo a las condiciones de su surgimiento, tan lejanas del presente de un Frente Amplio post-dictatorial y ahora gobernante. Una vía directa y simple es la traducción comentada de aquella expresión fundacional “Los hechos nos unen, las palabras nos separan”.

En un contexto de tradición civilista, republicano y democrático-representativo como el del Uruguay de entonces, que incluso llevara al Che, en su visita al Uruguay, a subrayar las oportunidades que presentaba para una estrategia de izquierda, tal desdén por el lenguaje (“…las palabras nos separan”) traducía asimismo una condena de las instituciones, de la legalidad y del estado de derecho. Esa percepción no sólo se acrecentaba ante el acicate imaginario que incitaba el romanticismo guerrillero de la revolución cubana, de la misma revolución argelina y del proceso vietnamita en ciernes, sino que ante todo correspondía a la percepción vernácula de un pantano parlamentarista y declarativo en el que chapoteaba la izquierda uruguaya. Conviene recordar para restituir aquel contexto con verosimilitud, que en el período de hegemonía batllista, a la hora de votar los obreros sindicalizados reiteraban su pertenencia electoral a los partidos tradicionales. En un período en que aumentaba el estancamiento económico y la desigualdad social, el rechazo de una perspectiva de acumulación eterna y barrial, con el signo “afíliate y baila”, que tanto se prestaba a la comunicación parroquial, debiera parecernos justificada al menos por la impaciencia. En esa irritación ante una inacción estratégica anclaba, antes que en una represión y desbaratamiento social que no advino plenamente sino años después, en tanto a inicios de los sesenta era mera figura proyectiva, la presunción tupamara original.

Sería, sin embargo, tan desacertado afirmar que los hechos dieron razón a los que negaban las palabras, como suponer que esa negación de las palabras tenía, más allá de la ignorancia de su propia ignorancia, otra significación que una movilización idiosincrática y generacional. En verdad ni siquiera se puede alcanzar ninguna corroboración, en un sentido conceptual, si se comienza por negar en las palabras la expresión que designa un objeto cualquiera. Esa alergia idiosincrática y generacional al lenguaje -particularmente sugestiva en un país orgulloso por entonces de su cultura, no sólo concitó una versión verosímil de su propia gesta, sino una adhesión masiva[3] tras el vuelco a la derecha del gobierno nacional en el 68. Por consiguiente, ignorar que la ignorancia que cristalizaba en esa percepción antiteórica atesoraba, sin embargo, una significación acorde al momento y a la inclinación subjetiva de los protagonistas de aquella hora, equivale a tirar, junto con el agua del baño objetivista, el bebé de la inspiración efectiva.

En horas difíciles y bajo el signo desacertado de la denegación de los signos, los tupamaros del MLN, que no fueron los primeros ni seguramente serán los últimos tupamaros, expresaron una inclinación removedora y sugestiva de la índole uruguaya. No debe sorprender entonces, que en un giro alternativo de la coyuntura, no sólo sus adversarios (y no sólo de derecha) intenten borrar lo que supuso la guerrilla (incluso más allá del MLN). Tampoco lleva a asombrarse que también la propia posteridad de sus miembros y simpatizantes hayan quedado prisioneros de una percepción verificacionista del acierto y el error, como si la historia caminara por un diseño en puntillado que sólo los aciertos (supuestos –y sub-puestos-, además, por certidumbres transitorias) convierten en trazado de línea plena. Esa visión determinista, moderna y disciplinaria de la política la arroja, en tiempos de comunicación digitalizada y puesta en pantalla, en brazos de publicistas y encuestadores, para hacerla bailar al son del órgano, simiescamente.

Tal racionalismo gana incluso a quienes en el pasado condenaban las palabras y los hace confiar en la ciencia de las encuestas como en la verdad revelada. No se atragantan ahora de literatura revolucionaria romántica, sino que se ahogan en un mar de preguntas-respuesta. Esa misma necesidad de creer en una realidad que ayer borraba las palabras y que hoy navega en cifras, los ha llevado, reyes realistas de la realidad, a no advertir que el legado de la insurgencia guerrillera, que hacía lo que no sabía que hacía porque se negaba a decírselo en palabras, consistió en dejar desnudo al rey, ante la inviabilidad estratégica de estructuras institucionales que no salen del pantano, en lo que a participación y movilización subjetiva se refiere, ni con gobiernos de derecha ni con gobiernos de izquierda. Una mayoría de especialistas de la comarca parecen ahora desconfiar más de las palabras que los mismos tupamaros de antaño, al punto de no darse por enterados de la ya casi inabarcable nómina de autores de enjundia que explican los porqué del declive del Estado-nación y de su escalón social en los partidos políticos[4].

En ese punto indómito que fuera subversivo y hoy campea en la teoría (al menos en el resto del mundo), hay una inclinación uruguaya que es antiuruguaya, el mejor antídoto para lo peor de nosotros mismos: la condena de una cristalización institucional que es el tapón de un país-tapón, creado para coagular una correlación de fuerzas (entre sub-potencias regionales) y por consiguiente, trazado para configurar una configuración ante todo político-institucional, efecto primordial de una mirada sobre las fuerzas en el terreno (vecino) antes que en el terreno de las fuerzas (propias). En esa destinación estratégica que instruyó el poder internacional (y no sólo el mundial, sino también el regional) anida la razón de la centralidad (antes que del centralismo) del sistema político en el Uruguay, de la perennidad de su simbolización partidaria, de la fraccionalidad de sus partidos que se mimetizan y superponen al mismo mapa social, hasta volverlo irreconocible como sociedad y dejarlo en el calco del papel (de calco) partidario.

En esa configuración que ante todo es una cristalización ideológica, pervive lo mejor y lo peor del Uruguay. Lo mejor bajo la forma de una insurgencia siempre posible de lo político contra lo político, porque en cuanto hija de lo posible, la política siempre se para sobre el piso de la singularidad, en definitiva ingobernable, del pensamiento. Lo peor bajo la forma de una conformidad colectivista a los estados de agregación pública, que asfixian la respiración en ámbitos alternativos a la conformidad conformista.

Una configuración bienpensante y obediente, poco propensa a los riesgos intuitivos y bastante inclinada a la opinión de las mayorías, no les perdonó nunca a los insurgentes de ayer la desobediencia moral. Muchos, aunque no todos, volvieron al redil electoralista y parlamentarista, incluso imbuidos algunos de la convicción en una movida que supuestamente redundaría a largo plazo. Sin embargo, cuando “las papas queman” el Frente Amplio gubernamental no se mueve más. Cómo si hubiera llegado a dónde quería y no le conviniera entrar en más agitación.

Si eso sucede con una organización que obedece a una matriz de gobierno estatal y de estrategia electoral, incluso contrariando la aspiración de justicia y la trayectoria democrática de muchos sectores e individuos que la integran ¿qué no sucederá con particulares signados en su propia trayectoria personal por la satisfacción profesional, la gratificación comunicacional y el éxito electoral? ¿Cómo no entender que sigan viendo, como nunca dejaron de ver, a los insurgentes de ayer como díscolos hirsutos y desmelenados que el rigor terminó por disciplinar? ¿Cómo no entender que sólo toleran a los antiguos combatientes cuando acarrean votos y contrapesan (incluso contrabalanceándolos) golpes de timón a la derecha?

¿Son más imputables los militantes gubernamentales que se comprometieron a partir de un currículo personal que quienes doblan el lomo para que se escriba sobre su espinazo, con sesgo derechista y contra la memoria de los que cayeron en plena juventud? ¿Es distinta la ambición de los que siguieron un rumbo rutilante, porque cuando nadie sabía lo que se jugaba, simplemente porque nadie sabía, prefirieron esperar, que la ambición de los que no supieron desensillar cuando el cabalgar político era paso de desfile electoral y poca cosa más? ¿Se puede olvidar que el “Frente Grande” que propuso Sendic poco antes de su muerte ponía en un mismo plano a partidos políticos, gremios y organizaciones sociales? ¿No constituye precisamente una inversión de esa perspectiva plantarse en una consolidación centrípeta del Frente Amplio?

La indignación de algunos porque sus candidaturas o candidatos son vetados por compañeros de ruta sólo se justifica en razón de un itinerario mal proyectado. Contar con el sustento de una base social gratificada por la equivocidad de un refranero folklórico, es tan erróneo hoy como lo fue ayer proyectar, en la movilización de una juventud indignada y pautada por expectativas generacionales, un alzamiento de la profundidad social.

Es acertado, desde el punto de vista electoral, considerar que una fuerza política que presenta una proyección gubernamental y aspira a un equilibrio de fuerzas regulado por el sufragio universal, debe contar con candidaturas acordes a ese trayecto institucional y a ese terreno comicial. Sólo conviene agregar que discutir dentro de esa alternativa supone dejar en el punto ciego de la perspectiva lo más interesante, que no es el conformismo bienpensante ni la moral jurisprudente. Aunque la actualidad se vuelva –apenas por unos meses y con vetos en más y votos en menos- de más en más electoral y carnavalesca en un sentido aguado del término, conviene que la izquierda extra-gubernamental subraye los conflictos que pasan por los lindes del campo gubernamental. Como en el caso de los candidatos despistados y las expectativas desvirtuadas. Quizás el voto en blanco sea, como borde de un sistema del que no queda más que todo-centro, una alternativa a discutir en la primera vuelta, en un momento en que el electoralismo ya está, como el mate, para darlo vuelta, aunque con otro giro de bombilla, sin alusión diminutiva al pasado.

[1] La crítica de la metafísica en tanto tradición, a partir del planteo heideggeriano de la cuestión filosófica, consiste en demostrar que todo “fin de la metafísica” empieza en la idea metafísica de una meta no-física(meta-física: más allá de la física) y queda por lo mismo, inaugurada por lo que pretende finiquitar: “Ciertamente parece que el “meta”, la trascendencia a lo suprasensible, esté dejado de lado a favor de la persistencia de lo elemental de lo sensible, mientras que lo que ocurre simplemente es que el olvido del ser está llevado a su acabamiento y lo suprasensible queda liberado y puesto en acción como voluntad de poder” Heidegger, M. “Superación de la Metafísica” (2001) Conferencias y Artículos, Serbal, Barcelona, p.57.
[2] “Hemos observado que el desarrollo de nuestras ideas y de nuestras facultades no se hace sino por medio de signos, y no se haría sin ellos; que por consiguiente nuestra forma de razonar no puede corregirse sino corrigiendo el lenguaje, y que todo el arte se reduce a saber hacer la lengua de cada ciencia” Condillac, La lógica, citado en Derrida, J. (1990) L’archéologie du frivole, Galilée, Paris, p.29 (trad. R. Viscardi).
[3] El MLN llegó a contar en su estructura organizativa con varios miles de personas, su influencia era gravitante en los frentes de masa y pesó desde el inicio en la acumulación electoral del Frente Amplio.
[4] Para inventario de memoria agregamos uno más: Marramao, G. (2006) Pasaje a Occidente, Katz, Buenos Aires.

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Procandidática: el pensamiento nulo

1ª quincena de noviembre


La izquierda gubernamental se ha transformado de programática en procandidática. Dos por tres, en la batahola de declaraciones en torno a candidaturas e incluso a reelección, alguien se acuerda del programa
[1]. Sin embargo, las actualidades periodísticas y/o las encuestas actualizadas borran dos titulares más abajo, incluso en un mismo órgano perio-partidario o parti-periodístico, el prurito sistemático de la izquierda (en el sentido occidental, cristiano y post-cartesiano del término): su identificación con el conocimiento, es decir con la realidad natural de un sistema (físico, biológico, social, humano, etc.). Sin naturaleza real de un sistema no hay programa que valga más que papel pintado[2]. Como hoy por hoy no hay programa que valga su peso en papel (que no deja de ser significativo para el hombre del carrito, rebautizado ordenador de residuos) cabría preguntarse por el ineluctable ocaso del programa-sistema.

Quien avance tal pregunta la encontrará oída como una petición de principio, que el hiper-sistema cognitivo-estadístico considera inconducente, improductiva y en definitiva impertinente: la estadística se da por principio que el quantum de información disponible convierte en despreciable toda hipótesis alternativa. Incluso la teoría de la verdad carnapiana se funda en la saturación de la verosimilitud cuantitativa de la información[3]. Por consiguiente, plantear una pregunta no sólo pasa a ser irrelevante, sino ante todo poco inteligente, por no decir irremisiblemente torpe: ¿cómo dudar de lo que ya se ha saturado informativamente en el concepto de su probabilidad hasta convertir en despreciable toda otra hipótesis? Ahí están los “grupos de control”, no intervenidos por la indagación, para confirmar que ésta es significativa con relación al comportamiento habitual del objeto.

Por lo tanto, se vuelve absurdo preguntarse al respecto y además, al respecto de preguntarse, se anula la necesidad de pensar. Se equivocan quienes hablan de “pensamiento único”, creyendo que esa desacertada expresión asimila un sistema al poder como si ya no fueran lo mismo (sistema y poder[4]); el pensamiento, si es tal, siempre es “único” y a-sistemático[5], a riesgo de no existir, es decir, propio, intransferible, original, rupturista, eventual, contingente, singular, individuado: el no-pensamiento es pensamiento nulo.

Si la izquierda gubernamental llega a adherir en sus manifestaciones mayoritarias al pensamiento nulo, tal cosa acontece porque su adhesión al sistema-de-conocimiento y al conocimiento-de-sistema (es decir, a la modernidad) la lleva irremisiblemente a suscribir al borrado del pensamiento y de la individualidad. Tal renuncia es ante todo una afirmación del conocimiento moderno (el único que merece llamarse conocimiento por constituir un sistema de pensamiento), en su fase de asimilación del método sistemático al procedimiento probabilístico.

Tal disolución de la diferencia en la unidad de medida no hace sino llevar la individualidad de cada pensamiento, procesada su diferencia como unidad de cómputo, al lugar propio y sustantivo que antaño se subordinara al sistema natural de la realidad. Esta transferencia de la reflexión-organicidad a la suma de individuos de un conjunto, por ejemplo poblacional-demográfico, promueve ineluctablemente la saturación informativa de la decisión, es decir, el relevamiento estadístico de la totalidad de casos que propone (conceptualmente) la estadística e instrumenta (técnicamente) la informática. Como ya todo está dado (la singularidad de cada quién disuelta en la unidad del observable-dato-número) en la medida de la medición, pensar es nulo. Ese es el principio del pensamiento nulo, que es un principio de realidad (en el sentido freudiano del término): un fin del mundo (como pensable in-mundo, es decir, como mundo vinculado a alguien que pro-pone).

Quien crea que esto que acaba de ser dicho-leído está lejos de una condición tangible y contingente no tiene más que leer el artículo de Eleuterio Fernández Huidobro en La República del jueves 30 de octubre de 2008 (hoy día)[6]. La facundia metafórica de Fernández Huidobro puede despistar al lector, en particular en cuanto habla de “bomba política de fragmentación”. Para entender el sentido que toma esa referencia explosiva a la política en el artículo, es necesario tener presente ante todo la “Bomba Informática”[7] que identifica Virilio como la condición misma de la catástrofe posible en aras del posibilismo tecno-científico desarraigado, antes que el arma que portara más de un guerrillero tupamaro años atrás. La preocupación de Fernández Huidobro proviene de la sustitución de hecho de la organicidad de la organización política (incluso rebautizada hace poco “fuerza política” con efecto aparentemente entrópico), por iniciativas individuadas en la base, que en su sinergia y acumulación inorgánica, trastocan toda agenda y calendario organizativo del conjunto. Por ejemplo, una recolección de firmas con propósito reelectoral del presidente, que echa por tierra por su propia dinámica, con cualquier plazo propio de congreso o elecciones internas, sin hablar de la tan mentada unidad frenteamplista en aras de un candidato único[8].

Se trata de una reversión de la célula militante individual sobre el organismo colectivo, que comienza a volver caducas las formas de organización (valga la redundancia que se convierte en sintomática) orgánicas. El organismo (político, biológico, cultural) ha perdido razón de ser porque la parte orgánica (la célula-militante en este caso) se ha independizado por su cuenta y ha encontrado formas de gregarismo y vinculación que lo liberan de toda forma (orgánica) previa a su propia existencia organizada (por sí y ante sí). La pirámide reposa ahora sobre su base, pero la base no sostiene, sino que remueve. Un terremoto anti-orgánico de política individuada. Desde un lugar aparentemente próximo al vértice, aunque por momentos con un lenguaje próximo de la base, que sin embargo no parece escucharlo como el senador quisiera, Fernández Huidobro se pregunta por el destino de tanta novedad que requiere interpretación.

La sorpresa de Fernández Huidobro sólo se explica en un país que viene a enterarse treinta años después de lo que ningún teórico serio sobre el planeta deja de afirmar desde hace buen tiempo: el sistema político, el sistema de partidos, la organización partidaria, piezas engranadas en la condición representativo-orgánica, ya son esquirlas detonadas por la propia fragmentación del Estado-nación que antaño las contenía. Lo que Fernández Huidobro percibe como el movimiento independiente del piso sobre el que está parado, ha resonado en varias sacudidas previas, por ejemplo en varios escándalos de encuestas[9].

Al mismo tiempo la fascinación mediática hace ya buen tiempo que ha sustituido a la fascinación por las armas entre los políticos, subversivos o no. Tratado como una unidad de decisión por el encuestador que lo convierte en responsable de su propia opinión, la célula-militante-órgano comienza a preferir constituirse su propia línea ideocrática, antes que verla descender de un topos uranos grandilocuente. Convertido en corriente de opinión por la publicidad que sus inclinaciones alcanzan en un sistema de medios (internet-televisión-radio), tal célula comienza a hacerse una composición de lugar mediático que resuena cada vez más a composición de parte política. Esa parte política buscará antes que la tutela del partido-organización, que la condena a someterse a un camino previamente marcado desde lo alto (cima sospechosamente encargada de sumar pareceres que la masa torna indiscernibles), el terreno propio de inclinaciones y afinidades por sí mismo.

El afán de transparentar el pensamiento, que diferencia a cada individuo de cualquier otro, valiéndose del empleo de la unidad de medida entronizada en dios conceptual de un procedimiento probabilístico, publicado universalmente por todos los medios de difusión y propaganda, no anuló el pensamiento como tal, individuado, singular, rupturista, idiosincrático, creativo, original. Tal éter universal promovió la singularidad pensante, en tanto fragmento dotado de la suficiente diferenciación particularizada, como para distinguirse sin matices del propio aparato de medición-difusión que supuestamente lo medía. Ahora el aparato (político, sociológico, cultural, etc) recibe, por ejemplo en la figura de un senador de la República, el impacto de lo que aceleró en tanto unidad singularizada hasta la súbita y explosiva fragmentación, que libera individualidades irreductibles al aparato político de gobierno. De gobierno del país o de la izquierda, de forma tal que la explosión de unidad propia y mediática de las partículas expande la ola explosiva de una izquierda extra-gubernamental[10].

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[1] “Sea quien sea el candidato a la presidencia deberá comprometerse con la aplicación plena del programa de gobierno discutido y definido por el Congreso del Frente Amplio” Declaración del Comité Central del PVP (25/10/08) http://www.pvp.org.uy/?p=342
[2] El Río de las Candidaturas Pintadas, 1/01/08 en este blog.
[3] En particular porque considera desde el punto de vista del concepto de probabilidad el vínculo entre el concepto de confirmación y el concepto empírico, relación probabilística que satisface el concepto de probabilidad en cualquier campo del saber. Ver al respecto Viscardi, R. “Interrogantes Interdisciplinarias del Análisis del Discurso Político” en Introducción al Análisis del Discurso Político (1987) Fundación de Cultura Universitaria, Montevideo, pp.22-23.
[4] Foucault destruye la distancia entre verdad y poder señalando que no existe verdad que no constituya poder, sobre todo en la perspectiva desde la cual toda distancia (la distancia entre verdad y poder incluida) puede ser considerada, a partir de “La Ciencia General del Orden” en Las palabras y las cosas, en tanto relación propia de un sistema dado: Focault, M. (1997) “Verdad y Poder” en Teorías de la Verdad en el Siglo XX, Tecnos, Madrid, p. 449.
[5] Incluso en la metáfora de la razón en tanto balanza, según Silva García, una mano sostiene la balanza de su brazo, a fortiori, esa asimetría que constituye el pensamiento instruye la metáfora del pensamiento en tanto “dar gracias”, ante todo por la gracia divina. En tal sentido debe entenderse el “inclinar sin necesitar” de Leibniz o el pensamiento en tanto ilusión de Baudrillard.
[6] Fernández Huidobro E. “La Reelección” (30/10/08) La República, Montevideo, contratapa, http://www.larepublica.com.uy/larepublica/2008/10/30/nota/337329
[7] Virilio, P. (1998) La bombe informatique, Galilée, Paris.
[8] Fernádez Huidobro, op.cit.
[9] Ver al respecto ¡Valiente encuesta! 2ª quincena junio 2008, en este blog.
[10] Ver al respecto Izquierdas en disputa por ser “izquierda” 2ª quincena enero 2008, en este blog.

Perú: La teoría pura del Derecho en el Siglo XXI

aa-31

Por Héctor Huerto Milla*

Con el respeto y reconocimiento que nos merece el aporte intelectual del pensador austriaco Hans Kelsen, autor de la Teoría Pura del Derecho y de la Escuela Positiva, que tuvo una gran influencia durante el siglo XX, considero necesario repensar en voz alta y pública sobre el tema vinculado a la referida teoría; por cuanto en la primera página de la obra que corresponde al prefacio, el autor sostiene que el derecho tiene que dejar de ser un pariente pobre de las otras disciplinas científicas. Más adelante, señala al desarrollar la Teoría Pura del Derecho que debe constituir una ciencia que tenga por único fin el derecho e ignorar todo lo que no responde estrictamente a su definición1.

Pues bien, la teoría formulada, desarrollada, sostenida y defendida por ese autor desde 1920 nos invita ha reflexionar sí durante el siglo XXI, en plena aplicación de la globalización de la economía y de la defensa de los Derechos fundamentales, se mantiene la vigencia de los postulados de la Teoría Pura del Derecho. Es decir, si la ciencia del Derecho debe ser ajena y estar separada de todo tipo de relación con las demás ciencias y/o doctrinas ideológicas del pensamiento humano, o en su defecto, debe mantener una relación permanente con las demás ciencias dentro del proceso de formación de los Estados modernos iniciados en siglo XVII hasta nuestros días.

Sin duda alguna, la ampliación de la presente reflexión necesita de un trabajo especializado sobre la materia que la profundice; sin embargo puedo adelantar y asegurar que ni siquiera dicha teoría estuvo al margen de ser influenciada por las diversas disciplinas y tendencias ideológicas contemporáneas a su aparición, por cuanto existía una clara relación y permanente vinculación entre la ciencia del Derecho y las demás disciplinas. De lo contrario, no hubiera sido posible juridizar sus respectivos pensamientos, o propuestas ideológicas, para formar parte de la estructura del Estado, a pesar de que muchas de ellos solo han servido de instrumento a favor de los grandes intereses de los grupos de poder económico o, en todo caso, han sido utilizados para fortalecer el Estado Poder, en desmedro del Estado Constitucional de Derecho.

Dentro de esa misma óptica, considero con todo el respeto que nos merecen los filósofos, que la ciencia del Derecho jamás puede ser considerada como un pariente pobre de las otras disciplinas científicas, así como tampoco se puede negar que la ciencia del derecho tiene cierta vinculación con otras ciencias y otros elementos. Por cuanto, a la luz de la historia, se puede asegurar que durante el siglo XX la Teoría Pura del Derecho y, en particular, la Escuela del Derecho Positivo, ha constituido un instrumento ambivalente y peligroso al servicio de las ideologías, por la sencilla razón que en los diversos Estados del hemisferio, especialmente a partir de 1930, se impuso del “Estado Poder” o comúnmente llamado “Estado de Derecho” con el fin de juridizar los pensamientos y propuestas de la época y, de esa manera, dar paso a un Estado autoritario, pretoriano, absolutista, degenerado y corrupto, tal como lo han demostrado las múltiples dictaduras en diversos Estados del mundo.

Por ultimo, después de iniciado el desarrollo de un Estado Constitucional de Derecho, esto debería obligar a las futuras generaciones del s. XXI revisar la Teoría formulada por el autor mencionado, a efecto de poner en el debate académico los resultados de los últimos 80 años de la vigencia de la Teoría Pura del Derecho, con relación a la defensa de los Derechos fundamentales del ser humano como fin supremo del Estado y de la sociedad, tal como lo preconizan las Constituciones Políticas de los Estados modernos del hemisferio.

(1) KELSEN HANS: TEORÍA PURA DEL DERECHO, Editorial Eudeba, Buenos Aires 1960, Pág. 1 y 15

http://apuntes constitucionales.blogspot.com

(* ) ex Diputado nacional

La guerra de las generaciones

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por Jorge Majfud

(Lincoln University)

La propuesta Huidobro

En Estados Unidos como en Uruguay y en tantos otros países, cada vez que la sociedad se enfrenta con una experiencia traumática relacionada a hechos específicamente crueles de violencia civil, inmediatamente aparecen dos grupos. Un grupo que aboga por el derecho de usar armas para que los ciudadanos honestos se puedan defender de los delincuentes y otro grupo que advierte que esta proliferación de “armas para la defensa” rápidamente se transforma en una mina de “armas para la delincuencia”.

Recientemente el senador uruguayo Fernández Huidobro contribuyó a esta polémica afirmando que “no quiero una sociedad en la que todos estén armados, pero estamos viviendo una situación excepcional”. ¿Por qué estamos viviendo una situación excepcional? ¿Por el último terremoto que golpeó Chile o Afganistán? ¿Por los ciclos solares o por la crisis financiera en Estados Unidos y Japón? Los opositores al gobierno que integra el mismo Huidobro dirán que todo se debe a la mano blanda de la izquierda en el poder. Pero podemos ampliar aun más la pregunta: ¿realmente estamos viviendo una situación excepcional?

Quizás Uruguay se consideraría un oasis de paz si por un día tuviese dentro de sus fronteras los problemas que tiene México, por ejemplo. No obstante, la violencia civil en Uruguay, Brasil, Estados Unidos o España tiene muchas variaciones pero en el fondo es algo natural, consustancial de cualquier sociedad y particularmente lógico y consecuente con nuestras sociedades del último capitalismo. Desde antes de la Segunda Guerra, en Estados Unidos la violencia social que produce el capitalismo se contrarresta con el minucioso trabajo de las iglesias y, sobre todo, con agresivos programas socialistas que llevan otros nombres, de la misma forma que en los países socialistas la violencia política se neutraliza con el comercio capitalista.

La delincuencia ilegal puede crecer o decrecer periódicamente, no por una fatalidad del destino sino porque una sociedad aplica alguno de los dos métodos conocidos desde el Renacimiento: (1) aumenta la represión del Estado o (2) disminuye su violencia estructural, es decir, económica, social, racial, domestica, ideológica, religiosa y moral. La violencia moral es normalmente contenida por la represión ideológica o por la contención de la religión y del espectáculo mediático. Es violencia ideológica cuando el senador José Mujica elogia a un universitario por no parecer universitario, lo cual tiene muchas lecturas y entre ellas está el desprecio por los meritos intelectuales. Este tipo de violencia es aún menor y menos tradicional que la asumida por la vieja oligarquía que, además de vivir del sudor de los trabajadores (por algo “trabajador” ha sido siempre un meritorio eufemismo de “pobre”) se encargó de organizar con sutileza su humillación que frecuentemente incluía ideoléxicos como “vago”,  “vulgar” o “naco”.

El senador Huidobro agregó: “la delincuencia de hoy no tiene códigos, no cuentan con una ética”. Se asume que la delincuencia de ayer sí tenía códigos y ética. De hecho todo grupo, incluido los criminales, se organiza según unos códigos y una ética. Pero asumimos que no son estos tipos de códigos y éticas los que una sociedad está dispuesta a promover; ni siquiera los mismos delincuentes, que perderían competitividad y clientes en una sociedad sin trabajadores honestos. Según el senador Fernández Huidobro, “el colmo es que ni los presos pueden hoy vivir en paz porque nos han copado hasta las mismísimas cárceles”. Lo cual no es absurdo sino parte de la misma lógica: muchos de los que están presos son delincuentes. Es como observar que los niños están copando las guarderías y los kindergartens y no paran de provocar problemas con sus llantos y gritos.

Huidobro no mejora su posición dialéctica cuando insiste en que “la delincuencia de hoy pertenece a una civilización desconocida, nueva, que se autoexcluye y que no es la nuestra, la que siempre conocimos”. Más tarde, según el diario La Republica de Montevideo, el mismo senador confiesa “no saber en qué momento comenzó a generarse este grado de violencia en la sociedad, esta ‘nueva civilización’, aunque ‘el fenómeno de las llamadas barras bravas es un invento relativamente nuevo'” (21-11-208). Todo lo cual es un problema menor de diagnostico (no hay ninguna civilización nueva) y de percepción, ya que si hay algo antiguo en el mundo son las turbas y las organizaciones criminales.

Lo que debería preocuparnos es que en lugar de progresar como sociedades seguimos estancados. No hay nada nuevo: tenemos la misma enfermedad que hace un siglo pero agravada por la cultura y las condiciones materiales del siglo XXI.

Una juventud donde mandan los viejos

Cuando en el siglo XIX en América latina se discutía quiénes tenían derecho al voto, la mayoría de los políticos e intelectuales de la época estaban de acuerdo que el derecho debía ser reservado a quienes tenían propiedades. Algunos, incluso, fijaron el monto de la riqueza de cada persona para mantener este novedoso derecho. El argumento radicaba en que quien era propietario era más responsable que quien no lo era. Lógico: alguien tiende a ser responsable cuando cuida sus propios intereses. Pero estos intereses implicaban una injusticia en la privación de un derecho civil de aquellos que no tenían ni siquiera el beneficio de la estabilidad económica. Es decir, la violencia económica se reproducía a sí misma a través de la violencia ideológica y moral.

El fenómeno de la violencia civil es una consecuencia lógica, no una contradicción, de cualquier sociedad consumista. Más en los países pobres. Aparentemente los linchamientos como en Mozambique o los más recientes de Bolivia tienen un efecto de corto plazo en la contención de la delincuencia y un efecto de largo plazo en la creación de sociedades aterrorizadas y reprimidas, sin contar con la injusticia que estos juicios irracionales suelen traer. Es difícil que una sociedad madura, o que pretende madurar más allá de un estado cavernícola pueda proponer métodos tan precarios que pudieron funcionar a la escala de una tribu pero resultaría el Apocalipsis si se la instaurase a la escala de sociedades numerosas y mucho más complejas como las nuestras.

El debate sobre el uso legal de armas nunca tendrá una conclusión definitiva porque ambos tienen parte de razón: si los delincuentes atacan el resto de los individuos, éstos tienen derecho a defenderse. Pero si quienes se sienten amenazados comienzan a comprar más armas pronto tendremos (o seguiremos teniendo) sociedades que, en el mejor de los casos, serán sociedades asentadas en el inestable equilibrio de las armas.

Pero la violencia legal —estatal o privada— nunca es suficiente para contener y mucho menos eliminar la violencia ilegal. En casos, cuando es el único recurso, la represión no legaliza pero legitimiza la violencia ilegal.

A largo plazo, la forma de evitar la violencia ilegal radica en eliminar de forma progresiva la violencia legal. Con violencia legal me refiero no solo a un estado policíaco o militarizado sino, sobre todo, a la violencia que deriva de las propias contradicciones de una sociedad. Entre estas contradicciones la más clásica es la que deriva de la misma lógica del consumismo: la promoción del deseo y la represión del placer, ley que afecta con más crueldad a los niños y adolescentes de los países pobres.

Esta lógica del capitalismo consumista suele agravar la violencia cuando a una cultura enferma sumamos una educación insuficiente. El narcotráfico, por ejemplo, no existiría sin el consumo de drogas; víctima y victimario son partes inseparables de la misma lógica social y cultural. La seudo-solución más común es aumentar la represión, lo que también produce la idea de que el sistema X no es el culpable de lo que produce sino imperfecto por culpa de lo que reprime.

En mi opinión, no existe solución a corto plazo. Menos cuando, ante un estado de insatisfacción social, las soluciones sobre el mejor azul consisten en elegir entre el blanco o el negro.

El Estado poco o nada puede hacer para cambiar una cultura pero aún puede hacer mucho para reparar una educación que contenga la violencia social y convierta este desperdicio de energía física e intelectual en proyectos creativos. Para ello existen muchas otras instituciones subalternas, como el deporte, el arte, las ciencias y el comercio. El paso más inmediato consiste en una prioritaria inversión en programas de socialización de la infancia y la adolescencia. Entre éstos, los programas más importantes consisten en priorizar la educación física a través de una mayor variedad de deportes y de espacios para la cultura artística y científica. A estas viejas intenciones, nunca materializadas seriamente, se debe agregar una política radical: la organización debe estar basada en la gestión asistida de los mismos niños y adolescentes. Es decir, se debe implicar en la toma de responsabilidades y en el goce de sus frutos a uno de los sectores sociales más marginados por un prejuicio etario, en lugar de presentar al Estado como un gendarme con el cual se debe cumplir sin recibir nada inmediato a cambio. En otras palabras, bajar la minoridad en la gerencia de la sociedad.

Dejen de tratar a los niños como si fuesen ángeles o demonios. Devuelvan más poder social y doméstico a los adolescentes y tendremos sociedades más maduras.

Elecciones en Venezuela: El inicio de la inconclusión

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por Teódulo López Meléndez

I

He advertido sobre lo que comporta votar en dictadura. Basta mirar y oír para percibir con exactitud lo que esto significa. Cuando se producen los resultados se producen las reacciones del gobierno, variadas y aceleradas, como las del dictador Marcos Pérez Jiménez después de las elecciones para Asamblea Constituyente en 1952. He por ello observado que las líneas estratégicas deben estar previamente definidas. Toda posibilidad debe ser analizada y toda respuesta prevista. No sé si he sido escuchado.

Esta es una elección especialmente difícil y me refiero ahora a los resultados. Una conclusión previa incuestionable es que la disidencia al gobierno avanzará de manera notable. De allí en adelante es cuesta arriba hacer pronósticos. Hay variados elementos en juego, esto es, no podemos olvidar que estamos ante una elección regional y local donde afortunadamente –aunque de manera tardía- han aparecido en algunos lados las ofertas programáticas correctas, lo que puede inclinar a muchos electores. Por el otro lado, querámoslo o no, Chávez ha bajado a ser candidato múltiple incurriendo, por lo demás, en un abuso descarado sin antecedentes en buena parte del mundo y a un lenguaje amenazador que no encuentra antecedentes ni en las peores dictaduras africanas.

No se trata de caer o no caer en ese juego, el juego cayó, así de simple, de manera que el señor Chávez debe saber que cada voto que no se emita por su PSUV es un voto de repudio a él en persona. Es él quien ha plebiscitado una elección regional y frente a eso se ha seguido la táctica correcta, es decir, contestar con las necesidades de la gente (seguridad, vivienda, basura, etc.), pero, aún así, el juego cayó y el señor Chávez deberá atenerse a las consecuencias de sus procederes.

Parece innecesario ahora combatir la abstención. No encuentro a nadie que la proclame, como en los días del referéndum constitucional donde este columnista libró, junto a miles, la dura batalla por llevar la gente a votar. Hay una intención firme de cobrar en las urnas electorales la afrenta y de precisar una respuesta contundente frente a este ejercicio impúdico del poder. Habrá que hacer sacrificios extras frente a un proceso que desde ya se ve lento. Terminará tarde esta votación y aún más tarde veremos resultados. Para ello hay que estar preparado con la tranquilidad propia del hombre alerta y con la conciencia adecuada de quien sabe lo que hay que hacer si se producen patadas sobre la mesa.

II

Este proceso electoral no concluye nada. Este proceso electoral es una estación en el camino. Ciertamente contribuirá a desmejorar al régimen en el control absoluto de los poderes locales y marca un hito en el desgaste sostenido del régimen, pero no es más que colocarse en un escalón superior para enfrentar la arremetida. Este hombre, cuyo único propósito y razón de ser, es mantenerse eternamente en el poder e impedir la entrada del siglo XXI como Juan Vicente Gómez impidió la del siglo XX durante 36 años, deberá seguir siendo combatido con inteligencia y diseños muy precisos. Los bastiones que se conquisten deberán ser eficientes en cuanto a lo administrativo y a la eficacia, pero más allá deberán ser manejados con criterios muy diferentes como han sido manejados los que hasta ahora estuvieron en manos de la oposición. Se mantendrán Zulia y Margarita, pero en estos años desde allí no salió planteamiento alguno de respuesta a los desafueros del poder. Zulia y Margarita se multiplicarán por más, pero debe establecerse un clima que impida la pregunta de porqué el control en esos sitios no sirvió de nada para enfrentar el totalitarismo.

III

Si el mérito atribuible a Juan Vicente Gómez es del haber extirpado los alzamientos caudillistas, el mérito atribuible a Chávez fue poner una agenda social sobre la mesa, una que desperdigó, falsificó y desvirtuó, pero que puso. He repetido hasta la saciedad que aquí debemos partir del presente y no del pasado. Con detergente y esponja deberemos limpiar unos cuantos principios correctos que fueron enlodados. Esto deberán comenzar por entender los gobernantes locales nuevos –y los no tan nuevos y los viejos persistentes- que surjan de esta escaramuza electoral para la que nos preparamos. Hay que mirar hacia delante, no hacia atrás. Es el desafío de construir lo nuevo lo que debe presidirnos, no el de restaurar lo que atrás quedó. El ejercicio del poder local debe ser enseñamiento de nuevas maneras y anuncio del futuro. Hay que construir una democracia del siglo XXI, respetando de aquella del siglo XX –ya ida con la era industrial y con la modernidad- sus principios básicos como separación e independencia de poderes y vigencia plena del Estado de Derecho, sólo para mencionar dos, pero bajo la conciencia de la innovación desatada, de la imaginación floreciente que corresponde a la era postindustrial y a este desafío indefinido que se llama posmodernidad.

No es este el momento para teorizar sobre esta democracia del siglo XXI, trabajo que cumplo a diario, pues estamos en una disyuntiva llena de peligros. Es sólo una consideración y una advertencia que exige prácticas democráticas distintas a quienes salgan electos y quieran hacer el porvenir. En el 2009 tendremos –si así se nos permite- otra elección crucial sobre la cual habrá que alertar a la gente con debido tiempo, pues Concejos Municipales y Juntas Comunales deberán merecer nuestra atención en grado sumo, dado que se trata del poder abajo, el más inmediato con la gente a la que hay que sacar del marasmo para señalarle un camino.

Si bien las lecciones en el camino a este proceso electoral se han quedado cortas, las que se den desde los puestos de gobierno conquistados no podrán serlo. Si se fracasa no habrá alternativa, como hasta ahora no la ha habido. Si del ejercicio de los resultados no se muestra otra actitud y otra manera, seguiremos en el mismo hueco de la inexistencia de una propuesta de país que enfrentar al totalitarismo. Eso sería lo peor que pudiese suceder.

IV

Los venezolanos votaremos el 23 de noviembre. Yo lo haré en el municipio Sucre del estado Miranda y por supuesto que lo haré por Carlos Ocaríz para alcalde, por Henrique Capriles para gobernador y por Antonio Ledesma para Alcalde Mayor, como por los candidatos correspondientes al Consejo Legislativo y a los cargos de concejales mayores. Sin embargo, lo que sé es con que tarjetas lo haré. Mis compatriotas deben aprender que tienen otra arma y es la escogencia cuidadosa de la tarjeta con que votan. Aquí hay más de uno que merece un castigo, como hay otros que merecen un premio. De manera que insto a los electores a votar, pero con el cuidado de saber hacerlo con las tarjetas de partidos o grupos independientes que se lo merezcan.

Estamos ya frente a este proceso comicial que es un ítem de mucha importancia, nadie lo puede poner en duda. Uno, no obstante, que es el inicio de una inconclusión. El proceso histórico que atravesamos no tiene un desenlace cercano, por el contrario, entra en una nueva etapa de graves riesgos y de sinuosos peligros. Más allá de los resultados y del comportamiento que tengan los electos, más allá de las marramuncias del régimen, y más allá de cómo enfrentaremos los posibles tsunamis de la coyuntura, lo que a mí me preocupa in extremis es la creación de un nuevo espíritu, la posibilidad de asumir –al fin- estrategias claras que nos lleven a un salto hacia delante, las posibilidades de abrir las compuertas de la imaginación creadora hacia una democracia del siglo XXI, la posibilidad de la emoción inteligente planteándole desafíos inimaginables al país, la conformación de un clima de avance que nos permita llegar a una conclusión que no es otra que la superación de lo presente partiendo desde él. El pasado no se construye, es historia. El desafío a los pueblos es a avanzar. Preparemos el futuro con determinación y con una imaginación creadora desbocada. Así llegaremos a la conclusión, para inmediatamente someterla a escrutinio, pues la democracia es un eterno peregrinar en el conocimiento para la equidad, en la acción transformadora que no se anquilosa, en un cambio permanente e interminable por hacer justicia al hombre.

teodulolopezm@yahoo.com

¿Cómo puede contribuir la escuela a fomentar la democracia?

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Prácticas de ciudadanía

Por Josep María Puig Rovira

Niños y adolescentes podrían hacer tareas concretas y útiles al servicio de la comunidad

No basta con pertenecer a una sociedad democrática para ser demócrata

La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos está recibiendo alabanzas y críticas. No podía ser de otro modo. Una de las mayores controversias recuerda un debate clásico: ¿la ciudadanía realmente puede enseñarse y, en caso de una respuesta afirmativa, se puede enseñar mediante una asignatura? Veamos las posturas en litigio.

Las opiniones favorables a esta asignatura se basan en una idea clave: no nacemos siendo buenos ciudadanos, ni tampoco basta con pertenecer a una sociedad democrática para llegar a ser verdaderos demócratas, nos hacemos ciudadanos de una democracia en buena parte gracias a la educación. Las regulaciones legales y las formas sociales pueden encauzar el comportamiento, aunque por sí solas no garantizan la convicción cívica necesaria para lograr una óptima convivencia democrática. Por tanto, llegar a ser un buen ciudadano requiere un esfuerzo formativo y para hacerlo efectivo lo mejor es dar a la ciudadanía rango de asignatura.

Entre quienes no desean una asignatura de ciudadanía, la argumentación más frecuente acepta la necesidad de educar para la ciudadanía, pero rechaza convertir esa tarea formativa en una simple asignatura. Se afirma que para formar ciudadanos de nada sirve la información que proporcionan los libros de texto y el profesorado. Ser ciudadano de una democracia tiene que ver con ciertos rasgos de carácter y hábitos de comportamiento que no se adquieren mediante el saber que dispensan las asignaturas. Llegar a ser un correcto ciudadano demócrata se consigue ejercitando las virtudes cívicas en las múltiples ocasiones que proporciona la vida de los centros educativos. Se trata de una educación para la ciudadanía omnipresente, compartida por todo el profesorado, y transversal.

Las dos posturas tienen parte de razón. Conviene defender una asignatura porque proporciona la oportunidad de reflexionar sobre conocimientos que pueden motivar la convivencia democrática. Pero también conviene defender la implicación de los jóvenes en actividades que repetidamente pongan en juego hábitos cívicos. Educar para la ciudadanía requiere reflexión y experiencia. Visto, pues, que lo necesitamos todo, si no hubiese asignatura, se debería recomendar. Pero como la tendremos, se debe recomendar vivamente la realización de actividades prácticas: algo así como unas prácticas de ciudadanía.

¿Qué entendemos por prácticas de ciudadanía? Se trata de algo sencillo, las prácticas de ciudadanía son todas las oportunidades que ofrecemos a nuestros jóvenes para que realicen actividades que les preparen para la ciudadanía, actividades que les permitan cultivar virtudes cívicas. Cuando reducimos las clases magistrales para en su lugar entablar debates sistemáticos y reposados con los alumnos, les estamos ofreciendo una oportunidad de entrenar hábitos de ciudadanía. Cuando impulsamos la participación del alumnado en las reuniones de clase o de delegados para regular la convivencia y considerar la marcha del trabajo escolar, les estamos ofreciendo una oportunidad de degustar valores cívicos. Cuando establecemos sistemas de aprendizaje cooperativo en los que el trabajo y el éxito son colectivos, les estamos enseñando contenidos y a la vez preparando en valores que les serán de utilidad en su vida profesional y ciudadana. Son algunas de las muchas modalidades de prácticas que podrían completar la asignatura de educación para la ciudadanía.

Los ejemplos que hemos aducido son prácticas de ciudadanía conocidas, aunque quizá no siempre se apliquen con la tozudez que requiere la educación. Sin embargo, desearía acabar presentando una modalidad de práctica de ciudadanía, el aprendizaje servicio, menos conocida, pese a que ya contamos con muy buenas realizaciones. ¿Qué es el aprendizaje servicio? Se trata de una propuesta educativa que combina procesos de aprendizaje y de servicio a la comunidad en un solo proyecto bien articulado. Un proyecto en el que los participantes se forman al enfrentarse y trabajar sobre necesidades reales de su entorno social y lo hacen con el objetivo de mejorarlo. Trabajan en favor de la comunidad y a la vez se forman en una doble dirección: aprenden conocimientos curriculares relacionados con la actividad de servicio y además aprenden virtudes y valores cívicos que se ponen en juego a lo largo del proceso que sigue dicha actividad educativa.

Cuando un centro pide voluntarios entre su alumnado y los forma para recibir y guiar a chicos y chicas inmigrantes que se incorporan a lo largo del curso, está ofreciendo a los voluntarios una experiencia educativa de primera magnitud. Cuando un banco de sangre monta un sistema de colaboración con las instituciones educativas para proporcionar formación científica sobre los temas que le son propios y a la vez pide colaboración a los jóvenes para dinamizar una campaña de donación de sangre en su barrio, está contribuyendo a que tomen conciencia de una necesidad no siempre visible y les da oportunidad de ejercer una acción cívica de solidaridad. Cuando varios centros educativos de una población y una asociación interesada en la historia local montan un sistema de recuperación de la memoria histórica, a través de la narración oral que las personas mayores dirigen a la pareja de alumnos reporteros que les ha correspondido, están creando una actividad con múltiples objetivos: conocer una época histórica de la ciudad, relacionar jóvenes y ancianos, responsabilizar a los alumnos en una tarea cívica de recuperación del pasado que luego se mostrará al conjunto de la población y, sin duda, en este caso, aprender historia y sociales. Tres ejemplos de aprendizaje servicio de entre los muchos que puede ofrecer una tan versátil metodología pedagógica.

Si conseguimos reconocer el servicio a la comunidad, en sus múltiples formas, como uno de los mejores ingredientes de la Educación para la Ciudadanía, la habremos convertido en una asignatura con prácticas de verdad. Un modo a la vez reflexivo y experiencial de adquirir valores y virtudes cívicas.

Fuente: El País

Josep María Puig Rovira es catedrático de Teoría de la Educación de la Universidad de Barcelona

Ciudadanos en el Siglo XXI

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por Juan Carlos Eastman Arango

* Asesor Instituto de Estudios Geoestratégicos y Asuntos Políticos de la Universidad Nueva Granada

(NuevoSiglo.com – 09-11-08)

Formación académica

En la formación de los ciudadanos de la actualidad, es notoria la importancia que tiene el conocimiento sobre los asuntos internacionales, y la inmensa responsabilidad política -en el sentido de interacción y apropiación de lo público-, que tiene analizar y comunicar opiniones y apreciaciones sobre la problemática mundial. Ello tiene un efecto trascendental sobre la confianza que pueden sentir los ciudadanos en el diseño, las opciones y la conducción de la política exterior por parte de un gobierno en particular.

Estamos convencidos que este componente básico de la vida institucional de los Estados adquiere mayor solidez y continuidad, especialmente en estos tiempos que denominamos “globalizados”, si los ciudadanos conocen, debaten y se sienten más cercanos a las formulaciones y decisiones que en materia de política exterior adoptan sus gobiernos.

Hoy, mucho más claramente que hace décadas, esas decisiones impactan sobre la vida cotidiana de los ciudadanos en general, y no solamente sobre los actores económicos privados y políticos (clientelas partidistas) que tradicionalmente han creído que la política exterior se diseña para sus intereses. Por ello, se exigen Cancillerías profesionales, ajenas a los trajines electorales y a los compromisos corporativos tanto nacionales como transnacionales, que en medio de los afanes políticos de carácter partidista y electoral para asegurar gobernabilidad, no sacrifiquen la exigencia ciudadana de una política exterior pública. Esta experiencia, sin duda, constituye un gran avance en la cualificación de la participación ciudadana en los asuntos del Estado, que de ninguna forma le resultan ajenos.

Durante los meses transcurridos del año en nuestro país, los colombianos hemos escuchado expresiones y declaraciones encaminadas a representar la proximidad de un futuro inquietante y oscuro. En medio de sentimientos encontrados, desde aquellos alimentados por la esperanza hasta aquellos otros sacudidos por el pesimismo, nuestra agenda social y política no da tregua para el reposo y el sosiego. Vivimos tiempos intensos como colectividad. Tiempos que invitan al análisis y requieren una participación ciudadana elaborada y prospectiva. Ambas condiciones caracterizan la función y responsabilidad de la universidad, espacio social de creación e innovación, cuya razón de ser, finalmente la descubrimos en los egresados portadores de ideas e iniciativas alimentadas y perfeccionadas por todos aquellos que compartimos la confianza en su capacidad para contribuir a la construcción de una sociedad mejor en un mundo sostenible.

La sociedad internacional de los nuevos ciudadanos

¿En cuál mundo se inscribe esta expectativa? En uno de oportunidades. Las dificultades constituyen eso, y no obstáculos. Por naturaleza, debemos transformarlos en semilleros de creación, y en esa medida, al caracterizar la problemática general que mueve el mundo, gracias al trabajo colectivo y al debate creativo, se proponen alternativas y caminos de solución.

La agenda internacional es por fortuna rica y diversa; todos sus contenidos son de carácter humano, y tienen que ver con la sostenibilidad de la forma de vida social que hemos venido construyendo a lo largo de por lo menos 5.000 años. Somos herederos -y guardianes a la vez- de patrimonios históricos colectivos que nos permiten expresar y ejercer la extraordinaria diversidad y complejidad de la vida humana, con sus contradicciones y conflictos. De hecho, cada vez somos más conscientes que ellos son inherentes a la experiencia humana organizada, y que parte importante de nuestra formación y sociabilidad es convivir y aprender de ellos.

Durante ciertas fases del movimiento de la sociedad internacional, a lo largo de la historia de los últimos 500 años, los Estados, los gobiernos y sus asociados han experimentado los “períodos de transición”, cuya mejor definición es “encrucijada de tiempos, órdenes y valores”, que la mayoría de los analistas y ciudadanos identifican con las “crisis de los órdenes existentes”. En éstas se disputa la materialización de formas nuevas para enfrentar los problemas o la restauración de formas anteriores que creen poseer la fórmula para ello. Son interpretaciones políticas de cómo enfrentar los obstáculos y las dificultades a las que aludía anteriormente, y que en la lógica de nuestra experiencia histórica de civilización, siempre deben apuntar hacia el futuro.

Dichas fases de confrontación no tienen una duración prevista ni determinada; sabemos, por ejemplo, que aquella en donde se forjó la modernidad occidental que nos identifica, duró en una parte del mundo conocido cerca de 400 años mientras que en otros lugares duró más décadas y en otras regiones, finalmente, aún no ha llegado o está experimentando una irrupción traumática.

Nuestra época es de transición, de cambio, de enorme exigencia en la creatividad del análisis, de la formulación de soluciones y de la participación ciudadana que exige la conciencia social y política de que al salir de nuestra transición el mundo será diferente para los nuevos herederos y guardianes, marcado por el imperativo de la gobernabilidad global al servicio y agenciada por el sujeto histórico pleno que llamamos “Humanidad”.

Agenda global y apropiación ciudadana

Mientras esos procesos se desarrollan, desde el Instituto de Estudios Geoestratégicos y Asuntos Políticos de la Universidad Nueva Granada consideramos que algunos de los temas que se enumeran a continuación, son los más representativos que se debaten y controvierten en medio de la transición global. Sus respuestas sentarán las bases de un “nuevo orden planetario” décadas más adelante.

Los ciudadanos deben involucrarse en su conocimiento y debate ya que, como lo demuestran los desajustes financieros que se exportan desde las economías capitalistas más desarrolladas, su solución continúa percibiéndose en función de los centros de poder mundial, al margen de las organizaciones ciudadanas y utilizando los Estados como garantes y protectores, sujetando nuevamente el interés público al privado.

Enumeremos, pues, algunos de los temas que alimentan la agenda global ciudadana:

1. A partir de 2003, después de la invasión estadounidense a Irak, y con mayor intensidad en nuestros días, se ha impuesto el debate sobre la instauración de un mundo multipolar. No es igual que restaurar la vigencia de lo multilateral después del conflicto entre la ONU y el gobierno republicano en Estados Unidos a raíz de Irak. No existe un consenso internacional sobre su conveniencia, incluso sobre su necesidad. En términos de unas relaciones asimétricas, como las actuales, su perspectiva no garantiza la solución de los problemas existentes, ni la convivencia pacífica internacional.

2. Uno de los efectos más visibles y sensibles del fin del orden geopolítico bipolar en 1990 ha sido el debate territorial expresado a través de la implosión de entidades estatales, el impacto por la aparición de Estados frágiles y de Estados fallidos, la emergencia de etno-nacionalismos y la reaparición de agendas limítrofes y fronterizas no resueltas, literalmente “congeladas” durante la época de la llamada Guerra Fría.

3. Tenemos por delante un debate fundamental alrededor de la nueva institucionalidad que debe surgir cuando se encamine la superación de la crisis global. La institucionalidad existente se ha mostrado insuficiente y limitada para interpretar, reflejar y administrar las contradicciones mundiales y las expectativas de miles de millones de seres humanos frente a sus dramas existenciales extremos. Tenemos indicios de los nuevos instrumentos, instituciones y organismos tales como la Organización Mundial del Comercio y el Tribunal Penal Internacional, precarios aún, pero indicios del futuro.

Desde septiembre pasado, las jornadas de la Asamblea General de las Naciones Unidas se vienen caracterizando por las críticas a la ausencia de funcionalidad y representatividad de esta organización, y en particular, el legado nocivo que ha dejado la experiencia del Consejo de Seguridad. Dichas críticas, que exigen una reforma de la ONU –empezando por ese Consejo-, han encontrado mayor eco y acompañamiento político internacional.

4. Una de las más influyentes expresiones y dinámicas de la transición ha sido el cuestionamiento radical a los logros de la modernidad y de la visión antropocéntrica del mundo. La crisis de confianza laica y secular ha cedido el espacio, en varias regiones del mundo, a proponer la restauración de valores y relaciones inspiradas en la devolución de lo “sagrado” a la naturaleza y al retorno al poder de autoridades de origen religioso, y a las fuerzas metafísicas y los destinos metahistóricos como referentes explicativos de la crisis global.

5. l capitalismo ha probado ser la experiencia más revolucionaria en la historia humana, en el sentido de su capacidad transformadora de los órdenes sociales y productivos conocidos antes del siglo XVI y hasta nuestros días. Sus leyes básicas lo condenan a ser revolucionario, y en esa medida, gracias a su igualmente ineludible planetarización, a desempeñar un papel vital en el futuro de la sociedad internacional. La destrucción creadora es una de sus esencias, y una de las fuentes de mayor angustia existencial y penuria para millones de seres humanos. Su expresión más reciente ha sido la denominada “crisis del sistema financiero de modelo estadounidense”.

6. Desde hace poco más de 35 años, la sociedad internacional viene debatiendo sobre el deterioro del medio ambiente, el impacto poblacional sobre los recursos no renovables, la depredación del modelo de desarrollo industrializador y más recientemente, sobre la evidencia o no de un cambio climático, que tendrá efectos irreversibles sobre nuestro concepto de civilización. Algunos de los principales debates emergentes sobre seguridad regional y global se desprenden de esta posibilidad. Más recientemente, por ejemplo, y gracias a la eventual reducción de las capas de hielo en el Artico, la posibilidad de abrir líneas de navegación marítima regulares y permanentes entre Europa, Asia y Norteamérica transformaría las relaciones comerciales y la valoración de las rutas tradicionalmente utilizadas, con sus efectos geoestratégicos correspondientes.

La carrera por suministros energéticos que mantengan el crecimiento de las economías industrializadas tradicionales y las emergentes, está creando tensiones y disputas en áreas proyectadas como estratégicas para esos suministros, así como imponiendo nuevas presiones sobre las economías tradicionalmente exportadoras de materias primas energéticas y de otros recursos minerales hoy reconocidos como estratégicos en la competencia económica, tecnológica y militar global. Ello se ha traducido en crecientes amenazas a ecosistemas y áreas antes ajenas a la exploración y explotación con fines industriales.

7. Una de las transformaciones más visibles y revolucionarias en las formas de organización humana ha sido el ascenso y la proliferación del hecho urbano, la urbanización de los asentamientos humanos y el ascenso de las “ciudades-mundo”. La ciudad constituye un complejo sistema de gestión de los intereses y de las relaciones económicas, sociales y políticas. Su crecimiento en todos los sentidos y la problemática que la caracteriza en nuestros días, ha convertido al hecho urbano en tema de agenda global ciudadana. Entre los problemas que agobian a algunas mega-ciudades, gracias a la concentración poblacional y su carácter productivo, se encuentran el problema del abastecimiento de agua potable, la contaminación ambiental, la precariedad de la vivienda y de la prestación de servicios públicos, el aumento inquietante de la violencia delincuencial y la gestión de lo público.

8. El inicio del siglo XXI, a pesar de la difusión mediática y académica sobre la asociación entre libertad individual, economía capitalista y democracia, enfrenta la crisis de confiabilidad sobre la eficacia de la democracia para solucionar los problemas humanos. Frente al escepticismo y cierta indiferencia en los países más industrializados, medibles en sus respectivos procesos electorales, encontramos la tendencia en los países menos desarrollados o empobrecidos a delegar la solución de los problemas en el aventurerismo político, en las fórmulas autoritarias de carácter civil y la búsqueda de “redentores” y “mesías” en la política nacional respectiva. Los debates sobre democracia representativa y democracia participativa constituyen una de las expresiones de la problemática señalada, así como la irrupción en diferentes partes del mundo de variadas modalidades de “populismo” que nacen en las democracias, pero que terminan debilitándolas y secuestrándolas.

9. Frente a las nuevas amenazas a la seguridad, estamos familiarizados, gracias a su difusión mundial desde el 11 de septiembre de 2001, con el terrorismo como una de ellas. Otro tanto podemos afirmar sobre la valoración existente con respecto al narcotráfico; pero quizás el desafío más importante para la seguridad de los Estados y de los ciudadanos lo constituye la afirmación del crimen organizado transnacional y sus inserciones o alianzas nacionales. Nuestro tiempo se caracteriza, en general, por la experimentación y la búsqueda colectiva de conceptos, acuerdos, instrumentos y arquitecturas regionales que interpreten mejor y más eficazmente, las preocupaciones y necesidades de los Estados y las sociedades frente al creciente sentimiento de fragilidad, vulnerabilidad e inseguridad. Contrariamente a lo afirmado en las declaraciones políticas desde Estados Unidos, el mundo de hoy es un escenario más inseguro y volátil.

10. Al hacer un seguimiento de los presupuestos sobre defensa e investigación de punta con destino militar, vemos con preocupación el resurgimiento de la carrera armamentista. En los países denominados del Norte, las nuevas tecnologías ocupan un espacio notable en su propia valoración de la amenazas y de los recursos para contener, disuadir y confrontar potenciales enemigos y alianzas reconocidas como hostiles. Desde la experiencia de los países asociados con el Sur en las relaciones internacionales, evidenciamos el aumento de las compras de material militar. La violencia internacional es un horizonte que no podemos ignorar. Es la última frontera de las contradicciones y de la crisis de la institucionalidad global, más aún cuando enfrentamos el debate político sobre el impacto de la difusión de las armas nucleares como recurso para resistencias efectivas y como medio de negociación diplomática en el contexto de relaciones desiguales de poder mundial.

11. Finalmente, y sin pretender agotar y restringir la amplia y compleja agenda global de nuestros días, enfrentamos las nuevas perspectivas políticas y tecnológicas del uso de la órbita terrestre y del espacio inmediato que rodea nuestro planeta Tierra, particularmente del sistema solar conocido. ¡Cómo ha cambiado su valoración desde los tiempos del Sputnik, el primer satélite, de origen soviético, y la primera caminata lunar estadounidense!. Hoy encontramos varios países involucrados en la nueva carrera espacial ya sea desde el lanzamiento de satélites, la colonización de la Luna, los proyectos de exploración del planeta Marte y los viajes privados a manera de “turismo espacial”.

Un nuevo símbolo del poder mundial y de la visibilidad influyente en las relaciones internacionales futuras, también pasa por la construcción de infraestructuras y conocimientos que nos lancen literalmente al cosmos. Allí está el nuevo desafío chino y la pérdida del monopolio estadounidense y ruso en esta materia, especialmente en términos militares, así como el despegue de países que incursionan en la aventura satelital comercial y político-militar, tales como Japón, India, Taiwán, Sudáfrica, Israel, Brasil, Colombia, Venezuela, Irán, Malasia, Pakistán y Turquía, cuyos efectos en las contradicciones político-militares y sobre alianzas regionales tendrá una importancia inocultable.

Entre lo urgente y lo importante

Como podemos apreciar, en conclusión, el conocimiento que transmitimos y la trascendencia que podemos alimentar en los jóvenes ciudadanos que incursionan en el ejercicio de sus derechos políticos y de acción en el campo de lo público, encuentra en la apropiación de la dinámica internacional un referente vital para comprender y participar en esta fase histórica de transición en la que estamos inscritos, que resulta muy importante para el futuro de la sociedad global.

No existe una respuesta única para las soluciones que los ciudadanos esperan, y nos movemos en medio de una tensión muy fuerte entre lo urgente y lo importante, entendiendo que lo primero, lo urgente, se expresa en el campo de una gestión pública acosada por la fuerza de la demografía, los desequilibrios sociales y la asimetría internacional, mientras lo segundo, lo importante, descubre en la universidad y en su naturaleza científica, con las nuevas generaciones de ciudadanos que allí crecen y se fortalecen intelectualmente, la reserva creativa ineludiblemente comprometida con la búsqueda de respuestas estructurales a las expresiones transformadoras de la transición global. Armonizar ambas dimensiones es posible e ineludible para avanzar en la búsqueda de respuestas a las necesidades y perspectivas para todos los ciudadanos. Al igual resulta indispensable el diálogo y la creación de escenarios donde se encuentren Universidad, Estado y Empresas Privadas, alimentados por convicciones y servicio ciudadanos.

(NuevoSiglo.com – 09-11-08)

El juez de la democracia

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por Raúl Arroyo

(Magistrado presidente del Tribunal Electoral del estado de Hidalgo, México)

Para clausurar las actividades conmemorativas del vigésimo aniversario de la justicia electoral en México, organizadas a lo largo de este año próximo a concluir, por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación; se inauguró, en el puerto de Veracruz, el Quinto Congreso Internacional de Derecho Electoral. Suspensión de Derechos político-electorales; El juez en la democracia; Ley de partidos políticos vs. Documentos Básicos: perspectiva comparada; Análisis de las elecciones presidenciales en la perspectiva comparada: México y Estados Unidos de América; Democracia constitucional y Los particulares como sujetos obligados por la ley electoral son los temas abordados en dos días de trabajo con la participación de jueces electorales y académicos, nacionales y extranjeros.

Esta actividad, en la que también participan miembros de los órganos administrativos electorales de las entidades federativas, ha permitido penetrar en el conocimiento, desde diversos ángulos, de una perspectiva del derecho electoral mexicano, cuando la materia ha transitado por diversos acontecimientos que la hacen, en buena medida, diferente de la que aprobaron los legisladores hace dos décadas. Por citar, dos asuntos recién aprobados por la Sala Superior del TEPJF, que ejemplifican de manera precisa la diversidad del derecho electoral y afectan ambientes distintos: en su sesión del miércoles, los magistrados federales resolvieron acerca de la anulación del proceso de elecciones para la dirigencia de un importante partido político, el PRD, con las consecuentes repercusiones en la política nacional; y también sobre una demanda del Tribunal Electoral de Yucatán, a quien el IFE había negado el uso de tiempo en radio y televisión para difundir sus actividades fuera de periodo de campaña político-electoral.

Invitado por el comité organizador, el autor participó en la mesa El juez en la democracia. Fue un honor compartirla con tres distinguidas personalidades del mundo electoral: el mexicano Flavio Galván Rivera, magistrado de la Sala Superior del TEPJF, quien hizo una espléndida descripción del juez que debe ceñir su actuación al imperio de la ley y cumplir con honestidad y estudio permanente el encargo que ha recibido del Estado. Siguió el juez sudafricano Johan Chiristian Kriegler, para presentar una detallada reseña de su experiencia como presidente de la Comisión Electoral Independiente, cuya misión consistió en entregar a Sudáfrica, su país natal, las primeras elecciones basadas en el sufragio universal de los adultos; lo cual, al ser un experimento democrático fallido en 1993, influyó en el juez Kriegler hasta convertirlo en un importante defensor de los derechos políticos. Mi participación El siglo de los jueces, abundó sobre un tema alguna vez tratado en este mismo espacio; al que se añadió, después de una serie de reflexiones, temas como la independencia judicial, la división de poderes, la relación con los medios de comunicación y la colegiación de jueces; para concluir con una invitación a los juzgadores electorales a emprender y liderar la construcción de este XXI como el siglo de los jueces.

Me antecedió el juez Mariano Américo Rodríguez Rijo, presidente de la Cámara Contenciosa de la Junta Central Electoral de República Dominicana. Tomo de su ponencia los siguientes conceptos, cuyo contenido advierte del necesario perfil que habremos de asumir los juzgadores frente a las condiciones de la actualidad que nos rodea:

“. . .El sociólogo chileno Carlos Peña González, sostiene que la relación de los jueces con la democracia ha sido casi siempre problemática. Los autores clásicos, en general, solían llamar la atención acerca de los peligros que reviste para la democracia contar con jueces demasiado activos. Montesquieu sugirió que ese tipo de jueces, que a veces se ven tentados –por buenas razones- a juzgar por sí mismos, son propios de gobiernos despóticos. Los casos de presión para que los jueces se aparten o relativicen su lealtad a la ley, son presentados como una consecuencia particular de la función judicial.

“El juez no debe ser indiferente a la democracia, a la separación de los poderes o los derechos humanos. El juez debe proteger y preservar el carácter democrático del Estado. Los jueces deben respetar y defender los derechos humanos de la persona en relación con sus semejantes y con el Estado, con particular énfasis en los débiles, las minorías y los marginados.

“Una sociedad democrática espera que sus jueces sean fieles al resultado de la deliberación que en una democracia llevan a cabo los ciudadanos. Un juez debe ser autocrítico y debe carecer de cualquier huella de arrogancia. Debe dar pruebas de humildad intelectual, permitiéndole de ese modo admitir cuando se cometen errores. Es importante que los jueces se mantengan en constante preparación y exhorten a quienes se encuentran bajo su supervisión a que realicen actividades conducentes a ampliar sus conocimientos.

“El juez debe ser fiel a los valores de la democracia, con lo cual estaría cumpliendo su deber y con la labor que la sociedad y los ciudadanos esperan de él.”

rarroyo@trielectoralhidalgo.org.mx

La nueva definición de peligro

sonar-despierto

por Teódulo López Meléndez

Alguien dijo –ahora no recuerdo quien- que el hombre que sueña dormido y de noche es un hombre común. En cambio, el hombre que sueña despierto y de día es extremadamente peligroso. Admitamos que es un concepto polémico para algún pensamiento cristiano, aunque en Juan encontremos la necesidad del sueño de los ojos abiertos. En mis limitaciones en el campo de la teología veo el sueño despierto como la capacidad de ver y en el terreno de la psicología profunda la capacidad de comunicar lo visto.

De una cosa no puede haber duda: quien sueña de día no tiene pesadillas. Quién sueña de día es el que innova, el que tiene la facultad de decir sobre el sueño, el que ve los tiempos por venir y logra definirlos en concepto y se apresta a realizarlos en la praxis. Necesitamos en este país esa clase de peligro. Necesitamos a quienes sueñen de día en otra república, en un país posible, en una creación nacional de progreso y justicia.

El “peligro” negativo, en el campo de la política, es lo contrario: dormir de día. Los que duermen de día son los dirigentes políticos que no saben de otras maneras y de otros procedimientos, de otras formas y de otras proyecciones. Los que duermen de día son conservadores a ultranza, no creen que algo se pueda cambiar o modificar, no tienen capacidad de construir con la inteligencia y con la imaginación. Los que duermen de día son “demostrativos”, puesto que primero lanzan sus declaraciones insulsas y luego se dedican a justificarlas pescando en el desierto. Para los que duermen de día el peligro está en imaginar, en plantearse fórmulas innovadoras. En cambio, los que sueñan de día se imaginan las cosas de manera distinta, conciben de manera diferente las perspectivas del futuro de la nación. Los que sueñan de día son mirados como algo a exterminar, para así evitar que el sueño se contagie, que se pueda construir un nuevo espíritu. Los que sueñan despiertos son los únicos capaces de estimular a los pueblos y empujarlos hacia un nuevo destino.

Necesitamos hombres y mujeres que sueñen despiertos y de día, que hagan sentir al país la necesidad de este tipo de peligro, del sueño de otra república.

Lo que tenemos en Venezuela es falta de peligro. Lo que tenemos en Venezuela son seudo dirigentes que duermen de día. Los que tenemos son hombres comunes enzarzados en sus pequeñas rencillas y en sus átomos de picardía vernácula. Es necesario sembrar al país del peligro del sueño diurno y despierto, de ideas, de concepciones de inteligencia, de imaginación peligrosa.

Ya peligro no es la vieja definición de los diccionarios: “Un peligro es cualquier situación (acto o condición) o fuente que tiene un potencial de producir un daño, en términos de una lesión o enfermedad”. Peligro, en la nueva definición del siglo XXI y en el terreno de la política, pasa a ser sinónimo de seudo dirigente anquilosado, de manera tradicional y engorrosa de hacer las cosas, de bestiario de pequeñeces. Ahora es necesario desafiar al pensamiento, a las ideas, a la imaginación. Estamos muy mal porque nadie ha enfrentado el peligro de estos atrabiliarios mediocres que sólo sueñan de noche mientras duermen y odian a los que sueñan de día.

Este país requiere urgentemente de los “peligrosos” que sueñan de día y despiertos y son así capaces de producir las grandes transformaciones de los pueblos y el alcance de las metas jamás imaginadas por los dormilones que manejan este país desde la pequeñez y desde la insignificancia. Los que sueñen de día y despiertos harán real el sueño. La única esperanza de este país es que comience a soñar despierto y de día.

teodulolopezm@yahoo.com

Obama, in prima epistula

barack

por Teódulo López Meléndez

I

En uno de los documentos más impresionantes de la historia del periodismo norteamericano en cuanto a apoyos electorales, la revista The New Yorker lo dijo todo sobre Barack Obama y sobre John McCain. Más allá, lo dijo todo sobre los Estados Unidos de América. La frase final de un documento que excedía a las meras simpatías por un aspirante a la presidencia para convertirse en una radiografía implacable y en un diagnóstico de una lucidez deslumbrante fue esta: “En momentos de calamidad económica, perplejidad internacional, fracaso político y moral golpeada, los Estados Unidos necesitan tanto elevación como realismo, tanto cambio como firmeza. Necesitan un líder temperamental, intelectual y emocionalmente en sintonía con las complejidades de nuestro atribulado planeta. El nombre de ese líder es Barack Obama”.

La sociedad norteamericana había producido el líder, aún antes del crack económico. Sólo una sociedad viva, inquieta y capaz de erguirse sobre su multiplicidad, sobre sus contradicciones y sobre sus gravísimos defectos, es capaz de producir el liderazgo asentándose sobre sus virtudes y sobre su capacidad de autogeneración. Ese documento memorable no hablaba de aislacionismo, hablaba de la mezcla de realismo y elevación; quienes piensen que los Estados Unidos de Obama entra en una especie de retraimiento andan muy equivocados. Donde entra Estados Unidos es en la percepción emocional de este atribulado planeta bajo la conducción de un líder temperamental e intelectualmente claro. El liderazgo de los Estados Unidos no disminuye, simplemente cambia.

La inteligencia echa pilotes sin necesidad de aspavientos. Quiero decir que quienes han asegurado que la campaña presidencial norteamericana transcurrió sin innovaciones programáticas, andaban absolutamente equivocados. Quienes aseguraron que los planteamientos de Obama o de McCain pasaban sin mayores distinciones, lo hicieron por incapacidad para percibir la terrible sinergia que estaba presente en la elección. Lo que allí se debatía era si los norteamericanos aplazaban el viraje por cuatro años (más no iba a durar la presidencia de McCain) o si lo asumían de una vez. El lado trágico de McCain lo encarnaba Sara Palin, con su conservadurismo perdido en las entrañas de una nación que hacía brotar viejos atavismos e incomprensión total del mundo presente.

Sin lugar a dudas el mundo estaba volcado hacia Obama, pero quienes comprendieron la trascendencia del momento y percibieron la emoción de lo que sucedía fueron los propios norteamericanos. Nunca había visto tanta, tanta entrega, tanta convicción de vivir en un momento estelar de la historia de los Estados Unidos. Mi amigo el escritor norteamericano, conservador, republicano, claro producto de la Norteamérica blanca y protestante, me dejó sorprendido cuando desde su pequeño condado vecino a Los Ángeles me hizo saber su decisión: “Votaré por Obama”, dejó escrito simple y llanamente en un mail. Estados Unidos asumía desde ya la comprensión de este mundo del siglo XXI, qué duda cabía.

II

Hasta aquí la emoción de lo sucedido. Viene ahora la confrontación entre las ideas y la realidad. Nadie puede esperar cambios espectaculares, aún cuando la realidad económica los requiere de urgencia hacia el interior. Obama tiene hasta enero para conformar su gabinete. Ya tiene como vicepresidente a un hombre fogueado por décadas en la Comisión de Política Exterior del Senado, si se quiere un digno representante del establishment, una experiencia acumulada que le servirá de mucho. Los problemas puntuales son conocidos: la guerra en Irak, el desafío que representa Afganistán, pero el asunto es más grave y complicado; se trata de un nuevo lenguaje y de una nueva manera, de un abandono de las ínfulas imperiales, del ejercicio de un líderazgo basado sobre el diálogo y sobre la comprensión de los muchos problemas. Por ejemplo, entre los cerros de basura que se lanzaron sobre Obama en los últimos días de la campaña destacó la de la ultraderecha israelí que protestaba porque dos de cada tres judíos norteamericanos iba a votar por el senador de Illinois y no por la fórmula republicana. Alegaba la ultraderecha que Israel entraba en una suerte de peligro mortal. Lo único cierto es que Israel no entra en ningún peligro y Obama defenderá la integridad israelí, pero con una comprensión profunda del problema palestino. La ultraderecha no puede pretender que el problema palestino siga alargándose por años y que se mantenga una situación de guerra donde los cohetes de la ultra palestina de Hamas sigan cayendo e Israel se asiente sobre una represión militar constante. El problema palestino existe y hay que resolverlo. Hay un elemento de justicia pendiente: no es otro que la suerte del pueblo palestino que tiene perfecto derecho a un estado con fronteras perfectamente delimitadas y a vivir la vida sin sobresaltos y de una manera digna. La incomprensión rodeará al gobierno Obama sobre este punto específico, pero ya no se puede aplazar más la solución definitiva en una suerte de burla permanente. La sensibilidad de Obama sobre este asunto crucial del Medio Oriente y sobre varios más que aquejan al planeta, es donde se medirá esta mezcla de realismo e imaginación, de firmeza y de ruptura de los nudos gordianos.

Con América Latina hay asuntos puntuales y Cuba encabeza la lista. Entre los muchos manifiestos que recibí con motivo de esta elección estaba uno de una autodenominada Juventud Cubana en el exilio en Miami, donde se llamaba a un esfuerzo final para impedir la victoria del comunista Obama en el estado de Florida. En esos términos no se puede seguir funcionando con Cuba. Es hora de que Estados Unidos y Cuba se sienten a dialogar. Así como no se puede esperar un levantamiento unilateral e incondicional del errático bloqueo, tampoco se puede esperar que nada se mueva. El diálogo debe iniciarse y podrá ser todo lo lento que las circunstancias lo ameriten, pero deberá avanzar contra todas las dificultades. El espectáculo del tejemaneje sobre la eventual asistencia norteamericana a la isla con motivo de los dos últimos destructivos huracanes, no deberá repetirse jamás. Paso a paso deberá irse hacia delante: apertura política por apertura económica, liberación de presos por autorización de exportaciones norteamericanas, mejoría notable de los derechos humanos por aumento de los envíos de remesas en dólares de los cubanos-estadounidenses a sus familiares en Cuba. El diálogo entre Estados Unidos y Cuba debe abrirse, ese es otro de los imperativos históricos que ronda la presidencia de Barack Obama.

III

Sí, tal como lo decía The New Yorker lo que caracteriza a este mundo es la perplejidad. Este es un mundo que ha perdido el rumbo, que yace en la irresolución, sin aliento. Devolvérselo es la tarea de un líder carismático que ya no recurre a la prepotencia imperial sino al tono de la criticada palabra. Qué Obama hablaba muy bien, pero era sólo palabras, fue uno de los argumentos de Hillary Clinton en su memorable batalla contra Obama. La señora Clinton se veía rebasada en una lucha que había sido diseñada, hasta en los últimos detalles, para que ella la ganara. El joven senador negro (que algunos se empeñan en reiterar como mestizo buscando quién sabe que efecto) era sólo palabras, pero la señora Clinton no podía comprender que detrás del lenguaje arrollador de su joven oponente estaba un pensamiento, no podía entender que el lenguaje es el arma fundamental de un líder emergente. El lenguaje –está dicho hasta la saciedad- es fiel reflejo de quien lo emite, el lenguaje es la traducción a signos de una estructura mental. El lenguaje puede cambiar al mundo. En efecto, somos escritores por conocimiento del poder del lenguaje, de uno que en la pluma de un escritor puede ser endeble o aparentemente intrascendente, pero que en boca de un líder (de manera especial si lo es de la primera potencia mundial) va a tener un efecto de cambio capaz de modificar estructuras cerradas, de abrir ventanas hasta ahora tapiadas, de hacer correr un aire fresco que permita mirar las cosas de otra manera, aunque nadie perciba de inmediato la trascendencia de la modificación.

IV

Al desafío que el presidente Obama encarna habrá que adecuarse. Me refiero a los timoratos líderes europeos y a los enrevesados líderes latinoamericanos. No hablo de los líderes chinos porque esos están muy conscientes de lo que sucede. Y sobre Rusia hay que entender que desde que Rusia es Rusia resulta imposible ponerle un corsé para dificultarle la respiración. Hay que entender a Rusia como es, poco inclinada a prácticas democráticas abiertas, de manera que la prepotencia zarista de Putin no es muy difícil de comprender. Pero también sobre Rusia deben venir conversaciones ingentes. Estados Unidos y Rusia deben abrir un nuevo diálogo y establecer las bases de una nueva convivencia. Este paroxismo de una “nueva guerra fría” que por momentos se asoma en el escenario mundial es un absurdo y Estados Unidos, sin andar imponiendo democracia por el mundo a los coscorrones, tiene un papel clave que jugar en la evolución democrática de Rusia.

Un encuentro y una conversación posibles entre Obama y Chávez no deben asustar a nadie. O es que alguien piensa que el presidente Obama se va a dedicar a avalar dictaduras. O es que alguien piensa que Obama es el presidente de algún espacio extraterrestre y no de los Estados Unidos. Esa conversación podría ser muy perjudicial para Chávez. Como muy bien lo ha dicho el equipo del presidente electo de los Estados Unidos aquí no se trata de sentarse a tomarse un café, aquí se trata de preparación detallada, de establecer condiciones para que el diálogo fluya, de preparar cuidadosamente los detalles.

La mirada de lo que será la presidencia de Obama hacia América Latina no está definida con claridad. Es aquí donde las ideas y las realidades quizás choquen con más fuerza. Creo yo, desconocido comentarista en la pequeña república que es Venezuela, que el primer movimiento deberá ser hacia Cuba, pero no puedo anticiparme a los primeros pasos del presidente Obama. De algo no tengo la menor duda: la nueva administración abrirá todo el abanico hacia América Latina. Toca a América Latina prepararse para una conversación fluida y sin tapujos que traerá beneficios, aunque también algunos encontronazos ineludibles. De ambas cosas se vive.

He repetido muchas veces que los siglos no comienzan cuando comienzan ni terminan cuando terminan. Cuando terminó el siglo XX puede generar una discusión interminable: quizás –decían algunos- cuando el hombre llegó a la luna, pero lo decían antes de que se revelaran todos los secreto del ADN, de que la cadena de la vida fuera mostrada como resuelta en todo su lenguaje, porque la vida está hecha de letras. Cuando comenzó el siglo XXI es hasta ahora objeto de silencio. Si alguien dice alguna vez que el siglo XXI comenzó cuando Barack Hussein Obama fue electo presidente de los Estados Unidos de América, porque cumplió su misión, se honraría a alguien que llegó a la cúspide del poder mundial y fue capaz de ejercer su magisterio a la altura de las expectativas desatadas y se honraría a la nación que lo permitió, a una nación que fue capaz de voltear su alma para enfrentar los desafíos de un mundo perplejo y de moral golpeada.

teodulolopezm@yahoo.com

La política santa y el temblar de los templos

por Jorge Majfud

(Lincoln University)

Son abundantes los ejemplos de empresas políticas y militares que se han justificado por representar la voluntad de Dios, desde el antiguo Egipto, pasando por las cruzadas de todo tipo, la conquista de América, hasta los cristianos que hoy confían más en la razón de las armas que en el amor indiscriminado del Nazareno y los islamistas que prefieren inmolarse en Su nombre, olvidando que alguna vez Mahoma dijo que la tinta del sabio era más valiosa que la sangre del mártir.

No hace muchos días alguien hacía la siguiente reflexión por la radio pública de Estados Unidos: “Siempre hemos dicho que Dios estaba de nuestra parte. ¿No será tiempo de preguntarnos qué hacemos nosotros por estar de parte de Dios?” Una luz verde y el río de autos que retomaban la marcha me impidieron distinguir el nombre del autor de estas apalabras. Unas horas más de camino se acuchaba la voz aguda de Sarah Palin, casi a los gritos ante una multitud de seguidores. La candidata a la vicepresidencia recordaba la teoría —o habrá que decir, “el hecho”, porque muchos conservadores odian las teorías— de la excepcionalidad de este país elegido por Dios. La idea de que “Dios está de nuestra parte” implica siempre que el sujeto activo somos nosotros; luego Dios decide apoyarnos en nuestros planes. También en el refrán castellano, según el cual “hombre propone y Dios dispone”, permanece implícita la idea de que es el hombre el que ejerce la imaginación creadora del mundo.

Sin embargo, estos lugares comunes de la narrativa social de la generación anterior ya no funcionan o han caído entre comillas. Lo significativo es que, siendo un fenómeno que se expresa desde un recambio generacional en Estados Unidos, se haya manifestado de forma tan abrupta, apenas en un año, como una cuerda que revienta ante el exceso de tensión acumulada.

Ken Mehlman, ex presidente del Comité Nacional Republicano, comentó en The New York Times que cuando George Bush ganó las elecciones en el 2004 el partido Republicano se encontraba en la posición más fuerte desde la Gran Depresión de los treinta. Pero aún antes de la crisis financiera del 2008, el presidente Bush ya había cosechado el rechazo a su gestión de más del setenta por ciento de la población, uno de los más altos de la historia de este país. En el 2006, los demócratas habían recuperado la mayoría de las cámaras baja y alta, lo que significa que el punto de inflexión y la vertiginosa caída comenzó por lo menos en el 2005. Ese es el año de Katrina.

Cuando este huracán azotó Nueva Orleans y la costa sur de Estados Unidos, varios líderes religiosos que habían apoyado al partido de gobierno manifestaron que Katrina había sido un soplo de Dios para castigar la ciudad del pecado. Pat Robertson, fundador del poderoso The 700 Club, de la Coalición Cristiana de América y ex candidato presidencial por el partido republicano, afirmó que el huracán había sido enviado por Dios para persuadir a algunos jueces para que votasen a en contra del aborto. Para evitar el asesinato de los por-nacer, según los pro-vida, Dios había decidido ahogar en el Diluvio a miles de ya-nacidos. Según Hal Lindsey, en cambio, Katrina era la prueba de que el juicio de América había comenzado, lo que significaba que estábamos próximos al “renacimiento de un Imperio Romano en Europa para dominar el mundo”. Michael Marcavage, director de Repent America afirmó que Dios había destruido esta ciudad viciosa por haber permitido la celebración de un festival gay durante cincuenta años. En cambio para Stan Goodenough el fenómeno había sido el castigo de Dios al pueblo estadounidense por poner en peligro la tierra y el pueblo de Israel (“What America is about to experience is the lifting of God’s hand of protection […] the nation most responsible for endangering the land and people of Israel”). Charles Colson, ex consejero de Richard Nixon y actual comentador radial y colaborador de Christianity Today dijo que Dios había permitido que ocurriese la tragedia de Katrina para recordar a la nación de la importancia de ganar la guerra contra el terrorismo.

La idea de un dios bondadoso que no acomete el dolor pero lo permite es un clásico de la teología, tanto como vincular un fenómeno climático con la ira interior de algunos individuos es un clásico del romanticismo.

Quizás Katrina fue un error de interpretación teológica, lo que demuestra la falibilidad de la ira interpretativa de los más importantes arengadores políticos en cada sociedad. Si Dios tiene por política actuar de formas tan indirectas, los hechos a largo plazo demuestran que en Katrina fue sólo el inicio del castigo divino a los administradores de su palabra, a sus ministros y voceros oficiales.

Uno de los pilares centrales del ascenso de los conservadores radicales en las últimas décadas fue el rechazo y la demonización del mundo exterior, especialmente del mundo socialista. El pilar central de los últimos años fue el rechazo y la demonización del mundo islámico, tanto como lo es para los islamistas más conservadores la demonización de Occidente. Aunque Obama no es socialista ni es musulmán sino cristiano y liberal, la estrategia republicana de las últimas semanas antes de las elecciones del 2008 se centró en repetir que Barak Hussein Obama es socialista, teólogo de la liberación, musulmán o tolerante del islam y amigo de terroristas. Cuatro años atrás esta estrategia hubiese demolido al más blanco de los cristianos capitalistas. Lo significativo es que, como resultado electoral, no haya provocado ningún efecto. O, como lo sugiere un estudio sobre las últimas encuestas, el efecto ha sido el contrario. Obama ha ampliado la ventaja en las intenciones de voto sobre su rival republicano, en casos ha alcanzado una inusual diferencia de dos dígitos.

Ya no sólo es una novedad y una rareza en el mapa político que un afrodescendiente sea el nominado por un partido tradicional sino que, además, llegue a la Casa Blanca. Es casi un misterio que ese hombre negro, o medio negro (lo que es peor, porque su madre era una antropóloga liberal y su padre un musulmán africano), sea un hombre de una cultura tradicional inaudita en un presidente y a ello sume el hecho de haber vivido hasta su adolescencia en un país musulmán, Indonesia, en un momento en que dominaba una dictadura militar apoyada por Estados Unidos. Y para peor, con ese nombre que el presidente Bush repitió tantas veces como el enemigo número uno de la nación. ¿Hubiese imaginado el presidente que metió a su país en Irak que al final de su segunda presidencia un Hussein lo sustituiría? Un Hussein que se opuso a la guerra desde el inicio y que ganará las elecciones en pocos días más, repitiendo que, como el Nazareno, también es posible dialogar con los enemigos. Un Obama que es votado con entusiasmo por millones de norteamericanos que tampoco les importa que su apellido suene similar al nombre del enemigo número uno, porque han visto algo más allá de las apariencias según las cuales estaban acostumbrado a pensar y a votar.

Los cambios más radicales de Obama —y en esto no cabe esperar demasiados cambios radicales— vendrán en el término de su segunda presidencia, porque primero debe ganarla. Claro que también ésta es la fórmula perfecta para una tragedia nacional. Pero no vamos a especular con lo negativo ahora. Pero Barak Hussein Obama lo sabe.

En una curva veo una estación de servicio con la gasolina muy barata y me desvío para recargar. A mi lado, un hombre de gorra de los NY espera de pie que se llene su tanque. Está pensativo y algo inclinado sobre el dispensador, como si rezara ante un altar. Lo que me recuerda la recomendación de la gobernadora Palin de rezar en las gasolineras para bajar el precio del combustible. Aparentemente ha dado resultado, pero de la forma más imprevista. La crisis económica, que ha traído deflación de los precios, también ha asegurado la derrota de los oradores.

Habla Obama

Rechazo de una nueva larga espera

por Teódulo López Meléndez

Mis lectores saben de mi aprehensión por las mediciones del tiempo. No obstante hay que admitir que los términos de siglos y milenios son útiles para determinar períodos históricos y que al final de cada uno de ellos hay un agotamiento propio de algo que se acaba y que reclama renovación y nuevos emprendimientos. Al comienzo del siglo XX irrumpieron las vanguardias con toda su carga destructiva contra el pasado y con todos los desafíos hacia la implementación de una nueva concepción de la acción humana. La revolución industrial ponía la máquina en el altar de las nuevas realidades. Marinetti lanzaba el “Manifiesto Futurista” hacia un siglo que estaría determinado por una creencia en la supuesta infalibilidad de la ciencia para darnos respuestas objetivas. En efecto, jamás el hombre avanzó tanto en la composición de máquinas robóticas o de descubrimientos científicos.

La ciencia se fue agotando no en su progreso real y utilitario sino en su capacidad de decirle al hombre que todas las respuestas posibles tenían una demostración práctica, digamos una prueba de laboratorio, una confirmación de la verdad de cada afirmación. Las verdades objetivas fueron desapareciendo y la incertidumbre se reinstaló exigiendo desde nuevos códigos de conducta hasta nuevas formas de organización política. Aún pervive la incertidumbre. Sabemos estar en la llamada era digital, en el mundo de las comunicaciones instantáneas, en el de la presentación de una realidad que viene a nuestros ojos en el preciso momento en que se genera. La velocidad es la noticia. No obstante, el hombre parece ahíto de realidad, se hace evasivo y sobre él hay que recomenzar a aplicar los calificativos de cínico y nihilista.

Al término de la Segunda Guerra Mundial brota en el campo de la política una pléyade de hombres que saben que su misión es reconstruir y que ya la geopolítica no puede seguir dominada por pequeñas potencias imperiales que todo lo resuelven con la guerra. No obstante, cuando un soldado norteamericano y uno soviético se miran teniendo como escenario las ruinas de Berlín iniciamos una guerra de otro tipo, una guerra fría, que se mantiene sobre el equilibrio del terror nuclear. A pesar de todo se construye democracia, se borran muchos de los viejos factores que desencadenaban las confrontaciones europeas y el mundo trascurre en una aparente paz de medio siglo. Aparente, porque se libran innumerables guerras localizadas que causan tal vez tantos o más muertos que la confrontación global y donde Corea y Vietnam son apenas los nombres sonoros, los iconos grandilocuentes de la nueva manera de enfrentarse.

La forma política denominada democracia llega a su esplendor, pero también comienza su declive. El cansancio de viejas normas de comportamiento produce eclosiones como la rebelión estudiantil de París, fenómenos como los Beatles, la aparición de los hippies, rupturas culturales que, sin lugar a dudas, inciden sobre un cuerpo social endurecido y establecen altísimos márgenes de nueva libertad. Conseguida la libertad comienza de nuevo el aburrimiento y la política viene despreciada como si se tratase de un tumor maligno con el cual apenas se debe convivir, pero con el cual no se debe tener ninguna relación.

Las formas políticas se agotan y se produce en respuesta otra eclosión de pensadores que reflexionan sobre el hecho sin que, no obstante, logre devolver al cuerpo social la convicción de que es precisamente la despreciada política donde están las claves de envoltorio de todas las conflictividades y de las respuestas posibles. Los filósofos tienden al nihilismo como última ratio de una desesperación dolorosa. Comienza así un amontonamiento de cansancio que es el término adecuado para describir esta primera década del siglo XXI, hasta el punto de que aún no hemos podido determinar cuando comenzó esta centuria.

La política se hace mediocre, su ejercicio por la vieja forma llamada partidos políticos se convierte en una práctica castradora, la gente aumenta el soslayo hacia las formas de organización olvidando que la política es uno de los inventos claves del hombre. En este pantano nos debatimos, en esta incongruencia donde las manifestaciones conservadoras de lo que fue la democracia asociada a la era industrial no termina y las nuevas posibles formas son miradas con aprehensión por los viejos actores reproducidos en los nuevos actores.

En 1936 un viejo dictador agoniza en Venezuela y sólo será su muerte lo que permita comenzar la adopción real y efectiva de nuestra propia eclosión iniciada en 1928. No será hasta 1958 cuando las ideas de una democracia representativa logren imponerse. Son décadas que transcurren marcadas por los vicios atávicos. Son décadas que pasan desde la fecha en que la mirada de Mariano Picón Salas fija el inicio de nuestro siglo XX hasta que las ideas se materialicen en un período relativamente calmo de libertad y de paz, aún cuando la marca de la insurrección guerrillera y de sus terribles consecuencias que aún pagamos hoy, den una muestra de la ebullición que subyace y que exige formas rápidas y expeditas de nuevas construcciones políticas.

Son décadas para que la democracia representativa se agote en su impotencia por evolucionar, en su rapiña de corrupción, en la impermeabilidad de cuadros políticos anquilosados. Ahora mismo esta pequeña república vive la primera década del siglo XXI en un retorno de los atavismos encarnados en un gobierno militar y en una demostración peligrosa de cómo nos tardamos décadas en asumir la novedad de una centuria. Si nos tardamos 36 años en descubrir que el siglo XX tecnológico, y su forma política de democracia representativa, había llegado, ahora nos encontramos con una situación que exige la implementación de la idea que el siglo XXI digital requiere ser acompañado de una nueva democracia a la cual hay que ahorrarle los adjetivos y llamarla simplemente de ese siglo.

No podemos permitirnos una nueva larga espera como la descrita y sobre la cual brillantes intelectuales nuestros colocaron sus miradas. Ahora, por si fuera poco, escasean las miradas diseccionadoras del presente y cazadoras de futuro. Hay que conceptuar la democracia de esta era en medio de las terribles dificultades que nos abruman, de los improperios y de las maniobras bajas, de la destrucción del lenguaje y de los principios, de la represión violenta y de la degeneración absoluta de las instituciones que lograban mantener un equilibrio, precario pero equilibrio, que permitía un control parcial y relativo de las declinaciones.

Hay que hacerlo sin dejar de vivir las coyunturas propias, diarias y relamidas, de esta triste realidad venezolana. En mi reciente artículo Elección en dictadura advertí sobre los graves peligros que acechan y que ahora tienen una demostración inocultable e irrefutable en esta crispación frente a las elecciones regionales de noviembre. Cualquier cosa puede suceder, cualquier desfachatez puede ser cometida, cualquier “patada histórica” puede ser intentada. Dije en ese texto –y repito ahora- que la participación electoral no puede ser la única consideración cuando se vota en dictadura, que tienen que existir complementariedades estratégicas. Ahora, mientras persisto en la búsqueda de ideas para la democracia de la era posindustrial, de la era posmoderna, no dejo de mirar con extrema preocupación a una sociedad endeble y a una dirección incapaz que carece de inteligencia para entender el tsunami de la coyuntura.

teodulolopezm@yahoo.com

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