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Democracia siglo XXI

mes

abril 2009

Los sindicatos en el siglo XXI

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(Discurso principal del Sr. Juan Somavia, Director General, Organización Internacional del Trabajo)

La Conferencia. En primer lugar, siento un gran placer en dar inicio a esta Conferencia electrónica dedicada al tema: “Los sindicatos en el siglo XXI”. Este debate es el primero de una serie de iniciativas conjuntas de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres y de la Organización Internacional del Trabajo para explorar distintos enfoques prometedores sobre el papel que han de tener en el futuro los sindicatos en la sociedad civil y la economía mundializada. Quisiera aprovechar esta oportunidad para dar la bienvenida a todos los participantes en este debate, en particular al Sr. Bill Jordan, Secretario General de la CIOSL, quien tan amablemente aceptó participar en la primera serie de discusiones.

Los movimientos de los trabajadores y los sindicatos. En mi opinión, los sindicatos se originaron en los movimientos de los trabajadores y terminaron siendo los actores más organizados y los foros más articulados de la sociedad. Los sindicatos se basan en valores, ideales y en una visión de la sociedad en la que se reconocen los derechos de los trabajadores, y en un entorno de estabilidad, equilibrio y justicia para todos. Los sindicatos han sido instituciones importantes en la sociedad industrial. Su capacidad de movilización ha sido particularmente valiosa y constituye la espina dorsal de su influencia política, la cual ha contribuido a los éxitos obtenidos en materia de equidad y de justicia para los trabajadores de todo el mundo. Punto central del debate. En los últimos años, esta capacidad de movilización se ha reducido. No tengo la intención de abordar las razones que explican esta situación, de modo que me encontraré en el aspecto positivo y me detendré en el resurgimiento de los sindicatos. En particular, hay que prestar atención a dos aspectos. En primer lugar, en el debate debería abogarse con firmeza por que los sindicatos desempeñen un papel más importante y más dinámico en la sociedad. En segundo lugar, debería discutirse sobre las medidas prácticas necesarias para alcanzar ese objetivo. Para iniciar el debate, permítanme enumerar las razones – las importantes razones políticas – que explican este resurgimiento. Se trata de razones de mucho peso, tanto en el plano nacional como en el mundial. Los valores sindicales amenazados. El primer punto y el más importante es que los valores defendidos por los sindicatos, a saber, la equidad, la justicia y la cohesión social, se ven amenazados. La mundialización y las fuerzas del mercado están transformando el entorno social y económico de los trabajadores y están cuestionando la pertinencia de los métodos establecidos de distribución de los ingresos. El aumento de las desigualdades de los ingresos tanto dentro de los países como entre los distintos países – que se manifiesta a través de la segmentación de los mercados y la polarización de los trabajadores – está empezando a amenazar la estabilidad misma de nuestras sociedades. Aún no se ha escuchado la voz angustiada de la mayoría de la población, que está excluida o marginada de los mercados mundiales. Ya es hora de que se lancen nuevas campañas mundiales para que en los programas de los gobiernos y de las organizaciones internacionales se vuelva a incluir el tema de la redistribución de los ingresos. El nuevo mensaje que habría que formular para todos es: “Sí a la economía de mercado y no a la sociedad de mercado”. Liderazgo de los sindicatos. El liderazgo intelectual y político de la nueva campaña debería proceder de los sindicatos. Son entidades organizadas con un importante capital social, que comparten los mismos valores. El programa que han desarrollado es el acertado: erradicación de la pobreza, pleno empleo unido a los derechos de los trabajadores y cohesión social. Tienen referencias intachables para analizar y abordar las situaciones de crisis. Han adoptado el método acertado: potenciación de la población, en particular de las mujeres.

Los sindicatos están a la base de la potenciación: la potenciación es el aumento de la capacidad, la formación y la sindicación. La CIOSL es la entidad de potenciación más grande del mundo, pues cuenta con 125 millones de personas que tienen facultad decisoria por el hecho de que pueden sindicarse para defenderse a sí mismas. Momento favorable para los sindicatos. El entorno actual es ideal para que los sindicatos desempeñen un papel más importante. Las definiciones de la economía de mercado anuncian claramente consecuencias devastadoras para el futuro. El llamado “consenso de Washington”, que surgió de las instituciones de Bretton Woods en los años ochenta y noventa, está objetivamente muerto. Ese consenso desapareció con los trastornos de la crisis asiática. Era demasiado ideológico, demasiado simplista y estaba demasiado alejado de la vida real de las personas. El péndulo se está moviendo ahora en sentido contrario. El reto que tenemos ante nosotros es encontrar soluciones verdaderamente prácticas basadas en los valores, y entender la complejidad de los problemas que se nos plantean. Un rostro humano para la economía mundializada. Los sindicatos pueden contribuir a dar un rostro humano a la economía mundializada al influir en una política social que pueda establecer un equilibrio entre la eficiencia de los mercados y la equidad para la población. La economía mundializada necesita encontrar un equilibrio, y nuestras sociedades necesitan encontrar un equilibrio, y nosotros necesitamos encontrar un equilibrio entre la función reguladora del Estado, la capacidad de creación de riquezas del mercado y las necesidades sociales de la población. Las decisiones en materia de reglamentación, las decisiones en materia de mercado o las decisiones sobre política social no pueden examinarse de manera aislada. Para encontrar un equilibrio entre estas decisiones hace falta la participación colectiva de todos los actores sociales. Ningún actor social por sí solo va a dirigir el curso de los acontecimientos. En este contexto, los sindicatos pueden convertirse en valiosos interlocutores para dirigir los acontecimientos en la dirección correcta. Algunos requisitos para obtener un resurgimiento. A mi juicio, deben reunirse varios requisitos importantes antes de que los sindicatos pasen a ser actores importantes que influyan en las políticas sociales formuladas en los planos nacional y mundial. En primer lugar, deben prepararse para que se les considere como los voceros de las preocupaciones más amplias de la sociedad. En segundo lugar, es necesario que construyan la base orgánica y logren el apoyo político necesarios para influir en los resultados obtenidos en los planos nacional e internacional. Se trata de tareas de gran magnitud y es importante que los sindicatos tengan perspectivas claras sobre sus repercusiones. Confío en que el presente debate nos dé la oportunidad de examinar detenidamente las repercusiones políticas y las cuestiones de orden práctico que se plantearían si los sindicatos ampliaran el papel que desempeñan. A continuación, quisiera enumerar algunas de las cuestiones que han de examinar más detenidamente los participantes en este foro. Preocupaciones más amplias de la sociedad. El entorno cambiante implica que los sindicatos deben adoptar un papel más importante en un mundo integrado. Los sindicatos ya no son los portavoces de simples grupos sectoriales. De hecho, no hay soluciones sectoriales para los problemas integrados. Es necesario que los sindicatos trasciendan los límites de los sectores y las industrias, que hagan suyos los problemas más amplios de la sociedad y que desempeñen nuevos papeles que vayan más allá de sus funciones tradicionales dentro de las empresas. ¿Cuáles son estas preocupaciones? Seré breve y me atendré a las cuestiones principales.

Cohesión social. La preocupación más importante es posiblemente el mandato tradicional de los sindicatos de mantener la cohesión social. La historia nos ha enseñado que la cohesión social sólo puede mantenerse en un entorno que garantice un ingreso seguro para todos los interesados en condiciones de libertad y dignidad. Los sindicatos han luchado por ese mandato mediante la elaboración de un programa basado en los derechos de los trabajadores, en la creación de empleos y en la protección social. Las iniciativas de los sindicatos para garantizar la seguridad del ingreso, la seguridad de las condiciones de trabajo y la movilidad de las calificaciones para los trabajadores, sobre todo para aquellos que se encuentran en el segmento más bajo de la jerarquía en materia de calificaciones, seguirán siendo importantes durante muchos años. Las estrategias para alcanzar estos objetivos seguirán ocupando un lugar preeminente en los programas de los sindicatos. Participación en el proceso de desarrollo. También es necesario que los sindicatos redefinan sus referencias como copartícipes en el desarrollo. Los sindicatos, por ser el grupo organizado más grande de la sociedad civil, pueden hacer una contribución muy valiosa a la comunidad en desarrollo. Están directamente implicados en los sistemas económicos de producción y de distribución; pueden influir en la evolución y el contenido de las políticas de empleo, sociales y económicas; son representativos y tienen que responder de su gestión; tienen una considerable experiencia en organizar a los sectores más vulnerables de la sociedad; y tienen la experiencia y la posición necesarias para acceder a los sistemas legales nacionales y a los servicios públicos. Pueden hacer una contribución gracias a las relaciones de larga data que tienen con instituciones de desarrollo tales como las cooperativas de consumidores, las sociedades de vivienda, las cajas de seguros de salud y las organizaciones de seguridad social. Hay un amplio margen para establecer una colaboración en este campo con las instituciones nacionales e internacionales de desarrollo, incluidas las instituciones financieras mundiales. La promoción de los derechos humanos y de la democracia. En tercer lugar, es necesario que los sindicatos den más proyección su papel de catalizadores críticos en la promoción de los derechos humanos y de las instituciones democráticas. Este también es un importante mandato histórico de los sindicatos. Durante todo el siglo XX, han influido de manera decisiva en las luchas ya sea para establecer o para revivir las instituciones democráticas. La experiencia de los sindicatos proporcionó una importante lección que es necesario repetir. Los derechos civiles y políticos son un requisito fundamental para acceder a los derechos laborales y sólo una democracia liberal puede proporcionar el contexto institucional apropiado para el respeto de los derechos laborales como elementos constitutivos de los derechos humanos. En toda sociedad, la evolución de la democracia liberal es un proceso endógeno que nunca se debería interceptar. Sin embargo, los sindicatos pueden acelerar el ritmo de esta evolución dando muestras de apoyo y solidaridad permanentes con la lucha en pro de una democracia liberal. Retos en el plano mundial. Los sindicatos tienen un considerable margen de acción en el plano internacional. Los sindicatos pueden ser interlocutores influyentes en el plano mundial sólo cuando sus preocupaciones básicas (las normas laborales por las que lucharon durante todo el siglo XX) son reconocidas y aceptadas universalmente. Las normas laborales fundamentales están presentes en la Declaración de la OIT relativa a los principios y derechos fundamentales en el trabajo (1998). La Declaración representa un compromiso mutuo, por parte de todos los Estados Miembros de la OIT, de respetar, aplicar y promover la libertad sindical y la negociación colectiva y eliminar el trabajo forzoso, el trabajo infantil y la discriminación y, por parte de la OIT, de apoyar los esfuerzos de los Estados para garantizar que se respeten esos principios. Aún queda por delante toda una labor que consiste en promover la Declaración como un instrumento de desarrollo que ha hecho suyo toda la comunidad internacional. Un proceso político. La tarea antes mencionada puede llevarse acabo únicamente a través de un proceso político. Para recabar apoyo para un programa basado en los derechos de los trabajadores, en la creación de empleos, en la protección social y en el diálogo social hace falta una lucha política liderada por los sindicatos. El mandato político de ese programa debe proceder de los jefes de Estado, de los primeros ministros y de los ministros de finanzas de los distintos países, pasando por el sistema de las Naciones Unidas y las instituciones multilaterales tales como el FMI, el Banco Mundial y la OMC. En pocas palabras, los sindicatos deberían tratar de conseguir que las normas del trabajo universales, tengan un respaldo del poder político e influir de esa manera en las políticas y programas de las instituciones multilaterales. Potenciación de los sindicatos. El hecho de asumir un papel más importante que abarque las preocupaciones más amplias antes señaladas, implica necesariamente que los sindicatos deben salir reforzados de tal manera que puedan influir en los resultados que se obtengan en los planos nacional y mundial. Es necesario que se potencien a sí mismos mediante una tarea de organización. Lo que es aún más importante, los sindicatos deben construir sus organizaciones a partir de una base sólida. El conocimiento de sus puntos fuertes y su capacidad, las contribuciones que podrían hacer para mejorar los mercados, los productos y los procesos, los valores compartidos y el capital social, y su experiencia en actividades de asociación para el desarrollo y de refuerzo de la capacidad deberían convertirse en parte del programa de los sindicatos para su tarea de divulgación en todo el mundo. Organización para la potenciación. Nada puede sustituir la organización, que es el requisito más indispensable para construir la base política de los sindicatos. De hecho, los sindicatos ocupan un lugar ideal para llevar a cabo esta labor. Constituyen el instrumento individual más grande de organización de los ciudadanos de todo el mundo en la actualidad. Tienen la capacidad y la estructura orgánica de base que se requiere. Esto también implica pasar a un nuevo campo, encontrar nuevos mandantes, atender las necesidades de los nuevos grupos a los que irá dirigida su acción y desarrollar nuevas estructuras y estrategias para encontrar soluciones. En particular, es necesario que los sindicatos abran los brazos a aquellos que están excluidos de las formas de trabajo tradicionales, a saber, las personas sin calificaciones, los desempleados, los migrantes y las minorías. Asociaciones y alianzas. Este es otro nuevo campo de acción para los sindicatos. Es hora de que los sindicatos que persigan intereses comunes y compartan los mismos valores entren a formar parte de asociaciones o de alianzas estratégicas con otros actores de la sociedad civil, con inclusión de: los grupos que se ocupan de cuestiones de género, las cooperativas, las asociaciones comunitarias y las instituciones de derechos humanos, los consumidores y los grupos ecologistas. A menudo estas asociaciones y alianzas obligan a los sindicatos a trascender los límites del lugar de trabajo y a ocuparse de los problemas que afectan a las comunidades, a los grupos minoritarios, a las organizaciones religiosas y a las asociaciones de vecinos. Confío en que este debate destacará el potencial de acción que hay en este campo y aportará nuevas luces sobre la metodología para establecer asociaciones y alianzas. Gracias por su atención

Universalización de los Derechos Sociales


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por Antonio Baylos

El reconocimiento internacional de los derechos sociales es un hecho de civilización democrática. Se incorporan a las declaraciones generales de derechos humanos –como la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, de 1948– o a declaraciones que tienen por objeto específico este tipo de derechos cualificados por la posición de subordinación social y económica de la persona -como el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC), de 1966, o, más específicamente, la Convención Internacional de la ONU para la protección de los trabajadores migrantes y los miembros de sus familias, de 1990. Además, la ingente obra de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) es extraordinariamente relevante en orden a la regulación internacional de los derechos laborales y de protección social.

El reconocimiento de los derechos sociales requiere su efectividad. Y esta se logra mediante su recepción en un ordenamiento estatal en el que se articulan determinadas medidas para la aplicación de los mismos, normalmente a través de la acción administrativa y prestacional de la Administración y la garantía judicial de los derechos por las jurisdicciones nacionales. La propia recepción de los tratados internacionales requiere su interiorización en los ordenamientos nacional–estatales mediante la firma y posterior ratificación por parte del Estado. Esta mediación estatal necesaria es la condición de vigencia de los derechos reconocidos internacionalmente, lo que supone que si el Estado no incorpora el Tratado internacional a su ordenamiento jurídico interno, estos derechos no podrán ser aplicados en el interior de sus fronteras. Y también ello implica que corresponde al Estado la disposición de los medios que hagan posible la realización práctica de estos derechos una vez interiorizados en el sistema jurídico nacional. En muchas ocasiones, por tanto, no basta con la recepción formal de las declaraciones de derechos, sino que se requiere que en el ordenamiento jurídico en concreto se prevean las medidas para su actuación, cuestión mucho mas importante tratándose de derechos sociales que en muchas ocasiones requieren una actuación administrativa y prestacional coherente, o un sistema judicial que sea eficaz y no inoperante o insensible a la garantía de los mismos. Por lo demás, la responsabilidad en el plano internacional por el incumplimiento de estos derechos sociales corresponde al Estado y no a los particulares o empresas que los violen efectivamente, cuya responsabilidad concreta solo puede hacerse efectiva en el marco del ordenamiento interno del Estado incumplidor.

La universalización

Las insatisfacciones que ha generado esta dimensión necesariamente estatal del reconocimiento internacional de los derechos de la persona ha llevado, a partir del tránsito entre estos dos siglos, a la elaboración de técnicas que desarrollan la eficacia de los derechos más allá de la recepción formal y material de los mismos en los ordenamientos jurídicos nacionales, y esta preocupación fundamentalmente guiada por lograr el respeto de derechos humanos fundamentales, en particular el derecho a la vida, también se extiende a la tutela de los derechos de las personas que se encuentran en una situación de subordinación social y económica frente a la cual es necesario plantear medidas que logren una progresiva nivelación o igualación.

A esta tendencia se la denomina universalización de los derechos, que pretende, como señalaba el art. 28 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, el establecimiento de “un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos”. La primera manifestación de esta tendencia la dio en 1998 la Declaración sobre Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo de la OIT, que segregó un grupo de cuatro derechos básicos para su enunciación como derechos universales, con independencia de su ratificación o no por parte de los Estados. La abolición del trabajo forzoso, la prohibición del trabajo infantil, el reconocimiento del derecho de libertad sindical y de negociación colectiva y la preservación de la igualdad de oportunidades, constituyen un “cuerpo” de derechos sobre el trabajo que deben ser mantenidos de forma universal. La fuerza de esta declaración no reside en los mecanismos de control que pone en práctica la propia OIT, que carecen en última instancia de fuerza ejecutiva, sino en su carácter prescriptivo que los ha ido extendiendo hacia fórmulas regulativas muy diversas no limitadas a la clásica recepción del tratado internacional en el seno del Estado. Así desde cláusulas sociales en los tratados de libre comercio hasta otras fórmulas que no necesariamente involucran a los estados, sino que precisamente se centran en compromisos asumidos por las empresas transnacionales o en acuerdos concluidos entre éstas y los sindicatos “globales”. Otro tipo de derechos sociales son mas difícilmente concebibles como “universales” en el sentido que por el momento se encuentran muy ligados a la acción de los aparatos administrativos públicos, como el derecho a la educación, a la vivienda o a la protección social. En estos casos la tendencia es a perfeccionar los mecanismos internacionales de control de la actuación de los Estados.

La tutela judicial

El otro vector por el que se ha desarrollado la universalización efectiva de los derechos es a través de la universalización de la tutela judicial, es decir la capacidad de un tribunal de un país determinado de perseguir judicialmente hechos que se han desarrollado fuera de sus fronteras sobre la base de que se trata de actos que violan derechos universales. Este es un tema de extremo interés en la jurisdicción penal, y en concreto en la jurisdicción penal española, que acoge el principio de justicia universal en el art. 23.4 LOPJ al establecer el compromiso del estado en la persecución de los crímenes mas graves con trascendencia internacional, con el caso paradigmático que establece la STC 237/2005 sobre el caso Guatemala y los hechos denunciados por Rigoberta Menchú. Sin embargo, las peores formas de quebrantamiento de los derechos sociales no son todavía objeto de persecución penal internacional. Hay sin embargo presiones importantes para que se incorporen a este principio de justicia universal las violaciones de los principios fundamentales de la OIT, la represión del trabajo infantil y del trabajo forzoso, pero también y fundamentalmente, la negación de la libertad sindical y la persecución –que en muchos países todavía acarrea muerte y tortura– de los sindicalistas.

En esa misma línea, de expandir la característica de la universalización a estos derechos sobre el trabajo a través de la jurisdicción universal de un tribunal estatal, caminan experiencias que logran exigir responsabilidad civil a las empresas transnacionales por la vulneración de estos derechos laborales universales. Es el caso de los tribunales norteamericanos en la aplicación de responsabilidad por daños, pero sería también el caso del ordenamiento español en la exigencia de responsabilidad por incumplimientos contractuales fijados en acuerdos globales con las empresas transnacionales y los sindicatos internacionales o en los códigos de conducta. Igualmente, iniciativas como la de crear un Tribunal Internacional que juzgue los desmanes más graves de las transnacionales en materia de violación de derechos laborales universales –que se debatió en el último congreso de CC.OO. como una propuesta para que sea asumida por la CSI– resultan también especialmente interesantes.

Catedrático de Derecho del Trabajo de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Libros: Universidad Central de Chile publica “Desafíos del Sindicalismo en los inicios del siglo XXI”

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Desafíos del Sindicalismo en los inicios del siglo XXI, es el nombre del nuevo libro escrito por el sociólogo Patricio Frías Fernández, asesor del Centro de Relaciones Laborales (CRL) de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Central. La publicación -realizada gracias a la colaboración del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), la OIT y el CR- considera las diversas etapas del desarrollo del sindicalismo nacional y busca discernir la forma en que se articulan sus orientaciones y valores tradicionales, con las nuevas exigencias de internacionalización y globalización de los mercados. Del mismo modo, destaca la crisis que vive el sindicalismo en sus direcciones superiores. “Este libro intenta recoger los esfuerzos de las organizaciones laborales por combinar su adecuación a estos nuevos marcos, con la tradicional necesidad de ampliar su representatividad y de no abandonar sus bases tradicionales, sus labores capacitadoras, su acción reivindicativa y su lucha por la ampliación de sus derechos y libertades”, afirma el autor. “Del mismo modo, se enfrentan los nuevos desafíos de las organizaciones sindicales por abrirse a colaborar con el desarrollo de la empresa, en la medida en que efectivamente logren participar de sus frutos, respondiendo así a las demandas de sus bases. En estos nuevos escenarios se insiste en que junto a sus prácticas históricas, el sindicalismo está llamado a consolidar y fortalecer su rol de actor social de desarrollo democrático. Precisamente, son estos desafíos los que inciden en las diversas orientaciones de acción que se perciben en el mundo sindical y que este libro nos detalla y los que agudizan sus contradicciones y divisiones internas y que los ha obligado muchas veces a volcarse en su dinámica interna, debilitando su representatividad y su protagonismo como interlocutor social. Se observa, además, la necesidad que enfrenta el actual sindicalismo en cuanto a fortalecer su rol y función, muchas veces cuestionado, renovando sus estructuras tradicionales, a fin de lograr mayores niveles de representatividad y la satisfacción de las numerosas demandas de sus bases frente a los nuevos estilos de gestión de las empresas, que luchan por adaptarse a los nuevos procesos de la economía moderna. De ahí que se enfaticen los nuevos requerimientos que enfrenta, a fin de poder mejorar sus acciones de concertación y de diálogo social, tanto con empresarios, como con las autoridades de gobierno, así como sus relaciones con el sindicalismo internacional. Ello, sabiendo articular lo mejor de sus tendencias históricas y de su cultura laboral, a fin de lograr que prevalezca en su acción y en la de sus contrapartes empresariales y del Estado, el trabajo conjunto, para lograr la vigencia del trabajo decente en los diversos sectores de la economía y del país”.

El Autor

Patricio Frías Fernández es Master en Sociología por la FLACSO y Doctor en Sociología por la Universidad de Lovaina. Encargado del Departamento Sindical del Programa de Economía del Trabajo, PET, 1985-1989. Profesor e Investigador integrante del Departamento de Investigaciones Aplicadas del PET, Encargado del Curso de Postgrado en Ciencias Sociales del Trabajo 1990-1998: Profesor e investigador del Departamento de Relaciones Laborales de la Dirección del Trabajo (Ministerio del Trabajo). Investigaciones y asesorías sobre el Sindicalismo y las Relaciones Laborales Modernas, Concertación, Negociación Colectiva, etc. Guía Didáctica par la Negociación Colectiva: una herramienta sindical, OIT, Lima 1998. Desafíos de Modernización: Hacia una Nueva Cultura y Concertación Empresarial, Ed. LOM. Stgo. 2002. Las Reformas Laborales y su impacto en las Relaciones Laborales en Chile, 2000-2001. Cuadernos de Investigación Nº19. Dirección del Trabajo, Stgo. 2003. El Sindicalismo en América Central: Desafíos del futuro a la luz de su memoria histórica. J.M. Sepúlveda y P.Frías, OIT, Costa Rica, 2007.

Un discurso olvidado “ALGO HICIMOS MAL”

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(Palabras del presidente Óscar Arias en la Cumbre de las Américas Trinidad y Tobago 18 de abril del 2009).

Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre, es para culpar a Estados Unidos de nuestros males pasados, presentes y futuros. No creo que eso sea del todo justo. No podemos olvidar que América Latina tuvo universidades antes de que Estados Unidos creara Harvard y William & Mary, que son las primeras universidades de ese país. No podemos olvidar que en este continente, como en el mundo entero, por lo menos hasta 1750 todos los americanos eran más o menos iguales: todos eran pobres. Cuando aparece la Revolución Industrial en Inglaterra, otros países se montan en ese vagón: Alemania, Francia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda… y así la Revolución Industrial pasó por América Latina como un cometa, y no nos dimos cuenta. Ciertamente perdimos la oportunidad.

También hay una diferencia muy grande. Leyendo la historia de América Latina, comparada con la historia de Estados Unidos, uno comprende que Latinoamérica no tuvo un John Winthrop español, ni portugués, que viniera con la Biblia en su mano dispuesto a construir “una Ciudad sobre una Colina”, una ciudad que brillara, como fue la pretensión de los peregrinos que llegaron a Estados Unidos. Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur, y hoy Singapur –en cuestión de 35 ó 40 años– es un país con $40.000 de ingreso anual por habitante. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos. ¿Qué hicimos mal? No puedo enumerar todas las cosas que hemos hecho mal. Para comenzar, tenemos una escolaridad de 7 años. Esa es la escolaridad promedio de América Latina y no es el caso de la mayoría de los países asiáticos. Ciertamente no es el caso de países como Estados Unidos y Canadá, con la mejor educación del mundo, similar a la de los europeos. De cada 10 estudiantes que ingresan a la secundaria en América Latina, en algunos países solo uno termina esa secundaria. Hay países que tienen una mortalidad infantil de 50 niños por cada mil, cuando el promedio en los países asiáticos más avanzados es de 8, 9 ó 10. Nosotros tenemos países donde la carga tributaria es del 12% del producto interno bruto, y no es responsabilidad de nadie, excepto la nuestra, que no le cobremos dinero a la gente más rica de nuestros países. Nadie tiene la culpa de eso, excepto nosotros mismos. En 1950, cada ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que un ciudadano latinoamericano. Hoy en día, un ciudadano norteamericano es 10, 15 ó 20 veces más rico que un latinoamericano. Eso no es culpa de Estados Unidos, es culpa nuestra. En mi intervención de esta mañana, me referí a un hecho que para mí es grotesco, y que lo único que demuestra es que el sistema de valores del siglo XX, que parece ser el que estamos poniendo en práctica también en el siglo XXI, es un sistema de valores equivocado.

Porque no puede ser que el mundo rico dedique 100.000 millones de dólares para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo –en un planeta que tiene 2.500 millones de seres humanos con un ingreso de $2 por día– y que gaste 13 veces más ($1.300.000.000.000) en armas y soldados. Como lo dije esta mañana, no puede ser que América Latina se gaste $50.000 millones en armas y soldados. Yo me pregunto: ¿quién es el enemigo nuestro? El enemigo nuestro, presidente Correa, de esa desigualdad que usted apunta con mucha razón, es la falta de educación; es el analfabetismo; es que no gastamos en la salud de nuestro pueblo; que no creamos la infraestructura necesaria, los caminos, las carreteras, los puertos, los aeropuertos; que no estamos dedicando los recursos necesarios para detener la degradación del medio ambiente; es la desigualdad que tenemos, que realmente nos avergüenza; es producto, entre muchas cosas, por supuesto, de que no estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas. Uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta. Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el Muro de Berlín, y que el mundo cambió. Tenemos que aceptar que este es un mundo distinto, y en eso francamente pienso que todos los académicos, que toda la gente de pensamiento, que todos los economistas, que todos los historiadores, casi que coinciden en que el siglo XXI es el siglo de los asiáticos, no de los latinoamericanos. Y yo, lamentablemente, coincido con ellos. Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías, seguimos discutiendo sobre todos los “ismos” (¿cuál es el mejor? capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo…), los asiáticos encontraron un “ismo” muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo . Para solo citar un ejemplo, recordemos que cuando Deng Xiaoping visitó Singapur y Corea del Sur, después de haberse dado cuenta de que sus propios vecinos se estaban enriqueciendo de una manera muy acelerada, regresó a Pekín y dijo a los viejos camaradas maoístas que lo habían acompañado en la Larga Marcha: “Bueno, la verdad, queridos camaradas, es que mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones” . Y si hubiera estado vivo Mao, se hubiera muerto de nuevo cuando dijo que “ la verdad es que enriquecerse es glorioso ”. Y mientras los chinos hacen esto, y desde el 79 a hoy crecen a un 11%, 12% o 13%, y han sacado a 300 millones de habitantes de la pobreza, nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías que tuvimos que haber enterrado hace mucho tiempo atrás. La buena noticia es que esto lo logró Deng Xioping cuando tenía 74 años. Viendo alrededor, queridos Presidentes, no veo a nadie que esté cerca de los 74 años. Por eso solo les pido que no esperemos a cumplirlos para hacer los cambios que tenemos que hacer.

Muchas gracias.

Crisis de balanza de pagos: Venezuela al Fondo Monetario Internacional

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por Alexander Guerrero

Agotamiento de reservas internacionales: violento deterioro en cuenta corriente

Una crisis en la balanza de pagos -cuenta corriente- se incuba, producida no solo por la caída en los precios del petróleo, sino por una ineficiente e inapropiado asignación de recursos generados por el ingreso petrolero representado en una monumental expansión fiscal montada sobre los mecanismos redistributivos del llamado gasto social; por adquisición de activos (estatificación, nacionalización, compra de armas) por parte del gobierno y el Estado dentro y fuera de Venezuela; en inversiones fallidas ejecutadas a cuenta del gasto público sin consideraciones de controlabilidad institucional, dado el desbalance entre los poderes públicos que operan mas por códigos ideológica que por consideraciones económicas en relación a la administración de fondos públicos; en los flujos de asistencia y ayuda financiera y económica a países en la región, como en otros mercados (USA, GB, por ejemplo), en subsidios a los precios de combustibles; en el peso fiscal de una deuda pública contingente pendiente entre otro de juicios y arreglos por ruptura unilateral de contratos y convenios económicos. A ello se agrega el descalabro en las empresas básicas y el deterioro en la capacidad productiva de PDVSA que afecta seriamente su flujo de caja para administrar una enorme deuda y un angustiosa situación financiera (y económica) puesta en evidencia en la solicitud de renegociación de contratos con empresas contratistas, unido al proceso de descapitalización dad por caída de la inversión dado el peso fiscal puesto sobre PDVSA que la obliga a actuar como agente fiscal supletorio del gobierno. Por otro lado, leyes, decretos y una política cambiaria suicida de sostener un control de cambio y una tasa fija de cambio, se han unido a unido a la violencia revolucionaria para la destrucción del capitalismo y construcción del socialismo, proceso costoso por cierto, ha causado fuerte desinversión y desacumulación en el sector privado de la economía nacional y caída del valor agregado nacional, con lo cual se incrementa la dependencia de la economía de la balanza de pagos y del ingreso petrolero, todo lo cual junto a la expansión fiscal produjo un boom importador, propio de los booms petroleros, pero esta vez contracorriente e insostenible a todo evento por la descapitalización del sector privado. En conjunto, todos esos factores mencionados colocan un peso sobre la balanza de pagos que en las circunstancias actuales prefiguran una real crisis cuyo impacto inicial lo vemos en el derrumbe de las reservas internacionales, en un 30 % en el primer trimestre del año, paralelo a una economía que ya entra en un angustioso proceso de contracción. El “setting” es conocido y aparece como un remake de historias económicas recientes en las ultimas décadas precedidas de un boom petrolero. En estas condiciones, el llamado “blindaje económico y financiero del socialismo”, y lo hemos acotado varias veces, termino en otro una parafernalia de fuegos artificiales, destinado a objetivos políticos de corto plazo, y en un fiasco que se convirtió en profecía auto-cumplida tanto del gobierno como de la mayoría de los venezolanos que se acostaban cada noche encomendados a María Lianza para que el Presidente tuviera razón, y que fuese cierto el tal blindaje. Pero no fue así, el torniquete en CADIVI y la volada del mercado permuta, la presión inflacionaria, la escasez de bienes servicios, además de la recomposición del Presupuesto en un colosal endeudamiento, cuyo servicio luce insostenible bajo argumentos racionales económicos y financieros son apenas los fenómenos más visibles de que la economía ha comenzado a caminar por senderos peligrosos que afectan sobremanera su solvencia financiera. La realidad es más dura que las fantasía, allí están los mercados, no solo bloqueados por la cuasi parálisis de CADIVI, sino que el respiradero del mercado swap -permuta-, tiene su existencia bajo incertidumbre, entre otros porque la investigación que corre en Miami por la suspensión de un número importante de operaciones en ese mercado estaría develando consideraciones delicadas en cuanto a la sanidad de algunas de esas transacciones, en lenguaje popular y grafico, ese mercado aparentemente se “encochinó”.

El mercado permuta “encochinado”

La mayoría de los bancos americanos y europeos no desean transferir y recibir por “permuta”, de hecho el cierre de cuentas bancarias aumenta considerablemente, porque no consiguen moldear la legalidad de esas operaciones bajo sus legislaciones y códigos financieros, en virtud de que la tasa de cambio oficial es de 2.15 Bs por dólar, y pese a que la permuta no es un mercado cambiario en stricto sensu, a esas transacciones subyace una demanda de bolívares por dólares y viceversa. Empresas nacionales e internacionales no pueden irse por ese mercado swap o permuta porque sus códigos contables y otros aspectos legales de sus balances no pueden registrar otro tipo de cambio que no sea el de CADIVI, no solo por registro de pérdidas -que podrían ser hasta patrimoniales- sino por los efectos perversos causados en materia tributaria que ello pueda tener. Así, lo que es como concepto un mecanismo financiero normal -la permuta o el swap- colocado en la ley cambiaria para facilitar la venta de deuda venezolana denominada en bolívares (dólares) para ser canjeados por otros bonos venezolanos o argentinos en dólares (bolívares) y así obtener bolívares (dólares), se ha convertido ahora es un mercado gris, opaco en jaque porque es susceptible a ser utilizado como mecanismo de legitimación de capitales, cuyas transacciones podrían ser sujeto de sanciones en el sistema financiero americano e internacional. Muchas empresas venezolanas están hoy en guardia de que por esas transacciones les pueden cerrar sus operaciones financieras en bancos americanos y europeos. Algunos antecedentes son muy conocidos, y la raya de PDVSA por el maletín de los 800 mil dólares que fue decomisado en Argentina, según se desprende del juicio seguido con cargo de espionaje y condenados culpables, arrojo sombra sobre muchas transacciones financieras de PDVSA, por lo que las lupas de la Secretaria del Tesoro USA estarían activadas y muchos bancos estarían exigiendo el “enhanced due dilligence” suerte de mecanismo administrativo operativo destinado al reconocimiento de los orígenes y el destino de los fondos a ser transados, en este caso por la permuta de bonos venezolanos denominados en bolívares y dólares, y que es requisito bajo la legislación de la Ley Patriota, y otras regulaciones financieras en la Comunidad Europea y Japón, cada vez que hay que demostrar origen y destino de los fondos contenidos en transacciones financieras que podrían ser normales. El gobierno hizo un mal negocio cando decidió dejar el SEC, era más operativa y fácil de cumplir los requisitos de la “lupa” del SEC que la “lupa” de la Secretaria del Tesoro (Ministerio del Tesoro USA), porque este ministerio es el encargado de vigilar el cumplimiento de la Ley Patriota, legislación para la regulación financiera que nació del derrumbe de las Torres Gemelas de NY en Enero del 2002, como una suerte de red de vigilancia para definir y conocer el origen y destino de millones de transacciones financieras que cruzan los bancos americanos, dado que las investigaciones a propósito de ese evento terrorista arrojaron el conocimiento de utilización de fondos sin control que facilitaron la acción terrorista mencionada. Esa ley tipifica claramente que la vigilancia es para poder detener transacciones financieras que promueven la corrupción administrativa, el terrorismo y el tráfico de estupefacientes y armas, y evitar la legitimación de capitales que pudieran provenir de esos delitos mencionados. Desde entonces cualquier transacción financiera normal puede ser sujeto de investigación, con las respectivas consecuencias económicas y financieras que afectan operaciones económicas normales. Es precisamente lo que ocurre con la cuasi parálisis del mercado permuta, y que proyecta su prona desaparición, y obliga al gobierno a definir una política cambiaria más transparente y responsable, y claro esta asumir entonces el costo de la inevitable devaluación.

PDVSA en el mercado permuta

El mercado del “dólar swap” o permuta ha levantado entonces algunas nuevas restricciones y pareciera estar agotándose como mecanismo financiero sustitutivo del cambiario para obtener dólares al costo y precio del mercado. En ese marco político y legal a PDVSA el incentivo de participar en ese mercado era claro, al saber que cada dólar vendido al BCV le daba solo 2.15 bolívares, en cambio en el mercado permuta los bolívares se multiplican por tres (3) en una realidad económica de un fuerte endeudamiento de PDVSA no solo en el mercado de bonos corporativos sino de grandes deudas de corto plazo con bancos, y una voluminosa deuda a contratistas, sin dejar de lado la deuda contingente de los varios juicios en que está involucrada. Así comenzó su participación en ese mercado, pero como decíamos arriba operando en un plano de debilidad jurídica que hoy ese mercado conoce ampliamente. Esas nuevas restricciones y realidades financieras, algunas muy nuevas que vienen de las decisiones recientes de hace menos de un mes del G20, sobre todo aquellas relacionadas con los llamados “paraísos fiscales”, a los cuales ya se les decreto su desaparición como consecuencia del reordenamiento internacional del sistema financiero, inutilizan ese mercado para la obtención de dólares.

Racionamiento de dólares, los problemas del “permuta-swap”

El impacto de estas restricciones y la cuasi parálisis del mercado permuta, es un palo en la rueda y se suma a los mecanismos de racionamiento de divisas puestos en ejercicio por CADIVI, ya que la cacareado blindaje financiero resulto un fiasco y la merma de reservas internacionales en las últimas semanas producida por un colosal déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, indica que el gobierno extrema el racionamiento de dólares, el dólar swap (permuta) se dispara y la economía recibirá un poderoso impacto contractivo por la depreciación del permuta y que nos traerá más temprano que tarde una devaluación del dólar oficial, que ya es una necesidad operativa, financiera montería y fiscal. EL subyacente de todo este esquema contractivo y de parálisis de la economía es el déficit en cuenta corriente producida no solo por la caída de los precios del petróleo sino por desangramiento fiscal de las reservas internacionales vía FONDEN. Nada que no hayamos visto en el pasado, de manera que nuestras proyecciones gozan de la credibilidad de que otras veces este escenario es si se quiere rutina en estas condiciones económicas que hoy prevalecen sobre Venezuela.

La devaluación inevitable y un acuerdo con el FMI

Al gobierno en estas condiciones, de una tasa de cambio oficial en la cual su valor real hace destrozos en el ingreso personal el ahorro y en el flujo de caja de las empresas, y que al mismo tiempo impacta las cuentas fiscales, pero como es un agrio jarabe político, el gobierno ha preferido no morder la bala, no le queda otra que devaluar la tasa de cambio, y en el mejor de los casos establecer, de acuerdo a sus ideología restrictiva, un mercado cambiario de múltiples tasas, o en s defecto, liberar totalmente el mercado cambiario. Dado el impacto fiscal y de balanza de pagos que impondría esas fuertes correcciones tanto en el gasto como en la balanza de pagos, es conveniente que el gobierno prepare una misión de expertos y busque un acuerdo con el FMI, después de todo, el G20 acordó una asistencia financiera de un trillón de dólares para asistir financieramente las naciones en desarrollo. Claro para que esto se lleve a cabo, el gobierno tendrá que recoger mucho del discurso político corrosivo, y si la luna de miel que se observa con el gobierno de Obama quiere mantenerse, nada mejor que un acurdo con el FMI, además que aliviaría las fuertes restricciones que sobre la balanza de pagos imponen CADIVI y el debilitamiento del dólar permuta. La única salida: de la mano del FMI: pero habrán condiciones En esas condiciones anticipadas de balanza de pagos, al gobierno no le queda otra que ir al FMI, por asistencia financiera, aunque sea una anatema político, es un derecho de cada país signatario, y todo se prefigura como la única alternativa para resolver mas llevaderamente la crisis en la balanza de pagos y la crisis fiscal, y detener el colosal endeudamiento de los solicitados 37 mil millones de bolívares -que eran fuertes y hoy son muy débiles- de un masivo endeudamiento que la Asamblea Nacional le aprobó al gobierno sin que mediara el juicio racional y lógico de relaciones económicas básicas. Cualquier análisis económico somero le hubiera indicado al gobierno que ese masivo endeudamiento -aunque pudiera ser un esquema para que el BCV adquiere esos bonos en última instancia- tiene un poderoso efecto contractivo sobre la economía, muele y derrite el ahorro interno, inmoviliza el sector financiero y destruye el crédito a los sectores productivos y con ello limita la demanda de empleo porque lo destruye, y que en todo caso, el orden lógico para recuperar la economía era recortar el gasto público y estimular la inversión privada, y no lo induce el masivo endeudamiento, un brutal “crawding out físico” que fulminara el aparato productivo. Pero como, decía mu abuela, los comunistas no cosen puntada sin dedal, es probable que la agenda anticapitalista de destrucción de la empresa haya generado este desangramiento económico que trae inflación de dos dígitos medios, devaluación de la tasa de cambio a niveles ya muy superiores a la apuesta del 30% que se pensaba era la devaluación hacia principios de años, y una contracción de la economía con el correspondiente crecimiento del desempleo. A quien culpar entonces ¿?. A los precios del petróleo ¿ Pues no el gobierno debe asumir las consecuencias políticas por haber derrochado toda una fortuna de ingreso fiscal petrolero sin control ni contrabalance, de una degradación del gasto púbico y de los ingresos petroleros, de malbaratar y gastar irresponsablemente a toda discreción. Parte de la culpa debe ir a la Asamblea Nacional por abandonarse como cuerpo contrabalance del gobierno y por haberle aprobado el desgaste del ese enorme volumen de ingreso petrolero.

A dos años de la Independencia

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por Teódulo López Meléndez

Estamos ante dos bicentenarios cruciales, el del 19 de abril (2010) y el del 5 de julio (2011). La guerra fue extremadamente destructiva. Construir repúblicas sobre las ruinas es tarea harto difícil, como quedó demostrado.

Sobre las ruinas tendremos que construir una república. A un año y a dos años, no podemos esperar para comenzar la tarea edificadora. Debemos al mismo tiempo erigir independencia y las bases del nuevo edificio republicano, misión compleja para la cual debemos apelar a la imaginación creadora.

No puede ninguno de los dos bicentenarios envolverse en la muestra de misiles o en el desfile de milicianos. Resultaría insólito degenerar la palabra celebración a una muestra de militarización, no sólo por el ejercicio impúdico del poder por parte de una logia salida de las Fuerzas Armadas, sino también por la presencia de la militarización de una parte de la sociedad civil convertida en Guardia Pretoriana como la que acompañó hasta su final al dictador iraquí.

Los venezolanos estamos obligados con la historia y con los Padres Libertadores a que ambos bicentenarios se celebren en la civilidad, con actos de manifestación de la cultura, quizás como aquella célebre muestra que mi querido Juan Liscano montó en el Nuevo Circo de Caracas para agasajar la llegada al poder de Rómulo Gallegos.

Los venezolanos no podemos permitir la afrenta de celebrar ambos bicentenarios en medio de la distorsión y falsificación de la verdad histórica. Los venezolanos no podemos permitir, so pena de deshacernos en la ignominia, celebrar ambos aniversarios bajo un yugo. Si así lo permitiésemos habríamos perdido el derecho de honrar nuestro pasado.

Las leyes que se anuncian, las declaraciones que se pronuncian, la renovada aparición de muchos “Pedro Estrada” que ahora no ejercen desde las “Seguridad Nacional” sino desde los curules de un parlamento que no merece tal nombre, deben conllevar al surgimiento de un gran movimiento nacional de rescate que me permito denominar “Operación Bicentenario”.

“Vuelvan carajos”, gritó Páez, no “Vuelvan caras”, como a algún historiador gazmoño se le ocurrió en mal momento. Quizás desde allí no llamemos a las cosas por su nombre y busquemos edulcorantes y recurramos a viejos elementos definitorios obsoletos. “Unidad, Unidad”, grita algún grupo en un strip tease elocuente, pero sin plantear para que se quiere tal unidad y cuales son los propósitos de esa unidad y que se va construir a partir de esa unidad. La “unidad” por sí misma no resuelve nada. En alguna ocasión titulé un artículo “La unidad es nociva para la salud”, queriendo remarcar un ángulo específico, el del silencio contemporizador en aras de evitar el choque de las ideas. Pero allí no queda todo, a pesar de Arturo Uslar Pietri lanzar la palabra “pendejo” como válida en unos medios de comunicación regulados por mojigatos en los cuales “no se permiten malas palabras”, todavía no se puede decir allí mismo para definir a algunos “invitados predilectos” que van a las entrevistas sin tener nada que decir, o peor, que van a las entrevistas a torear, a evitar comprometerse, a pasearse en la estratosfera de las evasiones criminales y creativas de confusión en un país en precario estado psicológico.

Si nos permitimos la aberración en los bicentenarios ya ni Bolívar ni Sucre serían capaces de redactar constituciones para reacomodar las piedras y Andrés Bello terminaría en Chile y Vargas no tendría garganta para poner en su sitio a Carujo. Seríamos indignos de todos ellos. El pensamiento debe manifestarse delineando lo que será la democracia de este siglo. La acción debe manifestarse sin desesperaciones, pero constante y sin la evocación enojosa y condenable de “trapos rojos”. No se combate lanzando masas a la represión. Hay que saber que el poder de fuego del régimen es infinitamente superior. Hay que mellar, con objetivos alejados de lo grandilocuente, pero buscando el objetivo final: la celebración de los Bicentenarios en civilidad, en cultura y en libertad.

Se llama tácticas, por si alguno no lo sabía. Todas ellas envueltas en lo que se llama estrategia, por si alguno no lo sabía. El envoltorio que propongo es el arribo a los bicentenarios. Hagamos de los bicentenarios el gran objetivo nacional. Qué los bicentenarios inspiren al país. Que el espíritu de los bicentenarios sirva para inflamar la voluntad republicana que aún ve a Emparan uniformado de Capitán General pasando revista a las tropas de ocupación interna.

Se lo debemos a los padres de la república. Démosle de regalo a ellos y a su herencia dos grandes celebraciones de la inteligencia, de la cultura, de un nuevo aliento de país que busca la ciencia y la tecnología, el espíritu y nuevas concepciones, la política redimida de la mediocridad, unos hombres dignos dirigiéndonos hacia el futuro.

teodulolopezm@yahoo.com

¿Cacerolazo en La Habana? Toque de Sartén

yoani

cacerolazoPor Yoani Sanchez

Las viejas herramientas para alimentar a la familia logran convertirse –llegado el caso– en la boleta que no podemos dejar en la urna y en esa mano que no nos atrevimos a levantar en la asamblea. Cualquier objeto sirve, si de exigir espacios se trata: una tela que se saca al balcón, un periódico que se blande en público o una cazuela que repiquetea junto a otras. El gran coro metálico que forman las cucharas y las sartenes, pudiera ser –este primero de mayo a las 20:30 horas– nuestra voz, decir aquello que tenemos trabado en mitad de la garganta.

Las restricciones para entrar y salir de Cuba han durado demasiado tiempo. De manera que haré sonar mi olla por mis padres, que nunca han podido cruzar el mar que nos separa del mundo. La sinfonía de las cacerolas la entonaré también por mí misma, obligada a viajar sólo virtualmente en los últimos dos años. Apretaré el ritmo de la cuchará cuando piense en Teo, condenado a la salida definitiva si se le ocurriera subir a un avión antes de los dieciocho años. La haré repiquetear por Edgar, que está en huelga de hambre después de siete negativas a su solicitud de permiso de salida. Al final del concierto de metales le dedicaré un par de notas a  Marta, que no obtuvo la tarjeta blanca para conocer a su nieta que nació en La Florida.

Después de tanto darle al fondo de la cazuela, probablemente ésta no me sirva para freír ni un huevo. Por el necesario “alimento” de viajar, moverse libremente, salir de casa sin pedir permiso, bien vale la pena romper todos los implementos de mi cocina.

Entropía, información y caos social en Venezuela

entropia

Por Andrés Moreno Arreche*

Hace diez años Venezuela transita por un escenario de caos social, aunque paradójicamente se trate de un caos por etapas y en cámara lenta. La Quinta República es el nombre de esa entropía y las políticas asumidas desde 1999, los instrumentos impulsadores de una crisis, considerada necesaria desde la óptica revolucionaria, calificada de forzosa según los opositores al modelo propuesto desde el Poder Ejecutivo. Indiferentemente la postura ideológica que se asuma, se trata de un conflicto que ha sido planificado, organizado y ejecutado siguiendo las pautas doctrinales de El Arte de la Guerra.

En este segundo ensayo nos formulamos dos inquietantes preguntas a las que pretendemos dar respuesta ¿Cómo se manifiesta en la sociedad venezolana la entropización generalizada que vive la población? ¿Cuáles son los signos y los síntomas de la ‘sobrecarga depresiva’ en el espacio psicosocial venezolano?

1.- Una aproximación epistemológica necesaria.

La entropía (concepto que definimos en nuestro ensayo “Venezuela y las leyes del Caos Social”) es un evento dinámico que crece sin cesar en las estructuras fundamentales de la sociedad venezolana actual. La entropía social se sustenta en el Segundo Principio de la Termodinámica, el cual predice que con el tiempo suficiente, se produce el decaimiento irreversible de todas las estructuras sociales, pues… “lo ordenado dejará de serlo, tarde o temprano, dando paso al desorden”. Pero aunque este principio es lapidario y finisecular, todavía se agitan a nuestro alrededor miles de sistemas sociales complejos que de una forma u otra muestran un alto grado de orden. La vida en todas sus manifestaciones es un ejemplo. Las instituciones sociales, también.
La aparición de sistemas complejos en la sociedad, eso que identificamos como instituciones sociales, ONG’s, partidos y grupos, aparentemente actúan en forma similar a las estructuras de los sistemas cerrados, comunes en la naturaleza de las cosas, que son influenciadas por los principios de las ciencias exactas, pero a contrapelo de aquéllos, las sociedades en tanto sistemas abiertos, intercambian información además de energía y materia. A partir de sistemas sociales simples, aún en aquellos alejados del equilibrio institucional, la vida de las sociedades se autoorganiza de formas sorprendentes. La Segunda Ley se impone, pero mientras tanto se manifiesta un vórtice social: La emergencia espontánea de lo complejo.

La entropía no es otra cosa que una función de las variables que definen el estado de un sistema, cualquiera éste sea. La sociedad, la política que se hace y los elementos psicológicos y psicosociales que participan en la misma, también forman parte de un sistema social (Parsons, 1951), que se caracteriza por ser parcialmente cerrado y parcialmente abierto; ya que en el ámbito de lo humano o de lo social no pueden existir sistemas absolutamente cerrados.

Con el fin de anticipar hacia donde queremos llegar, es el momento de establecer una analogía que puede resultar interesante a los efectos del posterior tratamiento del tema: que la entropía es a las ciencias de la materia, lo que el cambio social o histórico es a las ciencias humanas.
En el plano de lo político, sobre todo cuando han dejado de existir los “votos cautivos”, los políticos no suelen tener en cuenta que cuando un voto se aleja de la disciplina electoral, no solamente se ha perdido ese voto, sino que el mismo ha sido ganado por la oposición. Nada se pierde, todo se transforma, es una afirmación falsamente materialista, que tiene su origen en una Ley química de Lavoissier, que también nos interesa, pero que es incapaz de concebir la nada y la muerte como un modo de final feliz para evitar la nada absoluta. También, esta existe en política y se expresa con la pérdida del votante —biológica y cívicamente muerto— que figuraba como cautivo en las plantillas de alguna expresión electoral. Es evidente que sería un desatino intelectual considerar a los nuevos empadronados como reemplazantes de aquella pérdida, ya que si bien, en términos de probabilidad, uno o más de uno reemplazará al muerto en la intención posible de voto, sin embargo no se tienen en cuenta las diferencias generacionales y situacionales de expresar la voluntad electoral por parte del soberano (Hobbes, 1651).

Asimismo, psicológicamente hablando, la pérdida de energía psíquica —o corporal— se traduce en lo que Freud llamó el instinto de muerte, que aunque no es universalmente aceptada, sinembargo es imposible negarla por el simple hecho de que todos los humanos nacen para terminar muriendo (Carpintero, 1997). Por otra parte, las ciencias sociales —especialmente en este caso que nos ocupa que son la historia, la política y la psicología— no pueden olvidar los principios de reversibilidad e irreversibilidad que genera el concepto de entropía.

Tanto los políticos como los analistas de la política —y sobre todos los que lo hacen desde la psicología— no pueden ignorar el sentido de la entropía producida por diversas razones, entre las que deben considerarse variables de orden objetivo/subjetivo como el estado de la economía, el respeto por las libertades individuales, el estado de dependencia o independencia en que se encuentre la Justicia y el Parlamento, etc.; como así también variables de estricto orden subjetivo —aunque no por eso desafectadas de las cuestiones objetivas— como son las motivaciones, el estado que transita la economía de «bolsillo» y la saturación por la permanencia o cristalización de un sistema o forma política de gobierno. Si esto no fuera así, bastaría con guardar los resultados de la primera elección de cada país y ya se tendría gobernante —o sistema de gobierno— «para la eternidad». Lo cual, sin duda, es un verdadero disparate, no solamente intelectual, sino también político en su sentido estrictamente republicano.

Si rescatamos estos conceptos —instinto de muerte y compulsión a la repetición— del ámbito de lo teórico y de la práctica clínica, y los trasladamos al campo de los fenómenos sociales en general y al de los hechos políticos en particular, entonces nos muestran en forma casi continua que existen acciones que suponen verdaderos suicidios políticos, tanto de dirigentes como de organizaciones partidarias ¿Qué es lo que lleva a un dirigente o candidato político a hacer lecturas disparatadas de la realidad que, obviamente, terminan en rotundos fracasos?

Algunos analistas suelen hablar de entornos siniestros y manejables, pero más allá de esta explicación simplista, una persona o un grupo, frecuentemente, llegan a alcanzar niveles altos de poder político. Esto implica que en su momento llegan a tener un claro principio de realidad, pero después de un tiempo acometen las más insensatas acciones que les hacen perder rápida —o lentamente— el terreno duramente ganado en las luchas por el poder.

La historia está plagada de estos episodios, llámense los antiguos Imperios: Persa, Romano, Germánico, Carolingio, etc., o bien tomen el nombre y apellido de demócratas o dictadores que pretendieron perpetuarse en el poder por sí mismos, o a través de sistemas «que duren un milenio» (Hitler). La historia es elocuente y lapidaria, éstos terminan cayendo desde la cima más alta del poder al espacio llano del pueblo; en otros casos han perdido la cabeza a manos de aquéllos que durante un tiempo —largo o corto, no importa cuánto— acataron sus mandatos.

En este caso, creemos que es válida la explicación que proporciona la entropía. La energía que se tuvo en un principio se agota, incluso se degrada en formas de gobierno corruptas y en otros casos llega a la cristalización paralizante, con lo cual ya poca vida le queda. Pero no solamente la energía del gobernante se degrada o se agota, lo mismo ocurre con la energía de los pueblos, los cuales parecen saturarse de las consignas cuando ya han sido logradas o cuando no hay nada nuevo que ofrecerles.

Este fenómeno político-social, se puede explicar por medio del concepto de entropía, ya que existe una dispersión de la energía que no se puede retomar y entonces, cuando el organismo se ha quedado sin energía, irremediablemente se muere. Esto no es una metáfora tomada de la biología, es una realidad que ocurre en todo cuerpo social y que permite explicar la desaparición de sistemas políticos que se creían indestructibles. El llamado comienzo del séptimo año no es gratuito. Como tampoco ha sido gratuito ni azaroso el sentido dado a las constituciones políticas que impedían la reelección del mandato de los gobernantes. No tenían por objetivo preservar incólume la figura del gobernante, su objetivo era dar al pueblo la posibilidad de buscar algo nuevo en materia de gobierno, aunque después de algún tiempo cayeran en la compulsión a la repetición e hiciese retornar al antiguo gobernante.

Para el contrastar el caso venezolano, nada mejor que los actuales renacimientos nazis o stalinistas que se están dando por toda Europa y que, en América Latina, se vienen expresando como moneda corriente con múltiples dictadores y pretendidos demócratas —o malos aprendices de tales— de raigambre populista que han entrado en la moda de institucionalizar las reelecciones. Es como si el calor, retomando el principio termodinámico, cuando se ha tornado mecánico, es imposible de que vuelva a tener la misma cuota ni calidad original, de aquel que llevó a la cúspide política de gobierno al interesado, al quedar convertido, por esta razón, en un mero proceso mecánico haya perdido el sentido mesiánico que daba calor —y color— a una postulación política.

Este fenómeno de desgaste de energía, no solamente se puede ver en quienes detentan o han detentado el poder; también les ocurre a los dirigentes de la oposición que —al igual que los astros— llegan a un cenit y luego se eclipsan políticamente. Es evidente que la habilidad de un político —y de los analistas que lo aconsejan— tendría que apoyarse en la acertada lectura del imaginario y de los imaginarios que circulan por su espacio social; pero la experiencia nos indica que no es habitual que se produzca de este modo la conducta política en el gobernante. Al contrario, es frecuente que el político o el partido político que ocupa el poder pierda toda o gran parte de la capacidad para entender las exigencias actuales de sus gobernados, que manifiestan otras necesidades distintas a las que lo llevaron a la cima del poder público.

Félix Luna lo explica de esta manera:

“La sensualidad del poder, el aislamiento del gobernante, la certidumbre continua, pueden ocasionar dificultades. El político que triunfó levantando una bandera seductora no se da cuenta que su causa se marchita. Está cada vez más solo y la realidad, que antes intuía o conocía, se convierte en una abstracción modificable por la voluntad”.

Como vemos, el marchitarse de una causa también tiene una explicación orgánica, es la falta de energía para continuarla o reemplazarla por otra que sea más convincente y que responda a las reivindicaciones del electorado.

Comprender los orígenes de la complejidad social venezolana no es fácil. Tampoco su ‘punto de quiebre’ o de inicio, pues lo que asumimos como complejidad social se halla a medio camino entre el orden y el caos. La entropía, entonces, juega un papel importante en esta exploración de los fenómenos sociales dinámicos, así como también lo es el Primer Aserto de la Ley de la Termodinámica, el cual sostiene, e incluso demuestra matemáticamente, que …”la entropía siempre es ascendente”. Por lo tanto, la entropía es una magnitud a tener en cuenta cuando analicemos las propiedades de la evolución temporal de sistemas sociales, incluso los divergentes entre sí.

Matemáticamente, la entropía es el valor medio de la autoinformación (llamada también información subjetiva), y ésta, referida a un suceso social se define matemáticamente así:
I(Ax) = -log(px)

No es nuestra intención abrumar al lector con complicados cálculos algorítmicos. Tan sólo mostrar que en tanto fenómeno social perceptible, la entropía también posee características que pueden ser cuantificadas y que le dan consistencia ponderable a su cualidad: Es una magnitud.
Pero en el análisis entrópico del comportamiento de los grupos sociales hay que considerar una variable supremamente importante: la diversidad. Ramón Margalef nos aporta un enfoque por demás maravilloso sobre este concepto: “La diversidad es una expresión de la estructura resultante de la forma en la que interaccionan los individuos del sistema social”. La diversidad, entonces, no sólo explica el fundamento epistemológico de la entropía, sino que se transforma en un elemento necesario en el sostenimiento de una estructura social compleja: Si la diversidad social es reducida, las posibilidades de mantener una estructura social compleja se reducen, si la diversidad es muy elevada, será difícil mantener la funcionalidad del aparato social, a menos que otras propiedades de la estructura social se modifiquen adecuadamente.

Para muchos analistas y psicólogos sociales existe una relación muy estrecha entre la diversidad social y la forma en que las distintas estructuras del sistema social se relacionan entre sí. Ello puede expresarse mediante una medida de conectividad. Se ha demostrado que existe una clara relación decreciente en la ecuación social: a mayor diversidad social menor conectividad entre sus integrantes, pero en investigaciones más recientes sobre movilidad social, estructura y comportamiento grupal se observa una relación aún más acusada entre el número de individuos y la conectividad. Estas relaciones se manifiestan a través de los medios de comunicación social y de otros medios de comunicación alternativo, como la Internet, y expresan el balance existente entre el número de distintos elementos que integran el sistema social (ya sean grupos, asociaciones o instituciones) y el grado de relación directa que existe entre dichos elementos sociales. Para que los grupos sociales logren un buen funcionamiento, si el número de individuos se hace mayor, la flexibilidad social necesaria se obtiene haciendo menos rígida la relación entre las partes o, lo que es lo mismo, reduciendo los valores de extrusión de la conectividad grupal.
Estos postulados sociológicos confirman que para comprender adecuadamente la compleja movilidad de un sistema social necesitamos alguna medida en la que se introduzca el grado de relación entre las partes, vale decir, la cuantificación de la conectividad entre los individuos de un conglomerado o cualquier otra organización social. Apuntamos en el ensayo “Venezuela y las Leyes del Caos Social” que… “la entropía de un sistema social crece asintóticamente hasta alcanzar su máxima valoración” lo cual equivale a decir que la evolución espontánea de los colectivos sociales conducen, inevitablemente, hacia un estadio de desorden máximo: El caos social.
Los sistemas sociales complejos y los desarrollados que evolucionan hacia ese estadio de máxima entropía presentan una distribución no uniforme de los miembros que la integran, así como también de las organizaciones que estructuran la red intra institucional que le da corpus, mientras que en los sistemas en los que no hay interacción sustantiva entre los elementos que la integran, ni entre éstos y el entorno macro social (típico de los sistemas sociales aislados) se evoluciona más rápidamente hacia el estadio de máxima entropía. Sin embargo, el intercambio de información fluida, dinámica y de doble vía se presenta con más desarrollo cuando los sistemas sociales son más complejos. Las más de las veces, este intercambio de información es muy simple (un saludo, una conversación informal), en ocasiones es más sutil pero no por ello menos trascendente (una mirada de aprobación o de rechazo, el aislamiento grupal o el reconocimiento social) A todo evento, la elaboración, emisión y recepción de los mensajes está detrás de la mayoría de los fenómenos sociales que nos rodean.

Por décadas, la Teoría de la Información ha intentado cuantificar la magnitud del impacto del intercambio de información en el desarrollo de los conglomerados sociales; a pesar de los innumerables esfuerzos que la ciencias sociales han destinado al logro de ese objetivo, es en las ciencias exactas donde se han producido interesantes hallazgos que permiten construir un sustrato válido y comprobable a los postulados de la Teoría de la Información. Los estudios sobre información mutua y función de correlación (Li 1999) son un referente obligado para quienes deseen profundizar aún más en ese campo.

2.- Entropización de la sociedad venezolana.

Sociedad y caos.

Turbulencia política, desórdenes sociales, caos financiero, la sociedad entera sumergiéndose en una situación caótica, transición a la democracia o caos, son expresiones utilizadas de manera cada vez más recurrente por analistas políticos y especialistas en ciencias sociales para intentar explicar el acontecer de una sociedad enfrentada a una crisis profunda que se reproduce en todos los niveles y espacios del entramado político, económico, social y cultural del país. Una sociedad institucionalmente desarticulada que, sin embargo, muestra algunos intentos por arribar a un nuevo orden surgido de la misma condición caótica en la que se encuentra.

Hemos afirmado anteriormente, y lo reafirmamos aquí, que en los sistemas sociales, así como en los sistemas naturales, la presencia y el consecuencial aumento de la entropía es un proceso constante. La entropía social, por otro lado, proviene tanto de la dinámica de los sistemas internos de las sociedades como de medios externos a ella. De hecho, en los sistemas ambientales se pueden identificar dinámicas caóticas que son fundamentalmente generadoras de entropía; es el caso de fenómenos como El Niño, el ciclo eruptivo del vulcanismo, la aparición periódica de pestes, etc. En los sistemas sociales, tales dinámicas caóticas están precedidas por una prolongada etapa de entropización, en las que se evidencias las contradicciones de forma y fondo, que conducen a estadios sociales totalitarios y centralizadores, que no son más que la manifestación evidente de una entropía social latente.

La entropía social es, por acción y definición, un fenómeno cíclico, complejo y dinámico, a partir del cual puede afirmarse que toda sociedad tiene en sí misma el germen de su diversidad, de su progresión, pero también del caos necesario para engendrarlos. Esta predestinación puede deberse a infinidad de factores, pero son los factores de orden político aquellos que más profundamente inciden en el desempeño entrópico y ulteriormente caótico de los conglomerados sociales.
El sistema-sociedad es como un sistema biológico evolucionado. La materia social que lo integra se compone de la materia viva de los seres humanos, más la materia inerte en forma de objetos y bienes que los seres humanos han incorporado al sistema con su trabajo. La sociedad es un similar a un sub-sistema biológico en crecimiento, por lo que necesita consumir y degradar energía para integrarse, estructurarse y diferenciarse del medio ambiente. El desarrollo y crecimiento del sistema-sociedad no son homogéneos. Las partes más estructuradas, más integradas y más diferenciadas, es decir, las menos entrópicas, son las más inestables y las que guardan mayor desequilibrio con el ambiente.
Esta contradicción del sistema-sociedad entre el crecimiento, estructuración y desarrollo, por una parte, y desequilibrio e inestabilidad por la otra, es fundamental para entender y prever la extinción de partes del sistema-sociedad o de la totalidad del sistema. Llegado el momento en que no se puede mantener el desequilibro y la diferenciación del sistema, sobreviene la destrucción del mismo; tal como sucede con la muerte de los organismos vivos.

Todas las manifestaciones de la violencia, las guerras, la destrucción ambiental y otros aspectos negativos de la conducta social, resultan de la contradicción entre desarrollo, integración y entropía negativa, dentro del sistema en crecimiento y la tendencia del universo hacia la entropía total.

Por ello, la ‘entropización’ de la sociedad venezolana, que se inició con el advenimiento ‘caótico’ del golpe de estado de 1992, no es más que un fenómeno cíclico-imperfecto, más o menos dramático en relación directa con la estabilidad de las instituciones y la madurez social de los individuos, que se sucede más como consecuencia de múltiples procesos y menos por la causa de un fenómeno social aislado. Trasladado este concepto al ámbito de la sociología, se habla de entropía social como aquella doctrina que refleja el avance inevitable de las sociedades hacia su ocaso y degeneración, de la misma manera que la energía cósmica se disipa. En definitiva, la entropía social se asocia a la degradación de la energía institucional y la generación del desorden necesario para el resurgimiento de nuevas y más perfectas organizaciones sociales.
En esta tesitura, y atendiendo a la temprana edad e inmadurez emocional de nuestro país, toda crisis social, económica y política forma parte de un escenario en el cual actúan tres fuerzas antagónicas entre sí: El orden constituido, que defiende y sostiene los procesos controlentrópicos; la oposición, que persigue el derrumbe de dicho orden para reemplazarlo por el suyo propio; y la tendencia hacia un aumento de la entropía social que genera todo conflicto social.

La crisis, en particular la económica, ya está influenciando a los sistemas sociales latinoamericanos, con especial énfasis en los enfoques políticos populistas de todos los países de la subregión y ello seguramente generará tensiones más profundas en la siempre difícil y conflictiva relación entre los Estados y los países al Sur del Río Grande, ya que las sociedades de éstos demandarán acciones más eficientes y transparentes de sus gobernantes, mientras éstos no van a disponer, ni de los recursos económicos ni de los programas políticos sustentables para responder. Para muchos analistas de la psicología social latinoamericana, y también para los economistas expertos en el impacto de las medidas macroeconómicas de corte populista, es previsible un aumento de la frustración y del descontento popular y por ello, la generalización de actos de protesta y violencia social.
Esta situación será el caldo de cultivo ideal para que grupos tradicionalmente enfrentados a la institucionalidad y a la legalidad de las sociedades (terrorismo, guerrilla, narcotráfico, trata de blancas y de niños, contrabando, lavado de dinero) incrementen sus actividades y provoquen el surgimiento de ‘vórtices sociales’ que podrían adelantar o incluso precipitar una situación caótica generalizada. Las sociedades que estén mejor equipadas en lo económico pero esencialmente en lo ético para enfrentar la crisis, es decir, aquellas sociedades que tienen mayores niveles de institucionalización, abordarán el inminente paso de la entropización hacia el caos en forma más adecuada, pues tendrán a su favor la solvencia institucional de una estructura social con fundaciones éticas consolidadas y una población enraizada en valores mutuamente compartidos y practicados.
El surgimiento, o más acertadamente, la imposición desde adentro de las sociedades de ‘vórtices caóticos’ se compagina con el enfoque que hemos sostenido en párrafos anteriores: Dentro de un sistema social cerrado la exposición de los hábitos negativos – energía cuántica inversa – tiene un desgaste sin recuperación, que dependiendo del estadio evolutivo, del crecimiento y la madurez de la sociedad, se puede extrapolar a un ocaso irremisible, a una crisis terminal desde la cual, y una vez superado el trauma de tan largo sometimiento, habrá un renacimiento o reencuentro con otros valores humanos.

Derecho y caos.

Ambos conceptos parecen irreconciliables y antitéticos, pero las actuales investigaciones del Derecho en la postmodernidad, junto al nacimiento de las diversas teorías sobre el caos contribuyen a entender la evolución de éste en el Derecho, el más importante de los sistemas de control social. El Derecho postmoderno es, a no dudar, un sistema altamente complejo que mantiene su complejidad en los subsistemas que aplican tanto a una Nación como a una región, a una comunidad o al mismísimo Derecho Internacional, que como meta-sistema, contiene a los otros como subsistemas de sí mismo.
Ese sistema es un mecanismo de control social, e indirectamente de control ecológico, pero la sociedad que controla el Derecho y el subsistema ecológico sobre el que influye indirectamente se han vuelto extraordinariamente complejos, en especial a partir del avance de la comunicación digital y satelital y los progresos sostenidos de la biotecnología.

Bolz afirma que…”cuanto más complejo es un sistema, tanto más resulta imposible su conducción consciente”, lo cual significa que cuanto más compleja es la sociedad, tanto más posible es una decisión fallida. Por ello afirma Bolz que los sistemas sociales deben abandonar para siempre los modelos físicos de organización y darle puerta franca a conocimientos como la biotecnología y la teoría del caos.

El legislador postmoderno se enfrenta a la posibilidad cierta de que sus decisiones, antes que establecer un equilibrio social, conduzcan hacia imprevisibles fluctuaciones de consecuencias terribles, porque es muy común en nuestro mundo postmoderno la toma de decisiones en situaciones de desinformación parcial o de información insuficiente, creándose en la práctica el paradigma mediante el cual el presente no tiene tiempo para la razón.

El sentido de los sistemas complejos no es el resultado de proyectos ordenatorios. La afirmación de Bolz es tajante: “El orden planificado es una trampa de la razón”, por ello que modificando los hábitos adquiridos por nuestros juristas a través de una jurisprudencia acumulada de más de veinte siglos, se podrá cambiar la base del paradigma determinista, mecanicista, que opera linealmente con los conceptos de causa y efecto, imputación y sanción, pues cuanto más complejo es un sistema social, tanto menos se le puede regular mediante esquemas de pensamiento lineal. Ilya Prigogine afirma, en “Regresa el poeta de la física” que ”En el lugar de la razón planificadora tiene que aparecer una nueva apertura para procesos de auto organización jurídica”. Tal vez por esa visión es que puede decirse que el derecho está en el camino de la utopía de la razón planificadora.
Pero no todo lo que llamamos caos, es decir a lo que no podemos comprender, es caos verdadero, pues el caos se reconoce como realidad disipativa, vale decir, el mundo de la dispersión y la división. Caos es la apariencia que presentan situaciones de muy alta complejidad, no siendo necesariamente opuesto a ‘orden’. Los ordenamientos complejos de la economía postmoderna y los sistemas dinámicos que le imprime la sociedad al Derecho se hallan al borde del caos y se regeneran a través de él. Y entonces surge una de las afirmaciones más hermosas y al mismo tiempo más terribles, de la pluma de Bolz: “Sin caos no hay libertad, y sin ella es imposible el imperatur legis”.

Así concebido, el antiguo dilema filosófico, referido a cómo es posible el libre albedrío en un mundo dominado por leyes naturales, encuentra una sorprendente solución cuando los sistemas legales deterministas muestran un comportamiento caótico; y es entonces ese caos el espacio que se construye la libertad individual en medio de las leyes. La investigación sistémica del caos en el Derecho ha conducido a dos entendimientos fundamentales. El caos tiene un orden oculto y el orden puede transformarse en caos. Concibiéndolo de esta manera, la teoría de los sistemas disipativos, el constructivismo radical y la cibernética de tercera generación posibilitan comprender a la sociedad como un sistema nervioso complejo y vivo, con decisiones normatizadas y decisiones descentralizadas, en el que los subsistemas de control político funcionan como una sinapsis o multitud de individuos que actúan en paralelo y de forma simultánea, a partir de reglas sencillas, para hacer emerger un comportamiento colectivo inteligente susceptible de resolver los problemas que se plantean en las comunidades.

Erwin Laszlo ha señalado, a propósito de este tema, que de tiempo en tiempo, las sociedades entran en un estado caótico, que él no lo asocia con la anarquía (uno de los Disparadores del caos que analizaremos en el próximo ensayo) sino más bien con la ultra sensibilidad social como manifestación visible o preludio del cambio. “En una condición caótica” – afirma Albert Ross en ‘Sobre El Derecho’, p.p.87 – “la sociedad es sensible a cualquier pequeña fluctuación, a toda nueva idea, nuevo movimiento, nueva manera de pensar y actuar”. Una afirmación que convalida Francis Bailleau en su libro ‘Les mutations desordenées de la société francaise / 1991 p.682,
“Cuando las relaciones ente individuos que componen una sociedad cesan de estar marcados por los ritmos y por la participación en valores comunes, la noción de anomia permite definir un momento característico del cambio social.”

José V. Rubio, en su obra ‘Pedagogía del caos’ advierte que un jurista ignorante o al margen de las características de la época, de la condición que adoptan los fenómenos y las formas de aproximación social que se configuran alrededor de ellos no podría comprender este tipo de procesos, y ante la posibilidad de que un sistema social (y su subsistema jurídico) se dispare en múltiples direcciones y lejos del equilibrio, y de que sus elementos adquieran mayor autonomía jurídica, y de que el comportamiento global se haga cada vez más impredecible puesto que no exista alguien o algo que ejecute un proceso controlentrópico positivo, el jurista podría sentirse que asiste al nacimiento de un subsistema legal novísimo y de alto poder destructivo sobre toda jurisprudencia.
Ralph Losey, en un trabajo divulgado recientemente por Internet, afirma que el sistema del Derecho Continental, originado por el Código Napoleón, está basado en leyes, en normas estáticas escritas, mientras que el derecho británico, el Common Law aunque incluye leyes está estructurado esencialmente en el Derecho del Caso, en decisiones tomadas por los jueces considerando hechos únicos en las que se interpretan las leyes originarias o fundamentales. Losey cita al juez Aldisert (Juez de la Corte de Apelación estadounidense del Tercer Circuito) quien señala que el epicentro legislativo del Common Law es la adjudicación de casos específicos y que por esta razón es inherentemente flexible y cambiante con el tiempo y las circunstancias.
A medida que las organizaciones sociales se transforman de pirámides a redes, la forma esencial en la toma de decisiones también cambia y pasa de ser un flujo vertical a un orden horizontal en el que todos los implicados en un caso negocian a partir de las leyes y sobre todo, a partir de casos específicos, con toda su carga subjetiva e interpretativa de la Ley.

El creciente y sostenido uso de los métodos alternativos para la solución de conflictos, junto con el incremento en la atribución de facultades y mecanismos alternativos a los jueces, amén de la mayor delegación legislativa, son demostraciones de cómo el derecho se legisla y se reorganiza al borde del caos social. El entendimiento fundamental, que consiste en apreciar que en el caos hay un orden oculto y que del orden puede sobrevenir el caos, incide en que en las legislaciones y en los tribunales postmodernos se utilicen cada vez más las cuatro reglas básicas del manejo del caos social:

1.- La mutación de organización a orden espontáneo. 2.- La auto organización social por encima de la planificación. 3.- La estabilidad dinámica de la norma versus la estaticidad normativa de la ley dentro de un contexto flexible e interpretativo y 4.- La autonomía judicial del juez con dependencia exclusiva en la retroalimentación del entorno.

Ahora bien, el sistema jurídico, tanto en la perspectiva antigua, cuanto en la moderna, presenta una estructura jerárquica de sus elementos y conforma un universo cerrado y autosuficiente. Nada hay que sea derecho fuera del sistema y todo lo que integra el sistema es derecho. En la perspectiva posmoderna, en cambio, es visto como un sistema abierto. Las diferencias, según el modelo que se adopte (cerrado o abierto), resultan importantes no sólo respecto de la definición del derecho, sino también y principalmente, por las consecuencias que se siguen de la elección.

Es necesario tener en cuenta que, para poder definir un sistema abierto es necesaria la definición de una función del sistema, vale decir, del objetivo general del mismo. Asimismo corresponderá delimitar la estructura del sistema, compuesta de aquellos elementos permanentes del mismo que se relacionan con la función. Y, deberá prestarse atención al entorno, es decir, a todo aquello que desde fuera del sistema interactúa con él, tanto sea lo que permita su funcionamiento o que tiende a impedirlo.

Si realizamos esas investigaciones sobre los sistemas jurídicos existentes y actuantes en la actualidad, especialmente en países desarrollados y en algunos en desarrollo como Venezuela, y también en el sistema del derecho internacional, observaremos diáfanamente las características que, para otras áreas de la realidad, exhiben los que Ilya Prigogine denomina “sistemas lejos del equilibrio” y que por ello se están produciendo bifurcaciones que hacen que cambien sus características y adquieran nuevas y distintas.

Los sistemas sociales, económicos y políticos en los que vivimos inmersos están crecientemente “estresados” y más tarde o temprano sus caminos evolucionarios tienen que bifurcarse. Ahora bien, lo que Prigogine denomina el punto de bifurcación es el momento en que un sistema salta a un nivel superior de organización o se desintegra por completo, tal como conceptualiza Erwin Laszlo en el Capítulo 3 de su obra:

“..Habrá un período de transición en el que los sistemas complejos que hemos creado se bifurcarán. Sería conveniente saber qué significa esto y cómo encararlo. Familiarizarse con el nuevo significado de la palabra bifurcación es uno de los conocimientos fundamentales de nuestra época… El signficado básico de bifurcación es un súbito cambio de dirección en la manera en que los sistemas se desenvuelven… Las bifurcaciones se desencadenan cuando sistemas complejos están sobre tensionados, más allá de su umbral de estabilidad. Hasta ese punto el comportamiento de los sistemas es relativamente ordenado, hay oscilación periódica, es decir movimiento alrededor o hacia determinado estado, o estabilidad en uno u otro estado. Pero más allá del punto crítico, el orden se rompe y el sistema cae en el caos. Su comportamiento ya no es predecible, aunque tampoco es enteramente azaroso. En la mayoría de la clase de sistemas complejos el caos da paso, por último a una nueva variedad de orden… Nosotros mismos y las estructuras ecológicas, sociales, económicas y políticas en que vivimos constituímos sistemas complejos. Estas estructuras se desenvuelven y tarde o temprano sus vías evolutivas se bifurcan. Nuestro mundo está sujeto a a súbitos y sorprendentes cambios de fase…”.

De allí que en nuestra época, como señala Fernández Vicente el Derecho en su consideración sistémica debe integrarse como sistema normativo (formal), sistema social (real) y sistema axiológico (valorativo), a riesgo de perderse en aproximaciones parciales e incompletas que no permitan su comprensión global. La corriente del pensamiento y la actividad jurídica deja de ser unidireccional como postulaba la teoría tradicional (el silogismo como estructura del pensamiento jurídico de subsunción) para rescatar como específicamente jurídica también la información que le llega al jurista desde la realidad y los no-juristas, proponiendo problemas socio-jurídicos constantemente renovados por la experiencia vital, social, así como también proporcionando soluciones que la experiencia social asume y que pueden diferir de las previstas en el sistema jurídico.

De esta manera el sistema queda abierto al reflujo de comunicación con el medio controlado, adquiriendo el orden jurídico flexibilidad y apertura ante el cambio, que, como tal, queda incorporado al propio sistema como elemento normal, funcional, del mismo. El concepto de retroalimentación legal viene de este modo a sustituir al concepto de equilibrio. El análisis tradicional, mecanicista, del equilibrio es sustituido por un sistema móvil, constantemente abierto a la recepción de la comunicación que a su vez reciba del medio para adaptarse al mismo transformando si es preciso al propio sistema. Mientras el concepto tradicional de “equilibrio” se limitaba a descripciones de estados constantes, el concepto cibernético de retroalimentación se basa en la dinámica plena e incluye al cambio de estado como aspecto inherente y necesario de la operación de sistemas legales en sintonía con la dinámica del caos social.

Ahora nos encontramos en un nuevo momento de bifurcación, los sistemas jurídicos de la modernidad, de los Estados nacionales, están en crisis. La época posterior a la Segunda Guerra Mundial, estos últimos cincuenta años, han traído profundas transformaciones, en todas las áreas del conocimiento y la tecnología, se han complejizado tanto las relaciones sociales, por el crecimiento absolutamente extraordinario de los medios de comunicación (el avión, el satélite, la televisión, el fax, el correo electrónico, Internet, etc.), la economía global y la explotación de los recursos naturales frente a la explosión de la población, todo ello ha hecho surgir nuevas funciones que el derecho debe asumir no solamente a nivel del sistema social, sino también del ecológico17 por lo que están dadas las condiciones para que, sometido a todas estas influencias del entorno social y natural, se transforme, su estructura devenga diferente, sus funciones se amplíen y modifiquen. El sistema jurídico mundial, y sus subsistemas nacionales están otra vez lejos del equilibrio como señala Rodríguez Delgado:

“Un observador, aplicando escalas temporales variables, puede ver el mismo sistema como permanente, homeostático o transformado en otros sistemas cualitativamente diferentes. (Rodriguez Delgado, Rafael “SystemsDialectics for integrated Development”, en International Systems Science Handbook,Ed. Rafael R. Delgado y Bela H .Banaty, 1993, p. 350).

Este planteamiento también es sostenido y avalado por Charles Francois en “El cerebro Planetario” (Cuadernos Gesi-AATGSC, nº.12-II)

”Se está produciendo el nacimiento de comunidades políticas trasnacionales, la aparición de una red financiera mundial; la multiplicación y la desnacionalización progresiva de grandes empresas mundiales; el nacimiento de una conciencia ecológica que trasciende las fronteras y las disciplinas especializadas, el establecimiento de redes transcontinentales de información científica y técnica. Todo ello corresponde a la emergencia por estructuración disipativa de mega-o meta-estructuras globales que van ,parecería, en forma inevitable, a imponer un orden de nivel superior a la indispensable convivencia armónica del hombre con su planeta.”(p.111).
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En efecto, ya se producen varios fenómenos en el ámbito del derecho, en forma simultánea: Por una parte el derecho internacional se transforma rápidamente y asume una función creciente y dominante sobre los sistemas jurídicos nacionales. Los sistemas jurídicos de los diversos Estados se interrelacionan cada vez más entre sí y forman sistemas jurídicos internacionales de diversa envergadura, que se orientan rápidamente a constituir un sistema jurídico mundial. De la noción del derecho internacional como un “derecho primitivo”, expresado a través de la “comitas gentium” y el principio de “pacta sunt servanda”, en pocos decenios se ha pasado a organizaciones complejas y estructuradas como las Naciones Unidas, la Comunidad Europea, la Organización de los Estados Americanos, el Mercosur, etc., estructuras jurídicas que poseen inclusive tribunales con imperium no solamente sobre los Estados Nacionales, con diversa intensidad, sino aún sobre los sujetos de derecho (personas físicas y jurídicas) de esos Estados. Pero de forma simultánea, también se produce el fenómeno de la regionalización, es decir del fraccionamiento de las naciones tradicionales, como los movimientos en este sentido en Italia, Quebec (Canadá), el Sur del Brasil, el País Vasco, la desintegración de Yugoslavia, con sus secuelas jurídicas

El Derecho está empezando a dejar de ser una estructura monolítica de grandes conjuntos de normas generales legisladas por distintos órganos y de aparatos genéricos para administrar justicia, como los tribunales, para ‘caotizarse’ y bifurcarse, a través de mecanismos alternativos que surgen de manera espontánea en los conglomerados sociales para la solución de conflictos como la negociación inter pares’, el arbitraje dialogado, la mediación por tercería y otros mecanismos alter legis a través de instituciones impensadas hasta hace poco, como el ‘Derecho Ambiental, cuya implicación hace que ya no sea considerado una ‘rama del derecho’ sino un corpus legal estructurado y funcionalmente diferente, así como también la noción de los ‘Derechos Difusos’ que apuntan a una individualización creciente de las decisiones, antes adoptadas desde una posición la jerárquica, monolítica y estructurada de jueces y legisladores.

Psicología Social y Caos

Si el caos puede entenderse como un concepto especializado, proveniente de una terminología convencional que se designa para el comportamiento no periódico (Lorenz, 1993), entonces existe una infinidad de fenómenos o acontecimientos que se suceden de esa manera, en cualquiera de los planos en donde se quiera mirar: físico, social, económico, político, psicológico, afectivo, etc. La forma en que se estrellará un cristal después de que una piedra choque contra este, es impredecible. Como también lo es el enamoramiento porque no se planea, predice o formula, sino que aparece de pronto, de entre un conjunto infinito de posibilidades, situaciones y condiciones. Dos de sus rasgos característicos son la unicidad que lo distingue de otras cosas y su no periodicidad. Así como no se puede establecer que la temperatura de un día determinado sea de N grados centígrados, tampoco se puede determinar qué el día le ocurrirá el enamoramiento a alguien.

La temperatura como el enamoramiento son comportamientos no periódicos. El enamoramiento no ocurre cada cinco minutos a la misma persona, pero no hay garantía de que esto sea imposible. Las personas se pueden enamorar de dos o tres personas a la vez. El comportamiento y la cognición son caóticos, la realidad es compleja. El caos implica movimiento, similar al de las moléculas de un gas (Pagels, 1988) y parece haber consenso en que se antepone al orden o los movimientos ordenados y periódicos. En el campo de la física, ni hablar. El caos psicológico es situacional, como posibilidad y rareza. Es extraño en tanto que no es familiar y alarmante porque se presenta de manera sorpresiva. Las revoluciones sociales son movimientos caóticos de masas que nadie esperaba, sin embargo aparecen como algo obvio en boca de los analistas una vez discutida las condiciones históricas que les determinaron. Sin embargo, aún no se puede determinar con prestancia la periodicidad con la que aparecen. De lo contrario no habría guerrillas ni todas esas cosas que suenan a antiimperialismo.
En el caos limitado, encontrar un comportamiento no periódico […] aunque sea posible, su probabilidad es cero. En el caos total, la probabilidad de encontrar un comportamiento periódico es cero (Lorenz, 1993). Y en efecto, aunque sea posible, la probabilidad de encontrar odio en el amor, es cero. Sin embargo en Yo, siempre hay Otro. Sin importar que sea posible o no, es poco probable que haya racionalidad en las masas una vez que se han despertado iracundas. Mucho menos que haya compasión en el terror, sobre todo cuando este debe infundirse a toda costa. Pero sucede que hay memoria en el olvido y rencor en el perdón. Y alegría en la tristeza en forma de nostalgia. Esto porque la probabilidad cero no es sinónimo de imposibilidad. Lo probable no está hecho de fantasías e imaginación sino de posibilidad plausible, aunque sea infinita. El caos habita en el reino de la imprecisión. Y para efectos didácticos, cada quien puede crear su propio caos. Dentro de cada orden, existe un caos indescriptible.

Un cristal de diamante, por ejemplo, con sus átomos prolijamente dispuestos, es “ordenado”; una rosa, en la cual juega tanto el azar como el orden en la disposición de sus partes, es “compleja” (Pagels, 1988). La complejidad tiende u puente entre orden y caos. Las situaciones, fenómenos y procesos sociales y psicológicos son complejos por naturaleza. La psicología pudo haberse empeñado durante décadas a la comprensión de la complejidad de la mente pero sólo ha logrado establecer un complejo sistema de comprensión de esta. El lenguaje psicológico es un conjunto de términos especializados que se llaman tecnicismos y todos sabemos y estamos de acuerdo que la realidad psicológica no es un conjunto de tecnicismos. ¿Qué podría ser más complejo que el conjunto de Mandelbrot? Quizá el modelo meterológico global, quizá la anatomía de un ser humano (Lorenz, 1993). En el mundo de la complejidad, las valoraciones tan…como, no tienen cabida: no se podría decir que los surcos causados por el viento sobre la nieve son tan complejos como un triángulo amoroso o un conflicto internacional. Es decir, cada sistema o cada nivel de realidad, posee su propia complejidad que le caracteriza y lo distingue de otros tantos. De otra forma no se hubieran inventado tantas psicologías para estudiar el comportamiento si este, no fuera complejo por naturaleza. Complejidad, orden y caos, conforman la estética de la naturaleza y, a estas alturas, es difícil hablar de realidad psicológica por un lado y realidad social por otro. Esto porque a una situación se dan cita un infinito número de posibilidades que la hacen única e inolvidable en tanto que sólo ocurre una de esas posibilidades entre tantas, pero el conjunto de variables que se encuentran presentes ahí, también es infinito, de lo contrario, la gente triste no lloraría porque la mosca volara de un lugar a otro.
Si las situaciones no fueran complejas por naturaleza, no habría nada qué pensarles y todo el mundo las entendería, se parecerían a las paredes sin pintar, serían simples. La realidad no se presenta fragmentada, lo social por un lado y lo psicológico por otro. La psicología social, para ganar complejidad, debe renunciar a las dualidades que ha dado por sentadas. Lo individual y lo social, lo público y lo privado, lo mental y lo corporal, lo objetivo y lo subjetivo, sólo están separados en los libros con fines analíticos y suponer que así se presentan en la realidad es una limitante. Seguir pensando que la psicología social puede aspirar al establecimiento de principios universales es un conservadurismo cognitivo. Debemos recordar algo muy importante: la complejidad es una palabra problema y no una palabra solución (Morin, 1990).

3.- Signos y síntomas de la ‘sobrecarga depresiva’ en el espacio psicosocial venezolano.

La época actual tiende a generar una subjetividad caracterizada por la fragmentación, el vacío y la vulnerabilidad. La conocida globalización, así como el neoliberalismo y el posmodernismo, condicionan y determinan la fragmentación y dispersión de los vínculos personales, ocasionando la lógica fragmentación subjetiva.
Junto a la subjetividad colectiva fragmentada y vulnerada se desarrollan los movimientos sociales y políticos, así como también las acciones de individuos y grupos, que generan y se nutren de formas nuevas de subjetividad, caracterizadas por la recuperación de los vínculos, la revisión y reconstitución de identidades y la conformación de nuevos grupos de individuos preocupados en reconstruir las tramas sociales rotas.
Cuando se presenta un conflicto o situación tensa dentro de la estructura social… ”es porque existe un exceso de demandantes sobre las oportunidades de adecuada gratificación” (Coser.1967;16). Alberoni llama a esta tensión acumulada sobrecarga depresiva, que se produce como resultado de una gran tensión social, que además opera como antesala de los grandes movimientos. “Movimiento e institución se contraponen dialécticamente, pero tienen en común una sustancia profunda…El movimiento es siempre portador de proyecto, es decir, ya contiene en sí mismo potencialmente a la Institución” (Alberoni:1984:12,13).
“Los que participan en el proceso colectivo tienen la conciencia de constituir una colectividad que tiene en su exterior algo con lo que está relacionada, o algo con lo que combate: Un sistema exterior… estos producen una nueva solidaridad social y… dan origen a que en la escena social aparezcan nuevos protagonistas colectivos” (Alberoni:1984:38,39).

En medio de la subjetividad colectiva venezolana, caracterizada por la bipolaridad de estadios de depresión psicosocial alternados con explosiones injustificadas de júbilo o de odio social, se configura lo que Francesco Alberoni (1984:43) llama el estado naciente, esto es una “exploración de las fronteras de lo posible, dado aquel cierto tipo de sistema social, a fin de maximizar lo que de aquella experiencia y de aquella solidaridad es realizable para sí mismo y para los otros en aquel momento histórico” y “se caracteriza por una plenitud de vida, experiencia de liberación, la relación entre realidad y contingencia, cese de la alienación, relación libertad y destino, búsqueda y autenticidad… el Estado naciente es siempre… la superación ideal de las dos alternativas cotidianas” (Alberoni:1984:166,167).
Alain Touraine (1973:50) dice: “muchas de las conductas que parecen disfuncionales, si nos situamos en el nivel de la misma organización, adquieren un sentido muy diferente si las vinculamos con las luchas políticas o con las transformaciones de la historicidad y de las relaciones de clase de una sociedad”.

Siguiendo a Alberoni (1984:175)”el estado naciente, es el acto por el que se manifiesta el pensamiento metafísico, el que establece una diferencia y una jerarquía absoluta entre dos órdenes de cosas: los que tienen valor y fundamento de ser en sí mismos y los que extraen su valor y su derecho a la existencia de otro”.
El estado naciente es la transición entre la institución establecida y la potencial, es aquel en el cual la sociedad se construye a sí misma, se deconstruye para volverse a construir, el conflicto, la irrupción. Después de este estado las cosas no pueden continuar igual, necesariamente cambian.

El proceso político venezolano está sujeto a múltiples pulsiones que inciden como sobre carga depresiva en el espacio psicosocial venezolano, en un país que se debate entre la desesperanza y los sueños delirantes de un líder en el cual buena parte de la población se siente reflejada. Poco a poco ha ido creándose un proceso de desintegración y ruptura de los valores, de la cohesión social, de las raíces morales, de las instituciones y de las normas. Hemos llegado a un clima emocional diferente en el que están ausentes una serie de emociones socialmente fundamentales. Es así como desapareció la sensación de seguridad, de tranquilidad, de entusiasmo, de alegría.
Hace cinco o seis años había la esperanza, tanto en el gobierno, como en la oposición, de la realización de un proyecto y esa variable, tan fundamental en cualquier grupo humano, ha desaparecido. Ahora nos dominan emociones como la perplejidad, la indefensión, la confusión, la incertidumbre, el miedo, la rabia, el resentimiento. Y ese, nuestro panorama emocional, sin ningún tipo de contrabalanza de otras emociones que puedan alimentar anímicamente a la población, nos plantea la condición de sumisión en que ha caído nuestra sociedad.

Estamos viendo aquella perversa idea de una sociedad en estado de anomia, como la ha definido (Robert) Merton, sometida por el cerco de la ansiedad, el aislamiento y la falta de propósitos, donde las personas viven en una desconexión con el grupo, aferrados al presente y pendientes sólo de ellas mismas, en una sicología de supervivencia. Eso se ha conseguido en Venezuela con un ataque sistemático a las instituciones y una reversión del discurso, caracterizado por un doble mensaje continuo.

El cambio violento de valores políticos, éticos y sociales es el fundamento de todo proceso revolucionario, que se fundamenta en el dominio de la sociedad mediante la destrucción de los lazos entre los individuos y el cinismo del doble mensaje, pues la persona dice descaradamente lo contrario a lo que está viendo. Es en una inversión absoluta de valores donde predomina el liderazgo carismático de los líderes populistas. Este tipo de gobierno carismático, populista y esencialmente autocrático tiene unos mecanismos tan perversos de dominio social que podemos considerar a la inseguridad como parte del mismo proyecto. Así el miedo ya no sólo es de naturaleza política, sino a perder la vida y la máxima aspiración, día a día, es retornar a casa a salvo.
Una población que sólo puede pensar en el instinto básico que es la supervivencia, obviamente no tendrá mayor preocupación por la política. Esos grandes ideales que te pueden cohesionar hacia una acción política dirigida, deben ser convocados de nuevo. Pero eso es difícil ante un poder que bombardea constantemente a la población, penetrándola hasta en su vida privada.

El desarrollo de la individualidad, el anhelo de libertad, de progreso, de ser grande, encuentra todo tipo de obstáculos en la mayor parte de los miembros de la sociedad con mandatarios autocráticos y personalistas. El líder carismático busca llevar a las personas a una vida de supervivencia donde los ciudadanos se ocupen exclusivamente de los instintos primarios, de forma que toda la grandeza y la libertad que individualmente aspiran, la viven vicarialmente a través del líder, a partir de un silogismo entreguista: “Como carezco de esas vivencias, me identifico con quien sí las puede tener”. Entonces el altanero vive su altanería a pequeño nivel y a gran nivel a través del líder personalista y autocrático, en quien se siente encarnado.

El sentimiento de indefensión y perplejidad no sólo está en la oposición venezolana, sino que ha invadido a la sociedad por entero. Hay una serie de factores que provocan una carga emocional (rabia, frustración) poderosísima que está allí. Todo ese clima emocional puede ser captado por un liderazgo positivo.
Lo que está sucediendo es el caldo de cultivo para la aparición de un gran estallido social. Estamos en el peligro de que se produzca una eclosión social en Venezuela porque no hay nada que la contenga y el único factor regulador existente y socialmente visible, el Presidente, es ahora un referente muy frágil y poco cohesionador.

La depresión como manifestación social

Desde una óptica eminentemente clínica, la depresión se produce de un modo lentamente gradual y la progresión avanza con relativa rapidez, con un estilo sub agudo. Esta gradual propagación toma en algunos casos una línea acelerada con momentos de agudización. En otros ejemplos la depresión sorprende por su carácter repentino y con un curso fluctuante, o sea con frecuentes oscilaciones entre la mejoría y el empeoramiento. La forma de evolución típica característica de la enfermedad depresiva se atiene a lo que se identifica como ‘fase’, o sea que después de ocupar un cierto lapso la sintomatología desaparece de un modo espontáneo o por una intervención terapéutica, lo que denota en ambos casos el carácter reversible de la enfermedad depresiva.
La depresión es una manera de manifestación del malestar producido ante la ausencia de una respuesta coherente por parte de las instituciones, es decir: las instituciones no son capaces de cumplir con sus funciones, la arbitrariedad es un elemento “organizador”, el silencio es la explicación a muchos hechos y evidentemente nadie es responsable de lo que hace. Con esta consideración, y apoyándonos en el psicoanálisis, podemos entender la depresión como una pregunta que el sujeto plantea a su medio en tanto que este medio (social, laboral, familiar) lo considera como un objeto de desecho y ya no un sujeto de deseo.

En la teoría lacaniana este “medio social” es uno de los representantes del gran Otro, el gran Otro no es únicamente nuestro alter-ego, sino que, más allá de las identificaciones imaginarias y especulares, el sujeto está determinado por un orden radicalmente anterior y exterior, un lugar donde se articulan los significantes que darán origen a ese sujeto. Por tanto es la relación que mantenemos con este Otro la que determina en buena medida nuestro estado de ánimo, nuestro humor. Lo que abre una nueva perspectiva para aprehender la depresión, ya que sí a la persona deprimida se la escucha con atención nos daremos cuenta que su situación es exactamente aquella que le ha sido asignada, es decir: “ya no esperamos nada de usted”. Ahora bien, no necesariamente este “no esperamos nada de usted” tiene que haber sido enunciado como tal, pues la propia producción psíquica es la que puede construir esta formulación. Es decir que estamos determinados por nuestro inconsciente.

En efecto dentro de nuestra sociedad actual el rendimiento y la efectividad son las divisas mas preciadas, todo aquel que por una u otra razón no este en capacidad de cumplir con estos requisitos es relegado de alguna manera y en diversos grados. No es raro escuchar a personas que han trabajado 30 años o más y que de la noche a la mañana son despedidos de su trabajo que caen en un “hueco oscuro” y que ya no pueden salir. Es ahí cuando nosotros pensamos que la depresión es la manera actual de manifestar ese rechazo a la exclusión.
Situaciones como la pérdida del trabajo, el divorcio, el matrimonio de los hijos, la falla o desaparición de un ideal colectivo, son frecuentes encontrarlas como desencadenantes de los períodos depresivos. Entonces por lo que hemos visto la cuestión del humor y de la depresión es un problema cultural pues concierne directamente a la sociedad y a su funcionamiento y como vemos el psicoanálisis, contrariamente a lo que se puede pensar si tiene algo que decir pues aunque se refiere siempre a lo particular, nos da cuenta de que el real que constituye lo social es el mismo que constituye el individual.
La depresión es la última resistencia ante el desmoronamiento social que nos está llevando a lo que Marcel Czermak llama psicosis social porque el depresivo busca, a pesar de todo, hacer valer su subjetividad y manifiesta, con sus síntomas, las consecuencias de la exclusión social y anulación política de su deseo explícito de crecer, participar y evolucionar en y con la sociedad actual.

Psicosis social

La psicosis es una enfermedad grave, donde la personalidad se encuentra globalmente afectada y es debido a un proceso patológico que por lo general se inicia desde la infancia. En la psicosis, la percepción de la realidad está dañada, o sea, el psicótico alucina, tiene falsas percepciones, confunde la realidad con la fantasía y su afecto, sus emociones están aplanadas y podemos decir que vive en otra dimensión. Lacan llamó “psicóticos sociales” a los individuos desconectados del acontecer de su entorno, pero sujetos indefectible y pasivamente a él. Se refiere Lacan a una situación en la que el sujeto no reproduce fenómenos psicóticos en sentido estrictos (delirios y alucinaciones), sino que dicho sujeto pasa por una experiencia de vacío existencial, de “dispersión de identidad”. En la clínica psiquiátrica actual, subyugada a la corriente de la psiquiatría americana y al dominio de una clínica fenomenológica y meramente clasificadora de enfermedades, se incluyen a muchos de estos sujetos en un grupo que se correspondería con los llamados enfermos “borderline” o trastorno límite de la personalidad.

Si la relación sexual no existe, si el amor no puede suplirla y cumplir con sus idealizadas promesas, si en la sociedad el trabajo esclaviza, ciertamente poco queda para algunos sino el vacío y la desesperación.

¿Qué puede enseñarnos la psicología política sobre la etiología, la dinámica y la posible resolución de esta psicosis social? Si se mira a la sociedad venezolana según el modelo aplicado a las familias de tipo “chavista”, se constata que el gran obstáculo con que se encuentra el observador es la “negación psicológica” en la que viven los sujetos, ya sean víctimas (escuálidos) o abusadores sociales (chavistas) Con independencia de que la patología social tome la forma de la degradación, el insulto o el apparteid político a través de una lista, los miembros de la sociedad afectada por el ente dominante se encuentran intimidados por éste y se convierten en su cómplice en la negación. Acaban por compartir su delirio, aceptar sus “racionalizaciones” y vivir en su pseudorealidad opresiva.

Para permanecer lúcido y objetivo el observador, evidentemente, tiene que situarse en el exterior del delirio, aunque esto no sea suficiente. La psicología política debe entender también los síntomas como parte de un conjunto, de un sistema psicótico del que hay que descubrir las contradicciones internas. Incluso tendríamos que preguntarnos si nuestra propia desconfianza hacia formas de análisis sistemáticas no es una muestra de esta complicidad en la negación. Evidentemente, el análisis, la razón y el espíritu crítico son enemigos mortales de todo sistema psicótico y el abusador tiene forzosamente que deslegitimarlos. Así pues, la ola de sinrazón que invade la sociedad contemporánea afecta a la vida religiosa, política e incluso científica. El último episodio delirante – El llamado a combatir a la contra revolución, con toda su carga épica y militarista – ha terminado por escandalizar al país.

En el paradigma de la familia disfuncional, como la del Presidente Chávez, estas masas chavistas se corresponden a los niños de un padre violento, que contienen el miedo y la rabia que sienten. Wilhelm Reich ya había analizado este tipo de carácter en sus observaciones sobre la psicología de masas y el ascenso del fascismo en Alemania. Tales niños tienden a abrazar su propia represión interiorizando la “realidad” del padre, percibido como representante de la autoridad. Por ejemplo, los muchachos agresivos que proyectan sobre otro su propio miedo y su violencia inhibidas. Estos niños se creen víctimas que “se defienden”. Su carácter se vuelve rígido y su comportamiento agresivo, y se convierten en “buenos” policías o soldados, y en “buenos” torturadores.

Fue con este tipo de ‘niño’ que se crearon las tropas de choque de la “revolución republicana”. Son el mismo patrón de los jóvenes que aportan un elemento clave al régimen de Chávez. Recordemos que para instalar y mantener sus dictaduras históricas, Mussolini, Hitler, Stalin, Sadam Husein, Jomeini y otros más han necesitado cinco elementos indispensables: una ideología irracional, el poder sobre el Estado, el control de los medios, una crisis permanente de histeria xenófoba y un partido de masas intimidatorio. Hoy el régimen neocomunista de Hugo Chávez dispone de todos estos elementos y esto es grave.

La estrategia del miedo como pulsión social

El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. Desde el punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo, y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, es normal y beneficioso para el individuo y para su especie. Desde el punto de vista neurológico es una forma común de organización del cerebro primario de los seres vivos, y esencialmente consiste en la activación de la amígdala, situada en el lóbulo temporal.

Desde el punto de vista psicológico, es un estado afectivo, emocional, necesario para la correcta adaptación del organismo al medio, que provoca angustia en la persona. Desde el punto de vista social y cultural, el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura. Para algunos, el miedo en el ser humano, no guarda ninguna relación fisiológica (como reacción de alerta), pues se le considera un producto de la consciencia, que expande el nivel de desconocimiento.
En la medida en que el miedo puede restar autonomía decisoria al sujeto llega a ser un eximente de responsabilidad. El derecho romano estableció en el 79 a. C. (mediante una innovación jurídica introducida por un pretor llamado Octavius) la acción “metus causa” (por causa del miedo) como eximente de responsabilidad. En las siete partidas (Part. 7 tit 3.3.l.7) se establece en el derecho castellano la invalidez de pleitos o declaraciones realizados bajo miedo, y el derecho actual determina que el miedo es causa eximente de responsabilidad criminal.
Catherine Lutz ha estudiado la variabilidad cultural del miedo. Según sus averiguaciones, la comunidad ifaluk considera positiva la cobardía, y por tanto para ellos es bueno confesar el miedo pues es prueba de ser persona inofensiva y temerosa de las leyes del grupo. Otra investigadora social, Joanna Bourke, autora de Fear: a Cultural History (El miedo: una historia cultural) revela que el miedo, como un sentimiento colectivo e individual, varía con las épocas y los contextos históricos.
Durante el siglo XIX, los temores relacionados con la muerte inminente estaban estrechamente vinculados a los miedos acerca de cualquier tipo de vida después de la muerte eventual, así como relacionada con la inquietud sobre el diagnóstico correcto del deceso (o dicho de otra manera: que condujera a un entierro prematuro). En nuestro tiempo, por el contrario, tendemos a preocuparnos mucho más sobre el hecho que nos obliguen a permanecer vivos más de lo debido (denegándonos la oportunidad de ´morir con dignidad´). Es el personal médico, en vez de los clérigos, el que preside cada vez más sobre el terror a la muerte. Los debates actuales sobre la eutanasia y la muerte asistida están relacionados con estos cambios.

Esta investigadora sostiene que el principal transmisor actual del miedo son los medios de comunicación de masas, pero en todo caso se precisa de la credulidad de la sociedad para que el pánico estalle. Tras estudiar los archivos históricos, la autora muestra cómo entre 1947 y 1954 estalló un pánico colectivo ante el abuso sexual de niños, pese a que los periódicos llevaban años publicando ese tipo de noticias. Otro caso estudiado por la autora es el pánico colectivo desatado por la retransmisión de “La Guerra De Los Mundos” por Orson Welles en 1938, cuando una ficción radiada sobre un ataque alienígena a la tierra desató la alarma entre los estadounidenses. La autora recuerda que el precedente de ese experimento (una emisión equivalente de la BBC realizada por K. Fox en 1926, con idénticos resultados de miedo colectivo en el Reino Unido) fue olvidado, tal vez por un posterior sentimiento de vergüenza colectiva:
La ola de pánico que Welles causó a través de la radio ha eclipsado la que ocasionó Knox. Después de todo, más de un millón de estadounidenses se vieron afectados durante la última ola de pánico (muchos más que en 1926). De todas formas, existía además otra razón: en 1926, había un palpable sentimiento de vergüenza: todos querían olvidarse del hecho tan pronto como fuera posible. En Estados Unidos, por lo contrario, aunque se pudiera hablar sobre la vergüenza, otros grupos dentro de la sociedad se sirvieron en muchos sentidos del pánico para reafirmar su propio estatus (superior). Los sociólogos se vieron involucrados, preparando elaboradas teorías sobre la psicología de multitudes. Se dio una profesionalización del pánico en 1938 que no existía en 1926.
La profesionalización de los provocadores del miedo es así una característica de nuestra época, según Joanna Bourke:
“A pesar de que sólo diecisiete personas perdieran la vida a causa de actos terroristas en Estados Unidos entre 1980 y 1985, el periódico New York Times publicó un promedio de cuatro artículos sobre el terrorismo en cada edición. Entre 1989 y 1992, sólo treinta y cuatro estadounidenses murieron como consecuencia de actos terroristas en el mundo, pero más de 1.300 libros fueron catalogados bajo el rubro de “Terroristas” o “Terrorismo” en las bibliotecas estadounidenses”.
La autora concluye que el miedo es también un arma de dominación política y de control social. Son diversos los autores que denuncian el uso político del miedo como forma de control de la población, haciéndose hincapié en la creación de falsos escenarios de inseguridad ciudadana. A lo largo de la historia ha habido todo tipo de movimientos sociales y culturales fundamentados en el miedo a algo: el milenarismo, en miedo al efecto 2000 o los movimientos apocalípticos.

El miedo es desde antiguo un pilar fundamental de toda la organización social. El hombre por naturaleza nace valiente, un bebé es capaz de mantener la entereza y la tranquilidad aún teniendo delante de si al monstruo de las galletas e, incluso, devolverle una encantadora sonrisa como respuesta, sin embargo los organizadores de la sociedad ven útil la propagación del miedo para reducir a los individuos a su seno ‘protector’, así la cultura y la educación se ocupan de este propósito mediante la enseñanza de historias a la medida y la muestra constante de los horrores de la actualidad.

Por lo tanto, el miedo es una característica inherente a la sociedad humana: está en la base de su sistema educativo, que como expuso de manera radical Skinner, en buena medida se define por el esquema básico del premio y del castigo, y es un pilar del proceso socializador. Buena parte del sistema normativo se fundamente en el miedo, como muestra el Derecho Penal.

La Biblia cristiana hace mención al miedo en su primer libro. En concreto, el miedo se convierte en atributo humano por causa del pecado original:
“Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme. (Génesis, 3,9).

Las religiones monoteístas evidencian un tipo de miedo religioso, el temor de Dios y cada una, desde el judaísmo hasta el islam han desarrollado su particular teología al respecto. Es de destacar que ciertas religiones recurren a adoctrinar en el periodo de aprendizaje infantil con amenazas de sufrimiento infinito y eterno si no se cree en sus postulados y si no se cumplen sus normas. Otras religiones, como el budismo, se fundamentan directamente en la necesidad de evitar el dolor, y por tanto, de manera indirecta, tienen una especial relación con el miedo.

Desde el ámbito de la ciencia política y la filosofía, el miedo se ha identificado como una de las características de la sociedad postmoderna. Ulrich Beck la denomina risikogesellschaft (sociedad del riesgo) en la medida en que es ahora el momento en que por primera vez la especie humana se enfrenta a la posibilidad de su propia destrucción y extinción
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La estrategia del miedo no sólo la suelen aplicar quienes tienen el poder de convertir en realidad la amenaza, (su instrumento retórico) proferida para reducir el adversario a la inmovilidad, sino también los farsantes, quienes la utilizan como simple mecanismo para lograr el mismo objetivo, pero sin tener a la mano la posibilidad de convertirlo en hecho consumado. A veces el amenazado tiene capacidad de respuesta y entonces si el amenazante es un farsante, corre el riesgo de que la fanfarronada le termine saliendo muy cara. En otras oportunidades el amenazante, no obstante estar en posesión de los medios para hacer efectiva su eventual intención descubre que las consecuencias de su acción, ya materializada en un hecho, tienen un costo tan alto que pese a haber perjudicado al enemigo, lo mejor hubiera sido no consumarlo.

Ocurre también que el miedo, como estrategia, es un medio de disuasión o en el mejor de los casos un globo de ensayo a través del cual el amenazante logra su propósito de paralizar, frenar, detener o hacer retroceder a su adversario sin una real intención de llegar a la acción, no obstante disponer de la fuerza necesaria, consciente, como está, de las consecuencias adversas, pero confiado en que su sola amenaza será suficiente para lograr el objetivo perseguido.

La humanidad ha retrocedido y seguirá retrocediendo por el camino que señala el militarismo. La globalización económica pudo tener otros desenlaces que llevaran a la humanidad a estadios superiores de desarrollo, pero fatalmente, y para regocijo del nihilismo, la situación se ha resuelto regresando al viejo esquema de la necesidad de la guerra y la polarización, de los mecanismos de destrucción de fuerzas productivas para implantar nuevas tecnologías bélicas. El mundo se quedó sin imaginación y sin optimismo. Todo lo que viene es una película vista cientos de veces y de la que existen pocas posibilidades de escapatoria. Ha triunfado el reino del miedo y como especie hemos empezado a reaccionar con instintos de sobrevivencia frente a la fatalidad. Se posterga indefinidamente la posibilidad de un planeta regido por la creatividad. Reina de nuevo el homicidio y sus viejas leyes del derecho primitivo de la primacía.
Pero ¿Cómo se mide la opinión en el reino del miedo? ¿Por qué en nuestras sociedades occidentales el miedo parece progresar más que en otros lugares? Porque son las más “tecno-hechizadas”. El sociólogo Ulrich Beck lo ha mostrado, la técnica da nacimiento a una “sociedad del riesgo”: cuando usted se desplaza a caballo, todo depende de su propia habilidad y de su conocimiento del animal en cuestión, cuando usted toma un avión, su seguridad está fuera de usted, puesto que su vida depende de una red de sistemas complejos, en los cuales usted debe confiar a priori. Pero la sociedad del riesgo se vuelve la sociedad del miedo desde que la ciencia deja de inspirar confianza. Es ese el caso en nuestros días: cada uno está íntimamente persuadido que el gran “sujeto supuesto saber” no sabe todo, que está agujereado como un queso gruyere, y que avanza y produce a ciegas.

Y es que nuestras sociedades occidentales no aceptan el riesgo más que a condición de cuantificarlo. En efecto, el sujeto supuesto saber está siendo desafiado a prever el futuro. Mañana no se hará sólo el diagnóstico de las enfermedades una vez que las tengan, se las predecirá a partir del desciframiento del genoma. De allí la emergencia de los nuevos miedos, inéditos, todos productos del cálculo estadístico.

¿Y cómo explicar los miedos relacionados con nuestra salud, y en particular nuestra alimentación, que es lo que más nos preocupa? Es el tipo de miedo más común, porque es la resultante de “tener seguridad” como actitud fundamental del hombre contemporáneo. Cada uno es para sí mismo su bien más preciado. Cada uno se relaciona consigo mismo como con un objeto, con un tener, no con un ser. El impasse es que la salud es perfectamente aleatoria. No hay ciencia de la salud, decía Canguilhem, el epistemólogo de la biología. La salud es un mito, por eso se habla de individuos temerosos y hasta podemos también hablar de sociedades temerosas porque el miedo es la pasión de las sociedades mercantiles.

Hay sociedades donde se mata o se matan por nada, donde la vida cuenta poco frente a la venganza, donde domina el desprecio por la muerte. Una vez que el comercio borró el sentido de lo sagrado y el punto de honor, ¿cuál es el único soberano bien que le resta? Es el bienestar. Lo que domina, es de ahora en más el deseo de cada uno de ponerse al abrigo, tener seguridad. La inseguridad se vuelve el mal absoluto. El culto de la felicidad engendra el reino del miedo. Ya no se comprende la muerte, se rechaza incluso el envejecimiento, se sueña con hacer descender la eternidad a la tierra, y en provecho del individuo.

Por lo tanto, el hombre juega a provocarse miedo. El carnaval de los miedos tiene ciertamente una dimensión lúdica: un miedo caza a otro, hay miedos de moda, se inventan miedos, el público pide miedos. Pero lo que no es un juego es que más acá de esos miedos multiformes y siempre renacientes, se que expresan y camuflan a la vez, la angustia social difusa y cuyo objeto está velado.

Hablamos acá de una angustia que proviene de la tecnificación generalizada de la existencia. Tecnificación que produce polución de las fuentes mismas de la vida y va en camino rampante de modificar la naturaleza de la especie. Se sospecha que el avance irresistible de la ciencia está, sin que lo sepa, al servicio de la pulsión de muerte. El miedo a la bomba atómica ya no es lo que era, sino que el último de nuestros miedos mediáticos es más sutil, se insinúa en lo más íntimo: recesión alarmante de la producción espermática, crecimiento indebido del cáncer de testículo y de las malformaciones masculinas. Llegó el miedo de la no-reproducción biológica y con él, los miedos finiseculares de un Armagedón genético que desataría los cuatro jinetes del Apocalipsis social: La esterilidad irreversible, la inteligencia artificial controladora, la desintegración del modelo occidental y el colapso ético y moral de todas las religiones.

(*) Comunicólogo.
Asesor de Identidad e Imagen Corporativas.
Profesor de Mercadeo Electoral
Escritor

Las venas ocultas de la dictadura

las-venas

por Fernando Mires

1.“Es preciso preferir la soberanía de la ley a la de uno de los ciudadanos, y por este mismo principio, si el poder debe ponerse en mano de muchos, sólo se les debe hacer guardianes y servidores de la ley, porque si la existencia de las magistraturas es cosa indispensable, es una injusticia patente dar a una magistratura suprema a un sólo hombre, con exclusión de todos los que valen tanto como él” (Aristóteles, La Política, Espasa- Calpa, Madrid 1962, p. 111)

El citado texto es sólo una de las muchos donde Aristóteles preveía la posibilidad de que el poder político, que en la polis era de todos los ciudadanos, cayera en manos de los tiranos. Los tiranos, para la mayoría de los filósofos griegos clásicos, eran la expresión máxima de la corrupción de la política y su aparición significaba la caída en la barbarie, que para los antiguos griegos era la vida humana en condición no política. No la civilización, tampoco la cultura, eran para los griegos alternativas a la barbarie, sino la política.

Para ser un humano civilizado bastaba a los griegos vivir en la ciudad. Para ser un humano cultural bastaba disfrutar de los bienes de la ciudad. De tal modo que los bárbaros no eran sólo quienes habitaban fuera de la polis sino, sobre todo, aquellos que con polis o sin polis no estaban en condiciones de acceder a la condición política. Luego, según los griegos de los años 400 a. C. no podían ser ciudadanos políticos ni los niños ni las mujeres, ni los esclavos ni los comerciantes, ni los artesanos, ni los ciudadanos muy pobres; tampoco los militares de profesión.

La democracia griega, como toda democracia originaria, era muy selectiva. Eso no significaba que mujeres, comerciantes, artesanos y militares, e incluso los esclavos, no pudiesen acceder a altísimas posiciones en los espacios de la economía, de la cultura, de la filosofía y de las artes; y en el hecho, así ocurrió. Sólo el terreno político les estaba vedado, y por cierto, por razones muy prácticas: la política debía ser realizada por los hombres libres de la ciudad, vale decir, por aquellos que no dependían de nadie ni de nada para formular sus opiniones en las discusiones políticas. La política era para los griegos el espacio de la libertad, libertad que era, en primera línea, libertad de opinión. Sin esa libertad las demás libertades no podían tener ningún valor.

Muchos, pero muchos siglos después, en el siglo XlX, un joven intelectual francés, admirador apasionado del milagro político de los griegos, creyó encontrar otro milagro del cual los griegos sólo habían sido sus, en el tiempo, muy lejanos visionarios. A fin de dar cuenta de ese nuevo milagro, publicó un libro en dos partes: una en 1835 y la otra en 1840. Ese libro ha pasado a ser un clásico de la teoría política de los tiempos modernos y post-modernos. Sí: me estoy refiriendo a “La Democracia en América” de Alexis de Tocqueville (1805-1859).

2.“La Democracia en América” (Editorial Orbis, Barcelona 1984) no fue un libro escrito para americanos sino para europeos. En Norteamérica creyó encontrar Tocqueville la posibilidad de una democracia profunda, la que no había tenido lugar en Europa después de la revolución francesa. De ahí pretendía Tocqueville extraer lecciones para el posterior desarrollo democrático europeo. La razón de tales preocupaciones era simple: la revolución democrática europea hubo de surgir en un medio hostil a ella. Venía de un pasado absolutista y militar o, para decirlo en un sentido griego: bárbaro. En cierto modo la revolución democrática europea nació secuestrada por su pasado no democrático. Por eso escribió Tocqueville: “Un régimen que ha vivido, durante siglos, bajo el sistema de casta y clases, no alcanza un estado social democrático más que a través de una larga serie de transformaciones más o menos penosas, con la ayuda de violentos esfuerzos y tras numerosas vicisitudes, durante las cuales los bienes, las opiniones y el poder, cambian rápidamente de lugar” (p.219). Ese ha sido también un destino latinoamericano. No fue, por cierto, el caso de la revolución norteamericana.

La idea de la democracia, llevada desde la vieja Europa a América del Norte, pudo crecer en terreno fértil, sin uso de violencia extrema, sin asesinar reyes, sin guillotinas, sin un poder absoluto que heredar, sin santas alianzas y retornos agresivos al pasado, sin alucinaciones ideológicas ni locuras apocalípticas, sin guerras con naciones vecinas, en fin, sin todo eso que ocurrió en Europa, sobre todo en la Francia de Robespierre y Napoleón.

La revolución norteamericana surgió sin ese pathos revolucionario que en el siglo XX llevaría a realizar, y nada menos que en nombre de la propia revolución, esas subversiones antidemocráticas que llevaron a los totalitarismos modernos, creadores del terror más siniestro que conoce la historia universal: el hitleriano y el estalinista. Recordemos entonces a Tocqueville cuando dijo: “Existe un país en el mundo en que la gran revolución social de que hablo parece haber casi alcanzado sus límites naturales; se ha operado de una manera sencilla y fácil o más bien se puede decir que ese país contempla los resultados de la revolución democrática que se opera entre nosotros, sin haber tenido la revolución misma” (….) “Allí pudo crecer en libertad y, avanzando con las costumbres, desarrollarse apaciblemente en las leyes” ( p. 37).

Esa fue quizás la razón que aclara por qué en los EE UU a diferencias de Europa (y de América Latina) las ideologías totalitarias nunca pudieron echar raíces profundas.

El totalitarismo del siglo XX europeo (y ruso) tuvo, en efecto, dos madres: la revolucionaria y la absolutista. Así no debe extrañar que la revolución europea haya traído consigo la restauración del absolutismo (Napoleón) y luego, su radicalización absoluta (Stalin) que eso fue, al fin y al cabo, el totalitarismo.

La revolución francesa, según Tocqueville, vino al mundo portando una doble condición. Por un lado fue antimonárquica y antiabsolutista. Por otro lado fue centralista, autoritaria y despótica. De más está decir que esa doble condición se repetiría en las revoluciones de independencia latinoamericana, con el agravante de que en ellas las revoluciones no surgirían del pueblo sino de los ejércitos. De ahí que aquello que Tocqueville escribió sobre Francia, podría ser subscrito por cualquier historiador en cualquier país latinoamericano con respecto a su propia historia nacional. La cita es algo larga, pero importante:

“La Revolución (francesa) se pronunció al mismo tiempo contra la realeza y contra las instituciones provinciales. Confundió en el mismo odio a todo lo que la había precedido, al poder absoluto y a aquello que podía templar sus rigores; fue, a la vez, republicana y centralizadora (….).Este doble carácter de la revolución francesa es un hecho del que los amigos del poder absoluto se han adueñado con el mayor cuidado. Cuándo los veis defender la centralización administrativa ¿creéis que trabajan en favor del despotismo? De ninguna manera, defienden una de las grandes conquistas de la Revolución. De esta manera, se puede ser popular y enemigo de los derechos del pueblo; servidor oculto de la tiranía y amante confesado de la libertad” (p.65)

En otras palabras: la tiranía surgió en la Nueva Europa en nombre de la revolución. En nombre de la revolución nacieron también la guillotina, el Holocausto y el Gulag. En América Latina, desde los tiempos del tirano Juan Manuel Ortiz de Rozas, pasando por los dictadores militares populistas tipo Perón, hasta llegar a Augusto Pinochet y Fidel Castro, y aún más adelante todavía, hasta Hugo Chávez, la revolución ha sido la religión preferida de casi todas las dictaduras. Prácticamente no ha habido dictador que no haya intentado justificar su mandato invocando el nombre de alguna revolución. Más aún: a diferencia de los norteamericanos que pusieron a la Constitución por sobre todas las cosas, los dictadores europeos y latinoamericanos pusieron a la Revolución por sobre toda Constitución. “El Derecho es sólo lo que la revolución necesita”, fue una de las frases famosas de Robespierre, frase que podría ser subscrita, sin ningún problema, por el Presidente venezolano Hugo Chávez.

En EE UU la revolución democrática, aunque sea paradoja decirlo, nació de constelaciones democráticas. Ello no habla a favor ni en contra de los norteamericanos. Fue, simplemente, como constató Tocqueville, un hecho objetivo, casi un golpe de suerte. La misma opinión mantuvo Hannah Arendt en su conocido libro “Sobre la Revolución” (Arendt; H. “Über die Revolution”, Piper, München 1974) La fascinación que sintió Tocqueville frente al hecho norteamericano, no lo llevó, sin embargo, a pensar que EE UU estaba llamado a jugar un lugar mesiánico en la historia. Tampoco pensó, y así lo expresó en continuas ocasiones, que la norteamericana era la sociedad perfecta. Por el contrario, en su clásico texto “La Democracia en América” se pronunció en contra de la esclavitud, la que sobrevivió muchos años a la Declaración de Independencia. Pero por otra parte, Tocqueville pudo captar agudamente el carácter progresivo de ese desarrollo democrático que alguna vez debería llevar a la abolición de la esclavitud.

La democracia norteamericana, para Toqueville, no era un modo de producción ni un sistema socioeconómico. Mucho menos podía ser una “solución final”. Era sí, y antes que nada, un orden político que, reglamentando las libertades, abría condiciones para la propia profundización de la democracia. En otras palabras: si la liberación de la esclavitud hubiese tenido lugar el mismo día en que fue declarada la independencia, no habría habido Constitución, ni democracia, ni nada parecido. El texto que establecía que “todos los seres humanos son iguales ante la Ley” no correspondía, por cierto, con la realidad inmediata, pero sí, trazó el objetivo a lograr. Jefferson no abolió la esclavitud pero subscribió las normas para que fuera alguna vez abolida. O dicho así: la revolución norteamericana creó las condiciones legales e institucionales para que la lucha por la igualdad fuera posible. Hay por lo tanto una relación de continuidad histórica entre Jefferson, Lincoln y Obama. A través de esa continuidad podemos entender el siguiente texto, clave en la percepción política de Tocqueville:

“Las voluntades de la democracia son cambiantes; sus agentes, groseros. Pero si fuera verdad que pronto no pudiera existir ningún régimen intermedio entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos voluntariamente al otro? Y si hubiera que llegar, en fin, a una completa igualdad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?” (p.150)

“La democracia es la peor forma de gobierno con excepción de todas las demás”, dijo una vez Winston Churchill repitiendo, en su tan propio estilo, la idea de Tocqueville.

Sin instituciones democráticas, postulaba Tocqueville, no puede existir democracia. Pero a la vez, sin ejercicio democrático las instituciones son sólo un cascarón vacío. La soberanía del pueblo es la base de toda democracia y va mucho, pero mucho más allá de la mera asistencia a periódicas elecciones. “En América”- escribía Tocqueville- “el principio de soberanía popular no está escondido o es estéril, como en ciertas naciones. Está reconocido por las costumbres, proclamado por las leyes y a juzgar por sus ventajas y sus peligros, se extiende con libertad y alcanza sin obstáculo sus últimas consecuencias” (p.40).

Ahora, para que el ejercicio de la democracia pueda ser realizado, se requiere, según Tocqueville, dos condiciones elementales. La primera es la separación irrestricta de los poderes públicos. El “poder que bloquea al poder”, según la proposición de Montesquieu que hizo suya Tocqueville, es el antídoto que impide que uno de esos poderes se erija de modo tiránico sobre los demás. Eso quiere decir que allí donde parlamento y justicia se encuentran subordinados al ejecutivo, hay dictadura. Así de simple.

La segunda condición es, a la vez, el rasgo más distintivo de la democracia norteamericana: la descentralización. Mas, no se trata sólo de la descentralización administrativa sino de la descentralización política. O para decirlo con Tocqueville: “lo que más admiro en América no son los efectos administrativos de la descentralización sino sus efectos políticos. En los Estados Unidos la patria se hace sentir por todas partes. Es un objeto de solicitud, desde la aldea hasta la Unión entera. El habitante se liga a cada uno de los intereses de su país como a los suyos propios” (p.62)

Sólo cuando ha sido asegurada la división de los poderes públicos y la descentralización política, es cuando adquieren sentido las tres libertades políticas básicas, que según Tocqueville son la libertad de asociación, la libertad de reunión y la libertad de opinión que se expresa fundamentalmente en la libertad de prensa. De esas tres libertades, la libertad de prensa la llama Tocqueville la “libertad capital”. La libertad de prensa es, en efecto, la libertad de las libertades. Pues ¿para qué reunirse y asociarse si uno no puede expresar su opinión? ¿Y de qué sirve la libertad de palabra si esa palabra no es impresa en un papel (o en una imagen televisiva, diríamos hoy) para que todos quienes quieran conocerla, la conozcan? Tocqueville lo dijo muy, pero muy claro:

“Cuanto más considero la independencia de la prensa en sus principales efectos, más alcanzo a convencerme de que, en los pueblos modernos, la independencia de la prensa es el elemento capital y, por así decir, constitutivo de la libertad. Un pueblo que quiere permanecer libre tiene derecho pues, a que se la respete a cualquier precio” (p. 85). Sin libertad de prensa, el pueblo se vuelve afónico.

3.Leer a Tocqueville en un país democrático sigue siendo un ejercicio de alta calidad intelectual. Pero leerlo en un país cuya democracia se encuentra en peligro, o simplemente, ya ha dejado de existir, puede ser, además, un acto subversivo. En la mayoría de los países europeos los principios democráticos que vio amenazados Tocqueville han terminado –sobre todo después del derribamiento del Muro de Berlín- por imponerse. En ese “tercer Occidente” que es América Latina, aunque después de muchas interrupciones, comienzan esos principios a ser realizados en la mayoría de sus naciones. Más vale tarde que nunca. No obstante, no están, ni con mucho, plenamente consolidados. Hay peligrosas amenazas que se ciernen sobre el pobre continente. A través de las venas ocultas de la dictadura sigue corriendo sangre. Hay, en ciertos países latinoamericanos, gobernantes que manifiestan un abierto desprecio a la democracia. Ese desprecio a la democracia no dejó de asombrar a Tocqueville. Los párrafos dedicados a América del Sur, fueron, desde una perspectiva política, muy duros:

“Pero, ¿en qué lugar del mundo se encuentran desiertos más fértiles, mayores ríos, riquezas más intactas y más inagotables que en América del Sur? Sin embargo, América del Sur no puede soportar la democracia (….) Y aunque no gozaran de la misma felicidad que los habitantes de los Estados Unidos, por lo menos debieran hacerse envidiar por los pueblos de Europa. Sin embargo, no hay sobre la tierra naciones más miserables que las de América del Sur” (….) Veo en otros pueblos de América las mismas condiciones de prosperidad que entre los angloamericanos, menos sus leyes y sus costumbres, y (por eso) esos pueblos son miserables” (p.141)

Sin embargo, aquello mismo que constató Tocqueville en el siglo XlX, a saber, que la democracia tiene un carácter expansivo, se está cumpliendo hoy, durante el siglo XXl, aunque con dificultades, en la por el llamada América del Sur. El camino ha sido largo, pedregoso y lleno de espinas. Mas, si Tocqueville volviera al mundo, y comparara lo que eran esas bárbaras naciones latinoamericanas del siglo XlX, con las que hoy existen, estoy seguro que no habría podido evitar una sonrisa benevolente. Aún no alcanzan, las nuestras, el nivel democrático norteamericano, que duda cabe. Pero hay que constatar que después que terminó la Guerra Fría, hay un indiscutido proceso de democratización en América Latina.

¿Que los gobiernos latinoamericanos que han surgido recientemente son en su mayoría populistas? Pero ¿es que alguien ha imaginado que los procesos de democratización han de ser prístinos y límpidos, tal como aparecen en los manuales de politología? ¿Piensa alguien que una verdadera democracia puede existir sin la incorporación a las luchas políticas de la mayoría de la población de cada país? ¿Y cómo incorporar a esas mayorías excluidas sin alteraciones, exabruptos y anormalidades populistas, incluso mesiánicas? Por una parte, es cierto, existe excesivo centralismo gubernamental en algunas naciones. Pongo como ejemplo el caso de Colombia y Ecuador. Pero a la vez sería interesante que alguien respondiera como se puede gobernar sin cierta centralización autoritaria a un país plagado de narcotraficantes, guerrillas asesinas y paramilitares como es Colombia. O como se puede salir de la profunda crisis política que acosaba a Ecuador, sin afirmar primero el poder ejecutivo, tan mal llevado a traer por las administraciones que precedieron al rígido gobierno de Rafael Correa.

¿Que están apareciendo por doquier gobiernos demagógicos de izquierda? ¿Y qué se puede esperar si en América Latina casi nunca ha habido verdaderas derechas políticas, a menos que queramos denominar como derecha a los militares, o a gobiernos de “empresarios no emprendedores”, sin tradición, cultura, ni disposición política, y sin siquiera religión ni moral, como las que cultivan los derechistas europeos? Es cierto que Evo Morales no es un gobernante al estilo suizo u holandés, pero a la vez representa a grandes masas indígenas que alguna vez debían hacerse presente en los escenarios políticos. ¿Que su ideología es la del socialismo de la edad de piedra? De acuerdo; de eso no cabe la menor duda. Pero él tomó la que tenía a su alcance, y si no tiene otra, es porque los destacados sociólogos de izquierda que hay en Latinoamérica (¡qué miseria más grande!) no fueron capaces de proveerlo con ideas diferentes. ¿Que los argentinos siguen siendo peronistas? ¿Y que otra cosa puede ser un argentino si hasta los antiperonistas son peronistas? ¿Que los chilenos son los fenicios del continente? Si, también es cierto. ¿Que Lula gobierna al país como si fuera una empresa comercial, sin moral ni principios políticos? Sí; así es. Pero Lula sólo repite el ejemplo que dieron gobernantes europeos y norteamericanos, antes de Obama. En fin, quien quiera encontrar democracias perfectas, que vaya a buscarlas a Júpiter, porque aquí, en este planeta, no las hay. Y mucho menos en Latinoamérica, donde recién están apareciendo indicios democráticos. Si la democracia fuera perfecta, la política terminaría con la democracia; y es ahí donde recién comienza. El problema es otro. El problema es –para decirlo en breve- la posibilidad del regreso de las dictaduras militares, posibilidad que ya comienza a cristalizar en la Venezuela de Chávez.

4.Aquello que constataba Tocqueville, la miseria política de los sudamericanos, no tiene nada, o sólo poco que ver con el carácter anglosajón diferente al español; ni mucho con las diferencias entre la ética protestante -adjudicada por Max Weber a los cristianos del norte europeo- y el catolicismo romano. Esas son simples explicaciones supra-históricas. Como Tocqueville no dedicó su genial obra a estudiar la situación sudamericana, no advirtió las fallas geológico-políticas que caracterizan a la historia de la democracia en la región. Se trata, efectivamente, de fallas de formación originaria. Y una de las más profundas reside en el hecho de que, a diferencias con los EE UU, el Estado latinoamericano no surgió de la Nación, sino la Nación del Estado. Peor todavía: el Estado surgió, en la mayoría de nuestras naciones, del Ejército. No fueron por tanto comunidades sociales laboriosas las que dieron origen al Estado-Nación, sino regimientos forjados entre luchas independentistas y caudillescas. Esa es la base precaria sobre la cual Latinoamérica comenzó a construir sus democracias. Y no tenemos otra.

El peligro que acosa a las democracias más precarias de América Latina -la mayoría de ellas organizadas hoy en el ALBA- no reside tanto en su modo de ser populista –que con eso hay que contar por mucho tiempo- sino en el hecho de que dichas naciones se han articulado, en condición de satélites, alrededor de un eje que menos que político es militar, y que menos que democrático es dictatorial. Me refiero al eje geopolítico formado por Chávez y los Castro al que en otra ocasión denominé “el núcleo antidemocrático de América Latina”.

En Cuba, a través de la revolución, la nación regredió a su condición originaria, a la del Estado militar, situación que se ha mantenido durante medio siglo. Dejando al lado las ideologías de legitimación, que pueden ser muchas, pienso que para entender a Fidel Castro hay que seguir la línea de Gerardo Machado (1925-1933) y Fulgencio Batista (1940-1944, y 1952-1959), línea de la cual él fue y es su continuador en el poder.

En Venezuela, a su vez, tiene lugar una regresión progresiva que ya se hace manifiesta en su forma militar dictatorial. Los mejores historiadores venezolanos, sin excepción, han percibido que, también más allá de las ideologías, hay una línea de continuidad entre las dictaduras militares de Juan Vicente Gómez (1908-1935), Marcos Pérez Jimenez (1952-1958) y Hugo Chávez (1999- ¿?). Por lo menos los tres nunca se cansaron de invocar a Bolívar. A su modo, los tres fueron bolivarianos, cada uno en su estilo. Como sucedió en Europa durante el siglo XlX, donde a través de la revolución comenzó el regreso al absolutismo, pero bajo nuevas formas, en América Latina la amenaza del retorno al pasado se ha hecho manifiesta a través de las dictaduras militares, cualquiera sea la forma o las ideologías (de izquierda o derecha) que ellas adopten. Al fin y al cabo, eso es lo menos importante. Se ha dicho, por ejemplo, que Chávez usa al Ejército como instrumento personal. Quizás ha llegado la hora de preguntarse en que medida Chávez es un instrumento del Ejército, en esa larga lucha por (re)hacerse del poder.

Escribió Karl Marx en “El 18 de Brumario de Luis Bonaparte”, que la historia se repite: una vez como tragedia, otra vez como comedia. Esa comedia, olvidó quizás decir, puede convertirse en una tragicomedia. En cualquier caso, lo que quería decir el hegeliano Marx, es que la historia intenta repetirse a sí misma, o lo que es parecido: regresar a sus orígenes. También en los EE UU, cuando el país atraviesa por serias crisis, sus políticos se remiten a esos orígenes que tan bien describiera Tocqueville. El problema es que mientras los orígenes de la nación norteamericana son constitucionales y democráticos, las de las sudamericanas son militaristas y dictatoriales. Ahí, en ese pasado, residen las venas ocultas de las dictaduras de nuestro continente. Mientras los padres de la patria norteamericana fueron, en primer lugar, políticos y filósofos, los de las patrias sudamericanas fueron valientes y carniceros combatientes. Mientras Estados Unidos sólo ha tenido que continuar sus tradiciones democráticas, las naciones latinoamericanas, para alcanzar el estadio democrático, han debido romper con su pasado, ruptura que no es posible realizar sin pasar por situaciones traumáticas como la que vive en estos momentos la ciudadanía democrática venezolana. Pero que esa no será la última experiencia de ese tipo que vivirá el continente, estoy casi seguro. El pasado siempre vuelve, escribió Freud en indirecta sintonía con Marx: a veces como sueño, otras veces como pesadilla.

Pero Freud fue más allá que Marx. El pasado que vuelve, agregaba, no es el pasado que pasó, sino otro pasado cuyo lugar de origen –esta es la paradoja– no está en el pasado, sino en el presente. En otras palabras: aquello que vuelve no es una repetición, sino una representación del pasado realizada en el presente. Extrapolando la tesis de Freud al espacio político, esa tesis significa que, para que el pasado sea pasado, y nunca más presente, hay que desalojarlo del presente, entendiendo al pasado como lo que realmente fue: pasado. Tan fácil es decirlo; tan difícil es hacerlo.

No obstante, las venas ocultas de la dictadura no yacen sólo en el pasado, sino también ocultas en el presente, aunque a veces ya convertidas en várices. En ese sentido, quisiera terminar este artículo con un enunciado y una insinuación.

El enunciado dice: en los tiempos que vivimos que son los de la globalización, la idea de la democracia también se ha globalizado, y lo ha hecho hasta el punto que muy pocas dictaduras se asumen como tales, y adoptan, o se ven obligadas a adoptar, “formas” de representación democráticas. En la mayoría de los casos se trata de dictaduras electas y electoralistas que utilizan las elecciones como medio de acceso al poder, ya sea falsificándolas (Bielorusia, Nicaragua) o manipulándolas (Zimbawe, Venezuela). En la mayoría de los casos, no acceden al poder violentamente mediante un golpe de Estado, por ejemplo, sino que realizan una toma de poderes “en cámara lenta” hasta que llega el día en que alcanzan todo el poder sin que la ciudadanía se dé cuenta como eso pudo llegar a suceder.

Y la insinuación dice: los estudiantes de ciencias sociales ya tienen un tema altamente interesante para realizar trabajos de diploma o doctorado: el de la caracterización de “las nuevas dictaduras”. Ya se han hecho algunos avances en ese sentido. Hay quienes hablan de “las dictaduras del siglo XXl”. Eduardo Galeano (nuevamente famoso) propuso hace algún tiempo el término de “democratura” para referirse a las débiles democracias que surgían después del descenso de las dictaduras del sur latinoamericano. Quizás el término para referirse a las nuevas dictaduras pueda ser entonces el de “dictacracia”. Los venezolanos, siempre imaginativos, hablan de la “dedocracia”. El término “dictaduras post-modernas”, aunque muy cursi, podría ser apropiado. Lo cierto, aunque parezca ingenuo decirlo, es que ninguna de esas “nuevas apariciones” es democrática. Por lo menos no lo son en el sentido griego, y mucho menos en el de Alexis de Tocqueville.

fernando.mires@uni-oldenburg.de

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