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Democracia siglo XXI

mes

noviembre 2010

El pensamiento como forma de realidad

Teódulo López Meléndez

I

El mundo parece un paciente diagnosticado al cual no se le ofrecen demasiadas esperanzas. Desde la organización mundial o regional de los Estados hasta el problema del agua, desde enfermedades sociales hasta el problema de los refugiados, por doquier se enlistan las calamidades y los desajustes.

La queja recurrente sobre el agotamiento de la ONU o sobre la inoperancia de la OEA son respondidas con ofertas de cambio que no se materializan. Estos mal llamados organismos internacionales, dado que no son otra cosa que intergubernamentales, padecen los latidos de sus integrantes en busca de oxígeno.

No obstante, en este período de transición de viejas formas a formas aún borrosas, los organismos intergubernamentales cumplen una función esencial como lo es la de tratar de coordinar esfuerzos sobre este paciente llamado planeta.

Durante la Cumbre del Milenio celebrada en la ciudad de Nueva York, en septiembre de 2000, los 189 estados miembros de Naciones Unidas adoptaron la Declaración del Milenio. Este documento contenía un grupo de metas y objetivos clave, algunos de los cuales fueron redefinidos más adelante en una proyección de trabajo plasmada en la Declaración del Milenio. Las ocho metas fijadas son harto conocidas: Erradicación de la pobreza extrema y el hambre, acceso universal a la educación primaria, promover la igualdad de géneros, reducción de la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA y otras enfermedades, asegurar la sostenibilidad medioambiental y desarrollar asociaciones globales.

Sobre cada una de estas metas se han redactado extensos documentos de análisis y señalado las fallas de su implementación, así como mediciones necesariamente diversas sobre los avances logrados. Personalidades e instituciones u ONGs han incidido señalando particularidades como la desigualdad en el reparto de la riqueza antes que falta de ella, definiciones sobre exclusión, menciones sobre la feminización de la pobreza, los gastos militares, el acceso a la educación, el trabajo infantil, el derecho a la salud, esto es, un enriquecimiento de los conceptos sobre Derechos Humanos que se extienden desde lo civil y político, hasta lo económico, social y cultural.

A ello se suman los cientos de miles de refugiados que han debido abandonar sus hogares, las migraciones que desafían el concepto de espacio delimitado, la degradación del medio ambiente, todo lo cual implica la necesidad de una nueva colaboración todavía afectada por prácticas inefectivas, la implementación de nuevos y audaces métodos que permitan equilibrar de manera pareja la reducción de la pobreza y de la hambruna y un uso extensivo de la tecnología de la comunicación en ese combate.

Por encima de los listados afloran planteamientos de fondo, muchos de los cuales se ven obviados en la terca hipocresía de las relaciones mundiales.

II

La economía, alzada por encima de la política, puede conducirnos –de hecho nos conduce- a un aumento de las desigualdades entre países y entre seres humanos. Ya se ha señalado el peligro del surgimiento de una “sociedad disociada”.

Los patrones económicos cambian mientras los líderes mundiales se comportan como si todo se limitara a una crisis puntual, persistente pero superable con procedimientos habituales. Continuamos explotando fuentes de energía fósil con una voracidad creciente, pero paralelamente afectamos los mares, la agricultura y los bosques. El rendimiento de los alimentos, considerados por hectárea, han subido, pero generalmente a un precio nada deseable. Los medios de producción han cambiado a tecnología intensiva. Aquello que llamábamos campesinos sobreviven en zonas reducidas del planeta y no hay quien absorba la mano de obra sobrante por causa de la técnica o por mudanzas a zonas nacionales de mano de obra barata. Ha aparecido por todas partes lo que se ha dado en denominar “economía informal”, la cual ocupa en los países en desarrollo algo más del 50 por ciento de la población, dependiendo de continentes y zonas. Para producir se necesitan cada vez más conocimientos y ellos no parecen alcanzar a la parte del mundo donde hay que reducir la pobreza. Atraer la tecnología parece exigir condiciones que sólo países como aquellos que integran el BRIC u otros asiáticos logran ofrecer. Estados con gran burocracia –el Estado como supremo empleador- han tenido que afrontar disminuciones dramáticas para enfrentar déficits que hacían inviables sus economías. Por lo demás cabe recordar una vez la pérdida de poder de los Estados-nación inmersos en un proceso de reorganización política mundial que no termina de cuajar.

Frente a las metas del milenio crece la desigualdad entre países. Y es aquí, seguramente, donde brota en toda su dimensión la crisis política de un mundo globalizado que carece de mecanismos mundiales de poder efectivo, que funciona con organismos de posguerra y no de tercer milenio. Y, más aún, con una crisis conceptual de la política, con un envejecimiento inocultable de sus métodos y procederes que contrasta en años luz con los avances de la ciencia y de la técnica.

A pesar de los buenos propósitos de los objetivos del milenio la polarización entre ricos y pobres sigue estando allí, entre naciones, entre hombres y mujeres, causando serios planteamientos sobre la permanencia de la democracia e, inclusive, sobre la preservación de la paz. Las guerras parecieran no amenazar al siglo XXI desde la óptica tradicional. Ahora vienen de conflictos interétnicos (África ha sido un ejemplo patético), del racismo, de la xenofobia, del terrorismo, de los nacionalismos extremos renacidos como fogatas, de la intolerancia religiosa como se manifiesta en asesinatos masivos del otro.

Zonas específicas del planeta –caso Europa- deberán enfrentar el envejecimiento de su población mientras en ella aumenta la xenofobia hacia sectores migratorios a los que deben buena parte de su estado de bienestar. Ya dijimos que la palabra “campesino” abarca cada día a menos gente, lo que indica una concentración urbana cada vez mayor, al tiempo que las migraciones se le asemejan en volumen y en características. Al mismo, en muchas ciudades se forman barriadas casi sometidas a aun apartheid y que, de cuando en vez, estallan, produciendo destrozos generalizados. Se entremezclan los problemas, como lo hacen migración y urbanización. Como lo hacen unos y otros con el deterioro medioambiental que se manifiesta en los mares, en el aire y en la tierra. Parece asomarse la ética como tarea prioritaria.

La globalización avanza como fenómeno que se justifica a sí misma, un avance indetenible, mientras la política se estanca, o mejor se sumerge, para dar paso a tendencias autoritarias, a un eventual brote generalizado de totalitarismo. Hemos abogado por un encuentro de culturas, por un respeto a la pluralidad y a la diversidad. Sólo con tecnología no se puede, aunque la usemos para el bien del conocimiento y como una oportunidad única de aprender a respetarnos por el saber que adquiramos del otro.

III

Escasean los inventores de mundo. Se requieren protagonistas de la visión teórica de la política. Aquí las verdades se han derruido y hay que ir sobre las nuevas formas de la organización social. Lo que preside al mundo es la incredulidad. Los discursos viejos están deslegitimados. Alguien ha hablado de un cielo ahistórico. Si no hay planteamiento filosófico-político emancipatorio en el sentido de dotar al sueño de un corpus de ideas tampoco habrá emancipación de los graves problemas que nos afectan.

Nadie habla de un encierro. La filosofía se hace de teoría y praxis. Hay que desconstruir los viejos paradigmas y realizar los nuevos modelos partiendo de la realidad del hoy. Los que se dedican a cultivar el pasado pierden la capacidad de pensar. Este ser humano inteligente está por alzarse del envoltorio terrestre hacia la búsqueda de una nueva casa y debe reorganizarse hacia la aparición de un nuevo orden social. El que no se de cuenta que ha terminado una época jamás estará en condiciones de iniciar otra. El fracaso de las ideologías se debió al intento totalitario de envolver la historia, la naturaleza y la vida. Debemos hacernos de un pragmatismo atento a las incitaciones del presente y a los desafíos de las circunstancias teniendo en la mano las respuestas de una filosofía política renovada. El amontonamiento de hechos y más hechos al que nos fuerza este presente de transición exige pensamiento.

El origen unitario de la vida nos obliga a la concepción de un humanismo global hacia un comunitarismo de entendimiento y aceptación de la diversidad. La diversidad del mundo nos obliga a revalorizar la solidaridad en un gran gesto de conciencia. Tenemos deudas pendientes por saldar: el diálogo intercultural, la admisión y el respeto de las diferencias, la ruptura de los lastres a las viejas formas de organización política. El hombre de este tiempo vive la ruptura con un mundo que se tambalea. Hay que darle respuestas partiendo del principio de que el pensamiento es una forma de realidad.

La teoría política debe, pues, enfrentar al siglo XXI. Quizás el vacío provenga de la aplicación a las ciencias políticas del principio de que aquello que no fuese empíricamente demostrado quedaría fuera de significado. Es menester una pluralidad de ángulos de visión que la urgencia de encontrar una certidumbre sepultó. Ya no se requiere un corpus homogéneo, lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Algunos hablan de ofrecer no una mirada sistemática sino sintomática. Hablamos sobre una realidad, no sobre la inmortalidad del cangrejo. Es lo que otros denominan la teorización de la política y la politización de la teoría. Por ello hablamos de los problemas del mundo.

Tiene que haber una relación entre la teoría política y el funcionamiento de las democracias, hay que darle una respuesta común a las exigencias cotidianas de la democracia, por la muy sencilla razón de que la globalización ha tenido un efecto particular: todos los hombres, en buena medida, se están enfrentado a los mismos problemas, lo que para nada lleva al olvido de las particularidades, las que, por el contrario, se hacen manifiestas al pedir políticas de reconocimiento.

Sin pensamiento democrático renovado la tendencia será fuerte al enfrentamiento y al totalitarismo.

teodulolopezm@yahoo.com

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La paradoja de la soberanía

Por Ricardo Viscardi

La Corte Interamericana de Derechos Humanos quizás no haya tomado en cuenta, al imputarle al Estado uruguayo la condición antidemocrática de la Ley de Caducidad de la pretensión punitiva del Estado (ley de impunidad para los violadores de derechos humanos), que también estaba poniendo de relieve una paradoja de la Soberanía. En efecto, este caso destaca una vez más que un cuerpo electoral puede darse una ley que contradiga la delegación de poder en una legalidad igualitaria. Ahora, tal “caducidad” que el Estado uruguayo se aplica a sí mismo, constituye un estado de excepción de la legalidad democrática, en cuanto antepone la discrecionalidad de un poder (el presidente de la república establece ante casos particulares la obligación de los ciudadanos respecto a la norma) por encima de la separación de poderes que garantiza el ejercicio democrático de la soberanía popular.

Si nos atenemos al criterio de Schmitt, jurista de filiación política nazi, para quien “es soberano quien decide el estado de excepción”, nos encontramos en el caso uruguayo con la identificación de dos soberanías contrapuestas: el cuerpo electoral y la voluntad presidencial. El cuerpo electoral instala tal estado de excepción en cuanto declina por plebiscito liberar al derecho democrático de su propia caducidad, el presidente de la república en cuanto decide gubernativamente acerca de la imputabilidad jurídica de los ciudadanos.

Es sugestivo que distintos analistas hayan planteado la contradicción que establece la “ley de caducidad” exclusivamente entre la política y el derecho[2]. Desde este punto de vista, lo que se atiende no es la soberanía, pautada por la indivisibilidad del ejercicio del poder, sino la autonomía, pautada por la cohesión jurídica de la decisión (más allá de la condición ética o de otra índole de la decisión). En efecto, la soberanía autocrática (por ejemplo la del señor medieval) no necesita de cohesión entre la norma y la voluntad arbitraria que la impone o deroga, por consiguiente el derecho no es condición inherente a su actuación, más allá de una normatividad regulada por el mero ejercicio del poder. Ahora, el criterio de autonomía, según el cual “autónomo es quien se da su propia ley” sí exige, por el contrario, la cohesión entre la decisión y el fundamento.

La necesidad de cohesión de la autonomía manifiesta inequívocamente que la soberanía en la modernidad adopta el carácter de auto-transparencia. El soberano debe ser capaz de fundar la validez de las normas que erige, en calidad de otros tantos efectos de su propia transparencia de criterio. Sin embargo, esta misma transparencia transluce, según se mire, la soberanía del cuerpo electoral (que legisla directa o indirectamente las normas) o su delegación en la norma legal (que adquiere “fuerza de ley” en tanto es promulgada). El soberano autónomo y su delegación normativa debieran formar parte de un único criterio de representación democrática, pero en el caso de la “ley de caducidad”, sin embargo, el soberano elector manifiesta su disposición a violar la normatividad democrática, mientras que las normas legales se encuentran mancilladas en su fuerza de ley por un ley que se inspira en la coacción de la fuerza física (de origen militar).

La opacidad no es en este caso efecto de un relativismo antropológico. Uruguay no está afectado por una memoria cultural teocrática que obnubile –entre otras posibilidades de coerción- la rectitud del sistema jurídico con relación a la tradición democrática, en particular en razón de la acendrada laicidad de sus instituciones y costumbres. Antes que provenir de un extrañamiento idiosincrásico de la norma, la opacidad democrática en estas condiciones adviene en razón de un ejercicio desviante de la cohesión autónoma del soberano. Este último entiende que sus fines políticos se encuentran favorecidos por una opacidad de la delegación representativa del derecho con respecto a la democracia. Parece haber intervenido, para disuadir la revocación por plebiscito de tal engendro antidemocrático, la convicción que ganó a una parte de la ciudadanía acerca de la posibilidad de una presión militar -que hubiera afectado la estabilidad de las propias instituciones democráticas- a favor de los eventuales imputados. En tanto reacción corporativa castrense esta actitud habría sido adversa a la anulación “ley de caducidad”, en razón de las consecuencias penales que acarrearía para parte del estamento militar.

Sucede en este caso que la autonomía ha abandonado la igualdad de condiciones del ejercicio de la ley para los ciudadanos, de forma tal que el soberano terminó por confirmar un laudo contrario a los intereses populares de la democracia. Si se analizaran las condiciones en que este laudo se estableció, en particular con el antecedente del rechazo por plebiscito de una constitución antidemocrática sin pleno ejercicio de las libertades públicas, o incluso, la renuncia de sectores afectados en su propia trayectoria política por las mismas violaciones que abogan por mantener impunes, este laudo antidemocrático sería aún más gravoso.

Si se admitiera que tal declinación de la normatividad democrática fue instruida por una estrategia democrática a largo o mediano plazo (la “ley de caducidad” lleva en vigor casi un cuarto de siglo), no sería tampoco posible sostener que tales fines políticos sean democráticos en el sentido de la delegación representativa, ni que tal estrategia corresponda a una auto-transparencia de la decisión autónoma. La opacidad no afecta sólo a la formulación, sino también a la preferencia, ya que sin la integridad que requiere la decisión propia, la democracia no recordaría héroes legendarios ni hubiera necesitado de otro origen que su propia eternidad.

Sin embargo la opacidad que afecta a la auto-transparencia es de una índole alternativa con relación a la crueldad punitiva de la autocracia. La distancia entre la indivisibilidad soberana y su multiplicidad de efectos sociales, estriba en la emanación del sentido, a partir de una fuente de ordenamiento en dirección al orden que determina. Ahora, la auto-transparencia supone, en aras del necesario fundamento argumentado, la exhibición de la relación entre la fuente del poder y su ejercicio en particular, de forma tal que la posibilidad de una “acción en retorno” del efecto sobre la causa inicial no deja de estar planteada desde el inicio de la acción. No es extraño entonces que la responsabilidad termine por substituir en calidad de criterio al valor postulado, en tanto este encierra la previsión de un desenlace. Conviene recordar al respecto que el argumento de una preeminencia de la ética de la responsabilidad por sobre una ética de los valores fue particularmente esgrimida, en tanto calidad diferenciada a favor de la misma “Ley de caducidad”, por quienes la pergeñaron políticamente.

En términos de responsabilidad la soberanía es apelable y la autonomía puede admitir la excepcionalidad de consideraciones coyunturales. Por consiguiente, consideraciones edificantes pero indecidibles desde el punto de vista ético pueden conducir a claudicar en la defensa de principios morales. Esta opacidad “razonable” interviene directamente en el caso de la “ley de caducidad” cuando se esgrime el argumento de los perjuicios que acarrearía para el Uruguay con relación a los laudos de la propia Corte Interamericana de Derechos Humanos. Pero el mismo criterio interviene cuando se modifican determinadas regulaciones económicas, en particular relativas al secreto bancario, en aras de evitar una imputación lesiva ante el sistema jurídico-financiero internacional.

Ni las invectivas y sanciones a medio camino entre lo moral y lo económico de la Corte Interamericana de Derechos Humanos o de la OCDE cristalizan otra cosa que la opacidad de la soberanía nacional uruguaya. Luego, es necesario preguntarse por la índole de una soberanía entendida en tanto emanación de la entidad nacional, que sin embargo frena sus propios ímpetus bajo la tutela de soberanías ajenas (vernáculas o extranjeras) a su propia integridad autonómica.

Nada mejor para calibrar el vuelo soberano en cuestión que la consideración de la autonomía en tanto tutelada por la misma soberanía. En efecto, si la autonomía universitaria supone una excepción en el ejercicio soberano del gobierno de los recursos públicos, tanto en su organización como en su destino universitario, tal excepción estampa la transparencia autónoma de la soberanía. O sea, la condición propia de la autonomía en tanto auto-transparencia de la soberanía, irradiada desde la propia sede universitaria del saber. Sin embargo, desde el propio partido de gobierno se ha sostenido enfáticamente la conveniencia de “regular” la actividad de la Universidad de la República. Mostrando el reverso de lo mismo, la soberanía regula ahora a la misma autonomía, que debiera sin embargo expresarla como su condición intrínseca, en tanto universalidad del saber nacional. Luego, tal reversión de la cara interna de la nacionalidad puesta a la luz de la cara externa de la misma soberanía que debiera acuñarla, manifiesta ante todo que tal control no puede provenir de aquella autonomía que es controlada, ni de aquella soberanía que esa autonomía cohesiona, sino de otra sede que inspira la regulación.

En este caso, la soberanía que se superpone e interviene en la autonomía nacional de la universidad no actúa por emanación, sino por transposición de una comunidad universitaria internacional, que aportaría las pautas de tal control universal de la excelencia de las universidades. Pero esta comunidad no necesariamente expresa una interrelación entre naciones, desde el momento en que éstas deben abdicar (Corte Interamericana de Justicia, OCDE, etc. por medio) de sus ínfulas nacionales en aras de reglamentaciones internacionales. El modelo de una soberanía comunitaria de naciones se encuentra en el estado más delicado, en términos de salud política, en particular tras la segunda guerra de Irak, donde fracasara en toda la línea posible de disuasión. Si tal soberanía que pretende regular la autonomía universitaria nacional no fuera ella misma de índole inter-nacional, nos encontraríamos (universitaria y universalmente) sometidos por un poder mundial sutil y sin embargo estratégico por su orientación, que se escuda sin embargo en la luminosidad del conocimiento, quizás, de una “sociedad de la información” o “del conocimiento” por encima de fronteras, tanto como por fuera de idiosincrasias.

Cabría plantear si la paradoja de la soberanía nos deja más inermes ante la prevaricación del saber o si por el contrario nos sitúa en la perspectiva de una comunidad de luchas mundiales, a protagonizar en distintos contextos nacionales.

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(1) Gómez, N. (2010) “El concepto de “poder” en Carl Schmitt de 1954” Biopolítica de los estados de excepción http://biopoliticayestadosdeexcepcion.blogspot.com/2010/08/el-concepto-de-poder-en-carl-schmitt-de.html

(2) Ver en particular Semanario Voces Nº 277 (04/11/10) Montevideo.

(3) Para Vattimo esta característica de la modernidad es constitutiva no sólo de la esfera normativa, sino incluso del desarrollo del conocimiento a partir de Kant. Ver Vattimo, G. (1989) La sociedad transparente, Paidós, Barcelona,p.96.

(4)Sin libertades públicas garantidas, el cuerpo electoral uruguayo hizo abortar una constitución de inspiración totalitaria en 1980, ver “Que nunca falte” Montevideo Portal (11/11/10) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_124302_1.html

(5) Ver al respecto en este Blog “El Estado-Orga” 1ª quincena de noviembre 2010.

(6) El senador Gonzalo Aguirre desarrolló esa fundamentación a partir de la distinción establecidad por Max Weber entre “ética de los valores” y “ética de la responsabilidad”.

(7) Márquez, M. “Bordaberry: al final Lacalle tenía razón” La República (04/11/10) Montevideo http://www.larepublica.com.uy/politica/430395-bordaberry-al-final-lacalle-tenia-razon

(8) “FA dispuesto a igualar Udelar con universidades privadas” Ultimas Noticias (18/09/10) Montevideo http://www.ultimasnoticias.com.uy/hemeroteca/180910/prints/act07.html

Ineptos, timoratos y equivocados

Por Alberto Medina Méndez

Muchos de los problemas con los que convivimos a diario, podrían haber sido derrotados o, al menos disminuidos en sus efectos, hace ya bastante tiempo. Algunos de ellos son de complejo abordaje. Su solución implica una aproximación sofisticada que requiere de altas dosis de habilidad, inteligencia y astucia.

Sin embargo otros, los mas por cierto, han quedado allí en su lugar, o con tímidos avances, o hasta con retrocesos. Se trata de cuestiones que merecen ser resueltas, y que sin embargo permanecen inermes, sin mutaciones importantes. Una numerosa nómina de cuestiones estructurales que jamás se encaran, persisten de modo inalterable, sin que nadie haya tomado nota de ello.

Y es que la política sigue su propio ritmo, y la sociedad, el ciudadano medio, otro tanto. Para resolver problemas es preciso enfocarse, intentar una determinada concentración para abordarlos con alguna probabilidad de éxito. Lo concreto es que muchos de esos dilemas, ya debieron ser superados, y están conviviendo con nosotros sin siquiera estar en la agenda de los asuntos a descifrar. Los motivos que explican esa situación son múltiples, variados, pero claramente se pueden encontrar a unos cuantos de ellos que pueblan nuestra rutina política.

Algunas de esas cuestiones solo no encuentran solución porque quienes tienen la responsabilidad de llevar adelante las políticas que intenten embestirlos no son los más hábiles, ni los más preparados, sino simplemente, y en el mejor de los casos, gente con buena intención pero sin entrenamiento, sin preparación y sin planes para gobernar. En otros casos ni eso, solo perversos personajes que esperan llevar adelante sus estrategias políticas que poco tienen que ver con la preocupación cívica.

Otros, quedan a mitad de camino, simplemente porque no tienen la convicción, la determinación, el coraje y la osadía necesaria para tomar las decisiones necesarias. Los gobiernan las ecuaciones electorales, no dan un paso sin medir las eventuales secuelas en las urnas, y miden sus movimientos solo en función del calendario electoral. Todo lo que no les suma en el corto plazo, simplemente no lo hacen. Creen que con repetir algunos discursos rimbombantes, les alcanza. Hacer lo que deben hacer no les resulta conveniente, por lo tanto trasladan su cobardía a la acción y se quedan en tímidas acciones parciales que no llevan a ninguna parte. Siempre encuentran argumentos convenientes que justifican porque no hacer lo que hay que hacer. Son timoratos, sin valores ni principios y los canjean en la primera de cambio, solo para intentar sobrevivir a la próxima compulsa eleccionaria.

Pero el grupo mas voluminoso, mas significativo, es el de los “equivocados”, esos que creyendo tener razón, siguen insistiendo con diagnósticos erróneos, que se derivan linealmente en estrategias inadecuadas y en políticas deficientes que obviamente no apuntan al problema. Ellos se caracterizan por formular diagnósticos incompletos, mal orientados, sesgados y hasta tramposos. Dibujan escenarios inexistentes, y sobre ellos trazan idealizadas fórmulas convincentes, predecibles y atractivas.

Es muy sencillo distinguirlos porque confunden consecuencias con causas. Lo suyo siempre es el corto plazo. La solución de fondo no llega jamás, porque no tienen el diagnostico adecuado, porque sus políticas atacan efectos y no causas, y eventualmente no tienen ni el coraje de abordarlos ni la gente adecuada para afrontarlos.

A no equivocarse, no hablamos solo de oficialismos, porque la inmensa mayoría del arco opositor no escapa a esta regla. No están preparados, no tienen proyectos, solo meros enunciados políticamente correctos, plagados de voluntarismo y sostenidos sobre débiles argumentos secundarios que no van al fondo de la cuestión.

La política contemporánea de todo el globo intenta enfrentar la complejidad de los desafíos del presente con las viejas fórmulas retóricas del pasado. Esas que ya demostraron su ineficacia, y que ahora no tienen chance alguna de constituirse en la brújula del futuro.

Sería muy fácil responsabilizar a la dirigencia actual de tantos males. Pero cabe intentar no repetir ni sus errores, ni su dinámica. Los políticos siempre analizan los efectos, y rara vez las causas. Intentan resolver los problemas atacando la superficie, lo que se visualiza, es decir solo los efectos de los hechos.

Los ciudadanos estamos repitiendo invariablemente ese ineficaz procedimiento. Nos enojamos con los mensajeros, nos ensañamos con los interlocutores. Tal vez aun no hayamos sido los suficientemente autocríticos como para entender que las causas están mucho más cerca de donde las estamos buscando. La política, con sus propios vicios y rituales, no es más que un reflejo empeorado de nosotros mismos. Les pedimos a la política acciones que no van en línea con la solución. Nuestro voto, nuestras elecciones, terminan fomentando discursos superficiales, plagados de emotividad, pero vacíos de contenidos. Nos seducen las palabras bien dichas, los dirigentes de buena presencia, las trayectorias importantes y los títulos universitarios abundantes.

No nos dejamos encantar por los discursos que nos convocan al sacrificio, a las privaciones y a los escenarios difíciles. Queremos soluciones simples, fáciles, rápidas, que no traigan consigo efectos negativos de ninguna especie. Pretendemos resultados increíbles, sin esfuerzos magníficos. Eso no existe en la experiencia individual, y por lo tanto no hay porque imaginárselo en la vida en sociedad. En definitiva, estamos claramente expuestos a la mentira, para que nos propongan combinaciones mágicas que no conlleven el esmero necesario. Pero no son los otros los que nos colocan en esa situación. Somos nosotros mismos los que nos negamos a aceptar que solucionar problemas implica esfuerzo, entrega, concentración, enfocarnos en ello, y por lo tanto dejar de lado otros asuntos estableciendo prioridades. Si realmente estamos dispuestos a recorrer ese camino debemos poder mostrarlo en hechos concretos. Pues, en este esquema, solo seguiremos desandando este sendero. El de una sociedad que se proyecta en esta dirigencia de la que tanto aborrece pero a la que tanto se parece. Y es que si seguimos así, solo podremos dar paso a políticos ineptos, timoratos y equivocados

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Skype: amedinamendez
http://www.albertomedinamendez.com
03783 – 15602694

Movimiento Democrático de España: un antipartido político para el siglo XXI

Por Enrique Suárez
Movimiento Democrático de España

Nota del editor: Es evidente la existencia de un cansancio generalizado con la democracia representativa y de partidos. La situación de bipolaridad española es un ejemplo claro. No hay una tercera opción. Por ello nos parece altamente interesante el nacimiento de este movimiento. Podemos discrepar aquí o allá –en esta revista se publica de todo lo concerniente a la democracia estemos o no de acuerdo-, podemos discutir el lema antipartido como muy polémico o hacer alguna otra observación, pero lo que plantea el fondo de este documento es un reclamo de la ciudadanía de asumir su propio destino sin corsés. En fin, esta edición toda es esencialmente polémica.

Dejemos de ser partidarios, derribando el muro de los partidos políticos que nos separa artificialmente, porque las cosas que nos unen a los ciudadanos españoles son muchas más que las que nos distancian, la distancia entre nosotros se crea de forma artificiosa e interesada.

Los partidos políticos son exclusivamente una representación del poder que nos asfixia (demagogia), no de los electores que han votado por ellos (democracia), es la hora de la libertad, salgamos definitivamente de la hipnosis: creemos un antipartido político, una forma de representación política construida desde la libertad y no desde el poder autoritario.

El destino que aguarda a los españoles es incierto, estamos pagando un elevado precio por nuestra incongruencia política, por la incoherencia de permitir la vulneración de las leyes que nos hemos concedido. El naufragio de nuestra economía no es accidental, sino producto de la contumacia y el despropósito más inanes. Las instituciones políticas españolas han alcanzado la cota más elevada de descrédito de nuestra historia democrática.

Cuando aún analizamos las causas de lo acontecido, no podemos ni imaginarnos las terribles consecuencias que nos deparará el futuro. No solo hemos perdido el tren de la historia europea para las generaciones productivas, sino que hemos condenado a la más infame de las servidumbres a nuestros hijos: la de vivir hipotecados, para pagar los errores de los que detentaron el poder, porque sus padres no tuvieron agallas para enfrentarse a la opresión y la tiranía de los detentadores, pero también a la decadencia inevitable de los derechos conquistados por nuestros padres.

Que el tiempo sea juez de los crímenes contra la razón que se han cometido, no podemos detenernos en buscar responsables, porque todos los que nos han representado lo son, los que han gobernado por hacerlo mal, los que han opositado por no saber impedirlo. Es hora de mirar a lo lejos, de apartarnos de la miseria de lo cotidiano, urdida en el interés de apropiación del poder por unos y por otros, mediante la propaganda y el engaño de los ciudadanos.

En nuestro país no ha fallado la democracia, han triunfado sus usurpadores, que no es lo mismo. La democracia ha sido secuestrada por los partidos políticos, que se han convertido de facto en “un partido único”, que se reparte el poder entre las distintas marcas políticas, con la connivencia de los ciudadanos que acuden a las urnas para ratificar un contrato de servidumbre con sus amos.

Es necesario trascender el momento partidario de la política, porque cuando lo partidario fracasa en la conquista del bienestar para todos, coacciona la libertad, crea desigualdad, siembra intolerancia y se soporta exclusivamente sobre la propaganda y no sobre los hechos, lo partidario sobra en la escena política, es necesario por tanto, crear lo antipartidario, la antítesis de lo existente, es decir algo que se fundamente en lo común, en lo compartido, en los intereses generales, lo que sea bueno para todos, no malo para la inmensa mayoría y bueno para unos pocos privilegiados.

Madison nos mostró en The Federal Papers que la única forma de someter al poder de las facciones en una democracia es crear una alternativa simétrica a lo existente, es decir una facción antipartido (un partido antipartidario que promueva los intereses generales de los ciudadanos españoles), por eso es necesaria la creación urgente de un antipartido que se enfrente a las reglas de juego antidemocráticas asumidas por todos los partidos políticos con representación en España.

Es necesario recobrar la plenitud de la democracia, creando una alternativa a lo existente, pasando directamente a la acción política. Debemos comprometernos porque lo que existe es el producto de nuestra ausencia de compromiso, porque hemos dejado de creer en la política como instrumento válido para resolver nuestros problemas en democracia. Debemos recuperar la confianza en la política, en la democracia y hacerlo desde la libertad.

En primer lugar sometiendo a nuestros representantes políticos al estricto cumplimiento de la ley, civilizando al poder político, pero antes de hacerlo debemos civilizarnos a nosotros mismos asumiendo un papel responsable en la política, debemos crear un cambio de paradigma en las relaciones entre los ciudadanos y los políticos, un nuevo contrato social, y para lograr ese objetivo es imprescindible organizar una auténtica Revolución Cívica

Movimiento Democrático de España: la alternativa imprescindible

Ahora mismo disponemos de una opción política alternativa a lo existente en Movimiento Democrático de España, un proyecto inacabado y abierto, en el que los ciudadanos pueden comprometerse para crear un futuro diferente a lo existente. Contamos con los recursos necesarios para comenzar, unos ciudadanos nos hemos reunido con el objetivo de crear una plataforma suficiente para acoger un amplio abanico de discrepancias cívicas, luchando por las libertades civiles, contra la opresión incesante del poder, exigiendo nuestros derechos constitucionales y teniendo como objetivo que cada ciudadano se represente políticamente a sí mismo.

Los promotores de Movimiento Democrático de España solo hemos plantado la semilla del futuro, pero ahora necesitamos que todos nos ayudéis a cultivarla y protegerla de los seguros ataques de los rivales. No podemos ofrecer más que trabajo en un clima de objetivos compartidos. Queremos libertad, queremos que se respete nuestra condición de españoles, queremos que no se conculquen y pisoteen nuestros derechos, si compartes estos objetivos, cumples con los requisitos necesarios para incorporarte a Movimiento Democrático de España. Entre todos vamos a crear un futuro diferente, es hora de volver a creer en la política, participando en ella de forma activa y controlando directamente todo por todos, dentro de nuestra formación política.

Las propuestas que debatimos son numerosas, entre nuestros ambiciosos objetivos se encuentran los siguientes:

1. Democracia real y participativa, con elecciones internas fundamentadas en las listas abiertas. Elección directa por la asamblea de todos los órganos políticos y económicos del partido, así como todos nuestros representantes.

2. Organización de Estatutos de forma abierta y colectiva. Se ha creado un wikiestatuto en el que todos podremos proponer y votar democráticamente todas las reglas de las que nos dotemos. Rigor en su cumplimiento, por lo que se habilitará un Comité de Garantías Independiente, como órgano supremo en conflictos entre otros órganos representativos. Creación de órganos de control intermedio supervisados por el máximo órgano jurídico del partido (Comité de Garantías), y la asamblea general.

3. Gestión transparente, visible para todos los afiliados de forma permanente, tanto a nivel político como económico. Creación de una comisión dependiente del Comité de Garantías que presente un informe trimestral al partido, que es la reunión asamblearia de todos sus afiliados.

4. Desjerarquización del partido. Restricción de los personalismos de los representantes. Organización no presidencialista. Horizontalidad en las decisiones políticas. Fomentar la relación directa entre todos los militantes y sus representantes. Un representante de MDE es un comisionado, un delegado de todos sus militantes, no una persona designada por ninguna jerarquía.

5. Enaltecimiento de libertad de expresión y acción plenas como garantía de futuro, y como clima imprescindible para que cada uno de nosotros pueda ofrecer lo mejor de sí mismo al proyecto político del partido. Sin libertad no puede haber futuro.

6. Manifestación clara y definitiva de que somos ciudadanos y no políticos, somos ciudadanos que ejercen acciones políticas, no políticos con intereses ciudadanos. Los representantes políticos de MDE no dejarán de ser ciudadanos, pues su paso por la política será provisional, por eso es necesario que no abandonen su actividad laboral anterior, bien solicitando una excedencia o bien contando con la ayuda de todos para lograr hacer su trabajo sin convertirse en un profesional de la política. El periodo de representación no será más de un año, dejando paso al siguiente de la lista pasado ese tiempo, así en cada legislatura de cuatro años, los representantes para cada cargo serán cuatro en vez de uno. Cuanto menos tiempo se represente, menos posibilidades de corrupción.

7. Integración de las diversas pluralidades ideológicas compatibles con nuestro ideario, en un ambiente de tolerancia y positivismo, que permita aplicar las soluciones más racionales a los problemas de nuestra sociedad, provengan éstas de cualquier posición del espectro político. Lo bueno para todos no tiene ideología.

8. Aspiramos a la tranversalidad política, haciendo converger las propuestas de cambio con las conservadoras, nuestra función es conservar lo que nos han legado y promover lo mejor para los que vengan detrás. No queremos alternativas sucesivas, queremos libertad e igualdad aquí y ahora, siempre en el ámbito de la justicia. Queremos ser una alternativa válida para todas las ideologías y para todos los ciudadanos, sin construir un Estado Providencia ni un Capitalismo descerebrado.

9. Propuesta de erradicación de los sectarismos religiosos, políticos, sociales, o económicos como garantía de igualdad política de los ciudadanos. Exclusión progresiva de los integrismos dogmáticos en nuestro país, sean religiosos, políticos, sociales, lingüísticos o territoriales. Laicidada activa, que no persecución de las creencias. Invitación a la tolerancia y la cooperación de los ciudadanos en los proyectos políticos, sociales, y culturales de interés general.

10. Oposición radical contra los nacionalismos y el terrorismo, con políticas activas, continuas y permanentes. Énfasis en el Constitucionalismo. Especialización de la acción en relación a los diversos problemas presentados en cada lugar y momento. Expansión nacional de nuestro partido de forma inmediata. Expansión plena del mensaje de Movimiento Democrático de España.

11. Lucha radical contra la corrupción política y económica cada día más afianzadas en nuestra sociedad. Honestidad radical en nuestras acciones políticas. Control riguroso de los flujos económicos relacionados con la administración pública y los recursos administrados desde la política. Al igual que promoción desde el Estado de un control coherente y congruente de las actividades privadas, bajo el marco común de la ley. Defensa de la igualdad real de las personas en el acceso a los recursos necesarios para su bienestar.

12. Programas políticos realistas elaborados por todos, al respecto una iniciativa novedosa será la creación de un wikiPrograma en el que todos los asociados (y posiblemente todos los ciudadanos, si es posible, puedan hacer sus propuestas). También se crearán grupos especializados con el ánimo de presentar una oferta política coherente a la sociedad española, relacionada con sus auténticas necesidades. Política fundamentada en las demandas ciudadanas, y no en las ofertas interesadas de los partidos políticos.

13. Sensibilidad máxima con los problemas que padecen los más atenazados y hostigados por la desequilibrada organización política y económica de nuestra sociedad. Consolidación prioritaria del estado de bienestar, cada día más maltrecho. Las personas están por encima de las ideas. El ser humano antes que su obra. Atención especial recibirá el problema más grave que afronta nuestro país: el desempleo. Desde el Estado no se subvencionarán ni partidos políticos, ni sindicatos, ni organizaciones sociales que solo sirven para que sus miembros se aprovechen del dinero público en su propio beneficio. Sí se financiarán proyectos reales de erradicación de la pobreza y la marginación, pero tutelados por funcionarios públicos.

14. Establecer una pedagogía política, mostrando a los ciudadanos los límites reales de su libertad, sus derechos y sus deberes, estableciendo un compromiso de intercambio permanente con la sociedad. Fomentar una cultura común y compartida por todos los ciudadanos, coherente con nuestra realidad histórica, social, y política, que integre todas las idiosincrasias particulares presentes en nuestro país. Todos únicos, todos ciudadanos, en un país europeo del siglo XXI: España.

15. Y para concluir, que la fortuna nos sonría, debemos ser capaces de romper la monotonía política en que vivimos con un mensaje nuevo que despierte la conciencia de los ciudadanos y les invite al compromiso en la participación activa por la defensa de sus intereses, como auténticos propietarios del poder político y no como siervos de unos espabilados usurpadores, que han tomado la política con el único objetivo de incrementar sus privilegios, aunque sea al precio de perjudicarnos a todos.

Seguro que hay muchas más cosas que ofrecer y que afrontar, porque todo ésto solo es el comienzo. Movimiento Democrático de España saldrá adelante, y lo hará más deprisa cuanto más seamos y más nos impliquemos en la tarea de su creación. Es hora de abandonar las palabras y pasar a la acción. Aquí tenemos una propuesta política alternativa. Contamos con todos para llevarla a buen fin.

¿Fox News controla las noticias del mundo?

por Alfredo Jalife-Rahme

La batalla judicial entre dos gigantes de la televisión global, EchoStar y News Corporation, propiedad de Rupert Murdoch deslumbra y preocupa, por el dominio mundial que ejercen sobre los impotentes ciudadanos.
Los oligopolios multimediáticos globales distorsionan la esencia democrática cuando los actores políticos carecen equitativamente de la disponibilidad de comunicación satelital, y atentan contra la paz mundial cuando alientan descaradamente la guerra unilateral, como es el caso de la tóxica Fox News, filial de News Corportation, ya no se diga la británica Sky News, otra de sus nocivas filiales.

Más que el terrorismo desinformativo, Rupert Murdoch practica el totalitarismo satelital en su amplia madeja de multimedia, que prácticamente controla las noticias locales y globales. News Corporation en considerada el principal oligopolio de los multimedia en inglés. Solamente en Latinoamérica, sus canales orwellianos intoxican con sus mendacidades a 17 países, sin contar su presencia en otras 30 naciones. Se calcula que Fox Entertainment Group penetra la intimidad de 85 millones de hogares en Estados Unidos, sin contar los otros tantos de millones de televidentes e invidentes en el mundo.

En detrimento de la neutralidad obligada, Fox News ha sido acusada de difundir información falaz y de proclividad obscena a la extrema derecha mundial y al belicoso Partido Republicano (Slate, 31/5/06). Ted Turner, el mandamás de CNN, una cadena más liberal, comparó a Murdoch con Hitler.

Las ciencias políticas y de la comunicación manejan la teoría del “efecto Fox”: su impacto tremendo en la conducta de la cobertura de los medios y la política doméstica (The Washington Post, 4/5/06). ¿No existe, acaso, un similar “efecto Televisa”?

¿Qué tanto ocultarán contra el género humano que sus conferencias corporativas anuales suelen ser secretas y lejos del escrutinio de los ciudadanos afectados? Al parecer, en sus recónditos cónclaves anuales se discuten temas geopolíticos (¡súper-sic!) vinculados a los medios. ¿Vendrá el diseño desinformativo de cómo capturar el petróleo mexicano a través de las campañas propagandísticas de Sky News, asociada a Televisa, o directamente de Fox News donde posee su asiento Aznar López, presuntamente ligado a la pirata española Repsol?

Los Angeles Times (28/7/06) filtró los temas candentes abordados en una de sus reuniones secretas en Pebble Beach, California, que naturalmente incluían el terrorismo islámico, así como la asistencia de personalidades de la talla de Bill Clinton, Tony Blair, el gobernador Arnold Schwarzenegger, Bono y hasta Nicole Kidman.

Uno de sus conspicuos miembros del consejo de administración, el estadunidense-vietnamita Viet Dinh, fue uno de los arquitectos jurídicos del Acta Patriótica, la quintaesencia del fascismo posmoderno.

El imperio mediático del superbélico y ultraconservador Murdoch controla poderosos multimedia en todos los continentes mediante centenas de periódicos (entre ellos The Wall Street Journal, The New York Post y el londinense The Times), decenas de revistas (TV Guide, The Weekly Standard, InsideOut, etcétera) e influyentes estaciones de radio y televisión; hoy es el líder inversionista en televisión satelital, la industria cinematográfica (dueña de The 20th Century Fox), Internet (v.gr. videojuegos, MySpace.com, etcétera), entretenimiento y deportes.

Así que muchas veces pagamos nuestros boletos de cine para que nos intoxiquen con el unilateralismo anglosajón y su cultura superbélica.

Una ex esposa de Rudolf Giuliani, cuando era alcalde de Nueva York, fue productora de una de las múltiples televisoras de Murdoch, quien aparece en el lugar 33 de los más ricos de Estados Unidos en Forbes 400 del año 2007, con una fortuna de 8 mil 800 millones de dólares. El inconveniente no es su riqueza, sino su control multimediático de gran parte del planeta.

Los magnates de los multimedia controlan tanto con relativamente poco capital. Así que no existen pretextos ni impedimentos válidos para que los ciudadanos no hagan sus propias “pollas” (pools) de dinero para poseer una radiodifusora o una televisora. El problema radica en las “concesiones”, es decir, en actos que deben ser políticamente democráticos y que hasta ahora, por desgracia libertaria, han favorecido exclusiva y perniciosamente a la plutocracia global.

La concentración oligopólica de los multimedia por la orwelliana News Corporation no hubiera sido posible en Estados Unidos sin la colusión y coalición de la dupla Bush-Cheney, que colocó al pusilánime Kevin Martin (inmiscuido en el escándalo del fraude electoral de Florida y anterior asistente especial de la política económica de Baby Bush) a cargo de la inexistente Comisión Federal de Comunicaciones. ¡Cómo se parece a la desregulación de los multimedia en México, en su tiránica etapa neoliberal!

Su símbolo diminuto en México es Televisa, que practica el terrorismo desinformativo en contra de sus adversarios y perturba la lid democrática para beneficiar unilateralmente a la plutocracia reinante gracias al antidemocrático régimen de las concesiones y cesiones libertarias.

El fascista neoliberal José María Aznar López, miembro del consejo de administración del canal ultraconservador y superbélico Fox News y aliado de Enrique Krauze Kleinbort, miembro de la Comisión Trilateral y del consejo de administración de la venenosa Televisa, recomendó bombardear la televisora de Belgrado para someter a Yugoslavia a los designios de Estados Unidos (El País, 30/9/07).

Se desprende un primer axioma para la democracia satelital del siglo XXI: la inalienable neutralidad de los multimedia y sus noticiarios y/o la imperativa necesidad de su control por los principales actores políticos de un país (candidatos presidenciales y/o la pluralidad de sus partidos), ya no se diga la necesidad de una televisión ciudadana local y global.

Es curioso que la batalla por la independencia nacionalista de Pemex desemboque ineludiblemente en la exigencia ciudadana por la libertad plural de las concesiones multimediáticas como un acto imperativo de la mayor jerarquía trascendental de la nueva democracia satelital del siglo XXI.

Sería conveniente para la salud planetaria que el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) restituya el orden cosmogónico perdido y restablezca el equilibrio de la comunicación democrática satelital mediante la creación de competidores multimediáticos más creíbles y plurales.

¿Un siglo de Revolución o la Revolución de hace un siglo?

Por Javier Garciadiego

A la memoria de Friedrich KatzI

Hoy, a 100 años de su inicio, el proceso histórico conocido como la Revolución mexicana sigue siendo objeto de acalorados debates, tanto meramente historiográficos como abiertamente ideológico-políticos. Ensalzada desde un principio como un movimiento épico por algunos de sus participantes más memoriosos —piénsese en Álvaro Obregón y sus Ocho mil kilómetros en campaña (1917)—, luego fue vista como un movimiento plenamente nacionalista y transformador de la estructura social mexicana —piénsese ahora en Alfonso Teja Zabre y su obra Panorama histórico de la Revolución mexicana (1939)—, y su propuesta programática final, la Constitución de 1917, fue considerada la primera Constitución social del mundo. A mediados del siglo XX se agregaron otras virtudes a la Revolución: además de ser un movimiento que había hecho grandes aportes a la justicia social, era también creadora de instituciones y responsable de la estabilidad política que el país había alcanzado. Así, desde la perspectiva de pensadores como Jesús Reyes Heroles, la Revolución había sido un proceso constructivo,1 que a 50 años de iniciado combinaba “impulso creador” con “experiencia” gubernativa.

Sin embargo, también desde un principio propició críticas acervas. Acaso la más conocida sea la de José Vasconcelos, quien sentenció que después del cruel sacrificio del “inmaculado” Francisco I. Madero la Revolución perdió su contenido moral, espiritual, convirtiéndose en una simple lucha por el poder político entre contendientes corruptos, violentos, vulgares y zafios. Aunque con distintos argumentos, pudiera decirse que la vertiente crítica de la Revolución terminó por imponerse a las voces apologéticas, cada vez más restringidas a un sector de la llamada clase política. Las primeras voces discordantes fueron las de Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog. Si para el primero los hombres que gobernaban al país a mediados de siglo no estaban a la altura de los ideales de la Revolución y eran responsables de “la crisis” que padecía México,2 para el segundo la Revolución había llegado a su culminación a finales de la presidencia de Lázaro Cárdenas, iniciando después su descenso, crisis, agonía y muerte.3 Posteriormente, la fascinación inicial que produjera la Revolución cubana, la crisis del autoritarismo mexicano entre los años sesenta y ochenta y las recurrentes crisis económicas dieron lugar a un sinfín de críticas a la Revolución mexicana. También influyó en ello el uso de la teoría marxista en los círculos académicos. Así, la mexicana pasó a ser una revolución moderada, meramente política, o una revolución “interrumpida” (Adolfo Gilly),4 o simplemente “burguesa” (Córdova y Semo);5 peor aún, fue considerada por algunos como una “gran rebelión” (Ramón Eduardo Ruiz), consistente en un periodo prolongado de violencia pero ayuno de cambios sustantivos,6 o bien como una revolución que combinaba rupturas y continuidades con el régimen precedente.7 En los últimos años, teniendo a la vista la crítica situación nacional —esto es, pensando más en el presente que en la historia—, la Revolución ha sido considerada no sólo inútil sino hasta dañina, culpable de que el país desaprovechara el siglo XX.8 Previsiblemente, el “centenario” habría de ser motivo de nuevas evaluaciones, como lo prueba la reciente aparición del libro México 2010. El juicio del siglo (María Amparo Casar y Guadalupe González), en el que atinadamente se reconoce que a un proceso histórico no puede enjuiciársele en tanto que para los hechos del pasado no hay ni condena ni absolución posibles.9 En efecto, como dijera don Edmundo O’Gorman, el historiador no es ni fiscal acusador ni abogado defensor del pasado; tan sólo busca recrearlo y comprenderlo.10

II

¿Cómo intentar hoy comprender a la Revolución, iniciada hace un siglo pero carente de un final rigurosamente calendarizable? Para comenzar, deben diferenciarse las distintas etapas que atravesó. La primera fue su etapa épica, la década violenta, la de los grandes caudillos y las grandes batallas, la del “millón de muertos”, decenio durante el cual se destruyó al Antiguo Régimen, personificado en Porfirio Díaz, los “científicos”, Bernardo Reyes y Victoriano Huerta, y durante el cual emergió, al término de la llamada “guerra de facciones” de 1915, el grupo triunfador, el que podía imponer al país su proyecto de Estado, llamado “constitucionalista” en sus dos vertientes, la carrancista y la sonorense. Vino después su etapa proteica, en la que se transformó al país en términos económicos, políticos, sociales y culturales. De más o menos dos décadas de duración, en ella se inició la reconstrucción económica del país, comenzaron a cumplirse los compromisos que se tenían con las masas populares —campesinos y obreros— que habían hecho posible la derrota del Antiguo Régimen, se disciplinó y profesionalizó al ejército revolucionario, se agruparon y disciplinaron los políticos revolucionarios para repartirse los puestos de poder y mando sin caer en recurrentes luchas autoaniquiladoras y se diseñó una nueva cultura nacional, una nueva identidad, popular, progresista y nacionalista. Sobre todo las masas campesinas y obreras fueron organizadas en instituciones de alcance nacional, verticales, gremiales y vinculadas al aparato gubernamental. A diferencia de un siglo antes, cuando después de alcanzada la Independencia el país padeció cerca de 50 años de un permanente desorden público a falta de un proyecto unificador y de un gobierno central fuerte, la Revolución logró restablecer el orden público en corto tiempo, diseñar e imponer un único proyecto de país —la Constitución de 1917— y construir un aparato gubernamental fuerte, el Estado mexicano posrevolucionario.

La tercera etapa de la Revolución mexicana, luego de sus periodos épico y proteico, puede ser definida como una etapa institucionalizante, en la que los elementos transformadores dieron paso a una actitud moderada y a una estrategia consolidadora, evitando ya posturas muy nacionalistas o propuestas de cambios radicales. La búsqueda de la estabilidad desplazó a la lucha por la justicia, mientras que la búsqueda de la democracia seguía pospuesta desde el fracaso maderista. Es incuestionable, la naturaleza determina a la historia. En efecto, a partir de mediados del siglo XX el país ya no fue gobernado por veteranos de la Revolución, por lo que su impronta se hizo cada vez menor. La geografía también determina a la historia. Al término de la Segunda Guerra Mundial habían sido vencidos los regímenes corporativistas y ultranacionalistas nazi-fascistas, y el mundo había quedado dividido en un esquema bipolar. A México le correspondió quedar bajo la influencia y el tutelaje de Estados Unidos, lo que obligó a un replanteamiento de los compromisos de la Revolución.

A partir de la segunda mitad del siglo XX el país entró en un periodo de notable y constante crecimiento económico; además, desaparecieron las confrontaciones entre las clases sociales que habían distinguido al cardenismo: campesinos contra hacendados y obreros contra empresarios, en las que los primeros de cada dupla habían contado con el apoyo del gobierno; por si esto fuera poco, se alcanzó la estabilidad política y se recompuso la relación con Estados Unidos. Fueron tales y tantos los logros del país, que la Revolución pasó a ser la identidad legitimadora de los nuevos gobiernos, en tanto herederos de los líderes revolucionarios. Sin embargo, una nueva etapa —la cuarta— sobrevino durante los últimos tres decenios del siglo XX, caracterizada por las crisis económicas graves y recurrentes y por el creciente deterioro del régimen político, cada vez menos funcional. Así, la Revolución dejó de servir como elemento legitimador. De hecho, como discurso ideológico el concepto “modernización” desplazó al de revolución.

III

Hoy la Revolución, como hecho histórico, todavía exige ser estudiada. Comenzó siendo un inédito desafío electoral pacífico en el que se movilizaron, sobre todo, las clases medias urbanas y gran parte del elemento obrero organizado, todos ellos encabezados por un miembro de la elite económica del noreste del país, el empresario agrícola coahuilense Francisco I. Madero. El desafío electoral se convirtió en rebelión por la negativa de Díaz a modificar su régimen político y a hacer concesiones a los opositores. Sin embargo, los sectores sociales que habían apoyado al movimiento antirreeleccionista no resultaban apropiados para la lucha armada, por lo que Madero tuvo que apelar a otros sectores sociales, rurales y populares. Fue entonces cuando surgieron Pascual Orozco, Pancho Villa y Emiliano Zapata, y también gente como Benjamín Argumedo, líder popular en la Comarca Lagunera.11 Con ellos aparecieron los reclamos sociales: mejores salarios y nacionalismo laboral en el norte, lo que se expresó en la huelga de Cananea de 1906 y la matanza de chinos en Torreón en 1911,12 así como reivindicaciones agrarias en el centro-sur del país, en particular el Plan de Ayala zapatista. En resumen, un movimiento político clasemediero incorporó grandes contingentes populares con sus reclamos sociales. Las exigencias de cambios políticos coexistirían con los reclamos de reformas socioeconómicas.

Los dos movimientos maderistas, el electoral y el armado, terminaron por vencer al gobierno porfirista.13 Sin embargo, Madero no fue capaz de construir un régimen sólido.14 En política es más fácil destruir que construir, oponerse que gobernar. Pronto Madero sería derrocado por cierto sector del porfirismo que se negaba a perder el poder, por el grupo que detentaba el control del ejército federal, el instrumento idóneo para derrocar al inexperto político. El intento contrarrevolucionario generó una violenta reacción procedente de dos frentes: los sectores medios que finalmente habían accedido al poder gracias al triunfo maderista, sobre todo en el norte del país, y los grupos populares —villistas y zapatistas— que se negaban al regreso del binomio oligarquías regionales y autoridades porfiristas. A esta fase se le conoce como “lucha constitucionalista”, y se prolongó de marzo de 1913 a agosto de 1914.15 Vencido el gobierno restaurador de Victoriano Huerta, sobrevino la confrontación entre los victoriosos ejércitos revolucionarios: villistas y zapatistas por un lado; por el otro coahuilenses y sonorenses, con sus respectivos aliados. Durante todo 1915 pelearon convencionistas contra constitucionalistas en la llamada “guerra de facciones” por imponer al país su proyecto de futuro.

Aunque el triunfo de los segundos se expresó con la promulgación de la Constitución en 1917, y si bien ésta sigue vigente como proyecto único de país y como norma principal de los mexicanos, lo cierto es que el Estado revolucionario nació poco después, cuando los constitucionalistas sonorenses desplazaron a los carrancistas.16 Para comenzar, el grupo sonorense estaba encabezado por clases medias con menos y menores vínculos con el Antiguo Régimen que la facción carrancista.17 Sobre todo, el Estado encabezado por los sonorenses prefirió integrar a los grandes grupos de veteranos de la Revolución —villistas y zapatistas— que seguir combatiéndolos, lo que condenaba al país a una permanente inestabilidad. Asimismo, fue el Estado encabezado por los sonorenses el que comenzó a otorgar concesiones considerables a los campesinos y obreros, ya fuera iniciándose el reparto agrario o con el establecimiento de la alianza entre Plutarco Elías Calles y la CROM.

IV

Si bien la Revolución mexicana se desarrolló en varias etapas, en diferentes escenarios y con distintos componentes sociales, ¿podemos decir que tuvimos no una única revolución sino varias? Concluyamos: evidentemente eran diferentes las causas que produjeron la incorporación de cada uno de los contingentes participantes en la lucha revolucionaria, como diferentes fueron sus propuestas de solución. A Madero y los suyos les preocupaba la instalación de un régimen democrático; a Zapata y su gente les interesaba la recuperación de sus tierras y el fortalecimiento de los gobiernos pueblerinos, con sus “usos y costumbres”, conformados por gente de la localidad y no por políticos fuereños; Villa y los suyos —como también Pascual Orozco— lucharon por la mejoría socioeconómica de los grupos populares norteños, tanto rurales como urbanos; a su vez, Carranza y su gente ansiaban conquistar el poder político, pues se les había negado con la derrota del reyismo en las postrimerías del Porfiriato, y buscaron controlar el proceso revolucionario en su conjunto, para que las rupturas con el régimen precedente no fueran abruptas ni radicales, así como construir un Estado fuerte, legal y nacionalista;18 por último, los revolucionarios sonorenses aspiraban a que las clases medias alcanzaran el poder político, primero regional y luego nacional, y se afanaron por lograr su enriquecimiento económico mediante un doble proceso que los obligaba a desplazar tanto a la oligarquía porfirista —encabezada por Ramón Corral— como a la revolucionaria —la de José Ma. Maytorena—, pero también a vencer las aspiraciones de dominio de los sectores populares.

Aún así, debe aceptarse que todos éstos fueron elementos imprescindibles de una única Revolución, que tuvo lugar precisamente con la articulación de todos estos componentes: sin la participación de los grupos populares, los movimientos de Madero, Carranza, Obregón y Calles habrían sido simples intentos de reforma política, pero sin la participación de éstos los movimientos de Villa y de Zapata sólo habrían sido rebeliones regionales y sectoriales. Fue la suma de los cambios políticos y las reivindicaciones sociales lo que dio lugar a una Revolución en el México de principios del siglo XX, a una Revolución no radical pero no por ello menos auténtica.

En efecto, los sucesivos triunfos temporales de Madero, Carranza, Obregón y Calles obligan a otra conclusión valedera: la Revolución no fue un proceso popular que luego padeció una interrupción o, peor aún, una traición. La Revolución estuvo dirigida siempre por elites —el rico hacendado Madero o el gobernador Carranza— o por miembros de las clases medias. Los sectores populares tuvieron siempre un papel subordinado, como lo prueba el que Zapata haya surgido reconociendo el Plan de San Luis Potosí, es decir, el liderazgo de Madero, y el que Villa encabezara, en su momento de máximo poder, una División —la del Norte— adscrita al Cuerpo de Ejército del Noroeste, comandado por Obregón. Cierto es que por un tiempo aspiraron juntos al liderazgo nacional, en la Soberana Convención, pero fueron vencidos plenamente en la “guerra de facciones”, por lo que quedaron reducidos a sendos movimientos regionales. Las causas de su derrota fueron varias: políticas, militares, económicas y sociales, pero pueden reducirse en una: no estaban preparados, sociohistóricamente, para gobernar el país; carecían de una visión de Estado nacional.20

“La Revolución fue la Revolución”, sentenció Luis Cabrera, influido por una especie de cubismo literario. Otra manera de decirlo sería que la mexicana fue una Revolución sin adjetivos. Esto es, a 100 años de su inicio debemos conocerla y comprenderla, para lo que debemos evitar las sobreestimaciones del pasado y los menosprecios del presente. Para comprenderla debemos conocer sus complejidades, identificar sus componentes y aquilatar su fuerza y sus debilidades. Menciono como ejemplos cinco temas. Es preciso diferenciar a los revolucionarios “destructores” de los “constructores”: entre los primeros caben Madero, Villa y Obregón, quienes participaron, respectivamente, en la destrucción de los ejércitos de Díaz, Huerta y Villa; entre los segundos sólo quedarían Carranza, Calles y Cárdenas, creadores de la Constitución de 1917, del principal partido político posrevolucionario y del presidencialismo mexicano.21

También es necesario destacar que la Revolución sólo combatió a los hacendados, no así a los banqueros22 e industriales, lo que permitió la recuperación de la burguesía al término de la lucha armada, y lo que por otro lado permite que se le considere una Revolución “agraria”.23 Otra aparente contradicción sería que siendo una Revolución considerada nacionalista, al término de la misma fuera mayor que en 1910 la influencia de Estados Unidos, lo que se explicaría por el gran debilitamiento europeo a causa de la Primera Guerra Mundial,24 y lo que nos obliga a aceptar que nuestro nacionalismo fue más cultural y político que económico. Asimismo, es preciso reconocer el carácter visionario de los revolucionarios, que concedieron tantos y tan importantes derechos a los trabajadores cuando éstos eran apenas una parte minoritaria de la población. Por último, otro tema motivo de reflexión es el de la paradoja maderista: el vital Madero de 1909 y 1910 impulsó al país a exigir un sistema democrático, pero su cadáver predispuso a la clase política contra la libertad y la democracia.25 A partir de su muerte los políticos revolucionarios abjuraron de la libertad de prensa, de la oposición parlamentaria y de las elecciones libres, y aprendieron la conveniencia de mantenerse siempre en sintonía con el ejército, la burguesía y la embajada norteamericana. En otras palabras, el fantasma de Madero fue más fuerte que el mártir, lo que explica que la democratización del país se haya demorado tanto.

V

¿Qué imagen predomina hoy, en 2010, de la Revolución mexicana? Una respuesta ambigua sería la más acertada. De ninguna manera sufre el rechazo que puede detectarse en los países de Europa del Este y en la ex Unión Soviética, donde el país ha vuelto a llamarse Rusia y algunas ciudades importantes han recuperado sus viejos nombres. En cambio, en México no ha habido modificaciones en la nomenclatura urbana que denotaran un rechazo a la Revolución y sus héroes. Sin embargo, es evidente que en este año de conmemoraciones predominan las referencias a la Independencia, y no sólo por parte del gobierno federal: Parque Bicentenario, en la antigua refinería de Azcapotzalco; Arco Bicentenario, en la avenida Reforma; Festival Olímpico Bicentenario, en la misma avenida; Circuito Bicentenario, nombre dado al Circuito Interior remozado en el Distrito Federal, y Expo Bicentenario, en Silao, Guanajuato. Pudiera alegarse para ello el conocido apotegma jurídico: “primero en tiempo, primero en derecho”. Empero, acaso la explicación sea otra: mientras la Independencia sí alcanzó los principales logros que se propuso, romper los vínculos con España y crear una nación independiente, la Revolución tiene aún graves adeudos por lo que se refiere a la instauración de la democracia y a la conquista de la justicia social. Así, la Revolución padece muchos más reclamos que la Independencia. Por lo mismo, la mejor forma de conmemorar y celebrar la Revolución es asumir como urgentes dichos compromisos, hacerlos propios: mejorar nuestra democracia y erradicar la pobreza, como el principal proyecto de México para el siglo XXI.

Javier Garicadiego. Historiador. Presidente de El Colegio de México. Entre sus libros: Rudos contra científicos: la Universidad Nacional durante la Revolución mexicana y La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios.

Notas:

1 Jesús Reyes Heroles, “En la celebración del LII aniversario de la Revolución mexicana”, en La historia y la acción, Oasis, México, 1978, pp. 177-182. También en Obras completas, vol. III, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 11-15.

2 Originalmente, su conocido ensayo “La crisis de México” fue publicado en Cuadernos Americanos, año VI, vol. XXXII, marzo-abril 1947, pp. 29-51.

3 Para Jesús Silva Herzog no se trataba de que la Revolución enfrentara una “crisis de crecimiento” a mediados del siglo XX, sino que padecía una “crisis de agonía”. Cfr. “La Revolución mexicana es ya un hecho histórico”, en Cuadernos Americanos, año VIII, vol. XLVII, septiembre-octubre 1949, pp. 7-16.

4 Adolfo Gilly, La revolución interrumpida. México, 1910-1920: una guerra campesina por la tierra y el poder, Ediciones El Caballito, México, 1971. Según Gilly, quedó interrumpida porque “no alcanzó la plenitud” de sus objetivos, pero “tampoco fue derrotada”, pudiendo continuar en una nueva etapa durante la presidencia de Cárdenas.

5 Córdova asegura de manera contundente que la mexicana fue una revolución burguesa, “dirigida política y militarmente por elementos venidos de los sectores medios de la sociedad”, en la que se cumplieron “todas aquellas que podríamos llamar las leyes de la revolución burguesa”. Cfr. Arnaldo Córdova, “México: revolución burguesa y política de masas”, en Interpretaciones de la Revolución mexicana, Héctor Aguilar Camín (pról.), Nueva Imagen, México, 1979, pp. 84-85. Enrique Semo llega a la misma conclusión: la mexicana fue una revolución burguesa cuyos “representantes fundamentales” fueron “los sectores de la burguesía media agraria”. Cfr. Enrique Semo, “Reflexiones sobre la Revolución mexicana”, en ibíd., pp. 135-150.

6 Ramón Eduardo Ruiz, México: la gran rebelión, 1905-1924, Ediciones ERA, México, 1984.

7 François Xavier Guerra, México: del Antiguo Régimen a la Revolución, Fondo de Cultura Económica, México,1988, 2 vols.

8 Para Macario Schettino la Revolución mexicana fue “un lastre muy pesado para el siglo XX”; afirma, además, que México había iniciado “un proceso de modernización que fue detenido” por aquella “guerra civil”. Véase su libro Cien años de confusión: México en el siglo XX, Taurus, México, 2007, p. 15.

9 María Amparo Casar y Guadalupe González (eds.), México 2010. El juicio del siglo, Taurus, México, 2010.

10 Según su discípulo Eduardo Blanquel, la sentencia más influyente de O’Gorman fue: “no regañar… a los muertos sino comprenderlos y explicarlos”. Cfr. La obra de Edmundo O’Gorman, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1978, p. 62.

11 Benjamín Argumedo nació en la Comarca Lagunera, aunque aún se discute si fue en El Gatuño o en Matamoros Laguna, ambas poblaciones en Coahuila. Trabajó como sastre y talabartero antes de levantarse en armas en 1910 bajo las órdenes de Sixto Ugalde. Luego del triunfo maderista fue de los primeros en rebelarse y oponerse al régimen, alegando que el nuevo gobierno no otorgaba mejoras a los sectores populares. Militó en las filas de Pascual Orozco y al sobrevenir el cuartelazo de 1913 apoyó a Victoriano Huerta, como todos los orozquistas. No aceptó los acuerdos de Teoloyucan y se rebeló contra Venustiano Carranza, operando en el estado de Puebla como gente de Emiliano Zapata. Asimismo, colaboró con el gobierno convencionista; a la derrota de éste regresó al norte, siendo derrotado y aprehendido en el rancho El Paraíso. Murió fusilado en marzo de 1916. Era conocido como “El orejón”, por tener esa característica facial.

12 Véase Juan Puig, Entre el Río Perla y el Nazas. La China decimonónica y sus braceros emigrantes, la colonia china de Torreón y la matanza de 1911, Conaculta, México, 1992.

13 La mejor historia militar del maderismo es la de Santiago Portilla, Una sociedad en armas. Insurrección antirreeleccionista en México, 1910-1911, El Colegio de México, México, 1995.

14 Al respecto pueden verse las páginas que al gobierno de Madero dedican Stanley Ross, Francisco I. Madero. Apóstol de la democracia mexicana, Editorial Grijalbo (Biografías Gandesa), México, 1959, y Charles C. Cumberland, Madero y la Revolución mexicana, Siglo Veintiuno Editores, México, 1977. Véase también mi estudio “Presidencia de Madero: fracaso de una democracia liberal”, en Will Fowler (coord.), Gobernantes mexicanos II: 1911-2000, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pp. 27-45.

15 Como siempre, puede acudirse al recuento “clásico” de los aspectos políticos y militares del proceso en Jesús Silva Herzog, Breve historia de la Revolución mexicana, Fondo de Cultura Económica, México, 1960, 2 vols. Una perspectiva más novedosa es la de Alan Knight, La Revolución mexicana. Del Porfiriato al nuevo régimen constitucional, Editorial Grijalbo, México, 1996, 2 vols.

16 Al respecto puede consultarse Javier Garciadiego, La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios, UNAM (Biblioteca del Estudiante Universitario, núm. 138), México, 2003.

17 En contra de esta afirmación, Ignacio Almada sostiene que los principales líderes revolucionarios sonorenses contaban con alguna experiencia político-administrativa local durante el Porfiriato. Sin embargo, insisto en que no es lo mismo ser un munícipe que un senador, o incluso un gobernador interino. Cfr. Ignacio Almada, “De regidores porfiristas a presidentes de la República en el periodo revolucionario. Explorando el ascenso y la caída del ‘sonorismo’ ”, en Historia Mexicana, núm. 238, vol. LX, octubre-diciembre 2010, pp. 729-789.

18 Recuérdese que Carranza era coahuilense, y que poco antes de que naciera, en 1859, su estado natal había perdido la región de Texas; recuérdese también que su padre, Jesús Carranza Neira, había luchado contra la intervención francesa a las órdenes de Mariano Escobedo.

19 Para una magnífica descripción de los motivos, objetivos y estrategias de este grupo, véase Héctor Aguilar Camín, La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana, Siglo Veintiuno Editores, México, 1977.

20 Los apreciados colegas Felipe Ávila y Pedro Salmerón insisten, sin convencerme, en que tanto villistas como zapatistas contaban con un proyecto nacional. Véanse Felipe Ávila, El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes, Instituto Cultural de Aguascalientes/Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1991, y Pedro Salmerón, La División del Norte. Los hombres, las razones y la historia de un ejército del pueblo, Editorial Planeta, México, 2006.

21 Emiliano Zapata es un personaje histórico difícil de ubicar en esta doble clasificación. No tuvo una importancia decisiva en el aspecto militar de la Revolución, y tampoco dejó un legado institucional propio. A él le corresponde una tercera categoría, la del revolucionario “defensor”, pues su lucha tenía como primer objetivo la defensa de las comunidades rurales del país.

22 Si bien los bancos fueron incautados durante la lucha armada contra Huerta, luego fueron devueltos a sus propietarios.

23 Véase Frank Tannenbaum, The Mexican Agrarian Revolution, The Brookings Institution, Washington, D.C., 1930. También fue publicado en la revista Problemas Agrícolas e Industriales de México, núm. 2, vol. IV, abril-junio 1952, pp. 9-169.

24 Friedrich Katz, La guerra secreta en México, Ediciones ERA, México, 1982.

25 Otra paradoja interesante es la de Cárdenas, seguramente el presidente más alabado y mejor recordado, pero cuyo proyecto de gobierno jamás fue seriamente recuperado por los presidentes que lo sucedieron

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La geoestrategia de la venta: 2012 o evitar sanciones

Teódulo López Meléndez

Un viaje reiterativo que sólo produce comentarios sobre sus costos. Unos acuerdos que son señalados como banales. El anuncio de un pequeño reactor nuclear que despierta comentarios humorísticos. 69 acuerdos que le sirven al gobierno venezolano para atar cabos sueltos e ir avanzando en el afinamiento de su geoestrategia.

Quizás de esta manera pueda resumirse el reciente viaje de Chávez. Los superficiales incurren en las mismas críticas de siempre. El gobierno perfecciona su geoestrategia de la venta. Señalaba, a propósito de los más sonados casos de intemperancia europea hacia las migraciones, que el mundo ha dejado de ser un recinto con límites. La geopolítica ve la geografía política, de la cual se alimenta y viene su nombre, trastocada y los accidentes geográficos se rebajan dejando a la geografía descriptiva en un antes y un después. La causalidad de los sucesos políticos es una probeta desgastada en el espacio donde la medición de los efectos se traslada a adelantarse a las consecuencias sancionatorias.

PDVSA vende sus participaciones en las refinerías del exterior. La de Lyondell Chemical, las de asfalto en Paulsboro y Savannah, la participación en miles de estaciones de servicio que vendían combustible y lubricantes de CITGO y ahora las acciones de la alemana Ruhr Oël al conglomerado ruso Rosneft. La desesperación se hace evidente por la necesidad geoestratégica de vender CITGO en los Estados Unidos.

Los viajes de Chávez responden a una geoestrategia perfectamente definida. Cree en un mundo multipolar y en un injerto conformado, entre otras, por las dictaduras de Irán o Bielorusia, la incorporación de Siria y el apoyo petrolero estratégico de Libia. Lo que busca allí, un polo conformado sobre el autoritarismo político y no sobre el desarrollo, la tecnología, el crecimiento y la justicia, no es nada más que proveedores de pequeños elementos sustitutivos de importaciones que sabe le pueden ser negadas en el futuro.

La geoestrategia es originalmente un concepto militar. Procura colocar los problemas estratégicos militares en relación a factores geográficos, estos recursos con objetivos geopolíticos. La geoestrategia está entonces siempre impregnada por profundos intereses supuestamente nacionalistas.

Todas las anteriores experiencias ocurridas en el plano internacional como los “no alineados” del período de la guerra fría o el gran bloqueo petrolero árabe, no parecen servirle de experiencia al geoestratega venezolano. Para él hay que constituir otro polo, simplemente, y busca hacerlo sobre la base de ávidos compradores de petróleo (China, Bielorusia), con otros productores de regímenes políticos fuertes o radicalizados (Irán) o con tigres aparentemente de dientes amellados (Libia). Acompaña con la compra masiva de armamento ruso y sobre una supuesta e inexistente manta protectora rusa, no sin llamar a este último país a tomar una reposición de tiempos pasados. No es un error o una boutade la proclamación de que la URSS todavía existe. Es un llamado a la Rusia de Putin y Medvedev a un papel más activo contra el odiado imperio norteamericano y a un reposicionamiento de poder, ignorando que el mundo no puede construir una multipolaridad sobre las ruinas de la bipolaridad. La emergencia de China o de Brasil lo que indica, a mi entender, es la emersión de un mundo nopolar.

Chávez tiene una geoestrategia. Realiza acciones racionales construyéndola, acompañada de otras irracionales provocadas por un principio deleznable: “su” polo se levanta sobre la base de países que no tienen democracia y donde el personalismo rampante del líder es la base. Si su fin es lograr la “independencia” del odiado imperio tiene que resolver la contradicción de un crecimiento continuo del comercio bilateral y de la venta de petróleo venezolano. Y eso es exactamente lo que intenta e intentará, sobre todo porque ese elemento está perfectamente engranado con su propósito de política interna venezolana: conservar el poder a cualquier precio y de cualquier modo.

No hay dudas que las conversaciones con Mahmud Ahmadineyad le han clarificado a Chávez que no puede cometer los mismos errores de los Ayatollah que se olvidaron de los múltiples intereses que tenía su país en el exterior, tales como miles de millones de dólares, todo lo que fue congelado apenas la revolución islámica iraní mostró iba a adoptar un comportamiento interno y externo perturbador.

De aquí vienen las ventas de la geoestrategia. Hay que liquidar todos los activos venezolanos en el exterior para evitar sanciones económicas. Cuando Chávez dice que la venta de los intereses en Ruhr Oël se hace porque es un mal negocio, por ejemplo, en realidad no se está fijando si lo era o no lo era. Lo dice con precisión: “además Alemania no es un país aliado”. Con esa frase muestra toda su concepción: la manera de mantener relaciones normales, económicas, políticas y de intercambio, no es su manera de proceder, sólo sabe de aliados y ya los tiene. Independientemente de su valor o de su utilidad Ruhr Oël se vende previendo sanciones de la Unión Europea a lo que el día de mañana podría calificarse de violaciones a los derechos humanos o de asunción no democrática del poder.

Por las mismas razones y por los mismos considerandos se quiere vender CITGO. El asunto es un tanto más complicado, debido a la sujeción de esta empresa a las leyes internas norteamericanas, pero las formas posibles se están buscando y es posible que se encuentren. El objetivo es el mismo: evitar sanciones norteamericanas ante un estado de cosas no asimilable por la comunidad internacional. Si esto es así, CITGO deberá estar vendida para el 2012, año en que también terminará la venta de petróleo venezolano al país del norte.

Terminará el suministro al mercado gringo porque ya habremos “diversificado” nuestros mercados. La única manera de cubrir los acuerdos con China y Bielorusia y de alimentar las dos refinerías en Cuba, es la de la suspensión total del suministro a Estados Unidos. De manera que no se venden activos petroleros en el exterior por avidez de dinero. Se venden en ejercicio de una geoestrategia que aparentemente no se corresponde con los intereses venezolanos y, he aquí el quid, por razones de política interna y esas razones son las elecciones presidenciales de 2012.

En otras palabras, el presente gobierno venezolano ve la posibilidad de sanciones como consecuencia de su comportamiento frente a esas elecciones, unas que no está dispuesto a perder de ningún modo. El ambiente patriotero de celebraciones por haber puesto fin a la dependencia del imperio será –si todo le sale bien con la venta de CITGO y la diversificación del mercado petrolero- el que dominará el espacio electoral. Llegará allí, parece obvio, con otro propósito cumplido: el dominio casi total de la producción y distribución de alimentos y con un altísimo porcentaje del deteriorado aparato productivo del país en sus manos. Creerá tener proveedores externos a la necesidad de exportaciones en los aliados de su nuevo polo de dictaduras y estará listo para “ganar” las elecciones o con la voluntad popular secuestrada o con el golpe de mano que le permita confiscar el poder.

teodulolopezm@yahoo.com

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