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Democracia siglo XXI

mes

marzo 2014

La demagogia como amenaza constante

demagogia
Por Alberto Medina Méndez

No se resuelven los problemas de la vida real, rodeándose de halagadores profesionales, ni tampoco estimulando crueles practicas manipuladoras.

Las soluciones suelen venir de la mano del creativo intercambio de ideas, del plural aporte de muchos a la construcción de la mejor alternativa. Sin embargo, la sociedad prefiere votar a los que halagan a la gente. Terminan recibiendo más apoyos los oradores carismáticos, los que sostienen miradas políticamente correctas y plantean un escenario de total ficción pero compatible con lo esperado por los más.

Es posible que a los seres humanos no les guste demasiado que se les muestre la realidad, es probable que la mentira sea más piadosa que la verdad. Tal vez por eso los políticos que pretenden ganar elecciones se manifiestan en la misma dirección que la mayoría.

Si ese es el esquema exitoso, si los ciudadanos validan este procedimiento porque se ajusta a sus deseos, no se puede esperar entonces otra cosa que candidatos que mientan, que seduzcan al electorado diciéndoles siempre solo lo que ellos quieren escuchar.

En todo el planeta, con diferentes matices, abundan personajes como estos, que ocupando altos cargos, consiguen sostenerse en el poder gracias a la dedicada impronta que le imprimen a sus permanentes discursos.

La estrategia es muy simple, casi básica, solo consiste en averiguar lo que la gente quiere y luego decirlo, repitiéndolo hasta el cansancio. Por eso el candidato, el personaje de turno, consigue sumar adeptos sin que necesariamente lo expresado tenga que ver con su particular visión.

Bajo esta mecánica, el candidato, los partidos y todo aquel que actúa en público, se ha vaciado de ideas y convicciones. Solo importa insistir en lo que la gente quiere y aplaudir “sus” creencias, aunque sean inexactas.

Es difícil que el mundo sea mejor si solo se admira a los aduladores. No se puede soñar con algo superador si se hace lo de siempre. Una sociedad que no busca la verdad, que no crítica, ni comprende que lo bueno implica sacrificios, que los logros son la consecuencia del esfuerzo y no de un acto de magia, seguirá transitando invariablemente este patético camino.

La demagogia ha llegado a lugares absolutamente impensados. Ya no solo es territorio exclusivo de los políticos y su discurso de rutina, en ese juego por conseguir el voto de de los ciudadanos para acceder al poder.

Esta dinámica cada vez más desmesurada y menos disimulada, viene penetrando otros espacios. Alcanza a los dirigentes de cualquier ámbito. Los hay sindicalistas, directivos de organizaciones de la sociedad civil, de clubes deportivos, representantes de comisiones barriales o del consorcio de un edificio. Ni la religión ha logrado escapar a la regla. Líderes espirituales que ven en peligro su masa crítica por el éxodo de sus fieles, han optado por recurrir a esta perversa táctica de apelar a la retórica fácil, que asegura adhesión automática. Todo sirve para sumar poder, pero muy especialmente decir lo que los demás quieren escuchar, aunque no se corresponda con las convicciones personales.

Los ciudadanos del mundo tienen por delante el gran desafío, de intentar evitar a estos personajes, reconocer rápidamente a los mentirosos seriales, esos que han hecho del engaño una forma de vida, solo porque pretenden llegar al poder para luego empeñarse en conservarlo eternamente.

Proliferan sujetos así, están por todas partes. No aparecen solo en la política, sino en casi cualquier actividad. Es tiempo de revisar las actitudes cívicas. Si los individuos pudieran premiar a la sinceridad por sobre la hipocresía, se tendrían oportunidades de encontrar soluciones inteligentes.

Mientras se aplauda a los que dicen lo necesario para agradar a los más, pues no existe salida posible. Si se quiere progresar habrá que empezar a recompensar a los que dicen lo que piensan, aunque eso no coincida con lo que cada uno defiende. Solo de ese modo aparecerán ideas brillantes, múltiples opciones para elegir y posibilidades realmente diferentes.

Si solo se aplauden ideas compatibles y se castiga a los que dicen lo que no encaja con la visión individual, se terminará haciendo lo que todos piden y se sabe que esa fórmula ha hecho que la humanidad cometa muchos errores, demasiados tal vez.

La democracia es un sistema imperfecto. Sobran pruebas de que la gente no siempre acierta. Empujar masivamente a la sociedad hacia el abismo, solo porque una percepción se multiplica y consigue aprobación popular, para desde allí condenar al resto a seguirlos, no parece ser el espíritu de un sistema que solo debería seleccionar administradores transitorios y no monarcas que conduzcan la vida de todos con el opinable criterio que imponen ciertas mayorías eventuales.

Mientras no se revise esta idea y se asuma con tanta naturalidad que los más pueden darle órdenes a los menos, esta fallida interpretación de la democracia seguirá generando líderes meramente electoralistas y la demagogia será una amenaza constante.

albertomedinamendez@gmail.com

 

 

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Crucigrama

crucigrama 1
Teódulo López Meléndez

Me parece haberlo visto entre las ruinas de Pompeya, vecino a las figuras petrificadas por la lava del volcán iracundo, en alguna calle desolada apenas incidida por algún turista errabundo. Sí, me parece haberlo visto entre los restos de comida solidificada e inclusive vecino a la fundida estatua de una pareja que hacía el amor. Era un crucigrama, que gracias a una guía espontánea y voluntariosa supe se llamaba “cuadrado sator”, uno que, sin embargo, no indicaba nada de concesión de poder por traspuesto, nada de la designación de una hermana como ministra para aliviar la pesada carga de alcalde olvidado entre los indeseables a los que no se les puede permitir salir de la pobreza pues pueden derivar en oposición.

Un simple pasatiempo, una plantilla para cruzar palabras verticales y horizontales, uno para el cual, no obstante, se requiere habilidad y conocimiento del lenguaje. Tal como un scrabble sobre un tablero de 15 x 15 casillas donde gana el que acumule más puntos. Algo así como capturar tres generales en uno de los países que casi alcanza más trisoleados que el ejército norteamericano o jugar sudoku para romperse la cabeza con una lógica inexistente ingresando los números del 1 al 9 como pueden ingresarse conspiraciones e intentos de magnicidio, tratando de no repetirse, aunque cada día se juegue a fecha en que una “memorable hazaña” fue cometida por el desaparecido sin que hubiese ocurrido la sorpresiva erupción y un escándalo de corrupción perturbase los baños del imperio.

No hay palabras a cruzar en esta Pompeya recalentada por protestas, a no ser por los que luchan denodadamente por recobrar protagonismo y marchan bajo la erupción con un pliego de peticiones que recuerdan a Gustavo Cisneros como gran figura en la autopista frente a la multitud, acompañado de Miss Venezuela de traje típico y de brazos de Osmel Sousa, mientras en el balcón se veía al Secretario General de la OEA junto a Roy Chaderton matando las horas y a un denodado Centro Carter vigilando que el papel se firmaría no se conviertese en algo realizable como un crucigrama. Los tiempos son otros: nuestras mujeres bellas caen muertas o se les ve iracundas en un desafío que no tiene nada de sudoku.

La diplomacia carcomida gusta de empezar los crucigramas con la palabra “diálogo” y procurar derivaciones. La palabra en cuestión permite degenerar la palabra a nivel de una pimpina desde la cual Poncio Pilatos vertió el agua en una ponchera. Es cómoda la palabra, especialmente si ya ha sido utilizada como argucia por el régimen al cual se llega con entrañable simpatía. Siempre hay gente dispuesta a jugar al crucigrama. Lo está, porque siempre ha jugado a realizar el crucigrama y el sudoku termina en 9, sólo que representando el final de la segunda década del siglo.

El derecho se hace palabreja y la conjunción vertical, de arriba hacia abajo, como una daga rasga cualquier posibilidad de idioma, porque en el arriba del hemiciclo sólo hay orden de silencio, de gritos sobre “fascistas” y, por ende, se levanta la inmunidad parlamentaria a gusto, a voluntad, a decisión unipersonal del co-dictador. Uno recuerda nadie se entrega a una dictadura, uno recuerda lo que dijeron los perseguidos del ayer sobre el deber de mantenerse libre o de imponerse el pensamiento, 24 horas sobre 24, de tratar de fugarse. Uno recuerda dónde el perseguido o la perseguida puede rendir mayor utilidad, por ejemplo viajando, sin pedir aún el asilo, hablando allí y acullá.

No hay crucigrama repetido. Las palabras con acento venezolano que cruzan el mundo son otras. La mirada del mundo, por encima de la diplomacia ramplona, habla de un deterioro irreversible, como tampoco es la misma dentro, dónde se nota una caída vertiginosa en el apoyo popular que espera tarjetas de racionamiento, precios inimaginables de los productos básicos y cansancio de llevar silla y sombrilla a la espera del acto normal de comprar comida. En las colas no se hacen crucigramas, más bien se cocina la ira.

El precio ha sido alto, altísimo, aún con letras de cambio por pagar, pero este país, donde una clase dirigente agotada hace crucigramas, las palabras que surgen son para indicar el peor de los temores: una clase dirigente nueva se asoma no a jugar.

tlopezmelendez@cantv.net

 

Fuenteovejuna, Señor

 

Fuenteovejuna

Teódulo López Meléndez

En 1612 un escritor llamado Lope de Vega comenzó a escribir lo que podríamos llamar el cumplimiento del deber de un “intelectual”, si la palabra ya hubiese sido inventada por los antidreyfusistas para ofender a personajes como Émile Zola o Anatole France. La palabra, sin embargo, dejó de ser peyorativa y en muchos casos se usa como sinónimo de intelligentsia. Pero no marchemos hacia lo lateral: lo cierto es que Lope de Vega daba una lección de valentía personal entremezclada con un político ejercicio de pedagogía. Se trataba de un pueblo ejerciendo la justicia, lo que aquel escritor relataba frente a un poder omnímodo desbocado y a un deseo lascivo del Comendador.

Vemos desde una Sala Constitucional impartiendo sentencias penales, contra su propia jurisprudencia, hasta el mantenimiento de una ofensiva contra alcaldes que no amontonaron a tiempo barricadas, mientras el supuesto órgano judicial las colocaba entre sí mismo y el derecho. Fuenteovejuna, Señor.

Vemos destituidos a la máxima expresión del poder local para que irrumpa el Consejo Nacional Electoral convocando elecciones de inmediato, mientras la “justicia”, entre sus antecedentes, guarda alcaldes procesados por corrupción sin que el paso de los meses para ellos haya sido obstáculo a meter en una prisión militar en menos de un día al alcalde de San Diego o que el de San Cristobal haya sido sacado de una habitación de hotel alegando una supuesta decisión y llevado, en su condición de civil, también hasta la prisión militar. Fuenteovejuna, Señor.

Esa vieja mayoría de las antiguas islas que por el Caribe subsisten se ejerce siempre a favor de las dádivas, de la subsistencia precaria, que desde el Grupo de los 3 (Venezuela, Colombia, México) asistía a sus necesidades energéticas y que por voluntad hegemónica de Chávez fue disuelto para ser suplantado con un chorro que impone condiciones y que pasa factura a la hora de silenciar voces y de sumar votos, cuando en un órgano multinacional se debería otorgar cantidad de votos por población. Fuenteovejuna, Señor.

Qué la izquierda latinoamericana ande trasnochada podría ser objeto de arqueólogos, aunque la derecha no deje tampoco de mostrar su óxido y los sentimientos a la hora de las cuadraturas procuren conservar inversiones, negocios, suministros, alianzas comerciales. Fuenteovejuna, Señor.

Mientras se proyecta un film sobre Mandela en la hacienda Altamira de Gallegos, el novelista, como para evocar larga penuria tras las rejas, las fuerzas del Comendador no cesan en su presencia para continuar lo que he definido como “una guerra de barrio” a la manera de Beirut y en las cabezas de los estudiantes siguen cayendo gases, y algo más, tal vez en procura de un aturdimiento que no llega. Fuenteovejuna, Señor.

En los tiempos de Lope de Vega luego de las preguntas de rigor del juez llegan los reyes y restablecen el orden reconociendo el justo proceder del pueblo de Fuenteovejuna y el final feliz se asoma en una condena a la lascivia del Comendador por Laurencia y en exaltación del cristiano amor de Frondoso. 

Los tiempos de Lope de Vega eran los tiempos de Lope de Vega. Ahora estamos en el siglo XXI y el pueblo de Fuenteovejuna no debe andar para nada matando Comendadores, puesto que el ejercicio de la venganza es condenable y nada se resuelve por esa vía, pero la imagen del pueblo de Fuenteovejuna sigue allí porque Lope de Vega se hizo inmortal y porque su texto invoca la reivindicación superior de un pueblo ante la injusticia. Hoy el Comendador puede llamarse dictadura, represión, ahogamiento de la justicia. Son estos los Comendadores de la Venezuela de hoy, una donde no llegarán reyes a imponer justicia como en Fuenteovejuna y será el pueblo el que produzca la misma respuesta ante la misma pregunta. ¿Quién es Fuenteovejuna?  Todo el pueblo,  a una.

tlopezmelendez@cantv.net

El espejismo de una noche de Altamira

 

 

Altamira 1

Teódulo López Meléndez

Es obvio que estoy usando para titular “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, por la sencilla razón de haber sido lo que me asaltó automáticamente con lo sucedido en la Plaza de Francia la noche del 17 de marzo.

Es paradójico, pero no tanto, que se vaya hasta el maestro inglés para escudriñar en un proceso de psicología social del siglo XXI. De aquellos tiempos en que uno decidía leer completo a Shakespeare a estos en que uno recuerda la emblemática plaza se llama “Francia” parece haber pasado una eternidad. Al fin y al cabo Shakespeare no debe su grandeza a un azar y uno no tiene la memoria para recordar con exactitud la trama de la obra que citamos; menos las ganas.

Una toma militar desproporcionada en la madrugada y en la noche una aparición de señoras rezando, una convivencia nocturna que es calificada de entendimiento cívico-militar y un estallido de celebraciones por la reconquista del lugar, un festejo que se anuncia como actos de protesta que abarcarán desde lo cultural hasta el ejercicio democrático a ella y una proclama de un pueblo que sin miedo vuelve a la civilidad frente al militarismo. Así bien podría enunciarse lo acontecido desde la óptica de un espectador de los mercados de Londres donde Shakespeare complacía a los buhoneros de la época y a sus fieles compradores, mientras nadie oteaba que ese autor ejercía una penetración fuera de límites que le merecería la inmortalidad.

Bien podría leerse la obra desde otro ángulo: En el fondo la gente acude a celebrar el cese de la violencia que perturbó su sueño, lo martirizó con incendios y barricadas, con ataques a sus viviendas, con la presencia de la muerte y del abuso. Podría leerse como un agradecimiento por el cese de la perturbación y sí, como un pacto cívico-militar, como uno que hace evaporar esa realidad perturbadora y permite de nuevo la protesta que nada cambia. Esta lectura no agradaría a los “guarimberos”, pues bien podría entenderse como la aceptación al regreso de un Tomassi de Lampedusa que demuestra que todo ha cambiado para que sobre el asunto de fondo se establezca lapidaria la sentencia de que nada ha cambiado.

La interpretación de los textos es siempre polémica. Hasta en los métodos. El presente llega hasta la psicología social, pero para los lectores –y menos para ese historiador del futuro al que creo facilito la tarea- quizás lo importante sean las consecuencias políticas inmediatas y mediatas de un espejismo en una noche de Altamira, dado que las consecuencias sobre la evolución inmediata pasarán por las retóricas preguntas de quién ganó y no sobre la manifestación de un pueblo que anhela la paz –anhelo perfectamente comprensible- y que la practica reagrupándose en ella asumiendo los viejos fracasos, mientras condena los métodos violentos que, hay que decirlo, tampoco indicaban absolutamente nada en la evolución de esta triste historia de la cándida Eréndida.

Es que esta historia de Eréndida partió de los errores, de unos que fueron olvidados en honor a la vieja sentencia de que una vez montado el potro no conviene desmontarlo o de la realización de invocaciones al azar o a esas perturbaciones que en la historia suelen llamarse imprevistos. La catalogación es inmediata: mezcla de apresurados con timoratos, de coraje sin par que lleva el nombre de nuestros muertos y de reticencia cobarde de los pronunciadores de frases de ocasión, de un pueblo que perdió el miedo con un liderazgo que oculta el suyo, de una vocación libertaria con otra de acomodo. Y yo recordando que la plaza se llama Francia y otros soltándome  frases como “recuerda este es un saco de gatos” o eso de “recordar la plaza se llama Francia es de un intelectualismo fuera de tono”. Los senos de Marianne queden a buen resguardo.

El peregrinaje por el desierto hace ver espejismos. La sed insatisfecha, el aire refractando la luz, la interpretación de los observadores, el agua que está allá una simple ilusión. Los psicólogos sociales creo hablan de espejismos emocionales. La periodista Laura Weffer escribió un texto sobre la plaza que fue censurado, lo cual no entiendo porque en verdad era una penetración singular sobre la fauna humana, desde el que creía en la búsqueda de la libertad hasta el que solo buscaba compañía. Quizás la plaza no deba llamarse Francia. Debe ser recordada como Altamira, la de Gallegos.

tlopezmelendez@cantv.net

La guerra civil de los barrios

Disturbios 1

Teódulo López Meléndez

Más allá de los sectores sociales involucrados o no en la batalla que se libra en Venezuela la única expresión utilizable para describirla es la de rebelión política. Excede de largo a una situación puntual o a una protesta pasajera. La recurrencia por parte del régimen al ejercicio de una violencia indiscriminada, con el uso incluido de bandas paramilitares, lo colocó, ya sin ambages, bajo el rótulo de dictadura, una que, en aras de las apariencias, todavía permite resquicios a la libre expresión. Por su parte, quienes están involucrados en la rebelión contra ella, muestran todos los signos de una imposibilidad de regreso, superando a la dirigencia tradicional, presta a embarcarse en un “diálogo” de imprevisibles consecuencias y de tonalidades más que oscuras.

Sobre esto de “resquicios a la libertad de expresión” hay que colocar de inmediato lo sucedido con el diario “Tal Cual”, donde por vez primera en la historia del periodismo se hace responsable a la directiva de un medio por la opinión de un columnista, como si debiesen producirse sesudas deliberaciones cada vez que llega un artículo. En este caso concreto, por una cita hecha por el columnista Carlos Genatios, se ha extremado hasta el punto de emitir medidas cautelares que incluyen prohibición de salida del país a Teodoro Petkoff y a sus compañeros directivos, amén de al columnista, más presentación semanal para que los “reos” no huyan. Tal práctica, aberrante desde una descripción jurídica, mucho me temo proseguirá dado que la Defensora del Pueblo amenaza al diario “El Nacional” con acusación penal parecida por sus enrevesadas declaraciones sobre la tortura.

El aumento constante de la represión establece una posibilidad de análisis que no se puede despachar con simples frases como las habituales de un gobierno desesperado que intenta no caer o la excesivamente banal y falsa de “derrotar un intento de golpe de Estado”. El día 12 el diario “El Universal” publica una nota –brillante, concisa, espeluznante- donde se narran los sucesos de la noche anterior en la plaza Altamira y en el barrio de Chacao. La periodista que la redactó seguramente no tenía conciencia de estar describiendo un momento clave de esta historia, -no podía tenerla- pero lo hizo. A mí me trasladó de inmediato a Beirut y a varios episodios ocurridos en las revueltas árabes que fueron calificados por la prensa y los analistas como “la guerra de los barrios”.

En Venezuela no hay una guerra civil, lo que vivimos es una represión que, en algunos casos puntuales, trae a la mente los “Convenios de Ginebra” y el Derecho Internacional Humanitario y por ende el concepto jurídico de “perfidia”. Lo que también lleva a considerar de nuevo las revueltas árabes y un planteamiento que prevaleció en la mente de quienes afrontaban rebeliones políticas, la de que la única posibilidad era convertir el conflicto en guerra civil pues de ninguna manera podía perderse dado el poder de fuego del que disponían, lo que en países como Libia no resultó cierto por la única razón de la intervención militar extranjera.

En la otra parte, con evidente decisión de no retroceder, podría estar incubándose la recurrencia a la guerrilla urbana, paradójicamente como lo hicieron en su momento de los 60 parte de los que hoy ocupan el poder. Es tal el poder represivo del régimen que podría empujar a una defensa que exceda a la construcción de máscaras antigases artesanales o escudos de cartón o barricadas hechas con lo que esté a mano, defensa inclusive proveniente de los barrios que son atacados con disparos a casas y edificios o con la quema de sus vehículos. La historia suele llenarse de vericuetos.

Un vericueto es, por ejemplo, la demostración de China pulverizando la falsa idea de que capitalismo y democracia eran como la uña y la carne. Quizás esta referencia extrapolada me venga por la aplicación misma del concepto de “rebelión política”, dado que no hay oferta de futuro y que las rebeliones, triunfantes o no, son algo así como los pájaros y otros animales que trasladan semillas o esparcen para que nuevos movimientos históricos aprendan la lección de que los cambios de gobierno no aparejan necesariamente un cambio histórico.

Aún no aparecen los signos de este último. Mi recuerdo va hasta las mujeres parisinas del mercado de La Halle en los tiempos de la revolución francesa. Deberá ser la falta de pan la que determine el curso de los acontecimientos y, por ende, la actitud a tomar por los diversos sectores de los militares venezolanos.

tlopezmelendez@cantv.net

 

El Salvador: A la espera de un vencedor

 

El Salvador

 

Por Yenny Gomes

 

Pese el favoritismo de las electoras en otorgar amplia ventaja a Salvador  Sánchez candidato por el  FMLN , las elecciones de este domingo  realizadas en El Salvador dieron un giro sorpresivo, y hasta el momento de escribir este artículo el FMLN, obtuvo un total del 50,11% de los votos y su rival Norman Quijano, candidato por el partido por la Alianza Republicana Nacionalista(ARENA),obtuvo un 48,89% de los votos, lo que se traduce en una diferencia de 6.357 votos, por lo que en virtud del corto margen, el Tribunal Supremo Electoral de la  referida nación centroamericana  no proclamará ningún vencedor hasta no hacerse el conteo  total de los votos.

 

Este giro radical puede deberse a la influencia de los votantes en el exterior. Recordemos que esta es la  primera vez en la historia democrática El Salvador donde los salvadoreños residentes en el exterior pudieron ejercer su derecho al sufragio, las cifras indican que  esas cifras equivalen a dos millones y medio de votantes, y aunque la primera ronda electoral estuvo marcada por una participación escueta por parte de los residentes en el exterior, no parece haber sido así en esta segunda ronda, lo que fue un balde de agua fría para el favorito de las encuestas, el candidato de izquierda, Salvador Sánchez.

 

La primer ronda electoral, el voto en el exterior tuvo un aporte mínimo de  apenas dos mil votos que mayoritariamente, beneficiaron al partido en el poder.Una eventual victoria del FMNL,  podría generar cambios sustanciales en las relaciones de Estados Unidos con El Salvador en consideración que por décadas ambas naciones han tenido una relación cercana. Teniendo cuenta que uno de cuatro salvadoreños vive en los Estados Unidos, y las remesas que envían al Salvador, equivalen a 4 billones de dólares anuales, lo que equivale aproximadamente el 17% de su Producto Interno Bruto (PIB), el voto de los residentes en el exterior pudo ejercer una influencia decisiva en esta segunda vuelta electoral.

 

Igualmente cabe citar la ola de protestas que se han generado en  Venezuela y la terrible represión ejercida por el Gobierno venezolano ante los graves problemas que vive el país: inseguridad, escasez, alto desempleo y la inflación donde el más castigado es el ciudadano más pobre, lo que pudo influir en electorado, recordando que  en la  mencionada nación centroamericana 34.5% de la población  total vive en condiciones de  pobreza. Con un sistema educativo desigual y una economía que ha tenido un promedio de crecimiento real de tan solo 2% en los últimos quince años, aunado a los altos índices de inseguridad, donde según cifras de 2012, 39.6  de cada 100.000 habitantes son víctimas de homicidios, catalogado  por la Organización Mundial de la Salud como una “epidemia de homicidios” puesto que la cifra es superior al limite establecido de 10 por cada 100.000 habitantes.Por lo que su vinculación con Nicolás Maduro, como es conocida cuando éste último ejercía el despacho del Ministerio de Relaciones Exteriores y medió en una operación  de narcotráfico con   el peso fuerte del FMNL José Luis Merino, quien envió a un capo de la droga para negociar con las FARC en un vuelo gestionado con el despacho del  actual presidente venezolano. Así como el financiamiento de sus actividades con crudo venezolano, donde el diario ABC señala que los dirigentes del FMLN han estado pagando la deuda petrolera contraída con PDVSA,  con cargamentos de café entregados con sobreprecio, dándoles margen para operaciones encubiertas y generar clientelismo político, fueron puntos fuertes a favor del partido ARENA y que definitivamente empañaron la ventaja del candidato del FMLN en esta segunda  vuelta electoral.

 

La reciente campaña electoral ha estado marcada por revivir   las hostilidades entre clases, que en el pasado llevaron El Salvador a  una guerra civil  que duró  12 años y con más de  75.000 muertos y medio millón de desplazados. El  partido ARENA representa a la comunidad empresarial y está orientado a una economía de libre mercado.  En cambio, el FMLN es partidario  de una economía planificada, con fuerte acento estatal,  aunque en un esfuerzo por ganar espacios políticos, en los últimos cinco años han hecho  para ganar la confianza de los empresarios mediante el  establecimiento de alianzas público-privadas en proyectos de energía e infraestructura, aunque es sabida la experiencia de un gobierno con fuerte acento estatal en Venezuela y Argentina,   quedo en manos de los salvadoreños decidir su destino y esperemos que el vencedor ponga de lado la ideología y sea capaz de adaptarse a los retos de una sociedad globalizada  para hacer frente al espiral de violencia que azota al Salvador y se adopte una política sostenible, inclusiva y respetuosa de las instituciones, de manera que sus ciudadanos puedan salir de la pobreza y sean instrumentos claves en el desarrollo.

 

 

 

 

La clase política y la lucha de clases

 

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Teódulo López Meléndez

Los últimos acontecimientos nos han mostrado a la clase política y hablar de clase política es recordar al sociólogo italiano Gaetano Mosca pues fue él quien usó por vez primera tal término en la década de los 40. No nos detengamos en profundidad en la teoría de Mosca, fundamentalmente escrita para desvirtuar la tesis marxista de lucha de clases ni menos en las objeciones de los gramscianos, pero sí quedarnos un poco en su tesis de cómo esa clase se reproduce.

Pertenecer a la “clase política” es monopolizar el poder y gozar de las ventajas consecuentes. En Venezuela existe una lucha de clases, de clases políticas, una oficialista y otra “oposicionista” que centran su batalla en la conservación u obtención del poder. Los hambrientos que lo ejercen no se sacian y el hambre de quienes lo aspiran llega ya a niveles de hambruna, a pesar de que la primera procura mantenerla con sobras.

Vemos así, mientras hay más presos, mientras contabilizamos heridos y las cruces recuerdan a los muertos, como se afirma que la protesta debe dirigirse a obtener lo que bien podría llamarse “una mejor calidad de diálogo”, esto es, una negociación que implique la monopolización del poder sobre la masa oposicionista y el disfrute de las ventajas consecuentes. En esta “lucha de clases”, donde se omite por conveniencia “toda actividad” “por respeto a la otra parte”, se olvida inclusive que la presencia de mandatarios extranjeros en un país en conflicto es un simple apoyo a la parte que domina el poder del Estado, lo cual es una injerencia inaceptable.

Es menester, entonces, superar “esta lucha de clases”. Si la gente está descontenta deberá comenzar por formar en su seno una minoría que comience a actuar como agente de la deposición de las clases políticas y se ofrezca como se entiende el liderazgo hoy, no como una nueva clase, sino como vanguardia alimentadora de un empoderamiento ciudadano.

Las clases políticas en Venezuela no han evolucionado. La oficialista es una rancia de logia militar y la “oposicionista” una que sigue dependiendo de antiguallas  partidistas erosionadas dónde se sigue viviendo del “financiamiento” de los dólares y de los bolívares y donde, por obvias razones, los mejores puestos son conquistados por quienes tengan más dólares y bolívares. Así se sigue reproduciendo, diría Mosca.

El país venezolano, aún turbio en cuanto a concepción política, comienza apenas a plantearse la patada en el trasero a las clases políticas que protagonizan la lucha de clases políticas. Es menester, para que esa nueva fuerza dislocadora  nazca la aparición de fuentes que logren el desajuste de las dominantes. Por lo que nos toca sólo podemos hacerlo en el campo de las ideas y en la propuesta del conocimiento, aunque se produzcan en el seno del oficialismo, para pánico del flamante Ministro de la Desudecación, ascensos sociales que lo hacen temer cambien de parecer. Quizás la conjunción de elementos sea la que pueda producir los dislocamientos de unas clases políticas gobernantes, porque las dos de la lucha de clases política venezolana son gobernantes, dado que la “oposicionista” conserva lo que logra en las elecciones repetidas de dónde emana su supervivencia.

Por supuesto que de las clases políticas viene la reacción contra toda posibilidad de ser desplazadas. No les importan ni los fracasos que convierten a un país en inviable ni los fracasos de un cuerpo social que lucha desesperado, no por colocarlos a ellos en el poder, sino reconquistar lo que llaman genéricamente “la libertad”. Es más, la situación ha llegado a tal punto que los “oposicionistas” saben que una caída de la clase política a la que se opone sería absolutamente peligrosa para ellos, pues podrían emerger quienes no los llamarían a la nueva configuración del poder. Así, la comodidad de la “lucha de clases” hay que mantenerla evitando que el cuerpo social los disloque con el parto de nuevos dirigentes. Olvidan que la historia muestra la caída de las clases políticas cuando ya han dado muestras suficientes de no poder seguir ejerciendo la cualidad que las llevó al poder, léase Chávez en la oficialista, léase “democracia” en la oposicionista. Todo lo que pasa, lleno de fracasos, avances y retrocesos, ha sido intervenido, condicionado, negociado por los actores que quieren hacerse “siempre” en la vida política.

tlopezmelendez@cantv.net

 

 

 

El inexorable derrotero del fascismo populista

 

populismo

 Por Alberto Medina Méndez

Hace tiempo que los manipuladores del discurso político se vienen ocupando de tergiversar el significado de las palabras. No es casualidad. Lo hacen con una intencionalidad inocultable.

Buena parte de la explicación de sus éxitos electorales tienen que ver con que han conseguido instalar determinadas visiones, apelando a las más elementales enseñanzas de Antonio Gramsci, pero siempre con la necesaria complicidad de la holgazanería ciudadana que opta por aceptar linealmente el adoctrinamiento que propone esa dinámica panfletaria y superficial, que se esfuma ante el primer razonamiento relativamente sensato.

Han construido una caricatura de la historia que les resulta inmensamente funcional. Así le dieron nacimiento al perverso “Socialismo del Siglo XXI” que es solo la peor combinación de marxismo y fascismo, y la empírica demostración de su innegable parentesco. Solo le han agregado ciertas aristas folklóricas para brindarle un aire más domestico y regional, bajo un formato y presentación más amigable para estas latitudes.

Estos regímenes vienen con la pretensión de quedarse. Es por ello que su impulso inicial se oriento, en casi todos los casos, a modificar sus Constituciones, para garantizarse reelecciones indefinidas o ciertos mecanismos de centralización del poder que le permitieran continuar.

Han destrozado deliberadamente la república, vulnerando la división de poderes que evita los abusos, fracturando principios básicos como el estado de derecho, la periodicidad de los mandatos y al mismo tiempo cooptando a los miembros de la justicia para asegurarse impunidad y convirtiendo a los legisladores en la virtual escribanía del mandamás de turno.

Son sistemas de gobierno autoritarios, donde el poder se concentra en una sola persona que aglutina las decisiones, como si fuera un monarca con plenos poderes y sin limitaciones, lo que siempre viene acompañado de obscenos negocios, corrupción indisimulable y un descaro difícil de ocultar.

El fascismo como sistema político tiene algunas características que le son propias y son parte de su esencia, como su totalitarismo, el desprecio por el capitalismo, un nacionalismo premeditadamente extremo y el infaltable enemigo social específico, siempre seleccionado cuidadosamente, al que se responsabiliza de todas las calamidades que se puedan padecer.

Un líder carismático siempre es el que encarna el proyecto, difundiendo el odio sobre otros, pero también montando ese imprescindible aparato de propaganda enorme que intenta convertir premisas falsas, que de tanto repetirse parezcan indiscutiblemente verdades repletas de verosimilitud.

El continente tiene en Venezuela al máximo exponente de este desarrollo, el que a medida que pasa el tiempo y sigue obtenido triunfos electorales ha profundizado su autoritarismo como así también el resto de las características de este régimen político. Las confiscaciones son cada vez más burdas y carecen de pudor, mientras las libertades se diluyen una a una, hasta desvanecerse, como parte del atropello a los derechos de forma siempre gradual, sistemática y progresiva.

Otros países del continente tienen intenciones de seguir ese recorrido y vienen haciendo los deberes como buenos alumnos, siempre con sus necesarios matices y estilos de liderazgos circunstanciales.

En realidad se trata de un sistema insostenible en el tiempo. No existe forma de sostenerlo demasiado porque cada vez precisa de mayores dosis de totalitarismo para proseguir su rumbo. El fracaso anunciado de sus políticas, los lleva a necesitar de mayor control y eso irremediablemente significa que necesitan retirar más libertades para mantenerse en el poder.

La cobardía de los primeros mandatarios del resto de las naciones es difícil de explicar. El silencio que legitima las tropelías cotidianas es difícil de comprender. Los ciudadanos del mundo ya han tomado nota de este hecho.

Lo que resulta incomprensible es la cantidad de personas que pareciendo inteligentes y bien intencionadas, lejos de los intereses del poder, bajo el pretexto de coincidir con algunas posturas demagógicas como el supuesto enfrentamiento al imperialismo y otras actitudes típicas del nacionalismo fingido, terminan avalando y aplaudiendo los despropósitos de esta época.

La lista es larga. Supresión de la libertad de expresión, represión en las calles a manifestantes que reclaman, intimidación a medios de prensa locales e internacionales, restricciones a las libertades en todas sus formas, a lo que se agrega con crueldad los ciudadanos condenados a la pobreza, al desabastecimiento y a la inflación, mientras la violencia desenfrenada provoca muertes en hechos delictivos, que a veces hasta sirven de pantalla para enmascarar persecuciones políticas.

La estrategia es clara. Quedarse en el poder a cualquier precio. Los pilares de este sistema están a la vista. Un nacionalismo político que exacerba la soberanía de la mano de un odio contra lo foráneo, un intervencionismo económico que hace estragos y destruye la riqueza a su paso, generando un paulatino empobrecimiento, una hipócrita religiosidad contradictoria con su accionar permanente y ese despiadado monopolio de la fuerza que les permite controlar militarmente cualquier manifestación ciudadana.

Sus triunfos electorales provienen de un manoseado esquema electoral. Con esos argumentos justifican cualquier decisión como si tener votos habilitara a los gobernantes a ejercer la fuerza contra sus oponentes, acallarlos, encarcelarlos, quedarse con sus propiedades y limitar sus libertades.

Lamentablemente, el final de esta historia no podrá ser color de rosas. Cuando esta farsa concluya y la disparatada aventura culmine, solo quedará una sociedad dividida, enfrentada, plagada de resentimientos, con una economía destruida cuya reconstrucción llevará mucho tiempo y esfuerzo.

Sería deseable que los mecanismos institucionales permitan ese renacimiento imprescindible, que las formas sean civilizadas y que los mezquinos intereses de los déspotas de turno no provoquen más sangre que la ya innecesariamente derramada.

Aunque sigan persistiendo en modificar la historia, acomodar el relato a sus caprichos y difundir mentiras con apariencias elegantes ya no quedan muchas dudas sobre el inexorable derrotero del fascismo populista.


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