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Democracia siglo XXI

mes

diciembre 2009

Mensaje de fin de año


Teódulo López Meléndez

Termina la primera década de un siglo y podemos asegurar que el valor fundamental que se ha puesto en discusión ascendente ha sido el de la ciudadanía. El reclamo por el cambio de los viejos paradigmas que guiaban el comportamiento político ha estado presidiendo de manera insistente el mundo inmenso de la comunicación interpares.

La vieja democracia representativa ha sido señalada como perteneciente a otra centuria, a otro proceso socio-histórico-económico. Las decisiones se aproximan cada vez a más a una voluntad colectiva formada de manera inédita y por medios insurgentes.

Hemos vivido en estos diez años la agonía de un viejo mundo y los balbuceos de otro. El economicismo estalló, no sólo como repetición de una crisis puntual, sino como el brote de exigencias de edificación de justicia en el mundo económico.

Hemos asistido, quizás de manera imperceptible, a los indicios de reorganización de la distribución del poder y a modificaciones en su esencia misma.

Hemos visto –inclusive en el día de Navidad- brotes de intolerancia, violaciones a los derechos humanos, pero al menos la humanidad no ha asistido del todo impasible a estas incidencias de un trasnocho ideológico que como polución pervive en el aire planetario y se arrastra persistente sobre la medición del tiempo.

En nuestro país venezolano ha sido la década de una incidencia histórica muy parecida a una repetición de lo que ha sido nuestro pasado. Podemos admitir que aún no se conforma una voluntad nacional coherente de salto hacia adelante. Se perciben confusiones, incongruencias, no asimilación plena del desafío hacia lo político que planteo la ocurrencia de este suceso plenamente explicado por un comportamiento que lo generó y por una sociedad abstraída de todo interés por el destino colectivo. La multiplicidad que como un torbellino nos sacude se parece más bien a un brote anárquico, a una incoherencia improductiva, a una asimilación distorsionada del nuevo papel ciudadano protagónico que aún no ha madurado.

La tendencia venezolana a que cada año que llega será peor que el anterior no se modificará en 2010. Este diciembre triste nos ha indicado lo que nos espera. El torbellino del caos aparece en el horizonte como una visión de tornado que gira amenazante. Amalgamar las partes dispersas de este conglomerado social requiere aún del cemento y de la voluntad, de una maduración que es parsimoniosa, de un asegurar de posibilidades que aún se sitúa  en el territorio de la incógnita.

No obstante, hay que admitir que las lecciones de la historia indican cohesiones rápidas, impensadas, sorprendentes. El maniqueísmo de pesimismo u optimismo debe ser reemplazado por la atención que no descansa, por un alerta permanente, por lo que he denominado durante esta década como “una interrogación ilimitada”. Debemos preguntarnos aunque muchas de las demandas no obtengan respuestas, dado que la falta de respuesta lo es al obligar a una reformulación de los términos de su lanzamiento, a una modificación de las palabras que usamos para redactarlas, a una alteración de las palabras y de la sintaxis de las frases.

La asunción de una nueva cultura puede parecer un largo proceso y de hecho lo es, sólo que el empuje humano lleva a la determinación antes de que esté plenamente constituida y obliga a su asimilación plena a una velocidad no sujeta a previsión ni cálculo. Se debe partir que es hacia delante que se marcha, nunca hacia atrás.

En sustitución de un “Feliz Año” que escapa a las proyecciones del análisis digo que estaré en el 2010 con la mente puesta en mi país, como lo estuve en la década que termina. Es poco, lo sé.

teodulolopezm@yahoo.com

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Ni izquierda ni derecha: queremos políticas públicas

Por Ivo Hernández

ivoricardo@hotmail.com

Estamos cerrando un año lleno de eventos, donde la buena política ha reivindicado su importancia. Si los noventa fueron tiempos en que la economía parecía arropar toda la vida pública, el comienzo del siglo XXI nos ha enseñado la necesidad de procrear una eficiente ingeniería institucional que reivindique la condición de ciudadano.

Atención que no dije pueblo, categoría política anónima que manipulan muchos demagogos. Dije ciudadanos, que es la concepción contemporánea de nuestros habitantes ya no solo de las ciudades sino de todos los confines de nuestros países. Ciudadanos con derechos amplios adquiridos por su condición, con participación política y carné nacional de membrecía.

División maniquea. En este año que cerramos, varios países de nuestra región fueron a procesos electorales mientras que otros lo harán próximamente, y las ofertas empiezan a demostrar el talante e iniciativa de los candidatos. Sin embargo, quiero decir y demostrar que uno de los más pobres discursos de todos, quizás el más lamentable, es aquel maniqueo que pretende dividir el espectro político latinoamericano en izquierdas y derechas.

Este argumento no tiene ningún asidero empírico, sino tal vez emocional, pues hace tiempo que la realidad con sus problemas dejó de lado tal especulación teorética. Ya la izquierda no se centra en distribuir el dinero, ni la derecha en crearlo, ni son los unos puramente keynesianos ni los otros únicamente monetaristas. La democracia en su afán de ser un sistema colectivo y derechos comunes, ha ido incluyendo las ideas provenientes del liberalismo y del socialismo por igual. No existen sistemas puros en este sentido, ni podrían existir.

Decir por ejemplo que Chávez y Lula sean de izquierda, es homologar a la fuerza dos sujetos esencialmente disímiles, condición matemática excluyente para formar un conjunto. Las diferencias son evidentes salvo para quien por inocencia o por interés deliberado no quiera detenerse a distinguirlas.

Uno de ellos ha destruido la economía de su país, reducido su política exterior a la miseria y al ridículo público, demolido el aparato productivo, condenando a la nación a supeditarse más y más a las importaciones, aumentado la pobreza justo cuando la nación ha recibido la catarata de dinero más grande su historia; el otro, en cambio, ha continuado con acierto y tino las riendas de la economía, generado riqueza, fomentado una creciente clase media y disminuido la pobreza no en discurso, sino en cifras reales y mensurables.

Retrocesos. Pero tanto como las diferencias entre izquierdas y derechas son brumosas hoy día, lo que sí puede diagnosticarse con claros síntomas es el caudillismo, el verticalismo, el autoritarismo y el retroceso a sistemas políticos superados que concentran el poder en unas pocas manos.

Ya Latinoamérica ha comprobado dolorosamente que si no sabe lograr un balance entre mercado y Estado, además con un diseño amplio de políticas públicas medidas por su efectividad, las supuestas diferencias teóricas son palabras al viento. Nuestra necesidad real se cimienta en saber enfrentar las carencias históricas que hemos tenido y donde más que por algún imperialismo (discurso favorito de quienes eluden responsabilidad) lo errores han sido nuestros. Repetidamente nuestros.

En lugar de quebrar lanzas hablando de izquierdas y de derechas, Latinoamérica tiene sus retos sociales, muchos de ellos intactos, a la espera de soluciones. No hay remedios de izquierda o de derecha para superar la pobreza, lo que hay son diseños eficientes de políticas de Estado que logren incorporar a los excluidos al sistema.

No hay izquierda ni derecha para la salud en Latinoamérica, lo que hay es necesidad de promover sistemas de cobertura para quienes viven al margen de la seguridad social y son invisibles para los sistemas de salud pública.

El éxito de algunos gobiernos en nuestra región es porque sus mandatarios comprendieron que son empleados públicos elegidos para resolver problemas, y no pastores de masas, gritando odios e ideas obsoletas

Reflexiones sobre los dictadores


Por Pedro Corzo

Es posible que muchos se pregunten,  que es un dictador, que factores definen a un gobernante con un calificativo que deshonra y por qué hay pueblos que soportan dictaduras cuando otros nunca las han padecidos.

También es razonable indagar por que un dictador disfruta de apoyo popular y lo que es mas alarmante todavía; por que causas un mandatario que accedió al poder violentando la institucionalidad puede conquistar de nuevo el gobierno con el apoyo electoral de una mayoría ciudadana.

Sin duda son preguntas complejas que probablemente no tengan respuestas precisas, pero si es evidente que hay culturas que tienen una fuerte propensión al gobierno fuerte, el liderazgo indiscutido, a la aceptación de una autoridad que asuma responsabilidades que aparentemente la mayoría ciudadana prefiere evadir.

Por supuesto que no todos los dictadores son iguales en propósitos y métodos y aunque entre ellos hay diferencias existen factores comunes que les identifican sin que importe la época, cultura, geografía, educación, ciudadana e ideología, si es que el dictador en cuestión se considera abanderado de alguna.

Dictador, puede ser quien asume por decisión propia o por delegación una autoridad ilimitada que no esta sujeta a cuestionamiento. El poder que detenta no esta en discusión ni es sujeto de debate. El dictador es figura y genio de un propósito de gobierno cualquiera que este sea.

Los dictadores no admiten retos a su autoridad pero no todos responden a los desafíos con igual brutalidad ni soportan con igual entereza las presiones de que son objetos por parte de la oposición.

El dictador se identifica más por su carácter que por el hecho de ocupar un poder político, religioso o económico. El dictador demuestra un profundo desprecio por la opinión ajena. Ignora el derecho que asiste a los que les rivalizan. El dictador es intolerante, sectario, y hasta paternalista en sus abusos.

El dictador gusta del elogio, de la adulación, de la sumisión a su voluntad. Disfruta de la historia y por lo regular esta convencido que con sus acciones esta escribiendo los capítulos más gloriosos de la misma.

Para el dictador envilecer a los que le apoyan, a los que se le oponen y hasta a los indiferentes es un mandato que garantiza su perpetuidad. El envilecimiento ciudadano es su carta de triunfo y eso lo logra con los premios y castigos que dispensa al capricho de su voluntad.

Los dictadores son taimados, inescrupulosos, vendedores de promesas y hacedores de castillos en el ai5re pero muy en particular, desconfiados, porque para ellos la lealtad es proporcional a los privilegios que otorgan.

Creen en los comentarios sin fundamentos y en ocasiones ellos mismos los promueven. El dictador es un mentiroso con talento, un hombre que conoce la gente que gobierna, que sabe de debilidades y grandezas. Cuenta  con un aguzado sentido del que hacer en los momentos de crisis porque conoce mejor que ningún otro conductor, que su poder se asienta  tanto en  su capacidad de  evaluar el entorno, como en lo oportuno de sus decisiones y en las contradicciones de quienes se le oponen.

El dictador no es un cobarde por naturaleza como algunos gustan calificar. Puede ser un miserable pero su valor personal puede estar por encima del promedio del de sus conciudadanos. No es atinado confundir en un dictador la cobardía con su sentido de la prudencia o la perdida de la motivación para gobernar. Los dictadores son victimarios por naturaleza, pero eso no implica que sean pusilánimes ni cobardes.

El valor personal de muchos dictadores es incuestionable porque la mayoría de ellos acceden al gobierno gracias a su disposición a correr riesgos, por su audacia y temeridad.

Las motivaciones que sostienen e impulsan a los dictadores pueden ser múltiples y complejas y responden a varios patrones por lo que a pesar de posibles semejanzas en la forma de dispensar su autoridad y ejercer el liderazgo, las diferencias entre ellos son fácilmente apreciables por un observador aplicado.

Hay dictadores sumamente carismáticos, verdaderos seductores de masas e individuos. Personajes que poseen una capacidad excepcional en atribuirse los éxitos y distribuir las culpas. Son individuos agradables, obsequiosos y comprensivos cuando las circunstancias lo requieren. Con tales habilidades para intimar que su interlocutor puede llegar a creer que el dictador esta bajo la influencia de su ingenio.

Este tipo de dictador es extremadamente peligroso por que su mesianismo es contagioso, y su afán de redención afecta la roca más insignificante de su reino. Ellos pueden dividir la sociedad y llevarlas a puntos de confrontación tan agudos que la comunidad puede llegar a resentir sus valores más trascendentes y abarcadores.

Bajo estos líderes los pueblos sufren metamorfosis alienantes. El rebaño es objeto de la voluntad de su conductor pero se cree sujeto en la personalidad de este. El individuo se hace infinitesimal ante el ardor de quien maneja sus miedos, frustraciones, aberraciones y sueños. Estos líderes son como los agujeros negros del cosmos, tienen tal capacidad de atracción que consumen  todas las luces e individualidades que le rodean.

Dichos líderes pueden estar inspirados por una especie de religiosidad. Se consideran elegidos e infalibles y cuando tienen el sostén de una ideología su capacidad de contaminación y destrucción se acrecientan. Crean una mística en su entorno y tienen la capacidad de generar sentimientos transcendentes en sus propuestas y hacer creer a sus seguidores en la constitución de un nuevo mundo y de un hombre diferente. Estos personajes por lo regular acceden al poder por medio de un proceso insurreccional, o a través de gestas populares que favorecen una especie de sacralización laica.

Pero también hay dictadores de naturaleza burocrática y aunque estos pueden responder a una casta u oligarquía y disfrutar de un poder omnímodo, rara vez llegan a disfrutar de la simpatía y el apoyo popular.

Estos dictadores son eficientes en controlar la maquinaria del poder y son tan trabajadores y crueles como requieran las circunstancias. Detentan  el poder por su indiscutible capacidad para intimar y privilegiar al mismo tiempo.

En ocasiones este tipo de hombre fuerte hereda el mando ya sea por designación o por vencer en  luchas internas  por el poder; y no pocas veces su autoridad  es balanceada con la existencia de una contraparte que es quien en realidad designa a quien ostenta el liderazgo.

Por supuesto que hay dictadores de opereta. Individuos que han llegado al máximo liderazgo prácticamente sin proponérselo. Estos pueden ser tan crueles como el más iluminado de los líderes, pero son fácilmente influenciables, y sus propósitos pueden ser modificados sustancial y regularmente.

Hay dictadores que a través de las instituciones del estado instauran  un férreo control sobre las actividades públicas. Ellos controlan las Asambleas Legislativas  y los Poderes Judiciales a través de sinecuras,  y violencias de terceros si las condiciones lo demandan.

Este tipo de dictador gusta de elecciones y hasta permite ciertas libertades de expresión, aunque no cesa de amenazar ese derecho y conculcarlo cuando lo estima pertinente.  Su afán por el poder, a pesar de que lo renueve con el voto popular, le permite ver su cola de cercenador de libertades. Algunos ejemplares de estos dictadores tienen una fuerte propensión a obras materiales faraónicas a través de las cuales espera n perpetuarse.

También, y es posible que olvidemos alguna especie de estos vertebrados que causan tanto daño a la humanidad,  existe el dictador capaz de sintetizar todos los atributos antes mencionados, y son los que no solo hacen historia para sus pueblos si no que como Supernovas aberradas irradian oscuridad durante siglos en la historia Universal.

Diciembre 2009
Pedro Corzo
Tel. (305) 551 8749
Cell.(305) 498 1714

Libros: “Sueño y mentira del ecologismo” de Manuel Arias Maldonado


Naturaleza, sociedad, democracia

¿Debe la humanidad regresar a la naturaleza, a fin de no ser exterminada por ella? Esta es la pregunta que sacude cada vez más insistentemente la conciencia contemporánea. En efecto, extendida la creencia de que padecemos una crisis ecológica global que nos sitúa al borde mismo del precipicio, es necesario plantear qué tipo de sociedad queremos, si queremos que la sociedad “simplemente” sea todavía. Y es que el cambio cultural iniciado por el movimiento verde hace cuatro décadas parece haber triunfado: todos somos, al fin, verdes. Nadie discute la necesidad de construir una sociedad sostenible.

Sin embargo, el debate público sobre el medio ambiente, teñido a partes iguales de exageración y sentimentalismo, está lejos de desarrollarse en los términos correctos. Porque no podemos regresar a una Arcadia que nunca existió. La naturaleza se ha convertido en medio ambiente humano; no podía ser de otra forma.

Esta premisa debe ser el fundamento de la política verde del futuro: una política realista. Y una política que afirme los mejores valores del orden social moderno, para propiciar su gradual adaptación “ya en marcha” a las exigencias medioambientales.

La crisis ecológica no puede convertirse en pretexto para otra revolución pendiente: a una crisis imaginaria no puede responderse con una sociedad imaginaria. ¿Puede una sociedad, en cambio, ser verde y liberal? No sólo puede; debe serlo. Eso significa que la sociedad sostenible será abierta, democrática, global. O no será.

EAN: 9788432313691
ISBN: 978-84-323-1369-1
Nº de edición: 1
País Edición: España
Fecha Edición: 01/10/2008
Dimensiones: 210 mm x 135 mm
Formato: Libro en rústica
Páginas: 333
Precio: 19.50 €

Ciudadanía y Ciencia Política en los inicios del siglo XXI

Por Manuel Luis Rodríguez U

PRESENTACION

Este ensayo aborda y propone un enfoque politológico innovador que pretende dar cuenta de los cambios sociales y culturales que han ocurrido en nuestra sociedad, y reenfoca el objeto de la Ciencia Política, a partir de la ciudadanía como sujeto esencial y fundacional del sistema político e institucional.

LOS OBJETOS INSTITUCIONALES DE LA CIENCIA POLÍTICA

La ciencia política ha construido sus categorías de análisis y sus definiciones conceptuales sobre la base de los procesos, instituciones y sistemas desde los cuales se ejerce el poder político.  Es necesario reconocer que el fundamento epistemológico de la Ciencia Política en el siglo XX y en sus orígenes en el siglo XIX, ha sido el poder y la política como edificios institucionales en los que se organiza.

Las distintas escuelas de pensamiento que han dado forma a nuestra disciplina, han elaborado conceptualizaciones en las que la política y el poder político comienza y se establece bajo la forma de instituciones y estructuras.  El sujeto del ciudadano subyace en todas las grandes elaboraciones políticas de la Antigüedad y de la Edad Media, pero no aparece hasta después del Renacimiento, cuando Maquiavelo y los realistas italianos y franceses descubren el Estado como orden político al cual se sujetan los individuos para realizar sus fines e intereses.

Jean Leca afirma que “el universo político releva de un tipo de relaciones y no de ciertos hechos.  El problema fundamental es entonces apreciar la densidad de lo político que se puede encontrar en una relación social para devenir una relación política.” ([1])  A contrapelo de esta concepción, la ciencia politológica pudo desarrollar a lo largo del siglo XX un dominio de tópicos, un campo semántico y un espacio de reflexión e investigación –propios de su madurez como disciplina distinta de las demás Ciencias Sociales- que incluyen el poder, el Estado, la acción gubernamental, la estructuras, las fuerzas e intereses, las ideas y las aspiraciones, y las relaciones políticas.

Pero volvamos al ciudadano.

El tópico del ciudadano aparece sin embargo en la reflexión política de la Modernidad, a partir de la revolución americana y la revolución francesa (a fines del siglo XVIII), como una ficción jurídica y política radicada en un individuo libre, consciente y racional, dotado de ciertos derechos y sobre el cual recae la soberanía de la nación.

Las grandes revoluciones del siglo  XIX que derribaron los imperios coloniales, sin embargo, vinieron a ocasionar en las clases dominantes un terror pánico frente a las masas ciudadanas, ante esas temibles multitudes de ciudadanos en camino de exigir sus derechos y de materializar su nueva conciencia de  hombres libres.  Las repúblicas censitarias y las repúblicas oligárquicas del siglo XIX e inicios del siglo XX fueron el resultado del choque social y político entre las nuevas formas de ciudadanías y los viejos sistemas de poder político y dominación económica y social.

La Ciencia Política entonces –aun en proceso de construcción conceptual- solo podía dar cuenta de un orden político (burgués esencialmente) contra el cual chocaban una y otra vez las masas ciudadanas, como un edificio político amenazado por una ciudadanía a la cual aun no se le reconocía su condición fundante, deliberante y constituyente.

Este enfoque ha dado como resultado una Ciencia Política cuyo edificio conceptual (como la incierta imagen platónica en el fondo de la caverna) refleja el edificio institucional de la política que estudia, dejando de lado u olvidando la base de esa construcción que son los ciudadanos.  Esta parece haber sido una Ciencia Política construida a imagen y semejanza del orden político existente, pero visto desde la perspectiva óptica de las instituciones y las estructuras en las que se articula, pero no desde el ciudadano y desde la ciudadanía en cuyos fundamentos se supone debiera estar.

UNA CIENCIA POLITICA CENTRADA EN LA CIUDADANÍA Y EN EL CIUDADANO

Otra ciencia política podría decirnos, cómo se percibe y se experimenta la política desde la perspectiva de los ciudadanos, cómo la ciudadanía –como condición y como forma de relación- elabora, racionaliza y experimenta el poder y la política.

Se trata de un cambio copernicano, de una inversión de roles y de enfoque, una mutación completa y necesaria de la óptica desde la cual la disciplina politológica puede analizar su objeto de estudio.

El nuevo objeto de estudio sigue siendo el poder, las instituciones, las ideas y las prácticas políticas, pero el punto de vista que se adopta para entenderlas y comprenderlas, es la ciudadanía, es decir, aquellos individuos situados –metafóricamente hablando- en la base de la pirámide del poder y del Estado, o sea, en sus fundamentos.

Una lectura crítica al concepto de ciudadanía, desde el siglo XXI

El objeto de estudio “ciudadanía” ha sido históricamente abordado desde distintas perspectivas, desde el punto de vista filosófico, desde una óptica histórica, sociológica y jurídica. Ciertamente, cuando hablamos de ciudadanía hacemos referencia a una cuestión moderna, es decir, a una categoría de análisis que encuentra sus fundamentos en los autores que surgen en la Modernidad occidental y que se interrogan acerca de este sujeto político sobre el que recaen una suma de atributos y de facultades.

Podemos decir que la ciudadania, abordada desde un punto de vista politológico es, a la vez, una condición y una relación.

En tanto condición, la ciudadanía constituye un conjunto de derechos y deberes en el marco de un orden político que se constituye sobre la base del poder soberano y constituyente que le pertenece.   La condición ciudadana es atribuida por el orden político mediante la ley, en función de la pre-existencia de ciertos derechos que se le estipula inherentes.

La república, al constituirse o independizarse, da cuenta de un pacto o contrato social anterior al orden político mediante el cual la ciudadanía, o sea, la nación dotada de un poder constituyente, confiere a algunos de sus conciudadanos, el mandato de representarlos en el ejercicio del poder político.

La constitución de la ciudadanía en las democracias modernas, es un momento político y jurídico en el que este cuerpo de individuos materializan el poder constituyente que les pertenece, constituyen el Estado y otorgan al gobierno y a sus representantes el mandato suficiente y necesario para que ejerzan el poder.

En la realidad presente sin embargo, habida cuenta la creciente complejización del poder y de su ejercicio, y de la permanencia de las instituciones representativas, la ciudadanía aparece subsumida al interior de un orden político y de un Estado que “ya no le pertenece”, que ya no controla, ni administra ni gobierna, dando paso en su reemplazo a una clase política y gobernante experta y profesionalizada que se constituye –in-extremis- en una casta de y en el poder, y otorgando a la ciudadanía solo ciertos momentos y espacios reducidos y acotados de “participación”.  ([2])

En tanto relación, la ciudadanía constituye un modo de vinculación del individuo con sus iguales ciudadanos y con el orden político y el Estado dentro del cual se sitúa.  Como forma de relación, la ciudadanía implica y construye un conjunto de obligaciones mutuas del ciudadano con los demás ciudadanos y con el Estado, pero cuyo fundamento relacional sigue siendo el poder soberano y constituyente que le es inherente.

La ciudadanía no surge sin embargo como obra espontánea de un dictado legal o de una invención jurídica, aunque debamos reconocer que se trata inicialmente de una ficción jurídica y política.   El orden político moderno y el Estado tal como lo conocemos en la actualidad, se construyen en base a esta ficción-real.

Ciudadano, ¿quién eres y dónde estás?

Veamos quién es y dónde está ese ciudadano.

Volvamos al concepto de la ciudadanía como ficción.  En efecto, desde las definiciones teóricas de Rousseau, pasando por Montesquieu y otros autores del siglo XVIII y XIX, se ha venido configurando una idea, una pre-noción del ciudadano como un sujeto de derechos, dotado de libertad y de voluntad, de la razón y de una capacidad de autodeterminación que le permite juzgar racionalmente las opciones que el orden político le presenta para decidir.

De una manera general, el ciudadano es una persona que releva de la autoridad y de la protección del Estado y que se beneficia de derechos cívicos y de deberes ante el Estado. Cada ciudadano ejerce a su manera la ciudadanía tal como ella está establecida en las leyes e integrada en el conjunto de las costumbres de la sociedad a la que pertenece.

De este modo, la ciudadanía es un componente de las relaciones sociales.

Es en particular, la igualdad de derechos asociada a la ciudadanía la que funda el vinculo social en la sociedad democrática moderna.  Los ciudadanos de una misma nación forman una comunidad política.

Tenemos entonces según esta concepción, un sujeto ciudadano racional, autodeterminado, consciente y libre para decidir.

Pero, ¿dónde está ese ciudadano?

Cuando se observa el orden político moderno -y postmoderno si se quiere- constatamos un sistema político, o un sistema político democrático en que los grandes órganos del Estado, las grandes estructuras de poder del Estado, aparecen y funcionan determinadas por un conjunto de intereses corporativos y económico-políticos que dejan al ciudadano prácticamente al margen de las decisiones.

El edificio conceptual que define al ciudadano y a la ciudadanía como la expresión fundamental de una democracia en la que se realiza el interés general por sobre los intereses particulares, se viene abajo en la época de las grandes corporaciones globales y de la mundialización de los intercambios.

Aún en el marco de las democracias representativas que son la mayoría de los sistemas políticos vigentes en la actualidad, la ciudadanía aparece dotada de ciertos derechos cívicos, políticos, económicos y sociales (por lo menos inscritos formalmente en las constituciones y en el sistema jurídico), pero finalmente, hay que constatar que los ciudadanos resultan ausentes sino ajenos a los procesos de toma de decisiones de los asuntos públicos que les conciernen, ya sea porque han conferido un mandato a ciertos representantes ([3]), ya sea porque la administración de los asuntos públicos ha terminado en manos de una categoría especializada de funcionarios, políticos y profesionales.

Las democracias representativas, han sido construidas sobre la base conceptual de que la ciudadanía, titular del poder soberano y constituyente, confiere a algunos ciudadanos un mandato provisorio mediante el ejercicio democrático y periódico del sufragio, para que los represente dentro del orden político y ejerzan el poder y el gobierno.

En otras palabras, las democracias representativas se basan en la figura del mandato representativo, emanado de la ciudadanía (único sujeto cívico que puede otorgarlo), pero que ésta conserva siempre y en toda circunstancia el poder constituyente que funda la república y el orden político.

Pero, volvamos un instante al poder soberano y constituyente de los ciudadanos.  Ellos, constituidos en el cuerpo político de la nación, están dotados de un poder final y determinante, de un poder primigenio e inalienable: el de determinar la naturaleza del orden político en el que aceptan vivir y al que aceptan someterse.  No hay necesidad de reiterar que en primera y ultima instancia, el poder constituyente de la nación no tiene ningún otro poder que lo prime o determine, del mismo modo que la soberanía nacional expresada y representada por el Estado, no puede verse sometida ni condicionada por ningún otro poder externo o interno.

Pero, ¿qué sucede cuando la soberanía nacional se ve condicionada y determinada por poderes externos de carácter económico, tecnológico, corporativo, político y cultural?   ¿Qué sucede cuando el interés general de la ciudadanía o de la nación, se ven determinado, limitado, atropellado o sojuzgado por intereses privados y corporativos que se apropian de las decisiones en el sistema político e institucional?

Con una ciudadanía despolitizada, alienada y descentrada del orden político, en una sociedad mercantilizada, individualista e hipermediatizada, no hay mandato representativo que no termine chocando frontalmente con una concepción del ciudadano que lo concibe como un  sujeto racional, consciente y libre para ejercer sus derechos y deberes.

En estos términos, la ciudadanía es conceptualmente el fundamento de la democracia y de la república.

Dos principios subyacen en la condición ciudadana, la igualdad y la soberanía nacional, y “la consecuencia lógica del principio de la igualdad es la democracia y la consecuencia lógica del principio de la soberanía nacional es la república” ([4])

Es fácil constatar que América Latina va dejando atrás la matriz cultural y política  que construyó su lenguaje, su memoria, su cultura. ([5]) Dicha matriz la reconocemos en la lecto-escritura, entendida como sistema de retenciones terciarias o registros, la misma que originó nuestro orden simbólico, político y social: “la ciudad letrada”. Las nuevas coordenadas políticas y tecno-económicas en el actual capitalismo tardío y globalizado han dado origen a una suerte de “hiper industria cultural” de alcance planetario y se encaminan hacia un nuevo orden político.

Las democracias representativas tradicionales resultan cada vez más insuficientes para dar respuesta a estos nuevos desafíos ciudadanos y mas estrechas para contener y dar sentido político y cohesión social a estas nuevas formas de ciudadanía que emergen.

En efecto, los lenguajes digitales han hecho posible que los flujos de capital y de conocimientos e información sean ahora flujos simbólicos, los que a su vez están sincronizados en tiempo real con los flujos de conciencia de públicos hipermasivos.

Es posible sostener la hipótesis que las nuevas tecnologías numéricas inherentes a la expansión global del capitalismo tardío están transformando los fundamentos de nuestra cultura, desestabilizando los sistemas retencionales terciarios, inaugurando con ello una “nueva experiencia” de los lenguajes (signo y memoria), el espacio y el tiempo (desterritorialización), representación de la realidad (virtualidad) y un nuevo estatuto del saber y del poder: “la ciudad virtual”.

En un mundo en que la reproducibilidad se ha convertido en una práctica social generalizada, de bajo coste y sin perdida de señal, gracias a las tecnologías numéricas, adviene la hiperreproducibilidad y con ella la hiperindustrialización de la cultura, del saber y de los intercambios. En pocas palabras: En la era de la hiperindustria cultural, América Latina está transformando su régimen de significación que la acompañó por más de cinco siglos, constituyendo, de hecho, la nueva cuestión central de la política y la cultura entre nosotros, en la hora actual.

Los nuevos ciudadanos serán nativos digitales, es decir, tendrán una capacidad y una disposición a acceder y a apropiarse de las tecnologías de la información y las comunicaciones, en términos tales que todos los sistemas políticos y administrativos basados en el secreto informacional, en la verticalidad de la autoridad superior y en los procesos cerrados de toma de decisiones, resultarán cada vez más cuestionados por la creciente demanda ciudadana de transparencia, de información abierta y de participación protagónica en las decisiones relativas a los asuntos públicos.


[1] Grawitz, M.: Méthodes des Sciences Sociales. Paris, 1990.  Dalloz, p. 319.

[2] Cuando el más reciente y completo estudio politológico efectuado en América Latina se titula “La democracia en América Latina: hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos”, está reconociendo que estas democracias representativas han terminado funcionando lejos de su fundamento ciudadano.  Ref.: La democracia en América Latina: hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. B. Aires, 2004. PNUD Naciones Unidas.

[3] …mandato que, dicho sea de paso, no garantiza de ninguna manera que los representantes representen efectivamente el interés general de sus representados, o sea de la ciudadanía…

[4] Aulard, A.: Histoire Politique de la Revolution Francaise. Paris, 1901. Libr. Armand Collin, p. 5.

[5] Garretón, M.A.: América Latina en el siglo XXI. Hacia una nueva matriz sociopolítica. Santiago, 2004. Ed. LOM.

La Política 2.0 ya está aquí y no es lo que los políticos se esperaban

Por José A. del Moral

La revuelta de los hackers de esta semana es el primer ejemplo claro de la llegada de la Política 2.0 a España. Y no se trata de nuevas técnicas de marketing ni de fabulosas herramientas para lanzar mensajes masivamente a través de Facebook. En realidad, la Política 2.0 es tan democrática que seguramente va a suponer la jubilación anticipada de muchos políticos profesionales.

La revuelta de los hackers (léase, bloggers y otras gentes de Internet) ha sido un sensacional ejemplo de lo que se nos viene encima. Ciudadanos armados de herramientas tan simples como twitter y Facebook serán capaces de manifestar su opinión en cualquier momento y en tiempo real. Y las estructuras políticas no están preparadas para esto. Se diseñaron para otra época en que los partidos políticos se habían constituido en intermediario único entre voluntad ciudadana y gobiernos.

Así debe interpretarse la sucesión de reacciones que esta semana se ha producido por parte del PSOE tras la revuelta internauta ante el anteproyecto que limitaba los derechos fundamentales en Internet:

– En una primera fase, desconocimiento. Sólo cuando los medios tradicionales empezaron a hacerse eco de lo que ocurría en Internet, los políticos pidieron “ayuda”.

– En una segunda fase, dejaron que alguno de los asesores habituales del Ministerio de Cultura convocara una reunión con algunas figuras ilustres de la blogosfera (y alguno más que se coló) para intentar poner al Gobierno en contacto con esa realidad tan virtual. Pero este primer contacto fue un desastre porque los políticos sólo veían en frente a frikis con móviles que no paraban de teclear en ellos.

– En una tercera fase, algún asesor de los que Zapatero escucha atentamente le recomendó que manifestara públicamente su disposición a cambiar el anteproyecto, tal y como pedían los internautas. Esto calmaría, en principio, la revuelta. Y así ha sido.

– En la cuarta fase, en la que estamos, viene lo más interesante. Es la que están protagonizando todos los poderes fácticos que no quieren aceptar la realidad. Sólo así se explican los insultos de El País a “los blogueros”, las absurdas comparaciones de Julio Llamazares o el ataque directo del senador Félix Lavilla contra Enrique Dans.

Es una muestra más de que los viejos poderes no consiguen adaptarse a los cambios que están generando la tecnología y las conexiones entre personas, especialmente desde que existen las redes sociales. Su resistencia es inútil, puesto que la evolución nos lleva hacia una democracia tan directa en la que los medios y los políticos probablemente perderán ese valor de intermediario que tradicionalmente han tenido.

El cambio es inevitable. Lo están viviendo en su propia piel los medios de comunicación, incapaces de mantener a una audiencia cada día más infiel y con posibilidad real de decidir. Cada día hará menos falta militar en un partido para hacer política, hasta que llegue un momento en que podamos prescindir completamente de esas estructuras antiguas, jerarquizadas y absolutamente opacas que son los partidos. Su competencia se llama hoy Internet, una herramienta capaz de agrupar ideas y de convertirlas en un movimiento.

Yo creía que la lección de Obama iba a ser correctamente interpretada, pero tras asistir al Personal Democracy Forum en Barcelona, he podido comprobar que lo que han entendido es que lo único que ha cambiado es el marketing político. Es decir, que creen que tienen en sus manos nuevas herramientas para transmitir sus mensajes. Llámense Facebook o Twitter. Y están muy equivocados: la principal lección de Obama es que una persona desconocida, negra y con nombre de terrorista árabe ha podido convertirse en el hombre más poderoso del mundo movilizando a las personas en su favor, al margen de los partidos, los lobbys y otras estructuras tradicionales. Es un movimiento social, en gran parte virtual.

Nuevos líderes para nuevas circunstancias

Por Nila Velázquez

nvelazquez@eluniverso.com

Benjamín Fernández Bogado en su libro ¿Y ahora qué? Itinerario de la eterna desilusión política en América Latina dice: “Encontrar la fórmula y promover nuevos niveles de liderazgos entre gente joven y preparada es el gran reto de los gobernantes modernos del siglo XXI. Lo que hemos tenido hasta ahora es una muestra de los viejos esquemas del mandar que podrían haber tenido eficacia en mundos más sencillos donde las variantes del poder eran más simples, y donde los niveles de alineación a los modelos establecidos no dejaban mucho margen a modelos distintos de gobiernos para expresarse creativamente”.

Pero el mundo de hoy es diferente porque hay un mundo de bloques, en el que la acción y las grandes decisiones unilaterales son difíciles y no alcanzan un espacio significativo; porque la economía del mundo está fundamentalmente en manos de grandes corporaciones que a veces tienen más poder económico que algunos estados; porque hay una mafia internacional organizada; porque los avances tecnológicos han cambiado las formas de comunicación personal y colectiva; porque en algunos países lo que llamamos democracia representativa que, a veces, no es más que electiva, no ha logrado resolver los graves problemas de la mayoría; porque muchos ciudadanos han descubierto su derecho a participar en las decisiones que atañen a todos, pero también porque otros han renunciado a hacerlo. Lo cierto es que el mundo y nuestros países cambiaron y se necesita también un cambio en el tipo de liderazgo para lograr gobernabilidad.

Y no se necesita solo un líder, porque si un país es un proyecto de vida, ese proyecto debe ser construido en conjunto y basarse principalmente en el diálogo, el acuerdo, la confrontación de ideas y de propuestas, la capacidad de tender puentes y eso requiere interlocutores lúcidos, que hayan descubierto en compañía de sus conciudadanos las metas a alcanzar y el método para lograrlo.

El líder único corre el riesgo de querer construir el país a partir de un pensamiento único también, lo cual limita el desarrollo de la democracia y la creatividad para la búsqueda de nuevos caminos y de maneras creativas de buscar soluciones e insertarse en el mundo contemporáneo. En otras palabras, necesitamos gente que construya pensamiento y gente que lo convierta en acción, pero que sean capaces de hacerlo desde un profundo conocimiento de la realidad de las personas y del país, obtenido de un diálogo permanente y sostenido con la población.

Necesitamos líderes políticos y no hay que tenerle miedo a la palabra, lo malo no es ser político, lo malo es no serlo a cabalidad y creer que les corresponde hacer lo que ellos creen y no lo que la ciudadanía necesita y espera. A veces, los verdaderos líderes tienen que aceptar las pausas y los ritmos diferentes a los que ellos se fijan porque entienden que los cambios sociales para ser verdaderos  se dan cuando la ciudadanía los hace suyos.

La gran responsabilidad de los partidos políticos, si aún los hay, de los nuevos movimientos y de los ciudadanos inquietos por la acción política es, pues, la formación de nuevos líderes para nuevas circunstancias. Y ya, ahora.

Libros: Diez valores para el siglo XXI

Libros: Diez valores para el siglo XXI : libertad, igualdad, diferencia, sostenibilidad, civismo, democracia, cooperación, sensibilidad, compromiso, utopía

Información general

Verdad y democracia

por José Ochoa Gil | ALICANTE

Durante la última década hemos sufrido una gran embestida contra los valores éticos que ha desembocado en un nihilismo moral como fundamento de una democracia que no quiere admitir valor alguno, ni introducir ningún dogmatismo ajeno a su naturaleza.

En el actual régimen político español muchos en lo único que creen es en la conveniencia de no creer en nada. El modelo de hombre político ha pasado a ser el de un personaje sin convicciones, ágil, ligero de ideas, liberado de todo condicionamiento de la verdad como límite y contenido de sus decisiones, sin escrúpulos morales que le impidan cambiar el color de su piel conforme a las situaciones que se vayan sucediendo. Es el ‘hombre camaleón’ que se adapta a todo con tal de sobrevivir en la detentación del poder político.

Se ha hecho de la soberanía tiránica de la mayoría el escudo protector de una supuesta libertad que degenera en abuso cuando entra en contradicción con la verdad, supremo valor ético. Vista de ese modo negativo, la verdad representa un peligro para la libertad, pues señala una frontera infranqueable que recorta sus alas. El modelo perfecto de este ‘hombre político’, creado por la actual situación democrática en nuestro país, es Pilatos. Pregunta al Dios hecho hombre: «¿Qué es la verdad?», pero no espera contestación, sino que se dirige a la multitud para que decida con su voto la respuesta. Expresa con esta maniobra el necesario escepticismo del político, que ha de ser desconfiado, incrédulo, indiferente y frío. Su credo es no creer en nada: ni en la verdad, ni en la justicia. El perfecto demócrata debe encogerse de hombros – o lavarse las manos, cual Pilatos del siglo XXI- ante la búsqueda de lo verdadero y de lo justo, y trasladarle el problema a la mayoría, que se convierte así en definidora de la verdad y de la justicia. Esa es la democracia vacía que, desgraciadamente, se ha impuesto en España en los últimos años. A los Pilatos actuales, que obran con pulcra exquisitez democrática apelando al voto de la mayoría para condenar al inocente, sin remilgos morales de níngún tipo, no les importa realmente que vivan o sean ejecutados los inocentes. Como no existe más verdad que la de la mayoría, carece de sentido preguntarse si la decisión, tomada por el simple recuento de votos en un sentido u otro, es justa o injusta. Para condenar al inocente, menospreciar la dignidad del hombre, utilizar en beneficio propio las posibilidades inmensas del poder, acabar con la vida intrauterina de un ser humano, o privarle de sus derechos inalienables -aquellos que le pertenecen por su condición de hombre- tan sólo hace falta contar con el beneplácito mayoritario, es decir, tener apoyos suficientes.

Se siente una sacudida interior de rebeldía ante una forma de entender la democracia que convierte el principio mayoritario en fuente de verdad y de bien. Que la mayoría de votos legitima para alcanzar la titularidad del poder está fuera de toda duda o debate. Pero pretender transformar esa mayoría en fuente de verdad y de justicia significa conceder a la mayoría una prerrogativa que no tiene y dejar libre el camino de los gobernantes hacia la arbitrariedad y el atropello. No es la mayoría de votos de que dos y dos suman siete, la que nos garantiza el acierto de esa operación matemática, sino que la verdad de que dos mas dos suman cuatro, nos preserva de la utilización caprichosa y arbitraria de la libertad de voto, que se rompería si, aún en coincidencia mayoritaria, nos apartásemos de esa verdad e impusiéramos el error, apoyándonos en una votación mayoritaria.

No es la libertad la que define la verdad sino, al contrario, la verdad quien garantiza nuestra libertad. No existe mayor esclavitud que adherirse a lo falso en vez de reconocer lo verdadero. El poder político legitimado por la mayoría, sin la sal de la verdad, con el simple transcurso del tiempo se corrompe y cría gusanos: ya no puede ser el sustento de la democracia sino sólo la carnaza de esos voraces depredadores que encuentran su placer y mantienen su vida en la podredumbre y en la corrupción. Finalmente hasta ellos mismos se hacen basura y desaparecen.

Así se gobierna en Barataria


Teódulo López Meléndez

Barataria es una isla barata. Barataria es una donación. Barataria es un experimento. Barataria es una ficción. Barataria es una ópera cómica. Barataria es en lo que nos hemos convertido. Barataria es el regalo de unos nobles acomodaticios al escudero.

En Barataria se entremezclan lo bufo y lo trágico. Nuestro señor Don Quijote está perplejo. Barataria ya no es ya la república de Sancho, insigne gobernante. Arthur Sullivan y WS Gilbert aseguran que Barataria no es su obra estrenada en 1889. Arguyen que la pureza de las dictaduras excede a la época victoriana y a la concepción de la “ópera Savoy”. Barataria es ahora una creación colectiva. Barataria es una nueva invención literaria, una novela menor, en el fondo una regeneración literaria que abandona la decadencia del género y se alza en el siglo XXI como máxima expresión de la locura.

En Barataria se cruzan los personajes de la invención y de la realidad. Montesquieu se ha introducido en Barataria y cuando ha oído que hay que eliminar la separación de poderes se ha declarado en huelga de hambre. Cuando ha visto que en Barataria se llevan presa a la jueza que dicta sentencia ha suspendido la ingesta de líquidos y ha radicalizado su huelga. Personajes de todos los colores abandonan la ficción de los libros donde vivían y se dirigen a Barataria, la materialización en ciudad terrena del absurdo, la realización literaria suprema de la opereta, de la zarzuela, de la obra menor.

Barataria existe. Barataria nos envuelve. Barataria es la prueba de que la imaginación no ha cedido paso, de que no se puede hablar de una decadencia ficcional. Vivimos en Barataria. Somos Barataria. Sancho Panza arguye que renuncia a gobernarla. Asegura que es un escudero serio. Incluso ha dicho que exige su nombre no sea considerado para las legislativas. Barataria es ingobernable, Barataria es el entrecruce de los cómicos medievales, en las plazas hay festejos y la lengua vulgar que precede al nacimiento de la nueva lengua sirve de expresión a las fiesta carnavalescas y a las parodias.

Orwell quiere robarse a Barataria. Melville quiere cambiarle el nombre a su ballena. Los grandes juristas y los historiadores pretenden estudiar a Barataria. Sócrates anda diciendo por allí que el veneno que se bebió se llamaba Barataria y no cicuta. Shakespeare está pidiendo autorización para venir a Barataria bajo el alegato de que quiere volver a sus andanzas de representar en los mercales, en los pedevales. Pretende  incrementar un tanto su penetración en el poder de los monarcas.

Hay conmoción en el mundo de la ficción. Mientras los habitantes de Barataria, los baratos, huyen en balsas, este humilde escribidor busca desesperadamente a Mijaíl Bajtín en procura de una explicación de la literatura paradójica. Quieren reformar la constitución de Barataria. Van tres anuncios de reforma, mientras los resolvedores de Sudoku dicen que están cerca de descifrar los enigmas numéricos y encerrados sólo piensan en elecciones, mientras los gobernantes hacen de Barataria un cuartel donde ya no hay civiles, sólo oficiales que gritan “patria, socialismo o muerte”. Los civiles han sido erradicados de Barataria. “1984” se ha convertido en 2009. Sólo hay uniformes. Para vivir en Barataria hay que uniformarse, encadenarse, batir las aletas.

Vienen de todas partes, a constituir la Quinta Internacional, a organizar la continental de Barataria para proclamar a las FARC como beligerantes, a sustituir a los baratos que observan los bajeles en los cuales flotar hacia la huída. Barataria es un imán, Barataria atrae, Barataria tienta a los que quieren dejar a Robinson en una isla desierta. La literatura renace, la música marcial recobra su esplendor, Chaplin observa y sus oficiales le dicen que debe pronunciar un discurso. Lo pronuncia, está grabado, alega ante los baratos sobre lo humano y sobre la libertad y sobre la renuncia a la guerra. Para su sorpresa los baratos reaccionan y lo aplauden. La mujer que llora ante el medio radioeléctrico presto a autocensurarse se levanta esperanzada. Piensa que Barataria ha terminado. Piensa que ya no es originaria de Barataria y que no es una barata ante el ojo totalitario en forma de pantalla. Es un film. Chaplin era un actor. Darwin vacila y reflexiona sobre Barataria como mejor laboratorio que Las Galápagos.

Hay que hacer negocios con Barataria, se dice en las grandes islas. Hay que tener un diálogo franco con Barataria, dice el sesudo chileno Valenzuela desde su cargo obtenido en la capital del imperio a cambio del cambio de un sombrero tejano en las honduras de Centroamérica. Los Balcanes se estremecen ante la declaración solemne de Barataria de que Kosovo no existe. El gran vecino de Barataria, en ensayo de su condición de imperio bufo naciente, estudia el envío de un procónsul a gobernar a Barataria si se pone molesta. Se apellidará García y será investido para gobernar a la nueva provincia en las ruinas de Itamaraty.

Barataria está aquí. Barataria es un regalo. Barataria es la gran atracción universal. Barataria es ella misma la nueva Exposición Mundial. Los científicos búlgaros que tienen contacto con los extraterrestres han incluido en su cuestionario de 20 preguntas una sobre Barataria. Los extraterrestres no han contestado. Primero están procesando en sus computadoras toda la literatura bufa del planeta terrestre recalentado.

Nos toca asumir la voluntad y escribir la nueva historia.

teodulolopezm@yahoo.com

Apuntes sobre revolución y dictadura del proletariado

Por Alberto  Rodríguez  Barrera

En un principio, el término revolución (que quería decir rotación o giro) fue aplicado por Copérnico al movimiento de los cuerpos celestiales de su tratado De Revolutionibus Orbium Coelestium, y en el siglo 17, después de la revolución astronómica,  comenzó a ser aplicado metafóricamente a los levantamientos políticos y sociales.

De ahí se ha desarrollado para significar cualquier cambio fundamental o completo en el modo de producción (revolución industrial, revolución tecnológica, etc.), en el sistema político y social (revolución francesa, revolución rusa, etc.) o en algún aspecto social, intelectual o cultural de la vida (revolución científica, revolución cultural, etc.).

Pero es súbitos cambios radicales en la estructura política, social y económica de la sociedad lo que forma la materia de las teorías revolucionarias y de las teorías de revolución. Estas se refieren no sólo a meros cambios de gobernantes (“revoluciones de palacio”), sino a cambios de clases gobernantes, de métodos de gobierno, y de instituciones sociales, con las pasiones y acciones que llevan a esos cambios, y con sus consecuencias.

Las teorías revolucionarias, como el marxismo o el leninismo, no sólo abogan por la revolución; también tratan de explicar cómo se suceden. La aproximación marxista clásica buscaba las “causas” de revolución en el desarrollo de “las fuerzas de producción” que, al chocar con “las condiciones de producción”, engendraban lucha de clase industrial hasta el punto de explosión. El leninismo trasladó el énfasis de las condiciones “objetivas” para las “subjetivas” de la revolución, acentuando el papel de la organización revolucionaria, el Partido.

La mayoría de las teorías sociológicas contemporáneas se focalizan en la necesidad de modernización como causa-raíz de las revoluciones modernas; señalan hacia la confluencia de las aspiraciones de la “intelligentzia” avanzada y las miserias del “campesinado atrasado”.

Sin embargo, las teorías de revolución que se concentran en subdesarrollo fallan al explicar la ausencia de desarrollos revolucionarios en algunos países atrasados y su presencia en los industriales. Por otra parte, la experiencia del siglo 20 indicó el abandono de la creencia de que las etapas del desarrollo social que llevan a la revolución se conforman de acuerdo a un sistema regular (predecible) de “leyes”.

Tal creencia no sobrevive en “revoluciones del subdesarrollo” ni en las teorías que separan  “objetivo” y “subjetivo” como condiciones para una revolución, separación que va más allá del voluntarismo leninista, y que hace del viejo debate marxista –sobre relaciones entre revoluciones burguesa y socialista- algo obsoleto.

Algunos analistas contemporáneos del fenómeno revolucionario van más allá de la relación entre revolución y desarrollo económico (Marx), subdesarrollo (Lenin) y “sobre-desarrollo” (la nueva izquierda), o hasta de la cuestión de modernización. Su visión de revolución trasciende causas puramente económicas y de determinismo sociológico. Enfatizan la recurrencia de motivos utópicos y milenarios en la historia, y buscan elementos milenaristas en movimientos seculares contemporáneos. En esta perspectiva,  la historia de la idea revolucionaria puede dar más luces sobre el fenómeno de revolución que lo que hacen las teorías revolucionarias existentes o las actuales teorías de revolución.

El concepto marxista de dictadura del proletariado*, por otra parte,  se utilizó para definir el ejercicio del poder del Estado en el período entre revolución socialista y el establecimiento de una sociedad socialista. Su interpretación ha sido objeto de considerable controversia y ha tenido una evolución significativa. La idea se deriva de la minoritaria “dictadura revolucionaria” del socialista y revolucionario francés Auguste Blanqui, y fue adoptada por Marx para su propio esquema socio-histórico.

Marx, sin embargo, nunca aclaró el papel de la élite** revolucionaria y la relación entre “dictadura del proletariado” y “gobierno de la clase trabajadora”. Tampoco explicó lo que quería decir con “dictadura”, que solía intercambiar con “gobierno”.

Esta ambigüedad ha sido como un muro de contención entre sus seguidores reformistas y revolucionarios. Los primeros citan la opinión de Marx (Amsterdam, 1872) sobre que “los trabajadores podrían obtener sus fines por medios pacíficos” en países tales como EE UU, Inglaterra y Holanda. Los marxistas revolucionarios, sin embargo, se refieren a los escritos tempranos de Marx e insisten en la necesidad universal de una dictadura revolucionaria.

Los intentos de aplicar la fórmula marxista en la práctica leninista llevaron a una erosión de su componente social y a agregarle un significado adicional al componente político. En efecto se hizo sinónimo con la dictadura del Partido Comunista. En teoría, de acuerdo con Engels, al tomar el poder “el proletariado se anula a sí mismo como clase”; en la práctica, el Partido gobierna en su nombre.

Apartando esta ambigüedad, una dificultad adicional para los marxistas que usan la fórmula es el hecho que debía hacerse para calzar en el caso de los países económicamente atrasados como Rusia y China, donde el “proletariado” formaba una pequeña, y hasta insignificante, parte de la población. Tanto Lenin como Mao la desarrollaron para que sirviera a sus propios propósitos, como lo han hecho otros gobernantes comunistas.

Hoy, de hecho, la dictadura del proletariado carece de cualquier significado sociológico específico. Su importancia es primariamente política, sirviendo como dogma ideológico para justificar el gobierno comunista. Los partidos comunistas han abandonado oficialmente el concepto, reteniendo la fórmula de hegemonía de la clase trabajadora.

*Proletariado: la palabra apareció por primera vez (del latín proletarius, de proles, progenie) en la constitución servia del siglo 6 antes de Cristo, en la cual se requerían servicio militar e impuestos de los terratenientes y otras clases. Los que no podían servir al Estado con su propiedad lo hacían con su prole; de ahí la idea de servicio por medio del trabajo. El término reapareció en los siglos 15 y 16 para designar hombres sin tierra que vivían vendiendo su poder laboral. Se asocia fundamentalmente con Marx. En su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1843), habla del proletariado como una “clase en cadenas radicales” y termina con la peroración: “La filosofía no puede ser realizada sin la abolición del proletariado, el proletariado no puede abolirse a sí mismo sin realizar filosofía”. Y el Manifiesto Comunista (1848) comienza con la sonora declaración: “La historia de toda la sociedad humana, pasada y presente, ha sido la historia de lucha de clases. Hombre libre y esclavo,  patricio y plebeyo, señor y siervo… la era burguesa…ha simplificado los antagonismos de clase… la sociedad se divide en dos grandes clases hostiles…burguesía y proletariado”. El término aparece menos en Das Kapital (1867-94).

**Elite: nombre colectivo para quienes ocupan una posición de superioridad dentro de una sociedad o grupo por virtud de cualidades (reales, exigidas o presumidas) de excelencia o distinción. La historia del término debe mucho al uso dado por el economista y sociólogo italiano Vilfredo Pareto (1848-1923) y sus observaciones relacionadas con (1) la élite diferenciada de grupos no-élite dentro de un orden social y (2) las divisiones dentro de la élite, como élite gobernante y élite no gobernante. Mucho debate ha ocasionado lo concerniente a las funciones y apoyos sociales de las élites políticas, los tipos de esas élites como se encuentran en diferentes sociedades, su cohesión y su relación con clases gobernantes. La  frase élite de poder fue acuñada por el sociólogo norteamericano C. Wright Mills para aquellos que están a las cabezas de las mayores jerarquías institucionales de la sociedad moderna (las corporaciones, los militares y el Estado), y que, a través de intereses compartidos, se vuelven “un intrincado juegos de camarillas sobreimpuestas (compartiendo)  decisiones que al menos tienen consecuencias nacionales”. La teoría ha sido criticada por marxistas y liberales por su foco en élites en vez de clases, por predicar una teoría conspiradora del poder***, por  confundir arenas de acción con instituciones, entre otras cosas.

***Poder: es uno de los conceptos centrales de teoría política que los sociólogos han buscado definir diferenciándolo de autoridad y de fuerza. Poder es la habilidad de su poseedor para precisar sumisión u obediencia de otros individuos a su voluntad, sobre cualquier base. Pero, como destacó Rousseau en el Contrato Social (Libro 1, capítulo 3): “El hombre más fuerte nunca es lo suficientemente fuerte para ser siempre el amo a menos que transforme su poder en derecho y obediencia en deber”. La autoridad es un atributo de la organización social (una familia, una corporación, una universidad, un gobierno) en que el mando tiene inherencia en el reconocimiento de alguna competencia mayor alojada en la persona o en el cargo mismo. Las relaciones entre estados –en ausencia de un cuadro común de ley o consenso- son generalmente relaciones de poder. Las relaciones entre individuos o grupos, si regularizadas y sujetas a reglas, tradicionales o legales, tienden a ser relaciones de autoridad. La fuerza es una compulsión, a veces física (cuando se vuelve violencia), invocada por los esgrimidores de poder y autoridad. La fuerza puede ser utilizada en apoyo a la autoridad. Y la amenaza de la fuerza a menudo se ubica tras el uso del poder para imponer la voluntad del poseedor. Pero hay uso de poder sin fuerza (Ghandi). En la teoría social contemporánea, el componente importante en el ejercicio de la autoridad es la legitimidad, el justo gobierno o ejercicio del poder, basado en algún principio (consenso) conjuntamente aceptado entre el gobernante y los gobernados.

¿Qué diablos finalmente es la democracia?


por Franco Gamboa Rocabado

Los debates contemporáneos en torno a la calidad de la democracia, están reavivando la necesidad de reevaluar la literatura politológica para comprender los verdaderos alcances y raíces institucionales de las democracias en América Latina del siglo XXI; es por esto que el concepto mismo de democracia se encuentra en mutación y permanente adaptación a las dinámicas socio-históricas y al contexto internacional.

La persistencia de patrones autoritarios en la cultura política, así como el serio cuestionamiento a las relaciones entre economía de mercado y consolidación de la democracia representativa, exigen reconsiderar con profundidad la mutua determinación entre democracia, capacidades estatales, políticas públicas eficaces para enfrentar especialmente la pobreza y la desigualdad, y apertura al reconocimiento de mayores alternativas de participación de la sociedad civil, por medio de mecanismos de democracia directa.

El llamado “giro a la izquierda” en diferentes sistemas políticos como Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, está mezclado con dudas sobre el futuro horizonte de la consolidación democrática debido a los intentos por modificar las constituciones para viabilizar la reelección de caudillos presidenciales como Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales. Por otro lado, el resurgimiento de golpes de Estado como el sucedido en Honduras (mayo de 2009), expresa que las crisis políticas tienden a degenerar en imposiciones violentas y la negación del diálogo democrático entre varios actores sociales, al margen de cualquier institucionalidad y legalidad.

Las fronteras entre autoritarismo y democracia son movibles porque fácilmente se puede pasar del un lado a otro, según la correlación de fuerzas y la habilidad de las élites políticas (de izquierda o derecha) para ejercer el poder. Pensar la democracia, vinculada solamente a un sistema de partidos competitivo y legítimo, hoy se desbarata al comprobarse que cualquier partido es capaz de ejercer el poder con inclinaciones absolutistas, reproduciendo estrategias clientelares y populistas.

Un enfoque neo-institucionalista sobre los cambios constitucionales o las modificaciones en la capacidad de las fuerzas partidarias para promover la gobernabilidad en los regímenes democráticos, es insuficiente para comprender los problemas de muchos países que – si bien no pueden apuntalarse según los parámetros teóricos occidentales – todavía intentan superar las inclinaciones del autoritarismo competitivo, relacionado con altos déficits de calidad democrática en la región. Estos déficits se expresan principalmente en la corrupción en el Poder Judicial de cualquier país latinoamericano, el permanente aumento en las tasas de crímenes violentos, la inseguridad ciudadana en las grandes metrópolis, la penetración del narcotráfico para financiar campañas electores, y en la definición de las grandes políticas, solamente a partir de un pequeño grupo de élites burocráticas.

La caracterización de algunos regímenes como democracias fallidas o incompletas también conduce a otro error, al no permitir un diagnóstico socio-histórico y multidisciplinario. En el caso de los sistemas de partidos hegemónicos, existe una confusión entre las diferentes formas de autoritarismo competitivo y la problemática de transición democrática, cuyas perspectivas se centran básicamente en el papel de las élites para recuperar gobernabilidad estatal y controlar las políticas económicas. Por lo tanto, es fundamental complementar aquellos abordajes, desde una mirada que incorpore las expectativas de los actores sociales y el fortalecimiento de la sociedad civil (devolverle poder) para tomar decisiones en las instituciones y expresarse respecto al curso de varias políticas públicas.

En la literatura sobre transición a la democracia aparecía con fuerza una “linealidad” que se movía entre el autoritarismo y la deseable consolidación democrática. Estas miradas fueron demasiado optimistas porque existían varios tipos de transición que impactaron de manera diferente en la calidad de la democracia, aspecto central en la discusión actual que fue obscurecido por las teorías de la gobernabilidad, al privilegiarse a los sistemas de partidos y a los procedimientos electorales.

Hoy día, la sociedad civil interpela directamente a las estructuras de gobierno y a las élites políticas, generando conflictos alrededor de los resultados poco claros que tiene cualquier régimen democrático para erradicar la pobreza. ¿Cuáles son los estándares mínimos de la democracia, y finalmente dónde descansa la soberanía política que legitima a un régimen político en el largo plazo?

La democracia consolidada, como la definen los politólogos Juan J. Linz y Alfred Stepan, es un tipo de régimen democrático más cercano a las definiciones derivadas de la poliarquía; es decir, llena de contradicciones e insuficiencias. En el fondo, los análisis sobre las orientaciones de la democracia en el futuro, constituyen una idealización inclinada hacia prescripciones normativas (el deber ser). Linz y Stepan hablan de la democracia consolidada como el “único (y el mejor) sistema de reglas de juego en la polis” (the only game in town), criterio por demás ingenuo. En toda sociedad, siempre habrá miles de reglas de juego, muchas de ellas no institucionalizadas, antidemocráticas y cruzadas con múltiples mecanismos culturales, tradiciones históricas y religiones; ni en Estados Unidos o Inglaterra la democracia es the only game in town.

Las herramientas metodológicas disponibles a la hora de abordar el tema de las transiciones tienen varias limitaciones en la ciencia política. Cuando se trata de estudiar momentos críticos, como rupturas institucionales o prácticas autoritarias dentro de algunos gobiernos democráticos, aparecen variables muy importantes de difícil medición para realizar explicaciones como las negociaciones secretas entre los grupos de poder económico y las élites políticas respecto al rumbo de determinadas decisiones, o las influencias internacionales de diferentes organizaciones que socavan la soberanía estatal, imponiendo reformas como la privatización de empresas públicas con un alto costo social.

Por otra parte, la teoría democrática se ha concentrado demasiado en los comportamientos políticos agregados, y cuando ingresa en el terreno de la subjetividad política, los valores y compromisos normativos, las discusiones se desvían hacia la toma de posiciones unilaterales sobre lo que uno “cree que es la democracia ideal”. Esto limita considerablemente el estudio de otras variables muy importantes en torno a dónde radica la legitimidad de los regímenes (sobre todo si seguimos comparando las dictaduras con las democracias).

La teoría y el concepto de democracia, también se ven limitados en su posibilidad de estudiar las raíces y razón de ser de los liderazgos políticos, fundamentales para entender la gestión pública que apunta hacia determinado rumbo en materia económica y políticas sociales, e inclusive para definir el tipo de Estado: liberal, benefactor o desarrollista.

La dificultad de realizar estudios sistemáticos sobre los valores democráticos y los líderes frente a la toma de decisiones en la política diaria, señala que las teorías de la transición y consolidación tienen capacidades explicativas débiles. Esto condujo a muchos autores al tratamiento de otros objetos de estudio como los mecanismos de democracia directa (consultas populares), simplemente en calidad de “variables peligrosas” que pondrían en riesgo a la democracia representativa. ¿Debemos descartar la movilización y las pugnas por una democracia directa al margen de los partidos políticos, por ser de difícil abordaje? Una vez más, la teoría busca convencer, afirmando que la democracia quedaría consolidada cuando se convierte en el único patrón dominante para la definición sobre la titularidad del poder y el respeto de las libertades en el largo plazo.

La idea de dos transiciones: primero democratización y luego consolidación, está presente también en los textos canónicos de la ciencia política y demanda otras reflexiones sobre los distintos resultados de cada transición por países en los últimos 25 años. La triste constatación en América Latina y Europa del Este, donde se observa que muy pocos lograron instaurar verdaderas democracias consolidadas, lleva a postular distintos resultados problemáticos que se resisten a una conceptualización clara. Algunos autores sugieren utilizar categorías inventadas como democraduras o dictablandas, que son juegos del lenguaje antes que interpretaciones con valor teórico.

Si bien los autoritarismos terminaron en América Latina, no está claro si nuestros países son completamente democráticos o vayan a serlo en el largo plazo; asimismo, las críticas de la sociedad civil y los movimientos indígenas para “desmonopolizar la democracia” de los partidos políticos, plantea implementar una serie de reformas políticas, así como una nueva comprensión sobre el concepto y las posibilidades de subsistencia real de un sistema democrático.

La legitimidad de la democracia está directamente relacionada con un índice de desarrollo participativo desde las bases, que al mismo tiempo se transforma en una serie de esfuerzos por ampliar la toma de decisiones y empoderar a otros actores que no sean exclusivamente los partidos políticos. Aún así, continúa la discusión sobre qué diablos finalmente es la democracia y si ésta es deseable para solucionar los problemas más significativos del siglo XXI y la globalización.

http://elmercuriodigital.es

La crítica de la democracia contemporánea, en ‘Razón Española’

Por Ignacio Marina Grimau

Entre los contenidos más sugerentes del último número de ‘Razón Española’ (noviembre-diciembre de 2009), destacan sin duda los estudios titulados “Las transformaciones de la democracia”, de Pedro Carlos González Cuevas, y “Ante la tercera encrucijada de la historia económica española”, de Juan Velarde Fuertes. El primero es un ensayo muy bien escrito y de resonancias paretianas en el que el autor sostiene que, vencido en su día el nazifascismo en los campos de batalla y fracasado el comunismo tras el derrumbamiento del Muro de Berlín, “tan sólo parece quedar la denominada democracia liberal representativa como horizonte político de las sociedades humanas”. En este sentido, “la democracia liberal se ha convertido en el auténtico mito del siglo XX; pero aún no sabemos si seguirá siéndolo en el XXI”. Es discutible su completo carácter mítico pero, aceptando la tesis del autor, de estirpe soreliana, en el sentido de que “el mito tiene, sin duda, una función movilizadora e incluso terapéutica”, éste no ha de ser asumido acríticamente, ya que se caracteriza por su categoría de “conocimiento esencialmente primitivo y fácil”, de modo que exige ser ponderado por la razón.

González Cuevas señala que, desde el siglo XVIII a nuestro tiempo, el concepto de democracia ha conocido múltiples transformaciones: hoy la noción metafísica roussoniana de “voluntad general” es meramente retórica, y otro tanto podría decirse de la famosa definición de Abraham Lincoln en su discurso de Getysburg: el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Desechado lo estrictamente retórico, la teoría democrática actual tiene por principal mentor al celebérrimo economista Joseph A. Schumpeter y a su obra ‘Capitalismo, Socialismo y Democracia’, cuya estela sigue el pensamiento de Raymond Aron, Robert Dahl, Ralf Dahrendorf, Norberto Bobbio o Giovanni Sartori, y que bien podría quedar resumida en la existencia de un mercado político, es decir, “un sistema en que operan varias elites y confían la decisión de la contienda a elecciones políticas libres y no al uso de la fuerza”. O lo que viene a ser lo mismo: la democracia como método incruento de sustitución de gobernantes.

Si bien la prudencia caracterizaba las reflexiones de Aron, Dahl, Dahrendorf, Bobbio y Sartori –también las de Hayek y Popper–, la caída del Muro propició la exaltación por parte de Francis Fukuyama de la democracia liberal en su versión norteamericana como único sistema político legítimo, llegándose por esta vía a la aparición del concepto de “democracia global” e incluso a exportarla por las armas, como hizo el anterior presidente de EEUU, George W. Bush. Así, el autor de “Las transformaciones de la democracia”, recordando las muy certeras reflexiones de ese gran liberal crítico que es John Gray, antaño fervoroso entusiasta del thatcherismo, apunta al hecho no del todo novedoso –recuérdese la expansión bélica de las ideas de la Ilustración— de que, con la Administración republicana, el Estado norteamericano, “bajo la dirección de una contradictoria ‘derecha utópica’ [repleta de ex trostquistas que reverdecerían el mito de una América mesiánica], se comportó como ‘un régimen revolucionario’, a la hora de intentar exportar, manu militari, su modelo político a los países de Oriente Medio, y en particular a Irak”. Y es que el petróleo es muy goloso y admite cualquier justificación ideológica.

Buena prueba de la exaltación demócrata-liberal inducida por las tesis de Fukuyama expuestas en aquel artículo de repercusión mundial titulado ‘¿El fin de la Historia?’, que en España vio la luz en las páginas de la revista ‘Claves de la razón práctica’ en 1990, fue el hecho de que el entonces líder del Partido Popular, José María Aznar, considerara el liberalismo “la única ideología con derecho de ciudadanía en el mundo contemporáneo”. Por supuesto, Aznar olvidaba que el liberalismo no es una ideología ni la “religión del desarrollo y de la historia”, por citar la definición de Benedetto Croce dada en ‘La historia como hazaña de la libertad’, sino una de las más certeras filosofías políticas de la libertad –y, como dice Pierre Manent en su ‘Historia del pensamiento liberal’, “el bajo continuo de la política moderna, la política de Europa y de Occidente desde hace tres siglos”–, mas no por ello ha de quedar exenta de matizaciones.

El 11-S reveló trágicamente que las cosas no eran tan sencillas; además, Rusia demostraba de nuevo su pujanza –jamás ha renunciado a ser un imperio– y avanzaban en sus progresos China, Japón, India e Irán. Súmese a esto la aparición de un nuevo “eje del mal”, del que formaría parte el “socialismo del siglo XXI” que el venezolano Hugo Chávez quiere exportar a los países hispanoamericanos, y del más que probable avance del nacional-populismo –democrático, a pesar de los excesos verbales de uno de sus máximos representantes, Jean-Marie Le Pen, líder del Frente Nacional francés–, y no quedará otro remedio que reconocer que Fukuyama fue demasiado optimista, como todos los que anuncian la clausura definitiva de la historia de las ideas.
Pero, cuidado, como señala González Cuevas, no se trata de que, “al menos de momento”, en las sociedades industriales desarrolladas se haya diluido la fe en la democracia. Y esto no por convicción profunda a pesar de un permanente descrédito caracterizado por la corrupción y la aparición de una auténtica casta política que con sus privilegios escandaliza a los gobernados. No; el autor cita a Gilles Lipovetsky, “un pensador de segunda fila”, y comparte su desoladora conclusión: la democracia aún no tiene los pies de barro porque “en la época individualista hipermoderna domina la pacificación política de las decepciones”.

Y entre las elites intelectuales ¿qué se piensa? Muy interesantes, por reveladoras y clarividentes, son al respecto las reflexiones de un escéptico llamado John Dunn recogidas en su obra ‘La agonía del pensamiento occidental’: a finales del siglo XX, la democracia era “el nombre que se da a las buenas intenciones que a sus gobernantes les gustaría hacernos creer que poseen”, advirtiendo de algo que salta a la vista en los Estados modernos: “Por muy en serio que se tomen la igualdad social o económica, su propia estructura les impide dar al ideal de igualdad política un reconocimiento que pase de lo meramente simbólico”. Bien puede decirse que vivimos instalados en una ilusión empedrada de buenos sentimientos de los que sólo cabe esperar su permanente retroalimentación mediática. Siempre hubo élites gobernantes –aunque las de algunas naciones, como España, sean hoy de tan ínfima calidad intelectual como de tan escasa ejemplaridad pública— y pueblo; pero el pueblo empieza a hartarse.

Por su parte, el filósofo comunitarista católico Alastair MacIntyre sostiene en ‘Marxismo y cristianismo’ que el liberalismo no es más que “la política de un conjunto de elites cuyos miembros, mediante el control de la maquinaria de los partidos y de los medios, predeterminan en su mayor parte el abanico de posiciones políticas que se abren a la gran masa de los votantes”. ¿Y qué se requiere de éstos? Mera pasividad tras el ejercicio escasamente ilusionante de sus opciones electorales, de modo que todo es desilusión y decepción, máxime teniendo en cuenta que en nuestro tiempo la política, lejos de fomentar el carácter interclasista propio de las sociedades democráticas, genera clases cada vez más estancas. Según MacIntyre –autor considerado como uno de los grandes enemigos contemporáneos de las ideas liberales desde el ámbito de la derecha, a tenor de lo que se desprende de la lectura de ese magnífico ensayo de Stephen Holmes titulado ‘Anatomía del antiliberalismo’–, “la política y el ambiente cultural que la rodea se han convertido en áreas de una vida profesionalizada, y entre los profesionales más relevantes a ese respecto están los manipuladores profesionales de la opinión pública”. Además, “la entrada y el éxito de las áreas de la política liberal ha exigido cada vez más recursos financieros que sólo puede aportar el capitalismo empresarial; unos recursos que les aseguran como contrapartida a quienes los tienen una capacidad privilegiada de influir en las decisiones políticas”. Ya se ve, pues, lo mucho que cuentan los ciudadanos. MacIntyre llega a esta inquietante conclusión que ilumina el mundo en que vivimos: “El liberalimo, pues, asegura en gran medida la exclusión de la mayor parte de las personas de cualquier posibilidad de participar activa y racionalmente a la hora de determinar la forma de comunidad en que viven”.

Queda clara, por tanto, la postura de un filósofo comunitarista hacia la democracia realmente existente. La bandera de la crítica es enarbolada a continuación incluso por liberales de izquierda como Ronald Dworkin, profesor de Derecho en la Universidad de Nueva York y de Jurisprudencia en la University College de Londres, para quien la realidad socio-política de EEUU es tan frustrante que no tiene otro remedio que preguntarse si la democracia es posible. ¿Cuáles son los argumentos de Dworkin? Uno: la política nacional norteamericana no satisface “siquiera los requisitos de un debate de instituto aceptable”; los candidatos “nos hacen sentir vergüenza cuando se aclaran las gargantas antes de hablar”. Y dos: los ciudadanos, mayoritariamente, están “horrorosamente” desinformados e ignoran cuestiones de gran relevancia gracias a la influencia del dinero en el desarrollo de la vida política y en el dominio de las cadenas televisivas.

Otro autor al que recurre Pedro Carlos González Cuevas en su reflexión pesimista sobre la democracia liberal es a Danilo Zolo, catedrático de Filosofía del Derecho y de Filosofía del Derecho Internacional, teórico del realismo político y autor de la obra ‘Democracia y complejidad’. Para Zolo, conceptos como “soberanía popular”, “bien común”, “participación”, “consenso”, “pluralismo” y “opinión pública” se han vaciado de contenido y han perdido su significado prístino. El politólogo e historiador francés Guy Hermet es el siguiente crítico de la democracia contemporánea reivindicado por el autor, tomando como punto de referencia su ultima obra, ‘El invierno de la democracia. Auge y decadencia del gobierno del pueblo’, y otras como ‘El pueblo contra la democracia’ y ‘Populismo, democracia y buena gobernanza’. A Hermet le saca de quicio la constatación del abismo entre “el éxito superficial de la democracia” y “la pérdida de sustancia de la democracia en profundidad”, principalmente por culpa de la gobernanza o imperio de la gestión empresarial aplicada al ámbito público. Para el pensador galo, “la democracia está llegando a su invierno, aunque no hay por qué temer un infarto inminente. Estamos entrando en la estación invernal de la democracia tardía, en la estación de la vejez”. La razón es sencilla: ha finiquitado “el modelo de cohesión social y política establecido tras 1945”. Añádase a lo dicho la caída de la natalidad en los países desarrollados y quedará en entredicho el mantenimiento de las pensiones y la propia subsistencia del Estado del bienestar.

Ya que Hermet es hispanista y autor de ‘Los católicos en la España franquista’ y ‘Los comunistas en España’ no faltan reflexiones sobre la realidad política de nuestra nación. ¿Qué está pasando aquí y ahora? Lo siguiente: la española es la sociedad en la que la patética lógica de la gobernanza contemporánea es más palpable; la descripción del fenómeno hay que grabársela en la memoria para no olvidar a qué grado de insensatez está llegando España: “Una lógica que induce al abandono de las ideas de voluntad nacional o de interés general, reemplazadas por acuerdos negociados o, peor aún, por el mercadeo, como el que practican los dirigentes de las comunidades autónomas, que tienden a comportarse de la misma manera que los representantes de los poderes centrales. En España, ha desaparecido el poder, que sólo funciona en vertical, de arriba abajo. Además, esta misma lógica permite explicar que la autoridad se inscriba no tanto en un lugar o en un aparato de poder (la capital y el Estado) como hasta ahora, sino en un proceso difícilmente localizable y cuyos actores ampliamente cooptados no resultan siempre identificables”, sostiene Hermet. En España sólo hay una agrupación de “pueblos fraccionados y no solidarios” que “acaban dominando a ese otro pueblo nacional reprimido en la leyenda”.
Conluye su enjundioso ensayo Pedro Carlos González Cuevas señalando que “en estos momentos, la crisis económica actual posibilita e incluso obliga a la crítica del capitalismo en su versión liberal [no sabemos si hay otro, al margen del aberrante capitalismo de Estado, y la expresión del autor se nos antoja tautológica] y, con ella, a todo lo que ha venido acompañándole, como la democracia representativa, con especial atención a sus riesgos evolutivos, que pueden llevar, como han señalado Danilo Zolo y Guy Hermet, a sistemas claramente autocráticos, aun conservando sus caracterísiticas exteriores formales”. Pero ¿cuál es la alternativa? El abandono inmediato de las posturas centristas para acogerse a un “pluralismo agonístico”, concepto acuñado por Chantal Mouffe en ‘La paradoja democrática’ que apunta a la generación de nuevas identidades colectivas “en torno a posturas políticas claramente diferenciadas”, según dice González Cuevas. Sólo un pero al ensayo “Las transformaciones de la democracia”: es una lástima que el autor no diga “claramente” cuáles son esas posturas políticas.

El último número de ‘Razón Española’ recoge también en su sección de Estudios la lección magistral impartida por el profesor Juan Velarde Fuertes el pasado 14 de septiembre en la inauguración del curso académico 2009-2010 de la Universidad CEU San Pablo, titulada “Ante la tercera encrucijada de la Historia económica española”. Para el economista, es evidente que a día de hoy España se enfrenta a un gran reto: “Podemos intentar soslayarlo con populismo y arbitrios –dice–, como se hizo a partir del duque de Lerma a lo largo del siglo XVII, o con políticas equivocadas, como sucedió en los siglos XIX y la primera mitad del XX. El fracaso es el fruto. O aceptar el reto, como se hizo con los Ullastres, los Navarro Rubio, los Fuentes Quintana, los Solchaga, los Barea, los Rato. […] Estamos, pues, en la encrucijada de si el pueblo español quiere declinar, o sea desfallecer, o acepta caminar ascendiendo por un sendero duro, exigente, ineludible”. Es decir, que a los tiempos duros le han de seguir tiempos no menos duros, pero si no el batacazo puede ser mortal para el futuro de España y de sus cuentas públicas.

En la sección Epistolario Fernández de la Mora, se recoge la correspondencia del intelectual y ministro con el banquero y académico Rafael Termes Carreró. En la de Notas, Ángel David Martín Rubio analiza “El impacto del Estado liberal en la Iglesia: la diócesis de Coria (1808-1868)”, con todo su cortejo de exclaustraciones y desamortizaciones: “Empobrecida por las incautaciones y expropiaciones, la Iglesia tuvo que reanudar su labor sin poder ejercer muchas de sus anteriores tareas pastorales, asistenciales y educativas. Y hacerlo sobre una sociedad en cambio y sometida a nuevas influencias sin contar apenas con la esperada colaboración de un Estado y unos gobernantes nominalmente católicos”. En la misma sección, Luis Míguez protagoniza un “Proceso a Baltasar Garzón”, juez al que acusa de prevaricador; Aurelio Agustino se refiere a “Ted Kennedy, o los estragos del catolicismo a la carta” con motivo del fallecimiento el pasado 25 de agosto de Edward Moore Kennedy, preguntándose: “¿Cómo es posible que los que llegaron a ser hijos predilectos de la Iglesia [es decir, los Kennedy] se hayan convertido en promotores de causas contrarias a las enseñanzas del magisterio católico? El propio senador Kennedy, que fuera en la primera época de su vida un firme defensor de la vida desde el instante mismo de la concepción terminó sus días apoyando la opción que en los Estados Unidos se llama ‘pro-choice’, es decir, la que defiende la completa libertad de la mujer para controlar su fertilidad y decidir la continuación o la interrupción de su embarazo (lo cual implica el aborto libre).”

Por su parte, Ignacio Peyró titula sus notas “Jesús Neira, un caballero español”; Aquilino Duqe se refiere a la española como a una ‘Democracia libertina’; Eduardo Palomar Baró se extiende sobre “El Frente Popular en el 36: del fraude electoral a la ‘etapa Kerensky”; Carlos Ruiz Miguel advierte: “Ofensiva de la ideología de la ‘amenaza yihadista’: nuestra libertad en peligro”; Francisco Piñeiro Ordóñez aborda la realidad de la patria en unas páginas que titula “Pneuma” y Ángel Maestro las purgas comunistas en la vista celebrada en Praga en noviembre de 1952 con el “Juicio criminal de los dirigentes del centro de conspiración contra el Estado”. La sección de Notas se completa con “Portugal vuelve, Cataluña se queda, ¿la España imperial de ZP?”, de Pascual Tamburri, y con las muy sentidas páginas de César Utrera-Molina Gómez bajo el título de “Sobre un caballero, don José Utrera Molina, mi padre”.

Como es habitual, ‘Razón Española’ cierra su número con las secciones de Crónica y Libros, donde se recogen críticas de ‘Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental’, que acaba de publicar José Javier Esparza (editorial Ciudadela); ‘La constitución cristiana de los Estados’, de Miguel Ayuso (Scire); ‘Bajo cielos de plomo. Unas memorias y el diario de Rafael Salazar Alonso’, de Amparo Cabeza de Vaca (Actas); ‘Discursos parlamentarios’, de Melquíades Álvarez (Nobel); ‘Testigos de nuestra fe. La persecución religiosa en la Archidiócesis de Zaragoza (1936-1939)’, publicado por el Arzobispado de Zaragoza-Fundación Teresa de Jesús; ‘Las noches revolucionarias’, de Rétif de la Bretonne (El Olivo Azul), y ‘Operación Jaque. La verdadera historia’, de Juan Carlos Torres (Planeta)

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El almanaque de los días rojos


Teódulo López Meléndez

Lunes:

Annus terribilis ha designado la organización Foro “Siglo XXI” al presente y agonizante 2009. Su documento, presidido por la vieja frase latina, es prolijo en enumerar los azotes que hemos recibido en este espacio de tiempo. No queda nada más que agregar a ese texto, abundante en el desbordamiento de las crisis, de los atropellos, de las ignominias y de los fracasos.

El gobierno venezolano se ha hundido en su propia esencia. Ha cometido todas las tropelías, ha desencajado al lenguaje, ha hundido a la república en una pavorosa crisis. Advierte el documento que comentamos que en 2010 la presente situación de caos hará eclosión. De ello no hay duda, ya ni siquiera, por ejemplo,  un repunte espectacular de los precios del petróleo podrá poner a flote la economía, diezmada PDVSA y vista la falta de probidad en el manejo de los dineros públicos. No hay tampoco recomposición política a la vista, más bien una descomposición interna del régimen y un agravar de los abusos de todo tipo que conducirán a la pérdida definitiva del escasísimo barniz de legitimidad que ha ido largando con el uso ilegítimo del poder.

Martes: El que se resbale

No, el padrino no va por la banca, es lo que pienso, contrariamente a la mayoría de los analistas. No puede comprar esos bancos, intervenirlos sin motivo, procurar alegatos falsos. Produciría una situación de quiebre definitivo, para lo cual no está en condiciones. Lo que ha hecho significa, si miramos bien, un fortalecimiento de la banca privada, pues hacia allí emigrarán los depósitos de los ahorristas. Lo que ha hecho –aparte de los alegatos de lucha interna- es dejar patente el fracaso del esfuerzo por crear una “burguesía revolucionaria”, una nueva clase emergente, tal como lo intentó Carlos Andrés Pérez en su momento. Esto es, la “revolución” pretendía crear sus propios “aliados ricos” y el castillo de naipes se le desplomó. Entre otras razones porque la intervención que acabamos de vivir es una advertencia frente a las conspiraciones internas, lo que significa, más que menos, “tal como se los permití se los puedo quitar”. Aquello de “el que se resbale” no era contra los banqueros, era contra sus aliados. Ahora bien, los “aliados” verán que hacen, se quedan quietos y disfrutan de lo obtenido o se ponen hipersensibles y deciden que es mejor prescindir del hasta ahora benefactor. En mi opinión optarán por lo primero y apenas asomarán algún antojo el congreso del partido procurando algunos escalones que los protejan. Por supuesto que no se puede dejar de lado la voracidad de la “burguesía revolucionaria” que puso en práctica aquello de “mientras más tengo más quiero”. ¿Los demás?, los demás parten del principio de “mientras no se meta conmigo”. Cosas del poder corrupto.

Miércoles: 2010: ¿Annus mirabilis possibilis?

El 2010 amenaza con ser el año de la hecatombe, pero los venezolanos podemos convertirlo en el año del reinicio, del recomienzo, en un año bueno, esto es, en un annus mirabilis. Un año bueno significa ponerle coto a la desesperanza, organizar al país unido en su esencia, ejercer la resistencia con coherencia y determinación, torcerle la mano al régimen. No se logrará con olvido de los males, sino resaltándolos en su verdad; no se logrará haciéndose falsas ilusiones de optimismo para ocultar lo que es obvio y patético; no se logrará con diversiones políticas falsas sino resaltando la evidencia  de este caos disolutivo en que la república desfallece.

Jueves: Guerra

Contrariamente a lo que todos piensan creo que la guerra es posible. Las bravuconadas tienen la verdad en el fondo. Este alumno mal aplicado de la academia militar tiene en su memoria las viejas enseñanzas de Colombia como el enemigo, ahora acrecentada por la muralla que el país vecino encarna ante sus apetencias de expansión “revolucionaria”. Dará y dará vueltas, si hay otro presidente distinto a Uribe mantendrá con él una breve luna de miel y luego volverá a las andadas, tal como ha hecho con Obama. Si Uribe continúa la posibilidad estará más cercana. Mientras tanto espera pacientemente que arriben sus juguetes desde Rusia, se arma hasta los dientes, sueña con los mercenarios que le acompañarán en la aventura. La guerra es posible, aunque es probable que sea distinta, no abierta, como es factible que también se pelee en otras latitudes. Honduras, por ejemplo, es una “espina clavada en el corazón”, como dice el viejo bolero, y el “cantante” Zelaya aún aguanta otra interpretación.

Viernes:

Todos los Judas se lavan las manos, a la espera de que no vayan por ellos y alborozados aplauden las decisiones gubernamentales. Todos los “comeflor” alzan sus plegarias al cielo por el “diálogo”, por la concordia, por la armonía con el gobierno, por un comportamiento “civilizado” ante las bandas armadas que agreden. Todos los calculadores de oficio se muestran tan decentes, comedidos, comprensivos y fraternos. Celebran, como descerebrados, la falta de competencia, unos, y otros el monopolio de las postulaciones. La cobardía la identifican con democracia, su irritante falta de valor con armonía, su peculiar estilo de adaptación a la dictadura con moderación, su condición de adoradores del dios dinero con comprensión.

Sábado:

Los judíos descansan, es Shabat. Hay judíos que no descansan en Shabat.

Domingo: ¿De resurrección?

El país se enerva, el país se engrincha, el país se arrecha, el país se sacude, el país se pone en guardia, el país asume su destino, el país se sacude las cenizas del Ave Fénix y emprende vuelo. El país mira los resultados y se pregunta cómo pudo caer de nuevo en la misma trampa. El país suelta un manotazo, el país comienza por los más cercanos, por aquellos que dijeron estaban a su lado. El país decide, el país asume, el país arenga, el país dirige, el país hace caída y mesa limpia. En domingo se descansa, piensan los cristianos, a menos que haya que revivir. La construcción del mundo no terminó en domingo, volvió a la vida en domingo, se inició en domingo. El domingo, el último día que será el primero de la nueva historia. Al tercer día resucitó. El país resucitó al tercer día. Y comenzó la Pascua de Resurrección. El domingo es el tercer día. Este almanaque anda equivocado, el almanaque deja de ser rojo, el almanaque se destiñe para colocar sobre el tercer día la impronta del comienzo. Los días se llaman “padrino”, “cabrones” y resurrección.

teódulolopezm@yahoo.com

Foro “Siglo XXI”: 2009, annus horribilis


Enfrentar un balance del año 2009 que se acerca a su fin equivale a sumergirse en uno de los períodos más dramáticos de nuestra historia. El proceso de destrucción, decaimiento, disolución y abatimiento del país ha llegado a extremos. Es imposible enumerar, pero la contracción de la economía, la violación constante de los derechos laborales, las estatizaciones alocadas que han conducido a dejar miles de nuevos desempleados, la destrucción sistemática de la propiedad agraria con la consecuencial pérdida de productividad e incremento de una economía de puertos, la presencia lacerante de presos políticos, la represión contra toda protesta, el deterioro de la salud y el acoso permanente contra la libertad de expresión, familias enlutadas por pérdidas de seres queridos en manos del hampa son algunos, apenas algunos, de los ejemplos a mencionar para definir este 2009 como annus horribilis.

Cada día se suman nuevos elementos, como la amenaza de quitar el seguro HCM a los empleados públicos, el incremento del lenguaje soez, la intervención de bancos como resultado de una evidente lucha entre mafias oficialistas, el descaro de una política exterior que nos conduce a asumir todos los elementos de un Estado paria y las amenazas bélicas contra un pueblo hermano, una interminable retahíla de desaciertos cuyo amontonamiento nos lleva a hablar firmemente de un estado de catástrofe nacional.

El deterioro de los servicios públicos básicos por falta de inversión y de mantenimiento, la inflación galopante, el desánimo general, la ineficiencia hecha gobierno, todo conduce a una Navidad que será de las más tristes y opacas que recuerden los venezolanos. Transcurrirá este período tradicionalmente de reconciliación y celebraciones en medio de una oscuridad impresionante, marcada por el hecho desafiante de una huelga de hambre a las puertas de la sede de la Organización de Estados Americanos en Caracas en procura de respeto por los Derechos Humanos de nuestros compatriotas.

El símbolo cierto de esta Navidad será el de los muchachos huelguistas. Sobre ellos deberemos mantener nuestras miradas, nuestra atención, nuestra solidaridad y nuestro respaldo.

Foro “Siglo XXI” no pretende en este texto enumerar sistemáticamente nuestros padeceres. Lo hemos hecho a lo largo de los ya numerosos documentos  que hemos emitido. Lo que queremos poner en la conciencia de nuestros compatriotas es el desafío de un balance del año que se acerca a su fin, del clima general de desasosiego que afecta a la república, del desvarío incorregible de quienes fungen como nuestros gobernantes, de la destrucción sistemática a la que hemos estado sometidos y que el 2009 encarna como ningún otro año, por la alevosía de los procederes, por la eclosión final de la ineptitud, por el desbocamiento aluvional de todas las taras y miserias ahora engrandecidas a los límites de la disolución y del escarnio.

La república está por concluir un año catastrófico. En este año 2009 ha quedado en evidencia, por si alguien lo dudara, la maldad intrínseca del régimen que padecemos.  Todas sus taras, contradicciones, luchas intestinas, ineptitudes y perversiones han brotado como una catarata arrastrando a la nación a tal estado que el futuro parece disolverse, que la ruina toca a las puertas,  que la admonición de Dante Alighieri parece grabada en todas las entradas a este país herido.

Frente a la perversa realidad Foro “Siglo XXI” advierte a los venezolanos que este proceso de hundimiento se acelerará en el nuevo año. Estamos llegando a una situación terminal para la cual deberemos estar preparados, sobre la cual deberemos implementar el espíritu de un cuerpo social unido en procura de la salida, sobre la cual deberemos implementar nuestra condición de nación y tomar decisiones valientes y colectivas que nos lleven a superar este profundo trauma.

Foro “Siglo XXI” apela a la conciencia nacional, aletargada pero sobreviviente, para el inicio del proceso de salvataje.

Caracas, 3 de diciembre 2009

Teódulo López Meléndez

Mercedes Montero

Gustavo Coronel

Alberto Rodríguez Barrera

Oswaldo Álvarez Paz

Germán Carrera Damas

Elinor Montes

Antonio Pasquali

Adrián Segundo Pérez Grimán

Luis Betancourt Oteyza

Luis Marín

Francisco Alarcón

Consuelo Briceño Canelón

Lillian Kerdel Vegas

Milagros Ramírez

Alberto Lossada Sardi

Alberto Garantón

Rafael Monsalve Castilla

Rafael Grooscors Caballero

Antonio José Monagas Foro-Mérida

Ángel Américo Fernández Foro-Bolívar

Demóstenes Pérez

Nalúa Silva

Régulo Cerezo

Víctor Medina

Teresa Coraspe

Arturo Briceño

Amaloa Guerra

María Viviana Latorraca

Blanca Briceño Foro-Italia

Liko Pérez Foro-Suecia

Juandemaro Querales Foro-Aragua

Rafael Rattia Foro-Monagas

Jorge Ramos Guerra Foro-Lara

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