palabras

   Por Ofelia Avella

           Si bien toda palabra auténtica se torna en manifiesto por atisbar algún dato oculto o enigmático de nuestra realidad, los versos de Rafael Cadenas, seleccionados para la exposición “Manifiesto: País”, la cual permanecerá en la Sala Mendoza de la Universidad Metropolitana hasta el 31 de agosto, me parecieron particularmente hermosos y lúcidos: “En medio de la mentira, por encima de ella, en la hendidura, busca este país su verdadero rostro para curarse.”

En este país herido, fragmentado por el resentimiento y el conflicto, los venezolanos transitamos un camino que nos llevará hacia algo nuevo si asumimos la búsqueda de modo personal. Los países, como las personas, pasan por sus “noches oscuras”, pero lejos de tornarnos pasivos, la crisis que vivimos debe suponer un impulso para encontrar nuestro “verdadero rostro”, ése que descubriremos en la medida en que descifremos lo que nos ocurre y esto, sin lugar a dudas, nos está doliendo: es parte de la hendidura que vivenciamos. A veces se siente uno atravesando un bosque donde las apariencias engañan, donde abunda la contradicción y la mentira; donde nos está resultando difícil comprendernos y de donde nos está pareciendo imposible salir.

La fuerza de las palabras manifiestas en esta exposición, son una muestra de cómo el país nos afecta a todos, pues aunque aquí se expresen artistas, poetas, escritores e historiadores, cuyas voces irrumpen a veces con mayor precisión, en medio de esta mentira somos muchos los que buscamos. Es el verdadero rostro del país lo que, a tientas, “en medio de la hendidura” de la que brota sangre, queremos todos encontrar.

Las palabras de Carlos Sandoval me atraparon por su terrible realismo; un realismo que torna en simbólica la paradoja: “De pronto me enviste una camioneta. Salto a la acerca y leo “S.O.S. Venezuela” en el vidrio posterior. El semáforo continúa en rojo. A un lado de la cola para adquirir harina y papel higiénico un perro muerde bolsas de basura. Alguien reclama porque ceden lugar a una viejita que casi toca el suelo con la quijada. En la esquina siguiente tres indígenas comen de un plato. Pido un café en la barra, “no hay leche, jefe”, advierte el joven con dos ojos estampados en su pecho. Tampoco, agua embotellada. En la boca del metro linchan a un delincuente, en los vagones cantan raperos, y se dan trompazos las mujeres para salir al andén. Ya en el bulevar, oficialistas desgañitados celebran al país con las mayores riquezas petroleras del mundo. Adelante, una protesta es disuelta con gases lacrimógenos. Piso pancartas, corro hasta una panadería de donde la guardia saca a empellones varias personas asfixiadas. Me enredo con una bandera y veo en una afiche la cara sucia de un manifestante muerto la última semana. Cuando llega el enjambre de motos entro en la universidad. Sólo vinieron cinco alumnos, el resto está marchando, pidiendo visas o reducidos de miedo en sus casas. Comienzo la clase: «la civilidad, damas y caballeros, es un concepto básico de las repúblicas…». A lo lejos, oigo disparos.”

Basta con observar la ciudad para sentirse inmerso en un mundo donde la contradicción parece haberse instalado. Pienso, sin embargo, que el país está buscando –y encontrará- “su verdadero rostro para curarse”; por eso, entre dudas y dolores, tanteos y nostalgias, hay que descifrar lo que vivimos y expresarlo. Ahora bien, ¿qué nos añade una exposición como “Manifiesto: País”? ¿Para qué manifestar lo que nos ocurre en “palabras”, más que en “acciones”?

Puede parecer que ante tanto problema evidente, expresar lo que sentimos no aporte solución alguna a nuestros males inmediatos.

Las palabras, sin embargo, conducen con fuerza en el camino cuando insistimos en nombrar lo que percibimos, lo que intuimos que nos pasa, lo que tras una larga búsqueda hemos procurado discernir. No se encuentra si no se descifra lo que ocurre: si no se comprende lo que acontece. Por eso “nombrar” equivale, de algún modo, a diagnosticar lo que ocurre. Y la acción, la contundente, nace de la palabra auténtica. Expresar lo vivenciado dispone, además, a encontrarse, a sentirse unidos por un mismo sentimiento, en medio de los diversos matices y la variedad de perspectivas personales, lo cual resulta esencial si pretendemos encontrar el verdadero rostro del país que somos cada uno.

Sin pensamiento no hay palabras incisivas ni profundas. Tampoco poesía ni filosofía. Mucho menos un ideal compartido ni un rumbo claro. Si alguna palabra tiene sentido es precisamente la poética. Ella es la que va narrando el camino que se va abriendo en la búsqueda del verdadero rostro del país; la que fija la intensidad del “ahora” del cual hay que tomar conciencia y no puede olvidarse.

Es hora de reencontrar el camino que buscamos, como país, desde hace tiempo.  De la palabra que descifra el momento presente visualizaremos, más pronto que tarde, el nuevo rumbo. Si insistimos.

Ofeliavella@gmail.com

@Ofeliavella

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