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Democracia siglo XXI

fecha

junio 17, 2013

El peligro de emular al adversario

ideología

 

Por Alberto Medina Méndez

Al brillante escritor argentino Jorge Luis Borges se le atribuye aquella frase que entre ironía y verdad decía que “;hay que tener cuidado cuando se elige a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”.

Algo de eso se verifica en el presente cuando se observa la conducta de muchos que han perdido el rumbo, tal vez por impaciencia, bronca o impotencia, o porque cometieron el pecado de reflejarse en sus adversarios.

Existe cierta ambigüedad en este tipo de situaciones. Por un lado el adversario pone reglas de juego, y en la medida que consigue imponerlas crea la sensación de que sus logros son el producto de sus modos, sus formas, su estilo, y obviamente sus ideas.

Así, la tendencia a imitarlos, se genera como si fuera el único camino. Ellos ya no solo imponen su relato, sino que lo convierten en exitoso, por el solo hecho de que consiguen triunfos electorales, o porque son muchos los que repiten esa cantinela, como si se tratara de una verdad indiscutible.

Avanzan, empujan, aplastan, y de ese modo, transmiten la idea consolidada de que para superarlos hay que hacer lo mismo que ellos, pero mejor, es decir ofrecer más de lo mismo, con matices adicionales. Pero ese es solo el comienzo, porque el problema arranca allí, para empeorar, cuando las inmoralidades del régimen se convierten en reglas de juego inmutables.

Parece tan potente ese falaz argumento, que consiguen trasmitir la visión de que para ganarles habrá que ser más tramposos que ellos, se deberá mentir el doble y recurrir a todos los ardides y picardías que ellos aplican.

No está mal aprender de sus aciertos, si los tuvieran. Tampoco es incorrecto detectar sus eventuales fortalezas, pero solo para ver si esos ingredientes son necesarios o pueden ser reemplazados en una estrategia equivalente pero opuesta. El desafío es justamente no parecerse al adversario, diferenciarse en todo lo que sea posible, sobre todo en lo esencial que no tiene que ver con sus formas sino con su inmoralidad intrínseca.

Siempre parece más fácil ganar haciendo trampas que siguiendo valores y convicciones, pero imitarlos en su vulgaridad y falta de escrúpulos, en su crueldad y ausencia de principios, solo implica distanciarse de la meta.

Se trata de triunfar, pero no a cualquier precio. Obtener un buen resultado haciendo lo incorrecto, no es ganar, sino perder. Y es peor cuando esa derrota implica que se ha claudicado en las convicciones para que ellos impongan las suyas y logren que la sociedad las considere indispensables.

La gran batalla que vienen ganando no es la que parece, no es la de los triunfos electorales o la implementación de sus perversas políticas. Han ganado mucho más que eso. Impusieron sus reglas, diseñaron un contexto moral a su medida, fijando los parámetros bajo los cuales quieren competir, y es justamente por eso que triunfan muchas veces, porque son SUS reglas.

Para lograr equilibrio, armonía y orden, hay que animarse a hacer las cosas de un modo diferente. Está claro que eso requiere paciencia. Este desafío no es para ansiosos. No es casualidad que sean los más añosos quienes hayan caído en la trampa de aceptar el presente con resignación, o bien de incitar a la búsqueda de recursos indebidos cruentos e inaceptables.

La historia de una sociedad no se modifica por arte de magia. De hecho, es correcto y hasta saludable que las sociedades paguen por sus propios errores, como corresponde. De lo contrario, se podría creer que se pueden corregir rumbos con solo apretar un botón, y eso no forma parte del mundo real, sino de un universo imaginario ajeno a la esencia humana.

Hay que hacerse cargo de los errores, de eso se trata. Claro que el aprendizaje es doloroso y amargo, pero solo de ese modo se asumen los desaciertos y se los internaliza para evitar repetirlos.

El camino de regreso a la sensatez, será probablemente largo, lento y también difícil, porque hacerlo con corrección, honestidad, transparencia y con la verdad como bandera, traerá consigo tropiezos y cierta dificultad para lograr acuerdos y consensos. Pero eso es lo que se precisa hacer, es lo que se debe y lo que resulta imprescindible para dar vuelta la página.

Tal vez, con algo de inteligencia, creatividad, y sobre todo tenacidad y perseverancia, se dispondrá de la posibilidad de acortar en algo estos plazos que pueden parecer interminables.

Se necesita construir una alternativa o, tal vez, varias, pero que todas ellas sean capaces de transitar ese camino diferente, distinto, diverso. Se debe poder reemplazar el odio como matriz para que vuelva la armonía, esa que logre sustituir la imposición autoritaria del presente por el debate, el intercambio de inquietudes, la articulación de propuestas, la discusión pausada y serena de variantes que nos acerquen a las soluciones.

Algunos que intentan buscar atajos, están equivocando el camino. Apurados por terminar este proceso de indignidad, atropellos y autoritarismo sistemático, pretenden recurrir a cualquier artilugio, imitando a sus adversarios y solo proponiendo otra alternativa demasiado parecida que ofrecer los mismos ingredientes y similares herramientas.

A no confundirse. La recuperación del equilibrio, viene de la mano de hacer lo adecuado, con métodos que no puedan ser cuestionados por su inmoralidad, y transitando una construcción prudente, para que el futuro sea la consecuencia esperable de hacer las cosas del modo correcto.

Es por eso que se debe abandonar esa mágica idea de imitarlos. Allí está la clave, en evitar esa tentación, porque hacerlo implica terminar pareciéndose a ellos y asumir entonces el peligro de emular al adversario.

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Inefable Educación sin Rendición de Cuentas: hacia el voto en blanco

aporía 2

 

Por Ricardo Viscardi

En su última intervención radial, el presidente Mujica nos ha alertado acerca de la futilidad de confundir la educación con todo lo demás. De esta necesaria diferenciación de la educación con los demás aspectos de la experiencia humana, surge incluso la posibilidad de diferenciar la enseñanza de la educación, lo que vuelve a esta última aún más inefable, ya que aligerada de la gravitación de la enseñanza, la labor educativa se convierte en un éter social absoluto. A partir del Iluminismo, el presidente vincula por igual esa esencia inasible con los improperios que surgen de la vituperación pública con ocasión de los accidentes de tránsito, así como con el Holocausto del pueblo judío en manos de los nazis, e incluso con cualquier otra catástrofe, si atendemos a la extensión generalizada del riesgo público en que incurrimos, por exceso o defecto de algo incondicionado: la educación.[1]

 

Recuerdo haber oido, con anterioridad al “giro copernicano” del planteo presidencial ante la demanda de los gremios de la Educación, el mismo criterio en una conversación al paso, entre un vendedor y una clienta, en plena feria ciudadana. Abierto ante todo al talante popular que sabe (que sabe) por antonomasia sin necesidad de enseñanza, Mujica no dudaría, sin duda,  en suscribir tanto al escenario callejero de la sabia apreciación, como a su propósito absolutamente imbuido de verdad popular, a la vista ferial del alimento mismo del saber social. El propósito del feriante, que fuera en su momento objeto del pleno asentimiento de una clienta, conmovida a su vez por la fructífera contundencia del argumento, señalaba que más allá de cualquier calidad personal, la educación se lleva en la persona, de manera que se porta con las maneras propias a uno mismo. No es educado quien aprende, sino quien desde ya se muestra bien educado. Esta condición inherente a la calidad de la educación, la separa de toda ínfula de diferenciación, ya que basta la buena intención, que proviene del vientre materno primero y de la lactancia que le sigue después, para suministrar el nutriente por excelencia al educando.

 

 Yendo más atrás, otro antecedente presidencial nos recordaba, en momentos en que la subversión amenazaba la consistencia social de la constitución ciudadana, que había connacionales “bien nacidos” y otros no (o no tanto, o menos, o maleducados, etc.). Por consiguiente, la educación tal como lo han afirmado dos titulares de la presidencia de la República, que por lo visto no sólo aproxima entre sí el cargo (Pacheco primero, Mujica ahora) es estrictamente inefable e innata en el sentido cartesiano del término: eterna.

 

En ese sentido racional Descartes infiere la existencia humana de la contraposición entre la duda sobre sí propio[2] y la certidumbre del ser divino que adviene, sin embargo, de pensarlo en uno mismo. Por lo tanto, este “sí mismo” llega a la afirmación de la existencia propia a partir de la duda y de cara a una certidumbre, sin ser a ciencia cierta, sino el quedar sujeto entre lo uno (lo humano precario) y lo otro (la idea de la divinidad).[3] Sin embargo la precariedad del sujeto racional se explica como fundamento, si se admite que provista de la idea de Dios, tal limitación queda sujeta a un influjo que no puede provenir sino de un orden sin falencia posible. Esta inscripción de lo humano en lo divino supera la participación, en razón de la acción permanente y actual del creador, providencia inmanente que explica, por lo tanto, tanto lo inefable de la idea de Dios en el hombre como lo inasible de la educación, una vez que el rango que se le atribuye la habilita incluso a prescindir de la enseñanza (revisando también la pedagogía sensualista de Condillac, para quien sólo la enseñanza inculcaba la idea en el humano).[4]

 

Sucede que ante la supuesta condición inefable de la educación, que  tanto nos permite salir con buenos modales de un accidente de tránsito como evitar un Holocausto, uno termina por preguntarse a que viene todo esto de las instituciones, las constituciones y las presidencias de las repúblicas. Confiados en que somos “bien nacidos” y educados desde el vientre materno por la mejor lactancia, conviene que nos hagamos a la idea de confiarnos educadamente a lo que nos depare el próximo paso, librados a la providencia de las buenas intenciones propias y ajenas.

 

Quien no se tome por arcángel de lo inefable aceptará de buen grado considerar las informaciones que difunden los medios de comunicación, incluso en aras de la “buena educación” de la prensa internacional del chisme, que se deleita “al ras del terrón” con el propio Mujica, en cuanto tales medios finalmente también llegan al punto más auténtico del territorio. Al tiempo que batía a pleno la inquietud por los recursos asignados a la Educación en la Rendición de Cuentas, surgía una encuesta de opinión pública cuyo artífice destacaba la supremacía del Frente Amplio en las intenciones de voto (45%) por encima del Partido Nacional (23%), del Partido Colorado (15%) y del Partido Independiente (2%) sumados. Curiosamente, el mismo comentador no incluía en sus consideraciones de enjundia una última cifra (15%) que igualaba al Partido Colorado (el tercer partido, sólo 8 puntos por debajo del Partido Nacional) y que reunía “no sabe, no contesta, en blanco, partidos pequeños”.[5]

 

Mientras el porcentaje obtenido por el Frente Amplio parece adquirir particular significación de cara a la Rendición de Cuentas, no reviste sin embargo, a los ojos de quien pergeñó la misma compulsa entre la población,  magnitud digna de ser comentada una cifra que constituye la mayor noticia electoral del Uruguay de los últimos años: los votos que emigran hacia los márgenes del sistema de partidos, particularmente, a partir del Frente Amplio. Si este último sigue sobresaliendo por sobre los otros dos partidos (más) tradicionales: tal predominio obedece a que sus adherentes en menos no pasan sin embargo a otras tiendas partidarias, sino que se incorporan a un espacio propio y diferenciado, que se preocupa cada vez menos en votar y cada vez más en incidir puntualmente a través de campañas de opinión (DDHH, despenalización del aborto, campañas contra la entrega de los recursos naturales al megaempresismo).

 

Es posible que pese a los esfuerzos dedicados por el director de CIFRA a hacer entrar la interpretación de los datos en el marco del sistema de partidos, lo inefable que recorre a este último, tanto desde el punto de vista de la “buena educación” que ensalzan por igual el presidente y el feriante, como desde el punto de la pulcritud programática y macro-económica que instruye el ministro de economía y finanzas, pugne por hacer salir de cualquier marco definible algo tan etéreo e inasible. Sobre todo si se tiene en cuenta que la consultora Factum estimaba, por su lado, en 8% la participación de los “refractarios” al sistema de partidos con fecha de abril último,[6] apreciación de otra consultora y competidora, que justificaría un desglose del 15% que Cifra atribuye a un “varios”, entre los que se encuentra el sector de mayor movilidad electoral en el Uruguay de hoy: los “refractarios”.

 

 En efecto, el mismo ministro se ha preocupado en hacernos saber que no ve razón, de cara a los desaires de los gremios, que lleve a modificar una programación que tiene por virtud principal ser una programación,[7] a su entender en provecho de todos. Por cierto, se trata de un “todos demográfico” un poco confundido entre aquella insistencia en “educación, educación, educación” que propalara Mujica en su discurso de toma de mando y esta referencia a lo inefable de la totalidad de la existencia social (que reagrupa los accidentes de tránsito y las cámaras de gas) pero excluye la “changa” –si se nos permite expresarnos en el estilo presidencial de Mujica- de la enseñanza.

 

No sólo los desaires gremiales se vinculan a una situación vivencial (como la que quien suscribe experimentara en plena feria vecinal), sino que además los hirsutos y desmelenados gremialistas aducen un gráfico del propio Banco Central donde la visual del PBI asciende en valores al estilo de la Montaña Rusa del Parque Rodó, mientras el gasto en la enseñanza se hunde más rápido que el Gusano Loco (del Parque Rodó chico) en la bajada.[8] El problema es que las dos curvas, más vertiginosas que las de una miss estadounidense sobrealimentada, componen entre sí una intersección que arroja un mismo perfil de evolución lineal, pero además, corresponden al mismo período a cuyo propósito el ministro nos dice que ya suministró el programa programático.

 

 Pese a la confianza ministerial en el beneficio para el “todos” del programa quinquenal, pareciera que las clases sin docente (40 grupos sólo en Montevideo) que comienzan a cundir en Enseñanza Primaria,[9] así como las renuncias que anuncian por doquier los gremios docentes de secundaria, podrían tener que ver con una economía donde las vocaciones se transforman en vacantes. Quizás tal renuncia suponga unas vacaciones de vocaciones, ante algo tan inefable como el valor de cambio de un salario, cuyo éter se puede cambiar por cualquier otra cosa, en un camino de sendas perdidas para la enseñanza, aunque según vimos seguirían siendo todas sendas de educación –gracias a la latitud absoluta que le otorga a esta última Mujica.

 

Alejados de lo inefable por curvas de todo tipo, los gremialistas llegan a hacer consideraciones en torno a las motivaciones que llevan al gobierno a persistir en “la calidad del gasto”, es decir, en imputar de holgazanes a los hambreados en el entorno de 12.000 pesos.[10] Sobre todo cuando un experto del país que se tiene por modelo en educación (en el sentido concreto, no en el inefable) les recuerda que para contar con buenos docentes hay que contarles, a fin de mes, un numerario de salario digno a la altura de lo que se pretende que eduquen.[11] Entre las desviadas consideraciones que el común puede pergeñar a dos años del próximo presupuesto nacional (sin rendición de cuentas posible en el año 2014 por pasar en período electoral), llevados por sendas perdidas muy lejos de lo inefable, tales desviaciones pueden tomar en cuenta que, elecciones de por medio, al gobierno poco le importa que aumente el voto en blanco y decrezca, gremios de la enseñanza de por medio, el caudal electoral del Frente Amplio.

 

En verdad, esa hipótesis no por amplia (en un sentido poco frenteamplista), deja de encontrarse refrendada por el análisis de la composición sectorial del gobierno. En efecto, las políticas de alianzas de los sectores que lo integran con mayor influencia, configuradas por la solidaridad entre el presidente y el vicepresidente, plantean perfiles electorales que no miran hacia la izquierda, sino hacia la derecha del Frente Amplio.  A través de las tomas de posición de sus principales abanderados y aliados (la CAP-L) en el gobierno, el MPP se ha opuesto a la reactualización de la legislación en DDHH, ha declarado la neutralidad presidencial o incluso la oposición ante la despenalización del aborto, e incluso ha propiciado la privatización a través de una campaña contra los trabajadores del Estado, conjunto de señales cuyo efecto electoral no puede llevarlo a crecer sino hacia su derecha. Tanto Mujica como sus ministros más próximos han prodigado, con la misma orientación estratégica, las señales destinadas a sellar “sobre el terrón” la alianza con los sectores de centro del Partido Nacional -por ejemplo con oportunidad de la celebración del “Bicentenario Oriental” (1811-2011).[12] Incluso el presidente ha destacado sin pudor ideológico alguno que encuentra la audiencia más propicia en el Congreso de Intendentes, sin hablar de la Universidad Tecnológica, cuyo diseño institucional que integra a empresarios y políticos apunta, particularmente en el interior del país (atravesado por el clientelismo atávico de los partidos tradicionales), a ganar votos apuntando a convencer en base a  “la izquierda también es del campo”.

 

Tampoco el sector de Astori puede pretender, ni lo espera, crecer hacia su izquierda, en cuanto levanta ante todo el estandarte de una “racionalidad económica” destinada a convertir al Uruguay, según el designio de los organismos financieros internacionales, en un dechado de buena conducta fiscal. Estos propósitos persisten incluso haciendo “memoria rasa” de las catástrofes que esos asesoramientos no han dejado de propiciar urbi et orbi, según un clímax alcanzado en la crisis de las sub-prime durante 2008, pero además agrega como “frutilla en la torta” el hasta ahora no desmentido apoyo del equipo económico del anterior gobierno frenteamplista, encabezado por Astori, a cerrar un Tratado de Libre Comercio con EEUU.

 

Por consiguiente, no forma parte del horizonte gubernamental, en razón de las estrategias sectoriales que predominan en ese ámbito ante la coyuntura electoral del año próximo, desviar un perfil dificultosamente pergeñado a contracorriente de la sensibilidad histórica de la izquierda, con el efectivo propósito de alcanzar la estabilidad electoral por la derecha. Al mismo tiempo se perfilan acreedores, ante un centro tan sensato como pacato, a la verosimilitud conservadora de una adaptación al status-quo.

 

El costo del “gasto cero” sería, sin embargo, mayúsculo tanto electoralmente como  estratégicamente para el Frente Amplio. En efecto, la quita de votos que significaría desilusionar las esperanzas del sector de la educación se mide por dos ángulos. En principio por el propio número de afectados, tanto en calidad de individuos como, en mayor proporción aún,  en razón del efecto sobre el entorno familiar. Baste recordar que el total de efectivos involucrados suma alrededor de 800.000 estudiantes en todos los niveles de la enseñanza pública, así como cerca de 60.000 docentes en las tres ramas de la enseñanza, a los que corresponde sumar decenas de miles de funcionarios no docentes.

 

Ante esta magnitud demográfica involucrada en la problemática de la educación, cabe señalar que entre este sector social y la izquierda política se registra, para el Uruguay, el mayor grado de integración ideológica relativa. Caracterizado históricamente por una estructura social con predominio de clases medias y la consiguiente movilidad social con base en la educación, el mismo país expresa una inclinación casi tradicional a la incorporación de la profesión educativa en un registro de izquierdas.

 

Esta constatación que en sí se ha vuelto teóricamente trivial, adquiere sin embargo una significación alternativa, si se considera que asimismo se tiene por indudable que el incremento del voto en blanco proviene, en los últimos años, de la misma izquierda política donde se inscribe mayoritariamente el sector social educativo. Parece por lo tanto razonable suponer que una agudización del conflicto entre el gobierno y los gremios de la educación, ambos dos contendientes vinculados, sin embargo, al mismo universo ideológico de izquierda, no puede sino incrementar significativamente la desistencia partidaria entre las inclinaciones electorales de la población.

 

No determina por vía directa lo antedicho que tal tendencia incidirá decisivamente en las próximas elecciones nacionales, donde puede encontrarse aún mitigada por el propósito de no favorecer indirectamente, al restarle un incremento del voto en blanco cociente propio a la izquierda, un reingreso de la derecha a posiciones claves en el plano nacional.  Ante todo, esa actitud conservadora puede obedecer al arraigado criterio corporativista de los uruguayos en la conducta ideológica, que se caracteriza por defender posiciones asumidas, bajo el criterio que advierte “no le hagás el juego a….”. Sin embargo, una auto-represión ideológica de índole corporativista en las elecciones nacionales puede revertirse en las elecciones municipales, en cuanto los comicios locales se celebran sólo seis meses después de las nacionales. El mismo prurito ideológico podría librarse de prejuicios ante una opción de menor entidad, como ya ocurriera en mayo de 2010, para marcar el sentido de “voto castigo” (en blanco) a la primera posición electoral ganada por la izquierda uruguaya y de alguna forma su bastión histórico: la intendencia de Montevideo. En ese caso, la ya pergeñada alianza electoral “rosada” (“colorados” y “blancos” mezclados) de los partidos “históricos” encontraría las puertas de Montevideo abiertas desde el interior de la ciudadela, por el caballo de Troya de una disensión entre la estrategia electoral del actual gobierno y la reivindicación insoslayable para la izquierda gremial, con una distribución de responsabilidades relativas que surge de las potestades propias a unos y otros.

 

 

[1] “Educación, educación, ¿educación?” Montevideo Portal (14/06/13) http://www.cifra.com.uy/novedades.php?idNoticia=195

[2] Descartes, R. (1979) Méditations Métaphysiques, Garnier-Flammarion, Paris, pp.79-81.

[3] Op.cit.pp.99-101.

[4] Condillac, D. (1798) Essai sur l’origine des connaissances humaines, Ch. Houel, Paris, pp.100-101.

[5]  “Intención de voto “si las elecciones fueran hoy” Cifra  http://www.cifra.com.uy/novedades.php?idNoticia=195 (acceso el 16/06/13)

[6] “Inclinación política actual. 1º trimestre 2013” Factum  http://www.factum.uy/node/915  (acceso el 16/06/13)

[7] “Lorenzo: “la Rendición de Cuentas no es una suma de aspiraciones individuales” LaRed21 (14/06/13) http://www.lr21.com.uy/economia/1110497-lorenzo-rendicion-de-cuentas-no-es-una-suma-de-aspiraciones-individuales

[8] Yohai, W. “La mala educación progresista. Cuando los de afuera nos vienen a cantar lo obvio” Resonando en Fénix https://docs.google.com/document/d/1HA99r2cusKE-K4upatF0riAWzJ8yk2I0YAljPhXrZjY/edit (acceso el 16/06/13)

[9] “VTV noticias: escuelas en obra, clases sin maestros” VTB http://www.youtube.com/watch?v=Sykk-BlAcfs (acceso el 16/06/13)

[10] “Rendición de Cuentas: Mujica tirará de la “frazada hasta que alcance” LaRed21 (13/06/13) http://www.lr21.com.uy/economia/1110210-rendicion-de-cuentas-mujica-tirara-de-la-frazada-hasta-que-alcance

[11] Op.cit. Yohai, W. “La mala educación progresista”

[12] Ver en este blog “Bicentenario, Patria gaucha y Patria chaucha: no es lo mismo, pero da igual” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2011/05/bicentenario-patria-gaucha-y-patria_312.html

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