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Democracia siglo XXI

fecha

octubre 6, 2013

Argentina: Entre la premura y el estoicismo

Cristina


Por Alberto Medina Méndez

En el contexto de las elecciones de medio término, la política argentina se encuentra recorriendo una transición repleta de intrigas y especulaciones, práctica que por estas latitudes se torna cada vez más frecuente.

El resultado de las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias ha confirmado algunas presunciones cambiando sustancialmente el escenario político de cara al mañana. Con estas tendencias, que difícilmente se reviertan pronto, queda atrás la pretendida reforma constitucional y con ella la aventura de la eternización en el poder. Al menos….. por ahora.

La ciudadanía y la clase política ya discuten la sucesión presidencial. La opinión pública parece dividirse entre los que no tienen paciencia, los mas ansiosos, los que pretenden los cambios hoy y sin tener que esperar plazo alguno, y los otros que entienden la necesidad de hacer las cosas bien, cumplir los tiempos constitucionales y dar paso a la institucionalidad para que se puedan producir las transformaciones ordenada y prolijamente.

Es de una gran osadía e irresponsabilidad plantear una interrupción del actual mandato presidencial. Aun bajo la verosímil hipótesis de que el gobierno no tenga interés alguno en mutar sus políticas y que las mismas profundicen los problemas y posterguen la solución, no parece razonable siquiera sugerir la vulneración del orden constitucional.

La sociedad debe aprender a hacerse cargo de sus aciertos pero también de sus errores. No se puede borrar con el codo lo que se escribe con la mano. Esta gestión ha tenido un irrefutable aval electoral que permitió su llegada al poder con amplio apoyo popular. Sus políticas fueron acompañadas durante demasiado tiempo no solo por sus votantes, sino por tantos otros que criticaron las formas pero no el fondo de cada determinación.

El gobierno ahora ha perdido ese respaldo ciudadano, pero tiene aun dos años más para cumplir su mandato. Es hora de que cada argentino no se haga el distraído y asuma el costo de sus desaciertos. No solo se equivocaron quienes votaron mal, sino muchos otros que prefirieron la indiferencia, el silencio y la complicidad como manifestación cívica.

La solución no pasa por ir cumpliendo con los caprichos infantiles de los ciudadanos, sino por asimilar el error, por admitir responsabilidades y fundamentalmente por darse tiempo para que el aprendizaje se convierta en nuevas decisiones que superen a las anteriores, evitando la desesperación de la urgencia para reemplazarlo por la sensatez. Las decisiones trascendentes se toman en un marco de serenidad y no en el medio de la emotividad que propone la vertiginosidad de los hechos.

Argentina para sobreponerse a su presente, para enderezar el trayecto, precisa mucho más que espasmódicas reacciones políticas y enfados circunstanciales. Hay que construir la templanza para elaborar la hoja de ruta que permita superar la coyuntura política, social, económica y moral.

Esta nación es una eterna promesa de éxito. Si no se ha conseguido aprovechar la bendición de tantas fortalezas es porque no se han hecho los deberes. Y eso no tiene que ver con elegir a los mejores para guiar los destinos de este conjunto de ciudadanos, sino porque básicamente no se han aplicado las ideas que conducen hacia ese resultado tan anhelado.

Son momentos difíciles y  cargados de sensibilidad. Es probable que se esté transitando por un punto de inflexión entre una larga secuencia de decisiones inadecuadas que llevaron a este presente y la esperanza de estar corrigiendo la orientación del esfuerzo hacia caminos más venturosos.

Todo depende de lo bien o mal que se hagan las cosas en instancias políticas como estas. No se trata ya solo de culminar una etapa, sino de procesar los disparates, de asumirlos como propios y no como ajenos, de entender que los que gobiernan no son paracaidistas que aterrizan de casualidad en el poder, sino que son la consecuencia esperable de una sociedad que piensa de un modo determinado, con ciertos paradigmas.

Los que gobiernan solo representan las ideas de las mayorías. Desde hace muchas décadas la política local está plagada de consignas que cuentan con enorme apoyo ciudadano. Un gobierno con poder concentrado en el líder de turno, un Estado excesivamente protagonista, que interviene la economía, que asume un rol activo en diferentes funciones que no le son propias y que por lo tanto maneja dinero y poder a su discreción.

Argentina tiene un gran desafío por delante. El debate no es justamente si se debe terminar cuanto antes esta etapa. La discusión no pasa por librarse de los gobernantes, sino de las ideas que gobiernan, y eso no se resuelve en un solo proceso electoral, ni con antojos o arranques de furia cívica.

Creer que los políticos son el problema, es una primera muestra de lo desorientada que puede estar una sociedad. El destino cambia cuando los individuos son capaces de reflexionar y corregir el recorrido. Nunca antes.

Habrá que tener la entereza suficiente para que se cumplan los mandatos constitucionales, para que el proceso de reorientación política se consolide con inteligencia y los argentinos puedan poner todo su esmero en repensarse, en revisar sus profundas convicciones.  De lo contrario, lo que sucederá en la siguiente elección es que llegarán nuevos interlocutores de la política pero permanecerán idénticas ideas. Así solo se verán cambios parciales, sutilezas de estilo, pero no un rumbo que asegure un porvenir de progreso como el que todos ansían. Hay que enfocarse en el futuro para salir del dilema entre premura y estoicismo.

 


albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

www.albertomedinamendez.com

54 – 0379 – 154602694

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El libro más hondo: una facultad de información y comunicación

comunicación

 

Ricardo Viscardi

La noticia de la instalación de la Facultad de Información y Comunicación pasó relativamente desapercibida en los medios de comunicación uruguayos. No así entre la comunidad académica que sustenta la facultad recién creada, en cuanto la decisión del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República del 1º de octubre pasado, llega para culminar un proceso que arranca con la misma instalación de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en 1986, mientras la Escuela de Bibliotecología y Ciencias Afines presenta una trayectoria institucionalizada desde los años 50’.

 

No hay tema que pudiera quedar al margen de esa contradicción que duró casi tres décadas entre la comunicación y la universidad por un lado, así como entre la comunicación y la información por el otro, desarrolladas por separado. La dificultad para percibir la entidad universitaria de la comunicación y la información se manifiesta en la misma universidad y no es un fenómeno uruguayo, sino universal. Bastaría para considerar su significación, tener en cuenta que el pensamiento occidental se caracteriza, en el siglo XX, por haber adoptado un “giro lingüístico”.[1]

 

Sin embargo, la tecnología ha radicalizado aún más esa percepción de un límite decisivo en el lenguaje, en cuanto ha eliminado la barrera entre el lenguaje artificial y el lenguaje natural a través de las tecnologías de la información y la comunicación. De esa forma, cualquiera de nosotros puede  emplear un lenguaje natural, con toda su carga simbólica, a través de las operaciones perfectas de un lenguaje artificial, que ponen al alcance de la decisión la vinculación humana, a través de un artefacto.

 

Esta coyuntura destituye tanto la cuestión del lenguaje en tanto recinto epistémico de un saber riguroso (en tanto el lenguaje formal se pone al servicio del “imperfecto” lenguaje natural), como la cuestión del lenguaje natural en tanto “esencia semiótica” de la estructura social (en cuanto el lenguaje natural pasa a ser “programado” por una inteligencia artificial). Una distancia surge dentro de otra, un límite se pone por fuera de otro, ni la “ciencia” ni la “sociedad” constituyen en adelante matrices de un “macro-orden”, ya que la “consistencia racional” se ha puesto al servicio de la imagen más popular, mientras la “sociedad humana” cunde en vilo de artefactos.[2]

 

Ante esa transformación que pasa por todos los ámbitos, la llegada a la condición de facultad, tan anhelada y con tantas razones válidas por las comunidades universitarias de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y de la Escuela Universitaria de Bibliotecología y Ciencias Afines, debe tanto fortalecer el entusiasmo por una trayectoria cumplida, como atizar la interrogación, ante los desafíos del presente. 

 

El primero proviene sin duda de la propia universidad. La creciente disolución de las soberanías nacionales arrastra consigo, en aras de la globalización, al propio principio de soberanía, que la modernidad había anclado en los estados-nación. Para bien y para mal, los estados-nación son cada vez más dependientes de una racionalidad supraestatal e infra-pública, que tanto acarrea el reclamo internacional por Derechos Humanos como genera conflictos regionales atizados por empresas transnacionales. El propio Uruguay al que pertenece la Facultad de Información y Comunicación que se acaba de instituir, se ha conmovido con marchas adelante y atrás, en el Parlamento y la Suprema Corte de Justicia, a raíz de fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. ¿Es necesario recordar, ante “el retorno del conflicto de Botnia” la supeditación de los escenarios políticos regionales al influjo económico transnacional?

 

La misma desarticulación del Estado-nación lleva al sistema político, ante la imposibilidad de conducir procesos que lo desbordan por su naturaleza tecnológica mundialista, a supeditarse al dictamen de consultorías económicas, mediáticas y educativas. Todos estos caminos conducen a una nueva Roma Hiperreal, habitada por expertos que no pertenecen a ningún lugar en particular y menos a una universidad nacional.

 

 En efecto, la creación de universidades estatales no autonómicas, con gobiernos universitarios integrados por empresarios, políticos y sindicalistas, entre los que se admite algún universitario,[3] tal como se van instalando en el Uruguay, pauta una doble necesidad: ningún poder puede existir al margen del saber, por lo tanto, es necesario que el saber deje de gozar de la soberanía autonómica que le otorgaba el Estado-nación soberano. La disolución de la soberanía estatal propia de las configuraciones orgánicas de la modernidad (lo que llamábamos “el país”, un todo integrado en su propio eje nacional), conlleva asimismo la disolución de las soberanías universitarias ancladas en la soberanía nacional de Estado.[4] Es la propia tradición del principio “onto-teológico” de soberanía[5] el que cambia de plano entre nosotros y lo que está en juego es, por consiguiente, su proyección en el presente.

 

Ante ese presente de relativizaciónde las entidades nacionales tal proyección  autonómica de la universidad no puede, sin embargo, surgir de un contexto que la manifiesta según un orden previo y mayor a la comunicación humana, sino que debe surgir a través de esta última, como trayecto que articula la memoria con pautas de conducción actualizadas. Inversamente, esa instrucción que proviene del pasado puede expresarse por medio de una comunidad actual, cuando se manifiesta vocacionalmente.

 

En el año 1995 junto con Pablo Astiazarán,  entrañable colega que recordamos con pesar y gratitud, impartimos en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación el “Seminario de cuestiones especiales y de actualidad de la comunicación”. El centro del seminario estuvo dado por el análisis de la relación entre democracia y comunicación tal como la plantea Dominique Wolton, en tanto ese planteo permite vincular entre sí tres elementos articuladores de la comunicación en la modernidad: Representación, Razón y Técnica.

 

El seminario fue un éxito, ante todo por la calidad de las intervenciones de los estudiantes, que se tradujeron en monografías nutridas de  aportes. La sugestión de esas intervenciones salía al paso, a contracorriente, de un prejuicio epistémico que por entonces y hasta mucho después obstaculizó la consideración de los estudios en comunicación, que cierto logocentrismo descalifica desde una perspectiva purista del significado.

 

Decidimos con Pablo traducir esa experiencia en un libro, del que escribimos la intervención más corta de todos nuestros textos: un prólogo que no llegaba a una carilla entre los dos. La publicación cumplía, más allá de la promoción académica y la difusión del saber a la que  se destinaba,[6] una función política: ponía de manifiesto que un ámbito  universitario que muchos denostaban por “escasamente académico” proyectaba desde sus propios estudiantes, sin embargo, un potencial de análisis de significativo alcance ante la actualidad.

 

Sucede que la potencia de una facultad es la vocación de sus estudiantes. Por eso, al destacar la potencia intelectual de la vocación de los estudiantes de comunicación, también ayudábamos a poner de relieve, con Pablo, la injusticia universitaria que se cometía disminuyendo ese potencial académica y presupuestalmente.  Esa inversión de situaciones y de procedimientos (la calidad que se ponía de relieve era la de los estudiantes y no la del cuerpo docente) era posible y legítima porque cierta concepción  de la universidad ancla en un mandato de la comunidad, que sin embargo, no se reduce al todo social.

 

De la misma forma, la noción de libro se separa de la de texto, como lo señala Derrida, para establecer un “límite más allá del límite”,[7] que permite distinguir el mandato de la circunstancia y se vincula a un destino. En una circunstancia universitaria que se derrumba, ante un Estado-nación que descaece, la Facultad de Información y Comunicación pone en tensión registros de la memoria que quizás la actualidad no se permita escuchar, pero que resuenan en cierto río subterráneo a la institución.

 

[1]Rorty,R. (1967) The linguistic turn. Recent essays in philosophical       method, The University of Chicago Press, Chicago.

[2] Sfez, L. (2010) La communication, PUF, Paris, pp.6-7.

[3] Porley, C. “Al final salió” Brecha digital (16/11/12)  http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/900-al-final-salio

[4] Conviene recordar la legendaria frase de Carlos Quijano “La universidad es el país”.Derrida vincula la soberanía universitaria a una “profesión de fe” Derrida, J. (2001) L’université sans condition, Galilée, Paris, pp.33-34. Versión en castellano Derrida, J. “La Universidad sin condición” en Derrida en castellano    http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 4/10/13)

[5] El programa de Publicaciones de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de UdelaR. Ver Viscardi, R. Astiazarán P. (1997) Actualidad de la comunicación, CSIC-UdelaR, Montevideo.

[6] Derrida, J. (1967) L’écriture et la différence, Seuil, Paris, p.429.

Publicado por Ricardo Viscardi en 15:33 

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