renuncia

Por Ricardo Viscardi

Renuncia. El presidente mediático termina por quedar mediatizado –es decir, prisionero [1]- de la propia mediatización  -término que significa también la incorporación a la regulación mediática[2]. La substitución de la mediación presencial por la interfaz a distancia cuestiona el criterio de la transformación histórica, que anclaba en la crítica de la acción cumplida (“el análisis concreto de la situación concreta”[3]), a partir de la propia subjetividad que asumía la responsabilidad del caso. La disolución de la continuidad histórica del sujeto en la convergencia mediática de la tecnología, precipita la renuncia a la teoría (la mirada que desplaza lo inmediato) en un oscurantismo pragmático, que confunde la voluntad con el destino.

La adecuación pragmática del sentido también habilita, a partir de la calibrada perfección de la designación adoptada, un recorrido de boomerang en reversa,  que le replica al inefable “como te digo una cosa te digo la otra” con el expiatorio “desde todos lados te dicen lo mismo”. Mientras desde la oposición denuncian el zarandeo de la opinión presidencial, incluso porque comparten su intencionalidad, desde el oficialismo llaman a hacer oídos sordos a la volubilidad del gobierno, ante todo porque no le dan crédito[4].

La fatalidad de una irrenunciable renuncia, que se anuncia en este blog desde cierto tiempo atrás[5], obedece al propósito presidencial de erigir el espíritu de unidad nacional a distancia, fundándolo en el abismo mediático de la tecnología. La declinación de candidatura sectorial que se eleva desde el entorno presidencial, encierra bajo excusa de entrega militante -ya desde las elecciones del 71’ por parte del  Movimiento 26 de Marzo[6], la cesión de derechos políticos al primer aparato de Estado con ínfulas de soberano. Tal soberano, que ayer encarnaba un partido inspirado por la ciencia, hoy queda en manos de la información gestionada por la tecnología.

En términos de una transferencia de poderes de la historia a la máquina, la renuncia que antes se ofrendaba a la fatalidad estratégica del mandato popular, ahora se pronuncia de cara al tele-prompter (la pantalla que apunta desde el frente de la cámara, el mismo texto que pronuncia un locutor, en el curso de una emisión informativa) que dicta la última encuesta de opinión (ver nota 4 al pie de página). En los dos casos, la renuncia (presidencial por excelencia) se pronuncia irrenunciable, porque antes de decidir singularmente (sin excelencia ni presidencia) ya se abandonó en manos de la necesidad soberana de la estructura (ayer “social” hoy “cognitiva”). El relato mediático hará lo demás, bajo una versión tardía y medicalizada[7], desde ya prevista en la agenda setting[8].

Regresión. El crecimiento político de la izquierda uruguaya fue efecto de la extensión en profundidad nacional de una diversidad de orientaciones ideológicas (anarquista, socialdemócrata, bolchevique). Contrapuesta a esa raigambre decimonónica de la reivindicación democrática, la ruptura paradigmática con la modernidad, que adviene en la segundad mitad del siglo XX, no fue incorporada ni a la lectura ortodoxa (tal como intentó hacerlo el eurocomunismo) ni al nacionalismo cultural latinoamericano (tal como lo ha logrado la fusión indigenista a partir del zapatismo). Las grandes vertientes de participación política que se abren con la militancia antiimperialista de los 60’ y los movimientos sociales de los 80’, fueron coaguladas a partir de la década siguiente  por la matriz frenteamplista, doblemente anclada en el fundamentalismo soviético de los frentes populares antifascistas y en la jerarquía partidocrática de la cultura política uruguaya.

Imbuida de una defensa racionalista del paradigma positivista y progresista, que se veía universalmente cuestionado desde los 60’ y se descalabró con la disolución del “socialismo real”, la izquierda perdió dialécticamente todas las discusiones. Sin embargo, también ganó tendencialmente todas las elecciones, beneficiaria de una inercia propia de la matriz izquierdista del batllismo. Una y otra vez cuestionada desde los mismos partidos “históricos” que se veían, particularmente en perspectiva electoral, víctimas de la máquina que habían inventado, la memoria cultural progresista obró como una fuente permanente de energía política, a favor de una izquierda juiciosamente lerda en la aproximación al gobierno. Una derecha que favoreció primero el golpe de Estado y protegió más tarde a sus protagonistas, justificó el lento giro hacia la faz superior de un revés de la trama izquierdista, que comenzó a mostrarse como el espejo mismo de la nostalgia batllista, una vez que el Frente Amplio llegó al gobierno.

Hoy día el vicepresidente frenteamplista sintetiza ese conglomerado imbuido de sensatez, cuando celebra la salida económica que patrocinó el propio Sanguinetti[9]. Dispuesto ante todo a pedalear en la bajada, aquel Papa batllista encuentra ahora un émulo en el candidato natural del Frente Amplio a la presidencia, dispuesto a su vez, a endosar el paternalismo financiero por encima de opciones inmaduras.

Desprovisto de todo relato alternativo por su propia actuación ideológica, tras haber albergado bajo la bandera del interés nacional la implantación globalista de Botnia, para favorecer más tarde la regimentación de los funcionarios públicos en aras de una fantasmal “reforma del Estado”, el Frente Amplio carece de convocatoria movilizadora de sectores que escapen a los círculos involucrados en la partidocracia.  Representada ante todo por el hundimiento electoral de las mayorías heteróclitas, pero también diversas, que sumaba el MPP en las últimas internas frentistas, esta regresión habla a las claras de un relato heroico descreditado por la propia posteridad que reivindicaba.

Reagrupamiento. Cierto laudo que insiste en la fatalidad de la recuperación capitalista, auxiliado contextualmente por una obsecuencia oligárquica de algunos subversivos de antaño, quizás manifiesta, antes que una fatalidad de la claudicación democrática, un apresuramiento crítico. Si se supone que la determinación económica exige ante todo un objeto ostensible y conmensurable, entonces siempre vamos a encontrar “capitalismo” donde podamos observar la “mejorvalía” que ya analizaba Sismondi[10]. Sin embargo, hoy la acumulación económica no se dirime en razón directamente proporcional a la propiedad jurídica del capital, sino a las condiciones idiosincráticas de la cohesión productiva y tecnológica –tal como lo ha demostrado el contexto asiático desde el “milagro japonés” en adelante.

Es decir, tal objetividad no mide sino efectos de una disciplina social, que proviene ante todo de configuraciones antropológicas y sedimentaciones culturales. Por lo tanto, donde se constata una “fatalidad objetiva de la recuperación capitalista” quizás no se registra sino el desglose corpóreo de un “sí mismo”, diferenciado a partir de la propia actividad, tal como la analizara Foucault al entenderla como “una actividad extensa, una red de obligaciones y servicios para el alma”[11]. ¿No se ha señalado desde Weber en adelante que el desarrollo capitalista encuentra como principal promotor histórico el ascetismo protestante[12]? Si algo caracteriza al espíritu cristiano, es su afinidad con la materia terrenal (misterio de la encarnación mediante, sobre todo, “mediante” en el sentido de la mediación, prosaicamente encarnada por el valor de cambio).

Colegir de la ambición estatal que cunde entre algunos que ayer arrostraron el sacrificio personal, una fatal  seducción del más obvio de los poderes públicos, es confundir los lugares con las inscripciones. Desde la movilización multitudinaria y relativamente súbita contra la dominación totalitaria que anunciaba el pachequismo, el camino recorrido se encuentra jalonado por una suma de pasos que desacreditaron sucesivamente los propios fundamentos del poder de Estado.  ¿Alguien propondría hoy, como cundía en los 60’, “tomar el poder” por una vía de asalto, para instalar desde allí un porvenir democrático venturoso? Por más que algunos sigan fantaseando con un desenlace irreversible y trascendente, encabezado por una vanguardia esclarecida (es decir “la transformación histórica”), la proyección venturosa que se vinculaba a un aparato de Estado (a “transformar”) dejó de formar parte de las descripciones verosímiles del acontecer público.

Esta inverosimilitud no proviene de un “fracaso de experiencias” o de “errores estratégicos” –sintetizados en el episodio de “la caída del muro”, sino de la cuestión democrática entendida a partir de las redes sociales y la tecnología mediática, incompatible bajo esas pautas con una versión soberana del poder público.   En el marco de una diáspora de desvinculaciones –iniciada con múltiples secuencias a partir de los 70’, el MLN quedó reducido a una expresión subsidiaria dentro de la izquierda. Ante un debacle que comportaba la desaparición política,  la supina ambición de ocupar cargos gubernamentales ofrece un oportuno placebo de designios juveniles, más ambiciosos en su momento, pero crudamente vacuos de contenido crítico en el presente.

Antes que caer en el fatalismo de una objetividad perogrullesca, que sólo conforta al determinismo economicista, o abordar desde el plano moral una claudicación política, que trasunta ante todo obsolescencia ideológica, conviene reseñar un legado que recoge el presente. Desde la crisis del modelo batllista, que hoy se intenta recomponer desde el sistema de partidos, la colectividad uruguaya registra tres grandes desplazamientos de las conductas sociales y de las perspectivas ideológicas.

El primero traduce la ambivalencia de una “democracia legal” contrapuesta a la subversión armada y clandestina, que justificándose en la “defensa de las instituciones”, abrió una senda de incorporación estratégica al bloque occidental, en el contexto de la Guerra Fría. La experiencia totalitaria del Uruguay, cristalizada por encima de una mera dictadura de estamentos,  removió un sustento de las libertades que no se transparenta en el cristal de las formas jurídicas, sino que acontece –mal que le pese a todos los formalismos- al borde de cualquier representación.

El segundo episodio mayor de la experiencia pública corresponde al surgimiento de los movimientos sociales, hacia el fin del período del gobierno totalitario de seguridad nacional, afiliado a la hegemonía estadounidense. Estos movimientos expresan el anclaje de la actividad democrática en un haz de singularidades públicas, que por contraposición al monolitismo de las “visiones del mundo”,  no pretenden unificarse en un punto finalista del destino histórico (a la manera de “el socialismo” o “el comunismo”). La diversidad de los movimientos sociales señala la inversión de la flecha vectorial de la organización pública democrática, que toma el sentido del terreno idiosincrático, irreductible a la “violencia metafísica” que infunde un criterio soberano de la unidad social[13].

Desde inicios de la última década, la organización en redes virtuales, denota un criterio de vinculación que escapa a la territorialidad geográfica y configura colectividades a distancia. En cuanto la situación social deja de ser una determinación clave del vínculo público, la confluencia adopta la vía de la afinidad idiosincrática. La índole comunitaria proviene del vínculo establecido antes que de la base de subsistencia, tanto en el sentido de un espectro de elecciones compartidas, como en el sentido de la índole “inmaterial” de la participación. La condición democrática llega a ser entendida como un efecto de la intervención virtual, que apunta hacia un mismo terreno de elección en razón de una convocatoria compartida.

Contragobernar en 2013. El sistema de gobierno actual, patéticamente replicado desde el Estado, se sostiene en los medios de información y comunicación, a través de la mediación tecnológica de la sociedad. Ya forma parte del acerbo tradicional del saber político que “dos minutos en la televisión valen más que dos horas en el parlamento”. Reiteradamente hemos traído a colación en este blog la convicción presidencial, al inicio de un segundo mandato: “Sanguinetti cree que los medios son más “fuertes” que los estados y los gobernantes”[14].

El delgado hilo de la zafra electoral que une a los políticos profesionales con los medios de comunicación y las empresas de medición pública transita por un itsmo que episódicamente se angosta sin cesar. Periódicamente, la marea mediática relega al sistema político en una isla separada del continente público, que pugna por ganar la orilla de una racionalidad del rating, que prospera a espaldas y frecuentemente en desmedro de toda proyección ideológica (por ejemplo, a través del segmento informativo seguridad/violencia/drogadicción).

Por consiguiente, el paso de la opinión a la movilización se hace cada vez más frecuente y ocasional, depende relativamente menos, a cada giro de coyuntura, de la regulación ideológica y partidaria. Esto supone que otra índole de regulación, concernida ante todo por la opinión pública y su movilización de impacto sobre las asociaciones ciudadanas, gana significativamente terreno a cada paso.

Sería un error entender que esa configuración virtual de la existencia pública prescinde de las comunidades cristalizadas idiosincráticamente. Tanto como sería un error entender que la parafernalia artefactual es el plano articulador de las coyunturas ciudadanas. Pero sí es necesario observar que la regulación mediática del presente se activa allí donde la relación presencial es substituida por el vínculo a distancia y donde el soporte discursivo de la institucionalidad deja paso a la sinergia gregaria de la interfaz.

Conviene por lo tanto aprender de experiencias diferenciadas. El conflicto desatado en torno a la instalación de Botnia se desplegó estratégicamente en el campo de la opinión pública. En tanto primó la diferenciación con la Argentina, en un terreno de la problemática social (la promesa de inversión extranjera directa en un contexto de pauperización generalizada) poco transitado en el país, la partida mediática fue ampliamente ganada por la conjunción de la “amenaza argentina” con la promesa de inversión directa transnacional.

Sin embargo, en el caso de la propuesta de instalación de un Tratado de Libre Comercio con EEUU, la profundidad histórica del registro contrario al vínculo con la potencia imperial primó en la opinión pública, en sentido contrario al designio gubernamental. Esta instrucción incorporada por la memoria política ganó la partida, pese a que se enfrentaba al mismo proyecto estratégico que sostenía al “proyecto agroforestal”. De esta manera, la movilización pública liderada por la central obrera con el  “coro” de una pluralidad de asociaciones y colectivos sumados, determinó una amplia movilización que echó por tierra un proyecto que contaba en el gobierno, sin embargo, con un convicción similar a la culminó con la instalación de Botnia.

¿Qué significa entonces “contragobernar”? Significa que la disyuntiva entre la destitución del poder de Estado –desmontado por  Foucault a partir de la explicación del dispositivo panóptico- y la imperiosa necesidad de ganar injerencia en la gestión pública, no pasa por la contraposición entre una pulsión de  movilización y una incorporación administrativa a la gestión estatal[15]. En cuanto la “campaña electoral permanente” -que desarrollan combinadamente los medios de comunicación y las encuestadoras de opinión- deja al sistema político a merced de una multitud promovida y solicitada con rango de soberanía, Leviatán tiende a incorporarse desde la propia anatomía mediática de la opinión pública. Esta transferencia de la fuente de la soberanía trastoca la economía del poder público, porque coarta la noción unitaria de la emanación, es decir la noción de la inmanencia como efecto de un principio, supérstite o fundamental, que sólo Spinoza desplegó como efecto corpóreo sucedáneo al poder[16].

Conviene prestar atención al afán parlamentario de establecer canales de televisión propios para entender, por esa vía aparentemente paradójica de una soberanía que gobierna por tecnología interpuesta, que el elemento medular del poder en clave de redes y medios, es la configuración de la opinión pública en tanto asamblea a distancia.

Esta configuración no es espontánea ni advenediza, e incluso se enfrenta al control de los sistemas de comunicación (la gran prensa, la publicidad mercadotécnica, las “industrias culturales”), otros tantos comisarios políticos de la tecnología. Pero puede sin duda afirmarse que el campo mediático ofrece, por el mismo carácter estratégico que representa para los poderes del presente –incluso por la diseminación artefactual a la que propende una tecnología presidida por la información, un terreno en el que la intervención democrática puede retroalimentarse de la necesidad de su adversario, e incluso por vía de consecuencia, llevarlo a retroceder puntualmente en cuestiones estratégicas. Hoy debemos avizorar un Uruguay de mega-empresas, pero no un Uruguay-Estado-Asociado, vía TLC, a los Estados Unidos. El desafío del contragobierno queda planteado, sobre un terreno que los poderes no logran ocupar sin concitar una incidencia mediática de la ciudadanía.

 

[1] “Mediatizar” (y “mediatización” por extensión) RAE http://lema.rae.es/drae/?val=mediatizar

[2] Igarza, R. (2008) Nuevos medios, La Crujía, Buenos Aires, p.135.

[3]   Lenin, citado por Mao Zedong en La Contradicción, p.8  http://www.matxingunea.org/media/pdf/mao_tesis_filosoficas_la_contradiccion.pdf

[4] “Vamo’ a hacer ese” Montevideo Portal (28/12/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_188465_1.html

[5] Viscardi, R. “Mujica contra la filosofía: la desobediencia civil presidencial” en Tiempo de Crítica (Rev. Caras y Caretas) 16/11/12, p.13 http://ricardoviscardi.blogspot.com/2011/06/mujica-contra-la-filosofia-la_7065.html

[6] Vadell, A. “La senda está trazada, pero se confundió el camino” Mate Amargo, http://www.mateamargo.org.uy/index.php?pagina=notas&seccion=la_ronda_del_mate&nota=228&columnista=12&edicion=10

[7] “Presidencia Compulsiva” Montevideo Portal (12/12/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_186930_1.html

[8] Anticipación programada periodísticamente de la actualidad futura.

[9] “Qué cuadro, Julio” Montevideo Portal (06/12/12) http://www.montevideo.com.uy/nottiempolibre_186446_1.html

[10] Piazza, G. “Sismondi” (consultar el subtítulo “Fuente del marxismo”) en Zona Económica http://www.zonaeconomica.com/sismondi

[11] Foucault, M. (1990) Tecnologías del yo, Paidós, Barcelona, p.61.

[12] Op.cit.pp.46-47.

[13] Vattimo, G. (2009) “El final de la filosofía en la edad de la democracia” en Ontología del Declinar, Biblos, Buenos Aires, p.259.

[14] Pereyra, G. “Sanguinetti cree que los medios son más “fuertes” que los estados y los gobernantes” Búsqueda (14/09/95) p.10.

[15]  Ver la “crítica” de Zizek en Roca Jusmet, L. “La democracia como emancipación” en Tiempo de Crítica (Rev. Caras y Caretas) (14/12/12) p.14.

[16] Spinoza, B. (2000) Tratado de la reforma del entendimiento, elaleph.com, pp.64-65 http://www.elaleph.com/libro/Tratado-de-la-reforma-del-entendimiento-de-Spinoza/440534/

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