Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

    Abogado, diplomático, novelista, ensayista, poeta, editor, columnista de opinión.

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Obama a la carga

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 21, 2014

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Obama

 

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La realidad social en cambio

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 19, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal”(Miércoles 19/10/14)

El Universal

cambio social 2

eluniversal.com/opinion/141119/la-realidad-social-en-cambio  

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La cultura democrática

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 17, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “Tal Cual” el lunes 17 de noviembre 2014

Tal Cual

cultura democrática

http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=110476&tipo=AVA 

 

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Asombrosa ingenuidad

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 17, 2014

Ingenuidad

Alberto Medina Méndez

Es increíble como alguna gente que parece inteligente y que ha tenido acceso a una educación de cierta calidad, puede caer en tan elemental trampa, esa que muestra una candidez serial solo admisible en la niñez.

El éxito, en los negocios, en la vida personal, en la actividad política o inclusive en las relaciones interpersonales, nunca es el producto de meros golpes de suerte, sucesos impensados u ocasionales actos espasmódicos.

Ese camino jamás es lineal. Está repleto de obstáculos, de infinitos desvíos y momentos especiales en los que se requiere detenerse y a veces hasta retroceder para luego recién desde allí seguir avanzando.

Cuando se observa un efectivo cambio en el rumbo de las decisiones políticas de un territorio que se encamina con mayor determinación hacia un futuro mejor, eso no ha ocurrido por obra de la casualidad, de un habilidoso truco de magia o de un guiño del destino.

La inmensa mayoría de las veces, esas transformaciones que tanto se anhelan, son la consecuencia inevitable de una combinación de situaciones particulares, de acciones prácticas y detonantes generados por la coyuntura. Nada ocurre porque sí, por un simple accidente o por azar.

Es difícil comprender la conducta de algunos individuos que siendo astutos, capaces y hasta exitosos en sus círculos profesionales, suponen que en el campo de la política y de los espacios sociales, el progreso puede alcanzarse de la mano del eterno voluntarismo.

Es incomprensible esa actitud de quienes tienen plena conciencia de lo mucho que les ha costado estar allí donde están y llegar hasta ese meritorio lugar que ocupan. Muchos de ellos le han dedicado miles de horas a estudiar para conseguir cierto status académico. Otros han trabajado en diferentes lugares, a veces en condiciones casi indignas, con un ahínco desproporcionado y haciendo un enorme sacrificio para desarrollarse.

Algunos llegaron aunque no todos. Sin embargo, todos aprendieron la lección. Ahora saben que el recorrido es muy complejo y que la perseverancia es vital para conseguir cualquier meta propuesta.

Bajo estas reglas y en ese contexto, es inadmisible que un ser humano que sabe del valor del esmero y que conoce por experiencia propia, que la constancia es un atributo esencial, pueda creer tan inocentemente que en la vida ciudadana se pueden obtener evoluciones importantes solo con ganas.

Si en lo personal, si en la existencia propia, eso se torna muy difícil, a veces casi imposible, mucho más aun es lograr esas mejoras en una sociedad. Es importante comprender la naturaleza del problema. Cuando eso no se logra, sucede lo ya conocido, con individuos haciendo demasiado sin conquistar los resultados esperados, dedicando energías a lo inconducente.

Existe un agravante que preocupa también. Cada batalla perdida, cada maniobra fallida, solo consigue instalar en el ambiente una gran desazón, una frustración que carcome las fuerzas de cara al próximo intento. Cuando triunfa la resignación sobreviene lo peor, el acostumbramiento a la situación actual, el conformismo interminable y con él,  la más absoluta decadencia.

Cambiar la realidad no es un objetivo imposible, pero se requiere tomar la iniciativa e imprimirle una impronta diferente. Para ganarle a la mediocridad, resulta fundamental entender lo más básico de la partitura.

Es allí donde aparecen los mayores problemas. En la comprensión de este fenómeno social. No se puede pretender caminar en el aire creyendo que la ley de gravedad no hará su parte. Ningún esfuerzo puesto al servicio de hacer lo inadecuado generará algún resultado favorable.

Comprender esta dinámica es solo una parte del asunto. La otra es entender que para avanzar en positivo se precisan consensuar una nómina de mínimos acuerdos con los otros, con los que piensan diferente.

La tarea es construir sobre aspectos comunes, encontrar esa masa crítica para conseguir desde allí una fortaleza estructural que logre que esas voces tengan trascendencia y se puedan multiplicar, aunque no necesariamente sean la mayoría numérica, pero sí que tengan una significación relevante.

Si realmente se quiere protagonizar el cambio, si se pretende lograr transformaciones en el rumbo de los acontecimientos, primero habrá que entender los mecanismos bajo los cuales funciona la sociedad. Desde esa acabada comprensión de la dinámica, se puede iniciar una labor ininterrumpida que tendrá un norte definido, pero no un plazo predecible.

En materia de comportamientos sociales no existen demasiadas certezas. No se trata de una ciencia exacta. Pero no menos cierto es que haciendo lo correcto, eligiendo las estrategias convenientes y utilizando las tácticas oportunas con el debido criterio, se puede avanzar en el sentido apropiado.

Si se quiere realmente cambiar el estado de situación habrá que hacer mucho más que unos pocos esfuerzos aislados. Suponer que una movilización ciudadana, una denuncia judicial o un ciclo televisivo de carácter crítico, es suficiente para lograr un objetivo de real transformación es no entender absolutamente nada y denota una asombrosa ingenuidad.

albertomedinamendez@gmail.com

 

 

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Las elecciones norteamericanas

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 5, 2014

Audio de Teódulo López Meléndez

elecciones USA

 

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Una dificultosa asunción

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 5, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (Miércoles 5 noviembre 2014)

asunción

http://www.eluniversal.com/opinion/141105/una-dificultosa-asuncion

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Fundación Alternativas: Europa

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 3, 2014

UE

Fundación Alternativas: Europa

El 1 de noviembre se inauguró la nueva Comisión Europea que tendrá que afrontar temas claves como el desempleo, la reforma de las instituciones comunitarias o la mejora de la democracia a nivel europeo.

La Fundación Alternativas sigue de cerca estos acontecimientos elaborando el próximo informe sobre la Unión Europea para el año 2015 con análisis y recomendaciones sobre este decisivo momento para Europa:

Informe El Estado de la Unión Europea 2014: La ciudadanía europea en tiempo de crisis

Seminario El nuevo Parlamento Europeo: cambio de ciclo y recuperación económica

La Europa de la Energía, el Clima y la recuperación económica. Consejo Europeo 23 – 24 de octubre del 2014

Un año más, la Fundación Alternativas, ha sido nominada para el Global Go To Think Tank Index & Abridged Report (2014), de la Universidad de Pennsylvania. Puedes visitar nuestra página web http://www.falternativas.org/ donde podrás ver más información, informes, documentos, así como nuestra presencia en los medios.

 

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Decadencia

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 3, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en el el diario “Tal Cual”  (Lunes 3 noviembre 2014)

Tal Cual

decadencia

http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=109943&tipo=AVA

 

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Otra perspectiva sobre el soborno

Posted by Teódulo López Meléndez en noviembre 2, 2014

soborno

Alberto Medina Méndez

Una mirada excesivamente moralina suele aparecer cuando de sobornos se trata. Los que alzan la voz, las más de las veces con una enorme hipocresía, despotrican contra las prácticas corruptas e intentan explicar el fenómeno desde lo estrictamente ético.

Una reciente encuesta realizada entre hombres de negocios en un tradicional foro empresario, confirmó que poco menos de la mitad de los consultados manifestó que no sería censurable un acto de esta naturaleza.

Si bien el muestreo contempla matices en esa mitad de los entrevistados entre los que dicen que esa sería una situación aceptable solo en casos extremos y los que afirman que nunca sería un acto condenable, lo que preocupa finalmente no es esa porción, sino la elevada cuota de falsedad de la otra, esa que se espanta frente a esta realidad, ocultándose, negándolo y hasta repudiando conductas habituales propias en lo cotidiano.

La corrupción, en cualquiera de sus grados, tiene un origen concreto y su resolución no pasa ni por aterrarse, ni por negar su existencia. Una de las claves del asunto tiene que ver con que la sociedad toda, frente a situaciones como estas, se coloca, con absoluta ausencia de autocrítica, en una posición repleta de incongruencias y cargada de prejuicios.

Son muchos los ciudadanos que defienden la vigencia de aquella creencia que dice que para que exista un cohecho se requieren dos actores, el que cobra y el que paga. Esa visión pretende, intencionadamente, quitarle responsabilidad al funcionario que solicita el pago de dinero a cambio de un favor. Lo plantean como si fuera una cuestión menor e intrascendente.

Con inusitada virulencia se inculpa con fuerza a quien está dispuesto a pagar a cambio de un beneficio irregularmente otorgado. Es solo en ese caso en el que se califica al protagonista como una persona corrupta. Para esa caricaturesca descripción, ese privado, ese particular es alguien que incita al ingenuo y desprevenido funcionario estatal a cometer un delito en el que no desearía incurrir, pero que dadas las circunstancias no tiene otra salida más que aceptar de mala gana y con culpa semejante despropósito.

Lo habitual es que este tipo de razonamientos surja de gente que reivindica, desde la derecha autoritaria a la izquierda socialista, el protagónico rol del Estado como contralor de la vida ciudadana, despreciando el papel de los individuos y el empresariado genuino en el desarrollo. Se trata de personas que atacan ideológicamente al capitalismo y descreen de sus bondades.

Es frecuente que quienes critican en los demás estas conductas sean los mismos que en su vida cotidiana, evaden impuestos, utilizan tecnología sin pagar licencias, fotocopian literatura y contratan servicios de personas sin registrarlas. Son los cultores de la doble moral de este tiempo.

La corrupción forma parte de la realidad y está presente de diversas formas en la vida terrenal. En el mundo empresario, como en todas las actividades, se puede encontrar a aquellos que disponen de un comportamiento ético, progresan asumiendo riesgos y compiten en el mercado ofreciendo talento.

Pero no menos cierto es que otra importante cantidad de personas viven a la luz de negocios espurios, de prebendas estatales, de privilegios otorgados desde las sombras del poder. Obviamente esos individuos obtienen sus ingresos gracias a la influencia circunstancial de empleados que trabajan para la sociedad desde el Estado y que con atribuciones desmedidas más una absoluta discrecionalidad, deciden los destinos de esos fondos.

Es peligroso generalizar, pero más hipócrita es hacerse el distraído y hacer creer a los demás que la corrupción incluye a unos pocos cuando la realidad muestra a diario exactamente lo contrario. En todo caso, la tarea consiste en entender lo que sucede y asumir las verdaderas implicancias de defender ciertas ideas. Un Estado grande en el que los funcionarios tienen atribuciones inmensas gracias a regulaciones impulsadas inocentemente por personas que creen en las benevolencia de sistemas intervencionistas, solo genera más corrupción y de eso también hay que hacerse cargo.

Cuando alguien “puede” pagar por un favor a un funcionario, es porque previamente alguien creó un texto legal que lo habilita. Nadie abona dinero extra por algo que no resulta necesario. Cuando el Estado exige requisitos, allí nacen los sobornos. Sin regulaciones, simplemente, eso no sería posible.

Son los votantes y sus ideas políticas, los que han generado esta dinámica interminable de múltiples controles e infinitas regulaciones. Son esas normas, esa excesiva burocracia estatal, la que multiplica los hechos de corrupción. Allí está la causa y no en la falsa moral que se pretende de los demás cuando en la vida propia se hace algo demasiado parecido.

No se resuelve nada con retórica y voluntarismo moral. El problema no es que la mitad de los empresarios reconozcan que están dispuestos a cometer cohecho, sino que la otra mitad no asuma que también lo hace. La solución pasa por comprender lo que ocurre, eliminar la inmoral burocracia, los excesos regulatorios y terminar con la cultura de pretender controlarlo todo.

Sin esa acción decidida todo seguirá igual y los políticos continuarán creando normativas, porque ellos sí saben como se consiguen recursos adicionales con esa modalidad. Por eso estimulan estas ideas, para poder crear reglas que les permitan utilizarlas para su provecho personal.

Para que un inconveniente no encuentre solución precisa de un diagnóstico equivocado. Si la evaluación de la situación es errónea, las chances concretas de resolverlas son nulas. Es por eso que no hay que cometer el infantil error de quedarse con la mirada simplista de observar las consecuencias de los hechos, sino en todo caso, si se está disconforme con el presente, comprender como funciona todo y actuar sobre las verdaderas causas que lo originan. Solo así se puede cambiar la historia. El resto es solo una versión más del cinismo contemporáneo.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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Xenofobia. Otra vez la hipocresía

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 27, 2014

xenofobia

Alberto Medina Méndez

Un reciente anuncio oficial cargado de un alto contenido demagógico, propone expulsar con celeridad a los extranjeros que cometen delitos.

Promete ser el nuevo ícono del nacionalismo doméstico, ese que defienden tantos, desde diversos extremos ideológicos. Es increíble que un país que ha sido poblado mayoritariamente por quienes vinieron desde otras naciones, tenga hoy la osadía de aborrecer a quienes han decidido ( como sus propios abuelos ) elegir este lugar para construir el futuro de los suyos.

Es difícil comprender tanto odio, rencor y resentimiento hacia aquellos cuyo único pecado ha sido nacer en ciudades diferentes a las propias. La calidad de un ser humano, su hombría de bien, sus valores, no dependen de modo alguno del ámbito geográfico en el que ha dado sus primeros pasos.

La despreciable actitud de los que clasifican a los individuos según su lugar de nacimiento, muestra una forma de concebir el mundo. Se puede y debe repudiar el delito, la apropiación de lo ajeno, el ataque a la libertad o a la  vida y la integridad física. Pero encasillar a la gente según su nacionalidad, es un síntoma de la creciente degradación moral de una sociedad.

Lo más patético frente a esta cuestión es la hipócrita postura de esos que alientan la deportación de extranjeros frente a delitos no probados, con sumarios abreviados sin garantías procesales indispensables.

Aunque no lo reconozcan, cuando se refieren a “los extranjeros”, solo piensan en bolivianos, paraguayos, uruguayos, peruanos o brasileros. Es que no solo rechazan al forastero, sino que tienen una carga discriminatoria adicional, que mezcla cuestiones étnicas, raciales y prejuicios sociales, una letal combinación de fobias imposibles de justificar con seriedad y sensatez.

Sus “extranjeros” no son daneses, australianos, canadienses, japoneses o franceses. No lo admitirían, pero el extranjero al que se refieren pertenece a una casta inferior, un subhumano. Es lo que creen, pero ni siquiera tienen el coraje de defender su verdadera posición, mostrando entonces otro de sus detestables costados, el de la deshonestidad intelectual.

No son capaces de defender sus ideas con valentía. Saben que el odio no es un valor sustentable y entonces disfrazan su visión xenófoba detrás de razonamientos elaborados que pretenden presentar con suma inteligencia.

Dicen que la sociedad no debería solventar los cuantiosos costos carcelarios que se derivan de enviar a prisión a los extranjeros que delinquen, justificando así la deportación como una solución ingeniosa. Resulta bastante extraño que les incomoden esas erogaciones pero no tengan la misma vehemencia a la hora de repudiar la corrupción estructural de sus compatriotas, al punto de apoyar a esos indecentes dirigentes en las urnas.

Ni siquiera desde lo pragmático resulta razonable apoyar semejante dislate. Si una persona comete un crimen debe responder por ello y eso implica que luego del proceso judicial que lo condene con las pruebas suficientes, es necesario que cumpla con las penas establecidas. Desterrarlo por ser extranjero en un procedimiento reducido, en definitiva bajo un proceso inadecuado, es deambular entre dos riesgosas situaciones. Una posibilidad es la injusta inculpación anticipada, la otra es premiar la criminalidad expulsándolo y evitando entonces que cumpla una pena por sus fechorías.

Las fronteras son solo un invento del hombre, absolutamente artificial y discrecional, que transita a contramano de la naturaleza. Los individuos viven en ciudades, por eso son ciudadanos. Habitan territorios delimitados por la lógica que propone el devenir espontaneo de sus comunidades.

La creación de las naciones, y su producto derivado más exacerbado, el de ese nacionalismo patriotero, le han hecho un escaso favor a la conformación de sociedades pacificas, constructivas y armónicas. Solo han logrado hasta ahora promover enfrentamientos, guerras, divisiones y resentimientos.

La incoherencia es una de las claves de este asunto. Algunos que dicen defender libertades, son los primeros en pretender diferencias jurídicas entre los nativos locales y los foráneos, apoyando leyes como estas que se proponen. Del otro lado, los supuestos “progres”, esos que dicen resguardar los derechos humanos, son los que luego piden normas proteccionistas para la industria nacional atacando a todo lo que provenga de afuera.

Es evidentemente que son demasiados los que tienen un gran desorden de ideas. Sus inconsistencias son muchas y sus argumentos se acomodan según sus sentimientos y no en función de una visión racional y equilibrada.

A la incoherencia se le suma una constante hipocresía en esto de justificar posiciones. A estos personajes los mueven pasiones, los moviliza ese conjunto de abominaciones viscerales y desde una mirada emocional, construyen ciertas tesis solo para disimular. Saben que el odio no puede ser exhibido como algo positivo y entonces tratan de intelectualizar premisas para no quedar tan descolocados.

La xenofobia es un sentimiento detestable. Los que odian a los extranjeros no lo reconocen con sinceridad e intentan camuflar sus ruines sensaciones. Ellos saben de su indigna conducta, pero la misma debe ser considerada solo como una renovada versión de la más absoluta hipocresía e inconsistencia del pensamiento contemporáneo.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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“Fenómeno pensable”

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 22, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario “El Universal” (miércoles 22-10-2014)

El Universal

Fenómeno pensable

 

goo.gl/CxkrEK

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La caída de la política

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 20, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en Diario “Tal cual” (Lunes 20-10-2014)

Tal Cual

Política

 

ow.ly/D3lwM

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Todo termina algún día

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 12, 2014

Todo termina

Alberto Medina Méndez

En la política, como en la vida misma, todo se termina, todo finalmente concluye. El delirio de algunos personajes nefastos puede hacerles creer que su presente es eterno. El poder obnubila, las “alfombras rojas” marean y determinadas circunstancias pueden hacer que un ser humano pierda contacto con el mundo real, al punto de creerse un monarca, sin registrar que es solo un dirigente elegido por una minoría ciudadana ocasional.

La historia de la humanidad corrobora empíricamente esta visión en muchos de sus tramos. Ni los imperios más vigorosos pudieron sobrevivir en el tiempo y un día concluyeron su ciclo, pereciendo invariablemente. Las crónicas muestran cierta continuidad en esos procesos, pero en realidad fueron momentos de gloria y abrumadores fracasos, en forma intermitente.

El fatalismo puede hacer creer que todo está mal, que será peor aún y que las sociedades están condenadas al sufrimiento eterno. Eso no se ajusta a lo que ha sucedido cuando se reconstruyen los hechos del pasado.

No menos cierto es que esos periodos de euforia y posterior deterioro pueden durar más, o a veces un poco menos, según cómo reacciona la sociedad. Con actitudes más serviles y de resignación, pueden prolongarse en el tiempo. Cuando la gente reflexiona y pone límites a los desmadres, los plazos se acortan dando lugar a una nueva fase, que no necesariamente será mejor, pero que con otros ingredientes garantiza ser diferente.

Los populismos ya han demostrado su gran capacidad de mutación, han exhibido su talento para reaparecer de tanto en tanto, aunque no necesariamente con los mismos protagonistas. Su accionar no se extingue para siempre, sino que solo se agazapa para luego volver al ruedo.

Probablemente eso sucede porque la gente cree que el problema es su gobernante circunstancial, sin comprender que la cuestión de fondo pasa por sus propias ideas aplicadas a lo cotidiano. Supone, ingenuamente, que si se desprende del personaje de turno, todo se resolverá mágicamente, sin entender que es muy probable que pronto surja otro caudillo para continuar la dinámica de su predecesor, sin siquiera mencionarlo, asumiendo una nueva etapa fundacional, para hacer más de lo mismo.

Varios países están viviendo este proceso de inexorable salida de una fase política. Los mandatarios actuales se resisten a aceptarlo y sus seguidores también. La impotencia los invade y por eso toman medidas que son mucho más insensatas que las habituales. Estos personajes suponen, equivocadamente, que profundizando la línea de acción seleccionada, que redoblando la apuesta, evitarán su ineludible derrotero.

El futuro de muchas naciones es mejor que su presente. Es probable que alguna cuota de cordura y sentido común llegue pronto. No es que hayan comprendido la magnitud de los errores, sino que la inviabilidad intrínseca del populismo obligará a los nuevos liderazgos a corregir rumbos. Esto no ocurre por convicción, sino porque no les queda otra posibilidad frente a los desvaríos del pasado y la herencia recibida que deberán administrar.

Cualquiera sea la razón, lo cierto es que los líderes contemporáneos culminarán sus mandatos, y eso ocurrirá irremediablemente, aunque ellos no lo puedan aceptar. Seguramente, sus mentes enfermas de autoridad, no pueden asumir el duelo que implica la pérdida de poder. Es que sus excesos tienen costo porque nada es gratis. Un día los mismos que los aclamaban, demandarán su retiro y hasta desearán su encarcelamiento por los abusos.

Lo que viene será seguramente mejor. Ya no porque la gente haya comprendido la magnitud del problema ni las implicancias de las decisiones del pasado, sino porque cierta racionalidad resulta imprescindible para retomar el sendero de lo posible, de lo admisible y realizable.

El populismo puede construir una fantasía durante algún tiempo, pero  tarde o temprano, sus dislates se convierten en inconsistentes contradicciones, configurándose en la causa central de la debacle. Son los populistas de siempre, los que se han cavado su propia fosa. Sus desatinos y disparates, su desconexión de la realidad, constituyen la razón principal de su retroceso y de esta humillante forma de abandonar el poder.

Por algún tiempo, pensaron que eran individuos iluminados, superdotados, que eran los “elegidos”, sin darse cuenta de que solo fueron convocados por la ciudadanía para administrar una porción del presente y siempre con fecha de vencimiento. Les ha faltado la humildad de los grandes. Sus egos los han traicionado, colocándolos en un lugar en el que nunca estuvieron. Fueron los aplaudidores de siempre los que los han elogiado desproporcionadamente haciéndoles creer que eran superiores.

La realidad está haciendo su parte y ahora se acerca el momento de vivir la etapa del declive, de esa cruel fase en el que los mismos que los apoyaban los reprueban, hasta el punto de ponerse en las filas adversarias para provocar su ocaso. No es más que el precio de los errores propios.

La gente lo sabe, o al menos lo intuye, aunque el pesimismo a veces juegue una mala pasada. Todo concluye en algún momento. Inclusive lo que vendrá también se agotará alguna vez. Aunque los que gobiernan se resistan, se enfaden y pataleen como un niño con berrinche, no lo podrán evitar. Todo termina algún día.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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El viejo libro del capitán Hart

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 8, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en el diario El Universal (miércoles 8-oct-2014)

 

Hart

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“Gas del bueno” en Hong Kong

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 6, 2014

Artículo de Teódulo López Meléndez en diario “Tal Cual” (Lunes 6-oct.2014)

Tal CualHong Kong 2

http://ow.ly/ClqCB

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Las primera vuelta brasileña

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 6, 2014

Audio de Teódulo López Meléndez

Dilma Aécio

 

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La miserable conducta oficial

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 5, 2014

cortoplacismo

Alberto Medina Méndez

Que la política decide con los mezquinos parámetros del corto plazo no es una novedad. Al menos no en estas últimas décadas en las que la dinámica de una democracia mal entendida y peor interpretada empuja a priorizar el escenario electoral más cercano sin que el futuro importe demasiado.

Sorprende como se empieza a naturalizar en la comunidad, a considerarse no solo habitual sino también normal, esta lógica canalla que parece atravesar a la política en todos sus estamentos y jurisdicciones.

No se trata de un fenómeno exclusivo de los populismos, aunque justo es reconocer que en ellos esta actitud brutalmente inadecuada se exacerba, tomando potencia y mostrando su peor costado.

Preocupa que este esquema del “sálvese quien pueda” haya calado tan profundo en la mente de los gobernantes que administran la coyuntura sin importarles lo que ocurrirá más adelante. Es exactamente al revés de lo que sucede en la vida familiar. Los padres siempre tratan de pensar en el futuro de sus hijos trascendiendo el tiempo de vida que les toca acompañarlos.

Los gobernantes comprenden muy bien lo que están haciendo, entienden cómo funciona el poder y las consecuencias que generan sus políticas en el mediano plazo. Saben que el dinero que están gastando hoy, habrá que pagarlo cuando lleguen los vencimientos de sus deudas, esas que asumen ahora sabiendo que tendrán que cancelar otros gobiernos más adelante.

Conocen también el impacto de sus prácticas inflacionarias de emisión artificial de dinero. Son conscientes de que los que los sucedan en el poder tendrán que hacer un sacrificio enorme y serán “los malos de la película” cuando deban acomodar la caja, reducir gastos y eliminar el despilfarro.

Se dan cuenta de las torpezas que han cometido designando funcionarios y empleados a mansalva, incrementando el gasto estatal y comprometiendo a las generaciones venideras a hacerse cargo de un costo descomunal. Esto no sucede involuntariamente. No les cabe la ignorancia como justificación. Lo hacen a conciencia, lo que los convierte en verdaderos miserables.

La clase política, que muchas veces funciona como casta, no dice mucho al respecto porque cada uno de los integrantes de esa actividad, lo ha hecho en el pasado, tal vez en magnitudes menos relevantes, y es posible además que deba terminar recurriendo a mecanismos similares muy pronto.

La democracia moderna no ha encontrado aun resortes institucionales para protegerse de estas despreciables posturas tan frecuentes en la política contemporánea. Se habla de acotar el gasto estatal y evitar el déficit en el presupuesto. Pero eso no ha sucedido. El Estado es aún hoy el botín de los que ganan elecciones, esos que saquean las arcas públicas desde que llegan hasta que se van.

Los ciudadanos están indefensos ante esta actitud corporativa que no distingue entre partidos, sino que muestra matices de una postura uniforme. Algunos parecen más sensatos y prudentes, otros más irresponsables y ruines.

La sociedad debe hacer un gran esfuerzo y despertar. Parece no registrar los hechos. Es probable que se haya resignado pasivamente, y entienda que esa inmoralidad es parte esencial de las inalterables reglas de juego.

El endiosamiento a la democracia ha logrado que situaciones como estas sean asumidas como un simple daño colateral, un mero mal necesario y solo parte del paisaje. Tal vez no se ha dedicado el tiempo suficiente para que la ciudadanía encuentre artilugios de contrapeso que condicionen a la política a la hora de tomar decisiones que comprometen el porvenir.

En este tema existen dos planos. Uno es el de lo fáctico, ese en el que los mecanismos institucionales deben funcionar como un verdadero límite para evitar estas trampas que la política utiliza para gestionar el presente legando los efectos adversos al que viene. Por otro lado, está lo moral, y es allí donde la condena debe ser despiadada por parte de la ciudadanía. Si la gente no crítica con contundencia no solo verbal, sino electoral, a quienes ejercen estas prácticas, la clase política lo seguirá haciendo porque no tiene señales disuasivas que le indiquen el umbral aceptable para la sociedad.

Está muy mal derrochar irresponsablemente los recursos de la gente, pero mucho peor es hacerlo conociendo las reales consecuencias de esa acción sin detenerse por la ausencia de escrúpulos. El desafío de la sociedad pasa por descubrir pronto engranajes formales que impidan estas inmorales acciones. Es imperioso hacerlo si se pretende conservar a la democracia como un valor de este tiempo. Pero no menos importante es empezar a castigar con eficacia estas actitudes con señales claras, sin ambigüedades, mostrando repudio genuino frente a estas indignidades explicitas.

Un gran primer paso es identificar a los inmorales y no jugar su juego, ese que invita a seguirlos porque los otros son peores. Cabe intentar comprender que los procesos políticos implican etapas, que los eventuales sucesores, son solo un descarte frente al resto y no los legítimos héroes que harán lo necesario. La idea es evolucionar. Para eso no solo es preciso que los gobernantes cumplan su mandato y se vayan desprestigiados, sino que los que vengan, sepan que la sociedad está despertando y que algunas conductas serán inadmisibles. Es posiblemente el único modo de minimizar esa nefasta tradición y desterrar para siempre la miserable conducta oficial.

albertomedinamendez@gmail.com

 

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La maldición de Pío Tamayo

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 3, 2014

Pío Tamayo

Luis Marín

De José Pío Tamayo puede decirse con toda propiedad que fue un hombre desafortunado. Ninguna de las empresas que emprendió, fueran económicas, políticas e incluso literarias, arribó a buen puerto. Todas, sin excepción, naufragaron en las tormentas del camino.

 

La tiranía militarista bolivariana de Juan Vicente Gómez lo enterró en vida en el Castillo de Puerto Cabello en 1928 sentenciando que no saldría de allí sino muerto, lo que cumplió a cabalidad porque sólo tuvo una breve dispensa, precursora de lo que hoy llamarían “casa por cárcel”, para morir miserablemente en Barquisimeto el 5 de octubre de 1935, apenas dos meses antes que su verdugo.

 

En todas las culturas existe un personaje, a veces maléfico a veces sólo travieso, como el diablo de la imprenta, un hado o un jorobadito, que tuerce las cosas, trastoca las señalizaciones de la ruta, se burla de pronósticos, frustra nuestras mejores intenciones y genera los resultados más inesperados.

 

En Venezuela, por alguna razón misteriosa, se prefiere atribuir este papel a una “mano peluda” que siempre está interfiriendo desde las sombras para desquiciar el curso del destino o quién sabe si, visto de otro modo, no sea más bien su agente encubierto para lograr que sea lo que tiene que ser.

 

En el caso de JPT esto es particularmente notorio, considerando que él no aparece a la hora de los homenajes y hasta monumentos conmemorativos de la llamada Generación del 28, con el argumento casi unánime de que “no era un estudiante”. Extremando el argumento, ni siquiera era de esa generación porque ya frisaba los treinta años mientras los demás andaban en sus veinte.

 

Lo curioso es que ese argumento que parece plausible para excluirlo de toda mención, no lo fue al momento de la organización del evento central de la Semana del Estudiante en el Teatro Municipal, en que Pío Tamayo recitó su famoso “Homenaje y demanda del indio”, que produjo tanta conmoción y que, al fin y al cabo, le costó la vida.

 

¿Qué mano peluda puso a JPT allí, en el centro de la escena, para que dijera lo que dijo? ¿Por qué él y no otro, entre quienes había tantas plumas finas, como la de Andrés Eloy Blanco?

 

Cuenta Isabelita Jiménez Arráiz que le advirtió, cuando le leyó el poema en su casa: “Pío, tú sabes que de allí sales preso”. Y más tarde en una nota clandestina a la prisión: “fíjate que todos los demás salieron y tú te quedaste, eso fue lo que ganaste”.

 

Pero Pío reaccionó muy airadamente al primer comentario: ¡déjate de veletismo! Y a   éste segundo más bien con cierta melancolía, comparándose con aquellos árboles que echan sus semillas al viento, sin saber dónde van a retoñar.

 

“Así he sido yo. No creas que esto se acaba. Esto, como las flores del samán, va a volar por todo el mundo. Y tú no supiste comprender que así era mi palabra. La palabra de Pio Tamayo está en estos momentos volando por el mundo entero. De manera que mi palabra no ha muerto y va a germinar. Y tú vas a ver que será como el samán que donde menos se espera salen nuevos samanes.”

 

Pero JPT murió en silencio, sin salvas, manifiestos, ni duelos públicos, salvo el de sus antiguos peones que quisieron cargarlo hasta su última residencia en la tierra.

 

CUIDADO CON LOS POETAS

 

El drama es más o menos así: el indio se lamenta de que le han raptado a su novia y suplica a la Reina Beatriz I que mande a sus súbditos, los estudiantes, que vayan a buscarla. Su novia se llama… ¡Libertad!

 

Misteriosamente desde entonces la sociedad venezolana ha descargado sobre los hombros de los estudiantes esta tarea. Son los llamados a buscar la libertad y a ser sus custodios, en un país devastado por sempiternas tiranías militaristas bolivarianas.

 

Esa situación perdura en nuestros días y esa dialéctica de prisión y rebeldía parece ser el sino de nuestra historia, magistralmente simbolizada con su vida y condensada en muy pocas palabras por José Pío Tamayo, con plena conciencia de su trascendencia.

 

Su cárcel fue ejecutiva, sin la charada de un juicio con acusaciones rebuscadas como estilan los militares de hoy en día, sino que fue encerrado arbitrariamente y punto, bajo vagos señalamientos de ser comunista, agente de alguna fuerza antinacional y el todavía más indemostrable de haber traído las huelgas a este país.

 

Pero simultáneamente era repudiado por los comunistas, que entonces todavía abrigaban la pretenciosa idea de contar con una concepción científica de la sociedad y el Estado, por lo que lo despacharon como un iluso idealista.

 

Sólo muy tardíamente trataron de reivindicarlo como una suerte de precursor del socialismo, basándose sobre todo en sus clases en el Castillo Libertador; pero lo cierto es que él no se definía a sí mismo como comunista sino de “idealidad avanzada”, lo que, por supuesto, era un anatema.

 

Desde los orígenes del pensamiento occidental, los poetas han sido considerados siempre como poco confiables en política, en particular porque privilegian los sentimientos en detrimento de la razón, que es el eje de la acción política.

 

Nada puede estar más alejado del cálculo frío, de la pretensión de un “comunismo científico”; ni igualmente equidistante de la mezquindad acomodaticia de los corifeos del gomecismo. El sino de Pio Tamayo es, pues, la incomodidad, la molesta inquietud que causan aquellos que no pueden encasillarse fácilmente.

 

JPT nunca se ganó un premio literario, no fue objeto de homenajes ni reconocimientos, aún en la actualidad, en que la más reciente tiranía militar bolivariana quiso elevarlo de forma oportunista a las honras del  Panteón Nacional, con la manifiesta oposición de sus familiares y amigos, este propósito se extravió en los vericuetos de la burocracia oficial.

 

Igual suerte corrió la solicitud de darle su nombre a la nueva Sala E de la Biblioteca Central de la UCV, donde su Cátedra ha funcionado por más de treinta años. Las autoridades de esta ilustre casa de estudios prefirieron darle el nombre de Francisco de Miranda, esto a pesar de que la antigua Sala E ya se llamaba así, con lo que hay dos salas homónimas y sin contar que así se llama el Estado Federal lindante con la Universidad, la principal avenida central de Caracas y ser éste un militar sin ningún vínculo conocido con la Universidad.

 

Ora por presiones del gobierno o quejas de la oposición oficial, las autoridades fueron más allá declarando a la Cátedra Pío Tamayo como un “ente externo” a la UCV, para desembarazarse de la incomodidad que causan las opiniones que allí se ventilan.

 

Debe ser el único caso en la historia universitaria en que toda una Cátedra es expulsada de una Universidad por motivos de opinión.

 

Así que cercano a los 80 años de su muerte, la nube negra sigue gravitando sobre la cabeza de JPT y por lo que se ve, de cualquiera que se le acerque o invoque su nombre.

 

EL ALA LUMINOSA

 

Otro aspecto incomodo que trae el caso de JPT es constatar que aún bajo las tiranías más abyectas hay gente que la pasa estupendamente bien. Aunque haya que reconocer que no sólo bajo el gomecismo existía un ala luminosa, es seguro que puede rastrearse una cáfila de privilegiados a la sombra de cualquier tiranía que haya padecido este país, incluyendo la actual tiranía filo castrista.

 

El más sobresaliente fue por supuesto Arturo Uslar Pietri, que sí era de la generación del 28, pero al contrario de sus compañeros que se debatían entre la cárcel y el exilio, estaba cómodamente en París junto a la legación gomecista y su familia, que vivía en Maracay en la vecindad del tirano, tenía con él una relación intima, más que amistosa.

 

Pero también estaba José Gil Fortoul, paisano de Pío Tamayo, de cuyas diligencias a su favor no existen evidencias y no parece que hayan mejorado su situación en cautiverio sino todo lo contrario,  al parecer las empeoró.

 

Son famosos Laureano Vallenilla Lanz, Pedro Manuel Arcaya; pero sería arduo e injusto tratar de nombrarlos a todos porque siempre quedan muchos fuera y además la cuestión central es desbaratar el mito de que las tiranías militares no gozan de apoyos ilustres e incluso de fervor popular.

 

Lo cual crea una eterna controversia de carácter moral, porque no se sabe quién tiene al final la razón, si unos u otros: ¿Qué hubiera pasado si JPT hubiera leído un panegírico de JVG como hacían tantos? ¿Hubiera sido más inteligente de su parte? ¿Le hubieran premiado con una beca al exterior en lugar de la feroz persecución que le tocó sufrir? ¿Cuál sería hoy su imagen? ¿Qué partidarios tendría?

 

La sola mención de Pío Tamayo vuelve a plantear ese doloroso dilema: pensemos en los privilegiados de la actual tiranía. Los mismos que persiguen hoy la memoria de JPT, que quisieran borrarlo de todo recuerdo son los que advierten la herida social que representa, el vivo contraste entre el martirio y la exuberancia.

 

JPT desafió a la tiranía de JVG no con las armas, como había sido la costumbre hasta ese momento, sino con la palabra, con el verbo encendido, un enemigo nuevo que incomodaba al régimen y contra el que no estaba preparado para luchar.

 

Esto fue una ruptura con las montoneras propias del siglo XIX, con las intentonas cuartelarías y las invasiones que eran las formas de acción tradicionales, para dar inicio a una nueva concepción de la lucha política, no militarista sino civilizada. Venezuela entraba sin retorno al siglo XX.

 

Pero hay otra cuestión embarazosa. Cuando Pío Tamayo tiene la  osadía de pararse en el medio del escenario del Teatro Municipal para decir: “Soy un indio tocuyo, yo”; estaba desafiando también a la buena sociedad, que no era exactamente una aristocracia, pero tenía pretensiones de ascenso, lo que desencajaba con ese discurso.

 

Y este es otro problema de Venezuela, el de una sociedad de castas que no termina de asimilar los valores democráticos, por lo que las relaciones se enredan en hipocresía, impostura y simulación. Las élites no han cedido nada, solo se llevan sus prejuicios racistas a la alcoba y no los ventilan en público para conservar la corrección política.

 

La gran ventaja de Pío Tamayo es que nunca podrá ser el centro de ninguna escuela, ni política ni literaria, las élites no podrán sacarle provecho porque no está dado para el éxito sino para el fracaso, no para el oropel sino para la fría oscuridad del calabozo.

 

“¿Somos simplemente unos líricos, los últimos románticos quizás o somos los revolucionarios sanos de conciencia e infantiles de corazón que necesitan los pueblos, útiles para sacrificarse, inútiles para triunfar, pero indispensables siempre para la mejoría de la humanidad?”

 

Una vez más los hijos de apellidos de mucho lustre y abolengo, que abusan del inmenso poder de que disponen para perpetrar el feo vicio del auto-homenaje, le niegan el más mínimo espacio a los “humillados y ofendidos”; no es solo que nieguen el derecho de petición, sino que ni siquiera responden, así sea negativamente, lo que los asemeja más al gobierno títere, que tanto repudian.

 

Misteriosamente, el hijo de Dios resulta ser no el hombre exaltado sino el escarnecido.

 

 

 

 

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Venezuela 2014: El año duro

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 29, 2014

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Ocultar el problema no lo resuelve

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 20, 2014

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Alberto Medina Méndez

La eterna mirada de corto plazo, las interminables urgencias electorales y la imperiosa necesidad de sostener poder, vienen empujando a los gobiernos y a la política a disfrazar la realidad para no quedar exageradamente expuestos. Apelan con convicción a deformar las cifras, implementar normas y confundir a toda la sociedad para lograr sus objetivos.

Muchos dirigentes políticos piensan que su tarea consiste en esconder problemas, justamente porque estos pueden ser ocultados indefinidamente. Siguen apostando a la dinámica que les propone esa vieja estrategia que dice que lo que no se puede visualizar, no existe.

El recurso más común, aunque no el único, reside en manipular las estadísticas. El objetivo central es que “el termómetro” no alerte sobre la presencia de la fiebre, o si lo hace, que parezca algo de escasa gravedad.

La leyenda dice que si las cifras no convalidan un suceso, este mágicamente desaparece convirtiéndose entonces en un tema absolutamente subjetivo, opinable, de meras percepciones y sensaciones.

Es imposible dar batalla a los asuntos que preocupan si antes no se sabe su magnitud aproximada y si no se alcanza previamente un diagnóstico afinado que permita saber como enfrentarlo con cierta chance de éxito.

Algunos gobernantes han decidido deliberadamente silenciar las dificultades, ponerlas bajo la alfombra y que no se hagan evidentes. No es que no sepan que la mentira tiene patas cortas y que tarde o temprano la verdad saldrá a la luz, sin que exista modo alguno que evite su visibilidad.

Lo que sucede es que ellos apuestan decididamente al corto plazo. Trabajan para que el obstáculo no los afecte electoralmente en el turno que se acerca. El subsiguiente está demasiado lejos. Más adelante decidirán ocuparse de él o simplemente volver a disimularlo hasta mejor oportunidad.

No es que los políticos realmente crean que el conflicto dejará de estar presente por su simple capricho. Saben que eso no ocurrirá. Para ellos sólo se trata de superar la coyuntura, de patear el inconveniente hacia adelante y no precisamente de invertir energías en solucionarlo.

En general son asuntos complejos, cuya resolución lleva mucho tiempo. Por eso no hacen esfuerzo alguno en solucionar la cuestión de fondo, porque su eventual éxito no podrán capitalizarlo políticamente.

La lógica de la democracia contemporánea obliga a triunfar en cada turno electoral. Siempre la elección más importante es la que viene. Por eso el político sólo intenta superar la coyuntura, sin pretender resolver el aprieto.

Una parte importante de la responsabilidad tiene que ver con una sociedad que también juega ese juego, que permite que la prioridad electoral sea más trascendente que los escollos que propone la cotidianeidad.

La mayoría de la  gente premia con su voto a los que niegan las contrariedades y no a aquellos que deciden exhibirlas. Es por eso que los que ofrecen un mundo color de rosas se ven incentivados a repetir conductas inadecuadas. La sociedad ha caído en la trampa de la “evasión”.

Habrá que asumir que las dificultades están ahí. Una decisión normativa no elimina la pobreza sólo por modificar ciertos parámetros. Tampoco la actitud de no denunciar hace que los niveles de delincuencia disminuyan. La inflación no se reduce porque la lista de productos incluidos en el relevamiento se altere, o porque los algoritmos y ponderaciones se manipulen para minimizar su impacto. Tampoco al impedir que los alumnos tengan puntajes bajos se los convierte en inteligentes o sabios.

Es probable que por ahora triunfe la mezquina modalidad de camuflar problemas. Es posible que los más perversos dirigentes se salgan con la suya durante algún tiempo. Es factible que la gente termine castigando electoralmente a los que les hablan desde la incómoda sinceridad.

Pero no menos cierto es que las sociedades maduran y que, en algún momento, los ciudadanos entenderán que es preferible enfrentar la verdad por dolorosa que sea, a vivir en un mundo irreal plagado de fantasías.

Desde lo estrictamente práctico, lo más relevante pasa por comprender que los tropiezos que no se explicitan, tampoco se atienden. Y que aquellos otros a los que se intenta quitarle relevancia, jamás serán encarados.

Como en la vida misma. Si alguien no identifica un drama, no se ocupará del mismo. Si cree que es insignificante, tampoco merecerá que se le preste demasiada atención. Sólo valdrá la pena ser abordado cuando su existencia obstruya posibilidades futuras o impida seguir adelante con el presente.

Una forma de interrumpir esa inercia es recompensar a los que no eluden la realidad, a los que la describen con crudeza. Son ellos los que podrán diseñar soluciones efectivas, los que se animarán a abordar los asuntos con la seriedad que se merecen. Los otros, los que juegan al ritmo de la democracia electoral, los que se sirven de ella, seguirán funcionando con las crueles reglas de la actualidad, intentando desnaturalizarlo todo, escondiendo las preocupaciones, no porque vivan engañados, sino porque saben que la sociedad los incentivará a recorrer ese camino. Es la gente y no la política la que debe entender que ocultar el problema no lo resuelve.

 

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