Globalización: el planeta redondo

por Teódulo López Meléndez

La globalización significa la

particularización de lo universal

y la universalización de lo particular.

Roland Robertson

Allí, en la Academia, fuera de los límites de Atenas, comenzó un proceso matemático llamado globalización. La advertencia sobre la necesaria condición de geómetra para entrar implicaba una conexión con la ontología que hacía de filósofos y cosmólogos hacedores de un globo, el del cielo. Cuando los marineros europeos, alrededor de 1500, abandonaron la tierra para hacer del mar la nueva vía y junto a ellos los geógrafos comenzaron a trazar los mapas de los descubrimientos se inició la globalización terrestre. Había un interés económico, se usufructuaban las riquezas del nuevo mundo en beneficio de los monarcas europeos que habían hecho una inversión en procura de un retorno a sus inversiones. Desde entonces dinero y globo terráqueo van juntos. Hoy asistimos a un factum político-económico-cultural iniciado con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tenemos, así, un tránsito que va desde la mera especulación meditativa hasta la praxis de registro de un globo. Así, el mundo se des-aleja, se eliminan las distancias ocultantes, se convierte en una red de circulación y de rutinas telecomunicativas. La técnica ha implantado en los grandes centros de poder y consumo la eliminación de la lejanía. Quienes se oponen genéricamente a la “globalización” son unos extravagantes. Está aquí de hecho, tiene un ritmo indetenible, la preside el dinero porque este es la nueva barca capaz de girar el planeta y regresar. No es, por supuesto, un mero proceso económico, pero sí un hecho consumado, uno donde consumación sustituye a legitimación, uno que se hace insustituible a la hora de analizar la era presente de la humanidad. Como bien lo dice Peter Sloterdijk “ahora somos una comunidad de problemas”. Ya hemos apuntado que con el acontecimiento globalizador se deshacen las concepciones políticas, se afectan las autounidades nacionales, cambian los actores tradicionales que pierden competencias, el multiculturalismo irrumpe, sobre Europa se produce el “regreso” por la entrada de grandes masas de población a un estado de movilidad, lo que a su vez afecta el concepto de sociedad de masas y, claro está, viene la protesta de los antiglobalizadores que lleva a Roland Robertson (Globalization. Social Theory and Global Cultura) a definir el acontecimiento de la globalización como “un proceso acompañado de protesta” (a basically contested process), lo que hace que Sloterdijk señale que la protesta contra la globalización es también la globalización misma, pues no es otra cosa que la reacción de los organismos localizados frente a las infecciones del formato superior del mundo.

Algunos hablamos de posmodernidad, otros de una nueva modernidad, aunque si aceptásemos por un momento esta respuesta cabría preguntar como puede llamarse así sin utopía. Las contrarespuestas abundan, desde llamarla “sociedad de riesgo” hasta “incertidumbre fabricada”. Pero los fabricantes de definiciones deben aceptar las características de lo que acontece, como la formación de un habitus globalizado, desterritorialización de los procesos socio-económicos, cambios en las formas de producción y el interesante multiculturalismo. Como respuesta a los viajes de los marineros de 1500 ahora se está produciendo un viaje de regreso con la consecuente presencia de grandes masas desprovistas en el Occidente descubridor. Desde este punto de vista no se puede acusar a la globalización de homogeneizadora puesto que produce heterogeneización. Esto conlleva a la ruptura de viejos afianzamientos “tribales” y a la convivencia de formas culturales distintas. Como vemos, la globalización abarca mucho más que el simple proceso económico y, en ningún caso, puede reducirse a la acusación de un avance demoledor de un neo-liberalismo salvaje. Claro que se produce una consecuencia económica inmediata. Las estadísticas reflejan un avance de la pobreza y un aumento de la diferencia entre países ricos y pobres. Por ello, se han empleado otros términos como globalismo, para hablar del mercado como sustituto del quehacer político, o globalidad para insistir en la inexistencia de lo cerrado y en la consecuencia lógica de que nadie puede ya vivir sin los demás, dejando globalización para el juego de los Estados. Son juegos de sociólogos. Quedémonos con globalización y entendámosla, eso sí, como un acontecimiento pluridimensional, no como dicen los trasnochados “anti”, un proceso de resistencia contra el avance del neoliberalismo. Ciertamente es irreversible y con ella deberemos vernos las caras. Para enfrentarla lo primero que debemos hacer es dejar de considerarla sólo desde el punto de vista económico, puesto que si produce efectos en el Tercer Mundo también los tiene sobre el primero, puesto que la competencia obliga a reajustes, pero también a la búsqueda de centros de negociación sobre el comercio. He aquí una de las características que hay que comprender de esta era: hay que aprender a negociar. Si el neoliberalismo avanza lo hace porque es evidente que uno de los efectos de la globalización es el de la reducción de los Estados. Por otra parte, enfrentar lo local a lo globalizado como fenómenos contrarios es un absurdo, puesto que son caras de la misma moneda. Los filósofos procuran explicarlo como una reacción de protección local frente al abordaje del exterior. Los sociólogos se plantean el asunto de la uniformización cultural partiendo de los MacDonalds o del incompatible asunto de si es la identidad la que se enfrenta a la globalización, mientras otros preferimos hablar de la entrada en la nueva identidad, que no es otra que el acrecentamiento del individualismo frente a los temores de una capa de protección tan grande.

Sin duda, Roland Robertson, a quien he nombrado más arriba, es uno de los mayores estudiosos del acontecimiento globalización. Él resolvió ese supuesto problema de enfrentamiento entre globalización y localización inventando una palabra, glocalization. Hay que recordar que estamos asistiendo a una interpenetración de civilizaciones, lo que hace también superfluo otro debate que mencionamos arriba: el supuesto enfrentamiento entre homogenización y heterogeneización, para entrar a analizar como estas dos tendencias se implican mutuamente. Robertson recuerda como hay una discusión global sobre lo local, la comunidad y el hogar lo que le lleva a pensar en la cultura global como una interconexión de culturas locales. En otras palabras, la acusación gira sobre una imposición cultural norteamericana (Hollywood, CNN, por ejemplo) que no es otra cosa que el ejercicio del poder tecnológico, tal como otro tipo de poder fue impuesto a los pueblos “descubiertos” por los navegantes europeos que consideraban tomar posesión de las nuevas tierras como legal y legítimo. Quizás deberíamos recordar que, como consecuencia, Europa cambió para siempre y se dio origen a lo que llamamos Modernidad. Aún no sabemos con precisión cuales serán las consecuencias culturales de este acontecimiento llamado globalización, pero podría asomarse que encontraremos una hibridación. Si lo vemos desde este ángulo, podríamos decir que estamos ante muy llamativo proceso de mestizaje. Llamémoslo, de una vez por todas, multiculturalismo, lo que implica respeto hacia una “fertilización cruzada”. Si se plantea un desarrollo incontaminado de las culturas estaríamos cayendo en formas de racismo o de nacionalismo excluyente.

Ahora bien, debemos abordar el problema desde un ángulo estrictamente económico que, repetimos, es apenas uno entre los varios aspectos del acontecimiento globalización. Aquí entran al juego privatización, anulación de controles, eliminación del déficit, inflación, etc. Políticas económicas, en suma, marcadas efectivamente por una concepción neoliberal. Ello, por la presión de las poderosas transnacionales y por la conformación misma de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, pero, también, es necesario decirlo, por la permeabilidad de gobernantes ahogados incapaces o impotentes para resistir. Identificar este proceso de manera excluyente con globalización es lo que ha hecho daño a la palabra que describe el proceso en que estamos inmersos. Se suma el elemento político: la acusación de ineficacia contra la democracia, lo que conlleva a peligros que ya hemos analizado prolijamente en otra parte. Para mí el problema es el renacimiento de una vieja enfermedad llamada economicismo, renacida con tal potencia que ha doblegado la política a su servicio. En primer lugar, el Estado jamás debe renunciar a su función reguladora confiando en las llamadas fuerzas del mercado, las que, en sociedades empobrecidas, son fuente de desigualdades e injusticias. El Estado está obligado a cumplir un rol de reductor de desigualdades. En segundo lugar, la política debe renacer de sus cenizas e imponerse sobre la economía. Creo que la gran enfermedad de nuestro tiempo es la reducción de la política a categoría de mal.

El asunto cultural se manifiesta de muchas formas, como la mercantilización del arte, la putrefacción del mundo editorial, la imposición de modos de conducta. Sobre esto último creo que el ejemplo más vivo sigue siendo el caso de Irán bajo el Sha. Bajo una supuesta modernización se llegó a producir una catástrofe que podríamos designar como materialización del fundamentalismo. Ahora bien, el planteamiento radical nos asegura que todos usaremos jeans y comeremos hamburguesas, es decir, se nos impondrá una cultura americanizada que borrará nuestras particularidades culturales. A menos que la imposición cultural se produzca por el uso de las armas (y aún así), cabe decir que las culturas del sur, por llamarlas con términos geográficos, no van a reaccionar con una adaptación automática. La asunción técnica de los llamados Tigres Asiáticos significa simplemente que esa tecnología ya no es propiedad exclusiva de Occidente. Acertadamente se ha dicho que el programa de liberalización de los mercados y el libre intercambio de bienes y servicios no es un programa cultural. El capital que vuela de un sitio a otro no es una expresión de cultura. Ahora bien, claro que tiene incidencia, por lo que anotábamos del poder del dinero sobre los mercados culturales, como por ejemplo la adquisición de editoriales por parte de los holdings y la imposición de una ganancia de 15 por ciento lograda a costo de la reducción de la calidad de lo que se imprime. Todo eso es verdad, tendrá efectos perniciosos, pero la posibilidad de defensa sobrevive y hay que ejercerla. La cultura no es la Coca Cola en todas partes ni la presencia de teléfonos celulares en todas partes. Las sociedades emergentes adaptarán lo que haya que adaptar y si se considerara la globalización cultural como una acción imperialista hay que recordar que el capital no tiene corazón, lo que se dice como expresión despectiva, pero que podríamos transformar en positiva, pues si no tiene corazón es incapaz de crear lazos afectivos en los lugares donde llega. El capital no es la cultura, es un distorsionador de procesos y efectos culturales.

Si uno lee a los pensadores actuales encuentra cada vez más la palabra ecumenismo, antiguamente usada para indicar la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas, pero si vamos a su origen griego podemos detectar que más bien se refiere al espacio apto para la vida humana. Ecúmeno, con todas las implicaciones de respeto, amplitud y garantías que implica, debe ser el nuevo espacio humano. Ya no podemos hablar de culturas como segmentos colocados unos al lado de los otros. Ahora constituyen un tejido, como una red de Internet. Debemos enfocarnos en el nacimiento de un nuevo pluralismo: variedad y experimentación cultural, tolerancia y desarrollo, la consideración de la heterogeneidad cultural como recurso para el futuro social, fomento del dinamismo transformador de la cultura. El aislamiento en “enclaves del olvido” no conduce a ninguna parte. Si a ver bien vamos el objetivo del desarrollo es la cultura, como condición indispensable al desarrollo es la cultura, culebra que se muerde la cola. Sabemos perfectamente que de la pobreza podemos salir. Por lo demás, veamos esta aparente paradoja: sin multiplicidad el capitalismo no puede sobrevivir, pues perdería la capacidad de innovar y, con ella, la de competir.

Los que se desgañitan clamando por un mundo multipolar en contra del imperio desconocen que ya estamos en un mundo policéntrico, sólo que el poder no pertenece exclusivamente a los Estados sino que está repartido entre una pluralidad de actores transnacionales. Es lo que se ha denominado el mundo de la subpolítica transnacional. Es falso que el capital tenga todo el poder, como es obvio que los Estados nacionales perdieron tal control. Así, otro concepto en desuso es el de soberanía, puesto que los Estados están limitados hasta en su quehacer interno. No puede haber soberanía en una pluralidad inmanente. Las culturas globales, porque varias son, no están en ningún lugar ni en ningún tiempo. Las culturas globales están en el espacio, mientras las sociedades pobres siguen en el tiempo, lo que conlleva a una pérdida de la solidaridad. Es obvio que este desajuste conlleva a la pérdida de fe en la democracia y a la reaparición de viejas tendencias totalitarias, viejas, aunque traten de disfrazarse como nuevas versiones del siglo XXI.

Algunos recurren a las cifras para demostrar como la globalización es, en grado menor, y proporcionalmente hablando, no tanto un asunto económico. Se menciona que lo que ha sucedido es simplemente que las tecnologías de la comunicación han aumentado la velocidad en la circulación y, consecuentemente, aumentos en las ganancias debido a la mayor rotación del capital.

Está claro que hay una relación entre economía y cultura más allá de las operaciones de los holdings imponiendo la mediocridad para generar ganancias. Una de las consecuencias es convertir cultura en objetos, considerando al pensamiento como desechable. He obviado el asunto tecno-mediático puesto que ya lo he tratado en otras partes. No obstante, cabe decir que aquí se encuentra uno de los elementos más peligrosos de un eventual monoculturalismo puesto que impulsa el consumo de objetos estandarizados. No obstante, originado en la tecnología militar, ha producido Internet que, bien utilizado, como sucede ya en numerosas partes y por infinidad de escritores, fotógrafos y artistas en general, permite lo que Paul Virilio llamó en su momento “la deslocalización del arte” y también “el fin de la geografía”, permitiendo, al fin y al cabo, un escape a la censura o a las exclusiones de los grandes medios de comunicación. Es complejo estudiar la cultura en el nuevo contexto. Ciertamente nacionalismos y fundamentalismos son un regreso. Estudiar, en general, el acontecimiento globalización requiere de un pensamiento complejo, por encima de los berrinches histéricos de los manifestantes. Especialmente en sus implicaciones políticas. La apertura china demuestra como el capitalismo parece compatible con viejas tradiciones religiosas de todo signo. El problema es que el dinero se ha impuesto a la política, porque opera más rápidamente, es un medio abstracto homogeneizante que atraviesa espacio y culturas a gran velocidad. Hay maneras de defenderse: hay que recurrir al pensamiento complejo para construir un modelo humano de configuración del nuevo orden mundial. La política debe servir para esto, para buscar nuevas redes de sentido, para diseñar un proyecto civilizatorio democrático. Como vemos, alzarse cual Júpiter tronante frente a la globalización es una estupidez. Empeñémonos en darle la orientación correcta y no nos dejemos confundir por la orientación económica que ahora tiene.

Ciertamente ya nos estamos des-cobijando de la vieja “patria”. Es lo que Sloterdjik (Esferas) llama el tambaleo de “la construcción inmunológica de la identidad político-étnica” y el juego de las dos posiciones, la de un sí-mismo sin espacio y la de un espacio sin sí-mismo y la búsqueda de un modus vivendi entre los dos polos que implicará, seguramente, la creación de “comunidades imaginarias” sin lo nacional y la participación, también imaginaria, en otras culturas. El hombre puede tornar a “envolverse” en protección en la era globalizada, lejos del feroz individualismo que en el tiempo presente parece ser la única caparazón que le resulta reconfortante. Especial cuidado hay que poner en los efectos políticos, puesto que ya el colectivo no representa nada para el individualista. Hay que crear nuevas formas de tejido social-político que impidan a un hombre que ha hecho de su piel el nuevo resguardo un agente potencial del totalitarismo o un desconcertado frente al planeta redondo.

tlopezmelendez@cantv.net

LA PARTICIPACIÓN INSTITUYENTE EN EL MARCO DE LA SOCIEDAD GLOBALIZADA: UN ACERCAMIENTO DESDE EL CONCEPTO DE “EMPODERAMIENTO

LA PARTICIPACIÓN INSTITUYENTE EN EL MARCO DE LA SOCIEDAD GLOBALIZADA: UN ACERCAMIENTO DESDE EL CONCEPTO DE “EMPODERAMIENTO

por Francisco José Francés García (1) y José Tomás García García (2)

“…de la misma manera que el mal menor resulta ser un bien, así el bien menor resulta ser un mal…”

ANÓNIMO LATINO (3)

“ Los sociólogos montan guardia en la guarnición e informan a sus jefes de los movimientos de la población sitiada. Los más intrépidos se ponen el disfraz del pueblo y van a mezclarse con el paisano en el ‘terreno’, para retornar a los libros y artículos que rompen con el secreto protector en que se envuelve la población oprimida, y la hacen más accesible a la manipulación y el control”

EZEQUIEL ANDER-EGG

INTRODUCCIÓN: LA LÓGICA (NECESIDAD) DE LO COTIDIANO Y LA LÓGICA GLOBALIZANTE

Siempre que nos enfrentamos a un problema, una de las estrategias de acercamiento que podemos adoptar es la ingenuidad, la asunción del discurso ya instituido, la actitud conversa de creernos que aquello que se repite mucho es porque debe ser verdad. Pues bien, en el fastuoso tema de la globalización también podremos partir de ese discurso dominante, y lo que nos viene a contar este posicionamiento es que desde diversas ópticas se ha ido desarrollando una concepción de la globalización como fenómeno que tiene como medio y fin en sí mismo la integración, ya sea de individuos, comunidades, territorios o naciones (la ya clásica noción de “aldea global”), una idea de integración que por supuesto parece que marca una nueva fase de la economía mundial. Es decir, se profundiza la interdependencia de las economías nacionales, se profundiza en la integración de los mercados y se articula la fuerza de trabajo a través de los fenómenos de deslocalización de un sistema productivo transnacionalizado.

Sin embargo, los procesos de integración, tal como los conocemos, presentan ahora otra cara indisoluble de desintegración. La libre circulación de capitales y tecnología tiene tanto poder de privilegiar un espacio como desarticular otro, anteriormente desarrollado. Parece más adecuado hablar que, bajo la forma de globalización neoliberal, se desarrolla una superestructura con capacidad de actuar en proceso sincrónico de integración y desintegración sobre los territorios-nación.

Además, la plasmación del concepto de globalización como un nuevo fenómeno con capacidad de actuar en tiempo real a escala planetaria conlleva una visión simplificadora que en poco nos puede ayudar para comprender los procesos de los que tratamos en este ensayo. Lejos de rendir pleitesía a esta forma de entender la mundialización, entendemos que no todo lo nuevo integrado en esta nebulosa de la globalización es innovador, como no todo lo mundial es globalizado, como también no todo lo que se extiende profundiza a escala micro.

Lo que sí parece claro es que, en tanto que la “globalización” está presidida por el modelo de desarrollo neoliberal, las posibilidades de que aumente la desestructuración social en el juego global-local son muy altas.

No es este el lugar para profundizar en la génesis y el desarrollo del fenómeno de la mundialización, pero sí es nuestra intención acercarnos a cómo, desde el ámbito de la participación y el desarrollo local es posible construir nuevas estructuras que permitan el afrontamiento del problema desde abajo, desde las redes con-vivenciales ciudadanas.

Por ello frente a la amenaza de esta forma de desestructuración globalizante, la escala local está recuperando en muchos espacios su función integradora entre las personas, entre las comunidades y entre éstas y la naturaleza. De esta manera, en cada comunidad se empieza a construir, desde lo local, nuevas formas de desarrollo fundamentado en las necesidades de sus individuos, combatiendo o mitigando las inercias desestructuradoras devenidas del proceso de globalización. El resultado en muchos espacios se cristaliza en el desarrollo de formas alternativas de relación, recuperando y creando nuevos valores, diversos estilos de vida, nuevas y formas particulares de producción, intercambio y consumo.

El discurso de la globalización como amenaza de las identidades grupales, como mecanismo homogeneizador de formas y estilos de vida (que en muchos casos hace referencia únicamente a la dimensión del consumo) queda así en entredicho. Más bien parece que el proceso es inverso, se refuerzan y se crean nuevas referencias identitarias inmediatas. Bien parece también que la emergencia de nuevas formas de identidad se da en muchos espacios al abrigo de los procesos desestructurtadores (sobre todo en la esfera del trabajo) que han transformado la clásica marginación social en un fenómeno mucho más duro: la exclusión. Por primera vez aparecen colectivos, grupos sociales, (¿países?), que no son necesarios para el funcionamiento del sistema, que son “prescindibles”.

La frustración y la conflictividad que genera la mutilación de la satisfacción de necesidades de cada vez más colectivos de población provoca una fragmentación social consecuencia de nuevas formas de violencia estructural. Y esta fragmentación está estrechamente ligada al campo de la participación ciudadana, que tradicionalmente se asienta sobre comunidades culturalmente homogéneas. En estos momentos la participación se enfrenta a ciudadanías cada vez más diferenciadas y segmentadas, no solo por factores subjetivos, sino por diferencias socioeconómicas cada vez más crecientes.

Estas amenazas, sin embargo, pueden tornarse en desafíos como ahora veremos. Las tendencias que provocan la globalización y la creciente crisis del estado-nación como elemento integrador tanto en materia de bienestar como de identidad en los individuos han colaborado en la emergente importancia de las particularidades territoriales para desarrollar una capacidad estratégica en la resolución de problemas. La definición de actores sociales se caracterizan cada vez más por su relación con el territorio. Pero esto no implica prescindir del espacio global; más bien, como proponen Castells y Borja (4) este enfoque supone avanzar y profundizar en la comprensión de las diferentes lógicas espaciales: la lógica espacial de los lugares frente a la lógica de los flujos. La primera es la que nos va a vincular con el ámbito de lo inmediato, lo vivencial; la segunda con el mundo globalizado y las redes de decisión e influencia.

Hablamos pues de un desbordamiento de la dicotomía global-local en favor de la adopción de una óptica mucho más procesual, donde los flujos y los espacios van conformando diversas estructuras que permiten articular la acción de los grupos sociales en los distintos niveles.

La esfera de lo local, por su capacidad de adaptación e innovación ante todos estos tipos de cambios constituye el marco idóneo para la construcción de nuevos modelos instituyentes que generen nuevas lógicas, y el motor de este proceso no puede ser otro que la propia ciudadanía; los individuos constituidos como actor social con capacidad para participar en el desarrollo de su entorno. Distintas formas de participar construyen distintas realidades, y comienzan a emerger en muchos lugares (algunos de ellos estratégicos) modelos concretos de participación instituyente de la población que van introduciendo nuevos cauces de relación entre los distintos actores que entran en escena en el juego de la participación. Nuevas formas, nuevas redes que tienen la capacidad de articular los procesos particulares de lo local con los procesos transversales de la lógica global; redes que han adquirido la capacidad de aprovechar el imparable aumento de los flujos de información para construir nuevas formas de relación dentro del ámbito con-vivencial pero con capacidad de establecer puentes con los aspectos globalizados por el modelo económico.

Participación o ¿la vieja milonga tocada con la lira de Nerón? Se van oponiendo cada vez más dos modelos de desarrollo, que en el nivel local va a determinar en gran medida cómo se van a posicionar los actores y cuál va a ser la capacidad de la comunidad para evitar estas nuevas inercias desestructuradoras que acompañan el proceso globalizador (5).

MODELOS INSTITUIDOS MODELOS INSTITUYENTES

Lógica de petición.

De rutinas, normas y procedimientos.

Legalismo.

Lógica de participación comunitaria.

De eficacia con ritmos variables.

Evaluación y monitoreo.

Principios Centralismo, verticalidad,

Jerárquico, sectorialización, Descompromiso.

Descentralización, trabajo en equipos, horizontalidad, flexibilidad, implicación de los actores.

Estilo político Clientelismo, liderazgo tradicional, discrecionalidad.

Acumulación vía eficacia en la gestión, nueva articulación público / privado, descentralización.

Control Escasa cultura de control y evaluación Nuevos roles activos de auditoría y control.

Instrumentos Planificación tecnocrática.

Financiamiento de la oferta.

Planificación estratégica.

Financiamiento de la demanda.

Estos modelos instituyentes que comienzan a tomar cuerpo ya en muchos lugares y además con éxitos relevantes, poseen la característica común de que en mayor o menor medida se han basado en un concepto que los define claramente frente a otras estrategias o modelos de participación, y que en definitiva constituye su razón de ser: el

empoderamiento.

EL “EMPODERAMIENTO”

El elemento elegido como aglutinador y guía es la noción “empoderamiento”, no como realidad abstracta sino como objetivo participativo con manifestaciones concretas, abordables y viables, alejado de la pasividad y de la indolencia sociales que aparecen representadas en el imaginario colectivo participativo. La noción, traducción literal del

término inglés empowerment, se emplea para expresar el ejercicio real del poder por parte de la ciudadanía. Grandes palabras, pronunciadas sobre en un profundo vacío.

Se trata de un concepto cada vez más utilizado (con las ventajas e inconvenientes que esto implica) que relaciona las nociones de poder, política y participación, en general, pero que ha surgido de experiencias realmente concretas, con aterrizaje, locales, circunscritas a lo próximo, a lo cotidiano, a las necesidades sociales que requieren de satisfacción social. Aparece ante la necesidad de apertura de líneas de acción, desde la reclamación de poder y voz para poder desarrollar planes, programas o proyectos específicos con el horizonte de la promoción de la plena integración de las comunidades locales y la participación social práctica. En consecuencia, la noción de “empoderamiento” implica formas muy diversas de entender el mundo y las relaciones de poder (desde reformistas hasta revolucionarias). El común denominador entre todas ellas es la idea de compartir poder y tomar decisiones a todos los niveles, “poder” en todos los ámbitos de la sociedad, perteneciente a todo individuo y a todo grupo. Para su

concreción, precisa de sujetos activos, convencidos de ser capaces de convertirse en motores de su propio “empoderamiento” a través de las o no. Además, entronca con las nociones de poder vinculadas a los movimientos sociales, a las ideas de participación acciones colectivas que contrarresten las relaciones de poder hacia las mayorías por parte de unas elites minoritarias, electas y diálogo, desde una perspectiva marcadamente transformadora y “desestabilizadora” en sus planteamientos originales, planteamientos que han ido evolucionando hacia posiciones como

El seguimiento participativo de proyectos

De hecho la monitorización desempeña un papel destacado en esta alternativa participativa. Las prácticas de empoderamiento se oponen, son el elemento inverso, a las relaciones verticales de poder vertido desde arriba. La autoestima, el desarrollo personal, la dignidad o la toma de conciencia son elementos constitutivos que enriquecen el enfoque, persiguiendo el objetivo de aumentar la participación individual y colectiva en movimientos o redes sociales activas. No está reñido, antes al contrario, con un contexto estructural o institucional en la medida en que busca reforzar a los actores sociales como sujetos activos que se convierten en objetivos de estructuras, de instituciones y de organizaciones, en el marco de los cambios en las relaciones políticas y con un carácter ineludiblemente político de reequilibrio del poder. El empoderamiento no surge por extracción o sustitución de las instituciones, sino en relación con ellas, perfeccionando y recreando sus cauces participativos.

El antónimo de empoderamiento es alienación o explotación, exógenas, heterónomas, dependientes, en definitiva, una concepción de los ciudadanos como instrumentos fácilmente socializables, como cuerdas dóciles de una lira que se deja acariciar. No es una cuestión menor, no en vano la cuestión de la correlación de fuerzas en el contexto social global (internacional o mundial), regional (europeo) y el local (nacional, autonómico, municipal, provincial) no es ajeno a situaciones de polarización social, por la fragmentación y por el crecimiento de las desigualdades económicas, culturales, étnicas, espaciales, habitacionales, y un largo etcétera que incluye categorías sociológicas como edad, sexo y tantas otras.

LO INSTITUIDO NUESTRO DE CADA DÍA; “participación” CON MINÚSCULAS

El empoderamiento podría ser considerado como la estación provisional de destino de los ferrocarriles que circulan por las vías de la participación, pero ¿de qué estamos tratando cuando nos volcamos en el término “participación”? Una aproximación seria a la realidad de la participación, que haga gala de una interpretación realista, está prácticamente obligada a desarrollar un argumento crítico, concentrado en las debilidades y amenazas de los vínculos de relacionamiento participativos y ciudadanos, que trate de tocar fondo, de poner sobre la mesa las amenazas actuales y su potencial agravamiento, pero también las potencialidades y fortalezas que pueden constituirse en sustrato de alternativas futuras de cambio.

Existe una unanimidad básica acerca de la crisis de los mecanismos efectivos de participación ciudadana en las democracias representativas. Llega a hablarse incluso de muerte de la política, se cuestiona la legitimidad de los cauces de participación formal, estandarizada, reglada, se critica la relación administración / administrados y toda una serie de atribuciones en la misma dirección.

Podemos tipificar los problemas de las democracias en torno a tres variables, expresados en términos de crisis:

1) crisis de identidad en las democracias, que institucionaliza la diferenciación, las polarizaciones, la parcelación de intereses, las correlaciones desequilibradas de fuerzas (en términos de poder), que crecen y se convierten en moneda de cambio, en lugar de disminuir al amparo de procesos participativos y redistributivos democráticos;

2) crisis de moralidad: la ética y la deontología democrática no se han consolidado por completo en la cotidianidad de la vida social entre la clase política, entre los ciudadanos, en las cuestiones relacionadas con los servicios públicos, etc.

3) crisis de instrumentalidad: los medios particulares priman, en un número no aislado de casos, sobre los fines colectivos;

En términos más concretos se habla de la crisis del gobierno local y de lo local en general, de una parte, y de la crisis de actores ciudadanos y de los objetivos de actuación colectiva, de otra.

Claroscuros en el mundo de la participación

Queramos o no, por muy amplia y sincera que sea la voluntad de quienes utilizamos el término, la participación es un comodín que, con el paso del tiempo y con la evolución de las democracias representativas, resulta “sospechoso” o, como mínimo, pierde credibilidad, porque los actores en presencia no perciben que se substancien en la práctica, no llegan a consolidarse en prácticas de participación real. Por tanto, de partida, no podemos obviar en que terreno nos movemos (una vez más el lector expresará en el modo en que quiera si se ve representado o no, si está o no de acuerdo, en qué medida sí o no y por qué) cuando transitamos con dificultad sobre el bacheado empedrado por el que se mueve la participación, por tratarse de caminos poco practicados, habría que quitar toda la maleza, rehacer caminos, ampliar travesías, nuevas alternativas de desplazamiento, de ida y vuelta…

Las sospechas de utilización sesgada e interesada de la participación son indisociables de la concepción peyorativa de la política, desafortunada pero realmente tan extendida. Es necesario para todos los actores, transcender, reinventar, dignificar socialmente la imagen y los contenidos prácticos de la política. A día de hoy parecen funcionar inexorable e impermeablemente “fronteras de protección” y “zonas de seguridad” entre los ciudadanos en general y la política (y las elites de funcionarios anexas). Esas fronteras resuelven el extrañamiento, el discernimiento, el alejamiento, en definitiva el distanciamiento entre la participación real y la ciudadanía y el establecimiento de divisiones dicotómicas (los buenos-los malos, los feos-los guapos…)

La lejanía propicia un retorno hacia lo privado, hacia el individualismo, hacia las concepciones competitivas concretadas en la Sociedad del Bienestar (6), por oposición al Estado del Bienestar (7).

Actores en principio poco sospechosos de actuar en perjuicio de la participación ciudadana, como grandes ONG y organizaciones dedicadas al voluntariado, se expresan y actúan frecuentemente en términos economicistas, de competitividad, de calidad total, de excelencia organizativa, al estilo de cualquier gran empresa transnacional que busca

la maximización de beneficios y la minimización de los costes. Legislaciones sobre voluntariado y el celo de muchos especialistas en la materia contribuyen a consagrar esas directrices en un campo de acción asociativo/ciudadana que, al menos en origen, debe responder a lógicas y claves contextuales alejadas de la lógica económica-empresarial.

Estos discursos y las prácticas que llevan emparejadas no ayudan lo más mínimo a crear, recrear o recobrar un clima de confianza en las instituciones formalmente democráticas y en los representantes de los ciudadanos. Al contrario, consolidan una especie de matrimonio de conveniencia basado en la desconfianza, en la aceptación de la convivencia democrática como el menor de los males posibles.

Este tipo de concepciones ideológico-culturales son susceptibles de provocar desmovilización y de legitimar y justificar hechos consumados que se compadecen mal con las necesidades y demandas culturales y que sufren el riesgo de ser consideradas manifestaciones de corrupción política generalidad.

Los analistas más críticos manejan entre su vocabulario conceptos como la “corrupción política”, “la connivencia cooperativa entre sectores de la clase política y el mercado”, han sido estudiadas desde numerosos enfoques y desde una perspectiva diacrónica muy amplia. Se habla de la corrupción política (bajo ciertos límites de extensión (8)) como el

aceite que necesita el engranaje de la máquina del mercado. Los parlamentos como meras cámaras de registro, los desequilibrios en la distribución de fuerzas políticas (las mayorías absolutas), o determinados giros legislativos que consolidan principios contrarios al interés general (9) y que desequilibran la correlación de fuerzas, siempre en perjuicio de los ciudadanos, sufridores pasivos.

Aunque estos procesos denunciados no constituyan prácticas masivas o mayoritarias si que aparecen frecuentemente entre los discursos de actores no institucionales, como explicación o como coartada para la falta de participación.

La única forma cotidiana de oposición ante las “políticas de hechos consumados” son las protestas mediáticas (10) o las manifestaciones de ciudadanos o colectivos afectados autorizadas si se siguen los trámites y plazos legales. Si a esto añadimos como rasgos de algunas respuestas institucionales la generosa presencia de fuerzas de orden público y seguridad, la dificultad para que los manifestantes se entrevisten con los responsables con competencias públicas en las materias que en cada momento sean objeto de reivindicación (la relación entre ambas partes puede llegar a limitarse a entregar por escrito y siguiendo los cauces reglamentarios las interpelaciones de los manifestantes) el escenario de participación e intercambio comunicativo es frecuentemente contraproducente y consolida las distancias.

Las consecuencias se confirman o se exacerban aún más si la respuesta institucional también es exclusivamente mediática (utiliza ese cauce, exclusivamente) y además en un sentido que tiende a minusvalorar las protestas y a vincular a los manifestantes de haber sido manipulados por grupos políticos de oposición (11), por organizaciones, etc., en forma de metonimia, tomando la parte por el todo.

El problema añadido a este intercambio de discursos es que afianza las desconfianzas mutuas y refuerza el autismo político encerrado en su burbuja de cristal y en atribuciones externas de responsabilidad.

Los grupos ciudadanos aumentan en su indignación y se piensa en prácticas con más resonancia política, son aquellas en las que los gobernantes se sienten en cierta forma presionados.

Con estos presupuestos, cada vez más, el replanteamiento de la participación irá adquiriendo el carácter de necesidad social, cuyo afrontamiento, no podrá diferirse indeterminadamente, sine dia. El papel que se reserva a una mayoría de ciudadanos es el de “víctimas” de las decisiones, “paganos”, instrumentos (unos coartadas de otros) no se

adivina como el nutriente más saludable sobre el que afirmar nuevas alternativas de participación, aunque probablemente sí como detonante para el desenlace, para llegar a tocar fondo.

El clima resultante no está lejos de la desmoralización ciudadana que es necesario remover y desenmascarar, en pos de un pragmatismo participativo que abra ventanas a la participación, a la utilización de otros modos de las instituciones democráticas.

Bajo esta lógica, la participación no pasa de ser, en la mayoría de los casos un eslogan (como ocurre con la excusa o coartada de “lo alternativo”, por ejemplo) frecuentemente ligado a otras coletillas como la participación ciudadana, las necesidades básicas, para mujer (género), para jóvenes, para el medio ambiente, para el desarrollo sostenible. Tanto los eslóganes como las “coletillas”, a pesar de ser moneda de cambio entre los interlocutores que tienen en boca la cuestión de la participación, suelen estar vacíos de contenido, no se plasman en las prácticas, el orden del decir no compromete, simplemente presupone el orden del hacer. Manoseamos el término y en consecuencia resulta sospechoso, “culpable” hasta que no se demuestre lo contrario, en unaconcepción cínica de la participación que trata a los ciudadanos como instrumentos.

La democracia realmente practicada, la existente, aquella con la que convivimos o en la que nos aislamos, no oculta la “verdad”, como ocurre en el caso de los regímenes dictatoriales, pero los ciudadanos (incentivados por la realidad proyectada desde los medios de comunicación de masas) pueden interpretar, fruto de las actuaciones relativamente cotidianas de responsables políticos, que en nuestras democracias esa“verdad”, se prorroga, sólo se comparte transcurridos unos meses o incluso unos años después de ocurridos los hechos.

Este fenómeno ha sido conceptualizado por autores como J. Ibáñez en su explicación del proceso de inyección de neguentropía. Con dicho proceso describe teóricamente la situación de intercambio de “flujos de información” entre las bases sociales en cualquier organización social y la cúspide en la que habitan las elites dirigentes (gobernantes / gobernados o representantes / representados, en la terminología que venimos manejando). En la cúspide resulta interesante e imprescindible acumular la mayor cantidad de información posible extraída desde la base (frecuentemente recopilada a través de encuestas de opinión). Una vez conseguida e interpretada, no se devuelve información sobre las bases de potenciales informantes, no se devuelve la flecha del proceso de comunicación, antes al contrario se inyecta neguentropía (en términos de sistema informacional), datos desestructurados, inconexos, diferidos en el tiempo, parciales que inhiben la perspectiva integral.

Como ejemplo cercano a nosotros, el discurso publicitario se convierte en el discurso comunicativo más pragmático y efectivo, recurrente, utilizando los criterios que elsujeto percibe como propios a modo coartada (sin descuidar el que la publicidad también es en parte responsable en la creación de esos criterios, valores u opiniones).

En el diagnóstico de Ibáñez, la sofisticación de las técnicas de comunicación contribuye de modo relevante a la pérdida progresiva de cotas de autonomía; el silenciamiento de la crítica y de la autocrítica en la “democracia del ruido (12)” nos conducen a la sobredosis de información sin sentido personal. Se consigue de este modo reproducir y reforzar la

dirección y el sentido de las relaciones de poder, con el apoyo inestimable de la estadística y de la investigación sociológica. El mito de la información perfecta es cada vez más insostenible, especialmente conforme aumenta el desarrollo tecnológico y la revolución de la información. La tecnología no elimina, aunque potencialmente podría hacerlo, las barreras sociales. Los monopolios y los controles sobre la información limitan la introducción de estructuras participativas igualitarias, y provocan grandes críticas y sospechas acerca de los mecanismos de manipulación que encierran. La información, la propaganda, la publicidad (13) son variables que intervienen en cualquier aproximación teórica a los conceptos de manipulación o el control social, tan cercanos a los claroscuros a la participación que hemos identificado.

Tengan o no base real, las sospechas y las presunciones son un ingrediente más que espesa el caldo de cultivo para la desmovilización, el desinterés y la pasividad de las mayorías. Los conceptos de opinión pública y de sociedad civil, en una utilización marcadamente politizada e ideologizada, conducen a la incomunicación social, entre las elites políticas y los ciudadanos, pero también entre los ciudadanos entre sí.

La lejanía percibida entre extremos conduce a la oposición irresponsable, indiferenciada, a la crítica destructiva, a la estigmatización de aquellos percibidos como adversarios en intereses. La sensación negativa de autosuficiencia, por oposición, impide la más mínima relación constructiva, en el seno de un proceso de ping-pong de estigmas altamente peyorativos.

Provenga de donde provenga, la pasividad es respetable pero no puede hacerse militancia de ella. Igual que es duramente criticable la actitud y la responsabilidad de la clase política en la crisis de las democracias, lo es el desinterés ciudadanos, por más justos o argumentables que sean los motivos. La violencia de la calma, de la pasividad, en un campo de actuación e implicación tan importante para la vida en comunidad, son fiel indicador de violencia cultural (14) alimentada desde la base social.

Aprovechando esa pasividad indolente, se presenta una realidad compuesta por valores absolutos inalterables e indiscutibles, que insisten machaconamente en la mentalidad dicotómica de superación de las crisis, en sentido amplio, y que nos impide analiza la complejidad de la realidad social.

Esos discursos repetitivos empobrecen la capacidad colectiva de ampliar lasperspectivas, perpetúan procesos psicosociales de rutinización, procesos claramente rebasados por el mundo social real, cotidiano.

No se puede silenciar la responsabilidad de los medios, entendidos como actores sociales, en la desactivación de determinadas formas de organización social y de participación en la resolución de los problemas de los sistemas sociales, en la reproducción de relaciones de poder, de correlaciones de fuerzas totalmente alejadas de cualquier ideal participativo.

Los medios de comunicación de masas se han convertido, en apariencia, en los únicos actores capacitados para comprender y explicarnos la realidad en todos sus aspectos, y hacérnoslas llegar; adquieren el carácter de instrumento normativo que domina y controla usos y costumbres de grupos sociales y de modos de vida.

Se empobrece la concepción del mundo, la cultura del espectáculo lo impregna todo, resultan minimizados los valores culturales y sociales autónomos… La democratización y la participación en la producción, difusión y utilización de la información, constituyen otros de los desafíos a abordar.

Desestabilización de las democracias representativas

Es cotidiano escuchar constantes cantos de sirena sobre este particular, no únicamente por la actuación de la clase política y por el alejamiento ciudadano respecto de la política, sino por los intereses de la “oligarquía del dinero”, profundamente concentrada en reafirmar el desequilibrio en la correlación de fuerzas para la participación en la definición y ejecución de alternativas. Los procesos de desestabilización cobraron especial fortaleza en los 80, especialmente en la sociedad norteamericana, y han ido reproduciéndose en cada vez más contextos democráticos.

Argumentos como estos ya fueron expresados desde la Teoría Crítica; autores de la Escuela de Frankfurt como Fromm y Marcuse ya caracterizaron con amplitud en su crítica radical al concepto de cultura, su perspectiva acerca de los “ciudadanos unidimensionales” (15) (autistas, volcados hacia el ámbito privado, “mutilados” en términos participativos y de cooperación en la transformación de las realidades que les afectan) y el miedo a la libertad. En el contexto actual, su diagnóstico volvería a reproducir los auténticos obstáculos a la construcción de alternativas participativas que estos y otros argumentos plantean. En palabras de Fromm: “El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando, en realidad, desea únicamente lo que supone socialmente que ha de desear” (Fromm).

Estos hechos sociales, los argumentos, si efectivamente concluimos que tienen base real en nuestra sociedad y en las sociedades de nuestro entorno, constituyen clarísimos obstáculos que van socavando constantemente las alternativas de participación ciudadana y cualquier iniciativa social activa con voluntad de introducir cambios. Esa

extensión global, ha sido comparada con una enfermedad, de modo que se ha hablado incluso del “Sida de la democracia representativa”. Hay alternativas y se puede actuar participativamente para frenar y revertir la expansión del virus.

Ordenemos las ideas. Las desigualdades empiezan a manifestarse a través del dinero, de la polarización social, de las desigualdades con origen socioeconómico. Continúan con la intervención de los medios de comunicación de masas. Intereses económicos y mediáticos hacen un flaco favor a las democracias representativas y a su fondo participativo. Si no se pone coto a esta tendencia, está empíricamente analizado y difundido en la literatura especializada, las democracias se oligarquizan.

Cuando se desdibujan las formas de participación, también lo hacen las alternativas, como auténticos vasos comunicantes, al igual que lo hacen las formas de militancia y otras formas de ver la sociedad. Únicamente se hacen perceptibles las diferencias individuales por el dinero que se posee. Ese tipo de diferenciaciones individualizan de manera altamente peligrosa las sociedades y dibujan escenarios de futuro muy poco halagüeños.

Ahí se encuentra el núcleo de la muerte de la política, entendida como la intervención activa de los ciudadanos, de los grandes colectivos, de la res publica. Instituciones hacia abajo hay un precipicio imposible de escalar desde las bases, el precipicio es tal que, mezclado con la comodidad y la pasividad, diagnostican males crónicos de altura y de bajura (respectivamente). Esa muerte de la política corre paralela e interrelacionada con una participación enferma, en crisis (en el sentido occidental, lo que hace más difícil crear las alternativas para salir de ella), manoseada, que vegeta, moribunda. Las desconfianzas cruzadas se instalan, percolan en la sociedad, se enquistan en ella.

Ámbitos importantes de la vida política, formalmente participativos (definidos como tales por la acción participativa) son coto vedado de “caza”, en el cual los ciudadanos son los agentes pacientes pero no los sujetos activos. Lo que ocurre es que este tipo de dificultades no son “problemáticas sentidas”, no constituyen interrogantes que importen, las atribuciones de responsabilidad siempre son externas, alejadas, siempre ese tipo de cuestiones competen a otros. El vicio de la gobernación mediática hace el resto.

Relación micro (contexto local) macro (contexto global). Extensión de la crisis de la democracia y de la política

Si transcendemos nuestro ámbito más cercano, más próximo, el local (cuestión intelectual y materialmente cada vez más dificultosa), observamos cómo las democracias de corte occidental, y más concretamente las europeas, parecen estar atrapadas en una profunda contradicción.

Los ciudadanos “representados” no dejamos de pedir al Estado (en sus distintas manifestaciones territoriales y competenciales), pero simultáneamente, prejuzgamos y condenamos de modo sumarísimo a sus agentes o representantes.

Lamentablemente, esa contradicción responde a la concepción estrictamente occidental del término, por contraposición a la idea china de contradicción. Para la civilización china (16), las contradicciones, las crisis no son sino los puntos culminantes de un proceso de replanteamiento radical (que va a la raíz) de cual que se extraerá un estadio muy por encima del que estuvo en el origen de la crisis.

Para nosotros, alejados de la concepción china de las crisis, las contradicciones son el final del trayecto, la estación término, el corte definitivo de las vías, el precipicio al final del camino. La influencia del paradigma científico cartesiano y de las formas de pensamiento que se derivan, nos lleva al atolladero de, una vez diagnosticada una contradicción seria, termina el proceso, se empieza desde cero, descartando todos los ingredientes o variables que llevaron a la contradicción. El pensamiento dicotómico o sectario es una manifestación intelectual más de ese estilo de afrontar las crisis, las dificultades, las contradicciones.

Dicho esto, es un secreto a voces que el fenómeno del aumento de la abstención en las consultas electorales (por sufragio), deja patente la crítica, el malestar generalizado hacia los dispositivos institucionalizados en las democracias representativas, cuya utilización e implementación se interpreta como vergonzante, en la medida en que pervierte la democracia misma.

En las condiciones actuales de profundización en las inercias y bloqueos, en las “servidumbres, déficits, clientelismos y miserias” de determinadas formas de participación reglada, parecería como si el “fenómeno” se tornara irreversible ante nuestros ojos y ante nuestras manos, a menos que se sienten progresivamente las bases para revertir y transformar esa realidad bloqueada, en la que malvive la participación.

En cualquiera de los ámbitos territoriales o jurisdiccionales, la abstención electoral es el común denominador, incluso alcanza su cima en contextos internacionales (incluso en la democracia estadounidense). Se vincula cada vez más a la aparición de una clase política modelada al amparo de los vientos de la regionalización del sistema mundial, de

la tripolaridad EE.UU., Unión Europea y Japón (con sus respectivas áreas deinfluencia), vientos que han ampliado sus límites.

Determinados analistas internacionales consideran que esa clase política se refuerza y se estructura siguiendo estructuras dinásticas, pseudoprofesionales, “familias hereditarias de intereses”. Ese tipo de consideraciones no son exclusivas de estos intérpretes, no son extrañas para munícipes o ciudadanos en cualquier ámbito territorial europeo.

Es innegable que existe una falla crecientemente pronunciada, la disociación entre los ciudadanos y sus representantes, falla que nos conduce hasta un diagnóstico preocupante pero realista, que no es otro que la definición de los regímenes políticos occidentales como representativos, parlamentarios o plenarios (en el ámbito local) pero no democráticos.

En el seno de esta dinámica “viciada” y poco edificante de funcionamiento, no son esporádicos los discursos en los cuales los representantes de los ciudadanos emplean, en momentos puntuales, argumentos que priorizan la legitimidad democrática de su representatividad por encima de los derechos y necesidades de los ciudadanos, de manera que sólo la siguiente contienda electoral otorgará a los electores (que no al conjunto de la ciudadanía) la capacidad para aprobar o desaprobar sus gestiones. La esencia democrática queda reducida a los diez minutos dedicados a las elecciones cada cuatro años, mientras que las prácticas e interacciones de naturaleza participativa son subsidiarias, cuando no, carne de cañón para utilizaciones pseudopublicitarias y sesgadas.

Por supuesto que esa esencia es mucho más democrática que las propias de regímenes que soslayan y socavan sistemáticamente y de raíz (sea cual sea su derivación ideológica) los derechos más elementales de la ciudadanía, rechazando cualquier mínimo resquicio de democracia representativa.

Pero eso no es suficiente, no responde a los interrogantes:

¿Por qué las elecciones, por sí solas, no son propiamente democracia?

¿Por qué las formas de democracia desarrolladas son ajenas a la participación real y efectiva de los representados? ¿Por qué no hay “pueblo”, ciudadanía o participación popular, propiamente dichos?

¿Podemos construir, buscar nuevas formas de expresión, otras formas de participación en la vida social cotidiana?

La disociación que venimos caracterizando, la falla, sólo es inteligible como una vivencia, en cierta forma, alienada, conformista. Y aquí aparece otra vertiente a analizar dentro de la misma contradicción; la falla se ensancha en un tiempo histórico en el que la radio, la prensa escrita, la televisión y las nuevas tecnologías de transmisión de datos e informaciones en tiempo real, permitirían informar a los ciudadanos y “democratizar” el conocimiento, como paso previo a la participación ciudadana efectiva.

Los dirigentes de los partidos políticos (manifiestamente no muy preocupados), en un clima desfavorable, a contracorriente, minoritario y socialmente desprestigiado, parecen no ser más que simples “forofos” en el sentido norteamericano del término, festivos, de “telemaratón”. En esa realidad con rasgos autistas, proliferan parte de los militantes políticos que quieren dedicarse a la carrera política, de modo análogo a como representantes de la clase burguesa de antaño, del siglo XVII, querían entrar a formar parte de la nobleza más distinguida.

Ante estas coordenadas, los ciudadanos, víctimas (17) de la frustración y de la desmoralización (siempre destacando la cara inversa, las posturas acomodaticias, indiferentes convencidos, irresponsables o impotentes) acaban por perder o dejar alejarse las más mínimas referencias ideológicas y, no sólo eso, se sienten sin recursos,

menospreciados y minusvalorados.

En sus manifestaciones más reactivas, la frustración provoca un activismo participativo (participacionista en términos sociológicos) que trata de recobrar la vitalidad (sí es que alguna vez a existido como tal) y de hacer rebrotar espacios para la aparición de instancias o contra-poderes pretendidamente democráticos, pero con escasa capacidad. Sea como fuere, estas instancias son testimonio de o indicador imparable del alejamiento de los ciudadanos de las formas o cauces tradicionales (tradición que en el caso español tiene el agravante de contar con tan solo veinticinco años de prevalencia) de la vida política representativa y de la voluntad de participación y el encauzamiento de las actividades que afecta a la comunidad local.

Un indicador más de debilidad de las democracias representativas, en principio sorprendente, tiene que ver con la cercanía a la clase política “profesional” y a su área de influencia (que simula la figura de los círculos concéntricos, en términos arquitectónicos) de aquellos que hablan de modernizar la política. Esa proximidad, al menos por el momento, aborda la consecución de los objetivos, por poco ambiciosos que estos sean, en la medida en que reproduce discursos, tendencias y tics que están en el origen de la degradación del modelo, siempre en términos participativos.

Las formas tradicionales del sistema representativo son, en principio, indiscutibles (que no inflexiblemente inmutables), pero el horizonte de posibilidades que ha generado es estrecho y pobre. Y lo es porque, no podemos perder de vista el bagaje histórico, las coordenadas sociopolíticas en las que aparecieron los dispositivos políticos antecedentes de nuestra herencia democrática formal.

Estos antecedentes nos remontan hasta finales del siglo XVIII en lo temporal, y a las revoluciones americana (177 8) y francesa (1789) en lo territorial y en lo sociopolítico. Con ellos se originó la construcción de un nuevo orden político y un proyecto social acorde al análisis de las sociedades de aquella época y su contextualización.

Los principios en los cuales se apoyaba la construcción, es decir, los derechos humanos y la separación de poderes, siguen vigentes. Pero no es menos cierto e intelectualmente asumible que desde que se forjó el “modelo republicano y democrático”, las coordenadas han girado, han aparecido nuevas y muy potentes fuerzas (como en el caso de la organización capitalista de las sociedades, en el de la capacidad científica y en el desarrollo y extensión de los medios de comunicación de masas).

En cualquier caso, ningún proyecto institucional o estatutario las ha tenido presentes (a esas nuevas fuerzas) con objetivos participativos o de profundización en la democracia real; lo que sí se ha tenido muy en cuenta, en todos los planos, global y local, y de espaldas a los ciudadanos, ha sido el orden económico que, de manera solapada e ideologizada (subterfugios propagandísticos) ha ido adquiriendo poco a poco rango de ley, imponiendo sus criterios y sus juicios. Además, aquello que no goza del soporte de legal, se consigue vía ilegalidad permitida, vaguedad legal o justificación política, o incumplimiento de la ley por el propio legislador.

Las preguntas que inmediatamente acuden son… ¿qué queda de la capacidad de la democracia política para oír su voz?; ¿preocupa realmente a los responsables y representantes políticos?

APUNTES FINALES

Hemos denominado a este último epígrafe apuntes finales y no conclusiones porque, como fácilmente se entenderá, presentar una batería de conclusiones cerradas contravendría la coherencia de la comunicación. No ha sido nuestro objetivo presentar certezas, certidumbres absolutas, sino centrar las claves de los discursos, de las realidades sociales intervinientes, de las variables y de las alternativas, no como ideas conclusas sino como substrato para instituir y construir nuevos escenarios y nuevas formas de participación.

La participación, como tantas otras variables psicosociales, se empobrece teóricamente y en la praxis cuando se interpreta en términos dicotómicos, excluyentes o extremos. Nos parece más útil recuperar la idea china de contradicción, la transcendencia de los problemas, la superación dialéctica de las líneas de falla. Para la civilización china, las contradicciones, las crisis no son sino los puntos culminantes de un proceso de replanteamiento radical (que va a la raíz), del cual se extraerá un estadio muy por encima del que estuvo en el origen de la crisis. Dicotomizar empobrece los discursos y las alternativas, y contribuye a la profundización en las inercias y en los bloqueos que están en el origen de las crisis a largo plazo.

En esa misma dirección, cualquier tipo de sugerencias de actuación o de afrontamiento de los procesos participativos tiene mucho que aportar si se concibe, y además se practica, bebiendo de un concepto de socialización distinto al tradicional, alejado de las relaciones causa-acción (socialización) efecto-reacción (resultados socializadores sobre los sujetos).

Según la ‘teoría de la socialización’ tradicionalmente manejada, los individuos asumen la normativa social a través de un proceso de socialización siguiendo un mecanismo o dinámica circular: la estructura normativa es asumida por los agentes del proceso de socialización. Una y otra están vinculadas por una relación de causación recíproca y por

eso se reproducen mutuamente. Vendría a simplificarse en “definamos unas normas y socialicemos a los actores en ellas”.

La libertad se hace posible con las distintas formas de actuar de diferentes personas, no consiste sólo en elegir entre las posibilidades dadas, sino también y sobre todo, en producir nuevas posibilidades. La democracia debe trascender la escasa participación en la producción de alternativas, no imponerlas o darlas por supuestas. Cosificar el sistema social como un sistema mecánico para poder provocar los efectos deseados consiguiendo el control sobre las causas es una entelequia participativa.

Concretando más, podemos hablar de esa realidad como la diferencia entre participar o ser participado (18). El sistema social pervive a los individuos pero, para perdurar depende de nuevos individuos que, a su vez, sufren o disfrutan de unas formas de vida en el contexto social, en las que mucho tuvieron que decir las generaciones anteriores. Permítasenos la comparación; la humanidad no es un gran supermercado de la última ola tecnológica en la que individuos indiferenciados -generación tras generación- hacen cola para comprar a precios monopolistas e invariables productos que otros han convertido en necesarios; es, por el contrario, un zoco donde los compradores tienen la

posibilidad del regateo, de la interacción, de definir sus necesidades, de modificarlas (19).

El mecanismo de la socialización hace posible la constitución ‘objetiva’ del objeto social -la libertad social “ahí fuera”, externa, ajena, otorgada- por medio de su constitución ‘subjetiva’ -la presencia de esa realidad en el sujeto individual, en cada uno de nosotros. Y al contrario, la normativa social hace posible la constitución ‘subjetiva’ del objeto social a través de su propia constitución objetiva- sólo cuando es asumida por los agentes de socialización. Se trata, por tanto, de trabajar sobre claves para la socialización activa en la participación, en proceso, constructiva, hologramática, de los ciudadanos, de los “participantes”. Pero, Los sujetos socializables no son tablas rasas o pizarras en blanco; una vez diagnosticada la situación y vislumbradas las alternativas de acción, es necesaria la implicación activa y creativa de los actores, evitando la reproducción de prácticas y recetas neguentrópicas, orientadas verticalmente desde arriba, y las posturas acomodaticias e insolidarias de esos mismos actores hacia la realidad de su entorno, de manera primaria, el más inmediato.

Con este enfoque, hemos pretendido transcender en las recomendaciones y sugerencias la teoría estándar de la socialización, que reproduce la división tradicional ciencia básica (investigador omnipotente que lanza unas recetas) ciencia aplicada (participación, relación sujeto-objeto). Se trata de construir un concepto de socialización empoderada.

La teoría de la socialización como mera interiorización ha sido crecientemente cuestionada en los últimos tiempos. Cada vez más, los estudios sobre el tema prefieren hablar de “Desarrollo Social”, de “emergencia de la competencia cultural”, de “construcción de la realidad por los niños”, etc. Son nuevas fórmulas que expresan una

perspectiva distinta de la tradicional, de un empirismo y un ambientalismo extremos. Navarro lo expresa… “Por lo que hace al trabajo sobre socialización, [en los años setenta] se abría paso la impresión de que el niño debía considerarse como algo más que un ‘recipiente cultural’, que se llena pasivamente con lo que los adultos le presentan como realidad social. La investigación realizada en muchos campos de la psicología del desarrollo indican que los niños se hallan involucrados activamente en la construcción de una cierta visión de la realidad; no adoptan simplemente de manera pasiva lo que los adultos les suministran”. (M. Bennet, 1993, pp.8).

Si la teoría estándar de la socialización fuese capaz de explicar por sí sola la constitución del individuo como sujeto social y, por ende, el mecanismo de reproducción de la realidad social, bastaría con sencillas estrategias de comunicación socializadora para conseguir la internalización en la dirección buscada (participativa, activa…). Afortunadamente no es tan fácil. Algunas experiencias de coeducación, la retroalimentación de los modelos simbólicos de identidad, dinámicos, autocontruidos, requieren de procesos a largo plazo, incluso de generaciones, que transciendan otros modelos sociales y se substancien en un desarrollo de una identidad simbólica que moviliza hacia determinados tipos de acción participativa.

Este ideal, no irrealizable, tiende hacia ciudadanos activos, no meros recipientes socioculturales de alternativas definidas externamente sino involucrados activamente en la construcción de una visión de la sociedad, próxima a elementos simbólicos, a la identidad como necesidad básica. Lo mismo ocurre en el caso de las instituciones que en el de los expertos, los científicos externos que reproducen la verticalidad hacia abajo, que está en el origen, entre otros factores, de los obstáculos y la crisis de la democracia formal.

La analogía con la tarea de crear alternativas participativas en un contexto social delimitado es casi instantánea. Los fenómenos de cambio social -de surgimiento de nuevas formas de ‘orden social’- no sólo explicables, son posibles.

Todo lo que constituye al individuo como sujeto social competente e integrado no le viene dado desde fuera -por socialización-, por que en caso contrario, ese individuo jamás estaría en condiciones de cambiar esa realidad que se le vendría impuesta desde el exterior y de la cual sería mero receptor (20). Pero es evidente que los individuos sociales no sólo son capaces de cambiar la realidad social (no podemos caer en el pesimismo que puede emanar del diagnóstico de la situación participativa ciudadana), sino que pueden y suelen hacerlo en el sentido de regenerarla con formas más y más complejas. La teoría misma de la socialización debe resultar cuestionada, y en ese proceso, nuevas formas de participación pueden verse muy favorecidas, construidas, buscadas como parte constitutiva del individuo social, como una necesidad básica satisfecha autónomamente, no como una realidad de hecho impuesta desde fuera por entes que superan al individuo, o por actores particulares privilegiados en el ámbito de las correlaciones de fuerzas y los ámbitos de poder.

La responsabilidad de la investigación social y de sus productos no es colateral. Con frecuencia, el discurso más contaminante simbólicamente es el científico. Una teoría científica tiende a devenir un sistema cerrado, en la medida en la que la teorización del saber cumple una función para el sistema, es esencial para la coherencia de las instituciones, a las que proporciona un metalenguaje común, pero también la cumple para el sujeto, cicatriza la palabra, la expresión bajo una lógica implacable.

“Nadie como el científico (es decir, el que amputa todas las demás dimensiones de su existencia) está tan alejado a la vez de lo real y de lo imaginario”. (Navarro)

Siguiendo la analogía, algo se puede aprender del concepto económico -en relación con la vida social- de Economía Budista (21) que considera el trabajo como la fuente que da al hombre una posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades, le ayuda a liberarse de su egocentrismo, uniéndose a otras personas en una tarea común. Nunca debe llegar a ser algo aburrido, sin sentido, que idiotice y enerve al hombre. La preocupación debe ser por la gente, no por las mercancías.

Tiempo atrás, el orden social generaba pocas necesidades que podían ser satisfechas para todos. En la sociedad de consumo se asiste a un cambio radical, las necesidades siempre exceden los bienes y servicios disponibles para su satisfacción, por el efecto de la publicidad que “produce”, “crea necesidades”. Ni siquiera aquellos “privilegiados” en posición preponderante ante el consumo pueden ni soñar con disponer de toda la gama de productos existentes.

Ante esta realidad (22), a modo de punto y a parte, son escasos pero crecientes los grupos de ciudadanos, en EE.UU. y en algunos países europeos que han reaccionado ante lo que consideran la esquilmación silenciosa del entorno, fruto de la acción individual y grupal, y de una idea vehemente de desarrollismo a cualquier precio. Frente al productivismo en el territorio proponen el ahorro energético, una política de infraestructuras a escala humana y de las necesidades locales, la política de suelo y, en general, unos modelos de consumo responsable que reequilibre la desigual relación entre los ciudadanos y el productivismo. Son movimientos filosófica y prácticamente muy bien documentados, formados y estructurados (simbólicamente, identitario) cuyas aportaciones no pueden ser silenciadas o menospreciadas por mucho más tiempo.

Sea como fuere no se debería apreciar todo este tipo de cuestiones desde un punto de vista bipolar, dicotómico como la lucha de contrarios; con frecuencia, aquellos elementos que parecen más contrapuestos y desligados resultan más explicativos como complementarios que como elementos dialécticamente distanciados.

El diagnóstico que compone el cuerpo de esta comunicación, puede ser traducido en términos de violencia cultural, con responsabilidades cruzadas y múltiples (como ha quedado patente) fruto de la insatisfacción de la necesidad básica de participación. Esa insatisfacción, las limitaciones de los satisfactores que efectivamente actúan y la reproducción en situaciones de violencia cultural colectiva apuntan hacia nuevas formas participativas que reviertan la definición de la situación.

Galtung define violencia cultural como: “Aquellos aspectos de la cultura, de la esfera simbólica de nuestra existencia -ejemplificada por la religión y la ideología, el lenguaje y el arte, la ciencia empírica y formal (lógica, matemáticas)- que pueden utilizarse para justificar o legitimar la violencia directa o estructural. Reflejan aspectos de la cultura, no culturas completas.” (Galtung: 1990)

Cualquier parecido con la realidad que hemos pretendido caracterizar no es mera coincidencia.

Nuestras “conclusiones” apuntan hacia un claro escenario de obstáculos que inhiben la participación. En consecuencia y siendo coherentes, concluimos que para que la participación social, en sentido amplio, recupere el peso social deseable, para ser satisfecha socialmente, como necesidad social básica individual, grupal y para las democracias mismas, precisa de una refundación no sólo reforzando su carácter de necesidad de libertad, sino también y especialmente (23) (una vez irreversibles y no amenazadas ciertas cotas de libertad) profundizando en la participación como necesidad social de identidad.

Para que la participación deje de estar vacía de contenido, para que se vaya nutriendo, abonando, se ha de alimentar desde el plano material, práctico, de recursos, pero especialmente desde el plano simbólico, cultural, ideológico, identitario, a largo plazo (incluso de generaciones), que contrarrestre las situaciones de insatisfacción y violencia cultural, que afiance situaciones de empoderamiento real.

La lógica economicista-mercantil, está parcialmente (24) en el origen y en el fondo de las carencias participativas de las sociedades modernas, y en buena lógica (apoyada por las realidades empíricas) no puede ser el nutriente, no puede fijar en exclusiva la ideología simbólica que substancie nuevos escenarios y formas de participación.

La réplica ante la progresiva eliminación de instrumentos culturales como la planificación o la participación ciudadana, el cooperativismo, incapaz de contrarrestar, muchas veces ni aparece para interferir en la libre actuación del mercado, no cuestiona la hegemonía de los agentes económicos; los ciudadanos, los sectores activos ciudadanos y especialmente los legisladores y gestores públicos deben replantearse estas cuestiones tan importantes.

Una “nueva (25)” ideología de la participación se ha convertido cada vez más, en el contexto de la crisis urbana y la crisis de las democracias, en necesidad básica, en factor limitante para reencontrar, recuperar y hacer rebrotar (como si de un manantial cultural se tratase) el discurso ciudadano, la práctica ciudadana extraviada, apagada, de lo urbano, de los ciudadanos; el gobierno, en definitiva, de nuestras ciudades y de su vida social. El empoderamiento requiere de convicciones ideológicas, de internalizaciones simbólicas, no sólo de acciones más o menos aisladas y voluntaristas.

El eje de la participación está en un origen desde abajo, horizontal, autofinanciada, guiada no por reglamentos municipales ni con financiación pública como única finalidad (conseguir recursos públicos). Ahora bien, la madurez participativa cruzada (representantes/representados) requiere de flexibilidad reglamentar, de un perfeccionamiento adaptativo de las estructuras y de los recursos, que aproveche el potencial ciudadano (las denominadas bases potenciales) y que esté dispuesta a asumir el empoderamiento, el reequilibrio de fuerzas y la pérdida relativa de cotas de poder por parte de la clase política y del funcionariado.

Este tipo de cambios sociales cualitativos pueden producirse con la transformación de ciertas estructuras y procedimientos de las instituciones ya existentes, con una transformación más profunda y, difícilmente sin el contexto de las instituciones públicas.

Sin ese rearme simbólico, la reproducción del débil modelo de participación perdurará, sujeto a vicisitudes y cambios más o menos llamativos, según sea la vehemencia coyuntural de las reivindicaciones, de sectores activos ciudadanos, o de la base ciudadana potencial.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

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VILLASANTE, Tomás R. (1984): Comunidades locales: análisis, movimientos sociales y alternativas, Madrid,

IEAL, 46.

Notas:

(1) Profesor Asociado, Dpto. Sociología II, Psicología, Comunicación y Didáctica, Facultad CC.EE., Universidad de Alicante.

(2) Profesor Asociado, Dpto. Sociología II, Psicología, Comunicación y Didáctica, Facultad CC.EE., Universidad de Alicante.

(3) Esta comunicación está inspirada en la investigación (2001) “Nuevas formas de participación y escenarios de futuro: Construcción de realidades instituyentes a partir de las instituidas” de la que también son coautores Liberto Carratalà Puertas y Javier Casanova Rodríguez, miembros del Grupo Investigador AJAES.

(4) Borja, J. Y Castells, M. Local y Global, La gestión de las ciudades en la era de la información. Taurus, Madrid, 1998.

(5) Cuadro elaborado a partir de: García Delgado, D. “Hacia un Nuevo Modelo de Gestión Local”. Oficina Publicaciones CBC U.B.A. 1997

(6). Cada ciudadano debe, por iniciativa individual, co-responsabilizarse de la satisfacción de necesidades de personas en situación de privación e insatisfacción de necesidades, en servicio de la comunidad.

(7) Estado paternalista, voluntarista, en la línea de los sectores públicos nórdicos.

( 8) No hay que convertir a cualquier responsable político en presunto culpable de corrupción, no se puede tomar una parte por el todo, y no queremos caer, por acción u omisión en ese error, en esa sinécdoque intelectual.

(9). Legislación inmobiliaria y de suelo, incumplimiento de normativas ambientales, funcionamientos “arbitrarios” de la justicia, etc.

(10). En medios con una línea editorial determinada.

(11) Sin prejuzgar la certeza o no de esas acusaciones.

(12)Alfons Garrigós, “Los dioses de la escritura: los textos de I. Illich sobre los textos”, Archipiélago, XVIII-XIX, (1994), 169-173.

(13)Jesús Ibáñez, “Residuos imaginarios y simbólicos”, Archipiélago nº 10/11, 1992, 173-182.

(14) Galtung, 1990

(15)Herbert Marcuse, El hombre unidimensional (1954), Planeta, Barcelona 1993.

(16) No es nuestra intención caer en el mito del buen salvaje o en el sesgo de atribución desfavorable al yo o al nosotros.

(18)Tomás R. Villasante, Comunidades locales: análisis, movimientos sociales y alternativas, Madrid, IEAL, 1984, 46.

(19) La Investigación Acción Participativa sobre la juventud alicantina, que conforma gran parte del referente empírico de este ensayo, mostró las posibilidades y dificultades para definir y satisfacer necesidades.

(20) Concepción estándar de la participación heterónoma, fuente de obstáculos, de incompatibilidad.

(21)Patrick Mendis, “Buddist Economics and Community Development Strategies”, Community Development Journal, vol XXIX, july 1994, 195-202.

(22) Se estima que el 20% de la población mundial consume alrededor del 80% de los recursos.

(23) Aquí reside el factor de innovación más importante.

(24) Los ciudadanos en general, las bases potenciales, el modelo de asociacionismo no son ajenos a en términos de responsabilidad.

(25) No en contenidos sino en cuanto a que pueda realmente ser llevada a la práctica.

Globalización, democracia y ciencia

Globalización, democracia y ciencia

por Sergio Ricardo Quiroga

“Lo que llamamos conocimiento es el significado social de símbolos construidos por los hombres, tales como palabras o figuras, dotados con capacidad para proporcionar a los humanos medios de orientación. En oposición a la mayoría de las criaturas, los seres humanos no poseen medios innatos o instintivos de orientación, tienen que adquirir durante su desarrollo los conjuntos de símbolos sociales de conocimiento, los cuales tienen a su vez la función de medios de comunicación y orientación. Sin el aprendizaje de los símbolos sociales dotados de esta doble función, no podemos convertirnos en seres humanos”.

Norbert Elías (1897-1990)

En una época caracterizada como de naturaleza global en los ámbitos de investigación la interpretación entre lo local y lo global, ha dado lugar a distintos estudios que tratan de comprender las formas mediante las que la globalización desde arriba penetra y reestructura las culturas y las economías locales. Al mismo tiempo se resalta que esas culturas y prácticas locales ejercen un efecto sobre las características de nuestra condición global, que se ve alterada a través de procesos de hibridación y mestizaje de significados, prácticas y símbolos que producen una amalgama.

Junto con el fenómeno del cambio económico global, del creciente poder de las empresas transnacionales y del sistema financiero internacional estamos viviendo en tiempos caracterizados por crecientes señales de fragmentación y de fuerzas sociales centrífugas. Vivimos en una época signada por la combinación de tendencias que conducen a un mundo sin fronteras, junto con otras tendencias contrapuestas que erigen nuevos límites y fronteras.

Según J. Joaquín Brunner (199 8) el esquema de globalización cultural es la expresión de cuatro fenómenos de base interrelacionados:

* El avance del capitalismo postindustrial y la universalización de los mercados

* La difusión del modelo democrático como forma ideal de la organización de las polis

* La revolución de las comunicaciones que lleva a la sociedad de la información y

* La creación de un clima cultural de época, usualmente llamado postmodernidad.

La Naturaleza cambiante del conocimiento

En un estimulante trabajo denominado “La Nueva producción del Conocimiento” Michael Gibbons, Camille Limoges, Helga Nowotny, Simón Schartzman, Peter Scott y Martín Trow argumentan que estamos asistiendo a relevantes cambios en la forma de producir conocimiento científico, social y cultural. Los autores muestran cómo esta tendencia marca un cambio fundamental hacia un nuevo modo de producción del conocimiento que sustituye, reforma o modifica a las instituciones, disciplinas, prácticas y políticas establecidas, al tiempo que coexiste con el modo tradicional.

Este nuevo modo de producción del conocimiento afecta no sólo a que conocimiento se produce, sino a la forma en que esta organizado, a cómo se produce, los sistemas de recompensa que utiliza y los mecanismos que controlan la calidad de lo que se produce.

El nuevo modo tiene un ámbito de aplicación en que las dificultades planteadas ya no vienen determinadas dentro de una estructura disciplinar, sino que poseen características transdisciplinares. Los autores identifican una serie de características que están asociadas a esta nueva forma de producción del conocimiento (la reflexividad, la transdisciplinaridad, la heterogeneidad), exponen las conexiones existentes entre esos rasgos y el papel cambiante del conocimiento en las relaciones sociales y examinan las relaciones entre la producción y su diseminación a través de la educación.

Subdesarrollo y Latinoamérica

Subdesarrollo significa desarticulación económica interna, desigualdades enormes en la productividad y el ingreso de los diversos sectores de las economías nacionales. Significa además dependencia comercial, tecnológica y política del exterior. El costo del subdesarrollo para América Latina representa más de 600 mil millones de dólares de deuda externa. La región sufrió grandes dificultades durante los años 80, período en el cual el crecimiento descendió a menos de la mitad y fue negativa en términos per capita.

A partir de 1990 se ha experimentado un breve repunte en los indicadores económicos, pero al concluir el decenio todos los países experimentaron una caída en su crecimiento con relación a 1998. Esta mejoría se da en el contexto de una continuada pérdida de participación relativa de América Latina en el comercio mundial.

En investigación y desarrollo se ha estancado en los últimos en el contexto global. La región gasta un promedio del 0.47% del PIB en investigación y desarrollo, valor insuficiente para salir del estancamiento. Su producción científica es insignificante. Participa del 2% del total mundial en materia de publicaciones.

Democracia

Hoy reconocemos que existe una doble sinergia entre ciencia y democracia y democracia y ciencia. Fayar (1990) ha hablado de “democracia tecnológica” y Petrucci (1990) de “democratización del conocimiento”. Cierto es que una democracia no será completa si los ciudadanos continúan careciendo de los conocimientos y la información que las sociedades modernas exigen para participar de modo inteligente y reflexivo en la conducción de la sociedad.

En una sociedad democrática los ciudadanos deben tener información de las cuestiones científicas que tomar decisiones conscientes y no depender de los científicos. Una opinión pública ignorante, atrasada, desinformada no puede influir en el objetivo de la carrera hacia lo desconocido que la ciencia impone y que esta cambiando velozmente el mundo que creíamos conocer.

Resulta conveniente tener en cuenta la dimensión política del acontecer científico. Como toda actividad humana, la ciencia y la tecnología están en relación con el devenir de grupos humanos.

La divulgación científica comprende toda tarea de explicación y difusión de los conocimientos, del pensamiento científico y técnico. Manuel Calvo Hernando (1999) señala que debe darse este proceso bajo dos condiciones:

* Que la actividad se desarrolle fuera del marco de la enseñanza oficial o equivalente.

* Que las explicaciones extraescolares no tengan como objetivo formar especialistas o perfeccionarlos en su propio campo, ya que lo que se pretende es completar la cultura de los especialistas fuera de su especialidad (F Le Lionnais)

La comunicación científica debería ser el instrumento para democratizar el conocimiento introduciendo la ciencia en la sociedad, contribuyendo a que el hombre medio pueda participar en la toma de decisiones sobre aspectos relacionados con el progreso científico y tecnológico, estimulando el análisis crítico que exponga los límites de la ciencia más que sus logros más sugerentes por un lado y la esencia de importantes decisiones políticas por otro.

El reto actual es lograr que los temas científicos abunden en los medios de comunicación y que la sociedad toda se interese por la acción. Es entrar y abrir un proceso de comunicación más que de difusión del conocimiento.

También debe advertir sobre las amenazas a la democracia de las nuevas tecnologías y en particular aquellas que atentan contra la intimidad del ser humano y contra la libertad individual (nuevas tecnologías de la información y avances en la biología), combatiendo la perpetuación de los sistemas de desigualdad y de los desequilibrios. El saber no debe ser un factor de desigualdad.

Junto con estas acciones se debería iniciar:

* Una campaña de concientización hacia la clase política en especial y hacia toda la sociedad en general que exponga claramente que sin desarrollo científico y tecnológico no habrá jamás desarrollo económico, político y social en los países latinoamericanos.

* Una abierta campaña de vinculación Estado-Universidad es estratégica como fuente alternativa de recursos para la investigación y para una relación más estrecha con el entorno.

* Un nuevo esquema de Cooperación Internacional.

* Una actividad coordinada de cooperación horizontal con una política internacional impregnada por nuevas estrategias en el ámbito regional. Organismos y redes subregionales como UANAMAZ, CRISCOS, AUGM, programas ALFA y otras iniciativas que han comenzado a desarrollarse.

* Un nuevo esfuerzo en la formación de recursos humanos de postgrado es crucial, imprescindible y estratégico para poder competir en el mundo.

América Latina debe reconocer, como lo hacen los países desarrollados o industrializados de Occidente hace mucho tiempo, el rol determinante de la ciencia y la tecnología en el crecimiento económico y social. Deberíamos pensar que para construir una nueva sociedad, con una economía vigorosa y próspera y un sistema social avanzado y digno se necesita de cuadros numerosos preparados en una diversidad de disciplinas y profesiones, no sólo para absorber los últimos adelantos de la ciencia y la técnica mundiales, sino también para contribuir con producciones propias al acervo de conocimientos científicos en el mundo. No es una tarea simple, ni sencilla, pero que a todos nos convoca.

(*). Universidad Nacional de San Luis.

Humanismo personificado

por Alejo Urdaneta Fuenmayor

El personalismo ha sido el fundamento de la civilización occidental desde el Renacimiento, pero desde mucho antes el Cristianismo, concebido como conjunto de principios de civilización y no como filosofía o religión, fue el creador de efectos perdurables en todos los sectores de la vida. Quiero decir con esto que se trata de un complejo unitario de civilización y cultura, nacido de la doctrina recogida en los evangelios por los seguidores de Jesucristo, sin considerar los aspectos religiosos que luego surgieron de sus acciones y parábolas.

Es, pues, la persona humana, el individuo el que constituye el centro de interés de todos los sistemas sociales y políticos desde la instauración del Cristianismo, y que asume carácter determinante en el Renacimiento. Se plantea así la valoración de la persona, para que sea la conciencia individual la que dicte modos de conducta conciliables con principios de razón. Aunque el idealismo ya no tenga el mismo peso, permanece como verdad que mi conciencia es el centro de la realidad. Conciencia significa que el concepto de universo nace de la percepción individual: El universo es mi universo, y a esa visión intransferible se vincula el correlato del yo: El mundo, pero no en su aparición física, mundanal, sino como mi visión inmediata en la realidad, porque si desaparezco yo, conmigo también desaparece mi mundo. Seguirá para los demás, sin duda, pero el único mío es el que me ha rodeado y en el que he existido y al que he valorizado, y el sentido de valoración está en todo el ámbito humano. Cuando el valor se quiere apreciar como elemento intrínseco de los objetos (los corpóreos y los incorpóreos: Materia y Espíritu en el dualismo filosófico), aceptamos que el mundo está valorizado: “Si por mundo entendemos la ordenación unitaria de los objetos, tenemos dos mundos: el mundo del ser y el mundo del valer”, afirmó José Ortega y Gasset. La vida es coexistencia del yo y de los objetos, ocuparse del conjunto que componen la existencia: seres humanos, forzosamente juntos, y las cosas de las que nos servimos.

Si todo lo que está fuera de mí o más allá de mí, no se manifiesta ni tiene expresión sino en mi propia vida; es decir si todas las demás entidades del mundo: seres humanos y objetos mundanales, se dan únicamente en mi realidad radical, a esa mi vida corresponde el primado en el concepto del universo. De allí que la realización de los valores sólo tiene sentido para mí, que es vida individual.

Volviendo al Cristianismo como fuente del concepto de la individualidad, anotamos los caracteres que distinguen a la civilización cristiana, tomados de estudios filosóficos: 1.- Superioridad de la persona individual sobre el grupo; 2.- Igualdad fundamental de todos los hombres; y 3.- Fraternidad. Tales principios conducen a la secularización de la vida social, puesto que en la medida en que se realicen en un individuo aquellos valores, trascenderán al mundo colectivo. La persona es la finalidad del grupo, y éste un instrumento al servicio de los individuos, para que puedan cumplirse de ese modo los valores más altos en beneficio de la totalidad.

Erasmo de Rotterdam ha sido, quizás, el ejemplo del individualismo mejor realizado. El pensador holandés concedía a todas las ideas sus derechos, y no le espantaba la diversidad del mundo ni sus contradicciones. El espíritu humanista no valora las contradicciones como elementos hostiles, y busca una unidad superior. Erasmo sabía conciliar el Cristianismo y la Antigüedad, libertad de fe y teología escolástica, Renacimiento y Reforma. Y la vía del humanismo para lograr ese acuerdo fue para él la cultura, el cosmos vivo en la sociedad, porque se requiere de orden y armonía para que pueda hablarse de cosmos.

Es claro que hay mucho de optimismo en estos planteamientos, porque el hombre es la unión de la virtud y de las pasiones irracionales, y nunca en la historia ha habido tregua en estas oposiciones. Si vemos la presencia continua de la guerra, llegamos a un callejón cerrado: habrá guerra mientras exista el hombre. Hasta los cristianos de doctrina la practicaron. “Se ha llegado a tal punto, que pasa por bestial, necio y anticristiano el que se abra la boca en contra de la guerra”, admitió Erasmo, para decir luego: “Todo derecho tiene dos aspectos, todas las cosas están teñidas y descompuestas por el partidismo”.

Las religiones pregonan la paz pero muchas veces la han olvidado. Un connotado médico psiquiatra venezolano atendió una pregunta que le hizo el periodista: ¿Por qué usted que tiene una formación tan sólida y cuenta con talento y valores humanos, por qué no ha intervenido en la política?