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Democracia siglo XXI

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"Ricardo Viscardi"

Fue cuando nos miamizamos

francia

Por Alma Bolón*

Alma Bolón.jpg*Alma Bolón Pedretti (Montevideo1955) es doctora en letras, docente e investigadora. Estudió ciencias del lenguaje en la Universidad de Paris. Actualmente es docente de Lingüística Aplicada y Literatura Francesa en la Universidad de la República. Es autora de varios libros y artículos sobre lengua, discurso y literatura comparada.

 «La teoría volverá y sus problemas serán de nuevo descubiertos el día en que la ignorancia haya ido tan lejos que solo arrojará aburrimiento. Ese momento tal vez esté cerca. ¿Otro poco más de ignorancia? ¿Por qué no?». Con este amargor consideraba Philippe  Sollers lo acaecido en Francia entre 1968 y 1980. Si Sollers erraba al atisbar la inminencia de un viraje que nos devolverίa al bien, acertaba en la caracterizaciόn de los 80 como una época reacia a la teoría y entregada a la ignorancia.

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Por «miamizarse» puede entenderse un momento, situado en los comienzos de los años 90, en que el imaginario asociado a EEUU pegó un vuelco, alcanzando una novedosa legitimación. No se trató, simplemente, de la «americanización» de la sociedad, con el el pop corn y  la coca cola irrumpiendo en las salas de cine y los MacDonalds  sustituyendo los cafetines de barrio. Se trató de la desacomplejada asunción de un norte en que el sur relumbraba exitoso, como lo mostraban su perenne bronceado, su casi infinita capacidad de consumo y la muy chévere banda sonora que acompañaba el vivir. Esa miamización poco tenía que ver con el recibimiento que 100 años atrás los trabajadores tabacaleros y los cubanos de Tampa o de Cayo Hueso había dispensado a José Martí, poeta y exiliado, letrado y conspirador perpetuo, maestro de poetas. Sí tenía que ver con un mundo en que letras y política habían cedido el lugar a la adaptación a un rango de consumo, que incluía tiempo entretenido, producido por las llamadas industrias culturales. Un mundo sin historia, entusiasta de la univocidad, reacio a la interpretación, a la escritura y al libro, siempre bajo sospecha de constituir cualquiera de estas actividades irremediables pérdidas de tiempo.

Manifiestamente, este vuelco coincidió con la caída del Muro de Berlín y adhirió a la convicción de que en lo sucesivo el mundo tendría un solo lado, un solo polo, una sola vereda, una sola ribera, una sola cara, un solo presente y un solo futuro.  En Uruguay, coincidió con la salida de la dictadura cívico-militar; esto dio lugar a otra infeliz coincidencia, en el plano de las ideas y de sus emociones. Porque, simultáneamente, como maneras de superar esa cursilería sangrienta que habían sido los militares, desembarcaron en Uruguay dos discursos de orígenes, de edades y de trayectorias disímiles, pero que quedaron si no confundidos, por lo menos confundiendo. Por un lado llegó un pensamiento elaborado en Francia, en el correr de los años 60 y 70, forjado en polémica apretada con cierto saber instituido (encarnado en nombres como Sartre, Malraux, Camus, Aragon) cuyos límites y comodidades eran enjuiciados y subvertidos. Por otro lado, llegaron la visión y la preceptiva sociológica, originada y sustentada por organismos internacionales, y que venían a acomodar la enseñanza  -las famosas « reformas » que hasta hoy nos asedian- a los nuevos tiempos, tiempos empresariales, patronales, pragmáticos, económicos.

La recepciόn diferida de Foucault, Barthes, Lacan, Derrida o inclusive de Bourdieu, hizo que estos llegaran ya recortados del diálogo que los había hecho nacer, del pensamiento contra el cual habían venido a ser, y que había quedado del otro lado de la dictadura. Con esa llegada a contratiempo que los separó de sus antagonistas, su mordiente y su fuerza subversiva se apagaban o, mucho peor, se entendían en la clave profundamente reaccionaria del pensamiento sociológico y tecnocrático, abocado a «modernizar» las estructuras «obsoletas» de la enseñanza. Acusada de anacronismo (enseñanza libresca, enciclopédica, «bancaria», despegada de «la realidad», es decir, del mercado laboral) o de elitista (enseñanza de lo que reproduce la injusticia social) la enseñanza quedó pedaleando en el vacío, aunque provista de una prόtesis que simulaba su movimiento. (Las políticas culturales.)

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«La teoría volverá, como todas las cosas, y sus problemas serán de nuevo descubiertos el día en que la ignorancia haya ido tan lejos que solo arrojará aburrimiento. Ese momento tal vez esté cerca. ¿Otro poco más de ignorancia? ¿Por qué no?». Con este amargor consideraba Philippe Sollers lo acaecido en Francia entre la primera ediciόn de Théorie d’ensemble y su reedición 12 años después, es decir, lo sucedido entre 1968 y 1980. Si Sollers erraba al atisbar entonces la inminencia de un nuevo viraje que nos devolverla al bien, acertaba en la caracterización de los 80 como una época reacia a la teoría y entregada a la ignorancia y, en consecuencia, al aburrimiento.

Esos 80, que pronto verán morir a Roland Barthes (1980), Jacques Lacan (1981) y Michel Foucault (1984), Sollers puede contrastarlos con el aire revolucionario que se respiraba en Francia en los 60, en particular, con la atmósfera en que se nutría el grupo Tel Quel que, justamente en 1968, habίa recogido en el volumen Théorie d’ensemble artίculos de Derrida, Foucault, Barthes, Kristeva e integrantes del propio grupo (Sollers, Ricardou, Pleynet, Thibaudet, Baudry, etc.). En una entrevista [2] realizada en 1963 bajo el título «El porvenir les pertenece», el entrevistador iniciaba el diálogo con los miembros de Tel Quel con una pregunta, hoy difícilmente imaginable, que inquiría sobre a quiénes odiaba este grupo. Aunque el entrevistador rápidamente procurase reemplazar «odiar» por «detestar», y aunque los jóvenes entrevistados en su respuesta trocasen el «a quiénes odian» por un «qué detestan», desde el arranque del diálogo saltaba a la vista que se trataba de un grupo de combate, constituido de amores y de odios finamente meditados. Entre estos últimos figuraban el periodismo disfrazado de literatura y el afán divulgador, pero también el discurso especializado, el discurso de los «especialistas». Por eso, los jóvenes entrevistados reivindicarán la novela (si nouveau roman, mejor), la poesía y el ensayo, como géneros de combate, capaces de erguirse contra las falsas apariencias, contra las «fronteras», las «instituciones», las «especialidades». Contra las obviedades del sentido y contra el catálogo de lo posible, la oposición consistía en escurrirse del reticulado dominante, en ser llevados por la escritura y su fuerza reveladora.

Sollers, en ese mismo prόlogo a la reediciόn de los 80 de Théorie d’ensemble, sintetiza inmejorablemente el espíritu que rondaba: «Lo esencial de este libro atañe a un sueño: unificar la reflexiόn y desencadenar a partir de ella una subversiόn generalizada. Esa ‘unificaciόn’ venίa de una conciencia aguda de los poderes posibles de la literatura que una represiόn [refoulement] habitual se dedica a minimizar, a frenar, a subordinar». Como se ha observado y a menudo criticado (por ejemplo, por Alain Badiou, constantemente crítico hacia el pensamiento que reduce el mundo a lenguaje y cuerpos[3]), en las obras de estos años, la escritura literaria, es decir, la escritura atenta al lenguaje en tanto que materialidad provista de un orden propio, se practicaba no solo en los géneros estrictamente literarios, sino también en las obras de filosofίa, de crítica literaria y de historia, desdibujando sus fronteras, atravesables en andas de metáforas y de homonimias, que de paso desdibujaban las maneras rutinarias de entender el mundo. El género «ensayo» fue entonces un género de combate intelectual, es decir, político.

A modo de síntoma ilustrativo del cambio de época que observaba Sollers en 1980, hoy podemos identificar El demonio de la teoría, libro publicado por Antoine Compagnon en 1998, ensayo brulotístico cuyo subtítulo anticipa el nombre de la fuerza que vuelve por sus fueros: «literatura y sentido común». Haciendo honor al retorno de esta vieja virtud, Compagnon da su versión de lo acontecido: los franceses nunca habrían tenido cabeza para la teoría, al menos hasta la «flambée» de los años 60 y 70, en que «con la fe del prosélito», habrían decidido recuperar en un relámpago el siglo de atraso producido por no haber tenido hasta entonces nada parecido ni al formalismo ruso, ni al Círculo de Praga, ni al New Criticism anglo-estadounidense, ni a la estilística de Leo Spitzer, ni a la topología de Curtius, ni al antipositivismo de Benedetto Croce, ni a la crítica de las variantes de Gianfranco Contini, ni a la escuela de Ginebra y la crítica de la conciencia. Los «miríficos años 60» habrían «reinventado la pólvora», produciendo, con su inocencia y su entusiasmo, la ilusión de un avance hacia lo que Lenin pedía con firmeza («Desarrollar la teoría para no quedar rezagados con respecto a la vida») y que Althusser convocaba bautizando «Teoría» la colecciόn que dirigía en la editorial Maspero. Sin embargo, agrega Compagnon, la teoría literaria no habrίa logrado deshacerse del lenguaje común y corriente sobre la literatura, no se habría desprendido del lenguaje de los lectores y de los aficionados, a saber: «literatura», «autor», «intenciόn», «sentido», «interpretaciόn», «representaciόn», «contenido», «fondo», «valor», «historia», «influencia», «período», «estilo», «originalidad», «historia», etc.[4].

Más allá de la frágil premisa («los franceses no tienen cabeza para la teoría»), la consiguiente ejemplificaciόn, contra cualquier tradiciόn, excluye a Saussure o a Bally y olvida la reflexiόn que siempre acompañό en lengua francesa (independientemente del lugar de nacimiento) el ejercicio de las letras, a veces haciendo de la propia escritura poética el lugar de la reflexiόn y a veces reservando a su teorizaciόn un lugar aparte[5]. (Téngase en cuenta, por ejemplo, desde la Défense et Illustration de la Langue française, suerte de manifiesto del siglo XVI compuesto por el poeta Joachim du Bellay, hasta los manifiestos surrealistas del siglo XX, pasando por el Arte Poética de Boileau y  las Querellas de los antiguos y los modernos en los siglos XVII y XVIII y por las reflexiones que en el XIX llevan adelante Victor Hugo, Théophile Gautier, Honoré de Balzac, Charles Baudelaire, Émile Zola, Isidore Ducasse, Mallarmé, Marcel Proust y otros numerosos creadores que meditan sobre las artes y el ejercicio de las letras, adoptando posturas teόricas.) Y, hace más de 60 años, en página de homenaje a Jules Supervielle, Jorge Luis Borges al afirmar que «no hay literatura más selfconscious que la de Francia»[6], estaba señalando esa incesante labor teórica que acompaña el ejercicio de las letras francesas. Contrariamente a lo que sostiene Compagnon, podrίa pensarse que «la teorίa» de los años 60 fue menos un intento fallido de ir contra una naturaleza nacional poco propicia para la reflexiόn teόrica que un exacerbamiento de un pensamiento activo durante siglos, presente en poéticas, manifiestos y ensayos.

En cuanto al destino que ese pensamiento recibiό y que Compagnon muestra como una prueba en contra -convertirse en materia didáctica, en metodologίa mecánica de análisis-, sin duda el crítico tiene gran parte de razόn, aunque difícilmente ese destino gris sea revelador de las fallas del entusiasmo teόrico de los años 60. (Por cierto, este es el destino propio de mucha teoría, sea de la disciplina que sea, atrapada en el discurso escolar, con sus simplificaciones extremas y sus exigencias de claridad comunicable.)

De hecho, puede pensarse, la conversiόn de una reflexiόn teόrica que, con entusiasmo, ponía en tela de juicio categorίas que cierto siglo XIX habίa entronizado en su evidencia («autor», «intenciόn», «influencias», «originalidad», etc.) en un método que permitiera analizar textos y de paso atravesar con éxito la instituciόn escolar, revela mucho más sobre la fuerza arrolladora que se instalό luego de los 60 que sobre las debilidades intelectuales de las teorías metodologizadas a prepo. Teorías que eran ilustraciones del deseo de saber, y del deseo de subvertir el saber, pasaron a ser recetas, en el mejor de los casos.

Porque, precisamente, en los años posteriores a los 60-70, va tomando fuerza un discurso que, en nombre de una serie de palabras fetichizadas (eficiencia, eficacia, éxito, crecimiento, consenso, gestiόn, empresa, competitividad, relatividad, flexibilidad, desregulaciόn, riesgo, ganancia, Bolsa, desafío, etc.), abomina de la ideología, de la política, de la teoría y de todo aquello en que un pensamiento se hace presente de forma crítica, no inmediatamente recuperable por un mecanismo de contabilidad. Lo concreto, lo obvio, lo instrumental y lo cuantificable son reclamados y celebrados, mientras se vitupera lo abstracto y lo universal, asociados a una  modernidad pretendidamente perimida e incluso fracasada.

En Francia, los años 80 y 90, conducidos por los gobiernos de François Mitterrand, con la fuerza moral de resultar de «uniones de la izquierda» (PS y PC, por lo pronto en la primera etapa) impulsaron un aggiornamento que ya tenίa incluido el entierro de la muy moribunda Uniόn Soviética y de los países socialistas y, junto con esto, el alegre funeral de la política (exceptuado el juego electoral, para aquellos que, realmente, no pudieran prescindir).

Muertos, o por morir, los países llamados «socialistas», el universo de algύn modo asociado a ellos también fue alcanzado por esa forma de derrota; de cierta manera, sindicatos, partidos de izquierda, proclamas, huelgas y manifestaciones quedaron rociados por la sospecha suprema: ¿para qué? Para qué el conflicto y el enfrentamiento si, estaba visto, solo había un lado posible, si el mundo había demostrado su inconmovible unilateralidad. Para qué la teorίa y el lenguaje, si, estaba visto, no había nada más que pensar ni nada más que criticar, puesto que el mundo ya era un hecho consumado, al que solo cabía adaptarse. La polίtica se redujo al cálculo de lo posible, la teoría se volviό una metodologίa y el lenguaje se propagandeό como instrumento de comunicaciόn.

Literatura, reflexiόn, subversiόn: si en los 60 los enlazamientos entre las tres prácticas eran lo suficientemente intensos como para que encarnaran el sueño del grupo Tel Quel, en los 80, la evidencia del sueño se habίa desdibujado. Claro que, puede pensarse en el Montevideo de 2016, no tanto sin embargo como para que se volviera superflua la reediciόn (12 años después) de un libro salido de ese deseo. Porque, si luego vino la ignorancia y el aburrimiento, las obras del sueño permanecieron, como lo muestran diversas formas de continuidad de la resistencia.

2)

Este no fue el caso en Uruguay: la ignorancia y el aburrimiento se instalaron sin que hubiera  sospecha, salvo excepciones, de que lo eran y aunque esa instalaciόn demorara hasta los 90, por la fuerza conservadora de la dictadura cívico-militar.

En el plano intelectual, la notable excepciόn fue La República de Platόn [1993-1995], suplemento dirigido por Sandino Núñez en el que escribieron regularmente Ruben Tani, Amir Hamed, Ricardo Viscardi, Gustavo Espinosa, Mario Maciel y otros. Con conocimiento de causa, es decir, con conciencia de lo que había sido puesto en juego -en movimiento y en crisis- por el pensamiento francés de los 60, los autores de La República de Platόn calibraban sin indulgencia lo que se estaba instalando en el Uruguay de los 90, arremetiendo con un espíritu  irreverente y cáustico que actualizaba la revuelta. Cerrado el ciclo del suplemento, Sandino Núñez, Gustavo Espinosa, Ricardo Viscardi y Amir Hamed proseguirán con una excepcional obra ensayística y de ficciόn, caracterizada por la intransigencia ante las redundancias del pensamiento y las conveniencias personales[7].

De manera predominante, la inercia conservadora de la dictadura, especialmente en los planes y programas de enseñanza en Primaria y Secundaria, en cierta forma preservό, a pesar de la destituciόn masiva de docentes comprometidos con un ideal de emancipaciόn, contenidos curriculares que a través de la lectura y de la escritura ofrecían conocimientos generales sobre historia, geografίa, literatura, filosofía, idioma español, ciencias naturales, física, química, matemάtica. Predominaba un sentido común que admitίa sin mucho cuestionamiento las ventajas del saber y los beneficios del poseer conocimientos, resumidos en un «saber es poder» modesto e imperioso. La dictadura cívico-militar no interrumpiό esta convicciόn ni mucho menos la interrogό o la criticό, sino que, excepto alguna estridencia estimada subversiva, mantuvo lo que venía de épocas anteriores.

De hecho, la suspensiόn, o no renovaciόn, del vínculo con los contextos teόricos críticos franceses se había producido antes, durante los años 60 y 70 previos a la dictadura. En efecto, la consulta del archivo en línea de las bibliotecas de la Universidad de la República muestra contrastes interesantes, si se comparan las fechas de ediciόn del acervo bibliográfico correspondiente a dos autores contemporáneos, como son Jacques Lacan (1901-1981) y Jean-Paul Sartre (1905-1980), que en el catálogo general de la Universidad ostentan respectivamente uno 52 registros y el otro 88. Sin embargo, de los 88 registros bibliográficos correspondientes a Jean-Paul Sartre, 77 remiten a ediciones anteriores a 1973; en cambio, con Jacques Lacan sucede lo inverso, puesto que en los 52 registros bibliográficos hay solo 8 que son anteriores a 1973. En cuanto a Michel Foucault (1926-1984), este autor cuenta con 133 registros, de los cuales solo 11 corresponden a ediciones fechadas en 1973; de los 61 registros correspondientes a Jacques Derrida (1930-2004), solo 5 están fechados en 1973 o antes.

 

Estos datos permiten interpretar que aunque los autores franceses de los años 60 no eran totalmente desconocidos antes de la dictadura, su entrada más notoria se produjo en la postdictadura aunque de manera muy paulatina e, inclusive, secreta o discreta [8]. (En el caso de Foucault, 111 registros sobre 133 están fechados a partir de 1986; Lacan tiene 33 registros sobre 52, a partir de 1986.) El caso de Sartre, intelectual si bien muy activo en el plano polίtico hasta entrados los años 70, inclusive en la coincidencia con sus detractores de los 60, es lo opuesto, por su abundante presencia bibliográfica antes de la dictadura [9].

Aquí conviene detenerse. En su libro de memorias, Philippe Sollers identifica el escenario principal -el año 68 y la universidad- y el poder intelectual desafiado por la revuelta de entonces. En aquellos años, rememora Sollers, era impensable que la prestigiosa colecciόn de la Pléiade editara a Sade, lejos estaban Foucault y Barthes del Collège de France, las carreras internacionales de Derrida y Kristeva eran inexistentes, Lacan era apenas conocido, Breton era ocultado y Céline era maldito. Quienes así disponían este estado de cosas -el poder- eran Sartre, Camus, Malraux, Aron, Aragon, Mauriac, afirma Sollers[10]. Autores, puede decirse, en general poco predispuestos a otorgar una particular atenciόn al lenguaje. El pensamiento de los años 60, en Francia, será un desafío a este orden instituido, al que le imprimirá un formidable giro. Y de este enfrentamiento intelectual, estético y literario, que tiene en su centro una particular relaciόn con el lenguaje y con la política, llegarán escasísimos ecos a una Montevideo predictadura, que estrena con alborozo tercermundismo y latinoamericanismo.

Al iniciarse la posdictadura, cuando empiecen a circular con mayor insistencia, aunque no sin reticencias, los nombres de los autores franceses de los 60, los términos de la contienda que los hizo nacer estarán apagados, y Sartre, Camus, Malraux o Aron habrán pasado a un segundo plano y sus obras muy poco dirán a los nuevos lectores.

Si antes de la dictadura estos eran los autores que prevalecían en Uruguay, luego de la dictadura el elenco se renovará, pero esta sustituciόn no alcanzará a dar cuenta -salvo como dije para un escaso número de escritores congregados en La República de Platόn- del conflicto estético y político que 20 años antes había reunido a unos y a otros: la sustitución no alcanzará a explicar los términos que habían anudado aquella discusiόn, ni alcanzará a calibrar la subversiόn ocurrida. El hiato de casi 20 años disociό los términos del conflicto, llegados hasta Uruguay cada uno por su lado, en cada extremo del hiato y sin vínculo comprensible entre sí. Peor aún, otra muy diferente será la corriente de ideas que se hará presente junto con la retardada llegada de los subversivos 60, condicionando, en cierto modo, su recepciόn: el pensamiento de los 60, como dije, no es recibido en Uruguay a través de su diálogo virulento con «el poder» (Sartre, Camus, Malraux, Aragon, Aron, Mauriac), sino que se lo recibe junto -casi confundido- con otra corriente que viene ganando terreno.

En efecto, al iniciarse la posdictadura desembarcan en nuestro ámbito, casi simultáneamente y con cierta indistinciόn, dos pensamientos que, en otras partes, ni habίan sido estrictamente contemporáneos ni se habían llevado bien entre sί. Uno estaba compuesto por una serie de autores de lectura difícil, empecinados en inquietar, con sus oscuridades literarias espléndidas y sus cuestionamientos inconducentes e indispensables. Otro lo integraban quienes avisaban que lo obvio era lo que había y que ya no había lugar para más que lo que había, que era esto, id est, lo obvio. Con melancolía, con impotencia o con cinismo, solo quedaba adaptarse y festejar que cualquier forma de heroicidad hubiera bajado de cartel, abucheada por la alegría de vivir que venía a instalarse, a recuperar los años alejados del mundo que Uruguay había soportado.

Juntos llegan, entonces, dos pensamientos de signo opuesto: uno nacido en los años 60 y 70 franceses como desafίo a lo instituido, en tiempos de grandes subversiones; otro nacido con voluntad de adaptaciόn, en tiempos de restauraciόn, cuando se declaran fracasadas las revueltas y las revoluciones. Su desembarco contemporáneo en un Montevideo ávido de adoptar novedades y de desprenderse de la cursilería sangrienta de los militares tendiό a ocultar el conflicto que los constituía: la diferencia que oponίa una perspectiva que criticaba el orden, de otra que como máximo pedía la inclusiόn de nuevos «derechos» asociados a «identidades» e identificados con esa contemporaneidad que había transcurrido en el mundo mientras Uruguay estaba secuestrado por la retrogradez cívico-militar.

(Porque una de las grandes novedades que trajo la posdictadura fue enterarnos de que teníamos «identidad», más allá de la digital-policial, y que era de buen gusto buscarla y exhibirla (y tratar de no perderla), por lo que habίa que defenderla como a una patentizaciόn de la naciόn, o del continente, o de la regiόn, o de un color de piel o de una orientaciόn sexual. Lo insostenible del asunto trajo su corrimiento, por lo que «la identidad» ya no fue algo que se tenía, sino que se construía; el asunto siguiό siendo insostenible hasta que, ahora, parece encontrarse en retroceso académico, o tal vez solo luzca muy deseable que así fuese. Por cierto, el protagonismo posdictadura del tema «identidad» se vincula con el nuevo culto a lo concreto, a lo mostrable, a lo obvio: «ser uruguayo», «ser latinoamericano», «ser mujer», «ser indio», «ser homosexual», «ser negro». Si se consulta el corpus de la lengua española recogido por la R.A.E.[11], se encuentra que desde los inicios del idioma español hasta 1974 este corpus registra en total 2 ocurrencias de «identidad nacional»; en cambio, desde 1974 hasta la actualidad, el corpus registra 352 casos, así como 85 registros de «identidad sexual», 20 registros de «identidad regional» y 13 registros de «identidad latinoamericana». De ninguno de estos tres últimos sintagmas hay registro desde los inicios del español hasta 1974. Directamente importado de las universidades estadounidenses, o de su réplica en las españolas, el tema de «la identidad» en su obviedad ruidosa hacía las veces de nuevo pensamiento «de izquierda», y naturalmente se vinculaba con la política en términos de «derechos», en relaciόn biunívoca entre ambos conjuntos, puesto que a cada «identidad» le correspondía su «derecho».)

A modo de peculiar ejemplo que rezuma este espíritu, pueden recordarse las sentencias que componen  «Los derechos del lector», tal como en los inicios de los años 90 los imagina el novelista francés Daniel Pennac y tal como luego los recoge la librerίa Mosca, tapizando con esas frases parte del local de su sucursal en el Shopping de Punta Carretas. Previsiblemente, en ese mundo que se está instalando, el primer derecho del lector es no leer, amén de saltear páginas, dejar sin terminar un libro, leer lo que se quiera y otros «derechos» de parecida índole, que Pennac estipula[12].

¿Cuál es el sentido de repertoriar, en clave jurídica garantista, muchas de las prácticas habituales de cualquier lector? Salta a la vista que con esta codificaciόn redundante se está lejos de los efectos humorísticos absurdos logrados por un Julio Cortázar, cuando nos instruye sobre cómo subir una escalera o sobre cómo llorar. Sin humor y sin mordiente, el decálogo de «los derechos del lector» rezuma su época, y no solo por la democrática simetrίa entre «derechos de autor» y «derechos de lector» (tanto más democráticos cuanto concedidos por un «autor»), ni por el declarado derecho al simulacro, que permite ser lector sin leer. Más radicalmente, el decálogo garantista es su época por el corrimiento que realiza, desde la obra (lugar en que el escritor plasma, en beneficio de todos, los compartidos derechos a la libre expresiόn) hacia el lector. Con el decálogo de Daniel Pennac, ya no se trata de centrarse en la obra, en el texto, en la escritura, sino que se trata de garantizar los derechos del lector. Ahora bien ¿qué o quiénes amenazaban al lector, al grado de que éste necesitara un paladín defensor de sus derechos?

Cabe conjeturar, por fuera de cualquier buena o mala intenciόn de Daniel Pennac, autor por otra parte de novelas livianas y entretenidas, expurgadas de cualquier inconveniencia estridente, que en los 80-90 el «nuevo» lector es puesto en jaque por unos años 60 que, con rupturismo de vanguardia, pertenecen a la más sόlida tradiciόn letrada, libresca, precisamente hecha de deseo sostenido en el poder de la escritura y del conocimiento hecho escritura. Piénsese que uno de los herederos más notorios de aquellos años 60 fue la Universidad de Vincennes, casa de estudios inaugurada en 1969, en donde enseñaron Jacques Lacan, Michel Foucault, Alain Badiou, Giorgio Agamben, Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard, junto con matemáticos como Claude Chevalley (del Grupo Bourbaki) y Denis Guedj. Cuando diez años más tarde esta universidad empieza a ser hostigada hasta su expulsiόn a un suburbio norte de Parίs, sus defensores publican una suerte de libro de oro, de compendio reivindicador, que llevará por tίtulo «Vincennes ou le désir d’apprendre», con el doble  o triple sentido que tiene este verbo en francés («aprender», «enterarse», «enseñar»).

Atrás habίa una tradiciόn sόlida, hecha de rupturas que reforzaban la tensiόn entre el deseo de saber y el saber del deseo, tradiciόn deudora de la letra escrita y del libro. Notablemente, esta tradiciόn impregnaba la sociedad, atravesándola de lado a lado, como lo ilustran los archivos obreros decimonónicos estudiados por Jacques Rancière, como las escuelas y bibliotecas sindicales también dejaron testimonio, como lo dejό la índole letrada de los revolucionarios destacados (desde Marx y Blanqui hasta Ho Chi Minh, Ernesto Guevara, Fidel Castro o Salvador Allende) y como igualmente lo hizo la masa de los poetas anónimos que con fervor ennegrecieron cuartillas cantando a la lucha, a la libertad, al amor. Profundamente letrados fueron los partidos comunistas y las agrupaciones anarquistas, como letrados fueron los movimientos insurgentes, tal vez por el espacio de reflexiόn y de crίtica que la escritura habilita[13], y sin que esto suponga una infalible vacuna inhibidora de fascismos o nazismos.

Tal vez sea esta tradiciόn de esfuerzo letrado sostenido (en los bancos de la enseñanza formal o en las horas nocturnas robadas al descanso) la que, desde su rigurosa subversiόn, enjuiciaba una nueva subjetividad, ni letrada ni rigurosa ni subversiva, sino blanda y dócil, que iba implementándose y adaptándose a un mundo unifacial y pragmático.

Precisamente, fue en el terreno de las políticas educativas, con su contraparte en la cultura, que esta subjetividad se esparciό.

3)

Desde los años 80, los patrones europeos, reunidos en la llamada European Round Table of Industrialists, afirman que la enseñanza se encuentra en un marasmo, mayoritariamente por responsabilidad de los docentes que no entienden el mundo de la empresa y que persisten en enseñar de forma inadecuada contenidos inservibles[14]. La prédica sobre la incapacidad de los docentes prosigue a la par que se recetan reformas, rápidamente sostenidas por instancias internacionales que hacen de estas reformas las condiciones de los préstamos que otorgan. A las ya añosas acusaciones sobre la obsolecencia de los docentes, ignorantes del «mundo real» (entiéndase, del mundo del trabajo empresarial) suceden entonces las reformas: enseñanza inclusiva a cualquier precio (los docentes son firmemente invitados a la promociόn irrestricta, a no enseñar contenidos, a dispensar enseñanza personalizada, a desterrar la exigencia, a ser entretenidos y contenedores) e imperativo de incorporaciόn de la tecnologίa en la clase, con la consiguiente censura que a veces acompaña su denuncia[15].

La inclusiόn a cualquier costo y la tecnologizaciόn a cualquier precio tienen por horizonte la obligaciόn de ilimitaciόn que nos gobierna bajo la mortífera consigna «siempre más». Esta obligaciόn a lo ilimitado nos fuerza a anhelar, gracias a la inclusiόn a cualquier costo y la hipertecnologizaciόn del aula, la disoluciόn lisa y llana de la escuela, su sustituciόn por un mundo tan conectado que cada una de sus parcelas sea un aula y cada uno de sus individuos sea alguien que enseña y que aprende. En este ideal de ilimitaciόn, la tecnología invita a que todo (es decir, a que nada) sea escuela, convidando asί a disolver la especificidad de la escuela, su carácter de contratiempo deseable, organizado e institucionalizado, dominio en donde rige otro tiempo[16].

Tecnologizaciόn (especialmente enseñanza a distancia), carreras cortas vinculadas al mercado de trabajo, diplomas con contenidos livianos y flexibles, monetizables, es decir, transportables de un ámbito a otro (semestralizaciόn, creditizaciόn), aprendizaje (palabra clave, que desplaza a «estudio», demasiado impregnada de espíritu libresco) a lo largo de toda la vida (lo que equivale a carreras con fecha de vencimiento, perecederas como lo son los conocimientos estrictamente tecnológicos), promoción de la centralidad del alumno (en paralelo con la pretendida centralidad del cliente, característica de otros mercados de servicios), esloganización de la pedagogίa («aprender a aprender», «el alumno al centro»), vituperaciόn de la memoria como soporte despreciable del conocimiento: he aquί algunas de las fórnulas que reinciden, ya sea en boca de tecnócratas internacionales o de funcionarios locales con marcada inclinaciόn adaptativa.

En Europa, decía antes, por lo menos desde la fundaciόn de la European Round Table of Industrialists a comienzos de los 80, asedia la exigencia, por parte de los industriales, de que la enseñanza se acompase a sus necesidades y estas fórmulas supuestamente facilitan ese acompasamiento.

En Uruguay, el asunto aparecía aludido en documentos de corte sociológico desde los años anteriores a la dictadura[17], pero se instala con toda su pompa en la llamada reforma Rama, en 1996[18]. Ya entonces circulan sin mayor temblor de bocas autonombradas de «izquierda» algunos de los lugares comunes de la derecha (es verdad que ya entonces empezaba a descubrirse con cierto alborozo y bastante alivio que «izquierda» y «derecha» también eran categorίas perecederas, relativas y hasta no excluyentes). Por ejemplo, esas bocas de izquierda empiezan a repetir que el problema de Uruguay es que hay demasiada gente instruida, demasiada gente con estudios, y que eso necesariamente provoca frustraciόn, por lo que más vale que no tantos estudien tanto, para reducir la frustraciόn social. También en aquellos años, bocas de izquierda empiezan a cuestionar lo atinado de enseñar ciertas materias en ciertos lugares: con tono compasivo, hay quienes rechazan enseñar Filosofίa a liceales de barrios periféricos, como no queriendo agregar a la desgracia de la pobreza, la exigencia de la abstracciόn. De igual modo, comienzan a promoverse las «culturas populares» no solo como objeto de estudio sino sobre todo como objeto de enseñanza, moralizador sustituto de las «culturas burguesas, elitistas, dominantes, explotadoras». De esta manera no solo se alimenta el mito de que habrίa «culturas» estratificadas a la manera de las capas sociales, simplemente superpuestas («alta» y «baja») y tan ajenas entre sí como pisos de una torta, sino que se infunde otro mito mayor, a saber, que la diferencia entre una sinfonίa y una cumbia es de orden exclusivamente moral, puesto que en la segunda se deposita, por su índole «popular», una superioridad de la que carece la otra, perteneciente a la «alta» cultura. (Porque una vez planteada la distancia entre «alta» y «baja», solo queda hacer, según el entonado precepto, que la tortilla se vuelva, y atribuir superioridad a la «baja» y bajeza a la «alta». De allí a la reivindicaciόn de la fuerza moral de la oralidad y de la ignorancia, solo hay un paso que suele franquearse, al asociarse ilustraciόn (o humanidades) con capitalismo, imperialismo, colonialismo, esclavismo, etc.[19].)

Por esos carriles, llega el pensamiento sociológico de la reforma de Rama, esencialmente dirigido contra el conocimiento que la palabra produce al organizarse y regularse como escritura en cuerpos disciplinares llamados Filosofίa, Historia, Literatura. Contra eso, fundamentalmente, arremetiό la reforma de Rama: contra las disciplinas en que los sentidos políticos se transmiten y se discuten, desde la Antigüedad hasta el presente. La reforma de Rama fue contra la palabra y su potencial subversivo, materializado en la escritura. La arremetida se hizo en nombre del «mundo real», del mundo del trabajo y de la técnica, en nombre de la contemporaneidad cuyo tren Uruguay estaba perdiendo, por seguir atado a un pasado sesentero que solo habίa traído dictadura y desgracia. Para qué la Filosofίa, para qué la Historia, para qué la Literatura, cuando la tecnología era el futuro que al país estaba escapándosele.

La fe anti disciplinas de la reforma Rama -y su versiculado en áreas, pluri, inter y transdisciplinariedad- caía bien. ¿Acaso los años 60 -los muchachos de Théorie d’ensemble y muchos otros más de similar temple- no habían enseñado lo artificioso de las fronteras disciplinares y los méritos de su transgresiόn? ¿Por qué, dado que Uruguay había perdido tantos años al margen del mundo, no saltearse el momento del conocimiento disciplinario, de sus regulaciones y de sus fronteras? ¿Por qué, dado el atraso, no pasar directamente al pluri, al inter y al trans, omitiendo lo disciplinar?

Entonces y también hoy, caía bien la desorejada promesa de que la enseñanza, una vez expurgada de sus contenidos inútiles (librescos) dejarίa el camino expedito para el mundo del trabajo. Por otra parte, ¿acaso no sucedía que sociόlogos de variada creencia denunciaban cόmo la enseñanza no hacίa más que mantener y reproducir el orden injusto del mundo? Si así era ¿para qué estudiar lo que solo podía reproducir y consolidar las injusticias?

En este marco, en que los contenidos disciplinares soportaban la doble acusaciόn de desviar a la juventud del deseado mundo del trabajo asalariado y, simultánea y opuestamente, de reproducir el detestado orden imperante, alejando de los claros intereses populares (subalternos, dominados, diversos), en ese marco instrumentalizador y acusatorio de la avería del instrumento, cobra autonomía y protagonismo lo metodológico: lo procedimental es concebido como tabla de salvaciόn.

Lo procedimental y lo metodológico invaden el ámbito de la propia clase, paralizada por las acusaciones de inutilidad&cretinidad: la escuela ni permite esclavizarse (encontrar trabajo), ni permite emanciparse (encontrar el socialismo). Esta invasiόn procedimental se da en nombre de la didáctica, de sus preceptos (planificar, evaluar) y de sus recetarios, al punto que asuntos como la disposiciόn de las sillas en el aula se convierten en un dogma revelador del cariz democrático o despόtico del docente. Si ya no hay nada que enseñar, dediquémonos entonces a cómo enseñamos. En Formaciόn Docente, en particular, la didáctica de las especialidades (Literatura, Filosofίa, Matemática, Idioma Español, Geografίa, Historia, etc.) gana espacio en detrimento de los propios contenidos curriculares, como si el escaso conocimiento de la materia que debe enseñarse debiera y pudiera suplirse por el conocimiento de cómo enseñarla. El razonamiento es descabellado, sin embargo, es el que predomina y se incrementa en Formaciόn Docente, desde hace varios gobiernos y con miras de acrecentarse, desde la difamaciόn que los años 90 hicieron de las disciplinas.

Lo procedimental y lo metodológico invaden también el plano de la propia didáctica, al promoverse (desde la reforma de Rama (1996) hasta el texto de Filgueira y otros, 2014), las llamadas «competencias», noción viscosa que lleva a creer en las posibilidades y las ventajas de prescindir de las disciplinas, en aras de apropiarse de una serie de procedimientos para hacer[20].

También, lo procedimental y lo metodológico invaden y someten las teorías, haciendo de éstas métodos para analizar, por ejemplo, un texto, al tiempo que hacen de éste una simple ilustraciόn de la teorίa, llevada a método de análisis. En el campo de las humanidades, es particularmente infausta la promociόn de la metodologίa, en tanto que grilla de lectura que se aplica a un texto que, obedientemente, mostrará lo que la grilla hace ver. El asunto es infausto en sus dos extremos. Cuando convierte en método -en procedimiento regulado en vistas a un resultado, en mecanismo de eficiencia- una teorίa, es decir, una manera de ver, una perspectiva que encierra en su seno su contradicciόn, su negaciόn, su límite. Pero también, cuando convierte en ilustraciόn unívoca un texto, es decir, una obra cuya riqueza está hecha de equivocidad y malentendido.

Sin embargo, y volvemos a la discrepancia con Antoine Compagnon, el destino procedimental de las rozagantes teorίas de los 60 no corresponde achacárselo a ellas, sino a una época que espera que la prόtesis metodolόgica suplirá tanto la falta de conocimientos disciplinares (leer es haber leído, decίa Leo Spitzer, significando que no hay método que pueda suplir la comprensiόn de un texto que brindan las lecturas anteriores, puesto que un texto se conoce por los otros textos[21]) como suplirá la falta de audacia interpretativa, la audacia a la que autorizan las grandes teorías. Sin teorίas audaces (subversivas) y sin conocimientos disciplinares (sin haber leído), para poder cumplir con los requisitos escolares (parciales, monografías, tesinas, tesis, artίculos), solo queda lo metodológico y lo procedimental, con su extendida garantía de éxito.

Entonces, la responsabilidad no es de la teoría, sino de la época que busca éxito, es decir, eficiencia y que, sobre todo, desconfía de la incierta virtud reveladora de las palabras y apuesta a la certidumbre metodológica. En Uruguay, cabe tomar nota de la inflación infecciosa de lo metodológico (hecho artículo «científico» o receta didáctica) y del claro retroceso de lo ensayístico, resabio subversivo de los 60.

4)

En correspondencia con este estado de cosas que se fue instalando en los 90 en la educaciόn, el plano de la cultura queda sometido al avance del par ignorancia&aburrimiento. La inclusiόn -la obligaciόn de ilimitaciόn- también fue un principio rector: cultura hacemos todos, cultura es todo. De este modo, se instalό la idea de que era posible hacer cine sin haber visto pelίculas, o escribir novelas sin haber leído unas cuantas, o hacer teatro sin conocer parte del repertorio universal.

O, tal vez peor, prevaleció la voluntad de rehuir la dificultad y de abrazarse al entretenimiento y a todo aquello que adulara al lector, proponiéndole productos aproblemáticos, de consumo inmediato y efecto gratificante. Prevalecen entonces los productos más mercantiles de las industrias culturales, tal como surge de la investigaciόn sobre el tipo de libros que sobrevive hoy en las librerίas montevideanas, o el tipo de librería que sobrevive y prospera: aunque la lectura de libros de calidad esté en crisis, no lo está la industria del libro, cuya venta florece en los shoppings, en las cadenas de librerías especializadas en best-sellers salidos de los grandes sellos de las multinacionales, que copan las vidrieras y el espacio, conforme un proceso iniciado en 1994[22]. De esta pujanza comercial no se desprende, contrariamente a la idea común admitida, una pujanza intelectual, o un acrecentamiento de la comprensión lectora -indagadora e inquisidora- de la población, sino otra manera de sometimiento a patrones de consumo.

O, tal vez ya en grado pésimo, prevaleció la transformaciόn de obras inscriptas en el repertorio universal (όperas, ballets) en simples productos de la «industria cultural», para el cual se forjό un mercado que las consume con entusiasmo, prohijado por los llamados «gestores culturales». Véase, por ejemplo, el siguiente balance que realiza María José Santacreu, perfectamente complementario del que puede realizarse con respecto a la enseñanza, también dominada por el tan piadoso como mentiroso criterio de «inclusión»: «Hubo un tiempo que, para el pensamiento de izquierda, unir la cultura con el consumo era considerado una herejía. Hoy, sin embargo, es la tendencia dominante y “medir” en términos económicos, de competencia en el mercado, de éxito de taquilla, o de “impacto” –vaya a saber uno de qué índole– es la norma. El quiebre se produjo en la posdictadura y fue la izquierda, desde los gobiernos municipales y nacionales, la que abrazó con entusiasmo la profesionalización, la gestión, el reinado de los técnicos y el emprendedurismo como modelo a aplicar a la cultura. El resultado es un Estado reticente a juzgar en términos de valores que no sean los de los números»[23].

A partir de los 90, carcomida la fuerza conservadora de la dictadura, se impuso en la enseñanza la convicción sociológica, ya sea en su versión adaptativa y mercadocrática (atender los contextos y las «necesidades» de los alumnos) ya sea en su versión contestataria y anti-intelectual (denunciar la escuela como lugar de reproducción de la injusticia y de dominación de los «subalternos»). Esto implicó desdeñar un pasado ni inmediatamente mercadocrático (el imperativo de ilimitación -siempre más- no regía omnicomprensivamente) ni exclusivamente instrumental (saber era poder, con todo el poder de la abstracción y de la indeterminación de ese «poder»). Este pasado había permitido cierta fluidez entre «enseñanza» y «cultura», permitiendo que fueran lectores finos y espectadores entusiastas quienes a menudo ni siquiera habían terminado la escuela primaria, poderosa en su labor educativa en cada uno de sus tramos, porque convencida de su deber de enseñar[24]. Con el consiguiente dinamitado de la figura del maestro y del profesor, ya no más depositarios de la obligación de transmitir conocimientos valiosos por ser, precisamente, conocimientos, con la convicción de que la escuela no es más que el peaje por el que se llega al puesto de trabajo que, a su vez, es el peaje que da paso al mundo del consumo, incluido el cultural, la catástrofe no anda lejos. Resta la legiόn de  promotores/gestores que intentan remediarla, aunque claro está con la misma perspectiva y con las mismas recetas que la produjeron. De ahί que los números den tan bien, pero el resto no acompañe.

Notas:

[1] A la luz de lo luego acaecido, esa pintada concentra una época.  Si insisto en llamarla «pintada» es por cierta testarudez, ya que pocos dudarían en bautizarla «graffiti», con la consabida diferencia entre el programa político escrito en una pared y la ocurrente (y surgente) expresión de una subjetividad que se reivindica desligada (sin correligionario alguno), a cualquier precio y pese a quien pese. Si persisto, no obstante, en llamarla «pintada» se debe a su postrera capacidad programadora de una época en la que se declaró que las pasadas denuncias del imperialismo yanqui solo podían ser evocadas como broma, como resabio obsoleto necesitado de una actualización que asordinara los crímenes y reconociera los méritos imperiales antes ocultados por el dogmatismo «sesentista». En los 90, para muchos, ser joven consistirá sobre todo en alardear de una desinhibición que obliga a loar y a consumir sin moderación lo producido tanto por la industria como por las universidades estadounidenses. La pintada, en sus varios niveles de literalidad y de ironía, declara quiénes son, en lo sucesivo, los únicos amos a quienes rogarles su amor.     

[2] http://www.ina.fr/video/I11010118/des-membres-du-groupe-tel-quel-s-expriment-video.html

[3] Alain Badiou afirma que las tres orientaciones filosóficas hoy predominantes -la hermenéutica de Heidegger y Gadamer, la escuela analítica de Wittgenstein y Carnap y la corriente posmoderna de Derrida- opuestas entre sí en más de un punto, coinciden en la centralidad que otorgan a la cuestión del lenguaje, jerarquía que Badiou no admite. (Métaphysique du bonheur réel, París: Presses Universitaires de France, 2015, p.20.) En Uruguay, solamente la corriente analítica del lenguaje, con fuerte implantación en el ámbito anglosajón, tuvo un desarrollo considerable, sin proporción con los otros dos.

[4] Antoine Compagnon, Le démon de la théorie. Littérature et sens commun. París: Seuil, 1998.

[5] Para un enfoque sintético de este asunto, cf. la entrevista a Pierre Macherey «En lisant Proust on apprend à philosopher autrement», in L’Humanité, 20/XII/2013, disponible en http://www.humanite.fr/culture/pierre-macherey-en-lisant-proust-apprend-philosoph-555726

[6] «Jules Supervielle», Sur, No. 266, p. 2, Buenos Aires,  setiembre y octubre de 1960.

[7] En otro plano, hay que señalar las resistencias que luego opusieron, y hasta hoy se mantienen aunque menguadas, los sindicatos docentes y gremios estudiantiles.

[8]  Cf. por ejemplo, cómo José Pedro Barrán en una de sus últimas entrevistas (2007) dice que «al final de [su] formación intelectual» (luego de haber frecuentado autores como Marc Bloch, Lucien Febvre, Fernand Braudel, Georges Duby y Pierre Chaunu) se encuentra «por supuesto» Michel Foucault. Por su parte, los entrevistadores -Vania Markarian y Jaime Yaffé- preguntan a Barrán por su silencio, por la poca explicitación que realiza, de la historiografía adoptada para sus análisis. Contemporánea Historia y problemas del siglo XX | Volumen 1, Año 1, 2010; consultada en : http://www.geipar.udelar.edu.uy/wp-content/uploads/2012/05/11_Entrevista.pdf. Una nítida excepción a esta ajenidad es Ida Vitale que, por ejemplo en 1974, en su artículo sobre Felisberto Hernández, cita con absoluta propiedad a Barthes y a Foucault. Publicado inicialmente en la revista Crisis de Buenos Aires, el texto fue reeditado e incluido en la Revista de la Biblioteca Nacional, Montevideo, diciembre de 2015.  

[9] Catálogo consultado el 05/07/2016; se contabilizan solo obras o capítulos de los autores y no sobre los autores.

[10] Philippe Sollers, Un vrai roman. Mémoires. Parίs: Plon, 2007.

[11] Corpus diacrónico del español: http://www.rae.es/recursos/banco-de-datos/corde. Corpus de referencia del español actual: http://www.rae.es/recursos/banco-de-datos/crea. Consultados el 18/XII/2015.

[12] Daniel Pennac, «Les droits du lecteur» in Comme un roman, Gallimard, 1992.

[13] Sigo aquί los planteos de, entre otros, Walter Ong y Jack Goody.

[14] Cf. por ejemplo, los diferentes documentos existentes en el sitio electrónico de esta organizaciόn patronal http://www.ert.eu/sites/ert/files/generated/files/document/1995_education_for_europeans_-_towards_the_learning_society.pdf

[15] Cf., a este respecto, la reseña periodística del documental «Le cartable de Big Brother», realizado en 1999, en que se muestra a miembros de la Table Ronde des Industriels Européens, en este caso, a un presidente de Petrofina y vicepresidente de Total explicar las ventajas de la escuela virtual y del mundo digital, mientras se estigmatiza a los docentes, que insisten en no aceptar esa modernidad. El subtítulo es «Los patrones hacen la escuela digital», disponible en: http://www.liberation.fr/medias/1999/01/30/france-3-samedi-22h30-le-cartable-de-big-brother-documentaire-les-patrons-font-l-ecole-numerique_262578

[16] Este ideal que busca convertir a todas las personas en individuos que pasan su vida aprendiendo y enseñando y que, en consecuencia, desdibuja la especificidad de las instituciones exclusivamente dedicadas a la enseñanza es notorio en el documento de Fernando Filgueira, Martίn Pasturino, Renato Opertti y Ricardo Vilarό, titulado «La educacion [sic] prioridad de pais [sic]: aportes a la construcciόn de una educacion [sic] genuinamente inclusiva». Montevideo, Fundaciόn 2030, 2014, disponible en www .espectador.com/documentos/Educacion.pdf

[17] Cf. por ejemplo, la Comisiόn interministerial de desarrollo econόmico (CIDE), cuya finalidad a comienzos de los años 60 era crear un Plan Nacional de Desarrollo Econόmico y Social (1965-1974) que incluía un Plan de Desarrollo Educativo, sostiene: « la vinculaciόn cada vez más estrecha entre la educaciόn y la economίa aconseja tener presente al programar a la educaciόn, las características de la evoluciόn econόmica del paίs, sus metas de crecimiento, las posibilidades ocupacionales y los requisitos planteados a la educaciόn para influir sobre los propuestos aumentos de productividad. » Citado por Walter Fernández Val, Boletίn de la Federaciόn Nacional de Profesores (FENAPES), enero de 2015.

[18] Cf., a este respecto, el excelente artίculo «Episodios recientes de la analfabetizaciόn del Uruguay» de Gustavo Espinosa (Prohibido Pensar – Revista de ensayos no. 7 «Educaciόn», setiembre/octubre de 2015), en que el autor considera el presente de la reforma Rama, en agudo análisis.

[19]Cf. a este respecto, «El elitismo de escribir» y «El verdugo de sί mismo», (Alma Bolόn, http://www.henciclopedia.org.uy).

[20] Para un estudio detallado y agudo de este comodίn que ronda el discurso didáctico-pedagógico desde hace mάs tres decenios, cf. el excelente artίculo «Las competencias del neoliberalismo en la Escuela» de Jean-Claude Bourdin  (Prohibido Pensar – Revista de ensayos no. 7 «Educaciόn» setiembre/octubre de 2015).

[21] Cf. Leo Spitzer «Lingüística e historia literaria » in Lingüística e historia literaria [1948], Madrid : Gredos, 1961.

[22] Cf. Estoy siguiendo aquί a Ana Inés Larre Borges, «Librerίas de autor (pocos y buenos)», Brecha, 6/XI/2015.

[23] Cf. Marίa José Santacreu, « M’hijo el gestor », Brecha, 29/X/2015.

[24] A propόsito de la capacidad de enseñar que tuvo Primaria, y sobre la pérdida de la capacidad lectora en Uruguay, cf. Alma Bolόn «Tres logros del iletrismo» en Luego existen. Trece intelectuales uruguayos de hoy, comp. Óscar Larroca, Montevideo: Organización Cultural Cisplatina, mayo de 2013; y también “El cuidado de las letras” in Revista de ensayos No. 4, dedicada a “Cuidar/Curar” (Prohibido Pensar/Hum, setiembre/octubre de 2014).

*Alma Bolón Pedretti (Montevideo1955) es doctora en letras, docente e investigadora. Estudió ciencias del lenguaje en la Universidad de Paris. Actualmente es docente de Lingüística Aplicada y Literatura Francesa en la Universidad de la República. Es autora de varios libros y artículos sobre lengua, discurso y literatura comparada.

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Estado-probeta: la fórmula Poli-dE evalúa los DDHH

inmigración

Por Ricardo Viscardi

¿Cómo no sospechamos que la ecuación genética del candidato-probeta[1] terminaría por enunciar la fórmula Poli-dE=DDHH (donde Poli-dE se lee “políticas de Estado”)? ¿Cómo no sospechamos que el proyecto de esterilización de los “filósofos de la sospecha” (Nietzsche, Marx, Freud) iba a instalarse a través de la sospecha del evaluador? ¿Cómo no sospechamos que la sospecha iba a ser evaluada por el Estado? ¿Cómo no sospechamos que toda evaluación ipso-norma-iso-2000 conduce al Estado-probeta? ¿Cómo no sospechamos que una vez puestos bajo sospecha de evaluación los derechos de los humanos debieran pasar por el control de calidad del LATU (Laboratorio Tecnológico del Uruguay)?

 

En su intervención en el Coloquio Ciudadanías Contemporáneas. Cuestionamientos y Escenarios[2] Bertrand Olgivie se refirió a la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, como se sabe, ligada al momento fundacional de la revolución francesa.[3] Olgivie subrayó que se trató de un documento marcado por la circunstancia política, ante todo componenda de posiciones dispares entre sí. Sin embargo, desde el punto de vista del mismo ponente, la condición fundamental del documento estriba en el “y” que une a “derechos del hombre” con “ciudadano”. Esa “y” tanto podría ser, desde una perspectiva kantiana, de conjunción necesaria, como pasar, en una perspectiva hegeliana, a la contingencia de la conjunción. Esto es: la necesidad de un universo de la historia o la necesidad de la historia para cualquier universo. El carácter concreto de la historia desaparecería cuando “La declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano” pierde la partícula “ciudadano” y se transforma en “Derechos Humanos”, que ni siquiera tienen necesidad, en adelante, de ninguna conjunción extra-normativa (ni tampoco ciudadana). Tal pérdida de conjunción genera una moral que se separa de la actuación política como tal, en cuanto se configura con prescindencia de las circunstancias concretas que presiden el avatar del común.

 

Quizás deba entenderse la perspectiva desarrollada por Ogilvie desde el punto de vista de cierta sensibilidad vinculada con las ideas de mayo del 68’, una de cuyas máximas célebres fue “Un derecho no se pide, se usa”. En este caso estamos, cuando se pergeña una moral institucional de los derechos humanos, ante una curiosa perversión de aquella perspectiva sobre la norma, que predicaría “Un derecho no se usa, se controla”.

 

En el Coloquio Educaçao, Etica e Política na Contemporaneidade,[4] que se inició en Rio de Janeiro tan sólo dos días después de finalizado Ciudadanías Contemporáneas, Carlos Ruiz Schneider señaló que asistimos al despliegue de un proyecto de “Universidad de la Evaluación”.[5] Este proyecto sería la prolongación de la “Universidad de la Competencia”,  impulsado desde el Banco Mundial a fines de los años 90’. Menos centrado sobre la selección del mercado y más referido a la universalidad del modelo, esta “universidad de la evaluación” reiteraría en todos los planos del saber la obsesiva persecución de un parámetro sin anclaje, idiosincrasia ni autoctonía.

 

Planteada la pregunta acerca de la inscripción de tal evaluación universalizada en una universalidad de estados evaluadores, Ruiz respondió afirmativamente a la presunción, destacando que se trata de un régimen general de la institucionalidad en los tiempos que corren, sustentada en matrices elaboradas exnihilo y aplicadas urbi et orbi en beneficio de un poder globalizado, impersonal y tecnocrático.

 

Un episodio reciente subraya en el Uruguay esa perspectiva acerca de la implementación de una estructura de índole moral, colocada por encima de actuaciones de los particulares, destinada a hacer valer un control del derecho al control de los derechos por parte de sus propios habientes. Tal entelequia moral que planea por encima de los simples mortales, etiquetados en razón de las razones que los asisten pero que ni usan ni conocen (ni/ni), proyectó sin embargo la sospecha sobre uno de los propios sátrapas del imperio de la norma, por parte de un colega de tal colegiatura inmarcesible. En efecto, la sospecha del caso es de sesgo conocido: se supone que el dignatario, en vez de controlar el bien público, podría aprovecharse de lo público del bien para beneficio privado del interesado.[6]

 

Confiada a una “junta de expertos” la norma intangible no deja de unir varios poderes que se suponía separados (el ejecutivo del judicial, para ejemplo), pero que quizás la levitación institucional del bien (público) coloca en cierto nirvana, que el común pone bajo sospecha de hacer política contingente.  En cuanto piensa lo que debemos querer hacer, tal colegiatura no deja de cumplir una pesadilla espectral que sufrió Derrida, al preguntarse si le confiaríamos concebir la ética a un comité de ética.[7]

 

Las reuniones que mantuvo Juan Raúl Ferreira, miembro del Instituto de Derechos Humanos, con varios políticos, en particular con el expresidente y actual pre-candidato favorito a la presidencia de la república Tabaré Vázquez, fueron sumando gotas que terminaron por desbordar el vaso de la normativa de la normativa. Así como no hay crímenes de lesa humanidad sin usar los derechos de alguien contra ese alguien, no existe institucionalidad posible de los derechos humanos sin redoblar los derechos de los humanos que se dice preservar. Ese redoblamiento debe presentarse como fantasma del derecho de otro, simulación que se escuda en la intangibilidad de un principio, para usarlo como vara de medida de los derechos de cualquier otro.

 

La acusación que se dirige a Juan Raúl Ferreira se vincula a una forma clásica de la imputación pública: usar un poder del común en provecho propio, en este caso, de beneficio político contingente.[8] Sin embargo, la acusación puede sufrir el accidente propio del paso a nivel, si el estruendo de un tren esconde el paso de otro en sentido contrario. El peligro mayor de violación política de derechos en tiempos de “evaluación de Estado” (pruebas PISA, Instituto de Evaluación de la Educación, Instituto de Derechos Humanos),[9] no reside en el aprovechamiento de un bien público para fines propios de un particular, Juan Raúl Ferreira en este caso, sino en la propia desposesión de todo particular en tanto sujeto por un Hiperevaluador que ya sabe, antes que ninguno se dé por enterado, lo que le conviene a cada quien.

 

Quizás estamos mucho más cerca de ese Estado evaluador de lo que creemos, ya que las declaraciones de Juan Raúl Ferreira acerca de la simpatía que le prodiga el precandidato con más chances aparentes a la presidencia,  parecen refrendadas por las propias declaraciones de Tabaré Vázquez, quien se propondría universalizar per secula seculorum (pasado, presente y futuro reunidos) la evaluación de los derechos humanos.[10] Tendríamos así un gobierno infuso en Instituto de Derechos Humanos, panacea del bien y réplica normativa del perfil incoloro, insulso e inocuo del candidato-probeta.

 

Los filósofos de las sospecha pueden descansar tranquilos. Habrá mil razones para sospechar por cada derecho puesto bajo tutela.

 

[1] El descubrimiento del candidato-probeta nutrió varios análisis de este blog “Tragedia progresista: Frankestein no votó al cantidato-probeta”  http://ricardoviscardi.blogspot.com/2009/10/tragedia-progresista-frankenstein-no.html  , “Meta(e)-lecciones: el virus-votante ataca al candidato-probeta” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2009/11/metae-lecciones-el-virus-votante-ataca.html , “Voto en blanco: el candidato-probeta en atmósfera de red”  http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/08/votoen-blanco-el-candidato-probeta-en.html

[2] La información sobre el Coloquio Ciudadanías Contemporáneas (Montevideo 28-30/11/13) se encuentra en http://coloquiociudadanias.org/inicio.html

[3] Aún no se publicaron Actas del Coloquio, ni tampoco se encuentra disponible on-line el registro audiovisual del evento, por lo tanto nuestra retención de memoria se difunde con las reservas interpretativas del caso.

[4] Coloquio Organizado por la Universidade Federal do Rio de Janeiro y la Pontificia Universidad Católica, Rio de Janeiro (2-3/12/13).

[5] Valen para el propósito de Ruiz Schneider las mismas reservas interpretativas que expresamos anteriormente.

[6] Uval, N. “Confieso que me he reunido” La Diaria (4/12/13)          http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/12/confieso-que-me-he-reunido/

[7] Derrida, J. (1993) Spectres de Marx, Galilée, Paris, p. 148.

[8] “Juan Raúl Ferreira se reunió con Tabaré Vázquez y encontró sintonía con el precandidato del Frente Amplio” Unoticias (26/11/13) http://www.unoticias.com.uy/2013/11/26/politica/juan-raul-ferreira-se-reunio-con-tabare-vazquez-y-encontro-sintonia-con-el-precandidato-del-frente-amplio/

[9] “Asume el Instituto de Derechos Humanos” El País Digital (22/06/12) http://historico.elpais.com.uy/120622/pnacio-647665/nacional/Asume-el-Instituto-Derechos-Humanos/

[10] “Vázquez dijo que tercer gobierno del Frente Amplio hará foco en DDHH “para hoy” República.com.uy (27/11/13) http://www.republica.com.uy/ddhh-para-hoy/

El libro más hondo: una facultad de información y comunicación

comunicación

 

Ricardo Viscardi

La noticia de la instalación de la Facultad de Información y Comunicación pasó relativamente desapercibida en los medios de comunicación uruguayos. No así entre la comunidad académica que sustenta la facultad recién creada, en cuanto la decisión del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República del 1º de octubre pasado, llega para culminar un proceso que arranca con la misma instalación de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en 1986, mientras la Escuela de Bibliotecología y Ciencias Afines presenta una trayectoria institucionalizada desde los años 50’.

 

No hay tema que pudiera quedar al margen de esa contradicción que duró casi tres décadas entre la comunicación y la universidad por un lado, así como entre la comunicación y la información por el otro, desarrolladas por separado. La dificultad para percibir la entidad universitaria de la comunicación y la información se manifiesta en la misma universidad y no es un fenómeno uruguayo, sino universal. Bastaría para considerar su significación, tener en cuenta que el pensamiento occidental se caracteriza, en el siglo XX, por haber adoptado un “giro lingüístico”.[1]

 

Sin embargo, la tecnología ha radicalizado aún más esa percepción de un límite decisivo en el lenguaje, en cuanto ha eliminado la barrera entre el lenguaje artificial y el lenguaje natural a través de las tecnologías de la información y la comunicación. De esa forma, cualquiera de nosotros puede  emplear un lenguaje natural, con toda su carga simbólica, a través de las operaciones perfectas de un lenguaje artificial, que ponen al alcance de la decisión la vinculación humana, a través de un artefacto.

 

Esta coyuntura destituye tanto la cuestión del lenguaje en tanto recinto epistémico de un saber riguroso (en tanto el lenguaje formal se pone al servicio del “imperfecto” lenguaje natural), como la cuestión del lenguaje natural en tanto “esencia semiótica” de la estructura social (en cuanto el lenguaje natural pasa a ser “programado” por una inteligencia artificial). Una distancia surge dentro de otra, un límite se pone por fuera de otro, ni la “ciencia” ni la “sociedad” constituyen en adelante matrices de un “macro-orden”, ya que la “consistencia racional” se ha puesto al servicio de la imagen más popular, mientras la “sociedad humana” cunde en vilo de artefactos.[2]

 

Ante esa transformación que pasa por todos los ámbitos, la llegada a la condición de facultad, tan anhelada y con tantas razones válidas por las comunidades universitarias de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y de la Escuela Universitaria de Bibliotecología y Ciencias Afines, debe tanto fortalecer el entusiasmo por una trayectoria cumplida, como atizar la interrogación, ante los desafíos del presente. 

 

El primero proviene sin duda de la propia universidad. La creciente disolución de las soberanías nacionales arrastra consigo, en aras de la globalización, al propio principio de soberanía, que la modernidad había anclado en los estados-nación. Para bien y para mal, los estados-nación son cada vez más dependientes de una racionalidad supraestatal e infra-pública, que tanto acarrea el reclamo internacional por Derechos Humanos como genera conflictos regionales atizados por empresas transnacionales. El propio Uruguay al que pertenece la Facultad de Información y Comunicación que se acaba de instituir, se ha conmovido con marchas adelante y atrás, en el Parlamento y la Suprema Corte de Justicia, a raíz de fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. ¿Es necesario recordar, ante “el retorno del conflicto de Botnia” la supeditación de los escenarios políticos regionales al influjo económico transnacional?

 

La misma desarticulación del Estado-nación lleva al sistema político, ante la imposibilidad de conducir procesos que lo desbordan por su naturaleza tecnológica mundialista, a supeditarse al dictamen de consultorías económicas, mediáticas y educativas. Todos estos caminos conducen a una nueva Roma Hiperreal, habitada por expertos que no pertenecen a ningún lugar en particular y menos a una universidad nacional.

 

 En efecto, la creación de universidades estatales no autonómicas, con gobiernos universitarios integrados por empresarios, políticos y sindicalistas, entre los que se admite algún universitario,[3] tal como se van instalando en el Uruguay, pauta una doble necesidad: ningún poder puede existir al margen del saber, por lo tanto, es necesario que el saber deje de gozar de la soberanía autonómica que le otorgaba el Estado-nación soberano. La disolución de la soberanía estatal propia de las configuraciones orgánicas de la modernidad (lo que llamábamos “el país”, un todo integrado en su propio eje nacional), conlleva asimismo la disolución de las soberanías universitarias ancladas en la soberanía nacional de Estado.[4] Es la propia tradición del principio “onto-teológico” de soberanía[5] el que cambia de plano entre nosotros y lo que está en juego es, por consiguiente, su proyección en el presente.

 

Ante ese presente de relativizaciónde las entidades nacionales tal proyección  autonómica de la universidad no puede, sin embargo, surgir de un contexto que la manifiesta según un orden previo y mayor a la comunicación humana, sino que debe surgir a través de esta última, como trayecto que articula la memoria con pautas de conducción actualizadas. Inversamente, esa instrucción que proviene del pasado puede expresarse por medio de una comunidad actual, cuando se manifiesta vocacionalmente.

 

En el año 1995 junto con Pablo Astiazarán,  entrañable colega que recordamos con pesar y gratitud, impartimos en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación el “Seminario de cuestiones especiales y de actualidad de la comunicación”. El centro del seminario estuvo dado por el análisis de la relación entre democracia y comunicación tal como la plantea Dominique Wolton, en tanto ese planteo permite vincular entre sí tres elementos articuladores de la comunicación en la modernidad: Representación, Razón y Técnica.

 

El seminario fue un éxito, ante todo por la calidad de las intervenciones de los estudiantes, que se tradujeron en monografías nutridas de  aportes. La sugestión de esas intervenciones salía al paso, a contracorriente, de un prejuicio epistémico que por entonces y hasta mucho después obstaculizó la consideración de los estudios en comunicación, que cierto logocentrismo descalifica desde una perspectiva purista del significado.

 

Decidimos con Pablo traducir esa experiencia en un libro, del que escribimos la intervención más corta de todos nuestros textos: un prólogo que no llegaba a una carilla entre los dos. La publicación cumplía, más allá de la promoción académica y la difusión del saber a la que  se destinaba,[6] una función política: ponía de manifiesto que un ámbito  universitario que muchos denostaban por “escasamente académico” proyectaba desde sus propios estudiantes, sin embargo, un potencial de análisis de significativo alcance ante la actualidad.

 

Sucede que la potencia de una facultad es la vocación de sus estudiantes. Por eso, al destacar la potencia intelectual de la vocación de los estudiantes de comunicación, también ayudábamos a poner de relieve, con Pablo, la injusticia universitaria que se cometía disminuyendo ese potencial académica y presupuestalmente.  Esa inversión de situaciones y de procedimientos (la calidad que se ponía de relieve era la de los estudiantes y no la del cuerpo docente) era posible y legítima porque cierta concepción  de la universidad ancla en un mandato de la comunidad, que sin embargo, no se reduce al todo social.

 

De la misma forma, la noción de libro se separa de la de texto, como lo señala Derrida, para establecer un “límite más allá del límite”,[7] que permite distinguir el mandato de la circunstancia y se vincula a un destino. En una circunstancia universitaria que se derrumba, ante un Estado-nación que descaece, la Facultad de Información y Comunicación pone en tensión registros de la memoria que quizás la actualidad no se permita escuchar, pero que resuenan en cierto río subterráneo a la institución.

 

[1]Rorty,R. (1967) The linguistic turn. Recent essays in philosophical       method, The University of Chicago Press, Chicago.

[2] Sfez, L. (2010) La communication, PUF, Paris, pp.6-7.

[3] Porley, C. “Al final salió” Brecha digital (16/11/12)  http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/900-al-final-salio

[4] Conviene recordar la legendaria frase de Carlos Quijano “La universidad es el país”.Derrida vincula la soberanía universitaria a una “profesión de fe” Derrida, J. (2001) L’université sans condition, Galilée, Paris, pp.33-34. Versión en castellano Derrida, J. “La Universidad sin condición” en Derrida en castellano    http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 4/10/13)

[5] El programa de Publicaciones de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de UdelaR. Ver Viscardi, R. Astiazarán P. (1997) Actualidad de la comunicación, CSIC-UdelaR, Montevideo.

[6] Derrida, J. (1967) L’écriture et la différence, Seuil, Paris, p.429.

Publicado por Ricardo Viscardi en 15:33 

Tupachequismo: el bufón en lugar del rey

bufón

Ricardo Viscardi

Sendic nunca habrá imaginado que de sus propias filas saldría un émulo de Sanguinetti, de quien el fundador del MLN dijo: “es un histrión”.  Lejos de ser privativa del MLN, la desnaturalización política  parece propagarse en el sistema uruguayo de partidos.  Según Enrique Rubio el actual presidente no es un candidato formado por el Frente Amplio, sino efecto de la conjunción de una habilidad personal con la selección periodística, afirmación que no deja bien parado ni al MPP ni al Frente Amplio.[1]

 

Ni la inclusión de Sanguinetti entre los virtuosos de la actuación escénica, ni excluir a Mujica de la estirpe frenteamplista permiten explicar, sin embargo, porqué el actual presidente identifica la eficacia representativa con la provocación mediática.[2] En particular, esa percepción del ejercicio de un poder estatal, medido con el rasero de un oficio de locutor, habla mal por igual aunque por distintas razones, tanto de las explicaciones más enjundiosas como de las más frívolas de la actividad política del presente.

 

En primer lugar, es difícil adjudicarle un rol de “traidor de clase” a quien anuncia  a los cuatro vientos que ante todo se dedica a proferir retruécanos (el refrán dice “quien avisa no traiciona”). Pero también parece difícil hablar de un “desgaste del gobierno” que afectaría a quien declarativamente toma a cargo la oportunidad tal como luce.  Nada, en efecto, de lo que dice Mujica supera el rasero de una opinión tamizada por un largo ejercicio de la costumbre política. De ahí que esa actuación trasunte tanta sensatez como ineficacia, una vez puesta en perspectiva de un supuesto gobierno de las circunstancias.

 

Promueve un efecto de concordancia con la Argentina que viene a reafirmar, por la obstinada persistencia del conflicto que atraviesa los sucesivos microclimas diplomáticos, que el diferendo entre los dos países obedece a un trasfondo gravitante. Genera un ámbito de concordancia nacional por encima de sectores tradicionalmente contrapuestos, que ante el hostigamiento presidencial a los funcionarios públicos y los docentes, termina por socavar los pilares de sustentación de su propia fuerza política, que la sostuvieron en medio de la peor crisis entre 1999 y 2004. Exhibe la multiplicación del empleo como un logro estratégico para sustentar el bienestar de las mayorías, pero lo expone al descrédito con la paralela indiferencia ante la desigualdad de ingresos, mientras suma la amenaza de un proceso inflacionario fuera de control. 

 

La opinión provee el origen del término paradoja (doxa: “opinión” en griego), a punto tal que la contradicción organiza la discusión orientándola al desenlace de la decisión crítica. Tal gradiente no se puede alcanzar, sin embargo, sin una percepción de la opinión razonable que respetándola, logre también superar la constatación trivial, a cuya obviedad de parecer  “como te digo una cosa te digo la otra”.

 

Sin embargo, ni la frustración explicativa a que conduce una “lectura de clase”  del proceso histórico, ni la cansina versión periodística del “desgaste en el ejercicio del poder”, logran explicar porqué el histrionismo puede abrirse paso a través de una actuación mediática, ni por qué forzados a admitirlo por razones electorales, los propios aliados políticos (por ejemplo Rubio) que genera lo perciben, sin embargo, como una intrusión advenediza.

 

Quizás una explicación registrada desde la propia identidad tupamara, aparentemente la menos proclive al oportunismo de cargos y sin embargo la más inclinada a lucir galardones institucionales, pueda remover una visión demasiado cargada de apreciaciones “ideológicas” (en el peor sentido del término, si se encontrara uno menos malo que otro). Con honestidad intelectual irreprochable, Samuel Blixen presenta la trayectoria hiper-paradójica del actual ministro del interior, en su momento, militante guerrillero.[3] Esta trayectoria pasa del blanco al negro (o viceversa, según el lente con que se mire), pero el color no le hace a la cuestión de la opción, cuando la afiliación sigue la alternancia propia de la cinta de Moebius, cuya excelencia formal la priva de doblar ningún codo. En el reverso de trayectoria que traza Blixen, Bonomi siempre fue igual a sí mismo, pero en las sucesivas versiones que acuña, no se reconoce un rumbo que la orientación seguida no pudiera adoptar.

 

Con el cuestionamiento de una represión análoga a la  que se ejerciera contra el régimen de “hombre fuerte” de Pacheco Areco,  Blixen termina por describir la  actual gestión del ministro del interior con rasgos que lo asocian, en la secuencia histórica, a la misma represión pachequista que condujera, por aquel entonces, al mismo Bonomi de hoy a la militancia clandestina.  Quizás esta contradicción en la trayectoria de “doble bucle” de Bonomi lo lleve, en el centro del vínculo de unión de dos círculos (el del pachequismo y el del mujiquismo) al mismo punto de reinicio.[4] Quizás, asimismo, reeditar la secuencia histórica que marca la paradójica supervivencia ideológica de Bonomi sea más eficaz, para la explicación del “irresistible ascenso” del histrionismo presidencial, que el sempiterno ajuste coyuntural de una camaleónica “lucha de clases” o la insostenible levedad del ser de la democracia representativa en tanto “mejor sistema posible” (como si la democracia soportara un “sistema”).

 

En efecto, conviene recordar que la propia izquierda uruguaya en la que prosperaba el MLN y se forjaba el Frente Amplio de aquel entonces, satirizaba la figura política de Pacheco Areco en tanto “Rey de Palos”. La figura del juego de cartas españolas aludía a una mera condición de imagen, que era de doble sentido: por un lado se presentaba con un perfil de “hombre fuerte”, por otro lado, la fortaleza que trasuntaba era pura superficie sin otro trasfondo que un juego de naipes. La ironía de izquierda tableaba, presentando al régimen de gobierno bajo una condición pueril, entre en dos planos: por un lado marcaba la denuncia de la represión que ejercía, por el otro, subrayaba la superficialidad de las soluciones que presentaba el pachequismo. Sin embargo, lo que permitía unir en la figura de un naipe los dos aspectos, era la superficialidad del acontecer político que ya cundía en la opinión pública, en particular, en andas de la búsqueda de un “hombre fuerte”.

 

Cabe recordar acerca de aquella inclinación masiva, que la constitución “naranja”, plebiscitada en 1967 con las elecciones nacionales, conllevaba como principal contenido el presidencialismo, con el deliberado propósito de poner freno a la “ineficacia” del gobierno colegiado. Asimismo, los quilates que reviste la figura de Seregni no pueden hace olvidar que su candidatura se cargaba de un valor suplementario, en razón de la autoridad militar que revestía su grado de general del ejército, tanto de cara a la opinión pública como a la disuasión interna de las propias fuerzas armadas. En un sentido políticamente opuesto, pero no menos significativo, cabe recordar que el mismo clima demagógico de búsqueda de “mano fuerte” alentó la candidatura por la extrema derecha del General Aguerrondo y en una versión de probidad administrativa, la del General Gestido, cuyo deceso viniera a suplir de forma provisoriamente catastrófica el mismo vicepresidente Pacheco Areco.

 

El Uruguay era desde el fin de la 2ª guerra mundial un país altamente mediatizado, no sólo por el gran tiraje de la prensa masiva, sino ante todo por el temprano y amplio desarrollo radiofónico, que se articulaba de manera particularmente eficaz con la versión periodística y partidaria. La campaña ruralista de Nardone que hizo posible, a partir de mediados de los años 50’ la victoria del Partido Nacional en 1958, fue protagonizada desde las ondas radiales. Con más razón aún, el Uruguay de los 60’ estaba desde ya sujeto a un influjo mediático decisivo en la conformación del reclamo de “mano dura”, que es el antecedente propio en que se funda, tanto el inicio de la carrera política de Bonomi, como el ascenso del MLN en que Mujica militaba por entonces.

 

En cierto sentido, por demás revelador, ni el uno ni el otro parecen haber vuelto la página en la que se puede leer el contexto gravitante de aquel entonces, que parece persistir en la memoria, en aras de una inspiración política instrumental. Esta acelerada regresión que conlleva la memoria, cuando no la gobierna el replanteo crítico del presente, ni olvida ni aprende.

 

Lo que no olvidaron es lo que forjó el ascenso del MLN y que llevara, por una vía negativa, al acelerado crecimiento de la organización clandestina: la resonancia mediática de las acciones militares, que en un contexto de alternativas de bloques, presentaba a la guerrilla como la única opción acumulativa ante la derechización represiva del Estado. Lo que no aprendieron es que los medios de comunicación no son el mero instrumento que interviene entre una intencionalidad y una realidad, sino que modulan los principios y moldean el contexto.

 

La lección aprendida a medias parodia el texto. El histrión del saber no ha incorporado sino una gestualidad de lectura, lo que dice se deshilacha puesto al filo de la explicación. El texto se convierte en el único ejemplo posible de la significación aducida, el contexto no va más allá de la lectura a la letra.

 

La reversión que significa la substitución de la soberanía por la mediación tecnológica no es una subversión de régimen institucional (como la que lleva del régimen de excepción a las garantías democráticas), sino una reversión del régimen institucional como tal: el lugar del soberano ha desaparecido substituido por la industria tecnológica de la comunicación. Vattimo señala como esa substitución del soberano por una democracia de técnicos conlleva el fin de la perspectiva del poder de Estado, sobre todo, entendida filosóficamente, es decir, en tanto que perspectiva.[5] Por eso no se trata del bufón en el lugar del rey, sino del bufón en (…) lugar del rey. Lo primero supondría que desde algún lugar se mantiene la perspectiva que siempre supone “el lugar del rey” (y ante todo en el Orden de la representación clásica). Lo segundo supone que un bufón hace las veces de rey, sin otra perspectiva que la diversión del público.

 

Foucault aborda la cuestión del lugar del rey en dos pasajes de Las palabras y las cosas. En el primero se trata del lugar al que apunta la tela de Velázquez, en cuanto señala que la tela se divisa desde el lugar de quien (espectador o rey) la representa en el orden que presenta (pintada de cara a quien se retrata). Ese orden contiene un bufón. Pero el lugar del bufón no es intercambiable con el lugar del rey, porque el bufón no puede sostener el orden de la representación, ya que tal lugar supone, como su propia condición de existencia, el orden de representación que sólo sostiene el rey, desde el gobierno de la escena que propone la propia tela.[6]

 

En el segundo, Foucault trata del lugar del rey en tanto lugar de la crítica.[7] El doblete empírico-trascendental no llega a ser redoblamiento de lo subjetivo, revertido sobre lo empírico que enfrenta, si la misma crítica no se revierte sobre lo “dado a la representación”, para retomar ese plano arrostrado desde  un lugar “que todavía es una representación”.[8] El lugar del rey en la modernidad es el lugar de la crítica, porque sólo desde ese lugar lo subjetivo se revierte en lo empírico y le dicta una apropiación representativa. 

 

En Blow Up Antonioni plantea, por los mismos años 60’ en que Pacheco asolaba el Uruguay, la escena tecnológica ya perceptible por entonces. Absortos en el intrascendente ir y venir de la pelota, dos tenistas son rodeados por una nube de payasos, que festejan por festejar lo que los otros juegan por jugar, sin desenlace soberano de perspectiva posible para unos ni para otros. Por el contrario, el fotógrafo ensimismado en la modelo que lo seduce de cuerpo versátil descubre, en el momento del revelado, el crimen captado inadvertidamente en el entorno. Antonioni entendió que la mirada centrada ya no puede encontrar nada, en un mundo de enfoques interactivos, pero sí obtiene un punto revelador la actividad entregada.[9]

 

Bonomi no es la negación de la mano dura, ni Mujica la superación del pachequismo, porque tanto uno como otro pretenden ocupar el “lugar del rey” mientras tanto, como lo señala Vattimo, “no hay más soberanos”. Una vez más conviene recordar, que ya sea en Mujica o en Bonomi, como ayer en Pacheco, no se trata ni se trataba de estilo, de expresión o de condiciones personales, sino ante todo de la gravitante cuestión del presente. 

 

Reeditar falsamente un lugar que ya no es viable, una vez que la tecnología ha suplantado a la ideología,[10] supone retornar por la vía más acérrima al ejercicio del poder más arbitrario, porque se ha asumido lo político desde una perspectiva pragmática, por lo tanto, fatalmente dictada por el mismo oportunismo mediático que persigue.

 

 

[1] Silva, L. Uval, N. “El otro poder” La diaria (13/09/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/9/el-otro-poder/

[2] “Andá a los programas bobos que son los que ve la gente que vota” El País (12/09/13) http://www.elpais.com.uy/informacion/mujica-topolansky-programas-bobos-votantes.html

[3] Blixen, S. “El túnel del tiempo” Compañero (10/09/13) http://www.pvp.org.uy/?p=4326

[4] Sobre la eficacia de la figura geométrica en la estrategia crítica ver Derrida, J. (1967) “Force et signification” dans L’écriture et la différence, du Seuil, Paris, pp.29-30.

[5] Vattimo, G. (2010) “El final de la filosofía en la edad de la democracia” en Ontología del declinar, Biblos, Buenos Aires, pp.256-259.

[6] Foucault, M. (1966) Les mots et les choses, Gallimard, Paris, pp.27-30.

[7] Op.cit. pp.318-323.

[8] Op.cit.p.375.

[9] Antonioni, M. (1966) Blow Up (Deseo de una mañana de verano) Filmaffinity http://www.filmaffinity.com/es/film488376.html

[10] Sobre la substitución de la ideología por la tecnología, ver en este blog  “Brasil vs. Uruguay: el partido del contragobierno” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/07/brasil-vs-uruguay-el-partido-del.html

Un candidato zarpado: el Titanic

 

Titanic

Ricardo Viscardi

La concepción subjetiva propia de la modernidad se expresa con particular énfasis en la propensión a recrear el ambiente del Titanic antes del impacto contra el iceberg. Ya en la propia descripción del accidente se pauta la inclinación que lo admite o deniega. Quien abusa del efecto dramático de la confiabilidad confortable del lujoso transatlántico, contrapuesta a la gélida inmersión marina, está desviando la atención respecto a lo que efectivamente ocurrió, que no concurrió por debajo de la línea de flotación, sino por encima de las expectativas que suscita la fama.

 

Ante el accidente inescrutable pero previsible, el punto que se pone en juego por parte de quien se encuentra en condiciones de decidir, consiste en las posibilidades necesariamente plurales que configuran una decisión. Por el contrario, la necesidad no puede ser objeto de decisión, en cuanto lo necesario presenta una única razón, que no admite el par que como mínimo supone toda alternativa, ante dos posibilidades puestas en cotejo entre sí. Esa contingencia requiere, como condición de toda resolución sobre una misma base, dejar de lado uno de los polos contradictorios, como consecuencia ineludible de una toma de decisión.

 

La frase que Plutarco atribuye a Pompeyo “Navigare necesse, vivere non est necesse” no supone una decisión, sino una arenga, porque la frase no se refiere a una posibilidad, sino a una obligación. Pompeyo afirma que es necesario navegar porque de lo contrario la ciudad romana se encuentra en grave riesgo de disolución, ante la hambruna que la atormentaba, con la secuela de desórdenes políticos y estratégicos que amenazaba desencadenar tal escenario. Por consiguiente, la necesidad de navegar se anteponía a la vida biológica, para estampar la supremacía de la vida ciudadana, característica arquetípica de la condición ética romana.

 

En efecto, confiar la vida a quien la vive es una inclinación idiosincrática moderna, incomprensible desde el punto de vista que expresa Santa Teresa de Jesús: “muero porque no muero”.[1] Por consiguiente, ese aferrarse a la biología no debe ser entendido en cuanto a la modernidad como una comodidad oportuna, sino en tanto imperioso mandato de perspectiva: la uniformidad del ser que dispone de sí dándose un destino propio.

 

Esa disposición fue la que adoptó el capitán del Titanic y la que condujo al naufragio más célebre. Las causas del mismo no sólo son ajenas al acorazamiento con que contaba el barco, sino que sobre todo son contrarias a lo que aconsejaba la prudencia más elemental en la navegación, a esa altura del Atlántico boreal y a esa altura del calendario invernal.[2] El disponer de sí mismo, con el propósito de batir un récord de velocidad en la travesía atlántica, fue lo que determinó la imposibilidad de evitar la colisión con el obstáculo de hielo, así como la magnitud que revistió el impacto en cuanto al desenlace del hundimiento.

 

Quizás la integridad bio-lógica de la modernidad, en cuanto debe suponer la homogeneidad del sujeto en sus consideraciones, no haga sino adoptar, a título de coherencia subjetiva, condiciones fatalmente excluyentes entre sí. Sin embargo, la inviabilidad de la integración entre la decisión y el destino propio podía ser asumida, por ejemplo por un Pompeyo desafiando el mar bravío, en tanto dictado del destino: aún con riesgo de la vida biológica el romano exhortaba a sus marineros a ponerlo todo en riesgo,[3] porque a sus ojos la vida sin sentido ciudadano carecía de valor propio.

 

Sin embargo, con idéntico propósito ciudadano se puede incurrir en la misma temeridad aduciendo una prudencia de propósitos, cuando la previsión confunde deseos con realidades. Tal propensión a ignorar que “la vida es sueño”[4] se justifica en la autoestima que confiere la simple continuidad. Si tal “razón del artillero” parecía valedera en el caso del general Seregni –cuya especialidad militar era la artillería, que nunca fue presidente, puede convertirse en el “tiro en la pata” que denuncia Mujica,[5] que sin duda lo sabe por experiencia presidencial.

 

La asociación del destino del Frente Amplio con el triunfo presidencial en las elecciones próximas, recuerda en mucho la fe en el progreso que daba por insumergible al Titanic: ufana de la proeza industrial, promueve el exceso de confianza del capitán. Sin embargo, el accidente no puede ser substituido por la decisión, porque la decisión lo supone: no hay decisión sin error a la vista.  Por lo mismo, creer que el procedimiento excluye el paso en falso ya es estar dándolo, ante todo porque reduce la latitud de la interrogante que abre rumbos.

 

 No se trata entonces de pensamiento único ¿cómo sería un pensamiento que no decidiera? Si decide, no puede ser único, lo que puede suceder, sin embargo, es que no sea pensamiento. Pero también puede abandonar la sana duda un pensamiento que se supone tal porque se sustenta en la pura racionalidad de procedimientos: por ejemplo en la numeración de las encuestas de opinión pública. En este caso, seducido por la medición a ojos vistas, el navegante político confunde la etiqueta numérica con la instrucción de uso del fármaco electoral. Como se sabe, el paso del fármaco a la pócima es tenue y muchas veces es difícil diferenciarlo del suicidio.

 

En este caso las contraindicaciones, igual que para la navegación en el Atlántico Norte en medio del invierno, son muy claras en cuanto al tipo de escollos que puede emerger de la niebla, sobre todo en razón de lo nublado de las inmediaciones ideológicas: los gremios de docentes y de empleados públicos, aliados por excelencia de la izquierda, abjuran de aquella alianza en que algún día creyeron,[6] los estudiantes se dicen vigilados cuando no ultrajados por el propio gobierno del Frente Amplio,[7] algún analista de la izquierda tradicional activa la alarma,[8] los partidos del Frente Amplio proponen para la administración próxima lo mismo que al presente dejan de votar en el parlamento por disciplina gubernamental.[9]

 

Zarpado a las apuradas ante el desorden climático, el candidato Titanic anuncia que no puede evitar creer en su destino, sin embargo, si él cree en el suyo, son cada vez más los que dejaron de creer en él, incluso en un supuesto blindaje de la decisión, por ejemplo, electoral.

 

 

 

 

 

 

[1] Santa Teresa, Vivo sin vivir en mí  http://hyspania.wordpress.com/2012/12/11/muero-porque-no-muero-santa-teresa-de-avila/ (acceso el 4/09/13)

[2] “¿Cómo se hundió el Titanic? El ojo científico http://www.ojocientifico.com/4631/como-se-hundio-el-titanic (acceso el 04/09/13)

[3] Casas, A. “Navigare necesse, vivere non est necesse” Turdetania, http://turdetaniaonoba.blogspot.com/2013/06/navigare-necesse-vivere-non-est-necesse.html (acceso el 04/09/13)

[4] Pedro Calderón de la Barca (soliloquio de Segismundo en “La vida es sueño”) http://www.rjgeib.com/thoughts/barca/barca.html

[5] “A los sindicalistas los tenemos que pasar por un cepillo” Actualidad Chaco (29/08/13) http://www.actualidadchaco.com/vernota.asp?id_noticia=33221

[6] Ver en este blog “Inefable educación sin rendición de cuentas: hacia el voto en blanco” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/06/inefableeducacion-sin-rendicion-de.html

[7] Ver en este blog “Balas de goma, manos de yeso y fresas de la frescura” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/08/balasde-goma-manos-de-yeso-y-fresas-de.html

[8] Legnani, R. “Peligrosa crisis entre lo político y lo social” La Onda digital (28/08/13) http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/639/A5.htm Ver también del mismo autor y en el mismo sitio “Elecciones: no está todo dicho” http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/640/A6.htm

[9] Uval, N. “Tanto tienes, tanto vales” La Diaria (04/09/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/9/tanto-tienes-tanto-vales/

Balas de goma, manos de yeso y fresas de la frescura

amargura

Ricardo Viscardi

 

Desde su mismo título, el film “Las fresas de la amargura” traduce mal una aporía que, por el contrario, sí expresa el título en inglés del tema principal de la banda sonora: “The circle game” (El juego en círculo). El círculo configura una aporía del movimiento, en cuanto la rotación circular compone una forma que no llega a diferenciarse de la quietud. Ese inmovilismo del movimiento, se distingue de cualquier otro movimiento o inmovilidad, en cuanto la misma noción de cambio supone contingencia y limitación de la forma.[1] Por el contrario, una forma que se confirma en el propio movimiento supera por sí misma toda precariedad.

 

La canción que se convierte en emblema del film relata cómo se contempla el pasado sin poder volver a él. La misma circularidad que se invoca se ve privada de trascendencia, eterno ensayo de un retorno inconcluso, fatalmente ajeno a lo que intenta lograr. Tal impotencia de la mirada arroja cierto descrédito, consabido y quejumbroso, sobre una teoría que no cunda más allá de sí misma.

 

Sin embargo, el título “Las fresas de la amargura” también expresa la imposibilidad de alcanzar lo anhelado: la dulzura del fruto. La metáfora que domina la película alude a la promesa que encierra la condición estudiantil para la juventud de los protagonistas, en una continuidad de vínculo inefable entre el amor, el entusiasmo y el compromiso. Esa progresión gradada no deja de involucrar entre sí el sentimiento, el saber y el mundo, ni  la condición estudiantil y la finalidad política. El sueño de la juventud y el sueño de la revolución, reunidos en la racionalidad subversiva de la modernidad,[2] se traducen en la nostalgia y el fracaso ante lo insondable, de cara a la noche de los tiempos.

 

Una izquierda que vota estratégicamente una rendición de cuentas presupuestal de cara al muro parlamentario, detrás del cual la increpa la incomprensión juvenil, vuelve a repetir el fracaso del sueño de la juventud y el sueño de la revolución reunidos. Pero esta vez los sueños no se reúnen juvenilmente, como en los enamorados fracasados de “Las fresas de la amargura”, sino que tan sólo los reúne la imposibilidad de aquella juventud, ante una juventud en la calle que les grita su fracaso. Han triunfado: están sentados en los escaños parlamentarios, han fracasado: quienes debieran heredarlos los increpan.

 

La circularidad del juego o el juego de la circularidad se manifiestan una y otra vez en la distancia entre la mirada que ve y la visión que escapa. El hiato está lleno de sentido y por eso mismo separa. Hay que votar juntos en acuerdo o en desacuerdo, en convicción o descreimiento, para mantener la cohesión de falange institucional que luego redunde en recolección de votos entre el cuerpo electoral.[3] La cohesión vale por sí misma, porque es la misma mismidad de cualquiera que admire la coherencia monolítica, poco importa que esta tome el signo de la manipulación mediática, para justificar la renuncia ideológica, o el de la omertá, para preservar una impunidad condenada por la memoria.

 

El voto por disciplina partidaria con mano de yeso y el disparo con bala de goma que no mata cumplen con el designio del sentido ante sí mismo: preservar la mayoría parlamentaria y la vida humana. Sin embargo, en los dos casos la prótesis ha desvirtuado el destino que supuestamente debiera alcanzar: el voto con mano de yeso desacredita a la representación parlamentaria y la bala de goma rebota en el descreimiento de la opinión pública.

 

No es posible fracasar a partir del descreimiento. Por sí mismo, el descreimiento no comporta fracaso sino para quien identifique el destino con la cohesión de las creencias. Desde esa perspectiva, cierto aire heteróclito de la marcha juvenil,[4] en el marco de la lucha presupuestal de los gremios de la educación y en memoria de las luchas estudiantiles del pasado, no deja de fructificar con frescura. Los jóvenes no son uniformes ni se corresponden entre sí en unidad de acción, sino que ante todo son jóvenes y  las consignas que levantan también movilizan a muchos otros sectores.

 

Las fresas de la frescura fructifican en el seto de la multitud. Pero no es una multitud que pueda ser contenida o encauzada por una versión que todo lo articule en un único proceso, porque esta multitud transcurre por una muchedumbre de relatos. De ahí que el afán por registrar, identificar y detener individuos, inclusive a kilómetro y medio y por memoria de policía,[5] no logra sino espasmódicamente reeditar aquella oposición entre legalidad y violencia,[6] que quiso creer en las formas acartonadas ante todo.

 

La preocupación que ganó la escena mediática, en torno al enfrentamiento violento que hubiera podido generar la marcha estudiantil no es sólo un efecto de memoria cultural, sino también de economía simbólica. Manifiesta a las claras aquella bulimia moderna de trascendencia ante la forma, tiende por su propio fantasma a ubicar la transgresión como el límite del deseo.  Pero mal que le pese a la condensación normativa de la forma, que la transmuta en bala de goma o mano de yeso, el juego ya no es circular, ni corre riesgo de precipitarse en el abismo que se procura colmar de sentido.

 

Lo insondable fructifica en red. Abierta una ventana se lo ve, en la frescura de las fresas.


[1] Mondolfo, R. (1952) Lo infinito en el pensamiento de la antigüedad clásica, Eudeba, Buenos Aires, p.94.

[2] Sapere Aude! (Atrévete a saber!), la consigna kantiana.

[3] “Diputado del PCU criticó a Mujica y pidió más recursos para la educación” El Observador (15/08/13) http://www.elobservador.com.uy/noticia/257537/diputado-del-pcu-critico-a-mujica-y-pidio-mas-recursos-para-la-educacion/

[4] Rómboli, L. “Memoria renovada” La Diaria (15/08/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/8/memoria-renovada/

[5] Rómboli, L. “Tiros y tiras” La Diaria (16/08/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/8/tiros-y-tiras/

[6] Pernas, W. “El sutil control de las masas” Brecha (09/08/13) http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/2284-el-sutil-control-de-las-masas

 

Un fantasma recorre la mundialidad: la mediación

fantasma

 

 Por Ricardo Viscardi

 

Campeones de la denegación, que es el régimen de reproducción (“ideológica”, si se quiere) de la racionalidad moderna, los uruguayos han encontrado su propio Maracaná en la izquierda brasileña. Se trata de una buena señal para el mundo, como lo fue la victoria de Maracaná en su momento, ya hace mucho, con la ventaja de que esta derrota de lo más grande acaba de ocurrir en una izquierda relativamente (a su contexto) muy pequeña.

 

El trabajoso empate mediático que obtenía por aquí la partidocracia uruguaya, denegando que los gremios de la educación cuestionaban al sistema político como un todo (la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay incluida)[1], para afirmar que el asunto estribaba en el peligroso déficit fiscal gestionado por ese mismo sistema político impugnado, fue superado por un agónico gol de los intelectuales brasileños,  que denegaron que las manifestaciones “antipolítica” supusieran un cuestionamiento del poder.

 

Mientras tanto podemos conformarnos con saber que la gente que cuestiona un poder político donde hasta la izquierda es notoriamente corrupta, de hecho está a favor de la derecha. Estas escandalosas esposas del César que no parecen virtuosas, a tal punto que uno ni siquiera llega a preguntarse si efectivamente lo son, presentan algunas excepciones críticas dignas de atención, cuyo pundonor intelectual invita a la discusión.

 

Una de estas excepciones es aportada por Frei Betto. La reacción que describe en los estamentos cristalizados de la izquierda ante fenómenos inéditos (“inédito” es una palabra que en este contexto se vincula con “acontecimiento”), tales como mayo del 68, los movimientos sociales o la caída del muro, es estrictamente verosímil y hasta documentable.[2] Es una reacción izquierdista, en un sentido que disuelve el binomio izquierda-derecha, no porque lo suprima, sino porque lo convierte en una glosa de sí mismo. Eso es lo que no explica Frei Betto (en cuanto la izquierda se convierte en la derecha de su propia lectura). Si bien presenta el movimiento democrático como ruptura con el paradigma en el poder, que ni el poder ni el paradigma logran neutralizar, no explica porqué esa ruptura es singularmente irrecuperable desde el presente. En este sentido, la interposición democrática se vuelve fantasmática, ya que vale tanto como quiebre con la aristocracia griega del siglo de Pericles, como para la arena playera que se creyó encontrar bajo los adoquines recalentados en el verano parisino del 68’. Curiosamente, el efecto en las calles que evoca Frei Betto queda a pie de lo que lo lleva a la calle: la mediación artificial. Quizás este pecado de indiferencia que supone la mediación a distancia de todo y de todos, no admite el fantasma de una mediación inalterable, porque la coloca bajo la égida de su propio desborde crítico. Desde entonces la crisis no puede ser disuelta en la crítica, ni la crítica en el ala izquierda de un hemiciclo parlamentario.

 

Contrariamente a la armonía archi-establecida de la democratización que propone Frei Betto, la lectura de la insurgencia mediática de las clases medias por parte de Marilena Chaui intenta describirla como una crisis de la mediación política.[3] Sin embargo, todo es paradójico en los márgenes explicativos que invoca Chaui, a no ser la explicación que ensaya de la idiosincrasia de la convocatoria, que no es paradójica en sus márgenes, sino en sí misma. Las manifestaciones multitudinarias no habrían tenido en cuenta, según la filósofa brasileña, la constitución por parte de los movimientos sociales y los partidos de izquierda del proceso de democratización que cundió en el Brasil entre los 70’ y los 90’. Sin embargo, la desaparición de la mediación política genuina en aras de la burocratización y el electoralismo, le son imputados por Chaui al propio PT, que justamente presenta la singularidad, quizás mundial, de ser un partido en el poder surgido como Venus de aquella espuma de movimiento social y partido de izquierda, todo incorporado en la suspensión de un mismo coloide popular.

 

La perversión de esa matriz provendría del neoliberalismo, aunque este vector del mal parece tan venusino en su aparición como la propia diosa de la belleza, lo que no deja de aumentar su malignidad por la crueldad que encarna.  En efecto ¿cómo el neoliberalismo logró disolver, fragmentar y dividir con su egotismo las luchas populares? Tan mirífica como ese mal es la paradójica sanación que nos propone Chaui, por la vía de comprender que una ética privada de las personas debe ceder ante una ética pública de la república, ya que tal división entre lo público y lo privado se asemeja tanto a la infalibilidad teológica del Papa, pese a su condición terrena, que seguramente Frei Betto suscribiría en un todo a esa religiosa dicotomía.  Entretanto, en vez de involucrarse en una farragosa explicación de cómo la transformación idiosincrática conmueve por igual la fibra personal y la colectiva, la filósofa paulista prefiere destacar que  algunas señales de la insubordinación -como la agresión sufrida por los militantes sociales y políticos identificados con la izquierda institucional, representarían en verdad rasgos del fascismo corriente, presentados bajo la versión habitual del nazismo. Sin embargo la perplejidad en que nos sume la paradoja que presenta Chaui llega a un clímax cuando esa propensión nazi cristaliza, sin embargo simbólicamente, en un cuestionamiento exitoso de la dominación en el poder. Es la primera vez que vemos interpretado el nazismo en una clave que dejaría perplejo al Tercer Reich si hubiera durado un poco más, pero también a cualquier neo-nazi que se precie de despanzurrar a todo lo diferente consigo propio.

 

Entre el magma de ese oxímoron interpretativo que presenta Chaui, un elemento luce sin embargo impar y nítido, igual a sí sin contraparte enojosa: la alienación tecnológica. Confundidos por la inmediatez del acto de oprimir un botón y por la incapacidad de conocer el instrumento que emplean, los movilizados se ven a sí mismos como usuarios y no dejan de confundir las estrategias mediáticas de los medios masivos con la política y de confundirse ellos mismos entre la masividad de las masas mediatizadas, manipulables en esa medida.

 

Debo confesar que no me pregunto, cada vez que doy un paso, que punto del globo oprimo, aunque pude sucederme que este sea un botón, en cuyo caso el paso no dejará de darse. Igualmente acrítico, el militante que acude a su organización en búsqueda de reivindicación difícilmente sepa de lo que se trata, como lo confiesa la propia Marilena de cara a lo que devino el PT. Luego, si un usuario por serlo se encuentra masificado, no deja de ser cierto que puede editar por su lado en cierta medida, en otra propensión distinta a la del vecino, elegir a quien dirigirse y finalmente, parece dotado de algunas alternativas bastante más amplias, que pegar el oído al receptor de radio o retirar un ejemplar del kiosko de la esquina. El fantasma de la mediación es un fantasma de pantalla en el texto de Chaui, que la lleva a ver doble entre lo masivo y lo interactivo, cuando se diferencian ante todo por la condición que adquiere, en cada caso diferentemente, quien accede a la mediación.

 

Estos fantasmas brasileños de la mediación no dejan de encontrar un sugestivo eco en el mutis por el foro que se hace por el lado uruguayo, en particular, cuando se pretende ignorar que nivelar tecnológicamente no es lo mismo que igualar educativamente. Sobre todo porque medidas con un mismo rasero, las desigualdades se vuelven mayores. O más grandes, para retomar la diferencia del portugués entre el adjetivo “maior” que califica la cualidad y la locución que califica la cantidad (“mais grande”). El fantasma de la mediación tecnológica, incluso bajo emblema del ceibo nacional, no es ni “maior” ni “mais grande”, porque ante todo un fantasma no existe para ninguna medida posible. Tal figura de aparecido surge en los análisis que pretenden ignorar, para la sublevación mundializada contra la mundialidad gubernamental, la crisis permanente de decisión, que felizmente acarrea consigo la tecnología, con su distancia de mediación (distancia en la distancia).

 

  [1] “Declaración de la FEUU sobre la rendición de cuentas” FEUU (06/06/13) http://www.feuu.edu.uy//index.php?option=com_content&task=view&id=194&Itemid=1 (acceso el 16/07/13)

[2] Frei Betto “El mensaje de las calles” LaRed21 (09/0713) http://www.lr21.com.uy/comunidad/1115073-el-mensaje-de-las-calles

[3] Chaui, M. “La desaparición de los partidos políticos como mediadores” La Onda Digital (09 al 16/07/13) http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/632/B2.htm

Brasil vs Uruguay: el partido del contragobierno

 

Brasil Uruguay

Por Ricardo Viscardi                            

 

El paralelo establecido por un dirigente sindical uruguayo [1] entre la crisis política del Brasil y la reivindicación salarial de la educación pública en el Uruguay, no guarda proporción alguna con la información, salvo si se considera tal paralelo bajo un criterio de verosimilitud. Pese a semejantes diferencias, entre dos contextos que registran una disimilitud que salta a la vista, nunca las semejanzas fueron tan ostensibles.  Ahora, la verosimilitud en este caso no es mero parecido, sino notable sincronía, a partir de circunstancias que aproximan curiosamente a dos países limítrofes, pero divididos por una desproporción que no redunda sólo a favor del tamaño, como lo demuestra incluso la escala micrométrica que permite apreciar un partido de fútbol.[2]

 

Las diferencias de tamaño a escala (territorial, demográfica, económica), de tradición institucional (estatal, local, asociativa), de marcas de identidad (religiosa, educativa, idiosincrática), cedieron paso a una diferenciación común en la movilización reivindicativa contra el sistema político. Pese a la mundialización de pantalla que propone la FIFA, una característica compartida, entre el Brasil y el Uruguay, percibe en las estructuras representativas una fuente de desigualdad y opresión, cuando no pura y simplemente, de corrupción pública.[3] La semejanza entre David y Goliath no se puede establecer en términos de magnitudes nacionales, en cuanto a partir del cuestionamiento de la representación pública, los escenarios políticos se tornan semejantes entre sí, pese a conservar todas las disimilitudes de escala que debieran, en razón de bases de sustentación tan contrapuestas, diferenciarlos a rajatabla. Esta relativización de las condiciones que distanciarían inapelablemente, a favor de un rasero sugerido por comportamientos similares, proviene de un corte transversal entre la constitución del sistema político y los registros de la identidad ciudadana.

 

Este corte parece intervenir en tres vectores que se aceleran recíprocamente entre sí:

 

a)    El aislamiento del sistema político en la opinión ciudadana y la marginación del sistema de partidos en tanto ámbito generador de identidad colectiva

 

b)   El corte transversal del campo de la izquierda política y sindical con relación a la movilización reivindicativa de su propia base social

 

c)    La substitución de la pirámide de lugares institucionales por la red que articula un mundo de redes

 

Una transformación que proviene de la implosión de estructuras representativas, a partir de la crisis del sistema  (político-industrial-militar) de bloques instaurado por la Guerra Fría, habilitó su propio desarrollo con base en una condición clave, que ahora genera un efecto entrópico generalizado, en la completa substitución de la ideología por la tecnología. De esta última se ha retenido en la memoria colectiva el influjo del prefijo “tecno-”, mientras como tal actúa sobre el sufijo “-logía”, que pauta una inteligencia que de por sí, ya es el mundo.[4] En efecto, el mundo de la modernidad cristaliza en la autonomía de la representación, como tal supone el conocimiento, que no se sustenta sino en la inteligencia humana.

 

La ideología (término en que coinciden el sentido lato y el histórico) concebía un camino al mundo bajo el criterio de la ciencia, que pretendía fundar metódicamente (Condillac) o a la que se oponía como su falsificación (Marx). Sin embargo, en todos los casos la ideología pautaba la consistencia entre el mundo que protagonizaba y el conocimiento que instauraba (por virtud o por falencia científica). Por el contrario, la tecnología no se vale sino de su procedimiento operativo para acceder a una consistencia pragmática, en cuyo curso el mundo se convierte en efecto obtenido y la ideología se disuelve en gestión instrumental.[5] Esta subordinación de la ideología a la tecnología se ha vuelto transparente en las tecnologías mediáticas, que incluyen en calidad de ideología (en cualquiera de los sentidos del término) el núcleo mismo de la teoría del conocimiento: el método (el medio para alcanzar el conocimiento).

 

Por esa razón en las estructuras mediáticas cristaliza la forma más aguda de la descomposición del mundo de la representación, así como esas mismas estructuras le contraponen, a toda existencia previa, una configuración artefactual del mundo: allí se produce la división entre la visión del mundo (sinónimo de ideología) y la visión a distancia (sinónimo de tele-tecno-visión), que desarticula el cuerpo social. Mientras el cuerpo social exige reciprocidad en base a una naturaleza compartida, la tecnología sólo permite a cada uno el acceso a un procedimiento indiferente a cada quién. Por lo tanto, la unidad de visión que proveía la ideología, fuente y horizonte de un destino compartido, se disuelve en la polaridad que habilita la interfaz, que ante todo separa,  por medio de la neutralidad metodológica del procedimiento mediático. Anunciarle a un interlocutor que en adelante no depende sino de una instrumentación para vincularse a otro, supone que desde entonces no actúa obligado por nadie.

 

En cuanto la estructura social obstaculiza la transmisión de los desplazamientos de opinión, supeditando el desarrollo pluralista a la soberanía estatal, la vinculación en red favorece la precipitación mediática de los movimientos de protesta. De ahí la significación democrática que reviste, en contextos de insuficiente desarrollo representativo de las estructuras públicas, la manifestación colectiva concitada (antes que convocada) por una libertad de expresión mediática. Asimismo, esa aceleración se convierte en un veloz catalizador de la movilización, cuando las estructuras democráticas existen pero se encuentran neutralizadas por la manipulación del poder. El caso de Brasil parece estar a medio camino entre la insuficiencia democrática (de las estructuras reivindicativas) y la velocidad de alerta de los sectores movilizados (en razón de un extendido acceso al vínculo mediático).[6]

 

El caso del Uruguay opera como contraejemplo que ilustra el mismo proceso de catarsis tecnológica de la ideología, en cuanto el cuestionamiento del estereotipo representativo que predomina en el sistema político, proviene del sector con mayor articulación social relativa (la educación). En efecto, no sólo la educación ha sido el vector del desarrollo social del Uruguay a partir de la redistribución del excedente agropecuario, sino que además su estructura ideológica lo vincula estrechamente a la misma izquierda política que administra el gobierno nacional por un segundo período consecutivo. Tradicional y estratégicamente la izquierda uruguaya, en sus distintas vertientes singularizadas, ha encontrado el mayor caudal de adhesión y apoyo en el ámbito de la educación nacional. Ese contexto otorga un sentido razonable a la sentencia de Carlos Quijano: “La universidad es el país”.

 

La segunda razón por la cual Uruguay presenta un significativo contraejemplo, es que la misma izquierda en el poder ha introducido la substitución de la ideología, en su propio núcleo paradigmático que ilustra la educación pública, por la tecnología representada por un Plan Ceibal,[7] cuyos efectos educativos siguen en tela de juicio, particularmente en cuanto el designio de “igualar oportunidades” pareció confundirse con “propiciar la excelencia”. Sin embargo, el binomio “igualdad-excelencia” supone una reciprocidad del cuerpo social en su organicidad, que en razón de la declinación de la representatividad progresista, la tecnología en su fase de culminación mediática no puede sino disgregar. Por el contrario, el presente parece indicar que la articulación entre la tecnología y la educación se establece, por la latitud que ha alcanzado la primera, en el propio campo de la sociedad, por lo cual el designio de convertir tal conmutación socio-técnica en vector educativo singular, parece destinado a ahondar aún más la brecha de la desigualdad.

 

Por esta razón, la movilización contra la política educativa del propio sector por el que el gobierno uruguayo ha pretendido, a través del Plan Ceibal, hilvanar su estrategia de articulación tecnológica (la educación pública y particularmente primaria), parece destinada a consolidar en su pliegue más íntimo la estrategia de contragobierno.[8] Tanto como la movilización convocada por las redes brasileñas para oponerse a un fútbol de pantalla, proyectado para disimular la desigualdad más estentórea, que cunde en la calle.

 

 

 

 

 

[1] “No es sólo brasilera” Montevideo Portal (24/06/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_204357_1.html

[2] “Felipao” elogia a Uruguay, su rival de semifinales” Terra (25/06/13) http://deportes.terra.com.ar/futbol/felipao-elogia-a-uruguay-su-rival-de-semifinales,426ef95c2487f310VgnCLD2000000ec6eb0aRCRD.html

[3] “Promueven proyecto para topear en $14.305 sueldo de legisladores y ministros” LaRed21 (02/07/13)

http://www.lr21.com.uy/economia/1113719-promueven-proyecto-para-topear-en-14-305-sueldo-de-legisladores-y-ministros

[4][4] Kant, I. (1935) Antropología en sentido pragmático, Revista de Occidente, Madrid, pp.7-8. Versión on-line en la dirección http://bibliophiliaparana.wordpress.com/2011/07/29/kant-immanuel-antropologia-en-el-sentido-pragmatico/ (acceso el 02/07/13)

[5] Lyotard, J-F. (1987) La condición Posmoderna, Cátedra, Madrid, p.16. Versión on-line en la dirección http://espanol.free-ebooks.net/ebook/La-condicion-postmoderna/pdf/view (acceso el 02/07/13)

[6] “Políticos brasileños, atónitos ante las protestas” El Observador (20/06/13) http://www.elobservador.com.uy/noticia/253495/politicos-brasilenos-atonitos-ante-las-protestas/

[7] “Objetivos” en  Portal Plan Ceibal http://www.ceibal.org.uy/index.php?option=com_content&view=article&id=44&Itemid=56 (acceso el 02/07/13)

[8] Ver en este blog “Renuncia, regresión y reagrupamiento: contragobernar en 2013” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/01/renunciaregresion-y-reagrupamiento.html

Edición en papel en el suplemento “Tiempo de Crítica” (Rev. Caras y Caretas), 25-01-13.

Inefable Educación sin Rendición de Cuentas: hacia el voto en blanco

aporía 2

 

Por Ricardo Viscardi

En su última intervención radial, el presidente Mujica nos ha alertado acerca de la futilidad de confundir la educación con todo lo demás. De esta necesaria diferenciación de la educación con los demás aspectos de la experiencia humana, surge incluso la posibilidad de diferenciar la enseñanza de la educación, lo que vuelve a esta última aún más inefable, ya que aligerada de la gravitación de la enseñanza, la labor educativa se convierte en un éter social absoluto. A partir del Iluminismo, el presidente vincula por igual esa esencia inasible con los improperios que surgen de la vituperación pública con ocasión de los accidentes de tránsito, así como con el Holocausto del pueblo judío en manos de los nazis, e incluso con cualquier otra catástrofe, si atendemos a la extensión generalizada del riesgo público en que incurrimos, por exceso o defecto de algo incondicionado: la educación.[1]

 

Recuerdo haber oido, con anterioridad al “giro copernicano” del planteo presidencial ante la demanda de los gremios de la Educación, el mismo criterio en una conversación al paso, entre un vendedor y una clienta, en plena feria ciudadana. Abierto ante todo al talante popular que sabe (que sabe) por antonomasia sin necesidad de enseñanza, Mujica no dudaría, sin duda,  en suscribir tanto al escenario callejero de la sabia apreciación, como a su propósito absolutamente imbuido de verdad popular, a la vista ferial del alimento mismo del saber social. El propósito del feriante, que fuera en su momento objeto del pleno asentimiento de una clienta, conmovida a su vez por la fructífera contundencia del argumento, señalaba que más allá de cualquier calidad personal, la educación se lleva en la persona, de manera que se porta con las maneras propias a uno mismo. No es educado quien aprende, sino quien desde ya se muestra bien educado. Esta condición inherente a la calidad de la educación, la separa de toda ínfula de diferenciación, ya que basta la buena intención, que proviene del vientre materno primero y de la lactancia que le sigue después, para suministrar el nutriente por excelencia al educando.

 

 Yendo más atrás, otro antecedente presidencial nos recordaba, en momentos en que la subversión amenazaba la consistencia social de la constitución ciudadana, que había connacionales “bien nacidos” y otros no (o no tanto, o menos, o maleducados, etc.). Por consiguiente, la educación tal como lo han afirmado dos titulares de la presidencia de la República, que por lo visto no sólo aproxima entre sí el cargo (Pacheco primero, Mujica ahora) es estrictamente inefable e innata en el sentido cartesiano del término: eterna.

 

En ese sentido racional Descartes infiere la existencia humana de la contraposición entre la duda sobre sí propio[2] y la certidumbre del ser divino que adviene, sin embargo, de pensarlo en uno mismo. Por lo tanto, este “sí mismo” llega a la afirmación de la existencia propia a partir de la duda y de cara a una certidumbre, sin ser a ciencia cierta, sino el quedar sujeto entre lo uno (lo humano precario) y lo otro (la idea de la divinidad).[3] Sin embargo la precariedad del sujeto racional se explica como fundamento, si se admite que provista de la idea de Dios, tal limitación queda sujeta a un influjo que no puede provenir sino de un orden sin falencia posible. Esta inscripción de lo humano en lo divino supera la participación, en razón de la acción permanente y actual del creador, providencia inmanente que explica, por lo tanto, tanto lo inefable de la idea de Dios en el hombre como lo inasible de la educación, una vez que el rango que se le atribuye la habilita incluso a prescindir de la enseñanza (revisando también la pedagogía sensualista de Condillac, para quien sólo la enseñanza inculcaba la idea en el humano).[4]

 

Sucede que ante la supuesta condición inefable de la educación, que  tanto nos permite salir con buenos modales de un accidente de tránsito como evitar un Holocausto, uno termina por preguntarse a que viene todo esto de las instituciones, las constituciones y las presidencias de las repúblicas. Confiados en que somos “bien nacidos” y educados desde el vientre materno por la mejor lactancia, conviene que nos hagamos a la idea de confiarnos educadamente a lo que nos depare el próximo paso, librados a la providencia de las buenas intenciones propias y ajenas.

 

Quien no se tome por arcángel de lo inefable aceptará de buen grado considerar las informaciones que difunden los medios de comunicación, incluso en aras de la “buena educación” de la prensa internacional del chisme, que se deleita “al ras del terrón” con el propio Mujica, en cuanto tales medios finalmente también llegan al punto más auténtico del territorio. Al tiempo que batía a pleno la inquietud por los recursos asignados a la Educación en la Rendición de Cuentas, surgía una encuesta de opinión pública cuyo artífice destacaba la supremacía del Frente Amplio en las intenciones de voto (45%) por encima del Partido Nacional (23%), del Partido Colorado (15%) y del Partido Independiente (2%) sumados. Curiosamente, el mismo comentador no incluía en sus consideraciones de enjundia una última cifra (15%) que igualaba al Partido Colorado (el tercer partido, sólo 8 puntos por debajo del Partido Nacional) y que reunía “no sabe, no contesta, en blanco, partidos pequeños”.[5]

 

Mientras el porcentaje obtenido por el Frente Amplio parece adquirir particular significación de cara a la Rendición de Cuentas, no reviste sin embargo, a los ojos de quien pergeñó la misma compulsa entre la población,  magnitud digna de ser comentada una cifra que constituye la mayor noticia electoral del Uruguay de los últimos años: los votos que emigran hacia los márgenes del sistema de partidos, particularmente, a partir del Frente Amplio. Si este último sigue sobresaliendo por sobre los otros dos partidos (más) tradicionales: tal predominio obedece a que sus adherentes en menos no pasan sin embargo a otras tiendas partidarias, sino que se incorporan a un espacio propio y diferenciado, que se preocupa cada vez menos en votar y cada vez más en incidir puntualmente a través de campañas de opinión (DDHH, despenalización del aborto, campañas contra la entrega de los recursos naturales al megaempresismo).

 

Es posible que pese a los esfuerzos dedicados por el director de CIFRA a hacer entrar la interpretación de los datos en el marco del sistema de partidos, lo inefable que recorre a este último, tanto desde el punto de vista de la “buena educación” que ensalzan por igual el presidente y el feriante, como desde el punto de la pulcritud programática y macro-económica que instruye el ministro de economía y finanzas, pugne por hacer salir de cualquier marco definible algo tan etéreo e inasible. Sobre todo si se tiene en cuenta que la consultora Factum estimaba, por su lado, en 8% la participación de los “refractarios” al sistema de partidos con fecha de abril último,[6] apreciación de otra consultora y competidora, que justificaría un desglose del 15% que Cifra atribuye a un “varios”, entre los que se encuentra el sector de mayor movilidad electoral en el Uruguay de hoy: los “refractarios”.

 

 En efecto, el mismo ministro se ha preocupado en hacernos saber que no ve razón, de cara a los desaires de los gremios, que lleve a modificar una programación que tiene por virtud principal ser una programación,[7] a su entender en provecho de todos. Por cierto, se trata de un “todos demográfico” un poco confundido entre aquella insistencia en “educación, educación, educación” que propalara Mujica en su discurso de toma de mando y esta referencia a lo inefable de la totalidad de la existencia social (que reagrupa los accidentes de tránsito y las cámaras de gas) pero excluye la “changa” –si se nos permite expresarnos en el estilo presidencial de Mujica- de la enseñanza.

 

No sólo los desaires gremiales se vinculan a una situación vivencial (como la que quien suscribe experimentara en plena feria vecinal), sino que además los hirsutos y desmelenados gremialistas aducen un gráfico del propio Banco Central donde la visual del PBI asciende en valores al estilo de la Montaña Rusa del Parque Rodó, mientras el gasto en la enseñanza se hunde más rápido que el Gusano Loco (del Parque Rodó chico) en la bajada.[8] El problema es que las dos curvas, más vertiginosas que las de una miss estadounidense sobrealimentada, componen entre sí una intersección que arroja un mismo perfil de evolución lineal, pero además, corresponden al mismo período a cuyo propósito el ministro nos dice que ya suministró el programa programático.

 

 Pese a la confianza ministerial en el beneficio para el “todos” del programa quinquenal, pareciera que las clases sin docente (40 grupos sólo en Montevideo) que comienzan a cundir en Enseñanza Primaria,[9] así como las renuncias que anuncian por doquier los gremios docentes de secundaria, podrían tener que ver con una economía donde las vocaciones se transforman en vacantes. Quizás tal renuncia suponga unas vacaciones de vocaciones, ante algo tan inefable como el valor de cambio de un salario, cuyo éter se puede cambiar por cualquier otra cosa, en un camino de sendas perdidas para la enseñanza, aunque según vimos seguirían siendo todas sendas de educación –gracias a la latitud absoluta que le otorga a esta última Mujica.

 

Alejados de lo inefable por curvas de todo tipo, los gremialistas llegan a hacer consideraciones en torno a las motivaciones que llevan al gobierno a persistir en “la calidad del gasto”, es decir, en imputar de holgazanes a los hambreados en el entorno de 12.000 pesos.[10] Sobre todo cuando un experto del país que se tiene por modelo en educación (en el sentido concreto, no en el inefable) les recuerda que para contar con buenos docentes hay que contarles, a fin de mes, un numerario de salario digno a la altura de lo que se pretende que eduquen.[11] Entre las desviadas consideraciones que el común puede pergeñar a dos años del próximo presupuesto nacional (sin rendición de cuentas posible en el año 2014 por pasar en período electoral), llevados por sendas perdidas muy lejos de lo inefable, tales desviaciones pueden tomar en cuenta que, elecciones de por medio, al gobierno poco le importa que aumente el voto en blanco y decrezca, gremios de la enseñanza de por medio, el caudal electoral del Frente Amplio.

 

En verdad, esa hipótesis no por amplia (en un sentido poco frenteamplista), deja de encontrarse refrendada por el análisis de la composición sectorial del gobierno. En efecto, las políticas de alianzas de los sectores que lo integran con mayor influencia, configuradas por la solidaridad entre el presidente y el vicepresidente, plantean perfiles electorales que no miran hacia la izquierda, sino hacia la derecha del Frente Amplio.  A través de las tomas de posición de sus principales abanderados y aliados (la CAP-L) en el gobierno, el MPP se ha opuesto a la reactualización de la legislación en DDHH, ha declarado la neutralidad presidencial o incluso la oposición ante la despenalización del aborto, e incluso ha propiciado la privatización a través de una campaña contra los trabajadores del Estado, conjunto de señales cuyo efecto electoral no puede llevarlo a crecer sino hacia su derecha. Tanto Mujica como sus ministros más próximos han prodigado, con la misma orientación estratégica, las señales destinadas a sellar “sobre el terrón” la alianza con los sectores de centro del Partido Nacional -por ejemplo con oportunidad de la celebración del “Bicentenario Oriental” (1811-2011).[12] Incluso el presidente ha destacado sin pudor ideológico alguno que encuentra la audiencia más propicia en el Congreso de Intendentes, sin hablar de la Universidad Tecnológica, cuyo diseño institucional que integra a empresarios y políticos apunta, particularmente en el interior del país (atravesado por el clientelismo atávico de los partidos tradicionales), a ganar votos apuntando a convencer en base a  “la izquierda también es del campo”.

 

Tampoco el sector de Astori puede pretender, ni lo espera, crecer hacia su izquierda, en cuanto levanta ante todo el estandarte de una “racionalidad económica” destinada a convertir al Uruguay, según el designio de los organismos financieros internacionales, en un dechado de buena conducta fiscal. Estos propósitos persisten incluso haciendo “memoria rasa” de las catástrofes que esos asesoramientos no han dejado de propiciar urbi et orbi, según un clímax alcanzado en la crisis de las sub-prime durante 2008, pero además agrega como “frutilla en la torta” el hasta ahora no desmentido apoyo del equipo económico del anterior gobierno frenteamplista, encabezado por Astori, a cerrar un Tratado de Libre Comercio con EEUU.

 

Por consiguiente, no forma parte del horizonte gubernamental, en razón de las estrategias sectoriales que predominan en ese ámbito ante la coyuntura electoral del año próximo, desviar un perfil dificultosamente pergeñado a contracorriente de la sensibilidad histórica de la izquierda, con el efectivo propósito de alcanzar la estabilidad electoral por la derecha. Al mismo tiempo se perfilan acreedores, ante un centro tan sensato como pacato, a la verosimilitud conservadora de una adaptación al status-quo.

 

El costo del “gasto cero” sería, sin embargo, mayúsculo tanto electoralmente como  estratégicamente para el Frente Amplio. En efecto, la quita de votos que significaría desilusionar las esperanzas del sector de la educación se mide por dos ángulos. En principio por el propio número de afectados, tanto en calidad de individuos como, en mayor proporción aún,  en razón del efecto sobre el entorno familiar. Baste recordar que el total de efectivos involucrados suma alrededor de 800.000 estudiantes en todos los niveles de la enseñanza pública, así como cerca de 60.000 docentes en las tres ramas de la enseñanza, a los que corresponde sumar decenas de miles de funcionarios no docentes.

 

Ante esta magnitud demográfica involucrada en la problemática de la educación, cabe señalar que entre este sector social y la izquierda política se registra, para el Uruguay, el mayor grado de integración ideológica relativa. Caracterizado históricamente por una estructura social con predominio de clases medias y la consiguiente movilidad social con base en la educación, el mismo país expresa una inclinación casi tradicional a la incorporación de la profesión educativa en un registro de izquierdas.

 

Esta constatación que en sí se ha vuelto teóricamente trivial, adquiere sin embargo una significación alternativa, si se considera que asimismo se tiene por indudable que el incremento del voto en blanco proviene, en los últimos años, de la misma izquierda política donde se inscribe mayoritariamente el sector social educativo. Parece por lo tanto razonable suponer que una agudización del conflicto entre el gobierno y los gremios de la educación, ambos dos contendientes vinculados, sin embargo, al mismo universo ideológico de izquierda, no puede sino incrementar significativamente la desistencia partidaria entre las inclinaciones electorales de la población.

 

No determina por vía directa lo antedicho que tal tendencia incidirá decisivamente en las próximas elecciones nacionales, donde puede encontrarse aún mitigada por el propósito de no favorecer indirectamente, al restarle un incremento del voto en blanco cociente propio a la izquierda, un reingreso de la derecha a posiciones claves en el plano nacional.  Ante todo, esa actitud conservadora puede obedecer al arraigado criterio corporativista de los uruguayos en la conducta ideológica, que se caracteriza por defender posiciones asumidas, bajo el criterio que advierte “no le hagás el juego a….”. Sin embargo, una auto-represión ideológica de índole corporativista en las elecciones nacionales puede revertirse en las elecciones municipales, en cuanto los comicios locales se celebran sólo seis meses después de las nacionales. El mismo prurito ideológico podría librarse de prejuicios ante una opción de menor entidad, como ya ocurriera en mayo de 2010, para marcar el sentido de “voto castigo” (en blanco) a la primera posición electoral ganada por la izquierda uruguaya y de alguna forma su bastión histórico: la intendencia de Montevideo. En ese caso, la ya pergeñada alianza electoral “rosada” (“colorados” y “blancos” mezclados) de los partidos “históricos” encontraría las puertas de Montevideo abiertas desde el interior de la ciudadela, por el caballo de Troya de una disensión entre la estrategia electoral del actual gobierno y la reivindicación insoslayable para la izquierda gremial, con una distribución de responsabilidades relativas que surge de las potestades propias a unos y otros.

 

 

[1] “Educación, educación, ¿educación?” Montevideo Portal (14/06/13) http://www.cifra.com.uy/novedades.php?idNoticia=195

[2] Descartes, R. (1979) Méditations Métaphysiques, Garnier-Flammarion, Paris, pp.79-81.

[3] Op.cit.pp.99-101.

[4] Condillac, D. (1798) Essai sur l’origine des connaissances humaines, Ch. Houel, Paris, pp.100-101.

[5]  “Intención de voto “si las elecciones fueran hoy” Cifra  http://www.cifra.com.uy/novedades.php?idNoticia=195 (acceso el 16/06/13)

[6] “Inclinación política actual. 1º trimestre 2013” Factum  http://www.factum.uy/node/915  (acceso el 16/06/13)

[7] “Lorenzo: “la Rendición de Cuentas no es una suma de aspiraciones individuales” LaRed21 (14/06/13) http://www.lr21.com.uy/economia/1110497-lorenzo-rendicion-de-cuentas-no-es-una-suma-de-aspiraciones-individuales

[8] Yohai, W. “La mala educación progresista. Cuando los de afuera nos vienen a cantar lo obvio” Resonando en Fénix https://docs.google.com/document/d/1HA99r2cusKE-K4upatF0riAWzJ8yk2I0YAljPhXrZjY/edit (acceso el 16/06/13)

[9] “VTV noticias: escuelas en obra, clases sin maestros” VTB http://www.youtube.com/watch?v=Sykk-BlAcfs (acceso el 16/06/13)

[10] “Rendición de Cuentas: Mujica tirará de la “frazada hasta que alcance” LaRed21 (13/06/13) http://www.lr21.com.uy/economia/1110210-rendicion-de-cuentas-mujica-tirara-de-la-frazada-hasta-que-alcance

[11] Op.cit. Yohai, W. “La mala educación progresista”

[12] Ver en este blog “Bicentenario, Patria gaucha y Patria chaucha: no es lo mismo, pero da igual” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2011/05/bicentenario-patria-gaucha-y-patria_312.html

Humanidades del poder: los “contenidos” de Antel-Arena

 

antel-arena 

Por Ricardo Viscardi
La circunstancia crítica por la que atraviesan las Humanidades está lejos de constituir un patrimonio nacional. Tanto en calidad de disminución relativa, como en cuanto fuente de esperanza, surge incluso de la noción de “Nuevas Humanidades”, propuesta por Derrida en La Universidad sin condición,[1] cuya característica más significativa en el plano estratégico, consiste en vincular el destino de la universidad a esa proyección actual de las Humanidades. Sin embargo, el Uruguay que los uruguayos siempre comienzan por presentar, fuera de fronteras, enfatizando la grandeza de espíritu de una pequeñez de tamaño, ha engendrando un rasgo prominente a escala mundial –como a los uruguayos, pese a la contrición que abunda en su estilo, les place que sea: un presidente de la República que ataca a las Humanidades.[2] 

No se trata, por cierto, del único rasgo que ha hecho prominente a nuestro actual presidente, sobre todo si tenemos en cuenta la contraposición entre su eminente cargo y la humildad de sus costumbres, o entre lo revolucionario de su pasado y lo conformista de su presente. Sin embargo, tal profesión de fe anti-humanista expresa el compromiso académico más significativo de su gobierno, en cuanto además, se ejerce sobre un país que nadie reconocería en el plano internacional, en lo que hace al relieve histórico de su actividad cultural, más allá del campo que articulan académicamente las Humanidades. 

Los propósitos avanzados por el actual titular del poder ejecutivo en el Uruguay son de índole claramente moderna: las humanidades, enfrascadas en la disquisición letrada, configuran un saber estéril y refractario, ajeno a la frescura del conocimiento, mientras una lozanía ajena convive con la realidad positiva y concreta en disciplinas aplicables, productivas económicamente y progresistas socialmente. Más allá del aire obsoleto de estos propósitos, no debe olvidarse que toda nostalgia dicha en presente, también representa una interpelación actual. Sin duda, la problemática de la tecnología en la actualidad, con sus trascendentes reversiones de la estructura del poder y de la significación del saber, se encuentra en el meollo de los signos que Mujica cree interpretar, pero que más allá de sus declaraciones, los agentes del poder y los sapientes del conocer manipulan en provecho propio. 

En efecto, de Habermas a Foucault y de Marcuse a Vattimo el tema de la tecnología ha constituido un rasgo dominante de la crítica del totalitarismo hasta nuestros días, según una progresión de la que surge un rasgo predominante: la autoridad teórica adquirida por la inscripción de la tecnología en la comunicación. La obsolescencia del propósito presidencial uruguayo al presente se manifiesta, en este punto, en cuanto el tópico de una índole primaria de la materia declina,[3] ante la inmaterialidad manifiesta de la captación y emisión de imagen a distancia, profana irrealidad de la que se espera, gubernamentalmente, el mayor provecho.  Pero sobre todo, esa obsolescencia de la materia prima en tanto efecto de una sacrosanta “base material de la producción”, contrasta con la actualidad del debate político, jurídico y tecnológico en el mismo país.

 Este debate se concreta, tanto en el plano jurídico como en el político, en torno a la condición estratégica más humanística: la sospechosa consideración de la “generación de contenidos”. La propia empresa estatal de telecomunicaciones (ANTEL), monopólica en el campo de distintas tecnologías de la comunicación, proyecta al presente la construcción de un edificio destinado a los espectáculos masivos que favorecen la captación de imagen espectacular, ya sea de índole deportiva, artística o incluso académica: una Arena. Pese a no formar parte de la panoplia instrumental de la comunicación –ni menos de su materialidad técnica, tales producciones culturales se vinculan de la forma más estrecha a las telecomunicaciones, en cuanto proveen un contenido de interés masivo. El propio titular del Ejecutivo apoya sin ambages  un emprendimiento que reúne la cultura y la recaudación bajo los haces reflectores, aunque irreflexivos, de la masividad del consumo ocioso.[4] 

En cuanto el emprendimiento mediático redituaría generosamente para las arcas públicas, cunde más significativa que el manifiesto interés presidencial por el beneficio económico y al margen de la polémica partidaria,  una argumentación teórica cargada de humanismos, por parte de humanidades poco humanísticas.

 El ingeniero Juan Grompone no alberga la menor duda acerca de la debida apropiación tecnológica, por los fueros de la empresa estatal, dirigida a la  “generación de contenidos”.[5] Grompone va más lejos que Shannon,[6] en cuanto este último hizo profesión de fe de la abstracción de todo contenido del receptor o del emisor, en aras de la omnisciencia del cálculo matemático de la fidelidad de una transmisión.  Esa misma abstracción de la interacción entre individuos,  que es el objeto de toda comunicación que se precie de tal,  convierte la divinizada exactitud del cálculo matemático, que en este caso toma por objeto una calidad de transmisión, en mera medición del soporte informativo de un canal tecnológico. Sin embargo, tal limitación formalista –aunque no humanística- no arredra a Grompone, quien enuncia la sucesiva supeditación de la “generación de contenidos” al canal que los extiende a distancia, desde el telégrafo hasta internet, según una ley fatal que se cumpliría en tanto (tele) apropiación tecnológica. Tanta captación tele-tecnológica de la mayor diversidad de contenidos quedaría, sin embargo, curiosamente al margen de la propia disquisición acerca de las “tele-tecnologías” que ocupa al ingeniero, sobre todo si tal esencialidad es provista por una humana –sino humanística- “generación de contenidos”.

Omar Paganini, desde la misma titulación en ingeniería que Grompone,  se contrapone sin embargo al reduccionismo formalista de éste último, en cuanto reivindica una condición de la “generación de contenidos” inaccesible al aparato tecnológico.[7] Sin embargo, los ejemplos de “contenido” que aduce no ilustran la contraposición con los artefactos, sino en tanto Paganini excluye a los primeros de toda posibilidad de transvasarse en continente, condición abstracta de una “generación de contenidos” que supone, por vía de consecuencia, la intangibilidad antihumanística de tales esencias ultraterrenas. 

En este punto convendría que Paganini nos proveyera el fundamento de su inaccesible referente, ya que los más renombrados especialistas, como Jacques Derrida, por ejemplo, no han logrado encontrar diferencia, en cuanto al contenido, entre el sujeto y el objeto, tratándose en uno y otro de caso de entidades cuya puridad parece tan cristalina (para el primero) como opaca (para el segundo).[8] Pareciera imposible por lo tanto que un objeto generara contenidos, tanto como identificar a un sujeto con la generación de lo que ya lo constituye, humana dificultad de generación de toda diferencia (o diferensia, si se quiere) que no vinculara al objeto con el sujeto y viceversa, ante cuya humana impureza, no se ve como Paganini lograría dividir la “generación de contenidos” de una “tele-tecnología” humanística. 

Sin embargo, la negatividad de Mujica ante sus propios dichos sobre las abstrusas humanidades comunicacionales, la de Grompone ante la acepción de “contenido” o la de Paganini con relación a la intangibilidad propia de la “generación” de los mismos, presentan en común una misma referencia: el poder.

 Pese a sus desafíos a los saberes improductivos, Mujica obtempera ante el financiamiento del espectáculo, de cara a las fabulosas ganancias que genera –ya hoy- la “inmaterial” empresa pública de telecomunicaciones, en razón de un emprendimiento que, según declara el presidente en funciones, sería imposible al margen de la inversión pública. Grompone, pese al reduccionismo tecnológico que profesa, lo niega ex profeso cuando aduce la legitimidad de la tecnología para “extenderse” hacia los contenidos, ya que no se ve cómo tal extensión pudiera alcanzar su propio objeto, sin que tales esencias presentaran una condición supra-tecnológica efectiva. Finalmente, Paganini hace de la “generación de contenidos” una instancia que debiera permanecer incólume por sus fueros, sin embargo, la negatividad social de tal entelequia surge con cristalina transparencia, cuando el mismo autor señala la necesidad de defender la neutralidad de las telecomunicaciones en tanto mercado, marcado –sobre todo en las telecomunicaciones- por la eterna neutralidad de la libre empresa capitalista. 



* Texto presentado en calidad de “disparador” de la Mesa de Discusión “Humanidades hoy”, en XVI Jornadas de Pensamiento Filosófico, FEPAI, Buenos Aires, 10 y 11 de mayo 2013.
[1] Derrida, J. “La universidad sin condición” en Derrida en castellanohttp://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 15/05/13)
[2] “Viru-viru” tu madrina” Mediorama (26/11/11) http://mediorama.blogspot.com/2011/11/viru-viru-tu-madrina.html(Acceso el 15/05/13)
[3] Wolton, D. (1992) Elogio del gran público, Gedisa, Bardelona, p.95 .
[4] “Tirate que hay arenita” Montevideo Portal (30/04/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_199214_1.html(Acceso el 15/05/13)
[6] Shannon, C. “A Mathematical Theory of Communication”  http://circuit.ucsd.edu/~yhk/ece287a-win08/shannon1948.pdf  p.5 (Acceso el 15/05/13)
[8] Derrida, J. (1967) La voix et le phenomène, PUF, Paris, pp.112-113. Ver igualmente (aunque sin paginación) « El suplemento de origen » en Derrida en castellano http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/suplemento_origen.htm(Acceso el 15/05/13).

Granos de arena de Antel

cilindro municipal

Ricardo Viscardi

Al recompensar a Abrahm por su obediencia filicida con una descendencia “tan numerosa como la arena del mar”,[1] Javhé parece haber olvidado que una obsecuencia aún más absoluta cunde en el obsoleto paraíso uruguayo de la racionalidad moderna, que no sólo pretende depositar el contenido de la historia en un cilindro municipal, sino además ir, uno por uno, al grano de cada contenido de Antel-Arena.[2] Un único contenido de grano permanece, sin embargo, incólume ante tal catástrofe bíblica contenida en los contenidos del Cilindro Municipal de Montevideo: el contenido de “contenido”.

 

En efecto, esta historia comienza por un término, que conlleva una manera clásica de ponerle fin: un diccionario. Alentándonos a hacer uso del diccionario de la Real Academia Española, el ingeniero Grompone[3] no soslaya su fidelidad tecnológica, ya que tal instrumento se encuentra on-line. Ahora ¿no sería el mismo diccionario una fuente de los mismos contenidos antes de ser incorporado on-line, o incluso, tomado de un anaquel, si se quiere, desde una escalera de biblioteca? En ese caso, la definición de “telecomunicaciones” que el propio Grompone encuentra “perfecta”, tal como la provee la legislación nacional en la materia, no hubiera agregado ni una jota al contenido del mayor diccionario de la lengua (en particular porque es en el grano de sus contenidos que se funda el abordaje que  propone, de la cuestión de la ley, el mismo enunciador, ante la polémica que suscita que supone Antel-Arena).

 

Entonces ¿cómo entender que las telecomunicaciones, entendidas como las entiende Grompone incorporan los contenidos, sino tan sólo en cuanto los extienden? Si la tecnología no hace sino extender los contenidos, no se ve cómo podrían las telecomunicaciones proveer el criterio para entender lo que se transmite a distancia, incluso de diccionario, ni menos, para gobernarlo. Por ende, la pretensión de Antel a configurar a través de una Arena la mejor generación de contenidos, se encontraría con una contradicción clásica: lo extenso (de la transmisión a distancia) se opondría a lo intenso (del contenido a transmitir).[4] Lo que inhabilitaría a Antel no sería la legislación nacional, ni la malversación habitual de sus contenidos por la partidocracia uruguaya, sino la propia impropiedad de la extensión para contener el contenido de “contenido”. La antena, todo lo electromagnética que se quiera, se hundiría en la trivialidad, falta de contenido.

 

En su contraposición a Grompone, Omar Paganini[5] pretende que el planteamiento idiomático de la cuestión legal encierra un sofisma. Para dejar en evidencia la truculencia reductora que le imputa al primero, denuncia la falacia que incluye la “generación de contenidos” como “parte” de las telecomunicaciones. Le parece tan inadecuado incluir la “parte” “generación de contenidos” en el todo “telecomunicaciones”,  como la “parte” “producción de soja” en el “todo” “transporte naviero”, o la parte “generación de niños” en el “todo”  “transporte escolar”. Cree así Paganini denunciar un sofisma asestado mediante el idioma, cuando lo que hace es usar el idioma de los sofismas para asestar la noción de “contenido” en tanto “esencia apropiada”, válida por igual para el transporte fluvial o la gestación biológica, como para la “premisa menor” de un silogismo.

 

Si aplicáramos la noción de “parte” como sinónimo de “contenido”, sin diferenciación conceptual entre la enunciación lógica y la agregación de segmentos físicos, o la complementariedad de elementos biológicos, debiéramos entender que la pata del caballo es el contenido del caballo. O que la veta de mineral es el contenido de la estratificación geológica. Pero parece difícil que el contenido “contenido” se use en tal sentido, a no ser en tanto “telecomunicación” entre el idioma y los referentes, lo que nos retrotrae por la vía más insospechada a un substancialismo acerbo, vestido de “objetividad”, a la más pura acepción de metafísica que Ricoeur imputa, más allá del silogismo, al aristotelismo.[6]

 

En tanto “forma parte” del ordenamiento de la forma en el cosmos griego, la “parte” es “contenido” en cuanto articula (“mediáticamente”, para una percepción “anacrónica” que leyera el planteo griego desde la contemporaneidad) la mediación entre la premisa mayor y la conclusión.[7] En ese punto Aristóteles creyó haber resuelto un problema de “telecomunicación” de la theoria griega, planteada por la intangibilidad de las formas ideales platónicas, en cuanto tal inaccesibilidad de la idealidad desafiaba la mediación de un cosmos integrado en todas sus “partes”, de cara las unas a las otras.[8]

 

Tanto la noción de telecomunicaciones como extensión de contenidos, en la acepción que le parece satisfactoria a Grompone, como la noción de “contenido” en que Paganini pretende disolver, mediante una acepción gobernada por la observación empírica, una acepción de “parte” gobernada por la mediación aristotélica entre las formas y los casos; llevan por igual a ignorar que la noción de “contenido” no se diluye en la transmisión (“telecomunicacional” en un sentido lato de la teoría) que constituye la tradición, sino que es la sucesiva traducción de “esencia” y de “idea”, a través de distintos contextos semánticos. Más grave aún es que tal noción de “telecomunicaciones” en tanto fatal articulación tecnológica de contenidos, o en tanto neutralidad ante su gestión económica, conlleva tanto la defensa de un reduccionismo tecnológico como la aceptación de un indeterminismo empresarial.

 

La historia no precipita el maná de su contenido en “tecnología”, de manera tal que las telecomunicaciones proveen la Arena en que se dirime el cotejo entre los intereses de la empresa estatal y las empresas multinacionales, como termina por afirmarlo Grompone. Menos aún “los negocios” proveen un difuso criterio de “gente” y “empresas de todos los rubros” apaciblemente contrapuesto a los razonables “oligopolios naturales”, de manera que no nos cabe sino confiar en la “neutralidad de la red”, que así presentada  por Paganini, parece una cosa tan justamente mediada como un “justo medio” –incluso el de la “premisa menor”.

 

La falencia crítica que trasuntan por igual el fatalismo artefactual y la indeterminación empresarial, desprecia de la metafísica todo lo que ignora de la teoría de la comunicación. El “determinismo tecnológico” de McLuhan dejó por el contrario estampado que “un medio es el contenido de otro medio”,[9] de forma tal que disolvió la diferencia entre las “telecomunicaciones” y la “generación de contenidos”, puesto que la tecnología pauta los contenidos tanto como éstos se plasman en contextos artefactuales propios. Por otro lado, la teoría del discurso disolvió la pureza de los contenidos en “el medio” de la formalización del lenguaje, en tanto calibró la teoría como  “caja de herramientas”,[10] en cuya panoplia instrumental ningún contenido queda al margen de la habilidad del usuario,  ni de la entidad del problema que se pretenda resolver.

 

 La tragedia crítica que asola al Uruguay se hace patente en que no sólo el rey está desnudo,[11] sino que además cierta acepción mirífica de la tecnología lo hace aún más transparente.

1]“Tu descendencia será como las estrellas del cielo” en Nos ponemos en camino http://nosponemosencamino.blogspot.com/2013/01/tu-descendencia-sera-como-las-estrellas.html (Acceso el 30/04/13)

[2] La empresa estatal de telecomunicaciones (Antel) y la Intendencia Municipal de Montevideo se ha asociado para construir una Arena mediática, generando acusaciones de inconstitucionalidad de la oposición. Ver “Mujeres de Arena” Montevideo Portal (23/04/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_198643_1.html

[3] Grompone, J. “ANTEL nuevamente en la lucha”  Voces (11/04/13) p.8. Versión electrónica en https://2414f8b3-a-1cdd88af-s-sites.googlegroups.com/a/voces.com.uy/web/ediciones/2013/archivos/voces380.pdf?attachauth=ANoY7cpSQPB3gfMOIldPbCsgsSgdRL-zJRW_o_pW35aSawklg-6PMLhof0uOXUd2rUjSQ4rc_nDG9FWIXTRczKXZMvo0k82q-pmnkfioMrJvKo7gVpQommW6B9rtQhRbvRTEvSTXxtkOQ0fUIB8hwZw7QKJuUencfSsNlwyyI3rkkvlei8JcV4RIgvsRnX2d1OxvFPLGM5Dz_LBGnOA33k3tUdUSuNyDPCrknMNpKdbIcj3pIwK_udI%3D&attredirects=0 (Acceso el 01/05/13)

[4] Serrano, G. (2005) Conocimiento versus forma lógica. La querella en torno al silogismo 1605-1704, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, pp.207 a 211. Versión electrónica en http://www.bdigital.unal.edu.co/1442/6/05CAPI04.pdf (Acceso el 01/05/13).

[5] Paganini, O. “La generación de contenidos y las telecomunicaciones” Voces (18/04/13), p.4. Versión electrónica accesible en https://2414f8b3-a-1cdd88af-s-sites.googlegroups.com/a/voces.com.uy/web/ediciones/2013/archivos/voces380.pdf?attachauth=ANoY7cpSQPB3gfMOIldPbCsgsSgdRL-zJRW_o_pW35aSawklg-6PMLhof0uOXUd2rUjSQ4rc_nDG9FWIXTRczKXZMvo0k82q-pmnkfioMrJvKo7gVpQommW6B9rtQhRbvRTEvSTXxtkOQ0fUIB8hwZw7QKJuUencfSsNlwyyI3rkkvlei8JcV4RIgvsRnX2d1OxvFPLGM5Dz_LBGnOA33k3tUdUSuNyDPCrknMNpKdbIcj3pIwK_udI%3D&attredirects=0 (Acceso el 01/05/13)

[6] Ricoeur, P. (1990) « Individuo e identidad personal » en Sobre el Individuo, Paidós, Barcelona, p.70.

[7] Brun, J. (1961) Aristote et le Lycée,PUF, Paris, p.41.

[8] Op.cit.p.38.

[9] Mc.Luhan, M. (1996) Comprender los medios de comunicación, Paidós, Barcelona, p.30. Versión electrónica en http://cedoc.infd.edu.ar/upload/McLuhan_Marshall__Comprender_los_medios_de_comunicacion.pdf (Acceso el 01/05/13)

[10] Foucault, M. (1979) Microfísica del poder, Ed. de la Piqueta, Madrid, p.79. (Versión electrónica en http://sociologicahumanitatis.files.wordpress.com/2009/10/foucault-m-microfisica-del-poder-espanol.pdf (Acceso el 01/05/79)

[11] Amir, H. “Sastrería del desastre” Henciclopedia http://www.henciclopedia.org.uy/Columna%20H/HamedSastreriadeldesastre.htm (Acceso el 01/05/13).

Los ángeles estalinistas y la militancia del Papa

Francisco

 

Ricardo Viscardi

La profusión mediática en torno a la figura del Papa, ha disuelto con sencillez franciscana las rispideces polémicas que sucedieron al inicio del pontificado de Francisco. Tal emanación informativa justifica, personificándola, la acepción “experiencia vicaria”, con que se ha designado a  la comunicación.[1] Esta elisión procede según el secreto de toda transferencia: se deja atrás un sentido que pasa a ser opacado por otro. El sentido relativizado no queda en el secreto en cuanto oculto, sino que pasa a un lugar diferido, relegado o aún, subsidiario.

 

La gran prensa y una mayoría del público han dejado atrás la preocupación por las acusaciones de colaboración que vinculan a Francisco, cuando aún no había asumido el papado, con el régimen de terror en Argentina durante los años 70’. En este giro mediático han cumplido un rol decisivo declaraciones que eximían al actual Papa, por entonces Superior Jesuita en aquel país, de cualquier responsabilidad en la colaboración con el régimen en el poder. Entre estas declaraciones se destaca en particular la de nuestro compatriota Gonzalo Mosca[2], que provee cierto desvanecimiento de la imputación. Este efecto de sobreseimiento se debe, en buena medida, a que Gonzalo no se vincula, ni por trayectoria ni por actividad, a intereses que pudieran atenerse a cierta benevolencia hacia aquel Superior Jesuita. En ese sentido, su declaración contrasta con la de Pérez Esquivel, en más de un aspecto, tanto por el involucramiento personal del Premio Nobel argentino con la problemática del período en cuestión como, sobre todo, en razón del vínculo que mantiene con la Iglesia Católica en tanto laico notable.

 

El relato que hizo Gonzalo ante los medios lo oí en persona, de fuente propia, durante uno de los encuentros que mantuvimos, en ocasión de reuniones de exalumnos del colegio en el compartimos, desde tercer año de primaria, la misma clase hasta cuarto año de liceo. En aquella narración de la peripecia personal faltaba un nombre que surge en la versión que difunden los medios: Bergoglio. Esa ausencia se explica perfectamente, ya que en aquel encuentro entre nosotros, la figura del director de San Miguel no era relevante a efectos del relato personal entre amigos, mientras sí lo era, ahora ante los medios, para cumplir con el propósito de dar testimonio a favor de quién, en un acto de coraje personal e institucional, probablemente le haya salvado la vida.

 

Este gesto enaltece a Gonzalo, no sólo porque cumple con su convicción íntima a raíz de la experiencia personal, sino además, porque retribuye la notable solidaridad que se le prodigara en una circunstancia límite. Por otro lado, mi propia memoria ratifica en un todo lo relatado por Gonzalo a los medios, en cuanto lo he oído de él personalmente, muchos años antes, en el mismo relato de su peripecia singular ante la represión.

 

Aunque la suma de testimonios favorece al actual pontífice ante la memoria posible, tampoco resulta suficiente, a no ser a la luz de la mediatización de los medios masivos, para satisfacer la interrogación sobre la actuación en el pasado de quien ha sido ungido Papa en el presente. La cuestión supera en mucho, de cara a una comprensión satisfactoria, el plano de la responsabilidad personal de Francisco.

 

En efecto, Página 12 está muy lejos de constituir un órgano meramente difamatorio y anticlerical, tal como la Iglesia ha querido presentarlo. No sólo por su papel en el esclarecimiento de los crímenes ocurridos bajo la represión militar en la Argentina, sino ante todo, por el rol que ha cumplido en el periodismo rioplatense, en cuanto se ha hecho eco de una perspectiva vinculada a sesgos suprapartidistas de la actividad  política. Incluso las declaraciones sobre su propio estado de ánimo del jesuita Jalics -que según distintas versiones habría sido “entregado” por Bergoglio-[3] refieren que el  religioso húngaro actualmente se “encontraría en paz” con el Papa,[4] expresión cuyo implícito –reforzado porque Jalics también declara “no puedo comentar sobre el papel del padre Bergoglio en estos sucesos”- supone que tal estado de ánimo fue precedido por una agitación en otro sentido. Por igual las declaraciones de Pérez Esquivel, señalan a las claras que se exime al actual Papa de responsabilidad, pero en un sentido negativo, en cuanto no habría emprendido gestiones que, cuando tuvieron lugar, de todas formas fracasaron.[5]

 

Este conjunto en cierta forma cacofónico y contradictorio, deja cundir la impresión de un defecto clásico de formulación, e incluso menos, de una composición de lugar mal elaborada: un problema mal planteado. Para esclarecer tal defecto, quizás ayude admitir provisoriamente un punto de vista extremo: a favor del papa Francisco. Ha cundido mundialmente el voto de confianza que le dispensa Leonardo Boff, quien apoyándose en señales dadas por el actual pontífice (tales como adoptar el nombre “Francisco” o antecedentes a favor de la liberalización doctrinaria), augura una renovación de la Iglesia.[6] En tal sentido, conviene destacar que el vaticinio de Boff se sostiene en el factum institucional: una vez ungido papa, el sucesor de Pedro cuenta –según el teólogo brasileño- con un margen de maniobra insospechado.

 

Sin embargo, esta profesión de fe en la institución es precisamente lo que permite albergar dudas ante el crédito político que extiende el eminente teólogo. Esa perspectiva institucional instala una bisagra ética que gira con cierta ambigüedad, en torno a la actuación del imputado, vinculada desde entonces a un contexto que trasciende su lugar personal. En efecto, si socorrer a un perseguido corresponde a un acto de caridad perfectamente compatible con la fe cristiana, por otro lado, también constituye una obligación del responsable bajo cuyo cuidado se encomienda una grey, no favorecer actitudes que pongan en peligro la misión evangélica emprendida en común.

 

Si salvar a alguien perseguido por su acción a favor de los desposeídos sigue siendo la obligación personal de un cristiano más allá del cargo que ocupe, velar por la protección de la institución que evangeliza en el sentido de la justicia también lo es. Desde el punto de vista de la reconstrucción hipotética de una circunstancia crítica, quien por entonces  oficiaba como Superior jesuita en la Argentina, podía entender encontrarse ante dos mandatos cristianos contradictorios en su forma, pero no en su contenido, cuando evitaba que un perseguido (por ejemplo Gonzalo Mosca) cayera en manos de la represión y  cuando se desentendía de las acciones de quienes (por ejemplo Yorio y Jalics) quizás ponían, a su parecer, en peligro la misión pastoral bajo su responsabilidad.

 

Si esa “doble articulación” de la responsabilidad revistiera cierta eficacia explicativa a partir de una conjetura, el eventual efecto de esclarecimiento logrado pone asimismo en duda la confianza política que Leonardo Boff deposita en la investidura papal, en cuanto espera que la institución cambie unilateralmente, precisamente por la cumbre. Alternativamente, la misma ambigüedad personal que encarna toda institución cuestiona la fe militante de quienes parecían esperar, por la base, que la institución eclesial orbitara contra el terrorismo de Estado. Sin duda muchas lecturas del evangelio y varias tendencias teológicas, amén de los antecedentes históricos en el mismo sentido,[7] otorgan verosimilitud a la hipótesis de una conjunción entre la Iglesia y la actividad revolucionaria.

 

Pese a esos elementos, la hipótesis de una “iglesia por la liberación social”, tiende a alejar a la comunidad religiosa de la expresión institucional, incluso como Estado, que singulariza a la Iglesia Católica como un poder terrenal que da testimonio de una revelación divina. La articulación entre la verdad revelada y su transmisión terrenal constituye la característica propia de la Iglesia Católica, en cuanto un sentido inalterable se trasunta a partir de un testimonio faliblemente transmitido.

 

En tal perspectiva, el sentido de la verdad y la verdad de la institución reflejan una misma –doble- articulación entre lo inalterable y lo efímero, en la que se constituye la singularidad diferenciadora del catolicismo. Sólo si la divinidad autoriza la verdad, la misma luce inalterable, por lo tanto, tal intangibilidad suprema no puede transmitirse sino por medio de instrumentos limitados y falibles. Iglesia y verdad son indisociables en la significación institucional de la trascendencia,[8] unión que a su vez viene a ser secularmente refrendada por la fatal cortedad de miras, que aqueja necesariamente al instrumento mundano de la voluntad divina.

 

Por consiguiente, estos dos polos entre los que se instituye el sentido de verdad y el sentido de institución no pueden ser tensionados al extremo a favor de uno, sin que desaparezca simultáneamente el otro. Incluso, su mutua complementariedad explica, a través de la acepción doctrinaria, que la Iglesia haya logrado fundar la índole propia de la comunicación en tanto tradición, según una mutua justificación entre el sentido trascendente y la expresión mundana. A punto tal que para distintos autores, la Iglesia Católica expresa un régimen de recuperación simbólica de toda disidencia, cuyo principio  de sustentación rige por igual a la comunicación moderna, al punto de proveer el ejemplo canónico de manipulación de toda insumisión posible.[9]

 

En este punto, el trazado del círculo explicativo se cierra y por igual se abre. Si la comunicación masiva ha logrado hacer “olvidar” la duda exhibida sobre el pasado del Papa, lo ha logrado ante todo, porque toda comunicación es sustancialmente “papal”. Como tal, la “experiencia vicaria” como la entendía el teórico de la comunicación Molles, concuerda con lo expresado por el teólogo de la liberación Boff: no es Bergoglio ante quien estamos, sino ante el vicario de Cristo en la tierra. Ahora es Francisco, ya no el cardenal argentino anti-kirchnerista.

 

Pareciera entonces, que si se buscara una alternativa a esa recuperación protagonizada en pocos días por la comunicación y desde hace siglos por su madre Católica, Apostólica y Romana, debiéramos procurarla en una destitución de las instituciones, antes que en un cambio en la cúpula del edificio.

 

Inclusive, porque la propia institucionalidad izquierdista parece extrañamente favorable a las transferencias más inauditas, e incluso, por anticipado. En el caso del Uruguay, una curiosísima amnesia crítica aqueja al espectro intelectual, en cuanto a la memoria crítica  del totalitarismo soviético. Pareciera que nuestro horizonte analítico estuviera poblado de curiosísimos ángeles estalinistas. No sólo haber pertenecido al Partido Comunista del Uruguay no supone de por sí un baldón que se asocie a la complicidad ideológica con el Goulag,  la Cortina de Hierro y proezas tales como la invasión de Checoslovaquia, sino que no faltan quienes añoren –incluso sin proponerse integrarlo- el retorno de aquel “buen viejo partido”,[10] que decía amén sobre lo que profesara el Kremlin.[11]

 

En efecto, algunas memorias más equívocas que las que rememoran a Bergoglio en su período de Superior Jesuita, parecen no recordar la condena de la invasión de Hungría por al FEUU en 1956, o la declaración contra el golpe de Estado en Polonia que firmamos 73 exiliados en Francia en 1981.[12] Sin embargo, a tal respecto, también quien escribe se encuentra en condiciones de testimoniar personalmente, en particular sobre la condición de “disidentes” que se atribuía a quienes denunciábamos entre los uruguayos lo que era una evidencia para cualquier sensibilidad crítica, que debiera como tal, ser tan irritable ante el “Big Stick” estadounidense en el Caribe, como ante la presión sobre las “repúblicas hermanas” del Pacto de Varsovia. Si los “disidentes” uruguayos no conocieron el destino de tantos de sus homólogos húngaros, checos, polacos o incluso soviéticos, fue ante todo porque el famoso “sistema” y su “verdad” se derritieron como un terrón de azúcar en el agua de la crisis mundial de los corporativismos de Estado.

 

Sin embargo, los ángeles estalinistas no sólo transitan sin mayor reproche de memoria en medio uruguayo, sino que además no conocen por aquí crítica teórica alguna. Recientemente se editó un libro destinado al análisis del Partido Comunista del Uruguay, que sin embargo, como un testimonio más de la angelical trayectoria del estalinismo entre nosotros, se ha agotado.[13] El lector podría pensar que tal éxito de librería se debe a las virtudes críticas de la obra. Sin embargo, la recensión a la que tenemos que resignarnos a falta del texto en librería, subraya que el planteo en cuestión no se pregunta por el fundamento de una lectura de Marx a partir de la versión soviética.[14] Tal elemento bastaría, si se recuerda que el  “lenguaje estalinista y postestalinista”, en tanto característica propia de la “transformación autoritaria del lenguaje marxiano”,  ya era imputada por Marcuse en “El Hombre Unidimensional”[15] –obra inspiradora del movimiento del 68’, es decir, 45 años atrás, para entender el grado de “liberación” ante la problemática del totalitarismo que luce nuestra perspectiva vernácula, así como para explicar la ligereza de libélula con que evolucionan por nuestro cielo ideológico los ángeles estalinistas.

 

Sería tan absurdo esperar militancia del papa como exigir espíritu crítico de un ángel estalinista, porque los vincula entre sí cierta intangibilidad infalible, producto de la teología cristiana en el primero y de la secularización marxista del mismo trasfondo en el segundo, con efectos significativamente análogos.

 

 

 

 

 

 

[1] Moles, A. (bajo la dirección de) (1985) La comunicación y los mass media, El Mensajero, Bilbao, p.121.

[2] Civils, A.I. “Papa Francisco: uruguayo recuerda a un Bergoglio valiente que le ayudó a huir de la dictadura” LaRed21 (23/03/13) http://www.lr21.com.uy/comunidad/1094074-papa-francisco-uruguayo-recuerda-a-un-bergoglio-valiente-que-le-ayudo-a-huir-de-dictadura

[3] Verbitsky, H. “Recordando con ira: Jorge Bergoglio en la dictadura argentina” (tomado de Página 12)  LaRed21 (13/02/13) http://www.lr21.com.uy/comunidad/1092643-recordando-con-ira-jorge-bergoglio-en-la-dictadura-argentina

[4] “Con Bergoglio estamos en paz”, dijo el sacerdote jesuita Francisco Jalics” Tiempo Argentino (16/03/13) http://tiempo.infonews.com/2013/03/16/mundo-98330-con-bergoglio-estamos-en-paz-dijo-el-sacerdote-jesuita-francisco-jalics.php

[5] “De derechos e izquierdas” Montevideo Portal (14/03/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_195000_1.html

[6] Frayssinet, F. “Lo que interesa no es Bergoglio y su pasado, sino Francisco y su futuro” Adital (25/03/13) http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=74328&grv=N

[7] Por ejemplo, los curas franciscanos expulsados de Montevideo por los españoles, bajo la acusación de conspirar a favor del artiguismo, a la voz de “váyanse con sus amigos los matreros” ver Parteli, C. “Mensaje del Arzobispo de Montevideo a la comunidad dicocesana” (11/10/82) http://www.franciscanos.net/teolespir/partlepr.htm

[8] Para una discusión in extenso de este criterio teórico, ver en este blog: “Aborto de verdad: la excomunión ante Lacan” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/11/abortode-verdad-la-excomunion-ante.html

[9] Ver al respecto Viscardi, R. (2007) Guerra, en su nombre, Biblioteca Virtual de AFU, https://www.box.com/public/cud9v5x1h9 , p.30

[10] López, D. “¿Dónde está el PCU uruguayo, frenteamplista, comunista?” Voces (18/07/11) http://www.voces.com.uy/articulos-1/%C2%BFdondeestaelpcuuruguayofrenteamplistacomunistapordanielalopezr

[11] Ver particularmente el capítulo “La URSS: la utopía territorializada” en Silva, M. (2009) Aquellos comunistas, Taurus, Montevideo.

[12] Publicada por la Revista Diálogo (1981) Paris.

[13] Martínez, F. Ciganda, J.P. Olivari, F. (2012) ¿Nos habíamos amado tanto?, La Bicicleta, Montevideo.

[14] Pereira, M. “Un valioso punto de partida” La Diaria (16/11/12) http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/11/un-valioso-punto-de-partida/

[15] Marcuse, H. (1969) El hombre unidimensional, Seix Barral, Barcelona, pp.131-132.

El tecnólogo de Oz (léase OSE)

Oz 3

 

 

Ricardo Viscardi

La industria cultural nace en Estados Unidos para propiciar la cinematografía, desde sus inicios, al servicio de una estrategia de frente interno. Por entonces se atisba, entre las dos guerras mundiales, el papel galvanizador que podía cumplir la imagen en movimiento, para impulsar la propia movilización de masas.[1] En aquel ensayo estadounidense se inspira una ya extendida tradición que ha afinado su punto de mira en la creencia, pasando de la demonización del enemigo al entretenimiento educativo de la infancia.
Ya Platón advertía el alcance educativo de las canciones infantiles en la incorporación de orientaciones a través de la diversión más inocente.[2] Ahora se plantea adosar, a una figura que propicia la adhesión de los espectadores infantiles, la impresión que producen los efectos especiales de la tecnología. La bondad y la tecnología no son sino un único patrimonio innovador. Para convertir la invención en intención nada mejor que dotar al Mago de Oz de un paradigma de maquinación benefactora, que en el film Oz, el poderoso[3], actualmente en cartelera, beatifica al inventor prodigioso: Thomas Alva Edison.
El Mago de Menlo Park ha impresionado durablemente el registro de memoria de  Disney Company, al punto que la versión del Mago de Oz que nos ofrece el gigante de la diversión infantil toma por mentor al inventor de la bombilla eléctrica. El paralelo mago-inventor rige el desarrollo narrativo tanto como la jerarquía política del relato, sin dejar de mandatar la divisoria moral entre el bien y el mal. No sólo la referencia al inventor paradigmático luce primigenia, en la fantasía del mago de circo cuestionado por un público de campesinos groseros y arteramente desconfiados, sino que la misma figura inmarcesible preside el operativo de la liberación bienhechora. Thomas Alva Edison no inventó la bombilla eléctrica sino que la perfeccionó,[4] mejoría redentora sin embargo, que arroja durable luz artificial sobre la necesaria intercesión previa, que propicia toda invención útil. La metáfora de la invención a medias de la luz artificial ilumina, desde entonces, el paso a dar por cada hijo de vecino, para alcanzar  la felicidad pública: si somos como Edison la magia de la invención derramará sus bondades –mago mediante- sobre el Reino de Oz.
Dirimido el punto arquimídeo de la polis, el conflicto se traslada al fuero íntimo del mago ¿podrá el chapucero convertirse en benefactor? En pos de ocupar el trono real de Oz, el proto-poderoso-mago-chapucero sólo atina a llenarse de oro, traicionar a las brujas que parecen buenas y atacar a la que parece mala, abusar de la credulidad de un mono adulón y mofarse de un pueblo de idiotas; sin dejar de conservar, en medio del embuste, la ambición y la seducción, un tropismo de gentileza sentimental, que puede convertirlo todo él en solidaridad conversa.
En un universo hecho a la medida de la invención,  el genio gestor de la bondad pondrá la necesaria cuota parte de innovación del sí mismo, para pasar del mal al bien por una vía de ajuste de emisión, que termina por proyectar, en  el propio patio del castillo, en voluta gigante la imagen virtual del mago-rey. Auxiliado por un operador afro-descendiente, el tecno-mago interviene por la imagen de sí, en calidad de efecto especial absoluto con relación al Mal, que representan estúpidamente las brujas malas. Incapaces de percibir, ante la proyección que las confunde tecnológicamente, el bien que gracias a la invención del Mago de Menlo Park se proyecta bajo efecto especial, las brujas malas dejan finalmente el reino de Oz en manos del Mago-Rey, o viceversa, que desde entonces traerá la felicidad y la tranquilidad a un pueblo  bondadoso, todo en uno.
Si Disney Company logró convertir al Mago de Oz en un tecnólogo exitoso, es presumible que idéntico logro, incluso de taquilla, advenga con la enjundiosa innovación de la Universidad Tecnológica, recientemente creada entre nosotros. Pareciera que para ilusionar a la población con los pases productivos de un mago inventor pudiera prescindirse de efectos especiales cinematográficos, ante  la misma parusía del bien que se anuncia por vía gubernamental. Quizás ni siquiera se logre diferenciar, desde la platea, entre el incremento de productividad programado y los efectos especiales proyectados, a partir de la misma base virtual en una pantalla de milagro, incluso de (¿PC? escolar) XO. 

El maná de buenas acciones y mejores intenciones que desde ya se prodiga desde los cielos financieros sobre el emprendimiento tecnológico, pauta agorero su bienaventuranza. Tanto como el anuncio de idénticos afanes benefactores de financiadores internacionales, requeridos ahora ante la necesidad de purificar las aguas de OSE (Obras Sanitarias del Estado), invadidas por el desequilibrio biológico producido por agrotóxicos en tropel vandálico.[5]

 Ante la prosapia psicotrópica de un narcisista simpático, Mago-Inventor-Rey-Tecnólogo,  habilitado tecnológicamente a reconvertir la propia vesania timadora en empatía benefactora, conviene recordar aquella hueste del averno que dominaba en Gualeguaychú. ¿No pretendían aquellos adoradores de Satanás que las agroindustrias iban a acarrear polución y desarreglo ecológico?[6] ¿No se probó hasta el hartazgo que según los estándares internacionales Botnia no contaminaba? ¿No probó de forma fehaciente, el propio fallo de la Corte Internacional de la La Haya, que no estaba probado que esa planta contaminara? ¿No pretendían asociar, sin la correspondiente base empírica, un conflicto local a un criterio supuestamente orientador de la perspectiva colectiva?
Vendrán “espontáneamente” más préstamos del BID[7] para apoyar bienhechoramente a la Universidad Tecnológica y estos acarrearán otros más para filtrar las aguas ahora tóxicas, que de niños tomábamos enardecidos de sed, de la canilla, al terminar el picado con la pelota que fuera, por ahí. Porque a la Tecnología le cabe la aplicación feliz de lo que es buenamente sabido, como se sabe, incluso pese a estrambóticas e inútiles disquisiciones filosóficas acerca del vínculo entre lo que es conocer y lo que es ser,[8] como si lo que se aplica objetivamente se atara a una sensibilidad subjetiva y como si el desarrollo productivo pudiera llegar a ser nocivo, absurda polución idealista que proveería cierto trasfondo cultural, incluso prostituyéndolo -se dice- financieramente.
[1] McQuail, D. (1983) Introducción de la comunicación de masas, Paidós, Barcelona, p.217.
[2] Platon (1873) Les Lois (livre VII), Charpentier, Paris, pp.50-52.
[3] Oz, el Poderoso, You Tube https://www.youtube.com/watch?v=ZrAPtrg-gCU (acceso el 15/03/13)
[4] “Edison y la lámpara incandescente” EPEC http://www.epec.com.ar/docs/educativo/institucional/fichaedison.pdf (acceso el 15/03/13)
[5] “OSE invertirá millones para tratar el agua antes de evitar los agrotóxicos” LaRed21 (15/03/13) http://www.lr21.com.uy/comunidad/1092914-ose-invertira-millones-para-tratar-el-agua-antes-de-evitar-los-agrotoxicos
[6] Viscardi, R. “El zorro en la papelera” (03/01/06) Compañero http://www.pvp.org.uy/viscardi.htm
[7] Mizrahi, A.M. (entrevista a Rodolfo Silveira) « La UTEC creará dos carreras universitarias en marzo 2014” LaRed21 (09/03/13)  http://www.lr21.com.uy/comunidad/1091627-la-utec-creara-dos-carreras-universitarias-en-marzo-2014

[8] Dos mesas sobre “El presente de las Humanidades en la Universidad”, en el marco del 2º Congreso latinoamericano de filosofía de la educación, tendrán lugar en el Salón Maggiolo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, el jueves 21 y el viernes 22 de marzo, a las 13 y 30 h.

Ibero Gutiérrez: la verdad sobre el abismo

abismo

 

por Ricardo Viscardi

Significativamente interpelada desde la globalización, la jurisprudencia uruguaya oscila entre los derechos humanos y la Constitución de la República.[1] Los instigadores del liberticidio traen a la memoria los tiempos en que avasallaron la misma Constitución republicana que decían defender[2], mientras la impunidad encuentra sus mejores aliados en algunos subversivos de ayer, arrepentidos hoy día.[3] Quizás convenga percibir que entre un derecho acartonado en memoria vernácula y un clamor de justicia respaldado por un cuestionamiento universal del totalitarismo, se abre también una memoria del abismo, como auténtica duda del sí mismo, mirada por Ibero cuando duda poéticamente de la realidad.

La objetividad supone cierta consolidación del sentido. En cuanto manifiesta una regulación  de la experiencia según un protagonismo verificador, la verdad se somete a una normatividad, expresada tanto por un tribunal del saber[4] como por la jurisprudencia del derecho.[5] Sin embargo,  la normatividad teórica no ancla en el dictamen, sino en la verdad, mientras la legalidad del derecho se disuelve sin la justicia. Sobreviniente por demasía entre la normatividad y el derecho, la verdad de la justicia habilita un quiasma que nunca deja de apelar a un exterior mayor que lo instruye.  Escindido por la trascendencia,  el simple sentido de objetividad cae en la trivialidad, si no somete la consistencia normativa al trance abismal de la verdad y la justicia.

Si Marx tenía razón al sostener que las sociedades no se plantean problemas que no puedan resolver[6], esa impregnación de la solución en el devenir deja suspendida la verdad sobre lo inescrutable por venir. La puesta en suspenso de la evidencia  hace justicia a la trascendencia, como se la lee en Ibero[7], en cuanto somete la conciencia al escrutinio de una sospecha absoluta, con el quién de la pregunta como único asidero, al borde del abismo de sí mismo.

El derecho a la sospecha se sostiene en el criterio del sí mismo, que pone en danza  la autenticidad al son de lo insondable. Con cierto equilibrio, un eje soslayado permite seguir el ritmo, sin dejar de quedar erguido de paso.

Cuando se anula ese derecho a una franja de vaivén entre la normatividad y el derecho, lo primero que se sacrifica es la poesía. En particular, porque su cosa es el sentido, impregnado sin embargo de otras cosas que el sentido. Ibero alcanzó esa impregnación del mundo en su realidad y de ahí su enorme don poético: decir aquel sentido que se sostenía por sí mismo, de manera que su poesía nunca es tan sólo el mismo Ibero.

De ahí que todo él no fuera reductible al simple sentido, ni su sentido de la verdad separable de la justicia que todo lo envuelve. De ahí también que esa duda que levanta sobre todo lo que lo rodeó, hasta los 22 años en que muere, sea una duda en la que todavía bailamos, al son incluso, de los sentidos de aquella muerte.

En ese lugar estuvieron todos los asesinos y todos los asesinatos, porque no se mataba a alguien por lo que era, sino ante todo por lo que se podía decir que era. Desde entonces es una muerte signada por cierta tergiversación del sentido, que intentaba decir: así mueren los tupamaros.[8] No fue asesinado un estudiante que era poeta, pintor, enamorado y tupamaro, sino alguien que mediáticamente, en cuanto había sido encarcelado por razones políticas ligadas a la insurgencia subversiva, quería ser imputado víctima para fomentar el terror.

Esa manipulación mediática del sentido ya estaba presente en la prohibición por parte de Pacheco Areco de la difusión masiva de siete palabras del idioma[9] y se va a ver prolongada en los “Comunicados de las Fuerzas Conjuntas” que modulan la cotidianeidad amenazante del terror  -a partir del Estado de Guerra Interno votado en el Parlamento por todos los sectores de los partidos tradicionales, seguidos más tarde aún, por la política de desapariciones del totalitarismo uruguayo (inocuamente titulado “dictadura militar”).

Todos estos episodios son manifestaciones de la inverosimilitud del sentido inmediato de la normatividad objetiva, que paradójicamente exige la verosimilitud de la mentira como mentira,  paráfrasis que amplifica la frase de Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Sin embargo, la prostitución del sentido que señala esa frase no es tan sólo publicitaria (en la doble acepción de animar una condición pública y una política de publicidad), sino que además provee un criterio. Por ejemplo, el que sostiene una “guerra interna” contra la insurgencia democrática o la que “presenta” una realidad conformada por desapariciones. Que una realidad pueda presentarse a través de desapariciones reales señala hasta qué punto el sentido ha traspasado la verdad de la mera evidencia y se encuentra sometido a un régimen de sospecha, verosímil porque inverificable en lo inmediato. No que la sospecha no pueda llegar a ser dilucidada, sino que la objetividad normativa atenida a la evidencia no puede, ya en adelante, satisfacer la verdad.[10]

Esa “realidad producida” tecnológicamente, en particular a través de la comunicación masiva,  conlleva tanto la obnubilación totalitaria que se tiene por único sentido posible, como el cuestionamiento de la realidad sostenida en la transparencia del sentido. En los dos casos, el sentido se topa con la cuestión de la justicia y la verdad, en el primero, en cuanto pretende estamparse en ellas, en el segundo, en cuanto las inscribe en palimpsesto, entre escrituras pretéritas y emergentes.

En esa infinitud de horizonte no perece la pregunta por la verdad, sino un procedimiento reductor de la decisión. Requerida a destiempo[11] por un hambre de sentido, la verdad acude a la superficie de la memoria, desde las propias raíces de la justicia.

 

[1] Pereira, M. “Traduciendo a la Corte” La Diaria (26/02/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/2/traduciendo-a-la-corte/

[2] “Poco convencional” Montevideo Portal (01/03/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_193865_1.html

[3] Según Zabalza, el número de quienes participaron del MLN y acompañan, desde el entorno presidencial, la política de impunidad, no supera los 70 a 80, sobre los 3000 miembros de la misma organización en el pasado. Ver: Tagliaferro, G. “El lado B de la revolución” Montevideo Portal (12/02/13) http://www.montevideo.com.uy/noticia_192275_1.html.

[4] Kant vincula prioritariamente la Crítica de la Razón Pura a la figura de un “Tribunal ” que dictara leyes “eternas e inmutables”. Kant, I. (1973) Critique de la Raison Pure (Préfaces et Introduction), Aubier-Montagne, Paris, pp.18-20.

[5] El término “contexto” que actualmente vinculamos a la realidad que suma un conjunto de circunstancias, se origina en las disposiciones subordinadas a un mismo un acto jurídico, ver Lalande, A. (1983) Vocabulaire technique et critique de la philosophie, PUF, Paris, p.181.

[6] Marx, K. (1976) “Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía

política” en Marx, Karl y Engels, Friedrich Obras escogidas , Tomo I

Editorial Progreso, pp.517-518.

[7] Gutiérrez, I. (2009) Obra Junta (1966-1972),  (Antología de Laura Oreggioni y Luis Bravo), Estuario, Montevideo. Asimismo se encuentra información sobre Ibero en “Ibero Gutiérrez” facebook, http://www.facebook.com/pages/Ibero-Guti%C3%A9rrez/249738293942?fref=ts

[8] La ejecución de Ibero fue firmada “Comando cazatupamaros”. Ibero se encontraba fatalmente identificado, en la propaganda totalitaria de entonces, como  “tupamaro”, a raíz de su viaje a Cuba, premiado por un ensayo juvenil, así como por  haber sido procesado y remitido, por pocos meses, al Penal de Punta Carretas.

[9] “Cuando estaba prohibido decir “tupamaros” en el Uruguay” Blog de Blogs, http://blogsdeteaydeportea.com/contenidos/1548-cuando-estaba-prohibido-decir-tupamaros-en-uruguay.html (acceso el 03/03/13)

[10] “Gilberto Vázquez admitió haber removido cuerpos de desaparecidos durante la dictadura militar” El Observador (06/08/06) http://www.elobservador.com.uy/noticia/54812/gilberto-vazquez-admitio-haber-removido-cuerpos-de-desaparecidos-durante-la-dictadura-militar/

[11] Según Agamben, “contemporáneo” es aquel sentido que quiebra la continuidad cronológica del tiempo, ver Agamben, G. (2008) Qu’est-ce que le contemporain?, Payot-Rivages, Paris, pp.37-41.

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porno

 

Ricardo Viscardi

 

Desde la famosa “puesta sobre los pies” de la dialéctica hegeliana por Marx, el tropo de la inversión ha contribuido, con un sugestivo y enjundioso gesto, a la discusión filosófica. La cuestión que parece pesar en el asunto no es de gravitación, mal que le pese al desmelenado humor sexual de los sesenta, que predicaba con desparpajo “amaos los unos sobre los otros”. En efecto, para dar lugar a un tropo de posición es necesario gozar (no forzosamente en familia) de una perspectiva. Una vez que se abandona el lugar del tercero excluido o incluido, o incluso supuesto (sub-puesto[1]) -problemática aristotélica que arrastramos arqueológicamente desde el “argumento del tercer hombre”[2], la cuestión se vuelve indecidible, que es como decir que decide por nosotros (Derrida dixit[3]), pero sin base -o arriba/abajo, afuera/adentro, etc.- de por medio.

 

Quino ha percibido en su propio humor que la base de la cuestión del ensamble familiar, que tanto atormenta a nuestros contemporáneos, no es otra que la propia base como tal, una vez que se la advierte añadida por debajo, en tercer lugar. Como se viene de señalar, si a algo se le quita tal “base” (ground, fundamento, subjetividad, etc.) le sucede lo mismo que al sujeto que pone en evidencia Vattimo[4]: queda involucrado en aquello mismo que denunciaba escandalizado. De ahí que la remarca de Quino sobre la familia ensamblada aporte, por provisión de humor, la explicación del enjambre en que nos mete tal ensamble: interpelado por la expresión “La familia es la base de la sociedad” Miguelito aclara “la mía no tiene la culpa”[5]. Pero hay gente que le está buscando a esta cuestión el derecho o el revés, o si se quiere (tratándose de familia) el arriba o el abajo[6].  Con el propósito de terciar sobre la base de la desaparición de tal base, pese a explorarse cierta vía escabrosa, no desprovista, incluso, de fines edificantes,  presentamos en lo que sigue algunas consideraciones relativas al caso de la porno-familia Sexxxton.

 

 

La familia Sexxxton: de la mediación negativa a la proactividad  mediática[7]

 

Una vez considerada con cierta seriedad, la cuestión de la pornografía cae bajo una atmósfera de ironía. La ironía proviene del escepticismo antiguo, en cuanto declara el sentimiento de distancia entre lo humano y el designio inaccesible. Pero no se sostiene que lo inaccesible no existe, sino que el designio de alcanzarlo es vano porque excede la condición humana. Por esa razón el escepticismo antiguo no se vinculaba primordialmente al conocimiento, como humorada ante un presunto saber, sino a la pretensión de alcanzar algo imposible para los medios humanos, despropósito que termina por convertirse en víctima de su propia desmesura ética.

 

Un tufillo de equívoco denuncia, con desenfado, el propósito de dar cuenta conceptualmente de la pornografía. La ironía se inscribe en este caso, dentro de cierto escepticismo del conocimiento que desacredita,  con un halo de vergüenza agregada y por avance, el intento de explicar la pornografía sin caer en la obscenidad. Ese hiato de vergüenza entre el propósito teórico y la condición expuesta de la pornografía es propiamente pornográfico, en cuanto nos señala que cunde aún cierto sesgo de pudor que se resiste a la puesta en escena de una grafepornía, es decir, una escritura de la prostitución.

 

 

Pornografía, representación, valor y escritura

 

Sin embargo, esa escritura avanza masivamente entre nosotros, tal como lo expresa el caso de las “Sexxxton”, madre e hija. La pornografía de índole filial  se ha convertido en un éxito comercial, en cuanto progenitora y progenie protagonizan, conjuntamente con terceros de distinto género, registros de sexo explícito[8]. Más allá de recaudos legales que adoptan las protagonistas, entre los que cuenta no mantener contacto carnal entre sí, el vínculo filial se convierte en exhibición deliberada, destinada a la excitación sexual de terceros. Entrevistada al respecto, la hija que protagoniza estas escenas declara que al registrarlas piensa ante todo en el dinero que obtendrá a cambio[9].

 

Por encima de interpretaciones de psicólogos que hacen notar los límites simbólicos infringidos[10], la declaración del propósito financiero que guía la participación de una de las protagonistas señala cómo, lejos de encontrarse exenta de valor, la actuación pornográfica se resume en el valor bajo su forma más abstracta y generalizada: el valor de cambio. En efecto, el afecto y la preferencia familiar se han puesto al servicio de un designio trascendente y jerárquico al mismo tiempo, en cuanto el dinero gobierna la circulación del valor y por vía de consecuencia, la constitución económica del capital[11]. Consignada monetariamente, la estrategia pornográfica de la familia Sexxxton, lejos de estar desprovista de valores, exhibe un designio obsedido –se diría que obscenamente y la redundancia queda por explicar- por el valor.

 

Ahora, quien dice valor dice representación y también escritura. En efecto, ningún valor puede ser concebido al margen de su vínculo con otro elemento, a través de una relación que pueda ser diferenciada y sostenida, es decir, representada. No sólo el valor económico se vincula con una finalidad de uso o un quantum de cambio, sino que el propio concepto de valor lingüístico, tal como lo concibe Saussure, depende de la posición relativa de los signos en la estructura de la lengua. En el habla, el valor expresa la significación de un signo con relación a un referente. Si me encuentro ante un pequeño curso de agua, “arroyo” y “río” revisten, en su significación propia, valores distintos puestos en relación al referente[12]. Es decir, la representación y el valor son concomitantes y no pueden ser separados, incluso en el campo del sentido lingüístico.

 

De la misma manera, la escritura supone la materialidad de un grafema, en tanto marca incorporada en un soporte, que es puesta en valor por una lectura. La escritura permite, al igual que el valor de cambio en la moneda, la circulación de la representación, en cuanto consignado en un soporte, el signo se separa del autor y permanece a la disposición de un tercero, más allá del lugar en que se encuentren uno y otro, en el espacio o en el tiempo[13].

 

Escribir sobre la prostitución (sentido etimológico de “pornografía”) y prostituir la escritura, particularmente por su publicación con destino a la lectura, son entonces inseparables, en cuanto tal como dijera Foucault de la segunda edición de la “Arqueología del Saber” “este libro ya no es el que yo he escrito”. En efecto, valido de la puesta en valor de la marca escrita, el lector prostituye inexorablemente el sentido primigenio, desviación que provee la interpretación de una obra, tanto en el sentido de la apología como del anatema.

 

Transformación de la pornografía

n de la pornografíaVinculada desde entonces, es decir desde la propia escritura, con la prostitución que representa tanto literaria como críticamente, la pornografía parece sin embargo excedida por sí misma, sobrepujada (chassing) por una insistencia en valerse del valor para desvirtuarlo. Tal corrupción es inherente a la prostitución, que como vimos, provee la condición originaria de la pornografía (etimológica y literalmente: escribir sobre la prostitución). Sin embargo, cierta prostitución de la prostitución, si se nos permite el exceso de lenguaje, acaece como efecto del sobrepujado virtuoso que se propone alcanzarlo todo valiéndose del dinero, que no provee desde ya la satisfacción de una necesidad, ambición o designio, sino que constituye un “objeto total”, tal como lo declara la “Sexxxton” hija.

 

En tal sentido, la prostitución no sólo se encuentra imbuida de un valor desde que lo violenta, manipula o desvirtúa, sino que además configura por sí sola la “clave de bóveda”, que tanto culmina como sostiene un sistema de mediaciones. Podemos afirmar,  de una forma simbólica, que se la ha “prostituido”. Sin remontarnos hasta la significación de la prostitución en la antigüedad griega, cabe recordar que el batllismo promovió la instalación del control de la salud de las meretrices, por razones de higiene pública[14]. Es decir, el ejercicio de la prostitución no sólo se encuentra, en la modernidad –capitalista si se quiere, gobernado por el valor de cambio, sino que además forma parte de un sistema de valores públicos que alcanza representación política.

 

En tanto objeto de valor, representación y escritura que se incorpora en el campo social y político, la prostitución y la escritura componen (pornográficamente) un vínculo de mediación. Mediación entre el deseo y el objeto del deseo, entre el trabajo sexual y el consumo erótico, entre la necesidad simbólica y la satisfacción orgánica. Cabe entonces preguntarse acerca del sentimiento negativo en torno a una mediación que se vale, sin embargo, de los mismos recursos que cualquier otra.

 

Constituyéndose por la misma vía de valor,  representación y escritura, la pornografía contradice sin embargo la estructura propia de toda mediación, en cuanto el objeto de que se vale en el vínculo con un tercero no lo designa personalmente, ni reclama de su parte una interpretación. Se trata entonces de una inversión de la significación misma de la mediación, en cuanto tal condición siempre reclama, para sí, la probidad de una intencionalidad y la persona de un semejante. Contrariando el sentido ético kantiano, la pornografía trata a una persona como una cosa -por ejemplo cuando incluye el vínculo filial entre madre e hija en una misma escena sexual, haciendo abstracción de la prohibición del incesto, que por esa prescripción instruye el fuero íntimo de la persona moral en nuestra cultura.  Por consiguiente, la pornografía no supone una anulación de la mediación, sino una mediación negativa, en cuanto la condición paradigmática de la mediación -manifestar la transparencia de una intencionalidad y dirigirse a alguien en su fuero propio- se encuentra desvirtuada en la índole sexualmente explícita que la constituye.

 

A este respecto, conviene tener presente que la acepción inicial de “pornografía” que registra el diccionario la subordina a “obsceno”, que a su vez se caracteriza en el léxico por la negación del pudor (en cuanto tal virtud se encuentra “obscenamente” desvirtuada, pervertida u ofendida).

 

pornografía.

(De pornógrafo).

1. f. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas.

2. f. Obra literaria o artística de este carácter.

3. f. Tratado acerca de la prostitución.[15]

Sin embargo, el diccionario va a modificar esa acepción, que se inscribe negativamente con relación a una virtud (el pudor), por una acepción positiva, que se caracteriza ante todo por la actitud deliberada y la finalidad instrumental:

pornografía.

(De pornógrafo).

1. f. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación.

2. f. Espectáculo, texto o producto audiovisual que utiliza la pornografía. Prohibieron la venta de pornografía en los quioscos.

3. f. Tratado acerca de la prostitución.[16]

 

Uno estaría tentado de sostener que la pornografía pasa de una ética de los valores (cuando significa lo contrario del pudor) a una ética de la responsabilidad (cuando pasa a significar la provocación carnal). Sin embargo, el carácter negativo de la mediación que reviste la prostitución de la escritura -por la opacidad de la intencionalidad que ostenta y la privación moral del semejante que supone, no permiten vincularla a una significación ética positiva.

 

Moral negativa, ética positiva

 

¿Cómo entender entonces la moral de la hija Sexxxton? ¿Existe tal moral en tanto estructura positiva de valores, sostenidos en una cristalización representativa de la persona? Pareciera que la respuesta es afirmativa, en cuanto la declaración de la protagonista de las actuaciones transgresoras sostiene una finalidad que no excluye bienes, expresados además pluralmente, en comunidad de propósitos y objetivos familiares. Se trataría entonces de una moral negativa, en cuanto contraría los valores propios del habitus en vigor, pero que curiosamente reviste asimismo una ética positiva, en cuanto traduce una actitud imbuida de los valores que implementa.

 

Cierta contradicción que asoma en el caso de las “Sexxxton” entre moral negativa y ética positiva, anclada a su vez en la diferenciación deleuziana entre moral (sistema de valores representables) y ética (rasgos característicos de una conducta)[17], permite interrogar el estatuto de la mediación negativa que reviste la pornografía, desde que, subordinada a la obscenidad, se la concibe en tanto virtud (el pudor) desvirtuada.

 

Desde esta perspectiva, la forma en que la declaración “mientras hago las escenas pienso en lo asquerosamente ricas que vamos a ser” llega a desvirtuar la virtud del pudor, no es pasiva a la manera de una permisividad o debilidad, sino enérgica y activa, supone como tal una decisión adoptada. No se trata de la mera exhibición, sino de la exhibición que es efecto de una implementación de intereses, de manera tal que la actuación escenográfica de la pornografía queda supeditada a la finalidad que se le encomienda.

 

Se podría contraponer a esa lectura de una condición deliberada de la actuación pornográfica, que en toda pornografía subyace la misma intencionalidad, vinculada a un interés económico, simbólico, emocional, etc. Sin embargo, en este caso tenemos dos aspectos que expresan la articulación proposicional de la pornografía con un universo de valores: la declaración de una intencionalidad que subordina la escenificación pornográfica a una finalidad monetaria “(…pienso en lo asquerosamente ricas…)”, en segundo lugar, la significación que prodiga sobre la transgresión protagonizada, el objetivo de enriquecimiento a piacere.

 

 

Proactividad mediática

Por lo tanto, la intencionalidad pornográfica presenta, para utilizar un término –quizás no casualmente- a la moda, un desarrollo proactivo. Tal “proactividad” se opone a la mediación negativa que representaba la obscenidad, que a su vez transfería a la pornografía una desacreditación de la mediación. En efecto, el régimen obsceno de la pornografía, como lo habíamos visto, contradecía la significación de la mediación, en razón de una anulación de la transparencia intencional y de la persona del destinatario.

 

Puesta al servicio de una alternativa ante el registro tradicional, la proactividad pornográfica no puede sustentarse en la mediación, ya que como lo planteábamos anteriormente, la constitución de la mediación se encuentra desvirtuada por la condición propia de la pornografía. Por consiguiente, tal proactividad parece presentarse en tanto exceso respecto a la mediación que la sobrepuja y  avasalla, convirtiéndola en un mero expediente instrumental.

 

Si la afirmación anterior pareciera escapar a la mera consideración sexual y llegar a emparentarse con el conjunto de la condición contemporánea, convendría tener en cuenta que la anulación de la distancia y de la escena, es decir, de la mediación, es para Baudrillard lo propio de la condición actual de “pantalla y red”[18]. Asimismo, Bernard Stiegler considera que el narcisismo primario que se constituye a través de una demanda de amor, se encuentra substituido por una condición tecnológica que anula la misma capacidad amatoria del humano, en cuanto esta capacidad exige una distancia orgánica eliminada por el artefacto tecnológico[19].

 

Por consiguiente, la condición obscena que observamos en actuaciones que trascienden lo sexual, se extiende al conjunto de la experiencia colectiva, incluso cuando se reivindica, por ejemplo, un relato heroico del pasado para justificar claudicaciones del presente, ante los poderes de turno.

 

Pareciera, por nuestros días, que la obscenidad prospera ante todo en el campo mediático, donde la mediación que antaño intermediaba hoy tan sólo efectúa designios de parte resuelta. Aunque la atracción sexual siga proveyendo una vía privilegiada para la explotación de la imagen, la condición proactiva de la prostitución de la escritura está muy lejos de reducirse a la mera cuestión de la exhibición de índole sexual. E incluso puede ser que esta termine por revestir las formas más pueriles y menos peligrosas de la manipulación mediática, en particular, en razón de la reversión simbólica que parece inclinar la sexualidad al servicio de cierto fervor, cuasi religioso, por el cuerpo.

 

Por el contrario, es en la noción de cuerpo, en tanto ella reviste el principio de la mediación en nuestra civilización, donde debe acentuarse el análisis, en cuanto la mediación es el verdadero objeto pervertido por la exhibición, antes que un cuerpo esgrimido estratégicamente o modelado obsesivamente. La cuestión central pareciera ser, desde este punto de vista, que el cuerpo se ha convertido en un vehículo de la pornografía proactiva. A su vez esa condición decidida prospera exponencialmente, en cuanto termina por convertir todo cuerpo en un vehículo de la imagen, es decir, en un mensajero.

 

La cuestión sería entonces, que este vehículo mensajero ha abandonado los equilibrios propios de la naturaleza y se ha incorporado en lo que Virilio ha denominado una “ecología gris”[20]. Es decir, el equilibrio de los mensajes corporales que los humanos establecen entre sí no depende, actualmente, sino de una actitud proactiva que ya no se subordina a ritmos ancestrales e ignotamente trascendentes, sino a la decisión que los particulares toman sobre su propio destino y además, sobre el destino ajeno. Tener presente esa destinación estratégica de un equilibrio a alcanzar, más allá de sí mismo, pero sin ninguna identidad esencial de por medio, ni mediación, es el desafío del presente, incluso a través de la obscenidad y la pornografía.

 

 

[1] Sobre este planteo de Derrida ver Viscardi, R. “Desarrollo y tecnología” en Biblioteca virtual de AFU https://www.box.com/shared/la1z84e37r (acceso el 20/01/13)

[2] “Argumento del tercer hombre” en Filosofía griega http://www.webdianoia.com/aristoteles/aristoteles_meta.htm (acceso el 20/01/13)

[3] Derrida, J. “Horizonte de pensamiento” (entrevista de C. Paoletti) en Derrida en castellano http://www.jacquesderrida.com.ar/audio/derrida_paoletti_5.htm  (acceso el 20/01/13)

[4] Vattimo, G. (1990) La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, pp.148-149.

[5] “Quino anda ahí” Montevideo Portal (05/01/13) http://www.montevideo.com.uy/nottiempolibre_189047_1.html

[6] “El Papa exhorta a los cristianos a “decir no  a la teoría del género” LaRed21 (19/01/13) http://www.lr21.com.uy/mundo/1084931-el-papa-exhorta-a-los-cristianos-a-decir-no-a-la-teoria-del-genero

[7] Texto originalmente destinado al ciclo “1ª Muestra de cine pornográfico”, organizada en Café La Diaria por Mateo Etchegoyen (diciembre 2012).

[8] “The Sexxxtons” madre e hija se juntan en cine porno y facturan millones” LaRed21(10/12/12) http://www.lr21.com.uy/mundo/1078317-the-sexxxtones-madre-e-hija-se-juntan-en-cine-porno-y-facturan-millones (acceso el 20/12/12)

[9] Op.cit.

[10] “Mamita querida” Montevideo Portal (10/12/12) http://www.montevideo.com.uy/nottiempolibre_186706_1.html (acceso el 20/12/12)

[11] Marx, K. (1977) Le capital (Livre II), Ed. Sociales, Paris, p.310.

[12] Saussure, F. (1967) Cours de Linguistique Générale, Payot, Paris, p.160 http://es.scribd.com/doc/10935335/Saussure-Ferdinand-Cours-de-Linguistique-Generale (acceso el 20/12/12)

[13] Derrida, J. (1972) Marges. De la philosophie, Minuit, Paris, p.37d8.

[14] Acosta, L. “La mediación del “higienismo” en la génesis del servicio social en el Uruguay”, p.9 http://www.ts.ucr.ac.cr/binarios/pela/pl-000045.pdf (acceso el 20/12/12)

[15] Diccionario de la Real Academia Española (artículo enmendado) http://lema.rae.es (acceso el 20/12/12)

[16] Op.cit.

[17] Deleuze, G. (1981) Spinoza philosophie pratique, Minuit, Paris, p.35.

[18] Baudrillard, J. (2000) Mots de passe, Pauvert, France, pp.37-41.

[19] Stiegler,B. (2003) Aimer, s’aimer, nous aimer, Galilée, Paris, pp.16-17.

[20] Virilio, P. (1997) Cibermundo, Dolmen, Santiago, pp.59-60.

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