Por Marina Ayala

Un mueble muy especial que siempre me ha acompañado desde que tengo uso de razón. Todos los demás muebles se acomodan de acuerdo a su ubicación, tamaño de la vivienda e idiosincrasia de los habitantes. Si la casa es grande, como solían ser en otras épocas, se asignaba un pequeño salón para su ubicación. En espacios reducidos, como se implementó con la propiedad horizontal, se volvió todo un debate de categorías en donde se ubicaría este absorbente aparato. En la sala principal con las butacas y sofá rindiéndole homenaje, si la concepción era compartir atracciones con amigos y familiares. O se ubicaba en las habitaciones para que cada quien disfrutara según sus gustos y a sus anchas. A la larga se multiplicó su presencia y se ubicaban en sala, cuartos, patios, zaguanes y cocina. Por donde fueras pasando te lo encontrabas, con su generosidad, presto a servirte de compañía o mostraste el distante mundo que siempre te esperaba.

Imágenes y sonidos, seres que hablan y te distraen por largos ratos. Ver a mis tías viejas interactuar con este aparato es uno de los recuerdos que atesoro con más ternura. Una de ellas les hablaba a los personajes de la novela que no se perdía. “Así no, te va a engañar” “No caigas en esa trampa” ¿Pero esa muchachita no tiene quien la aconseje? Para después reafirmarse con un “te lo dije” frente a la pantalla. Otra tía ya más viejita y con demencia creía que eran personas que llegaban a su fiesta,  les daba la bienvenida y buscaba pasapalos. Así tenía una fiesta todas las noches antes de dormir, vivió festejando hasta que murió. Se respetaba el derecho a fantasear, a vivir en mundos particulares, se respetaba la vejez y su inevitable soledad.

No se entiende el derecho que  tienen los seres humanos al esparcimiento, no se entiende que el estar confiscado en aislamiento por tiempos largos no es humano. Que ya en nuestro país y desde hace muchos años no se transita con libertad por las calles, los parques se convirtieron en espacios peligrosos por la falta de vigilancia y la alta tasa delincuencial. No se contempla la tragedia que significa tener a niños sin poder ir a las escuelas ni poder patear sus balones o montar en bicicleta. Por todas estas condiciones infrahumanas que padecemos es que la televisión adquirió aún más importancia para sostener la precaria salud metal que poseemos. Siempre tenemos obligaciones que atender aunque sea desde el hogar, pero se ha alargado el tiempo de ocio que en parte era invertido en ver excelentes programas de la oferta internacional.

Hoy prácticamente la programación televisiva desapareció en más de la mitad de los hogares venezolanos. ¿Se tiene idea de los estragos que esta medida causó? ¿De los efectos emocionales especialmente en viejos y niños? Ya veremos los resultados sin ninguna escapatoria, así será. Un nuevo e inesperado despojo que tenemos que sufrir mientras la indiferencia o discursos moralistas matan. Si oigan, una cablera que se había posesionado en el mercado nacional, líder de penetración en los hogares y que cumplía una labor social de importancia, tiene un compromiso ético nada despreciable ni banal que cumplir. Me escandaliza la indiferencia y la falta de comprensión con nuestra verdadera naturaleza. Esas posturas soberbias de los puros que se consideran superiores están haciendo estragos en el carácter humano que no debemos extraviar.

“Queremos ver lo que queramos, donde queramos, cuando queramos y tantas veces como queramos”. Por estas libertades y el derecho a defenderlas levantaré mi voz cada vez que sea necesario, esa es la esencia de la democracia que queremos rescatar. El esparcimiento y la diversión son tan importantes como el trabajo y la creación. No somos robots somos seres humanos que no se nos olvide jamás. El aparato lo tengo me falta su vida, su presencia, su cara y su voz. Durante el apagón en Nueva York la televisión se dio un descanso y tuvo sus consecuencias demográficas. Cuidado con lo que va a suceder ahora en nuestra país sin pañales, leches ni pediatras. Yo escojo por lo que me quiero dejar influenciar y por los momentos declaro que sin las novelas españolas la vida me despoja de entrañables personajes.