Por Naudy Henrique Lucena

La  phyllia  es un insecto  tan parecido a las hojas del árbol donde habita  que termina  confundiéndose con estas y su mimetismo o similitud  es tan perfecto  que  puede ser  devorada  por sus propios compañeros, los cuales  entran de vez en cuando,  en  un estado de avidez colectiva tan extrema que si no hubiera algún    acuerdo político natural mínimo entre ellas ya estarían en completa  extinción.  Aunque sea irremediable tal destino cruel, este inexplicable ser vivo, hoja o bicho,  insiste  en su simulación que lo ha llevado a  confundir  a  su misma naturaleza, porque es su manera de ser,  tal vez ella misma no sabe, si es insecto u  hoja y aunque sea una simplicidad  decirlo, su actuación   puede  darse  a otras escalas o relaciones con  la realidad, en las dimensiones de la sociedad, entre  el   hombre/mujer o  bicho,  en  las masas o en los grupos aislados, corporaciones, colmenas, gremios y tantas otras formas de agrupación  que   se mantengan  aparentemente  juntos en sus desigualdades como atados con lazos invisibles a sus modos de vida y  cultura y bajo el rigor de sus tradiciones y  creencias, convenios y  acuerdos  borrosos y  frágiles. Pero no hay buen pronóstico  para una sociedad phyllia, si ésta,  no  revisa sus límites de equilibrio  y llegue  a algún arreglo entre sí jamás pensado, antes que un  enemigo depredador mayor entre en la escena y se establezca.

El comportamiento, phyllia, sospechosamente  programado por la misma naturaleza, pero impulsado y  alentado por una mano invisible,  a nuestra manera de ver, se observa cada vez más  en las relaciones de comercio y en los mercados  populares, en  el feroz combate entre sus más visibles y reconocidas representaciones sociales, el vendedor y el consumidor  como un encuentro entre el depredador y  la presas y es que, salvo  se demuestre lo contrario parece que toda la sociedad  ha entrado  a una etapa de voracidad comercial jamás vivida  debido a que se han disuelto aparentemente las reglas más elementales que los regulaban y  casi nadie  obedece ni siquiera a la ley  de la oferta y la demanda.   Un  pingüino por ejemplo,  nomás en la semana pasada  podía ser comprado   a un   precio  razonable de 20 chelines, pero  lo subieron  sin piedad de la noche a la mañana a 700 de un solo trancazo, después  apareció  la tentadora oferta de  un combo compuesto de 5 pingüinos y un    golfeado adicional por 3000 chelines; el precio de la bolsa o recipiente se cobra aparte; pero  aunque no se crea, contrario a lo que se  esperaba , con semejante aumento,  seguro iban a   disminuir las ventas pero  estas  han aumentado considerablemente y los clientes   hacen inmensas colas  para adquirirlos; no se puede achacar a alguna falta de conciencia,    debilidad o mansedumbre de aquellos  que participan en este tipo de compra suicida porque  al salir a la calle  se les ve un aura de satisfacción inocultable.

nhlucena@hotmail.com

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