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Por Andrés Hoyos

Toda la vida, pese a vivirla en esta Colombia tan acontecida, he sido un optimista. Algo me dice que es un defecto de fábrica.

Si llego a tener 20 años más —ojalá—, la piel tal vez se me ponga jaspeada o me arrugue como cualquier uva pasa humana que atraviesa la barrera de los 80, pero estoy convencido de que entonces viviré en un país con la prosperidad al alcance, aquejado de problemas viejos y nuevos, claro, aunque sin este lastre de violencia organizada que arrastramos desde hace tanto y que todavía nos obsesiona.

No creo, por ejemplo, que en el mediano plazo haya regreso en materia de tolerancia de la diversidad o de libertades para las minorías; más fácil sería que se exagere en el sentido contrario. La masificación de la tecnología casi con seguridad nos habrá encaminado a la sostenibilidad ambiental, no solo en Colombia, sino en la mayor parte del mundo. No hay Trump que dure 20 años ni gente que lo resista. Habrá debates y conflictos, desde luego que sí, solo que más fructíferos que los actuales.

Sin embargo, Colombia todavía debe pasar por cinco, ocho, diez años de fuertes dolores de parto. Es probable que la derecha, hoy tan envalentonada, nos sumerja en experimentos regresivos que conducirían a un callejón sin salida. Tendremos que experimentar otra vez ese fracaso, tocar fondo y tomar por una ruta diferente. Nunca entendí cómo alguien puede declararse conservador en este país. Sí, tenemos unas pocas cosas y algunas instituciones que se deben preservar, si bien el largo conflicto y la larga indolencia de las élites han represado reformas indispensables, de suerte que no cambiar es una fórmula para la endemia, cuando no para el desastre.

Resulta más fácil saber qué se debe hacer que cómo se puede hacer lo que se debe hacer. Se requieren menos leyes, menos reformas constitucionales o tributarias, menos santanderismo y más aplicación eficaz de lo existente. Del modelo clientelista, base de la corrupción actual, habrá que pasar a otro superior de conciliación de los intereses de los distintos sectores de la sociedad. La malhadada prohibición, admirablemente sintetizada en el reciente libro de Alejandro Gaviria, tendrá que ir al basurero de la historia. Sus propios inventores —la derecha WASP de Estados Unidos— están legalizando los psicotrópicos a marchas forzadas.

Dada nuestra mermada capacidad para producir una dirigencia con visión, el progreso será tortuoso. De hecho estamos mejor que hace 20, 30, 40 años, si bien el ritmo de la mejoría ha sido lento. A la élite del país le falta madurar. Hay en ello una notable paradoja: a diario uno encuentra colombianos competentes, cultos y con visión en las más variadas veredas de la vida, pero algo pasa y cuando estas personas llegan a los puestos de alto mando político, para no hablar de la Presidencia de la República, empiezan los desatinos.

La mayor incertidumbre es también una de las más viejas: los partidos políticos. No se vislumbra ninguno al que uno quisiera afiliarse. Hay más personas que instituciones. La fórmula para salir adelante, sobra decirlo, es la contraria.

Ahora bien, ¿qué garantías hay de que mi optimismo de mediano plazo no sea otra forma de pensar con el deseo? Ninguna. Países se han visto que agarran desfiladero abajo durante décadas. No mencionemos nombres. Solo sé que el destino no es una maldición y que la suerte favorece sobre todo a los que se preparan para ella.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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