hipocondría

PorAndrés Hoyos

Los colombianos somos hipocondríacos —y hasta paranoicos— en materia de violencia, criminalidad y malos gobiernos. Como nos ha pasado de todo, pensamos que todo nos va a volver a pasar mañana por la mañana. Al hipocondríaco el mal le da antes de que le dé y muchas veces incluso padece los síntomas, porque somatiza sus miedos, es decir, los da por realizados cuando apenas son una remota eventualidad.

¿Que existe la posibilidad teórica de que un candidato afín a las Farc sea elegido presidente en 2018? No, pues, qué horror, Timochenko está ad portas de la Casa de Nariño, hay que hacer algo para detenerlo. La votación del plebiscito, que de entrada puso 6,4 millones de votos largos en contra de esa candidatura, demuestra su cuasi imposibilidad.

La hipocondría se agrava cuando quien asusta a los pacientes sin razón es un médico. Aquí, por ejemplo, tuvimos durante ocho años uno de cabecera, el doctor Uribe, en quien muchos todavía confían porque nos mejoró de una vieja dolencia con su receta de la Seguridad Democrática. No nos curó —eso hay que dejarlo claro—, pero el mal sí bajó en intensidad después de un largo y doloroso tratamiento que, por lo demás, tuvo efectos colaterales severos, como una reelección que casi se nos vuelve crónica, una desmovilización de los paramilitares que fue a medias y atropellada, una dramática serie de casos de corrupción con grandes responsables políticos incursos en delitos y varias políticas más, como el extractivismo a ultranza, que resultaron insostenibles. Todo lo de este médico desembocó en un obsesivo intento de venganza. Entendimos que él no quería realmente curar al paciente, sino volverse su propietario.

Con la llegada del nuevo doctor en jefe, Juan Manuel Santos, pudo por fin tratarse la peor enfermedad del país, la guerra. Este doctor adelantó y concluyó, contra viento y marea y con la incesante oposición de su vengativo antecesor, un proceso de paz que resultaba indispensable si el paciente había de curarse. No dejó de haber complicaciones, entre otras, porque el nuevo doctor en jefe tuvo menos éxito en otros tratamientos que prescribió, hasta el punto de que hemos padecido severas recaídas y nos hallamos en un estado de debilidad que no nos ha permitido iniciar con fuerza la recuperación prometida.

Habrá, por virtud del sistema democrático, un nuevo cambio de médico en jefe el 7 de agosto de 2018. No se sabe aún quién será, aunque circulan hojas de vida, algunas de ellas muy preocupantes. El doctor Uribe de marras quiere regresar al cargo por interpuesta persona y es en parte por ello que alimenta nuestra hipocondría profiriendo mentiras y exageraciones sin tregua. Insiste en que nos tomemos un remedio para evitar un mal llamado el castrochavismo, pese a que no solo ya estamos vacunados contra él por la tragedia que vive a diario Venezuela, sino que la experiencia internacional prueba que el remedio ofrecido es tóxico. Al doctor Uribe esto no le importa: su idea es trincarnos y embutirnos la pócima, la queramos o no.

La sospecha es que hay por ahí una legión de médicos perversos que no solo no quieren curarnos, sino que hacen todo lo posible para que sigamos enfermos y sobre todo para que nunca dejemos de ser hipocondríacos, pues en ese momento perderían el poder que tienen sobre nosotros y comprenderíamos que en realidad no son otra cosa que matasanos.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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