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Por Aldo Mazzucchelli

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Brexit y Donald Trump resultan, en determinado sentido que buscaré describir, los primeros hechos históricos contundentes desde la caída del Muro de Berlín. Cuando Francis Fukuyama anunció, con tonos de un hegelianismo melancólico, la llegada del “fin de la historia”, tuvo algo de razón, como se ha discutido aquí hace tiempo ya. En lo que no la tuvo es en la creencia de que la historia había muerto. Hoy vemos que estuvo más bien narcotizada, aletargada, y que junto con un aparente relanzamiento de la historia va un renacimiento de la política en todas partes. En el modo más abstracto, se puede decir que este relanzamiento ocurre debido a que, en lugar de haber una cosa sola (capitalismo rampante que comenzó a expandirse por todo el planeta y, al mismo, tiempo a concentrarse a niveles ecuménicos), como ha habido desde que terminó el “socialismo real” –ahora pareciera haber (al menos) dos: globalismo (o cosmopolitismo) y la persistencia en un localismo cultural que busca defender nociones de ciudadanía ligadas a la modernidad, al estado nación, a la cultura específica, en fin, de un lugar y una lengua. Algunos (especialmente los globalistas) prefieren calificar, a lo que yo llamo “localismo cultural”, de nacionalismo, pues retóricamente llamar a alguien de nacionalista es casi insultarlo a esta altura. Otras veces no se toman el trabajo de ser educados y le llaman, lisa y llanamente, racismo y fascismo. Creo que es un disparate de ignorancia. Pero en fin, mi decisión de no emplear ese término no responde a la necesidad de defender a quienes se opongan al globalismo, sino a un intento de evitar que sigamos malentendiendo de qué se trata esta nueva gran división. Anticipo aquí: la nueva división no reproduce, ni siquiera de modos nuevos, las viejas divisiones políticas entre izquierda y derecha, o entre fascismo y liberalismo. Es como si se hubiese producido de golpe un cambio de ejes polares y muchas de nuestras antiguas nociones categoriales hubiesen dejado de funcionar, de marcar el norte. En ambos campos vemos, mezclados, símbolos de izquierda con políticas de derecha, y métodos fascistas revestidos de un discurso ultraliberal.

Mi propósito no es proclamar la superioridad de una visión o ideología sobre otra, sino exponer las razones de la aparición y orientación general de cada campo, y la dinámica que entre ambos se viene creando. Pienso que solo es posible pensar una humanidad en donde ambas tendencias convivan de la mejor manera posible, y que es responsabilidad de ambos campos empezar por entenderse mejor a sí mismos y entender mejor al otro. Cada una de las dos visiones está conectada con intereses a menudo distintos (aunque muchas veces no opuestos sino complementarios), y el error (clásico) de cada una de ellas es ignorar la existencia del otro, ningunearlo, o subestimar la importancia de su mundo y su cultura.

¿De dónde salió la ideología que llamamos globalismo? En breve, es un resultado humano de la mejoría económica general que trajo la globalización. Cuando, en estos tiempos, una nación mejora sus niveles de riqueza, su estructura económica frecuentemente se hace más compleja y diversificada, por un lado; por otro, aumentan sus vínculos con las demás naciones a través del comercio, el estudio en otro país, el turismo, y los intercambios culturales de todo tipo. También, a menudo, un aumento del nivel de riqueza de una nación va de la mano con un aumento del nivel educativo de una parte de su población. Desde 1989 hasta ahora, y como resultado de la globalización, el avance en la riqueza material de muchas de las naciones occidentales ha sido apreciable. Los fenómenos de mayor división del trabajo, mayor complejidad administrativa y organizativa, y mejora del nivel educativo (por ejemplo, aumento del manejo de más de una lengua por parte de la población) han traído a la escena ya dos o tres nuevas generaciones de gente con, entre otras, las siguientes características: (a) es población urbana que ha encontrado sus oportunidades de trabajo y crecimiento en las ciudades; (b) es población de mayor nivel educativo formal, generalmente con manejo competente de inglés; (c) es población que se conectó antes que los demás a la tv cable, y luego a internet, y que organizó su comunicación y acceso al mundo primariamente a través de estos medios, inherentemente globales; (d) es población que viaja más que antes, desarrollando vínculos alrededor del mundo y no solo ni a veces primariamente en su lugar de nacimiento o residencia principal; (e) es población que, debido a que ha adoptado un modo de vida que requiere gran movilidad y un nivel de incertidumbre laboral mayor, ha adoptado modos de vinculación (tanto en términos de pareja y comprensión de la sexualidad, como de amistad) más flexibles o libres que los grupos más tradicionales.

Debido a su experiencia del mundo, este tipo de ciudadano tiende a tener determinado sistema de valores y creencias que es bastante reconocible en su formato general, pese a que admite infinidad de matices. Es un ciudadano que tiende a enfocarse en contenidos y posibilidades globales, más que locales. Ha comenzado (hace ya tiempo) a percibir los proyectos de estado nación como anticuados, pues se da cuenta de que no se corresponden con los flujos reales de la economía y los intereses que a él lo sostienen, que cada vez menos parecen responder a delimitaciones fronterizas, y más a corporaciones, organismos burocráticos internacionales, y formas de propiedad difusas, colectivas y móviles.

 

Es, también, un ciudadano que, debido a que vive más “en el mundo” que en el lugar donde esté enchufando su notebook, se desinteresa a menudo de los detalles de la vida local. No ve a sus vecinos como gente particularmente relevante para él. Sus intereses y sus referencias están a menudo desconectados del espacio que habita. Se representa a sí mismo como una mónada libre que debe poder desplazarse, cambiando de casa, de ciudad y país con flexibilidad y rapidez, si oportunidades de trabajo u otras así lo reclaman. Ligero de equipaje, tiende a preferir una existencia libre de estorbos. Se refuerza así esa progresiva desconexión de la gente que lo rodea, y de cosas que considera insignificantes o “provincianas”, como el barrio, la ciudad o el mismo país que, de modo azaroso, ahora habita. La suerte de sus “conciudadanos” probablemente le importe menos que cosas aparentemente más amplias y grandiosas, como “el futuro de la especie”, o el “cambio climático”, o las posibilidades de que la ciencia dé jaque mate a la muerte, o de que podamos comprar en un futuro próximo pasajes para irnos a vivir a Marte (Elon Musk está en eso. Yo no me lo tomaría en broma).

Debido a esta forma de estar en el mundo, le resulta más conveniente organizar su vida en torno a opciones a menudo estandarizadas. Lo más práctico es alquilar un departamento amueblado, mes a mes. Si se posee un lugar, hay determinadas formas estéticas que se vuelven conspicuas. Un minimalismo calculado es la opción más práctica, pues se precisa poco para vivir solo buena parte del tiempo y siempre conectado. Sin embargo, también a menudo opta por un deliberado eclecticismo que mezcla toda clase de objetos exóticos en un mismo ambiente, realizando así en la materia lo que ya ocurre en la cabeza del globalista, que tiende a relacionarse con la cultura mayormente por la vía de una curiosidad ávida, capaz de pasar sin mayores consecuencias entre los objetos más diversos, despojándolos de las razones profundas que los llevaron a existir de ese modo en su cultura de origen. Es decir, no ve a los objetos como orgánicos de una cultura específica, sino como restos del esparcido naufragio de todas las culturas. A menudo opta (tanto en el amoblamiento como en la comida o en los valores humanos) por soluciones precocidas de un “buen gusto” inefable y mundial. Las dimensiones del mercado uruguayo no alcanzan como para que aquí esté la multinacional sueca Ikea, pero quienes la conocen podrán entender con precisión a qué me refiero: grandes almacenes de toda clase de artículos para el hogar, en donde uno puede, gastando relativamente poco tiempo, hacerse de muchas cosas bien diseñadas pero no caras, para alhajar un departamento en una semana, sintiéndose además integrado y representado por los signos cool (y “europeos”) de un diseño de alma global: funcional, pero indiferente a materiales y hábitos locales.

Sus valores son pues, en general, parecidos a sus muebles –sin que con esto quiera criticarlos: tienen que ver con lo que le sirve y mejora la vida de alguien sin lazos comunitarios, que confía en su propio poder para sobrevivir solo, y que espera y siente que es solidario y forma parte de una suerte de movimiento gigantesco de la especie hacia horizontes nuevos, en donde las viejas definiciones de sujeto, ser humano, sexo, raza, clase, nacionalidad, y todas las formas de sociabilidad y colaboración basadas en compartir un espacio pierden centralidad. De hecho, el globalista reconoce como espacios básicamente dos: uno, el globo (o, mejor dicho, el cosmos entero); y dos, la pantalla de su notebook, en donde puede representar visualmente cualquier espacio moviendo la punta de sus dedos. El maravilloso Google Earth es la metáfora de esta nueva espacialidad.

Este tipo de ciudadano guarda con los distintos niveles de las organizaciones de gobierno relaciones también novedosas respecto a lo que fue considerado normal en el proyecto moderno. Para decirlo rápido: la política nacional prácticamente no le interesa, salvo en cuanto perciba que alguno de los temas de su agenda podrían tener impacto en este nuevo modo de vida desespacializada y mundial (de ahí la virulenta reacción a la prohibición de entrada a determinados viajeros que intentó imponer Trump. Lo que se estaba violando no era tanto ni solamente a un grupo étnico o nacional u otro, sino al presupuesto de la libertad ilimitada de movimientos y la noción de una ciudadanía global como derecho). La referencia del globalista, pues, ya no es un “gobierno nacional”. Para empezar, a menudo no vive en el país del que es ciudadano legal, en cuyo caso no puede votar en el país que habita, y a menudo mira la política local con un ojo solo atento a lo que pueda afectarlo, que salvo los impuestos, y eso dependiendo de los regímenes tributarios en vigencia con su país de origen, generalmente es muy poco. Pero además, a menudo conoce demasiado bien que quienes marcan la agenda y controlan discursos y decisiones no son los gobiernos nacionales, cada vez más comprometidos por la financiación de bancos y organismos financieros multinacionales, y por la necesidad de satisfacer los intereses de las corporaciones lejanas de las que dependen las grandes inversiones. Todo esto lo aleja de la res pública.

Finalmente, quizá el rasgo más extraño pero fundamental del globalista, es su alejamiento de la naturaleza. En principio, es el más entusiasta defensor de toda forma ideológica que conciba a la técnica como una segunda naturaleza destinada a reemplazar a la vieja naturaleza “clásica”, digamos. Despegado de la materia y apegado a la virtualidad, a la representación, el globalista no tiene en mucho la vieja concepción romántica del mundo. Sean cuales sean sus gustos artísticos, es el antiromántico por excelencia al menos en un rasgo central, que es haberse jugado por la superación de lo natural, en cualquiera de sus formas. No solamente le interesa obviamente más la vida en Marte que la vida en el campo, sino que tiende a parecerle natural que cosas antes tan obviamente biológicas como el sexo pasen a ser meras cuestiones de “autodefinición”. Le tiene sin cuidado si la gente va a tener cuerpo o no en el futuro (tiende a pensar que no, y que si tiene alguno, será un cuerpo de diseño, cibernético, intercambiable, desechable. De hecho, sus proyectos de inmortalidad, hoy por hoy, pasan por lograr que la conciencia sea capaz de abandonar un cuerpo y sobrevivir en otros). Es por eso que se siente como pez en el agua en el nuevo mundo de las reivindicaciones identitarias que van arrasando, rápida e implacablemente, todo vestigio de “derecho natural”, sustituyendo estos por derechos definidos a partir de la presión política y la campaña de movilización y retórica a nivel social, combinadas.

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Nos basta con estos rasgos apurados para darnos cuenta de que este ciudadano no es ya, en ningún sentido importante, el ciudadano de una república democrática moderna. Sin embargo, como todo ser humano, no solo de pan y dólares vive, sino que precisa narrativas que cumplan con los rasgos básicos de toda narrativa: que sean suficientemente interesantes en el presente, dando sentido y apariencias de orden a la complejidad en que se mueve, y que alimenten sus prospectos de futuro al tiempo que dan algún tipo de estabilidad a su pasado. Para esto tenemos una monumental oferta. Series y películas para consumir en la pantalla de su notebook, aparato de televisión HD o (muy raramente) en una sala de cine, que cuentan incesantemente una historia que transcurre en cualquier parte, y cuyos rasgos acentúan sin cesar ideas generales de solidaridad humana, de avance individual, de logro, con independencia de las diferencias de origen, edad, género, intereses, lenguas. Toda historia es una metáfora de lo que “me podría estar pasando a mí”, y todo telespectador globalista está ya muy entrenado como para hacer abstracción de los detalles locales y entender el mensaje básico: vivas donde vivas, la cultura local es mera cosmética. En lo básico, vivimos en un mundo “único”. Los detalles de cultura local aparecen en el guion a lo sumo como “notas de color”, confirmando que el mundo, por más grande y diverso que parezca, es básicamente un lugar bastante previsible y seguro, por cuanto su representación se ha agotado en un orden comprensible. Que este orden reduzca a la invisibilidad cuanto pueda haber de realmente distinto (y potencialmente amenazante) en una cultura u otra, es un hecho tan obvio como oculto. ¿Cuántas películas o series que transcurren en Arabia Saudita en donde el drama incluye dos o tres ablaciones de clítoris ha visto usted en su vida? Ninguna. Tampoco una de gauchos borrachos que deambulan buscando changas en sus motitos chinas. Esos detalles son demasiado locales y demasiado poco glamorosos, o demasiado ríspidos, para que, digamos, CNN admita representarlos para nosotros. El mundo es un lugar grande y a la vez muy cercano, todo comprensible y en donde todo el mundo habla inglés, un lugar cursi, pero esperanzador y grandioso –si bien siempre, también, amenazado de tsunamis y terremotos, hambrunas y guerras. Y para cada una de las catástrofes existe un website donde uno puede colaborar y “hacer una diferencia”, poniendo dinero. Estas organizaciones de caridad global son, sin excepciones pues así está estructurado el negocio, espónsores de las cadenas televisivas en donde se ofrecen a paliar el sufrimiento de tantos innombrados.

En fin, esta narrativa incluye también un grupo de “líderes globales” siempre admirables y cada vez menos criticados: Barack Obama y Angela Merckel, más quien sea que ocupe el cargo de líder de la China, junto al Papa Francisco lideran el podio, con unos cuantos aspirantes de menor nivel de centralidad que aparecen y desaparecen (el Primer Ministro canadiense Justin Trudeau tuvo sus 15 segundos de fama hace poco). Como complemento a ese orden terso de las celebrities de la globalización, tenemos también los monstruos y los Pingüinos requeridos, generalmente líderes de países que no comulgan con este orden globalista, como Vlad Putin, o el archimonstruosovioladordemenoresracistaysexista Donald Trump, terror impensable del orden globalista, que lamentablemente para ese discurso único, viene a ocupar, absurda, inexplicable y curiosamente, el puesto más poderoso.

 

El rasgo fundamental de toda esta representación global del globalismo es que reclama el monopolio de la verdad, sometiendo a un verdadero apagón representativo al resto de la humanidad. Es decir, no solo a los famosos proletarios sin trabajo del rust belt yanqui, o a los proverbiales granjeros del medio oeste armados a guerra en sus solitarias y arcaicas farms, sino a los mil y pico millones de chinos que no pertenecen a la nomenklatura, más los mil millones de hindúes, más los miles de millones de africanos, asiáticos, latinoamericanos, que no tienen nada que ver con el glamour del capitalismo liberal, más los millones de europeos que están hasta la coronilla de inmigrantes que exigen que las culturas locales respeten su cultura y sus valores (pero no al revés).

La lista de los que no salen en las grandes cadenas salvo como fieras de circo, enjauladas y emperifolladas como “diversas”, es verdaderamente inmensa. ¿No le llama a usted la atención que casi ningún discurso sea realmente sobre esos miles de millones?

El apagón en la representación de todos esos “otros” de la globalización viene cubierto por una notable euforia, y por un estado de aparente perfección informativa, finalmente alcanzada. Aparentemente, hoy aún hay muchos medios y todos compiten entre sí en busca de la verdad. Lo extraño es que, a diferencia de cualquier tiempo anterior, en el cual quienes competían en busca de la verdad llegaban todos los días a verdades en conflicto, a interpretaciones contradictorias, ahora la verdad es simple y es una sola. Uno puede moverse de BBC al New York Times, de CNN a FOX, de MSBC a The New Yorker o a The Guardian, y de cualquiera de estos a El País de Madrid o a El Observador, y será como si no se hubiese movido nunca. En todos lados le dirán exactamente lo mismo. Quiénes son los malos, quiénes los buenos, cuáles son los temas de agenda, y de qué está prohibido hablar o pensar o sugerir siquiera. La realidad, que equivale según este discurso a la verdad, que equivale a lo que sea que elija seleccionar y decir este pool de grandes medios, es notablemente abstracta e incomprobable. Todo lo que se nos ofrece son esquemas gigantes ocupados, de un lado, por los buenos que están conduciendo al mundo a su luminoso futuro tecnocientífico, cyborg y “espiritual” a la vez, y del otro lado los tontos, malos y feos que no entienden el futuro, o que se oponen a él porque son tontos, malos y feos.

(Nótese que en los párrafos anteriores no estoy criticando al globalista, sino a los medios de comunicación y al discurso patético que emiten sin cesar. Es perfectamente posible concebir una globalización mejor representada que esta).

El globalista tiene muchas ventajas en este momento, siendo claramente, cada uno de ellos, un miembro de un inmenso cardumen de pececillos cuya ilusión es que son todos increíblemente distintos entre sí, perfectamente adaptados todos, y muy requeridos de estabilidad, comunicación, movilidad. Dado que no tienen comunidad cercana ni países a los que redimir, han elegido adoptar conceptos redentores globales: la raza, el género, con los que cualquiera, en cualquier lugar, pueda sentirse identificado. Creo que el único talón de Aquiles de esta forma de estar en el mundo es su carácter irremediablemente desconectado del mundo de la producción. Es verdad que entre estos seres humanos hay un grupo de ingenieros, operarios calificados y administradores que sí participan de los procesos directos de modificación de la materia (montando una fábrica textil en India, soldando generadores eólicos esta semana en Uruguay, la que viene en Singapur, controlando al personal de una plataforma petrolera, o haciendo prospección de minerales en la sierra peruana). A ellos, alguna determinada realidad material y local se les resiste. Pero en lo que hace al resto, viven en mundos mayormente simbólicos y desespacializados, sin rozar con ningún agente natural u hostil, sin ver animales más que en Animal Planet. En su mundo cotidiano la única negatividad que existe es la del control de productividad al que se han sometido voluntariamente. Es decir, no se les opone nunca un pedazo de madera, un mineral, el clima, el cansancio de los que trabajan manualmente y que condicionan el propio rendimiento. En cambio, todas sus representaciones, los números que manejan, las leyes con las que intentan moverse, los tratos comerciales y las decisiones estratégicas de las que participan, tienen efectos a menudo muy lejanos, desconocidos de hecho. Empleando términos en desuso, nuestro globalista de hoy es un ser profundamente “alienado”. Ese defecto en términos de autonomía (a menudo no sabe hacer nada, desde cocinar hasta arreglar cualquier desperfecto, e ignora la realidad de los miles de procesos subyacentes que, cada mañana, le proveen su comida, su vida y su energía) es compensado por una casi irracional soberbia representacional. Cree que todo lo que existe, aunque afecte y a veces mate a miles de sus congéneres, es algo que tiene la liviandad de una mera combinación de signos.

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Esta reorganización de las sociedades no estaría completa si no tuviésemos en cuenta a la población que no aumentó su educación formal (lo cual no quiere decir que no estén educados de otro modo, pero este es un asunto en el que no se puede entrar ahora); que no trabaja en servicios de complejidad, ni en compañías ni en organismos burocráticos transnacionales, ni en ONGs dedicadas a fortalecer el nuevo orden mundial; ni en el turismo, la cooperación cultural, ni la educación superior. Incluso, a veces, ni siquiera viven en una ciudad. Probablemente a esta altura están tan conectados como los globalistas, y viajan un poco más que antes (aunque no tanto como los otros). Puede que manejen lenguas extranjeras. Puede, incluso, que sean extraordinariamente cultos. Lo que los define, sin embargo, es que sienten que la razón de su vida depende de un orden local o comunitario, y que aún no han perdido del todo algún contacto con lo natural y la naturaleza. Dijimos que los intereses del globalista están desconectados del espacio que habita. En el caso de quien está más sintonizado con una cultura local, es al revés. Se definen más como pertenecientes a su comunidad de origen (con sus valores y costumbres, sus limitaciones y a veces insondables profundidades incomunicables), y no con un “orden mundial” más o menos abstracto.

Para este grupo, al estar centrado en una geografía y en unos sistemas de valores comunitarios de cuya aplicación depende más o menos su bienestar, el fenómeno de miles de inmigrantes inundando su zona es un tema relevante, y es natural que sea así. No por racismo, como los representan a menudo los globalistas, sino porque sienten que quienes vienen deberían adaptarse a los valores y costumbres de aquellos que los reciben en sus casas, negocios, instituciones, iglesias o escuelas. La constatación de que no siempre es así (y el empecinamiento de políticos y grupos de presión que responden al globalismo para ningunear estos hechos evidentes) despierta reacciones de rechazo que, en mi opinión, sería un error reducir a racismo o xenofobia. Se trata del derecho de una comunidad a defender sus tradiciones y su cohesión. El mismo derecho que tienen los inmigrantes a defender sus tradiciones. Solo un nivel aumentado de comprensión mutua ayudará a mejorar las cosas.

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Los globalistas han representado al grupo de los localistas culturales como “perdedores” de la globalización. Sin duda, ellos (pues los globalistas son los que, abrumadoramente, nos representan a todos) se sienten los ganadores. Hillary Clinton (una de las peores representantes de cualquier cosa que cabe concebir, y que lamentablemente se apropió de la representación de los globalistas en la última elección norteamericana) llamó a estos otros, a los localistas culturales, “basket of deplorables” (el canasto de los deplorables) en un acto durante su última campaña electoral. Este basket of deplorables, no existe sin embargo para el discurso hegemónico, el que está hecho para el consumo y es, por tanto, ocultador de cualquier segmento de mercado no interesante por sus dimensiones, su dispersión, su pobreza, o a veces su reflexividad para no aceptar inmediatamente ir a consumir todo lo que se le ofrece. El localismo cultural no es representado ni tiene voz, en esos grandes medios controlados por el poder corporativo, para representarse. Nunca una “mayoría silenciosa” fue tan evidentemente silenciosa. El problema con este grupo es, pues, que lo representan quienes (equivocadamente) se sienten sus enemigos. Para el o la joven que ha conseguido, por ejemplo, empleo en una empresa multinacional, y habiendo aceptado los valores que la fase actual de la modernidad impone como los más deseables (dinero, libertad individual, movilidad, ascenso simbólico ante el público gracias a títulos y logros), está decidido a “hacer carrera”, toda esa gente que no habla su lengua ni es hipster, no comparte sus valores ni su uso del tiempo ni sus creencias (las que más o menos sutilmente divulgan desde Hollywood y Netflix a la BBC, digamos), es vista como una amenaza. Para él o ella el mundo es uno solo, el camino es uno solo, y todos quienes se resisten deben ser calificados inmediatamente de retrógrados, nacionalistas, fascistas, sexistas, y racistas. Tal parece que no es posible, no es concebible ya, tenerle un amor simple a lo propio, un amor que no es contra nadie. No está representada como legítima la posibilidad de pensar que, si bien algunas cosas producidas en China son más baratas y más prácticas, otros objetos nuestros, más caros o trabajosos, son mejores para nosotros. Son otros objetos, que simbolizan otros modos de vivir, de usar el tiempo, de empujar las cosas para que no vayan meramente a donde el mercado, el capital y cierta practicidad abrumadora los lleve.

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Creo que esta falsa representación de mucho más de media humanidad es un estado de cosas lamentable que merece un cambio. Y creo que estos son los tiempos en que por primera vez la cesura se ha hecho clara para muchos. En la “mayoría silenciosa”, los no globalistas y no representados, hay mucho capital humano que, sin duda, ha perdido dinero y posibilidades con los modos en que la globalización se impuso a las naciones y las culturas. Digo se impuso, aunque haya parecido deseada en muchas instancias. También el cigarro es malo, y una maquinaria publicitaria inmensa lo hizo deseable durante muchas décadas. Hay que desconfiar de lo que parece obvio. Pese al optimismo rampante (y a menudo tan fanático como ramplón) de los defensores vocacionales de la globalización, creo que el mundo así descripto, siendo mejor económicamente que antes, es claramente peor en algunos puntos a tener en cuenta. Por ejemplo, en el mundo anterior, a los perdedores se los ayudaba, se les prestaba atención. En este, tal parece que lo mejor es pegarles en el piso, llenarlos de epítetos, y echarles la culpa de no se sabe qué. En el mundo anterior, la legitimidad de los sistemas de gobierno estaba más claramente ligada a las decisiones y el control de los ciudadanos, mientras que en este tal parece que no hay ningún gobierno salvo el deseo de las multinacionales y la banca global. Y que la política está crónicamente enferma de corrupción, en la medida en que los votantes saben que los gobernantes no tienen casi ninguna soberanía efectiva, y los gobernantes sienten que están en un puesto falso, hueco y de una precariedad moral asombrosa, en donde dado que no hay otro valor que el lucro, lo único que queda es robar y mantenerse en el poder a como dé lugar. Para completar, la justicia y los organismos de control del estado cada vez más parecen “sensibles” al poder de turno –es notable como en Brasil y en Argentina, por ejemplo, hasta el día de las elecciones, según la justicia, todos los gobernantes eran honestos, y a partir de la elección, según la misma justicia, todos los gobernantes que el día antes eran honestos, resultan una banda de ladrones.

En el mundo anterior, finalmente, educarse significaba entrar en un sistema de valores controlado por quienes nos habían dado la vida y el lenguaje. En este significa entrar en un sistema de valores anónimo, estadístico y maquinal, de lenguaje editado por las burocracias, sin amor constatable y legitimador, dictado lejos, aplicable en general, y sin las recompensas ni los castigos reales de la cercanía. Es un mundo cuantitativamente más “libre”, acaso. Pero es esa una libertad distópica, sin pathos y de hecho aburridísima, jugada a la distracción obsesiva y el tirar la pelota para adelante.

 

Pero además, no todos son “perdedores”, ni mucho menos. Llamarles perdedores y reducirlos a la economía no sirve para explicar fenómenos aun “inexplicables” para los periodistas que organizan el ramplón y ridículo discurso hegemónico actual. Hay muchos entre los no globalistas que no es que no tengan dinero, excelentes empleos, y una cultura vastamente superior a la de los jóvenes que han enganchado y ascienden en la actual cultura trasnacional corporativa. Lo que pasa es que tienen una cabeza diferente, una lealtad diferente a sus orígenes, a su espacio y su lugar en el mundo. Si el mundo se convirtiese en lo que los globalistas ya pretenden que es, será quizá un mundo del que las lenguas vayan desapareciendo para unirse en un inglés roto, sobre todo apto para intercambios rápidos y retórica comercial. La lengua escrita, capaz de abstracciones y ligazones impensables en el repentismo de la oralidad quedaría como patrimonio de una elite, aunque se imprimirán cada vez más libros y se leerá probablemente cada vez más literatura “fácil”, confirmadora del orden, bajo la forma de novelas, biografías o reportajes de actualidad, siempre orientados a reafirmar el discurso único.

Y las cosas no tienen por qué ser así. Basta con hacer el esfuerzo de ver al otro. Entender que el otro vive en otro mundo, pero que ese otro mundo está en este. En lugar de representar a quienes no comulgan automáticamente con la globalización ni con el liberalismo capitalista individualista occidental como parias, fascistas o burros, entendiendo en cambio que hay quizá riquezas que vale la pena preservar y fortalecer en las culturas locales, se ganaría mucho. También ganarían los partidarios de un culturalismo localista si entendiesen que los partidarios de la globalización pueden ser, como lo han sido, agentes de dinamización y alerta en las culturas y economías locales, y factores de una colaboración ecuménica capaz de hazañas técnicas notables. De lo que no cabe duda es de que esto recién empieza. Y que, si los líderes de la ideología globalista persisten en hacer como que no entienden nada, y siguen haciendo política de la peor ignorando a quienes no están con ellos, más aun, representándolos en todas partes (y en todos los grandes medios que ellos solos controlan) como lo que no son, la cosa va a ser larga y no va a terminar nada bien.

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