narino

Por Andrés Hoyos

El año largo que le queda a la Presidencia de Juan Manuel Santos promete ser un espectáculo poco edificante y se dice suave para no asustar a los abuelos. Manchada sin remedio la campaña de 2010 y bajo fuerte sospecha la de 2014, no hay manera de que la imagen del presidente se recupere de aquí al final de su mandato. Si logra llevar el proceso de paz a un fin aceptable, que se dé por bien servido. De resto, a administrar el statu quo y nada más.

Por lo que se va viendo, Roberto Prieto, hombre marrullero y escurridizo como pocos, se lanzará encima de la granada para proteger hasta donde pueda a Juan Manuel Santos, su amigo y benefactor político, enlodando al resto de compañeros de ruta en caso de necesidad. A él y a varios como él les conviene que no se vislumbren por ahora ofensas penales asignables a los más altos responsables del Estado y de las campañas. Sin embargo, la confianza del público se perdió sin remedio. La gente está hastiada y quiere otra cosa. En fin, Santos se jubila el 7 de agosto de 2018 y, dados los antecedentes, uno sospecha que no querrá mantenerse políticamente activo después de esa fecha. Porque para patéticos los expresidentes militantes de los últimos tiempos —Uribe, Pastrana y Samper, en particular—.

Cabe pensar que con la salida de Santos se inicia el fin del tal Partido de la U., esa alianza electoral sin principios y sin jefes prestigiosos, que bailaba al son del más estridente y del mejor colocado. A otro al que le surgió un premio de montaña fuera de categoría en la mitad del camino es a Germán Vargas. El énfasis de la campaña que viene, la lucha contra la corrupción, sencillamente no le calza por ninguna parte. Sí, Vargas Lleras es un político hábil que se crece en las campañas, pero tener que recorrer un camino que sus rivales no deberán recorrer implica un hándicap poderoso. No puedo decir que me cause tristeza este panorama, como tampoco voy a llorar una sola lágrima por las dificultades que se ciernen sobre Álvaro Uribe y su cuadrilla de candidatos predilectos. Uribe es otro político de gran habilidad y algún giro logrará dar, si bien deberá trepar por el mismo premio de montaña fuera de categoría que Vargas Lleras. A meterle agua de panela a la cantimplora, compañeros.

Aunque se habla mucho de corrupción, los remedios eficaces que se vislumbran contra este mal son pocos. La razón es más o menos obvia: se trata de una endemia antigua o, para decirlo de otro modo, de una tradición clientelista y manguiancha que se desbordó e hizo crisis. Se necesita una nueva clase política, lo que no sabemos es de dónde sacarla. Hay, aquí y allá, individuos valiosos, todos con alguna minusvalía considerable; lo que no hay es un vehículo para aglutinarlos en un propósito común que vaya más allá de predicar y aplicar la pulcritud en la vida política y, tal vez, de escoger un candidato presidencial único. En esta materia hay que ser taxativo, casi terminante: sin ese vehículo aglutinante, el grupo de hoy saltará mañana en mil pedazos, lo que por supuesto servirá para revivir a la vieja clase política. También puede pasar que surja por el camino uno de aquellos outsiders, cuyo remedio siempre es peor que la enfermedad. Ojalá que no.

Es muy difícil ser optimista en una encrucijada como la actual. Nos queda, claro, la opción de ser felices, condición que al parecer se nos da de lo más fácil a los colombianos.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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