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Democracia siglo XXI

fecha

marzo 7, 2017

Pantalla y deslocalización

 

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Por Carlos Rehermann

Proliferación de las imágenes

La repetición obsesiva  de variantes de la afirmación “vivimos en una civilización de la imagen” ha tenido bastante éxito desde que comenzó a propalarse, es casi seguro, en los años 1960, la era de los mass media.

Pero la  cultura de la imagen no nació con los mass media. En realidad hay que retroceder hasta la Edad Media, cuando el organismo feudal más ubicuo, la Iglesia de Roma, imponía una historia y la difundía a través de lo que hoy nombraríamos historietas. La hoy llamada Biblia pauperum era un libro religioso en cuyas páginas se contaban historias religiosas con imágenes con pies escritos en lengua vernácula (y no en latín, como se publicaban las biblias). También las iglesias de entonces estaban atiborradas de imágenes. Cuando, hasta el románico, las paredes ocupaban más espacio que las ventanas, los frescos contaban historias sagradas. Luego, cuando el gótico hizo desaparecer los muros, las imágenes se volvieron literalmente luminosas, aplicadas a los cristales coloridos de las ventanas.

Las imágenes tenían su lugar: las iglesias y los libros. Con el nacimiento del capitalismo las imágenes, en forma de cuadros, se metieron en las casas burguesas, y comenzó entonces un proceso de deslocalización que hoy llega a un clímax. La primera etapa de la deslocalización fue la proliferación. Esa proliferación se multiplicó a través de  la copia y luego se potenció con la reproducción mecánica.

Quizá el último lugar de las imágenes, el último sitio concreto que uno podría citar como hogar de las imágenes fue la caja de zapatos que probablemente hasta hoy se conserva en muchas casas. Las familias proletarias guardaban su memoria familiar en cajas de cartón. La gente fina, claro, compraba álbumes que solían reservarse para colecciones temáticas: nacimiento y bautismo, primera comunión, bar mizvah, quince, casamiento. Una memoria encuadernada de acontecimientos memorables.

Deslocalización de las imágenes

Una familia quizá tenía algunos centenares de fotos, muchas de ellas tomadas por fotógrafos profesionales. Antes de la fotografía digital era común que los padres se sentaran con sus hijos a mirar las fotos familiares, ocasiones ideales para mostrar la rama de cada uno en el árbol genealógico. La muerte se hacía presente con naturalidad en esas fotos, en forma del spectrum, ese estar todavía ahí y al mismo tiempo haber partido, que definió Barthes en su libro tal vez más perfecto, La chambre claire. Las fotografías familiares, como las ilustraciones bíblicas o de las iglesias, eran herramientas para la narración de una historia.

¿Alguien se reúne con sus hijos, hoy, a mirar las quince mil fotos digitales que tiene repartidas en nubes, Boxes, Drives y notebooks? La proliferación infectó la esfera privada e hizo perfecta la deslocalización. El desorden  inevitable impide que un árbol genealógico se condense en la miríada de repeticiones de acontecimientos de una suprema banalidad. El precio nulo de la toma conspira contra el momento: todo es ocasión para una foto, que es idéntico a decir que nada es ocasión para una foto. Nada es memorable; el instrumento de la memoria es una tonta imagen borrosa y mal encuadrada.

Las imágenes perdieron lugar y simultáneamente se convirtieron en destellos eléctricos insustanciales, tanto en sentido estricto como figurado: son banales, no significan nada, no tiene sustancia, no están en ningún lugar. Las imágenes mismas, y ya no meramente el sujeto fotografiado, son verdaderos espectros, en el sentido de Barthes y más allá. Las imágenes son inmateriales, y así como no se pueden destruir físicamente, no se pueden aprehender como las viejas figuras sostenidas en un bastidor, en un vidrio de ventana, en una pared, en un cartón gelatinado.

Como somos seres portadores de cuerpos, nuestro sentido de posesión y de pertenencia requiere  imágenes y sensaciones corporales para construirse: mis fotos son mis fotos mientras puedan guardarse en mi caja de zapatos. Mi One Drive o mi Box no es más que un fantasma que, como buen fantasma, lo que mejor sabe es provocar miedo: ¿quién me asegura que todas esas fotos no han de perderse? La ectoplásmica existencia de las imágenes de mi vida está en peligro y puede desaparecer para siempre, por ejemplo si se produce un cambio súbito en el NASDAQ (la fantasma nodriza) y la empresa de mi Drive desaparece.

Para que una foto exista plenamente debe cumplir con dos requisitos: remitir icónicamente a un referente (aquello que estaba delante de la lente de la cámara cuando se accionó el obturador) y existir en un lugar en el mundo. De lo contrario tiene la misma consistencia que  una imagen retiniana: dura lo que dura la luz y la memoria; en cuanto dejo de verla deja de existir. En cambio, mis fotos están siempre allí, en la caja de zapatos en el ropero, incluso si yo no las veo.

Subjetividad irreal

La deslocalización se completa, es decir, cierra un circuito de irrealidad, porque el modo preferencial de ver las imágenes se realiza a través de una pantalla. Las imágenes proliferan en pantallas que tienen un fulgor efímero, complementario del proceso neuroquímico que se produce en la retina cuando un fotón excita los conos y los bastones, que son las células fotosensibles de la retina. La pantalla funciona eléctricamente para reproducir a la inversa el funcionamiento de la retina: trasmite imágenes mediante la síntesis aditiva de puntos verdes, rojos y azules, del mismo modo como los conos verdes, rojos y azules de la retina producen imágenes mentales en combinación con las respuestas monocromáticas de los bastones. La pantalla es una copia de la retina. La duración de las imágenes en nuestra memoria no es mayor que la imagen persistente que nos suministra la retina: unos pocos segundos posteriores a la exposición a la luz.

La pantalla que produce una síntesis aditiva crea la ilusión de estar presenciando la percepción directa de otro, al contrario de lo que ocurre con las impresiones en cuatro tintas que emplean una síntesis sustractiva. Mirar una pantalla es como tener dos retinas: una, la nuestra, que se convierte en reproducción de la pantalla, estructuralmente idéntica, pero en lugar de ser receptora es emisora.

En cierta medida, todas las fotografías que vemos a través de una pantalla luminiscente son falsificaciones de una retina. Cuando miramos una foto hacemos lo mismo que John Cusack cuando se deslizaba dentro de la cabeza de John Malkovich, en la película de Spike Jonze Being John Malkovich. La fascinación de usurpar el cerebro de otros viene acompañada con la ilusión de ocupar otro punto de vista.

La idea de ocupar puntos de vista ajenos, estrictamente perceptuales tuvo cierto desarrollo mientras las fotos se mantuvieron en un lugar en el mundo: una caja de zapatos, o un cine, en el caso de las imágenes en movimiento (en ambos casos, sin embargo, con la amortiguación de relieve psíquico que impone la síntesis sustractiva, que permite, y hasta obliga, a un mayor espacio para la reflexión acerca del acto de percibir). Pero la deslocalización actual solo permite que ocupemos un lugar-otro, sin lugar. Extraídos de nosotros, caemos, no dentro de un Malkovich, sino, como quienes salían de su cabeza en la película, en el borde nocturno, desalmado y peligroso de una autopista anónima.

 

 

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Más que nunca se necesita una política exterior feminista

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Margot Wallström, ministra de Relaciones Exteriores de Suecia. Cortesía.

Este artículo de Margot Wallström, ministra de Relaciones Exteriores de Suecia, forma parte de la cobertura especial de IPS con motivo del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo.

 

Por Margot Wallström English version

ESTOCOLMO, 7 mar 2017 (IPS) – En los últimos tiempos, el mundo se presenta con tonos cada vez más oscuro. En muchos lugares se cuestiona a la democracia, se ponen en riesgo los derechos de las mujeres y se debilita el sistema multilateral, que llevó décadas construir.

Ninguna sociedad es inmune a reacciones políticas negativas, en especial en materia de género. Hay una continua necesidad de estar alertas y de promover de forma permanente el goce de los derechos humanos por parte de mujeres y niñas.

Por eso, cuando asumí como ministra de Relaciones Exteriores hace dos años, anuncié que Suecia perseguiría una política exterior feminista, que actualmente es más necesaria que nunca.

El mundo está dividido por conflictos que, quizá, son más complejos y más difíciles de resolver como nunca antes. Casi la mitad de ellos se repiten cada cinco años. Y más de 1.500 millones de personas viven en países frágiles y en zonas de conflicto.

A fin de responder a estos desafíos globales, tenemos que unir los puntos y analizar qué conduce a la paz. Es necesario que cambiemos nuestras políticas para que dejen de ser reactivas y sean proactivas, y se concentren en prevenir, más que en responder. Y la prevención nunca logrará su fin sin un análisis completo de cómo ciertas situaciones afectan de distinta manera a hombres, mujeres, niños y niñas.

Para avanzar será clave aplicar el análisis de género, fortalecer la recolección de datos desglosados por género, mejorar la responsabilidad e incluir a las mujeres en las negociaciones y en los procesos para consolidar la paz.

 

Numerosos estudios concluyen que los análisis de conflictos que incluyen una perspectiva de género y las experiencias de las mujeres son más eficientes. El aumento de la violencia sexual y de género, por ejemplo, puede ser un indicador temprano de conflicto. También debemos tomar en cuenta las investigaciones que muestran la correlación entre las sociedades con igualdad de género y la paz.

 

La igualdad de género es fundamental para los derechos humanos, la democracia y la justicia social. Y la abrumadora evidencia disponible muestra que también es una condición para el crecimiento sostenible, el bienestar, la paz y la seguridad.

La creciente igualdad de género tiene efectos positivos en la seguridad alimentaria, en lo que respecta al extremismo, a la salud, la educación y a otros muchos problemas globales importantes.

Con la política exterior feminista de Suecia, activamos nuestros instrumentos a favor de la equidad de género y aplicamos una sistemática perspectiva de género en todo lo que hacemos. Se trata de una herramienta analítica para tomar decisiones informadas.

La política exterior feminista es una agenda para el cambio, que procura aumentar los derechos, la representación y los recursos para todas las mujeres y las niñas en función de su realidad cotidiana.

La representación es el eje de esa política, pues es un poderoso vehículo para el goce de los derechos y el acceso a los recursos.

 

Ya sea que se trate de política exterior o local, que sea en Suecia o en cualquier otro lugar del mundo, todavía vemos que las mujeres no están bien representadas en los cargos de decisión de distintos sectores de la sociedad.

 

La toma de decisiones no representativa tienen más probabilidades de tener resultados que sean discriminatorios y no sean óptimos. Sienten desde el comienzo a las mujeres en la mesa y verán cómo salen a la luz más asuntos y más perspectivas.

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En un contexto en que la política internacional es desalentadora, es importante recordar que el cambio es posible. La política exterior feminista de Suecia marca una diferencia tangible. Todos los días, las embajadas, las agencias y los departamentos implementan políticas basadas en el contexto y en el conocimiento en todo el mundo. Y cada vez más países se dan cuenta que la igualdad de género tiene sentido.

Como ejemplo de cómo trabajamos, Suecia colaboró enormemente con la participación de las mujeres en el proceso de paz colombiano, asegurando la inclusión de perspectivas significativas en el acuerdo. También creamos una red sueca de mediadoras de paz, participamos en la creación una entidad nórdica equivalente y contactamos a otros países y regiones para que crearan sus propias redes.

Junto con la Corte Penal Internacional y otros estados, combatimos la impunidad que rodea a la violencia sexual y de género en los conflictos. También nos aseguramos que los actores humanitarios solo reciban fondos si su trabajo se basa en datos desglosados por género.

Además, el gobierno sueco dio pautas a la Agencia de Cooperación para el Desarrollo Internacional de Suecia para que la equidad de género sea el principal objetivo de una serie creciente de asuntos específicos vinculados al VIH/sida.

Esos son solo algunos ejemplos de cómo nuestra política exterior feminista se lleva a la práctica y marca una diferencia en la vida de mujeres y niñas de todo el mundo.

El feminismo es un componente de una visión moderna de la política global, y no una ramificación idealista de ella. Se trata de políticas inteligentes que incluyen a poblaciones enteras, utilizan todo su potencial y no dejan a nadie por el camino. El cambio es posible, necesario y en el debe desde hace tiempo.

Traducido por Verónica Firme

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