narino

 

Por Andrés Hoyos

Todo gobierno está constituido por centros de poder que a veces colaboran entre sí y a veces se enfrentan. Lo primero predomina cuando hay un mandatario fuerte con una visión clara, lo segundo cuando no. Sobra decir que también hay centros de poder por fuera del gobierno, los cuales cobran vigencia a medida que un gobierno se debilita.

Los hitos importantes suelen alterar las relaciones entre estos centros de poder, beneficiando a alguno y eclipsando a otro. Es lo que acaba de suceder en el gobierno colombiano. Firmado el Acuerdo Final de Paz con las Farc, vienen ahora la implementación y el fast track. Humberto de la Calle ha dejado de ser el gran protagonista y hay candidatos a ocupar su puesto, en particular, el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. Cristo quiere aprovechar sus 15 minutos bajo el reflector, antes que la gente entienda que está en el lugar equivocado. Si su idea es ser presidente, no tiene ni de lejos la talla necesaria.

El más clásico de los errores políticos consiste en sobreestimar el propio poder y hacer apuestas peligrosas. Un ejemplo de ello es la forma equivocada en que algunos en el gobierno de Santos quieren usar el fast track para adelantar una radical y poco meditada reforma política. Digo que es el gobierno de Santos, porque al final el presidente es el responsable, así el proyecto gire alrededor del ministro Cristo. También podemos estar ante un sofisma de distracción, que busca quitarle vapor a la tendencia anticorrupción que encarna, por ejemplo, la campaña de firmas adelantada por Claudia López y un grupo creciente de ciudadanos. Cristo no ignora que la gente lo asocia con varios de los peores aliados del presidente, en particular, con los ñoños y demás caciques regionales, ante todo costeños. Cree, de incauto, que nos vamos a olvidar de Odebrecht y compañía. Que espere sentado.

Vaya uno a saber por qué Santos permite que su ministro del Interior plantee estas ideas desatinadas y no oye la opinión sensata y reposada de Humberto de la Calle, el negociador que le dio el Acuerdo de Paz, su más resonante triunfo político y posiblemente el único de veras perdurable. Poner a De la Calle en su contra sería un error de Santos, pero ya antes ideas semejantes le han costado amistades valiosas, amén de toneladas en materia de gobernabilidad.

Algunas de las propuestas de reforma formulada por Cristo son buenas, otras son ambiguas y otras malas. Sin embargo, lo peor es que son incompletas y que intentar un proyecto como ese sin contar con la debida legitimidad es una fórmula para el desastre. En estas materias los pupitrazos son fatales. ¿No aprendieron en el gobierno con las fallidas reformas a la justicia, no entienden que en el Congreso les van a fabricar otro Frankenstein, no se dan cuenta de que al improvisar una reforma de semejante calibre en realidad están debilitando las instituciones y que al final puede que no quede más remedio que volver a recurrir a una Constituyente? Las respuestas a las tres preguntas parecen ser “no”. Aclaro que sin un acuerdo previo sobre los fundamentos de la política, una Constituyente es un salto al vacío.

En fin, estamos obligados a convivir con las veleidades de estos políticos ávidos de un protagonismo que no se han ganado y dispuestos a hacer daño con tal de figurar. Por lo visto no es tan fácil dejar de ser una república bananera.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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