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El American Airlines Arena, un emblemático estadio y centro de espectáculos

de la Ciudad de Miami, y una de las muchas construcciones de Odebrecht en

Estados Unidos, cuyos fiscales han comenzado a poner cifras a las

dimensiones continentales de la corrupción del grupo brasileño. Crédito:

Odebrecht

Análisis de Mario Osava

RÍO DE JANEIRO, 15 feb 2017 (IPS) – Los brasileños se sienten sobrepasados

por la lluvia de informaciones sobre los enormes tentáculos de corrupción

con que operó la mayor constructora del país, Odebrecht, un conglomerado de

empresas con presencia en decenas de sectores y países.

El imperio empresarial <http://www.odebrecht.com/>  construido por tres

generaciones de la familia Odebrecht se está desmoronando en tres años de la

llamada operación “Lava Jato” (lavado de automóviles) del Ministerio Público

Federal <http://www.mpf.mp.br/>  (fiscalía general), que investiga la

corrupción que desvió miles de millones de dólares de los grandes negocios

del grupo petrolero estatal Petrobras <http://www.petrobras.com/es/home.htm&gt;

.

Marcelo Odebrecht, quien presidió el grupo empresarial de 2008 a diciembre

de 2015, está detenido desde junio de 2015 y condenado en primera instancia

a 19 años de prisión.

 

En octubre dejó de resistir y aceptó colaborar con las investigaciones

judiciales, como decisión empresarial. Un total de 77 dirigentes del

conglomerado, buena parte ya alejados de sus funciones, prestó más de 900

testimonios a fiscales de Lava Jato, provocando un terremoto entre políticos

brasileños y de toda América Latina.

 

El compromiso es revelar todas las ilegalidades cometidas por la empresa y

sus agentes en los países donde ya se identificaron prácticas de soborno

para obtención de contratos de obras públicas.

 

El Departamento de Justicia estadounidense divulgó en diciembre que

Odebrecht destinó presuntamente 1.038 millones de dólares para sobornar

políticos y funcionarios gubernamentales en 10 países latinoamericanos y dos

africanos, incluido Brasil, donde quedó 57,7 por ciento de esa suma.

Estados Unidos hace sus propias investigaciones, que podrían culminar con

condenas penales locales, porque varias empresas del grupo, como la

constructora y la petroquímica Braskem, operan allí y sus acciones se

cotizan en la Bolsa de Nueva York.

 

Eso pasa también con Petrobras, considerada víctima de la corrupción en sus

megaproyectos de extracción petrolera y sometida a varias investigaciones

judiciales por parte de tenedores de acciones en Estados Unidos.

Estados Unidos y Suiza, cuyos bancos fueron utilizados para ocultar o

legitimar capitales ilegales, firmaron acuerdos de cooperación con el Poder

Judicial de Brasil, en la actual ofensiva contra la corrupción en este país

latinoamericano.

 

Los efectos son abrumadores. En Brasil se espera que las revelaciones de

Odebrecht provoquen un tsunami en la política. Se habla de dos centenares de

parlamentarios y gobernantes que habrían recibido sobornos, incluso miembros

de las cúpulas actuales de los poderes Ejecutivo y Legislativo.

 

 

El grupo empresarial había creado un departamento especializado en la compra

y pago de favores que, según la justicia estadounidense, resultaba un buen

negocio. Cada dólar “invertido” en sobornos producía 12 dólares en

contratos.

 

Esa estimación se basa en más de 100 proyectos ejecutados o en marcha en

Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Perú,

República Dominicana y Venezuela, más los africanos Angola y Mozambique.

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Parte del valle de Caracas, desde el Metrocable de San Agustín, una de las

numerosas obras asignadas a Odebrecht en Venezuela durante el gobierno de

Hugo Chávez (1999-2013), cuando la empresa brasileña se convirtió en la

mayor constructora del país. Crédito: Raúl Límaco/IPS

 

La orden de detención solicitada por tribunales de su país contra el

expresidente peruano Alejandro Toledo (2001-2006), quien residiría en

Estados Unidos, y denuncias que involucran a los actuales presidentes de

Colombia, Juan Manuel Santos, y de Panamá, Juan Carlos Varela, constituyen

solo la punta del iceberg.

 

Aún no se conocen lo que revelaron dirigentes y exdirigentes de Odebrecht,

como exdirectores del área externa del conglomerado y expresidentes de

brazos especializados en infraestructura, ingeniería industrial o logística.

Se espera que nuevas cifras sobre presuntos sobornos se añadan en los

próximos meses a las ya reveladas en Estados Unidos, encabezadas por los 599

millones de dólares distribuidos en Brasil, 98 millones en Venezuela, 92

millones en República Dominicana, 59 millones en Panamá y 50 millones en

Angola.

 

En Perú fueron “solo” 29 millones de dólares desde 2005. Es poco

considerando que solo en el gasoducto del Sur, aún en construcción, las

inversiones previstas suman 7.000 millones de dólares. El gobierno peruano

ya decidió quitarle el control de esa obra a Odebrecht.

 

La Carretera Interoceánica que cruza el sur peruano, de la frontera

brasileña a puertos en el océano Pacífico, involucra juntó Odebrecht a otras

tres constructoras brasileñas, Camargo Correa, Andrade Gutierrez y Queiroz

Galvão, todas investigadas por sospecha de corrupción.

 

Durante la presidencia de Alan Garcia (2006-2011) se firmó con Brasil un

acuerdo para la construcción de cinco grandes centrales hidroeléctricas en

Perú, anulado por su sucesor, Ollanta Humala (2011-2016), que sin embargo

tiene su campaña electoral bajo sospecha de haber recibido tres millones de

dólares brasileños.

 

Odebrecht, que tiene la concesión de Chaglla, la tercera mayor central

hidroeléctrica de Perú, con 462 megavatios de potencia, sería la principal

constructora de las nuevas plantas.

 

La multiplicación de los escándalos locales o sectoriales iluminan los

tentáculos de Odebrecht. Braskem, brazo petroquímico del grupo, es acusada

de distribuir 250 millones de dólares en sobornos para apoyar su papel de

líder americano en producción de resinas termoplásticas, con 36 plantas en

Brasil y Estados Unidos, además de Alemania.

 

El imperio nacido en 1944 como una simple constructora se fue diversificando

el último medio siglo para expandirse a actividades tan diversas como la

agroindustria de la caña de azúcar, el desarrollo de tecnologías militares o

empresas de servicios petroleros, de logística y de industria naval, entre

otras.

 

A comienzos de los años 70 construyó la sede de Petrobras, sellando una

relación que desembocó en el desastre actual, que destruyó la reputación de

la empresa orgullosa de su “Tecnología Empresarial”, un conjunto de

principios éticos y operativos a que se atribuye su rápida expansión, pero

no previó la corrupción.

 

Se puede atribuir el auge del conglomerado a su visión estratégica y un modo

de operar que resultó exitoso hasta empezar la operación Lava Jato. La de

ser “amigo del rey” era parte de sus métodos.

 

Angola es el mejor ejemplo. El aún presidente del Consejo de Administración

del grupo, Emilio Odebrecht, hijo del fundador Norberto Odebrecht, se reúne

anualmente con el presidente angolano, José Eduardo dos Santos, en Luanda,

para discutir proyectos para el país.

 

Oficialmente se trata de hacer el balance de las obras ejecutadas por la

empresa y definir nuevas metas.

 

Esa prerrogativa del gran empresario se justifica por la fuerte presencia de

su constructora en las obras vitales del país en reconstrucción, en energía,

en recursos hídricos, carreteras y urbanización.

 

Odebrecht cuenta con un prestigio único en Angola, desde que construyó la

central hidroeléctrica de Capanda, en el río Kwanza, entre 1984 y 2007, con

interrupciones y riesgos por la guerra civil (1975-2002). Ahora construye la

mayor central angoleña, Lauca, también sobre el mismo Kwanza, con 2.067

megavatios de capacidad.

 

Su omnipresencia en el país le lleva a administrar el Belas Shopping, centro

comercial de lujo en el sur de Luanda, ejecutar el plan hídrico para

abastecer la capital, preparar la primera parte del distrito industrial en

las afueras de Luanda, construir conjuntos de viviendas y recuperar la

industria azucarera angolana.

 

En Cuba también ocupó el estratégico proyecto de la ampliación del Puerto

Mariel y la gestión de una central azucarera, en búsqueda de recuperar ese

decaído sector de la isla caribeña.

 

En otros países, como Panamá, Perú y Venezuela, sobresale la cantidad de

obras y proyectos a cargo de la empresa brasileña, en áreas tan diversas

como transportes urbanos, carreteras y puentes, puertos, centrales

eléctricas, hidrocarburos e, incluso, agricultura.

 

Ese ciclo expansivo acabó. Muy endeudada, con su facturación desplomándose,

sin acceso al crédito, incluso en bancos de fomento brasileños, y con el

estigma de corruptor, el conglomerado trata de colaborar con la justicia de

los países involucrados, buscando acuerdos que le permitan seguir operando y

recuperarse más adelante.

 

 

Ahora queda por saber si Odebrecht es “tan grande que no puede quebrar”,

como se dijo de algunos bancos en la crisis mundial estallada en 2008.

 

Editado por Estrella Gutiérrez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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