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Andrés Hoyos

Se abren dos caminos para ganar las elecciones presidenciales colombianas en 2018. El primero lo recorrerán quienes piensen que el principal problema del país es la corrupción; el segundo, que es la falta de autoridad. Por una vez, el énfasis programático será crucial pues habrá que convencer a los electores en uno u otro sentido.

El equipo que ha escogido el primer camino lo conforman Claudia López, quien tuvo el acierto de detectar esta dicotomía, Sergio Fajardo, Antonio Navarro y Jorge Enrique Robledo. Ellos consideran que el proceso de paz fue un acierto y que lo que resta en esa materia es implementar bien los acuerdos. Su debilidad es que participan a título personal o respaldados por movimientos precarios, no verdaderos partidos. Además, uno no entiende cómo se van a poner de acuerdo en otros temas, digamos, en la política económica. Este camino también lo recorrerá Humberto de la Calle, si logra imponer su candidatura en el despelote del Partido Liberal. Llamémoslo, como grupo, el de los limpios.

Quienes van a tomar por el segundo camino lo hacen no porque desconozcan la importancia de la corrupción en la actual coyuntura, sino porque saben que de un modo u otro la gente los va a asociar con ella. Álvaro Uribe y sus tres pupilos directos, más los tres o cuatro indirectos —llamémoslos los mandones—, llevan a cuestas el bacalao de ocho años llenos de escándalos o de gestiones posteriores poco transparentes o manchadas por actos de corrupción. Todo esto será justamente sacado a la luz por los limpios. Vargas Lleras, miembro titular del grupo, arrastra un ruido impresionante, por ejemplo, el que le aportan los candidatos de Cambio Radical en la Guajira, casi todos en líos graves con la Fiscalía. De ahí que los mandones se vayan a dedicar a denigrar del proceso de paz y a sostener que lo que falta en Colombia es autoridad, debido a que el presidente Santos no la ha ejercido, acusación difícil de rebatir.

Me dirán que en este esquema dual no están todos los presidenciables y es cierto, aunque, si mi teoría es válida, creo que salirse de él podría conducir a la irrelevancia. No hablo de las Farc o de Piedad Córdoba, con quienes nadie quiere hacer alianzas. Hablo de los ministros aspirantes del gobierno actual, que no podrán desconocer su cercanía con los Ñoños, con los escándalos que han ido saliendo a la luz aquí y allá ni con la poca autoridad de su jefe. Hay que decirlo con claridad: en 2010 hubo un quiebre en cuanto a la política de paz, no en cuanto a turbiedad política. También hablo de Gustavo Petro, enfrascado en la búsqueda de revocatorias subrepticias de su sucesor y en peleas antitaurinas. Petro no puede invocar la autoridad porque nunca la ejerció como alcalde y no puede realmente invocar la pulcritud, ya que la contratación durante su mandato populista dejó mucho que desear en términos de transparencia.

Será pues un año largo en el que los electores nos veremos bombardeados desde dos polos distintos. Claro, otros factores incidirán: el acierto en la implementación de los acuerdos de paz (solo si es catastrófica los mandones sacarán verdadero provecho), el desempeño de la economía (ídem) y la destreza en las movidas políticas.

Mi intuición, tan falible como la de cualquiera, me dice que con el paso de los meses el camino de los limpios empezará a lucir más despejado que el de los mandones. Igual habrá segunda vuelta. Eso es casi seguro.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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