bogota

Por Andrés Hoyos

Colombia padece cansancio. Aquí casi todo es difícil.

¿Moverse por la ciudad? Difícil. ¿Salir de ella para pasar unos días en el campo? Trancón a la salida y trancón a la entrada. ¿Arreglar el fisco y cobrar el IVA? Pagar impuestos es para los bobos. ¿Proponer algo fuera de lo común o convocar a otros para un propósito necesario y urgente? Mejor piénselo dos veces. ¿Pactar la paz tras más de medio siglo de guerra? Ni hablar porque eso equivale a abrirle las puertas del palacio presidencial a Timochenko.

¿Tenemos entonces que ser pesimistas? Al parecer eso tampoco se usa o tal vez suceda que, sin saberse bien de dónde sale, nos anima una energía inusitada que sobrepuja el cansancio. Salimos de la ciudad a pesar de los trancones, proponemos ideas locas a pesar de las risas y nos lanzamos a la piscina vacía con tal de probar su vigencia y, obvio, nos gastamos seis años negociando una paz desde siempre huidiza y al final la firmamos en medio de la alharaca farisea de los uribismos. ¿La constancia vence lo que la dicha no alcanza? Ojalá.

Habría que agregar a la dualidad entre cansancio y energía otro factor: la suerte. Los países, como las personas, tienen buena, mala, pésima o regular suerte. De tarde en tarde la tendencia cambia. Debo decir que los colombianos llevamos cuatro décadas de mala suerte, por lo menos desde que el sistema político anquilosado y agotado que resultó del Frente Nacional fue atropellado por la avalancha del narcotráfico. Calculaba por estos días Planeación Nacional que las utilidades del narco llegaron al 5,3 % del PIB en 1985 y al 5,7 % en 1987. Son cantidades descomunales de dinero. Canalizadas por cualquier agente económico, incluso por el Estado, serían en extremo difíciles de asimilar con provecho, pero si caen en manos criminales pueden llevarse de calle a un país, como casi se llevan a Colombia. Y, sí, el narcotráfico lo trajo la mala suerte, combinación de dos factores: una geografía ideal para este comercio ilegal y una pérfida guerra contra las drogas emprendida por la mayor potencia del mundo a causa de una turbia colección de prejuicios colectivos.

El cambio, a fuer de volverse regresivo y difícil, sembró entre la gente una actitud conservadora que en Colombia tiene poco sentido. Churchill era conservador porque veía en la vieja Inglaterra muchas cosas dignas de conservar, pero ¿qué es lo que queremos conservar los colombianos? Sí, hay pueblos, barrios y hasta ciudades bellas, hay una naturaleza exuberante que los conservadurismos políticos desprecian y hay unas numerosas tradiciones institucionales que, pese a lo maltrechas, son dignas de preservación. Sin embargo, Colombia no será un país dinámico y próspero si no se vuelca a favor del cambio. No tenemos más remedio que cambiar tradiciones deletéreas, como la violencia, el latifundismo, el clasismo, el machismo, el racismo, la intolerancia religiosa, el menosprecio por la educación y el complejo general de inferioridad de cara al mundo, so pena de quedar paralizados.

Me estrujo un poco el cerebro y concluyo que el mito de Sísifo no aplica en Colombia. ¿Por qué? Porque durante años la piedra no volvía al mismo lugar sino que retrocedía más. Últimamente la piedra sí rueda de regreso, pero cada vez descansa un poco más lejos del abismo. ¿Nos ayudará también la suerte? Yo tampoco tengo ni la menor idea.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

 

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